IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 13 marzo, 2022
El fruto del Espíritu no puede florecer donde la carne no ha sido crucificada. Esta es la tensión que Gálatas 5:24-25 plantea: quienes pertenecen a Cristo han clavado su naturaleza pecadora al madero, y sin embargo esa carne crucificada sigue viva, haciendo demandas, pidiendo que la bajen de la cruz. La imagen es deliberada: un crucificado podía durar horas o días antes de morir, y mientras tanto aún expresaba deseos. Así opera nuestra naturaleza caída después de la conversión —debilitada pero no eliminada, sofocada pero todavía respirando.
El tratamiento que Cristo prescribe es radical. Si tu mano te hace pecar, córtala; si tu ojo, sácatelo. No hay negociaciones de paz entre el Espíritu y la carne, no hay cese al fuego. La santificación duele porque implica hacer morir lo que secretamente todavía amamos. Como confesó Agustín en su momento: "Señor, quita mi lujuria... pero no todavía." Esa honestidad brutal revela cuánto nos cuesta soltar ciertos pecados.
Pero aquí aparece el privilegio: ya que vivimos por el Espíritu, tenemos poder para marchar en línea recta, sin desviarnos. El Espíritu nos trajo de muerte a vida, liberó nuestra voluntad, ilumina la Palabra, produce convicción, crea deseos nuevos y nos capacita para vencer. No somos deudores de la carne —ella no nos ha aportado nada bueno— sino del Espíritu que mora en nosotros.
Vivir en el Espíritu no es algo místico: es renunciar diariamente a la rebelión, leer la Palabra para ser transformados, cuidar el alma con la misma rigurosidad con que cuidamos el cuerpo, y negarse a dejar que la carne se baje del madero.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En condiciones, invito a que puedas abrir la Palabra de Dios, encenderla en Gálatas 5 hacia el final. Prontamente vamos a estar leyendo un par de versículos. Les recuerdo, o les digo a los que nos están visitando hoy, que la semana pasada estuvimos revisando la última virtud del fruto del Espíritu que nosotros conocemos como el dominio propio.
Y dijimos que la imagen de Cristo —déjame decirlo de otra manera— dijimos que el fruto del Espíritu no es otra cosa que la imagen de Cristo formada en nosotros. De esta misma manera pudiéramos decir que el fruto del Espíritu es el proceso, la obra de santificación que el Espíritu lleva a cabo en cada uno de los hijos de Dios.
Y como vimos, la exposición del apóstol Pablo comienza en Gálatas 5:16 a ayudarnos a desempacar la idea de que en nosotros habita, mora, el Espíritu Santo, pero al mismo tiempo permanecen deseos caídos en nuestra naturaleza pecadora. En el versículo 17 nos habla de cómo esos dos deseos, los deseos de la carne, los deseos del Espíritu, se oponen uno al otro, y que incluso la oposición es tal que muchas veces no nos permiten hacer lo que nosotros queremos hacer. Pablo nos habla de las obras de la carne en esos versículos anteriores al fruto del Espíritu.
En el día de hoy, yo simplemente quiero, yo voy a leer del versículo 24 al 26, pero en realidad estoy exponiendo el 24 y el 25. El 26 debió haber sido parte del capítulo 6 y lo veríamos la próxima semana. Yo quiero que entonces leas conmigo, versículo 24 al 26 de Gálatas 5: "Pues los que son de Cristo Jesús" —piensa por un momento si eres de Cristo Jesús porque esto aplica a ti— "pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros."
Es el versículo que queda pendiente para la próxima semana, pero en los versículos 24 y 25 nosotros podemos ver rápidamente que tenemos una responsabilidad. Inmediatamente después, el apóstol Pablo nos deja ver que también tenemos un gran privilegio. Y basado no solamente en lo que este texto de hoy tiene que decir, pero también en todo lo anterior que ya hemos dicho hasta aquí, yo he titulado mi mensaje: "Cuando el Espíritu de Dios te capacita para andar en el Espíritu."
Piensa en esa idea por un momento. ¡Cuán privilegiados somos de que el Espíritu de Dios te capacite previamente para que puedas hacer lo que Él desea, y eso es andar por el Espíritu! De manera que yo quisiera tomar primero la responsabilidad y luego el privilegio. Esos son mis dos puntos del mensaje de hoy.
Entonces el versículo 24 nos dice que aquellos que somos de Cristo Jesús hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Me enseña, número uno, entonces, que el fruto del Espíritu requiere previamente la crucifixión de la carne. El fruto del Espíritu requiere previamente la crucifixión de la carne.
Aquellos que no han estado con nosotros, nos visitan por primera vez o que están menos familiarizados con la lista, nos habíamos de recordar que en Gálatas 5:22 y 23 describimos las virtudes del Espíritu y dijimos que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Ahora el apóstol Pablo nos está ayudando a entender que estas virtudes no pueden estar presentes en una persona en quien la carne no haya sido previamente crucificada.
La pregunta es: ¿qué significa crucificar la carne y cuándo ocurre esto? Bueno, piensa por un momento en tu estado anterior a la conversión, o aún en personas que no han entregado su vida a Cristo. Sus deseos de la carne, sus deseos caídos, están ahí presentes sin control o con muy poco control. El único control, si existe, es la conciencia con la ley moral escrita en sus corazones, pero nosotros somos capaces de anestesiar esa conciencia, adormecer esa conciencia, cicatrizar esa conciencia, como dice la Palabra de Dios. De manera que en sentido general, los deseos de la carne andaban anterior a mi conversión por su cuenta, como decimos en nuestro país.
Pero esto no es el caso y las cosas han cambiado. En la persona que no ha entregado su vida a Cristo, los deseos de la carne no tienen una fuerza superior que los pueda vencer, ni siquiera debilitar; ni siquiera eso pueden hacer. El día de nuestra conversión entonces el Espíritu Santo vino a morar en nosotros y el Espíritu comenzó a frenar los deseos de mi carne. Comenzó a debilitar esas pasiones y deseos, hasta el punto que el apóstol Pablo nos dice en el libro de Romanos que nosotros debiéramos considerarnos como muertos al pecado. Pablo no está diciendo que no hay pecado en nosotros, pero Pablo está diciendo que algo ocurrió en la cruz de Cristo y luego en la conversión, que nosotros debiéramos considerarnos como muertos al pecado.
Entonces, teológicamente hablando, se entiende que la carne fue crucificada el día de nuestra conversión. "Aquellos que son de Cristo Jesús han crucificado" —tiempo pasado— "la carne con sus pasiones y deseos." Y Pablo está usando una metáfora de la crucifixión para ayudarme a entender algo de lo que esto implica.
Entonces pensemos por un momento: el día de mi conversión yo voluntariamente entregué mi voluntad, confesé a Cristo como mi Señor y Salvador, puse mi confianza en Él. Pero hasta ese momento el pecado era mi amo, el pecado gobernaba, el pecado reinaba en mi vida. Pero cuando Cristo viene a mi vida y el Espíritu de Dios viene a morar en mi vida, entra una nueva administración, hay un nuevo amo y un nuevo gobierno, hay alguien ahora que ejerce señorío sobre mí.
Como dijimos que Pablo está usando una metáfora para enseñarnos algunas cosas, yo necesito ir a ver qué es lo que está en la metáfora en sí y ver de qué manera eso se relaciona a esta enseñanza. Entonces, imagínate un crucificado. No es algo típico de hoy, pero lo fue en la antigüedad. Una persona crucificada podía durar, según la historia y la tradición, horas en la cruz o días en la cruz. Mientras ella estaba allí, todavía podía tener algunos deseos, incluso podía expresar algunos deseos. Cristo mismo dijo en un momento dado: "Tengo sed", y quería que le dieran algo de beber.
De manera que de esa misma forma, mi carne, después que ha sido crucificada, ella continúa con deseos. Sí, esos deseos me hacen demandas, y esas demandas ahora, o a estas demandas, yo puedo responder en la carne o yo puedo antagonizarlas en el Espíritu.
Escucha a Philip Ryken, el presidente de Wheaton College, en su comentario sobre Gálatas, cómo él trata de ayudarnos a entender esta metáfora de la crucifixión con relación a la carne: "El Espíritu está involucrado en un combate moral con la carne. Los deseos de la nueva naturaleza hacen guerra contra las pasiones de la naturaleza carnal. En esta guerra no habrá un cese al fuego." Me gusta esa idea. No habrá... Ahora mismo se han escuchado de conversaciones entre Ucrania y Rusia con mediadores para ver si se podía hacer un cese al fuego. En esta guerra entre el Espíritu y la carne no hay cese al fuego.
"La naturaleza espiritual" —dice Ryken— "no puede entrar en negociaciones de paz con la naturaleza carnal y tampoco puede rendirse. El Espíritu tiene que batallar el pecado hasta hacerlo morir. Por eso, cuando el Espíritu captura la carne, no simplemente lo retiene como un prisionero, como ocurre en las guerras, prisioneros de guerra. No, no, no. No lo retiene como un prisionero, sino que le hace la guerra. El Espíritu pone la naturaleza carnal a muerte, y esto no es simplemente cualquier muerte. La forma de hacerla morir es crucificándola."
Pues sigamos con la metáfora. La crucifixión es una forma cruel de dar muerte. Y de esa misma manera, Pablo nos está diciendo: "Pues sabes qué, tú tienes que hacer morir los deseos de la carne y tendrá que ser una forma cruel. No puedes andar con paños tibios."
Y esa enseñanza no es nueva. Es una enseñanza dicha de otra forma que viene de Cristo Jesús. Escucha lo que Cristo dice a sus discípulos en Marcos 9, versículo 43: "Si tu mano te es ocasión de pecar, córtala." Eso es radical, nada de paños tibios. "Te es mejor entrar en la vida manco que teniendo las dos manos ir al infierno, al fuego que no se apaga." Versículo 45: "Y si tu pie te es ocasión de pecar, córtalo. Te es mejor entrar cojo a la vida que teniendo los dos pies ser echado al infierno." "Y si tu ojo te es ocasión de pecar, sácatelo. Te es mejor entrar al reino de Dios con un solo ojo que teniendo los dos ojos ser echado al infierno."
Cristo usa estas ilustraciones gráficas e hiperbólicas para ayudarnos a entender exactamente lo que Pablo estaba tratando de comunicar: que cuando del pecado se trata, yo necesito un tratamiento radical de aquello que mora en mí. El ojo pudiera representar cosas que he visto; esas cosas necesitan salir de mi vida, córtalas. Las manos pudieran representar cosas que he hecho; esas cosas que he hecho tienen que salir de mi vida, córtalas. El pie pudiera representar lugares donde he ido; eso no puede continuar en mi vida, córtalo, dice Cristo.
De manera que hay cosas que no debemos ver, hay cosas que no podemos seguir haciendo, que tienen que parar, hay formas de pensar que tienen que desaparecer, hay formas de hablar que necesitan cambiar, hay lugares donde no puedo volver a poner pie, hay formas de valorar la vida, los entretenimientos, las diversiones que necesitan ser borradas, hay expresiones de rebelión que yo ni siquiera las reconozco como rebelión, pero que necesitan ser echadas fuera.
Todas esas cosas son maneras gráficas, prácticas, de comenzar a entender de qué forma yo sigo crucificando la carne. Porque recuerda que el crucificado está ahí, tiene horas de vida, varios días de vida, y nosotros seguimos con vida, la carne sigue con vida. Mientras ella siga con vida, ella va a tener deseos. Lo que yo no puedo permitir es que se baje de la cruz. Esa es la idea.
Decíamos que la crucifixión es una forma cruel de dar muerte, de manera que cuando se trata de tu pecado, recuerda, tienes que tratarlo con tanta severidad como sea posible. La crucifixión fue cruel, vergonzosa, dolorosa, de manera que al batallar contra los deseos de la carne, yo tengo que recordar que posiblemente la batalla será dolorosa. La santificación es un proceso doloroso. Si alguien quiere pintarte pajaritos en el aire y decirte que el Espíritu es quien lleva a cabo la santificación, tú dices: "Amén, Él lo es", pero es un proceso doloroso, porque tienes que hacer morir, y el Espíritu no es quien lo hace morir, el Espíritu te empodera para que tú lo hagas morir.
Philip Ryken amplía su idea. Dice: "En nuestra naturaleza pecadora —escucha— amamos tanto esos pecados que nosotros secretamente quisiéramos que ellos continuaran viviendo". Como dirían en inglés: "Let's face it, it's true". Vamos a admitirlo, es verdad. Y también alguien tan sincero y tan transparente como Agustín se atrevió a decir que en un momento de abril estaba pidiendo a Dios que curara, que quitara su lujuria, pero que al mismo tiempo le decía así: "Pero no todavía". En otras palabras: "Yo quiero que se vaya de mi vida, yo sé que no es buena, pero yo quisiera disfrutar esto un poco más". De ahí que Ryken está diciendo que amamos tanto nuestros pecados que nosotros secretamente quisiéramos que ellos continuaran viviendo.
Los deseos de la carne pueden ser muy deseables. Créeme, yo lo sé. Tú y yo lo sabemos. Pueden ser muy gozosos, pero solo para la carne, porque no lo son para el Espíritu de Dios, y ni siquiera lo son para tu espíritu regenerado. Solo la carne los encuentra así.
Volviendo a la idea de la crucifixión, recuerda que el crucificado moría lentamente. No era una muerte instantánea como aquel que es ahorcado. No, no, es un proceso lento de dar muerte. Y de esa misma forma, en la medida en que el Espíritu de Dios va santificándote, lentamente los pecados que te gobernaban, las pasiones que te dominaban, los deseos que te llevaban por un camino, lentamente van perdiendo su fuerza y se van distanciando en frecuencia. De manera que cuando de eliminar el pecado se trata, no hay atajos, sino simplemente una muerte dolorosa, lenta y larga.
Volviendo a MacDonald en su comentario sobre el Evangelio de Marcos, y haciendo referencia esta vez a lo de Cristo, dice: "Sé intolerante de cualquier cosa en tu vida que pueda disminuir tu efectividad para Dios". ¡Esa es una excelente idea! Con esa conversión nuestra, la carne fue vencida, pero quedan focos de resistencia. En las guerras, a lo largo de la historia, ha habido historias que se han contado de naciones que se han rendido a otra nación, pero todavía quedan en las montañas focos de resistencia. Pues nosotros tenemos focos de resistencia en nuestros corazones, en nuestras mentes.
Pero el apóstol Pablo quiere que entendamos que los que son de Cristo —por cierto, el versículo 24 literalmente sigue leyendo— los que son de Cristo Jesús han crucificado, tiempo pasado, la carne con sus pasiones y deseos. Pero está crucificada la carne, pero sigue con deseo, está demandando, quiere que la baje del madero, y yo necesito continuar manteniéndola arriba clavada al madero. Sigo con la ilustración: no dejarla bajar.
Y eso es congruente con lo que Cristo enseñó en diferentes momentos. En Lucas 9:23 dice el texto que Cristo a todos les decía: "Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame". Eso es una acción propia, diaria y voluntaria. Es diaria, es voluntaria, soy yo el que tiene que hacerlo. Nótese el condicional: "si alguien quiere". En otras palabras, hay muchos o algunos que no quieren. Pero si alguien quiere, si alguien verdaderamente quiere —yo creo que la palabra "verdaderamente" no está ahí, pero yo creo que es fácil colocarla— Cristo está diciendo: "Piénsalo bien", porque hay gente que dice querer pero realmente no quiere, porque vemos cómo actúa luego. Pero si alguien quiere seguirme, estos son mis requisitos: número uno, niégate a ti mismo; número dos, toma tu cruz; número tres, diariamente; y luego, sígueme. Es algo activo, diario, que nadie lo puede hacer por mí. Es si yo quiero, entonces yo hago. Y tú puedes ver que Cristo está hablando con la misma radicalidad del pasaje de Marcos 9, donde hablaba de amputación. Está hablando con la misma radicalidad de Pablo, de manera que es un lenguaje consistente.
Y decíamos, verdad, que teníamos dos puntos de enseñanza. El primero tenía que ver con una responsabilidad que tenemos; acabo de describirte cuál es la responsabilidad. Y la segunda tenía que ver con un privilegio que Dios nos ha dado, y ese es mi segundo punto de enseñanza donde estaremos el resto del tiempo.
Este es mi segunda enseñanza, entonces: el Espíritu de Dios es el que nos capacita para vivir en el Espíritu. Ese es el privilegio. No solamente que tú puedes vivir en el Espíritu, es que tú y yo hemos sido capacitados primero para luego, entonces, dar la batalla y vivir en el Espíritu. La Nueva Traducción Viviente en el principio de ese versículo lo tiene más apegado al original que esto que leí, porque la Nueva Biblia de las Américas dice: "Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu". La Nueva Traducción Viviente dice: "Ya que vivimos por el Espíritu".
Hay múltiples pasajes en la Biblia donde el condicional "si tal cosa" realmente pudiera y debiera ser traducido "ya que". Es como cuando Cristo fue tentado en el Jordán, que Satanás le dice: "Si eres el Hijo de Dios". Muchos de los académicos entienden que hicieron una mejor traducción el que dijera: "Ya que eres Hijo de Dios, haz tal cosa". Aquí entonces, en el original, esto es como se lee: "Ya que vivimos por el Espíritu" —es un hecho incontrovertible— "ya que vivimos por el Espíritu". ¿Quiénes? Todos aquellos que somos hijos de Dios. ¿Y por qué no por la carne? Porque la carne no tiene poder para ayudar a batallar contra ella misma. Ya que vivimos por el Espíritu, por el Espíritu debemos marchar.
El original no dice caminar, no dice andar, dice marchar, porque hace referencia a la forma —esto es una buena ilustración— a la forma como los soldados marchan en línea. Ya sea que ellos caminen, ya sea que ellos troten, has visto en algunas películas quizás, ya sea que ellos vayan trotando o vayan caminando, ellos siguen una línea de la que no se deben desviar ni para la derecha ni para la izquierda. Lo que el original está tratando de comunicar aquí es que ya que vivimos por el Espíritu, sigue la línea del Espíritu, sigue la línea recta del Espíritu, no te desvíes ni para un lado ni para otro.
En ese sentido, entonces, esto que Pablo está enseñando aquí en Gálatas es consistente con lo que él enseñó en Romanos 8:14, cuando dice que todos los hijos de Dios somos guiados por el Espíritu. O Pablo lo dice al revés: todos aquellos que son guiados por el Espíritu son hijos de Dios. Es como una conclusión: si tú eres guiado por el Espíritu, entonces tú eres hijo de Dios. Aquí se nos está diciendo: ya que eres de eso, ya que vives por el Espíritu, sigue la línea del Espíritu, sigue su guía.
De manera que lo que este texto está enseñando es que todo cristiano verdadero ha crucificado la carne a partir de su conversión, y que por consiguiente, de ahí en adelante, él tiene el privilegio de vivir en el Espíritu. Esto es como Juan Calvino lo dice en sus comentarios sobre Gálatas: "La muerte de la carne es la vida del Espíritu". Se murió la carne, se crucificó la carne, vida en el Espíritu. Es como automático, una cosa implica la otra. Y ese Espíritu que mora en nosotros es el que desarrolla el fruto del Espíritu, que estuvimos hablando por varias semanas. Una vez desarrollado el fruto del Espíritu, tú estás completamente capacitado para vivir en el Espíritu.
Vivir en el Espíritu no es una experiencia mística, no es alimentar la mente con sueños, visiones e imaginaciones. Es algo completamente práctico, natural, que surge de un trabajo que el mismo Espíritu hace en mí en respuesta a una rendición que yo hago. De manera que, habiendo desarrollado el fruto del Espíritu, yo vivo en el Espíritu.
La pregunta es: ¿cuál es esa capacitación que el Espíritu provee para andar en el Espíritu? ¿De qué manera es que me capacita? Bueno, el Espíritu comienza por traerme de la muerte a la vida. En la muerte estaba completamente incapacitado, tendría que venir a la vida, y eso es donde Él comienza su capacitación. El Espíritu luego libera, o al mismo tiempo que me trae de la muerte a la vida, libera mi voluntad de la esclavitud al pecado —es la palabra que no me venía a la mente— libera mi voluntad de la esclavitud al pecado. Yo estaba atado al pecado, mi voluntad. Las amarras han sido quitadas. Lamentablemente, muchos de nosotros nos acostumbramos tanto a andar juntos, el pecado y yo, que aunque las amarras fueron cortadas, seguimos andando en amistad. Y por tanto nos comportamos como si todavía fuéramos esclavos del pecado, cuando en realidad ya no lo somos.
El Espíritu provee poder para vencer la tentación. El Espíritu ilumina la Palabra, el entendimiento de la Palabra que Él inspiró. Él inspiró esta Palabra, ese fue su trabajo; Él ilumina ahora para que entienda la Palabra. El Espíritu nos da convicción de pecado cuando hemos transgredido la ley de Dios. El Espíritu desarrolla fe. Nosotros estamos viendo la capacitación del Espíritu para andar en el Espíritu. El Espíritu desarrolla en nosotros deseos nuevos, los deseos del Espíritu de los que habla Gálatas 5:17. Desarrolla en nosotros deseos nuevos, y esos deseos nuevos tienen poder —y tienen poder, doctor, en el buen sentido— para alejarme de los deseos malos de la carne. De manera que aun ahí el Espíritu está actuando en capacitación. El Espíritu crea en nosotros tanto el querer como el hacer.
No tengo el querer de leer la Biblia, no tengo el querer de depender del Espíritu de Dios, no tengo el querer de amar a Dios. Pero el Espíritu está ahí para producir en mí el querer y luego darme las energías necesarias para que lo puedas hacer. ¡Wow! El Espíritu cultiva en mí el fruto del Espíritu.
En conclusión, no del mensaje, sino de la capacitación del Espíritu: el Espíritu nos da la capacidad para andar en el Espíritu. Eso es un privilegio, nada místico. Implica algunas cosas, sin embargo. Implica una muerte, y aludimos a eso. Implica una muerte para vivir sometido a la dirección del Espíritu. Implica un negarme continuamente, diariamente, a los deseos de la carne para complacer al Espíritu. E implica una vida de arrepentimiento continuo.
Tú recuerdas que Martín Lutero escribió 95 tesis. La primera, la primera de 95, es esta: "Arrepentíos". Cuando nuestro Señor Jesucristo, nuestro Señor y Maestro Jesucristo, dijo "arrepentíos", ha querido que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento. Toda la vida, toda la vida. A veces uno está sentado ahí antes de subir a predicar y tiene que decirle a Dios: "Perdóname, porque ese pensamiento se opone al trabajo de tu Espíritu", antes de subir a predicar. No tiene que hacer nada inmoral, simplemente algo que es contrario a la voluntad de Dios. Y el Espíritu que nos capacita nos lleva al arrepentimiento por medio de Él mismo.
Por la nota de esta acción de capacitación, como en la epístola, Pablo nos ayuda a ampliar la suma en Romanos 8:12-14: "Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne". O sea, que deudores somos; la pregunta es a quién. Por eso dice: "No a la carne, para vivir conforme a la carne. Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir. Pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios".
Nosotros somos deudores, pero Pablo dice no a la carne, para vivir conforme a la carne. Pero si somos deudores y no a la carne, ¿a quién somos deudores? Pues obviamente al Espíritu de Dios, al Espíritu de Dios que nos capacitó. Nosotros es al Espíritu que le debemos el hecho de haber pasado de la muerte a la vida. Es al Espíritu que le debemos el hecho de poder amar a Dios. Es al Espíritu que le debemos el hecho de poder obedecer la ley de Dios. Es al Espíritu que le debemos el hecho de poder agradar a Dios. Es al Espíritu que le debemos el hecho de poder lucir hoy un poco más como Cristo y menos como nosotros mismos.
A la carne no le debemos nada. En mi carne nada bueno hay, Romanos 7:18, nada, absolutamente nada. La carne no me ha aportado absolutamente nada a mi vida. De hecho, Pablo dice, es tanto así que el querer está en mí, pero no el hacerlo. Aunque haya cosas que deseo hacerlas, mi carne no... no está en mi carne para nada. Pero soy un deudor a la obra del Espíritu. De manera que la habilidad para hacer algo bien es externa a mí. No está dentro, pero vino de afuera. Está dentro porque es el Espíritu que está, pero es una habilidad que ha llegado a mí desde afuera.
Escucha cómo Pablo dice en Romanos 8:13. Leí el texto del 12 al 14; en el 13 dice: "Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir". Claro, porque si yo vivo conforme a la carne, implica que yo no soy creyente. Pero Pablo no está diciendo: "Si ustedes alguna vez hacen alguna obra de la carne, ya tú no eres creyente". No es solo lo que está haciendo, es que si vivo, si ese es mi patrón, entonces habré de morir. Pero si vivo por el Espíritu, nota que el apóstol Pablo nos está diciendo en el texto de hoy, en Gálatas 5:25: "Ya que viven por el Espíritu, anden conforme al Espíritu". Pablo está diciendo aquí: "Pero si por el Espíritu vivo, entonces hacen morir las obras de la carne, y entonces vivirán".
En otras palabras, aquellos que somos de Cristo, se supone que vivimos por el Espíritu. Y se supone que si vivo por el Espíritu, las obras de la carne han comenzado a morir, deben continuar muriendo, porque el Espíritu nos ha empoderado para hacer morir, ayunar la carne, debilitar la carne, sofocar la carne. Y esa responsabilidad, o esa acción, de hecho, ese privilegio de tener poder infinito residiendo dentro de nosotros en la persona del Espíritu, ese privilegio es algo que tú y yo disfrutamos. Pero también es nuestra responsabilidad hacer uso del poder que Dios ha puesto en nosotros para ir eliminando todo elemento de carnalidad de nuestras vidas.
Déjame ilustrarte cómo esto luce, más o menos. He ido ilustrando cómo luce, pero déjame ilustrarte de qué manera. Ahora estamos hablando de cómo el Espíritu de Dios va debilitando y haciendo morir las obras de la carne, una por una. Recuerda que en Gálatas 5:19-21, cuando llegamos al Espíritu, Pablo nos habló de las obras de la carne.
Entonces, mira cómo esto se va dando. En Gálatas 5:20 se habla de la ira, y el domingo pasado hablamos de eso como una de las obras de la carne. Eso es el 5:20. Pero en el 5:23, Pablo dice: "Pero ahora que el fruto del Espíritu está en ti, lo que debes exhibir es mansedumbre". De manera que el Espíritu vino a residir en ti para hacer morir la ira en ti, y que ahora tú puedas exhibir mansedumbre.
En Gálatas 5:20, Pablo habla de división, pero luego en Efesios 4:3, él nos dice que la unidad, lo contrario de la división... La división es una obra de la carne, eso es Pablo. Pero Efesios 4:3 nos da la clave: unidad es una obra del Espíritu. De manera que el Espíritu vino para matar, eliminar la división entre nosotros.
En Gálatas 5:20 se habla de pleitos, y Pablo dice: "Sí, sí, pero ahora, cuando el fruto del Espíritu ha sido desarrollado en ti, lo que debes ver no es pleitos, sino paciencia que evita los pleitos".
En el 5:20, nuevamente, Pablo habla de rivalidades. Se parece mucho a los pleitos, pero un poco diferente. Es como un pleito que se ha profundizado y ahora nos dividimos: las rivalidades. Pablo dice: "Sí, es verdad, eso es 5:20. Pero en el 5:22, el fruto del Espíritu se cultivó, y ahora la paz es parte de ese fruto". De manera que las rivalidades han de terminar.
En el 5:20, Pablo habla de inmoralidad, sensualidad, borracheras, orgías. Todas esas son cosas desenfrenadas de la carne. Pero en el 5:23, Pablo dice: "No, pero ahora yo te estoy hablando de que el fruto del Espíritu es dominio propio". De manera que ninguna de esas cosas va a estar... Estuvo, pero fueron sofocadas por la morada del Espíritu.
Si ustedes viven conforme a la carne, morirán o habrán de morir. Pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, entonces vivirán.
La conclusión de Pablo en ese texto de Romanos 8:12-14, en el versículo 14, es: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios". Si hemos nacido de nuevo, si hemos nacido de nuevo, tú y yo somos guiados por el Espíritu todo el tiempo, todo el tiempo.
La pregunta entonces sería: "Pastor, y si somos guiados todo el tiempo, ¿por qué es que desobedecemos? Porque entonces la guía esa vez no es continua". No, no hay un momento del día en que el Espíritu no me esté guiando. Entonces, ¿qué es lo que está pasando en mi desobediencia? Estoy ignorando. Estoy ignorando la guía del Espíritu. Estoy ignorando los impulsos del Espíritu, los impulsos del Espíritu que te dicen: "Eso no debe ser, eso no está bien, regresa, pide perdón, reconstruye". Estoy ignorando los frenos del Espíritu. Estoy ignorando la sabiduría del Espíritu. Estoy ignorando los recordatorios del Espíritu, que me recuerda que la Palabra de Dios dice: "Esto no está bien". Estoy olvidando la advertencia del Espíritu. Y estoy negando el poder del Espíritu, el poder que mora en mí, el poder que Dios me dio para que hicieras morir las obras de la carne. Lo estoy negando. Pero nosotros no somos deudores a la carne; nosotros somos deudores al Espíritu.
Entonces, como este texto no solamente está cerrando el fruto del Espíritu y sus implicaciones, está cerrando el capítulo 5 de Gálatas. Porque ya cuando entramos al capítulo 6, ya vamos a algo completamente diferente. Nosotros tenemos que recapacitar acerca de los últimos diez mensajes, hacer una revisión y traer esto como una conclusión.
Hay una realidad que estamos discutiendo hoy otra vez: nosotros o vivimos por la carne o vivimos por el Espíritu. No hay algo intermedio. El cristiano se supone que vive por el Espíritu, pero con cierta regularidad termina haciendo obras de la carne, que todavía está crucificada al madero pero todavía viva, haciendo demandas. Y frecuentemente nosotros nos sentimos tan mal porque, como no hacemos cosas extremas... Bueno, los que no hacen cosas extremas, porque algunos han hecho cosas extremas. Pero quizás no es mucho: no estamos en pornografía, no hemos matado a nadie, cosas de este... No somos idólatras hechiceros.
Pero en el proceso, ¿sabes qué? La carne comienza como a revivir. Cuando ya ha estado ahí como deshidratada, uso la ilustración, estaba como deshidratada y la hidratamos un poco. Ha estado como sudando y con calor, y le echamos un poco de fresco. Eso ocurre usualmente cuando tu fe se ha enfriado. Y muchas veces la fe se enfría y no sé cómo avivarla de nuevo. A veces, o no, a veces... Una vez la fe se enfría, yo me alejo. Y una vez alejado, muchas veces no sé cómo regresar. Eso es más común de lo que tú piensas.
Yo creo que es más fácil ver si mi fe se ha enfriado. Recuerda que esto es algo que ha pasado a lo largo de la historia en personas y en iglesias. La iglesia de Éfeso enfrió su primer amor. Digo, no sabemos con detalle qué estaba pasando, pero Pablo le dice a Timoteo: "Aviva el fuego, aviva el fuego del don que se depositó en ti por la imposición de las manos".
¿Cómo yo sé que mi fe se ha ido como enfriando? Bueno, déjame dar algunas ideas. Quizás las cosas de Dios no te son tan atractivas. Perdieron su atractivo, no tienen el atractivo que antes tuvieron.
Quizás las quejas son más frecuentes en mí que el gozo del Espíritu. Quizás la adoración en la iglesia no me saca las lágrimas que antes me sacaron. No me mueve como antes me movieron, no me llevan de rodillas como antes me llevaron, no me permiten sentir el aroma de Cristo al cantar. O quizás no tiene ninguna pasión por el inconverso, ninguna emoción por el inconverso convertido. Ve una gente que quizá está haciendo una profesión de fe genuina y te lo cuentan, es como si hubieses tomado un vaso de agua y alguien acaba de pasar del infierno a la vida, eso no dispara emociones en nosotros. O quizás tampoco tengo un deseo por ver las regiones no alcanzadas, alcanzadas con el Evangelio.
O quizás oír la Palabra, oír un buen mensaje, quizás sea un ejercicio necesario, pero no te sientes ministrado como antes te sentiste ministrado o como otros siguen sintiéndose ministrados, y sales sin ministrar. Quizás las cosas han enfriado tanto que en realidad te da lo mismo escuchar el mensaje frente a una pantalla que junto a tus hermanos y la presencia manifiesta de Dios. Recuerda que cuando el cuerpo de Cristo se reúne, hay algo especial que no ocurre en ningún otro lugar. De hecho, Martyn Lloyd-Jones, uno de los quizás considerado el predicador más prominente del siglo XX, el siglo que acaba de pasar, no le gustaba que le grabaran sus mensajes y él decía que la razón era que una grabación no puede capturar el mover del Espíritu cuando la Palabra es predicada.
Quizás es el alcance. Quizás tu enfriamiento se manifiesta porque antes llegabas cinco, diez minutos antes y quizás te ponías en oración, y hoy te da lo mismo llegar cinco, diez minutos antes que llegar diez o veinte minutos después de que la cosa haya comenzado. Total, el sermón no ha llegado todavía porque vengo a consumir el sermón, no vengo a contribuir para darle a Dios en mi adoración. O quizás estoy más apurado por salir primero del parqueo que compartir con mis hermanos y tener koinonía con el cuerpo de Cristo y sentir la presencia, el abrazo y la sonrisa de mi hermano.
Quizás te da trabajo leer la Biblia, orar, quizás venir a la iglesia te ha pesado, quizás el sermón te ha pesado. Pero como conversaba recientemente con alguien, decía: ¿Sabes que la semana tiene 168 horas? Si le das una hora al sermón, te quedan 167 horas, y muchas veces es la única hora que le prestas a Dios en toda la semana. Esas y muchas otras son señales o evidencias de que tu fe se ha ido enfriando. O quizás, quizás, quizás necesitas nacer de nuevo.
Algo que yo he aprendido es que la carne es extremadamente religiosa, no cristianamente espiritual, pero la carne es religiosa. Y en su religiosidad, muchas veces cumple mejor que la espiritualidad cristiana, como los fariseos lo hicieron. La carne puede predicar, puede liderar grupos, puede orar, la carne puede bautizarse. Simón el mago se bautizó en el libro de los Hechos, y no era creyente. La carne puede aconsejar, hay una sabiduría aprendida. Lo que la carne no puede hacer es lucir como Cristo. Eso la carne no lo puede hacer. Puede hablar como Cristo, pero no puede lucir como Cristo. Y esas son señales de que la carne está ganando el conflicto en tu vida. Ella perderá, si eres cristiano, ella perderá antes de entrar al reino de los cielos, pero no creo que yo quiera vivir una vida de derrotas y de derrotas y de derrotas y que a última hora yo diga: "¡Ah, por fin, a filo entré!" Pero no me salvaron para eso, me salvaron como testigo de su gloria, testigo de su Evangelio, testigo de su mover, testigo de su poder.
Entonces, el texto de hoy nos llama a vivir por el Espíritu. La pregunta entonces, si continúo con mi reflexión final de cierre, la pregunta es cómo yo vivo por el Espíritu, lo cual no es místico, es práctico. Y aunque he dicho muchas cosas, yo creo que necesito todavía decir otras de cómo es que se vive por el Espíritu y de una manera natural, regular en el día a día, en el trabajo, en la universidad, en cualquier otro lugar.
Entonces, déjame decirte cómo se vive por el Espíritu. Primero, tú renuncias todos los días a la rebelión de tu carne, que se opone al trabajo del Espíritu. Todos los días, todos los días, y en cada momento. Segundo, tú oras de manera primaria para entrar en la voluntad de Dios, en los propósitos de Dios, y no para devengar beneficios. No es que no puedas orar a Dios para que te dé algo en particular, por lo cual tú estás orando, pero primariamente tú debes estar orando para entrar en los propósitos de Dios, en la voluntad de Dios, de manera que tú puedas decir: "Señor, este es mi deseo, pero que se haga tu voluntad y no la mía."
Tercero, tú lees la Palabra regularmente, que fue inspirada por el Espíritu. Y luego, tú haces un compromiso de salir a poner en práctica lo que leíste, de manera que no seas simplemente un oidor —pastor, yo he hablado de eso—, sino también un hacedor. Y de tal forma que no leas simplemente para aprender, sino primariamente para ser transformado, cambiado por el poder de la Palabra. La intención exclusiva de la información es transformación. La meta exclusiva de la información de la Palabra es transformación, no tiene otra meta.
Número cuatro, tú comparas las decisiones que estás a punto de tomar con las enseñanzas de la Palabra, y luego tú sometes al cautiverio todo pensamiento que se levanta contra esta sabiduría de Dios. Y desechas todo pensamiento que es contrario a su Palabra, lo sometes a ella.
Quinto, rehúsas leer solamente los pasajes que te bendicen. Tú lees un salmo: Dios bendijo a David. Próximo salmo: Dios te ama. Próximo pasaje: Dios tiene un plan maravilloso para tu vida. Próximo pasaje: Dios cuidará de ti. Próximo pasaje: tienes una promesa y una herencia reservada en los cielos. Próximo pasaje: Dios perdona. Próximo pasaje: su gracia es más grande que tus pecados. Próximo pasaje, próximo pasaje, nada que me confronte. Estoy bien, soy hijo del Rey, soy un príncipe.
Número seis, te comprometes a romper con toda irreconciliación que exista en tu vida. Todos me han oído, yo creo que todos me han oído decir desde este púlpito más de una vez, yo odio las irreconciliaciones. Pero las odio no simplemente porque es lo que a Dios le agrada, es que Dios la enseña de toda forma posible. A mí me han llamado a ser un pacificador y a hacer las paces, en cuanto dependa de ti.
Número siete, te comprometes a sacar de tu vida todo elemento de impureza que exista en tu caminar. Caminar en el Espíritu es tan natural como esto, escúchame, o mírame, tan natural como esto. Entonces aquí yo acabo de inspirar aire, vamos a decir limpio, y yo acabo de exhalar aire contaminado, con CO2, que si se acumulara, me matara. De esa misma manera, tú tomas la Palabra e inhalas la Palabra y dejas que ella haga espacio en tu mente, y la Palabra inhalada va a sacar las impurezas acumuladas en la mente. Esa es la manera de forma natural.
Número ocho, te comprometes a cuidar de tu alma como cuidas de tu cuerpo. Nosotros cuidamos del cuerpo: te bañas todos los días o más de una vez al día, tú cuidas tu peso, cuidas la piel, cuidas el pelo, hasta pelos de nariz te pones, cuidas el desarrollo de tu musculatura, cuidas tu sueño, cuidas tu descanso, cuidas tu dentadura, cuidas tus uñas, cuidas tu dieta. No tengo problema con nada de eso, pero no cuidas tu alma con la misma rigurosidad. ¿Quién va a cuidar de tu alma? Todo lo que hablamos, todo lo que cuidaste y que mencionamos en esta lista se va a quedar de este lado, nada de eso tiene valor eterno. Solamente su Palabra.
Número nueve, cuida lo que oyes y cuida lo que dices. Visualmente decimos según oímos. Y número diez, cuida lo que piensas en privado y cuida lo que vives en público. Si haces esas cosas, si yo hago esas cosas, estarás viviendo en el Espíritu, tan natural como eso, nada místico, día a día, momento a momento. Todas ellas están de una u otra forma reveladas en su Palabra.
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