Integridad y Sabiduria
Sermones

El evangelio y la misión

Adam Greenway 30 octubre, 2016

El evangelio transforma completamente a quien lo recibe: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas". Pero esta transformación no se origina en nosotros. Todo procede de Dios, quien toma la iniciativa de reconciliar a su pueblo consigo mismo. Desde Génesis vemos este patrón: cuando Adán y Eva pecaron, no corrieron hacia Dios pidiendo perdón; se escondieron. Fue Dios quien los buscó preguntando "¿dónde estás?". El pecado separa y aísla, pero Dios se deleita en reconciliar. Es el mismo cuadro que pinta Jesús en la parábola del hijo pródigo, donde el verdadero héroe no es el hijo que regresa, sino el padre que sale corriendo a abrazarlo.

¿Cómo puede Dios perdonar sin cobrar la cuenta del pecado? La respuesta está en Cristo. Él, que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros. Tomó nuestra deuda y murió en nuestro lugar. Como ilustración: si Dios cobrara nuestras transgresiones como una tarjeta de crédito cobra cada compra, estaríamos perdidos. Pero en Cristo, esa cuenta queda marcada como pagada. Su rectitud se acredita a nosotros, y somos declarados justos aunque éramos culpables.

Sin embargo, el evangelio no termina con nosotros. Quien ha sido reconciliado recibe también el ministerio de la reconciliación. Pablo lo dice con pasión: somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. Un pueblo del evangelio debe ser inevitablemente un pueblo de misión, llevando a otros el mismo mensaje que transformó su propia vida.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Gracias, doctor Núñez, por esa introducción tan generosa. Y quiero expresar que ha sido un verdadero gozo estar aquí en la IBI durante este fin de semana. No sé si hay un lugar en el mundo donde me gustaría estar en un día como hoy que aquí con ustedes adorando al Señor. Y aunque no lo crean, pues ya ustedes me han impactado un poco y les voy a contar una pequeña historia.

Después de la conferencia, cuando salí y me dirigí al hotel, coincidí en el ascensor con una dama. Ella me habló en español, yo le respondí en inglés, y ella entonces me miró un poco extraño y yo le dije: "Es que yo soy americano." Y ella dijo: "¿Y tú? ¡Me parecías dominicano!" Aparentemente algo se me ha pegado aquí en estos días.

Y la verdad es que creemos que Dios ha unido nuestro seminario y esta iglesia para trabajar juntos, para traer líderes, para la gloria de Cristo. Y Dios ha unido esta iglesia y el seminario en esta unión para preparar a líderes para la gloria de Dios. Y queremos ver más de ustedes que vengan y se entrenen con nosotros. Y queremos que vengan de allá para acá para que se unan a ustedes y nos ayuden a alcanzar a Latinoamérica para Cristo.

Damos gracias a Dios por su pastor porque Dios lo ha preparado para ser una voz del Evangelio en esta generación. Es un honor para mí, pastor, estar aquí en su púlpito ministrando al pueblo de Dios.

Yo les pido por favor que tomen sus Biblias y vayamos a Segunda de Corintios, capítulo 5. Vamos a leer desde el versículo 17 al 21 y vamos a continuar con el tema que hemos estado tratando sobre quién irá. El tema es el Evangelio y nuestra misión. Segunda de Corintios 5, versículo 17 al 21, si ya lo tienen, por favor párense para honrar la satisfacción de Dios.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación, a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

Esta es la satisfacción de Dios. Que Dios bendiga la lectura y el estudio de su satisfacción esta mañana.

Estamos viviendo en un tiempo donde hay mucha confusión sobre el Evangelio en la sociedad. Y hay varias formas en que esto se manifiesta. Muchas veces se utilizan adjetivos antes de la palabra evangelio. Y típicamente, cuando esto ocurre, lo que se encuentra como resultado es una perversión del Evangelio, un mal entendido del Evangelio. Por ejemplo, el evangelio de la prosperidad. Y hay muchos otros ejemplos de cómo se está pervirtiendo, cómo se está cambiando el Evangelio.

Por ende, nosotros tenemos la responsabilidad de estar seguros de qué exactamente es el Evangelio. Y yo les planteo que en algunas iglesias evangélicas tenemos un entendimiento que está por debajo del verdadero conocimiento del Evangelio. Nuestro entendimiento del Evangelio se ha divorciado del deseo de Dios de reconciliar a su pueblo consigo mismo. Y por eso es que tenemos que ir a las Escrituras para entender exactamente qué es el Evangelio y qué es lo que el Evangelio nos exige a nosotros.

No hay texto más clásico en las Escrituras para entender el Evangelio que este pasaje de Segunda de Corintios 5:17-21. Estos versos nos pueden ayudar muy bien a lograr esto. Vamos a prestar atención a este pasaje y voy a destacar algunas cosas para su consideración en este día.

Pablo está escribiendo a los creyentes en Corinto y les dice: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas." Aquí Pablo hace una declaración maravillosa sobre lo que ocurre cuando el Evangelio toma el control de la vida de un creyente.

Cuando una persona es regenerada por el Espíritu de Dios y comienza a confiar en Cristo como su único Salvador, es cambiada desde adentro hacia afuera completamente. Es la misma cara cuando se mira en el espejo, pero no es la misma persona. Ha sido transformado, lo viejo ha pasado, ya no está, y lo nuevo ha llegado. Por lo que Cristo logró en la cruz, he sido trasladado de muerte hacia vida, una nueva creación, un glorioso acto de Dios. Y eso es lo que celebramos.

Ahora, ¿qué quiere hacer Pablo aquí? Él explica cómo es que eso ocurre. Y él aquí destaca varias cosas que facilitan ese tipo de transformación: "Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo."

Paremos un momento ahí. Yo quiero estar seguro de que entiendo exactamente a qué se refiere cuando Pablo dice "todo esto procede de Dios." Y para eso debo ir al lenguaje original, al griego que se utilizó para escribir el Nuevo Testamento. ¿Y qué significa "todo"? ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo procede, todo se origina en Dios mismo! ¡Dios es el autor de nuestra salvación! Y Él es el Padre que nos reconcilia.

Y eso está muy claro inclusive en las primeras páginas de la Biblia. En Génesis 1 y 2 vemos al primer hombre, Adán, y a la primera mujer, Eva, colocados en este primer jardín. Y Dios les prohibió solo una cosa: no debían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque el día que lo hicieran, ellos iban a morir.

Y en Génesis 3 viene la serpiente. La Revelación dice que es el mismo Satanás. Y él le pregunta a la mujer: "¿Qué ha dicho Dios sobre las reglas aquí?" Y ella dice: "Bueno, no debemos comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, no debemos ni siquiera ponerle la mano." Y es muy interesante lo que Satanás les responde. Él dice: "No te lo está diciendo todo. Él sabe que si ustedes comen de esa fruta, ustedes van a ser como Él, van a tener conocimiento. Él está guardando información, no te lo está diciendo todo."

La estrategia original de Satanás está muy clara: busca que nosotros pongamos en duda la satisfacción de Dios y que cuestionemos su bondad. Y creo que es la misma estrategia que él utiliza hoy en nuestras vidas. "¿Es verdad que Dios dijo esto?" Él quiere cuestionar la bondad de Dios y poner en duda la palabra de Dios.

El enemigo usa la misma estrategia: quiere que pongamos en duda la bondad de Dios, que cuestionemos su verdad. Él no es creador; lo que hace son imitaciones. Él es mentiroso y padre de mentira, y todos nosotros hemos sido afectados por esa mentira.

La mujer desobedece a Dios, come del fruto, le da a Adán para que coma, y automáticamente se dan cuenta de que todo ha cambiado. Ellos realizan que están en la culpa. Ellos realizan que están desnudos. Es interesante ver lo que ocurre y lo que no ocurre en ese momento donde ellos se dan cuenta de las consecuencias de su pecado. ¿Ellos claman a Dios pidiendo perdón? ¿Ellos van corriendo buscando a Dios? ¿Ellos reconocen su pecado y piden perdón? No. En lugar de eso, ellos lo que hacen es que se esconden. Se alejan. Es Dios el que viene y los busca a ellos. Dios es quien viene y pregunta: "Adán, ¿dónde estás?" Esa es una frase muy común en mi casa. Es Él quien los está buscando a ellos.

Y aquí hay algo muy importante. El pecado separa. El pecado nos aísla. Y en Génesis aprendemos que fueron ellos como pareja que se alejaron de Dios. Dios nunca se movió. Ellos fueron los que se aislaron, ellos fueron los que trataron de esconderse. Y eso es lo que hace el pecado. Y es Dios el que toma la iniciativa de reconciliarse con ellos. Dios se goza cuando logra reconciliar personas consigo mismo. Dios es un Padre reconciliador.

De hecho, lo vemos aquí en el verso: "Todo esto procede de Dios". En el pasaje vemos la palabra reconciliación cinco veces, lo cual nos muestra la importancia del poder de reconciliación de Dios. E inclusive en el ministerio de Jesús se puede apreciar. Una de las historias más famosas que Jesús contó es lo que ha venido a conocerse como la parábola del hijo pródigo, en Lucas 15. Pero yo estoy convencido de que esa parábola ha sido mal titulada, porque el héroe de la historia no es el hijo pródigo. El héroe ahí es el padre reconciliador.

Cuando pensamos en lo que ocurre en la parábola, tenemos este padre con sus dos hijos hebreos, y el más joven va donde el padre y le dice: "Padre, yo quiero mi herencia". Pero ¿cuándo es que usualmente ocurre, cuándo es que se entrega la herencia? Es cuando ya el padre no está. En otras palabras, el hijo lo que le está diciendo al padre es: "Yo quisiera que tú estuvieras muerto". Y eso es algo muy vergonzoso. Pero evidentemente, este padre amaba tanto a su hijo que le dio la parte que le tocaba.

El hijo toma este dinero y se va a una tierra lejana de gentiles. Y lo malgasta. Está quebrado. Él está tan destituido que llega a alcanzar un nivel de pobreza tal que tiene que emplearse al servicio de un gentil. Y este señor lo envía a que alimente a los puercos. Para un hebreo tener que alimentar puercos es un hecho verdaderamente grotesco. Pero es tan mala la situación, que él llega a desear comer lo que comían los puercos. Y es ahí, en el centro de esa increíble depravación, que viene a sus sentidos. Y dice: "Yo debo volver a casa de mi padre, porque mi padre hasta a sus esclavos los trata mejor que esto".

Y cuando él vuelve a su casa, a pesar de que está lejos, el padre lo ve. Y la respuesta del padre no es echarse hacia atrás y decir: "Yo sabía que esto iba a pasar. Él va a pagar las consecuencias de lo que ha hecho". No, el padre sale corriendo. El padre abraza a su hijo. El padre celebra a su hijo. Lo abraza, celebra su retorno. Es una maravillosa imagen de lo que ocurre cuando un pecador se reconcilia con Dios. Y esa celebración que ocurre. Dios se deleita al reconciliar a personas con Él.

Por lo tanto, ¿cómo es que lo hace? En el verso 19 vemos que dice: "A saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones". Y eso no son solo buenas noticias. Esas son las mejores noticias. Porque si Dios tomase en cuenta mis transgresiones, yo estaría perdido.

Esto es un lenguaje como de contabilidad. Es como que se está acumulando una cuenta o una línea de crédito de pecado. Yo me pregunto si algunos de ustedes tienen tarjetas de crédito que utilizan. Yo tengo una especialmente para cuando viajo. Y si se manejan bien, realmente las tarjetas de crédito pueden ser algo muy bueno. Por ejemplo, cuando utilizo tarjetas, puedo adquirir todo tipo de cosas. Funciona igualito que si fuese dinero. Todo lo que hay es presentar la tarjeta y me dan las cosas. Solo la presento, la paso y compro cosas. Pero hay un pequeñito detalle. Cada treinta días me llega una factura en el correo. Y me dicen que tengo que pagar lo que he comprado.

Y esa parte no me gusta. Yo lo que quisiera poder hacer es llamar al banco y decirle: "Mira, disculpa. Yo no quiero saber de eso. Me parece muy injusto que me envíen esta factura cada mes y que me pidan que pague lo que he gastado. Me parece una injusticia que ustedes me envían esta factura y esperan como que yo voy a pagar lo que compré. De hecho, yo prefiero que le envíen mi factura al doctor Albert Mohler y que le pidan a él que pague". ¿Y qué usted cree que probablemente me van a responder? Me van a decir: "¿Cuál es el nombre que está en la tarjeta de crédito? ¿Es el suyo? ¿Fueron esos sus cargos? ¿Hay fraude o engaño aquí? ¿Quién hizo esos cargos?"

Pues me tengo que decir: "Bueno, esa tarjeta es mía y fui yo quien hizo esos cargos". Y ellos me van a decir: "Si esa es su tarjeta y usted fue quien compró esas cosas, entonces usted es el responsable de pagar". Y yo no puedo decir que eso es una injusticia. Porque fui yo quien lo consumí. Es mi tarjeta. Y lo justo es que ellos me carguen a mi cuenta esas cosas y que me exijan el pago.

Entonces, escúchenme, por favor. Si Dios me cobrase mis pecados, mis transgresiones a mi cuenta, Él sería perfectamente justo. Porque desde el momento que yo nací fue como que tenía una tarjeta, pero que tenía el letrero de pecado. Y cada vez que yo cometo un pecado estoy ahí, pasando esa tarjeta y acumulando una cuenta. Y sería perfectamente justo si Dios me cobrara esa cuenta. Pero si Él hiciese eso, yo estaría perdido. Porque esa deuda yo no la puedo pagar. Y esa deuda me va a matar. Y no solo físicamente, sino que me va a separar de Dios por la eternidad en el infierno. Porque la paga del pecado es muerte.

Pero veamos nuevamente lo que dice Pablo: "A saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones". En Cristo Él no me cobra la cuenta a mí. Él no me exige pago. A pesar de que es mi cuenta, Él la marca como pagada completamente. No son buenas noticias, son las mejores noticias.

Pero surge una pregunta: ¿Cómo es que Dios puede hacer eso? La respuesta está en el verso 21: "Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él". Aquí está ese acuerdo divino. Él, Cristo, el Hijo de Dios, el que no tenía pecado, se hizo pecado por nosotros. Y en la cruz tomó tu pecado, tomó mi pecado. Y murió en nuestro lugar. Esa fue la copa que Él bebió por nosotros. La copa de la ira del pecado. Y Cristo pidió que si había alguna otra forma de no pasar esa copa, pero de lo contrario, que sea la voluntad de Dios y no la de Él mismo. Él sufrió en mi lugar.

Él se paró condenado en mi sustitución delante de Dios. Él fue nuestro pecado, el mío y el tuyo, que lo llevó a la cruz. Él, que no conoció pecado, le hizo pecado. Él, que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros. Él tomó mi pecado para darme su rectitud. Y ese es el gran intercambio. Él toma mi pecado, muere en la cruz, y su rectitud es imputada a mí.

Cristo no era un pecador y sin embargo se convirtió en pecado por nosotros. En mi naturaleza, yo soy un pecador, no tengo esa rectitud. Pero él me declara recto. Es una rectitud ajena a nosotros. Es la rectitud de Cristo que se acredita a mí. Y eso nos lleva a la justificación, donde a pesar de que soy culpable, soy declarado no culpable. Y nos lleva de justificación a santificación. En la santificación nos convertimos en lo que ya Cristo declaró que nosotros somos. Yo soy declarado recto y ahora el Espíritu trabaja en mí para darme una vida de rectitud.

Para que fuéramos hechos justicia de Dios en él. Lo único que yo traigo a esa mesa es pecado. Y toda la salvación es un preciado regalo de Dios para mí. Somos salvos por gracia, por medio de la fe. Y para todos aquellos que reconocen sus pecados y se vuelven a Cristo para salvación, hay tanto que podemos celebrar y sentirnos agradecidos en el Evangelio.

Pero si paramos aquí, nos faltaría algo muy importante. Y es que el Evangelio de una forma inevitable nos lleva a acompañar a Cristo en su misión. Para decirlo de una forma más clara, yo creo que es imposible separar la teología de las misiones. Fíjense lo que está aquí escrito por Pablo. Versículo 18: "Que nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo." Teología. "Y nos dio el ministerio de reconciliación." Versículo 19: "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones." Teología. "Y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación." La misión. Versículo 20: "Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. En nombre de Cristo, les rogamos: Reconcíliense con Dios." Esta es la misión.

Un pueblo del Evangelio inevitablemente debe ser un pueblo de misiones. Porque si el Evangelio ha llegado a mí, también me llama a ir a los demás y ver sus vidas cambiar también. El Evangelio no se supone que se acabe conmigo. Así como yo lo recibo, yo debo compartirlo. Como otros vinieron a mí, pues yo voy a los demás.

Miren la pasión en las palabras de Pablo. Dice: "Como si Dios rogara por medio de nosotros." Pablo tenía una pasión tal que inclusive vemos donde dice que él quisiera ser inclusive maldición, pero a favor de sus hermanos. Yo creo que algo que pudiéramos señalar donde la iglesia ha fallado hoy en día es que nuestros corazones no tienen esa pasión. Nosotros no lloramos como Pablo. Y hasta que nosotros no podamos llorar y tener nuestros corazones rotos por la perdición del mundo, pues nunca vamos a ser este tipo de persona como era Pablo. Las palabras de Pablo nos dejan ver muy claro que no podemos separar el Evangelio de la misión.

Nosotros hemos estado estudiando lo que significa ser esas personas que van a ir. Yo quiero hacerte dos preguntas muy sencillas y muy claras. ¿Hay algún momento en tu vida donde tú has recibido el Evangelio? Si no, ¿qué es lo que te está limitando de confiar en Cristo ahora mismo? Y si eres creyente, ¿qué estás haciendo para vivir en misión, para conectar a todos los pueblos a Jesús, para ser ese agente de reconciliación como fue Pablo, en la medida que vas, en la medida que vives como un enviado para la gloria de Dios y la salvación de su pueblo?

Oremos.

Adam Greenway

Adam Greenway