Integridad y Sabiduria
Sermones

El favor de Dios sobre el Hijo

Miguel Núñez 14 octubre, 2012

El bautismo de Jesús en el Jordán marca el momento en que el carpintero de Nazaret abraza definitivamente su misión mesiánica. Después de treinta años de vida común, Jesús llega al río un día cualquiera, mezclado entre las multitudes que acudían a Juan. No hubo ceremonia especial ni bombos y platillos: vino con el pueblo al que había venido a salvar. Juan, al reconocerlo, se resiste —él necesitaba arrepentimiento, no el Mesías sin pecado— pero Jesús responde con palabras que definen el carácter del reino: es necesario cumplir toda justicia. Los ciudadanos del reino no están para llenar la justicia de los hombres, sino la de Dios, y eso requiere obediencia, humildad y sumisión.

Lo que sigue es la triple aprobación del Padre. Los cielos se rasgan —la misma palabra que describe el velo del templo al morir Cristo—, el Espíritu desciende como paloma no solo sobre sino adentro de él, y una voz declara: "Tú eres mi hijo amado, en ti me he complacido". Nadie más ha recibido ese título. Ni Buda, ni Mahoma, ni ningún fundador religioso. Solo Cristo fue llamado Hijo amado.

Este evento inaugura el año del jubileo definitivo: las deudas del pecado serán canceladas, los esclavos liberados. Cuando después le preguntan a Jesús con qué autoridad actúa, él se remonta al Jordán. Allí recibió autoridad para perdonar pecados, sanar enfermos y proclamar verdad. La pregunta que queda es si nuestro propio "Jordán" —el día que el Espíritu vino a morar en nosotros— marcó un antes y un después igual de definitivo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos al Evangelio de Marcos, el capítulo 1, para seguir con nuestra serie que comenzamos a sellar un par de domingos atrás. En el día de hoy la vamos a continuar justo donde nos habíamos quedado: versículo 9 de Marcos 1, y estaremos leyendo básicamente hasta el 11 —9, 10 y 11— para ver en detalle el bautismo de nuestro Señor Jesucristo.

Marcos 1, comenzando en el versículo 9 hasta el 11: "Y sucedió que en aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Inmediatamente, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu como paloma descendía sobre él. Y una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido."

Bueno, recordaremos que la semana anterior habíamos hablado acerca del inicio del ministerio de Juan el Bautista. Juan estaba en el Jordán, estaba predicando, estaba predicando un bautismo de arrepentimiento. Pero el texto claramente dice que Juan no estaba simplemente bautizando, le estaba predicando un bautismo de arrepentimiento y que la gente había comenzado a responder. Jesús todavía no ha aparecido en la escena, pero este es el día que Dios había escogido desde toda la eternidad para que Jesús fuera bautizado por el precursor que hoy conocemos como Juan el Bautista.

Y de manera interesante, a pesar de ser un evento tan crucial en la vida del Maestro, como veremos a lo largo del camino, es algo que Marcos relata de una forma sumamente breve. Como hemos dicho, Marcos se caracteriza precisamente por su brevedad muchas veces. Marcos no habla nada del nacimiento de Jesús, ni de las circunstancias alrededor. Cosa que sí hacen Mateo y Lucas, por ejemplo. Y de la misma manera, tanto Mateo como Lucas dedican bastante espacio para hablar acerca de los acontecimientos que se dieron aquel día en el río Jordán, y por eso nos vamos a ayudar de ellos una vez más.

Pero a pesar de la brevedad del relato, yo quisiera que en esta ocasión pudiéramos ver tres aspectos de lo que ocurrió este día. Número uno, la necesidad del bautismo de Jesús. Número dos, el significado de su bautismo. Y en tercer lugar y por último, la trascendencia de aquel evento en aquel día.

Y obviamente quiero comenzar con la primera de ellas: la necesidad del bautismo de Jesús. Marcos es muy breve, como yo mencioné, y se conforma con introducir este día diciendo que en aquellos días Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado. Ya está, bautizado. Vino de Nazaret de Galilea, del pueblo donde Jesús había crecido, del lugar donde él era, había sido conocido como carpintero, como el mismo Marcos dice en el capítulo 6, versículo 3. De aquel lugar Jesús finalmente se dirige al Jordán, reconociendo que ya había terminado ese período de tiempo de una vida común y corriente, pudiéramos decir. Una vida que no quiero llamar secular porque no hubo nada secular en la vida de Jesús, pero sí una vida dedicada a otra cosa que no era la misión designada por el Padre y anunciada desde el Antiguo Testamento.

Este es un día donde en cierta medida Jesús renuncia a esa vida que hasta ese momento había llevado y abraza una nueva vida. Una vida mesiánica, una vida que realmente tenía que ver con la labor designada o asignada para él. Este día comienza en gran medida la era de la gracia, porque cuando Jesús sale del Jordán él está listo para anunciar las buenas nuevas que a él le habían encomendado. Pero a la vez él está consciente que el día que él entra al Jordán, él comenzó una cuenta regresiva que lo llevaba hasta la cruz, y que cada 24 horas él se acercaba cada vez más a ese punto final doloroso que él trató incluso de pedir al Padre a última hora que si fuese posible que se lo evitara. Él estaba consciente de todo eso porque para eso él vino.

Pero yo no quisiera dejar pasar la ocasión sin detenernos un segundo y reflexionar del cambio de vida que Jesús hizo, no en término de pecadora a no pecadora, de pecadora a perdonada, no. Pero sí el cambio que hizo de una vida rutinaria, más o menos común entre los hijos de los hombres, donde él fue conocido como el hijo de José y María y como el carpintero, a esta otra vida donde él abraza completamente su obra mesiánica. Para nosotros reflexionar brevemente acerca del momento en que yo fui bautizado, no en agua sino por el Espíritu de Dios, porque precisamente Juan os decía que su bautismo apuntaba a un bautismo mayor, que él bautizaba en agua pero que detrás de él venía alguien que los iba a bautizar en el Espíritu Santo. Entonces ese es en cierta forma el día de mi Jordán, ese día en que yo tengo un encuentro con el Espíritu de Dios.

¿Realmente estoy yo hoy consciente, o estuve yo consciente ese día y desde entonces, que yo necesitaba desabrazar una vida más o menos común y corriente, una vida común entre los incrédulos, común entre los pecadores, para abrazar una vida que Dios llama eterna, pero que es una vida también que yo necesito considerar desde el plano de lo terrenal y ver que ciertamente es otra vida en la que yo necesito vivir ahora para la gloria de Dios, como un siervo de ese Dios, honrando a mi Dios todo el tiempo, de tal manera que yo trate de complacer a mi Dios también? ¿Estoy yo consciente de eso?

Estoy consciente de que hubo un día en mi calendario —que algunos tienen más claro que otros— en el que hubo un antes y un después. Ese antes y después estuvo marcado por un evento, más claro para algunos que para otros como ya dije, pero que sí debió haber estado marcado en lo adelante por un estilo de vida en una dirección distinta a la que hasta ese momento yo venía cultivando. No más carpintería para Jesús. Eso no implica para nosotros no más una vida de profesión, no implica eso, profesión equis, pero sí implica un cambio de dirección. Porque el día de mi jornada también llegó.

Nota cómo Marcos introduce ese día: "En aquellos días". ¿Cuáles días? En los días en que Juan bautizaba, en los días en que Juan estaba llevando a cabo su misión. Algunos piensan que Juan probablemente tenía unos seis meses bautizando, y probablemente a lo largo del Jordán; quizá no era una sola localidad la que Juan tuvo, y que posiblemente a partir de este momento él iba a tener más o menos otros seis meses de misión, hasta que él fuera arrestado por Herodes.

Pero es interesante que Lucas le da un poco de color a lo que está pasando en este momento y nos dice que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado. En otras palabras, Jesús no fue bautizado un día especial con bombos y platillos. Él fue bautizado un día cuando todo el pueblo, dice Lucas, estaba siendo bautizado. Jesús también fue bautizado; no tuvo una ceremonia especial. Jesús vino con el pueblo, con el pueblo con el cual él se iba a identificar, vino con el pueblo al cual él vino a salvar. Y cuando ese pueblo acudía a Juan el Bautista, entre el pueblo se apareció Jesús.

Imaginemos la sorpresa de Juan cuando de repente, entre la multitud, él tiene los ojos del Mesías a quien él estaba esperando por tanto tiempo. Yo no sé cómo estos dos hombres se miraron, pero a mí muy bien me gustaba estar allí: cuando el Mesías miró a Juan conociendo "este es mi comienzo", y cuando Juan ahora sobrenaturalmente determina por la iluminación de Dios "este es a quien yo introduzco hoy". Yo me imagino la impresión, me imagino la taquicardia de Juan, me imagino la sudoración, me imagino la aprensión: "Y ahora, ¿qué hago? Este es mayor que yo, yo no soy digno de desatar sus sandalias, mucho menos de bautizarlo. Este es más poderoso que yo, a él es que yo estoy introduciendo".

Y eso es exactamente como Juan responde, cuando dice: "¿Yo bautizarte a ti? No, no, no, no. Tú debes bautizarme a mí". Imaginémoslo a Jesús en medio de la multitud, porque eso es lo que Lucas nos dice: que Jesús vino un día cuando todo el pueblo estaba siendo bautizado. Evidentemente el mensaje de Juan era un mensaje de mucha convicción; la gente estaba acudiendo a Juan masivamente, o de lo contrario Lucas no hubiese escrito "cuando todo el pueblo estaba siendo bautizado". No creemos que el cien por ciento del pueblo acudió, pero la fraseología de Lucas nos dice que mucha gente estaba acudiendo. Ese es el día en que Jesús vino.

Ahora, yo creo que sería inocente pensar que todas las multitudes que venían a Juan estuvieron bien intencionadas. En un momento dado el texto de Lucas, creo, nos dice que cuando Juan se dio cuenta que escribas y fariseos habían venido a bautizarse, les dijo: "¡Raza de víboras! ¿Quién los advirtió de la ira venidera?". Entre ellos venían personas con malas intenciones. Esa fue el caso durante el ministerio de Juan el Bautista. En otras palabras, no todo el que vino al Jordán tuvo buenas intenciones, no todo el que vino a Jesús tuvo buenas intenciones. Algunos vinieron por la multiplicación de los panes. Ocurrió en el ministerio de los apóstoles, está ocurriendo hoy, y eso siempre ha de ocurrir.

Jesús nos dijo todo el tiempo cómo la cizaña y el trigo crecerían juntos, y cómo no debiera eso ser una preocupación para nosotros, sino que esa preocupación debiéramos dejársela al Padre. Porque en el día final él enviaría sus ángeles, quienes se encargarían de separar el trigo de la cizaña, y que nosotros no teníamos la habilidad de separar esas dos cosas. Que tuviéramos cuidado, no fuera a ser que al arrancar la cizaña nos lleváramos también el trigo con nuestra acción.

De manera que ahora tú tienes a Juan con una multitud, de nuevo no toda bien intencionada. Pero Juan entendía algo que tú y yo necesitamos entender, y es que mi tarea, mi responsabilidad, termina cuando yo expongo la Palabra, cuando yo predico la Palabra. Es la responsabilidad del pueblo responder a la verdad. Es la responsabilidad tuya y mía predicar la verdad, y es responsabilidad de Dios discernir la respuesta a la verdad, sea una o no. Pero la tuya y la mía es simplemente enseñar la verdad, independientemente de quién escuche.

Volviendo a Marcos, volviendo a Lucas: Lucas nos dice que Juan está impresionado y dice: "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?". Mateo 3:14 nos dice eso. Y Jesús, en su forma atípica y humilde, dice: "Juan, es necesario que tú lo hagas para cumplir toda justicia". ¿Toda justicia? ¿Cómo así, Maestro? Todo aquello que Dios ha dispuesto, todo aquello que corresponde al programa de Dios, tú y yo tenemos que cumplirlo.

Yo puedo entender la lógica de Juan. Yo puedo entender a Juan pensando: "Este bautismo que yo predico es un bautismo para arrepentimiento. Él no tiene nada de qué arrepentirse. ¿Qué hace él aquí en el Jordán? Yo tengo cosas de qué arrepentirme, y él tendría que bautizarme a mí, y yo experimentar un bautismo de arrepentimiento". Yo puedo entender la duda de Juan. Yo puedo entender a Juan cuando él está pensando: "Yo acabo de anunciar que el que viene después de mí, que lo tengo de frente, va a bautizar con el Espíritu Santo, y que yo simplemente estoy bautizando con agua. Y ahora está el bautizador con el Espíritu Santo pidiendo que lo bautice con agua, cuando yo estoy diciendo que este bautismo es inferior al que sigue".

Juan, yo entiendo, Juan. Pero tú tienes que entender algo aún aquí en el Jordán, que tú y yo necesitamos recordar: en el reino de los cielos, las cosas que no nos parecen lógicas muchas veces es el plan de Dios que así ocurra. Y cuando yo estoy frente a eso, mi reacción no debe ser una de rebelión, o de rechazo, o de objeción, como Juan estaba haciendo, o como lo hizo Pedro a la hora de Cristo lavar los pies, sino una de sumisión. Juan, es necesario. Juan, tú tienes que someterte, y yo también, y nos vamos a someter al mismo programa, al programa de Dios Padre, para que tú y yo podamos cumplir toda justicia.

Yo sé que no es lógico, pero entiende, Juan, entendamos: tú y yo, que somos ciudadanos del reino de los cielos, no estamos aquí para llenar la justicia de los hombres, que es muchas veces lo que nos preocupa. La apariencia nos lleva a llenar la justicia de los hombres, muchas veces no llenando la justicia de Dios. Nosotros estamos aquí para llenar la justicia y los preceptos de Dios, y eso va a requerir obediencia, humildad y sumisión. Obediencia, humildad y sumisión. Obediencia, humildad y sumisión.

Juan, en el Jordán yo estoy tipificando todo lo que tú y el resto de los mortales necesitan. Juan se sentía indigno. ¿Saben por qué Juan se sentía indigno? Muy sencillo: porque no lo era. No es tan complicado. Pero tú y yo tampoco somos dignos. Yo no soy digno de pararme en este púlpito a hablar en nombre de Dios, la Palabra santa e infalible, a través del vaso no santo y falible, como tantas veces hemos dicho. Yo no soy digno de hacer eso. Pero es la gracia de Dios sobre Juan que le da el privilegio de participar en el bautismo de Jesucristo, y es la misma gracia sobre mí o sobre ti que nos da los privilegios de participar en las cosas que Dios nos da la oportunidad de participar. Pero es por gracia. Lo fue con Juan, lo es conmigo, y lo es con cada uno de nosotros.

Toda justicia. Si tenemos que preguntar una vez más cuál fue la necesidad del bautismo de Juan, si dejamos que Cristo responda, Cristo ya respondió: para que cumplamos toda justicia.

Ahora yo quiero que veamos la necesidad de la aprobación del Padre ese día, y cómo se dio. Mira cómo Marcos lo relata: "Inmediatamente, al salir del agua —él estaba saliendo del agua— cuando inmediatamente vio los cielos que se abrían y el Espíritu como paloma descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido".

Los cielos abiertos representan la primera señal de la aprobación de Dios. Ahora, en el original la palabra que es traducida como "abiertos" no es "abiertos". La palabra traducida en Marcos como "abierto" es algo que ha sido rasgado, como el velo se rasgó. De hecho, la palabra ya aparece solamente en dos ocasiones en los Evangelios: ahí en Marcos, cuando los cielos se abrieron, y cuando el velo se rasgó. De tal manera que al principio del ministerio de Jesús algo se rasgó, y al final, cuando Cristo muere, algo también fue rasgado.

En el primer lugar los cielos se rasgaron. Cuatrocientos años de silencio habían sido terminados, habían sido ahora interrumpidos de manera violenta, si tú quieres; de ahí que algo haya sido rasgado. La voz del Padre se escucha. La comunicación cielo-tierra a través de su Hijo Jesús había sido inaugurada de manera plena. Y el día que Cristo muere, entonces la comunicación ahora de la tierra al cielo había sido también inaugurada, pero también a través de la misma persona de Jesús. Él es el inaugurador de la comunicación en la era de la gracia: de cielo a tierra y de tierra a cielo. Y en ambos casos algo se rasgó: el cielo o el velo, uno al principio y otro al final.

Isaías soñó con que algo así pasara. Isaías 64, te lo voy a leer en un segundo. Versículo uno habla de un deseo en el corazón del profeta mesiánico. Yo no quiero decir esta mañana que es el cumplimiento, que el Jordán fue el cumplimiento de esto que Isaías dijo, aunque es posible como algunos así lo piensan. Pero escucha las palabras del profeta mesiánico, ponte en sus zapatos, escucha las palabras y trata de imaginarte cómo tú dirías estas palabras del interior de tus entrañas: "¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras! Si los montes se estremecieran ante tu presencia, como el fuego enciende el matorral, como el fuego hace hervir el agua, para dar a conocer tu nombre a tus adversarios".

Adversarios, para que ante tu presencia tiemblen las naciones. Escucharse esas palabras iniciales: "Oh, si rasgaras los cielos y descendieras..." Los cielos han sido rasgados y Dios ha descendido en la persona de Jesús. E Isaías, si hubiese podido regocijarse en el Jordán al ver los cielos abrirse de la manera que ocurrieron, y al ver a Jesús precisamente ahí en las aguas, conociendo que este es el mensajero de Dios que un día haría temblar las naciones, es como si Dios estuviera diciendo: "Este es el resultado del cielo rasgado y de mi presencia entre ustedes." Del cielo abierto se ha oído. Primera señal.

Segunda señal: Dios la hace manifestar a través del descenso de la paloma. No tenemos claro por qué una paloma. Algunos piensan en la paloma quizá como símbolo de pureza, de limpieza, de paz. Imaginémonos una paloma desendiendo, está visto cómo las palomas descienden, cuán gentiles o tiernas son al hacer eso. Quizás, pero recuerda: el Espíritu Santo no viene en la paloma, es simplemente la forma visible de lo que estaba ocurriendo internamente. De hecho, el texto original es mucho más enfático que el texto que tenemos delante, porque el texto de Marcos simplemente dice que el Espíritu descendió sobre él. El texto original dice que el Espíritu descendió adentro de él. Hubo algo que Dios estaba haciendo en el interior de su Hijo al ungirlo ese día con poder, que no era simplemente una manifestación externa de "yo lo apruebo." No, no. Aquí está ocurriendo algo de unción santa, con poder, con autoridad, para una misión que a él le había sido otorgada. Y eso quedó evidenciado y registrado por los cuatro evangelios: de cómo el Espíritu de Dios descendió en forma de paloma sobre el Hijo, que el original nos dice que es adentro incluso del Hijo. Segunda señal.

Tercera señal: y se oye una voz de los cielos que decía: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido." ¡Wow! ¿Tú has oído alguna vez a alguien en el radio que tiene una buena voz, una voz de locutor, y te dice "wow, qué buena esa voz"? ¿Te imaginas cómo sonó esa voz de Dios al decir: "Este es mi Hijo amado en quien me he complacido"? ¿Te imaginas lo que tú hubieses sentido en el momento que tú oyes a Dios hablar desde los cielos para que las multitudes escuchen? ¡Wow!

Ahora nota cómo Dios no simplemente dice "este es mi Hijo amado." Él califica al Hijo amado, dice: "En él yo me he complacido." Él ha hecho cosas, él ha tenido actitudes desde la eternidad, y ahora que está en el agua del Jordán, que a mí me han complacido. Y ahora yo he rasgado los cielos para volver a hablar después de 400 años de silencio. Había enviado un ángel a María y a José, había enviado un ángel a Elisabet y a Zacarías, pero ahora yo he decidido no enviar un ángel. Yo he decidido hablar con mi propia voz y poder dar a conocer que este es el Hijo que ha de ofrecerse. Este es el Hijo que tenía 30 años esperando poder iniciar su ministerio. Este es el Hijo que tenía el llamado, pero que debido a su obediencia decidió esperar santamente hasta la hora programada, para que hoy el calendario mesiánico de mi Hijo se iniciara. Y yo estoy tan complacido que yo he querido abrir los cielos y hablar sobre él, de tal manera que quede claramente registrado que yo estoy complacido en él.

Dios conocía la actitud de su Hijo antes de venir a la tierra, cuando siendo igual a Dios no consideró su igualdad con Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó. Estuvo en la disposición de dejar todo eso a un lado para encarnarse, hacerse siervo, comportarse como siervo, y ahora venir al Jordán. Y lo que estamos viendo ahora es una vez más el Hijo vivir de una forma que ya él había manifestado en actitud, cuando por primera vez consideró su igualdad con Dios como algo que él podía dejar a un lado.

Detente un momento. Reflexionemos brevemente de esas cosas que nosotros consideramos nuestras: tiempos, dones, talentos, posiciones, posesiones, aquellas cosas que son, como dicen en inglés, "dear and near," son amadas, queridas, cercanas a tu corazón. ¿Cuál de ellas tú considerarías que guarda igualdad con Dios? No, ninguna. Aquello que sí guardaba igualdad con Dios es a lo que Cristo no estuvo dispuesto a aferrarse, con la condición de ser un siervo humilde a su Padre. Y ahí está la complacencia del Padre: es en la sumisión del Hijo. Es la razón por la que ahora en el Jordán el Padre está listo para decir: "Tú eres mi Hijo amado en quien tengo complacencia."

Nadie más ha oído algo similar. Abraham fue llamado amigo de Dios. Moisés fue llamado siervo de Dios. David fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios. Pero "mi Hijo amado," nadie ha recibido un título similar que no sea el Hijo. Y la próxima vez que tú vuelvas a escuchar al Padre hablar algo semejante, lo va a oír en el monte de la transfiguración, cuando Cristo mismo es transformado, transfigurado, y de repente ya no refleja los colores y la luz exterior, sino que él es la fuente de la luz él mismo. Y en ese momento el cielo se abre, el Padre habla otra vez, dice: "Este es mi Hijo amado, a él oíd." "Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia." "Este es mi Hijo amado, a él oíd."

A nadie más Dios Padre ha autorizado para hablar en su nombre, con su autoridad, como fuente de verdad, como la última revelación, es este Jesús. La piedra de tropiezo para todos aquellos que quieren minimizarlo y no recibirlo como Señor y Salvador, como ciertamente él les ha sido proclamado. Nadie ha hablado como él. Nadie ha tenido la autoridad que él tiene. Y nadie ha sido llamado "mi Hijo amado."

Buda no fue llamado así. Confucio no fue llamado de esa manera. Mahoma no fue llamado "hijo amado." Ellen G. White no fue llamada "hija amada." Charles Russell de los Testigos de Jehová no fue llamado "hijo amado." Joseph Smith de los mormones no fue llamado "hijo amado." Solo Cristo fue llamado "mi Hijo amado." Solo él vivió, nació, vivió y murió sin pecado. Él complació a su Padre. Él cumplió la ley. Él obedeció a cabalidad. Él es el único que ha sido dado un nombre sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y que toda lengua confiese que Jesús es el Señor.

Vimos la necesidad del bautismo de Jesús. Vimos la necesidad de la aprobación del Padre. Yo quiero que hacia el final veamos la trascendencia del bautismo de Jesús. Está en el fondo. Un día como hoy, únicamente esto no es un día que tuvo un significado pequeño como la memoria de la mayoría de nosotros está registrado. Este evento, cuando nosotros revisamos la historia del Nuevo Testamento, eso no es cómo se habla del día del bautismo de Jesús. El Jordán tuvo un significado monumental en la vida del Maestro.

Es este día cuando las palabras de Juan comenzaron a cumplirse, cuando él dijo: "Es necesario que yo mengüe y que él crezca." Justamente ese día, a partir de ahora, Juan sale del centro de atención y Cristo pasa al centro de la atención. Y ahora todos los ojos de Israel no van a estar sobre Juan el Bautista, van a estar sobre este otro hombre mensajero que ha sido anunciado desde los cielos como el Hijo amado en quien Dios se complace. De aquí en adelante la perspectiva se ha cambiado y la atención del plan de Dios también ha cambiado.

De aquí en adelante, algunos mirarán al Maestro y lo mirarán con gozo. Otros mirarán al Maestro y lo mirarán con odio. Otros mirarán al Maestro y lo mirarán de una forma escéptica. Lo que sí quedó claro a partir de ese día es que nadie jamás sería indiferente al Mesías que había sido introducido. Jamás. O lo miras con gozo, o lo miras con escepticismo, o lo miras con odio, pero todo el mundo aquel día y todo el mundo hoy tiene una reacción ante el Mesías. Y como bien lo dijo Cristo: "El que no está conmigo está contra mí." No hay nadie indiferente a mi persona, lo aceptes o no lo aceptes.

Esa persona, el Maestro, ha sido introducido. El Mesías ha sido anunciado. El carpintero ha sido dejado atrás, de quien habla Marcos 6:3. Y ahora Juan le ha introducido este día a través del bautismo, porque esa era su encomienda. Escucha cómo Juan el evangelista habla de Juan el Bautista y dice lo siguiente: "Y yo no le conocía." Imaginas, Juan el Bautista ve a Jesús pero no sabe quién es, hasta que a él se le muestra quién es. "Pero para que fuera manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando en agua." ¿Para qué vino Juan bautizando en agua? Para que un día Jesús fuera manifestado, introducido a la nación de Israel. "Y el Espíritu de Dios me había dicho que aquel sobre quien yo vea la paloma descender, ese es el Cristo." ¿Imaginas a Juan ese día, al ver los cielos abrirse y la paloma descender y la voz hablar, la reacción que él tuvo?

Este evento que Marcos señala o describe de una forma tan breve fue un evento trascendental. Yo te lo voy a mostrar de un par de maneras distintas de acuerdo a la revelación de la Palabra. Este evento debiera tener en nuestras mentes mayor peso que lo que nosotros le damos. El día que fue necesario sustituir a Judas con otro apóstol, Pedro habló de las características que ese apóstol debía tener. Y cuando él comienza a describir y a definir esas características, Pedro usa el día del bautismo como una marca cardinal en la vida de Jesús que debe formar parte de la definición del próximo apóstol.

Déjame leértelo en Hechos 1:21-22: "Por tanto, es necesario que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros..." ¿Desde cuándo, Pedro? "Porque todo el tiempo que él estuvo entre nosotros, pero ¿cuándo comenzamos a contar? Comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea constituido testigo con nosotros de su resurrección." Si aquí se va a sustituir a Judas por otro apóstol, esta persona no puede ser cualquier persona. Tiene que ser un testigo ocular, y la manera en que un testigo ocular tiene que haber estado presente entre nosotros es desde el bautismo de Juan hasta que él fue recibido en los cielos. Esos dos eventos marcan el inicio y el final del testimonio y del ministerio de Jesús. Así de trascendentes son estos eventos, que marcan como dos portalibros un comienzo y un final para Pedro.

El Mesías ahora está introducido, ha sido presentado.

Antes, para él, ya esa no es la pregunta. Ya la pregunta no es quién es el Mesías; la pregunta ahora es qué tipo de Mesías él será. Porque en la mente de muchos, el Mesías que ellos tenían tipificado era un Mesías político que los iba a liberar del poder opresor de los romanos y los iba a constituir en una primera nación. La pregunta es si esa era la revelación del Antiguo Testamento para el pueblo de Israel. Bueno, algunos de los pasajes que todavía miran futurísticamente a Israel fueron aplicados a ese tiempo, pero en realidad el ministerio anunciado por el Antiguo Testamento, y para el cual Cristo estaba siendo ungido en el Jordán, no era ese.

Déjame leerte una vez más. Isaías 61, ahora. Isaías 64 leímos antes, de Isaías 61 leemos ahora: "El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor. Me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos. Me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberar a los prisioneros". Y el texto continúa. Ese día en el Jordán, Cristo estaba siendo ungido precisamente para que comenzara un ministerio que iba a traer liberación a los afligidos de corazón, a aquellos que han estado cautivos del pecado, para traer libertad.

Ahora, ese ministerio ha sido anunciado, ha sido confirmado. Dios lo llenó de poder para ejercer precisamente ese ministerio. De ahí la importancia del Jordán: es que las buenas nuevas de salvación no fueron predicadas hasta que Cristo sale del río Jordán, ya investido con poder para anunciar las buenas nuevas y abrazar un ministerio anunciado por el profeta mesiánico del Antiguo Testamento cuyo nombre fue Isaías. Y ahora él tiene la autoridad para ejercerlo.

Ahora, ponte en los pies del Mesías: treinta años con el poder, los dones, el talento, la autoridad y el llamado, y no lo puedes ejercer. ¿Imaginas eso? Imagínate qué clase de obediencia esa. Imagínate qué clase de espera esa. Tú tienes el conocimiento y tienes toda la sabiduría, tienes el poder, dones, talento, ya tienes el llamado. ¿Qué me falta? La hora. Y con la hora, la unción del Padre, la aprobación del Padre para hacer aquello a lo cual él me había llamado. Hasta el Jordán esto ha hecho sentido. No podía ser mencionado por Jesús "el Espíritu de Dios está sobre mí". No, no. En el Jordán, a partir de ahí, ahora. Ahora está para traer buenas nuevas a los afligidos de corazón, o a los pobres, como otras traducciones dicen.

Y ciertamente las buenas nuevas son buenas para los pobres. Para los pobres materialmente, porque ellos necesitan —nosotros también— pero ellos necesitan poder poner su esperanza en algo que no está en lo material que ellos no tienen. Es un algo que está mucho más allá, que tiene que ver con el siglo venidero, y que realmente es lo que tiene valor. Porque estas cosas terrenales tienen el valor que el banco central le asigna a un pedazo de papel, no más. Cien dólares. El poder adquisitivo de este pedazo de papel son cien dólares. ¿Qué compra eso? ¿Quién lo dijo? El banco central. Ese es su valor.

Pero los pobres pueden escuchar ahora las buenas nuevas: que hay riquezas en gloria cuyo valor no depende de lo que el banco central le asigne, sino del valor que Dios le asigna. Y que no fluctúa con las economías, y que no cambia, y no tiene poder de inflación, no puede ser inflado. Tiene el valor más alto, ya llegó al tope, el valor que Dios le dio.

Buenas nuevas a los afligidos de corazón. Buenas nuevas a los afligidos por el legalismo de los fariseos. Buenas nuevas a aquellos que ignoraban el verdadero significado y propósito de la ley. Buenas nuevas a aquellos que estaban aplastados por el peso de su pecado. Buenas nuevas para aquellos que habían estado afligidos porque llegaron a entender que este es un estándar que nadie puede cumplir. Pero ahora del Jordán ha salido uno que lo va a cumplir en tu lugar, y a través de quien tú puedes encontrar complacencia en Dios. Él es el Cristo.

Ese día es el día del inicio del año del jubileo. Cada cincuenta años Israel celebraba el año del jubileo, y durante ese año todas las deudas eran canceladas. Durante ese año los esclavos eran liberados. En la cruz, Cristo cumple el jubileo preanunciado en el Jordán. "Yo he venido a traer las buenas nuevas a los afligidos de corazón, de tal manera que toda deuda moral contra Dios será saldada a través de mi sacrificio. Yo he venido a traer buenas nuevas de tal manera que a través de mi sacrificio todo esclavo del pecado será liberado. Este es el año del jubileo. De hecho, yo soy el jubileo para ti".

Y el Jordán representaba realmente —el Jordán fue el símbolo del comienzo de ese ministerio anunciado por Isaías, de acuerdo a Cristo mismo. Lo voy a leer porque, tiempo después, Marcos registra un encuentro que es único: las autoridades del templo, escribas, maestros, fariseos, que vienen donde él a hacerle una pregunta. Y cuando suelen preguntar, él suele responder como buen judío, con otra pregunta. Pero la pregunta que le hace se remonta al Jordán y los deja en el aire.

Escucha lo que Marcos dice, Marcos 11:27-33: "Llegaron de nuevo a Jerusalén" —un lugar peligroso— "y cuando Jesús andaba por el templo" —otro lugar peligroso— "se le acercaron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio la autoridad para hacer esto?" ¿Hacer qué? Es que Jesús viene sanando gente, levantando muertos, él viene liberando personas de demonios, él viene predicando perdón de pecados. La estructura religiosa quiere saber quién y cuándo tú recibiste autoridad para hacer tal cosa.

Y Jesús les dice: "Ok, yo también os haré una pregunta. Respondedme, y entonces os diré con qué autoridad hago estas cosas". Jesús estaba usando una forma hebrea de enseñanza común en los días de Cristo y presente el día de hoy. Y es que cuando tú vienes a mí, en nuestra forma tradicional de enseñanza, y me dices "¿de qué color es esta Biblia?", y yo te digo "negra", yo te respondí la pregunta, pero yo no te he estimulado en nada a pensar. La forma hebrea de educar, aún el día de hoy, es que cuando tú me haces una pregunta, yo te hago otra pregunta y no te respondo tu pregunta, de tal manera que mi pregunta lleva consigo la respuesta. ¿Me van siguiendo?

Déjame ilustrarlo, porque esto le pasó a una señora que estaba estudiando con judíos y no entendía ese trabalenguas que yo acabo de usar. Y un día a ella le pasó algo que finalmente dijo: "Ya entendí". Ella entró a una tienda en Jerusalén, se encontró con un señor como de noventa años que hacía manualidades. Y las vio, y eran manualidades que él había hecho, todas eran suyas. Y ella le dice: "Señor, señor, ¿cuál es su favorita?" El señor la mira y le dice —es una pregunta, "¿cuál es su favorita?"—, como buen judío, él va a hacer una pregunta. La pregunta debe ir conteniendo la respuesta: "¿Es usted casada?" El señor la mira. "¿Su favorita? ¿Casada?" ¿Qué tiene que ver esto con aquello? Pero le dice: "Sí". Porque él está forzando incluso en ella la próxima pregunta: "¿Por qué?" "¿Usted tiene hijos?" ¿Para dónde el señor va? "¿Su favorita? ¿Casada?" "Que si tengo hijos, sí". "¿Por qué?" "¿Cuál es su favorito?" Y la señora inmediatamente entendió la respuesta. ¿Tú lo entendiste?

Ok, regresamos a Cristo. Entonces aquí está Cristo, porque a Cristo le han hecho una pregunta. Aquí está la pregunta: "¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio la autoridad para hacer esto?" Escucha a Jesús: "Yo tengo una pregunta también. Respondedme: el bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?" ¿A dónde se remontó Cristo para decirles con qué autoridad él hace lo que está haciendo? El bautismo de Juan. Cuando tú respondas eso, tú sabes quién me dio la autoridad, en qué momento y de qué manera. "Este es mi Hijo amado, en quien yo tengo complacencia. A él oíd". Respondedme eso; ahí está la respuesta.

Ellos discutieron entre sí diciendo: "Si decimos del cielo, él dirá entonces por qué no le creísteis. Y si decimos de los hombres..." Pero temían también a la multitud, porque todos consideraban que Juan verdaderamente había sido un profeta. Y respondiendo a Jesús, dijeron: "No sabemos". Jesús les dijo: "Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas". Vayan dándole a la pregunta, consigan la respuesta, y ustedes tendrán la respuesta a su pregunta. Con esa autoridad yo predico perdón de pecados, resucito muertos. ¿Te das cuenta?

John MacArthur, comentando acerca de ese evento en Marcos 11, dice: "Fue el bautismo donde su autoridad fue establecida. Fue allí donde el Espíritu de Dios vino ungiéndolo. Fue allí donde el Padre lo afirmó verbalmente. Fue allí donde él recibió autoridad completa para actuar: autoridad para perdonar pecados, autoridad para sanar a los enfermos, autoridad para resucitar a los muertos, autoridad sobre los demonios, autoridad para determinar la verdad y el destino".

Jesús se remontó a su bautismo como el evento cardinal, monumental, que a él lo unge con autoridad y con poder para ejercer su ministerio. Y si en ese evento él no hubiese podido hacerlo, ya que de acuerdo a la agenda que había sido establecida por Dios... ¿Te das cuenta de la trascendencia del bautismo de Jesús? Vimos su necesidad, vimos su significado, vimos ahora su trascendencia.

Ahora, a la medida que yo cierro, yo quiero —yo no quiero dejarte ir simplemente con una descripción detallada más abundante de un evento en la vida de Jesús, porque la realidad es que es difícil analizar cualquier evento de la vida de Jesús y no quedarte reflexionando acerca de: "Y esto, ¿de qué manera se relaciona conmigo?"

El Jordán marcó un antes y un después en la vida de Jesús, sin lugar a dudas, de una forma clara. Juan el Bautista dijo que él, Jesús, vino a darnos un bautismo que no era de agua sino del Espíritu, lo cual ocurrió el día que yo creí. Mi pregunta, con la cual yo quiero que tú te vayas, es: si el día en que el Espíritu vino a tu vida —porque genuinamente creíste, de ahí vino—, si realmente ese día marcó de manera definitiva un antes y un después, tan claramente como lo marcó en la vida de Jesús cuando el Espíritu lo ungió con poder. Porque aquel es tu Jordán, simbólicamente. ¿O nuestra vida después de ese evento es bastante similar a antes de ese evento? ¿Te imaginas que el Dios todopoderoso, Creador del cielo y la tierra, que abre su boca y...

El Dios que creó millones y billones de galaxias viene a morar dentro de ti, dentro de un ser humano. Y que después de Él hacer morada en su interior, la forma como esa vida luce externamente no difiera mucho de la forma como lucía anterior a la morada del Dios omnipotente, dueño de cielo y tierra. ¿Tú te imaginas eso? ¿Es incluso posible?

Tanto el bautismo de poder de que habló Juan el Bautista con el Espíritu Santo marcó mi vida, que la hizo redireccionarse completamente en una dirección distinta a la que venía teniendo. Porque incluso cuando el Espíritu unge a Jesús, eso es exactamente lo que ocurre. Hasta ese momento Él era un carpintero, en el caso de la mejor evidencia de Marcos, que no dice que Él era conocido como el hijo del carpintero, hijo de José, de José. Pero a partir de ese día Él asume una función completamente distinta, porque ahora tenía que ver única y exclusivamente con la agenda del Reino de los Cielos.

Y se supone que el día que el Espíritu de Dios vino y moró en mí, me marcó para siempre. Mi vida debió haber sido marcada, y yo debía haber abrazado para siempre la agenda del Reino de los Cielos, donde nunca más la justicia y los preceptos de los hombres marcarían mis decisiones, ni la razón por la que vivo, ni la razón por la que me preocupo, sino única y exclusivamente el Reino de los Cielos, y el resto se daría por añadidura.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.