Una mujer sirofenicia —gentil, de una región pagana, tradicionalmente enemiga de Israel— se abre paso hasta Jesús con una petición desesperada: que libere a su hijita de un demonio. Todo parece estar en su contra. Es mujer en una cultura donde las mujeres no hablaban con hombres en público. Es gentil cuando Jesús declara que su misión primaria es para los hijos de Israel. Y cuando finalmente recibe respuesta, Jesús la compara con un perrillo. Pero ella no se ofende, no se retira, no cuestiona. Con humildad asombrosa responde: "Es cierto, Señor, pero aun los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos." Y Jesús, maravillado, le dice: "Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija."
Esta es una fe que conmueve a Dios. Una fe sin vergüenza, que no teme hacer el ridículo ni perseguir a Cristo gritando por las calles. Una fe persistente, que no desmaya cuando el silencio o las palabras duras parecen cerrar la puerta. Una fe que acepta las condiciones de Dios sin cuestionarlas, reconociendo que aun una migaja de sus manos es una gran dádiva. Los evangelios registran solo dos ocasiones donde Jesús se maravilla de la fe de alguien, y en ambos casos son gentiles: esta mujer y el centurión romano.
La fe genuina no es antropocéntrica; no pone al hombre en el trono reclamando bendiciones. Es una fe centrada en Cristo, dispuesta a recibir lo que Él dé, en las condiciones que Él establezca. Y esa fe, dice Jesús, mueve su mano.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Entonces, a partir de este momento estamos leyendo en Marcos 7 del versículo 24 en adelante.
"Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa, no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido. Sino que enseguida, al oír hablar de él, una mujer cuya hijita tenía un espíritu inmundo, fue y se postró a sus pies. La mujer era gentil, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que echara fuera de su hija al demonio. Y le decía: Deja que primero los hijos se sacien, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Pero ella respondió y le dijo: Es cierto, Señor, pero aun los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos. Y él le dijo: Por esta respuesta, vete, el demonio ha salido de tu hija. Cuando ella volvió a su casa, halló que la niña estaba acostada en la cama y que el demonio había salido. Volviendo a salir de la región de Tiro, pasó por Sidón y llegó al mar de Galilea atravesando la región de Decápolis. Y le trajeron a uno que era sordo y que hablaba con dificultad, y le rogaron que pusiera las manos sobre él. Entonces Jesús, tomándolo aparte de las multitudes a solas, le metió los dedos en los oídos, y escupiendo, le tocó la lengua con la saliva. Y levantando los ojos al cielo, suspiró profundamente y le dijo: ¡Efata! Esto es: ábrete. Y al instante se abrieron sus oídos, y desapareció el impedimento de su lengua, y hablaba con claridad. Y Jesús les ordenó que a nadie se lo dijeran, pero mientras más se lo ordenaba, tanto más ellos lo proclamaban. Y se asombraron en gran manera diciendo: ¡Todo lo ha hecho bien! Aun a los sordos hace oír y a los mudos hablar."
Bueno, como vimos, Jesús acaba de dejar territorio judío, territorio hebreo por así decirlo. Sale de Galilea y se va a un territorio gentil. Es una incursión que él va a hacer en territorio gentil. Y cuando él hace eso, él se aparece en primer lugar en la región de Tiro, que hoy corresponde a lo que sería el Líbano, el Líbano moderno. Esa región no estaba muy lejos de Galilea, quizá unos 20 kilómetros de la frontera y quizás unos 40 kilómetros de Capernaúm, que se suponía ser donde estaba su lugar de operación.
Y cuando él llegó allí, Jesús se encuentra con que su fama le había precedido. Él quería pasar desapercibido, él entró a una casa y quería realmente que no reconocieran que él estaba allí. Pero el texto nos dice que tan pronto él pasó por allí, de hecho estas son las palabras exactas: "Enseguida, al oír hablar de él, una mujer cuya hijita tenía un espíritu inmundo, fue y se postró a sus pies." Él no pudo pasar inadvertido, nos dice Marcos.
Y aquí está quizás un tiempo de descanso, quizás un tiempo que Jesús había querido pasar en privacidad, porque el mismo Marcos nos dice que entró a una casa y no quería que se supiera que él estaba allí. Ese tiempo de privacidad o de descanso una vez más se vio interrumpido. Y si hay algo que a mí me llama la atención, compartía esta mañana con el grupo anterior, es cuántas veces, es con cuánta frecuencia el tiempo de descanso, el tiempo de privacidad del Maestro y los discípulos se vio interceptado por la agenda de Dios.
Para nosotros que vivimos en una sociedad occidental, individualista, privada, estas cosas nos parecen extrañas, inoportunas e inapropiadas. Y sin embargo, yo creo que nosotros necesitamos prestar atención a cómo Cristo vivió el ministerio para entender un poco de que nosotros necesitamos romper, o Dios necesita romper en nosotros, muchas veces el espíritu de individualismo y privacidad para dar cabida a una ministración, a algo, a un encuentro, a una cita que Dios ha programado para mí. No solamente para usarme como instrumento, sino también para trabajar en esa parte de mi vida que no quiere ser compartida con otros y que preferiría la privacidad. De hecho, los discípulos estaban tan ocupados y el Maestro con ellos que en Marcos 6 se nos dice que en una ocasión ellos ni siquiera tenían tiempo para comer.
Y ahora él ha llegado a una región solitaria, o quizá no tan solitaria, pero sí alejada de donde él acostumbraba a ministrar. Quizá buscando descanso, quizá buscando un poco de privacidad, entra a una casa y allí él es interrumpido por una mujer que había oído de él. Y es una mujer que no llenaba los requisitos sociales que uno esperaba para interactuar con el Maestro.
En primer lugar, era mujer. Y en esa época las mujeres no solían hablar con los hombres en público, y mucho menos interrumpir o irrumpir en una casa privada para hacer algo como esto. En segundo lugar, era una mujer gentil, no era una mujer hebrea, era una mujer gentil identificada como sirofenicia. Sirofenicia era un área reconocida quizás como uno de los paganismos más extremos de aquel entonces. ¿Tú quieres saber quién más era de esa región? Jezabel, adoradores de Baal. El texto paralelo en Mateo 15 nos dice que era descendiente de los cananeos, los archienemigos de Israel. El historiador judío Josefo nos dice que los habitantes de Tiro eran sus enemigos más agrios. Esa es la clase de mujer la que está a los pies de Jesús ahora.
Ella viene con tal sumisión, con tal humildad, y ahí está a punto de recibir algo que va a ser una gracia de Dios. Pero lo que ella va a recibir tiene que ver, de acuerdo a lo que Jesús expresa, con una actitud exhibida por ella: una actitud de humildad. Y ahí otra vez, entonces, al revisar textos como este, Dios me recuerda lo que él ha dicho en su Palabra de manera repetitiva, y es que le da gracia al humilde pero él se opone al orgulloso.
Entonces veo la vida de Naamán que va donde el profeta Eliseo en busca de un milagro. Eliseo le dice que se sumerja en el Jordán, pero Naamán entiende que en Siria, de donde él es, hay ríos mucho mejores que el Jordán, y él no está dispuesto entonces a sumergirse. Y entonces no hay milagro hasta que su siervo lo convence y le dice: "Pero tú has venido donde el profeta y el profeta te ha dicho que te sumerjas en el Jordán. Pero mi señor, ¿por qué no haces lo que el profeta te dijo?" Y cuando lo hace, él queda limpio de la lepra.
Esta mujer no tiene problemas con lo que Jesús está a punto de decirle, sino que en su humillación y en su humildad ella viene y le hace una petición y le dice a Jesús que libere a su hijita porque tiene un espíritu inmundo. El diminutivo de hijita nos hace pensar que esto es una niña de poca edad, y tenemos que pausar y preguntarnos, aun si no tenemos la respuesta final, tenemos que pausar, reflexionar y preguntarnos: ¿cómo es que una niñita queda poseída de un demonio?
Yo no creo que las posesiones demoníacas sean tan fáciles de darse, porque si fuera ese el caso entonces todos los incrédulos vivirían poseídos. Yo creo menos todavía que los niñitos pudieran ser tan fácilmente poseídos y Dios dejarlos a merced de las fuerzas de las tinieblas, porque si fuera así pues todos los niños vivirían poseídos y haciéndole la vida imposible a sus padres y a todos los demás. Pero esta niñita está poseída.
Y yo me pregunto, no lo sé, y admito que es una especulación. Y es una especulación que yo voy a llamar personal porque ninguno de los comentarios consultados hace referencia a algo como esto, y a veces eso es peligroso, y por eso es que vuelvo y repito que es una especulación personal. Si esta mujer que viene y vive en una de las regiones paganas más extremas de la época, y que tiene una niñita poseída, ¿no es alguien que vivía en el mundo de lo oculto? En ese submundo de los espíritus, en ese mundo del espiritismo y de la hechicería tan común en aquella época. Y quizás la forma como Jesús se dirige a ella tenga algo que ver con eso. Quizás.
Pero antes de llegar ahí, déjame comentarte lo que el pasaje paralelo de Mateo 15 nos dice acerca de este encuentro, a partir del versículo 22, y que contribuye a darle un poco de color y de vida y de entendimiento a lo que está pasando. Este es el texto de Mateo 15:22 y siguientes:
"Y he aquí, una mujer cananea que había salido de aquella comarca comenzó a gritar diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está terriblemente endemoniada. Pero él no le respondió palabra. Y acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo: Atiéndela, pues viene gritando tras nosotros. Y respondiendo él, dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella escuchó eso, pero acercándose ella, dice Mateo, se postró ante él diciendo: ¡Señor, socórreme!"
Estamos viendo no simplemente entrar a la casa, no simplemente ha irrumpido en una propiedad privada y ha hecho algo que pudiera haber sido considerado inapropiado, es que ella lo viene siguiendo y gritándole mientras él caminaba, diciendo: "Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí." Ella conoce algo acerca de Jesús, ella conoce algo acerca de su descendencia o ascendencia, y sabe que es un Hijo de David, un descendiente de David.
Mientras ella está conversando con él en esos términos, los discípulos quizás se están llenando de vergüenza o se están llenando de irritación, y ellos son los que responden. Jesús ni siquiera responde palabra, y los discípulos molestos son los que vienen a Jesús y le dicen: "Atiéndela, pues viene detrás de nosotros," como que: "Haznos ese favor, nos está avergonzando o nos está irritando." Una vez más mostrando su falta de paciencia, algo que ellos habían hecho una y otra vez.
Cuando Jesús comienza a responder, no habla con ella, habla con sus discípulos. Y les dice, según Mateo: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel," mostrando con esto que el plan de redención de Dios que ha sido dado en fases, en esta fase en la que Jesús está ministrando su concentración, como la misma historia bíblica revela, era básicamente la casa de Israel.
Él hace una excursión hacia territorio gentil en una ocasión, pero la mayor parte de su tiempo él está en Israel enseñando a israelitas descendientes de Abraham. Y a pesar de eso, cuando la mujer escucha esas palabras, ella no se detiene; al contrario, ella prosigue y le dice: "Señor, socórreme." Ella está desesperada, ella ha visto algo en su hija que ella llama "terriblemente endemoniada." Y si mi especulación fuera correcta de que quizás ella estaba acostumbrada a vivir en ese mundo, una cosa es vivir en ese mundo, hacer hechicería, hacer brujería, y otra cosa sería ver tu propia hija endemoniada. Ya necesita alguien con poder sobre esto.
Y cuando ella dice: "Señor, socórreme," comienza a ver otra vez la interacción entre Jesús y la mujer sirofenicia. Escucha lo que Jesús dice. Ahora él se dirige a ella: "Deja que primero los hijos se sacien, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos." Pero ella respondió y le dijo: "Es cierto, Señor." Ella se pone de acuerdo con eso, le dice: "Es cierto, Señor, pero aun los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos."
Es un lenguaje raro, es un diálogo extraño, pero hablemos un poco de lo que sabemos y lo que no sabemos, solo de lo que sabemos. Nosotros sabemos por la Palabra que el término "los hijos" claramente es un término para referirse a los descendientes de Abraham, a los israelitas, sobre todo los hijos de la promesa, pero para el pueblo judío eran en realidad todos ellos, los descendientes de Abraham. Eso lo sabemos.
Nosotros también sabemos que los judíos o israelitas —judíos es un término que ellos adquieren cuando regresan de Babilonia, del exilio, pero realmente su término era israelitas, descendientes de Israel o de Jacob— ellos llamaban a los gentiles perros, y no lo llamaban de una manera respetuosa, sino de una manera despectiva. Jesús usa un diminutivo, quizá tratando de disminuir la fuerza del calificativo.
Nosotros también sabemos que en Filipenses 3:2, Pablo se refiere a los malos maestros o a los falsos maestros, aquellos que eran instrumentos de Satanás, como perros. Y él los llama así, perros. Y quizás eso me hizo también pensar: si Pablo llama perros a aquellos que eran falsos maestros, instrumentos de Satanás, pudiera ser que esta mujer venía de ese mundo y Cristo sabe cuál es su trasfondo, acostumbrada a lidiar con demonios, y está hablándole entonces como perrillos.
Y Cristo entonces le dice a la mujer: "Mi misión primaria es el pueblo hebreo. Deja que los hijos se sacien primero." Algo que Pablo declaró en Romanos 1:16: el evangelio es el poder de Dios, es el poder de Dios para salvación, para el judío primeramente y luego también para el gentil. De manera que eso no era nuevo, era nuevo quizás, pero es consistente con el resto de lo que la Palabra de Dios revela.
Y es de ver: cuando escucha el término perrillo, ella no se ofende, no se hiere, no se molesta, no se aleja. Ella lo acepta, lo recibe, le dice: "Sí, Señor, tienes razón, pero yo voy a seguir insistiendo como un perrillo, y quiero decirte entonces que aún los perrillos reciben las migajas que caen de la mesa." Es como si la mujer estuviera diciendo: "Yo sé, Señor, que los judíos o los hijos van primero, pero nosotros los gentiles pudiéramos ser receptores de migajas de tus bendiciones. Pero aun lo pequeño y lo tardío que pudieran llegar esas bendiciones, si vienen de ti, son una gran dádiva. Yo la quiero."
Quizás de otra manera y expresado con otras palabras, el salmista tenía un sentir parecido, solamente de manera comparativa, cuando escribió el Salmo 84 y en el versículo 10 dice: "Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios que morar en las tiendas de impiedad." En otras palabras, el salmista está diciendo: "¿Sabes qué, Dios? Un solo día, no importa lo corto que sea el tiempo, si es en tus patios, en tus atrios, yo prefiero eso a vivir en las moradas de pecado alejados de ti por mil años. Aun ese corto tiempo contigo es mejor que la eternidad sin ti. Prefiero el umbral, la entrada, el patio." Quizás eso es lo que el salmista también está expresando: aun una pequeña bendición, una migaja que viene de tus manos, es una gran dádiva.
O quizás, además, de cualquiera de las dos maneras que queramos verlo, el Señor está tratando de extraer de esta mujer una fe que está en ella, que los discípulos y los judíos ni siquiera conocían. Es una fe que escucha cómo él le llama perrillo y no se ofende. Esa no es la fe, ni la disposición, ni la humildad de los fariseos, que continuamente vivían ofendidos con las enseñanzas de Jesús. De hecho, Mateo nos dice en una ocasión, en Mateo 15:12, que los discípulos vinieron y le dijeron a Jesús: "¿Sabes que los fariseos se escandalizaron cuando oyeron tus palabras?" No me diga. "¿Sabes que se ofendieron contigo?" Eso no es lo que tú encuentras en esta mujer. Tú no encuentras ese orgullo que frecuentemente está en nosotros.
Y si nosotros quisiéramos medir en parte cuánto orgullo nos queda, pudiéramos ver hasta dónde nosotros nos herimos o nos ofendemos cuando alguien se refiere a nosotros, ya sea en persona o hablando con otros, de una manera que yo considero irrespetuosa o despectiva. Porque lo que se hiere, o se irrita, o se molesta no es la humildad en nosotros cuando esas cosas ocurren, sino el orgullo. O cuando alguien habla de mi esposa, o de mi esposo, o de mis hijos, o de mi pastor, o de mis amigos, o de los que tú quieras. La humildad acepta esas cosas como parte de la vida.
A Cristo le llamaron glotón. A Cristo le llamaron amigo de pecadores. Le llamaron de todo tipo: borrachón. Y él aceptó los calificativos, no como verdaderos, pero como cosas que a él no tenían por qué molestarle e irritarle. Y al contrario, la humildad muchas veces lo que hace es que siente dolor por la condición espiritual de aquellos que se conducen o hablan de tal manera. Por eso es que Cristo nos dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde, y hallaréis descanso para vuestras almas."
Yo comentaba con uno de los pastores en esta semana que muchas veces, si hay algo que yo he podido aprender, nuestra falta de descanso, nuestra irritación, nuestra molestia tiene que ver con una falta de mansedumbre y humildad. La mansedumbre es apacible. La humildad entiende, vive dependiente de Dios, vive tranquila en Dios. Esta mujer en esencia está diciendo a Jesús: "Perrillo no soy, pero dame migajas entonces. Yo quiero las migajas."
Ahora escucha estas palabras de Jesús, porque son estas palabras lo que me hacen etiquetar mi mensaje con el título de hoy. Escucha las palabras de Jesús en el versículo 29: "Y él, Jesús, le dijo: Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija." Hermano, no importa de qué manera tú quieras hacer la exégesis de ese versículo, por donde quiera que lo tomes, Jesús categóricamente afirma, de una manera que más clara no lo puede decir, que el milagro de la liberación de su hija es directamente atribuido a la fe de esta mujer. "Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija."
Eso nos deja ver a nosotros que hay una parte, no bien comprendida por nosotros —tenemos que hacer esa admisión— que nuestra fe juega en nuestra relación con Dios y que sale a relucir de múltiples maneras en múltiples libros de la Biblia. Esta es una ocasión.
Tú ves algo similar en Lucas 7, cuando este centurión, otro gentil, viene a Jesús porque él tiene un siervo que está enfermo. Jesús está dispuesto a ir con él a su casa, y este centurión le dice: "No, no, no, no vengas. No soy digno de que entres bajo mi techo." Eso es humildad, eso es sumisión. Pero escucha ahora lo que es fe: "Por eso ni siquiera me consideré digno de ir a ti. Tan solo di la palabra —eso es fe— y mi siervo será sanado. Yo también soy hombre puesto bajo autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este 'vé' y va, y a otro 'ven' y viene, y a mi siervo 'haz esto' y lo hace."
Hasta ahí uno pudiera detenerse y decir: "Es un hombre de fe." Pero tú ya tienes que reaccionar, o debieras reaccionar, ante las palabras de Jesús cuando escuchó esa demostración de fe. Escucha lo que el texto dice: "Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la multitud que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande." Maravillar a Cristo no es poca cosa. Y cuando Jesús lo escucha, él mismo dice: "Yo estoy maravillado." Y se volvió a la multitud y les dice: "¿Saben qué me maravilla? Que en todo Israel —este no es un israelita, este no conoce de los profetas, este no conoce de Moisés, no sabe del Pentateuco, no sabe de los escritos— este hombre tiene una fe que yo no he hallado en ningún caso."
Y es interesante que los evangelios nos hablan de dos ocasiones donde Jesús resulta maravillado por la fe de alguien, y en ambos casos son gentiles: el centurión y la mujer sirofenicia que estábamos tratando en el día de hoy.
No hay duda, cuando tú comparas los evangelios y las cartas, si me permiten usar la terminología: hay una fe de buena calidad y una fe de mala calidad; hay una poca fe y hay una mucha fe. Y la diferencia está claramente establecida. No me puedes decir que no hay una diferencia entre cuando Jesús voltea a los discípulos y les dice "hombres de poca fe," y esta otra fe que le dice: "Me maravillo que en todo Israel no hay una fe como esta." O cuando le dice a la mujer: "Por esta respuesta —esta es la razón de mi milagro— por esta respuesta, vete; el demonio ha dejado a tu hija." No me digas que no hay una diferencia.
Y si hay algo que tú puedes ver entonces en esta mujer, es que hay ciertas características en su fe que no todo el mundo exhibe. Yo quiero hablar de tres o cuatro de esas características de la fe que esta mujer exhibió.
En primer lugar, la fe genuina no tiene vergüenza. Ella puede ser mujer, ella puede ser gentil, ella puede ser sirofenicia de una de las áreas más paganas del momento, ella puede pertenecer a un grupo tradicionalmente enemigo de Israel, pero nada de eso la va a detener.
Ella no tiene vergüenza de ir detrás del Mesías judío, descendiente de David, que tuvo que pelear con los filisteos y los cananeos en aquel tiempo, todavía como residuo de aquella estirpe que quedaron en la tierra prometida. Ella no tiene vergüenza de ir detrás de este hombre, vociferando por las calles o las carreteras o los caminos: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!"
Yo me pregunto: si Jesús estuviera caminando nuestras calles hoy en día y hubiera multitudes, ¿alguno de nosotros tendría la humildad o la no vergüenza para ir detrás gritando "Hijo de David, ten misericordia de mí"? Yo me voy a guardar esa otra tarea de acercarnos mucho más y decirle: "Señor, ten misericordia de mí."
Hermanos, yo quiero aprovechar la ocasión para decirnos: la vergüenza no es un pecado pequeño. "No, pastor, pero la vergüenza no es pecado, la vergüenza es simplemente miedo, inseguridad." ¿Realmente? La vergüenza es la manera como yo manifiesto el orgullo que otros no ven. La humildad no es vergüenza. La humildad no tiene miedo de hacer el ridículo, que es cuando nosotros experimentamos vergüenza. La humildad no tiene dificultad en pedir perdón cuando se equivoca. La humildad no quiere aparentar lo que no es. La humildad no quiere que tú pienses que yo hablo mejor, predico mejor, enseño mejor, o aparento más, o tengo más de lo que realmente soy o tengo. La humildad no tiene ninguna de esas cosas. Es el orgullo que tiene todos esos colores, y entonces nosotros, expertos en camuflear nuestros pecados, le decimos: "Me da vergüenza." Esta mujer no tiene eso.
Número dos: la fe verdadera es persistente. ¿Cómo responde Jesús a esta mujer inicialmente? Primero no responde. Después le responde a los discípulos, y cuando decide responderle, ya usted sabe cómo le llamó: perrillo. Pero ella no desmaya, ella persiste. Ya está ahí: "Pero Señor, socórreme."
Tú recuerdas cómo Cristo les enseñó a sus discípulos cómo debían orar a través de una parábola, y les establece la relación entre la persistencia de la oración, la fe y la confianza que debían tener en el carácter de Dios. En Lucas 18 les habla de esta mujer que fue donde el juez, un juez que no era justo y un juez que no tenía temor de Dios, y quería que le respondiera. Ella pedía justicia, y como el juez dice: "Le voy a responder para no perder la paciencia con ella." Escucha entonces lo que Jesús enseña a partir de esa parábola en Lucas 18. El Señor dijo: "Escuchen lo que dijo el juez injusto. ¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos?" Ahí están los hijos. "A sus escogidos que claman a él día y noche." Ahí está la perseverancia: que claman a él día y noche. "¿Se tardará mucho en responderles?" Ahí está la espera. "Os digo que pronto les hará justicia. No obstante, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?" Ahí está la relación con la fe.
La espera, clamando día y noche, confiado en que Dios responderá. ¿Hallará fe el Señor en la tierra? La fe genuina sabe esperar, no se irrita, no se desespera en la espera, tiene confianza en Dios. Ella sabe que Dios tiene un plan y acepta el plan de Dios en las condiciones de Dios. Es el orgullo que se desespera, que quiere resolver, que quiere arreglar, que quiere adelantarse, que quiere maquinar, llevarse el crédito. Es el orgullo que no se toma riesgos. Es el orgullo que descalifica al otro, como los fariseos descalificaron a Jesús, como Naamán descalificó a Eliseo, como nosotros descalificamos a otros. La humildad espera en Dios sin descalificar, sabe que Dios está en control, sabe que Dios sabe lo que hace y sabe cómo Dios lo está haciendo, o cree que Dios lo está haciendo. Esta mujer tiene ese tipo de fe, una fe persistente.
Número tres: la fe verdadera acepta las condiciones de Dios. Esta mujer no se molesta cuando Jesús le llama perrillo. Esta mujer no se molesta cuando Jesús no le responde. Esta mujer no se molesta cuando Jesús le dice: "El pan es para los hebreos primero." Y ahí se sienta: "Yo estoy viendo pan, yo estoy viendo migajas." Esta es una fe que acepta las condiciones de Dios. Sabe esa fe que Dios sabe lo que hace, sabe que Dios sabe lo que dice y sabe que Dios sabe por qué lo dice. Si Cristo me ha querido llamar perrillo, está bien, yo soy un perrillo. Pero déjame entonces pedir de acuerdo a la condición del perrillo: "Dame migajas, y yo estoy aquí debajo de la mesa." La fe verdadera acepta las condiciones de Dios.
¿Sabes qué? Número cuatro: la fe que como he dicho maravilla a Jesús no es cuestionadora de sus palabras. Jesús le dice: "Por esta respuesta, vete, el demonio ha salido, ha dejado a tu hija." Ella se da media vuelta y se va. Ella no le dice: "Sí, está bien, pero ven conmigo, porque si no se fue..." Ella no le dice: "Sí, está bien, Jesús, ve ahora, y si cuando llegue ya volvió y entró, ven conmigo." No. El centurión hizo exactamente lo mismo. Cuando Jesús le dice: "Vete, se ha hecho conforme a tus palabras," ¿cuáles fueron sus palabras? "No tienes que ir, solamente di la palabra." Así se hizo. Le dice: "Vete." Él se da media vuelta y se va, y se encuentra a su siervo sano. La fe genuina, la fe verdadera, no cuestiona las palabras de Dios.
Esta es la fe que mueve su mano. Es una fe centrada en Dios, no es antropocéntrica. Este no es igual al movimiento de la confesión positiva que proclama: "Lo reclamo, lo recibo." No es antropocéntrico, centrado en el hombre, donde el hombre está en el centro, en el trono. Esta mujer tiene a Cristo en el trono: "Yo soy un perrillo, yo recibo tus migajas, tú estás en el trono, lo que tú me das yo recibo y yo lo aplaudo. Dame tus migajas." Yo me voy de verdad convencido de que Dios es soberano, y al fin de la ecuación es la soberanía de Dios que determina las cosas.
Pero escúchame: no dejes que nadie te diga que la fe que nosotros tenemos o no tenemos de hecho no juega ningún rol en nuestra relación con Dios, en nuestra vida de santificación, y en el hecho de que Dios quiera o no quiera hacer cosas, porque el veredicto de la Palabra en múltiples libros es contrario a eso. El veredicto de este texto es que por esta respuesta, vete. Mi fe puede ser de mala calidad, puede ser poca, puede ser de mejor calidad, puede ser mucha. "Pastor, pero la fe es un don de Dios." Sí, la fe es un don de Dios, pero es también un fruto cultivable. Si la fe no fuera un fruto cultivable, cuando Cristo le dijo a los discípulos "hombres de poca fe," lo único que ellos debieron haber respondido es: "Bueno, pues tú no me la has dado."
No, no solamente eso. Yo lo sé de otras maneras. La Palabra de Dios me dice que todo lo que no es de fe es pecado. Por tanto, mi carencia de fe no es algo que yo se la puedo atribuir a Dios, porque todo lo que no es de fe es pecado. Y sin fe es imposible agradar a Dios, Hebreos 11:6. Todo lo que no es de fe es pecado, Romanos 14:23. Sin fe es imposible agradar a Dios. Y obviamente, después que Hebreos 11:6 habla, aparecen entonces en el listado todos los héroes de la fe que Dios aplaude, y los pone en el salón de la fama de la fe, y los deja en su libro de Hebreos.
Hay una fe, hay un caminar que complace a Dios, y hay un caminar que desagrada a Dios. En mi salvación, en cuanto a mi salvación se refiere, Dios está complacido en Cristo. En cuanto a mi vida de santificación, hay una manera en que yo puedo caminar que complace a Dios, y hay una manera en que yo puedo caminar en la que Dios no se complace, y que Pablo le llama entristecer al Espíritu Santo. Entristecer al Espíritu Santo no es más que la reacción que Dios adopta en respuesta a mi desobediencia, cuando tú le ves el contexto de Efesios 4.
De manera que la fe es un don, pero es un fruto cultivable. De hecho, Santiago me deja ver que ciertamente la fe que tengo juega un rol en lo que recibo de Dios, que yo no entiendo muy bien, admito, pero que lo juega. Escucha cómo Santiago lo dice en Santiago 5:16-18: "La oración eficaz del justo puede lograr mucho." Hasta ahí solamente Santiago me habla de oración, pero me habla de que puede lograr mucho. Pero luego él pasa a hablarme de algo que me da a entender la relación entre lograr mucho la oración y mi grado de fe. Oye cómo él lo dice: "Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras." Y antes de hablarme de la fe de Elías, él me deja ver: yo no estoy hablando de Cristo Dios encarnado, yo estoy hablando de un hombre como tú y yo, con pasiones iguales y semejantes a las nuestras. Escucha ahora: "Y oró fervientemente." Ahí está la fe en la oración. Oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto. Ahí está la fe. Pero primero Santiago califica a Elías como un hombre como nosotros, sujeto a pasiones.
Esta mujer exhibe un grado de fe que maravilla a Jesús, y Jesús quiere que yo entienda algo, y le dice: "Por esta respuesta, por lo que esta respuesta revela que hay dentro de ti, vete, el demonio ha dejado a tu hija." ¿Cuál fue el resultado? Cuando ella volvió a su casa, halló que la hija estaba acostada en la cama y que el demonio había salido.
Ahora, hermanos, para fines de aplicación hoy en día, usted pudiera decir: "Bueno, yo no tengo nadie poseído, yo nunca he estado poseído, nadie de mis amigos. De hecho, yo nunca he conocido ni he oído de nadie poseído." Yo quisiera que usted se pudiera llevar algunas cosas claras que la Palabra establece en cuanto a demonología, que no representan opiniones ni siquiera interpretaciones, sino cosas claramente dichas en la Palabra, para que nosotros podamos ver algo que tiene que ver con esta historia.
Número uno, quizás antes de numerar esas cosas: nadie es experto en demonología, porque es poco lo que la Palabra dice, de manera que sería un experto en poca cosa. Pero hay algunas cosas que la Palabra claramente dice que son incuestionables.
Número uno, la Palabra me dice en Efesios 6:12 que nosotros luchamos contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. No son pocas, son huestes; habla de muchas, y son de maldad, de manera que su propósito es la maldad, y que yo estoy involucrado en esa lucha. Yo no entiendo la lucha, pero yo sé que existe y que Dios quiere que yo esté apercibido de ella. Eso está claro, eso lo podemos afirmar.
Número dos, nosotros sabemos por la Palabra que yo puedo dar lugar al diablo. El apóstol Pablo, de manera interesante, me dice en el mismo libro donde me habla de las huestes espirituales de maldad, antes de hablarme de ellas, me dice en 4:26: "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo." El "ni" me conecta mi ira con oportunidad al diablo. Eso no necesita exégesis, eso está claramente establecido.
Hermanos, hermanas, algunos de nosotros vivimos airados. Y nosotros no nos percatamos de las implicaciones monumentales de mi ira. Esta semana yo hablaba con alguien, que no sé si está aquí, pero si está aquí sabe que no le estoy hablando a esa persona, porque ya hablamos. Pero esa persona me decía: "Yo vivo airada." ¿Qué hace que yo viva airado? Son insatisfacciones hacia aquello que Dios ha provisto. Para mí es una insatisfacción hacia la vida, entonces vivimos airándonos y molestándonos, pero todo el tiempo atribuyendo a otros la razón de mi ira. Pero el otro no pone la ira en mí, porque lo que contamina al hombre no es lo que entra al hombre, es lo que sale de él.
Nosotros sabemos eso por la Palabra. De hecho, cuatro versículos más adelante, después que Pablo me dice que no dé lugar al diablo, que no pequéis, que no se ponga el sol sobre vuestro enojo y que no deis lugar al diablo, cuatro versículos más adelante dice: "Sea quitado de vosotros toda amargura, enojo e ira." Él todavía está insistiendo en esto. Eso lo sabemos, entonces. Es una ilustración; en español decimos "para muestra basta un botón." Es una ilustración de que hay forma de dar lugar al diablo en nuestras vidas.
Nosotros sabemos también que Saúl era atormentado por un espíritu de mal que venía de Dios, que Dios permitió que este espíritu lo atormentara. Primera de Samuel dice que le cae como disciplina debido a su orgullo, rebelión, resentimiento, ira. Y no vivía en paz, porque después de Dios tratar y tratar y tratar con la rebelión de Saúl, por tanto tiempo Saúl permanecía indomable, y Dios permitía un espíritu de maldad de parte del Señor, dice el texto.
Nosotros sabemos también que Judas flirteó con la verdad por tres años hasta que Satanás lo poseyó. Nosotros sabemos que Pedro fue acosado por Satanás, y Jesús lo reprendió. Sabemos incluso que Satanás pidió permiso para zarandear a Pedro. ¡Cuántas veces no habrá pedido permiso para zarandearme a mí! Pero no temas, Pedro, yo he rogado por ti. Pero si persisto en mi rebelión, puede ser que Dios permita que un espíritu de acoso, no de acoso sexual sino de molestia, venga a mí, como llegó en el caso de Saúl, como parte de mi disciplina.
Nosotros sabemos que Satanás tentó al Maestro por cuarenta días consecutivos. ¡A Dios! ¿Qué no se atreverá a hacer conmigo? Y si lo tentó fue porque, por lo menos en su entendimiento, pensaba que tenía el chance de hacerlo caer. ¡A Dios!
Menciono esto porque yo no sé hasta dónde esta mujer, madre de esta niñita, había estado coqueteando con el pecado, coqueteando quizás con ese submundo. No lo sé, pero lo especulo, qué causa este padecimiento. Y aprovecho entonces la oportunidad para decir: hermanos, quizás algunos de ustedes han estado coqueteando con la verdad. Y quizás no acaban de convertirse, pero oye, vienen y escuchan un sermón, vienen y escuchan otro, pero permanecen coqueteando con la verdad. Eso no es tan sencillo como parece.
O quizás otros han estado incursionando en áreas de ira continua. Todos los días hay una razón para estar airado. Eso no es simplemente un problema de temperamento, hermano. Es un problema de pecado con implicaciones monumentales, porque abres puertas al enemigo, y quién sabe de qué manera te pudiera estar acosando. O el orgullo que se aíra, y comienza otra vez la cadena de Pablo en Efesios 4:26. O el resentimiento, que termina airado; es básicamente una expresión de la ira. O la mentira, que me identifica con el padre de mentira, la falsedad. O quizás es la lujuria, que debilita mi dominio propio, y me abro entonces de una manera y quedo mucho más expuesto y más vulnerable a lo que son las influencias de estas fuerzas de tinieblas.
O la ingratitud. La ingratitud invariablemente lleva a la ira, la irritación. Y la ingratitud es mencionada en Romanos 1:21 como uno de los dos pecados universales que incendian, inflaman la ira de Dios: "Porque no me reconocieron como Dios ni tampoco me dieron gracias." La gratitud es algo que yo necesito cultivar, hermanos. La vida no tiene mi diseño, las cosas no son como yo las quiero, como yo las deseo. No importa si yo soy el pastor Cabeza, la vida no responde al diseño del pastor Cabeza; responde a una agenda que Dios tiene.
Yo tengo que estar agradecido por lo que tengo en la iglesia y por lo que no tengo. "No tenéis porque no pedís." Quizá no lo estoy pidiendo. "Y si lo pedís, lo pedís mal, con malas intenciones." Quizá lo estoy pidiendo con malas intenciones. O simplemente la carencia es la forma de Dios decir: "Este no es el tiempo, esa no es la petición adecuada." Pero tengo que ser grato, y yo tengo que decir esta mañana, hermanos: Dios me ha dado mucho como persona, Dios te ha dado mucho a ti como persona, Dios nos ha dado mucho como iglesia.
Estoy tratando de hacer el ejercicio: en mi mente, por cada queja que pudiera surgir, trata de pensar en tres razones por las cuales pudiera dar gracias en esa misma cosa y alrededor de esa misma cosa. Eso puede ir alrededor de tus hijos, puede ir alrededor de tu esposa, puede ir alrededor de tu esposo, puede ir alrededor del pastor, puede ir alrededor de la iglesia, puede ir alrededor de lo que quieras, de tu trabajo. Trata de pensar en tres cosas por las cuales tú pudieras darle gracias a Dios, porque Dios no es ajeno ni extraño a la carencia que tú estás detectando que existe y que debe ser suplida.
El problema, y qué tiene todo esto que ver con la mujer sirofenicia, es que la ingratitud me llena de ira, y la ira le abre una puerta al enemigo. Y es en el contexto aplicativo de cómo es que esta niñita queda endemoniada. Y estamos entonces preguntándonos, especulando y estudiando, porque la especulación que he ceñido a un lado es porque la Palabra revela.
Jesús continúa su tour y decide que se va a detener en Sidón, que también estaba en el área del Líbano. Y de ahí se va a Decápolis, diez ciudades. El nombre de Decápolis fue fundado en tiempos de los griegos con la idea de helenizar toda el área. Estas diez ciudades estaban distribuidas entre lo que hoy es Siria, Jordania y parte de Israel. Todavía territorio gentil en esa época. Jesús llega allí y tan pronto llegó le trajeron a otra persona con problemas, con dificultad.
De manera interesante, en territorio gentil Jesús no enseña, por lo menos no está registrado; Él simplemente hace milagros. Cuando estaba en Tiro no hay nada registrado de lo que enseñó; ahora que llega a Siria no hay nada registrado; llega a Decápolis, no hay nada registrado. Pero sí hay uno o dos milagros registrados. Cuando está en Israel está enseñando todo el tiempo. Quizás es una manera de decir que su tiempo no había llegado.
Y Jesús entonces toma a este hombre, ya leímos la historia, que era sordo y que no hablaba bien. Parece que hablaba algo, ya que no hablaba con mucha claridad. Asumo que quizás quedó sordo en una etapa temprana del desarrollo verbal de niño, y entonces quizás podía decir algo. Y escucha lo que el texto dice: "Tomándolo aparte de la multitud, a solas le metió los dedos en los oídos, y escupiendo, tocó la lengua con la saliva. Y levantando los ojos al cielo, suspiró profundamente y dijo: '¡Efata!', esto es, 'ábrete'. Y al instante se abrieron sus oídos y desapareció el impedimento de su lengua, y hablaba con claridad."
El diálogo con la mujer sirofenicia fue extraño; esto también es extraño. Porque Jesús lo llama aparte. Bueno, eso quizás no es tan extraño; a Jesús le gustaba el anonimato. Y de hecho, en este mismo texto, si lo sigo leyendo, dice que Jesús le instruyó para que no dijeran nada a nadie. De manera que cuando Él se lo lleva aparte, quizás era parte de ese anonimato: "No diga nada, dejad más de este milagro aparte y así nadie se entera."
Nosotros no sabemos por qué Jesús le pone los dedos en los oídos, porque este es el Dios que abrió su boca y el universo se formó. Él no tiene que tocar a nadie para abrirle los oídos. Pero le puso los dedos quizás porque, como estaba sordo, tampoco podía oír el "Efata", lo que le estaba diciendo, y quizás estaba simplemente comunicándole lo que Él iba a hacer, ayudándolo a entender, quizás. Jesús tocaba muchas veces a aquellos que recibían milagro, pero no siempre.
Y luego Él escupe y coge la saliva y le toca la lengua con su saliva, un procedimiento no muy higiénico. Raro esto, pero no sabemos la razón. Hay posibles explicaciones, pero a la verdad que todas me parecieron como que tenían mucho de especulación. En el mundo pagano existían muchos rituales que usaban bálsamos, que usaban líquidos, que usaban todo ese tipo de cosas, y que Jesús pudiera haber estado siguiendo esa fórmula, como que no me parece. Pero yo no sé por qué lo hizo de esa manera. Pero quizás este hombre también mostró cierta fe al dejar que alguien le ponga saliva en su lengua; no es poca cosa.
El punto es que al hombre se le abrieron los oídos, que algo se había dicho del ministerio de Jesús, y comenzó a hablar.
Ahora, yo he hablado en una ocasión hace mucho sobre esto. Imagínate esto: tú tienes un hombre que fue sanado con saliva. En otra ocasión Jesús sanó a un ciego escupiendo en la tierra, tomando el lodo y poniéndolo sobre los ojos, y luego él abrió los ojos y veía un poco pero no veía también, y luego entonces lo tocó otra vez y entonces terminó viendo bien.
Imagínate si esos hombres se juntaron con otros también sanados, comenzaron a hablar y a compartir sus experiencias de milagros, y entonces uno decía: "No, no, no, Jesús sana con saliva." Y el otro ciego que fue sanado por Jesús tocándolo nada más decía: "¿Qué saliva ni qué saliva? A mí no me sanó con ninguna saliva, Él me tocó y ya yo vi." Y otro que era ciego y resulta que recobró la vista sin que Jesús lo tocara. Imagínate esos tres con sus respectivas denominaciones: aquí están los salivitas, "Él sana con saliva" y se pelean por eso; aquí están los toquitas, "Él sana tocando" y se pelean por eso; y aquí están los naditas, "Él no usa nada" y se pelean por eso.
Porque nosotros leemos una cosa en la Biblia, cómo Dios actuó una vez, y concluimos que está toda la teología. Y Dios dice: "No me encasilles, yo soy un Dios de una sabiduría multiforme y de una obra multiforme, y lo que yo hago en una ocasión no necesariamente es lo que voy a hacer en la otra ocasión, y lo que hago con un hombre o con una mujer cuando lo llamo no necesariamente es lo que hago con ese otro hombre o esa mujer cuando lo llamo." Necesitas diferenciar los tiempos, los llamados, los dones, los talentos, y reconocer que el Dios del cielo y la tierra que habló y una miríada de astros y demás galaxias se formaron con una variedad impresionante, de esa misma manera, a través de la iglesia revela. En el libro de los Hechos, Dios está revelando su sabiduría multiforme y usa ese mismo lenguaje.
Entonces, nos ayuda a nosotros como a tener una actitud, me ayuda a mí por lo menos un poco más humilde. No una mente abierta, esa no es la terminología, una actitud humilde para decir: "Señor, Tú eres el que sabes, Tú eres el que sabes. Yo no puedo violentar tu estándar, pero cuando tiene que ver con tu obra, no sé, Tú eres el que sabes. Yo no comprendo tu sabiduría multiforme, tu obra es multiforme. Yo simplemente creo y confío en que Tú haces y sabes lo que haces."
Ahora, al cerrar ya, y volviendo un poquito atrás donde pasamos la mayor parte del tiempo: ¿dónde está tu fe hoy? La calidad de tu fe, tu fe al orar, ¿cómo esperas en Dios? ¿Con confianza, sin desesperarte? ¿Sabes esperar? ¿Cómo anda tu grado de humildad? Reflejado o no por las cosas que hablamos: sentido de vergüenza reflejado por la impaciencia hacia el otro, reflejado por la intranquilidad de mi alma. "Aprended de mí que soy manso y humilde, y hallaréis descanso para vuestras almas," reflejado por ese descanso en el que yo vivo. ¿Cómo anda eso? ¿Cómo anda?
El balance entre lo que es la soberanía de Dios, Dios sabe, Dios determina, y lo que es mi vida de fe que juega un rol que yo no entiendo también, pero que Dios revela en su Palabra de múltiples maneras que tiene algo que ver con mi vida, con mi relación con Él, que cuando no la vivo, como no es de fe, me es contado como pecado, o la fe que agrada a Dios, porque sin fe es imposible agradarle. ¿Cómo anda eso?
Quizás este es un buen momento para cerrar en oración, comenzar a pedirle a Dios que nos dé la confianza necesaria para vivir de esa manera, complaciéndolo a Él. O quizás tú eres como la mujer sirofenicia. ¿Quién es un hijo? Quizás no está poseído, pero tiene su hijo o hija o esposo, no sé, o esposa, en problemas serios de diferente tipo, y necesitas una fe como la de la mujer sirofenicia e interceder por esa persona. Y que quizás Dios quiera decirte: "Por tu respuesta, por tu actitud, vete, yo lo he hecho."
Quizás Dios quiere llevarme a eso, quizás yo quiero ver esto en ti. Sobre todo ustedes, padres: Dios les ha dado una autoridad sobre sus hijos, una autoridad que ustedes pueden y deben reclamar. No a Dios, a Dios no le reclamamos, pero el enemigo gana terreno en las vidas de nuestros hijos, en nuestros hogares, y ustedes tienen que repeler eso haciendo uso de la Palabra de Dios y la oración. Y quizás hemos permitido la invasión de ese enemigo cuando nosotros debíamos estar rechazando al enemigo. Piensa, reflexiona, y ojalá que esta semana sea una semana de reflexión en áreas poco reflexionadas, como tiene que ver con la interacción de esas huestes espirituales de maldad y mi vida de oración.
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