Integridad y Sabiduria
Sermones

Una fe refinada por el fuego

Miguel Núñez 15 marzo, 2020

La fe genuina no se forja en la comodidad sino en el fuego de la prueba. Pedro escribe a cristianos expatriados, dispersos por cinco provincias del Imperio Romano, y antes de hablarles del sufrimiento que enfrentan, les recuerda quién es Dios: el Padre que los eligió, el Espíritu que los santifica, el Hijo que los lavó con su sangre. Les recuerda también que tienen una herencia incorruptible reservada en los cielos y que ellos mismos están siendo protegidos por el poder de Dios. Pero en el camino hacia esa herencia, la tribulación es necesaria.

Las pruebas llegan en formas diversas y cumplen un propósito: revelar qué tan auténtica es nuestra fe. Así como el fuego purifica el oro, la dificultad separa a los verdaderos creyentes de los aparentes, a los genuinos de los hipócritas. Aarón no sabía que albergaba un espíritu idólatra hasta que fabricó el becerro de oro. David desconocía su lujuria hasta que cayó. Pedro ignoraba su temor a los hombres hasta que negó a Cristo tres veces. La prueba saca a la luz lo que no conocemos de nosotros mismos.

Dios no busca quebrantar a sus hijos, sino quebrantar aquello en lo que confían: sus fortalezas, sus talentos, sus recursos, todo lo que compite con la dependencia absoluta de Él. El pastor Núñez cita a Tozer: difícilmente un hombre puede ser usado significativamente sin haber sido quebrantado profundamente. Al final del proceso, dice Pedro, Dios mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá. El fuego no destruye; refina.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, no hay duda, ¿verdad? Es que este es un tiempo bastante irregular. Sin embargo, hay que decir que esta no es la primera vez que la Iglesia o el mundo vive situaciones como esta; de hecho, ha vivido situaciones peores, mucho peores que esta. Y eso quizás nos permita reflexionar un poco en estos días y profundizar nuestra meditación acerca de Dios.

Nosotros comenzamos, iniciamos la semana pasada una nueva serie que titulamos "Viviendo con una perspectiva eterna", y dijimos que la serie estaba basada en la primera epístola de Pedro, dirigida a un grupo de personas que estaban esparcidas por cinco provincias: Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Mencionamos cómo esas provincias estaban situadas en el noreste de lo que hoy es Turquía, que formaba parte del Imperio Romano. En el mensaje anterior apenas pudimos cubrir los primeros dos versículos, los versículos de introducción, donde Pedro se identifica como el autor de la carta y al mismo tiempo nos identifica la audiencia, aquellos a quienes él les estaba enviando la carta, como ya mencionamos. Incluso dijimos que el texto clave de toda la epístola se encontraba en el versículo 6 y el versículo 7 del capítulo 1, que es justamente la parte que estaríamos cubriendo hoy.

El tema, en sentido general, el énfasis que Pedro quiere hacer en esta carta, tiene que ver con el sufrimiento, la necesidad del mismo y el propósito que Dios tiene en la tribulación. De eso estaremos hablando un poco más adelante. Yo creo que no es un secreto para aquellos que conocen la historia de la Iglesia que, a lo largo de esa historia, cuando la Iglesia ha vivido momentos sin dificultades, sin desafíos, sin grandes retos, lamentablemente esa Iglesia ha terminado acomodándose y se ha adaptado a las formas del mundo. De tal forma que a la Iglesia no le conviene vivir sin obstáculos que vencer, porque cuando eso ha ocurrido, la Iglesia, invariablemente, ha terminado mundializándose.

Es más fácil vivir sin tener que luchar y oponernos a las corrientes del mundo, y como adoptar su forma, que vivir en una constante lucha o caminando en vía contraria. Pero la realidad de la historia es que cuando la Iglesia ha hecho eso ha pagado un alto precio. La mejor historia bíblica para ilustrar lo que estoy diciendo es la historia del libro de los Jueces. Dios le advirtió, le ordenó al pueblo hebreo que cuando entrara a la tierra prometida había una obligatoriedad de desplazar a las tribus paganas que estaban allí. Sin embargo, justamente por lo que representaba la lucha, el costo, el precio de tener que hacer eso, ellos terminaron adaptándose y viviendo entre ellas. Y eso fue lo que pasó con el paso del tiempo: que ellos vivieron en medio de ellas, luciendo como ellas, divirtiéndose como ellas, sexualizándose como ellas. Y al final, ni el pueblo hebreo representó una amenaza para las tribus paganas, ni las tribus paganas representaron una amenaza para el pueblo hebreo, aparentemente.

Lamentablemente, esa es la historia de la Iglesia a lo largo de su historia. Allí yo leí una noticia que me alarmó. Las Naciones Unidas oficialmente declararon que la religión, y en particular la religión cristiana, es enemiga de los derechos humanos. Eso es una de las más grandes mentiras que tal organización haya podido hacer público. Y no solamente es una de las más grandes mentiras, representa una ignorancia completa de la historia de la Iglesia cristiana. Si hay algo que la Iglesia cristiana ha hecho a lo largo de los siglos, es defender a las minorías.

Fue la Iglesia cristiana que se opuso al infanticidio en Roma. Fue la Iglesia cristiana, o miembros de la Iglesia cristiana, que se opusieron a la lucha de los gladiadores, donde estas personas luchaban para matarse unos con otros. Fueron miembros de la Iglesia cristiana que lucharon en Inglaterra para terminar con la esclavitud. La Iglesia se ha opuesto a la violencia de género. La Iglesia cristiana ha pagado un alto precio a lo largo de los cinco continentes y a lo largo de todos los siglos por oponerse a regímenes totalitarios, incluyendo hasta el día de hoy. ¿Cómo se les ocurre a las Naciones Unidas hacer una declaración de tal naturaleza?

Pero hay una sola razón para hacer eso, y la razón por la que lo estoy mencionando en la introducción es para que nosotros podamos ver que, a la luz de lo que Pedro tiene que decirnos hoy, estamos viviendo tiempos donde se hace necesario que entendamos que la Iglesia tendrá que adoptar o abrazar su responsabilidad y enfrentar las diferentes dificultades que ya están entre nosotros. La razón por la que las Naciones Unidas nos echan la culpa es simplemente porque la Iglesia se ha opuesto firmemente en nuestros días a la imposición, desde los sectores de poder, sobre sus ciudadanos, de valores o de antivalores que no solamente son contrarios a nuestra fe, sino que son contrarios al florecimiento humano, y la historia está ahí para probarlo.

Nosotros no tenemos ninguna dificultad en que cada persona, de manera individual, elija el estilo de vida que quiere llevar; esa es su elección. Lo que la Iglesia de Cristo hoy en día está enfrentando es la imposición gubernamental de una revolución sexual y de un control de la natalidad que realmente corresponde a cada quien decidir y vivir. Y de nuevo, yo menciono eso porque no solamente tenemos hoy en día la amenaza de la pandemia del coronavirus que nosotros tenemos que enfrentar, sino que tenemos también una oposición de parte de sectores de poder que amenazan la sobrevivencia de la Iglesia. Por tanto, tenemos que estar conscientes de cuál es nuestra responsabilidad y al mismo tiempo saber que este es nuestro tiempo para brillar como luminares en medio de una generación torcida y perversa.

La Iglesia necesita mostrar un alto grado de responsabilidad, de civismo, de cuidado del prójimo, un alto grado de mansedumbre, de humildad, y al mismo tiempo de valor. Con eso como introducción, yo quisiera leer el texto de hoy, que corresponde desde el versículo 3 al versículo 9 de la primera carta de Pedro. Pero para conectar con el mensaje anterior, estaremos leyendo desde el versículo 1, y esto es lo que dice el texto:

"Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: que la gracia y la paz sean multiplicadas. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros, que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo. A quien, sin haberle visto, le amáis; y a quien ahora no veis, pero creéis en Él, y os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de vuestra fe la salvación de vuestras almas."

Es el texto de hoy. Pedro comienza y se identifica como autor de la carta. Pedro sigue identificando la audiencia, como ya dijimos: este grupo de personas dispersas que han sido expatriadas, han sido expulsadas de Jerusalén. Y tú tienes a alguien que está familiarizado con la oposición, alguien que está familiarizado con la persecución, por lo que sabemos de la historia del libro de los Hechos. Es alguien que estaba familiarizado con la dificultad, con la carencia. Él está pensando en un grupo de personas, de hermanos, que probablemente están o van a estar en medio de situaciones similares, y él quiere prepararlos para saber cómo enfrentar dichas circunstancias.

Y es interesante ver cómo Pedro no comienza hablándoles del tema directamente, sino que comienza hablándoles de Dios. Y al hablarles de Dios, les habla del Dios trino: les habla de Dios Padre, quien nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo; les habla del Espíritu Santo, por medio de quien nosotros estamos siendo santificados; les habla del Hijo, quien nos roció con su sangre y nos lavó del pecado. Sin embargo, la intención primaria de Pedro es poder fortalecer la fe de estos hermanos a los cuales ya hicimos alusión, y ayudarles a entender cuál es el beneficio de la aflicción, del dolor, del sufrimiento en la vida cristiana.

Pero comienza con Dios. Pedro está consciente de que una fe superficial refleja una vida cristiana sin dificultades. Conoce que una fe que suena mejor en palabras que lo que luce en hechos es el fruto de un cristiano que no ha pasado por el desierto. Pedro sabe que un cristiano que todavía exhibe mucho de la característica del hombre viejo es alguien que, o no ha pasado por el desierto, o pasó por el desierto quejándose, como hizo el pueblo judío en sus cuarenta años de travesía. Yo creo que esa es una buena forma de introducir el mensaje, porque vamos a comenzar a ver, a partir del versículo 3, el propósito de la tribulación en el refinamiento de nuestra fe.

Pero como les dije, Pedro no comienza con el sufrimiento, el dolor y su propósito como una necesidad. Pedro comienza con Dios. Escuchen, versículo 3: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo." El judío del Antiguo Testamento estaba muy familiarizado con esa fórmula de bendecir a Dios. De hecho, en las sinagogas había una oración conocida como las dieciocho bendiciones.

Esta oración se recitaba, se repetía tres veces al día. Y cada petición, o cada oración de esas 18, terminaba con la frase "bendito sea el Señor". De manera que 54 veces al día, en cada sinagoga, se oía una frase como esta: "bendito sea el Señor". Siete días a la semana, 365 días al año.

De forma que cuando Pedro le escribe a estos expatriados, un grupo de los cuales eran judíos, ellos estaban muy familiarizados con la idea de bendecir a Dios. Normalmente es Dios quien nos bendice a nosotros. Pero hay una forma en que nosotros bendecimos el nombre de Dios, no tanto su persona, pero sí su nombre. Y es en la forma en que nosotros le honramos, le glorificamos, le atribuimos a Él todo el norte, la gloria, todo el crédito. Es una manera de darle gracias a nuestro Dios por lo que Él ha hecho en nosotros. Es una forma de decirle a Dios: "No importa la circunstancia en la que estamos, sabemos que esto está obrando algo que escapa mi conocimiento."

Quizás alguien pudiera estar aquí pensando: "Pastor, usted no sabe la circunstancia en la que yo me encuentro, para pensar que le estaré dando gracias a Dios por esta circunstancia." Es cierto, yo no conozco la circunstancia en la que tú estás. Pero al mismo tiempo, tú no conoces lo que Dios está obrando en tu vida y hacia el futuro, a través de la misma circunstancia de la cual tú te estás preguntando: "¿Y dónde está Dios en medio de todo esto?" Y eso es importante que nosotros lo tengamos en mente.

Entonces, en el versículo 3, primera parte, Pedro bendice a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Eso es nuevo en el Nuevo Testamento, porque en el Antiguo Testamento no se le conocía como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, pero ahora sí. Y luego Pedro nos habla de que Él nos ha hecho nacer de nuevo. Dios nos ha hecho nacer de nuevo. Eso está en la forma pasiva. Yo no busqué mi nuevo nacimiento. A mí me entregaron un nuevo nacimiento, y con ese nuevo nacimiento me entregaron una nueva vida, y la característica primaria de esa nueva vida es que es una vida eterna y, por tanto, nadie me la puede arrebatar, porque está garantizada por el Dios que me la entregó.

Y entonces, en la segunda parte del versículo 3, nos dice que esa vida eterna viene acompañada de una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Y la resurrección de Cristo le confiere a mi vida, a la nueva vida, la esperanza viva, porque como ya lo dijimos, la resurrección de Jesucristo ha conquistado mis dos más grandes amenazas: la amenaza del pecado que me condena y la amenaza de la muerte que ya no me puede atemorizar.

Cuando el cristiano vuelve a sentirse condenado por su pecado, más que sentir o ver el dedo de Dios apuntándole, él está sintiendo una de dos cosas, o ambas cosas. Él está sintiendo a Satanás, que usa el pecado para hacerle sentir condenado, o está sintiendo el peso de la mano de Dios, que puede ser bien pesada —valga la redundancia—, pero que representa su bondad, que es la que te lleva al arrepentimiento, como dice Pablo en Romanos capítulo 2. De manera que más que la condenación de Dios, para el cristiano Él siente un peso que es real, que puede sentirse casi como que me aplasta, pero eso es parte de la bondad de Dios que está tratando de llamar al regreso al camino. Y por eso es que Pedro está diciendo que nosotros tenemos una esperanza viva mediante la resurrección, que apunta a la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, mis dos grandes amenazas.

En el versículo 4, entonces Pedro les habla de que para los que son hijos de Dios, Él nos tiene reservada una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, y que está reservada en los cielos para nosotros. La herencia inmaculada, incorruptible, que está reservada. Eso es congruente con lo que Pablo les dice a los corintios cuando les habla de que ojos humanos no han visto, oídos no han oído, lo que Dios nos ha preparado para los que le aman.

Ahora, nota cómo la herencia está siendo guardada. Pero no solamente la herencia está siendo guardada; de acuerdo al versículo 5, los que vamos a heredar la herencia estamos siendo protegidos también. Escucha el versículo 5: "protegidos por el poder de Dios, mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo." Dos cosas están siendo guardadas: una, la herencia que me espera adelante; y dos, los receptores de la herencia también están siendo preservados. Si Dios no preserva ambas cosas, pues como que no me serviría de mucho, porque si la herencia no está siendo guardada, ¿quién sabe si cuando yo llegue la voy a recibir? Si la herencia es guardada pero yo no soy preservado, pues quién sabe si voy a llegar. Pero Pedro quiere que nosotros entendamos que ambas cosas están siendo preservadas por el poder de Dios.

Sin embargo, en el interín tendremos que enfrentar diferentes tipos de prueba. Y eso es algo de lo que Pedro quiere que nosotros estemos conscientes. Tanto así que en los versículos 6 y 7, escucha lo que él nos dice: "En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario —alguna traducción dice 'como es necesario'—, seáis afligidos en diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo."

Lo que Pedro hace ahora es ayudarnos a poner la prueba en perspectiva. Cuando nuestras pruebas son comparadas con la eternidad venidera, ellas parecen pasajeras, y por eso Pedro habla de "aunque por poco tiempo." Quizás han sido años, pero al lado de la eternidad, es poco tiempo. En segundo lugar, Pedro nos habla de que seremos afligidos por diversas pruebas. En otras palabras, de otra manera de decirlo: la prueba que va a llegar a mí no tiene una sola forma, ni un solo tamaño, ni un solo color, ni viene de una sola dirección; es multiforme, diversas pruebas. En tercer lugar, en el versículo 6, Pedro nos deja ver que es necesario que nosotros pasemos por ellas. En cuarto lugar, Pedro nos deja ver que la tribulación que es necesaria es lo que prueba cuán genuina es mi fe. En quinto lugar, Pedro me deja ver que esa fe que es probada, la manera como se muestra genuina es porque resulta en alabanza, en gloria y honor para nuestro Señor Jesucristo.

Entonces, yo quisiera emplear el resto del tiempo que me queda viendo esto de las pruebas, porque de eso es que está hablando Pedro. Nos dice el versículo 6 que seremos afligidos por diferentes pruebas, y el versículo 7 me dice: "para que la prueba de vuestra fe." Ahí está el énfasis. La palabra que es usada como "prueba" en el versículo 6 es *peirasmos*, y es una palabra que tiene que ver con la prueba de la fidelidad, la integridad, la virtud y la constancia de una persona. Hay pruebas que llegan a mí de parte de Dios con la intencionalidad de probar, no para que Dios sepa —que ya lo conoce—, sino de probarme a mí mismo, y de probar a otros quizás, la integridad, la virtud y la constancia de mi persona y de mi carácter.

De acuerdo al lenguaje original, es un tipo de prueba que me incita a pecar, y que me incita a pecar de dos maneras. Dios no te está provocando a pecar; Dios simplemente está permitiéndolo. Me incita a pecar, o desde adentro, de acuerdo a mis deseos pecaminosos, o me incita a pecar desde afuera, como le ocurrió a Daniel en el foso, por lo que se me ofrece. Y eso es importante, porque esa prueba va a probar nuestro compromiso con Cristo, que puede ser incondicional o puede ser temporal. Puede ser temporal, porque quizás yo he manifestado mi fe hasta el momento en que me siento en peligro, hasta el momento en que evalúo y calculo que el precio que se me está pidiendo pagar es más de lo que yo estaba dispuesto a pagar en primer lugar.

Este tipo de prueba separa a los verdaderos creyentes de los aparentes creyentes; es el tipo de prueba que separa a los genuinos de los hipócritas. Este tipo de prueba separa a los aprobados de los aprovechados. Es un tipo de prueba que muestra hasta dónde yo estoy comprometido con el Señor. Dios conoce la respuesta a esa pregunta. Dios conoce nuestras acciones, Dios conoce nuestras motivaciones, Dios conoce también nuestras intenciones. De hecho, Dios conoce cosas de mí que yo no conozco.

Esa es la razón por la que —usted ha oído este versículo múltiples veces en este púlpito— Dios le dijo al pueblo hebreo: "Yo te saqué al desierto, para humillarte, para probarte y para saber lo que había en tu corazón." No es para que yo sepa lo que había en tu corazón —Él ya conocía el corazón del pueblo judío—. Pero Él permite la prueba para que tú puedas ver cosas de ti que tú no creías, o no te creías capaz de hacer, o no te creías capaz de ser, lo que Dios te ha mostrado que tú eres. Y quizás una pregunta de evaluación y de introspección: en el último año, en los últimos dos años, en los últimos tres años, en los últimos tres meses, en el día de ayer, ¿qué permitió Dios en tu vida, y qué salió de ti que tú realmente no sabías, no conocías o no creías que estaba allí?

Cuando yo paso revista a mi vida, a mi vida de fe, sin lugar a duda que Dios ha tomado momentos y ocasiones para mostrarme cosas que yo no conocía. Aarón no conocía que él tenía un espíritu tan idólatra, como para que días después de haber salido de Egipto él estuviera haciendo un becerro de oro. Job no sabía que en él, a pesar de haber sido declarado un hombre intachable —*blameless*, dice la versión en inglés, sin tacha—, se escondía un espíritu de orgullo en cuanto a su integridad. David no sabía que en él se escondía un espíritu de lujuria y de hipocresía.

Pedro no sabía que en su interior se escondía un espíritu de mentira, de temor a los hombres y de necesidad de aprobación de los hombres, que lo hace luego ni siquiera querer juntarse con los gentiles, a pesar de la visión que había recibido de que ya los gentiles formaban parte del pueblo de Dios. Me pregunto esto: a lo largo de las pruebas que Dios ha permitido en tu vida, ¿qué ha sacado Dios de ti? ¿Qué ha querido sacar de ti? ¿Qué tú has podido reconocer, o qué Dios ha tratado de mostrarte a ti o a mí, y que yo todavía estoy negando que realmente estaban ahí o continúan ahí?

Es un tipo de prueba que hace eso. Esta es la palabra *peirasmos*. Una prueba que me tienta a ser seducido por el pecado desde adentro o desde afuera. Pero en el próximo versículo hay otra palabra que ha sido traducida como "prueba" también, el versículo 7, que es la palabra *dokimion*: "para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, sea hallada que resulte en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo."

La palabra *dokimion* viene de la palabra *dokimazo*, y creo que en una ocasión hablamos un poco acerca de esto. La manera como los metales eran probados en el pasado era a través del fuego, y se hablaba de ese *dokimazo* como el instrumento a través del cual algo era probado. Y Dios nos está diciendo —Pedro nos está diciendo, y Dios inspirando a Pedro— que a través de esta prueba la fe, a través del fuego, está siendo probada.

Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo traduce: "Estas pruebas demostrarán que su fe es auténtica. Está siendo probada de la misma manera que el fuego prueba y purifica el oro. Aunque la fe de ustedes es mucho más preciosa que el mismo oro, entonces su fe, al permanecer firme en tantas pruebas, les traerá mucha alabanza, gloria y honra en el día en que Jesucristo se haya revelado a todo el mundo."

Es una fe que necesita ser cultivada, probada, nutrida y alimentada. De hecho, con frecuencia el Señor Jesucristo les dice a los discípulos: "¡Hombres de poca fe!" Hay un reconocimiento de que estos discípulos tienen algo de fe, pero tienen poca fe. Pero yo creo que cuando Cristo habló de poca fe, no solamente se estaba refiriendo a la cantidad de fe, sino que se estaba refiriendo a la calidad de la fe que ellos poseían. Y nosotros fuimos llamados a caminar por fe y no por vista.

Me asombra la forma como a nosotros nos gusta caminar. Nosotros queremos respuestas, y Dios quiere confianza en Él. Nosotros queremos entender, y Dios quiere que yo le crea. Nosotros quisiéramos resultados; Dios quiere resolución de mi parte de que yo voy a seguirle, aunque no le entienda. Y entonces, cuando esa fe verdaderamente ha adquirido una calidad digna del llamado que yo he recibido, la manera como esa fe muestra que ha sido probada y que ha sido cultivada —finalmente, hasta llevar esa calidad— resulta en alabanza, gloria y honra de nuestro Señor Jesucristo.

Piensa por un momento en las veces cuando tú quizás te has encontrado en medio de pruebas. ¿Cuál ha sido tu reacción en medio de la dificultad? Porque con cierta regularidad lo que ocurre en el pueblo de Dios es que en medio de la prueba hay ira, hay quejas y hay resentimiento. Y cuando eso ocurre, nosotros estamos dando evidencia de que nuestra vida de fe no ha alcanzado la altura que Dios quiere darnos. Es como si Dios nos hubiese invitado a conocer las profundidades del mar con toda la belleza que pudiéramos encontrar allá abajo, pero nosotros estamos tranquilos en la playa, atrevidos a cuatro pies de profundidad, donde yo puedo tocar fondo, donde mis pies se pueden sentir seguros.

Lamentablemente, muchos de los que decimos que hemos creído verdaderamente no sabemos si hemos creído, porque la fe que tenemos no ha sido probada. Y ahora, entonces, en medio de la prueba —como decíamos en una ocasión— Dios me muestra si mi fe es una fe de convicción o si mi fe es más bien una fe de asociación. Cuando hablamos de una fe de asociación, implica que quizás crecimos en un hogar evangélico, fuimos a una iglesia evangélica, fuimos bautizados en una iglesia evangélica, fuimos casados en una iglesia evangélica, recibimos consejería en una iglesia evangélica, fuimos a funerales evangélicos, y con eso llegué a creer que verdaderamente tengo una fe genuina.

En medio de la dificultad, muchas veces comienzo a dudar de ese Dios. Eso comienza a mostrarme hasta dónde llega mi grado de compromiso. Y muchas veces Dios no solamente me muestra a mí cuán genuina es mi fe, sino que también muestra al cuerpo de Cristo cuán genuina es la fe de este o de aquel, o aun del pastor de la iglesia. A veces una fe por asociación es como un grupo de amigos: llegué a este lugar, me mudé a un nuevo lugar, me fui a una nueva nación, conocí un grupo de amigos, y de repente comienzo a asociarme con amigos que son evangélicos, voy a las actividades evangélicas, o me casé con una esposa que me acompañó a la iglesia, y yo pienso que tengo una fe genuina y verdadera.

Cuando la fe es probada, de repente descubrimos que no había profundidad ni había calidad en esa fe. Y la forma como quizás, si analizamos y revisamos hacia atrás la vida de esa persona, pudiéramos percatarnos —pensándolo bien— de que nunca hubo verdaderos frutos. Es cuando tú comienzas a ver vidas tan superficiales que ni siquiera esas vidas se habían percatado de la realidad a su alrededor, y vivían más bien atraídas por aquellas cosas que frecuentemente representan una distracción para el cristiano o para el creyente en general. Y las pruebas permiten esa purificación de la fe.

La tercera palabra que aparece en el Nuevo Testamento para referirse a la prueba —hemos mencionado dos: *peirasmos* la primera, y *dokimion* la segunda, que viene de la palabra *dokimazo*— es *purosis*. La palabra aparece también en esta epístola, pero más adelante, en el capítulo 4, versículo 12, donde se dice: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba" —ahí está la palabra— "que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo." En otras palabras, recuerda que dijimos que de acuerdo a Pedro las pruebas y las dificultades son necesarias. Si son necesarias, entonces no deben ser extrañas; forman parte del llamado.

Esta palabra "prueba", traducida como tal, *purosis*, implica un cierto sufrimiento o dolor a través del cual Dios prueba mi perseverancia y prueba mi carácter. Una vez más, es aquel desierto: "para humillarte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón." La prueba me va a mostrar a mí y a otros si yo voy a confiar en mi propia fortaleza, si voy a confiar en mi superación personal, si voy a confiar en mis dones, en mis talentos, en mis finanzas, en mis habilidades, en mis relaciones, o si yo voy a confiar y a creerle a Dios. En ese tipo de prueba, Dios pone de manifiesto si voy a negociar mis valores o si voy a permanecer fiel a los suyos.

La *purosis* implica un cierto tipo de dolor, emocional o físico. Y la prueba del dolor es importante en tu vida y en la mía. La razón por la que es importante es porque está por verse de qué manera, o qué, yo voy a hacer para tratar de anestesiar el dolor. Algunos deciden, en medio de la dificultad —cristianos que tienen un tiempo viniendo a la iglesia, mostrando cierta fidelidad— de repente comenzar a desviarse y a experimentar cierto tipo de satisfacción o de placer que habían dejado atrás, con lo cual están poniendo de manifiesto lo que están haciendo para anestesiar el dolor.

Una de las reacciones más comunes ante las pruebas de dolor es la ira. En el registro bíblico, retrocede al Génesis, capítulo 4: está ahí Caín, que tiene una ofrenda que le trae a Dios, y resulta que Dios rechaza su ofrenda. Eso debió haber producido un grado de dolor; el rechazo me produce dolor, y un rechazo de parte de Dios debe producir un gran dolor. ¿Cómo reaccionó Caín? Con ira, y su ira fue tan grande que terminó matando a su hermano. La esposa de Job fue sometida a prueba, y lo que ella hizo fue terminar diciéndole a su esposo: "Maldice a Dios y muérete." Muchos reaccionan en rebelión; otros reaccionan en negación, nunca creyendo que realmente lo que Dios está haciendo, o lo que está ocurriendo en su vida, es real, y tratan de verlo de otra manera o de justificarlo.

Y hay unos pocos que se tiran de rodillas y que dicen: "Jehová dio, Jehová quitó; bendito sea el nombre del Señor." Job nunca pronunció palabras como las que su esposa pronunció. Y cuando Job dijo "Bendito sea el nombre del Señor, Jehová dio, Jehová quitó", lo dijo de rodillas. La pregunta es: ¿dónde estás tú adorando recientemente? En medio de la prueba, ¿de rodillas, alejado de Dios, buscando a Dios, en busca de refugio?

Y escucha lo que dice Pedro hacia el final de su epístola, en el capítulo 5, versículo 10: "Y después que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá." Ahí están cuatro propósitos que Dios tiene para lo que la prueba ha de hacer en ti: que tu fe, cuando haya sido probada —si es genuina— resulte perfeccionada, afirmada, fortalecida y establecida.

El Dios de gloria que me aplicó su gracia en el momento de la salvación es el mismo Dios que usa su gracia a través de la tribulación para tomar mi fe, y no simplemente probarla, sino para que a través de la prueba dicha fe resulte fortalecida, perfeccionada, afirmada y establecida. Cuando Dios nos encontró —la manera como Él me encontró y la manera como yo comencé a vivir la vida cristiana— yo no estoy listo para entrar al reino de los cielos; yo no estoy ni siquiera listo para ser un digno representante del reino de los cielos.

Esa fe inmadura estorba los propósitos de Dios, empaña los propósitos de Dios, contamina la obra de Dios. Esa fe inmadura ni siquiera disfruta lo que Dios hace en ti y a través de ti. Una fe inmadura ni siquiera ve evidencia de gracia en otros cuando Dios se está obrando a través de ellos.

Antes del quebrantamiento, antes de mi quebrantamiento, muchas veces lo más que yo puedo hacer es como admirar a Dios desde lejos. Pero una cosa es admirar a Dios y otra cosa es amarlo como fruto de una relación íntima, cercana, continua. Y es por eso que muchas veces nosotros hemos oído de Dios más que hemos llegado a conocer a Dios. Es en la dificultad donde frecuentemente tú y yo llegamos a conocer a Dios. Es en la dificultad donde tú y yo finalmente comenzamos a confiar en Dios y solamente en Dios.

Y hay circunstancias y dificultades que se prolongan en el tiempo, y se prolongan tanto, que llega un momento cuando tú piensas que ya te vas a quebrar, que ya no puedes más. Como el apóstol Pablo testifica en la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 1, cuando dice que llegó un momento donde él perdió toda esperanza de salir con vida, pero que Dios permitió tal prueba para que pudiésemos llegar a confiar en Él y no en nosotros mismos. Eso es Pablo, el que fue llevado al tercer cielo, y en un momento dado dijo: "Ya, hasta aquí llegamos." Y hay pruebas así donde tú piensas que el día siguiente vas a colapsar.

Pero en la prueba, lo que muchas veces Dios está haciendo es tratar de quebrar, no a su hijo. Él está tratando de quebrar algo, pero no eres tú. Él está tratando de quebrar tus fortalezas. Él está tratando de quebrar aquellas cosas en las que yo confío, aquellas cosas que son familiares y que me dan confianza, que me dan seguridad, aquellas cosas en las que yo he puesto mis manos porque yo las puedo manejar o manipular. Él está tratando de quebrar aquellas cosas que en el pasado me dieron resultado, pero que no tenían nada que ver con Él. De manera que es un proceso de quebrantamiento, pero el quebrantamiento no es de una persona que es su hijo; es el quebrantamiento de cosas que compiten con lo que es mi relación con Él. Y al final de la prueba, tú eres alguien mucho más fuerte en Él, más que fuerte en tus fortalezas.

Eso es lo que Dios está haciendo. Por eso es que 1 Pedro 5:10 dice que al final Él nos perfeccionará, nos afirmará, nos fortalecerá, nos establecerá. Yo les mencioné en una ocasión que Tozer decía que él dudaba grandemente que un hombre pudiera ser usado significativamente sin que haya sido quebrantado primero profundamente. Nosotros queremos ver grandes cosas de parte de Dios sin ser quebrantados por el mismo Dios. Pablo fue llevado al tercer cielo, y las experiencias, como ustedes saben, fueron tan extraordinarias, que Dios tuvo que permitir un quebrantamiento, un sufrimiento, un dolor, un ataque continuo sobre la vida de Pablo para que no se enalteciera por las revelaciones; él mismo da testimonio de eso. Porque Dios tiene que hacer eso en nosotros.

Te voy a dar varias razones a medida que traemos esto a conclusión. Cuando un corazón no quebrantado experimenta las bendiciones de Dios, ese corazón llega a creer que se las merece. Cuando un corazón no quebrantado experimenta la gloria de Dios, él llega a creer que él la ha producido. Cuando un corazón no quebrantado experimenta el poder de Dios, lamentablemente muchas veces termina haciéndose el amo de dicho poder y termina abusando del mismo poder. Cuando un corazón no quebrantado experimenta los privilegios de Dios, llega un momento en que llega a pensar que esos son derechos que él tiene y no privilegios que Dios le ha dado. Cuando un corazón no quebrantado recibe un don, él llega a creer que ese don es más bien una destreza que él posee. Y de ahí la necesidad de que nosotros experimentemos quebrantamiento.

Nuestra vida requiere profundidad si vamos a soportar las tormentas. Y dicha profundidad no se adquiere en la abundancia, no se adquiere en la facilidad, no se adquiere en la vegetación; se adquiere en el desierto. Y cuando nosotros estamos gastando mucho tiempo en cosas banales, superficiales, sin valor eterno, Dios piensa: "Bueno, quizás sea tiempo de quebrantamiento." Al final, cuando nosotros no cultivamos la fe en Cristo por falta de tiempo —mi problema no es el tiempo, es un corazón mundanalizado—, cuando nosotros hemos oído sermones y los sermones que hemos oído no han resultado en la práctica, a pesar de que los hemos oído una y otra vez, Dios piensa que es tiempo de quebrantamiento. Cuando mi interés continuo es más bien por la recreación del cuerpo y hay poco interés en lo que es la nutrición de mi alma, quizás sea tiempo de quebrantamiento. Cuando nos creemos mejores, superiores, más comprometidos o más espirituales que otros, quizás lo que yo necesito es un quebrantamiento.

Cuando Dios se propone mover a un hombre o una mujer de esta etapa o este nivel al próximo nivel de relación con Él para hacer grandes y mejores cosas, frecuentemente es un tiempo de quebrantamiento, para poderlo preparar para recibir la obra que Dios quiere encomendarle. Eso es exactamente lo que vemos en la vida de Moisés. Antes de entregarle esta enorme misión, Dios primero lo quebrantó por cuarenta años en el desierto. Y eso también ocurre a nivel de la iglesia: antes de que una iglesia sea movida a su próximo nivel, la iglesia, como iglesia, a veces pasa por un tiempo de dificultad y de tribulación como preparación para lo próximo que Dios quiere entregarle.

Tú puedes ver entonces que hay un propósito bueno en cada una de las pruebas. Por eso Pedro habla de que el sufrimiento es necesario por un corto tiempo. Pedro no está diciendo que el sufrimiento que llega a tu vida durará seis meses, un año, nada más; no, él lo está comparando con la eternidad. Y lo que él está diciendo es que el fuego en medio del cual tú te encuentras, al final tiene un propósito bueno en las manos de nuestro Dios.

Yo creo que este es un buen mensaje para esta hora en que nos ha tocado vivir, no solamente por la pandemia del coronavirus que estamos viviendo, pero realmente son tiempos difíciles. Y nosotros sabemos que más viene de camino, para lo cual mi fe necesita ser nutrida y fortalecida antes de que tal cosa pueda llegar a mí, o a ti, o a tu familia, o a tu iglesia, o a tu nación, o al mundo entero.

La manera en que yo te quiero dejar esto hoy como reflexión: al final de este servicio, una vez más quisiéramos volver a decirles que sean prudentes a la hora de relacionarse con otros en vista de la pandemia. Yo mismo, en vez de quedarme aquí adelante, lo que voy a hacer es retirarme, precisamente para evitar y modelar lo que estamos tratando de decir. Que Dios bendiga tu vida, que Dios bendiga este día, que tú puedas reflexionar y pasar a otros las bendiciones del quebrantamiento de las cuales hemos hablado en el día de hoy.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.