Integridad y Sabiduria
Sermones

Fe en la tormenta

Héctor Salcedo 8 septiembre, 2019

La vida está siempre en temporada ciclónica. No hablamos de tormentas climatológicas, sino de esos ciclones que estremecen la fe, desafían la confianza y duelen emocional o físicamente. A diferencia de los huracanes, no tenemos radar para anticiparlos. Simplemente llegan cuando menos los esperamos, incluso cuando Dios está presente en nuestra barca.

El relato de Marcos 4 lo ilustra con claridad. Los discípulos habían tenido un día intenso junto a Jesús: enseñanzas, sanidades, multitudes. Cuando finalmente zarpan hacia el otro lado del lago, una tormenta violenta los sorprende. Lo inesperado de la tempestad asombra, pero más asombra que Jesús estuviera con ellos en la barca. Su presencia no fue garantía de aguas calmas. De hecho, Jesús sabía que esa tormenta vendría; la orquestó porque tenía un propósito. Pensar que Dios con nosotros significa una vida sin problemas es una expectativa irreal y madura de la vida cristiana.

En medio del pánico, los discípulos despiertan a Jesús con una pregunta que revela su corazón: "¿No te importa que perezcamos?" Ahí está la doble cara del temor: dudamos del poder de Dios o de su amor por nosotros. Jesús calma el mar con dos palabras, pero su reprensión va dirigida a ellos: "¿Dónde está vuestra fe?" No les faltaba fe; la tenían, pero no la estaban ejercitando.

La fe no funciona automáticamente. Es un rechazo activo al pánico y una decisión de abrazar las verdades que conocemos. Como Abacuc, quien frente a la devastación declaró: "Con todo, yo me alegraré en el Señor". Esa es la fe que nos sostiene cuando las olas rugen.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quisiera en la mañana de hoy hablarles a ustedes. No sé si ustedes sabían o están enterados de que estamos en temporada ciclónica. Entonces, la temporada ciclónica requiere una serie de preparaciones. Vivimos aquí en esta ruta del Atlántico, y en el Atlántico se forman unas doce a quince tormentas, huracanes y ciclones, dependiendo del nivel al que lleguen. Todos los años tenemos que hacer las mismas preparaciones, nos hacen las mismas campañas, las compañías de seguro nos venden los mismos seguros para que nos preparemos para las tormentas. Y nada, estamos en expectativa.

Yo creo que eso es una muy buena analogía de lo que es la vida. Realmente la vida está siempre en temporada ciclónica. Nosotros estamos esperando una tormenta en cualquier momento, no una tormenta climatológica, pero una tormenta de la vida, un ciclón que estremece nuestra fe, desafía nuestra confianza, nos pone a dudar, nos duele emocionalmente o físicamente. Pero lo cierto es que la vida está llena de tormentas, y a diferencia de los ciclones climatológicos, no tenemos un radar para ver cuándo vienen. Sencillamente desconocemos cuándo vienen los ciclones de la vida. El punto es estar preparado con las herramientas adecuadas para que, cuando hagan su aparición en las costas del corazón, nos mantengamos firmes. Esa es la idea.

Yo quisiera que fuéramos a un texto de la Palabra en Marcos 4 y estudiáramos ahí un incidente ciclónico o tormentoso de los discípulos, y podamos extraer algunas lecciones para nosotros. Como les dije, no para los ciclones de la temperatura o el clima, más bien para los ciclones que vienen a nuestra vida, las tormentas que vienen a nuestra vida.

Marcos 4:35 al versículo 41. Inicio leyendo, dice la Palabra: "Ese día, caída ya la tarde, les dijo: Pasemos al otro lado. Despidiendo a la multitud, le llevaron con ellos a la barca como estaba, y había otras barcas con él. Pero se levantó una violenta tempestad, y las olas se lanzaban sobre la barca de tal manera que ya se anegaba la barca." O sea, hace agua. "Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, reprendió al viento y dijo al mar: Cálmate, soslégate. Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ¿Quién pues es este, que aun el viento y el mar le obedecen?"

Un incidente que la mayoría de nosotros, yo diría, conoce. Es un incidente famoso. Hay por lo menos dos tormentas que los discípulos pasan con Jesús. Una es esta, donde ya vemos lo que pasa: Jesús está durmiendo en la barca. Y hay otra tormenta más adelante en que Jesús no está en la barca, sino que se acerca de noche caminando sobre las aguas. Es la tormenta donde Pedro sale de la barca y camina sobre las aguas también, en camino a su Señor, a Jesús. Pero esta es el primero de los incidentes que pasa en este mar de Galilea, que es un lago realmente en Galilea, y vemos que es una tormenta que se levanta súbitamente.

Yo creo que el primer principio o aspecto que debemos señalar, y es donde vamos a profundizar primeramente, es que las tormentas de la vida, al igual que esta, no sabemos cuándo en algún momento llegarán. Esta tormenta fue totalmente inesperada para los discípulos, absolutamente inesperada. Y ese es el punto en el que quiero hacer énfasis: que esta tormenta, así como las tormentas de la vida, son absolutamente inesperadas.

En este caso, miren lo que había pasado en este día y por qué yo digo que esta tormenta era totalmente inesperada. En el versículo 35 se nos dice que ese día, caída ya la tarde, les dijo: "Pasemos al otro lado." Ese día había sido un día intenso. Si nosotros vemos el versículo 1 de ese mismo capítulo, dice que Jesús comenzó a enseñar en el mar de Galilea y le enseñaba a una gran, gran multitud. Y fue una multitud tan grande que él tuvo incluso que ponerse arriba de una barca.

Se daba lo siguiente, y esto era algo que con frecuencia Jesús hacía: este escenario del mar de Galilea es como un escenario descendente hacia el lago, y Jesús se ponía en la costa y proyectaba su voz hacia las multitudes que estaban en las colinas de alrededor. Era como una especie de anfiteatro que se armaba ahí. Sucede que en este caso era tanta la gente que Jesús terminó diciendo: "Bueno, me voy a subir en una barca." Entró al mar y desde el mar proyectaba su voz hacia la gente que estaba en las laderas, en las colinas y en las montañas circundantes. Ahí se nos da una idea de la gran multitud que había.

Se nos dice que desde la mañana les enseñaba con parábolas. Ahí les enseñó la famosa parábola del sembrador, donde nos cuenta que el sembrador salió a sembrar y tiró su semilla, y cayó en diferentes tipos de terreno representando el corazón. Se nos dice también que les dijo la parábola del crecimiento de la semilla, de cómo el reino de Dios es como un agricultor que siembra su semilla, se va a acostar, y en la mañana fructifica, y él no sabe cómo ni cuándo, pero la semilla fructifica. Así es el reino de Dios: Dios hace que dé fruto porque su Palabra da fruto. Y les enseñó múltiples parábolas; era una forma didáctica en la que Jesús transmitía verdades de una manera sencilla al pueblo. Estuvo todo el día en eso.

Debemos suponer que también, porque esto ocurría constantemente, Jesús sanaba enfermos de todo tipo: a veces paralíticos, ciegos, gente con problemas de la piel como los leprosos, gente que tenía todo tipo de padecimiento. Jesús oraba por ellos, les imponía sus manos, los sanaba. También lidiaba con gente que venía con problemas espirituales, con demonios, con problemas emocionales. Les daba pequeñas consejerías a la gente. O sea, fue un día de ministración y de enseñanza muy intenso. Y todo eso está en ese "ese día, caída ya la tarde, les dice: Pasemos al otro lado." Fue un día de extremo trabajo.

Posiblemente algunos discípulos dijeron: "Por fin, un break." Vamos al otro lado. Quizás ellos pensaban que iban a tener una buena velada o un tránsito tranquilo hasta el otro lado del lago. Todos anticipaban eso. De hecho, más aún, bueno, si Jesús trabajó tanto, lo lógico es que Dios nos dé una buena travesía y nos dé un buen tiempo de descanso. Pero nosotros sabemos que eso no fue así.

Hay algo interesante que nos muestra el versículo 36: es que después de despedir la multitud, dice que lo llevaron con ellos a la barca. ¿Cómo estaba Jesús? No se cambió, no comió, no se refrescó. ¿Cómo estaba? "Vamos, vamos, vamos, Jesús, vamos. Tenemos que cruzar al otro lado." Y dice que había otras barcas con ellos. Posiblemente es algo que muchos desconocen, pero fue una pequeña flotilla de barcas que salió: Jesús con sus discípulos en una, y una pequeña flotilla de barcas de discípulos juntos con ellos.

Pero nos dice el versículo 37 que se levantó una violenta tempestad. Si hay un momento en el que podemos ver claramente la humanidad de Jesús, es aquí precisamente. El versículo 37 nos dice que se levantó una gran tempestad y las olas se lanzaban sobre la barca de tal manera que ya se anegaba la barca. O sea, se hundía la barca; es lo que significa la palabra "anegaba." Estaba entrando agua y la barca estaba, digamos, en camino a sucumbir, a hundirse, a naufragar.

Y tres cosas sorprenden de esta tormenta que se levanta. Lo primero, como ya les dije, es algo absolutamente inesperado. No había indicios de que se iba a levantar una tormenta, a pesar de que estos hombres que andaban con Jesús, de los doce discípulos, se cree que unos siete eran pescadores profesionales. Era gente que había hecho de la pesca su profesión y estaban con Jesús ahora como sus discípulos. Esta gente, por lo visto, cuando Jesús les dice "pasemos al otro lado," no vio ningún indicio atmosférico ni climatológico de que venía un aguacero por ahí, una nube medio densa. Nadie advirtió nada. Todo el mundo estaba tranquilo. Esto fue absolutamente inesperado, a pesar de lo experimentada que esta gente era y de lo preparados que ellos estaban para este tipo de situaciones.

Y yo creo que podemos hacer una aplicación muy clara a nuestra vida. O sea, no importa cuánto yo me preparé, no importa qué tan experimentado y confiado yo me sienta en mis destrezas en la vida, las tormentas vienen. Y a veces yo no las anticipo, y a veces vienen por lugares y de maneras que ni me imaginé. Y eso es lo primero que sorprende: lo inesperado.

Pero también sorprende lo violento. ¿Cómo algo tan violento no fue anticipado? Mateo usa una expresión en el original; la palabra en griego es "megas seismos." Seísmo o sismo es un gran movimiento de la tierra; "megas" es grande. O sea, Mateo dice que era un gran movimiento de tierra, de viento, de mar que se produjo. Algo ciclónico, algo posiblemente huracanado. De hecho, Marcos, que fue el texto que leemos, le llama "violenta tempestad," al punto que la barca se llenaba de agua.

Posiblemente, y eso era típico en esta zona y en este lago en particular, el lago podía levantar en momentos como este olas hasta de diez pies. O sea, una ola de diez u once pies puede ser una ola de casi cuatro metros. Cuatro metros. Imagínense un cuerpo de agua de cuatro metros que venga contra una barca en la que caben quince a veinte personas: la tapa completamente. O sea, ese debía ser el tipo de tempestad que ellos estaban enfrentando.

Y la razón por la que eso se presenta así es porque el mar de Galilea es una especie de cubo. El mar de Galilea está aquí, y a los lados, por dos lados, están los altos del Golán, que tienen tres mil pies de altura, y por los otros dos lados hay otras montañas que tienen mil quinientos pies de altura. Entonces, literalmente, un cubo. Sucede que cuando los vientos bajan desde los montes y se encuentran con temperaturas más bajas abajo, se producen estos vientos huracanados y estos problemas. Era algo típico de este lugar, pero a pesar de eso ellos no pudieron anticipar que esto se iba a presentar.

Entonces me sorprende lo inesperado, me sorprende lo violento, y sorprende también, hermanos, no sé si a ustedes les pasa igual, que Jesús estaba presente con ellos en la barca cuando se presenta este tiempo tempestuoso, esta tormenta. Y yo creo que también eso tiene una gran aplicación para nosotros. O sea, es una falacia pensar que Dios con nosotros es una garantía de tiempos calmados. Es una falacia. Eso no es así, eso no se muestra en la Biblia, no se muestra ni siquiera en la vida de Jesús, en la vida de los discípulos, y no está dicho así en la Palabra.

Dios no nos ha prometido un tránsito calmado hacia nuestro destino. Todo lo contrario, nos han prometido problemas y aflicciones en este mundo caído en el que vivimos. El mundo en el que vivimos es como el mar de Galilea. Es un lugar propicio a las tormentas y se van a levantar de manera violenta e inesperada cuando menos lo pensamos, aun con Dios presente en nuestras vidas.

Y no solamente que se presentan a pesar de que Dios está con nosotros, en este caso a pesar de que Jesús estaba con ellos, no, no, no, no. Es que yo estoy convencido de que Jesús orquestó este tiempo. ¿O ustedes piensan que el Jesús que le dice en el versículo 41 al mar y al viento "sosiégate y cálmate" no sabía que esa tormenta se iba a levantar cuando ellos comenzaron la travesía? Claro que lo sabía. Y entonces, ¿por qué entró en el barco y les dijo "pasemos al otro lado"? Porque él quería que ellos pasaran por esa tormenta. Porque esa tormenta tenía un propósito en sus vidas, como lo tienen todas las tormentas de nuestra vida.

Hay propósito diseñado para nosotros en las tormentas y los ciclones de nuestra vida que Dios tiene. Dios prepara esos momentos. Está ahí con nosotros, en la barca con nosotros, en medio de la tormenta. Entonces, esta prueba pudo sorprender a los discípulos, pero no sorprendió a Jesús, en lo absoluto, no sorprendió a Jesús.

De hecho, más adelante Pedro, hablando de los problemas de la vida en su capítulo 4, versículo 12, de su primera carta, dice: "Amados, no se sorprendan del fuego de la prueba que en medio de vosotros ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo." ¿Y qué es lo que ustedes esperan en este mundo? No podemos tener esas expectativas. Es una expectativa irreal e inmadura de la vida. Es una expectativa mágica de la vida cristiana.

Y Martyn Lloyd-Jones, en su libro "Depresión espiritual", dice lo siguiente: "Si tenemos un concepto mágico de la vida cristiana, con toda seguridad nos veremos en problemas. Porque cuando lleguen las dificultades normales, nos sentiremos tentados a preguntar ¿por qué permite Dios que pase esto?" Esa es una pregunta que no cabe en el cristiano que sabe que esta vida tiene tormentas. Y no sabemos por dónde van a venir, no sabemos la intensidad de las mismas, pero vienen porque vienen.

Ahora, ¿qué pasa con nosotros? Ese es el primer principio: son inesperadas y van a venir. ¿Qué pasa con nosotros? Es la segunda cosa que quiero ver, el segundo aspecto que quiero ver de este incidente. Es una segunda enseñanza. En las tormentas, hermanos, nosotros típicamente tememos por nosotros y dudamos de Dios. Es como una moneda con dos caras. Nos da miedo lo que nos pasa y dudamos de Dios, de cómo está manejando la situación en nuestras vidas.

Miren lo que dice Marcos 4:38, dice que él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despertaron y le dijeron: "¿No te importa que perezcamos?" Esta palabra "en la popa" es la parte trasera de la barca. Él estaba en un cabezal, literalmente la palabra en el original es una almohada. Él estaba en la parte trasera, recostado en una almohada, durmiendo.

Y algunos leen este relato y pueden poner en duda incluso la veracidad del relato. ¿Cómo puede ser que Jesús estaba durmiendo cuando el barquito se estaba hundiendo? ¿Cómo puede ser verás este relato? Lo increíble es que tres de cuatro evangelios, Mateo, Marcos y Lucas, los tres relatan el mismo incidente. Y los tres dicen que Jesús estaba durmiendo. Yo le creo. Si los tres reportan que Jesús estaba durmiendo, la explicación más lógica de esto es que Jesús estaba exhausto. Absolutamente exhausto del día o quizás la temporada de su ministerio que estaba viviendo.

Yo no sé, quizás los médicos entienden mejor qué le hace la falta de sueño al cuerpo, la falta de descanso al cuerpo. Pero yo he sido testigo de que la falta de descanso y de alimento, quizás Jesús también había ingerido poco alimento a lo largo del día, debilitan a un punto que uno como casi se muere si se acuesta.

Yo recuerdo en una ocasión, hace muchos años de esto, cuando yo todavía vivía en mi casa, en la casa de mis padres, mi hermano menor, estábamos en esa época de exámenes cuatrimestrales. Mi hermano tenía un examen al otro día y había estudiado, pero tuvo que quedarse casi hasta la madrugada. Él era un adolescente, tuvo que quedarse casi hasta la madrugada. Y como a las cuatro y media, cinco de la mañana, él terminó de estudiar y decidió dormirse un rato. Y yo le dije: "No te duermas, que si te duermes..." "No, no, yo me acuesto un rato, me levanto a las siete." Bueno, él se durmió, llegaron las siete y siguió de largo. Mi papá lo trató de levantar, le puso agua, lo paramos. Se murió, literalmente tenía un examen cuatrimestral. O sea, casi el curso dependía del examen. Él no se pudo levantar.

A mí me ha pasado a veces, en ocasiones muy puntuales en mi vida también, que yo he caído en unos sueños después de una temporada muy, muy intensa, que yo siento que me fui completamente. En una ocasión me pasó que me monté en un avión y literalmente el avión levantó la nariz y a mí se me cerraron los ojos y los levanté cuando aterrizó. No supe de mí. Pasaron, brindaron refresco, brindaron. Tú sabes que uno siempre, el dominicano, que te rinda durmiendo, no, yo quiero el refresco, Coca-Cola. Coca-Cola, uno puede estar rendido durmiendo, pero cuando uno oye ese carrito, uno se levanta. Pero ni eso sentí yo. O sea, literalmente, no es irreal pensar que una persona exhausta puede estar durmiendo en una situación como esta, y posiblemente Jesús estaba en esa condición.

Pero ellos decidieron despertarlo. Dijeron: "No, no, no, hay que despertarlo, ya el asunto es grave, hay que despertarlo." En su llamado vemos cierta desesperación, vemos cierto temor. En el texto que leímos en Marcos 4, ellos le dicen: "Maestro, ¿no te importa que perezcamos?" En el texto de Lucas, que es el texto paralelo del mismo incidente, le dicen: "¡Maestro, Maestro!" O sea, le estaban diciendo "Maestro", y Lucas también reporta que le dijeron: "Señor, Maestro, nos estamos muriendo, ¿no te importa?" O sea, había un desespero, había una ansiedad, había un temor en medio de su llamado.

Y cuando Jesús se levanta, lo primero que les pregunta es: "¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué están amedrentados?" Yo no sé cómo se sintieron los discípulos, pero si yo hubiese estado ahí, yo me hubiese sentido como medio descuadrado con la pregunta de Jesús. Porque Jesús se levanta, o sea, nos estamos hundiendo, o sea, nos vamos a morir literalmente. Si él no se levanta y hace algo, nos vamos a morir. Lo levantan a Jesús y: "¿Por qué tienen miedo?" Pero ven acá, ¿pues él no está viendo que nos estamos volviendo locos, que el agua nos está entrando por todos lados, ya no sabemos cómo sacar más agua?

Literalmente Jesús está en perfecta calma, en perfecto control de su estado emocional ante la situación. Estaba Jesús en la misma barca y viendo igualmente la misma tormenta. Sí, ¿y qué? Tenía otros ojos, otra mirada, otro entendimiento de la circunstancia. Su confianza estaba en su Padre, depositada completamente en el cuidado amoroso de su Padre. Pero ellos se sienten atemorizados, aterrorizados de hecho, ante la situación que están viviendo.

Yo creo que hay dos posibles razones por las que uno puede sentir temor en momentos como estos. Y yo creo que es una explicación para el temor de ellos y puede ser aplicado también a nosotros. Una posible razón del temor en medio de las tormentas es cuando nosotros dudamos del poder y de la capacidad de Dios para hacer algo en nuestro favor. Hay cosas en la vida que nos ocurren que nosotros en nuestro interior pensamos que no, que es demasiado, que Dios ya no hay cómo. Y aunque tenemos un entendimiento aquí intelectual y craneal de que Dios es todopoderoso, en la práctica hay una duda de si Dios va a hacer eso que yo le estoy pidiendo porque es muy grande. Eso sería demasiado para Dios.

Hay un ejemplo en la Biblia. Cuando Jesús llega a la escena donde Lázaro está muerto, sus hermanas están llorando, en Juan 11, y en Juan 11:21 se nos dice que una de las hermanas de Lázaro, que había muerto hacía cuatro días, le dice: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." Ella sigue llorando. ¿Qué le está diciendo ella con eso a Jesús? "Bueno, tú lo hubieses podido sanar. Yo sé, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto. Pero ya, pero ya murió, ya, ya, muy tarde, ya yo no creo que ahí tú puedas hacer algo." Se expresa una duda acerca de la capacidad y el poder de Dios para hacer algo como esto.

Yo no sé si los discípulos estaban experimentando una duda acerca de la capacidad de Jesús de hacer algo. Es posible. Es posible que ante la braveza de las olas, la fiereza de los vientos, ellos dijeran: "Bueno, esto es demasiado. No, lo levantamos, pero quizás para que nademos juntos. Pero no es porque pensemos que él va a hacer nada. Para que nos salgamos de la barca o hagamos alguna otra cosa." Quizás ellos experimentaban eso, y si revisamos nuestro corazón, a veces nos asalta esa duda sobre la capacidad de Dios, sobre si esto no es demasiado para él, ya va más allá de lo que es una petición normal.

Hay otra posible explicación a la duda y el temor en medio de las tormentas: si Dios nos ama lo suficiente como para hacer algo por nosotros.

La pregunta que ellos le hacen al Señor en Marcos 4 es: "¿No te importa que perezcamos?". Es una pregunta que indica que ellos tenían dudas sobre el cuidado de Jesús por ellos. "A ti no te importa. ¿Es que tú no tienes esto? Nosotros no somos importantes para ti, no te interesamos. ¿Cómo puede pasarme esto? ¿Cómo puede pasarnos esto?".

Y esa es la otra posible razón por la que una persona en medio de las dificultades, las tormentas de la vida, se siente atemorizada, se siente escéptica hacia Dios, y a veces nos resentimos contra Dios. A veces preguntamos: "¿Estará Dios pendiente de mi situación? ¿Por qué Dios no hace nada al respecto? ¿Por qué Dios no... a pesar del tiempo que ha pasado, a pesar de que yo he hecho todo lo que me ha correspondido? Yo no veo que esto mejora. ¿Por qué Dios permite que yo sufra de esta forma? ¿Por qué prospera aquel y yo fracaso? Yo no pego una".

Esta misma pregunta: "Señor, ¿no te importa? ¿No te importa que perezcamos?". La duda del poder de Dios o de su amor por nosotros nos llena de temor, nos llena de inquietud. Y hay algo que va muy de la mano con la duda de su amor: es la duda de su sabiduría. A veces también dudamos de si esta es la mejor manera de formar la imagen de Cristo.

Pero yo me les adelanto: que Dios orquesta y hace cooperar todas las cosas para bien. Y cuando leemos el texto en Romanos 8:28 y 29, dice que es para hacernos semejantes a la imagen de Cristo. Pero oye, hay veces que hay métodos de Dios que nosotros decimos: "¿Y será que esto es la mejor manera de hacer que yo me parezca a Cristo? ¿No hay una manera más amorosa? ¿No hay una manera más directa? ¿Por qué esta vuelta tan dolorosa hacia la imagen de Cristo?". Hay una duda en su sabiduría. Es como que estamos en un consejo celestial y nosotros decimos: "Yo no concuerdo con la manera como tú, Dios, planteas que hagamos eso. Yo creo que hay otra manera de formar la imagen de Cristo en Chacho que no es esa. ¿Por qué lo vamos a poner a sufrir de esa manera?".

Ojalá nosotros tengamos la capacidad de ver nuestra pequeñez. Los discípulos ante la tormenta, yo creo que fueron testigos de su pequeñez. Nosotros ante las tormentas climatológicas nos damos cuenta de nuestra pequeñez. ¡Cuánto más de las tormentas de la vida! ¿Qué control tenemos nosotros de nada? ¿Qué sabemos nosotros de nada? Ojalá que ante nuestra pequeñez caigamos postrados ante aquel que todo lo sabe, todo lo puede y que nos ha amado hasta el fin.

Entonces, esa es la segunda lección o aspecto que podemos ver de este incidente: las tormentas de la vida se van a presentar, no sabemos cuándo se van a presentar; en la tormenta tememos por nosotros y dudamos de Dios.

Lo tercero es el último punto que quiero señalar. Es que la solución de Jesús ante la tormenta de la vida no es "adquiere más experiencia", no es "adquiere más destreza", es "aumenta la fe". El salvavidas de nuestras almas en las tormentas es la fe. No es otra cosa. Y vamos a ver lo que implica la fe en este caso y de manera práctica.

Pero vemos en Marcos 4:39, que dice: "Y levantándose Jesús, reprendió al viento y dijo al mar: Cálmate, sosegáte. Y el viento cesó y sobrevino gran calma". Jesús se levanta y muestra su control de la situación. Fíjense que no mencioné "tomó control de la situación", porque el control lo tenía. Mostró que él tenía el control. Indudablemente lo tuvo en todo momento, aun durmiendo. Y no solamente en el cabezal, exhausto humanamente hablando, él era Dios. Y lo demostró en el momento que él da órdenes a los elementos de la naturaleza y responden como si fueran dos perritos.

Y él se levanta y reprende dos cosas: reprende al viento, reprende la naturaleza, y reprende a los discípulos: "¿Dónde estaba vuestra fe?". Dos reprensiones, y yo creo que es bueno que profundicemos en cada una.

La primera reprensión a los elementos de la naturaleza es absolutamente impresionante. A veces nosotros estamos tan acostumbrados a las historias de la Biblia, que hay una espectacularidad que no la vemos y no la sentimos. Pongan la escena de Juan 11, cuando Jesús llega a la escena de Lázaro, muerto en una tumba, cuatro días enterrado. Ya hice referencia a eso, por eso quiero traer la acotación.

Jesús llega a la escena, todo el mundo está llorando, los hermanos están llorando, literalmente Lázaro tiene cuatro días muerto. La hermana le dice: "No podemos abrir la puerta porque ya tiene mal olor". Y Jesús dice: "Abran la puerta", o quiten la piedra. Y Jesús dice a gran voz: "¡Lázaro, Lázaro, sal fuera!". Y yo no sé cómo se veía, estaba envuelto porque él dice "desátenlo", pero se hace presente esta momia envuelta en una especie de gasa, de tejido. Yo me hubiese dado esa mandada.

Señor, pensemos en lo espectacular: una tumba que se abre después de cuatro días enterrado el muerto, y que un hombre —porque en ese momento no todos creen que Cristo es Hijo de Dios, no todos creen que él tiene este poder— este hombre dice a gran voz: "¡Lázaro, Lázaro, ven fuera!". Y Lázaro sale fuera y lo desatan y se incorpora. Yo creo que hasta los flemáticos que estamos aquí, hasta los que no tenemos fibra emocional, hubiésemos dicho: "¡Wow! ¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!".

Bueno, imagínense esta escena de la barca. Jesús está durmiendo, los discípulos están absolutamente aterrorizados, el viento los lleva de aquí para allá, la barca se está llenando de agua, literalmente es un ciclón lo que hay, olas de diez pies en adelante están llegando sobre la barca. Jesús se pone de pie, dice dos palabras: "Cálmate, sosegáte". Ni que fuera un hueco de Universal Studios, de esos Ambitrú que lo ponen a ver si a uno le hacen cosas y rápidamente se calman las aguas porque era un efecto visual. No, no, esto fue real.

Esto fue tan espectacular que literalmente los discípulos se quedan, dice el versículo 25, aterrorizados y asombrados, en Lucas 8:25 que es el texto paralelo. Y que de hecho se preguntaron, se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar lo obedecen?". Ellos no tenían esa dimensión de quién era Jesús hasta ese momento.

De hecho, Marcos no responde a la pregunta: "¿Quién es este, que aun los vientos y el mar lo obedecen?". No responde, es una pregunta retórica, queda sin respuesta, porque es evidente que no necesita respuesta. ¿Quién es este, que aun el mar y los vientos lo obedecen? Dios. Solo Dios puede controlar los elementos de la naturaleza. Los Salmos dicen constantemente que Dios controla los elementos de la naturaleza. Ellos conocían los Salmos. Cuando ellos hacen la pregunta, es una pregunta retórica, y que Marcos ni la responde. Claro que es Dios que tenemos frente a nosotros.

Y se mostraron aterrorizados no de la tormenta, porque ya fue calmada, de Jesús. Es que estaban en presencia de Dios. Es el mismo efecto que cuando Jesús se presenta a Pedro y le dice: "Pedro, tira la red en aquel lugar". No se conocían, y la red viene llena de pesca. Pedro reconoce que está frente a un ser divino y le dice: "Apártate de mí, que soy un hombre pecador". Es el efecto intimidante que tiene estar frente a un ser como Dios. Esto fue lo que generó la presencia de Jesús. ¡Qué impresionante!

La primera reprensión, impresionante. Ese que tiene absoluto control de los elementos de la naturaleza, absoluto control del mundo espiritual, absoluto control de las asociaciones, absoluto control de las enfermedades, es nuestro Dios. Es nuestro Dios. A Jesús solamente le costó decir: "Cálmate, sosegáte".

Pero la segunda reprensión es a los discípulos, no al mar, no al viento. Es una reprensión más que impresionante: lamentable. Jesús en Marcos 4:40 entonces les dijo: "¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?". ¿Cómo así? De hecho, el paralelo en Lucas 8:25 —cuando digo paralelo es que este incidente está también relatado en otros evangelios, el mismo incidente, a veces se usan palabras distintas y nos da una nueva luz— Lucas lo pone de la siguiente manera: "Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe?".

Jesús tenía la expectativa, al preguntar de esa manera, que ellos debieron responder de otra forma. Jesús no les dice: "Ay, hombres pobres, ellos no sabían quién yo era". No, Jesús les dice: "¿Dónde está vuestra fe?".

Martyn Lloyd-Jones, en su libro "Depresión espiritual", dice: "Aquí está la clave del problema. La pregunta de nuestro Señor implica que él sabe perfectamente bien que ellos tienen fe. La pregunta que les hace es: ¿dónde está? Ustedes han alcanzado la fe, pero ¿dónde está en este momento de sus vidas? Debería estar aquí. ¿Qué pasó con ella?".

Y es que el principio que se nos enseña aquí es que la fe es una actividad que tiene que ejercitarse. No entra en acción de manera automática por sí misma, sino que nosotros tenemos que hacerla funcionar.

Yo creo que eso es tan importante en nuestro caminar de fe, en nuestro caminar espiritual. La fe no es solamente el don de la fe que Dios nos regala cuando nos convertimos. Ciertamente, antes de venir a Cristo la Palabra dice que estamos muertos en delitos y pecados. Nosotros no podemos tener fe a menos que Dios nos regale la fe salvadora, una fe que abre nuestros ojos y pone nuestra confianza en Cristo como nuestro Salvador. Ahí está la salvación por fe, como dice la Palabra: no es por obras para que nadie se gloríe, sino por fe.

Ahora bien, la vida cristiana no solamente es que uno nace de nuevo por fe; uno camina por fe. Segunda de Corintios 5:7, Pablo dice: "Por fe caminamos, no por vista". Es una vida de confianza permanente en Dios. Porque lo que se nos pide que hagamos, la manera como se nos demanda que vivamos, no es natural. Las cosas que Dios dice que valoremos no se ven, hermanos. "¿Cómo así que viva pensando en los tesoros celestiales? ¿Cómo así?". Eso lo ve la fe. Aquel que confía en que Dios ha prometido tesoros celestiales —no materiales, tesoros espirituales en Cristo— para aquellos que somos fieles, pues entonces yo veo con la fe, lo veo, y eso me anima y eso me entusiasma, porque para mí es real. La fe lo cree.

Entonces aquí, yo quiero de manera práctica terminar con cómo hacemos funcionar nuestra fe.

¿Cómo hacemos que nuestra fe se aplique en las situaciones tormentosas de la vida, de manera real? Y aunque parece una respuesta sencilla la que voy a dar, va a requerir cierto esfuerzo espiritual.

Lo primero es, y esto John lo dice muy claramente en su libro también de presión espiritual que creo que es una obra maravillosa, dice lo primero es entender que la fe es un rechazo al pánico. La pregunta de Jesús: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Por qué se dejan controlar por el miedo y por el temor y por la ansiedad? La fe rechaza el pánico, significa poner en paz la perpetua incredulidad de nuestros corazones. La fe dice: yo tengo control de la situación, no tú, circunstancia.

Pero ese control se logra, ese control de la situación se logra, porque la fe no solamente es un rechazo al pánico, la fe es una respuesta a la verdad de Dios. Entonces la fe rechaza el pánico, rechaza ser controlado por la circunstancia, pero abraza las verdades que creemos y sabemos. La fe trae a la memoria las verdades que creemos y sabemos.

Hermanos, ¿ustedes qué creen que hubiese hecho diferencia? Que en el momento que los discípulos están volviéndose locos en la barca, hubiesen dicho mutuamente: ey, nosotros hemos visto ciegos ver, cojos caminar, paralíticos levantarse, muertos resucitar. Tranquilos, el Señor tiene control. ¿Ustedes qué creen, que hubiese hecho alguna diferencia en su reacción? Yo creo que sí, haber recordado lo que Jesús les pregunta. ¿Y dónde está aquello que los mueve a la quietud en medio de la tormenta? ¿Dónde está? Díganselo.

Ellos hubiesen podido decir: Jesús nos ha dicho que Él tiene hasta los cabellos de nuestras cabezas contados, ¿qué nos preocupa? ¿Cómo le vamos a preguntar a Jesús "no te importa que perezcamos"? Eso es una pregunta ofensiva de hecho. Indicar que Dios puede descuidarnos es no conocer su carácter. Dudar de su fidelidad hacia nosotros es literalmente olvidar lo que nos ha revelado en su Palabra.

La fe dice: yo veo las olas, yo veo el viento, pero Dios es más grande. Y cuando dudo de su amor y de su cuidado, cuando me veo tentado a preguntar si será que tú estás al tanto pendiente de mí, yo veo la cruz y veo la manera alta y clara en la que Dios me dijo: yo te amo. Pablo usa esa verdad y le dice a la iglesia a la que le escribe: si Dios nos ha dado a su Hijo, ¿cómo no nos dará con Él juntamente todas las cosas? Eso no es una promesa de una vida libre de problemas, ¿no? Es que todo lo que sea para nuestro bien, Dios no lo prevendrá, Dios nos lo dará, pero el bien según sus propósitos, según sus caminos.

Por último, la fe no solamente rechaza el pánico, la fe abraza la verdad y se la dice y se la recuerda, las verdades que están reveladas en la Palabra de que Dios es fiel, de que Dios promete cuidar de nosotros. La fe se aferra a esas verdades de una manera activa y no se mueve de ahí. Los vientos pueden seguir soplando, el mar sigue agitado, pero nosotros seguimos esperando en aquel que es Señor por los siglos de los siglos.

En un momento dado esto pasa con varios profetas, pero yo he escogido a Habacuc, es un pasaje que hemos leído en otras ocasiones. Habacuc es el profeta que está profetizando al pueblo que viene la invasión de Babilonia. Y la invasión de Babilonia implicaba que muchos de ellos iban a morir y los que restaran iban a ser llevados a Babilonia como esclavos. De hecho la ciudad iba a ser destruida y Habacuc sabe eso, lo ve proféticamente. Y se siente triste, se siente mal, se siente afligido.

Pero hacia el final de su libro él concluye con lo siguiente, y esto es para mí el modelo de aferrarnos a la fe por excelencia. Habacuc 3, y con eso cierro y oro. Aunque la higuera no eche brotes, no solamente las palabras, sino oigan la fe detrás de las palabras. Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas. Aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento. Aunque falten las ovejas del aprisco y no haya vacas en los establos. Aunque no haya nada de nada aquí en la tierra, con todo, yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación. El Señor Dios es mi fortaleza. Él ha hecho mis pies como los de las ciervas y por las alturas me hace caminar.

Bendito seas, Señor. Gracias, Señor. Gracias.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.