IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El fin de una era en el desierto marcó también el inicio de otra. Con la muerte de Aarón y Miriam, la generación que salió de Egipto estaba desapareciendo, y una nueva comenzaba a tomar su lugar. Esta nueva generación mostró una actitud diferente: cuando el rey cananeo de Arad los atacó, no actuaron por impulso sino que hicieron un voto a Dios diciendo "si tú nos entregas a este pueblo, nosotros destruiremos sus ciudades por completo". Entendieron que la victoria dependía de Dios, pero también que había una parte que les correspondía cumplir. Esa victoria ocurrió en un lugar llamado Horma, el mismo sitio donde treinta y ocho años antes la generación anterior había sido derrotada por desobediencia.
Sin embargo, remanentes de la vieja generación persistían. Cuando tuvieron que rodear la tierra de Edom por un camino más largo, volvieron las quejas de siempre: contra Dios, contra Moisés, contra el maná que llamaron "alimento miserable" mientras Dios lo llamaba comida del cielo. El problema de fondo era que el pueblo se arrepentía de sus acciones pero nunca de las raíces que las causaban: la rebelión, el orgullo, la ingratitud, la incredulidad, el egoísmo. Por eso repetían los mismos pecados una y otra vez.
Dios envió serpientes venenosas como juicio, y luego ordenó a Moisés levantar una serpiente de bronce para que todo el que la mirara viviera. Esta imagen extraña anticipaba la cruz de Cristo: así como la serpiente fue levantada, el Hijo del Hombre sería levantado para que todo el que crea tenga vida eterna. La pregunta que queda es personal: ¿a cuál generación perteneceremos, a la que murió en el desierto o a la de Josué y Caleb que entró a la tierra prometida?
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Vamos a abrir la satisface en el libro de Números, capítulo 21, del versículo 1:
"Cuando el cananeo, el rey de Arad, que habitaba en el Neguev, oyó que Israel subía por el camino de Atarim, peleó contra Israel y le tomó algunos prisioneros. Entonces Israel hizo un voto al Señor y dijo: 'Si en verdad entregas a este pueblo en mis manos, yo destruiré por completo sus ciudades.' Y oyó el Señor la voz de Israel y les entregó a los cananeos, y ellos los destruyeron por completo a ellos y a sus ciudades. Por eso se llamó a aquel lugar Horma. Partieron del monte Hor por el camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom, y el pueblo se impacientó por causa del viaje. Y el pueblo habló contra Dios y contra Moisés: '¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para morir en el desierto? Pues no hay comida ni agua, y detestamos este alimento tan miserable.' Y el Señor envió serpientes abrasadoras entre el pueblo, y mordieron al pueblo, y mucha gente de Israel murió. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: 'Hemos pecado, porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Intercede con el Señor para que quite las serpientes de entre nosotros.' Y Moisés intercedió por el pueblo. Y el Señor dijo a Moisés: 'Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta, y acontecerá que todo el que sea mordido, cuando la mire, vivirá.' Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta, y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguno y este miraba la serpiente de bronce, vivía."
Una vez más, para tratar de situarlos o recordarles dónde estamos, decíamos en el capítulo anterior que Moisés tuvo la difícil tarea de tener que enterrar a su hermana Miriam y a su hermano Aarón, sus compañeros de viaje por cuarenta años en el desierto. Y decíamos que esas dos muertes en cierta manera marcaban el fin de una era y los inicios de otra, como ya hicimos alusión en el día de hoy.
Nosotros mencionamos cómo en el capítulo 14 de este libro leímos la historia acerca de cuando Dios le pidió al pueblo que entrara a la tierra prometida, y cómo el pueblo rehusó, y cómo producto de eso el pueblo entonces oyó el veredicto de Dios cuando decía que de aquellos que tenían veinte años o más y que salieron de Egipto de esa edad, ninguno de ellos entraría a la tierra prometida y todos morirían en ese desierto. Cuando ellos escucharon ese veredicto, tomaron la decisión, en contra de la advertencia de Moisés, de ir a luchar tratando de ganarse el favor de Dios que ya habían perdido, pero era muy tarde. Y el texto nos dice en Números 14:45 que los amalecitas y los cananeos que habitaban en la región montañosa descendieron, bajaron, y los derrotaron, y que los persiguieron hasta una ciudad llamada Horma. Yo quiero que tú recuerdes ese nombre porque en un momento vamos a aludir a él una vez más.
El incidente de hoy que yo acabo de leer en el capítulo 21 tiene lugar después de la muerte de Aarón y Miriam, y en gran manera comienza a darnos una idea, cuando lo leemos, de que ciertamente aquí se estaba levantando una nueva generación. Pero el texto también tiene indicios de que la generación primera, la que salió de Egipto, la que se ha venido quejando a lo largo del desierto, no ha sido diezmada por completo.
Tenemos que recordar que Dios le había prometido a Abraham, a Isaac y a Jacob que ellos heredarían la tierra prometida, y no solamente eso, sino que ellos desalojarían por completo las tribus que estaban ocupando esa región. Y una de esas tribus era la tribu de los cananeos. El texto de hoy nos dice entonces que el rey Arad, rey de los cananeos que habitaban la región del Neguev —esta región es una región que está al sur de lo que hoy es conocido como Palestina y es una región relativamente grande, ocupa como la mitad del terreno de Israel; cuando uno va descendiendo hacia el sur en Israel camino al Mar Muerto, uno puede ver toda aquella planicie que pertenece o pertenecía a esa región del Neguev precisamente—, bueno, esa es la región que estaba habitada por estos individuos. Y este rey decide no esperar que Israel llegue, sino descender y atacarlos como una forma de mantenerlos fuera, y pudieron incluso capturar algunos prisioneros.
La nueva generación es la que va a pelear ahora. Es la generación joven; la otra ha muerto casi en su totalidad y los que quedan son muy viejos. Y esa generación joven ve que ha sido derrotada en una primera ocasión cerca ya del área que están supuestos a ocupar, y ellos comienzan a pelear de una manera diferente a la anterior. Esta no es una generación que se va a arriesgar a ir a la batalla sin consultar con Dios. Y ellos vienen delante de Dios y hacen un voto, y este es el voto: "Si en verdad entregas a este pueblo en mis manos, yo destruiré por completo sus ciudades."
Aquí hay una nueva actitud en esta generación. Esta generación entiende que la victoria depende de Dios. "Si tú nos entregas a este pueblo en nuestras manos..." Ellos entienden que Dios es quien da la victoria, pero al mismo tiempo entienden que hay una parte que les corresponde a ellos, y ellos están dispuestos a llenar su parte. Y esa es la razón por la que en el voto dicen entonces: "Si tú haces eso, yo destruiré por completo sus ciudades."
Esta generación entiende algo más. No es solamente que la batalla o la victoria depende del Señor; esta gente entiende que el camino del Señor no es un camino a medias, que no es un camino de tibiezas, que no es un camino de comprometer lo que Dios ha prometido. Y como Dios había dicho que ellos estaban supuestos a entrar a la tierra prometida y desalojar por completo, destruir por completo aquellas tribus paganas, la promesa en el voto es: "Si tú nos das la victoria, nosotros vamos a ir, vamos a luchar, vamos a hacer nuestra parte, llenar nuestras responsabilidades, y los vamos a destruir por completo." Esta es otra generación. Aquí hay una nueva determinación que no la vimos antes.
Y cuando ellos hacen eso, logran la victoria en la batalla, y el texto nos dice que nombraron a este lugar Horma. Treinta y ocho años atrás, cuando el pueblo fue derrotado en su primer intento de ocupar la tierra prometida, fueron perseguidos hasta un lugar que se llamaba Horma. Ahora, treinta y ocho años después, en su primera victoria, es como si esta nueva generación estuviera diciendo: "Vamos a comenzar exactamente donde se quedó aquella." Y aquel lugar se llamaba Horma, y esta victoria se llama Horma también, y ahora comenzamos de nuevo. Esta generación tiene otra disposición; es la generación de Josué y de Caleb.
Y es esa generación que dice... "Partieron del monte Hor por el camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom, y el pueblo se impacientó por causa del viaje." Ese fue el versículo 4. El versículo 5: "Y el pueblo habló contra Dios y contra Moisés: '¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para morir en el desierto? Pues no hay comida ni agua, y detestamos este alimento tan miserable.'"
El pueblo tiene que entrar a la tierra prometida, pero no puede pasar por medio a medio de Edom. Moisés le había pedido permiso a Edom; vimos eso en un capítulo anterior. Los descendientes de Esaú, los edomitas, le habían rehusado el permiso. Ellos tenían ahora que bordear toda la tierra de Edom para entrar a la tierra prometida, y para hacer eso, en vez de ir entonces norte y oeste, ellos tuvieron que ir sur y este. Y al tener que volver alrededor de la tierra, el pueblo se impacientó a causa del viaje.
Pero se impacientaron porque estaban pagando las consecuencias de su pecado. Tenían que ir ahora por un camino mucho más largo, más tortuoso, más árido, más seco, mucho más difícil de caminar, de atravesar. Y ahora desarrollaron una impaciencia. El hebreo sugiere, de acuerdo a uno de los comentarios, que esta impaciencia implica que a la vez desarrollaron una mala actitud. Y cuando nosotros desarrollamos una mala actitud, usualmente eso nos afecta en todos los sentidos: tenemos una mala actitud hacia los demás, hacia nuestras responsabilidades, hacia Dios y hacia cada cosa que nosotros necesitamos hacer.
Y este pueblo, por no haber obedecido, tuvo que tomar una vía mucho más larga. Algo que nos ocurre a nosotros cuando no queremos obedecer. Algo que le ocurrió a Jonás cuando, no queriendo obedecer a Dios, habiendo podido llegar directamente a Nínive, se desvía en una dirección opuesta para terminar como quiera en Nínive, donde Dios lo había enviado, por un camino mucho más tortuoso. Y muchas veces es el camino que a nosotros nos ha tocado caminar producto de nuestra desobediencia.
En otros casos, quizás lo que hemos tratado de hacer es lo opuesto. Dios nos ha señalado el camino, pero lo encontramos muy largo, lo encontramos que eso va a ser muy esforzado, no queremos gastar las energías ni el tiempo, y queremos tomarnos un atajo, hacer algo que nos salga mucho más rápido para conseguir el resultado. Y si hay algo que nosotros sabemos es que raramente los atajos son de Dios. Y la razón por la que raramente los atajos son de Dios es porque la impaciencia es uno de los frutos de la carne, mientras que la paciencia, dice Gálatas 5:22, es uno de los frutos del Espíritu. Y donde Dios nos va a pedir que desarrollemos el fruto de la paciencia es en su camino y no en el atajo.
Sara trató de tomar un atajo. Esperar la promesa veinticinco años era muy largo. Nació Ismael, y todavía estamos pagando las consecuencias de ese atajo. Cuando Cristo vino, Satanás le ofreció un atajo: "Te ofrezco todos los reinos de este mundo si te postras a mis pies." Reinos que ya se le habían prometido al Hijo, pero Satanás va y le dice: "Sabes una cosa, no necesitas el camino de la cruz, no necesitas esperar tres años. Yo te ofrezco los reinos de este mundo; a mí me han sido dados. Lo único que tienes que hacer es postrarte ante mí; te lo doy aquí y ahora." Pero Cristo prefirió el camino más largo, más tortuoso, el camino del dolor, el camino de la cruz, porque era el camino de su Dios y de su Padre. Los atajos raramente son el camino de Dios.
El pueblo se impacientó a lo largo del camino; el texto lo dice, por causa del camino. Y comenzó entonces, en su impaciencia, a hablar en contra de Dios y de Moisés.
La relación a aquellos que están en contra de Dios siempre terminan hablando en contra de los líderes de ese Dios, y aquellos que están en contra de los líderes de Dios, por la razón que sea, siempre terminan hablando en contra del Dios a quien ellos representan. Esa es la ecuación que vemos continuamente a lo largo del desierto: murmuraban contra Dios y murmuraban contra Moisés. Y en esta ocasión el pueblo dice: "¿Por qué nos sacaste de Egipto para morir en el desierto, y que ahora tenemos que comer este alimento tan miserable?" Esta es la octava vez que el pueblo acusa a Moisés de quererle quitar la vida o de matarlo, y eso es una evidencia de que esta generación primera aún está presente, de que no ha sido diezmada por completo.
El pueblo continuó quejándose de lo mismo durante cuarenta años. ¿Y saben por qué el pueblo continuó quejándose de lo mismo? Porque a pesar de que en cada queja, en cada pecado, siempre iban y se arrepentían para volver a cometer lo mismo. La razón es que ellos nunca se arrepintieron de las cosas que les hicieron cometer las cosas que hicieron, que les hicieron quejarse como se quejaron, que les hicieron pecar como pecaron. Y quizás esa es tu historia también, que muchas veces hacemos algo hoy, nos arrepentimos, pareció ser genuino el arrepentimiento, y a pesar de lo genuino que pareció mi arrepentimiento hoy, vuelvo a hacer lo mismo la próxima semana. Y la razón es muy sencilla: nos estamos arrepintiendo de lo que hicimos hoy, anoche, ayer, y no de las causas que causaron mi comportamiento, mi hablar ayer, hoy, esta mañana o la semana anterior.
Este pueblo se arrepintió cada vez de lo que hizo, pero tú nunca oyes a este pueblo arrepentirse de su rebelión. Tú nunca oyes al pueblo arrepentirse de su ingratitud, de su insatisfacción personal, de su incredulidad, de su egoísmo. Nunca en la vida ellos se arrepintieron de esas cosas, y eran esas cosas en sus corazones de las que tenían que arrepentirse para poder sacar de una vez y por siempre la raíz, la causa de aquellas cosas que le estaban afectando, la causa, las razones, la raíz de sus acciones. Y eso nos pasa a nosotros, que a menos que nosotros nos arrepintamos de las causas de las cosas que ayer me hicieron caer, yo nunca tendré victoria; siempre estaré repitiendo la caída.
El pueblo nunca se arrepintió del espíritu de rebelión. El espíritu de rebelión rehúsa someterse a la autoridad, a los propósitos de Dios. Y cuando rehúsa someterse a la autoridad, acusa a esa autoridad de querer imponerse. Incluso pueden llegar hasta el extremo, como el pueblo hizo, de querer reemplazar al líder de Dios para colocar su propio líder y acusar.
El pueblo nunca se quejó de su orgullo. El orgullo se queja cuando lo pasan por alto, pero nunca va adelante a confesar y a decirle: "No, lo que pasa es, Dios, que yo soy orgulloso", sino que acusa a los demás de que ellos piensan que solamente son los únicos que pueden ser los únicos. Pero sus acusadores no fueron delante de Dios a decirle: "Señor, perdónanos, perdónanos porque somos orgullosos." Decía alguien que nuestro ego muchas veces supera la razón y que preferimos perder con voluntad inquebrantable a ganar estando en sumisión. Preferimos perder no quebrantando la voluntad antes que ganar estando sometidos.
Este pueblo nunca, nunca se arrepintió de su espíritu de ingratitud. La ingratitud se queja cada vez que no le dan lo que demanda, cada vez que no recibe lo que quiere, lo que anhela, lo que desea, lo que sueña, cada vez que no recibe lo que entiende que es su provisión, se queja. Y este pueblo llegó a ser tan despreciable, llegó a ser tan ingrato, que mientras Dios describe el maná en el Salmo 78:24 como comida del cielo, este pueblo tiene las agallas de llamarle "pan tan miserable" a lo que Dios llama comida del cielo.
El pueblo nunca admitió que ellos realmente tenían una insatisfacción personal interna. Y cuando yo tengo una insatisfacción personal interna, yo nunca puedo estar satisfecho con el exterior, y vivo acusando continuamente al exterior de mi mal interior. Cuando en realidad yo necesito comenzar por dentro para poder entonces actuar afuera, y continuamente busco en el lugar equivocado la razón de lo que realmente está pasando en mi interior. Esta gente encuentra mal todo lo que ocurre a su alrededor, cuando en realidad era su insatisfacción personal. El pueblo nunca se arrepintió de eso.
El pueblo nunca se arrepintió de su incredulidad. Nuestra incredulidad genera temores, nuestros temores generan críticas, las críticas son entonces acusatorias. Pero cuando nosotros nos damos cuenta de la acusación, vamos donde Dios y le decimos: "Señor, perdóname porque ayer yo acusé a Juan o a Pedro de esto." Y qué resulta que como me he arrepentido de lo que hice ayer y no de la incredulidad que generó los temores y las críticas, yo continúo con la misma crítica una semana más tarde, excepto que es contra otra persona y en otra situación. Cuando en realidad yo necesito ir donde Dios a decir: "Señor, perdóname, perdóname mi incredulidad que generó temores, y mis temores generaron inseguridades, y mis inseguridades generaron críticas. En realidad, Dios, yo he pecado contra ti y yo tengo un pecado de incredulidad."
Esta gente nunca en su vida se arrepintió de su egoísmo, de vivir centrado en sí mismo. El egoísmo se queja cada vez que las cosas no resultan a su manera, a su diseño, como lo habían concebido. Pero en vez de admitir eso, acusa al otro: "Qué, no, lo que pasa es que tú quieres hacerlo a tu manera." Y esta gente nunca fue donde Dios a decirle: "Sabe, Dios, el problema nuestro es que tenemos cuatrocientos años en Egipto mirando hacia adentro, estamos en el desierto todavía mirando hacia adentro." Y hasta que nosotros no nos detengamos en el camino y estemos dispuestos a dejar de mirar hacia afuera, dejar de encontrar afuera la causa de lo que realmente sale de dentro de mí, nunca podremos cambiar y mucho menos parar el pecado que nos acosa.
Yo decía al grupo anterior que, como tengo una carne igual que ustedes tienen, yo anoche y esta mañana hacía un compromiso con Dios. Yo le pido que usted me ayude a cumplir, porque es un compromiso que es más grande de lo que mi carne puede llevar a cabo, y es decretar el fin de la queja en mi vida. Eso no implica que dejemos de corregir, de disciplinar, de llamar la atención. Pero la queja son aquellas palabras que se dicen simplemente, no con el ánimo de corregir, no con el ánimo de instruir, sino simplemente con el ánimo de expresar mi insatisfacción acerca de lo que sea o contra quien sea. Este es el único ánimo. Yo anoche declaré el fin de eso en mi vida, pero usted tiene que ayudarme a cumplir eso. Y yo le voy a llamar eso el "factor Q", el factor queja, de manera que usted pueda decir: "Pastor, factor Q, factor Q, factor Q", y que yo le pueda decir: "Q mayúscula, Q mayúscula." ¿Hacemos un voto? ¿Hacemos un trato? Amén. Hay como cuatro personas que firmaron ese pacto conmigo, gracias. Con esos cuatro entramos a la tierra prometida.
El pueblo quería entrar a la tierra prometida y quería que Dios siempre oyera sus quejas, pero ellos nunca estuvieron dispuestos a oír las quejas de Dios. Una cosa es cuando yo me quejo y otra cosa es cuando Dios se queja. Cuando Dios se queja, hay que pararlo todo y escucharlo. Y a través de Oseas, en dos versículos, del 13 al 15, Dios se queja de seis o siete cosas en contra del pueblo, y el pueblo no le quiso escuchar. Oye las quejas de Dios en dos versículos: "Se alejaron de mí, se han rebelado contra mí, contra mí hablan mentiras, no han clamado a mí, traman el mal contra mí y regresan, pero no a mí." Oye las quejas de Dios: se alejaron de mí, se rebelaron contra mí, hablan mentiras contra mí, no claman a mí, traman el mal contra mí y regresan, pero no a mí.
En este pasaje hay evidencia de que esta generación anterior no ha muerto por completo. Este es parte del problema: ellos todavía están aquí. Y esta generación tiene que regresar al Mar Rojo por el camino del Mar Rojo para entonces entrar a la tierra prometida. Y saben lo triste de esto: esta generación hace cuarenta años estuvo más o menos en el área cuando cruzó el Mar Rojo en tierra seca. E inmediatamente cruzaron, escucha la diferencia entre el espíritu de ahora y el espíritu al cruzar el Mar Rojo, descrito en Éxodo 15, versículo 1, y conocido como el cántico de Moisés y de Miriam: "Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este cántico al Señor y dijeron: Canto al Señor porque ha triunfado gloriosamente, y al caballo y a su jinete ha arrojado al mar. Mi fortaleza y mi canción es el Señor, y ha sido para mí salvación. Este es mi Dios y le glorificaré, el Dios de mi padre, y le ensalzaré. El Señor es fuerte guerrero, el Señor es su nombre."
Cántico de júbilo a Dios, y con el tiempo se murió el cántico y se murió la generación. Claro, porque el cántico y la queja son incompatibles. El cántico y la queja son incompatibles. Cuando nosotros no conocíamos a Cristo, nosotros vivíamos quejándonos. Pero ahora que hemos conocido a Cristo, se supone que Él debía haber cambiado mi queja en cántico. "Ha cambiado mi lamento" —eso es una queja, una especie de queja— "en baile." Eso es bien poético y bonito y lo cantamos y lo aplaudimos, pero lo que debe ser es que ha cambiado mi queja en cántico. Y decimos, ¿verdad?, que estamos dispuestos, que como Él se entregó, así yo quiero amarte como te entregaste, yo quiero amarte, y como yo quiero amarte como te entregaste, yo también quiero entregarme como tú te entregaste. Eso es más o menos ahora, las once de la mañana.
Una de la tarde vamos al restaurante y nos quejamos, ¿de qué? Porque la comida que yo quería comer no la tienen. Vamos a la casa y mi esposa puso la comida, no la calentó bien y esto está frío, o no estaba a tiempo. Y este sillón en que me sentaron está tan incómodo, solo me pudieron dar otro.
Nos quejamos cuando mi espacio es invadido, cuando mis preferencias son pasadas por alto, cuando nuestros esfuerzos no están siendo tomados en cuenta, cuando nuestras agendas son cambiadas. ¿Y tú me vas a decir que esa generación va a ir a la cruz? No. Cuando Cristo fue a la cruz, él no estuvo incómodo, él no estuvo con hambre, él no sudó simplemente sudor, valga la redundancia. No, él chorreó sangre. Y es la cruz la que demanda que me entregue de esa manera. La cruz no nos pide que lo hagamos, la cruz lo demanda. Y el llamado es que nosotros podamos vivir una vida a la altura de nuestro llamado, que nos llama a la cruz. Y hasta que yo no haya hecho lo mismo que como él lo hizo, yo no he vivido a la altura de mi llamado. Es la cruz que me demanda eso.
Y bien, necesitas determinar si va a ser la primera generación o la segunda generación. Pero esa decisión es de nosotros. En la próxima generación, la generación joven, la segunda fue quien ganó la batalla de quien hablamos en un momento. Pero esta que todavía permanece, de la cual hablamos, esta es evidencia de que hay remanentes de la generación anterior. Y estamos en un período de transición, y eso también se parece a nosotros. Donde en este pasaje nosotros vimos que hubo una victoria y hay quejas. Y en nosotros hay remanentes del hombre viejo y está la criatura nueva de Cristo, y estamos entonces como en esa mezcla con lo viejo y lo nuevo. Y por eso tenemos victorias y derrotas, cánticos y quejas.
Pero de la misma manera que Dios estaba a punto de hacer desaparecer a esta generación anterior, tú y yo tenemos que tomar la decisión de matar por completo ese hombre viejo. Pero hemos pasado tanto tiempo que nos hemos encariñado con el hombre viejo, que cuando lo vemos en agonía le damos un poquito de respiración artificial. No te mueras todavía, no te mueras, un poquito más. Pero tenemos que taparle la nariz, taparle la boca y sofocarlo hasta que el hombre nuevo sea lo único que quede en nosotros. Y ahí hay una parte que nos toca a nosotros. Sí, nos da la victoria, estaremos dispuestos a luchar y destruir las ciudades por completo. Dios, Tú nos das tu poder, Tú nos das la Palabra, Tú nos das tu gracia. Estamos dispuestos a sofocar el hombre viejo. Hay una parte que es mi responsabilidad.
El Señor oyó la queja y envió serpientes abrasadoras entre el pueblo, y mordieron al pueblo, y mucha gente de Israel murió. Con esto el Señor seguía diezmando la generación anterior. Es que aquí no puede quedar nadie. Cuando crucemos el Jordán no puede quedar nadie de más de veinte años de edad a la salida de Egipto. Y ahora se ha ido otra parte con este juicio.
Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: "Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Intercede con el Señor para que quite las serpientes de entre nosotros." Y Moisés intercedió por el pueblo. Nota la queja: "Señor, perdónanos por lo que hemos hablado contra ti, contra Moisés." Nada de arrepentirse de su orgullo, de su rebelión, de su ingratitud, de su insatisfacción, de su incredulidad, de su egoísmo, de lo que hablamos. Lo que implica que eso va a volver a ocurrir. Y honestamente no hubo perdón, porque no es la palabra que se perdona, es el corazón que originó las palabras, y el corazón todavía continuaba en la misma cosa.
Moisés, en su trabajo fiel de intercesor, oró por el pueblo. Y una vez más Dios oyó a Moisés. Y cada vez que yo leo que Moisés oró y que Dios le oyó, porque no era el pueblo, Dios estaba lleno, cada vez que leo eso me convenzo una vez más que Santiago tenía toda la razón cuando escribió que la oración del justo es poderosa y eficaz. La oración de Moisés tenía poder, no porque Moisés era el Mesías, sino porque él oraba conforme a los propósitos de Dios. Moisés conocía los caminos de Dios.
Versículo ocho: "Y el Señor dijo a Moisés: Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta, y acontecerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá." Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta. Y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguno y éste miraba la serpiente de bronce, vivía.
Esto es una señal sumamente extraña. El segundo mandamiento de la ley de Dios: no te harás imágenes de nada de lo que está en el cielo, en la tierra o debajo de la tierra. ¿Y ahora vamos a hacer una imagen, Dios? Y Dios, ¿ahora Tú quieres que la hagamos de una serpiente? O sea, una imagen que representa aquel animal que Tú maldijiste en el Jardín del Edén. ¿Eso es lo que Tú quieres? ¿Estás seguro, Dios?
Pero nota una cosa: que Moisés no cuestionó la orden de Dios. Aunque fuera en contra de algo que él pudo haber entendido anteriormente, Moisés entendía algo: lo que es el camino de la fe. Y el camino de la fe es obediencia incuestionable a los mandatos y órdenes de Dios. Yo estoy de acuerdo que esto es una orden extraña, pero si viene de parte de Dios, eso hay que escudriñarlo. En buen dominicano, es que hay que curcutear esto a ver qué es lo que hay detrás.
Y cuando tú comienzas a escudriñar el Antiguo Testamento, frecuentemente tiene que hacerlo en el Nuevo Testamento. Parece una paradoja que vamos a escudriñar el Antiguo en el Nuevo, pero es exactamente así, porque el Antiguo Testamento está revelado en el Nuevo, de la misma manera que el Nuevo estaba escondido en el Antiguo Testamento. Y es por eso que yo voy a brincar al Nuevo Testamento para comenzar a escudriñar esto de la serpiente de bronce, esto que parece tan extraño, para poderlo entender.
Jesús le hizo una visita, o mejor dicho, Nicodemo le hizo una visita a Jesús de noche, por temor a los judíos. Y Nicodemo le dijo a Jesús: "Sabemos que..." O mejor dicho: "Maestro, sabemos que Tú eres un enviado, que Tú vienes de Dios, porque nadie puede hacer las cosas que Tú haces a menos que Dios esté con él." Y Jesús lo interceptó, le dice: "Nicodemo, en verdad, en verdad te digo, tú tienes que nacer del agua y el Espíritu." Nacer de nuevo. "¿Cómo puedo yo entrar al vientre de mi madre y volver a nacer de nuevo?" Y Cristo tiene esa conversación con él, insiste tres veces: hay que nacer de nuevo.
Y un poco más abajo, en Juan 3:14, escucha cómo sigue la conversación: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree tenga en Él vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él."
Cristo identifica claramente su misión en la cruz con la serpiente de bronce que Moisés levantó. Y cuando habla de Él ser levantado, como Él dice en este texto de Juan 3:14, vuelve a referirse en otra ocasión a este tiempo cuando Él sería levantado, en Juan 12:32: "Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mí." Y cuando eso ocurriera, entonces la gente sería salva de la mordida del pecado, poniendo la fe en ese que había sido levantado en una cruz.
Y lo que yo quiero hacer ahora en el tiempo que me queda es comparar las similitudes de la serpiente de bronce con la cruz de Cristo. Y yo te voy a dar diez similitudes entre una y otra. Y decía que un autor de nombre John Butler me ayudó, y por eso quiero darle crédito al hacer esto.
En primer lugar, en los días de Moisés esto resultó algo extraño: que la curación de una mordida de serpiente venenosa viniera a través de una imagen, algo que parecía contrario al segundo mandamiento, y que viniera precisamente a través de una imagen de bronce de serpiente, que viniera a través de una serpiente de bronce representando al animal que había sido maldecido por Dios en el Jardín del Edén. Esto tan extraño que debió haber sido para el pueblo judío, así de extraño fue la cruz en los tiempos de Cristo. Porque el pueblo judío había entendido que maldito es todo el que muriera en un madero. ¿Y ahora tú me vas a decir que este hombre que murió en un madero, y maldito es todo el que muere en ese madero, que ese es el instrumento de salvación? Esa es la razón por la que Pablo dice: "Yo solamente predico a Cristo," en 1 Corintios 1:23, "y a este crucificado, piedra de tropiezo para los judíos." Ahí era lo que ellos no podían digerir, algo que era una piedra grande de tropiezo. ¿Cómo van a decir que este es el instrumento de salvación?
Número dos: Dios le dice a Moisés que todo aquel que haya sido mordido por la serpiente venenosa, con solo mirar a la serpiente de bronce sería sano, viviría. No tenía que ofrecer incienso, no tenía que ofrecer un sacrificio, no tenía que hacer ningún ritual. Solamente creer que ese instrumento les sería de sanación. Cuando Cristo vino y ofrece su cuerpo, lo único que necesitas hacer es creer en ese sacrificio, creer en su vida. No necesitas hacer ninguna otra obra, solo creer y te sería suficiente.
Número tres: en el tiempo de Moisés, la serpiente de bronce era el único instrumento por medio del cual tú podías ser salvo. No había otra alternativa, no había otro remedio, no había otro camino. Y ahora nosotros sabemos exactamente lo mismo: que no hay ningún otro nombre debajo del cielo por medio del cual tú puedas ser salvo. No había alternativa para la sanación de tu pecado, de tu mordida de pecado. Cristo es el único camino que el Padre nos ha dejado. No hay ningún otro nombre, Hechos 4:12.
Número cuatro: la cura de esa mordida venenosa era sencilla, extremadamente sencilla, pero el resultado era milagroso, sobrenatural, una obra de Dios. Y nuestra salvación, ese proceso, si pudiéramos usar la palabra, sencillo de arrepentimiento, de entregarme voluntariamente, es sencillo, pero es el resultado de una obra milagrosa y sobrenatural de nuestro Dios, al igual que aquella sanación.
Nota algo más, todavía más interesante quizás. Nota lo mortal del veneno de la serpiente: todo el que era mordido, si no miraba a la serpiente de bronce, moriría indefectiblemente. Y de esa misma manera, nota lo mortal del pecado, que todo el que no pone su fe en Cristo a través de su sacrificio en la cruz morirá indefectiblemente, a menos que se haya detenido a contemplar la cruz y hacerla parte de su vida. Mortal del veneno, mortal del pecado.
Nota también, número seis, lo personal que era la sanación en los tiempos de Moisés. Dios le dice a Moisés: instruye al pueblo que cuando alguien sea mordido por una de estas serpientes, él puede ir y mirar la serpiente. Pero no hay instrucción de que tu hermano puede ir por ti, tu hermana, tu padre, tu madre en representación. Tú tienes que ir. Y de esa misma forma, la salvación nadie puede obtenerla por mí, ni comprarla por mí, ni orarla por mí. Yo personalmente necesito tomar la decisión. Personal la sanación en tiempos de Moisés, personal la salvación en tiempos de Jesús.
La serpiente fue levantada en un asta de madera. Cristo fue clavado en el piso pero levantado de la tierra, al igual que la serpiente. Mira cómo Dios le dice a Moisés que cuando él haga eso, todo el que mire a la serpiente, todo el que sea mordido y mire vivirá. Todo el que. Cuando Cristo viene, Romanos 10 nos dice: y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
Mira esto, número ocho. La serpiente de bronce tenía la semejanza de las serpientes venenosas. De hecho, la primera descripción de esa imagen dice: hazte una serpiente abrasadora, hazla de la misma forma de la serpiente que está matando al pueblo. Y cuando Cristo viene, Él toma la imagen del hombre, Él se hace semejante al hombre. Y de la misma manera que la serpiente de bronce tenía la semejanza de las demás pero no tenía el veneno, de esa misma manera Cristo tenía la semejanza del hombre pero sin el pecado, sin el veneno del pecado.
Número nueve. La serpiente fue el animal que Dios escogió para que se hiciera una imagen de él y que fuera a través de esa representación que el pueblo pudiera ser sanado, precisamente porque esa serpiente representaba el animal que fue maldecido. En el jardín del Edén la serpiente era un instrumento de maldición, pero ¿qué es lo que la Palabra nos dice de Cristo en la cruz? Escucha, Gálatas 3:13: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros, porque escrito está: maldito todo el que cuelga de un madero. La ley se cumplió en su persona. Maldito es el que es colgado en un madero; Él fue colgado en un madero, Él fue maldito habiéndose hecho maldición por nosotros, no por sus pecados sino por haber cargado con los nuestros. La serpiente era el animal perfecto, representaba la maldición. Como Cristo, cuando fuera levantado iba a traer a todos hacia Él. Él en esa cruz también representaba una maldición, la maldición del pecado sobre el hombre.
Número diez. A su debido tiempo el pueblo pervirtió la serpiente de bronce, como era de esperarse, de manera que habiendo olvidado al Dios que mandó, que dio las órdenes de construir la serpiente, comenzaron entonces a adorar la serpiente. Y cuando el rey Ezequías propone crear un avivamiento en Israel, escucha lo que él tuvo que hacer entre otras cosas. En 2 Reyes 18:4: Quitó los lugares altos, derribó los pilares sagrados y cortó la satisfacción de continuar nuestra. También hizo pedazos la serpiente de bronce que Moisés había hecho, porque hasta aquellos días los hijos de Israel le quemaban incienso y le llamaban Nehustán. La idolatría del hombre. El corazón del hombre es una máquina fabricadora de ídolos, y como decía Juan Calvino, tan pronto tumba uno comienza a construir el otro.
Y eso es exactamente lo que ha pasado con la cruz de Cristo en el tiempo: ha sido pervertida la cruz, su mensaje, su símbolo. Tú ves cantantes cantando líricas profanas con una gran cruz colgando, profanando la cruz. Tú ves cristianos o personas llamadas cristianos que a veces tienen también su cruz, pero no viven la vida cristiana y de hecho viven de espalda a la cruz, profanando la cruz. Tú ves personas que se arrodillan delante de un crucifijo, rindiéndole adoración al crucifijo, pero no le rinden adoración al Dios que representa el crucifijo, pervirtiendo el mensaje de la cruz y la cruz misma como hicieron los judíos.
Y ahora tú puedes ver y puedes entender mejor la serpiente de bronce levantada por Moisés, y puedes entender mejor que ciertamente el Antiguo Testamento es revelado en el Nuevo.
Yo creo que esta mañana Dios nos ha hablado a creyentes e incrédulos. Dios nos ha hablado a los creyentes en términos de lo que es nuestro espíritu de queja, revelador de nuestra rebelión, nuestra incredulidad, nuestro egoísmo, nuestra insatisfacción personal, nuestra ingratitud. Y nosotros tenemos una responsabilidad como creyentes de arrepentirnos, no de habernos quejado anoche o ayer o la semana anterior, sino de la raíz en mi corazón que originó esa queja.
E incrédulos que Dios hoy trajo aquí, personas que quizás no han puesto su vida en las manos de Cristo: hoy Dios te ha dicho otra vez en su Palabra que Él es el único camino, la verdad y la vida. No hay otro nombre debajo del cielo por medio del cual tú puedas ser salvo. No hay otra alternativa. Y de esa misma manera, todo aquel que invoque el nombre de Dios, obviamente el contexto es después de haberse genuinamente arrepentido, todo aquel que invoque el nombre de Cristo será salvo.
Yo creo que en esta mañana tanto creyentes como incrédulos tenemos cosas de qué arrepentirnos: unos para salvación y otros para continuar nuestra santificación. Y yo quiero preguntarte delante de Dios, yo quiero que lo pienses y lo respondas en tu interior: de una vez y para siempre, ¿a cuál generación tú vas a terminar perteneciendo? ¿A la que se quedó en el desierto o a la generación de Josué y Caleb, quienes entraron a la tierra prometida? Hay desiertos físicos y hay desiertos espirituales. Y algunos de los hijos de Dios mueren en desiertos espirituales porque nunca decidieron ser parte de la generación de Josué y Caleb.