IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La peor rebelión del pueblo de Israel no fue simplemente otra queja en el desierto, sino el momento en que cruzaron una línea peligrosa: elevaron su murmuración hasta Dios mismo e intentaron sustituir al líder que Él había designado. Cuando los doce espías regresaron de explorar la tierra prometida con reportes divididos, el pueblo entero se unió en un clamor de ingratitud devastador: "Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, ojalá hubiéramos muerto en este desierto". Esa oración llegó a los oídos de Dios, y Él respondió concediéndoles exactamente lo que pidieron: todos los mayores de veinte años morirían sin ver la tierra prometida.
Frente a esta rebelión masiva, solo cuatro hombres permanecieron fieles. Moisés y Arón cayeron rostro en tierra, entendiendo que las mejores batallas se pelean de rodillas. Josué y Caleb rasgaron sus vestidos y confrontaron al pueblo con una verdad simple: "Si el Señor se agrada de nosotros, nos llevará a esa tierra". Ellos entendieron que la preocupación del creyente no son los gigantes ni las ciudades fortificadas, sino obedecer a Jehová. El resto es asunto de Dios.
La inconformidad del corazón humano sigue una espiral descendente: comienza con quejas generales, pasa a los líderes, y termina cuestionando a Dios mismo. El pastor Núñez recuerda que la fidelidad de Dios no depende de cómo nos vaya en la vida; Él es fiel independientemente de nuestras circunstancias. La causa de Cristo no es para cobardes, sino para quienes están dispuestos a caminar un poco más allá de donde otros se detienen.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El libro de Números, capítulo 14, para leer un texto de la Palabra de Dios que vamos a estar exponiendo, pero a manera de introducción y antes de leer el texto. La semana anterior habíamos terminado de exponer el capítulo 13 del mismo libro, donde estuvimos viendo cómo habían enviado los doce espías a la tierra prometida, precisamente a explorar la tierra, y cómo ellos se fueron unidos y regresaron divididos.
Ellos trajeron dos reportes diferentes: el reporte de la mayoría, de parte de diez de los espías, y el reporte de la minoría, de parte de dos, Josué y Caleb, que estaban incitando al pueblo, estimulando al pueblo a tomar la iniciativa de ir y conquistar esa tierra precisamente. En medio de esas dos opiniones contrarias se produjo una revolución, si usted quiere, se produjo una rebelión de parte del pueblo. Y por eso comenzamos diciendo en el mensaje anterior que habíamos querido titular ese mensaje como "la peor rebelión del pueblo, parte uno", y esta es la segunda parte de ese mismo mensaje.
No sé cuántos de ustedes se han percatado hasta ahora, porque yo he usado ese calificativo de "la peor rebelión". Pero lo cierto es que, aunque el pueblo se había quejado en múltiples ocasiones y lo había hecho de forma repetitiva, no es menos cierto que en todas esas ocasiones la queja fue contra Moisés, pero en esta ocasión ellos pasan la línea y elevan la queja hasta Dios mismo. Y por otro lado, a pesar de que el pueblo había estado en duda y decidían que hubieran preferido haberse quedado en Egipto, y a pesar de todas sus quejas, ellos nunca hasta ahora habían tratado de sustituir a Moisés como líder, pero ellos han llegado a ese punto y han tratado precisamente de lograr que Moisés pueda ser sustituido.
Con esa introducción, yo quiero leer entonces los primeros doce versículos del capítulo 14 del libro de Números.
"Entonces toda la congregación levantó la voz y clamó, y el pueblo lloró aquella noche. Y murmuraron contra Moisés y Aarón todos los hijos de Israel, y les dijo toda la congregación: '¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto! ¿Y por qué nos trae el Señor a esta tierra para caer a espada? Nuestras mujeres y nuestros hijos serán presa. ¿No sería mejor que nos volviéramos a Egipto?' Y se decían unos a otros: 'Nombremos un jefe y volvamos a Egipto.' Entonces Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros en presencia de toda la asamblea de la congregación de los hijos de Israel. Y Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rasgaron sus vestidos y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel diciendo: 'La tierra por la que pasamos para reconocerla es una tierra buena en gran manera. Si el Señor se agrada de nosotros, nos llevará a esa tierra y nos la dará. Es una tierra que mana leche y miel. Solo que no os rebeléis contra el Señor, ni tengáis miedo de la gente de esa tierra, pues serán presa nuestra. Su protección les ha sido quitada, y el Señor está con nosotros; no les tengáis miedo.' Pero toda la congregación dijo que los apedrearan. Entonces la gloria del Señor apareció en la Tienda de Reunión a todos los hijos de Israel. Y el Señor dijo a Moisés: '¿Hasta cuándo me desdeñará este pueblo? ¿Y hasta cuándo no creerán en mí, a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos? Los heriré con pestilencia y los desalojaré, y a ti te haré una nación más grande y poderosa que ellos.'"
Este es un texto sumamente preocupante, chocante. Este es un texto que nos llama a la reflexión. Y yo he querido esta mañana, tratando de mejorar el entendimiento y de ayudarle a hacer un bosquejo en su mente de todo lo que está en este texto, y tratando de ayudar su memoria también, usar la letra "D", como en la palabra David, y hacer uso de una serie de palabras que bosquejan bastante bien todo lo que nosotros acabamos de leer.
Es por eso que yo quiero que veamos, en primer lugar, el disgusto del pueblo; el deseo del corazón de la nación; la disputa de los hijos de Israel con Dios; la decisión de la mayoría; la disposición de espíritu de Moisés y Aarón; el denuedo de Josué y Caleb; y la defensa de Dios. El disgusto, el deseo, la disputa, la decisión, la disposición, el denuedo y la defensa de Dios.
En primer lugar, veamos el disgusto del pueblo. Números 14:1: "Entonces toda la congregación levantó la voz y clamó, y el pueblo lloró aquella noche." Versículo 2: "Y murmuraron contra Moisés y Aarón todos los hijos de Israel." Hay tres frases que nos dan a entender que esta murmuración, esta queja, fue prácticamente unánime: habla de "toda la congregación", habla del "pueblo", y habla de que "todos los hijos de Israel" murmuraron contra Moisés y Aarón.
Y uno pudiera pensar: ¿cómo es posible que una congregación de más de dos millones de personas, que ha sido sacada de la esclavitud por este líder que la ha estado liderando por más de un año, cómo es posible que en un momento dado se hayan rebelado prácticamente el 100% de ellos? Yo creo que si usted revisa la historia de este pueblo en el desierto, hay dos o tres factores claves que llevaron a esta rebelión. El primero de esos factores es la condición de la naturaleza pecadora, no solamente del hombre en general, pero en particular de este pueblo que aún desde Egipto había comenzado a quejarse. Este era un pueblo inconforme desde Egipto, y por tanto sería inconforme en cualquier otro lugar donde ellos pudieran estar. La condición de la naturaleza del pueblo fue la primera motivación, o lo primero que pudo haber contribuido a llegar a esta situación.
Pero hubo algo reciente que estuvimos cubriendo, que yo creo que fue como una bisagra donde el pueblo dio la vuelta, algo que fue sumamente crucial en producir este momento de rebelión completa. Y es cuando Aarón y Miriam, los dos hermanos de Moisés, dos de los líderes más destacados del pueblo, se voltearon contra su hermano y cuestionaron su propia autoridad. Y la manera como lo hicieron fue de esta forma, Números 12:1-2: "¿Es cierto que el Señor ha hablado solo mediante Moisés? ¿No ha hablado también mediante nosotros?" Y es en ese momento que Moisés enfrenta, por primera vez, su crisis de liderazgo. Hasta ahora el liderazgo había estado con él, pero de repente él enfrenta esta crisis de liderazgo, y desde ahí en adelante yo creo que las cosas fueron de mal en peor.
Lo próximo que vemos es que de los doce espías que son enviados a la tierra prometida, siendo estos doce líderes que representan a todo el pueblo de Israel, la mayoría de ese liderazgo se volteó en contra de Moisés y Aarón: regresan diez en contra y solamente dos a favor. El liderazgo contribuyó realmente a dar el grito de rebelión para que todo el pueblo pudiera estar unido como una sola voz, clamando contra Moisés y contra Aarón. Y esto hizo, yo creo, de la rebelión y del clamor algo fuerte, algo compartido, algo generalizado, y sobre todo respaldado por el liderazgo; eso, yo creo, contribuyó enormemente a la condición en que terminó este pueblo.
Pero mientras yo reflexionaba sobre este pasaje, me llamó poderosamente la atención algo que quizá no me había preguntado anteriormente: ¿dónde estaban los setenta ancianos de Israel? Porque solamente yo oigo a Josué y a Caleb que se levantaron en favor de la causa de Jehová. ¿Dónde estaban aquellos a quienes se les había confiado la responsabilidad de ayudar a Moisés a llevar la carga? Y no solamente estos setenta ancianos, sino también los setenta hombres que habían sido recientemente llenos del Espíritu Santo, algunos de los cuales pudieron haber sido los ancianos, pero el contexto no dice que eran los mismos setenta ancianos, y que habían sido llenos del Espíritu, por medio de quienes incluso se profetizó. ¿Dónde estaban estos setenta? En ningún momento leemos que estuvieron a favor de la causa de Jehová.
El texto no nos dice que estuvieron de parte del clamor, pero en cierta manera su silencio lo insinúa, porque solamente se nos habla de Caleb y Josué. Y de hecho, de todos aquellos que tenían más de veinte años, ahí estaban los ancianos, y todos murieron en el desierto como parte del juicio de Dios. Increíble. Esto sería el disgusto del pueblo, punto número uno.
Número dos: veamos no solamente el disgusto del pueblo, sino el deseo del corazón de la nación hebrea. Escucha estas palabras en la segunda parte del versículo 2: "Y les dijo toda la congregación: '¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto!'" Esa es la máxima expresión de ingratitud a un Dios que los ha sacado de la esclavitud, a un Dios que les ha enviado un líder, a un Dios que les ha proveído, que los ha bendecido, que los ha protegido, que les ha dado agua, les ha dado comida, les ha dado sombra de día, que les ha dado luz en la noche. Y a pesar de todo eso, este es el deseo del pueblo: "¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto!"
Y uno reflexiona sobre este pueblo y dice: verdaderamente, ese pueblo es una cosa increíble. Pero yo quiero hacerte una pregunta: ¿no has oído tú, o no has dicho tú quizás en alguna ocasión, después de que Dios te ha mudado a un lugar, o te ha cambiado de trabajo, o ha cambiado cualquier otra cosa, no has dicho tú, o no has oído a hijos de Dios decir: "Para eso, mejor hubiera sido que me hubiese quedado donde estaba"? ¿Es eso diferente? La primera reacción de los hijos de Dios ante su inconformidad es volver a Egipto: "Para eso, mejor sigo haciendo lo que estaba haciendo; vuelvo a mi propio Egipto." Con lo cual expresamos que tenemos algo en común con este pueblo: es la inconformidad incurable del corazón del hombre.
Oye cómo este pueblo lo dice: "¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto!" Ese clamor llegó a los oídos de Dios. Y si tú sabes, si tú quieres oír la respuesta de Dios: esto es, en realidad, una oración que ellos han hecho.
La palabra de Dios dice que nos deleitemos en Jehová y Él te dará los deseos de tu corazón. Él a veces nos da los deseos del corazón, aun cuando no nos hemos deleitado en Jehová. Lo único es que cuando no lo da así, no lo da como bendición, sino como juicio.
Este pueblo acaba de decir: "Ojalá hubiéramos muerto en el desierto." Jehová responde, dice el versículo 28-29: "Vivo yo, declara el Señor, que tal como habéis hablado a mis oídos, así haré a vosotros. En este desierto caerán vuestros cadáveres, todos vuestros contados, de todos los enumerados de veinte años arriba, que han murmurado contra mí." Tú quieres, verdaderamente, morir en el desierto. Tú quieres que se cumpla lo que deseas en el corazón. Yo te lo voy a dar. Tú quieres morir aquí. Desde lo que contamos a las personas en el censo al principio del libro de Números, desde que llegamos a este lugar, todos aquellos de más de veinte años, ninguno de ellos ha de entrar a la tierra prometida. Tú tienes ahora lo que me acabas de pedir.
¡Wow! Esa es la razón por la que el autor del libro de Hebreos dice que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Tenemos que ser muy cuidadosos cuando le damos rienda suelta en nuestros labios a los deseos de nuestro corazón, porque muchas veces Dios termina, en su voluntad permisiva, concediendo precisamente eso que he hablado. Sobre todo cuando eso que he hablado ha salido a la luz pública, ha llegado a los oídos de otros que pudieran decir: "¿Y este es el Dios de quien tanto me ha hablado?" Recordemos cómo decíamos en un mensaje anterior que Dios no solamente responde nuestras oraciones, sino que también responde nuestras murmuraciones, y que a veces Él es tan fiel en responder las oraciones como las murmuraciones.
Veamos, entonces, en tercer lugar, no solo el disgusto del pueblo y el deseo del corazón de ese pueblo, veamos la disputa de los hijos de Israel con Dios. El versículo 3 dice: "¿Y por qué nos trae el Señor a esta tierra para caer a espada?" Esa no es la primera vez que este pueblo hace esa pregunta. Lo que es diferente en esta ocasión es que en ocasiones anteriores el pueblo cuestionó a Moisés y le hizo esa pregunta: "Moisés, ¿para qué nos sacaste de Egipto? ¿Para qué nos hiciste venir aquí? Hubiera sido mejor que nos hubiésemos muerto donde estábamos." En esta ocasión ya no es a Moisés. El cuestionamiento es a Dios mismo.
El pueblo ha perdido el temor de Dios. Hasta que yo tuviera un temor de Dios, el cuestionamiento no pasaba de ser una rebelión contra Moisés, pero una vez que ellos perdieron el temor de Dios, el cuestionamiento llega hasta las alturas. Y eso es exactamente lo que David dice en el Salmo 36 acerca del hombre que no tiene temor de Dios ante sus ojos. Él habla de que ese hombre está autoengañado con su propio pecado. En segundo lugar, David dice que él habla iniquidad con su boca, que no es sabio, que se obstina en seguir en un camino que no es bueno y que no aborrece el mal.
¡Wow! Esto es exactamente lo que ha ocurrido con el pueblo. Perdió el temor de Jehová. Como perdió el temor de Jehová, se obstina en un camino que no es bueno. La maldad y el pecado no las aborrece. No está siendo sabio al pedir estas cosas y querer volver a Egipto, y está autoengañado en sus deseos y por su propio pecado.
Si nosotros estamos dispuestos a ir en contra de la voluntad de Dios, preparémonos para enfrentar las consecuencias de esa decisión. Y no solo eso: en muchas ocasiones tendremos a Dios de frente como nuestro propio contendiente, porque ya Él lo ha dicho, que da gracia al humilde, pero que se opone al orgulloso. Y eso no es poca cosa, cuando Dios dice: "Por este camino no vas a pasar, porque me tienes en contra."
Quejarnos contra Dios no es poca cosa. Cuando nos quejamos contra Dios, lo hemos dicho en otras ocasiones, cuestionamos su carácter, cuestionamos su bondad, cuestionamos su fidelidad. Pero lo que es peor aún, ponemos en entredicho la reputación del nombre de Dios ante el mundo que nos observa. Cuando nos quejamos, en último caso es una queja contra Dios, y ponemos en entredicho la reputación de Su nombre ante el mundo que nos observa. Eso es exactamente una de las quejas de Dios en el Antiguo Testamento cuando dice: "Has profanado mi nombre entre las naciones. Adonde llegaste no me honraste, adonde llegaste no me trataste como santo." Y eso es grave para Dios.
La pregunta práctica para cada uno de nosotros, porque no estamos muy exentos como pueblo, como iglesia, como persona, de llegar a una condición similar, sería: ¿cómo llego yo ahí para no llegar? O quizás: ¿cómo no llegar ahí? Pero recuerda que todo es un proceso. Nadie va caminando con gratitud, con Dios, con todo un corazón lleno de gratitud, y se levanta al otro día siendo ingrato. Eso no ocurre así.
La manera como esto ocurre es un proceso paulatino, es una espiral descendente, y esta queja que termina contra Dios comienza con quejas generales acerca de la vida. A medida que se avanza, de repente me doy cuenta de que la queja es contra la vida, pero yo vivo en una nación, y quizás es el gobierno el que tiene el problema que yo estoy afrontando. Las quejas pasan ahora al nivel del gobierno, y luego comienzo a quejarme en contra de aquellos que trabajan conmigo, y luego me quejo de los jefes donde yo trabajo. Luego, de repente, comienzo a quejarme de la iglesia que no llena mis necesidades, pero me doy cuenta de que la iglesia no son paredes sino personas, entonces comienzo a quejarme de los hermanos que van conmigo a la iglesia. Luego me doy cuenta de que esos hermanos tienen líderes y, por tanto, la culpa la tienen los líderes, y comienzo a quejarme de los líderes de la iglesia. Cuando ya no queda más nadie, me quejo entonces contra Dios. Es un proceso descendente hasta terminar en la persona de Dios. Eso es exactamente como este pueblo lo ha vivido.
Este pasaje tiene muchas cosas que enseñar. Veamos, en cuarto lugar, no solamente el disgusto del pueblo, el deseo del corazón de la nación y la disputa de los hijos de Israel contra Dios, sino también la decisión de la mayoría. Versículo 4: "Y se decían unos a otros: Nombremos un jefe y volvamos a Egipto." Una cosa es quejarnos y simplemente continuar quejándonos, y ya eso es suficientemente malo, pero eso no es lo mismo que quejarme y al mismo tiempo pensar que la manera de solucionar este problema es quitar al líder que Dios nos ha asignado. Eso es otra cosa.
Y eso es algo de lo cual Israel nunca fue curado. De hecho, nota cómo funciona esta espiral. Israel comenzó pensando en el desierto que la solución a sus problemas era la remoción del líder que Dios había designado, pero ¿sabes cómo terminó? Pidiendo la remoción, no del líder que Dios había asignado, sino yendo más arriba, cuando pide que le den a Saúl como rey. Samuel entiende la gravedad de esa petición, entiende la gravedad de esa sustitución. Se pone tan triste, tan cargado, que Dios se le aparece a Samuel y le dice: "No te preocupes, Samuel. No llores, no te cargues, que no es a ti a quien han rechazado; es a mí, cuando han pedido a Saúl."
¡Wow! Primero la sustitución del líder, luego la del rey mismo. Y Dios, en su voluntad permisiva, se lo permitió. Tenemos que ser cuidadosos al caminar con Dios y comenzar a examinar las cosas que nos están llegando, y a darle gracias a Dios antes de alegrarnos por cosas que no son parte de su voluntad primera, sino de su voluntad permisiva, porque muchas veces eso es parte de su juicio.
¿Y sabes una cosa? Esta gente no solo pensó en nombrar un líder. El texto insinúa como que ellos lo pensaron, pero Nehemías 9:17 nos dice que no fue solo un pensamiento: fue una acción. Oye lo que Nehemías 9:17 dice: que ellos endurecieron su cerviz y eligieron un jefe para volver a su esclavitud en Egipto. Esto no fue un pensamiento, fue una acción. Aquí hay un golpe de Estado que estaban a punto de darle a Moisés.
De manera que ahora no tendremos el líder de Dios, sino el líder del pueblo, el líder popular. Lo que ocurre es que cuando el creyente experimenta descontento, y ese descontento no es resuelto, la próxima cosa que le es añorar volver a su Egipto, el Egipto que él conocía. En ocasiones él puede hacer eso solo, pero si necesita de otro líder que lo guíe, él se va a buscar otro líder que lo guíe de regreso a Egipto.
Como decíamos de manera anticipada en el mensaje anterior, yo quisiera haber estado ahí y poder preguntarle al vuelo lo que ellos pensaban: que cuando ellos sustituyeran el líder de Dios y decidieran regresar a Egipto, en ese transcurso, en ese camino, Dios iba a seguir visitando con maná todos los días, que Dios les iba a proteger del sol todos los días, que Dios les iba a dar luz en la noche, que Dios les iba a preservar de los peligros del camino, que Dios iba a proveer agua para ellos, como lo hizo durante todos esos días. ¿Pensaban ellos realmente que podían encontrarse con la bendición de Dios yendo en contra de su voluntad? A veces la gente queda así, que lo piensa de esa manera, o ni siquiera lo piensa porque ha perdido la razón.
Si nosotros no queremos cambiar o caminar por los caminos de Dios, vamos a tener que enfrentar el camino sin su provisión, sin su protección, sin su bendición. Dios te da una oportunidad, te da otra y te da otra, y no sé cuántas te da, pero Él tiene un número de ocasiones que varía de circunstancia en circunstancia, de persona a persona, de hecho en hecho. Yo no voy a tratar de hacer a Dios predecible; sería quizás el peor pecado que yo pudiera cometer. Pero Él te da un número determinado de oportunidades y, terminadas las oportunidades, Él hace el decreto de su juicio, y una vez el juicio es decretado no hay forma de devolverlo atrás, porque Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.
Una vez que Dios ha decretado, como lo hizo en esta ocasión —que los que tenían más de veinte años en adelante no iban a entrar a la tierra prometida—, por los próximos treinta y ocho años y medio de deambular por el desierto, no importa cuántas veces hubiesen venido a Dios a pedirle que les perdonara por esa acción: no había forma de que eso pudiera ser cambiado. El decreto estaba dado, el juicio estaba decretado, y como Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta, ya no había nada que se pudiera hacer.
Número cinco. A pesar del disgusto del pueblo, del deseo del corazón de la nación, de la disputa de los hijos de Israel con Dios y de la decisión de la mayoría, nota ahora en quinto lugar la disposición de espíritu de Moisés y Aarón. Versículo 5: "Entonces Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros en presencia de toda la asamblea de la congregación de los hijos de Israel."
Moisés continúa sorprendiéndome una y otra vez, en el buen sentido. Moisés pudo haberse defendido, pero no lo hizo. Moisés pudo haberle hecho una lista de las veces en que él intercedió delante de Jehová para que el juicio no llegara, pero no lo mencionó. Él pudo haberle mencionado aquella ocasión cuando bajó del monte airado, por cierto, porque estaban adorando un becerro de oro, y Jehová dijo que amenazó con eliminar a todo el pueblo; Moisés fue, intercedió e incluso ofreció su vida a cambio de que Jehová perdonara al pueblo. Él pudo haber hecho eso, pero ni siquiera lo mencionó. Él pudo haberles hablado del sacrificio que le había costado haber dejado una vida estable hasta cierto punto en el desierto, con su esposa e hijos, ya aclimatado, para regresar a Egipto a lidiar con personas tan rebeldes como estas, pero ni siquiera eso estuvo en sus labios.
Moisés sabía que las mejores batallas se pelean de rodillas y rostro en tierra. Moisés sabía que detrás de esta batalla humana que vemos —que es a veces campal, fuerte y grande— hay una dimensión espiritual, que hay un enemigo que se viste de ángel de luz, que usa al hombre para sembrar la oposición, y que esa dimensión no se puede pelear a nivel terrenal: se pelea a nivel espiritual, de rodillas delante de Dios. Moisés verdaderamente entendía y creía que cuando Jehová le dijo a Abraham "Yo soy tu escudo por delante y por detrás", eso era una realidad. Y si él quería luchar contra este pueblo de más de dos millones de personas, no tenía la fuerza humana para hacerlo, pero tenía las rodillas para lograrlo, y él se fue rostro en tierra y comenzó a orar.
Dios quiere saber si yo estoy dispuesto a confiar en Él independientemente de las circunstancias. Aunque la higuera no florezca, ni haya fruto en las viñas, aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, y aunque falten las ovejas del aprisco y no haya vacas en los establos, Dios quiere saber si estoy dispuesto a confiar en Él cuando esas circunstancias se den en mi vida. Esa inconformidad el pueblo nunca la curó durante los cuarenta años que estuvo en el desierto.
Me preguntaba: ¿cómo es posible que Moisés pudiera permanecer tan fiel a pesar de circunstancias tan adversas? Me di cuenta de cuál fue el secreto, y debe ser el secreto de nuestras vidas de obediencia y de fidelidad a Dios: Moisés entendió que la fidelidad de Dios no depende de cómo a mí me vaya en la vida. Porque si lo que evidencia que Dios es fiel es cómo a mí me vaya humanamente hablando, Dios no le pudo haber sido más infiel a su propio Hijo, a su Cristo, porque si hubo alguien a quien le fue mal humanamente hablando, fue a Él: terminó clavado en una cruz.
Si vamos a juzgar la fidelidad de Dios por la forma en que yo termino y por las condiciones de si me va bien o me va mal, entonces ciertamente Cristo tenía razón para pensar que su Padre le había sido infiel. Pero eso no es la realidad. Dios es fiel, me esté yendo bien o mal. Dios es fiel independientemente de que yo me sienta en mi mayor gozo o en mi peor tristeza. Dios es fiel independientemente de que yo esté en abundancia o en escasez. Dios es fiel independientemente de que yo esté caminando o corriendo en mi vida cristiana. Dios es fiel independientemente de que yo esté avanzando o retrocediendo en mi vida cristiana. Dios es fiel; su fidelidad no la determinan las circunstancias del hombre, sino lo que Él es desde toda la eternidad.
En sexto lugar, nota no solamente el disgusto del pueblo, el deseo de su corazón, su disputa con Dios, la decisión de la mayoría, la disposición de espíritu de Moisés y Aarón, sino nota el denuedo de Josué y Caleb, en los versículos 6 y 7: "Y Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rasgaron sus vestidos y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla es tierra buena en gran manera."
Estos dos hombres son mucho más jóvenes que Moisés y Aarón, pero tienen el coraje y el valor de ponerse delante del pueblo, rasgar su vestido. Esa era una expresión en la antigüedad para significar dos cosas: primero, tristeza y carga; pero aún más, para expresar el rechazo de algo que uno encontraba aborrecible, algo que uno estaba viendo que estaba ocurriendo. Estos dos, contra todo el pueblo, hacen exactamente eso; no tuvieron miedo de confrontar la actitud del pueblo y le dicen: "No, no es como ustedes dicen. Esta tierra es buena y en gran manera, y rechazamos el reporte de ustedes. Encontramos aborrecible lo que está ocurriendo delante de Dios, y que quede en registro esta acción de nosotros hoy." Si tienen que morir, mueren; esa es su convicción.
Esta gente era hombres de fe. Por eso Dios le confía a Josué la entrada a la tierra prometida. Es que el hombre o la mujer que está un día creyendo y otro día cuestionando no va a recibir muchas cosas de Dios. Santiago lo dice de una forma clara en el capítulo 1, versículos 6 al 8: "Pero que pida con fe, sin dudar; porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor, siendo hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos."
No puede ser que alguien un día afirme su fidelidad y el próximo día cuestione la bondad y la misericordia de Dios. Dios dice: "No puedo, porque en primer lugar tengo una mala reputación delante de los demás; en segundo lugar, le enseño a cómo comportarse mal; y en tercer lugar, no lo estoy ayudando a santificarse. Prefiero no darle lo que pudiera dar." Esa no fue la vida de Josué; esa no fue la vida de Caleb. Estos hombres eran hombres decididos, dispuestos a jugarse el todo por el todo, y dispuestos a creerle a Dios por encima del pueblo, por encima de los sentimientos, por encima de las circunstancias. Y eso es lo que nosotros nos disponemos a hacer.
Yo tengo que creerle a Dios por encima de cómo yo me estoy sintiendo hoy. Yo tengo que creerle a Dios por encima de cómo las circunstancias estén orquestándose alrededor de mí. Yo tengo que creer su promesa, su Palabra, su fidelidad, su amor, su gracia, su poder, su sabiduría, por encima de lo que mi mente pudiera estar pensando. Por eso dice también el Salmo 42:3: "¿Por qué te abates, oh alma mía? ¿Por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios." En otras palabras: tú no tienes razón para hacerlo; levántate, alma mía, y alaba a Jehová.
Josué y Caleb no solamente mostraron su denuedo, sino que tenían mucho discernimiento. Ellos sabían que la opinión de ellos y la opinión de los otros, si era simplemente una opinión y dos reportes, no pasaban de ser dos opiniones, y ellos no tenían ningún interés en quedarse en opiniones. Escucha cuál es la enseñanza que están tratando de pasarle al pueblo, porque esto no es una fe ciega, esto no es una fe confiada en pajaritos en el aire. No, no; escucha: esto no es una fe presuntuosa, esto no es una fe barata. Escucha lo que ellos dicen: "Si el Señor se agrada de nosotros, nos llevará a esa tierra", como lo muestra el versículo 8.
En otras palabras, nuestra preocupación no son los gigantes, no son las fortificaciones de las ciudades, no es cuántas personas existen del otro lado del Jordán. Nuestra preocupación es obedecer a Jehová. Si obedecemos a Jehová y Él se agrada de nosotros, Él nos llevará a la tierra y nos la entregará también.
Usted me ha oído decir más de una ocasión que la vida cristiana es simple, y yo no sé cuántos me lo creen, pero realmente es extremadamente simple. Su preocupación es una: ser obediente y fiel a su Dios. El resto es preocupación de Él, y eso es exactamente lo que Josué y Caleb están tratando de comunicar al pueblo: si el Señor se agrada de nosotros, nos llevará a la tierra y nos dejará tranquilos.
Tenían mucho discernimiento, porque ellos le dijeron al pueblo dos cosas más. Uno: el Señor le ha removido la protección a esta gente. Y dos: el Señor está con nosotros. Bueno, una cosa lleva a la otra: si Él va a estar conmigo, no puede estar protegiéndolos a ellos al mismo tiempo. Pero Dios les había hecho una revelación que ellos habían olvidado, porque cuando Dios nos pone en medio de la prueba, no me cabe la menor duda de que ya nos ha revelado suficiente para responder a la prueba o al cuestionamiento que nuestra vida está teniendo.
Esta gente ya había tenido la revelación de que Dios iría con ellos y de que le había quitado la protección al pueblo del otro lado del Jordán. Ellos simplemente no se acordaron, o no quisieron recordar. Porque nosotros tenemos una amnesia selectiva que nos encanta: olvidar aquellas cosas que Dios nos dijo, sobre todo si es por donde tenemos que caminar. Recordamos las cosas que nuestra carne nos dice y olvidamos las que su Espíritu nos dice.
En Éxodo 23:27, Dios registró estas palabras: "Enviaré mi terror delante de ti, y llenaré de confusión a todo pueblo donde llegues, y haré que todos tus enemigos vuelvan la espalda ante ti." ¿Te das cuenta? Ciertamente Jehová ha removido la protección de aquella gente y está con ellos. Jehová les dijo: "Cuando tú vayas, eso es lo que voy a hacer: yo voy a enviar mi terror delante de mí." Y en otras palabras, cuando lleguen allá, ya esta gente va a estar aterrada. En segundo lugar, van a estar confundidos: "y llenaré de confusión a todo pueblo donde llegues." En tercer lugar, entre el temor y la confusión, van a volver la espalda y saldrán corriendo.
Treinta y ocho años y medio después, más o menos unos meses más o unos meses menos, eso que Dios dijo se cumplió al pie de la letra. Moisés ha muerto, y Josué es el líder que los va a entrar a la tierra prometida. Pero antes de entrar, antes de cruzar el Jordán y antes de conquistar Jericó, la primera gran ciudad que van a conquistar, envió dos espías. Los dos espías se encontraron con Rahab; ella tuvo que esconderlos porque los descubrieron, pero tuvieron una conversación con ella.
Y Rahab les dice en Josué 2:10-11: "Porque hemos oído cómo el Señor secó el agua del mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que hicisteis a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a quienes destruisteis por completo. Y cuando lo oímos, se acobardó nuestro corazón, no quedando ya valor en hombre alguno por causa de vosotros, porque el Señor vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra."
¿Tú puedes creer esto? Que casi cuarenta años después, cuando los espías regresan donde Josué, te acuerdas lo que Dios nos dijo hace cuarenta años, que Él enviaría el terror delante de nosotros, que Él confundiría a la gente. Rahab les ha dicho que ya no queda valor en hombre alguno por causa de vosotros, porque el pueblo ha oído de las proezas de Dios al otro lado del río. Y Rahab dice que ella da fe de que el Señor vuestro Dios, a quien ella todavía no conocía, es el Dios de arriba en los cielos y abajo en la tierra.
Número siete, y por último: observen no solo el disgusto del pueblo, el deseo de su corazón, su disputa con Dios, la decisión mayoritaria, la disposición de espíritu de Moisés y el denuedo de Josué y Caleb; sino también la defensa de Dios. Porque así lo dice el versículo 10: "Pero toda la congregación dijo que los apedrearan." El pueblo estaba listo para apedrear a Josué y Caleb. Defender la causa de Dios tiene riesgo.
Entonces la gloria del Señor apareció en la tienda de reunión a todos los hijos de Israel, y el Señor dijo a Moisés: "¿Hasta cuándo me desdeñará este pueblo? ¿Y hasta cuándo no creerán en mí, a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos? Los heriré con pestilencia y los desalojaré, y a ti te pondré al frente de una nación más grande y más poderosa que ellos." Si Dios no se aparece en toda su gloria —y dice el texto que le apareció y le habló a toda la congregación de los hijos de Israel—, si Dios no interviene, Josué y Caleb podrían haber entrado a la tierra alta dos meses después, muertos.
Porque la rebelión del pueblo había llegado hasta tal punto que ya no era cuestión de si vamos para la tierra prometida o no. Habían decidido: a Moisés le damos un golpe de Estado, lo matamos, y a todo el que se meta por delante lo matamos también. Esta es la peor rebelión que el pueblo ha experimentado. Pero Dios demostró que cuando Él está por ti, Él está dispuesto a intervenir y a aparecerse personalmente, si es necesario, en toda su gloria, para evitar que los propósitos del hombre se lleven a cabo por encima de sus propósitos.
Y esa práctica de apedrear a los líderes fue una práctica de la cual Israel nunca se deshizo. Cuando Cristo viene, ya llegando al final de su ministerio, reconociendo lo que el pueblo estaba a punto de hacerle, en Mateo 23:37 leemos las siguientes palabras: "Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados." Jerusalén, Jerusalén, que comenzaste a tirar piedras en el desierto cuando casi matas a Caleb y a Josué, y todavía hoy, en mis días —decía Cristo—, continúas haciendo exactamente lo mismo. Si Dios no interviene, los hubiesen apedreado. Esta es la peor rebelión del pueblo.
Cuando te sientas y lees este texto, lo meditas, lo rumieas un poco, hay algunas cosas que nosotros necesitamos tomar y aplicar el día de hoy. Yo creo que es un buen momento: es el comienzo del año, es el fin de los primeros diez años de la IBI. Es el comienzo —en mi corazón, en mi mente, lo puedo ver con los ojos de mi espíritu— de una segunda etapa en la que Dios nos está entrando. Una etapa de mayor desafío, de mayores retos, de mayores oportunidades y, al mismo tiempo, de mayores responsabilidades. No simplemente mayores cosas que hacer, sino mayores responsabilidades: en mi vida de santidad, en mi vida de oración, en mi vida de compromiso con la Palabra de Dios.
Yo creo que esta es una buena ocasión para revisar varias cosas que aprendemos de este texto, o para resumir algunas cosas que ya hemos venido viendo. La primera, a manera de conclusión, es que necesitas recordar que la vida del creyente es una vida de fe, y que la única manera en que tú y yo podemos complacer a Dios es depositando nuestra confianza absoluta en su soberanía, en su carácter, independientemente de cómo luzcan las circunstancias. La vida del creyente es una vida de fe, y la única forma de complacerle es depositando tu confianza plena en un Dios que es soberano, que ha dado evidencia de su soberanía, que es dueño y Señor de la tierra.
Necesitamos recordar también que aquellos que caminan con Dios y saben discernir los caminos de Dios siempre han estado en la minoría. Dos millones versus cuatro: siempre han estado en la minoría. El hombre de Dios no pierde su esperanza cuando la mayoría no quiere ir en la dirección de la voluntad de Dios. Jonathan Edwards, quizás el más grande teólogo que Estados Unidos haya dado, un enorme hombre de Dios, su congregación lo canceló como pastor. ¿Tú crees que él recogió su maletín, se fue y dijo: "estas personas no me quieren"? No hay problema. Él no fue a pelear. Se fue a predicar a los indios. El hombre de Dios no pierde su esperanza cuando la mayoría no quiere ir en la dirección de la voluntad de Dios.
Caminar con Dios y liderar conforme a su voluntad no es garantía de que el resto quiera seguirte. Josué es la mejor ilustración de lo que yo acabo de decir. Que la causa de Cristo no es para cobardes. Yo quisiera que, si usted es parte de esta iglesia, comenzara el día de hoy a dejar su miedo a un lado, porque la causa que estamos abrazando y tenemos la intención de abrazar no es para cobardes. Alguien decía que la fe se ríe de lo que el miedo llora. La fe se ríe de lo que el miedo llora.
El temor es parte de la naturaleza humana, es parte de la estrategia de Satanás. Pero el valor es uno de los frutos que el Espíritu Santo forma en ti, aun si no está listado en Gálatas 5:22. El coraje, el valor, la determinación es algo que el Espíritu de Dios tiene que hacer en nosotros. Porque Dios nos ha dado un Espíritu, no de cobardía, sino de poder. Eso está en la Palabra.
La vida cristiana es una vida de riesgo. Si usted está caminando una vida sin riesgo, no la está caminando como cristiana, por lo menos no como debe serlo. Es una vida de riesgo y es una vida de obstáculos, porque tanto los riesgos como los obstáculos forman parte de nuestro entrenamiento y de nuestras pruebas delante de Dios. Las pruebas, los obstáculos y los riesgos forman parte de nuestra prueba y de nuestro entrenamiento.
Yo quisiera ver una hueste de hombres y de mujeres llenos de fe, de coraje, de determinación, de paciencia para esperar que Dios obre, y de esperanza en el control soberano que Dios tiene.
Y eso es lo que hace la diferencia entre los que se quedan atrás y los que continúan hacia adelante. La presencia de fe, de valor, de determinación, de paciencia para esperar que Dios obre y de esperanza en un Dios que tiene control soberano de lo que ocurre en nuestro universo. Eso diferencia a un grupo de los otros: los que se quedan y los que continúan.
El duque de Wellington, el general Wellington, cuando venció a Napoleón en buena parte en la batalla de Waterloo, les preguntaron posteriormente si sus tropas inglesas fueron superiores a las tropas francesas, y él dijo: "Para nada. Nosotros simplemente peleamos cinco minutos más que ellos. Nosotros continuamos un poco más de lo que ellos continuaron." Y eso es exactamente la historia de Josué y Caleb. Ellos fueron y caminaron un poco más allá de lo que el resto estaba dispuesto a caminar.
En el camino hay un grupo que se desalienta y renuncia a su responsabilidad de abrazar la causa de Cristo. Pero hay un grupo que dice: "La causa de Cristo yo no la he abrazado como parte de mi vida; es mi vida. Y renunciar a su causa es renunciar a mi vida. Y como yo no estoy dispuesto a morirme todavía, yo voy a continuar caminando en la dirección de la voluntad de Dios hasta que Él me llame o hasta que Él regrese."
Ojalá que Dios nos encuentre en este año como una iglesia con un grupo de líderes, con un grupo de ovejas mucho más decididas, mucho más entregadas, mucho más comprometidas, con mayor fidelidad, con mayor compromiso, con mayor determinación, con mayor valor, con mayor fe, porque es la única manera de complacer al Dios que lo ha dado todo para aquellos que no valían nada.