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Sermones

Un fin inesperado

Miguel Núñez 3 febrero, 2008

Un solo acto de desobediencia puede costar todo lo acumulado en años de fidelidad. Eso fue lo que le ocurrió a Moisés en el año cuarenta del desierto, cuando en un arranque de ira golpeó la roca en lugar de hablarle, como Dios había ordenado. Cuarenta años de servicio, de intercesión por el pueblo, de hablar con Dios cara a cara, se esfumaron en apenas un par de minutos. Dios le dijo que no entraría a la tierra prometida por dos razones: no le creyó y no lo trató como santo delante del pueblo. El pecado de incredulidad, tan común entre los hijos de Dios, fue el mismo que condenó a toda una generación a morir en el desierto.

Moisés acababa de enterrar a su hermana Miriam, pronto enterraría a su hermano Aarón, y en medio de esas pérdidas tuvo que sepultar también su propia esperanza. Suplicó a Dios que cambiara su veredicto, pero Dios le respondió: "Basta, no me hables más de esto". Y Moisés aceptó la decisión sin quejarse, porque entendía que las consecuencias de Dios son santas y justas.

Pero aquí hay una enseñanza más profunda: ni Moisés ni Aarón pudieron llevar al pueblo hasta el final. Todo líder humano se queda corto de la gloria de Dios. Solo Cristo, el líder sin pecado, califica para darnos entrada al reino. Él es mejor profeta que Moisés, mejor sacerdote que Aarón, y la única puerta por la que podemos entrar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Números capítulo 20, versículo 1: "Los hijos de Israel, toda la congregación, llegaron al desierto de Zin en el mes primero, y el pueblo se quedó en Cadés. Allí murió Miriam y allí la sepultaron. No había agua para la congregación y se juntaron contra Moisés y Aarón. El pueblo contendió con Moisés y le habló diciendo: ¡Ojalá hubiéramos perecido cuando nuestros hermanos murieron delante del Señor! ¿Por qué pues ha traído el pueblo del Señor a este desierto para que nosotros y nuestros animales muramos aquí? ¿Y por qué nos hiciste subir de Egipto para traernos a este miserable lugar?"

¿Usted no está cansado de esta palabra? "No es lugar de sementeras, ni de higueras, ni de viñas, ni de granados, ni aun hay agua para beber. Entonces Moisés y Aarón fueron de delante de la asamblea a la puerta de la Tienda de Reunión y se postraron sobre sus rostros, y se les apareció la gloria del Señor. Y habló el Señor a Moisés diciendo: ¡Toma la vara! Y reúne a la congregación, tú y tu hermano Aarón, y hablad a la peña a la vista de ellos para que la peña dé su agua. Así sacarás para ellos agua de la peña, y beban la congregación y sus animales."

"Tomó Moisés la vara de la presencia del Señor, tal como Él se lo había ordenado, y Moisés y Aarón reunieron al pueblo ante la peña. Y él les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Sacaremos agua de esta peña para vosotros? Entonces Moisés levantó su mano y golpeó la peña dos veces con su vara, y brotó agua en abundancia, y bebió el pueblo y sus animales. Y el Señor dijo a Moisés y Aarón: Porque vosotros no me creísteis, a fin de tratarme como santo ante los ojos de los hijos de Israel, por tanto no conduciréis a este pueblo a la tierra que les he dado. Aquellas fueron las aguas de Meriba, porque los hijos de Israel contendieron con el Señor y Él manifestó su santidad entre ellos."

Este texto comienza con un entierro, el entierro de Miriam, y cierra, como lo vamos a ver posteriormente, con otro entierro, el entierro de Aarón. Entre el entierro de Miriam y el entierro de Aarón ocurrió otro entierro: el entierro de la esperanza de Moisés de entrar a la tierra prometida. Este es un momento muy triste en la historia de Moisés, en la historia del pueblo, y para ser honesto, cuando estudiaba esto, en mi propia historia.

El versículo primero dice que en el primer mes llegaron a este lugar en el desierto de Zin. No nos dice cuál fue el año, pero como la Palabra nos ayuda siempre a interpretar la Palabra y entender mejor la Palabra, la pregunta que tú tienes que hacerte cuando estás frente a problemas como ese es preguntarte: ¿hay algún otro texto de la Biblia que me hable de la muerte de Aarón, de la muerte de Miriam, donde yo pueda ubicarme más o menos dónde estamos? Y la respuesta es: claro que sí. El mismo libro de Números, capítulo 33, versículo 38, dice: "Entonces el sacerdote Aarón subió al monte Hor por mandato del Señor, y allí murió el año 40, después que los hijos de Israel habían salido de la tierra de Egipto, el primer día del mes quinto." Al principio del año 40 muere Miriam, unos meses adelante muere Aarón. Y en el medio entonces está Moisés, que ha perdido la esperanza y ha enterrado sus esperanzas de poder entrar a la tierra prometida.

Una vez más, yo no voy a entrar de nuevo en estas quejas del pueblo, pero una vez más el pueblo vuelve 40 años después a repetir la misma cantaleta, en dominicano. ¿Qué para qué nos sacaste de Egipto? ¿Qué hubiese sido mejor haber muerto allá? ¿Qué para qué nos trajiste a este lugar tan miserable? Y una vez más, Moisés y Aarón hicieron lo que habían hecho en otras ocasiones y en un principio comenzaron muy bien. Se postraron en rostro, estando ellos postrados sobre sus rostros oyeron estas palabras: "Toma la vara y reúne a la congregación, tú y tu hermano Aarón, y hablad a la peña a la vista de ellos, para que la peña dé su agua. Así sacarás para ellos agua de la peña, y beban la congregación y sus animales."

Las instrucciones fueron muy claras, cortas, específicas: toma la vara, reúne a la congregación junto con Aarón y habla a la peña. Y Moisés, dice el texto, que tomó su vara de la presencia del Señor. Y voy a hacer una anotación: esta vara que él toma de la presencia del Señor, por la descripción que se hace, debió haber sido no la vara de Moisés original, con la cual salió de Egipto, sino la vara de Aarón que había retoñado, había reverdecido, y eso está en el capítulo 17 de este libro de Números. La razón por la que pensamos que es la vara de Aarón es porque la vara ha sido tomada de la presencia del Señor, y esa vara estaba en el arca del pacto, que representaba la presencia del Señor. Esta es una vara que ha tenido hojas, le han salido frutos. Él toma la vara de la presencia del Señor y va adelante de la congregación y le habla no a la roca, sino al pueblo: "¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Sacaremos agua de esta peña para vosotros?" Entonces Moisés levantó su mano y golpeó la peña dos veces con su vara, y brotó agua en abundancia, y bebió el pueblo y sus animales.

Eso que yo acabo de describir le costó a Moisés la entrada a la tierra prometida. Eso que parecía tan sencillo, cuando tú lo comparas incluso con otro evento en la vida de Moisés donde él quebró las dos tablas de los Diez Mandamientos, ¿cómo es posible que ahora este evento, este suceso, le cueste a Moisés algo tan caro como no poder entrar, no poder poner sus plantas en la tierra prometida? Repercusiones mayores.

El Señor dijo a Moisés y Aarón: "¿Por qué vosotros los dos no me creísteis, a fin de tratarme como santo ante los ojos de los hijos de Israel? Por tanto, no conduciréis a este pueblo a la tierra que les he dado."

Estudiando este texto, yo casi lloré. En este tiempo, más de un año caminando con Moisés, ha llegado a ser mi amigo. Y me puse en sus sandalias y pensé: 40 años de tolerar a este pueblo, 40 años de pararse en la brecha a favor de este pueblo, 40 años de orar por ellos, 40 años de honrar a Dios, de confiar en Dios. Y este día, en un solo evento, en algo que probablemente no tomó más de uno o dos minutos, lo que él hizo le impidió entrar a la tierra que le había sido jurada a Abraham, Isaac y Jacob. Este tiene que haber sido uno de los momentos más dolorosos de la vida de Moisés.

Sitúate en el año 40, habiendo estado con el pueblo todo este tiempo. Acabas de perder a tu hermana, compañera de 40 años, y la entierras. Entonces después vas a enterrar a tu hermano y compañero de 40 años. Y ahora tú acabas de perder la esperanza de entrar a la tierra prometida. Esto es algo que Moisés habló con Dios en más de una ocasión para que Dios cambiara su veredicto. Nosotros sabemos eso por las mismas palabras de Moisés en Deuteronomio 3:25-26: "Yo —ya Moisés hablando con Dios— permíteme, te suplico, cruzar y ver la buena tierra que está al otro lado del Jordán, aquella buena región montañosa y el Líbano. Pero el Señor se enojó conmigo a causa de vosotros y no me escuchó. Y el Señor me dijo: ¡Basta! No me hables más de esto." Obviamente parece ser que Moisés le había hablado a Dios sobre eso más de una vez, y Dios le dice: "¡Basta, ya está bueno! No hablemos más de esto y no voy a cambiar mi palabra."

Y antes de nosotros apresurarnos y pensar: "Bueno, este Dios es injusto, Dios es muy severo, yo no entiendo a Dios", y antes de que nosotros pequemos en esa dirección, detengámonos un momento y revisemos una vez más lo que Dios dice en el versículo 12 para entender la razón por la que Dios impone esta penalidad. "Pues vosotros no me creísteis" —pecado número 1—, pecado número 2: "no me trataron como santo." Dios acusa a Moisés y le impide entrar a la tierra prometida por el mismo pecado que el resto de la congregación: no iba a entrar por pecado de incredulidad. Ese es el pecado incurable del hombre. Ese es el pecado por el que mucha gente tampoco va a entrar al reino de los cielos: por la incredulidad. "No me creíste", dice Dios a Moisés. Impensable esto, que un hombre como Moisés, que tuvo 40 años confiando en Dios, que tuvo fe en el Señor en las peores circunstancias, que en el último momento, apenas a meses de cruzar el Jordán y ver la tierra prometida, que Dios dijera: "No va a entrar porque no me creíste."

No hay muchos detalles en el texto de qué fue exactamente lo que Moisés no creyó, pero pudiera ser que Moisés no creyó que hablarle a la roca simplemente iba a resultar en agua. Moisés tuvo una experiencia con otra roca en otro momento, descrita en Éxodo 17, donde él con una vara le dio un golpe a la roca y brotó agua. En esta ocasión Dios le dice: "Moisés, quiero que le hables a la roca." Pero Moisés, en vez de hablarle a la roca, le habló al pueblo, y en vez de hablarle a la roca, golpeó a la roca no una vez, dos veces. Me pregunto incluso si él pensó que una no sería suficiente. Y Dios le dice: "No me creíste, y por eso no entrarás a la tierra prometida."

En ocasiones nosotros desconfiamos del poder de Dios. En otras ocasiones nosotros desconfiamos de los planes de Dios. En otras ocasiones desconfiamos de la metodología de Dios. En otras ocasiones desconfiamos de la provisión y la benevolencia de Dios. Decía, y hemos dicho en otras ocasiones, una cosa es confiar en que Dios proveerá cuando estoy bien provisto, y otra es cuando estoy en carencia. Una cosa es decir "no, todas las cosas cooperarán para bien", y otra cosa es entrar al consultorio del médico y recibir tu reporte de que tienes cáncer de mama, o del pulmón, o del colon. Y ahora de repente las cosas como que no parece que van a cooperar también. Y eso es incredulidad.

El pecado más común del hijo de Dios —no del que se dice ser cristiano, del hijo de Dios— es su incredulidad. Es la razón por la que el mandato más recurrente en la Biblia es "no temas", más de 300 veces ese mandato. Yo mencionaba, simplemente lo menciono como ilustración con pocos detalles, pero para que entendamos hasta dónde esto está: ayer mismo yo hablaba con un pastor de otra iglesia.

Y después de conversar acerca de su salud le decías: "A ver una cosa, ¿tienes que arrepentirte de tu pecado de incredulidad? La forma como ves las cosas, como te preocupas por las cosas, es pecado y tú lo sabes." Y les decía: "Tú necesitas, si quieres mejorar, comenzar yendo delante de Dios y pidiéndole perdón a Dios por no haber confiado en Él." La incredulidad es muy seria, fue denunciada por Cristo una y otra vez.

Mateo 8:26: "Y Él les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados, hombres de poca fe? Entonces Él se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma." Mateo 13:58: "Y no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos." Mateo 17:17-20: "Respondiendo Jesús dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!" Mira cómo ataca Jesús, miren todos los adjetivos: "Incrédula y perversa. ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo acá." Eso era el muchacho endemoniado.

Tú te imaginas que tú tienes un hombre endemoniado, tú eres uno de sus discípulos, tú estás tratando de sacar este demonio del discípulo y tú vas a donde Jesús: "¿Qué ayudarnos? No entendemos. Es que no lo podemos, es que no lo podemos sacar, expulsar." Y qué de allá para acá, en vez de Jesús decir: "Oh, no se preocupen, yo estoy aquí", lo que tú recibes es: "¡Oh generación incrédula y adúltera! ¿Hasta cuándo tendré que soportar? Traédmelo acá." Y Jesús lo reprendió, y el demonio salió de él, y el muchacho quedó curado desde aquel momento. Entonces los discípulos, llegándose a Jesús en privado, dijeron: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?"

Escúchame ahora. ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? Y Él les dijo: "Por vuestra poca fe." Porque son unos incrédulos, aunque sean mis discípulos. Por eso el demonio no respondió a sus palabras, porque no tienen la fe en quien puede hacer las cosas. El pecado incurable del hombre: su incredulidad. El pecado en el que Moisés está en este momento de su vida y que le costó la entrada a la tierra prometida. La incredulidad es un gran pecado, pero es peor cuando es visto en las vidas de los líderes del pueblo de Dios. A mayor privilegio, mayor el estándar; a mayor privilegio, mayor el estándar, mayor el juicio, mayor el juicio cuando pecamos.

John Butler, en su libro "Moisés, el emancipador de Israel", dice que cuando caminamos en una gran luz, tenemos menos excusas para tropezar y mayor reprensión cuando nos caemos. Cuando caminamos en una gran luz —esta es su luz, lámpara a mis pies y lumbrera a mi caminar—, esta es la luz que ellos no tuvieron. Ni siquiera una página de la Biblia tenían; nosotros tenemos toda la luz. Cuando caminamos en una gran luz, menos excusas tenemos para tropezar y mayor reprensión cuando nos caemos.

Moisés gozó de grandes privilegios. Dios dijo que ningún otro profeta había hablado con Él cara a cara como Él hablaba con Moisés. Mientras mayor el privilegio, mayor el estándar, mayor es la cuenta que tengo que rendir. Dios afirma eso en su Palabra: que nosotros los líderes seremos juzgados con una mayor severidad. Y Él sabe por qué. Líderes modelan, y modelan para bien o modelan para mal, y lo que se modela se copia. Y es la razón por la que Dios dice: "Líderes serán juzgados más severamente."

La primera acusación de Dios contra Moisés es su incredulidad, y contra Aarón. Y la segunda es que delante del pueblo ellos no le trataron como santo. Hubo algo que Moisés y Aarón hicieron que delante del pueblo profanó el nombre de Dios, y Dios dice: "Ese pecado público no es poca cosa para mí."

Como nosotros no tenemos un detalle en ese texto de qué fue lo que Moisés hizo, tenemos que ayudarnos de otros textos, si existen, para entender mejor qué fue lo que pasó. Si usted quiere un resumen de los cuarenta años de historia en el desierto, esta tarde usted debiera leer el Salmo 106; es un resumen extraordinario de cuarenta años de historia. Y ese Salmo 106 nos dice acerca de este evento en los versículos 32 y 33: "También le hicieron enojarse en las aguas de Meriba, y le fue mal a Moisés por culpa de ellos, puesto que fueron rebeldes contra su espíritu." Escucha: "Y él, Moisés, habló precipitadamente con sus labios."

Ahí está. Moisés, en su enojo, habló precipitadamente, y con sus labios no representó a Dios santamente en esa ocasión, en un arranque de ira. Y lo que hizo lo hizo en público. Esta es la razón por la que Santiago nos dice en 1:19-20 que seamos lentos para hablar, lentos para la ira, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

Y en esta ocasión, Moisés, cuando habló con sus labios, lo hizo de una manera que profanó su nombre, y lo hizo públicamente. Cada pecado es serio para Dios, el privado y el público, pero el pecado público tiene aún mayor connotación. Por varias razones: el pecado público genera comentarios, genera chismes; esos comentarios y chismes se convierten en piedra de tropiezo y en pecado para otros. Con frecuencia nosotros hemos oído decir, con frecuencia nosotros hemos dicho: "¿Y eso de qué cristiano?" El pecado público a veces, si es de parte de los líderes, le da licencia para pecar a otros. Ven al pastor hacer algo, decir algo, te cuentan algo del pastor, y la persona dice: "Bueno, por si eso el pastor, ¿qué me dejan a mí?" En otras palabras: "Bueno, que yo haga esto, esto es un pecado, si el pastor hace aquello." Y le da licencia para pecar a algunos. Nuestros pecados públicos generan comentarios, y eso hace pecar a otras personas. "No me creíste y no me trataste como santo."

Hay un tercer pecado que yo creo que está íntimamente relacionado a este segundo. Y es que de alguna manera, en su ira, en un momento en que Moisés no estaba pensando racionalmente, quizás sin intención, en su alocución al pueblo trató de robarle la gloria a Dios. El versículo 10, al final: "Oíd ahora, rebeldes, ¿sacaremos agua de esta peña para vosotros? ¿Sacaremos?" Yo, Aarón y la Trinidad, ¿sacaremos agua para vosotros? ¿Desde cuándo? ¿Quién te enseñó, Moisés, que tú puedes sacar agua de la peña? ¿Desde cuándo tú has pensado que le has dado maná a este pueblo? ¿Desde cuándo tú le has cubierto de día con una nube? ¿Desde cuándo tú aprendiste a usar este pronombre en plural, Moisés? Antes era Jehová, el Señor, la gloria del Señor, y ahora es "nosotros", Moisés. "Delante de mi pueblo no me has tratado como santo."

Dios ha revelado una y otra vez que Él no va a compartir su gloria con nadie. Isaías 42:8: "Yo soy el Señor, este es mi nombre. Mi gloria a otro no daré." Isaías 48:11: "Por amor a mí, por amor a mí lo haré, porque ¿cómo podría ser profanado mi nombre? Mi gloria, pues, no la daré a otro."

Ni a Moisés tampoco. Nosotros tratamos de robarnos la gloria de Dios cuando nosotros queremos sentarnos en el trono con Dios. Nosotros le robamos la gloria a Dios cuando queremos parte del crédito de aquello que Dios ha hecho. Nosotros le robamos la gloria a Dios de una forma todavía más común: cuando queremos producir por medios y metodologías y estrategias humanas lo que solamente Dios puede producir. Charles Finney, el gran evangelista de los años 1800, tú lees sus escritos acerca de avivamientos y él dice que el avivamiento no es más que el uso apropiado de los medios. Algo que solamente puede producir el Espíritu puede ser orquestado por el uso apropiado de los medios, dice el hombre. Eso es querer robarle la gloria a Dios. Y Dios ha revelado que su gloria no la va a compartir con nadie. Y eso es parte del pecado de Aarón y de Moisés que le impide entrar a la tierra prometida.

Inmediatamente después, como una forma de ir sellando esto, Dios imparte instrucciones a Moisés y Aarón y a Eleazar, su hijo, el hijo de Aarón. El versículo 22 al 29: "Partiendo de Cades, los hijos de Israel, toda la congregación, llegaron al monte Hor. Y habló el Señor a Moisés y Aarón en el monte Hor, en la frontera de la tierra de Edom, diciendo: Aarón será reunido a su pueblo, pues no entrará a la tierra que yo he dado a los hijos de Israel, porque vosotros" —aquí viene una vez más— "os rebelasteis contra mi orden en las aguas de Meriba. Toma a Aarón y a su hijo Eleazar y tráelos al monte Hor. Y quita a Aarón sus vestidos y ponlos sobre su hijo Eleazar. Entonces Aarón será reunido a su pueblo; morirá allí." Moisés hizo tal como el Señor le ordenó, y subieron al monte Hor ante los ojos de toda la congregación. Y después que Moisés le quitó a Aarón sus vestidos y se los puso a su hijo Eleazar, Aarón murió allí sobre la cumbre del monte, y Moisés y Eleazar descendieron del monte. Cuando toda la congregación vio que Aarón había muerto, toda la casa de Israel lloró a Aarón por treinta días.

Tienes que ponerte en los zapatos de Moisés. "Acabo de enterrar a mi hermana Miriam, mi compañera de cuarenta años. He podido oír de parte de Dios que no voy a entrar a la tierra prometida. Y ahora Dios me pide que suba al monte Hor con Eleazar, y cuando estoy allá arriba, que le quite la vestimenta a Aarón." Uno de los comentaristas decía que en el lenguaje hebreo da la impresión que la forma como esta vestimenta iba a ser quitada era una forma como de deshonrarlo, y colocarla sobre Eleazar, su hijo. Y ahora yo y mi sobrino tenemos que cavar en el monte una tumba para mi hermano que me ha acompañado por cuarenta años, enterrarlo y bajar dos cuando habíamos subido tres al monte. ¿Te imaginas lo que esto representa para Moisés?

Pero Dios le recuerda a Aarón antes de morir, y a Moisés una vez más, la razón por la que está enterrando a tu hermano es esta: "Vosotros os rebelasteis contra mi orden en las aguas de Meriba." En otras palabras, lo que hiciste no fueron mis órdenes.

¿Y cómo traigo eso a mi vida, entonces? Aquí están sus órdenes. Y de la misma manera que Moisés no siguió sus órdenes, cada vez que yo sé cuál es la orden que aquí aparece y no la sigo, me estoy rebelando contra su orden. Y la rebelión no es poca cosa para Dios. La rebelión es, en su connotación, algo que tiene una repercusión significativa para Dios.

Con la muerte de Aarón comenzaba a cerrarse una era. La muerte de Miriam y la muerte de Aarón estaban sellando y certificando que lo que Dios había dicho era cierto: que de aquellos que salieron de Egipto con veinte años o más, ninguno entraría a la tierra prometida. Aarón le llevaba como tres años a Moisés. Moisés murió de ciento veinte años unos meses más adelante, de manera que Aarón murió de ciento veintitrés años. Quizás él y Miriam eran de los últimos que quedaban que salieron de Egipto con veinte años o más. Y aquí se está cerrando una era.

Aquí hay varias enseñanzas, aparte de la que ya vimos, que nosotros necesitamos recordar para nuestro caminar día a día. Es que la desobediencia es seria para Dios. La desobediencia una vez más es insubordinación, que la insubordinación es rebelión, y que rebelión es desafiar el señorío de Cristo en un área de mi vida sobre la cual yo quiero continuar teniendo control. No importa si esa área de mi vida es finanzas, si son amores, si son relaciones, si es mi ministerio, si es mi trabajo, pero cuando no hago lo que Dios entiende que yo debo hacer y yo sé que eso es lo que debo hacer, eso es desafiar Su señorío en esa área, y eso Dios no lo tolera en lo más mínimo.

Es preferible la otra enseñanza: aceptar con agradecimiento las decisiones de Dios, sean sus consecuencias, que rebelarnos contra ellas. Tú no escuchas de los labios de Moisés una rebelión en contra de la decisión de que no va a entrar a la tierra prometida. Una petición sí, una súplica ya intensa sí, pero no una queja. Tú no escuchas de los labios de Moisés una queja de: "¿Por qué Tú me pides que entierre a mi hermano? Acabo de enterrar a mi hermana". Tú no escuchas nada de eso, porque Moisés entendía que las decisiones de Dios, aun aquellas que tienen que ver con sus consecuencias, son santas y justas. Escuchen esas dos palabras: santas y justas, merecidas, y deben ser aceptadas.

Como consecuencias que aprendemos del texto también, que el pecado de un solo día, de una sola ocasión, de un solo evento, puede costarme a mí todo lo que he acumulado en mi caminar cristiano. Cuarenta años de fidelidad, cuarenta años de servicio, cuarenta años de obediencia, cuarenta años de oír, de hablar con Dios cara a cara, esfumados en unos dos minutos de desobediencia.

Pero esa es la historia. Esa es la historia del hombre. Esa es la historia de Lucifer, creado el ser más hermoso, y en un solo momento él perdió la gloria. Esa es la historia de Adán, creado para representar a Dios, y en una sola decisión, en una sola mordida, perdió la presencia de Dios. La historia de David, en un solo acto de lujuria perdió el corazón conforme a la imagen de Dios. Esa es la historia de Uzías, el rey, que caminó con Dios, que hizo lo bueno delante de Dios. En sus últimos días de vida entró al templo e hizo lo impensable: ofreció sacrificio. Quedó lleno de lepra, expulsado del pueblo, y quedó fuera del pueblo por el resto de su vida, en una sola decisión.

Eso nos debe llenar a nosotros de recogimiento, de reflexión, y realmente pensar lo serio que es desobedecer las órdenes de Dios. Y realmente, la decisión de un momento en el ahora cuenta para siempre. Y que nosotros, que hemos tenido una gran luz, nosotros que hemos sido expuestos, esta generación que tenemos la habilidad de oír sermones en la radio, en el internet, en la televisión, que tenemos la habilidad de leer libros y libros y libros de grandes autores y héroes de la fe, ¿qué hemos sido? Iluminados y requeteiluminados. Tenemos menos excusa cuando pecamos y tendremos más reprensión cuando nos caigamos.

Este es un momento triste en la vida de Moisés. No solamente fue triste para mí. Verán eso: lo había leído más de una vez, yo he estado en este pasaje más de una vez, pero habían estado en el desierto a través de esta serie por más de un año cuando llegué a este pasaje. Se me llenaron los ojos de lágrimas de pensar no solo que a Moisés le ocurrió esto. A mí me hubiera ocurrido lo mismo, excepto en el año uno o dos o tres o cuatro, no sé, pero no creo que hubiese llegado al año cuarenta. Pero estos cuarenta años desgastaron el espíritu de confianza de Moisés.

Uno de los comentaristas especulaba que quizás, y esto es pura especulación, pero es posible, que quizás a Moisés le molestó que en esta ocasión, cuando el pueblo se quejó de la manera que se quejó, que Dios no se llevó doscientas o trescientas personas como acostumbraba a hacerlo en otras ocasiones. ¿Quién le daba el agua? Le daba lo que pedían, pero se llevaba un grupo primero. Y yo no sé si es verdad, pero después de cuarenta años de oír a esta gente tú puedes casi sentir en la carne el deseo: "Como no, no solamente el del agua, llévate algunos". El texto no dice nada de eso, pero eso es posible en nuestra carne.

Yo creo que hay una enseñanza monumental, que cuando comencemos a hablarla va a ser tan obvia, y sin embargo probablemente es pasada por alto en la mayoría de los casos. Yo creo que esto es lo que Dios quiere enseñarnos. Aarón era un representante del sacerdocio de Cristo. Moisés viene como representante también, pero como profeta y líder del pueblo.

Recuerden que esta historia, dijimos en el primer mensaje de esta serie, representa la historia de nuestra redención, excepto que aquello era como un símbolo que apuntaba hacia algo espiritual. La redención del pueblo judío de la esclavitud, a través del desierto, hasta llegar a la tierra prometida, esa es nuestra historia. Cuando somos removidos de la esclavitud del pecado, a través de mi vida hasta entrar en gloria, esa es la historia.

Pero Moisés y Aarón, que fueron elegidos como líderes del pueblo para hacer precisamente eso, sacar al pueblo y llevarlo a la tierra prometida y darle reposo, fueron incapaces como líderes de llegar hasta allá. Se quedaron cortos de la gloria de Dios. Y ahí está la enseñanza. No solamente que todos nosotros nos hemos quedado cortos de la gloria de Dios, todo líder humano se ha quedado corto de la gloria de Dios, con la excepción del Dios hecho hombre. Que el único líder que ha calificado desde el principio hasta el final para ayudarnos a entrar es Su propio Hijo. Porque para Dios es muy importante cómo yo comienzo, cómo yo termino. Moisés quizás comenzó bien, y aun así ni tan bien comenzó, matando a un egipcio, y tampoco terminó bien. Pero Cristo comenzó sin pecado y terminó sin pecado. Aarón tipifica el sacerdocio de Cristo, pero no llenó los requisitos. Moisés tipifica la función profética de Cristo, pero no llenó los requisitos.

Comparemos al final ya de este mensaje, comparemos estos personajes para que nosotros veamos qué tipo de líder tú y yo necesitamos. Moisés, no hay duda que fue un protegido de Dios, en una canasta en medio de las aguas del Nilo, salvado de las aguas. Cristo fue concebido por una virgen. ¿Cuál de esos dos milagros es mayor? Moisés produjo la muerte con su vara y su confianza en Dios de todos los primogénitos de Egipto. Cuando Cristo vino, Él levanta de la muerte a la hija de Jairo, a Lázaro. ¿Quién es mayor? ¿El que es capaz de dar muerte o el que es capaz de dar vida?

Moisés ciertamente se enfrentó a Faraón solamente con una vara en la mano. Cristo se enfrentó a Faraón, a Satanás, solamente con la Palabra de Dios en Sus labios, y le venció. Moisés trajo redención a un pueblo, el pueblo judío. Cristo trajo redención a gente de cada pueblo y de cada nación y de cada linaje, de cada lenguaje. Moisés liberó al pueblo de la esclavitud física. Cristo vino a liberar, no a un pueblo y no de la esclavitud física, vino a liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado.

Moisés subió al monte, y estando en el monte, la gloria de Dios se reflejó sobre su rostro. Cristo subió al monte también, al monte de la satisfiguración, pero la gloria de Dios no se reflejó sobre Él: Él era la gloria de Dios. Y ese día Dios le concedió a Moisés la petición de su corazón. A manera de paréntesis ahora: el día en que Cristo fue transfigurado, Dios le concedió a Moisés la petición de su corazón. Porque Moisés y Elías bajaron y descendieron, y Moisés puso pie en la tierra prometida donde Cristo estaba, en el monte de la transfiguración.

Moisés le dio de comer pan a más de dos millones de personas. Cristo vino y dijo: "Yo soy el pan". Aquellas personas que comieron el maná por cuarenta años, todas perecieron después de haber comido maná por cuarenta años. Cristo viene y dice: "El que come de Mi pan no morirá y tendrá vida eterna". Moisés le dio de beber agua al pueblo golpeando la roca. Cuando Cristo vino, Él dice: "Yo soy la Roca, Yo soy el Agua. Yo soy la Roca de tu salvación y soy el Agua Viva que puede limpiarte".

Quizás el clímax de esta comparación es cuando Moisés, en su benevolencia, ciertamente que tenía un corazón grande, va y se ofrece a Dios cuando Dios estaba tratando de eliminar a toda la nación, y Moisés le dice: "Yo me ofrezco. Mátame a mí mejor, Dios. Yo me ofrezco en sacrificio por la nación". Pero Dios no le tomó la ofrenda, obviamente, porque Moisés no calificaba. Pero cuando Cristo vino, Él viene y se ofrece por el pecado, no del pueblo judío, de toda la humanidad. Y Dios le aceptó la ofrenda, porque solamente la ofreció sin pecado y sin mancha. Moisés fue grande delante de Dios, es el punto que Dios lo enterró, pero a Cristo Dios no lo enterró, Dios lo levantó de entre los muertos. ¿Cuál es mayor de esas dos acciones? ¿El entierro o la resurrección?

Si piensas en Aarón, el representante del sacerdocio, ofrecía sacrificios a diario a favor del pecado del pueblo. Cristo viene y hace un sacrificio una sola vez, y fue suficiente para el pecado de la humanidad. Aarón entraba una vez al año al lugar santísimo. Cristo entró al reino de los cielos una sola vez, no anual, una sola vez, y para siempre eso fue suficiente. Aarón ofrecía la sangre de los machos cabríos y de las ovejas, que nunca pudieron calmar la conciencia del pecador. Cristo ofreció Su propia sangre, que ha calmado la conciencia de cada pecador que ha venido delante de Él con corazón contrito y humillado.

El autor de Hebreos lo dice de esta manera en el capítulo 9, versículos 24 y 25: "Porque Cristo no entró en un lugar santo hecho por manos, una representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora en la presencia de Dios por nosotros; y no para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote entra al lugar santísimo cada año con sangre ajena."

Ellos no pudieron, y esa es la enseñanza: nadie puede entrar a la presencia de Dios sino es por Cristo. Moisés no pudo, Aarón no pudo. Todos han quedado cortos de la gloria de Dios. Tú y yo necesitamos un mejor líder que Moisés. Necesitamos un mejor sacerdote que Aarón. Necesitamos un líder que no se canse de nosotros, que no nos deje en el desierto. Necesitamos un líder que no pierda los estribos contra nosotros. Necesitamos un líder que un día no pierda tanto la razón que le ofrezca sacrificios a un becerro de oro, como Aarón hizo. Necesitamos un líder que pueda tener compasión con nosotros, que no se frustre con nosotros. Necesitamos un líder que en el peor momento no desobedezca al Padre en un arranque de ira. Y ese líder es su Hijo, y solo su Hijo.

Parece que solamente su Hijo ha calificado, y es la razón por la que muchos se quedarán fuera. Porque siendo Cristo la única puerta de entrada —"Yo soy la puerta", el único camino— muchos pretenden entrar no por la puerta, sino por otro lugar, a quienes Jesús llamó en Juan 10 ladrones y salteadores: "Todo aquel que intenta entrar por otro lugar que no sea por mí, que soy la puerta..."

Esa es la razón por la que tú estás en necesidad de alguien que pueda compadecerse de ti y de mí en nuestros pecados. Si tú estás aquí, estás aquí porque Dios te trajo. Si le conoces, Dios nos ha dejado grandes enseñanzas en este pasaje de lo serio que es desobedecerle y lo costoso que puede ser un solo acto de desobediencia en un solo día. Quizás tú no vas a perder tu salvación, porque tu salvación está garantizada desde el momento en que tú verdaderamente le recibes. Pero cuántos momentos de privilegio quizás has perdido por haber deshonrado a Dios en privado o en público. O cuántos momentos de quietud, de paz, de visitación, de la presencia de Dios habrás perdido porque ante otros le deshonraste.

O cuántos de los eventos de la gloria de Dios, de los propósitos de Dios, en cuántos de ellos no podré entrar en mi vida porque un día le deshonré y Dios me dijo: "Porque delante de mi pueblo no me trataste como santo." O porque delante de tus hijos, como padre, no me trataste como santo. O pastor, porque delante de la congregación, delante de tus propias ovejas, no me trataste como santo. Porque te dije cómo caminar y no me creíste. Porque te dije "no camines" y "estate quieto en ese lugar" y no me creíste. Tu pecado de incredulidad no te impedirá entrar al reino de los cielos, pero te ha impedido entrar en mis momentos de quietud, de reposo y de paz. Y vives intranquilo.

Si no le conoces, ya has venido, has venido porque Dios te trajo. Y si Dios te trajo, es porque Él quería que entendieras que hay un solo camino, hay una sola forma, hay una sola persona, hay un solo líder que te puede dar entrada al reino de los cielos. No puedes entrar con pecado. Moisés no pudo entrar a la tierra prometida porque pecó, y esa es la historia. Tú y yo no podemos entrar a la presencia de Dios con pecado. Escucha esto: la única manera en que tú puedes ser aceptado en el reino de los cielos es si Dios te considera completamente puro. Y la única forma de tú y yo lograr eso es que tú y yo nos hayamos humillado delante de Cristo, le hayamos entregado nuestros pecados, y que Él, en su benevolencia y misericordia, nos haya entregado su santidad. Y que cuando Dios Padre me vea, me quiera aceptar la santidad de Cristo como si fuera mía, para yo poder entrar al reino de los cielos.

Y solamente Cristo hace eso cuando yo, con un corazón contrito y humillado, doble mis rodillas, confiese mis pecados, le entregue mi vida, le proclame Señor y Salvador, con la intención expresa de que de ese momento en adelante yo dejaré de vivir para mí y comenzaré a vivir para Él.

Yo te voy a guiar en una oración ahora, pero escúchame bien. Porque mientras más vivo, mientras más leo la Palabra, mientras más creo escuchar a Dios, mejor entiendo esto de la decisión que hay que hacer para Dios. Si la forma en que vas a pedir perdón de tus pecados y cómo le vas a confesar como Señor y Salvador no incluye la intención expresa de tu corazón de que de este momento en adelante vas a dejar de vivir para ti para vivir para Él, no hagas la oración. Porque eso es lo que resulta en lo que hemos conocido como profesiones de fe verbales. La genuina implica eso e implica una intención de mi corazón: que ya estoy harto de mi vida, estoy cansado de guiarme a mí mismo, estoy harto de conducirme, y que yo entiendo que ya otro tiene que hacerlo, y que Jesús es ese otro, y que yo renuncio al control sobre mi vida.

Si tú tienes esa intención expresa en tu corazón, ahí donde estás, entre tú y Dios, yo quiero guiarte en esta oración. Él te va a escuchar. Tú puedes decirle: "Señor, perdóname por mis pecados. Yo sé que son muchos. Tú los conoces y son grandes, tan grandes que solamente caben bajo tu cruz. Yo voy delante de ti, te pido perdón por la sangre que en esa cruz Tú derramaste. Te pido que me limpies. Te entrego mis pecados y te pido que me des tu santidad. Por eso yo tengo la intención expresa en este momento de renunciar a mi vida, a mi control, al señorío que he tenido sobre mi vida, para recibir el tuyo. Yo recibo tu señorío, y de esa manera te proclamo Señor y Salvador en mi vida. Te prometo, Dios, en este día, comenzar a caminar en tu dirección, conforme a tus propósitos. Y te pido que me des cada día más luz para tropezar menos. Y ahora que me has limpiado, ahora soy libre. Te quiero decir, Dios, gracias, que me has libertado de la esclavitud del pecado, y ahora voluntariamente quiero ser esclavo tuyo por amor. En tu nombre, amén."

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.