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Sermones

Llegamos... 40 años y 600,000 muertos después

Miguel Núñez 30 marzo, 2008

Después de cuarenta años en el desierto y más de seiscientos mil muertos, una nueva generación de Israel está finalmente a las puertas de la tierra prometida. Moisés sube solo al monte Nebo, contempla desde lejos lo que nunca pisará, y muere en plena salud porque Dios había terminado el propósito de su vida. Su tumba permanece oculta hasta hoy: Dios conoce la tendencia humana a idolatrar las criaturas antes que al Creador.

Moisés representa la libertad, pero no pudo entrar a la tierra porque falló en cumplir la misma ley que lleva su nombre. Cuando golpeó la roca en lugar de hablarle, perdió el privilegio. Adán mordió una fruta y perdió el Edén; David tomó lo prohibido y perdió a su hijo. Toda violación significativa de la santidad de Dios trae pérdida de privilegios. Sin embargo, la grandeza de Moisés resplandece en su humildad, su intercesión incansable por un pueblo rebelde, y su preocupación constante por la gloria de Dios antes que por su propio bienestar.

La transición es inmediata: termina el duelo de treinta días y Josué, lleno del Espíritu, recibe el mando. Dios le repite tres veces: "Esfuérzate y sé valiente". Las aguas del Jordán no se abrirán hasta que los pies de los sacerdotes se mojen. Hay obstáculos que Dios no removerá hasta que la obediencia esté en marcha. La tierra prometida espera, pero requiere consagración: dejar de este lado del Jordán los hábitos, las formas de vivir y pensar que pertenecen al desierto.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Éxodo 34, comenzando en el versículo 1: "Y subió Moisés desde la llanura de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está frente a Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra, Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental, el Neguev y la llanura del Valle de Jericó, la ciudad de las palmeras hasta Zoar". Entonces le dijo el Señor: "Esta es la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: 'Yo la daré a tu descendencia'. Te he permitido verla con tus ojos, pero no pasarás a ella".

"Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor, y Él lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor, pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura". Aunque Moisés tenía 120 años cuando murió, no se habían apagado sus ojos, ni había perdido su vigor. Y los hijos de Israel lloraron a Moisés por 30 días en la llanura de Moab; así se cumplieron los días de llanto y duelo por Moisés.

Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él, y los hijos de Israel escucharon e hicieron tal como el Señor había mandado a Moisés. Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara. Nadie como él, por todas las señales y prodigios que el Señor le mandó hacer en la tierra de Egipto, contra Faraón, contra todos sus siervos y contra toda su tierra, y por la mano poderosa y por todos los hechos grandiosos y terribles que Moisés realizó ante los ojos de todo Israel.

Continúen con los próximos dos versículos del libro de Josué: "Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés, diciendo: 'Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel'".

Recuerden cómo en nuestro mensaje anterior habíamos mencionado que Dios había instruido a Moisés a que ungiera a Josué como el próximo líder que iba a continuar con el pueblo, y que iba a hacer posible lo que Moisés no pudo hacer: entrar al pueblo a la tierra prometida. Si Moisés ciertamente representa, o es el símbolo de la libertad, Josué sin lugar a duda es el símbolo de la victoria. Una vez más, para aquellos que como yo nos confundimos: Moisés es el símbolo de la libertad, quien saca al pueblo al desierto; Josué es el símbolo de la victoria, quien entra al pueblo a la tierra prometida.

Ninguno de los dos pudo hacer ambas cosas. Solamente Cristo ha podido sacarnos a nosotros de la esclavitud del pecado y entrarnos a la presencia de Su gloria por Sus méritos, a través de Su vida y del sacrificio ofrecido en la cruz. Y eso es precisamente la razón por la que Cristo tuvo que venir, porque aunque Josué era un tipo del Cristo que había de venir, entrando al pueblo a la tierra prometida, y Moisés era otro tipo, el único que pudo cumplir ciertamente con la misma ley de Moisés fue el Hijo de Dios que hoy conocemos como Jesús.

El texto que yo leí, yo creo que en gran medida representa uno de los momentos más tristes del pueblo de Israel. La nueva generación, la generación que está a punto de ser, la generación que está frente al Jordán y que está a punto de entrar a la tierra prometida, es la generación que tiene que decirle adiós a Moisés, la generación que más nunca lo va a volver a ver después de este momento. Y así mismo yo creo que Moisés, al subir al monte Nebo, que subió por sí solo como Dios le instruyó, porque nadie estaba supuesto a ver el lugar donde Dios iba a enterrar a Moisés, tuvo también un momento combinado de tristeza y de gozo.

De tristeza porque iba a dejar de ver para siempre al pueblo que amó por 40 años a pesar de su pecado. De tristeza porque Moisés iba a poder contemplar la tierra —como en efecto lo hizo— desde lejos, pero no iba a poder entrar. Pero un momento de gran gozo yo creo, porque Moisés sabía que una vez que él pasara de este mundo al próximo, iba a tener realizado el sueño de su vida: ver a Dios cara a cara.

Recordemos cómo en el libro de Éxodo, capítulo 33, Moisés le dice a Dios: "Muéstrame tu gloria, muéstrame tu rostro". Y Dios le dice: "Nadie puede ver mi rostro y vivir". Y el sueño de Moisés toda la vida era vivir en la presencia de Dios, consumido por Su presencia, vivir en la presencia de Su rostro, de Su gloria. Y Moisés estaba a punto de entrar precisamente y ver lo que él soñó todos sus años.

Es raro que creyentes de Dios, nacidos de nuevo, tengan un deseo consumidor por la presencia de Dios como Moisés lo tuvo. Yo creo que muchos de nosotros decimos: "Sí, yo quisiera; sí, yo estoy de acuerdo; sí, yo se lo pido a Dios". Pero ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a hacer los ajustes necesarios para vivir en la presencia de Dios? ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a hacer los ajustes que tengamos que hacer para disfrutar las bendiciones de Su presencia y, en un nuevo sentido espiritual, poder relacionarnos cara a cara de este lado de la gloria?

Moisés ese día que él murió, vio realizado su sueño. Él subió al monte Nebo. Desde allí Dios le mostró y le dice: "Esta es la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: 'Yo la daré a tu descendencia'. Te he permitido verla con tus ojos, pero no pasarás a ella". En Su misericordia, Dios le permite a Moisés ver la tierra; pero en Su justicia, Dios le impide entrar a la tierra.

Recordemos cómo Moisés, en un momento dado, pierde los estribos y, en vez de hablarle a la roca como Dios le ordenó, Moisés golpea la roca dos veces, le habla al pueblo en ira, y ese día Moisés perdió el privilegio de entrar a la tierra prometida. Y hay una gran lección: nosotros no podemos violentar significativamente la santidad de Dios, la ley de Dios, sin que haya pérdidas de privilegios. Moisés violentó Su ley, Su santidad, y perdió el privilegio de entrar a la tierra prometida.

Adán le dio una sola mordida a una fruta y perdió el privilegio de permanecer en el jardín del Edén, que representaba la morada de Dios, la presencia de Dios cara a cara, como representante de Dios; simplemente porque mordió una fruta prohibida. Y David mordió otra fruta prohibida y perdió el privilegio de ver a su hijo nacer vivo y crecer. Nosotros necesitamos recordar que toda violación significativa de la ley de Dios, de la santidad de Dios, va acompañada de pérdidas de privilegios.

Y cuando Dios decide interrumpir mis privilegios, nosotros, en vez de rebelarnos contra Dios, debiéramos tener una actitud de aceptación, reconociendo que lo que Dios hace es justo, es bueno, es agradable y es perfecto, como lo declara Su palabra. Y mientras más aceptación yo tengo de las consecuencias que Dios quiera imponer a mi vida, mejor será el resto de los días que me quedan de vivir con Él.

"Y allí murió Moisés", dice el versículo 5, "siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor, y Él lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor, pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura". Dios conoce el corazón idólatra del ser humano. Dios conoce que el pueblo de Moisés, que en el desierto se atrevió a adorar la serpiente de bronce que Moisés había hecho, es el pueblo que ha dado origen a estos hijos que van a entrar a la tierra prometida, y que si idolatraron y adoraron a la serpiente de bronce, de esa misma manera idolatrarían a Moisés si ellos hubiesen conocido el lugar de su sepultura.

El libro de Judas nos dice cómo el arcángel Miguel contendió por el cuerpo de Moisés, de tal forma que, aunque no se nos dan detalles, se nos deja entrever que de alguna manera Satanás hubiese querido poder construir un altar a Moisés, desviar la atención del pueblo para que el pueblo hubiese podido idolatrar, adorar y orarle a Moisés antes que a Dios. Dios conoce muy bien la tendencia del corazón humano, que tiene una inclinación natural a adorar siempre a las criaturas antes que al Creador.

¡Cuánta gente, quizás muchas veces por ignorancia, no le ora a sus familiares pensando que ellos pueden interceder por nosotros, contrario a lo que la palabra de Dios ordena! ¡Cuántas personas no le oran a intermediarios, a santos, se arrodillan, veneran imágenes, contrario a lo que el segundo mandamiento de la ley de Dios ordena! Dios conoce que nosotros, hombres caídos, tenemos siempre la inclinación de adorar primero a la criatura antes que al Creador.

"Aunque Moisés tenía 120 años cuando murió", dice el texto, "no se habían apagado sus ojos, ni había perdido su vigor". En otras palabras, Moisés no muere de enfermedad. Moisés no muere porque había una deficiencia en alguno de sus órganos. Moisés no muere como la mayoría de nosotros muere, debido a una disfuncionalidad de un órgano —pudiera ser el corazón, el cerebro, los pulmones, una combinación de años, los riñones—. No. Moisés muere en salud por una razón: Dios había terminado el propósito de su vida.

Como Moisés, nosotros somos criaturas suyas, hechos en Cristo Jesús, preparados para hacer buenas obras que Dios preparó de antemano, dice Su palabra. Y cuando yo termino de vivir mi propósito, para el cual yo fui creado, cuando termino de vivir esas obras que Dios preparó de antemano, Dios me llama a Su presencia. Y mientras más consciente yo estoy de esa realidad, menos apegado a esta vida yo vivo, más realista soy con relación al día en que yo voy a ser llamado, y más realista voy a ser con relación a la manera como debo vivir mi vida.

Moisés quizás tuvo tristeza de dejar al pueblo que él amó, pero Moisés no tuvo tristeza de perder su vida, reconociendo que si Dios había terminado con él, era tiempo entonces de que Moisés terminara con el pueblo. Cumplido el propósito, cumplido el tiempo de vida que Dios me ha dado, Moisés muere precisamente por esa realidad. La tierra prometida no es más que un símbolo.

La tierra prometida es sombra de lo que había de venir, como el libro de Hebreos nos dice. Es un símbolo de la gloria prometida; el reposo de la tierra prometida tipifica el reposo de la gloria prometida en el día de mañana. De esa misma forma, Moisés, como libertador, quiso entrar al pueblo a la tierra prometida, pero no pudo, porque él falló en el cumplimiento de la ley misma que lleva su nombre. Y esa es la razón por la que tú y yo necesitamos a Cristo, porque nadie puede cumplir la ley de Dios. La única persona que nos puede entrar a su gloria es Cristo, porque Él fue el único que calificó precisamente para llenar a cabalidad la ley de Dios.

Pero Cristo y Moisés tienen una gran diferencia. Escúchelo, que Matthew Henry dice en uno de sus comentarios: la vida de Moisés termina en las inmediaciones de Moab, pero Cristo tuvo una mejor vida y al final termina sentado a la diestra del Padre. El gobierno de Moisés terminó después de cuarenta años, pero el gobierno de Jesús sabemos que no tendrá fin.

Yo creo que al final de esta serie —este es el último mensaje— vale la pena detenernos un poco a ver las lecciones que nosotros podemos aprender de la vida de este hombre que fue, y sigue siendo, el líder más grande que el pueblo de Israel haya tenido. Un hombre que sobresalió como líder, grande como dador y promulgador de la ley, grande como soldado, como consejero, como siervo, como intercesor, como profeta. Fue un hombre fuera de serie, como diríamos hoy.

Si lo piensa solo como líder, fue extraordinario: capaz de tomar a más de dos millones de personas de la esclavitud de Egipto, sacarlos al desierto y liderarlos por más de cuarenta años con un corazón rebelde como el que tenían. Si lo mira como legislador o dador de la ley, la relación entre Moisés y la ley que él promulgó es tan extraordinaria que aun en el Nuevo Testamento, el mismo Cristo, cuando abre sus labios, se refiere a la ley de Dios como la ley de Moisés, reconociendo que Dios lo usó en la promulgación de esta ley de una manera extraordinaria. Si lo mira como soldado, no hubo nunca una guerra a la que Moisés fuera, que él liderara, y que Moisés perdiera.

Si lo mira como consejero, una paciencia incalculable. Era el hombre capaz de sentarse desde la salida del sol hasta la puesta del sol, día tras día, a escuchar las quejas y los requerimientos del pueblo, sin nunca perder su paciencia y sin nunca perder el corazón pastoral que siempre le caracterizó. Si lo mira como siervo, repetitivamente Dios habla —incluyendo en el texto de hoy— de "Moisés, mi siervo", de una manera íntima. El libro de Números, capítulo 12, versículo 3, dice que Moisés era el siervo más humilde sobre la faz de la tierra, que no había otro en toda la tierra con la humildad de Moisés.

Si lo mira como profeta, incomparable. Escucha lo que el texto de hoy, que yo ya leí, dice hacia el final, los versículos 10 al 12: "Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara; nadie como él por todas las señales y prodigios que el Señor le mandó a hacer en la tierra de Egipto contra Faraón, contra todo su siervo y contra toda su tierra, y por la mano poderosa y por todos los hechos grandiosos y terribles que Moisés realizó ante los ojos de todo Israel." De hecho, el libro de Deuteronomio, capítulo 18, a partir del versículo 18, habla de que en aquel día —refiriéndose a Cristo, el Cristo que vendría— Dios le dice a Moisés: "Yo levantaré un profeta como tú, y pondré mis palabras en sus labios, y él hablará mi voluntad." Moisés era un tipo del Cristo que había de venir. Como profeta incomparable, Dios mismo dice: con los demás profetas yo hablaba a través de sueños y visiones, pero de este, mi siervo, yo he hablado cara a cara.

Si lo mira como intercesor, extraordinario. Raramente tú escucharás en cuarenta años de historia que la Palabra diga que Dios no escuchó las palabras de Moisés. En dos ocasiones solamente: una, cuando Dios estaba presto a eliminar al pueblo por su pecaminosidad y Moisés interfiere y le pide a Dios que no lo destruya. Dios escucha esa parte de su oración, pero Moisés se ofrece y le dice: "Quítame a mí la vida mejor y perdónalos a ellos." Dios, obviamente, no iba a escuchar esa petición, porque solamente Cristo llenaba los requisitos para ofrecer la vida en perdón del pecado del pueblo. La segunda vez que Dios no le escuchó es cuando Moisés intercede ante Dios para que Dios le permitiera entrar a la tierra prometida. El resto de las ocasiones, la frase repetitiva es esta: "Y escuchó Dios las palabras de Moisés… y escuchó Dios las palabras de Moisés… y escuchó Dios las palabras de Moisés."

De hecho, en el libro de Jeremías, capítulo 15, versículo 1, hay un pasaje donde Dios indirectamente hace relación al hecho de que Samuel y Moisés tenían una habilidad de orar y relacionarse con Él extraordinaria. Dios dice en ese pasaje: "Aunque aquí estuvieran Samuel y Moisés intercediendo a favor del pueblo, yo no perdonaría al pueblo." En otras palabras, Dios dice: aunque estuvieran estos dos gigantes de la intercesión, si estuvieran aquí yo no los oiría tampoco. Ahí hay un reconocimiento de la grandeza de Moisés como intercesor. Pero recuerda que Moisés tipifica a Cristo, nuestro intercesor; Moisés tipifica al que está asentado a la diestra del Padre intercediendo por ti y por mí, si tú le conoces de manera personal.

Si tú miras a Moisés como legislador una vez más, no solamente la grandeza de la relación entre él y la ley que toma su propio nombre, sino el celo de Moisés: el celo no solamente de promulgar la ley, sino de hacerla pasar con precisión exacta conforme a lo que Dios le había comunicado; y no solamente el celo por transmitirla, sino el celo por cumplirla y hacerla cumplir. Ese es Moisés, el que en un momento dado, cuando Dios le quita la vida a los dos hijos de Aarón su hermano en medio de una experiencia de adoración, por haber ofrecido a Dios fuego extraño, defiende el derecho que Dios tiene de haberles quitado la vida delante de su hermano, y lo hace con tanta autoridad que le dice a Aarón: "Tú sabes lo que Dios ha dicho, que delante de su pueblo Él ha de ser tratado como Santo." Aarón siente la autoridad de Moisés y el texto dice que Aarón calló, no pronunció palabras. Moisés, el legislador, no solamente tenía una pasión por transmitir la ley, sino por hacerla cumplir todo el tiempo.

La preocupación de Moisés no era solamente por no sufrir las consecuencias del pecado. Continuamente él tenía una preocupación por el nombre de Dios, por la gloria de Dios: "¿Qué van a decir los pueblos paganos de tu nombre?" Por la reivindicación del nombre de Dios, algo que muchas veces nosotros no vemos. Nosotros vivimos muchas veces tratando de cumplir la ley de Dios simplemente por miedo a las consecuencias, lo que hace pecaminosa mi obediencia, porque tengo una obediencia interesada; mi único interés es salvarme el pellejo. ¿Saben lo que es eso? Que nosotros somos capaces de volver pecaminosa a la obediencia. Moisés no era de ese tipo; el interés de Moisés no era por no sufrir las consecuencias. El interés de Moisés era: el nombre de Dios va a ser manchado, la gloria de Dios va a ser disminuida ante los ojos de los hombres. Y continuamente él estaba preocupado por eso.

¡Cuántas veces no hemos oído —quizás usted lo ha oído, quizás usted lo ha dicho, y si lo ha dicho quizás tiene que ir a arrepentirse—: "Pero ya, ¿por eso voy a perder mi salvación?" O sea, ¿ese es tu único interés? Como el que está tomando un examen y dice: "Con eso yo paso." O sea, ¿tu único interés, después de que Dios dio su vida en la cruz por ti, es que tú no te pierdas en el infierno? ¿Mientras tanto no tienes ningún interés por reflejar la gloria de Dios, su santidad, por defenderla, por expresarla, por proclamarla, por exaltarla? Eso no fue la manera como Moisés vivió. Él estuvo interesado todo el tiempo en que el nombre de Dios y su reputación no fueran manchados por el pecado.

Como intercesor, ya mencionamos lo increíble que fue la actitud intercesora de Moisés. De entre todo lo que a mí siempre me ha llamado la atención de este hombre, es su corazón como intercesor. Durante cuarenta años Moisés lideró un pueblo rebelde. En su rebelión, el pueblo se quejó una y otra vez contra Moisés; los líderes se quejaron contra Moisés; Aarón su hermano y María su hermana, en una ocasión, cuestionaron a Moisés. Vivió cuarenta años con ese pueblo y todo el tiempo nunca perdió su amor incondicional por el pueblo pecador que se quejaba continuamente contra él. Ni una sola vez tú escuchas de parte de Moisés el deseo de que Dios destruyera al pueblo. Al contrario, cuando Dios se levantaba para hacer justicia y reivindicar su santidad, ahí estaba Moisés delante de Dios intercediendo por el pueblo para que Dios no lo destruyera, porque estaba preocupado de que los paganos dijeran: "Este es el Dios que sacó a este pueblo para destruirlo en el desierto." A Moisés le preocupaba la reputación del nombre de Dios.

De manera que quizás nosotros en el día de hoy podamos comenzar a ganar un poco más de conciencia de lo que es la santidad de Dios, la santidad de su ley, la necesidad de representarla, de proclamarla, de respetarla, de tal manera que en el día de mañana podamos obedecerle de mejor manera. Cristo vino precisamente a hacer lo que nadie ha podido hacer: cumplir a cabalidad esa ley. No la vamos a cumplir a cabalidad, pero podemos hacer nuestro mejor esfuerzo por cumplirla. Cuando miras a Moisés como siervo una vez más, y hoy es Dios quien dice que no ha habido sobre la faz de la tierra un hombre más humilde que Moisés, ahora tú estás hablando de la verdadera humildad.

La verdadera humildad tiene ciertas características: la verdadera humildad atrae, la ausencia de humildad sustrae y la humildad falsa distrae. La verdadera humildad atrae, la ausencia de la humildad sustrae y la falsa humildad distrae. Tú no encuentras ese tipo de distracción en la vida de Moisés. Lo que tú encuentras es una dependencia absoluta de la voluntad de Dios.

Andrew Murray, en su libro acerca de la humildad y el sometimiento absoluto, dice que todas las obras de Juan Calvino pudieran resumirse en una sola frase: rendición absoluta a Dios. Y nosotros pudiéramos decir que toda la vida de Moisés pudiera resumirse en esa misma frase: rendición absoluta a Dios. Ahí radica la esencia de la humildad. La humildad es la que quiere obedecer, es la que no se quiere revelar, es la que se atreve a someterse y lo hace voluntariamente. La humildad es la que escucha, la humildad es la que está dispuesta a aprender, es enseñable.

El suegro de Moisés, Jetro, viene y habla con Moisés y le recomienda que no continúe aconsejando desde el comienzo del día hasta el final de la noche. Y tú no encuentras que Moisés le dice: "Jetro, yo soy el ungido, yo tengo el Espíritu, yo soy el líder de Dios." Él escuchó y puso en ejecución su recomendación. Moisés era enseñable, aceptaba recomendaciones, podía aprender de otro, y eso es lo que hace la humildad.

El orgullo es todo lo opuesto. El orgullo no es enseñable, el orgullo es el que critica y señala, el orgullo es el que condena, el orgullo es el que quiere hacer siempre lo que quiere hacer, cuando lo quiere hacer, de la manera en que lo quiere hacer. Eso no fue Moisés, esa no fue la manera en que él vivió.

Es la humildad que caracterizó la vida de Moisés la que hace que, cuando Josué viene preocupado corriendo donde Moisés y le dice: "Señor Moisés, hay dos personas profetizando en el campamento y no son de nosotros, y tú tampoco les has dado permiso," Moisés le dice: "Josué, ¿qué pasa? ¿Estás celoso por mí? Josué, ¿tienes celos por mí? Yo no tengo celos. Ojalá que el pueblo entero pudiera profetizar." La humildad habla de esa manera. El orgullo dice: "¿Profetizando quién? ¿Quién les dio permiso? ¿Dónde están? ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? Dame las iniciales por lo menos, tráelos acá." No, nada de eso es la vida de Moisés.

La humildad es la que está dispuesta a bajar; el orgullo es el que quiere subir. Por eso decía Spurgeon que mientras el yo más desciende, Cristo más se eleva, como ocurre —decía él— en una balanza: mientras un lado baja, el otro sube. Esa es la pregunta: ¿dónde estás tú en la balanza? Vamos a poner a Cristo a la mano derecha y el yo a la mano izquierda. La pregunta es si Cristo, a mi mano derecha, está arriba y el yo aquí abajo, o si está el yo aquí arriba y Cristo abajo, o, para no parecer tan villano, si estamos balanceados al mismo nivel. Nosotros necesitamos pesarnos en esa balanza. De verdad, yo necesito pesarme continuamente en esa balanza. Yo tengo que ver si la balanza se está desbalanceando.

Como alguien decía: el poder siempre es peligroso, a menos que se ponga en las manos de la humildad. Si hubo alguien que supo tener poder en sus manos, levantar un bastón y ver las aguas de todo un mar abrirse, si hubo alguien que supo tener el poder de Dios en su vida, fue Moisés. Y sin embargo, nunca lo viste con ánimo de creerse superior, de ser el único, de ser el mejor intercesor, de ser el mejor líder. Moisés simplemente pensó en vivir el propósito de Dios y vivir la presencia de Dios donde Dios lo llevara; el resto depende de Dios.

¿Dónde mejor ves la humildad de Moisés en el ejercicio del poder? Él tenía el poder, sin lugar a dudas, y aun así permaneció sometido a los propósitos de Dios. Es esa humildad la que hace que Moisés le dijera a Dios: "Señor, si tú no vas con nosotros, yo no quiero ir." Porque es el orgullo el que quiere ir siempre adelante. La humildad dice: "No, yo no quiero ir a ningún sitio a menos que Dios quiera ir primero. Yo me someto a sus propósitos, y si tú no quieres ir, yo tampoco." Esa es la humildad que vimos en la vida de Moisés.

No le estamos idolatrando; ya dijimos que él no pudo cumplir la ley, no pudo entrar. Solamente Cristo tiene la habilidad de hacer eso. Y al fin de cuentas, Moisés murió, pero no los propósitos de Dios. Vio el cielo, pero no el amo. Y como decía una vez más Matthew Henry: "Los obreros del Señor pueden morir, pero no la obra del Señor." Dios cambiará de manos para mostrar que, sean cuales sean los instrumentos que Él use, no está atado a ninguno de ellos.

Dios cambia de manos. De Moisés a Josué, para que entendamos que nosotros somos meros instrumentos y nada más. Si tú quieres verlo en el texto que yo leí hoy, nota —yo te lo voy a leer una vez más— dos versículos, el ocho y el nueve. La facilidad con que esos dos versículos pasan del duelo de Moisés a hablarnos del próximo líder que estaba lleno del Espíritu de Dios. Escúchalo una vez más: "Y los hijos de Israel —versículo ocho— lloraron a Moisés por treinta días en la llanura de Moab. Así se cumplieron los días de llanto y duelo por Moisés." Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría. Es como que nada pasó. Se acabó el duelo, y seguimos con Josué, claro, porque no es la historia de Moisés sino la historia de Dios. Él es el que hace historia, y Moisés tuvo una participación pequeña, insignificante, al lado de Dios dentro de la historia. Moisés muere, Josué se levanta. Continuamos la historia.

Es como que yo termine de predicar y, cuando yo termine diciendo "amén," haya un predicador que dice: "Buenos días, hermanos, hoy estamos aquí para hablarles," como que nada ha pasado y yo no he hablado. Así es la historia que continúa. El duelo de Moisés terminó y Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría. Y cuando tú terminas de leer el último versículo del capítulo 34 de Deuteronomio, el próximo libro —en algunas Biblias es pasando la página; en la mía ni eso, hay media pulgada de espacio— es el libro de Josué. Cuando tú comienzas a leer, inmediatamente dice: "Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué, hijo de Nun y ayudante de Moisés, diciendo: 'Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel.'"

Quizás yo fui un poco rápido, pero yo no sé cuántos de ustedes notaron la diferencia de cómo Dios llama a Moisés en este momento y cómo Él llama a Josué en este momento. Escúchalo una vez más: "Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué, hijo de Nun y ayudante de Moisés." No "siervo," sino "hijo de Nun y ayudante de Moisés." Josué no se ha ganado todavía el título de "Josué, mi siervo." Ese título lo va a ganar. Antes de que el libro cierre, en el capítulo 24, versículo 29, Dios dice: "Josué, hijo de Nun, mi siervo." Siervo del Señor, ahora sí. No te ganas el título de siervo de la noche a la mañana. Eso toma tiempo, toma un caminar, toma una obediencia, toma una sumisión, un sometimiento, una preocupación por la santidad de Dios, y de repente Dios comienza a llamarte: "Fulano, mi siervo."

Josué necesitaba comenzar a caminar con Dios, no al lado de Moisés. Antes era "el hijo de Nun, ayudante de Moisés." Al final de su historia, él es "Josué, hijo de Nun y siervo del Señor." Y Dios viene a Josué y le dice: "Josué, tengo dos ordenanzas principales para ti. Número uno: sé fuerte y valiente. Y número dos: no te despegues de este libro de la ley. No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda."

Tres veces en un párrafo, en una conversación relativamente corta, Dios le dice lo mismo. Josué 1:6: "Sé fuerte y valiente." Josué 1:7: "Sé fuerte y valiente." Y el versículo 9: "Sé fuerte y valiente." Algo estaba tratando Dios de comunicarle a Josué. Dios entendía algo que estaba en la mente de Josué, y que yo creo que hubiese estado en la mía si yo tuviera que calzarme las sandalias de Moisés, que para mí debieron haber sido como talla veinticinco. Y yo creo que Dios le estaba diciendo: "Josué, sé fuerte y valiente. No te atemorices por el tamaño de las sandalias de Moisés, ni te atemorices por los enemigos que están frente a ti, porque de la manera que yo estuve con Moisés, así estaré contigo." De repente las sandalias están llenas otra vez. Porque Moisés no tenía grandeza alguna; la grandeza de Moisés se la dio Dios viviendo en él y a través de él. Sé fuerte y valiente.

Con esto Dios le dejaba ver que, ciertamente, hay una promesa, hay una tierra prometida, y que lo que Dios promete, Dios lo entrega. Pero Dios le dejaba ver también que Él le entregaría lo prometido cuando Josué hiciera su parte. Tú necesitas ser fuerte, valiente, obediente. Tú tienes que cumplir tu parte, tienes que ser decidido, tienes que tener diligencia, esfuerzo, dedicación, valentía, esmero. "Yo no voy a hacer mi parte, Josué, si tú no haces la tuya. Yo quiero que entiendas que mis promesas serán realizadas; la pregunta es si las realizo a través de ti o a través de otro. Y lo que tú necesitas para que yo las haga a través de ti es que seas fuerte, valiente y obediente."

Dios tiene promesas para ti, tiene promesas para mí. Algunas quizás tú las conoces; otras quizás no las conoces. Pero las condiciones para que esas promesas se hagan realidad en mi vida dependen también de que yo haya podido ser fuerte, valiente y obediente. Es la razón por la que el apóstol Pablo, en el Nuevo Testamento, en un momento dado, al notar que su discípulo Timoteo ha comenzado a flaquear, le dice: "Timoteo, primero no te olvides del don que te ha sido dado por medio de la imposición de las manos."

Aumenta, estimula, incrementa el don que se te ha dado. Pero en un momento dado le dice a Timoteo: "Yo quiero que sepas que Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de valor." Esa es la misma ordenanza de Josué: esfuérzate y sé valiente. Cuando nosotros empuñamos los propósitos de Dios, su palabra, su disciplina, su obediencia, veremos los propósitos de Dios realizados en nuestras vidas.

Y entonces Dios comienza a hablarle a Josué, y Josué acepta el desafío que Dios le da. Dios le da otra instrucción antes de cruzar el Jordán, ya están a punto de hacerlo. Dios le dice: "Josué, toma el pueblo y dile que permanezca a orilla del Jordán, ahí en los bancos de arena, por tres días, consagrados." El texto no nos dice todo lo que Dios le dijo que eso significaba, lo de consagrarse, pero yo me imagino algo como esto: durante tres días, reflexionen acerca del pecado de los antepasados que murieron en el desierto, para que no cometan los mismos pecados al cruzar el Jordán. Durante tres días, reflexionen acerca de los hábitos que tienen que dejar de este lado del Jordán antes de cruzar. Reflexionen sobre los errores que cometieron en la vida anterior, para que no los repitan en la nueva vida después del Jordán. Santifíquense de manera que, al cruzar el Jordán y comenzar de aquel lado, puedan comenzar de una manera distinta. Yo me imagino que todo eso fue parte de lo que "consagrémonos a Dios" significó.

Y Dios tenía tan claro que no vamos a pasar el Jordán para vivir de aquel lado de la misma manera que vivimos de este lado, que eso es lo que Dios le dice a Josué antes de cruzar el Jordán. El versículo 18 del capítulo 1: "Cualquiera que se rebele contra tu mandato y no obedezca tus palabras en todo lo que le mandes, se le dará muerte. Solamente sé fuerte y valiente." Josué, este es un momento crucial de la vida del pueblo. No podemos darnos el lujo de que en este momento, antes de cruzar el Jordán, comiencen a verse fallas de carácter, problemas de rebelión. De tal manera que si alguien se rebela contra lo que tú ordenes, porque yo así lo he ordenado, se le dará muerte.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando la iglesia del Nuevo Testamento está siendo fundada. Cuando Ananías y Safira vinieron y le mintieron a Pedro diciendo que habían vendido una tierra por un precio, cuando en realidad era otro precio, eso fue suficiente para que Dios les quitara la vida. Porque era un momento crucial de la historia de la iglesia, donde los fundamentos, la zapata de la iglesia, estaban siendo establecidos, y Dios no podía permitir la falsedad ni la rebeldía en ese momento. Hay momentos cruciales de nuestras vidas donde Dios no nos va a permitir ciertas cosas, y hay momentos cruciales de la vida del pueblo de Dios donde Dios no le va a permitir al pueblo ciertas cosas. Y este fue un momento crucial: el cruce del Jordán. Por eso Dios dio las instrucciones que dio.

Y finalmente Dios le dice a Josué: "Diles a los levitas que tomen el arca del pacto en las manos." El arca tenía una especie de palo de madera de un lado y otro palo de madera del otro, y van dos levitas aquí y dos del otro extremo, llevando el arca. Entonces Dios le dice que los levitas pasen delante, que nadie se mueva hasta que los levitas que van al frente con el arca no hayan tomado su lugar, y que haya una distancia como de dos mil codos entre ellos y el pueblo, porque el pueblo es muy numeroso y todo el mundo tiene que ver dónde van los levitas para no tomar otro camino. "Porque tú nunca has andado por este camino", le dice Dios.

"Pero necesitas hacer lo siguiente: los levitas irán delante, y sucederá" —Josué 3:13— "que cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca del Señor, el Señor de toda la tierra, se asienten en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán quedarán cortadas, y las aguas que fluyen de arriba se detendrán en un montón." Josué, yo quiero que sepas lo siguiente: los levitas irán delante, pero yo no voy a parar las aguas un día antes, ni medio día antes, para que tú entiendas que yo soy fiel. No. Los levitas tienen que comenzar a caminar y mojarse los pies. Una vez los pies estén mojados, yo probaré mi fidelidad. Pero hay una parte que ustedes tienen que hacer: tienen que cumplir con la obediencia.

El Jordán representaba un obstáculo, y Dios dice: "Yo voy a detener ese obstáculo cuando los levitas, cargando el arca del pacto que representaba la presencia de Dios, entren en el río y se paren en medio de él." Yo no sé qué obstáculo tienes en tu vida, pero hay jordanes que nosotros tenemos que cruzar. Y obviamente Dios no te ha dicho que tomes un arca y camines con ella, pero quizás sí te ha dicho: "Si tú quieres tu Jordán detenido, parado, cortado, aquello que representa el obstáculo, hay obediencias que tú tienes que realizar. Cosas que te estoy pidiendo, cosas que te he pedido, cosas que te voy a pedir. Y quiero que sepas: yo no voy a remover el obstáculo, el Jordán, hasta que tus pies no estén mojados en mi obediencia." Esa es la enseñanza y la aplicación para nosotros de este Jordán. Si tú quieres que yo detenga las aguas y te permita pasar y cruzar, a tener paz y tranquilidad de aquel lado en la tierra prometida, tú tienes que obedecer mis palabras.

"Los sacerdotes que llevaban el arca del pacto del Señor estuvieron en tierra seca en medio del Jordán, mientras que todo Israel cruzaba sobre tierra seca, hasta que todo el pueblo acabó de pasar el Jordán." ¡Wow! Finalmente llegamos, finalmente cruzamos, finalmente iba a haber una tierra que Dios había prometido, donde el pueblo iba a comenzar a tener tranquilidad y reposo. Pero no sin antes haber transcurrido cuarenta años en el desierto y más de seiscientas mil personas muertas en él. Y ese es el título que yo le doy a este mensaje: llegamos, punto, cuarenta años después y seiscientas mil muertes después.

Hay una gran lección. ¿Cuánto tiempo perdido en el desierto, producto de las acciones de rebelión del pueblo? ¿Cuántas vidas perdidas, producto de la rebelión del pueblo? Pero Dios terminó cumpliendo su propósito a través de otro líder y con otra generación. Yo te digo hoy, generación de la Iglesia: esfuérzate y sé valiente, y no te apartes del libro de la Ley de Dios. Si quieres disfrutar de tu reposo en tu tierra prometida, en la forma en que Dios la ha diseñado para ti, tu familia y los tuyos, Dios tiene el mejor interés en darte lo mejor de Él. Pero eso tiene requisitos, y el requisito es la obediencia, entendiendo que obediencia a medias es desobediencia para Dios.

Los que estamos quizás todavía de este lado del Jordán, pero que queremos cruzar, tenemos que consagrarnos antes de cruzar. Antes de comenzar a disfrutar de las bendiciones de Dios, hay una consagración que necesitamos hacer, y esa consagración es dejar de este lado del Jordán mi vida anterior: hábitos, formas de vivir, formas de pensar, formas de actuar; posesiones en ocasiones, profesiones en otras. Hay ajustes que hacer si yo quiero disfrutar de la presencia de Dios.

Dios quiere darme su presencia, Dios quiere que yo oiga su voz. Es todo el ruido que tengo alrededor el que no me permite oír su voz y no me permite disfrutar de su presencia. Porque Dios habita en la hermosura de su santidad, y es en esa hermosura de su santidad que Dios me pide que yo le adore. Mi vida debe ser un adorno para la doctrina de este libro. Que cuando otros oigan lo que la Biblia dice, puedan ver en mi vida lo que la Biblia dice pero en práctica, y que esa práctica sea tan hermosa que a ellos les parezca increíblemente hermosa la doctrina que se anuncia por medio de palabras. Que la gente pueda decir: "¡Qué hermosa enseñanza la de la Biblia! Y cómo lo sé, porque lo veo en esa vida, y en esa vida, y en esa vida."

Yo quiero que mi vida y la de los míos sea como la de esa mujer, la de ese hombre, la de esos hijos. ¿No quieres tenerla? ¿No quieres tener esa hermosura delante de Dios? ¿De qué nos vale la hermosura delante de los hombres si nos hicimos feísimos delante de Dios? La hermosura que Dios quiere es la hermosura del hombre interior: un espíritu apacible, manso, humilde, santo, dedicado, enfocado, entregado, sometido a la mano, la voluntad y los propósitos de Dios.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.