El evangelio de Jesucristo posee una gloria que no se desvanece, a diferencia de todo lo que vino antes. Pablo escribe a los corintios porque se habían dejado seducir por falsos maestros que predicaban algo cercano al evangelio pero que no era el evangelio. Querían regresar a la ley, creyendo que podían ganarse la salvación mediante su propio esfuerzo. Pero la ley nunca fue dada como medio de salvación; su gloria siempre estuvo diseñada para menguar y llevarnos a Cristo. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con el rostro resplandeciente, se cubría con un velo no porque la luz fuera demasiado intensa, sino para que el pueblo no viera que ese brillo iba desapareciendo. Así es la gloria de la ley: pasajera. Pero la gloria de Cristo permanece.
El cristiano más débil de hoy tiene una posición más privilegiada que la que tuvo Moisés cuando vio la parte de atrás de Dios. Nosotros estamos de este lado de la cruz y de la tumba vacía. Dios le mostró a Moisés su espalda, pero a nosotros nos mostró a su Hijo. Por eso no debemos perder la esperanza ni descorazonarnos cuando otros no responden al mensaje. Hay una batalla espiritual invisible; el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de muchos. Pero cuando el evangelio se predica fielmente, el Espíritu Santo levanta ese velo, y el mismo Dios que dijo "hágase la luz" hace brillar su luz en corazones oscurecidos. Como el suegro del predicador, quien durante treinta y tres años rechazó a Cristo hasta que, a los ochenta y cuatro años, finalmente puso su fe en Jesús. No hay grados de muerte ni hace falta más poder de Dios para salvar a uno que a otro. Nuestra tarea es proclamar; la transformación viene del Espíritu.
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¡Vamos a ganarlos, van a vivir en su morada!
Ahora vamos a ver 2 Corintios 3 y 4. Quiero compartirles mi interés en este libro y por qué yo entiendo que es importante. Es uno de los libros menos considerados en todo el Nuevo Testamento. Por alguna razón que desconozco, la mayoría conoce mejor la primera carta a los Corintios que la segunda. La carta a los Corintios, la número 2, es un libro extraño. Sabemos que es por lo menos la cuarta carta que le escribió Pablo a los creyentes en Corinto. Quizás recuerdes del libro de los Hechos que Pablo pasó 18 meses en Corinto. Encargó líderes en la iglesia y entonces se fue a plantar otras iglesias. Pero esta iglesia en Corinto era como ese hijo problemático. Tenía que estar mandando mensajeros continuamente y escribirle cartas para corregir su comportamiento.
Y ahora el problema parecía ser que habían llegado estos falsos maestros a la iglesia de Corinto. Y eran impresionantes estos individuos. Tenían unos currículos superiores a los de Pablo. Eran mejores comunicadores que Pablo. Se veían bien, su apariencia era mejor que la de Pablo. Y lo que ellos predicaban se oía muy bien. De hecho, lo que predicaban era muy cercano al verdadero evangelio. Pero Pablo quería que la iglesia en Corinto entendiera que cualquier cosa que sea cercana al evangelio no es el evangelio.
De manera que escribió esta carta. Él es incisivo; están así atrayendo a estos falsos maestros. Después de todo, él fue el que se invirtió en la vida de estas personas en Corinto. Él había enseñado el evangelio, él los había entrenado. Y así que Pablo lo tomó muy personal cuando ellos rechazaron lo que les había enseñado.
Y desde el comienzo, está formateada de una manera extraña. De hecho, es tan extraño que algunos académicos han sugerido que no es una sola carta sino pedazos de carta que han sido juntados. La mayoría de estos llamados académicos son liberales y su razonamiento va en esta dirección. Es como que la carta no tiene un fluir para ella misma. Y luego él va a ser como que Pablo comienza a ponerse bravo con ellos. Y luego va a decir que está hablando de una ofrenda. Y luego es muy amable. Y ahora se pone bravo pero más bravo todavía. Y es bien directo con lo que tiene que decir. De manera que no suena como una sola carta sino pedazos de cartas conectadas.
Yo personalmente difiero de estos académicos porque obviamente esos tipos nunca han criado hijos. Yo creo que cualquiera que ha tenido hijos puede entender perfectamente el formato de esta carta de Pablo. Tú sabes de lo que estoy hablando. Tú sabes que tienes que corregir a tu niño. Entonces, tú tratas de empezar con bondad y con gentileza. Pero mientras más hablas, más te vas llenando de rabia. Hasta que tú dices: no, no, déjame echarme hacia atrás. Y entonces vuelves y te pones bravo de nuevo. Yo sé lo que eso se siente. Yo crié dos hijos. Y esto era algo cotidiano en mi casa.
De manera que vamos a observar este libro y la corrección de Pablo, donde él está enseñando la superioridad del evangelio de Jesucristo, que la gloria de Dios se muestra en Cristo y que ellos tienen que permanecer fieles a ese evangelio, en lugar de dejarse seducir por otras cosas.
Lo otro que quiero explicarles es que en la iglesia que yo pastoreo comenzamos a hacer una evaluación del porqué estamos aquí y qué es lo que queremos hacer. Y entonces logramos elaborar una declaración de misión. Esta es nuestra declaración de misión: Nosotros glorificamos a Dios por acercarnos a Jesucristo, por aclamar a Jesucristo, de manera que hagamos discípulos que sirvan a su comunidad y crean el evangelio de las naciones. Para eso existimos. Escribimos eso en todas partes; queremos que toda la gente de nuestra iglesia se aprenda eso.
Pero yo sabía que un gran número de gente no se iba a memorizar eso completo. De manera que produjimos una versión condensada de esa misma declaración. Y es simplemente esto: Glorifying God, glorificar a Dios, by proclaiming Jesus Christ, proclamando a Jesucristo. Y pensamos que esto lo puede memorizar todo el mundo en la iglesia. Glorifying God, glorificar a Dios, by proclaiming Jesus Christ, proclamando a Jesucristo. Y entendemos que esto se levanta en un fundamento de tres verbos prácticos: proclamar, discipular y servir.
Y si tú entras a nuestro edificio, vas a ver ese letrero, esa declaración de misión, o vas a ver esos tres verbos a todo lo largo y ancho del edificio, en nuestros boletines dominicales, en toda nuestra literatura, en nuestras tarjetas de presentación. Estoy viendo si encuentro unas por aquí. Y en la parte de atrás de esta declaración es que ahora mencioné la misión de nuestra iglesia. Esto define todo.
Cuando empecé a leer Segunda de Corintios, pude ver que esto es precisamente lo que Pablo le estaba diciendo a la iglesia de Corinto: que su propósito de vida es glorificar a Dios proclamando a Jesucristo. Y en esta sección entre el capítulo 3 y el 6, lo va dividiendo en esos tres verbos: proclamar, discipular y servir. Y hoy vamos a ver el primero de esos tres, comenzando en el capítulo 3.
Segunda de Corintios 3, versículo 7, y van a leer conmigo hasta el capítulo 4, versículo 6. Leemos versículo 7, capítulo 3: "Y si el ministerio de muerte, grabado con letras en piedras, fue con gloria, de tal manera que los israelitas no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro, la cual se desvanecía, ¿cómo no será con más gloria el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación tiene gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia. Versículo 10: Pues en verdad lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria, por razón de la gloria que lo sobrepasa. Porque si lo que se desvanece fue con gloria, mucho más es con gloria lo que permanece. Teniendo por tanto tal esperanza, hablamos con mucha franqueza. No somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los israelitas no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse. Pero el entendimiento de ellos se endureció, porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto, el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."
"Capítulo 4, versículo 1: Por tanto, puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desfallecemos. Más bien, hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia ni adulterando la palabra de Dios, sino que mediante la manifestación de la verdad nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios. Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por amor a Jesús. Pues Dios, que dijo: De las tinieblas resplandecerá la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo."
Este es un texto tan increíble. Es tan rico con verdad. Pero creo que podemos desprender tres principales declaraciones imperativas. Pablo dice que hay tres cosas aquí que no podemos dejar perder.
Dice: no pierdas la esperanza. Deja que haya esperanza en el evangelio de Jesucristo, porque alguien les hizo creer que era deficiente. Ellos perdieron la esperanza en el evangelio de Cristo porque vinieron falsos maestros a predicarles algo que les hizo creer que el evangelio de Jesús estaba deficiente o carente de algo. Y Pablo está enfatizando a ellos que lo que proclamamos es algo que no empezó de nosotros, sino que es lo que Dios nos ha confiado. Simplemente somos mensajeros. La autoridad viene de aquel que nos ha dado el mensaje, no de nosotros.
De manera que en el versículo 4, yendo hacia adelante en el capítulo 3, él dice: esta confianza que tenemos hacia Dios es por medio de Cristo. La suficiencia que tenemos viene de Dios, que nos ha hecho ministros de un nuevo pacto. El momento que él dice "un nuevo pacto", él está implicando por supuesto que había uno antiguo. Y hay algo como nostálgico en ese antiguo pacto. La ley que Dios le había dado a Moisés, y aunque el propósito siempre fue llevarnos a Cristo, mucha gente malinterpretó el propósito de la ley y comenzó a pensar que la ley se nos había dado como medio por el cual podíamos ser salvos.
Y entonces creyeron que la ley se nos había dado como instrumento para hacernos salvos. Si yo puedo observar la ley, yo podré ir al cielo entonces. Porque en todos nosotros hay algo que quiere tomar el crédito por nuestra propia salvación, como si dependiera de nosotros. La noción de la gracia es escandalosa y ofensiva para nosotros, porque si es toda gracia, eso significa que yo no contribuí con nada, que Dios no necesitaba mis pequeños esfuerzos, significa que yo estaba tan perdido como cualquiera. Todo el mundo que yo veo, creo que son mejores de lo que son, pero resulta que no están más perdidos de lo perdido que estoy yo. Y eso es ofensivo para muchos. De manera que estos corintios estaban como yendo hacia atrás hacia la ley, porque creían que la ley era el medio por el que iban a conseguir su salvación.
Aunque eso nunca fue verdad, eso es lo que ellos entendieron. Pablo dice no, somos ministros de un nuevo pacto. Y él dice: si el ministerio de ese antiguo pacto estaba entallado con letras en piedra, si eso tuvo gloria en sí mismo, por resulta que el nuevo pacto tiene una mayor gloria. Si ves los versículos del 7 al 11, ve la palabra "gloria" repetida diez veces. Esa palabra domina toda esa porción, y lo que le está diciendo es que hay una mayor gloria en Cristo que en Moisés. Que hay una mayor gloria en el nuevo pacto que en el antiguo. Hay una gran gloria en el evangelio que es la ley. Entonces él dice: lo que Dios nos ha dado nosotros no debemos dejar perder.
¿Es este ministerio del evangelio? Él dice: el ministerio del Espíritu, no es un ministerio de muerte. Piensa por un momento en Moisés en el monte Sinaí. Dios le dijo a Moisés que marcara, que delimitara la montaña. Ni siquiera los animales podían entrar en esa zona. Cualquiera que tratara iba a morir ahí mismo. Y con rayos y centellas y truenos y la oscuridad de las nubes, Dios trae una ilustración de las demandas de la ley. Pero la ley no podía dar vida, solo podía matar. Y así que está en Sinaí, Dios ahí nos muestra su ley.
Y cuando Moisés desciende de la montaña, su rostro radiaba luz porque ahí en el monte Sinaí él había tenido un encuentro increíble e íntimo con Dios. Dios la ley, los diez mandamientos, escribió en esas piedras por el mismo dedo de Dios. Y en este tiempo tan personal e intenso entre Moisés y Dios, cuando él baja de la montaña, Moisés le pide un favor a Dios y dice: "Señor, muéstrame tu gloria". Y Dios le dice: "No puedes ver mi gloria. Ningún hombre puede ver mi gloria y vivir. Si te muestro mi gloria, te mataría. Pero Moisés, te voy a hacer un favor: voy a hacer que mi bondad, mi gloria pase frente a ti de una manera tal..." Y Dios le dice una de las cosas más extrañas en toda la Biblia. Él dice: "Te voy a enseñar mi espalda, mi parte de atrás".
Eso es casi como un insulto si reflexionas. En este momento, una vez años atrás cuando estaba en un restaurante, fui a un restaurante palestino con el guía que me estaba guiando. Era un guía judío, y cuando entramos al restaurante lo primero que noté fue una gran bandera palestina en la pared. Y yo me puse a observar cómo él escogía su asiento en la mesa. Él escogió la silla que le daba la espalda a la bandera. Y yo le dije: "Avi, ¿te diste cuenta? ¿Notaste la bandera? Le diste la espalda, le enseñaste mi espalda". Eso fue como un insulto.
Entonces, ¿significa que Dios quiso insultar a Moisés? Aunque hubiera sido justo si lo hubiera hecho así, eso no era la intención de Dios. Lo que Dios estaba diciendo era: "Mira Moisés, para hacerte el favor te voy a enseñar lo menos glorioso de mí. Eso es todo lo que tú vas a poder soportar. Casi te va a dejar muerto". Y entonces Dios esconde a Moisés como en una grieta de una roca. Él hace ahora que su gloria pase frente a Moisés, y viendo eso cambia radicalmente a Moisés. De hecho, la Biblia dice que el rostro de Moisés se hizo radiante.
Y cuando él baja de la montaña, él se cubre con un velo. Y este velo no estaba en el rostro de Moisés por la razón que muchos piensan. Los que dicen que se cubrió el rostro porque era tan brilloso que para que lo pudieran ver tenía que cubrir esa luz, pero esa no es la razón, eso no es correcto. Lo que Pablo nos está diciendo es que Moisés estaba en la montaña, él notó que el resplandor en su rostro empezó a desaparecer. Entonces él llega al campamento y él le dejaba ver al pueblo que su rostro brillaba aún, pero entonces se lo cubre con un velo de manera que no se dieran cuenta de que ese brillo estaba desapareciendo. Y de vez en cuando, tú puedes leer en el libro de Números, perdón, que Moisés iba al tabernáculo a encontrarse con Dios y se quitaba el velo, y su rostro comenzaba a brillar de nuevo. Y que cuando salía se cubría de nuevo con el velo, solo dejándose ver del pueblo cuando su rostro estaba brillando, pero nunca dejándoles ver que el brillo iba desapareciendo.
Después Pablo usa esto como emblemático de la ley misma. Hay una gloria en la ley, fue dada por el mismo Dios, pero nunca vino a nosotros como el medio de salvación y nunca como una solución permanente. Su gloria siempre estuvo diseñada para que fuera menguando, y Cristo vendría y su gloria no desaparecería. Por eso es importante que nosotros entendamos nuestra posición en Cristo.
Puede que pienses sobre ese momento tan intenso e íntimo que tuvo Moisés y que desees eso para ti. Algo en tu corazón te dice: "Si yo pudiera tener lo que Moisés tuvo en ese momento, si yo pudiera ver un poco de esa gloria como él la vio". Pero lo que Pablo nos está diciendo aquí es que esto es mucho mayor. Que el último y más débil de los cristianos en esta tierra tiene una posición en Cristo mucho más privilegiada que la que tuvo Moisés cuando vio la parte de atrás de Dios. No necesitas lo que Moisés tuvo. Moisés envidiaría lo que tú tienes hoy. Porque nosotros estamos de este lado de una cruz y de una tumba vacía que Dios nos ha dado en Cristo.
Y la ley ha sido cumplida y podemos decir como Juan: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, la gloria del unigénito de Dios, lleno de gracia y de verdad". Nosotros hemos contemplado su gloria. Dios le mostró a Moisés su espalda; a mí me mostró su Hijo. ¿Por qué querríamos correr hacia la ley? ¿Por qué hacer el cristianismo sobre lo que hacemos y nuestro desempeño, en vez de hacerlo todo sobre Cristo y lo que Él ha hecho ya?
Nosotros tenemos un ministerio superior. Uno del Espíritu, no de muerte. Uno de la justicia y no de condenación. Un ministerio de una esperanza que no falla, que no se pierde. Un ministerio de libertad y no de reglas y regulaciones. Donde está el Espíritu del Señor, ahí hay libertad. Es un ministerio de transformación, de una gloria en otra. Sí había gloria en la ley, pero era una gloria pasajera que nos llevaba a Cristo.
Cuando yo me doy cuenta de que yo no puedo observar la ley de Dios, y que me ha apartado del plan y diseño de Dios, y estoy quebrantado, quebrantado por mi pecado, por mis decisiones, por apartarme del diseño de Dios para mí, esto me lleva a Jesús. Y en Él encuentro el poder para vencer mi quebrantamiento, y Él me hace completo. No pierda la esperanza, Dios está trabajando su gloria en ti a través de Cristo. Esto viene del mismo Dios, dice Pablo aquí, que es el Espíritu.
Déjeme decirle algo. Nosotros como cristianos tenemos que encontrar un balance. Porque por un lado tenemos que admitir que somos pecadores. Pero en la otra parte, tenemos que ver que el mismo Dios nos ha hecho santos.
Ustedes saben, yo tengo un traje blanco. Yo casi pensé en traerlo y ponérmelo hoy. Pero pensé que si me volteo algo encima, en mi traje blanco, no es como que pudiera cambiarlo. Así que no. Pero hace dos semanas, yo sí me puse mi traje blanco un domingo en mi iglesia. Y dos de mis nietos vienen a mi iglesia, y ellos y sus papás almuerzan con nosotros los domingos. Mi nieta Estela tiene tres años y Horacio tiene un año. Y normalmente cuando estamos almorzando, yo los cargo. Ellos se sientan en mi falda y comen de mi plato. Pero ese día, yo tenía mi traje blanco puesto. ¿Adivinan cómo es que yo los cargaba? Los ponía por aquí lejos. Porque cuando tenía ese traje blanco estaba más consciente, más consciente de la suciedad, de la grasa y de los pequeños deditos.
Ahora, si todo lo que yo hago es decir todo el tiempo: "Yo soy un pecador, qué pecador tan malo soy", ¿verdad realmente eso me va a hacer temer al pecado? Sí, es cierto, somos pecadores. Pero la Biblia nos da otra verdad: que somos santos. Que Cristo nos ha hecho justos. Y Él nos ha vestido en su justicia y rectitud. Y yo no quiero vivir una vida santa por temor a que Dios me va a mandar un rayo y me va a matar. Yo quiero vivir una vida santa porque yo entiendo lo que Dios me ha dado, que Cristo me ha dado su justicia. Yo no quiero vivir en sucio lo que Él ha hecho por mí. ¿Ven la diferencia? No es una esclavitud obediente a la ley. No es una esclavitud a la ley. Es una respuesta de amor a su gracia. No lo es. No pierda la esperanza.
Y entonces nos lleva al segundo punto en el primer versículo del capítulo 4. Y dice: si este es el ministerio que tenemos, no pierdas corazón, no desfallezcas, no te descorazones. A veces nos preguntamos: ¿por qué no está respondiendo la gente al evangelio? Pues Pablo dice: no pierdas el ánimo, no desfallezcas. No dejes que el cuestionamiento sobre cómo la gente responde te haga reaccionar equivocadamente al evangelio.
Por ejemplo, lo primero que él dice es que renunciamos a la mentira. Y dice: hemos renunciado a la manera en que la gente hace que la Palabra diga una cosa que no dice. A veces iglesias y predicadores tratan de psicologizar lo que la Palabra dice para obtener respuesta de la gente. De modo que realmente es todo acerca de mi intelecto o mi habilidad de comunicar. Pablo dice: no, renunciamos a eso. Pero también renunciamos a diluirlo. No vamos a diluir el evangelio. No lo vamos a hacer menos de lo que es.
Pues eso es lo que hace mucho. Pero tú sabes que eso está pasando mucho hoy en día. Hay muchas iglesias y predicadores que están diluyendo lo que la Biblia dice sobre el pecado. Y creyendo que lo que la Biblia ha dicho por dos mil años sobre el pecado no es así. Eso es realmente lo que dice, y podemos afirmar eso porque ellos diluyen la Palabra de Dios. Pablo dijo: No, no, no, no. No diluimos. Nosotros lo que hacemos es que declaramos. Revelamos la verdad. Declarando abiertamente la verdad.
Mi trabajo no es cambiar los corazones. Hershel York no puede cambiar el corazón de nadie. Todo lo que puedo hacer es predicar la Palabra de Dios, no diluida, abiertamente declarada en la presencia de Dios y a la conciencia de los hombres y mujeres. Es nuestro trabajo, es nuestro ministerio. No te descorazones, no desfallezcas.
Pero ¿qué pasa con los que se pierden? Puede que digas: Bueno, pero ¿qué tal de aquellos que oyen el Evangelio una y otra vez pero no responden? Pablo tiene una palabra para nosotros sobre esto en los versículos 4 al 6. Él dice: No pierdas de vista quién nos ayuda. Miren estos versículos: En su caso, el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos. ¿Tú ves eso? Que hay algo que el ojo humano no puede ver, una batalla espiritual, una guerra invisible que se está llevando a cabo, una batalla por la mente y corazón de los hombres y mujeres.
¿Qué dice el versículo 3? Él dice en el versículo 3 que para los que se pierden, hay un velo. Él dice que al día de hoy, cuando la ley de Moisés es leída, hay un velo invisible sobre los ojos y mente y corazones de hombres y mujeres. En otras palabras, no se dan cuenta de que la gloria de la ley se ha desvanecido. Es que hay personas que no se dan cuenta de que la gloria de la religión siempre se desvanece. Hay personas que no se dan cuenta de que la gloria de su propio trabajo siempre será pasajera. Hay hombres y mujeres que no se dan cuenta de que se desvanece hasta extinguirse. Él dice que es como si hubiera un velo frente a los ojos de su mente y su corazón.
Piense en esto. Ahora estoy predicando. Mientras yo predico, yo estoy hablando sobre el Evangelio de Jesucristo. En cualquier fila de este santuario puede que haya dos personas. Una que está oyendo lo que yo estoy diciendo y dice: Eso me huele a muerte a mí. No hay nada de eso que me atraiga. No estoy de acuerdo con nada de eso. Yo no voy a confiar en Jesús. Para él, el mensaje de la cruz es el sabor de la muerte.
Pero quizás sentada junto al lado de este hay otra persona. Y ella oye lo que yo estoy diciendo, y de repente es como si este velo empezara a ser descubierto frente a ella. Y quizás por primera vez en su vida, ella ahora está viendo su quebrantamiento. Y se da cuenta de que ella no es aceptable delante de un Dios santo. Soy una pecadora. Estoy tan lejos del diseño y plan de Dios para mí y de la esperanza. Pero ella oye el Evangelio: que este gran Jesús que se levantó de entre los muertos dio su propia vida, su sangre, para pagar la penalidad, el costo de su pecado; que se levantó de entre los muertos al tercer día; que ha ascendido a los cielos y que le está ofreciendo esta salvación a todo aquel que se arrepienta y crea; que Él es el que ha cumplido la ley por ella. Y ella oye eso, y viendo su quebrantamiento y la gloria del Evangelio de Jesucristo, ella entrega su vida a Jesucristo. Ella dice: Yo creo. Para ella ahora es el sabor de vida para vida.
El mismo mensaje, dos reacciones. ¿Cómo yo puedo explicar eso? ¿Es que fui más persuasivo con uno que con el otro? Pues no ha tenido absolutamente nada que ver conmigo. No, es que no tiene nada que ver conmigo. Tiene que ver todo con el Espíritu de Dios. Él dice que aunque hay un velo que permanece sobre sus corazones, y el dios de este mundo ha cegado la mente de los incrédulos para que no puedan ver la gloria del Evangelio de Cristo, nosotros no nos predicamos a nosotros mismos. Nosotros predicamos a Cristo Jesús el Señor. Nosotros somos sus servidores.
Y lo que Dios hace es una nueva creación. Mientras su Espíritu empieza a levantar ese velo, de la misma forma que Dios creó el mundo cuando Él dijo: ¡Hágase la luz!, cuando Él empieza a trabajar con el alma de alguien en su pecado, Él dice que se haga la luz en medio de la oscuridad. El Espíritu Santo levanta el velo de sus corazones, la luz del Evangelio de Jesucristo brilla en la oscuridad del mundo. Y eso es cuando Él te da el conocimiento de la gloria de Dios en Cristo Jesús. Y ahí es que entienden la gloria del Evangelio de Dios en Cristo.
Hoy, mi iglesia, es muy bueno tener estas facilidades tan bonitas. Tenemos que usar los mejores métodos disponibles a nosotros. Tenemos que trabajar duro. Todo eso es cierto. Pero cuando todo se ha dicho y hecho, nadie viene a Cristo por nuestra hermosa facilidad, o por nuestro trabajo laborioso duro, o por nuestra metodología. La gente viene a Cristo porque el Espíritu Santo le mueve, y Dios dice: ¡Luz, brilla en ese corazón! No pierdas de vista nuestra ayuda. Sé fiel en predicar el Evangelio. Sigue diciéndoselo a tu vecino. Sigue orando por tu familia.
Mi suegro era probablemente el hombre más orgulloso que yo he conocido. Antonio era difícil. Y le compartimos el Evangelio, y él decía que no. Aun cuando llegó a ser muy viejo, el orgullo tomó control de él. Y él decía: ¿Qué clase de hombre sería yo habiendo vivido toda mi vida sin Cristo, y ahora al final de mi vida pido que me salve? Y nosotros le explicamos que hace falta la misma gracia de Dios para salvar a un niño de siete años como para salvar a un octogenario malo como tú. No hay grados de muerte. Si estás espiritualmente muerto, estás espiritualmente muerto. Cuando recibo una llamada de que fulano murió, yo nunca me he preguntado: ¿Qué tan muerto está? No hay grados de muerte. Muerte es muerte. No hace falta más poder de Dios para salvar a uno que a otro.
Le explicamos esto a mi suegro muchas veces. Y él tenía 84 años y estaba muy mal. Y no podíamos verlo. Y estábamos visitándolo en su hogar. Y cuando nos íbamos, él dijo: Predícame, Hershel. Yo pensé que él decía: Ora conmigo. Que era algo muy usual que él pidiera. Él no podía caminar. Yo creía que él quería que orara para que él pudiera caminar. Entonces yo empecé a orar, y como siempre, oré que el Señor lo salvara y que él pusiera su confianza en Cristo para vida eterna. Y cuando terminé, él me miró y dijo: Yo he hecho eso. Nos miramos. No entendíamos qué estaba diciendo. Yo dije: ¿Qué dijiste? Le pregunté. Él dijo: Yo he hecho eso.
No, yo quiero estar claro. Le dije: ¿Tú me estás diciendo que tú has puesto tu fe en Cristo y en Cristo únicamente? Él dijo: Sí, yo he hecho eso. Yo todavía no estaba seguro. Yo tenía 33 años orando por este hombre. Ahora Dios estaba contestando mi plegaria y yo no sabía cómo recibirlo. Yo le dije: Mira, yo necesito estar seguro, porque yo quiero pasar la eternidad contigo. Él dijo: Pues tú sabes que lo vas a hacer, porque yo lo he hecho.
Escúchame. ¡No pierdas la esperanza! ¡No te descorazones! ¡No pierdas de vista de dónde viene nuestra ayuda! Porque cuando el Evangelio es predicado, el Espíritu Santo es el único que puede empezar a levantar ese velo. Y el Dios que creó este universo hace esa nueva criatura, esa nueva creación. Él dice que brille la luz en ese corazón.
Y sentado ahí en esa silla puede que haya alguien, como mi suegro, que ha escuchado una y otra vez. Pero hoy, mientras el Evangelio ha sido predicado, el Espíritu Santo está levantando ese velo, y tú te estás viendo por primera vez en ese quebrantamiento, en tu pecado. Y te das cuenta de que no hay esperanza para ti separado de Cristo. Y Dios está brillando esa luz en tu corazón ahora mismo. ¡Pon tu confianza en Él!