Integridad y Sabiduria
Sermones

Respondiendo a la disciplina de Dios

Hershael York 28 agosto, 2016

La disciplina de Dios no siempre es correctiva; muchas veces es instructiva, diseñada para entrenarnos en la carrera que él mismo ha preparado para nosotros. Así como un padre terrenal advierte a su hijo sobre el futuro para que tome decisiones sabias, Dios nos instruye para que participemos de su santidad. El escritor de Hebreos nos recuerda que sin esa santidad nadie verá a Dios, pero también nos asegura que la carrera es realizable porque el mismo que nos salvó corre a nuestro lado y no nos dejará renunciar.

La respuesta a esta disciplina debe ser personal: fortalecer las manos débiles, afirmar las rodillas que flaquean y seguir corriendo aunque llegue la fatiga. Pero también debe ser comunitaria. Debemos velar para que ningún hermano se quede corto de la gracia de Dios ni permita que una raíz de amargura crezca en su corazón y contamine a muchos. La amargura destruye más de lo que imaginamos y está conectada con la idolatría y la inmoralidad, pues en el fondo de todo pecado está la acusación de que Dios no es bueno.

Esaú ilustra el peligro de cambiar lo eterno por lo temporal. Por satisfacer un apetito momentáneo, vendió su primogenitura y nunca encontró arrepentimiento verdadero, solo remordimiento por las consecuencias. Pero hay otro primogénito: Cristo, quien fue fiel hasta la muerte y ahora corre la carrera junto a nosotros. Él no ofrece simplemente cambiar las consecuencias de nuestro pecado; él nos cambia a nosotros cuando venimos con genuino arrepentimiento.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Así que por favor, si pudieran abrir sus Biblias al capítulo 12 de Hebreos. Recuerdo que el libro de Hebreos fue escrito para decirle a los hebreos que dejaran de actuar como hebreos, a fin de que se pudieran continuar con su fe en Cristo y no se volvieran a la ley. Así que en el capítulo 11 vemos esos grandes ejemplos de la fe. Y cuando llegamos al capítulo 12, estamos en una carrera. No es un maratón menor, es un maratón. Y debemos correrla con resistencia, porque este recorrido ha sido establecido para nosotros.

Vamos a comenzar a leer en el versículo 3 de Hebreos 12, pero nos vamos a enfocar en los versículos 12 al 17. Entonces, leamos partiendo del versículo 3 de Hebreos 12: "Considerad al que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. Porque todavía en vuestra lucha contra el pecado no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre. Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: 'Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él. Porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.' Es para vuestra corrección que sufrís. Dios os trata como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos. Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos y los respetábamos. ¿Con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus y viviremos? Porque ellos nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Al presente, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia. Por tanto, fortaleced las manos débiles y las rodillas que flaquean, y haced sendas derechas para vuestros pies, para que la pierna coja no se disloque, sino que se sane. Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, de que ninguna raíz de amargura brotando cause dificultades y por ella muchos sean contaminados, de que no haya ninguna persona inmoral ni profana como Esaú, que vendió su primogenitura por una comida. Porque sabéis que aun después, cuando quiso heredar la bendición, fue rechazado, pues no halló ocasión para el arrepentimiento, aunque la buscó con lágrimas."

Yo tuve el privilegio de ser criado en un hogar maravilloso cristiano. Mi padre era pastor y fue un gran padre. A veces me corregía y me disciplinaba para recordarme las cosas que no debía hacer. Pero muchas veces su disciplina tomaba una forma diferente: él miraba hacia el futuro y me daba instrucción y motivación.

Cuando yo tenía 13 años me dijo: "Necesito hablar contigo." Y me dijo: "Hay dos cosas que debes saber. Lo primero: nunca te voy a comprar un carro. Si algún día tienes un vehículo, va a ser porque tú lo compraste. Cuando tengas tu licencia, te voy a prestar el mío si lo usas con respeto, pero no te voy a comprar uno propio. Y lo segundo es que no tengo mucho dinero y no te puedo enviar a la universidad. Así que mantente en buenas notas en la secundaria para que puedas recibir una beca por desempeño e ir a la universidad."

Yo escuché a mi padre. Yo sabía que lo decía en serio y que decía la verdad. Él me comunicó ambas promesas y las cumplió. Nunca me compró un carro. Yo me mantuve en buenas notas. Y cuando estaba en la secundaria, recibí una gran beca de la Universidad de Michigan, que me fue aceptada al cien por ciento, y pude ir a la universidad y estudiar de forma gratuita. Ahora, ¿qué hubiera pasado si mi padre no me hubiese dicho eso? ¿Qué si me hubiera despreocupado en la secundaria y mis notas no hubiesen sido buenas? Él no podía pagar la universidad, yo no tenía dinero, ¿qué estaría haciendo hoy? Probablemente vendiendo pollo en Kentucky Fried Chicken. Así que yo le agradezco esa instrucción a mi padre.

La disciplina puede ser correctiva. Muchas veces la disciplina es correctiva, pero siempre es instructiva. Cuando el autor de Hebreos nos escribe esto, está haciendo referencia a Proverbios 3. Él hace referencia a algunos versículos de Proverbios en los que Salomón instruyó a su hijo y le dice que no sienta resentimiento por las instrucciones de su padre. Porque Dios es un buen Padre, y Él disciplina a los que ama. Así que cuando Dios está instruyendo, debes escuchar.

Debes escuchar, porque la instrucción de Dios no es para alejarte de la carrera, sino para entrenarte de forma que seas capaz de correr la carrera que tienes por delante. Es el tipo de instrucción que Él utilizó con Israel. Cuando pasaron por el desierto, Dios les permitió tener sed para luego darles agua de la roca. Les permitió pasar por el fuego del desierto emocional. Les permitió enfrentar enemigos para ayudar a los guerreros. Y los alimentó con el maná que no conocían, para hacerles entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor.

Así que el escritor de Hebreos nos está motivando e instruyendo para que cada creyente responda de una forma correcta a la disciplina del Señor. Porque si escucho sus instrucciones y respondo de forma correcta, entonces me acerco a la santidad, una santidad que es esencial e ineludible para el creyente. Es muy claro que, sin esa santidad, nadie va a ver a Dios. La única forma en que podemos ser salvos y llegar al cielo es tener la justicia, la rectitud de Cristo.

Así que la santidad es esencial, y también es inevitable. Si eres un creyente genuino, nacido de nuevo, si Cristo te ha salvado, te está dando su rectitud, y eso se va a evidenciar en tu vida. La Biblia dice que debemos luchar por nuestra salvación con temor, porque es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad. Dios nos da la rectitud de Cristo, y esa rectitud impacta nuestra vida. De la misma forma que una persona que está perdida actúa como una persona perdida porque eso es lo que es, la persona que ha sido salvada vive como una persona salvada porque eso es lo que es.

El escritor nos está diciendo cómo podemos aprovechar la disciplina de Dios en nuestra vida. Y a medida que nos va instruyendo, nos da tres aspectos distintivos de esa disciplina. El primero es que la respuesta a la disciplina de Dios es muy personal. En los versículos 12 al 14, vemos que cada uno debe responder a la disciplina de Dios como individuo. Mi padre era pastor, pero él no podía obedecer a Dios en mi lugar. Y quizás hay creyentes en tu familia, pero ellos no pueden obedecer a Dios en tu lugar. Esta respuesta a la disciplina de Dios es personal.

Nota la forma del versículo 12: "Por tanto, fortaleced las manos débiles y las rodillas que flaquean, y haced sendas derechas para vuestros pies." Ahora, él ya nos dijo en los primeros tres versículos que fue Dios quien preparó esta carrera para nosotros, y es una carrera en la cual debemos permanecer. Pero llega un punto en la carrera en que seguramente nos cansaremos, nos fallarán las rodillas y querremos renunciar. Lo que nos dice el autor es que debemos luchar y enfrentar esa fatiga. Esta es una carrera posible, realizable. El mismo que te salvó ha preparado esa carrera, y no te va a dar un terreno por el cual no puedas cruzar. Él va contigo y te permite correr.

Yo en el seminario enseño cómo predicar. Escucho cómo los estudiantes predican y les pongo nota. Ser profesor de predicación es como que te paguen para decirle a una persona que sube al escenario que lo que hizo estuvo mal. Ellos han llegado ahí, han parido ese sermón, y yo debo escucharlo y criticarlo. Ningún predicador joven quiere eso. En el seminario tenemos muchos estudiantes coreanos, y el reto para ellos es predicar en inglés. Es muy difícil predicar en un idioma que no es tu lengua nativa. Pero como yo no puedo entenderlos en coreano, tienen que hacerlo en inglés.

Un estudiante llamado Peter Chang tenía un inglés terrible. Uno podía conversar con él, pero yo estaba muy preocupado de cuando le tocara predicar. Yo pensé que no lo iba a lograr. Y Peter se paró y leyó estos primeros tres versículos del capítulo 12 de Hebreos. Y luego contó esta historia. Él dijo: "En 1973, yo corría el maratón de Boston." Y captó mi atención inmediatamente, porque correr un maratón es difícil, pero el de Boston en particular es especial, ya que para ese hay que calificar. No es para principiantes; es para personas que se lo toman en serio.

Él dijo: "Yo corrí 20 millas en el maratón y quería renunciar, porque tenía una piedra en el zapato y me dolía el talón. Pero un amigo corría a mi lado. Yo le decía: 'Quiero renunciar.' Y él me decía: 'No, tú no puedes.' 'Quiero renunciar.' 'No, Peter, tú puedes terminar.' Y él seguía diciéndome: 'No, Peter, no te rindas.'"

Y él dice: "No, Peter, no, yo he terminado". Y él dice: "No". Y eso perduró por seis millas. Y llegó al final. Y terminó la carrera. Y él explicó que cuando corremos la carrera, Jesús está ahí a nuestro lado; él no nos va a dejar renunciar. Él dio su vida para que nosotros pudiéramos correr esa carrera. Él nos ha dado todo lo que necesitamos para tener santidad en nuestra vida. Él es el que ha preparado esa carrera.

Así que cuando tienes un brazo y tú quieres renunciar, tú sigues. Tú luchas contra la fatiga porque la carrera es realizable. Pero hay un segundo aspecto individual en la carrera, y es que debes aspirar a tener paz. Nosotros nacimos en pecado. Nosotros nacimos con enemistad con Dios. Nacimos con una naturaleza pecaminosa que siente envidias, celos, y una autojusticia crítica y sentenciosa. Pero cuando llega el evangelio a nuestro corazón, nos da paz con Dios. Nos da la habilidad de estar en paz con otros.

La paz es un regalo de Dios, pero debe ser vivida. Es como Pablo dice en Romanos 12:18: "En cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres". La paz es el resultado de la disciplina del Padre.

Yo tengo un gozo especial hoy, porque estoy predicando a ustedes desde el estado de Missouri. Mi hijo mayor, que es pastor en Missouri, está predicando en mi iglesia en Kentucky. Eso es algo especial. Esa es una bendición muy especial. Cuando mis hijos estaban pequeños, Tanya y yo siempre podíamos notar cuando ellos estaban poniendo a prueba los límites. Ellos eran muy queridos, pero de repente no se cuidaban en cómo hablaban. Tenían cierta actitud, un poco atrevidos e inteligentes. No hacían caso a las cosas que nosotros les decíamos a la primera vez, y nosotros se lo advertíamos: "Te he advertido. Te estás afinando".

Porque nos imaginábamos que, como cuando alguien está afinando una guitarra y le da vuelta a la cuerda, cada vez está más tensa hasta que rompe. Ellos estaban apretando tanto que estaban a punto de romperse. Y a veces llegaban tan lejos que yo tendría que involucrarme y administrar disciplina. ¿Y tú sabes lo que el texto dice aquí en Hebreos 12? Nadie disfruta la disciplina, pero después produce el fruto apacible de la justicia.

Y eso era justo lo que pasaba con nuestros hijos. Los sentíamos empujando contra los límites que habíamos establecido. Y cuando les aplicábamos disciplina, ellos cambiaban de actitud. No me odiaban. No salían corriendo. Después de la disciplina, se recordaban de que nosotros éramos responsables ante Dios de enseñarles e instruirles, y que lo hacíamos por amor. Ellos se sentaban a nuestro lado, se abrazaban, se acercaban, y tenían una buena actitud. Era el fruto apacible de la justicia.

No sé si a ustedes les ha ocurrido eso en su relación con Dios. Usted se aleja de Él, y Él permite que haya problemas en tu vida que te traen de vuelta a Él. Y no te gusta el problema, pero después hay una dulzura en tu relación con Dios, porque Él te ha recordado de lo mucho que tú lo necesitas. Debemos aspirar por la paz. La persecución y la oposición van a estar ahí, no importa cómo vivamos. Vamos a tener problemas de todas formas, así que enfrentémoslos con paz y con una dulzura en nuestra relación con Cristo.

Así que no solo aspiramos a tener paz, sino que aspiramos también a ser santos, porque sin eso nadie va a ver a Dios. La santidad es esencial. La paz y la santidad son regalos de Dios que nosotros hemos recibido. Pero ahora tenemos que vivirlos. Tenemos la paz de Dios y la rectitud de Él en nosotros mientras corremos la carrera. La rectitud de Cristo en nuestro comportamiento; la rectitud de Dios es la que nos permite entrar en la presencia del Padre. Pero ahora también tenemos que llevarla en nuestra vida diaria.

Así que los primeros aspectos de nuestra respuesta a la disciplina son como individuo cristiano. Pero así como esa respuesta individual y personal es importante, en segundo lugar debemos responder a la disciplina de Dios también como una comunidad cristiana. Fíjense que en el versículo 15 el enfoque cambia. Ya no se trata de que tú fortalezcas tus manos y de que tus rodillas no flaqueen. Ahora Él se enfoca en los que están alrededor de ti: "Mirad bien que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultad, y por ella muchos sean contaminados".

Cuando tenemos esa paz y santidad personales, nos lleva a preocuparnos por el bienestar espiritual de los demás. No solo debo levantar mis manos y fortalecer mis rodillas; debo estar consciente de lo que ocurre con mis hermanos y hermanas. Yo no quiero que ellos se queden cortos de la gracia de Dios. Yo no quiero que ellos sean contaminados. Así que a medida que corremos la carrera, también debemos apuntar a los demás hacia la gracia de Dios.

¡La gracia de Dios es suficiente! ¡No renuncies! Es muy fácil conocer sobre el perdón de Dios pero no abrazarlo como propio. Y por eso debemos motivar a otros y apuntarlos hacia la gracia de Dios. Y si vemos amargura en la vida de alguien, debemos advertir a otros sobre esa amargura que contamina. La amargura va a destrozar tu vida, y cuando ves a un cristiano con amargura en su vida, tienes que apuntarlo a la gracia de Dios.

Aquí se compara esta amargura con una raíz, haciendo referencia a un pasaje en el Antiguo Testamento, en Deuteronomio 29:18: "No sea que haya entre vosotros hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón se aleje hoy del Señor nuestro Dios para ir y servir a los dioses de aquellas naciones; no sea que haya entre vosotros una raíz que produzca fruto venenoso y ajenjo". ¿Pueden ver la conexión entre la idolatría y la amargura? Dios le advierte sobre una familia o tribu que se está yendo a adorar los dioses de las naciones, y la forma en que lo describe es: "no haya entre vosotros una raíz que produzca fruto venenoso".

Lo que aprendemos es el peligro que la amargura tiene en nuestra vida. La raíz crece en silencio, casi no se puede percibir, pero una raíz puede destrozar una piedra grande. Y eso es lo que hace la amargura en tu vida.

Hace años, Tanya y yo vivíamos en una ciudad, y había una mujer que era la persona más difícil que yo había conocido en la vida. Vivía al cruzar la calle y asistía a la iglesia. Ella era tan difícil que si los niños de la calle jugaban con una pelota y esa pelota caía en su patio, ella la tomaba, con un cuchillo la destrozaba y se las devolvía. No quería que nadie de la iglesia se estacionara frente a su hogar. Tomaba ollas y las hacía sonar para que los pajaritos no se posaran en sus árboles. Si veía a obreros entrando con herramientas a la iglesia, llamaba a la ciudad para verificar si ellos tenían permiso para hacer esa construcción.

Había otro vecino que era un fotógrafo muy famoso, y él invirtió $40,000 remodelando su garaje para transformarlo en un estudio. Y cuando estuvo completamente terminada la renovación, ella esperó a que él terminara toda la remodelación y luego llamó a la ciudad y lo reportó por haber hecho ese trabajo sin permiso. Lo denunció ante la ciudad, y eso a ella le encantaba.

Y yo lo que le dije a mi iglesia fue: "Vamos a hacer todo lo posible por ser de bendición para ella. Si hacemos alguna actividad donde hay comida, vamos a llevarle alimento. Si está lloviendo, vamos a limpiarle su marquesina. Vamos a ser de bendición lo más posible". Y ustedes saben que después de años y años bendiciéndola, no sirvió de nada. Ella seguía igual de difícil. Una noche, Tanya estaba hablando con ella, y ella le contó algo a Tanya.

Y una doctora respondió que había llegado al límite. Ella contrató a alguien que viniera a su casa durante un mes entero. Ella se las arregló para que, en la parte del lado del este, entre la acera y la calle, en esa franja de tierra que hay entre la cerca y la calle, se plantaran tres arbolitos. Y ella dijo que lo hizo para que, cuando ella ya hubiera muerto, los árboles crecieran, derrumbaran la cerca, y que las personas que vivieran en esa casa sufrieran por ella. Y eso es amargura.

Pero Dios tiene un sentido del humor increíble. ¿Y saben algo que Dios hizo? La sanó. Y diez años después, nosotros la vimos regalando la cerca, ella misma. La amargura a nadie más le hace daño que a ti. No le hace daño a nadie más. La raíz destroza tu corazón. Pero por esa ruta de la amargura, muchos se han contaminado. Un padre amargo puede destruir una casa. Un niño con amargura desbarata una familia. Una profesora con amargura puede causar daño a muchos niños.

Cuando dejas que la amargura entre en tu hogar, afecta todo. Esa es la forma de destruir más aspectos de tu vida. Esa es la forma de destruirte más cosas de las que tú te puedes imaginar. Y fíjense que hay una conexión entre amargura e inmoralidad sexual. Cuando una persona es inmoral sexualmente, ¿qué es lo que está diciendo? Es especialmente significativo si es un creyente. Si un esposo creyente le es infiel a su esposa, él realmente está acusando a su esposa, y de la misma manera está acusando a Dios, porque no cree la Palabra de Dios.

Él está diciendo: "Lo que tú me has dado no es suficiente. No me diste un buen regalo." En el corazón de cada pecado está la acusación de que Dios no es bueno. Y como Él no es bueno, pues tengo amargura hacia Él. Es una decisión propia. Fíjense la conexión entre amargura e inmoralidad.

Pero si debemos responder a la disciplina instructiva de Dios de forma personal y colectiva, hay un tercer aspecto, y es que debemos hacer eso en la medida en que atesoramos nuestra herencia. No sabemos quién fue el autor de este libro, pero él conoce muy bien el Antiguo Testamento, y lo utiliza para enfatizar sus puntos. Y aquí trae a colación el nombre de un personaje del Antiguo Testamento: Esaú, uno de los gemelos hijos de Isaac.

De hecho, Esaú es el hijo mayor, el primogénito. Él es el que por su nacimiento es el heredero de su padre. Pero estoy seguro de que usted conoce la historia. Esaú estaba cazando en el campo, estaba agotado y hambriento. Volvió a la casa con mucha hambre, y su hermano Jacob estaba preparando una comida. Esaú pensaba que se iba a morir, y dijo: "¡Jacob, dame un poco de esa sopa!" Y Jacob, que siempre buscaba la forma de sacar ventaja a la situación, dijo: "Mira, vamos a hacer un negocio. Te cambio la sopa por la primogenitura. Te doy la sopa si tú reconoces que ahora yo soy el que va a recibir la herencia."

Y Esaú dijo: "¿Qué me sirve una herencia si muero? ¡Dame la sopa!" Pero ya saben lo que ocurrió más tarde. Cuando llegó el momento de recibir la bendición, Jacob engañó a su padre Isaac haciéndose pasar por Esaú ante él. Y Esaú dijo: "¡Padre, bendíceme a mí también!" Y lloró amargamente. Pero no encontró manera de deshacer lo que ya había hecho. No encontró forma de retroceder lo que ya había ocurrido.

Ahora bien, el escritor de Hebreos ya nos ha hecho dos advertencias. Nos ha advertido para que no se pierda la voz de Dios, y nos ha advertido de que nadie se quede corto de la gracia de Dios. Y ahora nos quiere decir que nos aseguremos de que nadie tire o bote la gracia de Dios. Que Dios ofrezca una bendición tan maravillosa y que luego la intercambiemos es inaceptable. No debes cambiar lo significativo por lo trivial.

Todo lo que tú tienes, lo vas a perder. Tú vas a morir. No te lo puedes llevar. La casa, el carro, la ropa: todos esos son triviales. Son pasajeros. Dios te ofrece algo significativo, y no puedes cambiar tu herencia por un apetito. Esaú estaba convencido de que iba a morir si no tomaba esa sopa. Tú puedes pensar que no puedes vivir sin ese pecado. Pero si cambias tu herencia por un apetito, has hecho un mal negocio. No cambias un momento por la eternidad.

Porque el texto aquí dice que, después de que Esaú fue rechazado, su padre no le dio la bendición. Si lees el libro de Génesis, el capítulo 36 es el más peculiar del libro entero: es una lista de todos los descendientes de Esaú. Él se convirtió en un hombre muy rico. Tenía ovejas e hijos. Tenía su propio territorio. Tenía una nación para él: la nación de Edom. Y tú dices: "Bueno, pero le fue bien. Era un hombre rico. Recuperó cosas."

Pero él nunca recuperó la bendición. Él no era el niño de la promesa. Era un hijo de la carne. Recuperó las pérdidas materiales, pero nunca recuperó la voz del arrepentimiento. Él estaba en un lugar de remordimiento, pero nunca llegó al arrepentimiento verdadero. Tú puedes pensar: "¿Acaso no se arrepintió?" Sí, pero hay que entender lo que realmente es el arrepentimiento. Arrepentimiento no es solo sentir lástima por lo que hiciste. Arrepentimiento no significa simplemente que no te gustan las consecuencias.

La decisión de Esaú en un momento de hambre es sorprendente, porque nunca encontramos en él un hambre equivalente por la herencia. Él odió las consecuencias. Él no quería cosechar el fruto que había sembrado. Pero nunca odió la carne que lo había llevado hasta ahí. Él quería cambiar los resultados, pero nunca pidió misericordia para que Dios cambiara al hombre y le perdonara lo que había cometido como pecado.

Escuchen, por favor. Sus apetitos más fuertes van a impactar sus más grandes decisiones. En los momentos decisivos de la vida, van a tomar decisiones en base a lo que ustedes realmente quieren. Si buscan confort, sus decisiones lo van a reflejar. Si buscan placer, sus decisiones los llevarán inevitablemente a ese resultado. Si quieren alejarse de Jesús, sus decisiones también lo reflejarán.

Y si en la vida quieres el mundo, el mundo va a ser muy pequeño y muy insignificante, y vas a morir y vas al infierno con lo que quieres, que es la vida sin Dios. El infierno no es más que Dios dándole a cada persona lo que ella quiere. Vida sin Dios: eso es el infierno. Es estar separado de Dios. Pero si lo que quieres es Cristo, Dios te lo dará. Tu deseo de ser tiene que ser más fuerte que tu deseo de hacer.

Esaú quería satisfacer sus apetitos, y estaba dispuesto a renunciar a quién él era. Él era el primogénito, pero lo trató como algo ligero y lo cambió por una sopa. El problema que tienen muchos cristianos es que no solo se entregaron a Dios, sino que después trataron esa entrega como algo ligero y la intercambiaron por algo trivial como una sopa, sin recibir nada de valor a cambio.

Y Esaú dijo: "¿Qué me sirve una herencia si me muero?" Pero había otro Primogénito. El primogénito entre los muertos. El primogénito entre muchos hermanos. El primogénito de toda creación. El Señor Jesucristo. Y Él dijo que no podía quedarse sin la herencia. Y fue fiel hasta la muerte, incluso muerte de cruz. No le dio la vuelta. No se alejó de la obediencia que Dios le exigía. Y por eso es que Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua confiese para la gloria de Dios que Jesucristo es Señor.

Y por eso es que el escritor dice en el versículo tres: "Considérenlo a Él." Él corrió la carrera. Él enfrentó las contradicciones de los pecadores en contra de Él, y se mantuvo fiel. Y Él corre la carrera a tu lado. Y si le sigues a Él, no te vas a cansar, no vas a renunciar. De hecho, tú no has resistido hasta el punto de derramar sangre. El Salvador derramó su sangre. ¿De qué te quejas tú? ¿Cómo puedes renunciar si Él no lo hizo? Oh, consiéralo a Él. Él es fiel.

Hay muchos momentos en la vida donde he sentido la tentación de pecar. Pero por la gracia de Dios no he cedido. En los momentos en que sí he tenido el deseo, Dios en su gracia me mantuvo alejado de la oportunidad. El lugar más peligroso donde puedes estar es en la intersección del deseo y la oportunidad. Es un lugar peligroso.

Y el lugar más triste es el lugar donde estaba Esaú: en la intersección entre el remordimiento y la inhabilidad de arrepentirse. Él lamentaba lo que había hecho. Él lamentaba las consecuencias de su decisión.

Pero él nunca le pidió misericordia a Dios para cambiar al hombre. Él solo quería cambiar las consecuencias. Y es un triste lugar.

Pero yo le tengo buenas noticias. ¡Dios te da algo mejor que meramente cambiar las consecuencias del pecado! Él te cambia a ti. Él te cambia la oportunidad de tu eternidad si tú llegas a Su presencia. Si vienes ante Él en arrepentimiento y confiesas tu pecado, y le pides que te dé más que meros remordimientos: "¡Oh Dios, dame arrepentimiento!" Porque el mejor lugar es la intersección de la gracia y el arrepentimiento. Y cuando tú estás ahí, ¡Dios se encarga y nos da a Cristo!

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Hershael York

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