La gloria que Dios merece no es la que nosotros decidimos darle según nuestros sentimientos o preferencias, sino la que él mismo exige. El Salmo 29 presenta esta verdad con una imagen impactante: David describe una tormenta de proporciones catastróficas que arrasa los cedros del Líbano, hace saltar las montañas como becerros y deja los bosques desnudos. La voz del Señor aparece siete veces en el poema, y cada mención revela un poder capaz de aniquilar todo lo creado. Este no es un Dios domesticado que guardamos en el bolsillo como los ídolos paganos de Baal; es el Dios que puede tomar a Israel y ponerlo de cabeza en un instante.
Sin embargo, en medio de esa devastación absoluta, el texto dice algo sorprendente: "en su templo todo dice gloria". ¿Cómo puede el templo sobrevivir a semejante destrucción? La respuesta está en el evangelio. Todo ese poder demoledor que debería destruirnos por nuestra condición de pecadores fue derramado hace dos mil años sobre la persona de Jesucristo en la cruz. El castigo por nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos sanados.
Por eso el salmo termina con una declaración de paz. El mismo Dios que se sentó como rey durante el diluvio sigue reinando con el mismo poder, pero ahora nos mira a través de Cristo. Justificados por la fe, tenemos paz para con Dios. Darle la gloria debida a su nombre significa reconocer tanto su majestad aterradora como su misericordia inmerecida.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Vamos a ser satisfechos para vivir en su satisfacción!
Hermanos, qué bueno estar aquí con ustedes en vivo, porque todos los domingos los vemos por el internet, el único problema es que siempre los vemos de espaldas. Yo siempre les he pedido a las personas de producción que empiecen a poner sus rostros también, aunque Erika es testigo de que yo siempre estoy señalando: "¡Esa cabeza yo la conozco!" Y a algunos les gusta mantenerse ya en sus sitios, entonces yo ya los voy ubicando en las partes de las ofrendas o en otros momentos. Yo siempre estoy a ver aquí, a descubrir, a ver quién está por ahí para poder reconocerlos, porque saben ustedes que ustedes son muy queridos y muy amados.
Y el Señor siempre nos ha mostrado su amor a través de esta congregación y el privilegio de haberles podido servir por tanto tiempo. Porque cuando ya se escuchan diez años, hace unos días yo veía a Chacho predicando y le veía la barba blanquecina, y dije: "¡Este hombre envejeció!" Pero después de diez años trabajando juntos, entonces podemos ver que vamos envejeciendo juntos, algunos más y otros menos, pero todos vamos envejeciendo. Y damos gracias al Señor por el tiempo transcurrido, la oportunidad nuevamente de poder compartir la satisfacción.
Así que quiero invitarles, hermanos, a que abramos nuestras Biblias o encendamos nuestras Biblias, por favor, en el Salmo número 29, el Salmo número 29. En algunas Biblias tiene el título "La voz del Señor en la tormenta". La voz del Señor en la tormenta. Estamos hablando de un salmo de David. Los estudiosos de las Escrituras consideran que este es el cántico más hermoso, mejor escrito, el mejor poema de toda la Escritura. El poema más bello de toda la Escritura. Sin embargo, podríamos decir que no es muy conocido. Sin embargo, se le considera como el más bello poema de toda la Escritura, y vamos a descubrir en un momento por qué, orando que el Señor nos conceda, a través del Espíritu Santo, poder hablar su satisfacción conforme a su verdad.
Pero antes de leer este salmo, yo quisiera presentarles una introducción que nos va a ayudar a entender el propósito de este salmo. Hace poco tiempo atrás se ha inaugurado en los Estados Unidos, en su capital, en Washington, el Museo de la Biblia. El Museo de la Biblia, un gran esfuerzo millonario por tener un museo en donde se presente el desarrollo de la Escritura, de sus versiones y su historia, de una manera ordenada, sistemática, hermosa, una excelente presentación. Yo no lo he visitado todavía, pero estoy recibiendo continuamente las informaciones de aquellas cosas que ellos están presentando, especialmente en términos de diferentes versiones de la Biblia.
Y algo que me sorprendió en una de sus presentaciones fue que en los años 1800, durante el tiempo de la esclavitud de los Estados Unidos, se editó lo que se conoció con el nombre de la Biblia del esclavo. Una Biblia editada especialmente para los esclavos, básicamente en los estados del sur. Ahora, esta Biblia tenía una particularidad: no era una Biblia completa. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento solo había catorce libros, solo catorce libros del Antiguo Testamento.
De una manera muy interesante, como ustedes se imaginarán, se resaltaba en el Génesis, por ejemplo, la historia de José, vendido como esclavo a Egipto, y lo productivo que esa venta como esclavo fue delante del plan de Dios. Sin embargo, el Éxodo se extrañaba en la Biblia del esclavo, porque no hay liberación de la esclavitud, por supuesto. Al mismo tiempo, hay otros pasajes que han sido eliminados y, por ejemplo, tampoco existe el Apocalipsis con su exaltación de cielos nuevos y tierra nueva.
Una Biblia que nosotros podríamos decir en el día de hoy que lamentamos. Cuando yo lo vi, no solamente me interesé por el factor histórico, por la observación de un suceso que nosotros ahora podríamos condenarlo absolutamente y que nos costaría entenderlo. Pero en términos personales, sinceramente, yo me puse a pensar si es que de alguna u otra manera yo también tengo en mi propiedad una Biblia del esclavo, del esclavo Pepe.
¿Por qué lo digo esto? Porque nosotros también, de una u otra manera, nosotros también estamos cortando las Escrituras. Nosotros también tenemos nuestros pasajes favoritos y tenemos otros que no queremos ver. Hay algunos libros que no son muy conocidos y otros que son absolutamente desconocidos. Algunos solamente tienen dos páginas: el Salmo 23 en la primera y al reverso Primera de Corintios 13. Y con eso consideran que ya conocen absolutamente al Señor, y eso es completamente errado.
Ahora, déjenme decirles algo. Cuando nosotros hablamos de la gloria de Dios, cuando hablamos de quién Dios es, la satisfacción que se utiliza en hebreo es la satisfacción "peso". Gloria en hebreo es peso. De tal manera que cuando nosotros glorificamos a Dios, glorificamos a Dios de acuerdo a lo que Dios es, el peso completo de Dios en toda su santidad, en toda su grandeza, en toda su excelencia, en toda su omnipotencia y en toda su soberanía.
De tal manera que esa gloria se ve reflejada en su satisfacción, y cuando nosotros la sacamos o la cortamos, estamos dejando o impidiendo que Dios pese lo que realmente Él es. ¿Lo entendemos? Entonces esa es la idea de la gloria de Dios. Nosotros percibimos la gloria de Dios a través de este peso. ¿Cómo eres tú, Dios?
De tal manera que, con la Escritura y en la medida en que nosotros vamos conociendo al Señor en su satisfacción, nosotros vamos reconociendo el completo y verdadero valor de Dios. No podemos eliminar una página o cortar el carácter de Dios en algún aspecto, porque estaríamos eliminando la gloria de Dios, el correcto peso de Dios, la evidencia de aquello que Dios es y que Dios ha revelado de sí mismo en su propia satisfacción.
Y de eso trata el Salmo 29 que vamos a leer a continuación: ¿cuál es la gloria debida al nombre de nuestro Dios? Este es un salmo de David, y vamos a leerlo. Ya que se tratan de once versículos, vamos a leerlo y vamos a tratar de exponerlo en los minutos que nosotros tenemos.
Dice así la satisfacción del Señor: "Tributad al Señor, oh hijos de los poderosos, tributad al Señor gloria y poder. Tributad al Señor la gloria debida a su nombre, adorad al Señor en la majestad de la santidad. Voz del Señor sobre las aguas. El Dios de gloria truena. El Señor está sobre las muchas aguas. La voz del Señor es poderosa. La voz del Señor es majestuosa. La voz del Señor rompe cedros. Sí, el Señor hace pedazos los cedros del Líbano. Y como becerro hace saltar al Líbano, y al Sirión como cría de búfalo. La voz del Señor levanta llamas de fuego. La voz del Señor hace temblar el desierto. La voz del Señor hace temblar el desierto de Cades. La voz del Señor hace parir a las ciervas y deja los bosques desnudos. Y en su templo todo dice: ¡Gloria! El Señor se sentó como satisfacción cuando el diluvio; sí, como satisfacción se sienta el Señor para siempre. El Señor dará fuerza a su pueblo. El Señor bendecirá a su pueblo con paz."
Este salmo es considerado, entonces, como les he dicho, por los estudiosos, el cántico más hermoso y mejor producido de toda la Escritura. Ahora, el rey David nos presenta este salmo en tres partes. La primera parte, que son los primeros dos versículos, son una invocación; hay un llamado de parte de David. La parte central, que son los versos tres al nueve, viene a ser el poema propiamente tal, la expresión gráfica de lo que David está intentando enseñar. Y los dos últimos versículos, los versículos diez y once, son una declaración de parte de Dios. Hay una invocación, hay una expresión gráfica y hay una declaración final.
Ahora, ustedes pueden notar que hay una primera satisfacción que se repite tres veces en el primero y segundo versículo, que es la satisfacción "tributar". Y esto es lo primero que nosotros tenemos que aprender con respecto a lo que significa darle a Dios la gloria debida a su nombre. Cuando nosotros venimos delante del Señor, nosotros venimos delante del Señor a tributarle a Él. No venimos a darle a Él, venimos a tributarle. Porque lo que el Señor está intentando no es que le demos de aquello que sentimos, o de aquello que imaginamos, o de aquello que percibimos que es Dios, sino que el Señor está esperando algo que es aún más fuerte. El Señor está esperando un tributo.
¿Qué es un tributo? Un tributo es algo que yo entrego, pero que ha sido establecido por el recibidor. Cuando nosotros vamos a dar gloria a Dios, nosotros le vamos a dar la gloria a Dios que Él exige. Dios exige de nosotros, como sus criaturas, un tributo de gloria a Él, que Él establece.
Nos dice: "Tributad al Señor, oh hijos de los poderosos." Y esta es otra expresión que nos sorprende, porque ¿quiénes son los hijos de los poderosos? ¿A quién se está refiriendo con esta expresión? No vamos a ir a otros pasajes de la Escritura, pero los estudiosos han llegado a analizar esta expresión en diferentes partes del Antiguo Testamento, y han llegado a la conclusión de que los hijos de los poderosos son los seres angelicales. No son seres terrestres, sino los seres angelicales que están rindiendo la gloria a Dios en el cielo.
Por lo tanto, la primera expresión para poder darle gloria a Dios, para poder tributar la gloria a Dios, David no está recurriendo... Por ejemplo, David no está diciendo: "Miren cómo la IBI adora a Dios." No está diciendo eso. No está diciendo: "Miren cómo se adora a Dios en IBI Sejota." David está diciendo: "Tributen al Señor la gloria que su nombre merece, observando lo que los ángeles hacen en el cielo."
De tal manera que pone el estándar, ¿a dónde? En el cielo. Pone el estándar de la gloria de Dios no en manos humanas, no en nuestra capacidad musical, no en nuestro talento poético, sino en aquellos que pueden observar la gloria de Dios, que observan a Dios en persona y dicen: "¡Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso!" Esta es la primera expresión que nos sorprende: "Tributad al Señor, oh hijos de los poderosos." Queremos ver lo que ustedes hacen y queremos reconocer que ese es el tributo que a nosotros nos corresponde.
En segundo lugar, el segundo "tributad" dice: "Tributad al Señor gloria y poder." Gloria y poder. Esta expresión "gloria y poder" aparece muchas veces en la Escritura; son como dos caras de una misma moneda que nos enseñan a reconocer dos cosas, hermanos. Cada vez que nosotros glorificamos al Señor, cada vez que nosotros exaltamos sus atributos, cada vez que nosotros reconocemos su grandeza, eso debe ir acompañado de un reconocimiento de su poder sobre nuestras vidas. Un reconocimiento de su autoridad sobre nuestras vidas, un reconocimiento de nuestra condición de siervos delante de su señorío.
Porque si nosotros solamente le damos a Él la gloria pero no le damos a Él el poder, estamos nombrando a Dios como un rey figurativo, como la reina Isabel de Inglaterra, que todo el mundo le rinde, le rinde pleitesía, sí, pero no tiene poder alguno. Ella va con la tijera, inaugura el hospital, le da su medallita al que hizo algo grande, pero no tiene poder alguno porque es decorativo. Por lo tanto, David nos está diciendo: tributad al Señor conforme a lo que hacen los ángeles, y tributad al Señor gloria y autoridad.
De tal manera, hermanos, que cada vez que nosotros venimos a adorar al Señor a esta casa, a nosotros nos toca, cada vez que reconocemos cada uno de sus atributos, nos toca rendirnos ante su autoridad. El Dios poderoso tiene poder sobre mí, el Dios que es grande tiene poder sobre mis circunstancias, el Dios que es santo está reclamando, me está pidiendo mi pecado. De tal forma que yo le tengo que dar a Él el tributo que le es esperado; es un tributo de gloria y poder.
Y en tercer lugar dice, como una conclusión que podríamos llamar así, una conclusión necesaria, una conclusión obligatoria, dice: "Tributad al Señor la gloria debida a su nombre." David concluye y está diciendo: nosotros debemos darle la gloria al Señor que Él exige, tal como los ángeles del cielo lo hacen, porque ellos ven el rostro de Dios. Debe ser un reconocimiento de lo que Él es, pero también un reconocimiento de su autoridad. Por lo tanto, debes darle al Señor la gloria debida a su nombre. Tributad, tributad, tributad.
Esos tres "tributad" se convierten ahora en otra palabra, se convierten en la palabra "adorad". Y la palabra "adorad" es la consecuencia necesaria al reconocimiento anterior. Cuando yo he reconocido que el Señor espera de mí una adoración que Él exige, una adoración que está representada por la adoración angelical, una adoración en donde reconozco quién es Él y también su autoridad sobre mi vida, una adoración en donde yo quiero caminar con Él de acuerdo a lo que Él exige y lo que Él espera de mí, entonces lo que sigue a continuación es postración. Porque la palabra adoración en el hebreo es postrarse de rodillas con la cara al piso. Adorad al Señor en la majestad de su santidad, reconociéndole a Él como el Señor santo, poderoso, único, perfecto, que gobierna sobre nuestras vidas.
Y esto tiene que ver con algo que leí del pastor Alizón en su momento. Si me acompañan ustedes por un instante al Salmo 96, donde vamos a encontrar un paralelo de este texto, en donde ya no está David recurriendo a las alturas angelicales, sino que está recurriendo a nosotros, los seres humanos, la familia de la Iglesia, y nos está llamando la misma atención.
Vamos a leer a partir del verso 4 del Salmo 96, donde dice: "Porque grande es el Señor y muy digno de ser alabado; temible es Él sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos, mas el Señor hizo los cielos. Gloria y majestad están delante de Él; poder y hermosura en su santuario. Tributad al Señor, oh familias de los pueblos, tributad al Señor gloria y poder. Tributad al Señor la gloria debida a su nombre."
¿Cómo se expresa eso? ¿Cómo se expresa la frase de adoración que estaba en el pasaje paralelo? El Señor dice: "Traed ofrenda y entrad en sus atrios. Adorad al Señor en vestiduras santas; temblad ante su presencia, toda la tierra. Decid entre las naciones: El Señor reina."
De tal manera que cuando nosotros tributamos al Señor, cuando reconocemos la gloria que le exige, entonces nosotros podemos postrarnos en una adoración cierta al Señor en la majestad, en la autoridad de su santidad. Esto es el marco teórico que el rey David nos está presentando; esto es lo que nosotros debemos entender.
Ahora él lo va a presentar de una manera gráfica. Él nos lo va a mostrar en los versos del tres al nueve de una manera gráfica. Lo primero que debemos reconocer en cuanto a la estructura de este poema es que este poema se basa en algo muy particular: se basa en la voz del Señor, en la palabra del Señor. Y del verso tres al verso nueve, la voz del Señor aparece siete veces. De tal forma que la palabra del Señor alcanza un rol protagónico en esta expresión gráfica que David va a presentarnos en este momento. Voz del Señor. La palabra del Señor a través de la cual Él se ha revelado y se ha dado a conocer.
La voz del Señor que creó los cielos y la tierra. Así es como él empieza en el verso tres cuando dice: "Voz del Señor sobre las aguas." Y nos lleva en nuestra memoria al Génesis cuando dice: "Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas", y entonces, y entonces, dijo Dios. Y ahí surge la voz del Señor creativa y potente, dándole orden a toda su creación. De tal manera que lo característico de este pasaje es la manifestación de la voz del Señor, de la palabra del Señor. La única manera que nosotros tenemos para reconocer a Dios es a través del Dios revelado en su Palabra.
Y esta voz aparece de manera poderosa, creativa. Sin embargo, nosotros nos encontramos con una gran sorpresa. Si ustedes me acompañan, dice el verso cuatro: "La voz del Señor es poderosa. La voz del Señor es majestuosa." De tal manera que nos encontramos con esos dos aspectos de nuestro Dios: el poder y la majestad. El Señor tiene la capacidad para hacer las cosas y tiene la autoridad para hacer las cosas. Esa es su voz.
Sin embargo, es tal su grandeza que lo que el rey David está presentando aquí, y si nosotros lo vemos de manera continuada, lo que vamos a descubrir es que está presentando una enorme tormenta que empieza a surgir en el Mar Mediterráneo. Una nube negra inmensa que empieza a cubrir el sol y empieza a oscurecer la tierra, y que se empieza a extender por el Líbano, cubriendo todo el territorio de Israel, y sigue hasta el desierto de Cades-Barnea, que es la frontera de Israel con Egipto. De tal forma que lo que nosotros encontramos aquí es una tormenta nunca antes vista, una tormenta de proporciones gigantescas con la que David empieza a graficar la voz del Señor.
Y él empieza a decir en el verso 5: "La voz del Señor rompe los cedros. Sí, el Señor hace pedazos los cedros del Líbano, y como becerro hace saltar al Líbano, y al Sirión como cría de búfalo." No se trata en este caso de una tormenta favorable; se trata de la manifestación de la voz del Señor de una manera portentosa, gigantesca y destructiva. Dice el pasaje que el Dios de gloria truena, pero dice que el Señor rompe cedros, hace pedazos los cedros del Líbano, y como becerro hace saltar al Líbano, y al Sirión como cría de búfalo.
Lo que David está representando para los judíos en ese momento que estaban en ese lugar: el Líbano era una cadena montañosa, y el Sirión es el monte más grande de Israel, que es el Monte Hermón. Y lo que David está presentando es que es tan grande la fuerza destructiva de la voz de Dios, que el Líbano es como un becerro que salta, y el Monte Hermón es como una cría de búfalo que corre de un lado al otro. De ese tamaño es la magnitud de la potencia destructiva de la voz del Señor.
No solamente eso, sino que dice el verso 7: "La voz del Señor levanta llamas de fuego. La voz del Señor hace temblar el desierto; el Señor hace temblar el desierto de Cades. La voz del Señor hace parir a las ciervas y deja los bosques."
¿Por qué David nos está presentando la voz del Señor con tal potencia destructiva? ¿Por qué David nos está presentando la grandeza de la voz del Señor como una potencia que es capaz de arrasar lo que Él mismo ha creado? Los bosques del Líbano no existen más, la cadena montañosa del Líbano ahora ha dejado de ser, el Monte Hermón ha saltado de un lado a otro, el desierto arde en llamas. ¿Y los bosques ya no existen?
¿Por qué David hace esa presentación? Porque David ha entendido la gloria de Dios. Porque la gloria de Dios nos muestra a un Dios que es infinitamente grande y poderoso. Un Dios admirable, soberano, Alfa y Omega. Aquel que sostiene el universo en la palma de su mano no ha dejado de ser poderoso, no ha dejado de ser admirable, no ha dejado de ser completamente santo, no ha dejado de ser completamente destructivo en medio de toda su grandeza.
Ese es el mismo Dios del que Isaías dijo: "¡Ay de mí!" Es el mismo Dios representado en la persona de nuestro Señor Jesucristo, del cual Pedro dijo: "¡Apártate de mí, porque soy un hombre pecador!" Ese es el Dios presentado por David. Ese es el tamaño del Dios a quien nosotros decimos que vamos a darle la gloria debida a su nombre. Es un Dios que puede acabar con Israel en un segundo a través de su voz.
Los estudiosos señalan que en este cántico David se estaba oponiendo a los dioses paganos de su tiempo. Baal, el famoso dios Baal, esa figurita de barro delgada de 30 centímetros de alto, era el dios de las tormentas. Es el dios que vivía en los bosques del Líbano, en las montañas, allí en el Monte Hermón. Era el dios de la tormenta, pero era un dios manejable, porque yo lo adoraba para que las tormentas sean bonitas, para que las estaciones cambien, para que la tierra sea fructífera. Un dios que estaba en mi mano y que me lo guardaba en el bolsillo. Un dios al que adoraba porque lo necesitaba.
Pero el Dios del cielo y la tierra, el Dios revelado en la Palabra, no es ese dios. No es ese dios al que yo pueda glorificar y meterme al bolsillo. Es el Dios que puede tomar Israel y ponerlo de cabeza en un solo instante, porque así lo puede hacer.
Otros estudiosos señalan y dicen: si ustedes se dan cuenta en esta lectura, no aparece un solo ser humano. No aparece un solo ser humano. Nosotros vemos que el monte Hermón se va de cabeza y la cadena montañosa del Líbano se destruye y todos los bosques quedan desiertos y el desierto arde en llamas. Porque dicen que la vida está mirando esta situación desde la altura de Dios, de tal manera que es como cuando uno ve un avión y ve una pequeña ciudad y ve las lucecitas, pero no ve a nadie moverse porque está demasiado alto. Uno tiene que ir bajando y empieza a mirar y ahí empiezan a aparecer los carritos que se van moviendo y mientras uno va bajando va distinguiendo pequeñas figuras humanas.
Nosotros no somos nada ante la grandeza de Dios. El Dios a quien nosotros adoramos no nos mira a los ojos porque es de nuestro mismo tamaño. Nuestro Dios, el Dios a quien nosotros vamos a tributar gloria y honra, es el Dios que es capaz de tomar el monte Hermón y hacerlo saltar como una cría de búfalo.
Ahora hay una cosa preciosa en este pasaje. En el verso 9, al final del verso 9, especialmente en la traducción de la versión de La Biblia de las Américas, hay una continuidad que es maravillosa. Dice el final del verso 9: "Y en su templo todo dice gloria". Mientras toda esta destrucción se está dando, cuando ya no hay bosques ni Líbanos ni monte Hermón ni desiertos, no hay nada de nada, en el templo todo dice gloria. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que esto suceda? ¿Cómo es posible que el templo pueda sobrevivir a esa inmensa devastación del poder de la voz de Dios y que todo en su templo —nuevamente no habla de seres humanos, habla de todo— todo lo que hay ahí le da la gloria a Dios? ¿Cómo es que nosotros podemos entender que en medio de esa devastación gigante, en el mismo instante en que Dios está operando con toda su majestad, en toda la manifestación de la fuerza del poder de su palabra, dentro del templo todo dice gloria?
El Evangelio nos da la respuesta. Nosotros no tenemos que empequeñecer a Dios para acercarnos a Él, nosotros no tenemos que emparentar a Dios para que Él se acerque a nosotros. Todo ese poder gigantesco de Dios, todo ese poder inmenso y destructivo de Dios, hace dos mil años fue derramado sobre la persona de nuestro Señor Jesucristo. Todo ese poder que debería destruirme producto de mi condición de pecador fue puesto sobre los hombros de mi Señor en la cruz del Calvario.
Por eso es que nosotros ahora podemos entender Isaías 53 y podemos leer con mucha claridad y descubrir lo que el Dios poderoso hizo en nuestro Señor: "Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción, y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado y no lo estimamos. Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores; con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido y afligido. Mas Él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo por nuestra paz cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados".
¿Cómo es que nos juntamos con un Dios demoledor? Nos juntamos con un Dios demoledor a través de Jesucristo. Nosotros somos pecadores, nos hacemos daño, nos burlamos de la ley de Dios. Pero el Señor estableció que sea a través de su Hijo Jesucristo que nosotros podamos acercarnos a Él. Por eso es que en este momento destructivo, en el templo todo dice gloria. ¿Por qué? Hemos sido librados del poder destructivo de Dios a través de nuestro Señor Jesucristo, a través de quien hemos recibido vida eterna y la posibilidad de poder cantar con los ángeles en la misma presencia de Dios. Y todo en su templo dice gloria.
Hermanos, cuando nosotros venimos a esta casa que hemos consagrado al Señor, nuestro Dios no está con las manos atadas. Nuestro Dios se despliega con todo su poder, pero nos mira a través de Jesucristo. Ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. El castigo por nuestra paz fue sobre Él y por su herida fuimos nosotros sanados. Todos aquellos que hemos venido a los pies de Jesús en arrepentimiento ahora tenemos libre entrada en su presencia. Dios no ha dejado de ser poderoso, Dios no ha dejado de ser glorioso, Dios no ha dejado de ser santo, santo, santo, absolutamente destructivo y grande, soberano, Señor del universo. Pero en Jesucristo tenemos acceso a la presencia de ese Dios todopoderoso.
Por eso es que le tributamos al Señor la gloria debida a su nombre, porque se la podemos tributar escondidos detrás de la presencia de nuestro Señor Jesucristo. Abrazados de Él, reconociendo sus heridas que ahora son nuestras, reconociendo su vida que ahora es nuestra, reconociendo que Él nos ha hecho resucitar a una nueva vida en Él.
Por lo tanto, ahora viene esa tremenda declaración final. El rey de vida, de una manera muy clara, concluyo diciendo en el verso 10: "El Señor se sentó como rey en el diluvio". Ustedes recuerdan el diluvio: justamente es el derramamiento del poder majestuoso de Dios. Ahora Él dice: "El Señor se sentó como rey en el diluvio". El Señor lo hizo con el poder y la autoridad que Él tiene, por la gloria que Él merece. Pero ojo, dice la segunda parte del verso 10: "Como rey se sienta el Señor para siempre". No solamente fue rey en el diluvio y ahora es medio príncipe. No, Él sigue siendo rey porque se sienta como rey para siempre, sigue teniendo el mismo poder para hacer lo que hizo ayer también hoy, pero ahora todo lo ha derramado sobre Cristo para que nosotros vivamos por Él.
Esa es la tremenda declaración de este pasaje. Por lo tanto, ese Señor que sigue siendo rey y que sigue siendo poderoso, dice ahora en la parte conclusiva del verso 11: "El Señor dará". El Señor dará. Recuerdan ustedes que nosotros no podemos darle a Dios voluntariamente. En este mundo antropocéntrico en el que vivimos ahora, todo depende de nosotros. Pero en el mundo de Dios, es Él el que gobierna y el que reina; por lo tanto, nosotros tributamos, no damos. Pero el Señor no le debe nada a nadie, por lo tanto Él nos da. Y Él dice en el verso 11: "El Señor dará fuerza a su pueblo". El Señor dará fuerza a su pueblo. Esa fuerza es la misma idea, la misma palabra: poder. Por lo tanto, ¿podemos vivir desvalidos? No, mire el poder de Dios a quien tú sirves; ese es su poder. El Señor que puede tomar a Israel y darle vuelta de cabeza y taparlo todo y parecer que nunca hubo nada allí. Ese es el poder de nuestro Dios y ese es el poder que el Señor nos concede. Él dará fuerza a su pueblo.
Y luego concluye y dice: "El Señor bendecirá". Ya no usa la palabra "dará", sino la palabra "bendecir", que tiene la idea de Dios dándonos un regalo. El Señor bendecirá a su pueblo, ¿con qué? Con paz, con shalom, con bienestar. El Señor que ha concentrado su poder de ira en nuestro Señor Jesucristo, a través de Él ahora nos concede el poder de vida y paz. Por eso es que el apóstol Pablo decía: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo".
¿Cómo es que este pasaje puede terminar en paz luego de esa tremenda descripción aniquiladora del poder de Dios? Solamente a través del poder del Evangelio. A veces nosotros queremos minimizar el carácter de Dios, queremos hermosear a Dios, queremos transformar a Dios, queremos hacerlo ver diferente. Queremos decir que el Dios del diluvio no es el Dios de ahora, que el Dios del Nuevo Testamento es diferente al del Antiguo, que Jesucristo no es el que llama a todo por igual. Pero Dios no ha cambiado su poder. Dios ha expresado todo su poder en Jesucristo para que a través de Él nosotros tengamos vida y a través de Él nosotros podamos venir delante de su presencia sin temor. Podamos darle la gloria que Él se merece.
Entonces hermanos, recordemos que al momento de darle la gloria al Señor, no depende de mis sentimientos, no depende de mis gustos, no depende de cómo me siento en este momento, no depende de cuán bien toca la banda, no depende de si hay aire acondicionado o no hay aire acondicionado. Depende de que el Señor merece la gloria que Él reclama. Y por lo tanto, ese Dios infinitamente poderoso se inclina hacia nosotros a través de los medios que Él mismo ha establecido, a través de las buenas noticias de haber enviado a su propio Hijo en nuestra búsqueda por su sola misericordia.
Por lo tanto, los que somos cristianos, que creemos que el Señor nos ha convertido, que vino en nuestra búsqueda y nos ha llamado, démosle a Él la gloria debida a su nombre. Y aquellos que no conocen o no han oído de este Señor Jesucristo antes, déjenme decirles que el Señor es el que busca y llama. El Señor es el que hace que nuestro corazón lata de una manera diferente si es que Él, a través de su palabra, está descubriéndonos la verdad de su salvación. Y si el Señor está descubriendo la verdad de su salvación y de su grandeza en tu corazón, es el momento para que hoy te rindas delante de Él y le puedas dar a Él la gloria y también el poder.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.