En el año 33 d.C., el Rey de reyes desfiló hacia Jerusalén para ser coronado, pero su coronación fue radicalmente distinta a cualquier otra. No hubo alfombras rojas sino mantos tirados en el camino; no llegó en carruaje sino montado en un burrito; no recibiría una corona de oro sino de espinas, y su trono no sería un asiento elevado sino una cruz. Quinientos años antes, el profeta Zacarías había anunciado que el Salvador vendría humilde, montado en un pollino, y Jesús cumplió esa profecía con precisión exacta, demostrando que conoce todas las cosas y que sus tiempos son perfectos.
La multitud que lo seguía gritaba "¡Hosanna! ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!" y tiraba sus mantos a su paso, un gesto antiguo de proclamar a alguien como rey. Pero había un problema profundo en su adoración: seguían a Jesús por lo que él podía hacer por ellos, no por quien él era. Veían en él al libertador político que los salvaría de Roma, no al Cordero que venía a morir por sus pecados. Por eso, cuando descubrieron que estaba equivocados, los mismos que gritaban "Hosanna" clamaron con igual fuerza "¡Crucifícale!"
Este es el peligro que acecha a la iglesia de hoy: adorar a Dios por los beneficios que puede darnos y no por quien él es. Una fe que persevera no depende de las circunstancias sino de conocer a Cristo como el único y verdadero Dios, el Rey de reyes digno de toda adoración, quien un día volverá, no como cordero manso sino como león rugiente, y toda rodilla se doblará ante él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Qué privilegio es poder estar aquí cantando al Señor, buscando su rostro, buscando escucharle, buscando conocer sus caminos! ¿No quisiera usted en esta tarde conocer la voluntad del Señor? ¿No quisiera usted en esta tarde que el Señor le hable de manera particular al corazón? Y es mi deseo que a través del estudio de su Palabra, que a través de la predicación de su Palabra, Él pueda en este día motivarnos, confrontarnos y animarnos para hacer su voluntad, para salir de aquí con una fuerza y con un brillo que sobrepase todo entendimiento, porque queremos exaltar a nuestro Dios.
Pero antes de entrar al texto que queremos compartir en el día de hoy, yo quería comentarles acerca de un evento que conmocionó y acaparó la atención del mundo conocido, los cinco continentes, en el año 1953: lo que fue la coronación de la reina Isabel Segunda en Inglaterra. Este evento pudo ser conocido y pudo ser disfrutado por esta generación como ninguna otra pudo disfrutarlo. Gracias a la tecnología, gracias a los medios de televisión que en esa época ya estaban desarrollándose, esa generación pudo conocer y ver este evento, pudo disfrutar de lo que fue esta coronación.
La famosa serie inglesa que se llama "The Crown", La Corona, nos detalla cómo fue este evento, cómo se vivió ese día. Vemos cómo las calles estaban llenas de flores, vemos alfombras rojas, vemos mucho glamour, mucha formalidad, muchas personas bien vestidas, con sombreros elegantes las mujeres, mucha forma de saludar muy al estilo de la realeza. Fue un evento que estaba lleno de solemnidad y majestuosidad. A través de este evento podemos ver a la reina Isabel desfilando entre aplausos, entre gritos, desfilando hacia el palacio de Buckingham para recibir su corona.
De la misma manera, un día como hoy hace dos mil años, el Rey de reyes, el Señor de señores, desfiló camino a Jerusalén para ser coronado. Pero esta coronación fue una coronación muy diferente, porque fue una coronación muy humilde. Las calles no habían alfombras rojas; lo que había eran mantos que las personas tiraban. Él no llegó en un carruaje, sino que llegó en un burrito. Las flores eran palmas que la multitud alzaba, quienes gritaban a gran voz: "¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!" Jesús desciende a Jerusalén para ser coronado.
A diferencia de Isabel, Él no iba a recibir una corona de oro, sino una corona de espinas. Él no se iba a sentar en un trono terrenal, sino que se iba a clavar en una cruz. Y iba a escuchar que aquellos que en un momento gritaban a gran voz: "¡Hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!", ahora gritan con mayor fortaleza: "¡Crucifícale, crucifícale, crucifícale!"
Y es mi deseo que en este proceso que nos acercamos a lo que es la Semana Santa, donde muchos de nosotros tomaremos unos días de descanso, otros saldremos de vacaciones, podamos reflexionar en lo que fue este evento. Y podamos recordar este glorioso día cuando el Rey de reyes se dispuso de manera voluntaria a entrar a Jerusalén para ser sacrificado como ofrenda por nuestro pecado.
Y luego de haber dicho eso, yo quiero invitarte a que me acompañes al leer en el Evangelio de Lucas, el capítulo 19. Estaremos viendo del verso 28 al verso 40. Y dice así: "Habiendo dicho esto, iba adelante subiendo hacia Jerusalén. Y aconteció que cuando se acercó a Betfagé y a Betania, cerca del monte que se llama de los Olivos, envió a dos de los discípulos, diciendo: Id a la aldea que está enfrente, en la cual, al entrar, encontraréis un pollino atado sobre el cual nunca se ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: '¿Por qué lo desatáis?', de esta manera responderéis: 'Porque el Señor lo necesita'. Entonces los enviados fueron y lo encontraron como él les había dicho. Mientras desataban al pollino, sus dueños les dijeron: '¿Por qué desatáis al pollino?' Ellos respondieron: 'Porque el Señor lo necesita'. Y lo trajeron a Jesús, y echando sus mantos sobre el pollino, pusieron a Jesús sobre él. Y mientras él iba avanzando, tendían sus mantos por el camino. Cuando ya se acercaba, junto a la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, regocijándose, comenzó a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto, diciendo: '¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!' Entonces algunos de los fariseos dentro de la multitud le dijeron: 'Maestro, reprende a tus discípulos'. Respondiendo Él, dijo: 'Os digo que si estos callan, las piedras clamarán'".
Vamos a orar. Señor, en esta tarde ya venimos delante de ti como cuerpo, pidiéndote, Dios, en el nombre de Jesús y por sus méritos, que tú nos ayudes. Señor, a través de esta semana tú me has recordado mi debilidad, me has recordado, Señor, lo mucho que dependo de ti. Y es mi oración, Dios, conjuntamente con mis hermanos aquí, que tú puedas, Dios, usar este hombre pecador, débil e indigno, para llevar tu gloriosa Palabra, Dios, a tu pueblo. Señor, no me permitas ser elocuente; yo no quiero ser elocuente, yo no quiero hablar palabras bonitas. Yo solamente te pido que me permitas ser fiel; permíteme ser fiel a tu Palabra, y ella por sí sola tiene el poder para traspasar los corazones de mis hermanos que aquí se reúnen. Háblanos, Señor, y permítenos recordar y entender este glorioso día cuando el Cordero descendió a Jerusalén para ser sacrificado por nuestros pecados. Señor, te exaltamos, Señor, te alabamos, en el nombre de Jesús. Amén.
Amén. Este evento que acabamos de leer está recogido en los cuatro Evangelios, y cuando leemos los cuatro Evangelios podemos ver como la historia completa. Cada Evangelio nos da una pieza diferente del rompecabezas que nos permite disfrutar de lo que pasó aquí. En Lucas 19 nosotros nos encontramos que la Pascua estaba a punto de celebrarse. Muchos judíos estaban descendiendo a Jerusalén para celebrar la Pascua, y entre ellos estaban Jesús y sus discípulos.
Nosotros vemos en versos anteriores que Jesús decide comenzar su viaje de regreso a Jerusalén. Primero hace una parada en Jericó. Allá en Jericó él enseña a un grupo, sana a otros. Nos encontramos que él sana dos ciegos que posteriormente se convirtieron en sus discípulos. Nos encontramos también que en Jericó, él en un momento va caminando por las calles enseñando y se encuentra con esta escena un tanto peculiar, donde él ve a este hombre de diminuta estatura subido a un árbol para verle. Lo ve y le dice: "Zaqueo, ¿qué haces ahí? Ven, baja, que me voy a quedar en tu casa". Algo que para muchos fue algo incorrecto de parte de Jesús, porque Zaqueo era uno de los hombres más odiados de Jericó, según como el mismo Lucas nos lo muestra en Lucas 19, verso 7.
Jesús sale de Jericó y prosigue su viaje hacia Jerusalén, haciendo una parada primero en Betania. El texto de Lucas no nos dice por qué él se paró en Betania. Si él iba para Jerusalén, que estaba a tres millas aproximadamente de Betania, ¿por qué no siguió? ¿Por qué se paró? Lucas no lo dice, pero el Evangelio de Juan nos dice a qué él se detuvo en Betania. Juan 12, versículos 1 y 3, nos contesta eso y nos cuenta: "Entonces Jesús, seis días antes de la Pascua" —cuando es decir, el sábado— "vino a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos, y le hicieron una cena allí".
Entonces vemos que al descender a Jerusalén, él decide pararse en Betania a compartir con Lázaro, a compartir con María, con Marta, a ver a aquel que él había resucitado. Y dice el texto, dice Juan, que ahí hicieron una cena donde Marta servía y donde Lázaro estaba ahí con él en la mesa. Y dice el verso: "Entonces María también tomó una libra de perfume de nardo puro y ungió los pies de Jesús".
Jesús va camino a Jerusalén y decide, antes de llegar a esa semana de dolor y muerte, pasar unos días con aquel que él había resucitado y con aquellos amigos a quienes él había ministrado. Él decide estar unos días con ellos, estar un día con ellos, para ser bendecido por esta familia, a recibir amor, recibir cuidado de parte de ellos. Y vemos que estando allí, en el versículo 30 de Lucas, nos dice que él envió a dos de los discípulos, diciendo: "Id a la aldea que está enfrente, en la cual, al entrar, encontraréis un pollino atado sobre el cual nunca se ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: '¿Por qué lo desatáis?', de esta manera hablaréis: 'Porque el Señor lo necesita'".
Jesús está en Betania disfrutando con esta familia, con estos amigos, y él decide enviar a esos dos discípulos a que vayan a la aldea vecina a buscar un pollino, que mejor conocido para nosotros sería como un burrito. Y vemos en este texto que Jesús da ciertas indicaciones muy detalladas. Él dice: "Vayan, y ustedes lo van a encontrar amarrado, lo van a encontrar atado". Y si vamos al evangelio de Mateo, vemos que Jesús da más detalles que Lucas omite. Mateo nos cuenta que Jesús les dice: "Cuando ustedes vayan, enseguida que entren a la aldea encontrarán al pollino, y no solamente encontrarán al pollino, sino que va a estar atada con un asna que es su madre".
Y no se preguntarán cómo Jesús sabía eso. Jesús no había estado ahí, él no había pasado por esa zona. ¿Cómo Jesús sabe que en la aldea vecina iba a haber un pollino atado, un burrito atado junto a una asna, y que cuando los discípulos entraran inmediatamente lo iban a encontrar? ¿Cómo Jesús sabe eso? Él lo sabe porque es Dios, él lo sabe porque él conoce todas las cosas. Y esta pequeña ilustración nos muestra la omnisciencia de nuestro Señor Jesús, nos muestra que él conoce cada cosa, cada circunstancia.
Y al leer esta porción de la Escritura, más que verla como un caso curioso, debemos verla como una verdad que debe traer paz a mi alma: la verdad de que mi Dios conoce y sabe todas las cosas. ¿Acaso nosotros pensamos que el Dios que sabía que ese burrito estaba allí no conoce la situación actual de mi vida? ¿Acaso pensamos que él no sabe lo difícil que es mi situación actual? ¿Acaso pensamos que Dios no sabe lo doloroso y complicado que es criar hijos en medio de esta generación perversa y torcida? ¿Acaso pensamos que Dios no sabe el dolor que yo estoy sufriendo al ser una madre soltera, una esposa abandonada, al tener una enfermedad que no sé cómo lidiar con ella?
Pensamos que Dios no sabe estas cosas, pero Dios lo sabe y Dios lo conoce. Y no solamente Dios lo sabe y lo conoce, sino que ese Dios que ve ha determinado todas las cosas. El Dios que determinó que ese pollino estuviera ahí es el Dios que determina cada situación en mi vida. Y miren cómo Mateo en el capítulo 10, verso 29 lo dice. Él dice: "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo ni uno de ellos caerá en tierra sin permitirlo vuestro Padre". Nuestro Dios, nuestro Rey Jesús es el Dios que ve, el Dios que conoce, aquel que sabe de cada tribulación, de cada lágrima, de cada circunstancia. Él ve acerca de aquellas cosas que yo disfruto, aquellas cosas que son de tentación para mi vida, aquellas cosas que traen vergüenza y dolor a mi vida. Él las conoce.
Y Jesús, comenzando su descenso, quiere dejar claro que es el Dios que conoce y el Dios que tiene autoridad. Y por eso les da indicaciones a estos discípulos y les dice: "Si alguien trata de impedirles que ustedes tomen este burrito, ustedes harán lo siguiente". Y les dice en el verso 31: "Si alguien os pregunta por qué lo desatáis, de esta manera hablaréis: porque el Señor lo necesita". Si los dueños vienen a ustedes y les preguntan: "¿Por qué ustedes están haciendo esto? ¿Para quién es esto?", recuerden quién es el que lo necesita. No es un cualquiera, es el Señor, el Rey de reyes y Señor de señores, es el dueño de todas las cosas. Al escuchar esto, ellos reaccionarán.
La realidad, hermanos, es que cuando vemos esta historia y vemos que Jesús envía a esos dos discípulos, ninguno de los cuatro evangelios nos muestra ni nos indica quiénes son estos discípulos. Pero conociendo la naturaleza pecadora de nosotros como seres humanos, yo deduzco que si fue Santiago, el hermano de Juan, probablemente iba orando: "Señor, mira, yo voy a buscarte el burro, pero si se pone el dueño, mándales fuego del cielo". Si el enviado fue Simón el Zelote, como Zelote al fin que era revoltoso, él iba preparando el segundo: "Si se pone el dueño, yo voy a pelear, porque el Señor necesita esto, yo necesito el burro".
Si el enviado fue Andrés, seguro iba preguntándose: "Señor, ¿por qué tú me mandaste a mí? ¿Por qué no mandas a Pedro? Pedro es más grande que yo, y Juan también. ¿Por qué yo? Yo lo que busco es gente, traigo gente". Si el enviado fue Juan, seguro iba callado, pensativo, dudoso, pero pensativo, expectante de ver qué se iba a encontrar. Si el enviado fue Santiago el menor, como la historia bíblica no menciona mucho de él, no sabemos lo que hubiera pasado con él, así que él no iba diciendo mucha cosa.
Si el enviado fue Pedro, probablemente, como Pedro al fin, él iba luchando con sus dos personalidades, como el pastor Méndez nos mencionó recientemente. Por un lado, como Pedro, él iba: "Señor, yo sé que el burrito va a estar ahí, yo lo voy a encontrar, y cuando aparezcan los dueños, cuando yo le diga esto, estoy seguro que van a dejarme ir". Pero como Simón: "Ahí no va a haber nada, es una pérdida de tiempo que yo ande buscando por ahí". Si el enviado fue Felipe, probablemente él tenía la duda: "El burrito atado, ¿cómo será el nudo? ¿Cómo lo quito?", pensando en el nudo.
Si el enviado fue Judas Iscariote, el que posteriormente traicionaría a Jesús, probablemente decía: "Señor, ¿y si traigo cuatro burros? Yo vendo tres y llevo uno". Si el enviado fue el otro Judas, probablemente él se quedó pensando en la frase del Señor del final y decía: "Me he casado, si yo voy al mercado y quiero leche y pan y digo 'el Señor lo necesita', ¿me lo darán?". Si el enviado fue Tomás, seguro dijo: "Yo, hasta que no le ponga mis manos y no lo vea, no lo creo". Si el enviado fue Mateo, seguro iba sacando cuentas pensando en lo del impuesto: "¿Cuánto habrá que pagar después de impuesto por el burro este? Traerlo de vuelta, esto es un lío". Y finalmente, si el enviado fue Bartolomé, seguro se iba preguntando: "¿Por qué tengo que buscar un burro si aquella aldea está cerca? ¿Por qué coger esta lucha para allá?".
Y la verdad, hermanos, que al final no sabemos con certeza cuál fue la reacción de estos discípulos. Lo que sí sabemos es que si hubiéramos sido algunos de nosotros, algunas de estas respuestas nosotros hubiéramos dado, debido a nuestra incredulidad y nuestra pecaminosidad.
Pero había algo real aquí. Había una de estas respuestas, la que dio Bartolomé, que tiene sentido. ¿Por qué había que ir a mandar a buscar un burrito a una aldea vecina? ¿Por qué no tomar un caballo o ir en otro transporte hacia Jerusalén? Lucas no lo menciona, pero Mateo sí menciona el porqué. Mateo nos dice en Mateo 21:4 la razón de por qué había que ir a buscar el pollino. Dice Mateo 21:4: "Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion, mira, tu Rey viene a ti humilde, montado en un asna y en un pollino, hijo de bestia de carga".
Mateo cita a Zacarías 9:9, diciendo que Jesús tenía que descender en un pollino para que se cumpliera la profecía. Y esto aquí es algo impresionante. Quinientos años antes, Zacarías había profetizado que el Salvador vendría montado en un burro, no en un caballo, no que descendería de alguna otra manera, llevado en un carruaje fastuoso, sino que descendería montado en un pollino. Jesús sabía eso, Jesús sabía que era el plan, sabía exactamente cuál era el burro, sabía dónde estaba y cómo adquirirlo, porque es Dios y él conoce todas las cosas.
Los discípulos fueron obedientes. ¿Y qué hicieron? Se dispusieron a cumplir la solicitud de su maestro. ¿Y qué pasó? Verso 32 y 34: "Entonces los enviados fueron y lo encontraron como él les había dicho". ¿Cómo él lo había dicho? Así lo encontraron. "Mientras desataban el pollino, sus dueños dijeron: '¿Por qué desatáis al pollino?'. Y ellos respondieron: 'Porque el Señor lo necesita'".
El Señor Jesús habló y así pasó. Desde el inicio de su descenso, él quería dejar claro a los que estaban ahí quién él era. Él quería dejar claro que él era el Dios omnisciente que todo lo conocía y quería dejar claro que en él se cumplían las profecías del Antiguo Testamento. Y Zacarías 9 era una profecía que también tendría su cumplimiento en la persona de Jesús.
Y vemos que el verso 35 y el 36 nos dice que trajeron a Jesús, ellos trajeron el burrito a Jesús, y echando sus mantos sobre el pollino, pusieron a Jesús sobre él. Y mientras él iba avanzando, tendían sus mantos por el camino. Los dos discípulos llegan a Betania con el burrito: "Señor, aquí está el burrito". Preparan el burrito, montan a Jesús en el burrito y comienzan el descenso hacia Jerusalén. Y mientras avanzaba, dice el texto que tendían sus mantos sobre el camino.
Y aquí hay dos preguntas que debemos hacerle al texto: ¿Quiénes extendían sus mantos sobre el camino? ¿Y por qué? ¿Para qué tendía esta gente sus mantos sobre el camino? Haciendo uso de los otros evangelios, nos vamos al evangelio de Juan y vemos que en el capítulo 11, en el versículo 9, nos dice que había una gran multitud de judíos que, al enterarse que Jesús estaba en Betania, decidieron subir a Betania desde Jerusalén para ver a Jesús, para ver sus obras, escuchar sus enseñanzas y para ver uno de los mayores milagros que para ellos podía existir, que fue la resurrección de Lázaro. Esta gente va a Betania, escucha a Jesús, y esta gente regresa con Jesús cuando Jesús comienza su descenso a Jerusalén. Y mientras van descendiendo, esta multitud de judíos, ¿qué hacen? Comienzan a tirar sus mantos por delante de Jesús.
¿Por qué? ¿Para qué hacer esto? Esta tradición de tirar los mantos sobre una persona era una costumbre antigua que se utilizaba para proclamar a alguien como mi rey. Si yo entendía que esta persona debía ser mi rey, que debía estar por encima de mí, yo tiraba mis mantos debajo de él. Y en el segundo libro de Reyes, específicamente el capítulo 9, versículo 13, nos encontramos con esta escena, como en un momento el pueblo decide proclamar rey a un tal Jehú para que sea el rey sobre Israel. ¿Y cómo lo hicieron? Tiraron sus mantos debajo de Jehú. Miren cómo 2 Reyes lo dice: "Entonces se apresuraron, y cada uno tomó su manto y lo puso bajo Jehú sobre las gradas desnudas, y tocaron la trompeta y dijeron: ¡Jehú es rey!".
Esta forma de tirar los mantos es una forma de decir: "Señor, yo me someto a ti, yo me someto a tu autoridad, tú eres mi rey." El pastor John MacArthur, hablando de este evento de tirar los mantos delante, dice: "Al tirar sus mantos, ellos están diciendo que nos colocamos bajo tus pies." Es por esta razón que los tronos fueron elevados. En el tiempo antiguo, cuando hablamos de un rey, decimos que todos los demás estamos bajo sus pies. Esto es un símbolo de sumisión a su majestad y a su autoridad. Es una forma de decir: "Nos colocamos a tus pies, y por eso tiramos nuestras ropas simbólicamente delante de ti." En su recorrido a Jerusalén, Jesús es coronado, es proclamado rey por esta gente que le seguía.
Y dice el verso 37 que cuando se acercaban, junto a la bajada del Monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, regocijándose, comenzó a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto, diciendo: "¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!" Cuando ya estaban cerca de Jerusalén, en la bajada del Monte de los Olivos, es decir, a unos 800 metros de Jerusalén, la multitud comienza a alabar a Dios, la multitud comienza a exaltar a Dios, la multitud comienza a decir: "Señor, gracias por las obras y las cosas que hemos visto." Esta gente empieza a exaltar a Dios porque ellos ven en Jesús el cumplimiento de aquella promesa de que vendría un Mesías Rey que los libertaría de la opresión que ellos estaban sufriendo.
Es importante recordar, hermanos, que el pueblo de Israel en la época de Jesús era un pueblo oprimido, era un pueblo que vivía bajo el yugo del Imperio Romano, era un pueblo que tenía que pagar grandes tributos, era un pueblo que sufría grandes maltratos. Ellos anhelaban, ellos oraban, ellos clamaban por la llegada de un Rey Salvador que los librara de sus enemigos. Ellos anhelaban que la profecía y la promesa de Dios dada a David en el Salmo 110, cuando dice que Él iba a poner a sus enemigos por estrado de sus pies, se cumpliera, porque ellos habían sufrido mucho por la opresión de este imperio. Ellos anhelaban a alguien que pudiera liberarlos de sus problemas terrenales, pero el Cristo que vino y descendió a Jerusalén no vino a eso. Él vino para liberarlos de su peor enemigo, que no eran los romanos, sino que era el pecado.
Es probable que ellos, al ver a Jesús, ver los milagros, ver a Lázaro, ellos hayan concluido: "¡Pero mira acá! Este es Jesús. Las cosas que dice, las cosas que sabe, su vida como de integridad, su liderazgo, las obras que hace, los milagros. ¡Este es el Mesías prometido! Este es aquel que nuestros padres nos hablaron. Este es aquel que la Escritura decía que vendría y nos salvaría. ¡Este es nuestro Rey! ¡Este es nuestro libertador! ¡El Salvador ha llegado! Él acabará con nuestros enemigos, con el Imperio Romano. ¡Seremos libres! ¡Volveremos a ser una gran nación!"
Y vemos claramente, hermanos, que esta gente comienza a adorar a Dios no porque Dios es digno de ser adorado, no porque realmente Él sea el Rey de reyes —que lo es—. Ellos comienzan a adorar a Dios porque veían en Jesús a aquel que les iba a resolver sus problemas. Ellos comienzan a adorar a Dios porque ven que Jesús es aquel que va a libertarlos del sufrimiento que ellos están viviendo. Y ahí radica la ignorancia de esta gente. Adorar a Dios por las cosas que Él puede hacer por nosotros es una evidencia del hedonismo y del egocentrismo en nosotros. Esta gente estaba centrada en ellos mismos, en sus problemas, centrada en su situación, y decían: "Tú eres quien me va a resolver mi problema, por eso tú eres mi Dios. Tú eres el que me va a libertar, por eso tú eres mi Rey, y a ti yo adoro."
El príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon, hablando de este texto, decía: "No deben pensar que todos aquellos que tenían ramas en el camino y clamaban 'hosanna' tenían interés en el Cristo como príncipe espiritual. No, ellos pensaban que Él había de ser un libertador temporal. Y cuando posteriormente descubrieron que estaban equivocados, lo odiaron tanto como lo habían amado, y '¡crucifícale, crucifícale!' fue un grito tan fuerte y vehemente como el 'hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor.'" Esta gente vio que Jesús era el Salvador que podía salvarlos, por eso lo adoraba. Y al ver que no era así, posteriormente, ¿qué hicieron? Clamaron a gran voz: "¡Crucifícale, crucifícale, crucifícale!"
Hermanos, seguir a Jesús por las cosas que Él puede hacer por nosotros, y no por quien Él es, es uno de los mayores pecados de la iglesia de hoy, porque nos ha convertido en utilitaristas. Buscamos a Dios por lo que Él puede darnos. Y muchas veces estamos haciendo nuestro devocional, tenemos una vida espiritual que entendemos correcta y cual, pero las cosas empiezan a salirnos mal y comenzamos a dudar: "Señor, pero yo estoy en tu camino, ¿y cómo es esto ahora que yo estoy pasando por esta enfermedad? ¿Cómo es que mi hijo se enfermó? ¿Cómo es que yo tengo esta precariedad laboral?" Porque pensamos que en el reino de los cielos la matemática es dos más dos igual a cuatro, cuando realmente no lo es. Pensamos que hacer las cosas correctamente nos va a dar los beneficios y nos va a permitir estar bien, cuando esto no se trata de eso. Se trata de seguir a Jesús no por lo que Él puede darme. Se trata de seguir a Jesús en todo tiempo por quien Él es. Por quien Él es.
¿Alguna vez tú te has preguntado por qué sigues a Jesús? Honestamente, entre tú y Dios, ¿por qué tú has decidido ser su discípulo? ¿Sigues a Jesús porque no quieres ir al infierno, porque un día escuchaste de lo terrible que sería ese lugar donde sería el llanto y el crujir de dientes? ¿Sigues a Jesús quizás porque tú entiendes que Él es el único que puede ayudarte a darte una vida buena? ¿Sigues a Jesús quizás porque dices Él es el único que puede restaurar todas las cosas, Él puede restaurar mi matrimonio, puede ayudarme a criar a mis hijos? ¿Quizás sigues a Jesús porque hace tiempo escuchaste, fuiste criado en una familia cristiana, y entendiste que el único que puede darte paz, el único que puede darte tranquilidad, es estar bajo Él? ¿O quizás sigues a Jesús porque un día leíste que sus promesas eran bonitas, eran buenas? ¿Por qué sigues a Jesús?
Hermanos, nosotros debemos seguir a Jesús por lo que Él es, porque Él es el Señor, no por las cosas que pueda hacer por nosotros. Es verdad que todo lo que yo dije, eso lo puede hacer. Él puede darnos un buen matrimonio, Él puede librarnos de nuestros problemas, Él puede darnos paz, Él puede darnos tranquilidad, puede ayudarnos a que nuestro matrimonio sea un matrimonio edificante, puede ayudarnos a criar a nuestros hijos. Él puede resolver todos nuestros problemas. Es más, el mayor de los problemas Él lo resolvió, que era el problema que tú y yo teníamos con Dios, porque la ira de Dios reposaba sobre nosotros, y Él ese problema lo resolvió clavándose a una cruz.
Pero la razón por la cual nosotros adoramos y servimos a Jesús no es por lo que Él ha hecho. Nosotros adoramos y servimos a Jesús porque Él es el único y verdadero Dios, porque Él es el Rey de reyes y Señor de señores, porque Él es el Adonai y es nuestro Príncipe de Paz, porque Él es el que sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. Nosotros adoramos a Jesús porque Él es el Justo, que Él vendrá un día a reclamar lo que es suyo. Adoramos a Jesús porque Él es digno de ser adorado, porque Él es el Santo.
Dice amén. Hermanos, llegará un día cuando todo hombre ha de postrarse y adorarle. Llegará un día cuando aquellas personas que nosotros le predicamos, aquella gente difícil que tiene esas teorías, esos oyentes que a veces quieren marearte, que nos hacen sentir como bobos, llegará el día donde esos tengan que postrarse y proclamar que Jesucristo es el Señor. Hermanos, si queremos tener una fe que persevera en todo tiempo, debemos conocerle a Él y seguirle por quien Él es.
Esta fue la clave del apóstol Pablo. La clave para que el apóstol Pablo sufriera naufragio, fuera apedreado, fuera azotado, estar en buena, estar en mala, pasar hambre, pasar escasez, era que él conocía a Cristo por quien Él era. Y él le dice a Timoteo en su última carta, él le dice: "Yo sé quién yo soy. Yo soy un heraldo de Él, yo soy un apóstol de su Cristo." Y él dice: "Por lo cual, por Él yo sufro penalidades, pero no me avergüenzo, porque yo sé en quién yo he creído." Y él dice: "Estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día." Una fe que persevera hasta el final es una fe que confía en quien ha creído, no por lo que hace, sino por quien Él es.
La multitud de los discípulos se regocijaba y adoraba y alababa a Dios por las maravillas que habían visto, y decían: "¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!" Y nosotros vemos aquí que, aunque ellos estaban equivocados en su intención, lo que ellos decían era correcto. Las cosas que ellos proclamaban eran correctas. Jesús es ese, es el Rey de reyes y Señor de señores.
Y nosotros vemos que en el Evangelio de Marcos, capítulo 11, Marcos agrega algunas frases a esta exaltación que Lucas no menciona. Marcos dice que los que iban delante y los que le seguían gritaban: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!" Y si nosotros combinamos estas dos declaraciones, la que Lucas menciona y la que menciona Marcos, nosotros vemos que por primera vez esta gente hace ciertas aseveraciones acerca de Jesús que nunca antes habían hecho.
Lo primero que vemos es que ellos reconocen a Jesús como Mesías. Ellos decían "hosanna, sálvanos, sálvanos, rescátanos," algo que solamente el Mesías de Dios, el Cristo, podía hacer. Vemos también que ellos reconocen que Jesús es el Rey que viene, el Rey bendito que viene, no en nombre suyo, no en nombre de otros ejércitos, sino que viene en nombre del Señor de los ejércitos. Ellos estaban proclamando que el Rey que venía era el Rey que venía de parte del Dios Creador.
Número tres, ellos también están reconociendo que Jesús es el Hijo de David. Estaban reconociendo que Jesús viene del linaje de David, de la realeza de David, es decir, que las promesas de que Dios iba a restaurar a su pueblo a través del trono de David tenían su cumplimiento en la persona de Jesús. Y finalmente, ellos con esta declaración también están reconociendo que ese que viene es el único que puede brindar paz en los cielos, es el único capacitado para dar gloria a Él que está en las alturas.
Y vemos que aunque su intención era incorrecta, lo que ellos decían es real. Jesús es el Cristo, Jesús es el Rey de reyes, Él es el Hijo de David, Él es el único que puede darnos paz para con Dios por el sacrificio en la cruz. Estas declaraciones públicas eran necesarias, hermanos, para dejar sin excusas a los enemigos de Jesús. Cuando Jesús está delante de los enemigos en un momento, ellos lo confrontan, le dicen: "Dinos si tú eres el Cristo". Pero ya no tenía que responder, porque a través de esta caminata hacia Jerusalén, Él estaba dejando claro quién era, Él estaba dejando claro que Él era el Cristo. Y abiertamente, no solamente los judíos o fariseos o Pilato iba a conocer quién era, sino que toda la multitud, todo el pueblo iba a conocer que Él era el Cristo de Dios.
A través de su caminata hacia Jerusalén, Jesús proclama que Él es el Rey de reyes y Señor de señores. Y si nosotros estudiamos el caminar de Jesús y su ministerio, nosotros nos damos cuenta que hasta este momento, Jesús nunca había permitido este tipo de exhibición pública. Él siempre fue el Rey, Él siempre fue Dios, Él siempre fue el digno de ser exaltado, pero Él nunca había permitido este tipo de exhibición. Todo lo contrario, cuando Él sanaba una persona, normalmente le decía: "Vuelve a los tuyos y no digas nada", para evitar este tipo de exhibiciones, para evitar este tipo de manifestaciones.
Entonces, ustedes se preguntarán: ¿qué cambió? ¿Por qué ahora? ¿Por qué permitir esto ahora? Y la razón por la que Jesús permite esto es porque este era el tiempo de Dios. Ese era el tiempo que Dios había establecido. A través del estudio de la vida de Jesús, nos encontramos que muchas veces Él decía: "Mi hora no ha llegado, mi hora no ha llegado". Pero en este momento, su hora sí había llegado. Este era exactamente el momento adecuado para que Él pasara a desfilar hacia Jerusalén y que la multitud le proclamara como Rey.
Esta exhibición de adoración en domingo hizo que los líderes de Israel se llenaran de tal ira que planearan lo que pasó el viernes. Aquello que ocurrió el viernes depende de esto que pasó en domingo. El viernes de crucifixión fue precedido por el domingo de exaltación. Jesús va a la cruz el viernes porque esta manifestación tan grande de adoración hizo que los fariseos no aguantaran y resistieran, quisieran matarle. Y a través de esto, Jesús va a la cruz como los corderos en la Pascua para ser sacrificados, para pasar por alto el pecado del pueblo. Y ese día, ese viernes, no un jueves, no en la fiesta de las trompetas o de los tabernáculos, no un día cualquiera, sino ese viernes cuando se celebraba la Pascua, el Cordero de Dios fue sacrificado, demostrando que sus tiempos son exactos y perfectos.
Como yo decía, Jesús no murió un jueves, Jesús murió un viernes. Así como los corderos eran sacrificados ese día, el Cordero de Dios fue sacrificado por el perdón de nuestros pecados. El pastor John MacArthur, en su sermón "La humilde coronación de Jesús", hablando de este texto dice: "En su primera venida, Jesús no vendría como un héroe conquistador montado en un caballo. Él no vendría con esplendor terrenal para reinar con poder terrenal, sino que vendría con humildad para salvar y morir y dar su vida en rescate por los pecadores. No vino a las ciudades con riquezas, sino en pobreza. Él no vino en grandeza, Él vino en mansedumbre. Él no vino para matar a los enemigos de Israel, sino para salvar a los pecadores. Él llegó a la ciudad correcta el día correcto para ser ofrecido como Cordero y para ser ejecutado el mismo día que los corderos de la Pascua siempre son sacrificados, como sacrificio simbólico por el pecado, porque Él es el verdadero sacrificio y porque los tiempos de Dios son exactos y correctos".
Hermanos, Dios no viene antes ni después, Dios no hace una cosa pasado de tiempo, Él no se retrasa, Él no se adelanta, Él actúa en el tiempo correcto. Jesús es adorado, Jesús recibe la adoración, y qué sucede, lo que sabía Jesús que sucedería. Versículo 39: "Entonces algunos de los fariseos dentro de la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos".
Al ver los fariseos esta manifestación de adoración, al ver esto que está pasando, seguramente ellos se airaron por dentro, empezaron a molestarse. "Jesús, ¿por qué recibes esto? ¿Por qué recibes esta adoración?" Y yo me imagino que trataron de callar a la gente: "¡Cállense! Solamente el Dios verdadero merece esa adoración. Solo Dios, no digan eso de Jesús". Y al ver que no podían callar a las masas, acuden a Jesús, le dicen: "Jesús, cállalos, reprende a tus discípulos".
A lo que Jesús responde en el verso 40: "Respondiendo Él, dijo: Os digo que si estos callan, las piedras clamarán". Yo imagino la cara de esta gente ahora, yo imagino la cara de estos hombres al escuchar esta respuesta de Jesús. Jesús no simplemente está diciendo: "Oye, esta adoración yo la recibo, de esta adoración soy digno, yo soy digno de recibirla". Él no está diciendo solamente eso, Él está diciendo: "Oye, si esta gente que está aquí se calla, la creación misma proclamará que yo soy el Señor", porque toda la creación fue creada y diseñada para adorar a Jesús como Rey de reyes y Señor de señores. Y por lo tanto, si la gente no lo hace, si tú y yo no lo hacemos, la creación misma un día proclamará que Él es Rey.
Lo que Jesús dice aquí, en pocas palabras, es una forma de decir: "Oigan, fariseos, oigan maestros de la ley, sepan que yo soy digno, sepan que yo soy el Soberano, sepan que si los hombres no me proclaman como Rey, la creación lo hará". Y el salmista en el Salmo 96:11 nos dice algo que será. Nos dice en el Salmo 96:11, así lo establece: "Ruja el mar y cuanto contiene, el mundo y los que en él habitan. Batan palmas los ríos, canten con júbilo los montes delante del Señor, pues Él viene a juzgar la tierra. Él juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con equidad".
Llegará un día cuando los montes, cuando los ríos, cuando los árboles danzarán exaltando a nuestro Dios, proclamando que Jesús es el Rey. Ese domingo de ramos, como le conocemos, la multitud lo adoró y no fue necesario que las piedras hablasen. Ese día Jesús fue proclamado Rey de una manera muy humilde. Él tomaría su trono, pero sería a través del sufrimiento voluntario, la muerte y la resurrección. Él cargaría su corona de espinas y su manto de vergüenza. Él tomaría su lugar como Rey, no sentado en un trono, sino clavado en la cruz.
Para que a través de ese sacrificio, para que a través de su muerte, aquellos que hemos creído en su nombre podamos ser llamados hijos de Dios. Para que aquellos que hemos depositado nuestra confianza en Él podamos ser librados de la ira de Dios que posa sobre nosotros. Y así Él se proclama como Rey, no de un pequeño pueblo, no de un pequeño lugar llamado Israel, sino proclamarse como Rey de toda la creación, proclamarse como Rey de la vida y de la muerte, proclamarse como Rey sobre todas las cosas.
Y hermanos, aquel que es Rey volverá. Y ese día será un día glorioso cuando, como decíamos, los ríos batirán sus palmas, los montes cantarán, los árboles danzarán y recibirán y reconocerán al Rey de reyes y Señor de señores, quien vendrá a buscar a los suyos. Pero esta vez no vendrá como un cordero manso, sino que vendrá como un león rugiente, como un león rugiente reclamando lo que es suyo.
Y en la visión que el apóstol Juan tiene en el libro de Apocalipsis, nosotros nos encontramos cómo será esto. Leemos en el capítulo 19, el versículo 11, que dice que Juan vio los cielos abiertos. Y he aquí un caballo blanco, no un burrito ahora, un caballo blanco. El que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y hace guerra. Sus ojos son como llama de fuego, y sobre su cabeza hay muchas diademas, y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino Él. Y estaba vestido de un manto empapado en sangre, y su nombre, ustedes saben cuál es, su nombre es el Verbo de Dios. Y dice el final del verso 19:16: "Y en su manto y en su muslo tiene un nombre escrito, y ese nombre que tiene escrito en su manto es: Rey de reyes y Señor de señores".
Hermanos, nuestro Rey regresará y todo ojo le verá. ¿Estás listo para su regreso? Si estás listo para su regreso, yo quiero motivarte a que tú le exaltes, a que tú le adores, a que tú vivas una vida que pueda proclamar no solamente de palabras, sino que tu vida sea un testimonio del Dios en quien has creído. No es por lo que Él pueda hacer por ti, sino por quien Él es. Porque llegará el día donde juntos con la creación batiremos nuestras palmas, alabaremos su nombre, veremos los ríos saltar, veremos los montes brincar, los árboles danzar, proclamando que Jesucristo es Señor.
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.