Integridad y Sabiduria
Sermones

Honrando mi justificación

Héctor Salcedo 16 octubre, 2016

La justificación —ese acto por el cual Dios declara justos a pecadores indignos basándose en el sacrificio de Cristo— exige una respuesta que va más allá del gozo interno. Si bien la reacción inicial del creyente es el júbilo al saberse perdonado, como expresó el salmista al decir "cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada", la pregunta que permanece es cómo debe manifestarse esa gracia en la vida diaria.

Romanos 12 ofrece la respuesta: presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. A diferencia de las religiones paganas donde se ofrecen sacrificios para obtener el favor divino, el cristiano ofrece su vida entera como respuesta al favor ya recibido. Las miserias y caídas del cristiano no se deben a que Dios no haya provisto lo necesario, sino a una falta de entrega total. Hay áreas completas de la vida que permanecen sin rendir al señorío de Cristo: el manejo del dinero, el trato en los negocios, las relaciones rotas por intereses materiales.

Esta entrega requiere resistir activamente el moldeo del mundo —sus valores, filosofías y patrones— mientras se permite la transformación mediante la renovación de la mente. Como una niña adoptada de un orfanato en India por una familia neoyorquina debe aprender nuevas costumbres y dejar atrás las anteriores, el creyente ha sido trasladado del reino de las tinieblas al de la luz y no puede seguir viviendo con los patrones de su antigua ciudadanía. La contemplación de Cristo y la exposición constante a la Palabra son los instrumentos que producen esa transformación que permite conocer y vivir la voluntad de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Muy buenas tardes, hermanos. El Señor les bendiga a todos. Si Él usa su Palabra como le pedía en la inauguración al Señor, que su Palabra sea un instrumento de moldeo para nosotros en el día de hoy.

Antes de buscar el texto que quisiera estudiar y reflexionar con ustedes, solamente quiero hacer una breve introducción a raíz de dos sermones que prediqué recientemente, que me servirán de introducción a lo que quiero exponer en el día de hoy. Como ustedes recordarán, por lo menos muchos, yo prediqué dos mensajes que tenían que ver con la justificación. Voy a explicar lo que es eso, pero ambos mensajes, uno predicado el 4 de septiembre, otro el 11 de septiembre, ambos tenían como tema central, digamos, aspectos distintos de lo que es la justificación.

El primer mensaje hablamos basados en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos de Lucas 18, donde hay dos hombres que vienen delante de Dios en el templo a orar: uno fariseo, otro recaudador de impuestos; uno religioso, otro no religioso. Pero uno vino con una actitud de orgullo espiritual y de autojusticia, y el otro vino con una actitud de humillación y humildad delante de Dios. Y nos dice la parábola que aquel que era religioso y respetable en la época, el fariseo, no fue aceptado por Dios. Mas el que vino con una actitud de humildad en su corazón, a pesar de su historial de vida cargada de pecados, Dios le aceptó y le justificó.

Y en ese mensaje explicábamos que la justificación es precisamente el acto por medio del cual Dios declara a seres humanos pecadores y dignos de condenación, los declara justos e inocentes delante de sus ojos. ¿Basado en qué? Basado en el sacrificio de Jesús en la cruz y en la vida justa de Cristo que nos es regalada, acreditada a nuestro favor. En pocas palabras y de manera sencilla, la justificación es como el perdón de Dios. Es como una moneda con dos caras: por un lado Dios me perdona lo malo que yo he hecho, y me regala lo bueno que yo no he hecho y que me hace justo delante de Él. Y eso decíamos que era la justificación, y ese fue el primer mensaje.

El segundo mensaje tenía que ver con cuál es la respuesta apropiada del cristiano ante ese extraordinario regalo que hemos recibido en Cristo de parte de Dios. O sea, nosotros siendo pecadores y dignos de condenación, al venir humillados delante de Dios, Dios nos ha hecho justos, nos ve rectos e inocentes delante de Él. ¿Cómo yo respondo ante eso? Y decíamos que la respuesta apropiada es el júbilo, la celebración, el gozo, al yo darme cuenta de que aun sin merecerlo Dios me ha concedido el regalo de la salvación.

Y usábamos el Salmo 32, donde el salmista dice lo siguiente: "¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto!" Y dice de nuevo: "¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad!" ¡Qué gozoso debe estar, qué honrado se debe sentir! ¡Qué dichosa es la persona! Es lo que significa "cuán bienaventurado". ¡Qué dichosa es la persona que el Señor no culpa de iniquidad y no toma en cuenta sus pecados! Así responde el salmista a la salvación, a la justificación: con gozo, con regocijo, con júbilo. Y esa es precisamente la respuesta del cristiano al saberse perdonado por Dios.

Yo me imagino que este fariseo, que dice la Biblia que fue a su casa sin ser justificado, pero el publicano, el recaudador de impuestos, un hombre despreciable de la época, el Señor le aceptó y le justificó. Ese individuo debe haber estado en ebullición de gozo y de regocijo y de alegría al saber y al sentirse aceptado por Dios.

Ahora, dado eso, dado lo que hemos recibido de parte de Dios, ¿qué otras respuestas en la Biblia, en la Palabra, se esperan de nosotros, aquellos que hemos recibido de Dios su favor y su gracia? Además del júbilo y de la celebración y del gozo, que es una respuesta emocional, es una respuesta interna a lo que Dios ha hecho, ¿cuál debe ser nuestra respuesta externa? ¿Cómo debe manifestarse eso en nuestra vida? Y eso es precisamente lo que yo quisiera que reflexionáramos en el día de hoy. ¿Cuál es la respuesta en la vida diaria de aquel que sabe que Dios le ha justificado, le ha salvado, le ha concedido la rectitud de Cristo? ¿Cómo debe eso manifestarse en nuestras vidas?

Y vayamos entonces a Romanos 12 y vamos a revisar y vamos a estudiar el versículo 1 y el versículo 2, que son versículos extremadamente conocidos para la mayoría de los que estamos aquí y que tienen la respuesta a esta pregunta. Dice Romanos 12, versículo 1: "Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto."

Según ese pasaje, por las misericordias de Dios, por la gracia de Dios hacia nuestras vidas, la respuesta en nuestra vida práctica ha de ser una presentación de nuestros cuerpos a Dios como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios. Que nos autopresentemos. El apóstol Pablo usa una terminología, una jerga, un grupo de términos que eran más bien usados en el tiempo del Viejo Testamento.

Muchos de ustedes saben que en el Viejo Testamento había todo un sistema de sacrificios instaurado en el judaísmo por medio del cual nosotros, o más bien ellos, se podían acercar a Dios. Y el que había cometido un pecado tenía que venir al templo con un sacrificio. El que quería restablecer esa relación con Dios tenía que venir trayendo una ofrenda, y esa ofrenda se la presentaba al sacerdote. El sacerdote tomaba la ofrenda de la persona que venía, y antes de presentar esa ofrenda frente a Dios, el sacerdote mismo tenía que presentar una ofrenda por él mismo, porque él también es pecador. Por lo tanto, todo el proceso de relacionarme con Dios estaba mediado por un ritual de sacrificios, un ritual de entrega que representaba la devoción y el interés que el individuo que venía tenía en que Dios le escuchara, en que Dios le atendiera. Y obviamente todo eso respondía a los parámetros de Dios. Dios había establecido eso en la ley.

El Nuevo Testamento es distinto, porque la Palabra nos dice que Cristo ha sido crucificado y ha sido sacrificado en nuestro favor una vez y para siempre. Ya no hay más sacrificios que hacer. Cristo hizo, siendo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Cristo hizo el sacrificio perfecto que todos nosotros necesitamos para ser aceptos delante de Dios. ¿Qué se requiere de mí? Que me presente en humildad, en humillación delante de Él, y aquí según este texto, presentando todo lo que somos delante de Dios como entrega absoluta por lo que Él ha hecho por nosotros.

Es el llamado a que presentemos nuestros cuerpos. Todo lo que somos es la implicación de Pablo aquí: todo lo que somos, preséntelo a Dios como un sacrificio vivo. Bueno, no se trata de que nosotros seamos mártires, no se trata de que nos autoinmolemos. No, la idea es que nuestra vida sea entregada a Dios por completo. En el tiempo del Viejo Testamento, el sacrificio, todo lo que se ponía en el altar era totalmente consumido por el fuego y le pertenecía a Dios. Sencillamente la idea del sacrificio representaba precisamente: "Tú, Señor, te entrego completamente todo este sacrificio."

¿Qué está diciendo Pablo aquí entonces? Pues entréguense ustedes completamente como sacrificio vivo. No que se van a autoinmolar, sino que sus vidas sean como un aroma fragante, como un sacrificio a Dios como lo era en el Viejo Testamento. Y dice santo, agradable a Dios. ¿En qué sentido santo? Bueno, de la misma manera que el que venía delante de Dios venía a buscar el perdón y sacrificaba un cordero, el sacerdote venía a intermediar y tenía que sacrificar por sí mismo un cordero para procurar la santidad. De la misma manera, nuestro caminar, toda nuestra vida entregada a Dios, debe ser en absoluta santidad, persiguiendo la rectitud con la que nosotros hemos sido investidos por medio de la justificación. Y ahora, en nuestra vida práctica, toda nuestra vida de esa manera, entonces este sacrificio será agradable a Dios.

Entonces, en resumen, la respuesta esperada del cristiano que ha recibido el favor de Dios es una vida entregada por completo a Aquel que ha hecho lo que ha hecho por nosotros. Y esa es la idea de Pablo en este pasaje. En realidad, hermanos, las miserias que nosotros experimentamos en nuestras vidas cristianas, las caídas que tenemos, las luchas internas que tenemos, no se deben a que Dios no nos ha provisto todo lo que nosotros necesitamos. Se debe a una falta de entrega personal.

Dios nos ha dado todo lo que nosotros necesitamos en Cristo. Su Palabra es suficiente para hacer perfecto nuestro caminar, pero nuestra falta de entrega total, nuestra falta de sacrificio como olor fragante al Señor, es lo que impide que nosotros tengamos una vida victoriosa en Cristo. Y esa es la realidad. Lamentablemente, con mucha frecuencia hay áreas completas de nuestra vida que no han sido rendidas al Señor.

¿Qué implica esto de que un área de nuestra vida sea rendida al Señor? Bueno, que esa área de mi vida sea gobernada por los principios de la Palabra de Dios, que esté sometida al señorío de Cristo, que esté inclinada en sacrificio a lo que Dios tenga que decir. Hermano, la vida cristiana no se trata de venir a la iglesia y hacer un devocional todos los días. La vida cristiana es una vida delante de Dios, entregada por completo en todos sus aspectos, incluida a Dios. Y Dios tiene entonces que manifestarse en todas las áreas de la vida, no solamente en mi domingo, no solamente a principio de cada día cuando escucho o leo la Palabra y oro. Es una vida completamente entregada al Señor.

Y Pablo entonces hace este llamado, y más que un llamado o una sugerencia es un mandato. La palabra en el original que se usa para "os ruego por las misericordias de Dios" es ruego, pero es una palabra que no existe en el inglés y en el español. De hecho, hay traducciones en inglés que usan dos palabras para reflejar ese "os ruego", porque es una expresión que significa "les pido, pero les mando". Es una combinación, y yo lo he denominado un mandato amoroso. Un mandato amoroso, como cuando nosotros le decimos a nuestro hijo: "Ve a bañarte, mi hijo", ¿me entienden? "Acuéstate, mi hijo, acuéstate". Entonces es un mandato amoroso, pero está implícito. Pablo no está pidiendo, Pablo no está sugiriendo, Pablo está diciendo: entréguense, preséntense como sacrificio vivo y santo, presenten su vida completa a Dios, ríndanse completamente a Dios en todos los aspectos de su vida. Eso es lo que Pablo nos está diciendo.

Y contrario a las religiones paganas, donde la gente ofrece sacrificios para obtener el favor de sus deidades, el cristiano ofrece este sacrificio por el favor que ya ha recibido de su Dios. Yo no busco el favor, yo respondo al favor de Dios en Cristo. Es la razón por la que Pablo dice, más que constantemente, lo dice claramente: "Os ruego que por las misericordias de Dios..." La motivación de tu entrega, la razón de tu entrega, el estímulo para tu sacrificio completo es lo que Dios ha hecho por ti, las misericordias de Dios en tu vida.

Y es interesante que él diga eso ahora, porque los que estudian o han estudiado el libro de Romanos saben que los primeros once capítulos de Romanos son altamente potentes en términos de mostrarnos lo que Dios ha hecho en nuestro favor. En esos primeros once capítulos Pablo enumera una serie de cosas que Dios ha hecho, un inventario de misericordias. Por eso es que él dice comenzando el versículo 1 del capítulo 12: "Así que, por consiguiente, en vista de las misericordias de Dios, todo lo que yo he hablado en los últimos once capítulos..." Yo traje nada más algunos aspectos de este inventario de las misericordias de Dios que hemos recibido, como una forma de apoyar la afirmación de Pablo de eso de que "por las misericordias de Dios".

Veamos, por ejemplo, algunas cosas. El amor y la gracia de Dios que hemos recibido es tal que Él nos llama en Romanos 1:7, que nosotros somos amados de Dios, hijos amados de Dios. Su misericordia, parte de su misericordia, nos ha otorgado el perdón de nuestros pecados, Romanos 4:7, y la propiciación por nuestros pecados, Romanos 3:25, y la libertad de nuestros pecados, Romanos 8:2. Eso de propiciación tiene que ver con que Dios estaba justamente airado contra el pecado en nuestras vidas, y el sacrificio de Jesús en nuestro favor, al nosotros poner nuestra fe en Cristo, esa ira justa de Dios por nuestros pecados ha sido aplacada. Dios no está airado con nosotros, Dios no está molesto con nosotros. El sacrificio de Jesús en la cruz ha tornado a Dios y lo ha hecho propicio a nosotros, y eso es parte de sus misericordias.

Hemos recibido, según Romanos 5:10, la reconciliación con Dios. Somos hijos, somos amigos de Dios. ¡Increíble! Hemos recibido la justificación. Estamos siendo moldeados a la imagen de su Hijo Jesús, Romanos 8:29. Eso es lo que Dios está haciendo en nuestras vidas. Todo lo que ocurre en mi vida, todo lo que acontece en mi vida, lo que Dios permite, lo que Dios manda, todo obra para bien. Eso es Romanos 8:28. Romanos 8:29 dice que para hacernos conforme a la imagen del Hijo. Dios nos está dando forma, Dios está tallando la imagen de su Hijo en nosotros, y eso es parte de su misericordia.

Se nos ha prometido glorificación y que seremos como Él es, Romanos 8:30. Se nos ha prometido vida eterna en su presencia misma, Romanos 5:21. La resurrección de nuestros cuerpos, Romanos 8:11. Hemos sido hechos hijos y coherederos con Cristo, Romanos 8:14. Y además de todo eso, se nos ha concedido la inexplicable —todavía hoy para mí es inexplicable— presencia permanente del Espíritu Santo, Dios en nosotros, para ayudarnos, para guiarnos, para convencernos de pecado, para traernos a la verdad, para todo lo que necesitamos para crecer en santidad. Y como si todo eso fuera poco, cuando no sabemos ni siquiera orar, Él intercede por nosotros delante del Padre conforme a la voluntad de Dios, Romanos 8:26. O sea, que cuando nosotros nos quedamos sin palabras: "Señor, no sé qué pedirte", el Espíritu dice: "Yo sí sé lo que necesita. Él necesita esto y esto", y le pide a Dios conforme a su voluntad en nuestro favor. ¡Increíble!

Más de treinta veces la Palabra, nos dice Romanos, que la fe nos ha sido concedida, la fe nos ha sido dada, la paz con Dios nos ha sido concedida, y la esperanza que tenemos de gloria es algo extraordinario. ¿Tú quieres más? Por las misericordias de Dios os ruego que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo. Es lo que se espera de nosotros.

Nosotros estamos en deuda con Dios producto de todo esto. No endeudados con Dios, en deuda. No es lo mismo, ¿saben? Hay una diferencia entre estar en deuda y sentirse endeudado. El endeudado tiene problemas, está estresado. El que está en deuda está agradecido. Nosotros estamos en deuda con Dios por lo que Él ha hecho en Cristo. Y la motivación entonces para nosotros vivir para Dios, la motivación por excelencia para nosotros entonces entregar nuestras vidas en sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, es todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hermanos, si Dios no hace nada más por nosotros, es suficiente para movernos toda la vida en su dirección. Yo no quiero servir a Dios por el temor a disciplina ni por miedo a lo que me vaya a hacer. No, Él ya me ha favorecido en Cristo. Yo le sirvo porque Él me ha amado, porque Él ha puesto atención a mi caso y ha rescatado mi vida del pecado. Es lo que cantamos constantemente.

Y eso es precisamente lo que Pablo les dice. Es la razón por la que al final del versículo 1, fíjense lo que les dice: que este sacrificio, esta presentación de tu cuerpo como sacrificio vivo, santo y aceptable a Dios, es vuestro culto racional. Es lo lógico. Que tú, después de recibir estas misericordias de Dios, respondas en sacrificio a Dios. Eso es lo lógico, es el culto racional del creyente. No buscando el favor de Dios, sino porque ha recibido el favor de Dios. Increíble, increíble cómo Dios se ha volcado hacia nosotros de tantas maneras con su misericordia.

Y la pregunta es: ¿cómo yo puedo hacer eso en mi vida? ¿Cómo yo me presento como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional? ¿Cómo se hace eso de manera práctica? Lo entendemos que el versículo 2 responde a esa pregunta. Romanos 12:2: "Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto."

¿Cómo yo vivo de una manera sacrificial para Dios? Bueno, no adaptándome a este mundo y permitiendo entonces la renovación constante de mi mente, para que verifiquemos la voluntad de Dios. Aquí hay un mandato positivo y un mandato negativo. Por un lado se nos dice el mandato negativo: no se adapten a este mundo, correcto. Y el mandato positivo es: sean transformados por medio de la renovación de vuestra mente. No se adapten, no se conformen, dicen nuestras traducciones, sino transfórmense.

De hecho, en el original ambas expresiones están gramaticalmente, ambos verbos —yo les voy a decir la palabra junta, técnica, y lo explico— en imperativo pasivo. Es un mandato de algo que nos ocurre. Lo que dice es: no se dejen moldear por el mundo. No se dejen... El mundo hace algo sobre mí, eso es pasivo, porque el mundo tiene un efecto sobre mí, y Pablo dice: no dejen que eso ocurra. Y entonces agrega: déjense transformar. Pasivamente es algo que Dios hace en mí, pero yo tengo que disponerme a que lo haga. Entonces, en otras palabras, lo que está diciendo es: no se dejen moldear, déjense transformar.

Y ambos verbos están en un tiempo verbal que indica que esto es algo que ocurre constantemente, constantemente, constantemente. Es un proceso de yo resistirle el moldeo del mundo y permitir la transformación de Dios en mi vida. Es algo que ocurre, es un proceso continuo en mi caminar con Dios.

Y hablando entonces un poquito más en detalle de lo que significa esto de no adaptarnos o no conformarnos a este mundo, lo primero es: ¿a qué se refiere Pablo con esto de "mundo"? Bueno, el mundo aquí, la palabra que aparece ahí en el original, significa era, la época. Lo que Pablo está diciendo es: no se dejen moldear por las ideas de la época, las filosofías del momento, el sistema del mundo, lo que la gente piensa, cómo la gente valora las cosas, lo que la gente persigue, lo que la gente elogia o lo que la gente condena, lo que la gente defiende o las cosas que acusa, las opiniones que la gente tiene, la forma de ver la vida. Esa es la visión del mundo, el mundo aquí en este contexto en el que Pablo está hablando.

Hay una definición que pone William McDonald en su comentario, que dice: el mundo es el sistema que el hombre ha edificado para ser feliz sin Dios. Es el mundo lo que el hombre ha hecho, ha construido para ser feliz sin Dios. Y de ahí venimos nosotros. Después de la caída en Génesis tres, todos nosotros nos hemos desviado, y el hombre piensa que él puede ser feliz sin Dios. Y de hecho, muchos de los que integran a Dios a su vida —digo "integran" entre comillas— lo hacen para usar a Dios, no para rendirse a Dios, sino para usarlo en su obtención de felicidad y de satisfacción. Dios es un instrumento más que me trae paz, que me trae propósito, que me trae significado en la vida, que me resuelve los problemas, me calma las ansiedades, me resuelve los problemas matrimoniales. "Porque Dios es importante, me resuelve los problemas de crianza con los hijos." Dios es un elemento más en todos los instrumentos que yo uso para obtener la felicidad. Y realmente Dios no se presenta así en su Palabra.

Lo que Pablo está diciendo aquí radicalmente es que el hijo de Dios no ve a Dios como instrumento; lo ve como su supremo Señor, ante el cual nosotros somos sacrificio para Él. Somos sacrificio para Él. Tú dices, tú ordenas, tú gobiernas, yo me someto a ti completamente. Tu Palabra es mi manual, tu causa es mi causa, Señor, yo quiero glorificarte con mi vida. Así es que la Palabra presenta a Dios.

Y hermanos, muchos de nosotros, por múltiples razones, nos hemos dejado moldear por el mundo. Venimos de ahí, y son cosas que hay que dejar, pero nos hemos dejado moldear. En algunos casos se debe a pura ignorancia, pura ignorancia de lo que Dios quiere para nosotros en un área de nuestra vida, y entonces en esa área de la vida tenemos patrones mundanos porque no sabemos, no conocemos la voluntad de Dios. Hay un famoso pasaje que muchos conocen, en Oseas 4:6, donde Dios dice: "Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento." Como la gente no sabe la voluntad de Dios revelada, incluso en su Palabra, en diferentes aspectos de su vida, la gente vive conforme a los patrones del mundo. Y por ignorancia estamos amoldados al mundo. Ese es un caso que nos ocurre a algunos.

Otras veces, más que por ignorancia, es por gusto, porque las formas del mundo son atractivas a nosotros. Tenemos un corazón pecaminoso, tenemos inclinaciones que se alejan de Dios, y con frecuencia nosotros todavía seguimos creyendo la mentira de que fuera de Dios podemos obtener parte o toda nuestra felicidad. De hecho, algunos han llegado a dudar incluso que Dios es proveedor de gozo y proveedor de plenitud en la vida. Algunos piensan que Dios es una especie de aguafiestas, que todo lo que nos trae gozo Él lo quiere como dañar, porque Dios nada más piensa en prueba y en dificultad y en pulirnos como el oro.

Hermanos, no es así. Cuando Dios dice en su Palabra en múltiples ocasiones: "Yo quiero que su gozo sea completo, que su gozo sea completo, que se gocen en mí." Que una parte del fruto del Espíritu es amor, gozo, paz. Amor, gozo, paz. Amor, gozo, paz. Fruto del Espíritu, fruto de una vida rendida a Dios: el amor, el gozo y la paz nos acompañan. Pero como decía, la falta de nosotros experimentar gozo en Dios tiene que ver no con que Dios no lo provea, todo es con nuestra falta de rendición. Vivimos muy aferrados a los patrones de este mundo, a los deseos de este mundo, a los apetitos de este mundo, a los objetivos de este mundo. Nuestra mirada no está allá, está aquí. Tenemos nuestros corazones divididos. Eso es lo que Santiago llama el hombre de doble ánimo, cuyas lealtades están divididas. Y es difícil caminar así. O es en una tierra o es en otra. Difícil. Es difícil.

O por ignorancia nos amoldamos, o por gusto nos amoldamos porque nos atraen sus formas. Y cuando hablamos de estas formas del mundo, yo no quiero que nuestras mentes se vayan solamente a aquellos patrones que son evidentemente pecaminosos. Hay cosas más sutiles, hay patrones mundanos más sutiles que nosotros asimilamos y que no nos damos cuenta muchas veces. Por ejemplo, ¿qué importancia le damos nosotros a nuestras relaciones humanas con los demás? ¿En qué lugar de prioridades está? Yo conozco muchos que están dispuestos a romper casi cualquier amistad por dinero. Yo he estado en medio de conflictos de hermanos, de esposos, de familiares por dinero. El dinero está por encima de la relación. Eso es sutil, pero el que se encuentra en una condición como esa, que yo he hablado con ellos, me dicen: "No, no, no, es que yo lo que estoy es detrás de la justicia, porque lo importante es que sea justo." Y a ti tal, la justicia seguro. Y uno se da cuenta que el apetito por dinero nubla su visión.

De hecho, una forma donde nosotros hemos asumido el patrón del mundo es la forma como vemos el dinero, como lo atesoramos, como lo queremos, como lo gastamos y lo usamos. Y nuestros manejos financieros se corresponden con un patrón mundano más que con un patrón de un hijo de Dios. La forma en la que hacemos negocios y nuestro trato diario con los demás. Yo me pregunto: la gente, cuando hace negocio con nosotros, ¿cuál es la impresión que le queda? ¿Que yo he sido justo con él, he sido honesto, he sido cumplidor, he sido sensato, he sido íntegro en mi trato con él? ¿Esa persona se siente bien tratada, honrada? Pero pensamos que el cristianismo es para la iglesia y para los devocionales en la mañana, y no un sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional. Toda la vida. Mi trato con mis hermanos, con mis padres, mi trato con mi esposa, con mis hijos.

La manera como yo me entretengo tiene que ver con patrones mundanos en muchas ocasiones que hemos asimilado. ¿Cómo me siento? ¿Cómo nos sentimos tú y yo cuando sentimos que mis amigos quizás han avanzado económicamente mucho más que yo, y yo no visto como ellos visten, y no ando como ellos andan? Me siento a menos, ¿cierto? Eso es común. Eso es un patrón mundano: pensar que porque yo tengo menos soy menos. Es un patrón totalmente mundano. Pensar que si el otro me ofendió, que venga a pedirme perdón. Eso es un patrón mundano, porque si Dios hubiese aplicado ese principio en cuanto a nosotros, nosotros no tuviésemos salvación, porque nosotros lo ofendimos y Él salió a buscarnos.

Hermanos, nosotros tenemos que literalmente resistir, resistir el embate de los patrones del mundo en nuestra manera de pensar. Todos los aspectos de la vida deben ser cuestionados por la Palabra de Dios. Todas tus formas deben ser cuestionadas por los principios de Dios. De lo contrario, con facilidad caeremos en los patrones del mundo.

Y la última razón por la que muchas veces nosotros nos ajustamos al mundo es: primero, por ignorancia; segundo, porque nos gustan esos patrones o nos funcionan; y en tercer lugar, porque queremos encajar. Buscamos la aprobación de los hombres y, por lo tanto, no queremos disonar, no queremos parecer raros, radicales, extremistas, fanáticos. Y disonamos, hermanos.

Este texto nos manda a que seamos vigilantes. Si no hacemos nada, el mundo nos va a dar su forma. ¿Por qué? Porque estamos presenciando —todos ustedes son testigos— de que los medios masivos de comunicación son omnipresentes. Están en todo lugar, en todo momento. Estamos expuestos a las redes sociales, al internet, a la televisión, a la radio y cuanta cosa hay. Es como una avalancha filosófica que viene sobre nosotros, y nosotros recibiendo por todos lados sin filtro. Cuando venimos a ver, estamos muy igual que los demás. ¿Cómo voy yo a resistir? ¿Cómo vas tú a resistir la avalancha que viene del mundo con formas, patrones, valores que son distintos, radicalmente distintos a lo que la Biblia establece? ¿Cómo lo vas a sostener si no tienes una decisión intencional de limitar tu consumo de esas cosas, de abstenerte de ciertas cosas, de cuestionar cada patrón? Tú vas a tomar la forma del mundo. Yo voy a tomar la forma del mundo. Y Pablo dice claramente: no dejen que el mundo les dé su forma. Si permitimos que el mundo nos dé su forma, no nos estamos entregando como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional. No está ocurriendo.

Pero entonces ahora él pasa a la exhortación a lo positivo. Bueno, resistan esto, pero ¿qué tienen que hacer? Bueno: transfórmense por medio de la renovación de vuestra mente. Y los que saben de deporte saben que hay una expresión que dice que no hay una mejor defensa que una buena ofensiva, ¿verdad? Que tú te quieres defender de algo, bueno, pues agrede tú. Y en este caso, ¿cuál es la manera más efectiva de resistir eso que acabo de describir? Bueno, teniendo un consumo regular y constante de aquellos valores que son de Dios y que transforman mi mente. Esa es la única forma de soportar y aguantar la avalancha de patrones y valores del mundo que, de lo contrario, me darían su forma.

A menos que nuestra forma de pensar sea radicalmente cambiada, nosotros no vamos a vivir este versículo de presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. La vida transformada es una vida abundante, la vida de Juan diez. Juan 10:10 dice Cristo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia." Eso se experimenta cuando mi mente ha sido completamente transformada por medio de la Palabra. Yo veo el mundo de manera distinta a como el mundo lo ve, a como el resto lo ve. Lo veo como Dios lo ve. Y aprecio cosas que otros no aprecian, y valoro cosas que otros no valoran, y persigo cosas que otros no persiguen, pero que Dios aplaude. Y eso entonces es un caminar por fe, porque yo estoy creyendo en que los valores, los principios, los objetivos que Dios me plantea en su Palabra son ciertos, y que yo perseguirlos va a traer gozo a mi vida. Y yo confío en eso y estoy caminando por fe. Y el cristiano está llamado a no vivir por vista, sino por fe.

Fíjense, hermanos, que Pablo habla aquí de una transformación de la mente. Para yo poder vivir este versículo de sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, Pablo no está apuntando aquí a que seamos transformados en nuestro exterior, en las cosas que hacemos —aunque eso es parte, eso va a cambiar—, pero debe ser fruto, debe fluir de un cambio interior en la mente. Y Proverbios dice que así como el hombre piensa, así es. Mi mente tiene que cambiar para que cambien mis acciones.

El problema es cuando yo creo que, como tengo ciertas acciones más o menos buenas, legítimas, religiosas, yo estoy bien con Dios. Hermano, Dios no ve el exterior, Dios ve el corazón. Dios no ve como el hombre ve. Ocupémonos de nuestra transformación interna y que fluya entonces lo externo, no al revés. Porque al revés no es sostenible, me desgasto. Cuando monto una pantalla, cuando yo soy un hipócrita y lo que estoy haciendo es cumpliendo unas convenciones tradicionales o sociales para amoldarme a un molde, eso eventualmente se estrella y termino manifestando mi real naturaleza. La única forma de mantener o de lograr esa transformación tiene que ser una transformación interna en la mente, que se produce, como vamos a ver más adelante, por una exposición regular, constante, disciplinada de la Palabra de Dios.

Aquellas cosas que Dios tiene para nosotros, quizás algunas recomendaciones de cómo producir ese cambio, de cómo lograr esa transformación que ya expliqué de qué se trata y en qué consiste, y cómo eso nos prevendría de caer en los moldes del mundo. Hay algo fundamental que tiene que cambiar en nosotros, hermanos, con relación a Dios. Una vez nosotros venimos al Señor, venimos a Cristo. No sé, obviamente en un grupo como este habemos algunos que somos creyentes, que hemos nacido de nuevo, que hemos entregado nuestra vida al Señor. Hay otros que no lo han hecho. Independientemente del que lo ha hecho y del que no lo ha hecho, lo que quiero referirme es: el que se acerca a Dios, según mi primer mensaje el 4 de septiembre, tiene que hacerlo en humillación, reconociendo que es pecador y que necesita que Dios le perdone.

Contrario a la oración que muchos hemos orado: "Señor, yo quiero que tú entres a mi corazón, te acepto", la oración real del pecador es: "Señor, acéptame tú a mí, no yo a ti". La oración humilde del pecador es: "Señor, acéptame. Yo no soy digno, yo no me lo merezco, yo no he hecho nada y no puedo hacer nada de hecho para merecer tu aceptación. Pero tú en tu gracia, en tu Palabra, has revelado que tú te inclinas hacia aquellos que se humillan delante de ti reconociendo su condición". Esa es la manera de acercarnos a Dios.

Aquellos que hemos hecho eso, aquellos que hemos venido a Dios de esa manera, entonces tenemos que entender que a partir de ese momento, hermanos, Dios es nuestra vida. A mí me sorprende incluso cómo yo mismo y otros hermanos que he visto, nosotros a veces tenemos aspectos en nuestras vidas en los que Dios no juega ningún rol. Tomamos decisiones y no buscamos su opinión, y no meditamos si Dios estaría bien o de acuerdo con eso. No reflexionamos. Vivimos nuestra vida como si fuésemos ateos prácticos: Dios no está presente. Hermano, Dios, una vez se presenta en una vida, ya tiene que ver con todo. Esa es la razón por la que Pablo dice: entreguen toda su vida como sacrificio vivo y santo a Dios.

Esto es lo primero que tiene que cambiar, hermanos. Las reglas del juego de mi vida han cambiado. Mi ciudadanía cambió. Yo no soy ciudadano de esta tierra, soy ciudadano del cielo, dice Filipenses 3:20. Ya yo no me rijo por los patrones de este mundo, yo me rijo por otra ley superior: la ley de Dios. Mis lealtades son distintas, cambiaron. Mis propósitos cambiaron, mis objetivos. Fíjense lo que cambió: Colosenses 3:2 dice que pongamos nuestra mirada en las cosas de arriba, en las cosas que no se ven. Fíjense, fíjense, lo que nosotros estamos llamados: pongan su mirada en las cosas que no se ven. ¿Y cómo es eso? Bueno, ¿dónde está Dios sentado? Dios es espíritu, pero es real.

Entonces han cambiado los parámetros de mi vida, la ley de mi vida, las lealtades en mi vida. Ahora yo creo, yo sé y creo, que no cae un pajarillo al suelo sin que Dios dé su consentimiento. Eso lo dice literalmente su Palabra en Mateo 10:29. Nuestros cabellos están contados. Todo obra para bien para aquellos que aman a Dios. Son absolutos de la Palabra que me dicen que Dios tiene que ver con todo en la vida del creyente, todo. Y como si todo eso fuera poco, viene Pablo luego y agrega en Primera de Corintios 10:31 y dice: sea que tomen algo o coman algo, háganlo todo para la gloria de Dios.

Todo, hermano. No hay una relación, no hay una decisión, no hay una compra, una transacción, no hay nada que ocurre en tu vida, no hay un negocio, no hay una carrera que tú hagas, no hay un amigo que tú conozcas, nada de eso que se salga del control soberano de Dios sobre tu vida. Dios tiene que ver con todo eso. Dios no es un departamento de mi vida. No, yo existo en Dios. Y si nosotros no vemos la vida así, no seremos un sacrificio vivo y santo a Dios. Hay gente que entiende: "Bueno, Dios está aquí en la iglesia, pero mis negocios soy yo, y la gente soy yo, y mi empleo soy yo, y el gobierno es el gobierno". Y no, no es así.

Imagínense lo que pasaría, hermanos, con una niña de once años de la India que está en un orfanato. Estuvo durante once años en un orfanato en la India, y una acaudalada familia neoyorkina la adopta y la lleva a su casa en Manhattan, enfrente al Central Park, y le da una habitación en su lujoso y fastuoso apartamento, y le dice: "Tú eres nuestra hija". Esa niña va a su habitación, y yo me imagino, bueno, pónganse en el lugar de ella. Ella viene de una cultura, de una condición socioeconómica totalmente distinta, una realidad totalmente separada. Lo que ella conoce ya no sabe: a qué hora se come, cómo se viste, cuándo se sale, a dónde se va. Ella no sabe nada. Ya está en su habitación, y ella le va a preguntar a la mamá: "¿A qué hora se come aquí?" "Bueno, comemos a tal hora". "Ok, ¿y qué me pongo? Vamos a salir, ¿qué me pongo?" "Bueno, ponte tal cosa". "Ok, ¿y con quién nos vamos a juntar?" "Bueno, tenemos amigos, yo quiero que tú los conozcas". La vida de esa niña va a ser totalmente gobernada por su nueva realidad, ¿correcto?

Si ella trata de traer la India a Nueva York, va a haber problema ahí. "No, no, no, que nosotros comemos a las doce de la noche, que los hindúes tenemos esa tradición". "No, no, no, porque tú ya no, mija. Aquí no. Aquí se come ahora, como a las cinco y media de la tarde". Así pasa con nosotros los cristianos. Hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al reino de la luz, y queremos entonces seguir viviendo con los mismos patrones, con las mismas costumbres que teníamos cuando vivíamos en el reino de las tinieblas. Nosotros, señores, hemos sido adoptados por Dios en su reino, somos ciudadanos de su ciudad celestial. Nuestros patrones mentales que antes eran parte de nosotros no sirven. Hay nuevos patrones mentales. Si tú te vas a mover ahora como cristiano, tú necesitas consultar, preguntar, ir a la Palabra, orar, meditar, para que toda tu vida sea sacrificio vivo y santo, agradable a Dios.

Gracias por el aplauso, pero realmente yo me siento un poco incómodo cuando lo hacen. No, no se sientan mal, no se sientan mal, pero realmente el aplauso es a la Palabra y al Señor. Y yo quiero dejar claro esto, hermanos: el caminar del creyente, sus miserias, sus problemas en la vida cristiana, tienen que ver con su falta de sacrificio y entrega, más que con que Dios no le ha provisto lo que necesita.

Lloraba al principio de mi sermón y le decía al Señor: "Señor, llévalos a ese punto donde Cristo llega". En un momento dado, en el huerto de Getsemaní, la noche antes de ser crucificado, él le dijo al Padre: "Padre, si tú quieres, líbrame de esta copa, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya". Esa oración, hermanos, tiene que estar presente en cada área de mi vida. Si yo soy un sacrificio a Dios, si yo me debo a Dios por las misericordias que él ha tenido conmigo, yo tengo que llegar a un punto en cada área de vivir a donde yo le digo, en mis relaciones, en mis negocios, en mi paternidad, en mi relación con mi iglesia, en mi relación, en todo lo que yo hago: "Señor, que no se haga mi voluntad sino la tuya. Yo estoy rendido a ti. Yo no me gobierno, tú me gobiernas. Tú no te gobiernas, Dios te gobierna a ti".

¿Y qué pasa cuando tú te tratas de gobernar y tratas de usurpar el señorío de Dios, el señorío de Cristo en tu vida? Tú entras en problemas con Dios, porque él te ama y no te va a dejar así, y te disciplina. En su amor te disciplina: "No, no es así". Y te dice: "No es así. No buscaste consejo, no esperaste, no oraste, no meditaste. Estás gobernando tu vida como a ti te parece. Entrégate, entrégate como sacrificio. Déjame que yo gobierne tu vida". Entonces estamos luchando, luchando, luchando, y no es la oración de Cristo: "Señor, si tú quieres, pasa de mí esta copa". El Señor no pasó la copa. Entonces, cuando eso ocurre, la decisión de entregar mi vida en sacrificio santo a Dios, que se hace posible cuando resisto el moldeo del mundo y promuevo la transformación de mi vida, produce, según este pasaje, fíjense lo que dice al final del versículo 2: "para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto".

¿Tú quieres conocer la voluntad de Dios en tu vida? Sí, sí. "¿Dónde tengo que ir? Dígame, pastor, ¿dónde lo llamo para hacer una cita?" No, no hagas una cita aquí. Déjate cambiar, y cuando tú seas cambiado, tú vas a conocer la voluntad de Dios. Dios no quiere gente dependiendo de que le digan cuál es su voluntad. Dios quiere hijos entregados siendo transformados, que cuando piensen, piensen como Dios, y tú vas a conocer su voluntad en todo momento. Inmediatamente te viene una situación en la vida, tu respuesta espontánea va a ser divina, va a ser lo que Dios quiere. Tú vas a decir inmediatamente: "Sí, yo sé, yo sé lo que Dios quiere". Y la decisión honraste a Dios, y esa es la decisión que Dios hubiese tomado, porque tú piensas como él, porque Dios ya te ha transformado. Y eso es lo que queremos todos.

Entonces, por último, varias recomendaciones: ¿cómo podemos ser transformados? ¿Cómo podemos ser transformados en la mente, nuestra manera de pensar? Bueno, primero: haz de la transformación una meta de vida. Yo le puedo decir a todos ustedes, y yo mismo me digo, si ustedes vienen aquí individualmente, e imagínense que usted y yo tenemos una reunión personal con cada uno de ustedes, yo le puedo decir, comenzar la reunión de la manera siguiente: tú no estás bien, tú no estás bien.

Yo voy donde otro pastor, otro consejero; él también me puede decir a mí: "Tú no estás bien, chacho, tú no estás bien". Nosotros tenemos que entender que siempre tenemos cosas que arreglar y reparar, cosas de las cuales arrepentirnos en nuestra vida. Siempre, siempre. Es una pretensión, es un orgullo humano pensar que no tiene nada que cambiar. Siempre hay cosas que cambiar, sobre todo cuando nuestro estándar es Cristo. La transformación es una meta en la vida del creyente; no es algo que Dios hace en contra de la voluntad del creyente, debería ser algo que tú procuras. Yo quiero ser cambiado.

El esposo que recibe una crítica de su esposa, agradezca, y viceversa. La esposa que recibe una crítica de su esposo, agradézcala. Quizás no todo lo que te acuerdo con la forma, quizá lo hizo mal, pero concéntrese en si es verdad o no. El hijo que recibe una observación de su padre, acéptela. El jefe que recibe una observación de sus empleados, acéptenla. Acepten la crítica, ábranse a la observación en su vida de los hermanos, de los cónyuges, de los hijos, de los jefes. Si ustedes ven algo en mí, hermanos, vengan y díganmelo, díganmelo. Yo quiero ser transformado, cambiado. Yo no quiero ser igual.

No nos encerremos pensando que el otro no es lo que te lo hace porque tú sí eres crítico, tú sí eres observador, tú siempre tienes cosas malas que decirme. No, agradezca la transformación que Dios está produciendo por medio del otro. Cuántas veces escucho yo en consejería: "No, no, que tú eres muy crítico, que todo tu amor, todo feo", y hay otra palabra más fea, y nos cerramos a la observación. Señores, hermanos, abrámonos a la transformación en la vida. Muchas veces Dios va a usar al otro, pero si yo no estoy atento a eso, dispuesto a eso, no lo voy a lograr.

Segundo: la Palabra de Dios es el instrumento por excelencia de transformación. Segunda de Timoteo 3:16-17 dice: "Toda Escritura es inspirada por Dios, útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra". Su transformación es proporcional al tiempo que usted experimente o esté frente a la Palabra estudiándola y meditándola. Es proporcional, eso es así. Claro, yo puedo saber mucha Biblia y aplicar poco porque soy un necio, soy muy orgulloso. Juan 17:17, Cristo le pide a su Padre: "Padre, santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad". O sea, la Palabra es el instrumento de santificación por excelencia. Léala, consúmala, medítela, reflexiónela.

Tercera cosa, tercera recomendación, hermanos: la comunidad de creyentes es el laboratorio para vivir la Palabra. Es aquí donde Dios nos afila los unos con los otros. Si tú vas a encontrar problemas en la iglesia, es así; eso es por diseño. Tiene que ser así porque tú necesitas ser cambiado, y yo también, y la forma de cambiar es chocándonos los unos con los otros. No hay manera de ser cambiados de no ser así. La comunión es vital para la transformación.

Se me perdió una página. Ya me encontré. Eso le pasa a los mejores, o eso ha pasado en el pasado.

Cuarta cosa y última: contempla a Cristo, contempla a Cristo. Segunda de Corintios 3:18 dice: "Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu". Es decir, en la medida que yo fijo mi mente y mis emociones y mis afectos en Cristo, el autor y consumador de mi fe, y lo veo en su Palabra, y medito: "¡Wow, el carácter de Cristo, la obra de Cristo en mi favor, la obra en la cruz, lo que hizo por mí, Señor!", esa contemplación me cambia, es usada por el Espíritu para cambiarme. Y muchas veces la falta de cambio en mi vida se debe básicamente a una falta de contemplación.

Hermanos, hoy en día, en la generación que vivimos, esta es una generación que no contempla, no se detiene. Tenemos demasiada información. Imagínense al individuo que va a un museo de arte muy famoso, el Museo del Louvre en Francia u otro museo de arte, y ustedes ven la gente. Dicen que hay gente que se pasa horas viendo la Gioconda o la Mona Lisa. Entonces se paran ahí frente a la Mona Lisa horas. El que no sabe eso le pasa por el lado y dice: "¿Cómo? ¿Cómo? Yo no te lo entiendo". Se pasan horas y salen de ahí. De hecho, yo sé de gente, lo he leído, que va al Museo del Louvre en Francia, u otra gente que vive en Francia y va ese día a ver una obra, y se va y sale de ahí. Ve esa obra por varias horas, la contempla, la medita, y sale como con algún tipo de satisfacción, al que le gusta eso.

Hermanos, si nosotros nos detuviéramos así como se detiene el crítico de arte a ver una obra, nos detuviéramos a ver la obra de arte de la redención y la contempláramos, y viéramos el amor de Dios manifestado en Cristo, y viéramos la humillación de Cristo, que dejó su gloria y no tuvo el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó y dijo: "Yo voy a salvarlos", a nosotros que no le estábamos buscando, que no estábamos deseando una relación con Dios. Y no solamente eso, sino que nos busca, nos abre el corazón y nos dice: "Te amo", y nosotros le respondemos: "Yo a ti".

Contemplen la obra de Cristo, contemplen la obra de Dios. Contemplemos, sorprendámonos de lo que Dios ha hecho en Cristo por nosotros, y constantemente digámonos con frecuencia, cuando se te da un negocio, cuando hay un bonito día, cuando tú te estás comiendo una buena comida disfrutando en un restaurante, o estás agradecido por tu hijo, si es así, tus hijos, y di: "Gracias, Señor, gracias. Yo no lo merezco, gracias".

Hermanos, todo lo que nosotros tenemos es por gracia. Nosotros merecemos la condenación de parte de Dios, y Dios nos ha concedido salvación, y ahora nos está haciendo según su imagen. Todo es gracia sobre gracia, gracia sobre gracia. La falta de reflexión nos está matando como cristianos, no está produciendo en nosotros la transformación. El ímpetu cristiano, el gozo de sabernos salvos, no está ahí porque no hay contemplación. No nos detenemos, estamos demasiado ocupados. En lugar de estar viendo la Gioconda en el Louvre, jugando Pokémon Go, y nuestros sentidos se han embotado, no tenemos ya la capacidad de sorprendernos.

Cultivemos eso, recobremos eso, para entonces poder presentarnos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional. No nos dejemos adaptar, conformar por este mundo. Seamos transformados por medio de la renovación de nuestra mente, para que comprobemos la voluntad de Dios: lo que es bueno, agradable y perfecto.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.