Integridad y Sabiduria
Sermones

Humildad, la clave de la unidad

Miguel Núñez 26 febrero, 2012

La unidad del cuerpo de Cristo no es opcional ni secundaria: fue el ruego urgente de Jesús en sus últimas horas antes de la cruz. En Juan 17, mientras anticipaba la agonía de Getsemaní, Cristo oró repetidamente para que sus discípulos fueran uno, "para que el mundo crea que tú me enviaste". Dos mil años después, esa sigue siendo la única oración del Hijo al Padre que permanece sin respuesta completa, y los culpables somos nosotros.

Dios ya proveyó todo lo necesario para la unidad: el consuelo del Espíritu, el amor ágape, la comunión, el afecto y la compasión. Estas son las estructuras internas que sostienen el edificio de la iglesia, como las varillas dentro de un muro. Pero nos toca a nosotros hacer visible esa realidad interior. El obstáculo principal es el egoísmo, esa raíz de todos los pecados que nos pone en modo de supervivencia y nos hace olvidar las necesidades de los demás. El egoísmo se irrita cuando otro es reconocido, se molesta cuando otro es promovido, y en lugar de confesar la envidia, procedemos a asesinar el carácter del otro.

La solución es la humildad: considerar al otro como más importante, pensar en sus intereses antes que en los propios, estar dispuesto a sacrificarse por el bien del hermano. Una iglesia en Dallas se dividió y llegó a los tribunales; cuando los periodistas investigaron, descubrieron que todo comenzó porque en un picnic alguien recibió un pedazo de jamón más pequeño que el del niño a su lado. La división nunca comienza afuera, sino en actitudes internas de insatisfacción. Cuando aprendemos a deponer nuestras armas y recordamos que el enemigo no es nuestro hermano sino Satanás, entonces el gozo será completo y la oración de Jesús encontrará respuesta.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a oír más palabras para vivir en unidad! Filipenses 2, capítulo 2, versículo 1. Pero está ahí: "Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si hay algún afecto y compasión, haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás."

El texto comienza con tres cláusulas condicionantes: si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si hay algún afecto y compasión. Los mejores lingüistas del original del griego nos dicen que ese "si" condicional podría traducirse, y debiera traducirse, de una mejor manera al español o al inglés si usáramos la frase "ya que". En el original, estas frases no tienen ni siquiera verbos, y por tanto los traductores han llenado las frases con verbos y ciertas formas. Pero los mejores estudiosos del lenguaje nos dicen que pudiéramos traducir esto de una mejor manera usando la frase: "ya que existe algún consuelo de amor, ya que existe comunión con el Espíritu, ya que existe afecto y compasión." Y todas esas cosas nos son dadas, nos han sido dadas en el poder del Espíritu, en el Espíritu que mora en nosotros.

De tal forma que Pablo está ayudándonos a entender que para que la unidad del cuerpo de Cristo se dé, hace falta ese esencial: que existan condiciones internas y condiciones externas. Las condiciones internas las ha provisto Dios por medio de su Espíritu, pero una vez Dios provee las condiciones internas, Dios entiende que nos toca a nosotros hacer visible, hacer posible externamente, aquello que Él ha hecho internamente.

Mencionaba esta mañana que quizás pudiéramos ilustrar esto un poco si piensas en un edificio que esté bien ornamentado. Creo que eso de afuera que lo adorna, que lo ornamenta, solamente es posible porque sabemos que en el interior de estas paredes, de estos muros, hay varillas que le dan consistencia a estas estructuras para que luego nosotros podamos adornar las paredes externamente. En el cuerpo de Cristo hay estructuras internas, en el interior del hombre, importando el interior de la iglesia, que Dios ha provisto, pero que ahora Dios espera que con nuestras vidas nosotros adornemos aquello que ya nos ha dado.

Y de ahí entonces que Pablo nos está diciendo que ya que existe consuelo de amor, ¿por medio de quién? Del Espíritu que mora en nosotros. Existe el consuelo; Él es el Consolador. De hecho, la palabra traducida como "consuelo" es muy parecida a la palabra "Consolador", donde se nos habla de aquella tercera persona de la Trinidad que Dios ha enviado en nuestra asistencia. Es la persona que está ahí para asistirme en mis dificultades, en el dolor, en la pérdida, en la enfermedad. En cada una de las tribulaciones de la vida fue el Consolador que estuvo ahí para consolar y asistir a los discípulos cuando perdieron a Judas, cuando Judas cometió la gran traición. El Espíritu estaba ahí para sostenerlos de tal manera que ellos no se fueran cada uno en una dirección, desesperanzados, y que no volvieran jamás a permanecer unidos.

Ya que existe ese Consolador, ya que existe el amor que Dios nos ha dado entre nosotros, el amor ágape es un amor primero que vino de Dios a nosotros, que me permite sentir que yo soy su hijo. En segundo lugar, una vez yo he recibido ese amor, yo tengo ese amor para dar a otros. Ya que existe el amor incondicional que Dios ha puesto en mí para dar a otros, entonces yo debiera comenzar a expresar externamente como una realidad aquello que Dios ha puesto en mí internamente. Y si no lo hago, no es porque soy incapaz; es simplemente porque yo no quiero. Ya que existe en mí, Dios lo ha puesto, Dios me ha dado la capacidad por medio de su Espíritu, y eso es necesario. Sin eso nosotros no podemos vivir en unidad.

Y Pablo continúa diciéndonos: ya que existe comunión, koinonía, con el Espíritu. Claro que existe comunión con el Espíritu. Él mora en mí, Él me ha regenerado, Él vive su vida a través de mí. Ya que existe esa comunión, ahora yo tengo la capacidad, no tengo excusa, no puedo decir que no puedo. Y Pablo nos está ayudando a entender las estructuras internas que solamente Dios puede proveer, para que luego, cuando Él comience a hablarme de lo que yo necesito hacer externamente, yo no pueda argumentar: "Es que yo no sé, es que yo no puedo, es que yo no tengo." Pablo está diciéndonos: ya que existe todo esto, es ese Espíritu con quien yo tengo comunión, por medio del cual todos fuimos bautizados en un mismo cuerpo.

Hay una unidad que es real, que es interna, que muchas veces no sentimos, que no reconocemos, que no vivimos, pero que internamente Dios ha provisto esa consistencia. Es como un ramillete de uvas, unidas todas a esa ramita central. Las uvas guardan comunión todas con la ramita central, que representa el Espíritu de Dios, si me permiten la ilustración. Y luego las uvas están en contacto una con la otra. Pero supongamos que estas uvas nos representan a nosotros, y una de esas uvas dijera: "Es que esta uva de al lado a mí no me cae bien." Puede ser que no te caiga bien, y puede ser que tú tengas un problema de división con ella, pero sabes que estás pegada a ella, estás en contacto con ella, tienes comunión con ella y tienes comunión con el Espíritu. Y Pablo está diciendo: ya que tú tienes eso, aprende a vivir de una manera que refleje externamente la realidad interna que Dios ha provisto.

Ya que existe afecto y compasión, ya que tú has experimentado el afecto y la compasión de Dios, pues ese afecto debe fluir y esa compasión debe fluir hacia fuera, de tal manera que también esas dos condiciones puedan contribuir a crear la unidad del cuerpo de Cristo.

Y ahora tenemos una mejor idea de qué es lo que Dios ha hecho, qué es lo que Dios ha provisto, qué es lo que Dios nos ha dado, que ahora nos dice: "Por tanto, pueden vivir en unidad." Pero esa otra parte nos toca a nosotros. La parte que hace visible la unidad es algo que tú y yo tenemos que trabajar. Es como que nuestras vidas han de adornar el edificio de que hablamos, cuyas varillas y estructuras internas Dios ha provisto, pero ahora a nosotros nos toca hacer el adorno de esa realidad interior. Y nosotros tenemos que vivir eso en el seno de la iglesia.

Ahora, hermanos, nosotros hemos oído, hemos leído en más de una ocasión acerca de la unidad, pero yo no creo que nosotros entendemos la profundidad o la gravedad de la ausencia de esa unidad en el cuerpo de Cristo. Yo creo que estamos tan acostumbrados a vivir divididos en nuestro interior, que la desunión cuando la vemos nos parece natural.

Y sin embargo, yo quiero recordarles que en el aposento alto, horas antes de Cristo ir a la cruz, en medio de la angustia del momento, en medio de la urgencia de la hora, en medio de la angustia que representaba el Getsemaní delante y la cruz después, Dios Hijo está orando a Dios Padre en sus últimos momentos. Y nosotros sabemos que aquellas cosas en las que tú y yo pensamos en la última hora son probablemente las cosas de mayor importancia. Pero sobre todo, si yo sé que la persona que está hablando es Dios en sus últimas horas sobre la tierra, entonces yo tengo que imaginarme que eso de lo que le está hablando tiene que tener una importancia monumental. Y en esa hora, en medio de la urgencia, en medio de la agonía, anticipando la cruz, Cristo se detiene para orar y hablarle al Padre de la necesidad que tienen sus discípulos, los presentes y los futuros, de vivir en unidad.

Yo escucho sus palabras en Juan 17. Versículo 21: "Para que todos sean uno, como tú, oh Padre, que estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste." Padre, hay algo vital, hay una verdad central, y es que el mundo, antes de creer, tiene que creer que tú me enviaste con un mensaje y que yo soy ese mensajero. Y yo te estoy pidiendo en esta hora que los miembros de tu iglesia puedan ser uno, porque de lo contrario no hay manera de convencer a ese mundo de que yo soy ese mensajero. Eso es lo que Cristo está diciendo.

Versículo 22: "La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste tal como me has amado." Para que todos sean uno, versículo 21; para que sean uno, versículo 22; para que sean perfeccionados en unidad, versículo 23. Una y otra vez Cristo está pidiendo por la unidad de los miembros de la iglesia.

Y dos mil años después, esa es la única oración hecha por el Hijo al Padre que no ha sido respondida. ¿Es una época cosa? No había manera de que el Hijo, en quien Dios Padre tenía complacencia y cien por ciento aprobación, que el Padre no respondiera. Y en esta ocasión el Padre está en esencia diciendo: "Hijo, la parte que yo decidí que a mí me tocaba, que tenía que ver con proveer la comunión del Espíritu, proveer el Consolador, el consuelo de amor, proveer el amor ágape, proveer el afecto, la compasión, esa parte que a mí me tocaba, las estructuras internas para darle consistencia a la iglesia, yo lo hice. Pero la unidad requiere de algo externo que mis hijos, mis demás hijos, se rehúsan a hacer."

Veinte siglos han pasado y esa oración del aposento alto, hecha por el Hijo amado, permanece sin completarse la respuesta. Y los culpables de eso somos nosotros. La falta de unidad en el cuerpo de Cristo es un pecado grave, profundo. Se opone directamente a la oración que el Hijo le hiciera al Padre. Y si tú y yo no lo aprendemos a ver de esa manera, tú y yo vamos a seguir divididos en algún momento.

Recuerdan los nombres Síntique y Evodia. En el momento en que Pablo está escribiendo estas palabras, ellas están irreconciliadas.

Y en este texto Pablo nos va a revelar por qué es que ellos y nosotros nos irreconciliamos, qué es lo que impide la creación de la unidad del cuerpo, y luego al mismo tiempo e inmediatamente después Pablo nos va a revelar qué es lo que promueve, crea y fomenta esa unidad que aparentemente está siendo amenazada en la iglesia de Filipos. Tú y yo tenemos que ver a la luz de estas verdades que van a ser expresadas a continuación, pero Pablo ya reveló que Dios proveyó lo que tú y yo necesitamos para lograr visiblemente la unidad del cuerpo de Cristo. Ya Él nos bautizó en un mismo cuerpo, Él nos unió bajo un mismo momento si tú quieres, bajo la cruz. Ahí estamos unidos. El que nosotros no hagamos posible visiblemente esa realidad se debe precisamente a esto que él va a revelar ahora.

Versículo 3: "Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria." El egoísmo con que crecemos, el egoísmo que tú y yo fomentamos a lo largo de la vida es lo que impide esa unión. Como se ha dicho en otras ocasiones, el egoísmo es la raíz de todos los pecados, sin lugar a dudas.

Cuando Dios coloca a Adán en el huerto y le da toda la creación y le permite que él administre y solamente le prohíbe que no coma de ese solo árbol, y luego Adán escucha otras palabras de parte de esta serpiente que le hace otra promesa. Que ahora la promesa que le hace la serpiente es agradable a los ojos, pero también es conveniente a mi estatus, a mi futuro, a lo que voy a llegar a ser. De repente entonces ese egoísmo se apoderó de Adán, y a Adán y a Eva ya no les importó la opinión de Dios, los consejos de Dios, las bendiciones de Dios, toda la creación puesta a sus pies, porque de repente yo consideré como mejor para mí esta otra solución, y en su egoísmo ellos pecaron. Esa es la raíz de todos tus pecados y de todos mis pecados. Cada vez que yo peco, yo decido hacer algo que a mí me atrae, algo que a mí me gusta, algo que yo quiero hacer, y todo eso tiene que ver con mi egoísmo.

El egoísmo es insensible al mundo de los demás. El egoísmo no cede su posición, no cede su lugar, no cede su opinión, no cede su punto de vista, y por tanto siempre tiene la razón. De hecho, para el egoísmo solamente existe una razón, y es la suya. Solo existe un punto de vista y un ángulo del cual ver la situación, y es el suyo. Y eso es por lo que Pablo está diciendo: "Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria." Miren a Cristo. No seáis de esa manera carnal como muchas veces hemos visto.

Nuestro egoísmo se irrita cuando alguien es reconocido y él no lo es. El egoísmo se molesta cuando alguien es promovido y yo no lo soy. Y en esos momentos cuando yo me siento molesto e irritado, en vez de nosotros ir donde Dios y decirle: "Señor, el sentimiento que yo tengo es uno de envidia." Sí, es envidia. Porque lo que me molesta es que reconocieron al otro; yo estaba bien. Tan pronto reconocieron al otro, eso es lo que yo no quiero que ese otro tenga. Y en ese momento yo comienzo a encontrar todas las razones y faltas por las cuales él nunca debía haber sido reconocido o promovido, y a ver todas las virtudes por las cuales yo sí podía merecer quizás ese galardón o reconocimiento. Y en esos momentos, en vez de decir: "Señor, perdona mi envidia," nosotros procedemos a asesinar el carácter de ese otro.

No levantes la mano. O sí, si tú quieres levantarla. ¿Cuántos de nosotros hemos ido delante de Dios en alguna ocasión y le hemos dicho: "Dios, Señor, con relación a esto, ya sea un reconocimiento, una promoción, con relación a algo, esto que yo estoy experimentando no es más que envidia, perdóname"? Algunos de nosotros, y el resto tiene que ir donde Dios. Eso es algo de la naturaleza humana. Quizás no te ha pasado en el último año, en los últimos cinco años; en algún momento quizás te pasó ayer. Nuestra naturaleza humana ha experimentado eso.

Y como nosotros tenemos la imagen de Dios en nosotros, a veces hacemos cosas desinteresadamente y otras veces las hacemos por puro egoísmo. Pablo está diciendo: "Nada hagáis, nada." No es que actúes desinteresadamente a veces y otras veces no. ¡Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria!

Separa esas dos palabras: vana gloria. Porque eso es exactamente lo que significa en el original. Es vana porque está vacía. No tiene valor. No tiene sentido. No tiene significado ante los ojos de Dios. Y la gloria es la autocomplacencia, el quererme, el sentirme que yo valgo, la jactancia acerca de mi obrar. Y Pablo está diciendo: "Hermano, no te jactes. No te enorgullezcas. Nada hagas de esa forma. Eso no tiene valor. Eso no tiene ninguna valía. Eso se queda aquí el día que tú mueras."

Frecuentemente es esa jactancia lo que hace que yo considere que yo merezco un mejor trato. "Mira cómo lo trataron a él." Porque siempre cuando yo pienso en un mejor trato, es mejor que el de alguien. Nunca yo pienso: "A mí me debieran tratar mejor que a mí mismo." No, no, no. Es mejor que a Felipe, que lo han tratado bien. O mejor que a María, que mira cómo la promovieron. Porque nuestra naturaleza humana es comparativa, y al ser comparativa se vuelve egoísta, autocentrada. Pablo está diciendo: "Eso impide la unidad del cuerpo de Cristo. Nada hagáis de esa manera. No, no, no. Olvida, muere a todo eso."

La actitud egoísta es de la carne. Yo necesito —Pablo comienza ahora a ayudarnos a entender— que yo necesito dejar atrás la actitud egoísta de la carne y dar paso a la actitud humilde del Espíritu. La misma persona que nos mandó a ser uno como Él y el Padre eran uno, es la misma persona que nos dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde."

Cristo nunca dijo: "Aprended de mí cómo hago milagros. Aprended de mí cómo cambio el agua en vino. Aprended de mí cómo se camina sobre las aguas." De hecho, ni siquiera dijo: "Aprended de mí cómo orar." Ellos vinieron, le dijeron: "Maestro, enséñanos a orar," y Él les enseñó. Pero la única ocasión donde Cristo se para, se detiene para decir "aprended de mí," es cuando Él se estaba refiriendo a su mansedumbre y a su humildad. "Tú no puedes aprender eso de ninguna otra persona que no sea de mí," dice Cristo.

Nosotros aprendemos de todo el mundo, muchas veces menos de Dios. Aprendemos de nuestros padres egoístas. Nuestros padres, claro que fueron egoístas, son seres humanos. Aprendemos de ellos. Aprendemos de nuestros maestros egoístas. Aprendemos de los periódicos, escritos por periodistas egoístas. Aprendemos de los libros, escritos por autores egoístas. Aprendemos de las noticias, traídas a nosotros por aquellos que las comunican, también egoístas. Aprendemos de nuestros amigos del mundo. Aprendemos de las películas. Y muchas veces aprendemos todo eso, menos de Dios. Por eso cultivamos el egoísmo. Pablo dice: "Nada, nada de esa manera."

La persona egoísta no puede ser humilde. Esas dos cosas se oponen la una a la otra. Por eso es que Pablo las contrapone: "Nada hagáis por egoísmo o vanagloria, más bien con actitud humilde," que es lo opuesto a hacer esto otro. La humildad es el resultado de yo haber ido delante de Dios, haber visto a Dios por lo que es, y haberme visto a mí por lo que yo soy.

Imagínate a Isaías. No sé si era una persona orgullosa, no pienso que lo fuera. Pero imagínate a Isaías. Va delante de Dios en esa visión que él tuvo. Ve al Dios alto y sublime, las orlas de su manto llenaban el templo, lo ve sentado en su trono. "Santo, santo, santo," escucha este cantar antifonal de los serafines, uno al otro cantando: "Santo, santo, santo." Y en medio de eso él se ve. "¡Ay de mí! Estoy arruinado. Yo acabo de verme por lo que yo soy." El profeta mesiánico, la persona más recta en todo Israel, dice: "¿Para qué me voy a enorgullecer, si yo soy un hombre de labios impuros? Y es más, habito en medio de un pueblo de labios impuros. Yo no soy mejor que ellos."

La humildad es el resultado de yo haberme visto delante de Dios por lo que yo soy. Y la humildad a la vez es el resultado de yo vivir pensando en el bien del otro. Pablo nos dice eso en el texto que continúa.

Déjame decirte cómo Pablo lo dice. Versículo 3: "Sino que con actitud humilde, en vez de egoísmo, cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo." No es simplemente que pienses en el bien del otro, porque es posible pensar en el bien del otro y no ser humilde en lo más mínimo. Hay profesiones que tienen que ver siempre con el bien del otro, como los bomberos, los médicos, las enfermeras, pero eso no nos da humildad.

Pablo nos dice que tienes que pensar en el bien del otro, pero mira, él lo califica así: "Que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo." Yo tengo que pensar en el otro y darle premacía, primacía, superioridad al otro sobre mí.

Ahora, tienes que entender lo que eso significa, porque él no está diciendo que tienes que considerar que el otro siempre es mejor que tú. Porque, por ejemplo, un médico no puede pensar que un ingeniero es mejor médico que él. Cierto. Ni puede pensar el ingeniero que el médico es mejor ingeniero que él. Eso no es lo que Pablo está diciendo.

Entonces, ¿qué es lo que Pablo está diciendo? ¿Cómo yo considero al otro como más importante que a mí mismo? Cuando tú consideras sus gustos, preferencias y deseos antes que los tuyos a la hora de elegir, a la hora de tomar decisiones. Cuando tú consideras sus puntos de vista. No es que olvides los tuyos; los tuyos están ahí. Pero antes de pensar en los tuyos, tú piensas en los de él, y luego vuelves a pensar en los tuyos.

Yo considero al otro como más importante que a mí mismo cuando, a la hora de tomar decisiones, yo no simplemente pienso de qué forma esto me beneficia, me conviene, me es expediente, me es eficiente. No. Sino de qué manera, cuando yo tome esta decisión, va a afectar a mi hermano. De qué manera lo podría yo herir. De qué manera yo podría menospreciarlo. De qué manera él se pudiera sentir inconsiderado de parte mía. Y luego entonces tú procedes a tomar las decisiones.

Yo considero al otro como más importante que a mí mismo cuando, a la hora de tomar decisiones, estoy en disposición de sacrificarme en aras del otro. Sabiendo que esa decisión que voy a tomar va a representar quizás algo negativo para mí, pero estoy dispuesto a tomar ese negativo, ese efecto, ese boom, ese golpe, si eso va a resultar en el beneficio de mi hermano. Tú estás dispuesto a ser clavado si alguien se va a beneficiar de los clavos. Esa es la forma de entender lo que significa considerar al otro más importante que a mí mismo. Si las cárceles van a beneficiar a alguien por la propagación del evangelio, pues yo tomo las cárceles, yo las tomo en mis manos. Es de esa manera.

Y luego él procede y nos dice, mira cómo: "No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás." Nosotros tenemos intereses, todos. Él no dice: "Olvídate de ellos, no se trata de ti." Cuando vayas a considerar tus intereses, considera los de los demás primero. Lamentablemente, hermanos, nosotros nacemos y crecemos con tantos miedos e inseguridades que nuestros miedos e inseguridades nos ponen, para usar el lenguaje de computador, en un modo de sobrevida, de sobrevivir, y eso hace que yo me olvide de las necesidades de los demás.

La mejor forma de ilustrarte esto es: imagínate en un naufragio. Hay cincuenta personas en el mar, hay veinticinco salvavidas, y tú tienes uno en la mano. De repente tú tienes ese salvavidas y comienzas a nadar a toda velocidad hacia la costa, pero tú sabes que has dejado veinticinco personas atrás sin salvavidas. Y dirán: "¿Y a ti no te importa?" "No, yo tengo que sobrevivir, yo me voy a ahogar, los tiburones vienen detrás, antes que me muerda un tiburón yo tengo que llegar." Y tu miedo e inseguridad hace que a ti no te importe la condición de los demás. Nosotros vivimos como ahogados en este mar de la vida con miedos e inseguridades, y esos miedos e inseguridades nos agobian tanto que nosotros actuamos, tomamos decisiones no pensando en los intereses de los demás, porque yo tengo que sobrevivir, yo tengo que llegar, y yo no puedo pensar en el otro. Y eso me hace a mí sentir justificado porque de lo contrario yo no iba a llegar, no lo iba a poder hacer. Y Pablo dice: "No busque sus propios intereses, más bien siga pensando, buscando los intereses de los demás."

Y Pablo, que está tratando de ayudarnos a entender esto, sabe que va a tener un efecto, esto va a tener un resultado en mí, en ustedes. Y él nos dice cuál va a ser el resultado de eso, y nos lo dice tempranamente en el versículo 2. Yo hice la exposición a propósito al revés, porque lo otro es lo que tiene que hacer para que esto se pueda dar. Versículo 2: "Haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito." Ese es el efecto de lo otro que está ocurriendo.

Pablo parece estar diciendo: "Hermanos, ustedes saben que yo vivo en gozo. Hermanos, ustedes saben que la posteridad quizá me reconozca como el apóstol del gozo, pero yo tengo que confesarme delante de ustedes: hay una parte de mi gozo que no está. Hay un cierto sentido de tristeza que embarga mi corazón. Yo he oído de Evodia, yo he oído de Síntique. Fueron mis compañeras de contiendas por el evangelio, y ahora ya están que no se hablan, no se saludan en una misma iglesia. Ayúdalas a reconciliarse. Hermanos, yo sé, yo conozco de esta oración del Señor antes de partir en el aposento alto, frente a la cruz, frente a Getsemaní. Antes de él llorar gotas de sangre, cómo oraba repetitivamente por la unidad del cuerpo de Cristo, y esto no se está dando. ¿Cómo pretenden que yo pueda tener mi gozo completo? Hay una tristeza que me embarga, hermanos. Haced completo mi gozo. No buscando tus propios intereses, no haciendo las cosas por egoísmo, no haciendo las cosas por vanagloria. Cuando yo escuche la próxima vez que eso está ocurriendo, mi gozo va a estar completo en el Señor, pero ahora no lo está."

Y no lo está en el Señor tampoco. Yo no creo que pueda darle mucho gozo al Padre, que él no ha podido ver la realización de la oración de su Hijo en Juan 17, dos mil años después. Yo no creo que el Padre puede estar gozoso de eso. Y de eso es que Pablo nos está hablando.

Pablo sabe también, Pablo es un misionero experimentado, es un pastor con experiencia ahora. Ha vivido mucha cosa, ha visto mucha cosa, y él sabe que el problema de Evodia y Síntique es de dos personas, pero si eso no se para, eso no se va a quedar ahí. Nunca se ha quedado ahí.

Déjame contarte esta historia de la vida real. Esta iglesia en Dallas, Texas: se forman dos bandos, los grupos que están peleando porque se quieren dividir el uno del otro, y están tratando de decidir quién se va a quedar con la propiedad de la iglesia. Cuando no se pueden poner de acuerdo, uno demanda al otro y el otro demanda al uno. Van a jueces, van a juzgados. El juez parecía ser más cristiano que ellos, parecía conocer la Biblia más que ellos. Le dice que no es prerrogativa del juez, de la corte judicial, decidir eso; que regresen a la iglesia y nombren un tribunal eclesiástico, que el tribunal eclesiástico tome esa decisión, que luego regresen para entonces legalizarlo frente al Estado. Es como que el juez le estaba diciendo: "Vayan y lean 1 Corintios 6," que dice que un hermano no puede demandar a otro hermano. Ellos regresan, nombran un tribunal eclesiástico, el tribunal eclesiástico oye a las dos partes, finalmente termina otorgándole la propiedad a una de las dos partes, y luego van a la corte para que el juez oficialice eso ante el Estado civil.

Los periódicos de Dallas comienzan a hacerse eco de esta historia. Esto fue hace unos años atrás, y los periodistas, curiosos al fin, comienzan a indagar: "Vamos a averiguar cómo esto comenzó." ¿Tú puedes creer que al final de la historia todo comenzó un día en un picnic, cuando alguien le sirvió a un anciano un pedazo de jamón más pequeño que al niño que estaba al lado de él? Imagínate el hazmerreír de Dallas, Texas: cuál era aquella iglesia de quien Cristo era y es su Señor. El mundo riéndose de la conducta de los hijos de Dios.

Pablo está diciendo, hermanos, él está hablando con uno que está en Filipos, está diciendo: "Ayúdalas a reconciliarse. No las dejes ahí. Esto no se va a quedar ahí." Pablo sabe que ya Cristo ha provisto del consuelo, del Consolador, del amor ágape para poder perdonar. Ya Dios nos ha provisto de afecto, de compasión, de la unidad del Espíritu, de la koinonía del Espíritu. Ya las realidades internas están. Permite que eso pueda florecer hacia afuera. No tienen excusa para no lograrlo. No tienen excusa para no hacerlo.

Esto es algo que tú y yo tenemos que trabajar. No podemos olvidar que Cristo con angustia, en medio de la urgencia del momento, pronunció estas palabras: "Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste." La misión nuestra, de Cristo en el mundo, la credibilidad de esa misión está en juego ante el mundo, ante la división de la iglesia, de acuerdo al veredicto de Cristo: "Para que el mundo sepa que tú me enviaste."

Y Pablo está diciendo: tú tienes que hacerlo indecible, tú tienes que estar dispuesto a humillarte a ti mismo. No simplemente delante de Dios, eso es fácil, todo el mundo sabe el tamaño de Dios. Es delante del otro, a quien tú consideras más pequeño que tú. Es delante de ese que tú tienes que ir a humillarte, considerarlo como más importante, como prioritario.

Y Pablo está diciendo: ahora entonces, no solamente tú vas a hacer mi gozo completo. Mira lo que va a ocurrir: de repente ustedes van a desear un mismo sentir, ustedes van a desear de repente un mismo amor, y súbitamente van a descubrir que tienen un mismo propósito, que están unidos con un fin común.

La frase traducida como "de un mismo sentir" en el original implica "de una misma mente." "Pastor, entonces ¿tenemos que pensar todos iguales como clones? ¿No podemos tener diferencia de opiniones?" Eso no implica que nosotros no vamos a disentir. Tú tienes que tomar la revelación de Dios y tratar de arribar juntos a una solución, no que represente los intereses de este ni los intereses de aquel, sino los intereses de la causa de Cristo. Tú tienes, yo tengo la mente de Cristo aquí mismo, en la Palabra de Dios revelada. Tú y yo tenemos la mente de Cristo en el Espíritu que mora en nosotros y que tiene su propia mente y que piensa como Cristo y que mora en nosotros. Por tanto, haciendo uso de la revelación de Dios y de la mente de Cristo, él nos pide ahora que tú y yo nos pongamos de acuerdo y seamos, no siempre de la misma opinión, pero siempre de un mismo sentir.

Donde uno va a decir: "¿Qué hay, hermano? Está bien, quizá yo no lo veo así, pero yo te voy a apoyar en ese curso de acción." Donde las ovejas pueden decirle a los líderes: "¿Saben qué? Quizá ustedes tienen razón. Yo todavía no he podido verlo de esa manera, quizá me falta información, pero como oveja, nosotros sabemos lo que la revelación de Dios revela y dice, que las ovejas deben apoyar a su liderazgo. Nosotros decidimos apoyarlos bajo ese criterio." Eso es ser de un mismo sentir. Nos estamos poniendo de acuerdo con lo que esto dice.

Cuando los hijos le dicen a los padres, si pudieran hacerlo: "Papá, mamá, sabes que yo no estoy de acuerdo con eso, pero Dios me dice que yo debo honrarte como padre y como madre, yo lo voy a hacer." No tiene la misma opinión, pero es de un mismo sentir. Cuando la esposa le puede decir al esposo: "Sabes que yo no estoy convencida de lo que tú me dices, pero como esto no representa una violación a la verdad de Dios, y tú eres mi cabeza y Dios te ha puesto por líder, yo voy a someterme." No están de acuerdo, pero es de un mismo sentir.

A eso es a lo que Pablo se está refiriendo: que nosotros vamos a hacer lo que nos toca hacer conforme a la revelación de Dios, que vamos a hacer el mejor esfuerzo para ayunar y en oración buscar la voluntad de ese mismo Dios, que nosotros vamos a ser de un mismo sentir. Porque entendemos que el ser de un mismo sentir es una de las características del cristiano maduro, y que la disensión es una característica de inmadurez espiritual.

"Pastor, pero usted me estaba ofendiendo ahora." No, escucha la Palabra. Yo no me atrevería a decirlo si la Palabra no lo dijera categóricamente. Escucha lo que Pablo les dice a los corintios: "Así que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo." Yo creo que ya la congregación tiene casi razón para ofenderse. "Pero si ustedes son unos carnales, unos niños, os di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo."

"Ni en verdad ahora podéis." Esto es peor todavía. Hace dos años yo estuve con ustedes, dos años y unos meses, y cuando estaba ya les di leche. Ahora dos años y tanto han pasado, yo les estoy escribiendo una carta, y cuando escribo esta carta todavía ustedes están con leche, leche están bebiendo. Pero escucha lo que Pablo les dice ahora: "Ni en verdad aún ahora podéis." ¿Por qué, Pablo? "Porque todavía sois carnales." ¿Es ofensivo esto? ¿Cómo tú sabes que nosotros somos carnales? Pues tú estás a millas de distancia de nosotros, ¿cómo tú sabes? "Pues habiendo celos y contiendas y divisiones entre vosotros, ¿no sois carnales y andáis como hombres?"

¿Quién te dijo que nosotros tenemos contiendas? Porque así es el egoísmo y el orgullo: estamos en medio del problema y no lo vemos. ¿Quién te dijo que nosotros tenemos contiendas? Escucha a Pablo: "Porque cuando uno dice 'yo soy de Pablo' y otro 'yo soy de Apolos', ¿no sois simplemente hombres? ¿Qué es Apolos y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales vosotros habéis creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno."

Aquí uno estaba diciendo "yo soy de Apolos" y otro estaba diciendo "no, no, yo soy de un apóstol, Pablo." Y otro "yo soy también de otro apóstol, Pedro." Y los más espirituales: "yo no soy de ninguno, solamente de Cristo." Y Pablo les dice: son unos carnales. ¿Qué es? Son unos niños. No han madurado. El tiempo pasa, pero no hay santidad. Pablo arriba a la conclusión de su carnalidad y arriba a la conclusión de su inmadurez basado en divisiones, en contiendas. Dice: eso no es propio de la madurez espiritual.

Un cristiano maduro no estuviera diciendo tales cosas. Un cristiano maduro sabe deponer sus armas. Él puede tener un arma cargada de municiones, pero no la dispara. No contra su hermano. Él sabe que el ejército enemigo no es su hermano, es el de Satanás. Yo no necesito "friendly fire." Yo no necesito fuego amistoso, que de por atrás un hermano me haya disparado. Tú no necesitas eso tampoco. Tenemos suficiente oposición en el mundo y de parte de Satanás. Y tú y yo tenemos que unirnos.

Y Dios ha provisto. Él dice: "Yo proveí mi amor ágape, y la comunión del Espíritu, y afecto y compasión, y un Consolador." Ustedes tienen el consuelo que necesitan para poder hacer esto.

Escucha cómo Pablo le escribe a la iglesia de Colosas, capítulo 3, versículos 12 al 15. Esta es la fórmula más preciosa de cómo una iglesia se supone debe caminar para honrar a Cristo y honrar la oración del aposento alto: "Vestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros." Todas estas cualidades los va a llevar a la capacidad de poderse soportar unos a otros, lo que implica que hay alguien que me está disgustando. Yo tengo que soportarlo, verdad.

"Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros. Si alguno tiene queja contra otro, como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros." ¿Cómo yo voy a hacer eso, Pablo? "Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor." Perdón, ¿eso cómo lo voy a hacer? "Que es el vínculo de la unidad." El amor ágape perdona todas las cosas, olvida todas las cosas, comienza de nuevo, no toma en cuenta el mal recibido. Y Él provee eso. "Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo, y sed agradecidos." Sed agradecidos de lo que ya Dios proveyó para que ahora podáis hacerlo visible.

Hermanos, recuerden algo. Yo no quiero cerrar sin recordarles esto: la división nunca es externa en sus inicios, y frecuentemente no lo es aun después de mucho tiempo. Es interna. Es una actitud de insatisfacción, de división, de desacuerdo con tu hermano a quien yo no quiero apoyar, a quien yo no quiero seguir. Pero aquello que comienza internamente se manifiesta externamente. Es como cuando el padre manda a sentar a su hijo de ocho años: "Pues siéntate ahí." Y el hijo se sienta, y externamente está sentado, pero internamente él sigue parado. Es esa actitud interna a la que yo me refiero, que muchas veces no la vemos pero que está presente.

Pablo está diciendo: nada hagáis de esa manera. No podemos sentir de un mismo amor, con un mismo propósito. No podemos seguir el mismo propósito si no estamos unidos en el sentir. No podemos seguir hasta el final si no tenemos el amor que nos va a ayudar a perdonarnos, a soportarnos a lo largo del camino. Y el resultado es que entonces podáis avanzar hacia ese propósito singular.

Cuán apropiadas son estas palabras para una iglesia en crecimiento, pero una iglesia que en el día de mañana lucirá mucho más grande que en el día de hoy. Porque en la medida en que la iglesia se agiganta, en esa misma medida entonces aumentan las chances de desavenencias. Simplemente la naturaleza humana, ¿qué hace? Y sobre todo cuando Dios te está usando como iglesia.

Escucha las palabras de William Barclay, en vez de eso que yo acabo de decir: "El peligro que amenazaba la iglesia de Filipos fue el de la desunión. Hay un sentido —escucha esto, que es bien astuto— hay un sentido en que ese es el peligro de cada iglesia sana." Iglesia sana, yo creía que era de las enfermas, ¿no? "Este es el peligro de cada iglesia sana. Es cuando la gente tiene pasión, cuando sus creencias son realmente importantes, cuando ellas están más propensas a pararse o levantarse una contra la otra. Mientras mayor es el entusiasmo, mayor el chance de que ellas puedan chocar una con otra. Es contra ese peligro que Pablo quiere salvaguardar a sus amigos." ¡Wow!

Claro, porque la iglesia enferma muchas veces está apática: "que hagan lo que quieran, no me importa, está todo lo mismo, sí ya eso lo tratamos una vez y no funcionó." Y nadie está luchando por nada. Pero cuando la iglesia está sana, está siendo usada por Dios, las pasiones están, tenemos bríos, queremos seguir hacia adelante, queremos movernos. Barclay dice: cuidado, hermanos, porque es ahí donde más probabilidad tenemos de levantarnos uno contra el otro y chocar.

Por eso me decía alguien que cada iglesia donde él había estado, cuando se mudaban a un templo mayor, se dividían. Que esa no sea nuestra realidad. ¿Y sabes por qué yo creo que ocurre? Por lo que está diciendo la Palabra, lo está diciendo Barclay. Los ánimos están altos, las emociones están, Dios nos está usando. "Vayamos por aquí." "No, no, no, por aquí." "No, no, no, por aquí." "No, mejor quedémonos como estábamos." Y ahí comienza, se levanta uno contra el otro.

¿Y qué tenemos que hacer ante esto? Nada hagáis por vanagloria, por egoísmo ni vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno considere a los otros como más importantes que a sí mismo. No considerando tus propios intereses, sino los intereses de los demás. Y cuando eso ocurra, nuestro gozo será completo. El gozo del Padre será completo. El gozo del Hijo será completo. La oración de Juan 17, por lo menos en cuanto a la IBI se refiere, habrá sido respondida.

Nuestro Dios será glorificado. El pueblo será evangelizado. Las almas serán salvadas. Los corazones serán sanados. Y el pueblo de Dios podrá experimentar lo que es ser de un mismo sentir, de un mismo corazón, de un mismo amor y de un mismo propósito. Pero nosotros necesitamos humildad al caminar. Es la columna vertebral de la unidad.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.