Integridad y Sabiduria
Sermones

La humildad de Cristo y la nuestra

Miguel Núñez 4 marzo, 2012

La actitud que tuvo Cristo Jesús no comenzó en la cruz ni siquiera en el pesebre, sino en la eternidad, cuando siendo Dios decidió despojarse de su gloria para hacerse hombre. Este es el corazón del mensaje de Filipenses 2: un llamado a adoptar esa misma disposición mental, esa inclinación del espíritu que llevó al Creador a reducirse a criatura, al Santo a hacerse pecado, al Rey vestido de gloria a morir desnudo en una cruz. No se trata de una opción ni de un consejo pastoral, sino de un imperativo para quienes han sido regenerados por el Espíritu.

El pastor Miguel Núñez ilustra esta verdad con la imagen de dos cabras que se encuentran en un camino estrecho entre dos cerros: una de ellas se aplasta contra el suelo para que la otra pueda pasar por encima. Así descendió Cristo, escalón tras escalón, desde la posición más alta hasta la humillación más profunda, para que nosotros pudiéramos cruzar al otro lado donde está la salvación. Nadie lo humilló; él se humilló a sí mismo. Faraón fue humillado por Dios, Nabucodonosor fue humillado por Dios, pero Cristo eligió voluntariamente vaciarse de la adoración de los ángeles, de la compañía del Padre, de los privilegios de la divinidad.

La paradoja que expone el sermón es dolorosa: Cristo lo poseía todo y lo entregó; nosotros no poseemos nada y lo agarramos todo. Encontramos valor en posiciones, títulos y reconocimientos que no nos pertenecen, mientras el Señor lavó los pies incluso del traidor sin hacer distinción. Tres verdades quedan resonando: existimos a causa del reino, pertenecemos a la comunidad de la vasija y la toalla, y no hay bendición sin quebrantamiento.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a Filipenses capítulo 2, versículo 5 en adelante!

La semana anterior nosotros habíamos comenzado el capítulo 2 de Filipenses y expusimos los primeros cuatro versículos de este capítulo que ahora tenemos por delante en el día de hoy. Se nos recuerda en ese texto inicial de esta parte de la Palabra que nosotros, los que formamos parte del cuerpo de Cristo, necesitamos ser de un mismo sentir, de un mismo amor, de un mismo espíritu, de un mismo propósito. Dijimos que esto es más fácil de decir que de lograr, y sin embargo tú y yo no tenemos otra opción que no sea hacer el máximo esfuerzo posible para que, en cuanto depende de ti y de mí, ese propósito pueda ser logrado.

Ser de un mismo sentir va a requerir de humildad. Ser de un mismo amor va a requerir de tener íntima comunión con Dios. Ser de un mismo espíritu va a requerir de madurez espiritual. Y ser de un mismo propósito va a requerir que yo renuncie a mi propia voluntad y pueda abrazar la voluntad de Dios. Esas son las razones por las que esto no es tan fácil de lograr, y sin embargo tenemos que luchar para tratar de lograrlo.

Entonces, dos mil años atrás, la noche de la crucifixión, Jesús oraba, y en esa oración del aposento alto Él oraba por algo muy específico que tenía que ver precisamente con este pasaje, en el sentido de que Él le pidió al Padre tres veces, una detrás de la otra, con intensidad, que nosotros, los que somos sus discípulos, pudiéramos llegar a ser uno como el Padre y el Hijo son uno. Y Dios, dos mil años después, no ha visto la oración de su Hijo materializada. Decíamos la semana pasada que esta es la única oración que el Hijo le hizo al Padre que no ha sido respondida. Dios proveyó lo que se requería internamente, la provisión del Espíritu, para que esto pudiera ser posible, pero Él ha esperado que nosotros, teniendo ya la posesión del Espíritu dentro de nosotros, podamos poner en práctica eso a lo que Él nos estaba llamando. Pero su iglesia ha rehusado hacerlo.

Recordábamos entonces, en ese contexto, cómo la Palabra nos dice que no debemos hacer nada por egoísmo ni por vanagloria, sino que cada uno de nosotros debía considerar al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. E inmediatamente después de ese consejo, entonces vienen estas palabras de Filipenses 2, comenzando en el versículo 5:

"Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

Este texto que yo acabo de leer representa, en la opinión de muchos estudiosos o académicos, el corazón de esta carta. Y en la opinión de muchos otros estudiosos, representa el corazón de toda la Biblia, porque este texto nos explica, y unos versículos subsiguientes nos explican, el descenso de Cristo desde la gloria hasta la humillación. Este texto nos explica cómo la humillación de Cristo fue necesaria para su glorificación. Nos da a entender que Él tuvo que estar dispuesto a llegar hasta la muerte para que yo pudiera adquirir vida.

La pregunta que vale la pena hacerse entonces, cuando tú lees este texto, es: ¿por qué un texto como este, tan teológico, donde se nos habla de lo que se conoce como el despojo de Cristo, el vaciamiento que Cristo experimentó, que ha dado a beber tanta agua a lo largo de la historia, por qué Pablo tomó un texto tan teológico como este y lo colocó en una carta donde se nos habla del gozo del cristiano? Uno esperaría que textos como estos aparezcan en la carta a los Romanos, o quizás en la carta a los Hebreos, que de acuerdo a las mejores mentes estudiosas de estos textos, probablemente esas dos cartas representan las dos epístolas más teológicas, más pesadas del Nuevo Testamento. Y sin embargo, ese texto no está en ninguna de ellas dos, sino en una simple carta donde Pablo está animando al cristiano a experimentar gozo.

Yo quiero sugerir que la razón por la que Pablo está haciendo esto es porque él está presentando estas enseñanzas como antídotos a algo que él ha escuchado que está ocurriendo en la iglesia de Filipos. Y es que hay desavenencias, hay divisiones, hay una Evodia y una Síntique que hemos estado mencionando a lo largo del camino que no se ponen de acuerdo. Y Pablo está ofreciendo este texto que tenemos por delante como un modelo de cómo sanar las heridas y un modelo de cómo evitar las divisiones y las fracturas en las iglesias de Dios.

Esto es un ejemplo para nosotros de cómo vivir. Es un estilo de vida, es un modelo de servicio, es un modelo de sacrificio, y una manera de cómo convivir en el cuerpo de Cristo cuando estas desavenencias se dan, de una forma que eso que nosotros somos pueda reflejar verdaderamente la gloria de Dios. Esta es la estrategia, si pudiéramos decirlo, de Pablo para nosotros poder ser de un mismo sentir, de un mismo amor, de un mismo espíritu y de un mismo propósito. Si tú y yo podemos entender esto, vamos a poder lograr o materializar aquella oración que el Señor Jesús hiciera en Juan 17.

Yo creo que la respuesta de cómo lograr eso está en este pasaje, en este pasaje de la humillación de Cristo, que yo prefiero llamarlo la auto-humillación del Señor. Nadie humilló a Cristo; Él se humilló a sí mismo. Faraón fue humillado, Nabucodonosor fue humillado por Dios, Amán fue humillado por Dios, pero no Cristo. Cristo fue el que se auto-humilló, y eso marca una gran diferencia entre su vida y la mía. Alguien como yo merece ser humillado, alguien como tú merece ser humillado. Nosotros somos criaturas caídas, pecaminosas, egoístas, rebeldes. Nosotros merecemos ser humillados, pero no nuestro Señor Jesucristo. Y sin embargo, nosotros vemos su ejemplo y tendemos a huir de su ejemplo.

Quizás esto pueda ilustrar un poco cómo Dios quiere que nosotros vivamos. En una ocasión, un misionero que vivía en un área donde había cerros y montañas y muchas cabras monteses, observó cómo entre dos cerros había un camino bien angosto, bien estrecho que los unía. Y una cabra sale de este cerro para el otro cerro, y otra cabra salió de este otro cerro para el cerro contrario, de manera que las dos cabras venían de frente la una a la otra por este estrecho camino hasta que se encuentran medio a medio del camino. El pasillo, si pudiéramos llamarle, es tan estrecho que ellas no pueden darse la vuelta, pero es también tan estrecho que las dos no pueden pasar juntas. Él está observando estas dos cabras para ver qué pasaría, porque de este lado hay un precipicio y de este lado hay una situación similar, sumamente pedregosa o rocosa. Y de repente él observa cómo una de las cabras comienza a bajarse, a bajarse, a bajarse, a bajarse, hasta aplastarse completamente, y la otra simplemente le brinca por encima y continúa su camino.

Eso es exactamente el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: cómo Él descendió, y descendió, y descendió, y descendió, para que nosotros pudiéramos pasar por encima de Él al otro lado, donde está la gloria y la salvación nuestra. Pero nosotros no somos así. Nosotros somos, como decía alguien, con nuestros egos muchas veces, porque nuestros egos superan nuestra razón, muchas veces preferimos perder con voluntad inquebrantable antes que ganar estando en sumisión. Yo creo que nosotros, si pensamos en estas cabras, hubiésemos preferido echar el pleito, enganchar nuestros cuernos, y si era necesario cada una perder su posición antes que ganar en sumisión. Ese no es el modelo de nuestro Señor Jesucristo. Raramente nosotros actuamos de esa manera.

El texto que yo tengo por delante no tiene paralelo en la historia redentora. Nadie ha hecho, nadie ha vivido, nadie se ha vaciado, nadie se ha despojado de la forma que nuestro Señor Jesús lo hizo. Decía alguien que si realmente tú quieres saber lo que un hombre es, tú lo que necesitas es darle privilegios, no poder, y que entonces lo observes cómo él maneja sus privilegios. Y si eso es cierto, entonces ciertamente nadie ha sido mejor siervo que nuestro Señor Jesucristo, porque nadie ha sabido manejar el poder, la autoridad, la posición, el conocimiento que Él tenía de Dios, el conocimiento de las Escrituras mismo, como Jesús lo hizo, de tal forma que Él mostró lo que verdaderamente es un siervo. Un siervo no usa sus privilegios para promoverse a sí mismo. Un verdadero siervo usa sus privilegios para avanzar la causa de Cristo. Y si eso es cierto, entonces este es nuestro modelo de siervo para avanzar la causa del reino. Y si eso es cierto, Cristo es nuestro modelo de cómo nosotros podemos hacer avanzar la causa del reino.

Y con eso entonces yo quiero comenzar a exponer propiamente dicho mi texto, de tal forma que ahora yo quiero que veas en primer lugar cuál fue la actitud que hubo en Cristo Jesús. La palabra para "actitud" en el original es *fronéo*, y *fronéo* tiene que ver con una actitud mental, con una disposición de tu mente, una inclinación natural de tu sentir. Y Pablo nos está diciendo que "haya, pues" —el "pues" tiene que ver con el texto anterior—, dado que Dios ya ha provisto para mí en la persona del Espíritu lo que se requiere, pues haya en ti ahora esta actitud, esta disposición mental, esta inclinación natural que hubo en Cristo Jesús y que muchas veces no está presente en nosotros. Nosotros, antes de emprender, antes de abrazar la misión de nuestro Señor, tenemos que tener esta inclinación de espíritu en nosotros. "Haya, pues, en vosotros..." Yo quiero que me permitan brevemente un tecnicismo para luego explicarlo de una manera llana que todo el mundo pueda entender acerca de esta frase: "Haya, pues, en vosotros".

En el original, esa frase está en la forma imperativa, está en el tiempo presente y está en la forma activa. Yo quisiera explicar por qué todo eso es importante. Yo quiero hacerlo de una manera que tú puedas claramente entender lo que yo acabo de decir.

En primer lugar, el hecho de que esté en el imperativo implica que esto no es una opción que Pablo me está dando. Él no me está dando una alternativa como que tú puedes vivir de esta manera o puedes vivir de esta otra manera, ¿no? Esto es una obligación que tú tienes en vista de quién tú eres ahora en Cristo. Esto es una obligación que tú tienes dado el hecho de que tú has sido regenerado, el Espíritu mora dentro de ti. De manera que esto no representa mi opinión, esto no representa una opción, esto es un imperativo, es una obligación que tú tienes.

Pero el imperativo puede estar en más de un tiempo verbal, y el tiempo es presente, lo que implica ahora que yo necesito adoptar esto como un estilo de vida. No es que yo voy a comportarme como un siervo cuando yo esté en una situación como la que te describí como las cabras. No, no, no, no, no. Tú te vas a comportar como un siervo todo el tiempo porque esta es tu forma de pensar, esta es tu forma de sentir, esta es tu forma de ser. Tú eres un siervo, tú no te comportas como un siervo. Tu comportamiento es el reflejo de lo que eres, y por tanto tú tienes ahora una forma como la de Cristo que no es intermitente, esto es tu estilo de vida. Pablo nos está llamando a adoptar esto como una forma de convivencia.

Imperativo, tiempo presente, pero tiene la voz activa. Yo no soy pasivo en este proceso, yo tengo que activamente hacer algo. Yo tengo que renunciar a lo que son los deseos de mi carne con los que yo vivo. Yo tengo que renunciar a mi comodidad. Yo tengo que renunciar a la frivolidad o superficialidad de esta generación. Yo tengo que renunciar al egocentrismo de mi naturaleza pecadora. Yo tengo que renunciar a la actitud rebelde de lo que yo soy. Activamente, entonces yo puedo de una forma activa y de una forma exclusiva y permanentemente vivir con esta actitud, disposición, inclinación natural de mi mente que hubo en Cristo Jesús.

¡Guau, Pablo! ¿Eso es lo que tú quieres que yo haga? Sí, yo tengo autoridad apostólica, podría Pablo decir, para darte esa orden y tener esa expectativa de ti. Dios tiene una voluntad soberana, tú tienes una voluntad humana. Donde esas dos cosas se juntan no es siempre claro para nosotros, pero yo quiero decirte que la voluntad soberana de Dios ha ordenado que la voluntad humana del hombre se someta de tal forma que puedas reflejar lo que el Señor fue en la cruz.

Nosotros tenemos que ser transformados en siervos. Cristo no tuvo que ser transformado, él era un siervo. Él vino a modelar eso para ti y para mí. Dios está en un proceso de cambiarnos, de tal forma que su ejemplo y el tuyo y el mío son muy distintos. Yo tengo que ser sometido; él vino a someterse voluntariamente. Nosotros tenemos voluntades más como la de Pedro y como la de Juan y Jacobo.

Escucha este poema escrito por alguien de nombre Robert Raines y que Kent Hughes usa en su comentario sobre Filipenses. Escucha lo que dice: "Yo soy como Juan y Jacobo, Señor. Yo evalúo a los demás en términos de lo que ellos puedan hacer por mí y cómo ellos puedan avanzar mis programas, alimentar mi ego, satisfacer mis necesidades y darme ventaja estratégica. Yo me aprovecho de las personas, aparentemente para tu gloria, pero en realidad es para mi gloria. Señor, vengo a ti a obtener una posición ventajosa, a obtener favores especiales, tu guianza para mis propósitos, tu aprobación para mis ambiciones, tu cheque en blanco para lo que yo quiera."

En definitiva, yo soy como Juan y Jacobo, y tú eres como Juan y Jacobo, y nosotros somos como Juan y Jacobo. Pablo dice: No, no, no, no, no. Haya en vosotros esta actitud que hubo en Cristo Jesús.

Yo quiero que notes entonces no solamente esa actitud que hubo en Cristo Jesús, sino que yo también quiero que tú notes el abandono de su posición. Porque el texto del versículo 6 dice: "El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse", y abandonó su posición.

Él era, él existía en forma de Dios todo el tiempo. La palabra "forma" ahí en el original es morphé, y habla según los estudiosos de algo que tiene una expresión externa porque es así internamente. Jesús externamente lucía como Dios porque internamente él era Dios. Y siendo Dios, y no pudiendo Dios cambiar, entendemos entonces que él existía, que él existía siempre en esa misma forma de Dios. Dios es inmutable, por tanto él existía, él era Dios, él tenía esa posición encumbrada desde todos los tiempos, y decide, estando en esa posición exaltada, decide encarnarse.

La encarnación de Cristo es suficiente humillación para la divinidad. Que Dios se haga hombre, que el Creador se haga criatura, ya es suficiente humillación. Que el Santo se haya hecho pecado es humillación. Pero la humillación no comienza en la cruz, la humillación comienza mucho tiempo antes. Que el Dios que existe fuera del tiempo y del espacio, que el Dios que lo llena todo, se atreva a reducir su condición para estar en un útero por nueve meses, en la oscuridad de esa matriz dentro de un pueblo, dentro de una criatura caída y pecaminosa, y luego, llegado el tiempo, salir por el canal vaginal, ese órgano, por ese canal, como si fuera un simple criatura. Eso es humillación suficiente para el Creador, y sin embargo él lo hizo.

No es como yo. Tú y yo no hubiéramos hecho eso jamás. El Dios que la Palabra dice es tan puro, su santidad es tan extraordinariamente sublime, que aun los cielos no son suficientemente puros para él. Los cielos que no representan ninguna condición moral, inmoral, amoral, pero esa creación ni siquiera es suficientemente pura cuando tú la comparas con nuestro Creador. Y que él haya decidido descender y hacerse hombre.

Cristo no fue humillado. Y muchas veces Dios tiene que humillarnos. Pero escúchame, no importa cuánto Dios nos humille, jamás tu y mi ejemplo pudiera compararse a su ejemplo, jamás. Él no comienza su humillación a la altura nuestra, él comienza en el tope, él comienza en lo más alto, él comienza en el último escalón. Él no podía subir más, y él comienza a descender. Si Dios comienza a humillarme hoy, yo no voy a comenzar allá arriba, y yo jamás estaría allá arriba. Yo voy a comenzar en el primer escalón, de ahí hacia abajo es donde yo comienzo a descender. Yo soy una criatura corrompida, con una mente entenebrecida, con una voluntad corrupta, con ojos que no ven, con corazón de piedra. Yo merezco ser humillado, pero no mi Dios.

Este pasaje a mí me humilla una y otra vez. Este pasaje, cada vez que yo he tenido que hablar de él, enseñar de él, predicar de él, yo me siento completamente inepto, incapaz. Yo no merezco ni siquiera que Dios ponga un pasaje como este en mis manos para hablar de la autohumillación de su Hijo. Yo no sé cómo Dios pone un pasaje como este en las manos de un predicador, porque por más que yo lo pueda exponer, por mejor que yo lo pueda exponer, yo me voy a quedar muy corto de lo que esto representó. Yo no lo puedo entender, tú no lo puedes entender: que el Dios del universo, Creador del cielo y tierra, entrara en el tiempo y en el espacio para sustituir al hombre, e ir a la cruz, y ser clavado como fue clavado.

Este es un hombre que verdaderamente supo manejar el poder, la autoridad, la posición, los privilegios. Nadie ha podido hacerlo como él lo ha hecho. Con todo el poder del universo, él se dejó clavar en una cruz. Con mucho menos poder que eso, hermano, tú y yo no hubiéramos permitido que ni una tachuela pasara por nosotros. Con toda la autoridad del universo, siendo el Rey que se viste de gloria, él permite ser clavado desnudo. La gloria lo viste, y en la cruz él aparece completamente desvestido, tan sin gloria que el ladrón en la cruz, humanamente hablando, tuvo razones para dudar de su divinidad.

Este Dios, en esa condición... Fue tu pecado que lo desnudó, fue mi pecado que lo desnudó. Con todos los privilegios de la divinidad, él se vació de cada uno de ellos. Con todo el conocimiento del corazón de los hombres, él toma su obra redentora, santa, inmaculada, y él la pone en las manos de doce hombres corruptos y pecaminosos.

Y cuando él llega a la cruz y mira hacia abajo, ve que sus amigos más cercanos no están. La segunda persona de la Trinidad no mira hacia abajo y dice: "Después de todo lo que he hecho por ellos, después de toda mi entrega, después de este sacrificio, mira cómo me pagan." Sino que levanta sus ojos una vez más y dice: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Esa fue la actitud que hubo en Cristo Jesús. ¿Te das cuenta cómo con esa actitud él pudo entonces abandonar su posición?

Y creo que veamos entonces no solamente la actitud que hubo en él y el abandono de su posición, sino que veamos también su autorrenuncia. Nadie canceló al Señor Jesucristo de su posición. El texto del versículo 7 dice que él se despojó a sí mismo. Nadie despojó a Jesús de sus privilegios, nadie despojó a Jesús de su posición. Todo el tiempo él consideró que si era necesaria la regeneración del hombre, la redención del hombre, desde toda la eternidad él fue el Cordero inmolado, dispuesto a venir cuando el tiempo llegara para humillarse y vaciarse y despojarse, e ir a la cruz.

¿De qué fue que él se despojó? En el siglo XIX, un grupo de teólogos metodistas introdujeron la idea por primera vez de que Jesús se había despojado de atributos, que siendo Dios él se había despojado de algunos atributos. Y ellos llamaron esto la kenosis. No, él no se despojó de ningún atributo. Tú no puedes ser Dios y despojarte de atributos y seguir siendo Dios. La condición de Dios, que él siempre la ha tenido, por definición requiere que tú siempre tengas tus atributos.

Lo que Él hizo en ocasiones fue restringir el uso de los atributos que siempre tuvo. Si tú eres Dios, tú no puedes cambiar; tú eres inmutable, dice Malaquías 3, y Santiago nos recuerda que en Dios no hay cambio ni sombra de variación, dependiendo de la traducción que tú tengas. De manera que Cristo no se despoja de sus atributos. Cristo se despoja de la adoración de los ángeles, Cristo se despoja de la gloria que siempre estuvo con Él, Cristo se despoja de la compañía de su Padre allá en los cielos, Cristo se despoja de privilegios que Él siempre tuvo en su condición de Dios, para venir y representar a un hombre caído que jamás iba a apreciar lo que Él supo hacer por nosotros.

Ahora escucha, ¿cómo es que la segunda satisfacción de la Trinidad, Dios, no consideró su condición de Dios como algo a qué aferrarse, sino que teniéndola la suelta? Siendo Él el Creador y nosotros la criatura, que no tenemos la condición exaltada, ¿por qué a nosotros se nos hace tan difícil soltar la posición, la posesión, los privilegios, lo que tengo, el nombramiento, el título, aquellas cosas que nosotros apreciamos y que nosotros defendemos? ¿Por qué nos aferramos a nuestra opinión?

Yo quiero sugerir que las razones son que esas cosas que nosotros agarramos y aferramos son las cosas temporales en las que tú y yo encontramos valor. Nos da valor la posición, nos da valor la posesión, nos da valor el nombre, el título, y por tanto soltarlos es como quedarnos sin valor, sin valía. El Creador no tiene valor en esas cosas, tiene valor en sí mismo, en su esencia, en lo que Él es. Y por tanto, como ninguna de esas cosas le da valor, no tiene ninguna dificultad en soltarlas, porque su valor y su esencia no radicaban en el uso de posición, posesión, poder, autoridad, nada de eso. Pero para la criatura, esas cosas parecen ser esenciales, y por eso tú y yo peleamos y nos mordemos. Y como Pablo decía a los gálatas: si os mordéis y devoráis, van a terminar el uno con el otro.

Por eso nosotros reclamamos lo que no es nuestro. Escucha esta paradoja: Cristo lo poseía todo y lo entregó y se quedó sin nada; nosotros no poseemos nada, pero lo agarramos todo. Él lo tenía todo, lo soltó; no tenemos nada, nosotros lo agarramos. Porque nosotros encontramos valor en eso que agarramos, nos creemos dueños, nos creemos dueños de aquello que Dios nos da, nos creemos dueños de nuestras propias vidas, nos creemos dueños de las vidas de los demás, y queremos incluso controlar lo que Dios nos da y controlar la vida de los otros.

Escuché este texto de Marcos 9 que tenía algo que enseñarle a los discípulos y a nosotros también. El versículo 38: "Juan le dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre que pueda enseguida hablar mal de mí, pues el que no está contra nosotros, por nosotros está."

¿Estás entendiendo lo que está pasando aquí? Juan y los demás han visto a alguien haciendo un milagro en nombre de Jesús, y van donde Jesús y dicen: "Jesús, tú tienes que parar a ese hombre, él no anda con nosotros, él no es de los nuestros." Juan quiere controlar esto, y eso es lo que Jesús le dice a Juan: "Tú tienes que aprender algo. El ministerio no le pertenece a los hombres, le pertenece a nosotros: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y el que no está contra nosotros, con nosotros está." Los discípulos tenían el mismo síndrome nuestro de querer controlarlo todo, y ellos tenían que aprender que en realidad ellos no tenían absolutamente nada.

Este autor, Warren Wiersbe, dice que el ministerio ocurre cuando recursos divinos van a llenar necesidades humanas a través de vasos amorosos para la gloria de Dios. Recursos divinos son los que llenan necesidades humanas. De manera que tú y yo estamos en bancarrota en cuanto a ministerio se refiere, porque nosotros no tenemos recursos divinos. Nosotros simplemente podemos tener necesidades humanas, y cuando nosotros estamos llenando necesidades humanas es porque Dios ha hecho fluir sus recursos divinos a través de vasos de amor, vasos amorosos que Él preparó para que puedan llenar necesidades de otros. Tú y yo no tenemos lo que se requiere para ministrar al alma; solamente Dios tiene eso. Pero no teniéndolo, nos enorgullecemos una y otra vez. Nosotros queremos darle la gloria a Dios, pero mientras tanto queremos llevarnos el crédito a nosotros. Que Él brille, pero que yo tenga el crédito. Cristo estaba tratando de enseñarle a esta gente que esa no es la manera de hacer.

Steve Brown es un predicador ya avanzado en edad y que acostumbra decir algunas cosas de forma poco tradicional. Él decía que muchas veces nosotros le oramos a Dios y le decimos: "Señor, yo soy un pobre miserable que no sirvo para nada, no tengo crédito, no tengo gloria." Pero otras veces nosotros quisiéramos que la Trinidad hiciera espacio, un cuarto espacio para darnos cabida a nosotros. Cristo, parte de la verdadera Trinidad, se despojó a sí mismo; esa fue la actitud que hubo en Él.

Nosotros como criaturas somos rebeldes, somos egoístas, somos temerosos, y por tanto no nos es fácil soltar las cosas que nos dan aparentemente valor y que aparentemente nos quitan el temor. Y nos volvemos egoístas; por eso es que nosotros queremos las luces encendidas sobre nosotros todo el tiempo. Y cuando no están encendidas sobre nosotros, las queremos apagadas, porque no las queremos sobre nadie más. Nos molesta ver la luz. Increíble, cuando la luz está encima de mí y yo la veo directamente, no me molesta, porque ese es mi deseo. Pero si la luz está sobre otro y yo la veo de soslayo, me molesta la luz. Pero no es la luz, es que esté sobre otro lo que me molesta.

Esa no fue la actitud de Cristo Jesús. Todo el tiempo Él encendió las luces sobre el Padre: "Yo no he venido a hacer mi propia voluntad. Las palabras que el Padre me ha dado, esas son las palabras que yo os doy. Padre, devuélveme la gloria que tuve, o glorifica tú al Hijo para que el Hijo te glorifique a ti. Yo no quiero ni siquiera gloria aquí debajo, a pesar de que la merezco. Yo quiero que tú te glorifiques en mí, para que una vez el Hijo glorificado, yo pueda glorificarte a ti. Y las luces sobre ti, Padre, y sobre nadie más."

Esa actitud que hubo en Cristo Jesús no comenzó después de Él encarnarse, como decíamos. No, no, esto comenzó en los cielos, antes de Él venir. En la eternidad pasada, dice el texto de la Palabra que Cristo fue el Cordero inmolado, y eso habla de su disposición a renunciar. En los cielos, la manera como Dios ve el éxito y como Dios ve la promoción es al revés, en dirección contraria a como nosotros la vemos. Para nosotros la promoción y el éxito tienen que ver con ascender hacia arriba. En el reino de los cielos, la forma como tú asciendes es descendiendo. Tú desciendes y desciendes y desciendes y desciendes, y después que tocas fondo, tú entonces eres ascendido por Dios. Sin merecerlo, Dios te asciende; tú no asciendes. En su gracia Él lo hace.

En cuarto lugar, yo quiero que veamos no solo la actitud que hubo en Cristo Jesús, el abandono de su posición, su auto-renuncia, sino que también veamos la abnegación al servir. Escucha el versículo 7 otra vez: Cristo tomó la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Cristo, cuando deja el cielo, Él pudo haber venido como cabeza del imperio romano, pero no lo hizo. Él pudo haber nacido en Atenas con bombos y platillos, pero no lo hizo. Él pudo haberlo hecho en Roma. Él pudo haberlo hecho en Jerusalén, en medio de los sacerdotes y los escribas y de los saduceos y del Sanedrín. Pero no lo hizo. Él vino y se encarnó y fue a parar en un pesebre.

Su audiencia... Dios hace su entrada al mundo, y la audiencia que le rodea son unas ovejas y unos pastores del campo. Nosotros invitamos a alguien de renombre a nuestro país e inmediatamente creemos que lo debe ver el presidente del país, y le hacemos una cita especial. Dios entra al mundo y dice: "Quiero que me vean campesinos y ovejas." ¿Te das cuenta cómo piensa un siervo, cómo cree un siervo, cómo entra un siervo? Esto es un siervo que vivió para su gloria.

Decía alguien que la grandeza de un hombre no consiste en cuánta gente él tiene a su disposición, no consiste en cuántas personas él tiene a quienes él puede darles órdenes, sino a cuántas personas él les sirve. Y si eso es verdad, nadie ha sido más grande que nuestro Señor Jesucristo. Él le sirvió a los once, a los doce discípulos, le sirvió a las prostitutas, le sirvió a los publicanos, los recaudadores de impuestos, a los leprosos, a las mujeres, a los niños, le sirvió a quienes le negaron, le sirvió al traidor.

En la última cena, cuando Él se arrodilla y toma la vasija y la toalla y comienza a lavar los pies, cuando Él llega a Judas, Él no levanta los ojos y dice: "No, tú no." Él le lava sus pies, porque el siervo cuando sirve no tiene favoritos; él sirve indistintamente. Y ese fue su modelo, ese fue su mejor sermón. Esa noche antes de partir, Él ilustró lo que significa la frase: "Aprended de mí, que soy manso y humilde." "Yo sé lo que es este Judas, pero yo soy un siervo y estoy aquí para servir a los propósitos de mi Padre." Y cuando Cristo logró lavar los pies de sus discípulos, ese fue su mejor sermón, sin palabras.

Machen, en el año 1840, decía: "El sermón del domingo dura una hora, a lo sumo dos, pero tu vida predica el resto de la semana." ¿Cuál de esos dos sermones oyen tus ovejas? ¿Cuál de esos dos sermones oyen tus ovejas? Cuando las ovejas nos observan, cuando tus hijos te observan, ¿cuál es la palabra que ellos han escuchado? ¿La que memorizaste de un salmo, del Nuevo Testamento, o la vida que ellos están viendo todo el resto de la semana? Aprended de mí, que soy manso y humilde.

El orgullo y la humildad, vamos a contrastarlos para ver cómo ellos lucen. El orgullo apenas tolera a las personas; la humildad es paciente y les sirve a las personas. El orgullo es impaciente, es intolerante, tiene poca paciencia.

La humildad es perdonadora y tolerante. El orgullo, por otro lado, usa a las ovejas; la humildad permite que Dios use a las ovejas. Y finalmente, el orgullo critica y condena; la humildad exhorta y anima. ¿Cuál exhibir, hermanos? Yo te dije que este pasaje me queda grande. Nos queda grande. Es esa cualidad de la humildad que Cristo observó todo el tiempo, a la que tú y yo tenemos que cultivar. Y escucha, pero esta es una cualidad que es elusiva, se nos va de la mano. Sobre todo, yo entiendo que es una cualidad que tiende a eludir a nosotros los líderes.

¿Sabes por qué? Yo entiendo. Yo creo que hay dos razones por las que eso ocurre. Una, porque si Dios te va a llamar a liderar, el don está latente, si ha sido inflamado, y eso es algo que tú no puedes negar, es algo que está ahí, es algo que Dios ha dado. Pero nosotros, si no cuidamos eso, llegamos a creer que esos dones y talentos son nuestros, los creamos nosotros, los desarrollamos nosotros y nos pertenecen a nosotros.

En segundo lugar, yo creo que eso ocurre porque cuando tú comienzas a liderar y comienzas a pastorear —yo es algo que yo había leído hace mucho tiempo antes de comenzar a formarme como pastor, pero que luego tú lo ves en la práctica— tú predicas un sermón nuevo, tú entiendes que es Palabra de Dios, es algo sagrado, y tú lo acabas de predicar a través de labios impuros. Tú entierras a alguien y fue un creyente, tú esperas que se haya ido a la gloria, algo sagrado. Tú casas a otra persona y tú estás representando la unión de Cristo con su iglesia, algo sagrado. Tú le das una consejería a alguien y tú le dices eso, lo que la Palabra de Dios dice, es la voluntad de Dios, eso es algo sagrado. Y poco a poco, lo sagrado comienza a convertirse en algo diario, rutinario, común de este mundo terrenal. Y tú comienzas a hacer descender la gloria o tú comienzas a ascender hacia la gloria, y por eso es que esta cualidad es tan elusiva, sobre todo para nosotros los líderes. Es un privilegio inmerecido el que Dios nos permita cuidar de sus ovejas.

En quinto lugar y último, yo quiero que veamos no solamente la actitud que hubo en Cristo Jesús, el abandono de su posición, su auto renuncia, la abnegación de sus servicios, sino también que veamos lo absurdo de su sacrificio. Es absurdo que Dios muera en lugar del hombre. Es absurdo que el Juez muera como acusado y condenado. Es absurdo que el Rey que se viste de gloria muera desnudo. Es absurdo que el Señor y Amo muera como esclavo. Es absurdo que el inocente muera como si fuera un culpable. Es absurdo que el Dador de vida pierda la suya. Lo absurdo de su sacrificio. Por eso la gente en la cruz, viendo lo absurdo de todo esto, dice: "Este no puede ser Dios."

¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo logró ser Jesús? Su humildad le permitió todo el tiempo renunciar a su posición. Su dependencia del Padre le permitió enfrentar cada tentación. Su obediencia absoluta le permitió llegar hasta la cruz y ser calificado para ser el Cordero que se iba a inmolar. Su disposición a ser quebrantado le permitió entonces ciertamente pagar por nuestros pecados. Su humildad le permite renunciar, su dependencia del Padre le da la fortaleza que Él requería, su dependencia de Dios. Su obediencia le permitió enfrentar las tentaciones, y el quebrantamiento le permitió llegar hasta la última hora y pagar por mis pecados. Su humildad, quebrantamiento, obediencia y dependencia. Humildad, quebrantamiento, dependencia y obediencia. Tú y yo necesitamos eso. Tú y yo necesitamos esas cuatro cosas si queremos realmente poder imitar al Señor Jesús y poder sentir lo mismo, amar lo mismo, el mismo espíritu y el mismo propósito.

Tengo que cerrar. Escúchenme al cerrar. Tres grandes verdades que tú y yo tenemos que recordar. Nosotros existimos a causa del Rey, y el Rey no existe a causa del reino. Al revés: nosotros existimos a causa del Rey, el Rey no a causa del reino. Él es.

Número dos: tú y yo pertenecemos a la comunidad de la vasija y de la toalla. Quizá no te gusta, quizá no me gusta, quizá yo no lo quiero hacer, pero no hay otra comunidad que le pueda dar gloria a nuestro Dios.

Y número tres: no hay glorificación, no hay bendición sin quebrantamiento. No hay bendición sin quebrantamiento, y la razón no es que Dios se goza en quebrantarme, es que sin quebrantamiento yo no sé manejar su bendición. Sin quebrantamiento yo no sé manejar la bendición que Él me pone en las manos. Si tú quieres ser vaso de bendición, tú tienes que ser un vaso quebrado primero y tienes que estar dispuesto al quebrantamiento de nuestro Dios.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.