Integridad y Sabiduria
Sermones

Humillación y avivamiento

Miguel Núñez 5 julio, 2015

La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos legalizando el matrimonio homosexual en los cincuenta estados representa, más que un cambio legal, una grieta monumental en la zapata de la sociedad occidental. Lo nuevo no es la homosexualidad —ese quebrantamiento existe desde la caída—, sino su normalización e institucionalización. Pero el mensaje de la hora no es principalmente sobre esa decisión; es un llamado urgente al arrepentimiento de la iglesia. La persecución que viene será distinta a cualquier otra: no ocurrirá en tierras donde el evangelio busca ganar espacio, sino en regiones que ya lo tenían y decidieron rechazarlo. Naciones que conocieron a Dios le han dicho: no te queremos.

Nehemías 9 ofrece el modelo de lo que debe ocurrir antes de cualquier avivamiento. El pueblo de Israel, vestido de cilicio y con ceniza, pasó horas leyendo la ley y confesando sus pecados y los de sus padres. No minimizaron su condición; llamaron a sus faltas "iniquidades" y "perversidades". Reconocieron el contraste brutal entre el carácter de Dios —fiel, compasivo, lento para la ira— y el suyo propio: rebelde, obstinado, con el corazón endurecido. Dios les había dado leyes justas, tierra fértil, libertadores en la angustia, y ellos respondieron dándole la espalda una y otra vez.

La iglesia en el sur global debe mirar lo que ocurre a su hermana en el norte y entender que el mismo Dios que juzgó a Israel en el norte juzgó después a Judá en el sur. Si no hay arrepentimiento genuino —esa sensibilidad extrema al pecado que hace odioso lo que antes parecía normal— no habrá avivamiento. El llamado del pastor Núñez es directo: antes de pedir fortaleza para la persecución, la iglesia debe confesar su propia iniquidad.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir la Palabra. Vamos a abrir la Palabra.

Hoy estamos interrumpiendo la serie. Les pido excusas porque su boletín dice algo distinto, pero el cambio ocurrió después que el boletín fue impreso, para traer un mensaje que yo creo Dios ha puesto en mi corazón a partir de un texto de Nehemías 9. Yo no puedo negar que vengo delante de ustedes con temor y temblor, porque es un texto que nos llama a la humillación y al arrepentimiento, y creo que es un mensaje que Dios ha puesto en mí dados los tiempos que estamos viviendo.

A través de las noticias que hemos estado escuchando, nos hemos ido percatando cada vez más, y como ya el pastor Fausto aludía, de que son tiempos difíciles. De manera que tampoco puedo negar que vengo al púlpito con corazón cargado, un corazón abrumado, dolido en gran manera por las condiciones del pueblo de Dios a lo largo de la tierra.

Ustedes saben que el miércoles pasado regresamos de Chile con algunos de los otros líderes de la iglesia y el pastor Sugel Michelén de IBI SJ. Ahí estuvimos compartiendo la Palabra, y estando en Chile se produjo la decisión de la Suprema Corte de Justicia en Estados Unidos aprobando el matrimonio homosexual en los 50 estados. La decisión la tomaron nueve jueces: cinco a favor, cuatro en contra.

Yo quería mencionar algunas cosas relativas a esa decisión. Los líderes internacionales han estado llamando a cada pastor de cada iglesia en el próximo domingo, y para mí este es el próximo, a poder dirigirse a su congregación de alguna manera con relación a dicha decisión e implicaciones.

Antonin Scalia dio toda la opinión de los cuatro jueces que estuvieron en contra de la decisión. Y de una forma muy diáfana, él habló de que esta decisión no representaba, no tenía nada que ver con la Constitución de la nación, que fue un acto de la voluntad de estos cinco jueces. Calificó su decisión como pretenciosa, egoísta, y dijo, este es uno de los jueces de la Suprema Corte, que un sistema de gobierno que hace que las personas de todo el país se subordinen a un comité de nueve abogados no electos por el pueblo no merece llamarse una democracia. Esa fue la opinión de uno de los jueces de la Suprema Corte de Justicia que estuvo involucrado en la toma de la decisión, pero que dio su voto en contra.

De inmediato también después, líderes de la Iglesia en aquella nación reaccionaron. Yo quiero leerles algunos de sus comentarios. Al Mohler decía: "No podemos ser parte de la revolución moral que está en oposición directa a lo que creemos que el Creador ha diseñado, dado y destinado para nosotros. No podemos estar en silencio y no podemos dejar de luchar por el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer."

John Piper dijo: "Mi sensación es que no nos damos cuenta de la calamidad que está sucediendo a nuestro alrededor. Lo nuevo, nuevo para los Estados Unidos y nuevo para la historia, no es la homosexualidad. Este quebrantamiento ha estado aquí desde la caída del hombre. Lo que es nuevo es su normalización e institucionalización. Esta es la nueva calamidad," dijo Piper. Y entonces agregó: "Los cristianos saben lo que viene, no solo porque lo vemos en la Biblia, sino porque hemos probado el fruto doloroso de nuestros propios pecados. No escapamos a la verdad de que cosechamos lo que sembramos. La diferencia es: lloramos sobre nuestros pecados. No los celebramos. No los institucionalizamos. Nos dirigimos a Jesús pidiendo perdón y ayuda. Pedimos a Jesús que nos libre de la ira venidera."

John MacArthur dijo: "Este paso más reciente nos recuerda que la ira de Dios ha llegado en su totalidad. Ahora vemos mentes reprobadas a todos los niveles del liderazgo: en la Corte Suprema, la presidencia, el gabinete, la legislatura, la prensa y la cultura."

Otros líderes, como Mark Dever, han comenzado a hablarle a la Iglesia. Lo hizo ahora en la Coalición por el Evangelio, a los líderes de la Iglesia, de que preparemos nuestras iglesias para el sufrimiento, el dolor y la persecución.

Menciono todo esto porque estando en Chile múltiples personas se me acercaron para preguntarme acerca de mi opinión, y lo mismo ha ocurrido desde mi llegada hace apenas unos cuatro días. Yo quisiera, antes de entrar a mi mensaje, hacer varias observaciones, pero quisiera enfatizar que mis observaciones son la introducción de mi mensaje. Mi mensaje no está divorciado en lo más mínimo de todo lo anterior y todo lo que sigue en estas observaciones.

En primer lugar, como observación, la institucionalización de esta unión, contraria a los mandamientos de Dios, representa una grieta monumental a nivel de la zapata de la sociedad que la llevará a un colapso en un corto tiempo. Las grietas en los pisos superiores de una edificación no amenazan la estabilidad de la edificación, pero la grieta que ha ocurrido yo la entiendo, y creo que otros la entienden igual, como la mayor grieta en la zapata, en la fundación de lo que es la estabilidad de toda sociedad. No porque la homosexualidad no haya existido antes, como decía Piper, sino porque ha pasado a ser institucionalizada.

En segundo lugar, y algunas de estas cosas las estoy leyendo a propósito en virtud del tiempo que tenemos para el mensaje y porque quisiera apegarme lo más que pueda en mis observaciones a este asunto: si bien es cierto que la iglesia ha sido perseguida antes, no es menos cierto que la persecución que vendrá nunca ha sido vista en el pasado. Y no me estoy refiriendo a su intensidad necesariamente. Por una razón muy sencilla: donde la iglesia ha sido perseguida en el pasado ha ocurrido en naciones no evangelizadas, como lo fue en el primer siglo y como lo sigue siendo hoy en países como los países musulmanes. En esas áreas la iglesia estaba tratando de ganar un espacio. La persecución que vendrá ocurrirá en áreas ya evangelizadas donde la iglesia perdió su espacio que previamente había ganado. Europa y Norteamérica representan regiones previamente evangelizadas, impactadas por los valores cristianos. Esta es, sin lugar a duda, o esta será la primera persecución en una región, en un área poscristiana. Estas naciones tenían a Dios y le dijeron a ese Dios: "No te queremos dentro de la sociedad que tú levantaste. Fuera de nosotros." La primera persecución resultó en bendición y expansión del Evangelio. Esta persecución, que probablemente comience pronto, será el resultado, en la opinión de muchos y es mi criterio, de un juicio de Dios sobre las naciones que le han sacado de en medio de ellos. Esas persecuciones no son comparables.

En tercer lugar, cuando la iglesia fue perseguida en el primer siglo, su petición fue por fortaleza para no negar la fe, y Dios le dio la gracia. Pero ahora la iglesia, antes de pedir dicha fortaleza para no negar la fe, la iglesia tiene que arrepentirse de toda su iniquidad. No es lo mismo predicar el Evangelio a una población que nunca ha oído el Evangelio, que predicar el Evangelio a una población que lo oyó, que lo tenía, y que después de oírlo dijo: "No lo quiero, no lo creo, de hecho lo odio." Por tanto, el mensaje de la hora es el mensaje del profeta Jeremías antes de que Jerusalén cayera en el año 586 antes de Cristo. Es el mensaje de arrepentimiento, y ese es un mensaje que no se oye.

En cuarto lugar, no nos queda la menor duda de que Dios estará con su pueblo. Pero la manera como Dios estuvo con su pueblo mientras huían de Faraón en Egipto, llegando incluso a abrir el mar, no fue la misma manera como Dios estuvo con su pueblo cuando ellos estuvieron en Babilonia. En ambos casos Dios estuvo con su pueblo, pero no de la misma manera. En el primer caso, el pueblo pasó de un lugar a otro en una noche, abriendo Dios el mar. En el segundo caso, el pueblo pasó de Babilonia a Jerusalén 70 años después.

En quinto lugar, cuando el reino del norte cayó, Israel, Dios habló al reino del sur. Esto tiene que ver mucho con nosotros. Y le dijo que viera lo que había pasado a su hermana en el norte, porque si ellos no se arrepentían, lo mismo que ocurrió al reino del norte le ocurriría al reino del sur. Y como ellos no se arrepintieron, lo mismo le aconteció a Judá en el sur 150 años después. En Jeremías 3:10, estas son las palabras de Dios: "A pesar de todo esto, su pérfida hermana Judá," ese es el sur, "tampoco se volvió a mí de todo corazón, sino con engaño, declara el Señor." Y su juicio llegó.

Estoy aquí para decir, hermano mío, hermana mía, que nosotros en Latinoamérica estamos en el sur global. La iglesia en el sur global tiene sus propios pecados de qué arrepentirse. Pero nuestra hermana en el norte está pasando por condiciones que aún no han llegado con la misma intensidad a nosotros. Pero si el sur global no se arrepiente, yo entiendo que exactamente lo mismo que le ocurrió a nuestra hermana, o le está ocurriendo a nuestra hermana en el norte, se va a ver en medio de nosotros. Nuestro Dios no es predecible en lo más mínimo, pero es consistente. Es el mismo ayer, hoy y siempre.

El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios después de la muerte y resurrección de Jesucristo, nos deja ver de una manera clara que los acontecimientos del pasado no quedaron enterrados en la arena. Fueron escritos y registrados por una razón. Escucha, Primera de Corintios 10:11: "Estas cosas les sucedieron como ejemplo y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos."

Padre, te alabamos y te decimos en esta mañana, no puedo negar, Dios, y no es una frase acuñada, es una realidad en este momento, que yo vengo delante de ti, delante de tu pueblo, con temor y temblor literal. Tú conoces mi pesadumbre y tú conoces mi llanto interno. Tú conoces mi dolor por tu Iglesia, por tu pueblo.

Pero tú haces llamados a tu iglesia, tú haces llamado a tu pueblo con la intención de ver en ellos arrepentimiento y posiblemente después avivamiento. Yo te pido que tú seas con el predicador, en poder, en gracia, en verdad y autoridad, que tú lo uses para tu gloria, que tú lo cuides de su carne. Te lo pedimos en Cristo Jesús, amén, amén.

Y algunos recordarán, todo eso fue la introducción, algunos recordarán que hace varios años atrás yo estaba haciendo una serie sobre Nehemías y llegamos al capítulo 7. Y en el capítulo 7 aparece una larga lista de nombres y genealogías. Y es un capítulo largo, tiene 72 versículos, porque es un capítulo que registra un censo que se hizo en el pueblo con el propósito de ver quiénes estaban regresando a Jerusalén. Hubo tres retornos en esa época: uno bajo Zorobabel, un segundo retorno bajo Esdras, un tercer retorno bajo Nehemías, y por eso hubo la necesidad de censar al pueblo.

De acuerdo a lo largo del capítulo, yo me debatía mientras oraba si leía todo el capítulo, si leía parcialmente el capítulo, si iba a usar porciones del capítulo. Y en medio de eso Dios puso esta idea, yo no lo oí audiblemente, pero Dios puso esta idea en mi corazón. Leer este capítulo largo es como si fuera una conversación interna que va a tomar unos diez minutos, y yo como que respondía más o menos. Y tú vas a predicar por cincuenta minutos, una hora. Y luego la pregunta vino a mi corazón con una fuerza que no puedo ni siquiera ahora describir: ¿Por qué tú piensas que lo que tú tienes que decir es más importante que lo que yo tengo que decir? Y yo recuerdo, algunos se recordarán, llorar, tenía dificultad en contener mis lágrimas y conté eso a la congregación que estaba allí presente.

La razón por la que menciono eso, porque el capítulo 9 es largo y es el capítulo de mi mensaje, pero como lo que Dios tiene que decir es mucho más importante que lo que yo tengo que decir, yo voy a leer todo el capítulo.

Capítulo 9, Nehemías, versículo 1: "El día 24 de este mes se congregaron los hijos de Israel en ayuno, vestidos de cilicio y con polvo sobre sí. Y los descendientes de Israel se apartaron de todos los extranjeros y se pusieron de pie, confesando sus pecados y la iniquidad de sus padres. Puestos de pie, cada uno en su lugar, leyeron el libro de la ley del Señor su Dios por una cuarta parte del día, y por otra cuarta parte confesaron y adoraron al Señor su Dios. Y sobre el estrado de los levitas se levantaron Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani, Quenani, y clamaron en alta voz al Señor su Dios."

"Entonces los levitas Jesúa, Cadmiel, Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías dijeron: Levantaos, bendecid al Señor vuestro Dios por siempre y para siempre. Sea bendito tu glorioso nombre y exaltado sobre toda bendición y alabanza. Solo tú eres el Señor, tú hiciste los cielos, los cielos de los cielos con todo su ejército, la tierra y todo lo que en ella hay, los mares y todo lo que en ellos hay. Tú das vida a todos ellos y el ejército de los cielos se postra ante ti."

"Tú eres el Señor Dios que escogiste a Abraham y lo sacaste de Ur de los caldeos y le diste por nombre Abraham. Hallaste fiel su corazón delante de ti e hiciste con él un pacto para darle la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia. Y has cumplido tu palabra porque eres justo."

"Tú viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al Mar Rojo. Entonces hiciste señales y maravillas contra Faraón, contra todo su siervo y contra todo el pueblo de su tierra, pues supiste que ellos los trataban con soberbia, y te hiciste un nombre como el de hoy. Dividiste el mar delante de ellos y pasaron por medio del mar sobre la tierra seca, y echaste en los abismos a sus perseguidores como a una piedra en aguas turbulentas. Con columna de nube los guiaste de día, con columna de fuego de noche para alumbrarles el camino en que debían andar."

"Luego bajaste sobre el monte Sinaí y desde el cielo hablaste con ellos. Les diste ordenanzas justas y leyes verdaderas, estatutos y mandamientos buenos. Les hiciste conocer tu santo día de reposo y les prescribiste mandamientos, estatutos y la ley por medio de tu siervo Moisés. Les proveíste pan del cielo para su hambre, les sacaste agua de la peña para su sed, y les dijiste que entraran a poseer la tierra que tú habías jurado darles."

"Pero ellos, nuestros padres, obraron con soberbia, endurecieron sus cervices y no escucharon tus mandamientos. Rehusaron escuchar y no se acordaron de las maravillas que hiciste entre ellos. Endurecieron sus cervices y eligieron un jefe para volver a su esclavitud. Pero tú, un Dios de perdón, clemente y compasivo, lento para la ira y abundante en misericordia, no los abandonaste. Ni siquiera cuando se hicieron un becerro de metal fundido y dijeron: Este es tu dios que te sacó de Egipto, y cometieron grandes blasfemias."

"Tú, en tu gran compasión, no los abandonaste en el desierto. La columna de nube no los dejó de día para guiarlos en el camino, ni la columna de fuego de noche para alumbrarlos. Y diste tu buen Espíritu para instruirles. No retiraste tu maná de su boca y les diste agua para su sed. Por cuarenta años proveíste para ellos en el desierto y nada les faltó. Sus vestidos no se gastaron y no se hincharon sus pies."

"También les diste reinos y pueblos y se los repartiste con sus límites. Y tomaron posesión de la tierra de Sehón, rey de Hesbón, y la tierra de Og, rey de Basán. Y multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo y los llevaste a la tierra que habías dicho a sus padres que entraran a poseerla. Y entraron los hijos y poseyeron la tierra. Y tú sometiste delante de ellos a los habitantes de la tierra, a los cananeos, y los entregaste en su mano con sus reyes y los pueblos de la tierra para hacer con ellos como quisieran."

"Y capturaron ciudades fortificadas en una tierra fértil, tomaron posesión de casas llenas de toda cosa buena, cisternas excavadas, viñas y olivares y árboles frutales en abundancia. Comieron, se saciaron, engordaron y se deleitaron en tu gran bondad."

"Pero fueron desobedientes y se rebelaron contra ti, y echaron tu ley tras sus espaldas, y mataron a tus profetas que los amonestaban para que se volvieran a ti, y cometieron grandes blasfemias. Entonces los entregaste en mano de sus enemigos para que los oprimieran. Pero en el tiempo de su angustia clamaron a ti, y tú escuchaste desde el cielo, y conforme a tu gran compasión les diste libertadores que los libraron de mano de sus enemigos."

"Pero cuando tenían descanso volvían a hacer lo malo delante de ti. Por eso tú los abandonabas en mano de sus enemigos para que los dominaran. Y cuando clamaban de nuevo a ti, tú oías desde el cielo y muchas veces los rescataste conforme a tu compasión. Los amonestaste para que volvieran a tu ley, pero ellos obraron con soberbia y no escucharon tus mandamientos, sino que pecaron contra tus ordenanzas, las cuales si el hombre las cumple, por ellas vivirá. Y dieron la espalda en rebeldía, endurecieron sus cervices y no escucharon."

"Sin embargo, tú los soportaste por muchos años y los amonestaste con tu Espíritu por medio de tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras. Pero en tu gran compasión no los exterminaste ni los abandonaste, porque tú eres un Dios clemente y compasivo."

"Ahora pues, Dios nuestro, grande, poderoso y temible, que guardas el pacto y la misericordia, no parezca insignificante ante ti toda la aflicción que nos ha sobrevenido a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas, a nuestros padres y a todo tu pueblo, desde los días de los reyes de Asiria hasta el día de hoy. Mas tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros, porque tú has obrado fielmente, pero nosotros perversamente."

"Nuestros reyes, nuestros jefes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no han observado tu ley ni han hecho caso a tus mandamientos ni a tus amonestaciones con que los amonestabas. Pero ellos, en su propio reino, con los muchos bienes que tú les diste, con la espaciosa y rica tierra que pusiste delante de ellos, no te sirvieron ni se convirtieron de sus malas obras."

"He aquí, hoy somos esclavos, y en cuanto a la tierra que diste a nuestros padres para comer de sus frutos y de sus bienes, he aquí somos esclavos en ella. Y su abundante fruto es para los reyes que tú pusiste sobre nosotros a causa de nuestros pecados, los cuales dominan nuestros cuerpos y nuestros ganados como les place, y en gran angustia estamos."

"A causa de todo esto, nosotros hacemos un pacto fiel por escrito, y en el documento sellado están los nombres de nuestros jefes, nuestros levitas y nuestros sacerdotes."

La historia del pueblo de Dios es la historia de la iglesia de Dios. Los hechos que yo acabo de leer se presentan como una continuación de los acontecimientos narrados en el capítulo ocho de Nehemías. La razón por la que Esdras está leyendo la ley este día, en esta ocasión, es porque Esdras estaba convencido por Dios de que las consecuencias que vivía su pueblo eran el resultado de ellos haberse apartado de la ley. Y Esdras, como sacerdote, está tratando de llamar al pueblo de regreso a la ley.

En Europa, que hoy en día es un cementerio espiritual, y en Norteamérica, hay muchos líderes convencidos, algunos de ellos no me atrevería a citar porque representan opiniones dadas en privado, están convencidos de que las condiciones que se avecinan son el resultado también de un juicio sobre la nación. Y hay algunos ministerios orando y pidiéndole a Dios por avivamiento, pero el mensaje que estoy esperando escuchar desde los púlpitos es el mensaje del llamado al arrepentimiento de la iglesia que hoy está a punto de experimentar esas condiciones. Y este mensaje de hoy representa mi llamado a nuestra iglesia local y a las iglesias que pudieran escuchar este mensaje en el futuro.

En el mensaje anterior hablamos de la situación global y miramos hacia nuestra hermana iglesia en el norte. No veo cómo Dios puede avivar la iglesia en el sur o en el norte, no importa, sin que la iglesia primero se humille delante de Dios y confiese y se arrepienta de los pecados de su pasado. Si uno lee los capítulos 8, 9 y 10 de Nehemías, uno queda con la impresión de que lo que está ocurriendo aquí es una especie de avivamiento por la manera como el pueblo reaccionó. Los avivamientos no son comunes, no pueden ser producidos por el hombre, son el resultado del moverse soberano de la mano de Dios, y cuando ocurren usualmente afectan a una gran cantidad de personas.

Como decía, hay mucha gente en Estados Unidos y fuera de Estados Unidos, posiblemente en los cinco continentes, orando porque Dios traiga un avivamiento. Y se ha intensificado en algunos grupos y ministerios la oración en esta dirección, dada la condición de inmoralidad y de violencia que el mundo está viviendo. Cuando tú lees los avivamientos, la historia de los avivamientos del pasado, ellos no han sido idénticos. Los avivamientos no son un copy-paste, como decimos, uno del otro, pero tienen condiciones similares muchos de ellos.

En los avivamientos, en el pueblo de Dios, siempre han ocurrido dos cosas. Número uno, hay una búsqueda más intensa de ese Dios. Y número dos, hay una humillación de parte del pueblo de Dios delante de ese Dios del que estamos hablando. Y eso lo vemos en este texto que tenemos hoy en Nehemías 9:1: "El día 24 de este mes se congregaron los hijos de Israel en ayuno, vestidos de cilicio y con polvo sobre sí."

El cilicio era un material rústico, oscuro, y el polvo, la arena, la ceniza era parte de lo que el pueblo usaba para expresar su condición de dolor, de tristeza, de humillación delante de los demás. El humillarnos delante de Dios hace propicio que Dios nos visite, pero no lo garantiza. El humillarnos delante de Dios hace propicio que Dios nos visite, pero no obliga a Dios y no garantiza su visitación. Eso no obliga a Dios a avivar, pero es por donde nosotros debemos comenzar, porque Dios ha revelado que Él se opone al orgulloso pero le da gracia al humilde. Ninguna persona, ningún pueblo ha estado en condición de ser avivado sin que primeramente haya tenido que humillarse delante de Dios y reconocer el orgullo que ha sido el terreno donde se han cultivado todos los demás pecados.

Así es como ocurre. El orgullo es el impedimento mayor para una visitación de Dios. El orgullo es quizás el obstáculo o la actitud del corazón que más rápidamente nos aleja de nuestro Dios. Raramente el pueblo de Dios ha sabido, si es que alguna vez ha ocurrido, ha sabido humillarse o autohumillarse. Esa autohumillación que nosotros vemos en Filipenses capítulo 2 de parte de Jesús, que abandonó su gloria, puso a un lado todos sus privilegios, raramente, si alguna vez ha ocurrido en algún ser humano o pueblo de Dios. Usualmente Dios tiene que humillarnos a través de aflicciones personales, a través de catástrofes naturales, a través de la opresión, a través de la persecución.

En el caso de este pueblo, setenta años en Babilonia de esclavitud, en el exilio, antes de regresar a Jerusalén. Y entonces, a su regreso setenta años después, el pueblo está listo para humillarse delante de Dios. Tomó setenta años para el pueblo percatarse. La consecuencia, hacia el exilio que les había acontecido, eran el resultado de sus pecados del pasado, y humillarse delante de Dios.

Cuando nosotros nos humillamos delante de Dios, usualmente, en los avivamientos del pasado, hubo una nueva hambre por la Palabra. Es imposible ser avivados por Dios sin que ese avivamiento resulte en hambre por su Palabra. Tú puedes ver eso aquí mismo en el versículo 3: "Puestos de pie, cada uno en su lugar, leyeron el libro de la ley del Señor por una cuarta parte del día, y por otra cuarta parte confesaron y adoraron al Señor su Dios."

Ellos contaban el día de seis de la mañana a seis de la tarde. Si ese fue el caso, duraron tres horas de pie leyendo el libro de la ley y tres horas confesando sus pecados y adorando a su Dios. Si contaron el día como de veinticuatro horas, entonces pasaron seis horas de pie leyendo la Palabra, leyendo el libro de la ley, y seis horas confesando los pecados de su generación y de las generaciones anteriores ante Dios.

Te imaginas por horas leyendo este libro, de pie bajo el sol. Te imaginas por horas en la misma condición confesando el pecado de todo el pueblo. La razón por la que esto está ocurriendo es porque Esdras sabía que ellos estuvieron bajo esas condiciones debido al alejamiento del pueblo de Dios de la ley de Dios, y sabe que no puede haber una visitación nueva, una renovación, un avivamiento de parte de Dios sin regresar a su ley. La Palabra es el instrumento de santificación del pueblo de Dios. Juan 17:17: "Padre, santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad."

Poca exposición a la Palabra de Dios resulta en poca santificación de parte del pueblo de Dios. La Palabra te aleja del pecado o el pecado te aleja de la Palabra. Esa es la historia del pueblo de Dios, lamentablemente. El pueblo de Dios nunca permanece en una condición de neutralidad: o se santifica o se carnaliza. Es como subir una escalera. Raramente tú estás subiendo una escalera, te paras en un descanso y permaneces ahí interminablemente. Tú o continúas subiendo o decides descender. O te santificas o te carnalizas.

Pero lo cierto es que no puede haber santificación divorciada de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios actúa como un espejo, Santiago 1:23-25, y en ese espejo yo puedo ver dónde están mis pecados. La Palabra de Dios funciona como un martillo que va deshaciendo todos mis hábitos pecaminosos, Jeremías 23:29. Actúa como un fuego que consume mis intenciones y motivaciones impuras. Todo avivamiento ha ido acompañado de una lectura más intensa, de un estudio más profundo y de una reflexión más regular de la Palabra de Dios. Nunca ha ocurrido divorciado de la Palabra.

Yo había mencionado dos características de los avivamientos: una búsqueda más intensa y más genuina de Dios, esto es lo que el pueblo está haciendo aquí; una humillación de parte del pueblo de Dios, esto es exactamente lo que este pueblo está tratando de producir cuando viene vestido de cilicio y con polvo y ceniza delante de su Dios. Y hay una tercera condición que, si no aparece, no podemos llamar a eso avivamiento, y es una sensibilidad extrema hacia el pecado.

Lo que antes había parecido como normal, común, lo que antes eran incluso mis prácticas, de repente a mí mismo comienza a confrontarme y yo lo comienzo a ver como algo odioso, algo que rechazo, algo que no puedo ni siquiera entender fuera parte de mi vida en el día de ayer. Aquello que desagrada a Dios comienza a desagradarme a mí.

Es la experiencia de Isaías cuando tiene el encuentro con la santidad de Dios. Él se siente como arruinado. Él siente que es un hombre de labios impuros. El hombre, casi diez minutos antes, se veía como muy corriente. Ahora entiende que está arruinado, con labios impuros, y que todo el pueblo está en la misma condición, con labios impuros. Cuando Habacuc tiene el encuentro con Dios, él dice: "Podredumbre entró en mis huesos." El mismo hombre que minutos antes estaba sintiéndose bien, sus labios temblaban.

Y tú ves esa sensibilidad en este pueblo. Escucha lo que dice el versículo 2: "Se pusieron en pie confesando sus pecados y las iniquidades de sus padres." Por una cuarta parte del día, tres horas en el mejor de los casos, seis horas en el peor de los casos, seis horas quizás confesando sus pecados. Escucha cómo no minimizaron sus pecados. Llamaron al pecado de sus padres las iniquidades de nuestros padres, de nuestros antepasados. Hay una sensibilidad extrema al pecado. Esa sensibilidad viene dada por su Palabra. La manera como el joven guarda su camino, la manera como el joven se aleja del pecado, dice la Palabra, es atesorándola.

Cuando Dios decide soplar su Espíritu sobre una congregación, sobre una nación, cosas insólitas ocurren. Lo que está ocurriendo como insólito aquí es que todo el pueblo, desde el más joven hasta el más viejo, por tres horas o por seis, está de pie escuchando la Palabra, y por otro período similar está confesando sus pecados. La exposición a la Palabra siempre precede a la convicción de pecado. Personas con poca exposición a su Palabra son personas con poca sensibilidad hacia las prácticas pecaminosas. Recuerda que exposición a su Palabra no es lo mismo que exposición a literatura cristiana. "Tu Palabra es verdad; santifícalos en tu verdad." Y los primeros leyeron la Palabra, luego confesaron su pecado y luego le adoraron.

Yo creo que vale la pena recalcar cómo esta gente entendió la necesidad de la confesión pública. Eso es algo que nosotros en Occidente, como ya hemos dicho en otras ocasiones, no entendemos bien, porque nosotros hemos desarrollado una generación muy individualista. Pero en el Oriente Medio, aun el día de hoy, el individuo se ve como parte de una comunidad. Esa es la razón por la que las fiestas judías fueron todas ordenadas para ser celebradas en comunión. Esa es la razón por la que en esta ocasión la ley es leída delante de toda la nación. Y esa es la misma razón por la que en esta ocasión el pueblo se está confesando delante de todo el mundo, confesando las iniquidades de sus padres y de sus propias vidas.

La cultura de aquel entonces entendía mucho mejor que el pecado de uno nos afecta a todos, y el pecado de uno en el pueblo de Dios es el pecado del pueblo de Dios. Lo hemos dicho muchas veces. Dios no le dice a Acán, cuando él codicia el lingote de oro y el manto babilónico, no le dice a Josué: "Mira, Acán ha pecado." Se lo mojó a Israel. "¡Israel ha pecado!" E Israel sufrió las consecuencias. Nadie peca en privado. Tu pecado puede ser tu pecado, pero cuando las consecuencias llegan, nos afectan a todos los demás.

La nación hebrea sabía que pertenecía a un solo Dios con una sola historia, y lo entendía tanto así que cuando confiesa no confiesa los pecados solamente de su generación. De hecho, tuve eso en Daniel, tuve eso en Miqueas capítulo uno, tuve eso en Daniel capítulo nueve: "Yo y mi pueblo hemos pecado contra ti." Tú encuentras en la Palabra de Dios tres grandes oraciones nacionales pidiendo arrepentimiento y confesando los pecados nacionales: en Nehemías nueve, en Esdras nueve, en Daniel nueve. Coincidencialmente: Daniel nueve, Esdras nueve, Nehemías nueve. Cada una de esas oraciones, quien está orando, está orando y pidiendo perdón por los pecados nacionales del presente y del pasado.

Ellos sabían que nuestra historia está entretejida y que los pecados del presente frecuentemente no son más que una reflexión, y a veces una multiplicación, de los pecados de la generación anterior que yo he copiado y a veces aumentado. Todos ellos supieron confesar el pecado del pasado. El pueblo escuchó la Palabra, sintió la convicción de pecado, confesó sus pecados. E inmediatamente, lo que ocurre cuando tú lees esto más detenidamente, hay un reconocimiento extraordinario a la santidad de Dios. Y hay una oración, o una oración adoración, quizás la más larga registrada en toda la Biblia, que va desde el versículo 5 hasta el versículo 31. Es algo extraordinario.

El pueblo comienza diciendo en el versículo 5: "Sea bendito tu glorioso nombre y exaltado sobre toda bendición y alabanza." Desde el comienzo: tu nombre sea exaltado. La Biblia peshita, que es la Biblia aramea, el lenguaje que el pueblo desarrolló en Babilonia y que trajo a Israel a su regreso, dice: "Sea bendito tu nombre de gloria." Cristo le enseñó a su pueblo, le enseñó a sus discípulos a santificar su nombre. "Señor, enséñanos a orar." "Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre." Su nombre representa su misma gloria, la esencia de su carácter, todo lo que Él es. Hay dos cosas que Dios ha levantado por encima de todo. Dice en el Salmo 138: "Mi palabra y mi nombre."

Sea bendito tu nombre de gloria. Dios ha sabido salvaguardar la integridad de su nombre hasta el punto que cuando nos dio los Diez Mandamientos, reservó uno de ellos para salvaguardar la integridad de su nombre. Cuando el pueblo de Dios se comportó como se comportó y los gentiles profanaron el nombre de Dios, Dios culpó a su pueblo de la profanación de su nombre. Esto es lo que Él dice en más de un pasaje, pero te voy a leer solamente uno. En Ezequiel 15: "Y sabrán que yo soy el Señor cuando los disperse entre las naciones y los esparza por las tierras," le dice Dios a Israel. "Cuando yo haga eso con mi pueblo, las naciones sabrán por qué le ha acontecido lo que le ha acontecido, y entonces sabrán que yo soy el Señor."

El versículo 5 al versículo 31, el texto exalta el carácter de Dios de una manera extraordinaria para contrastarlo con el carácter pecaminoso, y como ellos usan la palabra, perverso del pueblo. Escucha cómo el pueblo exalta a Dios. El versículo 6: "Tú hiciste los cielos, los cielos de los cielos con todo su ejército, la tierra y todo lo que en ella hay, los mares y todo lo que en ellos hay. Tú das vida a todos ellos y el ejército de los cielos se postra ante ti." Con estas palabras exaltaban al Creador, el Creador y Sostenedor de todo lo que hay. Todo lo que tiene vida respira porque Tú los sostienes, oh Dios. Existe porque Tú existes, viven porque Tú vives, viven porque Tú les das vida.

El pueblo luego continuó orando y ahora reconoció el carácter dadivoso de Dios. En esa oración del versículo 5 al 31, la palabra, el verbo "dar" en hebreo, natán, en sus diferentes formas aparece catorce veces, resaltando la dadivosidad de Dios. Tú le diste la tierra, Tú le diste la ley con ordenanzas justas. Escucha cómo este pueblo describe la ley de Dios: con ordenanzas justas, leyes verdaderas, estatutos y mandamientos buenos. Le diste el maná, le diste agua, le diste tu Espíritu, le diste incluso opresores para que regresaran a ti, y cuando fueron oprimidos entonces le diste libertador. Esto eres Tú: un Dios dadivoso, ¿sabes? La dadivosidad.

Versículo 8 al 10 trae a la memoria la elección de Abraham, la compasión de Dios por el pueblo que estaba sufriendo en Egipto, y las señales y maravillas hechas delante y en contra de Faraón. Escucha cómo termina el versículo 10: "Te hiciste un nombre como el de hoy." Dios siempre ha estado interesado en la glorificación y exaltación y proclamación de su nombre. ¿Sabes por qué? Porque si Él no da su nombre, si su nombre no es proclamado, su nombre no es conocido. Si su nombre no es conocido, ningún pueblo clamará a Él, y si ningún pueblo clama a Él, ni siquiera el suyo, no habrá salvación para dicho pueblo. Claro que Dios tiene que hacer su nombre grandioso y hacer que se proclame. En primer lugar, Él lo merece. En segundo lugar, es lo único que puede hacer que el pueblo reaccione y clame a ese Dios de ese gran nombre para que Él los pueda salvar. Él siempre ha estado interesado en la gloria de su nombre. El salmista en el Salmo 8 nos dice: "Oh Señor, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra." Al versículo 9 dice exactamente la misma cosa.

Nota que el pueblo hebreo que vivió bajo la ley tenía un entendimiento de la ley muy distinto al entendimiento que el pueblo de Dios tiene de la ley. Le llama leyes justas, leyes buenas. El apóstol Pablo tenía el mismo entendimiento. Dice: "El problema no es la ley, el problema soy yo. La ley es buena, es justa, es santa." Entonces dice en Romanos 7:22: "Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios." El salmista dice: "Oh, cuán gloriosa es tu ley." Yo confieso, Dios, yo proclamo: el problema es mi carne, que es débil.

Así que luego versículo 13: "Bajaste sobre el monte Sinaí y desde el cielo hablaste con ellos. Les diste ordenanzas justas, leyes verdaderas, estatutos y mandamientos buenos." No gravosos, no pesados, no injustos, no difíciles de llevar. Dos veces Dios dice, una en el Antiguo Testamento y una en el Nuevo Testamento: "Mis mandamientos no son gravosos ni están tan lejos de ti." De hecho, en Deuteronomio 4:8 dice: "¿Qué nación grande hay que tenga estatutos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de vosotros?" No hay. El salmista dice: "Tienes razón, Dios, por eso es que oh, cuán gloriosa es tu ley." Pablo dice: "Tienes razón, Dios, por eso en tu ley me deleito en mi hombre interior. El problema es que en mis miembros encuentro esta otra ley de pecado que batalla contra mí." Juan escribe en su primera carta, en 5:3, dice que sus mandamientos no son gravosos. "Mi yugo es ligero, mi carga es liviana."

El día que Esdras fue leído, el pueblo confesó la maldad de las generaciones anteriores. Versículo 16: "Pero ellos obraron con soberbia, endurecieron su cerviz y no escucharon tus mandamientos." Versículo 17: "Pero Tú eres un Dios de perdón, clemente y compasivo, lento para la ira y abundante en misericordia, y no los abandonaste ni siquiera cuando se hicieron un becerro de metal fundido y dijeron: 'Este es tu dios.'" Y como me tienes gran compasión, no los abandonaste en el desierto.

El pueblo que vivía bajo la ley dice: "Oh, Tú eres un Dios de perdón, Tú eres un Dios clemente, Tú eres un Dios compasivo, Tú eres lento para la ira, Tú eres abundante en misericordia." De hecho, tanto es así, Dios, que cuando este pueblo se atrevió, en la persona de su sumo sacerdote, a hacer un becerro de oro y tuvo la audacia de decir: "Este es tu dios," Tú no los abandonaste. Este es un Dios compasivo. Nosotros, que tenemos una naturaleza rebelde, pecaminosa, como bien dice R.C. Sproul, o sea, hay algo que el Antiguo Testamento revela: es el carácter benevolente de nuestro Dios. No compres la otra idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios duro, cruel, sanguinario.

Hermano, nosotros no tenemos becerros de oro a la manera como ellos tuvieron becerros de oro, pero tenemos nuestros propios becerros de oro. Y no son pocos y no son pequeños. Decimos: "Todo para la gloria de Dios." Pero cuando hablamos, cuando vestimos, cuando decimos las cosas, cuando hacemos las cosas, cuando manipulamos la situación, revelamos que en realidad no es para la gloria de Dios. Revelamos que no lo estamos haciendo tampoco confiando en Dios. Decimos: "En ti confiamos, en Dios confiamos." Pero al final nuestras palabras, estilos de vida revelan: "En nosotros confiamos."

Arrepiéntete, te dice el Señor hoy. Versículo 20 al 25, cómo Dios proveyó para el pueblo por cuarenta años. Dio maná, dio luz en la noche, dio agua, dio sombra en el día. Pero fueron desobedientes, versículo 26, y se rebelaron contra ti y echaron tu ley a sus espaldas. Como diciendo: "No lo queremos. No lo vamos a leer, no lo vamos a obedecer." ¿Qué vamos a hacer entonces? Bueno, pues lo echaron atrás. Mataron a tus profetas que los amonestaban para que se volvieran a ti y cometieron grandes blasfemias. Les enviaste embajadores, les enviaste mensajeros para que se arrepintieran. Y en vez de oírlos, ¿sabes qué hicieron? Los mataron. Y por años, por cientos de años, insististe en enviarles otros más y otros más y otros más. Y cuando se acabaron los profetas, les enviaste a tu Hijo. Y sabes lo que hicieron: lo mataron también. Cristo les dio una parábola, la parábola de la viña. Les dijo exactamente cómo el dueño de la viña envió a un trabajador, y a otro, y a otro, y a todos los mataron. Y les envió a su propio hijo y a él también lo mataron. Mateo 21:33 en adelante.

Y Dios permitió en ocasiones que los oprimieran, opresores que castigaron al pueblo como testifica el versículo 27. Pero el próximo versículo dice que Dios los escuchaba. Lamentablemente, versículo 28: "Pero cuando tenían descanso, volvían a hacer lo malo delante de ti." Esa es la historia del pueblo de Dios.

Cuando las cosas van bien, cuando mis hijos no tienen problemas, cuando mi esposo no ha sido infiel, cuando nuestras finanzas están estables, Dios es la última prioridad en nuestra lista. El corazón le dice al Señor. Por eso, de manera lamentable, muchas veces Dios tiene que permitir la adversidad, pero Dios en su gran compasión permite la adversidad y luego va a rescatar de la adversidad.

Versículo 28: "Y Tú los oías desde el cielo y muchas veces los rescataste conforme a tu compasión." Versículo 29: "Para que volvieran a tu ley, pero ellos obraron con soberbia y no escucharon tus mandamientos, sino que pecaron contra tus ordenanzas, las cuales si el hombre las cumple, por ellas vivirá. Y dieron la espalda en rebeldía, endurecieron su cerviz y no escucharon."

"Sin embargo, Tú los soportaste por muchos años y los amonestaste con tu Espíritu por medio de tus profetas, pero no prestaron oído. Pero en tu gran compasión no los exterminaste ni los abandonaste, porque Tú eres un Dios clemente y compasivo."

Un pueblo rebelde, un Dios compasivo. Un Dios santo, un pueblo pecaminoso. Un pueblo obstinado en darle la espalda a Dios y un Dios obstinado en seguir buscando a su pueblo. Un Dios proveedor y un pueblo que no valoraba sus provisiones. Leyes buenas, justas, pero corazones perversos.

Versículo 32: "Ahora pues, Dios nuestro, Dios grande, poderoso y temible, que guardas el pacto y la misericordia, no parezca insignificante ante ti toda la aflicción que nos ha sobrevenido a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas, a nuestros padres y a todo tu pueblo, desde los días de los reyes de Asiria hasta el día de hoy."

La aflicción, Dios, ha afectado a todo el mundo. Los sacerdotes afectados, los reyes afectados, los príncipes afectados, los profetas afectados. De hecho, todo el pueblo. Oh Dios, que no parezca insignificante esta gran aflicción.

Mas versículo 33: "Tú eres justo." Eso ha venido a nosotros, pero reconocemos que Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros, porque Tú has obrado fielmente, pero nosotros perversamente. ¡Oh, qué palabras! Qué contraste, qué choque. Tú has obrado fielmente, pero nosotros perversamente. Este es un pueblo que en este momento está completamente sensible al pecado, y no simplemente dice "Tú obraste con santidad y nosotros en pecado." Dicen: "Oh, nosotros hemos sido perversos. Hemos pervertido tu ley, hemos menospreciado tu provisión, hemos ignorado tu ley, la pusimos sobre la espalda." Tú eres clemente, Tú eres misericordioso, Tú guardas el pacto.

En el versículo 33 tú encuentras el contraste entre el carácter de Dios y el carácter del pueblo, entre el 32 y 33. "Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros, porque Tú has obrado fielmente, pero nosotros perversamente."

El pueblo terminó siendo esclavizado y le dice hacia el final: "Dios, la tierra que nos diste, la tierra grande, espaciosa, rica, para que comiéramos de sus frutos, ahora le pertenece a otros. Ahora le pertenece a reyes, y esos reyes nos han esclavizado y nos han forzado, y se han adueñado de sus propios ganados."

Cuando llegaron a la tierra prometida, el pueblo judío, el pueblo hebreo, no le sirvió ni se arrepintió de sus malas obras. El pueblo judío fue a Babilonia. Con toda probabilidad, si la iglesia no se arrepiente, irá a Babilonia pero en su propia tierra, donde otros de su propia tierra determinarán lo que el pueblo de Dios tendría que hacer.

Cuando esas cosas ocurren, las leyes cambian, los gobernantes cambian, los legisladores cambian, la Corte Suprema cambia. Cuando el pueblo de Dios no vive en santidad, cuando el pueblo de Dios no ejerce su rol de ser sal y luz, tiene que pasar por las tinieblas que ya previamente había alumbrado. Tiene que esperar el regreso de las tinieblas que había disipado.

La iglesia en Europa ya ha comenzado a experimentarlo. La iglesia en Estados Unidos, por lo menos sus líderes, han comenzado a hablarles a sus congregaciones: "Prepara tu congregación para el dolor y el sufrimiento." En gran angustia estamos. En gran angustia estamos.

Dios nunca se separó de su pueblo, Dios no pretende separarse de su pueblo, pero Dios puede estar con su pueblo en más de una manera. Y obviamente su gracia es suficiente en todas las circunstancias. Pero una cosa es la presencia de Dios pasando el mar que Él está abriendo y pasar de un lado a otro en una noche. Y otra cosa es Dios estar con su pueblo setenta años en Babilonia, en el destierro, en gran angustia.

Y lo que requiere el pueblo de Dios es la predicación de un mensaje de arrepentimiento, para que luego la misma iglesia que proclamó el satisfacción tenga que autopredicarse el satisfacción, para muchas veces llegar a creer.

"A causa de esto, todos nosotros hacemos un pacto fiel por escrito. En el documento sellado están los nombres de nuestros jefes, nuestros levitas y nuestros sacerdotes." Al final de este gran día que ellos tuvieron, si tú sigues leyendo la historia en el capítulo 10, allá aparecen los nombres de sus levitas y sus líderes que firmaron el pacto. Ellos renovaron su pacto con Dios. Ellos volvieron a decirle: "Señor, en el día de hoy nosotros decidimos y decimos: yo y mi casa serviremos a nuestro Dios."

Y el pueblo de Dios necesita de cuando en vez renovar su pacto con Dios. Sobre todo cuando Dios trae la convicción de pecado. Cuando Dios trae el peso del pecado y cuando Dios te abre los ojos y te ayuda a ver aquellos pecados, aquellos pecadillos pequeñitos que siempre hemos tenido, que siempre hemos vivido, que siempre hemos racionalizado, y Dios nos abre los ojos y decimos: "¡Wow! Eso es horrible." Y vi, no somos mejores que nadie.

Y la iglesia en el sur necesita prestar atención a la iglesia en el norte. Y necesita comenzar a arrepentirse. Ese fue el mensaje de Dios para Israel en el sur, y eventualmente el mensaje a Judá en el sur cambió porque ya el juicio de Dios era inminente. Y lo que Dios estaba diciendo era: "Aquí va a llegar, pero arrepiéntanse."

Ese es el mensaje a cada iglesia del libro de Apocalipsis antes de que Dios enseñara sus garras. "Has hecho esto, pero tengo esto contra ti. ¡Arrepiéntete! Has hecho esto, pero tengo esto contra ti. ¡Arrepiéntete! Has hecho esto, pero tengo esto contra ti. ¡Arrepiéntete!" Ese es el mensaje que tenemos que escuchar de los púlpitos.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.