Integridad y Sabiduria
Sermones

La iglesia en misión

David Platt 7 julio, 2019

La iglesia que transforma el mundo no avanza por sus líderes más visibles, sino por creyentes comunes que llevan el evangelio donde la vida los dispersa. Hechos 8 y 11 lo demuestran con claridad: cuando la persecución estalló tras la muerte de Esteban, no fueron Pedro ni Juan quienes salieron de Jerusalén, sino personas ordinarias, sin entrenamiento formal ni experiencia plantando iglesias. Fueron ellos, cuyos nombres ni siquiera conocemos, quienes fundaron la iglesia en Antioquía, una de las más significativas en la historia del cristianismo.

Este patrón se repite hoy. En Bihar, India, dos hombres llamados Anil y Ari —un superintendente escolar y un criador de pollos— comenzaron a visitar aldeas sin presencia cristiana con un mensaje sencillo: "Estamos aquí en nombre de Jesús y queremos orar por ustedes". Lo que parecía destinado al fracaso resultó en más de veinte mil bautismos en trescientas cincuenta aldeas. En un país asiático donde reunirse para adorar es ilegal, creyentes sin recursos ni libertad multiplican iglesias subterráneas con solo el Espíritu de Dios y su Palabra.

El mismo Espíritu que descendió en Pentecostés habita en cada seguidor de Cristo. Ese poder no está reservado para quienes predican desde un escenario; reside en cada creyente que sale a su ciudad o cruza fronteras. El llamado es claro: proclamar el evangelio sin importar el costo, sabiendo que dos mil millones de personas aún no han escuchado el nombre de Jesús. La misión tiene precio, pero Él lo vale.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Alabado sea Dios en su santuario, alabadle en su majestuoso firmamento, alabadle por sus hechos poderosos, alabadle según la excelencia de su grandeza, alabadle con sonido de trompeta, alabadle con arpa y salterio, alabadle con pandero y danza, alabadle con címbalos sonoros, todo lo que respira alabe al Señor.

Yo siento un puro gozo de estar aquí adorando con ustedes. Yo he escuchado mucho sobre lo bondadoso que ha sido Dios con esta iglesia. Yo espero que ustedes reconozcan la bendición que es ser liderado y pastoreado por el pastor Miguel. Es un privilegio estar aquí en República Dominicana con mi hermano Carlos, también que es parte de la iglesia. Nosotros servimos juntos aquí en el país, especialmente en áreas muy pobres del país. Entonces la verdad que me siento muy agradecido de finalmente estar aquí en persona.

Y quiero utilizar la Palabra de Dios para motivarlos como iglesia. Mientras yo oraba para que Dios me ayudara a elegir un texto para compartir con ustedes, este fue el pasaje que vino a mi mente. Dios les ha confiado muchas cosas a ustedes. Aquí hay muchas personas, muchos recursos, y más que nada, más importante, el Evangelio. Y Dios está usando esta iglesia en este país y más allá. Y yo oro porque eso lo único que haga es que siga creciendo en los próximos días.

Que ustedes no le pongan límites a cómo Dios desea trabajar a través de esta iglesia y para su gloria. Que tengan sueños del tamaño de Dios y que entreguen sus vidas juntos para el más grande propósito que hay: esparcir el Evangelio y la gloria de Dios hasta los confines de la tierra. Y quiero decirle a cada uno de los miembros de esta iglesia, basado en lo que vamos a leer ahora, que ustedes tienen un rol en ese propósito, desde el más joven hasta el más viejo, desde el más pobre al más rico. Cada seguidor de Jesucristo tiene un rol que jugar para sus propósitos.

Y les pido por favor que abran sus Biblias en el libro de Hechos, capítulo 7. Yo quiero leer este pasaje en el libro de Hechos y a partir de ahí vamos a ir a otros pasajes dentro del libro de Hechos. Y yo quiero utilizar la Palabra de Dios para mostrarles a ustedes una imagen de cómo Dios ha diseñado a su iglesia en misión en el mundo. Y en ese proceso, lo que quiero que ustedes vean es cuál es el propósito de Dios para ustedes dentro de este gran propósito.

Vamos a comenzar leyendo el libro de Hechos, capítulo 7, versículo 54, y vamos a terminar en el capítulo 8, versículo 4. "Al oír esto se sintieron profundamente ofendidos y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios. Entonces ellos gritaron a gran voz y tapándose los oídos arremetieron a una contra él, y echándolo fuera de la ciudad comenzaron a apedrearlo. Y los testigos pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Y mientras apedreaban a Esteban, él invocaba al Señor y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y cayendo de rodillas clamó en alta voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Habiendo dicho esto, durmió. Y Saulo estaba de completo acuerdo con ellos en su muerte. En aquel día se desató una gran persecución en contra de la iglesia en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. Y algunos hombres piadosos sepultaron a Esteban y lloraron a gran voz por él. Pero Saulo hacía estragos en la iglesia, entrando de casa en casa, y arrastrando a hombres y mujeres los echaba en la cárcel. Así que los que habían sido esparcidos iban predicando la palabra."

Entonces, ¿cómo se ve la iglesia en misión en el libro de Hechos? Todo comienza con personas ordinarias. Jesús había dado un mandato muy claro a sus discípulos. Él les dijo: "Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra." Sin embargo, seis capítulos después, el Evangelio todavía estaba atascado en Jerusalén. Pero entonces vino persecución, y la persecución esparció a los seguidores de Jesús hacia Judea, hacia Samaria, y eventualmente hasta los confines de la tierra, como dice en el capítulo 8.

Pero quiero que se fijen en quiénes fueron esparcidos. Hechos 8:1 dice que todos fueron esparcidos excepto los apóstoles. Así que no fueron los discípulos, como Pedro, como Juan, que salieron y llevaron el Evangelio a Judea y a Samaria. No eran los líderes que uno esperaría. Fueron personas ordinarias.

De hecho, quiero que vayan a Hechos 11, en el versículo 19. Lucas, que está escribiendo el libro de Hechos, retoma esta historia que estábamos leyendo ahora. Y miren lo que dice en Hechos 11:19-21: "Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que sobrevino cuando la muerte de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando la palabra a nadie sino solo a los judíos. Pero había algunos de ellos, hombres de Chipre y de Cirene, los cuales al llegar a Antioquía hablaban también a los griegos, predicando al Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número que creyó se convirtió al Señor."

Eso que acabamos de leer es la creación, la fundación de la iglesia en Antioquía. Esa iglesia se iba a convertir en la base de operaciones para misiones que llegaran a los confines de la tierra. Esa es una de las iglesias más significativas en la historia del cristianismo.

Y les quiero preguntar algo: ¿Quién comenzó la iglesia en Antioquía? ¿Quién fundó esa iglesia? ¿Quiénes fueron los hombres y mujeres que plantaron esa iglesia? ¿Cuáles eran sus nombres? No sabemos sus nombres. Personas ordinarias sin nombre. No Pedro ni Juan. Ni el pastor Miguel, ni David Platt, ni ninguna otra persona que se suba acá en el escenario. Personas ordinarias, sin ningún entrenamiento de seminario, ninguna experiencia plantando iglesias. Solamente seguidores de Jesús con el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios, que fundaron una de las iglesias más importantes en toda la historia del cristianismo. Así es como el reino de Dios avanza: a través de personas ordinarias.

Yo les voy a presentar ahora a dos personas muy ordinarias, que yo estoy completamente seguro que ustedes sus nombres nunca los han oído. Ellos viven en un estado de la India que se llama Bihar. En ese estado hay alrededor de 100 millones de personas. Eso es un estado muy grande. Hay 45,000 pequeñas aldeas o pueblitos. Y la mayoría de estas aldeas son muy pobres. Hay millones de personas viviendo en una pobreza desesperante. Y la gran mayoría no han sido alcanzados por el Evangelio. La mayoría de las aldeas son hindúes que adoran una gran diversidad de diferentes dioses.

Pero permítanme presentarles a dos seguidores de Jesús ahí en ese estado. Uno se llama Anil y el otro es Ari. Anil trabaja como superintendente de un colegio. Y Ari cría gallinas, pollos. Ellos son seguidores de Jesús. Y algunos años atrás, realmente estaban luchando con su fe. Ellos querían tener un impacto en todas esas aldeas alrededor de ellos, pero realmente sentían que no podían hacer nada.

Hasta que un día vinieron a uno de los entrenamientos que nosotros organizamos sobre cómo hacer discípulos. Y en este entrenamiento se les motivó y recomendó a que armaran grupos de dos personas, o sea parejas, y que visitaran estas aldeas donde no había cristianos, donde no había iglesia. Y que cuando llegaran a esa aldea, la primera persona que se les acercara, ellos tenían que decirle lo siguiente: "Hola, estamos aquí en nombre de Jesús y queremos orar por tu aldea." Solo que dijeran eso y ver qué pasaba. Ellos se miraron uno al otro y dijeron: "Esto no va a funcionar."

Pero luego se dijeron: "Nada de lo que hemos hecho ha funcionado, así que vamos a probarlo". Entonces se juntaron, fueron a esta aldea donde no había ni cristianos ni iglesia, y comenzaron a caminar. Realmente nadie se les acercó. Estaban en el punto de salir del pequeño pueblo cuando una persona se les acercó y les dijo: "Hola, ¿quiénes son ustedes?" Y ellos dijeron lo que tenían que decir: "Hola, estamos aquí en nombre de Jesús y nosotros..." Y antes de poder terminar, el señor los interrumpió y les dijo: "¿Tú dijiste Jesús? Yo he oído un poquito de Jesús, ¿tú me puedes contar más?" Y ellos se miraron: "Sí, claro que sí". Le compartieron sobre Jesús y el hombre otra vez los interrumpió. Y ahí pensaron que ya todo hasta ahí llegó. Pero dijo: "No, no, yo quiero que mi familia también escuche esto. Por favor vengan a mi casa para yo juntarlos a ellos y ustedes les cuentan sobre Jesús". Ellos se miraron y dijeron: "Claro que sí".

Él fue, juntó a familiares y amigos, los sentó y les dijo: "Por favor cuéntennos sobre Jesús". Y Neil y Hari compartieron el Evangelio. Durante las próximas semanas, cerca de veinte personas aceptaron a Jesús. Esos fueron los primeros creyentes en esa aldea. Pero se pone mejor. Porque estos dos hermanos miraron a esos veinte creyentes y los discipularon. Y esos veinte creyentes salieron y comenzaron a compartir el Evangelio. Hoy en día hay iglesias en trescientas cincuenta villas en la India.

Yo he estado con Neil y Hari, he estado con ellos, dos, cara a cara. Y les dije: "¿Cómo se explican lo que ha pasado?" Y ellos dijeron: "No sé. Solo Dios pudo haberlo hecho". ¿No quieres ser parte de algo así? Un movimiento del Evangelio que no puedes decir que fue por tal o cual persona. Un movimiento del Evangelio en personas ordinarias. Así es que ha sido el Evangelio en todo el mundo.

Quiero que me acompañen a otro lugar en Asia. Es un país donde es literalmente ilegal reunirse para adorar a Dios así como estamos nosotros acá. Allá no se puede compartir el Evangelio, es ilegal. Yo fui con un grupo de personas justamente a predicar el Evangelio. Y poco después de llegar, conocí una pareja que eran los líderes de una red de iglesias. Vamos a llamarles subterráneas o escondidas. Porque la gente se reúne en secreto. Como la Iglesia no se puede reunir así públicamente, ellos se reúnen en privado, en secreto. Y corren altos riesgos.

Esta pareja sabía que yo soy pastor y me pidieron que por favor estudiara y enseñara la Biblia a algunos de los líderes de estas iglesias. Y yo les dije que sería un honor. Entonces el día siguiente, mediados de la tarde, nos reunimos. Ellos básicamente me entraron a escondidas a un lugar secreto. Una habitación muy pequeña, las ventanas bloqueadas para que nadie pudiera ver hacia adentro. Los líderes que estaban ahí, si los agarraban, era para la cárcel que iban. Entonces así comenzamos a estudiar la Biblia.

Mis expectativas eran quizá una hora más o menos de estudio. Y ocho horas después todavía estábamos a toda velocidad. Era tarde de la noche y me pidieron por favor que siguiéramos estudiando la Biblia mañana. Yo les dije: "Claro que sí, ¿a qué hora?" Dijeron: "Vamos a arrancar tempranito en la mañana". Y yo pensé que iba a ser quizá un estudio bíblico tempranito en la mañana antes de ellos tener que ir a trabajar. Pero dijeron que no, que iban a terminar tarde en la noche. Yo les dije bueno.

Al día siguiente estaba con ellos estudiando Nehemías y estaba hablando un poquito del trasfondo histórico del libro de Nehemías, y lo importante que fue la Palabra de Dios para ese pueblo de Dios. En un descanso, uno de los líderes se me acercó y me dijo: "Nunca nos habían explicado toda esa historia sobre el libro de Nehemías. ¿Pudiéramos hacer eso mismo pero para todo el Antiguo Testamento?" Y yo les dije: "Eso va a tomar mucho tiempo". Y me dijeron que no importaba, que querían conocer la Palabra de Dios. Duramos una semana y media estudiando libro por libro del Antiguo Testamento, empezando bien temprano y terminando bien tarde. Y ya habíamos cubierto el Antiguo Testamento.

Un día antes de yo tener que volver a mi país, yo realmente no recuerdo qué era lo que yo estaba enseñando tempranito en la mañana, un hombre allá en la parte trasera levantó la mano y dijo: "Yo tengo un problema". Y yo pregunté cuál era. Y él dijo: "Tú nos has enseñado todo el Antiguo Testamento, pero no nos has enseñado el Nuevo. Queremos el Nuevo Testamento hoy". Duramos doce horas estudiando desde Mateo a Apocalipsis. Ellos aman la Palabra. Ellos han dado su vida para conocerla.

Imagínense ir a un servicio de adoración. No algo así como el día completo, sino más bien un servicio de adoración bien tarde en la noche cuando todos están durmiendo. Ellos me dijeron que tenía que usar pantalones oscuros y un jacket que me cubriera la cabeza. Fui manejando a un sitio muy lejos. Yo me vestí así para que no se me viera nada. Y seguí a un hermano por un caminito y entramos a una casita muy pequeña de una sola habitación. De hecho, más pequeña que este escenario, era algo bien pequeñito. Tenían un bombillito en el medio y había sesenta creyentes ahí apretados. Ellos estaban sentados en el piso.

Imagínense eso. Las reacciones naturales de nosotros serían: "¿Qué le puedo enviar a esa gente para ayudarles? Vamos a enviarles de todas estas cosas que tenemos". Pero hermanos y hermanas, yo debo decirles que el Espíritu Santo está obrando perfectamente bien en ese país, sin ninguna de las cosas que nosotros tenemos. Ellos creen firmemente que el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios son suficientes para cumplir los propósitos de Dios. Y tienen razón. Que Dios nos ayude a recordar que el reino de Dios se esparce a través de personas ordinarias.

Entonces, vamos a empezar con personas ordinarias con un poder extraordinario. Jesús les había prometido a sus discípulos que tendrían el poder de su Espíritu. En Hechos 1:8: "Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros". Es un poder extraordinario. Y el cumplimiento de esa promesa lo vemos en Hechos 2. Pueden buscarlo.

Este es el día de Pentecostés. Si eres seguidor de Jesús, probablemente estás familiarizado con esta historia, cuando Jesús envía su Espíritu sobre su pueblo. Pero imagínense esa escena, imagínense como si eso estuviera ocurriendo aquí ahora. Leamos los primeros dos versos. Dice: "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban sentados".

Entonces imagínense eso. Imagínense que aquí en este salón de repente se escucha un sonido como vientos de huracán. Eso te va a despertar. Y luego imagínense esto. Leamos el verso 3: "Y se les aparecieron lenguas como de fuego, que repartiéndose se posaron sobre cada uno de ellos". Imagínenlo. Lenguas de fuego repartiéndose sobre cada uno de ellos. ¿Cómo se ve eso? Miren a la persona que está al lado suyo. Imagínense una lengua de fuego arriba de ellos. ¿Qué hace uno si uno ve una lengua de fuego arriba de alguien? Es una imagen real.

Y entonces leamos el verso 4: "Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba la habilidad para expresarse". Imagínense que estas personas comenzaron a hablar en todos estos idiomas diferentes. No se necesitaba traductor. Ellos hablaban las maravillas de Dios en todos estos idiomas diferentes. Cuando leas el resto del pasaje, todo el mundo estaba asombrado con lo que estaba pasando. Y eso lleva a Pedro parándose y predicando el primer verdadero sermón cristiano. Y tres mil personas se convirtieron ese día. Eso fue un día memorable.

Y aquí es que quiero motivarlos. Yo quiero recordarles que si usted es seguidor de Cristo, el mismo Espíritu que hizo eso en Hechos 2 es el mismo Espíritu que vive ahí dentro de ti. Cuando uno realmente piensa en eso, casi se cae del asiento. La historia de la Iglesia no es el Espíritu de Dios en esta persona o en aquella persona. Es el Espíritu de Dios en cada uno de los seguidores de Jesús. Ustedes tienen el Espíritu de Dios viviendo en ustedes, cada uno que es seguidor de Jesucristo.

Y si no somos cuidadosos o no nos damos cuenta, vemos a alguien aquí arriba en el escenario y decimos: "El Espíritu de Dios está con él". Lo cual es algo que yo oro, ojalá que el Espíritu de Dios esté en todo el que se pare aquí. Pero no solo el que está aquí, en toda la Iglesia. Cada creyente tiene el mismo Espíritu. El mismo que tenían Pedro, Juan, el mismo que los que se quedaron y plantaron iglesias, el mismo de los que fueron esparcidos y llevaron el Evangelio, el mismo Espíritu está en hombres y mujeres en todo este salón. Y cuando ustedes salgan de hoy y sean esparcidos por la ciudad, cada uno de ustedes está lleno del Espíritu de Dios.

Todos los que han puesto su fe en Jesús tienen ese poder extraordinario del Espíritu viviendo entre ustedes. Pero Dios lo que puede hacer es obrar a través de sus vidas cuando ustedes llevan su Espíritu adentro. A veces, cuando sentimos todas estas amenazas de la cultura alrededor de nosotros, tenemos esa impresión de que la Iglesia es débil. Pero la Iglesia no es débil. Cada miembro de la Iglesia está lleno del Espíritu de Dios.

¿Pero para qué propósito? Acuérdate de la imagen: personas ordinarias con poder extraordinario proclamando el Evangelio, proclamando la Palabra de Dios. Recuerden que eso fue lo que le dijo Jesús, que para eso era que iban a recibir el poder del Espíritu. En Hechos 1:8 lo dice así: para que me seáis testigos en Jerusalén. Tendrían ese poder extraordinario para hablar sobre Jesús.

Eso fue lo que leímos en Hechos 8. En el verso 4 del capítulo 8 dice que así que los que habían sido esparcidos iban predicando la Palabra. Fue lo que vimos en Hechos 11: dice que ellos fueron predicando la Palabra de Jesús a Antioquía. Y como ellos, los que han sido esparcidos, fueron predicando la Palabra de Jesús. Y mientras ellos predicaban, muchos creyeron.

Entonces veamos esta imagen de la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene ese poder extraordinario de predicar el Evangelio, y cuando se predica el Evangelio, Dios trae vida. Es increíble.

Cuando yo hablo del Evangelio, no quiero asumir que todos los que estamos aquí realmente saben lo que es el Evangelio. Quizás algunos de ustedes no son seguidores de Jesús, o algunos dicen ser cristianos pero realmente no creen en el Evangelio. Entonces quiero compartir un resumen del Evangelio.

Hay un Dios verdadero por encima de todo, y Él nos creó a cada uno de nosotros. Él nos sostiene a cada uno. La única razón por la que estamos aquí respirando es porque Dios nos ha dado aliento de vida. Y si Él parara de hacer eso, pues ahí mismo acabamos. Y nosotros todos hemos pecado contra Dios. Nosotros le hemos dado la espalda a sus caminos y hemos andado en nuestros caminos. Romanos 3:23 dice: "Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios." Por causa de nuestro pecado, nosotros estamos separados de Dios. Y si morimos así, separados de Dios, vamos a pasar la eternidad separados de Dios.

Pero la buena noticia es que Dios nos ama, y Dios ha habilitado una forma para nosotros ser salvos. Él ha venido a nosotros a través de Jesús. Y esto es sumamente importante. Dios no dijo: "Mira, así es que tú vienes a mí. Haz esto y aquello." No tenemos un listado de cosas que tenemos que hacer para poder llegar a Dios. Él vino a nosotros en la persona de Jesús. Jesús vivió la vida que ninguno de nosotros podíamos llevar: una vida de perfecta obediencia a Dios, sin pecado. Y aunque Él no merecía la muerte, pues no había pecado, Él escogió morir por nuestro pecado.

Y las buenas noticias mejoran aún más, porque Jesús no se quedó muerto por mucho tiempo. Tres días después, Él se levantó de la muerte, conquistó el sepulcro, para que cualquiera que le da la espalda a su pecado y confía en Jesús, que cree en Jesús como su Salvador, pueda ser perdonado de todo su pecado y llevado a una relación con Dios por toda la eternidad. Esas son las mejores noticias del mundo. Y yo los invito a que lo crean hoy. No intentes trabajar y esforzarte para llegar a Dios. Dios ha hecho lo que nosotros no podíamos hacer. Él nos buscó a nosotros. Confía en Él hoy.

Cuando tú estás en Jesús, perdonado de todo tu pecado, en relación con Dios, entonces tú quieres compartir eso con los demás. Y para eso tenemos el Espíritu de Dios en nosotros. Tenemos un poder sobrenatural para hablar lo que yo acabo de decir, para compartir el Evangelio. Y cuando lo hacemos, Dios va a traer personas desde la muerte a la vida. Dios cambiará sus vidas para toda la eternidad cuando nosotros lo hablamos a través del poder de su Espíritu.

Quiero contarles otra historia de unos hombres que estaban en el sureste de Asia. Estos creyentes fueron a una aldea donde ni siquiera habían oído hablar de Jesús. En este lugar ellos adoraban a todos los diferentes dioses y espíritus. Era una aldea donde las personas que estaban ahí adoraban todo tipo de espíritus y dioses. Tenían estatuas en sus hogares para adorarlas y alejar espíritus malos. Ellos usaban collares y brazaletes para tratar de ahuyentar espíritus malos. Ellos constantemente temían de estos espíritus y dioses.

Y estos creyentes fueron a compartir el Evangelio. Y las personas se dieron cuenta de que, si lo que les estaban diciendo era la verdad, entonces no necesitaban estar adorando estos ídolos. No tenían que usar estos collares ni estos brazaletes. Entonces ellos empezaron a quitar esas cosas, empezaron a tomar sus ídolos, y los juntaron todos en el medio de la aldea, y la idea era quemarlos todos.

Pero un día los creyentes llegaron a la aldea y las personas estaban llevándose las cosas de esta pila de estatuas. Se estaban poniendo de nuevo sus collares, y los ídolos y las estatuas estaban colgando de nuevo. Y ellos les preguntaron: "¿Por qué están haciendo esto?" Y ellos les dijeron que el líder de la aldea había muerto. Y ellos sentían que la razón por la que él murió era justamente por estas enseñanzas que ellos estaban aceptando.

Y eso la verdad que les desanimó mucho a ellos. Ellos se fueron a un lado y comenzaron a orar: "Dios, no entendemos. Tú amas a esta gente. Ellos estaban tan cercanos de aceptarte. ¿Por qué esto pasa ahora? Por favor, Señor, sálvalos."

Y después de un buen tiempo orando, ellos decidieron que lo correcto era ir al lugar de ese líder y dar su pésame a su familia. En esa aldea tienen el hábito, la costumbre, de que cuando una persona muere dejan el cuerpo ahí en la casa durante algunos días y luego lo entierran. Entonces ellos fueron a este hogar, estaba lleno de personas de luto, llorando. Ellos entraron, buscaron a la esposa del que murió, y le dijeron que lamentaban que esto haya pasado. Hablaron con ellos un momentito y se acercaron al cuerpo del líder. Y comenzaron a orar en silencio: "Señor, por favor permite que estas personas conozcan tu amor, tu poder para salvar."

Y ellos cuentan que mientras ellos estaban orando, el líder, el que estaba muerto, tosió. Y todos se pusieron silenciosos. Y él tosió de nuevo. Y las personas estaban tratando de ver lo que estaba pasando. Y él se sentó. Y todos estaban viendo a los creyentes. Y les preguntaron: "¿Qué fue lo que le hicieron?" Y ellos decidieron que no había mejor momento para compartir el Evangelio. Y ellos compartieron el Evangelio. Y en los días que siguieron, la gran mayoría de la aldea confió en Jesús.

Yo me acuerdo de cuando oí esta historia. ¿Qué pensarán? Quizás realmente no estaba muerto. Yo no sé. Yo no estaba ahí. Yo sí sé que en ese tipo de aldea ellos saben reconocer cuando alguien está muerto; están muy familiarizados con eso. Pero yo tengo un amigo que él lo pone de esta forma, y me parece muy bueno. Él dice: "Inclusive si él no estaba muerto, Dios como que escogió un momento muy oportuno para que él tosiera." Y yo creo que él tiene un buen punto ahí.

Yo no sé exactamente. Pero yo sí sé que adoramos al Rey que venció la muerte. Adoramos a un Rey que puede traer a los muertos a la vida. La pregunta es si nosotros creemos que cuando hablamos ese Evangelio, la persona va de una muerte espiritual a una vida espiritual. Y si es así, pues no nos mantengamos callados. Hablemos el Evangelio toda la semana. Hablemos el Evangelio por todo este país. Y hablemos este Evangelio hasta los confines de la tierra.

¿Cuál es la próxima parte de esta imagen? Personas ordinarias con poder extraordinario esparciendo el Evangelio hasta los confines de la tierra. Eso fue lo que dijo Jesús en Hechos 1:8. Y eso es lo que vemos que está pasando aquí.

Yo quiero que veamos esta imagen de la Iglesia en Antioquía, la iglesia que fue plantada en Hechos 11 por los creyentes que fueron esparcidos en Hechos 8. Leamos ahora lo que pasa en Hechos 13:1-4:

"En la iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simón llamado Níger, Lucio de Cirene, Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca, y Saulo. Mientras ministraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: 'Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.' Entonces, después de ayunar, orar y haber impuesto las manos sobre ellos, los enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí se embarcaron para Chipre."

Eso que acabamos de leer fue un servicio de adoración que cambió el mundo. Ellos estaban adorando así como estamos nosotros hoy. El Espíritu dijo: "Yo estoy eligiendo a algunos de ustedes." No todos, no era toda la iglesia que se iba a ir, pero específicamente Saulo y Bernabé. El Espíritu dijo: "Yo estoy llamando a algunos de ustedes para lugares y personas que no conocen aún el nombre de Jesús."

Yo no sé si a ustedes les sucede, pero si Saulo y Bernabé estuviesen en mi iglesia, a mí como que me hubiera gustado que ellos se quedaran. Eran líderes excepcionales. Pero la imagen que vemos aquí es del Espíritu enviando personas de la iglesia para llevar el Evangelio donde no ha llegado. La iglesia oró por ellos, los envió, y un movimiento de misiones nació. Pasaron trescientos años, y ese movimiento crecería hasta alcanzar treinta millones de personas. No subestimen lo que Dios y el poder de Su Espíritu puede hacer en esta iglesia, con personas que se han rendido y están dispuestas a ir donde Dios los lleve.

Cada seguidor de Jesús debe reconocer que su vida pertenece a Dios para Él usarla, para llevar Su gloria hasta los confines de la tierra. Y algunos se quedarán aquí mismo en Santo Domingo, esparciendo el Evangelio para Su gloria aquí mismo. Pero a otros, el Espíritu de Dios los está guiando a ir a otros lugares del país para llevar el Evangelio y Su gloria. Y a otros Dios los está llamando a salir del país para llevar el Evangelio al lugar donde no ha llegado.

Me voy a ir a un lugar donde yo estuve hace unos meses atrás. Estábamos alto en las montañas del Himalaya, en pueblos remotos, y yo caminaba por estos caminos, senderos. Me cruzaba con personas y conversaba con ellos. Yo les preguntaba si habían escuchado sobre Jesús, y ¿saben lo que respondían? "¿Quién es ese?" Es como que yo les hablaba de alguna persona que vivía en un pueblo cercano y no lo habían conocido. Ellos nunca habían escuchado el nombre de Jesús. Y hay estimados de dos billones de personas así en todo el mundo, que ahora mismo tienen ninguno o muy poco conocimiento sobre quién fue Jesús y lo que Él hizo. No es que lo han escuchado y lo han rechazado. Es que ni siquiera lo han escuchado.

Y Dios con Su Espíritu está llamando a hombres y mujeres de esta iglesia para ir y contárselo. Algunos de ustedes están llamados a dejar las comodidades de donde viven para llevar el Evangelio a donde no ha llegado. Porque piensen en esto: estamos hablando de personas que han pecado contra Dios, están separados de Él, y si mueren en ese estado, van a pasar la eternidad separados de Dios. La única forma en que sus pecados van a ser perdonados es a través de la fe en Jesús, y no pueden poner su fe en Jesús si no han escuchado de Jesús. Por eso en Romanos dice: ¿Cómo van a creer si no han escuchado? Y ¿cómo pueden escuchar si nadie ha venido y les ha predicado el Evangelio?

Hay una escena. Imagínense lo siguiente. En el Himalaya hay un río que los hindúes entienden que es sagrado. Y yo recuerdo la primera vez que yo fui a ese río. La verdad que nadie me había preparado para lo que yo iba a ver. Yo di la vuelta en un caminito y veo el río. Y veo humo que está subiendo del río. Y me fijo bien y definitivamente hay algo ahí quemándose, que es lo que está generando el humo. Y alguien me explicó lo que era que yo estaba viendo. Es que dentro de las veinticuatro horas de que un amigo o un familiar ha muerto, ellos llevan a ese río el cuerpo, lo colocan sobre una pira de madera, lo prenden en fuego, y las cenizas caen en el río. Y la creencia de ellos es que eso ayuda en el proceso de reencarnación.

Imagínense yo viendo esta escena. Hace un mes de esto. Yo estoy viendo estos cuerpos humanos y me doy cuenta de que, basado en lo que enseña la Biblia, yo estoy viendo una imagen física de una realidad espiritual. Estas personas que murieron en pecado separados de Dios, su cuerpo ahí quemándose, y ellos están en el infierno separados de Dios para siempre, sin fin. Y si eso no es lo suficientemente pesado, me doy cuenta que la gran mayoría de ellos, que hace apenas veinticuatro horas estaban vivos, ellos están en el infierno y ellos ni siquiera tuvieron una persona que les dijera cómo podían llegar al cielo.

Nosotros no podemos tolerar algo así. Cuando nosotros tenemos la más grande noticia del mundo, nosotros tenemos que entregar nuestra vida y decirle a Dios: "Úsame como Tú quieras para que Tus noticias sean conocidas." Dios nos ha tratado con mucha gracia en esta iglesia. Hay una gracia del Evangelio presente, pero no lo hizo nada más por el bien de ustedes. Él lo hizo por el bien de las naciones, por el bien de personas que necesitan escuchar el Evangelio aquí mismo en la República Dominicana y bien lejos de la República Dominicana. Que Dios utilice esta iglesia con personas ordinarias, con poder extraordinario, proclamando el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Y aquí viene la última parte. Para mí sería muy fácil dejarlo ahí, pero eso no es lo que nos muestra el texto. No podemos dejar aparte la última parte. Personas ordinarias, poder extraordinario, proclamando el Evangelio hasta los confines de la tierra, sin importar el costo. Hay una razón por la cual nosotros comenzamos leyendo Hechos 7:54. Todo esto comenzó con el apedreamiento de Esteban. Él dio su vida por proclamar el Evangelio, y como resultado de su muerte, el Evangelio comenzó a esparcirse desde Jerusalén. Es muy importante la diferencia: no fue a pesar de la muerte, fue debido a su muerte. Dios ordenó el sufrimiento de Esteban para permitir esparcir el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Y eso no debería sorprendernos. Es el Evangelio. Dios ordenó el sufrimiento de Su Hijo para nuestra salvación. Y si leen el libro de Hechos, se van a dar cuenta que el Evangelio se esparce a través del sufrimiento. Y cuando lo pensamos, tiene sentido. Proclamar el Evangelio siempre va a ser resistido por el mundo. Nunca va a ser fácil compartir el Evangelio. Hay una razón por la cual esos dos billones de personas nunca han escuchado el Evangelio. Es difícil llevar el Evangelio a algunos lugares. Es difícil y hasta peligroso. En muchas partes del Medio Oriente, en Asia, hay lugares como en el norte de África, lugares que literalmente resisten el Evangelio. No es fácil llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Y por eso es que debemos ser muy cuidadosos de no crear un cristianismo enfocado en nuestra comodidad. Un cristianismo que se siente bien adorando a Jesús los domingos y luego pasar el resto de la semana enfocado en las comodidades, los placeres de este mundo. Dios te ha creado para mucho más. Nos ha llamado a morir a nosotros mismos, a morir a esas posesiones y placeres, y vivir para un mundo diferente, vivir para un propósito mayor, vivir no para lo que va a importar dentro de un año, sino dentro de diez billones de años.

Una iglesia en misión está consciente de que avanzar el Evangelio tiene un costo, pero la iglesia en misión está consciente de que vale la pena. Él vale la pena. Ver a una persona muerta recobrar la vida, ver el gozo, la paz del Señor esparcirse en vidas, familias, aldeas, comunidades y ciudades aquí y en todo el mundo. No hay nada mayor que eso. Y a eso es que Dios nos ha llamado.

Así que vamos a esto. Entreguemos nuestra vida donde vivamos y donde el Señor nos lleve, hasta el día donde le podamos ver Su cara. Y ahí es que nos lleva toda la historia. Lo cantamos al inicio. Apocalipsis 5:7, una multitud que nadie puede contar, de toda nación, tribu y pueblo, van a estar reunidos ante el trono de Dios cantando alabanzas a Jesús por la salvación que ha traído. Vivan por eso. Entreguen su vida por eso, no solo individualmente, sino como iglesia, hasta el día que con todos nuestros idiomas diferentes vamos a cantar una canción: ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios!

David Platt

David Platt