Integridad y Sabiduria
Sermones

Los impedimentos para la vida eterna

Miguel Núñez 26 enero, 2014

La vida eterna no se obtiene haciendo algo, sino renunciando a todo lo que compite con Cristo. Esa es la lección que emerge del encuentro entre Jesús y un joven rico que vino corriendo, se arrodilló en público y preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. Su pregunta ya revelaba el problema: pensaba que la salvación era algo que podía ganarse. Jesús le respondió primero recordándole que solo Dios es bueno, y luego le mencionó los mandamientos más aparentemente fáciles de cumplir. El joven afirmó haberlos guardado desde su juventud, y entonces Jesús fue a la yugular: "Ve y vende cuanto tienes, da a los pobres, y ven, sígueme." Con esas palabras tocó el primer mandamiento, el que prohíbe tener otros dioses. El joven se fue triste porque tenía muchos bienes. Su ídolo quedó expuesto.

Marcos registra algo sorprendente: antes de confrontarlo, Jesús lo miró y lo amó. Amó a quien estaba a punto de rechazarlo. Hay mucha gente dispuesta a abrazar a Jesús sin soltar sus ídolos anteriores, y eso produce una falsa salvación. El moralismo —la creencia de que somos fundamentalmente buenos y nuestras obras pesarán a nuestro favor— es uno de los grandes impedimentos para la vida eterna. El dinero es otro, no porque las riquezas sean condenatorias en sí mismas, sino porque tienen un poder seductor, embriagador y engañador que nos hace sentir seguros, importantes y autosuficientes.

Jesús también prometió que quien deje casa, familia o tierras por causa de él y del evangelio recibirá cien veces más en esta vida —casas, hermanos, madres— junto con persecuciones, y en el siglo venidero, la vida eterna. El pastor Núñez reflexiona que muchas veces no vemos como bendiciones aquello que Dios pone a nuestra disposición a través de otros, porque estamos acostumbrados a considerar bendición solo lo que poseemos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Quiero invitarlos a abrir el libro de Marcos en el capítulo 10 para continuar hoy con nuestra serie. Vamos a hablar un poco acerca de los impedimentos de la vida eterna a partir del texto que tenemos por delante. Y quizás, si usted es creyente, ya pueda pensar que un texto que va a hablar de la vida eterna no tiene nada que decirle a usted, que ya pasó a la vida eterna, y sin embargo Dios puede sorprendernos de más de una manera. De tal forma que es mi oración que me sorprenda a mí, que quizás lo pueda sorprender a usted también.

Vamos a estar leyendo a partir del versículo 17 hasta el 31. Cuando salía para seguir su camino, dice Marcos, vino uno corriendo y, arrodillándose delante de él, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo uno: Dios. Tú sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre." Y él le dijo: "Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud." Entonces, mirándolo, Jesús lo amó, y le dijo: "Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme." Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste porque era dueño de muchos bienes.

Jesús, mirando en derredor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!" Y los discípulos se asombraron de sus palabras. Pero Jesús, respondiendo de nuevo, les dijo: "¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios." Ellos se asombraron aún más, diciendo entre sí: "¿Y quién podrá salvarse?" Mirándolos, Jesús dijo: "Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios."

Entonces Pedro comenzó a decirle: "He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." Jesús dijo: "En verdad os digo: no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras, por causa de mí y por causa del Evangelio, que no reciba cien veces más, ahora en este tiempo, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros."

El nombre es chocante, veinte siglos atrás y hoy por igual. Recuerden que Jesús acababa de salir de Galilea camino a Jerusalén; este es su último trayecto hacia la cruz. Pasó por Perea, la provincia gobernada por Herodes, donde fue interceptado por unos fariseos que le preguntaron acerca de si era lícito o no divorciarse de la mujer por cualquier causa. Él tuvo ese intercambio, del cual hablamos hace un par de semanas. Y en el interín, hay unos niños que se acercan a él, de los cuales nos hablan los versículos inmediatamente anteriores a este texto.

Los discípulos tratan de impedir el acercamiento de los niños a Jesús, y Marcos nos dice que Jesús se indignó. De tal forma que asumimos que la actitud con la que los discípulos reprendieron a los niños dejó mucho que desear, pues Jesús incluso se indigna y les pide que les permitan a los niños venir a él: "No se los impidáis, porque de los que son como estos es el reino de Dios. En verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él."

Jesús usa la inocencia, la apertura, la humildad y la dependencia de los niños hacia los adultos para ilustrar de qué manera nosotros debiéramos buscar y acercarnos al reino de los cielos. Y ese incidente y este otro del cual yo acabo de leer no están ahí en conexión por accidente, porque Jesús ahora es abordado por un hombre que le está preguntando cómo heredar la vida eterna, e inmediatamente antes él nos ha recordado que la vida eterna es algo que yo necesito buscar con la actitud que los niños tienen: una actitud de apertura, de humildad, de no autosuficiencia.

Entonces él toma a esos niños en sus brazos, los bendice, continúa su camino, y al continuar su caminar, se encuentra con este hombre que viene y lo intercepta. Pero quería pausar un momento para ver rápidamente algo extraordinario de la personalidad de Jesús y de su magnetismo. Los niños se acercaron, los leprosos por igual, las prostitutas vinieron a él, los fariseos se acercaron, los pobres siempre le buscaron, y los ricos también, como Zaqueo y como este joven de la historia, del cual Mateo nos dice que era un hombre joven y rico.

Y la pregunta es: ¿qué era lo que su personalidad tenía, transmitía y radiaba que lo hacía tan magnético? ¿Qué es lo que él tenía que quizás nosotros no tenemos? ¿Qué es lo que quizá Dios puede cultivar en nosotros en la medida que nos acercamos a su imagen, para que personas de ese tipo también puedan acercarse a nosotros buscando precisamente la respuesta a la vida eterna?

Yo me imagino que hay diferentes cosas que pudiéramos decir acerca del magnetismo de la personalidad de Jesús, pero creo que, entre otras cosas, es que Jesús no intimidaba a la gente con su apariencia, con su porte, con su semblante. Y yo creo que muchas veces la gente no se nos acerca porque, de una u otra manera, nosotros lucimos intimidantes para ellos. Esa puede ser una razón. Posiblemente otra es que, como no lucía intimidante, nadie recibió la impresión de que, si me acerco, quizás sea rechazado, quizá no le caiga bien.

Y yo creo que a veces ahí está esa sensación, incluso lejana, de que esta persona quizás me genera un cierto sentimiento de rechazo o de temor cuando la veo o cuando trato de acercarme. O quizás me acerco, pero no encuentro interés en él o en ella hacia mí. O me acerco, encuentro un interés, pero descubro que es un interés que se esfuma rápidamente cuando yo no lleno sus expectativas, de manera que ese interés resulta efímero. O quizás me acerco porque su personalidad es magnética, pero luego descubro al acercarme que el carácter y la personalidad no se corresponden. Pero Jesús recibía a la gente, los interceptaba o se dejaba interceptar exactamente donde ellos estaban, los recibía en ese plano, interactuaba con ellos a su nivel y trabajaba con ellos a su nivel.

Aquí vienen los niños, vienen abiertos, él los recibe, los carga, los bendice. Pero cuando termina de bendecirlos, viene un hombre que Marcos identifica simplemente como "uno", Lucas dice que era un hombre prominente, y Mateo dice que era un hombre joven y rico. De manera que ahora tienes a un joven rico y prominente que, dice el texto que leí, vino corriendo a Jesús —ahí está su magnetismo otra vez— y le está preguntando acerca de algo de lo cual él acaba de hablar con los niños, que tiene que ver con el reino de los cielos y cómo entrar en él.

Este joven se tira de rodillas, dice Marcos, lo cual es algo extraño. En el contexto hebreo, tú no te arrodillas delante de cualquier persona; usualmente era una posición reservada quizás para Dios. De hecho, en el libro de Apocalipsis, Juan se arrodilla delante de un ángel que se le aparece para darle revelación, y el ángel lo manda a parar y le dice: "No, no, no, adora a Dios solamente." Ellos tenían esa idea de que era algo relacionado con Dios lo que merecía el estar de rodillas. Pero este hombre viene en público, a pesar de su juventud, a pesar de su riqueza, a pesar de su prominencia, se arrodilla en público y comienza a interactuar con Jesús.

No sabemos qué lo hizo venir corriendo, no sabemos qué lo hizo arrodillarse, pero quizás fue una crisis, porque no hay nada como las crisis para doblar las rodillas. Muchas veces nosotros pudiéramos pasar semanas o meses sin física o espiritualmente doblar nuestras rodillas delante de Dios, hasta que una crisis nos viene encima y de repente nadie nos puede quitar de las rodillas. Y este hombre viene corriendo; yo creo que el mismo hecho de venir corriendo implica que le urge algo. Me imagino a alguien que viene rápido y de repente se arrodilla y le dice: "Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar, para obtener la vida eterna?"

Yo no creo que cuando él le llamó "maestro bueno" era una lisonja; yo creo que él ciertamente había reconocido algo en Jesús, y por eso está de rodillas delante de él. De manera que primero lo saluda y luego le pregunta: "Maestro bueno, ¿qué haré?" La pregunta revela un entendimiento que este hombre tenía acerca de cómo obtener la vida eterna: él piensa que es algo que tú tienes que hacer. "No estoy seguro si la tengo, pero yo la quiero; dime qué es lo que necesito hacer." Es algo que se gana.

Jesús comienza a hablar con él a través de preguntas, tratando de penetrar la cosmovisión de este hombre y de crear pequeños agujeros en la manera como él piensa, para llevarlo a donde Jesús quiere que él llegue. Jesús le dice: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo uno: Dios." Descubrimiento número uno para este hombre: no hay nadie bueno. Eso es exactamente lo que el apóstol Pablo revela también en Romanos 3, a partir del versículo 10: "No hay nadie justo, no hay ni siquiera uno; no hay nadie bueno, no hay ni siquiera nadie que haga lo bueno; todos se han desviado", citando al profeta Isaías.

Si Cristo le está diciendo ahora: "¿Entiendes que solo Dios es bueno?", con esto Jesús no estaba diciendo que él no era bueno. Él estaba tratando de ayudar a este hombre a entender que si solamente Dios es bueno y tú me llamas bueno, tú tienes que acercarte a mí como Dios. Y si no me vas a reconocer como Dios, entonces no me llames bueno, porque nadie es bueno. Tú estás descubriendo algo ahora que tú no conocías.

Jesús está preparando el terreno para llevar a este hombre al descubrimiento de que la vida eterna no es algo que yo puedo ganarme a través de algo que yo haga, porque nadie es tan bueno como para hacer obras tan meritorias que me merezcan la vida eterna. Pero como el buen maestro insuperable que Jesús es, él sigue creando estos agujeros en la cosmovisión de este hombre y le dice: "¿Sabes qué? Tú conoces los mandamientos: no mates —mandamiento número seis—, no cometas adulterio —mandamiento número siete— (los números los estoy agregando yo para ilustrar lo que Cristo estaba haciendo), no hurtes —mandamiento número ocho—, no des falso testimonio, no defraudes —mandamiento número nueve—, honra a tu padre y a tu madre —mandamiento número cinco—." De manera que Jesús le está poniendo delante la segunda parte de la ley de Dios, y siendo bueno, cumple la ley. En realidad, en cierta medida, Cristo le pone primero los mandamientos más fáciles de cumplir, hasta que tú descubres las implicaciones de esos mandamientos y entonces te percatas de que tampoco son tan fáciles de cumplir.

Por ejemplo, Cristo dice "no mates" —mandamiento seis—, pero ya él había revelado en el Sermón del Monte que si alguna vez tú habías llegado a odiar a tu hermano, ya eras culpable de asesinato. ¿Alguna vez te ha pasado eso? Mandamiento número seis, violado. Cristo dice "no cometas adulterio", pero luego nos enseña que si tú miras a una mujer lujuriosamente ya cometiste adulterio. Si alguna vez has visto algo pornográfico, ya cometiste adulterio si estás casado. "No hurtes", pero si tú miras bien lo que Dios revela, descubrirás que si yo no pago al trabajador lo que él merece, me estoy quedando con una parte de su salario; eso es considerado robo y viola el mandamiento número ocho. De tal forma que cuando nosotros pagamos en nuestro país los salarios que son legales y no los salarios que son morales, yo me estoy quedando con parte de sus salarios ante los ojos de Dios, y soy culpable del mandamiento número ocho.

Si hay algo que los reformadores entendieron a la luz del estudio de la Palabra, y que Cristo revela en el Sermón del Monte, es cuán amplias son las implicaciones de cada mandamiento de la ley. El espíritu de la ley es enorme comparado con la letra de la ley, y ahora Cristo está ayudándonos a entender el espíritu de la ley. "No des falso testimonio" —ahí se quemó la raza humana entera—. Pero este hombre cree que ha cumplido con estos mandamientos y, de hecho, él cree que los ha cumplido desde la juventud: "Maestro" —versículo veinte—, "todo esto lo he guardado desde mi juventud."

Nota que Jesús no le dice: "Mira, mentiroso", ni tampoco le dice: "Mira, aun si lo hubieses guardado desde tu juventud, acabas de romperlo ahora porque has mentido." No, eso no se lo dice. Jesús continúa interactuando con él, pero lo que esta entrevista, por así decirlo, está revelando es algo que está en lo propio del corazón del hombre. Mucha gente está confiando en un moralismo para entrar al reino de los cielos.

Si mueres hoy, ¿sabes para dónde vas? Yo he estado en esa situación múltiples veces. Estuve ahora en Estados Unidos otra vez y, sin pestañear, la gente te dice con frecuencia: "No, pero yo voy al reino de los cielos." ¿Cómo piensas entrar? "Bueno, yo no robo, yo no mato, no le hago mal a nadie." Imagínate ahora que yo soy Dios y yo te digo: "Tú estás fuera del reino de los cielos." ¿Qué me dirías? O imagínate que yo soy tu amigo y necesito saber cómo entrar: "Explícame cómo entro." Para esto, ahora se me pone difícil explicarlo, porque si tú piensas entrar al reino de los cielos de cierta manera, explícame cómo yo puedo llegar de la misma manera que tú piensas entrar. Y frecuentemente están confiando en el cumplimiento de la ley.

La realidad es que todos nosotros nos creemos mejores de lo que somos, y si usted no está de acuerdo, ahí está la evidencia. La realidad es que nosotros somos peores de lo que nos creemos. De hecho, somos peores de lo que el otro piensa que soy yo, porque nosotros solamente dejamos ver el lado bueno, lo que puede ser visible; lo que nosotros sabemos que no se puede ver, no lo mostramos. Pero mucha gente está confiando en ese moralismo, y necesitan entender que hay una diferencia entre moralidad y moralismo.

Yo creo que lo mencioné unos miércoles atrás: el moralismo es lo que nos crea el problema. Usted y yo quisiéramos una televisión con programación de mayor moralidad, y quisiéramos una sociedad de mayor moralidad. Y usted debiera ser una persona de moralidad. El problema es el moralismo, que es el que me crea el problema. El ser pragmático no es malo, porque es algo que funciona y es algo eficiente; pero el pragmatismo como filosofía de vida es un problema. De la misma manera, el moralismo como filosofía de vida es lo que crea el problema. Es la corriente filosófica que piensa que el hombre es fundamentalmente bueno y, como es fundamentalmente bueno, si creen en un Dios, piensan que ese Dios, cuando él llegue a su presencia, en una balanza va a poner las obras buenas y las obras malas, y que como ese hombre es fundamentalmente bueno, las obras buenas siempre van a pesar más que las obras malas. El problema es que cuando él llegue delante de ese Dios y le comiencen a poner las obras malas, del lado donde van las obras buenas no aparece nada. Pero este hombre piensa que él ha cumplido.

Ahora, estando él tan errado como estaba, y sabiendo Jesús lo que iba a pasar al final de la conversación —donde él se iba a ir triste, dándole la espalda—, a mí me sorprende. He leído este pasaje múltiples veces y siempre me ha sorprendido. Me sorprendió esta semana, me sorprendió en el primer culto, y volvió a sorprenderme ahora: la frase de Jesús en el versículo veintiuno. Jesús mirándolo —él está de rodillas, Jesús mirándolo— lo amó. ¡Wow! Amó a quien está a punto de rechazarle y abandonarle.

¡Cuánto diferente a como nosotros amamos! Nosotros tendemos a amar a quienes nos aman. Nosotros tendemos a amar a quienes les caemos bien y nos lo dicen, con pocas o con otras palabras, que les caemos bien. Nosotros tendemos a alejarnos de aquellos que creemos que nos rechazan. Jesús se queda en el mismo lugar, los ama, ellos le rechazan, y él sigue en el mismo lugar. Hay un modelo, hay un modelo a seguir, hay un modelo a imitar.

Jesús le amó, y yo creo que como le amó, sintió el dolor de lo que este hombre estaba a punto de perder. Luis lo ilustra muy bien, y creo que en alguna ocasión yo he usado esta ilustración aquí, pero Luis dice que si mi esposa se va y me deja, a mí me duele porque yo acabo de perder algo. Pero si yo dejo a Dios, a Dios le duele, no porque Él haya perdido algo, sino porque yo perdí algo. Y yo creo que Jesús está sintiendo amor y quizás dolor por este hombre, por lo que está a punto de perder.

Este hombre, bien pensando que ha cumplido con la ley —y yo no creo que esté siendo hipócrita, yo creo que está siendo sincero; está sinceramente equivocado, pero él no es un hipócrita—, en mi opinión estaba tan convencido como lo estaba Pablo cuando pensó que en cuanto a la ley él era irreprensible. Y ciertamente, de la manera como los hombres se miden frente a la ley, Pablo era irreprensible. Pero luego él mismo da testimonio de que cuando finalmente pudo verse delante de la ley como Dios nos ve delante de la ley, se dio cuenta de que estaba muerto y que era altamente condenable.

Escucha lo que Pablo escribe en Romanos 7:11: "Porque el pecado —¿cuál pecado? el pecado en mí—, aprovechándose del mandamiento —¿cuál mandamiento? la ley de Dios—, me engañó, y por medio de él —por medio del mandamiento— el pecado me mató." ¿Qué está diciendo Pablo? "Yo creía que era irreprensible frente a la ley, debido al pecado que moraba en mí. El pecado eventualmente se encontró con la ley tal como verdaderamente es, y yo terminé muerto cuando descubrí que el pecado me había engañado, que yo no tenía vida y que tampoco era irreprensible." El problema no estaba en la ley. Escucha lo que Pablo dice en el versículo siguiente, Romanos 7:12: "Así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno." La ley es santa, es justa y es buena; es el pecado que estaba en mí el que terminó matándome, hasta que yo llegué a la realidad de lo que era. Pablo está dando testimonio de eso.

Este hombre piensa que ha cumplido con los mandamientos cinco, seis, siete, ocho y nueve. No es uno que le guste discutir, de manera que Jesús siguió la conversación, y lo que hace es tomar a este hombre y, en buen dominicano, tirarlo para lo hondo ahora. Él dice: "¿Ok? No voy a discutir contigo, pero te falta una cosa: ve y vende cuanto tienes, da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme." Jesús se acaba de ir a la yugular, porque lo que ha hecho, en otras palabras, es irse al mandamiento número uno, que dice: "No tendrás otros dioses delante de mí", y está haciendo que este hombre tenga que lidiar con su Dios y con su violación del mandamiento número uno, sin tener que hablar de los otros. Si tú quieres la vida eterna, deshazte del dios ajeno y falso que tienes, y sígueme. En ese orden: deshazte de él, y luego sígueme.

Yo reflexionaba esta semana y realmente no sé si lo descubrí, porque creo que en algún momento quizás lo vi, pero como que me hizo más claro ahora: hay mucha gente que realmente está dispuesta, o ya lo hizo, a abrazar a Jesús en una oferta de salvación, pero nunca sin desabrazar sus ídolos anteriores. Y lo que ocurre cuando eso pasa es que yo tengo una falsa salvación. Es como que este hombre le dijese: "Jesús, no, yo no lo voy a vender, pero te voy a seguir." Y Jesús está diciendo: "No, ya lo ordené: ve y vende, y luego sígueme. Deja de adorarlo y ven, adórame." Esta sería la evidencia.

Mucha gente está dispuesta a abrazar a Jesús si no pierde nada. Y es la razón por la que muchas veces en el evangelismo de hoy en día hemos escuchado tantas veces a algunos decir: "Es que no tienes que cambiar tanto", y a otros decir: "Yo no tengo que cambiar tanto", no porque lo que me han presentado sea que yo pierda nada, sino que yo gane. Cantamos anteriormente "En la gloria de la Cruz", y dice "dejar mi vida atrás". ¿Qué significa todo eso? Dejar mi vida atrás implica pérdidas. Y esto es lo que este hombre está descubriendo.

Pero el descubrimiento número dos es que por el cumplimiento de la ley nadie es salvo. La razón es que Dios requiere santidad perfecta que nadie tiene, y demanda obediencia absoluta que nadie vive. Y es la razón por la que tú y yo necesitamos la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, porque Él vino y murió sin pecado, y Él vivió en obediencia y sumisión absolutas. Y ahora, a través del Evangelio —por eso Cristo dice: "No hay nadie que haya dejado esto y esto por causa de mí y del Evangelio"—, a través del Evangelio tú puedes encontrar el camino a la entrada de la vida eterna.

El Evangelio es el documento que me envía a la vida eterna, y si puedes seguir con la ilustración, la ley es el documento que me envía a la condenación. Pero no porque la ley sea mala; la ley es buena, es santa, la ley es perfecta. De hecho, la ley es el reflejo del carácter moralmente perfecto de Dios. La ley, como decían los reformadores, es lo que me muestra aquello que complace a Dios: complace a Dios que yo no tenga ningún otro Dios delante de Él, complace a Dios que yo no mienta, complace a Dios que yo no cometa adulterio, complace a Dios que yo no robe. La ley nos muestra una y otra vez lo que complace a Dios.

La dificultad no está en la ley; la dificultad está en el hecho de que yo crea que pueda cumplir la ley para obtener salvación. Para esto, Romanos 3:20 le dice: "Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él, pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado." Me enseña mi pecado, me enseña la imposibilidad de cumplirlo, y al hacer eso me sirve de ayo, de nodriza: me toma de la mano, me lleva a Cristo y me dice: "Tú necesitas a quien pueda cumplir la ley." ¿Y quién da la vida eterna? Pero este hombre no quería deshacerse de nada; quería agregar algo a su vida, pero no deshacerse de nada.

Quizás haya algunos así aquí. Quizás el ídolo no sean bienes materiales, pero quizás sea el trabajo. Y una forma como yo descubro eso es cuando la manera en que me relaciono con mi trabajo, como pienso de él, no es muy distinta hoy a cuando yo estaba fuera de los caminos del Señor. Yo trabajaba de una manera, pensaba de una manera, me relacionaba con mi trabajo de una manera, y ahora, dentro de los caminos del Señor, me sigo relacionando al mismo trabajo de la misma forma. Cristo no cambió nada de mi relación con el trabajo. O quizás para otros es un placer, como el alcohol o el sexo; o para otros quizás es una relación prohibida; o para otros es el dinero, o el poder, o la fama, o todos los anteriores.

Ciertamente Jesús no le dijo a ningún otro que vendiera sus bienes, pero a veces la manera tan rápida como decimos "No, no, pero es que a Él no le dijo a ningún otro que vendiera los bienes" es una evidencia de que yo también tengo un problema con lo que se reveló ese día. Cuando Jesús mencionó los mandamientos, Él comenzó con aquellos que pudieran parecer más fáciles, pero luego le puso el dedo en la llaga: le puso el dedo en su dios. Y cuando le puso el dedo en su dios, inmediatamente se reveló el corazón de este hombre.

Escucha la revelación de la condición de su corazón: la posición de rodillas no lo reveló, el saludo de "Maestro bueno" no lo reveló, la afirmación de que había cumplido todos esos mandamientos no reveló la condición de su corazón. Pero cuando Jesús le puso el dedo en la llaga, el corazón salió a relucir. "Él se afligió por estas palabras, y se fue triste porque era dueño de muchos bienes." El hombre se fue triste. Yo creo que es la única persona que vino a Jesús y se fue peor de lo que vino, porque él vino con esperanza y se fue sin ella. Vino con una pregunta —y tengo que volver a revisar esto, pero no creo que nadie más en los Evangelios le haya hecho esa pregunta tan directa: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?"— y se fue, no simplemente porque tenía bienes, sino porque tenía muchos bienes. Ambas cosas.

Eso ilustra algo similar que le pasó a John Wesley. Alguien que tenía una finca enorme en la época de John Wesley se montó a caballo con él y comenzaron a recorrer su finca. Al terminar el día no habían visto ni la mitad de la finca, y el hombre se sienta y le dice: "Bueno, pastor Wesley, ¿qué piensa usted?" Y Wesley le dice: "Bueno, que tú vas a tener mucho problema deshaciéndote de todo esto." Y quizás nosotros pensamos que ese es su problema, sobre todo si alguien dice: "Bueno, eso es para el hombre rico que no había nacido de nuevo, pero yo sí nací de nuevo, así que ese no es mi problema."

Y sin embargo, muchas veces se pone de manifiesto la condición de nuestro corazón cuando alguien nos pide que le demos. Lo que yo siento cuando alguien me pide que le dé hacia el dinero no importa: si está bien necesitado, si es el diezmo para la iglesia, o la manera como yo quiero controlar el dinero que le di a alguien. Después de darlo, yo todavía quiero controlar la manera en que ese dinero se va a usar, porque yo todavía quisiera tener cierta posesión sobre lo que ya no es mío, porque ya lo otorgué. Dios pone de manifiesto nuestras motivaciones materialistas.

Y como ustedes han oído, o leído, o han pensado tantas veces: el dinero tiene poder sobre nosotros porque nos hace sentir seguros, y al sentirnos seguros muchas veces le estamos diciendo a Dios: "Bueno, yo ahora mismo no necesito tu protección; cuando la necesite, yo te aviso." El dinero también nos hace sentir importantes. Entonces, aunque a veces yo no quisiera que alguien me identificara públicamente como cristiano, no tendría ningún problema si alguien dijera: "No, ese es un hombre pudiente." Nosotros, tratando de cubrir lo de "pudiente", bajamos la cabeza, pero quizás me siento más cómodo con el título de pudiente que con el título de cristiano. El dinero nos hace sentir en control, nos hace sentir autosuficientes.

Y esto es otro de los impedimentos para la vida eterna: el moralismo es uno, los bienes materiales otro, la autosuficiencia otro. Esas son algunas de las cosas que mantienen al hombre alejado de Dios y al cristiano entretenido.

Descubrimiento número tres: que este hombre ha descubierto que la salvación implica no solamente abrazar a Jesús, sino desabrazar muchas cosas. No porque sea algo que yo me voy a ganar, sino porque yo no puedo abrazar a Jesús genuinamente si no he desabrazado primero muchas otras cosas que en realidad representan ídolos de mi vida. Abraham tuvo antes que desabrazar su tierra y su parentela, los discípulos desabrazaron sus barcas y sus redes, Mateo desabrazó la mesa en la que cobraba impuestos. Solo así es nuevo.

Y Jesús, conociendo entonces la realidad de lo que los discípulos estaban pensando en su corazón, dice: "Mirando en derredor, dijo a sus discípulos: '¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!'" Yo imagino a los discípulos con los ojos abiertos, mirándose uno a otro. Y los discípulos se asombraron de sus palabras. Escucha la respuesta de Jesús: "Pero Jesús, respondiendo de nuevo, dijo: 'Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios!'" Esa no es la manera como hacemos evangelismo hoy. "Pastor, espere, no le diga eso a la gente, porque usted va a asustar a la gente." ¡Qué difícil entrar en el reino de Dios! Cristo lo enfatiza aquí.

Y entonces, luego de enfatizarlo dos veces, dice lo mismo: en Marcos 10:23, "¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!"; en Marcos 10:24, "Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios!"; y en Marcos 10:25, "Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios." ¡Pedro, tú y tus amigos! Entonces algunos han dicho que la palabra "camello" ahí debía haberse traducido como "soga", porque podría significar eso también. Bueno, pero tampoco puedo pasar una soga por el ojo de una aguja, así que como quieran.

Otros han dicho: "Bueno, lo que pasa es que en Jerusalén había una puerta que se llamaba el Ojo de la Aguja, y era una puerta estrecha. Entonces cuando los camellos venían cargados no podían pasar; había que quitarles las cargas, hacerlos arrodillar y como medio empujarlos para ayudarlos a pasar." Y eso implica que cuando venimos a los pies de Cristo nosotros también venimos cargados, y tenemos que quitar todas esas cargas para entonces pasar. Es una ilustración fantástica, pero no hay evidencia de que esa puerta existiera.

Por tanto, lo más probable es que sea simplemente una hipérbole para enfatizar algo que Jesús está tratando de comunicar. Él está tratando de ayudarle a ver que entrar al reino de los cielos no es simplemente una confesión: hay una renuncia y hay una aceptación.

Riley decía que muchos están dispuestos a abandonarlo todo para asegurar a Jesús, excepto ese pecado querido, con el cual estarían dispuestos a entrar a la condenación eterna antes que renunciar a él. Es una frase que nunca había oído: un pecado querido. Yo había oído de queridas, pero no de un pecado querido.

Las riquezas en sí no son condenatorias. Job fue un hombre rico, de acuerdo a la misma Palabra; David fue un hombre rico. En el Nuevo Testamento, José de Arimatea fue un hombre rico, quien prestó la tumba para enterrar a Jesús; Lidia, la vendedora de púrpura, fue una mujer rica; y Zaqueo, un hombre rico, vino a los pies de Jesús buscándole también. Pero solo tenemos que admitir que el dinero tiene un poder seductor, y por eso atrae a tantas personas.

El dinero no solamente tiene un poder seductor, tiene un poder embriagador, porque mientras más tengo, más quiero. Y no solamente tiene un poder seductor y un poder embriagador, tiene un poder engañador, porque raramente tú has escuchado a alguien que venga con sencillez y tú le preguntes: "¿En qué te puedo ayudar?" y responda: "Bueno, pastor, yo estoy aquí porque tengo un problema con el dinero." Usualmente, cuando uno trata de puntualizar que alguien tiene un problema con el dinero, la respuesta es: "No, pero tampoco soy así. Si usted conociera a la gente que yo conozco, ahí le diría que en realidad mi problema no es tan malo como usted lo ve."

El dinero no solamente tiene un poder engañador, tiene un poder divisivo. Y si usted no me cree, espere que se muera la próxima persona que tenga una herencia. Tiene un poder divisivo que divide las relaciones; tiene un poder posesivo que posee nuestras personalidades y las vuelve materialistas, y todo lo ven en función del dinero: todo lo calculan, todo lo miden —cuánto deja, cuánto gana, cuánto pierdo. El dinero posee nuestras emociones, las vuelve materialistas, cambia nuestras personalidades, cambia nuestras relaciones y las vuelve selectivas. A veces queremos relacionarnos selectivamente con aquellos que tienen mucho, o cuando no tenemos, queremos relacionarnos con aquellos que tampoco tienen, lo cual revela que tenemos un problema con el dinero. Porque si no lo tuviéramos, podríamos relacionarnos tanto con el que tiene mucho como con el que tiene poco, sin que el dinero tuviera influencia sobre nosotros. Eso lo aprendí de Richard Foster en su libro *Dinero, Sexo y Poder*, allá por el año 95, cuando leía sus libros.

El dinero posee nuestro corazón, volviéndolo insensible a la necesidad del otro. Somos prontos para resolver o para llenar nuestros propios deseos, lentos para acudir a la necesidad del otro. Somos rápidos para llenar nuestros deseos —simples deseos—, pero sumamente lentos para llenar la necesidad del otro. Y todo eso es revelador de un corazón todavía materialista, ampliamente influenciado por el dinero, que no revela el corazón de Dios.

Los discípulos están oyendo todo esto que Jesús está enseñando, y el versículo 26 dice que ellos se asombraron aún más. Al oír lo del camello, se asombraron aún más, diciendo entre sí: "¿Y quién podrá salvarse?" Esa pregunta entre los discípulos fue reveladora. Los discípulos están oyendo acerca del dinero, lo difícil que es para los que tienen dinero entrar al reino, pero ellos no tienen nada, y aun así están preocupados. Si el Maestro hubiera dicho que es difícil para los que tienen lepra entrar al Reino de los Cielos, ellos no se habrían preocupado, pues no tenían lepra. Si Jesús hubiera dicho que es difícil para los gentiles entrar al Reino de los Cielos, tampoco se habrían preocupado, porque no tenían sangre gentil. Pero cuando Jesús pone el dedo en la llaga y habla de riquezas, aun sin tenerlas, ellos se preocupan: "¿Y quién podrá salvarse?" Porque todo el mundo puede ser que no tenga, pero si llegara a tener algo, no querría estar en esa condición. Ese es el poder de seducción y de atracción del dinero: un poder que el dinero ejerce sobre todo el mundo, no importa si tienes o no tienes.

Escucha cómo Pablo lo dice en 1 Timoteo 6:9-10: "Pero los que quieren enriquecerse" —o sea, los que no tienen dinero, porque quieren enriquecerse— "caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores." No lo tengo, pero quiero enriquecerme, y muchos cayeron en tentación y lazo. Otros lo adquirieron y se traspasaron con muchos dolores, pero algunos piensan: "Sí, tengo muchos dolores, pero lo aguanto." Otros se vieron impedidos de llegar al Reino de los Cielos por el factor dinero. Pero otros, dice Pablo, llegaron a estar en el camino de la fe, y después de adquirir dinero, el dinero los desvió. Escucha: "por lo cual, codiciándolo, algunos se extraviaron de la fe" —ya estaban en la fe—, como Demas, que se fue al mundo. Puede ser que nunca tuvieran salvación, pero quizás sí la tenían, y se extraviaron, se fueron al mundo, hasta que Dios los ayude a comer algarrobas para regresar al Padre, como el hijo pródigo.

"Pastor, ¿cómo me está afectando esto, y cómo sé si tengo esa enfermedad?" Bueno, te voy a dar algunas preguntas diagnósticas. La frecuencia con la que pienso acerca del dinero: ¿no pasa un día en que no piense en el dinero de alguna manera, incluyendo el que todo cuesta mucho y que siempre hay una preocupación? La forma como me preocupa el gastar. No tengo la intención de apuntar el dedo a nadie, porque son cosas que Dios tiene que revelar y con las que tiene que lidiar, pero frecuentemente yo oigo más quejas acerca del costo de la vida y los precios subiendo de aquellos que tenemos, que de aquellos que no tienen.

Una mayor preocupación: si te preocupas mucho, o la manera como te satisface hacer dinero, es revelatorio del mismo problema. La facilidad con la que estás dispuesto a dañar relaciones —hijos, esposa— por hacer dinero, es otro síntoma. La manera como te refieres en público al dinero, cómo lo catalogas, la forma como hablas de él, con la honra y el respeto con que hablas de él. Si alguna vez te has encontrado diciendo: "No, no, no, el dinero hay que tenerle respeto." ¿Has oído esa frase? Richard Foster dice en su libro que al dinero hay que profanarlo, no respetarlo, profanarlo; y que la mejor manera de profanarlo es regalándolo. Eso es lo que Cristo está tratando de que este hombre haga.

La insensibilidad hacia los que no tienen: no te preocupa, no preguntas; a veces no preguntamos para no enterarnos, porque así no tengo que dar, así no me tengo que sentir culpable. Tu deseo de siempre ser legal y pagar lo legal, y no lo moral. Dios no está interesado en las leyes injustas de los hombres; Él está interesado en la ley moral de Dios. Por eso Dios llama a las riquezas de este mundo "riquezas injustas", porque son hechas de manera y a través de leyes injustas que pagan lo que no deben. El deseo de seguir aumentando tus arcas, las veces con las que te comparas con aquellos que tienen más que tú deseando llegar allí —todos esos son señales de que tengo un problema con el dinero.

Los discípulos preguntaron: "¿Y quién podrá salvarse?" Entonces Jesús, mirándolos, dijo —versículo 27—: "Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios." Por lo menos Dios puede hacer lo imposible posible. Sí, claro que lo ha hecho; en la misma Biblia están los ejemplos.

Ahora Pedro está escuchando y está sacando cuentas. Pedro dice: "Aquí vino este hombre joven preguntando por la vida eterna. Cristo le dice que venda todo lo que tiene y lo dé a los pobres, y él no lo hizo; se fue triste y le dio la espalda." Pero Pedro está pensando: "Nosotros dejamos las barcas, nosotros dejamos las redes, nosotros incluso hemos dejado a la familia, y como somos judíos, nos han rechazado." Entonces Pedro, en el versículo 28, comenzó a decirle: "Aquí nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." Sí, pero Marcos es el secretario de Pedro —se piensa que Marcos escribió por instrucción de Pedro—, y no sabemos por qué Marcos dejó fuera algo. No queremos acusar a Marcos ni a Pedro, pero Mateo escribe sobre lo mismo. Escuche lo que Mateo dice en 19:27: "Entonces, respondiendo, Pedro le dijo: 'Aquí nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, recibiremos?'" En inglés dicen: *What's in it for me?* En español decimos: "¿Y qué hay para mí? ¿Cuál es mi ganancia aquí?"

Al decir eso, Pedro ponía de manifiesto no solamente el corazón materialista de Pedro; la verdad es que cada vez que Pedro hablaba, ponía de manifiesto el corazón del grupo. Pedro decía lo que otros no se atrevían. Como decía un predicador de nombre Steve Brown: el problema de Pedro es que Pedro hablaba antes de tener algo que decir, pero los otros se quedaban callados y su pecado no llegaba a ser conocido.

Ahora escucha: Cristo pudo haberlo reprendido. Le hubiera podido decir: "Pedro, ¿qué clase de pregunta es esa para discípulos míos? Llevas tres años conmigo y todavía tienes tal corazón." Pero no hace eso; habrá otro momento para reprenderlo de esa manera. En este momento, Jesús está interesado en que Pedro, los discípulos y nosotros entendamos algo fundamental: que seguir a Cristo tiene sus recompensas, y grandes.

En el versículo 29, Jesús dijo: "En verdad os digo: no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras, por causa de mí y por causa del Evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo" —dos puntos— "casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, junto con persecuciones." Ya la dañaste, Jesús.

Y en el versículo XI se habla de la vida eterna, pero muchos primeros eran últimos y los últimos, primero. Con estas palabras, Jesús promete cosas para la vida eterna y para esta vida. Nadie que haya dejado padre, madre, hijos e hijas por causa de mí y del Evangelio... No vaya muy rápido, pero Cristo acaba de establecer con el hombre rico que no acepta rivalidad con las posesiones. Ahora, con estas palabras, él también menciona que no acepta rivalidad con padre, madre e hijos. No hay rivalidad con él. Cualquiera que haya dejado todas esas relaciones por causa de mí y del Evangelio —su llamado radical—, yo le prometo cien veces más de esas mismas cosas en esta vida y en la venidera.

Eso es bueno que lo veamos, porque en ocasiones yo he ido a padres —es decir, bueno, yo no quiero abrazar ese llamado porque eso implicaría un sacrificio para mis hijos. Y como yo fui el que recibía el llamado, los padres somos los que recibimos el llamado, yo no quiero imponer mi llamado sobre mis hijos y sacrificarlos porque ellos no tienen ese llamado. Y Jesús dice: un momento, un momento, yo no acepto rivalidad. Ninguna persona, ninguna familia misionera —piéntenlo a los llamados, a esa familia que acabamos de despedir que se fue a México— ha impuesto sacrificios sobre sus hijos. Cuando vinieron aquí hace diez años y cuando después de diez años aquí se fueron a México, es un todo incluido.

Ahora, Jesús dice que él promete cien veces más de esas mismas cosas en este tiempo: casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras. Sonaría en la superficie como si Jesús estuviera prometiendo abundancia económica, prosperidad; sonaría como el Evangelio de la prosperidad, cuando en otras ocasiones Jesús ha dicho y ha enseñado todo lo contrario. Pero reflexionando sobre estas palabras y reflexionando sobre mi vida, yo comencé a percatarme de que muchas veces yo he podido quedarme por días en lugares, en casas que no eran mías, pero me las han dejado usar como si fueran mías. Y en más de una nación, de manera que en cierta medida yo he podido disfrutar de bendiciones de cien veces más de casas donde me han recibido.

Me han entregado a veces la casa, por así decirlo, por un día o por un tiempo mucho más largo, y ha sido usada como si fuera mi casa. Y eso es fruto de haber seguido a Cristo. O me han prestado carros como si fueran míos por días, o me ayudaron económicamente en el pasado cuando yo estaba estudiando medicina. Y en otras ocasiones, como si fueran mis hermanos o mis hermanas, tengo gente que me ha amado como una madre y gente que me ha amado como un padre y gente que me ha amado como hermanos y hermanas, de manera que yo me siento que he recibido cien veces más en esta vida: casas, hermanos, hermanas, padres, madres y todo lo demás.

Pero estamos demasiado acostumbrados a simplemente considerar bendiciones aquello que es mío y yo poseo, y no ver como bendiciones las cosas que Dios, a través de sus hijos, nos presta, nos facilita por un tiempo y nos deja usar como si fueran nuestras en esta vida, y luego, en la venidera, la vida eterna. Ahora mismo en nuestro viaje a Cuba, los hoteles están llenos y la primera noche —o primera y segunda noche, no recuerdo bien— no había dónde quedarnos. Y de repente apareció la casa de un hermano que nos va a permitir quedarnos; ellos se van a salir de la casa sin necesidad, pero lo van a hacer, de manera que yo y Andrés, que me acompaña en esta ocasión, estaremos ahí como si fuera nuestra la casa. Vivo aquí, pero tengo una casa en Cuba por un par de días.

Y ahora, junto con eso, el Señor quiere ser realista y le pone una aclaración: junto con esto, persecuciones. Pastor, ¿y por qué el Señor puso ahí, junto con la bendición, la persecución? Porque ellas son parte de las bendiciones. Pablo dice que es un privilegio sufrir por amor a Cristo. Son parte de esas bendiciones; cuando muchos son favorecidos con esas otras bendiciones, otros también son bendecidos con las persecuciones. Y aparte de eso, es un todo incluido, como en los resorts: ustedes no van a resorts, pero les digo —yo quisiera pagar por la cama porque yo casi no como—, el resort le dice: usted puede venir a almorzar siquiera, pero el precio es el mismo. Cristo le ha dicho: seguirme es un todo incluido en Cuba.

Descubrimiento número cuatro y final: seguir a Jesús está repleto de bendiciones en esta vida y en la venidera, que muchas veces no vemos como tal porque estamos demasiado acostumbrados a ver como bendiciones solamente aquellas que nos pertenecen, y no todas aquellas cosas que Dios pone a nuestra disposición para nuestro disfrute. La verdad de los años nos habla de una ciudad distinta.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.