Jesús regresa a Nazaret, el pequeño pueblo donde creció, y la recepción que encuentra revela algo perturbador sobre el corazón humano: quienes mejor lo conocían fueron los menos dispuestos a creerle. Los nazarenos reconocían su sabiduría extraordinaria y sus milagros, pero en lugar de maravillarse, se escandalizaban. "¿No es este el carpintero, el hijo de María?" preguntaban con sarcasmo. La familiaridad se había convertido en piedra de tropiezo. Tan profunda era su incredulidad que el texto dice algo asombroso: Jesús "estaba maravillado" de ella. El mismo Dios que se maravilló de la fe del centurión romano ahora se maravilla, pero en el extremo opuesto.
Esta incredulidad tiene raíces identificables. El orgullo susurra: "Si creció con nosotros, no es superior a nosotros." La ignorancia impide ver quién realmente está hablando. La conveniencia calcula el costo de creer y lo rechaza cuando implica cambio. El prejuicio cierra la puerta antes de escuchar. Y el temor, quizás el mayor enemigo de la fe, paraliza todo riesgo. Eva comió del fruto prohibido cuando vio su "conveniencia"; los discípulos dudaron de la resurrección porque estaban llorando y atemorizados. El estado de ánimo pinta panoramas grises que oscurecen lo que Dios está haciendo.
La fe no limita el poder de Dios, pero sí provoca su respuesta. A la mujer con flujo de sangre, Jesús le dijo: "Tu fe te ha sanado." En Nazaret, en cambio, hizo pocos milagros y no volvió jamás. Dios da evidencias suficientes para creer —dos o tres señales— y luego dice: "Camina con lo que tienes." La pregunta que queda es dónde está cada corazón: ¿qué necesita desmontarse para que la fe crezca?
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Quiero invitarlos a abrir el Evangelio de Marcos, capítulo 6. Vamos a estar leyendo los primeros 6 versículos. Marcos 6 del 1 al 6. Esto le da continuación a la serie de Marcos que hemos iniciado unos meses atrás y que se ha visto accidentada, a falta de otra palabra en el momento, por diferentes razones, incluyendo alguna de mis salidas y otros eventos que hemos hecho a lo largo del camino. Pero hoy continuamos en este texto. Es un texto corto, es un texto de hecho sencillo, y de tal forma que también su comprensión y extensión es relativamente sencilla.
Pero comencemos ahora con el versículo 1 hasta, de hecho, la primera parte del versículo 6 solamente. Él, Jesús, se marchó de allí y llegó a su pueblo, y sus discípulos le siguieron. Cuando llegó el día de reposo comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos que le escuchaban se asombraban diciendo: "¿Dónde obtuvo este tales cosas? ¿Y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que hace con sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?" Se escandalizaban a causa de él. Y Jesús les dijo: "No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y entre sus parientes y en su casa." Y no pudo hacer allí ningún milagro; solo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso sus manos. Y estaba maravillado —escucha— y estaba maravillado de la incredulidad de ellos.
Padre, te alabamos y bendecimos en esta mañana y te damos gracias por la posibilidad de abrir tu Palabra. Y al abrir tu Palabra abrimos tu mente, abrimos tu corazón. Te pedimos ahora que Tú nos des la habilidad, por medio del Espíritu que mora en nosotros, de escudriñar esa mente plasmada en tu Palabra. Que nos ayude a verte a Ti primero y luego a vernos a nosotros. Que Tú hagas algo en nosotros que quizás no estamos pensando que este texto podía hacer. Que Tú hagas algo en el predicador mientras él expone tu Palabra, que Tú lo guardes, que Tú le ilumines su entendimiento, que Tú cambies aquellas cosas que quizás él pudo haber puesto ahí durante la semana, durante el día de ayer, y que a Ti no te complacerían, y que Tú las reemplaces con aquellas cosas que pudieran venir directamente de Ti. Si exponemos tu Palabra es para la exaltación de tu Hijo. Ayúdanos a hacer eso, Dios, un Hijo que ha sido rechazado en esta ocasión. Ayúdanos a ver las implicaciones de tal rechazo a la luz de lo que ocurrió aquel día y a la luz de lo que hoy nosotros somos. En tu nombre, Jesús. Amén.
Bueno, teníamos un par de domingos despegados del Evangelio de Marcos, y por eso yo voy a tomarme un par de minutos, no más, en recordarles dónde habíamos estado. Si nos devolvemos al capítulo 5, nos vamos a encontrar con que Jesús estaba alrededor del lago, del lago de Genesaret, el lago de Galilea, dependiendo del texto. El texto, alguien le llama de una manera, otros de otra. Y en esa vecindad, en Capernaúm, Jesús había hecho varias cosas.
Una de las cosas que hizo fue haber liberado al gadareno, aquel que estaba poseído de tantos demonios que su nombre, el nombre del demonio, fue Legión, para referirse a todos aquellos demonios que estaban habitando en un solo hombre. Jesús tiene ese encuentro y el hombre es liberado. Una vez liberado, el hombre quiere seguirlo, quiere proclamar aquellas cosas que Jesús ha hecho por él, y Jesús le impide seguirlo y más bien le invita a que regrese a los suyos y pueda contar las grandes obras que Dios había hecho en su vida.
Jesús sigue caminando en aquella vecindad y entonces se encuentra que un día, caminando con la multitud a su alrededor, hay una mujer que tiene un sangramiento de doce años que está acercándose a él, que tiene la fe de que si ella tan solo tocara su manto pudiera quedar sana. Y mientras esto está ocurriendo, al mismo tiempo hay un hombre que se ha acercado a él, cuyo nombre es Jairo, ya muy conocido entre nosotros, que tiene una hija que se está muriendo. Y en realidad Jairo llega primero al Señor, se tira de rodillas y le ruega y le dice: "Ven y sana a mi hija." Y él comienza a caminar con Jairo hacia su casa cuando de repente esta mujer se acerca y toca su manto. Jesús se detiene y pregunta: "¿Quién me ha tocado?" Y él está interesado en saber quién entre la multitud le ha tocado. Poder había salido de él. La mujer está temerosa, está temblando, no quiere acercarse, pero finalmente lo hace, cae a él de rodillas y le dice la verdad. Jesús le dice: "Mujer, tu fe te ha sanado." Eso es Capernaúm, alrededor del lago donde él había establecido su centro de operaciones.
Pero ahora el texto que yo leí hoy dice que Jesús salió de allí, salió de las inmediaciones del lago, y entonces pasa a otra área que define Marcos como su pueblo. ¿De dónde era Jesús? De Nazaret. Y ahora la recepción en Nazaret va a ser distinta.
Yo creo que vale la pena que nosotros, desde ya habiendo leído el texto, podamos comenzar a hacer el contraste o notar el contraste entre la fe de esta mujer que tiene doce años sangrando, que ha estado en medio de todos los médicos, que ha gastado todo lo que tenía, ya nadie podía ayudarle, y que cree que con solo tocarle podía sanar; y la fe de Jairo, que viene donde Jesús y le dice: "Mi hijita está al borde de la muerte. Te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que sane y viva." Nota la fe vibrante de este hombre. Él no viene y le dice: "¿Tú crees que tú pudieras hacer algo por ella? ¿Tú crees que tú pudieras hacer algo similar a lo que has hecho por otros?" Sino que él viene con una cierta certidumbre. Le ruega que vaya con él, ponga las manos sobre ella. Escucha cómo lo dice: "Para que sane y viva, para que no se me muera." Esa es la fe de esta mujer y este hombre, que precede o que antecede la llegada de Jesús a Nazaret, donde él tiene otra experiencia muy distinta.
El texto dice que Jesús se marchó de allí, llegó a su pueblo, Nazaret, y sus discípulos le siguieron. El hecho solo de que él tuviera discípulos que le estaban siguiendo lo caracterizaba, o era típico de lo que un rabí acostumbraba a tener: discípulos que le seguían. No eran discípulos que estaban en una aula de clase. Sobre todo este tipo de discípulos, llamados en el hebreo talmidim, son discípulos que se mueven para todas partes con su maestro, no solo tratando de aprender sus enseñanzas y captar su sabiduría, sino también tratando de llegar a ser como él es. Entonces, aquí cuando él sale de Capernaúm, Cristo sale y los discípulos le siguen. Él ni siquiera tiene que decir: "Vamos ahora a tal lugar." Ellos le van a seguir porque son sus discípulos.
El hecho de que sus discípulos le siguieran iba a ser importante. Era importante en todas las ocasiones, pero en esta en particular quizás. Por un lado, cada vez que Jesús salía con sus discípulos, ellos iban a ser receptores también de sus enseñanzas, y de hecho, quizá los receptores más importantes, en el sentido de que pronto él partiría de en medio de ellos, y la única enseñanza que iba a quedar aquí —bueno, no había nada escrito del Nuevo Testamento— era la que ellos pudieron recordar y escribir inspirados por el Espíritu de Dios. De manera que era importante que ellos le siguieran para fines de ir acumulando las enseñanzas.
Pero es importante también que ellos pudieran conocer lo que Jesús ya conocía de antemano: la dureza del corazón humano. Porque ellos van a tener que lidiar con eso pronto. Ahora mismo es Jesús el que está lidiando con eso, pero pronto ellos serían los rechazados, no recibidos. Era importante que ellos pudieran ver las manifestaciones de la incredulidad del hombre, hasta dónde el hombre es capaz de llegar en su incredulidad. Y aunque Jesús conocía el corazón de los hombres, ellos no lo conocían, y estos encuentros tenían la particularidad de poner de manifiesto la incredulidad de ese hombre.
Y finalmente, yo creo que era importante que los discípulos estuvieran ahí porque ellos iban a tener que aprender a reaccionar ante el rechazo. Ellos no podían en el futuro reaccionar como Juan y Jacobo en un momento dado, que cuando los rechazaron querían quemar a toda esa villa en Samaria, porque esa no era la manera como apóstoles que modelan la imagen de Cristo se supone que reaccionen. Y ahora Jesús va a tener una experiencia de rechazo de la que ellos necesitan ser testigos oculares y aprender de Jesús con relación a todo esto. Y acabo de mencionar: la incredulidad del hombre, la dureza del corazón, cómo reaccionar ante el rechazo, y de sus enseñanzas mismas.
Jesús llega a Nazaret. Y a veces nosotros hemos oído tanto la palabra Nazaret —Jesús de Nazaret— y aparece con cierta frecuencia en los evangelios, creo que unas dieciséis veces quizás, que nosotros nos quedamos con la impresión como que Nazaret era una ciudad o un pueblo de importancia, cuando en realidad es todo lo contrario. Se calcula que Nazaret probablemente no tenía más de quinientas personas, quinientos habitantes. Era un pueblo, un pueblo sí, una villa quizás de la provincia de Galilea.
De hecho, Nazaret no es mencionado en el Antiguo Testamento ni una sola vez. Josefo tampoco lo menciona. La Mishná de los judíos y el Talmud, sus colecciones de enseñanzas rabínicas y demás, ni siquiera mencionan este poblado. Un poblado completamente insignificante. No aparece nada en la literatura que está muy ubicada acerca de Nazaret hasta el segundo siglo, y en un documento de no mucha importancia tampoco. Eso nos da una idea de que es una villa absolutamente pequeña, sin ningún significado, sin ningún poder político, sin ninguna influencia significativa. Sin embargo, ese era el poblado donde Jesús había crecido. De hecho, el texto nos deja ver que ciertamente esta fue la villa o el lugar donde Jesús creció y donde otros pudieron verle. El texto de Marcos nos dice que cuando él se marchó llegó a Nazaret, fue con sus discípulos y que llegó en día de reposo.
En otras palabras, Jesús no fue simplemente a una visita a su pueblo natal. Jesús tenía una intencionalidad: él llegó en día de reposo e inmediatamente fue a la sinagoga, el lugar donde se enseñaba la Palabra en día de reposo. El hecho de que a Jesús le dieran un lugar para exponer la Palabra en esta sinagoga y en otras es una indicación de que él tenía un nombre reconocido. Su habilidad para enseñar había sido reconocida, de tal forma que ellos no le están dando el púlpito, por así decirlo, a una persona completamente desconocida, a alguien que ellos no tienen idea si puede o no enseñar la Torá. Se lo están dando a alguien que, como era de costumbre, tenía discípulos y cierta reputación en la población.
Jesús va a la sinagoga porque era su costumbre. Esta es la segunda y última visita de Jesús a Nazaret. No porque Nazaret era pequeño, sino por la condición de los corazones de los nazarenos. Un poblado pequeño, sin importancia, y sin embargo parecería ser que mientras más pequeño, más orgullosos sus habitantes. La segunda visita de Jesús, y no habrá otra a este poblado. La pregunta que cabría aquí entonces: ¿cuándo ocurrió la primera? Porque Marcos no nos relata la primera, y a lo largo de este evangelio yo todavía no he hablado, no creo, no me he referido —bueno, no que yo recuerde en este momento— a esa primera visita. Pero Lucas nos habla de esa primera visita. Es una visita que aparece en el capítulo 4 de Lucas, y que Lucas refiere a partir del versículo 16, y que nos deja ver en esa primera visita ya la reacción o la condición del corazón de los nazarenos de donde él venía.
Déjame leerte algunos versículos simplemente para que tú puedas entender por qué Jesús llega aquí por segunda vez y no más. El versículo 16 de Lucas 4: "Llegó a Nazaret" —su primera visita— "donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el día de reposo." Aquí se nos dicen varias cosas. Llegó a Nazaret donde se había criado; claramente Lucas nos deja ver que este es un pueblo que vio a Jesús crecer. Nos deja ver también que, según su costumbre, fue a la sinagoga en día de reposo, y se levantó a leer. Ahora, Jesús no se levanta a leer si no le dan el permiso para levantarse, si no le ponen un rollo en la mano. "Le dieron el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres; me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor." Isaías 61, versículos 1 y 2.
¡Qué coincidencia! Que el día en que a la sinagoga tocaba leer Isaías 61:1-2, resulta que Jesús estaba visitando la sinagoga. Lo invitan a leer el texto, le ponen el rollo en la mano, y él dice: "Este día se ha cumplido en mí." "Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó, y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él." ¿Qué va a decir? ¿Qué enseñanza trae? Este no es un estudiante de un rabino anterior que pudiéramos decir: "Él viene de la tradición de Gamaliel", por ejemplo. Los ojos estaban fijos en él.
Jesús comienza a exponer el texto, y en un momento dado, conociendo la condición del corazón, comienza a confrontar a los nazarenos en esa primera visita. Comienza a hablarles de que en una época en que en Israel había muchos leprosos, Dios no sanó a ninguno de los leprosos de Israel, sino únicamente a Naamán el sirio. Es como si ellos estuvieran oyendo: "¿Sabes qué? Ustedes que se creen tanto el pueblo escogido, yo quiero decirte que llegó un momento en la historia anterior donde, a pesar de todos los leprosos que había en Israel, Dios no sanó a ninguno de los leprosos judíos, sino que sanó a un sirio." Y de esa misma manera, Jesús les sigue hablando de que había en Israel también, en otro momento, muchas viudas, y sin embargo Dios se compadeció de la viuda de Sarepta y no de las viudas del pueblo de Israel. ¿Cómo te atreves? Los ojos puestos en Jesús, fijos en él, dice el texto. ¿Cómo te atreves a decir una cosa como esa?
Escucha ahora la reacción en esa primera visita, en Lucas 4:28-30: "Y todos en la sinagoga se llenaron de ira cuando oyeron estas cosas" —las que yo acabo de relatar— "y levantándose, le echaron fuera de la ciudad y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle." ¡Listos para asesinarle! "Pero él, pasando por en medio de ellos, se fue."
¿Tú puedes creer que la ira, que la confrontación que Jesús produjo ese día llegó al grado tal que no simplemente le despidieron de la sinagoga y le dijeron "aquí no vuelvas", sino que lo llevaron hasta un monte y estaban listos para despeñarle? Y en ese momento el texto nos dice: "Pero Jesús se fue en medio de ellos." No nos dice cómo lo hizo, pero yo me imagino que de alguna manera —eso es especulación obviamente— pero si Jesús hizo manifestar su divinidad hasta cierto punto, en ese momento aquellos que estaban listos para despeñarle probablemente se amedrentaron. Y me lo imagino pasando en medio de la multitud que lo iba a despeñar, mirándolos a todos fijamente, y todos atemorizados, como ocurrió con la mujer capturada en medio del adulterio, que mientras estaban listos para apedrearla, cuando Jesús comienza a mirarlos uno por uno, se fueron yendo. La autoridad que debió emanar, fluir del rostro, de los ojos de Jesús.
Ese es Nazaret. Esa es la primera visita. El texto de hoy nos habla de la segunda visita, pero nos da una idea. Yo pensé que era bueno visitar el texto de Lucas que nos habla de esa primera visita porque nos ayuda a entender en qué pueblo él está ahora, con qué gente él está.
Y cuando él comienza a enseñar en la sinagoga, hay una primera reacción, y la reacción resulta en preguntas. La primera de esas preguntas: "¿De dónde obtuvo este tales cosas? ¿Cuál es el origen de esta enseñanza?" Porque no sabemos de ningún rabino anterior que lo hubiese enseñado. ¿A cuál escuela de pensamiento él asistió? No hay nada de esa historia. Y ese es el primer cuestionamiento de gente que le conoce, de gente que sabe que él se crió aquí.
Hay una segunda pregunta que ellos hacen, después de preguntar de dónde obtuvo esta enseñanza: "¿Y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada, esta sabiduría extraordinaria, grande, inescrutable, profunda, amplia? ¿Quién se la dio?" Pero ninguna de esas preguntas tiene la intencionalidad de realmente conocer la verdadera respuesta, como vamos a ver más adelante. "Y esta clase de milagros que hace con sus manos, y estos milagros, ¿de dónde esto ha salido, de dónde viene, cuál es la autoridad con la que los hace?" Y la razón por la que yo digo que ninguna de estas preguntas realmente era tan sincera —yo creo que estas preguntas eran más bien sarcásticas— ¿dónde está la pregunta sincera? Preguntas como de rechazo: "¿Y estos milagros que hace? ¿Y quién le dio esta sabiduría para que venga a enseñarnos estas cosas?" Recordamos la primera visita, con lo que nos salió. Quizás cosas como esas estaban en la mente.
Y la razón por la que yo digo que fueron sarcásticas, esas preguntas eran sarcásticas, es porque escuchen las próximas preguntas entonces. Versículo 3: "¿No es este el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?" La conclusión al final de esas cinco o seis preguntas: "Y se escandalizaban a causa de él." Scandalon en el griego, casi igual que en el español. Se escandalizaban, para significar que era una piedra de tropiezo. Jesús, el Dios encarnado, se había convertido en una piedra de tropiezo para aquellos que escuchaban sus enseñanzas. Estamos en el segundo año del ministerio, el año ahora donde Jesús ha alcanzado popularidad, pero el rechazo comienza ahora a aparecer.
La palabra que aparece ahí como "carpintero" realmente no es carpintero exactamente. En el original, tekton, puede significar cortador de madera, o cortador de piedra, o aun cortador de metales. De manera que, probablemente, con la abundancia de madera y piedras en aquel lugar, probablemente fue un cortador de ambas cosas. El oficio manual entre los judíos nunca fue algo despectivo, pero entre los gentiles era realmente un oficio considerado despectivo. De manera que cuando dicen "¿no es este el carpintero?", lo que están tratando de significar probablemente no es simplemente "nosotros hemos visto los muebles que hizo", sino con más probabilidad: "¿Qué me viene este a hablar de la Torá y con esta sabiduría, cuando es un simple carpintero, un cortador de madera? ¿Ahora viene a enseñarnos?"
"¿Este no es el hijo de María?" De hecho, también probablemente es algo peyorativo, porque en la enorme mayoría de los casos alguien identificado en la antigüedad era identificado por el nombre de su padre. "El hijo de José", como aparece en otro pasaje de los evangelios, "este hijo de José", esa sería la idea, o de esto habría sido la expresión más común. Referirse a este como "el hijo de María" pudiera ser, aunque no con toda certidumbre, más bien una expresión peyorativa de rechazo, porque la costumbre era otra.
Y entonces ellos están tratando de decir: "Bueno, nosotros no solamente lo conocemos a él, conocemos a sus hermanos, sabemos sus nombres. Son cuatro, y tiene dos hermanas." Los hermanos son nombrados, las hermanas no lo son, lo que apunta con probabilidad —de nuevo, no con certidumbre— a que las hermanas estaban casadas. De haber estado solteras, es muy posible que sus nombres hubiesen aparecido. Al estar casadas, la costumbre era dejarlas sin nombrar de manera tácita.
La conexión, la relación que están tratando de establecer, es entre este hombre que viene enseñando a la sinagoga con sabiduría, y el hecho de que creció entre nosotros.
Y la realidad es que ese adagio que Jesús dice, "nadie es profeta en su tierra", que él pronuncia, es algo conocido. Diferentes formas, diferentes pasajes, importantes palabras. Era un adagio conocido entre los griegos y entre el pueblo hebreo de aquella época, y era para significar algo que fue cierto en el pasado y sigue siendo cierto hoy. En inglés hay una expresión que dice "familiarity breeds contempt", como que la familiaridad produce ese tipo de sarcasmo o de poca aceptación. Nosotros decimos... en la familiar está el problema, tenemos una expresión similar: "en la confianza está el peligro". Esa es nuestra expresión; estaba tratando de recordarla y no me venía. En la confianza está el peligro.
En otras palabras, aquello que es común, o sea, la confianza es lo familiar, a nosotros nos parece ordinario. Tú creces con eso, cosa que quizás otro valoraría mucho, pero como tú creciste con eso, para ti es común y para ti es ordinario y de poco valor. Yo me imagino, conociendo la naturaleza humana, que quizás ellos pudieron haber estado pensando: "Si se crió con nosotros, no es superior a nosotros. Si se crió conmigo, si yo lo vi, él tampoco sabe más que nosotros."
Y esa es una tendencia del corazón humano. He estado en reuniones sociales donde alguien ha mencionado a alguien que se ha destacado, y alguien presente dice: "¿Qué va? ¡Ese estudió conmigo!" Bueno, sí, estudió contigo, pero eso no dice que no haya podido avanzar. Aquellos que están todavía más avanzados en edad en nuestro país, en nuestra ciudad, dicen: "¿Ese estuvo conmigo en la normal?" Que era un liceo, ¿verdad?, en esa época. Bueno, sí, estuvo contigo en la normal, y a lo mejor pudo haber sido incluso un estudiante común y corriente, pero eso no implica que no haya llegado donde ha llegado. Esa familiaridad nos brinda a nosotros cierto grado de escepticismo, y esto es lo que está ocurriendo aquí.
Y por otro lado lo vemos de otra manera: lo de afuera siempre es más aceptado que lo de adentro. Todo lo que viene de afuera decimos: "No, eso lo hicieron en Japón." Pero yo no sé en qué barrio o villa de Japón lo hicieron. Yo tampoco conozco el departamento de control de calidad de la compañía; yo simplemente sé que vino de afuera, y el hecho de que viniera de afuera ya le otorga un sello de garantía, cuando en realidad no es necesariamente así. Bueno, que eso lo hicieron en Estados Unidos. Bueno, tiene mejores garantías muchas veces de calidad que lo que existe en algunas de las regiones nuestras, pero sabemos también de problemas de calidad de algunos de los productos de algunas de las compañías que han sido multadas. Pero aquello que viene de afuera siempre es mejor que lo que está adentro.
En este caso, bueno, ellos están reconociendo que Jesús se crió con nosotros. Era uno más. Mira, hasta a sus hermanos los conocemos. Evidentemente Jesús está experimentando algo que no se limita a los nazarenos en general, porque él dice: "No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y entre sus parientes y en su casa." Él está haciendo alusión a esto que leímos en Marcos 3 hace un tiempo atrás, cuando su familia vino a buscarlo porque pensaron que él había perdido la cabeza. ¿Te puedes imaginar eso? Dios encarnado, en una familia con hermanos que llegan a la conclusión de que Dios perdió la cabeza.
Y ahora Jesús viene, y de ese Dios encarnado el texto dice que se escandalizaban a causa de él. No es simplemente que ellos dijeran: "Yo no estoy seguro de eso." No, es que era un escándalo. Era una piedra de tropiezo en medio de ellos. Nuestro Dios, una piedra de tropiezo para el hombre. Como la cruz: necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos, poder de Dios. Dios encarnado, cuando hablaba, los irritaba. La segunda satisfying de la Trinidad toma la molestia, se humilla, deja su gloria, toma cuerpo humano, se convierte en siervo, y cuando él habla, los ofendía.
¿Te das cuenta cuán vulnerable es el orgullo humano? El corazón humano, el corazón tuyo y el mío, en nuestra humanidad no requiere de muchas cosas para ofenderse, porque hasta Dios lo puede ofender. Mucho más otro ser humano, mucho más tú. Tú puedes ir viendo la complejidad del corazón humano, que puede ofenderse cuando Dios le habla. Imaginémonos ahora ese corazón casado con un esposo o una esposa caída. Un miembro de una iglesia caída, porque eso es lo que somos: somos pecadores, no perfectos, sino simplemente perdonados.
Jesús conoce lo que está ocurriendo, conoce la condición del corazón, y él tiene una reacción. La primera cosa que él hace, hasta cierto punto como yo lo veo, hay una aceptación. Hay una aceptación de su parte. Los discípulos están ahí y ellos tienen que aprender estas cosas. Hay una aceptación cuando él dice: "No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y entre sus parientes y en su casa." En otras palabras: no me sorprende esto. Así es como es. Esta es la naturaleza del corazón. Yo sabía de esta reacción ante esta visita. Hay una aceptación de una realidad.
Y de esa misma manera, hermanos, yo quisiera animarles a que nosotros podamos aceptar, no para aplaudirla, pero que podamos aceptar que hay una caída en el corazón del otro, y que por tanto muchas de nuestras reacciones no son santas, pero que yo no debiera sorprenderme. "¿Tú puedes creer que me hizo eso?" Pues es el corazón del hombre. La pregunta es: ¿cómo yo voy a reaccionar cuando el otro hace algo, dice algo, incluyendo mi amigo? ¿O yo reaccionando ante ustedes con algo que es pecaminoso o que es ofensivo, cómo yo voy a reaccionar? ¿Yo voy a cortar una oreja o yo voy a sanar la oreja? Esa es la pregunta. Cristo dice: "Bueno, no hay profeta sin honra sino en su propia tierra y entre sus parientes y en su casa." ¿Qué más hay de nuevo?
En segundo lugar, hay una limitación de su ministerio. Cristo tiene una reacción en el versículo 5: "Y no pudo hacer allí ningún milagro", para luego Marcos ahí mismo introducir: "Bueno, sí, él hizo algunos; solo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso sus manos." Cuando el texto dice que no pudo, no fue que su incredulidad le amarró las manos y no lo pudo, sino que él no quiso debido a la incredulidad. La incredulidad produce una reacción en Dios. Y entonces, por la incredulidad, él hizo muy pocos milagros.
Ahora, la frase más chocante para mí de todo el texto es esta, versículo 6: "Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos." Maravillar a Dios no es poca cosa. Y nosotros vemos en los Evangelios a Dios encarnado maravillarse en dos extremos de la misma emoción o del mismo corazón humano. Yo quiero mostrártelo ahora. El mismo Dios encarnado, maravillado en un extremo y maravillado en el otro extremo con relación a la misma cosa.
En Mateo 8:5-13 se nos relata la historia de un centurión que tenía un siervo que estaba enfermo, y él oyó de Jesús. Entonces vino donde Jesús en busca de sanación. Y entonces Jesús quiere ir donde el centurión, quiere ir a su casa, quiere visitarlo. El centurión le responde y dijo: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; mas solamente di la palabra y mi criado quedará sano." Eso es Mateo 8:8. Y ahora, versículo 10: "Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que le seguían: De cierto os digo que en Israel no he hallado en nadie una fe tan grande."
Ahora, Dios maravillado en el otro extremo de esa realidad: de un hombre que pueda tener tanta fe que, ante la expresión de la voluntad de Jesús de ir a su casa, dice el siervo, ni te molestes. Solamente di una palabra y mi siervo quedará sano, porque yo soy un centurión con siervos, y cuando yo doy una orden las cosas ocurren. No tienes ni que venir. Y entonces el texto dice que Jesús se maravilló y dijo a los que le seguían: "De cierto os digo que en Israel no he hallado en nadie una fe tan grande." Pero ahora resulta que allá donde él creció, y obviamente parte de Israel, hay una incredulidad tan grande, el otro extremo de la misma fe, que lo maravilla debido al grado de incredulidad. ¿Te imaginas? Ese es el texto. Esa es la exposición del texto.
Yo quiero pasar una mayor parte del resto del tiempo aplicando, escudriñando un poco el texto, pero para fines aplicativos. Porque tenemos que preguntarnos: ciertamente los nazarenos exhibieron incredulidad, y ciertamente podríamos decir de una manera sencilla y hasta cierto punto simplista, bueno, es la naturaleza del corazón caído. Sí, eso es verdad. Es la naturaleza humana, su naturaleza pecadora. Todo eso es verdad. Bueno, es que Adán se separó de Dios. Todo eso es verdad. La pregunta es: de esa naturaleza pecadora que quedó afectada, ¿cuáles son los rasgos en tu corazón y en el mío que nos predisponen a la incredulidad? ¿Cuáles son las cosas heredadas como parte de la naturaleza pecadora que entonces me hacen proclive a no creer más que a creer, aun cuando es Dios quien está hablando?
Yo quiero sugerir en esta mañana, como una primera cosa, y no necesariamente voy a ir en orden de prioridad, pero como una primera cosa, que el orgullo en el corazón del hombre es una de las condiciones que más nos predisponen a no creer los textos bíblicos y a no creer en el otro. "¿Ese se crió aquí entre nosotros? ¿Qué es lo que él se cree?" Yo no sé si frases como estas pudieron pasar por la mente de algunos de ellos, pero yo sé que yo he oído frases similares, y por eso me atrevo a hacer la especulación, y subrayo esa sola palabra.
Yo puedo imaginar a alguien diciendo: "¿Quién es él para enseñarme? ¡Yo para eso lo cargué!" Sí, puede ser que lo hayas cargado, pero eso no quita que sea el Hijo de Dios. "¿Quién es él? ¡Si ese le cambié yo los pañales! Cuando él iba, yo venía. Yo le cambiaba los pañales." O como mencioné hace un rato: "Ese estudió conmigo." La realidad es que aquello que está entre nosotros no tiene que ser una persona ni siquiera, pero frecuentemente lo es, aunque no tiene que serlo.
Aquello que está entre nosotros, nosotros no le damos el valor o el significado que debiera tener. Pero no solo damos porque nuestro orgullo no permite verlo; no es una condición de superioridad en dignidad, o ni siquiera santificación, quizás simplemente de la posición que Dios le ha otorgado por gracia o cualquier otra cosa.
Es dicho, fue dicho por un literato de Latinoamérica de esta manera: "Oh, América infeliz, que solamente sabe de tus grandes vivos cuando ya son tus grandes muertos." Si mi memoria no me falla, creo que Eugenio María de Hostos dijo eso. Pero ¿por qué entonces decía Hostos en esa ocasión? ¿Por qué no lo recordamos en vida y preferimos que sea en la muerte? Esto es bueno, porque en la muerte, una vez pasó, pues ya no nos amenaza de la misma manera. Ya no sentimos que estamos en una mejor posición que lo muerto, porque por lo menos estamos vivos.
Y yo creo que el orgullo en nuestro corazón es una de las condiciones, uno de los legados de la caída, pero que es quizás una de las primeras piedras de tropiezo para nosotros creer. Y lo vemos así en la vida de los fariseos y en la vida de los escribas: orgullo, como vamos a ver un poquito más adelante.
En segundo lugar, yo creo que la ignorancia en el corazón nos hace también altamente vulnerables a la incredulidad. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Dicho en otras palabras, son unos ignorantes de quién está aquí arriba. Si supieran quién está aquí arriba, estuvieran aquí abajo adorándome. Y nosotros vemos eso porque esta gente sabía quién era Jesús en términos de que Él creció entre nosotros, pero ignoraban completamente realmente quién Él era.
Y las preguntas que hacen revelan su ignorancia: ¿Dónde obtuvo este tales cosas? Bueno, tú lo ignoras. ¿Cuál es esta sabiduría que le ha sido dada? Bueno, tú lo ignoras. Y estos milagros que Él hace con su propia mano, bueno, tú ignoras el origen de todo eso. Pero a pesar de que ignoras el origen de todo eso, ya está convencido de que eso no viene de Dios. "Esto no puede ser Dios, esto no puede ser ni siquiera un solo profeta." Date cuenta de qué manera la ignorancia hacia alguien o hacia algo, o con relación a una enseñanza, lo que sea, nos predispone a la incredulidad.
Los discípulos mostraron eso. Los discípulos mostraron incredulidad hasta el último momento. Aun un día antes de la crucifixión, negando la resurrección, no pensando, no concibiendo, porque en realidad tuvieron dudas en múltiples ocasiones de quién era Jesús. Ante la primera tormenta, la reacción primera de ellos fue: "¿Y quién es este, que hasta los vientos lo obedecen?" Los vientos sabían quién era, porque obedecían. Los discípulos no sabían quién Él era. Sus hermanos no creían en Él, creían tampoco en Él. Ignoraban tanto lo que Jesús era, que sus hermanos creían que había perdido la cabeza.
Y cuando tú combinas orgullo e ignorancia, yo no creo que hay un dúo más fatal que ese, más mortal: el orgullo humano acompañado de ignorancia. Y la manera como el orgullo entonces funciona muchas veces es que, al igual que ocurrió con los judíos y los escribas y los fariseos, en ocasiones o con frecuencia nosotros tenemos ideas que hemos aprendido, que nos han enseñado, tenemos ideas preconcebidas. Y cuando tú eres confrontado con una nueva enseñanza que no es con lo que tú has crecido, yo tendría que, para aceptar esto nuevo, rechazar esto que yo he defendido, con lo que yo he vivido, con lo que yo he crecido. Y eso requiere de humildad para aceptar el cambalache.
Yo recuerdo perfectamente la crisis que yo tuve cuando en un momento dado comencé a descubrir leyendo la Palabra la doctrina de la predestinación, y mi inhabilidad en ese momento inicial para aceptarla, porque yo tenía que negar una serie de cosas que yo había creído y defendido por mucho tiempo. Y el orgullo humano dice no. Es ese mismo orgullo humano que tiende a decir "yo sé, yo tengo la razón, yo entiendo." Pero cada vez que yo digo "yo sé," mi corazón dice "y tú no sabes." Cada vez que yo digo "yo entiendo," pero tú no entiendes. Cada vez que yo digo "yo tengo la razón," estoy diciendo "y tú estás equivocado." Entonces ese orgullo funciona en contra de la fe a la hora de yo leer la Biblia y aceptar las enseñanzas de Dios.
En tercer lugar, la conveniencia. Yo no sé si ustedes se han puesto a pensar, cuán quizá gramaticalmente nos suene tan bien, pero voy a tratar de explicarlo. ¿Cuán convenientes nosotros somos? Yo no sé si ustedes se han dado cuenta en nosotros los seres humanos: ¿cuánto de lo que nosotros hacemos, hacemos porque es conveniente? ¿Y cuánto de lo que nosotros no hacemos, o no queremos hacer, o nos molesta, o nos irrita, es simplemente porque se constituye en un inconveniente? Si yo pudiera usarlo como verbo, diría: nos inconvenienta. Yo no sé si se ha pensado en eso, pero créame que es así. Al mismo tiempo, ¿cuánto de lo que yo quiero hacer, lo quiero hacer porque ve una conveniencia en eso?
Cuando Eva vio que la fruta prohibida era agradable a los ojos y calculó que realmente esta fruta al comerla podía otorgarle algo más de lo que ya tenía o era, cuando Eva vio eso, ella comió de la fruta. Esto es conveniente. Cuando ella vio la conveniencia de la superioridad, en ese momento la incredulidad acerca de la Palabra de Dios entró a su mente. "Esto es sumamente conveniente. ¿Tú te imaginas lo que es ser como Dios?" Hasta ese momento en que la conveniencia no había aparecido, probablemente, no probablemente, ellos habían creído la Palabra de Dios. Pero una vez se me ofrece una conveniencia, yo quiero eso, y ahí me convendría pensar que Satanás tenía razón. Ese es el problema.
Y es que cuando alguien me presenta un error, y yo lo vi ahora mientras estaba en Chile enseñando con otro maestro, cuando alguien me presenta un error, pero el error está lleno de conveniencias humanas para mí, yo compro ese error. Quizás la primera vez no lo compro tan rápido, pero lo considero. Y una vez lo considero, comienzo a calcular su precio. Y cuando yo concluyo que el precio no está tan alto, yo lo pago. Para luego encontrarme con que el precio era mucho más alto de lo que nosotros pensamos.
Si tú miras o piensas o analizas la vida de los escribas, fariseos y su rechazo a Jesús, tú encuentras en su corazón una combinación de orgullo, de ignorancia y de conveniencia. Realmente aceptar lo que Jesús estaba diciendo iba a requerir humildad; el orgullo se opuso. Aceptar lo que Jesús estaba comunicando iba a requerir de parte de ellos un desplazamiento al segundo lugar y una colocación de Jesús en primer lugar, y eso para ellos no era conveniente. Iban a perder el control, iban a perder el poder, iban a perder el prestigio, iban a perder todo aquello que había tomado a ellos un par de cientos de años ganar. Y ante esa circunstancia entonces ellos decidieron no creer.
La manera como eso funciona no es que un fariseo se levanta hoy día y dice: "Sabes qué, no me voy a humillar, y en segundo lugar no es cuestión de conveniencia o no conveniencia, es cuestión de verdad." No, eso no es la manera como funciona. Es que nuestro corazón y nuestra mente se mueven de una forma que está movido por todo eso que yo acabo de mencionar, pero no nos percatamos porque todo el tiempo estamos convencidos de estar en la verdad, y todo el mundo y todo lo demás en el error. Y detrás de todo eso lo que hay es mucha ignorancia.
Déjame mostrarte una vez más cómo funciona esto de lo conveniente o no conveniente. Jesús le anunció a los discípulos por lo menos tres veces que iba a ser crucificado y no lo creyeron. Lo vimos caminar sobre las aguas, lo vimos multiplicar pan, lo vimos resucitar gente, pero esa misma persona me dice que lo van a crucificar y yo no lo creo. ¿Por qué? Porque no me conviene. No me conviene que el Mesías que yo creía que nos iba a dar la libertad, que finalmente iba a poner a Israel en el primer lugar, termine en una cruz.
Después de la resurrección, cuando ya Cristo va a estar listo para partir, justo en el momento de la ascensión, los discípulos todavía, después de la post-crucifixión, post-resurrección, post-cuarenta días de enseñanza, todavía están preguntando: "Maestro, ¿es ahora que tú vas a restaurar el reino?" Entonces, con esa mentalidad hay mucha incredulidad construida, porque no me conviene que el reino lo vayan a instaurar cinco mil años después, dos mil años después. Es ahora que yo lo quiero, y eso trabaja grandemente en nosotros hoy en día.
Tú pudieras ser en este salvo. En este momento pudiera ser. Hay gente que pudiera estar oyendo y rechazando muchas de estas cosas porque si acepto a Jesús como Señor y Salvador, y Él es Señor, yo voy a tener que cambiar de estilo de vida. Entonces, a mí no me conviene. Yo voy a tener que dejar de hacer cosas y a mí no me conviene. Yo voy a tener que comenzar a ganar dinero de otra manera y a mí no me conviene. El problema del hombre muchas veces primario es su conveniencia, su renuencia, el sacrificio, el precio que tengo que pagar. Entonces, hay otra piedra de tropiezo para nosotros que tiene que ver con nuestra credulidad.
Número cuatro, el prejuicio. Jesús tuvo en Nazaret, Jesús hizo una confrontación en Nazaret, Jesús salió malparado en Nazaret, y más o menos un año después Él regresa. Yo no creo que gente que estuvo dispuesta a despeñar a Jesús un año después no se acordaba de eso. Yo creo que esta gente tenía memoria de lo que pasó. Pienso yo que esta gente recordaba aquellas enseñanzas. Y con toda probabilidad había un prejuicio en la gente de Nazaret motivado no simplemente por la enseñanza, porque si la enseñanza es falsa y no la creo, bueno, pues ya pasó. Pero posiblemente el nivel de ira fue tal, porque el texto dice que se airaron tanto, tan dispuestos a matarlo.
Yo creo que el prejuicio estaba motivado por un resentimiento en su contra. Y cuando este nazareno se aparece en medio nuestro por segunda vez en la sinagoga para enseñar, los nazarenos reaccionaron prejuiciadamente en contra de él y no le quisieron otorgar el honor que al profeta le era debido en su propia tierra.
Y piensen, amados, que esto fue en Nazaret. O sea, entre la gente de aquella época, Nazaret no tenía, no era Atenas ni Roma ni Jerusalén. Nazaret no era como el non plus ultra de los poblados de la ciudad. Para ellos decían: "No, a mí no me va a venir nadie de Atenas a enseñarme a mí". No, de hecho, cuando a Natanael le dijeron que habían encontrado al Mesías y que era de Nazaret, dijo: "¿Y algo bueno puede salir de Nazaret?" Y aquellos que tenían esa mala reputación entre las ciudades y la gente de aquel momento eran los que estaban reaccionando en contra de él de manera prejuiciada. El prejuicio nos indispone a aprender de otros. El prejuicio nos indispone a aprender de otros, como lo vimos continuamente de parte de los escribas y los fariseos a aprender de Jesús. Su prejuicio en contra de quién este hombre era les impedía, bloqueaba su mente, bloqueaba su corazón y les impedía ver las verdades detrás de cada una de las enseñanzas.
Número cinco: yo creo que una de las causas grandes de la incredulidad en el corazón del hombre, fruto de la caída, es el temor. De hecho, yo creo que el temor es el enemigo más grande de la fe. Me ha de oír decir eso otra vez: el temor es el mayor enemigo de la fe. El temor no se arriesga, pero para tomar riesgo yo necesito fe. El temor funciona de una manera que nos impide movilizarnos a menos que yo tenga todas las piezas del rompecabezas contadas en su lugar. Esa es la razón por la que Cristo con frecuencia les dice a los discípulos: "No temas". Él conoce la manera como el temor opera en el corazón humano, cómo impide con frecuencia una mayor fe o confianza en él.
El temor: "¿Y si no es verdad? ¿Y si yo comienzo y luego no puedo terminar? ¿Y si no funciona? Pero es que nunca se ha hecho así". El temor a ser engañado, el temor a ser herido. Todo ese temor funciona en contra de la fe. "Sí, Dios provee, pero hay que planificar bien. Sí, Dios provee, pero hay que tener todo el dinero en el banco". Pero resulta que nuestra fe es una fe sobrenatural y nuestro Dios es un Dios sobrenatural. Y lo que Dios hace cuando se propone cultivar fe en nosotros es que Él nos da de las evidencias necesarias para creerle y confiarle. Por ilustrarlo: si son diez, Él nos da tres o cuatro y nos dice: "No, que las otras seis o siete tú las crees y tú te aventuras conmigo, porque yo te soy suficiente".
Y tú lo ves eso desde el principio de la revelación de Dios. Tú lo ves con Abraham. "Abraham, vete de tu tierra y de tu parentela a la tierra que yo te mostraré". "Abraham, ¿y cuál tierra?" "Bueno, Abraham, yo también apareceré". Yo creo que tú tienes una evidencia de que hay algo extraño para ti: Dios está hablando contigo. "Moisés, regresa a Egipto". "¿A Egipto? ¿Y cómo yo voy a ir a Egipto?" "Yo quiero que tú liberes a dos millones de personas". "¿Y cómo tú lo vas a hacer?" "Tú tienes un bastón en la mano, ¿verdad? Tíralo". Se convirtió en culebra. "Recógelo". Es el bastón. "Mete tu mano en el bolsillo. Sácala". Lepra. "¡Guau!" "Mete la otra vez. Sácala". Limpia. "Ok, entonces tú tienes evidencia. Vete. No sé si tú darle nada más".
Eso es como Dios cultiva la fe en nosotros. Él nos da dos o tres puntos de evidencia significativos, suficientes para yo decir: "Ok, yo ahora me voy a tirar y el paracaídas se va a abrir", porque Dios me dio la evidencia. De lo contrario, yo no necesitaría a Dios; yo necesitaría instrumentos humanos que me provean de antemano todo lo que yo necesito para dar el paso.
Y una última razón que yo quiero mencionar como parte de la incredulidad, o de lo que crea incredulidad en el corazón nuestro: muchas veces el estado de ánimo en el que yo me encuentro. Yo no sé si usted ha estado ahí, pero yo solo digo no solamente por experiencia personal vivida en mi persona, sino porque lo veo en la Biblia y lo he visto en el cuarto de consejería. Si usted ha estado alguna vez deprimido, usted recordará cuán temeroso usted se siente de cosas que usted acostumbraba a hacer de manera normal y natural, como si no fuera capaz de hacerlas.
Y el estado de ánimo de los discípulos, para verlo en la Palabra ahora, al momento de recibir la noticia de parte de las mujeres que vieron a Jesús resucitado, en parte funcionó en contra de creer que realmente Jesús estaba resucitado. Juan 20:19 dice que ellos estaban llenos de miedo a causa de los judíos, con puertas cerradas. Marcos 16:10 nos dice que estaban lamentándose y llorando. Ahora, tú tienes un grupo de personas que están encerrados en una habitación, que tienen miedo a los judíos, que se están lamentando y están llorando, y llegan unas mujeres y dicen: "¡Jesús ha resucitado!" No, no. Tú sabes lo que fue lo que pensaron.
El estado de ánimo en el que tú te encuentras pinta unos panoramas nublados, grises, de color oscuro, que te impiden ver muchas veces lo que otros sí están viendo, que no están en el mismo estado de ánimo en el que tú te encuentras. Como Elías: en un estado de ánimo él degolla 450 profetas de Baal, y en otro estado de ánimo está corriendo porque Jezabel ha venido atrás. Tiene miedo de una sola mujer. Elías, ¿qué pasó? Bueno, nuestro estado de ánimo nos desenfoca. Y cuando yo estoy triste, deprimido, Dios luce más pequeño, más reducido.
Las emociones humanas no son tan simples como a veces pensamos. Desde el punto de vista de Dios lo son. Del punto de vista de la vivencia humana, del punto de vista existencial, cuando yo estoy en medio de ella, es mucho más compleja de lo que parece, por mi condición caída precisamente. Por la manera como mis temores y mi incredulidad y mi orgullo y mi resentimiento y el prejuicio y todo eso funciona en contra de precisamente la confianza que debo depositar en Dios. Es fácil decir "confía en Dios", pero cuando tú analizas tu vida te das cuenta cuántas veces tú no has confiado en Dios. Y de ahí nuestro temor, y de ahí nuestra ansiedad, y de ahí nuestro desasosiego, y de ahí nuestras preguntas, y de ahí nuestras inquietudes.
Mira si la incredulidad humana parece un problema incurable. Escucha estas frases pronunciadas por Jesús: "Hombres de poca fe". Tú lo lees en Mateo 9:22, Marcos 5:34, Marcos 10:52, Lucas 8:48, Lucas 17:19, Lucas 18:42. Hombres de poca fe. Hombres de poca fe. "¿Por qué estáis amedrentados, hombres de poca fe?" Ahora Jesús me estableció la relación entre temor y poca fe. "¿Por qué estáis amedrentados, hombres de poca fe?" Bueno, mi amedrentamiento es por falta de mi fe. Si tuviera menos temor, tuviera más fe. Gracias por venir, Jesús.
Escucha: "Marta, ¿crees esto?" Yo me imagino a Jesús hablándole a Marta: "Yo soy la resurrección y la vida". Y Marta con una cara de "bueno". "Marta, ¿tú crees esto? ¿Tú estás segura que tú estás creyendo lo que estoy diciendo?"
Escucha la próxima: "¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?" Yo me imagino que eso fue precedido de un rostro de "no te estoy creyendo". "¿No te dije?" Es en otras palabras: "¿Cómo quieres que te lo diga otra vez? ¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?"
¿Por qué dudas, con Cristo ahí delante? "Remuévanme la piedra". "Maestro, que tiene cuatro días muerto". "Si hubieras venido antes..." La fe de Marta y María llegaba hasta la muerte. "Si hubieras venido antes de que mi hermano muriera, yo sé que tú lo hubieras sanado. Ahora que está muerto, no hay nada que tú puedas hacer". Y la hija de Jairo. "Sí, pero eso es la hija de Jairo, pero yo no sé con el mío".
A Tomás le dice Jesús: "Porque me has visto, has creído. Dichosos los que no vieron y sin embargo creyeron". Tú estás viendo la conexión continuamente con la incredulidad. "¿Ah, porque viste creíste? Dichosos los que no vieron y creyeron".
De hecho, no Felipe, Tomás. Marcos 16:14: "Después se apareció a los once mismos cuando estaban sentados a la mesa". Escucha: "Los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado". Aquí Jesús reprendió a los once apóstoles. No a las ovejas comunes y corrientes, a los once pilares sobre quienes le iba a montar la iglesia, el desarrollo del reino, después de la muerte anunciada tres veces por Él. Los reprendió por dos razones: su incredulidad y dureza de corazón.
Si Jesús estuviera entre nosotros, ¡cuántas veces no tuviera que entrar y decirme: "Me sorprende tu incredulidad con todo lo que he hecho en tu vida. Con la manera como te he visitado, como te salvé, como te he perdonado, como te he sido fiel, como he provisto para tu familia, ¡y todavía me dudas!"
Y la dureza de corazón. La dureza de corazón tiene ingredientes que yo mencioné. Si el corazón, por así decirlo, imagínate un corazón más o menos blando, entonces tú le pones una piedra dentro que dice "orgullo". Tú le pones otra piedra dentro que dice "ignorancia". Le pones otra piedra dentro que dice "conveniencia". Le pones otra piedra dentro que dice "temor". Y de repente ese corazón relativamente blando se pone duro. Eso es. La dureza de corazón es la combinación de todos esos elementos que trabajan en contra de nuestra fe.
Ahora, yo quiero, concluyendo y ayudándonos a entender en la conclusión, que la falta de fe tampoco es tan sencilla como parece ante Dios, porque todo lo que no es de fe es pecado. En otras palabras, Dios se entiende mi incredulidad y en su gracia Él suple lo que muchas veces yo no puedo hacer. Pero yo tampoco puedo decir: "Bueno, yo soy un hombre de poca fe. Yo admiro a los que tienen mucha fe, gloria a Dios, por eso yo les pido a ellos que oren". No, no es tan sencillo como eso. Dios reacciona ante la incredulidad del hombre. Y obviamente en cada circunstancia Él va a reaccionar de una manera u otra, porque Él lo decide. Solamente Él sabe cómo es propicio a cada quien. Pero Él tiene una reacción. En el caso del texto de hoy, el texto dice que Jesús hizo pocos milagros por falta de fe.
La fe no limita el poder de Dios, pero la fe hace a Dios reaccionar, o la falta de fe hace a Dios reaccionar. Después de este segundo rechazo, Jesús no vuelve a Nazaret. Una reacción de parte de Jesús ante la incredulidad. Una primera, ok, yo regreso, nos vemos en un año. Él viene ahora y cuando regresa encuentra esto, esta misma condición, y se va.
Compara eso, compara esa incredulidad, compara el no hacer más milagros por su incredulidad con esta otra reacción, para que veas cómo Dios reacciona ante la fe, si hay o no hay: "Hija, vete en paz, tu fe te ha sanado." Yo no sé exactamente cómo eso funciona, yo no sé dónde comienza la línea de Dios y dónde termina la línea del hombre, y no voy a pretender encontrarla, porque yo creo que eso pertenece al consejo oculto de Dios.
Pero en la Palabra de Dios yo veo de manera categórica cómo Dios dice por un lado: "Tu fe te ha sanado, vete en paz." Como la Palabra dice que se maravilló, porque en todo Israel no había encontrado una fe como la que tenía este hombre. Y por otro lado, como Jesús dice que él se maravilló de la incredulidad y no hizo milagros. Él reaccionó ante la ausencia de fe y él reaccionó positivamente ante la presencia de fe, y lo verbalizó.
Y cuando él asciende y deja el plan de expansión del reino en manos de los apóstoles, nosotros vemos reacciones similares ante la incredulidad de ciertos grupos. Mira, Pablo en Hechos 13, versículos 45 y 46: "Pero cuando los judíos vieron las muchedumbres, se llenaron de celo y, blasfemando, contradecían lo que Pablo decía." Entonces, esa palabra es clave, es clave: "Entonces Pablo y Bernabé hablaron con valor y dijeron: Era necesario que la palabra de Dios os fuera predicada primeramente a vosotros, mas ya que la recházais y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles."
Hasta el día de hoy. Eso fue inspirado por Dios. Dios le dice a Pablo: "Pablo, sabes qué, no más. Este pueblo permanece en su incredulidad. Ya que ellos no se consideran dignos de recibir la vida eterna, vuélvete. Yo te ordeno que te vuelvas a los gentiles." En gran manera estamos así todavía hasta el día de hoy. Hay una reacción de Dios ante la incredulidad humana, y al mismo tiempo hay una reacción favorable de Dios ante la presencia de la fe.
"Mujer, hija, vete en paz, tu fe te ha sanado." Obviamente fue el poder de Dios que la sanó, y fue la gracia de Dios que la sanó, pero el poder y la gracia de Dios él quiso visitarla sobre ella, según sus palabras, por el grado de fe exhibido en él. Tu fe te ha sanado.
¿Dónde estoy? ¿Dónde estamos en el mensaje de hoy? ¿Dónde me habló Dios? ¿Dónde me encontré? ¿Dónde me vi? ¿Dónde quiero moverme? ¿Qué necesito desmontar de mi corazón para que esa fe que Dios quiere darme? Porque es un don también. La fe es un don, pero a la vez es un fruto del Espíritu. Dios me da un talento de fe, por así decirlo, y yo puedo ahora multiplicar ese talento de fe de acuerdo a la relación que mantenga con él y de acuerdo al precio que yo esté dispuesto a pagar para arriesgarme, colgarme de su mano y creer su Palabra y sus promesas.
Y pedirle a Dios la sensibilidad y la apertura de ojos para ver las dos o tres o cuatro evidencias que él me da, y luego me dice que tú puedes seguir con la evidencia que ya tienes. No te voy a dar más, no necesitas más y a ti es suficiente, tú puedes caminar. Lo hizo así con los judíos en el desierto, lo hizo así con Abraham, lo hizo así con Pablo. Pablo, te esperan cadenas y prisiones. La evidencia que estoy dando de que yo voy a estar contigo es que te lo estoy anunciando, te lo estoy diciendo, estás recibiendo una visitación, pero no temas, yo voy a estar contigo.