Integridad y Sabiduria
Sermones

Influenciar el mundo: la tarea del cristiano

Héctor Salcedo 21 junio, 2009

Todo lo que necesita sal está corrompido; todo lo que necesita luz está en oscuridad. Ese es el supuesto detrás de la declaración de Jesús en Mateo 5: "Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo". No es un mandato ni una petición, sino una declaración de identidad. Por el hecho de ser hijos de Dios, somos sal y luz —la pregunta es si estamos cumpliendo esa función o si nos hemos vuelto insípidos y apagados.

La sal preserva lo que se pudre, da sabor, pica pero sana, y genera sed. El cristiano está llamado a frenar la decadencia moral de su entorno, a dejar un sabor a Cristo donde se mueve, a confrontar el pecado con gracia, y a vivir de tal manera que otros deseen el agua viva. La luz, por su parte, es la dimensión visible de la fe: no basta con vivir un buen testimonio si nunca proclamamos el evangelio. Esconder la luz bajo un almud es tan grave como perder el sabor de la sal.

El riesgo de fracasar es real. La sal pierde su sabor cuando se mezcla con impurezas; el cristiano pierde su efecto cuando adopta los valores, prioridades y formas del mundo. Y la luz se apaga cuando el miedo, la vergüenza o la falta de amor nos llevan a callar. El pastor Héctor Salcedo recuerda la historia de D.L. Moody en una barbería: sin decir su nombre, su conversación con el barbero dejó tal impresión que los presentes comentaron después: "No sabemos quién era, pero mientras estuvo aquí, elevó nuestros pensamientos". Esa es la influencia a la que estamos llamados —no para nuestra gloria, sino para que otros glorifiquen al Padre que está en los cielos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quisiera que fuéramos a Mateo 5 y vamos a leer cuatro versículos del capítulo 5. Ya sabemos de qué se va a tratar; Fausto lo introdujo varias veces, y desde ya que esas figuras de la sal y de la luz vayan teniendo, vayamos reflexionando en ellas acerca de lo que implican para nosotros. Mateo 5 del 13 al 16. Nos dice así la Palabra de Dios: "Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar, ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos."

Como muchos de ustedes saben, algunos no, pero este pasaje, este texto se encuentra dentro del conocido Sermón del Monte de Jesús, el primer sermón de Jesús, el más largo de todos los sermones que entregó y que dio, y uno de los más claros acerca de las condiciones que se supone deben exhibir los hijos de Dios en la medida que vivimos.

Esta declaración se encuentra ahí, y la declaración de que vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo tiene una audiencia muy específica. Esto no tiene que ver con todos aquellos que hacen buenas obras, porque solo dice el versículo 16 que así alumbre vuestra luz para que vean los hombres vuestras buenas obras. No tiene que ver con los que viven haciendo buenas obras, dando de sí; no tiene que ver con aquellos que viven una vida moralmente correcta, sino que esta declaración de ser sal y ser luz se refiere específicamente a aquellos que son hijos de Dios, parte del reino de Dios.

Y lo decimos así porque estos versículos del 13 al 16 son la continuación de las bienaventuranzas de Jesús, que están del versículo 2 de Mateo 5 al versículo 12, y las bienaventuranzas nosotros sabemos sin controversia alguna que son la descripción del carácter de un hijo de Dios. ¿Qué se supone que hay dentro de un hijo de Dios? ¿Cuáles se supone que son las actitudes de un hijo de Dios? Y a cada actitud, a cada descripción se le agrega una promesa, y esas son las bienaventuranzas.

Entonces, luego de decir las nueve características, los nueve aspectos del carácter de los hijos de Dios, en el versículo 13 se dice: "Entonces vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo." Y en este sentido entonces ahí se completa, por así decirlo, el cuadro de lo que es y hace un hijo de Dios. Las bienaventuranzas definen lo que es; esta expresión de ser sal y ser luz define lo que se supone que hace un hijo de Dios. Las bienaventuranzas nos hablaron de nuestra identidad. La expresión sal y luz nos habla de nuestra función y tarea aquí en la tierra, y son figuras que tienen mucho contenido y mucho significado.

Algo importante que tenemos que notar que está en el contexto es que esta función y tarea de ser sal y de ser luz no significa que nosotros vamos a ser aceptados, famosos, populares y acogidos por el mundo, y que seremos la luz del mundo gratamente, sonrientemente, gozosamente —aunque pueda haber gozo en nosotros—. Pero desde el versículo 10 al versículo 12 se define la reacción del mundo ante nosotros. Fíjense lo que dice el versículo 10 al 12: "Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y digan todo género de mal contra vosotros falsamente por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros." Y ahora viene: "Vosotros sois la sal de la tierra."

En otras palabras, Jesús define las bienaventuranzas, nuestro carácter. Nos define en las últimas dos bienaventuranzas la reacción del mundo hacia nosotros, que será de persecución, insulto, rechazo, calumnia, y muchas veces una aversión al mensaje que nosotros queremos comunicar. Pero a pesar de eso, a pesar de esa contrariedad, a pesar de ese rechazo, nosotros estamos llamados aún así a ser sal y ser luz en ese mundo que nos rechaza.

Se parece un poco a la medicina que se le da a los niños. Todos los padres sabemos que a los niños no les gusta beber medicina. Se pueden estar muriendo de una tos, pero no les gusta beber la medicina que les cura la tos, y nosotros los padres tenemos que obligarlos a beber la medicina que sabemos que necesitan. Pero por su ignorancia ellos no saben que la necesitan, y la rechazan y se niegan a beberla. Así actúa el mundo con el mensaje del evangelio que nosotros tenemos que entregar. El mundo no sabe, en su ignorancia y en su oscuridad, que necesita el mensaje que la iglesia de Cristo tiene que llevar. Lo rechaza, niega que quiera beber ese mensaje, no lo quiere. Pero aún así nosotros tenemos que ser sal y ser luz y llevarlo a pesar del rechazo del mundo, porque sabemos que lo necesitan. Lo necesitan.

Si yo fuera a resumir en una palabra estas dos figuras de ser sal y de ser luz en el mundo, hay una palabra que las resume muy bien, y es: influencia. El cristiano, el hijo de Dios, está llamado a tener una influencia evidente, fuerte, en su entorno. Cada uno de nosotros tenemos un entorno distinto: familiar, académico, profesional, ministerial, el que sea. En cualquier entorno que nosotros nos desenvolvamos, estamos llamados a tener una influencia, y la forma de comunicarnos eso es que somos sal y somos luz en ese mundo.

Y la realidad es que todos nosotros, todos nosotros, independientemente de nuestra condición social, independientemente de nuestra preparación académica, de la religión a la que pertenezcamos, todos tenemos una influencia sobre los demás. El filósofo John Donne lo decía de esta manera: ningún hombre es una isla en sí mismo. Estamos interconectados, dependemos los unos de los otros. La pregunta no es: ¿yo tengo influencia o no? La pregunta es: ¿qué tipo de influencia tú eres para tu entorno? Puede ser una influencia intensa o pálida, o sea poca o mucha; puede ser una influencia buena o mala; puede ser una influencia que inclina tu entorno hacia las cosas del mundo o hacia las cosas de Dios. Tú puedes tener una influencia perdurable o transitoria. Pero independientemente de cuál sea el tipo de influencia, tú, quiéralo o no, tienes una influencia en los que te rodean. Alguien decía que ningún ser humano viene a este mundo sin aumentar o disminuir el bienestar colectivo. O sea, todos tenemos una influencia.

Y ejemplo de la influencia que pueda tener un padre, por ejemplo, sobre sus hijos, se cuenta la historia del misionero y ministro Andrew Murray. El biógrafo de este hombre dice que Andrew Murray tuvo once hijos: seis varones y cinco hembras. De los seis varones, cinco se convirtieron en ministros del evangelio de Jesucristo, en predicadores. Cuatro de sus hijas, de las cinco hijas, se casaron con ministros del evangelio de Jesucristo. La segunda generación, los hijos de sus hijos: diez nietos se convirtieron en pastores y predicadores, y trece se volvieron misioneros. Influencia. Cómo la vida de un hombre santo, de un hombre dedicado a las cosas de Dios y dedicado a su familia, puede impactar la vida de los que están debajo de él.

Y como les decía, quiéranlo o no, todos tenemos una influencia: buena o mala, poca o mucha, transitoria o permanente. Todos tenemos una influencia. La pregunta para nosotros es: ¿qué tipo de influencia tú eres para tu entorno?

El presidente Woodrow Wilson, un presidente de los años 1800, norteamericano, uno de los primeros presidentes norteamericanos, escribió lo siguiente: "Me encontraba yo en un lugar muy común y público; estaba sentado en una silla de barbero, cuando de repente entra al salón una personalidad, y me di cuenta de que lo había hecho. Un hombre había entrado tranquilamente, y de la misma manera que yo entré como buscando quién me cortara el pelo, se sentó en una silla al lado de mí. Cada palabra que ese hombre pronunció expresaba un gran interés en el barbero que le servía. Y antes de que me pudiera dar cuenta, así, me percaté de que había atendido, o había estado asistiendo, a un servicio evangelístico dirigido por Dwight Moody."

"A propósito, cuando Moody salió del salón, me acerqué a los barberos y los escuché hablando, susurrándose los unos a los otros, y se decían unos a otros: '¿Saben el nombre de ese hombre?' 'No, no lo sabemos. Pero lo que sí sé es que mientras estuvo aquí, elevó nuestros pensamientos.'" Y Wilson escribe: "Mi admiración y estima por el señor Moody fue más profunda desde ese momento." Influencia. Eso es lo que estamos llamados a ser: sal y luz, una influencia sobre los demás.

¿Cuál crees tú que es el mensaje que tú estás dejando en tu entorno, en el mundo? ¿Cuál es el mensaje que tú estás dejando? ¿Cuál crees tú que son los comentarios, cuáles son los comentarios que la gente hace en tu ausencia? ¿Qué es lo que se dice de ti? Cuando tú sales del salón, ¿qué se dice de ti? ¿Qué se comenta? ¿Qué se piensa? ¿Qué dice tu esposa? ¿Tu esposa? ¿Tus esposas no? Cuidado. ¿Tu esposa? ¿Tus hijos? Eso es lo más plural que puede ser. ¿Tus colegas? ¿Qué dicen ellos de ti? ¿Cuál es tu influencia, tu efecto sobre ellos?

Yo me pregunto: ¿hay alguna virtud que tú observes en tu esposa o en tus hijos que tú puedas decir que fue desarrollada gracias a ti, a tu influencia? ¿Has contribuido tú a disminuir algún hábito pecaminoso en la vida de alguien que te rodea? ¿Ha conocido alguien la verdad del evangelio de Jesucristo por ti? ¿Cuál es tu influencia? Esa es la pregunta de este pasaje.

Y este pasaje, la forma como presenta la verdad de que debemos ser sal y luz, se contrapone con la tendencia natural de los cristianos a aislarnos. Nosotros tenemos la tendencia, como el mundo está tan perdido como sabemos que está, a aislarnos.

Tenemos nuestro propio colegio, nuestro propio club, nuestra polera de unión, nuestro propio concierto, nuestro propio todo. Entonces, va a llegar a un punto donde literalmente vamos a salir del mundo y no vamos a influenciar el mundo que estamos llamados a influenciar, porque hemos salido de él, protegiéndonos. Pero cuidado, que no nos alejemos tanto del mundo que finalmente no lo podamos ni siquiera influenciar.

Porque entonces, Jesús, en Juan 17:18, le ora al Padre y dice: "Padre, así como tú me has enviado al mundo, yo los envío a ellos al mundo". Pero 1 Juan 2:15 dice que no podemos amar el mundo ni amar las cosas que están en el mundo. ¿Y cómo es la cosa? Si hemos sido enviados al mundo, pero no podemos amar las cosas que están en el mundo, ¿no se contradice una cosa con otra? Hemos sido enviados, no podemos amarlo, debemos influenciarlo, debemos tener un efecto positivo, santo, en dirección de Dios en ese mundo en que nosotros nos desenvolvemos. Y ese es el llamado de estas figuras: de ser sal y de ser luz.

Entonces, yo quisiera dividir el pasaje en cuatro aspectos para que lo podamos estudiar y sacar de él muchas de las verdades que contiene. En primer lugar, la razón de nuestra tarea: ¿por qué se supone que nosotros debemos hacer eso, ser sal y ser luz? ¿Cuál es la razón? Número dos, la descripción de nuestra tarea: ¿qué significa, qué implica en términos prácticos ser sal y ser luz? Número tres, el riesgo de fracasar en la tarea, porque hay un riesgo de fracasar descrito en el pasaje. Y número cuatro, el propósito de nuestra tarea.

Comencemos con la razón de este llamado de nosotros de ser sal y de ser luz, y de esta declaración más bien de ser sal y de ser luz en el mundo en que nos desenvolvemos. La realidad es que lo que necesita sal es porque está corrompido, y lo que necesita luz es porque está oscuro. El supuesto que hay detrás de esta declaración de que yo soy sal y de que soy luz, de que los hijos de Dios son sal y son luz, es que el mundo está corrompido y el mundo está a oscuras. Esa es la suposición de Jesús. Por eso somos enviados. La tarea y la razón de nuestra tarea es lamentable, pero es la situación real.

Pero no solamente está corrompido y está a oscuras. En 2 Timoteo capítulo 3, Pablo, escribiéndole a Timoteo, le dice que el mundo en los últimos tiempos irá de mal en peor y los hombres serán cada vez peores. Y yo me sorprendo cuando leo diferentes fuentes de información, leo editoriales, leo revistas de periodismo, revistas de economía, revistas de diferentes tipos. Y me sorprende ver el optimismo y la ingenuidad con la que mucha gente evalúa la condición del mundo. Mucha gente cree que el mundo está mejorando, que los avances tecnológicos, que las reuniones de muchos países, que esas cosas nos están mejorando. Y la realidad es que el pecado no ha cambiado en nada su esencia. Sí han cambiado sus formas, pero el hombre sigue siendo —es más sofisticado ahora, es más tecnológico, es más útil— pero es igual de inmoral que hace dos mil años, que hace tres mil años.

El pecado se ha proliferado, y la ciencia y la tecnología y los avances en los medios de comunicación sencillamente han facilitado que el pecado ahora se cometa de manera más privada y más económica. En otras palabras, vivimos en una sociedad mucho más hipócrita, porque mucha gente vive vidas privadas de depravación y pecado, y mentira, y falsedad, e impureza, y nadie lo sabe, porque todas esas cosas y todos esos pecados se cometen en la privacidad de su lugar. Y es el mismo pecado que Cristo señaló hace dos mil años, es el mismo pecado del cual estamos adoleciendo hoy en día. El hombre no ha avanzado en nada moralmente hablando.

Y las grandes preguntas del hombre, los grandes apetitos del hombre, los apetitos internos del hombre, su sentido de propósito, su sentido de satisfacción, su sentido de plenitud, su sentido de realización, está peor que nunca. El hombre se siente vacío e incapaz de llenar el vacío que dice sentir. Increíblemente, esta realidad la vemos tanto en países ricos como en países pobres.

En los países pobres hay muchos programas para educar; los organismos internacionales vienen: "Queremos ayudar a educar a esta gente, a levantarlos, a ofrecerles salud, queremos alimentar a toda esta gente pobre". Pero cuando analizamos sus vidas, estos mismos pobres que queremos alimentar y queremos resolver su problema de salud, educación y de alimento, están plagados y llenos de pecado en su vida. Son gente irresponsable con sus hijos, dados a la idolatría, inmorales sexualmente hablando, dados al robo, a la estafa, al crimen, a la mentira, la corrupción, la violencia intrafamiliar. Y todo eso lo vemos en las familias de aquellas naciones pobres que son el foco y la atención de muchísimas otras naciones para ayudarlos y sostenerlos. Los problemas son los mismos.

Pero si nos vamos a los países ricos, no están en mejores condiciones morales. Los países ricos, a diferencia de los pobres que tienen sus enfermedades como paludismo, como fiebre tifoidea, como tuberculosis, estos países ricos han desarrollado toda una serie de enfermedades típicas del exceso: la obesidad, la depresión, las enfermedades cardíacas y adicciones de todo tipo. Adicciones a calmantes, adicciones a tranquilizantes, adicciones a la cocaína, adicciones a la bebida, adicciones al alcohol, adicciones a la droga y otras drogas cada vez peores. Países ricos con recursos que resolvieron su problema que los otros quieren resolver, pero ahora tienen otro tipo de problema, porque el corazón humano sigue vacío, carente de propósito, carente de sentido, y no ha resuelto su problema del pecado. Es el problema del ser humano.

El mundo en el que vivimos está a oscuras, está podrido. Es la razón de la sal, la razón de la luz que nosotros tenemos que llevar. Y cuando vemos todo esto, una vez más se comprueba la verdad del Salmo 51:5: "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre". El pecado viene conmigo. Se parece a cuando un niño nace de una madre que ha sido adicta a la cocaína: el niño nace adicto a la cocaína. Increíble. De la misma manera, el pecado se infiltra en nosotros por nuestra propia naturaleza; nacemos pecadores. Y a menos que resolvamos esa situación, iremos de mal en peor.

Esa es la razón de nuestra tarea de ser sal y de ser luz. Esta es una visión pesimista... perdón, es una visión lamentable pero realista de lo que vemos. De hecho, pudiera citar cincuenta casos que nos ilustran que la situación es peor de lo que yo acabo de mencionar. Y eso no es diferente dentro de la iglesia. La iglesia, este grupo que está aquí, en sus vidas privadas, nosotros mismos en nuestras vidas privadas, tenemos pecados, tenemos hábitos que ofenden a Dios y ofenden a los otros, tenemos actitudes pecaminosas.

Número dos: ¿cuál es nuestra tarea? ¿Qué implica ser sal y ser luz? Si el mundo está así, ¿qué yo tengo que hacer? Ser sal y ser luz, ¿qué implica eso? El versículo 13 dice: "Vosotros sois la sal de la tierra". El versículo 14 dice: "Vosotros sois la luz del mundo". El versículo 16: "Así brille vuestra luz delante de los hombres". El mundo está corrompido y está a oscuras. Nosotros tenemos la tarea de ser sal y de ser luz.

El plan de Dios para resolver los problemas del mundo no es cambiar las leyes. El plan de Dios para resolver los problemas que aquejan a la humanidad no es nada más darle comida a la gente, ni es sanarlos de sus enfermedades, ni es educarlos. Yo pudiera hacer que todos naciéramos como bibliotecas caminando; el problema del ser humano no es ni educación, ni salud, ni alimento, nada de eso. El problema del hombre es el pecado, y para eso la solución es que la iglesia de Dios, los hijos de Dios, nosotros, seamos sal y seamos luz. A través de la sal podemos preservar la decadencia moral, y a través de la luz podemos decirle a la gente dónde está la verdad. La gente está confundida y no sabe dónde está la verdad y dónde encuentra plenitud de vida.

¿Qué implican estas figuras de la sal y de la luz? Es importante notar que en ambos pasajes, tanto en el versículo 13 como en el versículo 14, la palabra "vosotros sois la sal de la tierra", "vosotros sois la luz del mundo", está en una forma enfática, lo cual indica que Jesús nos está diciendo: "Ustedes son la única sal, ustedes son la única luz que el mundo tiene". No hay otra. En otras palabras, no hay esperanza para el mundo a menos que ustedes hagan su función.

La mejoría de la condición humana no depende de que aumenten las iniciativas a favor de la pobreza, de que aumenten las iniciativas para mejorar las leyes; no depende de nada de eso, no depende de que el petróleo suba o baje o que la bolsa de valores mejore. Depende de que tú y yo hagamos nuestra función como sal y como luz. Y ojo, esa es la tarea a nombre de Dios y en beneficio de un mundo, de un mundo que rechaza el mensaje que le tenemos que comunicar. Pero como lo decía hace un momentito, así como el niño rechaza la medicina que lo va a sanar, así mismo el mundo rechaza el Evangelio que lo va a sanar. Pero aún así debemos hacer nuestra función de ser sal y de ser luz.

John MacArthur escribe en uno de sus comentarios: "La manera de cambiar el mundo no es cambiarlo políticamente, no es reescribiendo las leyes o marchando. La manera de cambiar el mundo es infiltrarlo con santidad y rectitud, y afectarlo de adentro hacia fuera".

Yo creo que es importante hacer la siguiente observación también. En este "vosotros sois la sal" y "vosotros sois la luz", esto no es una petición ni un mandato de Jesús; esto es una declaración. O sea, Jesús no está diciendo "ustedes deben ser la sal, ustedes deben ser la luz". No, Él no está diciendo "sea sal y sea luz". No. Él está diciendo "ustedes son la sal y son la luz". Puede ser que tú seas una sal insípida y una luz apagada, pero eres sal y eres luz.

Es una función que nos corresponde como hijos de Dios. Los reconozcamos o no los reconozcamos, se supone que de ti tiene que salir el poder de salar el mundo de manera tal que prevenga la corrupción, y de ti tiene que salir la luz que ilumina el mundo y le indique el camino a la verdad. Si no sale, es un problema tuyo, pero no es que no seas sal y que no seas luz; lo eres, ya lo eres por el hecho de ser hijo de Dios. Y de hecho, nosotros nos gramos parte de esa decadencia y parte de esa oscuridad, y el Señor en su gracia nos ha traído a ser sal y ser luz. No es que tengamos una fibra especial en nosotros, no hay ninguna fibra especial en nosotros; sencillamente la gracia de Dios se ha hecho presente y nos ha permitido esta enorme y privilegiada tarea de ser sal y de ser luz.

Esa es la pregunta: si tú estás haciendo o yo estoy haciendo la función que se supone que yo tengo. Eso es lo que yo soy: soy sal y soy luz, entonces es mi tarea. ¿Estoy haciendo? Puede ser que no.

Hay algo importante también en estos símbolos, en esta figura de sal y luz, y es que el cristiano está llamado a ser tan diferente del mundo así como la sal lo es de la sustancia sobre la cual se vierte, y así como lo es la luz de la oscuridad. Esta figura de ser sal y luz claramente, claramente se opone a que nosotros, como hijos de Dios, nos liguemos con el mundo y nos confundamos con el mundo y tengamos sus mismos valores, sus mismos principios, sus mismos apetitos, su mismo entretenimiento, su misma forma de hablar, de hacer las cosas, de vestir, de resolver los problemas. Se supone que si yo voy a ser sal, tengo que ser distinto de la sustancia sobre la cual yo me vierto, y si soy luz, se supone que yo debo ser distinto a la oscuridad que se supone que yo repelo.

Por lo tanto, la figura de la sal y la luz hace énfasis en la marcada diferencia que tiene que haber entre las vidas de aquellos que somos hijos de Dios y la vida de aquellos que no son hijos de Dios. De lo contrario, si mi vida se acerca a la de ellos, mi función de sal y mi función de luz se disipa. No hay distintivo, no hay poder en una luz que es apenas una velita, no hay poder en una sal que se ha vuelto sin sabor, y eso es parte de lo que vamos a ver en un momentito.

¿Qué significa específicamente la figura de la sal? ¿Qué puede estar Jesús pensando? No sabemos con precisión porque la sal tiene muchos usos; lo tenía en ese momento, lo tiene hoy en día, y Jesús puede estar pensando en muchos de sus usos, aunque hay uno que es preponderante sobre todos los demás que lo vamos a dejar para el final, porque yo creo que ese uso resume todos los que voy a describir.

En primer lugar, muchos comentaristas, un par de comentaristas que consulté, sugerían que esta figura quiere decir que así como la sal es blanca y pura, así estamos nosotros llamados a ser blancos y puros, por así decirlo, morales, morales frente al mundo. Nosotros debemos ser modelos de pensamiento, de palabras y de obras; debemos ser el referente de cómo vivir la vida frente al mundo que nos observa. Y este es quizás una posible interpretación, y quizás parte de eso quizás estaba en la mente de nuestro Señor Jesús.

Pero número dos, uno de los usos principales de la sal es darle sabor a la comida. Eso lo sabemos todos; lo era en ese momento y todavía lo es hoy en día. Hay comidas que no se pueden comer sin sal. ¿Has probado un huevo sin sal? Es otra cosa. Yo no sé qué es un huevo sin sal; es un huevo, es una cosa totalmente diferente. Es amargo, no sabe a nada; la clara no sabe, la yema sabe amarga, no entiendo. La sal le da todo un sabor al huevo. El aguacate es otra cosa; el aguacate con sal, otra cosa. Es así, y así cada alimento: las pastas, los arroces, es totalmente diferente el sabor de los alimentos con sal añadida.

Y hay dos interpretaciones, dos aplicaciones de ese uso de la sal sobre nosotros. Una que me pareció un poco infantil en su interpretación es que nosotros damos el sabor del mundo, la alegría del mundo, la risa del mundo, el vigor del mundo. Pero cuando analizas rápidamente el efecto que nosotros tenemos en el mundo cuando vivimos la vida como se supone que debemos vivirla, nos damos cuenta que el mundo, más que el vigor y la risa de la vida... nosotros somos rechazados en el mundo en muchas ocasiones. Por lo tanto, posiblemente no se refiere a ese tipo de sabor.

Pero lo que sí creo que puede estar apuntando esto de que somos el sabor del mundo es que mi entorno sabe a mí, y yo sé a Cristo. Mi sabor es Cristo y eso se esparce en mi entorno. Hay un ambiente de veracidad donde yo me muevo, hay un ambiente de perdón donde yo me muevo, hay un ambiente de gracia donde yo me muevo, hay un ambiente de santidad donde yo me muevo. Las características de Jesús, que se supone que se reflejan en mí, y yo a su vez paso ese sabor al mundo, al entorno en el cual yo me desenvuelvo.

Y yo me pregunto: ¿cómo analizas tu entorno? ¿Hay algún vestigio de sabor a Cristo por tu presencia? ¿Hay mejores relaciones porque tú estás ahí? ¿Se conoce la verdad porque tú estás ahí? ¿Se confronta el pecado porque tú estás ahí? Cuando tú llegas, ¿se dejan de hacer los chistes colorados? Y cuando tú te vas, ¿comienzan las malas palabras? ¿Qué efecto tú tienes? ¿Sabor a Cristo? Ahí es posible que esa sea otra interpretación de la sal, de nosotros como sal en el mundo.

Una tercera interpretación de la sal, o un tercer uso de la sal, es cuando la sal es aplicada sobre las heridas y su propósito es cicatrizar. La sal sirve como cicatrizante. Yo recuerdo que en una ocasión me sacaron una muela, me dieron varios puntos, me mandaron a hacer gárgaras de sal. Me picaba, pero me sanaba. De la misma manera, muchas veces nuestro efecto en el mundo es así: cuando tengamos que confrontar lo mal hecho, confrontar el pecado, confrontar la mentira, confrontar lo que se está haciendo mal, vamos a picar, pero vamos a sanar al mismo tiempo.

Hay dos extremos en este uso de ser aplicados como sal para sanar la herida, para picar un poquito. Y es que unos llevan esto al extremo de que sí, debemos estar ahí presentes para lo que pase, pero se convierten en una especie de miel que no tiene ningún efecto sanador: muy empalagoso, pero no sana. Y mucha gente entiende que el cristiano está llamado a siempre, siempre, siempre tener una cara sonriente, un abrazo al hermano y un "Dios te bendiga", y que nunca hay lugar para decirle: "Lo que estás haciendo es fornicación, lo que estás haciendo es desconsiderado hacia tu esposa, la forma como le hablas es abuso verbal, es abuso físico". Y entonces perdemos nuestro efecto sanador; no picamos, pero no sanamos tampoco. Y unos lo han llevado al extremo de ser así de dulces siempre y han perdido ese efecto.

Pero otros lo han llevado a otro extremo y se han convertido: de sal han comenzado a ser ácido. "No, es que yo soy... yo la verdad la digo, y el suéter está muy feo, y esto está mal, está mal, está mal". Y se convierten en ácido, y en vez de sanar destruyen, y en vez de cicatrizar abren más la herida. Y la figura de la sal es muy equilibrada, porque dice: pica pero sana, arde pero cura. Y así tengo yo que ser; tengo que tener ese equilibrio donde cuando tengo que picar, pique, pero al mismo tiempo pueda sanar con la gracia de Dios.

Un cuarto uso posible de la sal, y más que uso es un efecto de la sal en los organismos: el ingerir sal nos da sed. Lo que yo no sabía era que si yo tengo una dieta baja en sal, baja en sodio, yo voy a tender a consumir menos agua que la que necesito. O sea, consumir sal en proporciones adecuadas lleva a mi cuerpo a beber el agua que necesita. Hay atletas que literalmente se entrenan chupando barras de sal. Los soldados romanos lo hacían cuando tenían que caminar grandes cantidades, una distancia muy grande; consumían barras de sal para que esa sal les produjera una sed tal que consumieran grandes ingestas de agua y no se deshidrataran.

Nosotros se supone que estamos llamados a vivir una vida tal que genere sed en los otros por el agua viva que es Cristo. Ese es el tipo de vida que yo tengo que vivir: que la gente sienta que necesita lo que yo tengo, que necesita el agua, que necesita el fluido que me da vida a mí, que es Cristo, y lo quiera para sí. Ese es el tipo de vida que yo debo vivir. Y yo me pregunto: ¿está tu vida creando sed de Dios en otros? ¿Hay evidencias en tu entorno de que tú has creado sed por Cristo en la vida de los que te rodean?

Y por último, el quinto efecto de la sal, que es el más usado. Yo creo que resume todos estos efectos, a la vez, por algo que voy a explicar: es que la sal es por excelencia un preservante. La sal evita la putrefacción de los alimentos, de la carne, de la masa. Y en los tiempos de Jesús, que no había refrigeradores, no había neveras, no había hielo, no había nada de eso, lo que se usaba era sal para conservar la carne y otros alimentos.

Si esto es así, entonces nosotros somos el antiséptico del mundo. Nosotros estamos llamados a observar el comportamiento humano y a levantar el estándar de la verdad, a levantar el estándar de la santidad cuando esa santidad es violentada, por lo menos en nuestro entorno, y contribuir con que nuestra esquina de carne no se pudra. Ahí donde estamos, que eso no se pudra. Somos en ese sentido preservantes de la sociedad que, como ya describimos hace su momentito, va de mal en peor.

De hecho, de hecho, a no ser por la presencia de aquellos hijos de Dios que están haciendo su tarea, el mundo estuviera peor de lo que está, peor de lo que está. De hecho, cuando nosotros nos vamos a la Biblia, en muchas ocasiones nos damos cuenta que la única razón que retarda el juicio de Dios sobre este mundo es la presencia de sus hijos en medio de este mundo.

Hay diversos ejemplos, comenzando con Noé y su arca. Dios agrupa sus ocho hijos, sus ocho justos, los mete en un arca y destruye el mundo. Más adelante, en Sodoma y Gomorra, cuando Dios le anuncia a Abraham que va a destruir la ciudad por la depravación y el pecado que había en Sodoma y Gomorra, Abraham le pregunta: "Pero, ¿habrá cincuenta justos? ¿Destruirás tú la ciudad si hay cincuenta justos?" Y qué le responde: "No destruiré la ciudad si hay cincuenta justos." Y Abraham va bajando de cinco en cinco, de cinco en cinco, de cinco en cinco, y Dios le llega a decir: "Si hubiese un justo en Sodoma y Gomorra, no la destruyo." Por un justo se salva una ciudad, dice Dios. ¡Cuánto más por su satisfecho que está presente en la tierra se salva este mundo!

Los no creyentes no saben lo que nos deben. No tienen idea de lo que nosotros les hemos evitado del juicio de Dios. Y Dios preserva su mundo por su gracia a los suyos. Servimos como preservante en un sentido, pero servimos también como preservante del juicio: evitamos el juicio de Dios y lo retardamos hasta que Dios tenga misericordia de aquellos que no le han escuchado todavía.

Entonces, si se fijan, en estos cinco usos que la sal tiene, todos pueden servir, todos pueden aglutinarse en este efecto preservante. Porque si soy puro como la blanca sal, si soy puro, si damos nuestro sabor al mundo —sabor a Cristo—, si ejercemos nuestra confrontación para picar pero para sanar el mundo, y producimos sed de Dios en otros, al final el resumen de todo eso es que la sociedad se preserva, el mundo se preserva de caer más y más en la escalera del pecado, y hay un efecto preservante de nosotros sobre el mundo. Esa es una tarea importante, hermanos. Vital. De vida o muerte eterna para muchos: para mi familia, para mi entorno, para mis colegas, para dondequiera que me desenvuelvo.

Pero hay otra figura, porque este trabajo de la sal es un poco sutil. La sal no la vemos en la carne cuando es aplicada; lo sabe el cocinero que la aplicó, pero el que se la come no la ve, la siente. Y de esa misma manera, nuestra función de sal es más sentida que vista. Es el trabajo sutil de un testimonio que cambia las vidas que influencia.

Pero esta figura de la luz es la parte visible de mi fe. La sal es la parte invisible de mi fe, la parte que no se ve pero se siente, se percibe internamente en mi familia, en mi trabajo, en mi oficina. Pero no solamente somos sal, somos luz. Estamos llamados a proclamar una verdad visiblemente. Dice el versículo 16: "Ante los hombres, que sean vistas vuestras buenas obras." Visibles. Si vivimos un testimonio fiel a Dios y no proclamamos el Evangelio de Jesucristo, ¿cuál es el mensaje que estamos dando? Que las obras salvan, que las obras son suficientes. Y sabemos que las obras no son suficientes, a menos que sean el producto de una relación con Dios, luego de habernos arrepentido y aceptado su perdón en nuestro favor.

La luz, el efecto de la luz es diferente al efecto de la sal. La sal preserva; la luz aclara el camino, habla de la verdad, corrige el error. La gente deja de tropezar y encuentra lo que anda buscando. Es el efecto de la luz sobre el mundo. Y entonces en eso estamos: en este trabajo de ser sal y ser luz, vivir una vida de un testimonio fiel a Dios siendo sal, pero al mismo tiempo vivir una vida de proclamación de la verdad, del Evangelio.

Nosotros no somos, en un sentido, la fuente de luz; somos meros reflejos de la luz de Dios. Meros reflejos. No tenemos vida en nosotros mismos, no tenemos verdad en nosotros mismos. La verdad que proclamamos está aquí contenida. Nuestra salvación no depende de mi obra, depende de la cruz de Jesucristo. No soy yo la luz, es Dios la luz. Y 1 Juan 1:5 dice literalmente eso: "Y este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna."

Pero la Palabra habla también de que la Palabra, valga la redundancia, es luz también. Salmos 119:105: "Lámpara es a mis pies tu palabra y luz para mi camino." Y Juan 1:9 dice, hablando de Jesús, que él era la luz verdadera que al venir al mundo alumbra a todo hombre. Y en Juan solamente hay más de trece declaraciones de Jesús diciendo: "Yo soy la luz del mundo."

En otras palabras, ¿cómo es que él es la luz y yo soy luz? Bueno, él es el sol y yo soy la luna. Él es la fuente de la luz y yo soy el reflector de la luz que él proyecta. Si yo quiero ser luz para el mundo, aclarar el camino, yo tengo primero que ir en comunión íntima con Dios, cultivar mi relación personal con Jesucristo, su meditación en su Palabra, ser cambiado, que su luz me cambie para yo poder iluminar a otros. No puedo ir a iluminar a otros a menos que yo haya recibido la luz de la fuente. Y en ese sentido soy luz para otros.

Y esto tiene que hacerse delante de los hombres. La vida cristiana no está llamada a vivirse en secreto, como los monjes. La vida cristiana está llamada a vivirse en medio de los hombres, penetrando el mundo, produciendo evitar la decadencia a través de la función de sal, y penetrar el error y la mentira con la función de luz.

En una ocasión se le preguntó a un monje que por qué él no salía a la luz. Este hombre pasaba más tiempo con las piedras que con los hombres. Se iba muchas horas a un río a meditar, y ahí estaba, se sentaba entre las piedras y demás. Y él dijo: "Se tropieza menos entre piedras que entre hombres." Y es cierto, hasta cierto punto, que tenemos menos problemas entre piedras que entre hombres. Pero entonces no estamos cumpliendo la función de sal y luz. Y nuestros tropiezos sirven para decirle al mundo que somos falibles, que somos caídos, pero Dios nos ha redimido. Nuestros tropiezos sirven para eso.

La razón de nuestra tarea es la decadencia del mundo. Nuestra tarea es ser sal y ser luz. Ser sal como preservantes, ser luz como proclamadores de un Evangelio que transforma las vidas.

Hay un riesgo de fracasar. Hay un riesgo de fracasar. Mateo 5, versículo 13 dice: "Somos la sal del mundo, sí, pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya para nada sirve sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres."

Hay un riesgo de que tu vida se vuelva insalubre, insípida, no sabe a nada, no tiene ningún efecto. Y nosotros sabemos de la sal algo que yo no sabía hasta que lo estudié, porque incluso leí algunos artículos en Wikipedia acerca de la sal. La sal, cuando es pura, totalmente pura, no hay manera de que se vuelva insípida. Lo que vuelve insípida la sal es la mezcla. Y lo que vuelve insípido al cristiano es la mezcla con el mundo: en su manera de pensar, en su manera de vivir, en su manera de ver las cosas, de ver la vida, de resolver sus problemas, en sus prioridades. Cuando su prioridad es una del mundo, sus gustos son unos del mundo, su entretenimiento es el del mundo, su forma de hablar es la del mundo, su pensamiento es mundano, entonces este individuo se ha convertido en una sal insípida. No sabe a nada, es igual a la carne que se está pudriendo. La mezcla es el enemigo de la pureza de la sal y de la efectividad de la sal.

Por lo tanto, a toda costa, a toda costa, yo debo evitar contaminarme con el mundo. Yo debo... No es saliendo del mundo, porque hemos sido enviados a él, sino manteniéndonos puros en el mundo y viviendo nuestra vida de pureza frente a los hombres. Lo importante de la sal no es tanto su abundancia, es su pureza. Es mejor poca y pura que mucha e insípida. Es así.

El otro peligro que está aquí en el pasaje no es solamente que nos volvamos insípidos y que nuestro testimonio se mezcle, que nuestra vida se mezcle con el mundo y no sepamos a nada. El otro peligro es que la luz que tenemos, la luz que decimos que nos ha transformado la vida, la escondamos. Eso es Mateo 5, versículos 14 y 15. Dice: "Somos la luz del mundo. Vosotros sois la luz del mundo." Pero dice: "Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar, ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa."

En otras palabras, tú dices tener la verdad, pero tú no hablas de ella. Tú dices conocer al Rey, pero tú no hablas de tu Rey. ¿Cuándo fue la última vez que yo le hablé a alguien de Jesucristo? De Jesucristo, de la cruz, del pecado. ¿Cuándo fue la última vez que lo hice? No de la moral, que el mundo está mal, de que hay que ser diferente. No. Jesucristo es el tesoro de los tesoros, es el que pagó el precio, es la esperanza de vida eterna, es mi modelo de vida. No solamente es mi modelo a seguir, sino que es el tesoro el cual quiero obtener. Jesucristo es la solución, es la verdad. "Yo soy el camino, la verdad y la vida." Lo tenemos. Compartámoslo. Seamos luz.

En ese proceso, unos, muchos nos rechazarán. De hecho, yo me atrevería a decir que la mayoría nos rechazará. Quizá no nos rechazará a nosotros, pero rechazará el mensaje que llevamos. No les parece, no les gusta, no les agrada. "¿Y tengo que dejar tal cosa?" Ese no es un discípulo.

Podemos fracasar como luces. Escondemos la luz si no hablamos, si no proclamamos, si no decimos que nosotros somos como somos por el efecto que Cristo, la luz de Cristo, tuvo en nosotros. Y a veces lo hago por miedo, por vergüenza a los demás. Le tengo vergüenza, le tengo miedo a proclamarme como cristiano y decir que la cruz me ha salvado, o que del pecado tienes que arrepentirte para venir al Señor. Tenemos miedo, tenemos vergüenza.

A veces falta de amor. Yo le estoy pidiendo al Señor amor por aquellos que no lo tienen a él. Algo que yo he identificado en mi vida es que yo carezco de un amor intenso por los que se pierden. Y le he pedido al Señor: "Señor, esta falta de amor sustitúyela por tu amor y tu gracia, que tú, cuando yo era tu enemigo, tú viniste a salvarme. Que yo tenga esa misma disposición." A veces falta de amor al que se pierde. No lo amamos tanto. No lo amamos si no le compartimos lo que lo salva.

Pero al mismo tiempo, a veces me falta de amor hacia el otro, falta de amor a Dios, y nuestras vidas son tan apagadas, tan pálidas, tan insípidas, ¿qué es lo que vamos a compartir? Yo mismo no estoy convencido del mensaje, ¿qué es lo que voy a compartir? En ese caso entonces tenemos que ir donde Dios y arrepentirnos de nuestra palidez y de nuestra tibieza, y pedirle al Señor que nos dé nuevamente el fervor por su Palabra, el fervor por su persona, y poder verlo en su grandeza, y entonces comenzar a actuar de maneras que son ilógicas para los hombres pero lógicas para Dios.

A mí me llama mucho la atención, en un momento... Muchos de ustedes conocen el texto de la transfiguración de Jesús. Jesús sube con Pedro, Juan y Jacobo al monte Carmelo, y en ese monte se transfigura. Dice la Palabra que sus ropas se volvieron blancas como la lana, reflejándonos o diciéndonos que él comenzó a ser la fuente misma de la luz. Ellos no veían bien y decían que las ropas se volvieron blancas, pero era el mismo ser de Cristo. Y Juan nos dice que ellos lo vieron en gloria y majestad, lo vieron como él era. Y después que lo vieron así, ¿qué fue lo que dijeron? "Señor, vamos a quedarnos aquí. Vamos a quedarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas. Yo no quiero bajar para allá abajo."

Cuando veamos a Dios en toda su majestad, nuestras reacciones serán ilógicas para el mundo, pero reflejan un amor intenso por Dios. "Que demos nosotros aquí, Señor." Y él nos va a decir: "No, bajemos, que tenemos un mundo que iluminar."

Por último, la razón de nuestra tarea: la decadencia del mundo. La tarea es ser sal y luz. Sal como preservante, luz como proclamador de un Evangelio que transforma. Número tres: hay peligros. Si nos mezclamos, se disipa la sal; si escondemos el Evangelio y no lo proclamamos, se disipa la luz. Número cuatro: el propósito de nuestra tarea, versículo 16. Hagan esto delante de los hombres para que vean vuestras acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. El mayor de los propósitos de un ser humano: glorificar a Dios. Todo esto no es en nombre de la iglesia, no es en nombre de nosotros mismos, no es para gloria personal; es para gloria de aquel que es dueño y Señor de todas las cosas.

Lo que me llama más la atención de este versículo 16 es que, como ustedes conocen, hay un versículo en 1 Corintios 10:31 que dice que sea que comamos o bebamos, hagámoslo todo para la gloria de Dios. Nosotros, que nuestra vida sea todo para la gloria de Dios. Pero este pasaje dice: hagan todo de manera tal que otros glorifiquen a Dios. En otras palabras, no es solamente que mi vida glorifique a Dios, es que mi vida debe ser vivida de una manera tal que yo lleve a otros a glorificarle a Él.

La gloria de Dios es el máximo y supremo objetivo de la creación y de nuestras vidas. Y Mateo concluye diciendo: "a vuestro Padre que está en los cielos". Esto es una expresión común para nosotros, pero muy rara para un judío, extremadamente rara. Los judíos no mencionaban el nombre de Dios ni siquiera. El que Mateo ponga "Padre", y Mateo les escribió a judíos, el que Mateo ponga "Padre" ahí significa ternura, calidez, cercanía de un Dios que para los judíos era totalmente ajeno a ellos. Lo que Mateo está diciendo es: no hagan esto por obligación, hagan esto porque aman a su Padre. Su Padre que está cercano, su Padre que está asequible, pero además es el Padre que está en los cielos, es el Padre de la majestad.

Tu vida, ¿cómo está con relación a tu tarea? ¿Qué tan salado es tu entorno? ¿Qué tanto sabe a Cristo tu entorno? ¿Qué tan iluminado está tu entorno? ¿Qué tanta gente sabe de la luz que hay en ti? Yo creo que debemos evaluarnos. Hay muchas cosas que contribuyen a que nosotros como iglesias seamos más efectivos en la tarea que tenemos que hacer. Esta es una de ellas: que entendamos con profundidad la labor de la sal, de nosotros como sal y nosotros como luz, en un mundo que se pierde y que va de mal en peor.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.