Integridad y Sabiduria
Sermones

La ira bajo el escrutinio de Jesús

Miguel Núñez 2 enero, 2011

Jesús no se conforma con la letra de la ley; él mira la intención del corazón. Por eso, cuando enseña sobre el mandamiento "no matarás", no habla solo de quitar una vida física, sino de la ira que precede al acto. Bajo esta nueva luz, el que se enoja con su hermano ya es culpable ante la corte, y el que lo insulta llamándolo "raca" o "idiota" asesina su reputación y viola la imagen de Dios en él. El sexto mandamiento existe precisamente para proteger esa imagen, y cada vez que hablamos contra alguien, la estamos destruyendo.

La ira es egocéntrica: nace cuando alguien ofende nuestro orgullo, cuando no podemos controlar a otros, o cuando interfieren con lo que queremos hacer. Naamán prefirió quedarse leproso antes que humillarse lavándose en el Jordán, y los hijos de Zebedeo quisieron hacer bajar fuego del cielo sobre quienes les impidieron predicar. Por eso Santiago advierte que la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

Esta ira nos separa del hermano y, por tanto, de Dios. Cristo lo ilustra con claridad: si vas a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y reconcíliate primero. La irreconciliación nos mete en una cárcel emocional de la que solo salimos perdonando la última ofensa. Satanás captura nuestra mente, perdemos objetividad, y la herida crece hasta parecer imperdonable. El camino de salida es el perdón: activo, decidido, costoso, pero liberador.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hoy vamos a continuar con nuestro mensaje acerca del Sermón del Monte. Las palabras de Cristo en este día son palabras que nos van a llevar a pensar, a reflexionar profundamente, y quizás eso sea una buena razón para comenzar el año de esa manera. No sé cuántos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez, antes de oír un sermón: ¿por qué yo estoy aquí hoy? Pero si tú no te lo has preguntado, yo quiero preguntártelo. Es una pregunta retórica: ¿por qué estás aquí hoy? En segundo lugar, ¿qué tú quieres que Dios te diga en el día de hoy a través del pasaje que él haya traído para nosotros?

Esas no son mis preguntas, son las preguntas de un misionero que cada vez que iba a predicar siempre hacía las mismas dos o tres preguntas; la tercera no la recuerdo. ¿Qué tú quieres que Dios te diga a través de este pasaje? Y con eso en mente, comenzamos a leer el pasaje de Mateo 5, el versículo 21 hasta el 26.

"Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte. Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte, y cualquiera que diga 'Raca' a su hermano será culpable delante del Sanedrín, y cualquiera que diga 'idiota' será reo del infierno de fuego. Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo."

Padre, Tú has elegido estas palabras como texto para nosotros hoy, en el primer domingo de este año 2011. Tú sabrás la razón. Te pedimos que al final del mensaje nosotros también sepamos la razón. Danos iluminación para ver este texto como Tú lo estás viendo en este momento. No nos permitas entenderlo a través de nuestra propia sabiduría, y no le permitas al predicador predicarlo a través de su propio conocimiento. Que el Espíritu que mora en él y el Espíritu que mora en cada hijo de Dios que está aquí pueda juntarnos en un mismo lugar en cuanto al entendimiento de este pasaje. Y te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

Son, en condiciones, palabras chocantes, asombrosas. No solamente para la audiencia de aquella ocasión que las escuchó, sino para nosotros al comienzo de un año, un primer domingo del año. El texto que yo leí no registra cuál fue la reacción de aquellos que la escucharon, pero a mí no me cabe duda de que fue una reacción de asombro. Porque ciertamente Cristo comienza a comparar, o quizás es chocante pensar que Cristo quiera comparar, el homicidio con el pecado de la ira. Y eso es exactamente lo que él hace.

De manera que aún para esta audiencia, que conoce todo lo que el Nuevo Testamento tiene que decir —lo cual no era cierto con relación a la audiencia de Cristo— pero aún para nosotros, estas palabras son como un poco confusas y ciertamente confrontadoras. ¿Qué es lo que Cristo entiende de la ley que nosotros no entendemos? Y creo que la respuesta es sencilla, es corta, pero tiene que ser explorada. Cristo entiende el espíritu de la ley y nosotros, con frecuencia, solamente vemos la letra de la ley.

Nosotros tendemos a limitarnos al contenido literal de las palabras en una prohibición que leemos, pero Cristo ve la intención detrás de la prohibición. De tal manera que ahora la relación sexual con la mujer ajena no es lo que me hace adúltero, sino la intención detrás de la prohibición. Y de esa misma manera, yo no soy homicida cuando cometo el acto de quitarle la vida a alguien, sino que yo cometo ese acto porque ya yo era homicida.

Esto era importante que Cristo lo explicara a esta audiencia, y quizás sea importante que lo explique a nuestra audiencia hoy, porque es una tendencia que está dando la vuelta nuevamente. Y es que en aquella ocasión los judíos tomaban la ley al pie de la letra, y cualquier cosa que no estuviera especificada en la letra de la ley, ellos eran incapaces de encontrar un principio aplicativo para esa prohibición. Déjame ilustrarlo: si la ley decía "no harás esto o aquello a tu vecino", ellos entendían que bueno, a mi vecino no se lo puedo hacer, pero a fulano que no es mi vecino sí se lo puedo hacer, porque eso no está en la ley.

Y lo que Cristo está tratando de hacer en esta ocasión es: déjame tomar seis ilustraciones de la ley —que es lo que él va a hacer en este sermón— y déjame explicarles a esta audiencia la intencionalidad detrás de la prohibición. Y entonces él comienza con la primera: el sexto mandamiento de la ley de Dios, "no matarás", y comienza a darles su verdadero sentido y significado. Pero no solamente eso, no solamente trae un nuevo sentido y significado a la ley, sino que trae una nueva autoridad.

Porque, como lo dijimos en el mensaje anterior, hasta ese momento nadie se atrevía a referirse a sí mismo como fuente de autoridad. Los profetas, por ejemplo, decían "así dice el Señor"; ahí estaba la autoridad. O los maestros decían "así dijo Moisés"; ahí estaba la autoridad. Ellos apelaban a la autoridad de los profetas anteriores, o "así dice la ley"; ahí estaba la autoridad. Pero venir ahora y decir como Cristo: "habéis oído, pero yo os digo" —la autoridad está sobre mí— eso era completamente nuevo, novedoso para esta audiencia. Y eso es lo que Cristo está haciendo.

Notemos cómo Cristo dice "habéis oído" en vez de "habéis leído", porque ellos no tenían la Biblia como nosotros la tenemos, impresa en múltiples idiomas. Solamente los maestros de la ley podían tener acceso a ella, de manera que lo único que podían conocer era lo que los maestros decían. "Habéis oído, pero yo os digo", dice Cristo. Y él se levantaba ahora con una nueva enseñanza, no contradictoria de la anterior, sino complementaria; algo que ampliaba lo que ellos sabían. Y se levantaba como una nueva autoridad, hasta el punto que estas son las palabras al final del Sermón del Monte, en Mateo 7:28: "Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza, porque les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como sus escribas."

Había algo en las palabras de Jesús, había algo en el tono de su conversación, había algo en sus miradas, había algo en su estilo de vida que le conferían autoridad que ellos no habían visto en los maestros anteriores. Y es por eso que mucha gente estaba abierta a esta nueva enseñanza. De nuevo, no contradictoria con la anterior, sino complementaria, ampliatoria si pudiéramos decir, de lo anterior. Era algo que traía más luz a lo que ellos ya conocían, algo que no se limitaba a la letra de la ley, sino algo que iba al espíritu de la ley.

Bajo esta nueva luz, el desear la mujer ajena era considerado adulterio. Bajo esta nueva luz, el airarme contra mi hermano pudiera ser equivalente al homicidio. Con esto Cristo nos estaba ayudando a entender que lo importante para Dios no es la acción pecaminosa, sino la disposición pecaminosa que precede a la acción del pecado. Aquello que está en mi corazón, aquello que le da origen a la acción, aquello que nadie conoce pero que Dios ve.

Los fariseos hasta ese momento tomaban la ley para juzgar las acciones. Cristo está tomando la ley para decir: la ley va más allá y juzga la intencionalidad del corazón. De hecho, en Hebreos 4:12, ¿qué es lo que nos dice? Que la palabra de Dios es más cortante que cualquier espada de doble filo, capaz de discernir las intenciones del corazón y los pensamientos del hombre. Esto es exactamente lo que Cristo está haciendo ahora con la ley. Les está diciendo: la ley es mucho más de lo que ustedes habían imaginado.

"Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte." Una vez más, la gente solamente había oído y no había leído. Incluso está usando algo que ellos conocían muy bien, y es que había una corte que juzgaba las acciones. Una corte que en ocasiones era solamente compuesta por tres personas en los casos de aldeas de 150 personas o menos, o siete personas en los casos de pueblos más grandes, o 21 personas en los casos de grandes ciudades. Pero había una corte. Les está hablando de algo que ellos conocían.

Esto no es ficticio, esto no es imaginario, no se está inventando esta historia. Él está diciendo: ustedes conocen muy bien que el que comete homicidio es culpable, tiene que responder ante estas cortes que ustedes han establecido en los diferentes sectores. Y ahora les digo que aquel que se enoja contra su hermano será también culpable y digno de ser traído ante la misma corte.

¡Imagínate tú a un judío del primer siglo que nunca había oído tal cosa! Un judío que se consideraba que no había violado el sexto mandamiento de la ley de Dios porque nunca había matado a alguien. Ahora Cristo trae una luz que dice: nadie está exento, nadie es inocente ante el sexto mandamiento de la ley de Dios; todo el mundo lo había violado. Porque en esencia eso es lo que le está diciendo, hasta el punto que Cristo dice: te pueden traer ante la misma corte.

El pecado de la ira es un pecado universal. Yo no creo que haya una persona aquí que pueda decir que no está airada contra su hermano, y por tanto no puede haber una persona aquí que se halle inocente del sexto mandamiento de la ley de Dios. El pecado de la ira es tan antiguo como el hombre mismo. Apenas teníamos dos padres, dos hermanos, y ya Caín estaba enojándose con Dios. Con Dios, nada más y nada menos. Y caminas un poco más adelante y te encuentras a Esaú airado contra Jacob, su hermano. Caín mata a Abel, Esaú quería matar a Jacob. Te mueves un poco más adelante y encuentras a Moisés, airándose hasta el punto que no puede entrar a la tierra prometida. Este es el pecado que le quita, que le roba a Moisés la tierra prometida, cuarenta años después de luchas y fatigas y de servicio incondicional a Dios.

Este pecado es serio. En el griego hay varias palabras para referirse a ira. Una de ellas es *thymós*, que es una ira que sube rápido y baja rápido. Esa no es la palabra en este texto. Hay otra palabra que es *orgé*, de donde viene la palabra del texto *orgízo*. *Orgé*, de donde viene nuestra palabra orgía, es una ira que se levanta en nuestro interior, que permanece y que es alimentada a lo largo del tiempo. Es esa ira que es culpable de ir ante el tribunal y ser juzgada porque pudiera ser comparada con el homicidio, algo que vamos a seguir explorando un poco más durante el mensaje.

Esta es la ira que alimentamos con nuestro pensamiento, nuestra disposición, nuestra carne, con las cosas que rumiamos del pasado reciente y del pasado lejano. Y es esa ira que, cuando está presente en nosotros, puede terminar matando a una persona. Es una ira que muchas veces nadie conoce porque es silenciosa, está callada, no está resultando en palabras. Pero Dios, que conoce las intenciones del corazón y cuyo corazón es juzgado también por la ley, Él sí es capaz de juzgar esa ira, aun si es silenciosa, que nadie conoce. Los judíos están escuchando esto y están teniendo un despertar: aun si yo no hablo, yo pudiera ser llevado ante la corte si Dios se apareciera aquí en el día de hoy. Y de hecho, Dios se había aparecido entre ellos porque estaba hablando Cristo mismo.

Pero Cristo comienza a desplegar un poco la idea de esa ira que puede pasar de estar callada, silenciosa, a la verbosidad. Y entonces Él dice: "Y cualquiera que diga..." Ahora la ira comienza a hablar. "...Raca a su hermano, será culpable delante de la corte suprema." Cualquiera que se enoja todavía no ha hablado; la ira contra su hermano sería culpable ante la corte. Cuando la ira comienza a hablar, dice "raca" a su hermano, una palabra en arameo que probablemente no significaba nada, aunque algunos piensan que podría significar "vacío", "inservible". Pero la mayoría piensa que era una palabra que tenía mucho mayor fuerza y contenido por el tono con que se decía más que por su contenido mismo.

Cristo dice que ese podría ser llevado ante la corte suprema, y ya no estamos hablando de la corte regular, sino el Sanedrín, el máximo jurado ante la nación, la Suprema Corte de Justicia de la nación. ¡Wow! ¿Y por qué? Porque ha comenzado a hablar, ha comenzado a dañar la reputación del hermano a quien le ha dicho "raca", lo ha tratado con desprecio, con desdén. Y ahora está matando su reputación, está violando la imagen de Dios en ese otro. Eso es exactamente la intencionalidad del sexto mandamiento de la ley de Dios.

El sexto mandamiento de la ley de Dios, cuando dice "no matarás", tiene una aplicación exclusiva al ser humano. No tiene aplicación a los animales, por ejemplo, porque ellos no llevan la imagen de Dios. La intencionalidad del sexto mandamiento es la protección de la imagen de Dios en el hombre. Y cuando yo hablo contra mi hermano, yo estoy violentando la imagen de Dios en mi hermano; por eso yo soy culpable de violar el sexto mandamiento. Santiago explica claramente cuando habla de que con los labios que nosotros alabamos, con esos mismos labios nosotros criticamos u ofendemos al hermano que lleva la imagen de Dios en él. Santiago me deja dicho, me deja entender claramente cuál es mi problema al condenar al hermano: es que violó la imagen de Dios en él; eso lo dice Santiago. Y el sexto mandamiento tiene la particularidad de proteger la imagen de Dios en el hombre; por eso su aplicación es exclusiva al ser humano y no a los animales. Y por eso Cristo está tratando de ayudarme a entender hasta dónde llega la ley. Cuando hablo contra el hermano y le digo "raca", estoy asesinando su carácter.

"Y cualquiera que diga 'idiota' será reo del infierno de fuego." ¿Quién de nosotros no ha estado, aun cuando pequeñito, en algún momento, y ha deseado que esa persona contra la que te airaste no existiera, por lo menos en tu vida? Sí, somos honestos. De pequeños llegamos a pensar: "Ojalá se muera." Se ha extendido la ley de Dios violada. Pero eso es precedido por una intención del corazón que lo considera "raca" e "idiota" a esa persona. Y Cristo dice: "Es reo del infierno de fuego."

Él está usando ahora una imagen hiperbólica para ayudarnos a entender la seriedad de la ira, la ofensa, la falta de perdón y el enojo contra ese hermano. Entonces Él hiperboliza eso. Que una hipérbole es algo exagerado, pero no es una mentira. Tú sabes que es exagerado; la intencionalidad es el énfasis de la verdad que tú estás tratando de transmitir. Y en este caso, Él quiere enfatizar la gravedad de esa violación contra la imagen de Dios en el otro cuando me aíro contra él y termino hablando contra él.

Yo creo que si esto es tan serio, nosotros tenemos que explorar un poco la anatomía de la ira. Sin despegarnos mucho del texto, vamos a regresar a él pronto, pero yo creo que tenemos que explorar un poco la anatomía de la ira, porque de lo contrario esto va a pasar de nosotros y no vamos a comprender exactamente su aplicación y cómo nosotros podemos salir sanados de aquí en esta mañana. En primer lugar, entonces, yo quiero que veamos qué es la ira en la exploración de su anatomía. Número dos, ¿cuáles son las razones por las que nos airamos? Número tres, ¿qué efecto tiene la ira sobre nosotros y sobre otros? Y finalmente, ¿de qué formas la ira nos hace vulnerables?

Primera pregunta: ¿Qué es la ira? Déjame leerte lo que dice Robert D. Jones en su libro *Uprooting Anger* (Desarraigando la ira). Es un libro extremadamente bíblico; se lo recomiendo a cualquiera que quiera leer sobre este tema. Dice que la ira es una respuesta activa que involucra toda la persona y que rinde un veredicto moral negativo acerca de algo que es percibido como malo. "Pastor, vaya más despacio." Lo voy a hacer.

Es una respuesta activa. Es algo que yo hago, no es algo pasivo, no es algo como que "ahí se me chispoteó". No, no, es algo que yo activamente decido hacer. Eso es lo primero que la definición dice. Lo segundo que la definición dice es que involucra toda la persona, de manera que mi razón está involucrada, mis emociones están involucradas, mis sentimientos están involucrados, mi voluntad está involucrada. Todo mi ser. Tanto es así que mis órganos están involucrados: mi corazón muchas veces palpita más aceleradamente, yo entro en sudoración, las pupilas se dilatan, los capilares se dilatan y yo me pongo rojo. Date cuenta de cuánto participa la anatomía biológica del individuo en esta respuesta de la ira.

Pero dice entonces que esa ira —yo sigo explicando la definición que leí hace un momentito— dice que rinde un veredicto moralmente negativo. En otras palabras, yo llego a una conclusión acerca de eso que tú dijiste o me hiciste, y esa conclusión está basada en un juicio que yo considero moral, y es un juicio moralmente negativo. En otras palabras, lo que dijiste no es bueno, o lo que hiciste. Eso es parte de esa definición. Pero nota cómo termina: dice "de algo que es percibido como malo." En otras palabras, no es necesariamente malo, pero es percibido por mí como malo. Y eso es vital que yo lo entienda para yo entender la anatomía de la ira, porque más adelante lo vamos a explicar un poco más.

Ahora tenemos una idea de lo que es la ira: es una respuesta activa que involucra todo mi ser, que rinde un veredicto moralmente negativo de algo que yo percibo como malo, que quizás Dios no lo percibe de esa manera. Ya tú tienes la primera idea de que la ira es egocéntrica. Yo hago el juicio de valor, yo la percibo, esa acción o esas palabras, como mala. Es importante que yo vea la ira como egocéntrica porque la ira es algo que se origina en mí, no en el otro. El otro no es el causante de mi ira.

"Pastor, pues usted está errado." Sí, yo he estado airado, y también he estado airado y he creído que el otro es el causante de mi ira. Pero yo sé hoy que el otro no es el causante de mi ira; el otro es el revelador de lo que yo soy. Si yo exprimo esta botella, va a salir agua de aquí, pero mi apretón no es el creador del agua dentro de la botella; es solamente el revelador de que la botella estaba llena. De esa misma manera, cuando el otro me provoca, él me aprieta, y lo que sale de mí es lo que estaba dentro: el revelador de lo que estaba dentro.

Ahora tenemos una mejor idea de lo que es la ira, pero tenemos que seguir explorando qué es lo que causa nuestra ira, porque Cristo se airó y no pecó. Entonces, ¿qué es lo que causa nuestra ira, que decimos que es egocéntrica? Y si es egocéntrica, ya usted le puede poner el adjetivo de pecaminosa, y ahí vamos a llegar.

Bueno, en primer lugar, nos airamos cuando alguien ofende nuestro orgullo. Y creo que la mejor persona para ilustrar eso en la historia bíblica es Naamán, el capitán sirio. Naamán tenía lepra y él había oído que Eliseo era profeta de Dios, y también había oído que Eliseo aparentemente tenía ciertos poderes. De manera que Naamán envió a su siervo: "Ve donde el profeta y dile que yo tengo lepra y soy capitán, y que necesito cura." Pero Eliseo manda al siervo: "Dile a Naamán que si él se quiere curar, que se bañe siete veces en el Jordán."

Escucha las palabras de Naamán en 2 Reyes 5:12: "Pero Naamán se enojó." ¿Pero por qué, si le han prometido cura con algo tan sencillo? Pero escucha por qué Naamán se enojó, y se iba diciendo: "He aquí, yo pensé: 'Seguramente él vendrá a mí y se detendrá e invocará el nombre del Señor su Dios, moverá su mano sobre la parte enferma y curará mi lepra.'" Pero no, ni vino ni se dignó en venir. Me mandó a su siervo que me dijera a mí como si yo fuera un cualquiera. El orgullo está herido. Y es más, mejor me quedo leproso.

Pero escucha qué más le indignó: "¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera lavarme en ellos y ser limpio?" Y dio la vuelta y se fue enfurecido, y leproso. "Oye, ¿que me bañe en el Jordán? ¡Como si los ríos de Damasco no fueran más grandes que el Jordán! Oye, ¿en esa porquería de río? ¿Se va a bañar en eso?"

Y un siervo me lo manda a decir. El orgullo está herido: primero, yo soy capitán, y segundo, mis ríos son más grandes que el Jordán. El siervo de Naamán tiene más sentido y le dice: "Mi señor, si el profeta a quien tú mandaste te dice que te bañes, ¿por qué no te bañas?" Ok, se bañó Naamán, siete veces, se curó de lepra. Pero estaba dispuesto a quedarse leproso, porque mi orgullo había sido herido, y mejor leproso que humillado. Así somos, ¿sí o no?

Y en segundo lugar, nos airamos cuando creemos que alguien viola nuestros valores y creencias. Por ejemplo, entonces se puede ver muy bien de una cultura a otra. En nuestro país, para bien o para mal —no voy a hacer un juicio de valor ahora—, para bien o para mal, llegar tarde a una cena no es un problema. Se sabe que si usted invita a una cena a las ocho, la gente le llega a las ocho y media, a las nueve, y usted ha llegado también a ese lado. Y usted no se sintió ofendido porque eso es culturalmente aceptable. Pero en otras culturas eso es altamente ofensivo. De manera que nos airamos cuando nosotros creemos que alguien ha violado nuestras creencias y nuestros valores: la ira egocéntrica. Porque nadie ha violado necesariamente la ley de Dios muchas veces.

Número tres: nos airamos cuando no podemos controlar al otro conforme a lo que creemos, y eso nos hace sentir inseguros. Mejor ejemplo de eso es Saúl. Dios le quita el reinado a Saúl en una noche, pero lo dejaba gobernar porque no era tiempo de David todavía. Pero unge a David para un futuro, y a partir de ahí Saúl se sintió inseguro. Y si había algo que Saúl quería hacer era controlar los pasos de David, pero nunca pudo controlar a David porque David estaba siendo movido por Dios. Nosotros todos, desde el que habla hasta el último, tenemos un sistema de seguridad que opera de tal manera que nos gusta tener cierto control sobre las circunstancias y las personas a nuestro alrededor que nos garantizan cierta paz. Y cuando eso no está funcionando nos hace sentir inseguros, y cuando nos sentimos inseguros nos airamos. Pero no decimos: "Ayer cuando fulano hizo eso me hizo sentir inseguro", sino que condenamos al hermano. Esto lo he hecho, yo lo he hecho. Así somos.

Y finalmente, nosotros nos airamos cuando alguien interfiere con lo que yo quiero hacer. Si usted no entiende eso bien esta tarde, pregúntele a alguien que tenga un niño de dos años, y déjelo que él vaya a hacer algo e interfiera con lo que él vaya a hacer, para que usted vea su rabieta. Que si no fuera tan indefenso le quitaría la vida. Gracias a Dios que a esa corta edad Dios los hace sumamente débiles para que no causen mucho daño, porque muchas vidas hubiesen perdido. ¿Ha visto el niño de año y medio, dos años, y los padres decirle: "¡Eh, no me levante la mano!"? Si hubiese tenido seis pies dos pulgadas, ya la mano hubiera llegado hasta usted, excepto que les viene indefenso.

La Palabra de Dios muestra eso en la vida de dos apóstoles, de los verdaderos: Juan y Jacobo. Están predicando la Palabra. Esto es lo bueno, que esto que yo cuento es en medio de una campaña de evangelización. "Queremos entrar a Samaria, podemos realizarlo y no nos dejaron entrar. Maestro, ¿tú quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que los consuma?" Juan, Jacobo, ¿qué fue? Que nos impiden hacer lo que queremos hacer. Así es nuestra ira. Tenemos algo en mente, lo estamos persiguiendo, cuando alguien interfiere nos airamos. Esa es la razón por la que cuando usted quiere pasar rápidamente un semáforo y alguien se le mete delante, y por el carro que se le mete adelante usted se quedó en rojo, usted se aíra y usted se pone más rojo que el semáforo. Porque alguien interfirió con mi paso por la luz y me está haciendo perder cuarenta y cinco segundos o un minuto quince segundos de mi existencia. Así somos.

¿Te das cuenta qué es lo que nos aíra? ¿Te das cuenta por qué la ira es egocéntrica? Y ahora tú entiendes cuando Santiago 1:20 —que yo a Santiago en mente— dice: "La ira del hombre no obra la justicia de Dios." Porque nosotros somos tan buenos en justificar nuestra ira que decimos: "No, lo que pasa es que yo me aíro santamente." Santiago dice: "Eso existe, pero bájate de ese caballo, ese no eres tú, esa es la ira de Dios." La ira del hombre no obra la justicia de Dios, ni la tuya ni la mía. Sí, uno puede airarse contra algo que realmente viole la ley de Dios, como la violación de una persona. Sí, al minuto y medio ya tú estás pecando. Tú comenzaste bien pero no terminas bien, ni yo tampoco. Porque comenzamos a tomar el lugar de Dios en el juicio que emitimos.

Por eso, de manera categórica, sin excepción, nos dice: la ira del hombre —toda la ira del hombre— no obra la justicia de Dios. Es una ira que solamente Dios, que es santo y justo todo el tiempo, puede experimentar. Entonces, esa ira que se levanta en nosotros termina llamando al hermano "Raca" e "idiota", para no decir muchas otras cosas que hemos dicho en el pasado. Esa ira que asesina el carácter del otro, y cuando asesina el carácter del otro viola la imagen de Dios en ese otro. Eso es lo que el sexto mandamiento protege: la imagen de Dios en el hombre. Una vez más, por eso el sexto mandamiento tiene su aplicación solo en los seres humanos y no en los animales. Dios entendía eso y entendía que nosotros debíamos entender eso. Que no dice "no matarás con excepción de los animales"; no, "no matarás". Mi ley protege la imagen de Dios en el hombre. Esa es la ira que mató a Abel —de parte de Caín—, es la ira que por poco mata a José de parte de su hermano.

Y la única... Cristo no es la única persona que relaciona el homicidio con la ira. Juan, en sus años postreros, ya viejito, cuando él tenía un corazón mucho más mello, como decimos, mucho más dulce y tierno, él escribe su primera carta en 3:15 y dice: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida." Ojo, recordemos aquellos que estuvieron conmigo en la serie de Primera de Juan, que eso es una carta extremadamente absolutista. Juan habla de todo, de nada y de nadie todo el tiempo. Y aquí él dice: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida." Pero lo empuja más, dice: "Y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él." ¿Qué es lo que tú estás diciendo, Juan? Que el que aborrece a su hermano tiene una condición que milita en contra de su salvación.

Déjame leerlo una vez más para que lo puedas entender: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida." Pero no ha matado a nadie. No, pero es homicida. "Y vosotros sabéis que ningún homicida..." —y el contexto de eso no es quitarle la vida a otro, sino el aborrecimiento de su hermano— "...tiene vida eterna permanente en él." En otras palabras, quizás parezca, pero no es.

La próxima pregunta entonces: ¿qué efectos tiene la ira sobre nosotros y sobre los demás? Esa sería la tercera pregunta. Pero regresando al texto, bueno, la ira nos separa de Dios. Y por tanto, la ira que me separa del hermano me separa de Dios. Mira cómo Cristo trata de decir eso de otra manera en el texto de hoy: "Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda."

Pero no podemos despegar eso que yo acabo de leer del versículo anterior. Yo no sé cuántos de ustedes se han percatado que el versículo que me habla de dejar mi ofrenda allí es un versículo directamente conectado con el pecado de la ira. Déjame leértelo conectado y resumido. Versículo 22 de Mateo 5: "Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte." No voy a parar ahí, para saltar al próximo versículo. "Por tanto..." El "por tanto" me conecta con el versículo anterior; es una conclusión del versículo anterior. Por tanto, si alguien sigue enojado con su hermano —esa es la idea—, está en el culto de la iglesia un domingo en la mañana, y hay una urna aquí donde vamos a traer las ofrendas, y camino a la urna se acuerda: "Ups, yo todavía estoy enojado con mi hermano y mi hermano tiene algo contra mí." Deja la ofrenda allí, no la pongas en la urna, déjala allí. Regresa, ve y reconcíliate, y vuelve. Y entonces me presentas la ofrenda.

Pero ¿por qué? Bueno, porque la separación de tu hermano te separa de mí, y no me puedes presentar un acto de adoración separado de mí porque yo no lo recibo. Esa es la idea. Eso nos ayuda a ver cuál es el efecto que la ofensa, que la ira, tiene sobre nosotros: me separa del hermano y me separa de Dios. Y Dios dice: "Separado de mí no puedes ofrendarme, porque nada podéis hacer", como ustedes bien han aprendido. ¿Te das cuenta la importancia que tiene esto para Dios? El primer efecto de la ira es que me separa del hermano, y el segundo es que me separa de Dios.

El salmista apoya eso mismo de otra manera en el Salmo 66:18 cuando dice: "Si observo iniquidad en mi corazón, el Señor no me escuchará." El salmista está diciendo: si observo iniquidad —en este caso de la ira, la disrupción con mi hermano— en mi corazón, eso afectará profundamente la eficacia de mi oración porque Dios no me escuchará. El poder de mi oración está directamente relacionado al estado en el que yo me encuentro con Dios.

El Talmud judío, que reunía muchas de las enseñanzas rabínicas, decía que el sacrificio que se ofrecía el día de la expiación era un sacrificio que podía perdonar el pecado entre el hombre y Dios, pero que no podía expiar el pecado entre el hombre y el hombre a menos que esos dos hombres estuvieran reconciliados. De manera que en esas enseñanzas rabínicas habían entendido la importancia que tenía para Dios la reconciliación entre los hermanos. Que ellos no vivieran eso es otra cosa, pero lo habían entendido.

Entonces, la ira me vuelve vulnerable; me vuelve vulnerable ante los hombres. Mira cómo Cristo trata de explicar esto de lo que acabo de decir en el texto de hoy, el versículo 25.

Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado a la cárcel. Pero hay un momentito. Cristo está haciendo uso de nuevo de una imagen con la cual yo estaba familiarizado. En el mundo grecorromano en el que Cristo vivió era aceptado, había una disposición legal que permitía en ciertos casos que yo pudiera llevar al acusado directamente a la corte sin tener que hacer uso de la ley o de la fuerza oficial. En otras palabras, en casos como por ejemplo el robo, si yo encontraba a alguien robándome algo en mi casa, yo tenía la facultad de apresarlo yo mismo y llevarlo yo mismo ante esa corte de la que habíamos hablado antes y juzgarlo.

Entonces yo solo entregaba al juez, el juez rendía su veredicto, y el juez me entregaba al alguacil, y el alguacil a la hora decía: ahora tú estarás en la cárcel hasta que tú pagues lo último que te robaste. La idea es que Cristo está usando esa imagen para ilustrar una verdad espiritual, y entonces Él termina diciendo: en verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. En otras palabras, la ira, la irreconciliación que me metió en la cárcel emocional en la que ahora yo estoy viviendo, me dejará en la cárcel emocional hasta que yo no haya perdonado la última ofensa que se haya cometido contra mí. Y ahí estoy preso, y de ahí yo solamente salgo por medio del perdón.

Lo que Cristo está diciendo ahora, fíjate que dice: ponte de acuerdo con tu adversario cuando vayas por el camino. Era que si yo agarraba al ladrón en mi casa con las manos en la masa, como decimos, y ahora yo lo estoy llevando ante el juez en el camino. Oye, ponte de acuerdo con la persona que te lleva, dile que tú le vas a pagar lo último que le has robado, toda la restitución, no sea que él te entregue al juez y el juez al alguacil. Cristo está diciendo: reconcíliate con tu hermano, no sea que yo, el Juez, te entregue al alguacil, al alguacil que te pone en la cárcel emocional y espiritual en la que vas a vivir hasta que perdones la última ofensa.

De manera que la irreconciliación con el hermano me hace vulnerable entre los hombres, ante Dios, y peor todavía, ante Satanás. Escucha cómo Pablo lo dice en Efesios 4:26: "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo." Airaos pero no pequéis. La mayoría de los estudiosos están de acuerdo que el sentido de este verso no es que Pablo esté diciendo: aírate, pero aírate santamente. Eso no es lo que Pablo está diciendo. Sino que el sentido es más bien esto: oye, trata de no airarte, pero si te airaste, resuelve eso pronto, porque te va a terminar haciendo pecar. Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo no es que para la salida, para la puesta del sol esto esté reconciliado. Es una manera de decir: reconcíliate rápidamente, perdona eso rápidamente, porque en la medida en que tú le das tiempo a esta irreconciliación, en esa misma medida tú le estás abriendo mayores puertas.

Tú has estado ahí, y yo también, más de una vez. Y entonces Satanás comienza ahora a ganarnos la batalla y a ganarnos terreno. La pregunta es: ¿cómo lo hace? ¿Quién de nosotros pudiera decir que no se ha dejado ganar terreno por Satanás en algún momento? Cada uno de nosotros ha tenido una batalla que la ha perdido de esa manera, y quizá más de una. Subconscientemente lo que hacemos es que le abrimos esa puerta a Satanás, y él captura mi mente con la ofensa recibida. Una vez la mente capturada, yo pierdo toda objetividad. Ya he comenzado a perder la raíz, porque no puedo ser objetivo ahora en lo sucesivo. Una vez yo perdí la objetividad, yo no puedo ver las cosas como son, las veo distorsionadas, y la ofensa me parece más grande, me parece tan grande que la hago lucir casi imperdonable.

Para mí, ahora yo dejo de vivir la vida que Cristo compró para mí. Comienzo a vivir la mentira que Satanás me vendió y que yo compré. Tú puedes durar un día, una semana, un mes, un año, varios años, toda la vida. Entonces ya estoy teniendo una idea de cómo esto ocurre. Una vez todo eso está ocurriendo, yo me voy alejando de Dios, me voy alejando de todo lo que tiene que ver con Dios: su relación, su Palabra y su pueblo.

¿Viste los pasos, cómo se dan? Déjame repetírtelo rápidamente. Primero, la mente es capturada por la acción, por las palabras. Es atrapada, es presa moralmente. Luego, la objetividad es perdida. En tercer lugar, yo vivo no la vida que Cristo compró para mí, sino la irrealidad que Satanás me vendió, su mentira. Mi orgullo es atizado, mi herida ahora hace lucir, o mi orgullo atizado hace lucir mi herida fuera de proporción, de proporciones gigantescas, hasta el punto que casi el pecado me parece imperdonable. Y esa herida vista de esa manera me aleja de Dios y de todo lo que tiene que ver con Él: su Palabra, su pueblo, su oración. Ahora verdaderamente soy presa. Y de repente, sin darme cuenta, yo soy un guante en las manos de Satanás.

Ya he estado ahí, verá. Yo no sé si usted quiere ser tan honesto como yo lo voy a hacer, pero yo he estado ahí. Y usted sabe que el guante se mueve en la dirección en que la mano lo lleva. Esa es la anatomía de este pecado que Cristo está tratando de desenmascarar en el Sermón del Monte. Yo no sé si usted ha oído alguna vez a cristianos decir: bueno, yo no me llevo tanto de los Diez Mandamientos, yo sigo el Sermón del Monte. Yo no creo que le he estado leyendo lo que he estado diciendo. Es mucho más fácil cumplir la letra de los Diez Mandamientos que el espíritu del Sermón del Monte. Esto es increíble.

Esa ira, ahora si es alimentada, va generando nuevos pecados en mí, en mi mente, en mi corazón, en mi voluntad. Y si no la detengo, me va destruyendo. Los Salmos varias veces hablan del efecto físico, físico, de la amargura. Proverbios habla del efecto físico del corazón alegre, del espíritu alegre. Dios sabe. Dios sabe. Reconcíliate con tu hermano. Airaos, pero no pequéis. No sea que el sol se ponga sobre vuestro enojo.

E inmediatamente después que Pablo nos da esas palabras, dos o tres versículos más adelante, en el mismo capítulo 4 de Efesios, versículos 31 y 32, escucha lo que Pablo dice: "Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo." No podemos despegar el versículo 31 del 32. Nota cómo el 31 me manda a quitar de mí toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia. El 32 me dice cómo: sed más bien amables, misericordiosos, perdonándoos unos a otros. La manera como yo me quito la ira, la amargura, el enojo, la maledicencia, es perdonando. No es diciendo un día en oración: yo renuncio a esta ira. Eso no funciona. Yo tengo que perdonar.

Recuerda cómo el autor de aquel libro decía que es un proceso activo. De esa misma manera es el perdón. Es un proceso activo, es algo que yo hago, que yo decido hacer. Y entonces, cuando yo decido hacer eso, me convierto en una persona amable, misericordiosa, humilde, tierna, mansa. Y nadie como Cristo.

¿Qué palabras para comenzar un año? Pastor, pero nadie viene un primer domingo del año a oír cosas como eso. Bueno, yo no lo elegí, este texto está en una serie, ese era mi texto. Y ahora pasarlo sería desconsiderar la Palabra de Dios y considerarla no digna para un comienzo de año. Pero lo que la Palabra es, es alinearme con Dios. ¿Qué mejor manera de yo comenzar el año que alineado con Dios? Lo que la Palabra es, es que realmente me muestra cuál es la línea recta de Dios, para donde yo haya tenido las curvas, venir y alinearme con Dios y ponerme de acuerdo con Dios. ¿Tú quieres mejor manera de comenzar el año que esa? Porque es el camino de la bendición. Es el camino de su visitación. ¿Tú no quieres la visitación de Dios en el 2011? Este es el camino de la visitación, el camino de la obediencia, el camino de su voluntad. De manera que yo creo que son palabras muy apropiadas para comenzar el año.

Antes de llorar, yo quiero que reflexiones conmigo medio minuto, un minuto, íntimamente. ¿Tú tienes alguien con quien tú necesitas reconciliarte? Un hermano, un hijo, un amigo, un padre, un padrastro, una madrastra, un hermano biológico. Si tú tienes alguien, yo quiero, en el nombre de Cristo, pedirte que hoy tú decidas reconciliarte con él, y que tú tomes la decisión hoy y vayas y te reconcilies con él.

Mencionaré aquí en un momento cuando cerremos los ojos y yo vaya a orar. Yo voy a pedirte, si tú estás en esa condición, que donde tú estés te puedas poner de pie para orar contigo. Te quedas ahí. Pero esa va a ser tu declaración pública. Al ponerte de pie, es tu declaración pública de que a partir de hoy tú vas a buscar a esa persona. En cuanto depende de ti, tú vas a hacer lo que te toca hacer para reconciliarte con él. El resto, si él o ella no quiere, ya es problema de ellos.

Cierra tus ojos, baja tu cabeza. Yo quiero orar por ti. Desde aquí tú te vas a quedar donde estás. Pero si tú tienes que reconciliarte, tienes una situación en la que tú necesitas ir y reconciliarte o hacer el intento de la reconciliación, pedir perdón, perdonar a tu hermano, para que este 2011 comience a la manera de Dios, ¿por qué no te pones de pie ahí donde estás? Te quedas ahí de pie, ahí donde estás.

Señor, te doy gracias por tus palabras en este principio de año, por la claridad y la convicción que traen a mi vida. Te pido perdón por el enojo, la ira, aquello que no había visto de esta manera. Y te doy gracias por el perdón que me concedes hoy. Yo, aquí parado ante tu pueblo hoy, he decidido que en cuanto dependa de mí, yo voy a hacer lo que me toca hacer para perdonar y ser perdonado. Y ahí tú le pones nombre a la persona. Toma esa persona y preséntala al Señor. Señor, prepara el corazón de esta persona para mis palabras. Yo voy a hacer lo que a mí me toca, y voy a confiar en que Tú harás lo que solamente Tú puedes hacer.

Y le dices: "Señor, soy perdonado o no, ya no es mi problema. Mi problema termina en ir y en hablar. Yo quiero ser como Tú. Y para hacer esto, Dios, que yo no puedo hacerlo en mi carne, yo te pido que me des tus ojos, que me des tu mente, que me des tu corazón para sentir, y tu amor incondicional para amar."

Y ahí le pones nombre a esa persona. "Yo quiero un cambio en este principio de año, pero necesito de tu ayuda. Nuevamente, Dios, dame tus ojos, dame tu corazón, dame tu voluntad. Yo quiero ser como Tú. Y yo te lo prometo en este día, en Cristo Jesús. Amén."

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.