En la sinagoga, un hombre con una mano atrofiada está frente a Jesús. Los fariseos observan, pero no para aprender ni adorar: están ahí para ver si Jesús sanará en día de reposo y así poder acusarlo. Jesús, consciente de sus intenciones, llama al hombre y lo coloca en medio de todos. Entonces lanza una pregunta que los silencia: "¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar?" Nadie responde. Han sido atrapados en su propia maldad.
El texto dice que Jesús los miró con enojo, pero también entristecido por la dureza de sus corazones. Esas dos emociones coexisten porque revelan quién es Jesús: alguien que se indigna ante el pecado pero sufre al ver a personas atrapadas en él sin saberlo. La dureza de corazón no es solo un problema de incrédulos. Jesús usó esa misma expresión para reprender a sus propios apóstoles después de la resurrección, cuando no creyeron los testimonios de quienes lo habían visto vivo. El pecado endurece porque aleja de la gracia, insensibiliza la conciencia, inclina hacia la justicia en lugar de la misericordia, y vuelve ciego ante las virtudes del otro.
Lo llamativo es que mientras los fariseos rechazaban a Jesús, los demonios caían ante él confesando que era el Hijo de Dios. Hubo mejor respuesta de los espíritus inmundos que de los maestros de la ley. La pregunta que queda es personal: ¿hacia dónde se inclina mi corazón con más frecuencia, hacia la justicia o hacia la gracia? ¿Hay áreas de dureza que todavía necesitan ser trabajadas por el Espíritu de Dios?
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¡Vamos a orar! Padre, bendice tu Palabra. Ahora te voy a pedir que tú hables la Palabra de Dios.
El libro del Evangelio de Marcos, capítulo 3, para continuar la serie que habíamos iniciado y que tuvimos hace varias semanas atrás. En vista de que tuvimos la dedicación del templo, estuvo aquí el pastor Mole, y estuvo un semi-receso del púlpito mientras estuve en otros púlpitos y haciendo otras cosas, de manera que este es el reinicio de esta serie en Marcos capítulo 3. Vamos a estar leyendo del uno al doce, y luego pausamos para orar una vez más.
"Otra vez entró Jesús en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano seca. Y lo observaban para ver si lo sanaba en el día de reposo, para poder acusarle. Y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte aquí en medio. Entonces les dijo: ¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar? Pero ellos guardaban silencio. Y mirándolos en torno con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y su mano quedó sana. Pero cuando los fariseos salieron, enseguida comenzaron a tramar con los herodianos en contra de Jesús, para ver cómo podían destruirle. Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y una gran multitud de Galilea le siguió, y también de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán y de los alrededores de Tiro y Sidón. Una gran multitud, que oyó todo lo que Jesús hacía, vino a él. Y dijo a sus discípulos que le tuvieran lista una barca por causa de la multitud, para que no lo oprimieran, porque había sanado a muchos, de manera que todos los que tenían aflicciones se le echaban encima para tocarle. Y siempre que los espíritus inmundos le veían, caían delante de él y gritaban diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Y les advertía con insistencia que no revelaran su identidad."
En el texto que yo acabo de leer, una vez más Jesús está siendo cuestionado e interrogado por transgredir las tradiciones de los fariseos. Jesús ha tenido cinco encontronazos que son explicados desde Marcos 2:1 hasta Marcos 3:6. Este es el último, este es el quinto de esos encontronazos, y yo voy a revisar rápidamente en qué consistieron para irlo situando y recordarles parte del terreno que hemos recorrido.
En Marcos 2:7, el Señor es acusado de blasfemia por haber perdonado los pecados de alguien, de un paralítico en esa ocasión. Unos versículos más adelante, en 2:16, él es acusado de ser amigo de pecadores por haber comido con recaudadores de impuestos. Dos versículos más adelante, en 2:18, se le acusa de violentar la práctica del ayuno y se le cuestionaba por qué sus discípulos no ayunaban cuando los discípulos de Juan el Bautista sí ayunaban y los discípulos de los fariseos también. En 2:24 él es acusado por primera vez en Marcos de violar el día de reposo, una acusación que ahora está siendo repetida en Marcos 3 en el texto que yo acabo de leer.
La ira y el rechazo en contra de la persona de Jesús se ha ido acumulando y alcanza un clímax ahora, porque ya no basta con quejarle, ya no va a bastar con acusarle, sino que ahora el texto dice que ya estaban planeando, creando un complot para quitarle la vida, para destruirle.
Jesús está en la sinagoga, como era su costumbre estar en los días de reposo, probablemente la sinagoga de Capernaúm, aunque no hay certidumbre de eso. Pero el contexto, cuando uno lee todo lo que Marcos dice, parece insinuar que Capernaúm fue probablemente la sinagoga donde él se encontraba en esta ocasión.
La sinagoga era un lugar de instrucción bíblica, era un lugar de adoración. No era un lugar donde tú podías hacer sacrificios porque solamente el templo era el lugar apropiado para eso. Fueron lugares que se construyeron después de la destrucción del templo, en el tiempo entre cuando cerró el Antiguo Testamento y el tiempo cuando abrió el Nuevo Testamento. Fueron facilidades construidas cuando los judíos fueron dispersados y ya no podían venir al templo, les quedaba muy lejos venir cada día de reposo. Se crearon entonces como lugares alternativos de instrucción, de adoración, aunque repito, no de sacrificio, porque solamente el templo estaba en capacidad para hacer algo semejante.
Y ese día Jesús está ahí, y al mismo tiempo resulta que aparece alguien que tiene una mano seca, una mano atrofiada, una mano lisiada, una mano que no podía mover. El lenguaje en el original aparentemente sugiere que esta mano que está siendo aludida no nació así, sino que probablemente sufrió un accidente, y como fruto del accidente esta mano quedó lesionada. No creemos ni por un segundo que este hombre y Jesús se encuentran de manera fortuita en la sinagoga, sino que esto es otra cita más que el Padre ha orquestado para su Hijo, para que realice una de esas obras que él tenía de antemano preparadas para que Jesús la hiciera.
Pero junto con ellos dos, con Jesús y con este hombre enfermo, estaba un grupo de fariseos. Un grupo de fariseos que no estaba allí para recibir instrucción bíblica, no estaba allí para adorar, sino que estaba allí precisamente para algo completamente distinto y que no tenía ningún sentido espiritual. Escucha cómo el versículo 2 lo dice: "Y le observaban para ver si le sanaba en el día de reposo, para poder acusarle." A la sinagoga se iba a aprender, a la sinagoga se iba a recibir instrucción, se iba a adorar, pero esta gente no está aquí ese día para hacer ninguna de esas cosas. Su motivación no era una motivación espiritual, como decía. Estaban allí por razones erradas. Estaban allí para hacer una observación. Aparentemente ellos habían observado ya que era más o menos acostumbrado que cuando Jesús se encontraba con una persona enferma, era su costumbre sanar a este individuo. Y por tanto, tan pronto vieron a alguien enfermo y vieron a Jesús, llegaron a la conclusión de que probablemente algo iba a ocurrir, y allí estaban ellos observándolos, aunque no estaban espiritualmente motivados en la sinagoga.
Y reflexionando sobre eso, llegué a pensar que, sabes, en la sinagoga se hace una vez más lo que en la iglesia los domingos ocurre algo similar. No todo el mundo que está en la iglesia ha venido o ha llegado motivado o movido por algún sentir espiritual. Algunos están para cumplir un precepto que ellos entienden es bíblico, un precepto de Dios. Otros están, los más jóvenes quizás, porque sus padres les han obligado. Algunos están porque acaban de conocer a alguien que asiste a esa iglesia, y quieren conocer a esa persona, y les interesa esa persona, y quieren también que esa persona entienda que tienen ciertas sensibilidades espirituales, aunque nunca antes habían estado visitando iglesia; van a comenzar a visitar esa iglesia. Y otros están tratando de... o mejor dicho, están pasando por una situación de dificultad, han comenzado a orar y pedir a Dios ayuda, y entienden que no podrían estarle pidiendo a Dios si no están en la casa de Dios en domingo, y han venido para cumplir con él.
Y lo mismo ocurre a la hora de escuchar la enseñanza, a la hora de escuchar un sermón. No todo el mundo que está escuchando un mensaje está allí escuchando con las mejores intenciones. Algunos están escuchando para encontrar faltas con el predicador, y al encontrar falta con el predicador, poder acusarle y poder justificar por qué no actúan o por qué no creen lo que él está predicando. Otros escuchan para sentirse bien y sentirse justificados en el estilo de vida que vienen llevando. Otros prestan atención para aprender y acumular conocimiento, pero no necesariamente para aplicar el conocimiento que están recibiendo. Y de ahí entonces el no cambio de vida después de haber escuchado la enseñanza. Y otros vienen para escuchar, entender y aplicar aquello que están escuchando.
Lo mismo ocurría en la época de Jesús. No todo el que estaba en la sinagoga tenía la mejor motivación, y este grupo tipifica algo de lo que estamos hablando, aunque quizás en un grado extremo. Estaban observando a Jesús para ver si sanaba a alguien, para poder acusarle. Eso nos dice a nosotros que no todo el mundo que estaba en la multitud, o las multitudes que seguían a Jesús, lo hacían porque estaban interesados en conocer algo del reino de los cielos o estaban interesados en sus enseñanzas. No. Jesús estaba consciente de eso.
Ahora, algo que me impresiona de la persona de Jesús es que él estaba consciente de las motivaciones no espirituales de mucha de la gente en las multitudes, pero eso nunca volvió a Jesús ni cínico, ni escéptico, ni lo desilusionó. Jesús no varió sus enseñanzas, no varió su ministerio, no varió su forma de vivir por la manera como la gente reaccionaba a su enseñanza. Jesús sabía claramente que su ministerio, su forma de hacer las cosas, dependía única y exclusivamente del llamado que su Padre había puesto sobre sus hombros, y nada más.
Y eso es importante para nosotros los predicadores. Nosotros no podemos predicar ni hacer ministerio conforme la reacción de la gente, sino que nosotros tenemos que ministrar conforme al llamado que Dios nos ha dado. Y esa es la razón por la que Dios le dice a Ezequiel en un momento dado: "Predicarás mi Palabra, te escuchen o dejen de escuchar." En otras palabras, la reacción del que escucha no tiene nada que ver con la predicación que tú has de efectuar. Y Jesús entendía eso.
Ahora escucha. La gente estaba allí. Este grupo de fariseos estaba allí para observar a Jesús, para ver si sanaba en día de reposo y poder acusarle. Y cuando Jesús se percata, primero de lo que está en su corazón, y en segundo lugar de la presencia de este hombre con una mano lisiada, lo primero que Jesús hace es llamar al hombre y colocarlo en medio de todos. Escucha las palabras de Jesús: "Levántate y ponte aquí en medio."
Jesús puede haberles sanado sin decir palabra y el hombre puede haber estado sentado en algún lugar, recuperar la sanidad, la función de su mano y haberse ido, y nadie se hubiese enterado. Pero Jesús pone a este hombre en despliegue, por así decirlo. Lo que él va a hacer, lo pone en el centro, le dice: "Levántate, ven aquí", y lo pone, lo coloca en el medio de la multitud de la sinagoga.
Esos conocen lo que la ley de Moisés enseña. Jesús está consciente de que no hay ningún precepto en la ley de Moisés que prohíba la intervención médica en día de reposo, ninguno. Pero él también está consciente de la tradición de los fariseos, que entendía que la única forma de poder intervenir médicamente en el día de reposo sin violentarlo sería en los casos de vida o muerte, en los casos en que la vida estaba corriendo peligro. Y esta mano lisiada, atrofiada por años, obviamente no pone en riesgo la vida de aquella persona. Para ellos, Jesús podía esperar para sanarlo el lunes. Si había un hueso quebrado en día de reposo, tú lo podías entablillar, pero no lo podías alinear, porque eso constituía trabajo. Tú tenías que entablillarlo el domingo y enderezarlo el lunes.
Jesús está consciente de esas creencias tergiversadas acerca de la ley de Dios. Y consciente de lo que la ley de Moisés enseña y no prohibía, y consciente también de lo que su tradición decía, Jesús llama a este hombre, lo pone en el medio y luego los confronta con una pregunta, una pregunta de carácter moral. En vez de preguntarles si es lícito sanar la mano de este hombre, escucha la pregunta: "¿Es lícito —versículo 4— en el día de reposo hacer bien o hacer mal?" ¿Cuál es el propósito del día de reposo? Cuando Dios creó el día de reposo, ¿para quién lo creó? ¿Con qué propósito lo creó? ¿Lo creó para bien o lo creó para mal? Entonces, contéstame ahora: ¿es lícito en día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar? Pero ellos guardaban silencio. Jesús los atrapó en su maldad.
En ocasiones, verdad, la prudencia nos manda a callar, pero en otras ocasiones lo que nos fuerza a callar es nuestro pecado. Y en esta ocasión, ellos han sido forzados a callar por su propio pecado. Han sido atrapados, no saben qué contestar ante la pregunta de si en el día de reposo debemos hacer el bien o el mal, si debemos salvar o matar.
El pasaje paralelo del Evangelio de Mateo nos abunda un poco más acerca de lo que pasó, de lo que Jesús dijo en esa ocasión. Escucha lo que Mateo dice en el capítulo 12 a partir del versículo 11: "Y les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros que tenga una sola oveja, si esta se le cae en un hoyo en día de reposo, no le echa mano y la saca? Pues cuánto más vale un hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer bien en el día de reposo. Entonces dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió y le fue restaurada, sana como la otra."
Jesús estaba tratando de ayudarles a pensar, de razonar con ellos del menor al mayor, una forma de pensamiento en debate muy típica de los rabinos judíos: razonar del menor al mayor. Si es lícito poder atender a una oveja que se cae en un hoyo y sanarla en día de reposo, ¿no creen ustedes que es todavía más lícito entonces poder sanar y hacer bien a un hombre que está aquí frente a nosotros con una mano lisiada que no la puede usar, y que por tanto probablemente le está causando suficiente dificultad?
La pregunta que Jesús les hizo los silenció porque la respuesta era obvia: es lícito hacer el bien y no el mal. Entonces, ante la pregunta, ellos guardaron silencio, atrapados en su maldad, en su pecado. Pero ante el silencio, Jesús habla. Y escucha lo que Jesús dice en el versículo 5: "Y mirándolos en torno con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y su mano quedó sana."
La pregunta de Jesús silenció a aquellos que estaban allí, pero el silencio de ellos y la tradición de ellos no pudo silenciar a Jesús, quien hace que el hombre extienda su mano y sana la mano en frente de todos, poniendo en evidencia que ciertamente el que está en medio de ellos es alguien con poder de lo alto.
Ahora, lo que a mí me llama la atención no es tanto la mano sanada, porque ya hemos visto la capacidad que Jesús tiene para sanar en el Evangelio de Marcos. Ya vimos cómo Jesús sanó a un paralítico. No es tanto lo que llama la atención. Lo que a mí me llama la atención en el versículo que yo acabo de leer, versículo 5, es cómo el texto describe que Jesús se enoja y se entristece al mismo tiempo y por la misma razón. Jesús se enojó y se entristeció por la dureza de sus corazones. ¿Cómo es posible que yo pueda experimentar enojo y tristeza a la vez, dos emociones humanas que frecuentemente nosotros las pensamos en polos opuestos?
El tipo de enojo que Jesús experimenta no es pequeño. La palabra traducida como enojo en el griego es "orgé", de donde viene nuestra palabra "orgía", de manera que el texto nos está diciendo que Jesús se enojó de forma significativa ese día. Pero a la vez él es conmovido por su tristeza, y lo que hace que él se enoje es la misma cosa que hace que él se entristezca, y lo experimenta al mismo tiempo, en la misma persona, por una misma razón.
Decía alguien que las cosas que nos entristecen o nos hacen llorar, las cosas que nos enojan y las cosas que nos hacen reír revelan mucho acerca de quiénes nosotros somos. Y si tú piensas en eso, hay una gran verdad. Las cosas que nos entristecen, las cosas que nos hacen reír y las cosas que nos enojan dicen mucho de quiénes nosotros somos. Y ahora tú puedes ver a Jesús enojado y entristecido, y esa reacción está diciendo mucho de quién Jesús es y de cómo él está sintiendo acerca de aquellos que quieren atraparle.
La palabra enojo es "orgé", pero la otra palabra interesante que está ahí es dureza. Dureza de corazón es "pórosis" en griego, que implica una indisposición para entender. No es simplemente que no pueden entender. El hombre que ha oído muchas veces no puede entender, pero muchas otras veces él no quiere entender. Y cuando no quiere entender, no hay manera de ayudarle a razonar y aceptar aquello que se le está explicando.
Ahora, la razón por la que yo entiendo que esta palabra "dureza de corazón" es una palabra clave para nosotros detenernos ahora un momento y reflexionar un poco, es porque es una palabra que Jesús usa no solamente en referencia a incrédulos, sino que la usa también en referencia a creyentes. Y de hecho, no solamente con referencia a creyentes; Jesús la usa con referencia a sus apóstoles, y usa la palabra aún después de la resurrección. De manera que individuos creyentes como tú y yo somos capaces de experimentar todavía grados de dureza de corazón que requieren reprensión.
En Marcos 16:14, Jesús, o Marcos, describe un encuentro de Jesús con los discípulos post-resurrección. Escucha las palabras: "Después se apareció a los once mismos cuando estaban sentados a la mesa, y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado." Jesús reprende a los once, a los once apóstoles, después de haber resucitado, porque habiéndoles él anunciado antes de morir que moriría y resucitaría al tercer día, habiendo hecho ese anuncio por lo menos en tres ocasiones distintas, cuando él muere ninguno de ellos estaba esperando la resurrección. Y peor aún, cuando él resucita al tercer día y ellos reciben los primeros informes, ninguno de ellos estuvo dispuesto a creer la resurrección tampoco. Y cuando Jesús se encuentra con ellos, los reprende por su incredulidad y dureza de corazón.
La misma palabra que Jesús usa, o que Marcos usa, para describir la condición del corazón de los fariseos el día que Jesús se encontró con ellos en la sinagoga de Capernaúm, cuando él sanó a un hombre con una mano atrofiada. Y cuando Jesús entonces los miró en torno con enojo y se entristeció por la dureza de corazón que produce incredulidad, eso nos da a nosotros una idea de cuán enorme es la influencia que el pecado tiene sobre nosotros aún después de la regeneración.
Déjame decirte otra vez: la influencia que el pecado tiene sobre nosotros aún después de la regeneración vuelve al corazón duro en ocasiones y le produce una indisposición a creer, a entender, a aceptar, a aplicar las enseñanzas de la Palabra. Y eso no es solamente en referencia a incrédulos; eso es válido cuando es aplicado también a creyentes por igual.
Ahora sí, Jesús se enoja y se entristece a la vez. Y si nosotros somos capaces aún después de haber nacido de nuevo de tener áreas de dureza en nuestros corazones, yo creo que vale la pena preguntarnos qué endurece el corazón del hombre. Yo espero que usted quiera saber qué endurece su corazón, porque yo, como quiera, se lo voy a decir.
Déjame comenzar diciendo que el pecado endurece el corazón del hombre, y lo endurece porque el pecado aleja al hombre de Dios. Y cuando tú te alejas de Dios, te estás alejando de la gracia de Dios, y lo único que es capaz de ablandar el corazón del hombre es la gracia de nuestro Señor. Alejado de Dios, alejado de la gracia; alejado de la gracia, incapacitado para tener un corazón reblandecido.
Esa es la primera razón: el pecado endurece el corazón del hombre porque insensibiliza la conciencia. Y una vez la conciencia ha sido insensibilizada, la conciencia nos mueve entonces a niveles de pecado más profundos y más degenerados, sin nosotros percatarnos de la degeneración. Y por tanto, cada vez que nuestra conciencia está siendo insensibilizada, nuestro corazón está siendo endurecido. El pecado endurece el corazón del hombre y lo inclina más hacia la justicia que hacia la misericordia, que es exactamente donde estos fariseos estaban.
Y una vez que ese pecado ha inclinado tu corazón hacia la justicia, ese corazón no va a estar satisfecho hasta que no vea la justicia completa. Y llega un momento en que ya él no solamente quiere justicia, sino que quiere venganza. Y eso es exactamente lo que estamos viendo en los fariseos: que al principio le acusaban, al principio lo cuestionaban, les decían "¿quién es este hombre para con qué autoridad perdona los pecados?", pero ya eso no es suficiente, ya quieren hacer un complot para destruirlo y quitarlo de en medio. Sangre si es necesario.
El pecado endurece el corazón del hombre volviéndolo orgulloso, y al volverlo orgulloso le hace a ese hombre creerse superior, mejor, con más discernimiento, con más entendimiento, y merecedor de mejor trato y de mejores condiciones. Y una vez el corazón ha sido endurecido, el corazón endurecido vuelve a la persona ciega hacia las virtudes del otro.
Esa es la razón por la cual las multitudes venían y escuchaban a Jesús y se maravillaban por la autoridad con la que hablaba: "¿Quién es este? Porque habla como uno que tiene autoridad y no como los fariseos, los escribas". Ellos podían ver sus virtudes. Los fariseos escuchaban la misma palabra, la misma predicación, veían los mismos milagros, y sin embargo no podían ver las virtudes en Jesús. Y eso es una de las cosas que nos ocurren a nosotros también. Una vez nuestro corazón está endurecido, una vez nosotros estamos indispuestos, nosotros no podemos ver las virtudes en el otro que otros ven, que otros aplauden, pero que a mí se me imposibilita ver por la dureza de mi corazón.
El pecado endurece el corazón y lo llena de resentimiento. Y como el salmista expresa, una vez mi corazón está lleno de amargura y de resentimiento, dice el salmista: "Yo era como una bestia delante de tus ojos". Y cuando eso ocurre, el resentimiento reinterpreta y malinterpreta todo lo que el otro dice. Y por tanto los fariseos, llenos de resentimiento, llenos de amargura contra Jesús, nunca pudieron entender lo que Jesús enseñaba, lo que Jesús explicaba, a pesar de que era el Maestro mismo explicando la Palabra.
Jesús les explicó la Palabra, Jesús les ilustró la Palabra, Jesús les enseñó de la mejor forma posible, pero nunca pudieron entender sus enseñanzas porque había una indisposición en el corazón de ellos para aprender, una indisposición para entender, una indisposición para aplicar, una indisposición para aceptar las enseñanzas. Esta gente que estaba ahí observando a Jesús para ver si iba a sanar o no sanar, para entonces acusarle, no estaba interesada en entender la misión de Jesús. No estaba interesada en entender sus enseñanzas. Ellos no estaban interesados en entender sus milagros, no estaban interesados en entender sus explicaciones, no estaban interesados en entender el espíritu de la ley. Ellos preferían quedarse con la letra de la ley, tergiversar la letra de la ley para justificar su tradición y poder hacer lo que ellos entendían, y poder controlar en la población lo que ellos entendían. Pero en ningún momento tenían la menor intención de entender aquello que estaba relacionado con el Mesías. La dureza de su corazón.
Y es esa dureza de corazón la que los hizo reaccionar de la manera como reaccionaron. Escucha lo que dice el versículo 6: cuando los fariseos salieron, enseguida comenzaron a tramar con los herodianos en contra de Jesús para ver cómo podían destruirle. Jesús se enoja por la dureza del corazón de ellos, pero ellos se enojan por la misericordia del corazón de Jesús. A mí lo oíste otra vez: Jesús se enoja por la dureza de su corazón; ellos se enojan por la misericordia del corazón de Jesús.
Yo no sé si tú has tenido esa experiencia alguna vez, pero en ocasiones tú reaccionas con misericordia o con gracia hacia alguien que otros creen que tú no debiste haber ejercido. Otros que te observan entienden que tú no debiste haber ejercido tal gracia o tal misericordia, sino que tú tenías que haber ejercido la justicia. Y no solamente creen eso, sino que se enojan contra ti por haber ejercitado la misericordia. ¿A este le ha pasado eso? En este grupo parece que sí, porque el primer grupo se quedó absolutamente callado como que esa era una experiencia que solamente le había pasado al pastor.
Pero antes de que seamos muy rápidos, recordemos que en otras ocasiones otros han ejercitado la gracia y la misericordia, y eres tú o soy yo que nos hemos molestado porque entendíamos que la misericordia y la gracia estaban fuera de lugar y que ahora lo que se debía haber ejercitado fue la justicia. Eso es exactamente lo que está pasando. Jesús ha ejercitado la misericordia, ha sanado a este hombre, y los fariseos que estaban allí, en vez de alegrarse por ver a este hombre tener su mano restaurada a la completa salud, ellos están criticando a Jesús y planificando incluso destruirle. Y todo por la dureza de su corazón.
La pregunta entonces que tú y yo debemos hacernos: Jesús está enojado por la dureza de su corazón, que lo entristeció, porque el texto dice que Jesús se entristeció también. Al mismo tiempo, Jesús se entristece porque Jesús los vio atrapados en su propio pecado. Jesús los vio atrapados en la tradición, en cientos de años de tradición. Jesús se entristece porque los vio atrapados en su religiosidad vacía. Jesús los vio atrapados en sus propias redes. Sus propias redes los estaban ahogando, los estaban alejando de Dios, los estaban encaminando hacia el infierno, todo el tiempo creyendo que estaban complaciendo a Dios, adorando a Dios y camino a la salvación. Imaginas que tú puedas estar siguiendo un camino convencido de que vas directo hacia la gloria cuando vas en realidad directo hacia el infierno, en dirección completamente opuesta. Eso entristeció a Jesús.
Y la realidad es que en la medida en que Jesús va trabajando en tu corazón, llega un momento que ante el pecado, si bien es cierto que muchas veces te enoja, no es menos cierto que otras veces te entristece ver a la gente atrapada en su pecaminosidad, no sabiéndolo, pero no queriendo salir de donde se encuentra tampoco.
Los herodianos, con quienes los fariseos se congraciaron para poder hacer un complot contra Jesús. Esos herodianos y los fariseos normalmente estaban en polos opuestos, pero como ocurre siempre, la maldad se junta. Y los fariseos han buscado, la maldad de los fariseos buscó apoyo en la maldad de los herodianos. Los herodianos no eran un partido político; era un grupo de judíos también que apoyaban a Herodes, se congraciaban con Herodes para recibir ciertas prebendas de él, y a la vez apoyaban el sistema romano. Los judíos odiaban el sistema romano, odiaban todo lo que tenía que ver con Herodes. Pero ahora los fariseos deciden asociarse porque probablemente ellos se acordaron que Herodes Antipas es quien decapitó a Juan el Bautista, y quizás podamos conseguir con estos herodianos que decapiten a Jesús también. Porque lo queremos fuera de nuestro camino, lo queremos destruir. Quejarnos contra él ya no es suficiente, acusarlo no es suficiente. Queremos su sangre, queremos destruirle, dice el texto.
Para los fariseos, Jesús representaba una amenaza. Para las multitudes, Jesús representaba una esperanza. ¿Cómo es posible que la misma persona pueda representar dos cosas totalmente opuestas para dos grupos de personas? Las multitudes: una esperanza de salvación, de perdón. Para los fariseos: una amenaza. Una amenaza contra su religiosidad, una amenaza contra su autoridad. La autoridad de Jesús continuamente confrontó la autoridad de los fariseos. Una amenaza contra su interpretación de la ley, contra su interpretación de las tradiciones. Y es la razón por la que el ambiente se fue caldeando hasta el punto de que ahora esta gente solo podía estar satisfecha si Jesús era quitado de en medio. Y lo comienzan a planificar hasta lograrlo.
¿Tú percibes dónde está el corazón de esta gente? ¿Tú percibes que esta gente no tiene la menor sensibilidad hacia las cosas de Dios? ¿Tú percibes cómo este corazón ha sido inclinado hacia la justicia y no hacia la misericordia? ¿Tú percibes cómo esta gente, por la indisposición de corazón que tiene, no está dispuesta a aceptar y a entender sus explicaciones, las enseñanzas de Jesús?
Y Jesús entonces decide retirarse. Escucha lo que el texto dice: "Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y una gran multitud de galileos lo siguió; y también de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán y de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran multitud que al oír todo lo que Jesús hacía vino a él".
Jesús está en la sinagoga, Jesús ve la reacción, y Jesús decide que él se va a ir a otro lugar. Y el lugar donde decide ir es el mar otra vez, donde él ha estado en otras ocasiones, y donde estaría otra vez. Era un lugar apropiado aparentemente para las multitudes congregarse.
Es bueno ver, cuando tú lees lo que el texto dice, de dónde vienen las multitudes, y prestar atención a que hay gente de Galilea, de Jerusalén y de Judea. Esos son todos judíos. Pero aquí hay gente también de Idumea y de más allá del Jordán, o del Transjordán como algunos lo traducen. Esa es gente, una multitud mixta de judíos y gentiles. Pero también hay gente de Tiro y Sidón; esa es una multitud de gentiles prácticamente en su gran mayoría. De manera que todo el mundo estaba detrás de Jesús: judíos, mixtos o samaritanos, gentiles. Todo el mundo venía no a escuchar a Jesús, sino a ver lo que hacía. Escucha una vez más lo que el texto dice: "Una gran multitud que al oír todo lo que Jesús hacía vino a él".
De nuevo, esta gente no estaba tan interesada en escuchar sus enseñanzas. Esta gente estaba interesada en salir con algo. Jesús sana, Jesús abre los ojos de los ciegos, Jesús multiplica panes y alimenta. La gente escuchó lo que Jesús hacía. Y es interesante, porque la gente venía por lo que hacía, pero se iba por lo que decía.
La gente venía por lo que Jesús hacía, pero se iba por lo que decía. Cuando les escuchaban hablar, no era infrecuente que la gente dijera: "Dura es esa palabra." Y Jesús podía responder: "No, duro es ese corazón." Y esa es la realidad: la palabra es dura para el corazón duro. Esa no es el testimonio del salmista. Tú sabes lo que el salmista dice. El salmista dice: "¡Oh, cuánto amo tu ley! Es más dulce que la miel." Pero estos discípulos que se retiraban decían: "Dura es esa palabra, difícil de oír." Claro, la palabra de Dios es difícil de oír para el corazón duro y rebelde, pero es dulce, más dulce que la miel, y es algo que es amado por el corazón que ha sido rendido a nuestro Dios.
Aquí está esta gran multitud que vino por lo que habían escuchado de lo que Jesús hacía. Quizás parte de la multitud es la que va a gritar posteriormente: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" Ahora escucha qué más dice el texto de esta multitud. En el versículo 10, déjame comenzar en el 9: "Dijo a sus discípulos que le tuvieran lista una barca, por causa de la multitud, para que no le oprimieran." Jesús está pidiendo una barca para que no lo opriman. Cuando Jesús pide una barca para que la multitud no lo oprima, tú sabes que la cosa es seria, porque Jesús continuamente vivía siendo oprimido y tocado por las multitudes y nunca le molestó. Pero en esta ocasión es él que pide una barca para montarse en la barca, retirarse un poco en el mar para que las multitudes no lo opriman.
Dice el versículo 9, y el 10 explica entonces qué estaba pasando: "Porque había sanado a muchos, de manera que todos los que tenían aflicciones se le echaban encima para tocarlo." En otras ocasiones en los evangelios tú lees que la gente venía y quería tocar a Jesús, pero en esta ocasión dice que se le echaban encima, y esa forma de expresión explica por qué Jesús tuvo que montarse en una barca. Porque esta multitud que vino no era una multitud muy educada, no era una multitud muy diplomática, no era una multitud que cogía un número y se ponía en fila, no era una multitud organizada. Las masas nunca son organizadas, siempre son caóticas, y mucho más cuando son masas de incrédulos.
Nosotros nos llama la atención cada vez que vemos masas de personas incrédulas, no organizadas y caóticas. Yo siempre me pregunto: ¿cómo tú pretendes que ellas estén organizadas si no conocen la verdad de Dios? Es la verdad de Dios que sensibiliza al hombre y lo hace consciente de su egocentrismo. Es la verdad de Dios que sensibiliza al hombre y le permite ver quién necesita ceder el espacio, quién necesita ser respetuoso de los derechos de los demás. Y sin embargo, continuamente nosotros queremos que las masas se comporten como ovejas cuando estamos en presencia de cabritos.
Jesús no tuvo este problema, aunque en esta ocasión él pidió una barca para que no fueran a estrujarlo. Se le echaban encima. Yo me imagino que algunos no simplemente venían y respetuosamente le tocaban, sino que algunos venían y se le tiraban arriba. Si bien es cierto que probablemente muchos estaban enfermos, yo me imagino que algunos venían sanos y decían: "Pero quizás le toque porque para que no me vaya a enfermar." Y pienso que algunos le tocaban porque tocar a Jesús da buena suerte. Yo me imagino todas esas motivaciones en las multitudes, y otras peores aún que quizás no nos vienen a la cabeza, pero me las imagino. Pero eso nunca volvió a Jesús ni escéptico, ni cínico, ni lo desilusionó. Él sabía lo que tenía de frente y él sabía que la única esperanza de cambio para esas masas era la predicación de la palabra, y por eso él estaba ahí y contento de hacerlo.
Ahora nota las motivaciones de los que estaban allí: las multitudes le oprimían para tocarlo, los fariseos lo observaban para acusarlo, y los demonios le reconocían para reverenciarlo. Eso está aquí. El versículo 12: "Y siempre que los espíritus inmundos le veían, caían delante de él y gritaban diciendo: Tú eres el Hijo de Dios." ¿Tú puedes creer que los demonios se comportaban mejor ante Jesús que los fariseos? Que caían ante su presencia y le decían: "Tú eres el Hijo de Dios." Los demonios confesaban lo que ellos rechazaban. Que a su paso por Palestina hubo mejor comportamiento, una mejor respuesta de parte de los demonios que de parte de mucha de la gente, la multitud, y mucho de los fariseos.
No solamente fue en esta ocasión cuando los demonios gritaron y reconocieron que él era el Hijo de Dios. Escuchen Marcos 5:7, donde no hemos llegado, lo que dice: "Y gritando a gran voz, dijo" —refiriéndose al demonio— "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te imploro por Dios que no me atormentes." Ese es el demonio reconociéndole y reverenciándole. En Mateo 8:29: "Y gritaron diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?" Los demonios fueron más sensibles que los maestros de la ley ante el paso de Jesús, por la dureza de sus corazones. Y esa dureza que airó a Jesús, esa dureza del corazón que airó a Jesús.
Si tú hubieses sido un hombre de Dios presente en aquella ocasión, lo más probable es que hubieses experimentado cierta ira al ver la reacción de la gente. Si tú hubieses sido un hombre de Dios en aquella ocasión, es probable que hubieses experimentado cierta tristeza al ver esta gente perdida en su pecado y no sabiéndolo.
Los demonios reconocieron a Jesús, reverenciaron a Jesús, y cuando Jesús escuchó su testimonio, está la respuesta de Jesús: "Y les advertía con insistencia que no revelaran su identidad." Les advertía con insistencia que no revelaran su identidad. Continuamente Jesús está en una doble misión: Jesús está en una misión de revelar y esconder. Jesús está haciendo milagros, está enseñando, y cuando enseña y hace milagros está poniendo de relieve que él es el Mesías que había de venir, está poniendo de relieve que él es el Hijo de Dios, está poniendo de manifiesto que él es el León de la tribu de Judá, que él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Él está poniendo de relieve que él es la segunda persona de la Trinidad. Pero a la vez, cuando sanaba a alguien, frecuentemente lo instruía y le decía que callara y no le dijera nada a nadie. A los demonios, en este caso, les advierte con insistencia, de manera que no solo dijo una sola vez; les advirtió con insistencia que no revelaran su identidad.
Jesús está en una doble misión de revelar y esconder. Y enseñó en parábolas con la misma doble misión de revelar y esconder. Y cuando los discípulos vinieron y le dijeron: "Maestro, ¿por qué les enseñas en parábolas?" Él dice: "Porque a vosotros, a ustedes, se les ha dado a conocer el misterio de los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no." A ustedes les ha dado a conocer la revelación, la enseñanza, pero a estos otros no. Una doble misión de revelar y esconder por razones que escapan a nuestro entendimiento.
Pero cuando los demonios querían confesarle y reverenciarle, Jesús en más de una ocasión se los impidió, porque no quería su reconocimiento. Él sabía que su reconocimiento de los demonios era más por miedo que por amor a él, y de ahí que continuamente los demonios decían: "¿Tú has venido a destruirnos antes de tiempo?" Jesús no quiere un reconocimiento de gente que no le ama. Él no quería su adoración porque sabía que su adoración era falsa, porque eran espíritus rebeldes, no sometidos. Jesús no quería su aplauso porque sabía que no era sincero.
Y en la medida en que nosotros pensamos también en nosotros mismos, pudiéramos tratar de aplicar eso a nuestras vidas y recordar que Jesús no quiere solamente aquello que sale de mis labios y no va a salir de mi corazón al mismo tiempo. Jesús no quiere eso que sale de mi aplauso si va a salir de mis manos nada más y no va a salir de mi interior. Él no quiere que yo le reconozca si básicamente mi reconocimiento va a ser debido a miedo a las consecuencias y no por amor a su nombre. Jesús quiere entonces cada una de esas cosas, pero él quiere que salgan de un corazón que ha sido previamente rendido a su voluntad.
Ahora, en la medida en que yo traigo este mensaje a una conclusión y aplicación final, yo tengo que regresar un poco y preguntarnos o preguntarles: en vista de lo que hemos leído, en vista de lo que hemos expuesto, en vista de lo que hemos enseñado acerca de la dureza y la incredulidad del hombre, ¿es posible que existan en tu corazón y en el mío áreas de dureza todavía? Yo voy a cambiar a refrasear eso que acabo de decir, y en vez de formularlo como una pregunta, yo lo voy a hacer como una afirmación: en el corazón de cada uno de nosotros existen, al día de hoy, áreas de dureza que todavía necesitan ser trabajadas por el Espíritu de Dios y por la palabra de Dios. La pregunta no es si existen esas áreas de dureza. La pregunta es: número uno, si estoy dispuesto a aceptarlas; número dos, si estoy dispuesto a verlas; número tres, si estoy dispuesto a descubrirlas para que Dios las trabaje. Pero tu corazón y el mío están en constante necesidad de ser trabajados por el Espíritu de Dios.
De esa misma manera, yo tengo que preguntar al final de este mensaje: cuando tú miras tu corazón, cuando tú miras la balanza de tu corazón, ¿hacia dónde se inclina con más frecuencia? ¿Hacia el lado de la justicia o hacia el lado de la misericordia y la gracia? Cuando tú evalúas tu corazón en relación con los demás, ¿a dónde está esa balanza más frecuentemente? ¿Ajusticiando o más frecuentemente perdonando? Porque Jesús dijo, Dios reveló desde el Antiguo Testamento: "Misericordia quiero y no sacrificios."
En la medida en que continuamos cerrando este mensaje, yo creo que tenemos que preguntarnos: ¿cuál es la condición de mi corazón en relación a Dios y en relación a los demás? Con relación a Dios, ¿es una condición de rendición que me permita decir: "¡Oh, cuánto amo tu ley!"? ¿O está mi corazón todavía con frecuencia diciendo: "Eso no es fácil, pastor"? Los mandamientos de Dios no son gravosos, dice Dios. Es el corazón rebelde y endurecido el que encuentra su palabra difícil de llevar.
Mi carga es ligera, mi yugo es liviano, pero el hombre responde: "No, tu palabra es pesada, es difícil, es agobiante". ¿Es mi corazón uno que habla de esa manera, o es mi corazón como el del salmista cuando dice: "Oh, cuánto amo tu ley. Tus preceptos son todos justos. Tu palabra restaura el alma, vivifica el corazón"? La misma palabra, causando dos reacciones distintas en el ser humano: uno se la encuentra dura, el otro se la encuentra dulce como la miel.
De esa misma manera, al ir concluyendo, tengo que preguntarme: ¿Cuál es la motivación para yo venir a la casa de Dios? ¿Es realmente una de glorificar a Dios, de adorar a Dios, de que Dios me hable, de que Dios me confronte, de que Dios me cambie? ¿Cuál es mi disposición a la hora de escuchar la enseñanza? ¿Es una de aprendizaje para no aplicación, o es una de aprendizaje para ir a aplicar, para que entonces yo pueda cambiar?
Hablamos de todo eso a lo largo del camino, pero ahora, antes de cerrar, yo no puedo dejar esta enseñanza dos mil años atrás cuando esto ocurrió. Yo tengo que traerlo al plano personal de mi vida y ver de qué forma esta palabra tiene aplicación para la vida que yo estoy llevando a cabo hoy. La alabanza, la adoración que le ofrezco a Dios, ¿de la cual yo le ofrezco, es sincera, sale del corazón, o es más emocional, es más consistente con el ritmo de la música y la emoción del momento, o es algo que realmente yo vivo de lunes a sábado en relación con Él?
Su enseñanza, ¿es una amenaza para mi vida o es una esperanza para mi vida también? ¿De qué manera yo lo veo? ¿Está mi corazón dispuesto a aprender o tengo una indisposición para el aprendizaje? ¿Está endurecido mi corazón? ¿Está insensibilizada mi conciencia? ¿Podría Jesús hablar de dureza de corazón en mi caso si revisa mi corazón? Se nos haría.
Yo no sé dónde tú estás, pero cada uno de nosotros tiene que responder a esas preguntas. Lo tiene que hacer como una auditoría. Tiene que revisar. Tenemos que revisar el corazón delante de Dios y pedir de Dios que nos ajuste el corazón, que nos haga un tune up como le hacen a los carros, pero en este caso del corazón, para que nosotros podamos, para que nuestro corazón pueda latir al ritmo del Suyo.
O quizás hay alguien que no conoce a Dios. Los fariseos eran maestros de la ley, conocían las Escrituras sin conocer a Dios. Imagina qué triste es eso, que yo puedo conocer las Escrituras, enseñar las Escrituras, ser experto en las Escrituras y no conocer a Dios. Los fariseos estaban en esa condición, y quizás hay alguien aquí o en los balcones, o aquí de frente, aquí cerca, que no conoce a Jesús, aunque ha estado en la iglesia, ha oído sus enseñanzas, pero no ha rendido su corazón, no ha rendido su vida. La evidencia son los frutos.
Si yo te he hablado en el día de hoy, quizás tú quieras antes de salir hablar con Dios. Si Él te ha hablado, quizás tú quieras hablar con Él ahora. Y yo no sé si tú estás en esa condición, pero si tú estás, tú lo sabes porque Dios está hablando en este momento. Y te ha dado convicción, y te está señalando, y tú estás viendo lo que necesitas ver, que Dios entiende. Y ahí donde estás tú pudieras comenzar a arrepentirte, a pensar, a pedir perdón, y así pedirle a Dios que perdone tu pecado por la sangre del Cordero en la cruz, y darle gracias a Dios por el perdón, porque Él es fiel y justo para perdonarnos, perdonarnos siempre y cuando confesemos nuestros pecados.
Entregar tu vida a Dios, para que Él pueda tomar el corazón de piedra y cambiarlo en un corazón de carne, como dice su Palabra. Que Él pueda iluminar la oscuridad de tu mente, que Él pueda libertar la esclavitud de tu voluntad, cortar la esclavitud de tu voluntad, y que pueda darte vida abundante. Porque a quien el Hijo del Hombre hace libre, ese es verdaderamente libre.