Mientras Pedro, Juan y Jacobo vivían la experiencia extraordinaria de la transfiguración en el monte, abajo en el valle los demás discípulos estaban enfrascados en una discusión con los escribas. Un padre había traído a su hijo poseído por un espíritu que lo dejaba mudo y sordo, que lo arrojaba al fuego y al agua desde su niñez para destruirlo. Los discípulos intentaron liberarlo, pero fracasaron. Cuando Jesús desciende y encuentra esta escena, exclama con evidente exasperación: "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros?". Su lamento abarca a todos: los escribas que habían visto sus milagros sin creer, las multitudes que se beneficiaron sin ser convencidas, y sus propios discípulos que habían presenciado todo de primera mano.
El padre del muchacho se acerca a Jesús con palabras que revelan su duda: "Si tú puedes hacer algo...". Jesús responde confrontando esa vacilación: "¿Cómo si puedes? Todas las cosas son posibles para el que cree". El hombre entonces pronuncia una de las confesiones más honestas de los evangelios: "Creo, ayúdame en mi incredulidad". Jesús no exige que primero cure su fe débil; acepta esa confesión vulnerable y libera al muchacho.
Cuando los discípulos preguntan en privado por qué ellos no pudieron expulsarlo, Jesús les revela dos deficiencias: su poca fe y su falta de oración. No se trataba de fórmulas correctas ni de experiencia acumulada, sino de una confianza genuina depositada en el poder, el carácter y la voluntad de Dios, cultivada en comunión con él. La fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, mueve montañas cuando es auténtica y está conectada a la fuente.
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Marcos 9, comenzando en el versículo 14 hasta el 29. Es un texto relativamente extenso, es el relato más extenso, valga la redundancia, de las tres narraciones que existen. Hay una versión en Mateo, hay una versión en Lucas, esta es la versión en Marcos. De las tres, esta es la más detallista; sin embargo, Mateo tiene algunas cosas que decirnos que traeremos a lo largo de la exposición.
Comenzando el versículo 14 hasta el 29: "Cuando volvieron a los discípulos, vieron una gran multitud que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Enseguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida, y corriendo hacia él, le saludaban. Él les preguntó: ¿Qué discutís con ellos? Y uno de la multitud respondió: Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él, lo derriba y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron. Respondiéndole Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo. Se lo trajeron, y cuando el espíritu vio a Jesús, al instante sacudió con violencia al muchacho, y este, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él respondió: Desde su niñez. Y muchas veces lo ha echado en el fuego y también en el agua para destruirlo. Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: ¿Cómo si tú puedes? Todas las cosas son posibles para el que cree. Al instante, el padre del muchacho gritó y dijo: ¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad! Cuando Jesús vio que se agolpaba una multitud, reprendió al espíritu inmundo diciendo: Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno, sal de él y no vuelvas a entrar en él. Después de gritar y sacudirlo con terribles convulsiones, salió, y el muchacho quedó como muerto, tanto que la mayoría de ellos decían: ¡Está muerto! Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en la casa, sus discípulos le preguntaban en privado: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Y él les dijo: Esta clase con nada puede salir sino con oración."
No sé cuántos conocen o están familiarizados con el pintor Rafael, de los años finales de 1400, principios de 1500. Él, junto con Miguel Ángel y con Leonardo da Vinci, es considerado parte de ese trío de los grandes maestros del pasado. Rafael murió apenas a los 37 años, y la razón por la que menciono su nombre en esta ocasión es porque su último trabajo, su última pintura, tenía que ver precisamente con algo que une el pasaje del domingo anterior con este pasaje.
Rafael pintó un cuadro donde en la parte superior él tenía al Cristo resucitado; a mano derecha estaba Elías, a mano izquierda estaba Moisés. El Cristo transfigurado, acompañado por esos dos visitantes de los cielos. En un plano más bajo, inferior, estaba Pedro, Juan y Jacobo, como que acababan de despertarse. Y luego, en un plano todavía más bajo, más inferior, hay un grupo de personas que representan a los discípulos y los escribas de que leímos ahora en el pasaje de hoy, y vemos a un padre con un hijo que representa a este hombre que ha traído a su hijo endemoniado. Y algunos estaban como apuntando a Cristo hacia arriba, como la única solución, y otros parecerían estar como en discusión, tal como el texto lo menciona.
Nosotros hablamos de ese pasaje de la transfiguración hace un par de semanas, pero yo pensé que la historia de este cuadro nos podía servir para la introducción, como recordatorio de que mientras nosotros estamos aquí debajo, quizás en cosas terrenales y mundanales, discusiones del día a día, como estaban los escribas con los discípulos del Maestro, en otro plano hay cosas espirituales pasando de las cuales nosotros no estamos apercibidos. Y como que existe esa dualidad o ese paralelo continuo entre lo que ocurre aquí abajo en nuestro mundo terrenal y pasajero, temporal, y lo que ocurre a otro nivel en el reino de los cielos, en áreas o en zonas, en momentos, en lugares que nosotros no conocemos.
Aquella experiencia que Jesús tuvo junto con su estrella de apóstoles Pedro, Juan y Jacobo fue tan extraordinaria que Pedro quería hacer tres enramadas para quedarse en dicho lugar y poder prolongar esta experiencia tan maravillosa que ellos tuvieron. Pero de repente Moisés y Elías desaparecen, Cristo vuelve a su estado natural y ellos comienzan a descender. Y cuando llegan al valle se encuentran con la escena de hoy, se encuentran con que el resto de los discípulos, muchos suponen que son los otros nueve que no han estado en el monte, están enfrascados en una discusión con los escribas.
Y esto es como un recordatorio de que frecuentemente después de las experiencias espirituales extraordinarias y de victorias aquí arriba, cuando tú desciendes del monte, como que hay una lucha espiritual que te estaba esperando y que tú desconocías. Y nosotros vemos eso en más de una ocasión aun en la vida de Cristo, y quizás la que mejor podamos recordar es cuando él entra al Jordán, es bautizado, los cielos se abren, él escucha la voz de su Padre que dice: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia," la paloma desciende, y después de esa experiencia extraordinaria, de repente el Espíritu mismo, el Espíritu de Dios lo toma y se lo lleva al desierto para ser tentado por Satanás, a luchar, a lidiar con algo que él no estaba esperando.
Bueno, esta es una de esas historias muy conocidas que es muy rica en contenido, pero que quizás nosotros no nos hemos apercibido de todo lo que Dios pudiera decirnos. Y una de las cosas que vemos en la historia es la manera, las estrategias distintas, una o dos de esas estrategias de cómo Satanás nos hace oposición, cómo nos distrae. Y en este caso la distracción básicamente ha consistido en enfrascarla a sus discípulos en una discusión.
Yo decía más tempranamente que yo no estoy viendo un demonio detrás de cada puerta, yo creo que usted conoce eso. Pero al mismo tiempo, yo recuerdo con frecuencia que nosotros estamos involucrados en una lucha que no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad, entidades cuya esencia misma es el mal. No hay nada bueno en ellas, así que ellas nos hacen oposición. Y nos hacen oposición no porque nosotros seamos tan importantes para ellas en un sentido, sino porque ellas tienen claro que ellas no pueden oponerse a Dios uno a uno, pero pudieran oponerse a sus hijos, pudieran oponerse a los hijos de los hombres, pudieran oponerse al avance del plan de Dios aquí en la tierra. Ellas no tienen la fuerza, ellas no tienen la autoridad para oponerse a Cristo directamente, pero pueden oponerse a nosotros. Yo creo que con los incrédulos pasa continuamente y ellos no se percatan, y con nosotros los creyentes pasa intermitentemente cuando nosotros nos desenfocamos o desviamos la vista de nuestro Señor.
Satanás sabe a qué vino Cristo, él sabe sus propósitos, y Cristo no dejó esos propósitos ocultos, él los reveló. Y Primera de Juan, la primera carta de Juan, capítulo tres, versículo ocho, nos dice claramente que el Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo. Este es su propósito, Satanás lo sabe, de manera que de alguna forma él quiere detener esa destrucción, él quisiera desviar el camino de esa destrucción que ya está ocurriendo.
Y cuando Jesús baja de tener esa experiencia extraordinaria de transfiguración junto a Moisés, a Elías, a Pedro y a Juan y a Jacobo, antes de que los discípulos hubiesen tenido la tranquilidad para digerir, reflexionar sobre esta experiencia, ellos se encuentran allá en el valle con el resto de los discípulos, quizá los nueve restantes, y con un grupo de escribas que han venido precisamente a discutir. La palabra en el original es una palabra fuerte que habla de disputa, de cierto espíritu de violencia o cierto espíritu combativo.
Y el texto nos dice al inicio de lo que yo leí hoy que cuando ellos volvieron a los discípulos, ¿de dónde? Del monte de la transfiguración, vieron una gran multitud que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Para nosotros la discusión puede ser común y corriente; para Satanás pudiera representar una de sus múltiples estrategias para desviar nuestra atención.
Y los nueve discípulos que han estado en el valle sin Jesús, en su ausencia, han querido enfrascarse en la liberación de un muchacho, de un joven, haciendo uso de algo que ya Cristo les había otorgado en Marcos 6: la autoridad para expulsar demonios. De manera que ellos no están pecando al tratar de hacer esto. Y sin embargo, ellos no han logrado hacerlo. Están ahí enfrascados en una discusión con los escribas.
Y de nuevo, las discusiones para nosotros parecen parte de la vida diaria; para Satanás son más bien formas estratégicas de involucrarnos en algo que muchas veces no complace a Dios. Y tú encuentras a Pablo continuamente advirtiéndonos acerca de cómo y por qué evitar las discusiones. Escucha lo que le dice a los filipenses en 2:14: "Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones."
Cuando él escribe a Timoteo en una de sus cartas pastorales, él le deja ver a Timoteo de una forma más clara la relación entre las discusiones y la oposición al avance del reino de los cielos. Escucha cómo Pablo se lo dice en su primera carta a Timoteo, su discípulo, en 1:4: "Que ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, lo que da lugar a discusiones inútiles." Escucha ahora: "En vez de hacer avanzar el plan de Dios que es por fe." Discusiones inútiles en vez de hacer avanzar el plan de Dios que es por fe. Las discusiones nos detienen, nos entretienen o distraen, y Dios nos está diciendo: "En vez de eso, dedícate a hacer avanzar mi plan." Quizás ese sea el pasaje que más claramente nos deja ver la relación entre una cosa y la otra.
Pero luego en esa misma carta a Timoteo, en esa primera carta a Timoteo en 2:8, Pablo dice: "Por consiguiente, quiero que en todo lugar los hombres oren levantando manos santas, sin ira ni discusiones."
Una vez más, Pablo llamando la atención. Él nos da los detalles, pero vemos cuando les escribe a Timoteo en ese primer pasaje, cómo ciertamente estas discusiones pueden ir a detener el avance del reino de los cielos. Es una de sus estrategias. En los cuatro evangelios nosotros encontramos a fariseos, a herodianos, a escribas, viniendo a Cristo a discutir con él.
Y ahora cuando ellos bajan del monte se encuentran con una escena distinta, porque la discusión no es con él, pero es con sus representantes, los discípulos que le seguían. Están allá abajo. Y cuando Cristo llega, quizás ellos no se habían percatado —el texto no nos da estos detalles—, pero quizás los discípulos iban un poco más adelante, quizás él iba un poco más detrás, porque el texto nos dice que cuando ellos vieron a Jesús se sorprendieron. Versículo 15: "En seguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida, y corriendo hacia él le saludaba."
Había algo en Jesús. Quizás la autoridad que él comandaba, quizás el recuerdo de lo que él había hecho entre ellos, quizás es que algo todavía radiaba de su rostro de la experiencia de la transfiguración. Aunque otros dicen que piensan que no, y tiene sentido que si él todavía estuviera radiando de su rostro parte de lo que ocurrió en la transfiguración, la gente no hubiese estado viniendo hacia él, sino que hubiese estado huyendo de él como pasó con Moisés, cuando descendió con su rostro encendido, brilloso, y la gente le dice: "¡Cúbrete el rostro, Moisés, porque ni siquiera podemos verte!"
El punto es que la multitud se sorprendió. Aquí está Jesús, y Jesús entonces es proactivo e interrumpe la discusión que están llevando a cabo con los escribas y les preguntó: "¿Qué discutís con ellos?" A los escribas: "¿Qué están discutiendo con mis discípulos?" Es como si Jesús estuviera tratando de rescatar a los discípulos de la discusión.
Y antes que cualquier otro pudiera responder, el texto nos dice en el versículo 17 que uno de la multitud le respondió. Cristo está haciendo una pregunta: ¿cuál es el tema de la discusión? ¿Qué discutís? Hay uno que se apresura a responder. Le dice: "Maestro, te traje a mi hijo, que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él, lo derriba y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron." Dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron. Ese es el tema de la discusión.
¿Con los escribas? Yo puedo imaginarme a los escribas tratando de avergonzar a los discípulos de Jesús, a sus representantes, que trataron de expulsar al demonio y no pudieron. Y sería como un fracaso para ellos, de tal forma que ellos pudieran cuestionar al maestro que los instruyó, al maestro que les delegó la autoridad, pudieran cuestionar el movimiento que ellos estaban formando. Y este padre le informa a Jesús que la discusión tiene que ver con su hijo, tiene que ver con el fracaso de sus discípulos de no haber expulsado al demonio. Uno puede como más o menos ver eso fácilmente de los escribas reaccionando de esa manera porque trataron de avergonzar a Jesús en ocasiones.
Lo que sorprende un poco quizás es la respuesta de Jesús, donde él dice en el versículo 19: "¡Oh generación incrédula!" La versión de Mateo dice "incrédula y adúltera." "¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Traédmelo." Hay como una exasperación en el Maestro de que todavía yo tengo que estar lidiando con esta incredulidad. No es una incredulidad porque no han conocido, no han depositado su fe en mí. Generación adúltera porque tienen miles de cosas en lo que creen, en lo que han puesto su confianza en vez de hacerlo con Dios.
Cuando Jesús se refiere a la generación, dice "generación incrédula y adúltera." Algunos piensan que Jesús no estaba refiriéndose a sus discípulos, sino a la multitud que estaba ahí. Otros piensan que Jesús estaba refiriéndose a sus discípulos, quienes fracasaron en su misión, y como vamos a ver más adelante, Jesús explica la razón de su fracaso. Otros piensan que Jesús estaba refiriéndose al padre y a la multitud. Y algunos piensan —y yo estoy con estos otros— que Jesús estaba refiriéndose a todos ellos. Todos ellos han exhibido señales de incredulidad.
Los escribas habían visto sus milagros, lo habían investigado más de una vez y sin embargo no habían llegado a creer. Por otro lado, las multitudes se habían beneficiado de sus milagros, pero los beneficios no los habían convencido. Sus discípulos habían participado, habían vivido en carne propia estos milagros: al ver a Pedro caminar sobre las aguas, al multiplicar los panes, al ver expulsión de demonios. Y lo han visto esto de primera mano y sin embargo todavía continúan con señales significativas de incredulidad.
El texto no nos dice con claridad inicialmente en qué consistió la deficiencia de su fe, pero probablemente por algo que Mateo nos deja ver —y lo menciono más adelante— no tenía que ver con la cantidad de su fe sino con la calidad de su fe. Y la realidad es que nosotros no sabemos bien, no entendemos bien cuál es la dinámica de la interacción entre la fe nuestra y la soberanía de Dios. Pero como dijimos en un mensaje anterior, cuando tú lees con cuidado los evangelios, no hay duda de que nuestra fe hace reaccionar a Dios para bien o para mal.
Tú lees de manera repetitiva esta frase: "Tu fe te ha sanado." De hecho, en el llamado a la oración que Daniel hizo inicialmente y el pasaje que leyó de los leprosos, esa es una de las frases que leemos: "Tu fe te ha sanado." Tú lees de hecho en Lucas 8:49, tú lees de hecho en Lucas 17:19, tú lees de hecho en Lucas 18:42: "Tu fe te ha sanado." Dios ya ha sido movido a hacer el milagro por la fe expresada en él.
Tú puedes ver algo más claro todavía el día que la mujer sirofenicia tiene el encuentro con Jesús, donde él inicialmente parece no estar dispuesto a actuar en su favor y le dice que yo no voy a dar los panes de los hijos de Israel a los perrillos. Y la mujer le dice: "Pero es que aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de su amo." Y Jesús responde: "Por esta respuesta, vete, el demonio ha salido de tu hija." Por esta respuesta, vete, el demonio ha salido de tu hija. ¿Te das cuenta de cómo Jesús, que inicialmente parecía que no iba a actuar en su favor, luego le dice: "Tú has respondido de una manera que me hace complacer la petición que me traes"?
O cuando el centurión fue a Jesús con un siervo enfermo, y Jesús se propone ir a su casa, y el centurión le dice: "No, no, no, no tienes que ir, no te molestes. Yo soy un centurión, yo tengo siervos, y cuando yo doy una orden, ellos la obedecen. Solamente di tú la palabra y mi siervo será sano." Y esta es la respuesta de Jesús: Jesús se maravilló de su fe y dijo: "Aun en Israel no he hallado una fe tan grande." La fe de estas personas movió a Jesús.
Y de esa misma manera, la falta de fe en otras personas detuvo a Jesús. Mateo 13:58 dice que Jesús no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos. La incredulidad de ellos hizo que él no reaccionara a su favor. La fe lo hizo mover a favor de algunos; la incredulidad lo hizo mover en contra de otros.
Ahora él viene y se encuentra con esto. Aquí hay un muchacho que está poseído. Parece haber una falta de fe, ya sea en el padre, ya sea en la multitud, ya sea en los discípulos. Hay una falta de fe que aparentemente ha afectado los resultados. Y lo vemos de diferente manera, hay diferente forma en este pasaje, y en Mateo que lo dice más claramente, que nos deja ver que es la falta de fe que está aquí. Jesús responde: "¡Oh generación incrédula!" En Marcos lo deja ahí; la de Mateo dice "incrédula y adúltera." La incredulidad es lo que ha dificultado el que esto ocurra.
"Traédmelo," dice Jesús. Dice que lo trajeron. Y cuando el espíritu vio a Jesús, al instante sacudió con violencia al muchacho, y este, cayendo a tierra, se revolcaba echando espumarajos. Nota ahora que la resistencia que el reino de las tinieblas está haciendo no es enfrascando a sus discípulos en una discusión, sino es una oposición más violenta. El texto dice que el espíritu, cuando vio a Jesús, no le fue encima a Jesús, sino que tomó al muchacho y lo sacudió con violencia, y él cayendo en tierra se revolcaba y botaba espumarajos. Está tratando de hacerle daño a este muchacho. No se lo puede hacer a Jesús, pero hay otros aquí a quienes yo puedo dañar, y él está tratando de hacer eso. Es como si los demonios tuvieran una ira desplazada. Es una ira contra Dios, pero contra Dios no pueden, de manera que se van a sus hijos.
Y ahí está el padre. Tú tienes que hacerte una idea leyendo el pasaje aquí en frío, cómodo, conociendo el resultado final que fue liberación. Es mucho más fácil como leer esto y no ser movido emocionalmente. Pero imagínate que tú fueras el padre o la madre. Tú tienes un hijo que por años es tirado al suelo, se revuelca tu hijo, y tú sabes que Satanás está detrás de esto. Porque cuando Jesús le pregunta al padre: "¿Cuánto tiempo esto tiene ocurriendo?" el padre respondió: "Desde su niñez. Y muchas veces lo ha echado en el fuego y también en el agua para destruirlo."
Tú tienes que imaginarte la piel quemada en partes, tienes que imaginarte daño físico a lo largo de los años. Esto comenzó a una edad temprana, desde su niñez. Quiero que te imagines la angustia del padre, la desesperanza. Nota cómo el padre está consciente que esto es algo demoníaco, que muchas veces lo ha echado en el fuego, también en el agua para destruirlo. Acá hay una meta que este espíritu del mal tiene contra mi hijo: lo quiere destruir.
Y quizás esa imagen de este muchacho, sordo, mudo, tirado en el agua, en el fuego, zarandeado, incapaz, impotente, quizás puede hacer una buena imagen, una buena imagen de cómo es la población o la humanidad sin Cristo. Desesperada, sin dirección, mudo en el sentido de no poder hablar sabiduría, sordo en el sentido de no escuchar lo que es la Palabra de Dios, zarandeados, sacudidos, siendo sacudido por Satanás con la intención de destruirlo.
En la intención del demonio, Cristo quiere destruir las obras del diablo. Él quiere destruir a los hijos de los hombres, aquellos que están cerca de Jesús, aquellos que son sus discípulos o aquellos que pudieran llegar a creer en Él. Los discípulos han tratado de liberar a este muchacho, pero no han podido. Y parece ser, parece que su fracaso afectó la fe del padre de este muchacho. Escucha sus palabras para con Jesús: "Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos, si tú puedes." En otras palabras: "Yo sé que tus discípulos trataron, quizás tú no puedas tampoco, quizás este es un demonio muy poderoso."
Aquí hay una duda en estas palabras. Escucha las palabras otra vez: "Si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos." La duda no parece tanto en el carácter benevolente de Jesús, parece más bien en la omnipotencia de Jesús, parece más bien en la capacidad o el poder que Él tenga para vencer a este enemigo. Quizás es la manera como el padre está pensando.
Jesús escucha estas palabras, "si tú puedes hacer algo," y responde entonces: "¿Cómo que si puedes? ¿Cómo preguntas eso? Tú no sabes con quién hablas. Tú no estás hablando con mis discípulos, tú estás hablando con el Creador y Sustentador del universo. Tú estás hablando con el amo de los demonios, con el Señor de señores y Rey de reyes. Tú estás hablando en nombre de, o a la persona, cuyo nombre cuando sea pronunciado llegará el momento en que toda rodilla humana doblará sus rodillas y tendrá que confesar que yo soy el Señor de los cielos. ¿Cómo que si puedes?"
Escucha ahora cómo Él expresa la interacción entre lo que Dios hace y mi fe: "Todas las cosas son posibles para el que cree. Todas las cosas son posibles para el que cree." En otras palabras: "La deficiencia no está en mí, señor padre del muchacho, la deficiencia está en ti. No hay algo que a mí me falta, es algo que a ti te falta." Todas las cosas que son parte de esa voluntad soberana, buena, agradable, santa de Dios son posibles para el que cree.
El padre, como que cae en cuenta, el Espíritu de Dios como que le da entendimiento, le da convicción. Y oye lo que el texto dice: al instante. Jesús dice "todo es posible para el que cree," al instante el padre del muchacho gritó y dijo: "Creo, ayuda mi incredulidad." Si todo es posible para el que cree, Jesús, yo creo, pero al mismo tiempo yo sé, ya no creo, sino que sé que tengo incredulidad. Ayúdame.
Y nota cómo Jesús no dice: "Pues cuando cures tu incredulidad, regresa." No. Jesús sabe de nuestras insuficiencias, no tiene problema con eso. Si tú te sientes insuficiente, la razón para que te sientas así, como yo, es porque eres insuficiente. Él no tiene problema con nuestras debilidades, Él sabe que somos polvo. Jesús no tiene problema, incluso en ocasiones, con nuestra falta de entendimiento. Él sabe que somos limitados.
Jesús tiene problema con la dureza de mi corazón. Jesús tiene problema cuando el orgullo me impide creer. Tiene problema con mi terquedad. Tiene problema cuando nuestra fe ha sido tan contaminada que decimos: "Creo, pero vivo inseguro. Creo, pero vivo lleno de ansiedad. Creo, pero vivo cuestionando. Creo, pero vivo dudando. Creo, pero no acabo de confiar."
No obstante, Jesús oye a este hombre confesar su insuficiencia: "Sí, yo creo, pero ayuda mi incredulidad," y Jesús continúa sabiendo que eso es así en este hombre, y eso no lo iba a detener. El hombre ha pedido ayuda, el hombre ha admitido, el hombre ha confesado. Yo creo que una de mis oraciones más comunes, pasaba en el día de ayer mientras revisaba y reflexionaba y escribía sobre este texto, dice: "Señor, ¡ayúdame, ayúdame! A entender. Soy insuficiente, soy incapaz. No tengo la medida de lo que tú requieres, no tengo toda la sabiduría necesaria. Dame luz, dame entendimiento, dame palabra, dame idea, dame imaginación." Él no tiene problema con eso. Él sabe eso, lo que quiere es que yo lo confiese en oración.
Cuando vio Jesús que se agolpaba una multitud, reprendió al espíritu inmundo diciendo: "Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno, sal de él y no vuelvas a entrar en él." Y después de gritar y sacudirlo con terribles convulsiones, salió, y el muchacho quedó como muerto, tanto que la mayoría de ellos decían: "Está muerto."
La posesión ha resultado en sordera y mudez. Quizás, como el padre dice que esto ocurrió desde la niñez, quizás esta posesión ocurrió tan temprano que lo dejó sordo, y al dejarlo sordo pues no puede aprender a hablar. Y quizás eso es parte de la razón por la que este muchacho estaba sin la posibilidad de hablar.
Pero hay algo más que este texto nos deja ver, y es que Jesús reprende. Nos deja ver la autoridad de Jesús: "Yo te ordeno." Esto no es una sugerencia, no es para que tú lo pienses dos veces. "Yo te ordeno que salgas de él y yo te ordeno que no regreses a él." Lo que nos deja ver que es posible ser liberado y ser poseído otra vez por el mismo espíritu. Aquí hay dos órdenes: que salgas y que no regreses. En otra ocasión, Jesús hizo la salvedad de que si un espíritu inmundo sale de alguien y esa persona vuelve a incurrir en pecado, le pudiera ocurrir algo peor, y siete espíritus malos pudieran regresar y ocupar la casa otra vez.
Pero hay algo más que el texto nos deja ver, y es que cuando Jesús le ordena que lo deje, el espíritu lo dejó, pero no antes sin resistirse. El texto dice que él tuvo convulsiones terribles, terribles, y después de gritar y sacudirlo con terribles convulsiones, salió. En otras palabras: "Me voy, pero lo sacudo primero." ¿Te das cuenta de cómo se da la oposición? Eso se da así en el reino de los espíritus inmundos y se da así en el reino de los hombres.
Jonás, si quizás yo tenga que llegar a Nínive, pero primero me voy para otro sitio. Naamán en el Jordán: "¿Bañarme yo? No, yo tengo ríos en Siria mejores que el Jordán." Eventualmente él se zambulló en el Jordán y queda limpio. Nosotros vemos eso en nuestros hijos. ¿No se oponen nuestros hijos a nosotros? Y lo vemos en nosotros mismos, pero lo vemos frecuentemente retrospectivamente, no en el momento. Es como si el hombre dijera: "Mi camino quizás no sea el mejor camino, pero es el mío." Es como algo así. Él sacude al muchacho, terribles convulsiones, y lo deja. Y se va.
El muchacho queda tan abatido que la gente cree que está muerto. Jesús lo toma de la mano, lo levanta, lo pone en pie. Los discípulos están viendo esto, están sorprendidos, pero están también cuestionando. Ellos quieren saber qué fue lo que pasó. A mi medida, nosotros, no le dieron esta autoridad en Marcos 6 para hacer esto. Y el texto dice que cuando ellos entraron a la casa, en privado sus discípulos le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?" Queremos aprender. Y Él les dijo: "Esta clase con nada puede salir, sino con oración." Algunas versiones dicen "con oración y ayuno," pero los manuscritos más antiguos solamente dicen "con oración."
De manera que el problema número uno nuestro es la falta de comunión con Dios. Ya el domingo anterior el pastor aludió en su mensaje acerca de esto. De manera que yo no voy a ver sobre mojado. Instrucción sin comunión con Dios es conocimiento muerto. Aplicación sin comunión con Dios, como en este caso, están tratando de aplicar lo aprendido pero sin oración, sin comunión con Dios, es fracaso. Lo pudiéramos decir también: que trabajo sin oración es autosuficiencia, porque si estoy trabajando y no estoy orando y diciéndole a Dios cuánto dependo de Él, y cuánto lo necesito, cuán incapaz soy para llevar a cabo esto que me ha encomendado, pues si yo no estoy haciendo eso, pues estoy contando con mi propia fuerza e inteligencia y sabiduría. Y de nuevo, si ustedes no estuvieron aquí el domingo pasado, les recomiendo que escuchen el mensaje sobre la oración.
Nosotros no podemos enfrascarnos en una lucha espiritual. Bueno, no es que no podamos enfrascarnos, ya estamos enfrascados en una lucha espiritual. No podemos hacer eso sin orar, sin conexión con Dios, sin conexión con la fuente de sabiduría, sin conexión con la fuente de poder. Y de ahí entonces que Jesús dice, cuando ellos le preguntan "¿qué pasó?", Él dice: "Esta clase no sale a menos que haya oración."
Ahora, cuando nosotros leemos la versión de Mateo, Mateo incluye la oración, pero nos deja ver más claramente algo que ya ha sido dicho. Jesús llamó a esta generación incrédula. Jesús ya le ha dicho al padre "todo es posible para el que cree." Cuando los discípulos se acercan en privado le dicen: "¿Por qué no pudimos echarlo fuera?" La versión de Mateo comienza diciendo: "Llegándose a Jesús entonces los discípulos, le preguntaron en privado: '¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?' Y Él les dijo: 'Por vuestra poca fe.'" Ahí está más claro ahora. "Porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: 'Pásate de aquí allá,' y se pasará, y nada os será imposible. Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno."
Ahí está. Mateo nos da una versión más acabada: por vuestra poca fe, número uno, y número dos, esta clase solamente sale con oración, y algunos textos dicen "y ayuno."
Parece ser, cuando Cristo habla del grano de mostaza, que era una de las semillas más pequeñas. En el antiguo Cercano Oriente se pensaba que fuera la más pequeña del reino vegetal. Hoy sabemos que no es la más pequeña, pero es una de las más pequeñas. Y Jesús usa esta ilustración. Yo creo que Jesús nos está hablando de que quizás no es tanto el tamaño de mi fe, sino la calidad de mi fe.
Una fe del tamaño de un grano de mostaza, pero una fe genuina, es capaz de mover montes, montañas. Ahora, Cristo está usando una expresión proverbial de aquella época, conocida en aquel entonces, para significar que una fe, en este caso una fe de ese tamaño, era capaz de hacer grandes cosas. No era que literalmente iba a mover una montaña, pero sí de hacer grandes cosas. De manera que la versión de Mateo nos deja ver que hay dos ingredientes importantes a la hora de Dios actuar a mi favor: uno es fe. "¿Por qué no pudimos hacerlo?" "Por vuestra poca fe." Y dos, porque esta clase solamente sale con oración. Es una fe que te ha movido a orar y a orar. Entonces, como esos son de los mecanismos, canales que Dios ha dispuesto, tanto la fe como la oración, para Él responder y hacer lo que solamente Él puede hacer, entonces nosotros podemos ver su obra.
La fe es importante. Ahora, la fe no es una fuerza que yo activo a la hora de creer, como enseña el movimiento de "Proclámalo y recíbelo." Ese movimiento, conocido en inglés como The Word of Faith Movement, el movimiento de la palabra de fe, piensa que la fe es una fuerza que se activa cuando tú crees. No, no, no. La fe no es una fuerza que se activa; la fe es una confianza que yo deposito en el Dios que creó los cielos y la tierra.
Es como ese cuento, una historia de muchos años atrás. Unos hombres de ciencia querían realizar un experimento y, evidentemente, para la realización del experimento necesitaban una persona bien pequeñita. Tenían que deslizarlo con una cuerda, un cordón, por la ladera de una montaña. Y le preguntaron a un niño si él estaría dispuesto, y el niño dijo que sí, con una condición. Y le dijeron que cuál era la condición. Dice: "Que sea mi papá quien agarre la cuerda. Porque yo no lo conozco a usted. Usted puede ser un hombre de ciencia, pero yo no lo conozco. A mi papá sí." ¿Y quién tiene la cuerda agarrada de tu vida? Es tu papá, es tu Padre. Y si Él tiene la cuerda, yo puedo entonces deslizarme, y es en Él que yo tengo que depositar la fe. Él es mi Padre y Él me conoce, yo le conozco. Él es la fuente de poder, es la fuente de sanación, es la fuente de sabiduría.
La fe es un ingrediente tan importante que el autor de Hebreos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Sin fe es imposible agradar a Dios. Nuestra falta de fe no ha agradado a Dios porque cuestiona su carácter benevolente a favor de los suyos, pero también cuestiona su fidelidad, cuestiona todas las veces que Dios ha actuado en mi favor en el pasado y que hoy yo he decidido ignorar. Nosotros, yo tengo que predicarme eso a mí mismo de cuando en vez. "Dios, yo no sé si tu poder está por mí o en contra de mí." "¿Y todas las veces que yo he puesto mi poder a favor de ti?" "Yo no sé si tu gracia está conmigo o se ha ido." "¿Y todas las veces que mi gracia te ha acompañado?" "Yo no sé si tú vas a ser un escudo para mí o no." "¿Y todas las veces que yo he sido tu escudo y tu fortaleza por delante y por detrás?"
La fe es algo que Dios da. Mira cómo Spurgeon lo decía, para yo poder entender esa interacción. La fe, decía Spurgeon, en un sentido es un regalo de Dios, pero en otro sentido es algo que yo tengo que ejercitar. Dios nos da fe, pero Él no cree por nosotros. Dios nos da fe, pero Él no va a creer por nosotros.
Entonces, eso es lo que responde: "Por vuestra poca fe. Porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza..." No es tanto el tamaño, es la calidad. Y quizás nuestra fe está muy contaminada. Y quizás lo primero que contamina mi fe es mi falta de comunión con Dios, mi falta de oración, o quizás es mi autosuficiencia, mi autodependencia. Si los discípulos no oraron para expulsar este demonio, ¿en qué estaban confiando? No sé, pero no sé si era el conocimiento que ya habían obtenido, pero el conocimiento no lo va a sacar. "Bueno, ya tenemos experiencia, he visto cómo el Maestro lo dice, el Maestro lo hace: sal de él, yo te ordeno, y no vuelvas a entrar." Pero no son palabras que tienen poder mágico.
Yo recuerdo a un pastor, viviendo yo en Estados Unidos, conversando con él, hablando una vez de la eficiencia o eficacia de hacer llamado para salvación. Y él dice: "Yo me he fijado, y cuando Billy Graham hace llamado para salvación, él dice al final 'Billy' y la gente viene." Yo decía, pero él realmente piensa que es en el "Billy" que está la fuerza, el poder de convencimiento. Pero yo creo que él en ese momento estaba pensando de esa manera. No es el conocimiento, no es la buena... no es la experiencia, no son las buenas intenciones, no son palabras correctas, no son fórmulas, no es el pronunciar lo mismo que Jesús dice. Es una confianza depositada en el poder de Dios, en el carácter de Dios y en la voluntad de Dios.
Yo creo que hay mucha gente que tiene la confianza, o que tiene la creencia —yo no sé si es la confianza, pero tiene la creencia— en el poder de Dios. Yo hablaba con incrédulos: "No, no, yo soy muy creyente, Dios lo puede todo." Quizás lo piensan así, pero no hay confianza en el carácter de Dios, o no hay confianza en la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. No hay confianza en el Dios que, como algunos han dicho, o calma la tempestad o calma a su hijo en la tempestad. No nos ha prometido calmar cada tempestad, pero si Él no calma la tempestad, Él promete calmar a su hijo en medio de la tempestad. Y entonces esa es la confianza en esa voluntad buena, agradable y perfecta.
Y esa fe, entonces, es la que nos lleva a orar más, en un Dios que entendemos por fe escucha a sus hijos y responde a sus hijos, aún en nuestras deficiencias. Dios no... una vez más, Dios no tiene problema cuando yo confieso lo que a mí me hace falta. Dios tiene problema conmigo cuando yo actúo como si a mí no me hiciera nada falta.
De manera que hoy, al final de este mensaje, entrando en reflexión a algunas de las cosas que Cristo, el Señor, nos ha dicho por su Espíritu, yo pudiera terminar en este momento, en esta noche cuando me vaya al hogar, yendo donde el Señor, pidiendo perdón, y a la vez diciendo algo como esto: "Señor, yo creo; ayúdame en mi incredulidad. Señor, yo oro, pero ayúdame en mi deficiente vida de oración. Señor, yo confieso y me arrepiento de que en ocasiones he dudado de tu buena voluntad, o no he pedido lo que se supone que yo pida, y tu Palabra dice que no tenéis porque no pedís. Y, Señor, yo también tengo que confesar que en ocasiones yo he pedido con malas intenciones," que es lo que Santiago dice: "Y cuando pedís, pedís con malas intenciones." "Yo me arrepiento." El Señor no va a tener ningún problema con eso. El Señor va a estar complacido del arrepentimiento que estoy pidiendo y del perdón que estoy pidiendo. Y yo puedo decir: "Señor, perdóname, y gracias por tu perdón. Fortalece mi hombre interior, reconstruye mi ser."
La incredulidad, de la misma manera que la fe puede ser cultivada, la incredulidad puede ser cultivada. Y yo lo sé hasta por experiencia personal, porque me adhiere no el ADN de ustedes. Y nosotros cultivamos la incredulidad cuando le damos cabida a pensamientos catastróficos. Al enemigo le encanta eso, y no importa en qué etapa de tu vida de santificación tú estés, eso ocurre. Te ocurre a ti, me ocurre a mí, nos ocurre a mí, y nos ocurrirá mañana también, más o menos frecuentemente. El enemigo sabe cómo distraernos, el enemigo sabe cómo intimidarnos, el enemigo sabe que si nos distrae, nos intimida, nos debilita. Y él sabe que si nos debilita, nos tiene. Y la única manera de fortalecer esa debilidad es en el ejercitar la fe: creer su Palabra, creer su promesa, recordar lo que Él ha hecho en tu vida en el pasado, y dejar que otros que lo recuerden también. A veces nuestra memoria es deficiente. Y Dios entonces permite que otros te recuerden las victorias de Dios en tu vida, porque eso es parte de su fidelidad.