Jesús entró al templo de Jerusalén el lunes previo a su crucifixión y reaccionó con una severidad que pareció fuera de carácter para quien había dicho "aprended de mí que soy manso y humilde". Volcó las mesas de los cambistas, echó fuera a los que vendían palomas e impidió que la gente atravesara el recinto sagrado como atajo. Lo que encontró fue un sistema de corrupción institucionalizada: cambistas que cobraban hasta un doce por ciento de comisión, inspectores que siempre hallaban defectos en los corderos traídos de lejos para obligar a comprar los suyos, palomas vendidas a quince veces su precio fuera del templo. Una casa destinada a la oración para todas las naciones había sido convertida en cueva de ladrones.
La pregunta que el pastor Núñez plantea es qué provocó esta reacción y qué revela sobre el carácter de Dios. La respuesta es que ese día la ira divina visitó el templo. Esa ira no es un defecto ni algo macabro en Dios; es su santidad dirigida contra el pecado. Como su santidad es infinita, su ira lo es también. El pueblo había sido desensibilizado por años de exposición a estas prácticas, pero Jesús no podía tomar con ligereza lo que ellos habían normalizado.
Esta misma ira cayó sobre Cristo en la cruz cuando cargó nuestros pecados. El pastor ilustra con la historia de John Griffin, un operador de puente que tuvo que sacrificar a su propio hijo para salvar un tren lleno de pasajeros que ni siquiera notaron lo ocurrido. De manera similar, el Padre sacrificó a su Hijo y hay quienes viven como si no les importara. Comprender lo que costó nuestra salvación debiera llevarnos a vivir de manera agradecida y rendida.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¿Adónde lo que este hemos de ser hallados? Ahora, a mi Dios, en su palabra.
Bueno, continuamos hoy nuestra serie en el Evangelio de Marcos. Y si usted tiene un boletín, se habrá visto que anunciamos que íbamos a estar cubriendo los versículos del 15 al 21 y luego también del 27 al 33. Pero cuando terminé de desarrollar lo que iba a compartir en el día de hoy, no me quedaba tiempo para cubrir la segunda parte, del 27 al 33. Así que hoy vamos a llegar hasta el versículo 21, para parar ahí y continuar ya en la próxima ocasión.
Yo voy a leer este texto muy conocido, pero recuerde que la primera parte de este capítulo nos habla de cómo Cristo llegó a Jerusalén. Tenía semanas o meses viajando, no sabemos exactamente la cronología. Llega a Jerusalén, pero la ciudad no era su meta. Cuando llega a Jerusalén, él sigue y sigue hasta el templo. Y el texto que examinamos la semana pasada nos dice que él entró al templo, lo examinó todo, y luego, como sin palabras —por lo menos palabras registradas—, él se fue a Betania. Suponemos que a descansar, a pasar la noche. Y como que lo que él vio no es comentado en ese día, un día que conforme a la cronología tradicional ocurrió o tuvo lugar en domingo. Es lo que ha sido llamado Domingo de Ramos.
Entonces, este evento de hoy es un evento que ocurrió al día siguiente. Sería el lunes anterior a su crucifixión, para que usted pueda ir siguiendo de esa manera hasta que lleguemos a la cruz del viernes. Pero ahí estamos, muy lunes. Y aunque Cristo no dijo nada de su visita al templo el domingo, su reacción ahora, en esta visita que le hace al templo el día lunes, sí nos dice de lo que él vio y de cómo él se sintió.
De manera que usted puede tomarlo ahí, en el versículo 15 hasta el 21: "Llegaron a Jerusalén, y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían las palomas, y no permitía que nadie transportara objeto alguno a través del templo. Y les enseñaba diciendo: ¿No está escrito: 'Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones'? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Los principales sacerdotes y los escribas oyeron esto y buscaban cómo destruirle, porque le tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de su enseñanza. Y cuando atardecía, solían salir fuera de la ciudad. Por la mañana, cuando pasaban, vieron la higuera seca desde las raíces. Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Rabí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado."
Otra vez pausamos y oramos en reconocimiento de nuestra necesidad para entender, y en este caso, para entender tu Palabra. La necesidad del que predica de poder aferrarse de ti en este momento, para que tú lo guíes a lo largo del camino, y que él pueda trillar el sendero de la verdad sin desviar. Mira que es humano, mira que es falible, mira que se puede desviar. Pero si tú trazas el sendero y tú abres sus ojos para verlo, sabemos que tú le guiarás. Yo quiero pedirte que tú uses a tu Espíritu para iluminar la Palabra en el que habla y en el que escucha, para que tú glorifiques, Padre, a tu Hijo por medio de tu Espíritu. Que la palabra hablada exalte la Palabra viva de Jesús, en cuyo nombre oramos. Amén y amén.
Jesús entra al templo día domingo, hace una inspección y se retira. Y regresa al próximo día. Y él se encuentra con una situación que para nosotros ya es conocida, porque él se encuentra con algo que él necesita limpiar de corrupción. Y de ahí que hemos titulado nuestro mensaje: "Jesús en misión de limpieza." Jesús en misión de limpieza.
Esto es un evento importante que fue redactado por todos los Evangelios. Los Evangelios sinópticos colocan esta limpieza del templo —si pudiéramos llamarle así; otros le llaman purificación— al final de la vida de Jesús, justo en esta semana donde yo estoy colocándola, porque el texto así lo tiene. Pero el Evangelio de Juan lo coloca, o tiene una limpieza del templo, al principio. Y algunos entienden que esos dos eventos —uno colocado al final de la vida de Jesús por los sinópticos, y otro colocado por Juan al principio— es un mismo evento, ordenado por razones no muy claras de forma distinta en los Evangelios.
Pero otros lo ven —y esa es la posición que yo he tomado, que yo he abrazado— que no, que estos son dos eventos distintos en la vida del Maestro: uno al principio de su ministerio y el otro al final de su ministerio. Jesús comienza su ministerio limpiando el templo; cierra su ministerio limpiando el templo. Y esos dos eventos funcionan —para usar una figura que yo he usado otras veces— como dos portalibros, en medio de los cuales está el ministerio de nuestro Señor Jesús. Y esta limpieza refleja el rechazo de Jesús por la religión judía, o por el judaísmo del momento.
Cuando tú lees un texto como este, o cualquier otro texto, yo creo que una de las cosas que te ayuda a extraer del texto todo lo que pudiera estar ahí es haciéndole preguntas al mismo texto, que tú tratas de contestar por medio del texto que tú tienes enfrente. Y eso es lo que vamos a hacer otra vez con esta porción de la Palabra que acabo de leer. Le vamos a hacer dos preguntas, y no más, y a tratar luego en el tiempo restante que esas dos preguntas sean respondidas por medio de la misma Palabra que acabamos de leer.
Pregunta número uno: ¿Qué fue lo que hizo que Jesús reaccionara de esa forma tan violenta? Piénsalo por un momento. Fue una reacción poco característica de la persona que ya había dicho: "Aprended de mí, que soy manso y humilde." No fue necesariamente una reacción mansa, a la manera como nosotros entendemos la mansedumbre de un hombre. ¿Qué fue lo que le hizo reaccionar de esa manera? Yo creo que la mayoría de los que estaban allí, quizás sus mismos discípulos, jamás pensaron que Jesús pudiera tener lo que a sus ojos pareció simplemente un exabrupto.
Y la segunda pregunta que pudiéramos hacer es: si Jesús vino a revelar al Padre en cada cosa que hizo, ¿qué acerca del Padre está Jesús revelándonos en esta reacción de este día?
Y como siempre, comencemos por la primera. Analicemos la reacción de Jesús en esta ocasión. No hay dudas, cuando tú lees esto, que Jesús reaccionó airadamente. Pero lo que Jesús no hizo fue reaccionar impulsivamente. Hay una diferencia entre una cosa y la otra. De la misma manera pudiéramos decir que él reaccionó severamente; no podemos negar la severidad de lo que Jesús hizo cuando tú volcas incluso mesas. Pero lo que no podemos decir es que esto fue una reacción emocional. Y en tercer lugar, no hay duda de que esto pareció como un acto repentino. Jesús entra y comienza a cambiar el orden de todo lo que estaba. Y si bien es cierto que esto lució repentino, no es menos cierto que esto no fue una reacción caprichosa. Lo que nosotros leímos, lo que fue lo que ellos vieron, no representó en lo más mínimo ni un impulso, ni una emoción, ni un capricho.
Esto se dio o se llevó a cabo al principio de la semana que celebraba la Pascua judía. La Pascua judía es una, o era, una de esas tres fiestas para las cuales todo varón mayor de 20 años de edad tenía que acudir de manera obligatoria. Y al comienzo de semana, si fuéramos a usar un lenguaje coloquial de nuestros países, diríamos: "Se calentó Jesús."
Ahí está él, junto con las demás personas que habían venido. La fiesta de la Pascua ocurría o se celebraba el 14 de Nisán, caía viernes. Y entonces, al otro día comenzaba la fiesta de los panes sin levadura. Una detrás de la otra, estaban fusionadas, hasta el punto que muchas veces esta fiesta era conocida simplemente como la fiesta de la Pascua o la fiesta de los panes sin levadura. Y en general, esta era una fiesta celebrada en la misma época en la que nosotros celebramos la tradicional Semana Santa, entre marzo y abril.
Las otras dos fiestas con carácter obligatorio que se llevaban a cabo en la nación de Israel: una era la fiesta de Pentecostés, 50 días después de esta Pascua. Caía la fiesta de Pentecostés, una fiesta celebrada para dar gracias a Dios por las primicias o los primeros frutos de la cosecha. Y como era 50 días después, usualmente esto caía a final de mayo o a principio de junio del calendario nuestro. Y la tercera fiesta era la fiesta de los Tabernáculos, llevada a cabo para celebrar el deambular del pueblo por el desierto.
Esa fiesta de la Pascua, celebrada en esta semana en la que estamos, celebraba la salida del pueblo judío de la esclavitud de Egipto, o la redención de la esclavitud. Y era tan propicio que Cristo muriera precisamente un día de celebración de la Pascua, porque él vino para darnos la redención de otra esclavitud. No de la esclavitud humana de un Egipto, pero sí de la esclavitud del pecado.
Y esta semana ha comenzado en cierta forma de mala manera, porque lo que Cristo hizo este día le ganó la oposición y la condenación en la mente de los fariseos y de los saduceos. Y comenzó entonces a moverse toda una trama para terminar con su vida.
Ahora está el pueblo acudiendo en esta semana a hacer dos cosas, y venían de todas partes del mundo. Venían, en primer lugar, a pagar un impuesto que las autoridades habían requerido. Y en segundo lugar, venían a sacrificar un cordero, como se celebraba la fiesta de la Pascua: un cordero por familia.
Y Jesús entra al templo, y esto es lo que encuentra: ve gente vendiendo y comprando, y los echa fuera. Él entra al templo y ve gente sentada cambiando dinero uno por otro y vendiendo palomas, y él tomó las mesas y las tiró, las tumbó. De hecho, la versión de Juan nos dice que Jesús hizo un lazo de cuerdas, lo que nosotros llamaríamos un fuete. Y no sabemos si él golpeó a alguien con el fuete o simplemente lo sonó en el aire como una forma de hacer ver su autoridad.
Pero ese día Jesús no solamente tumbó mesas y no solamente echó fuera a los que compraban y vendían, sino que Jesús también, nos dice el texto, detuvo o no permitió que nadie transportara objeto alguno a través del templo. El versículo 16 dice que nadie transportara objeto a través del templo. Detuvo el paso de mucha gente que ya se había acostumbrado a cuando venía de la ciudad para el Monte de los Olivos, en vez de hacer esto, darle la vuelta al templo, cruzar a través del templo con lo que fuera que ellos tuvieran en las manos como una forma de evitar tener que dar una larga vuelta, y atravesar entonces el recinto del templo. Jesús detuvo eso también.
En medio de una conmoción, porque William Barclay en su comentario dice que posiblemente en esa época podían acudir a la ciudad hasta dos millones de personas, gente que había sido dispersa a lo largo de los años por diferentes naciones y ciudades, y que ahora aprovechaba, número uno, para venir y pagar su impuesto y también cumplir con la fiesta de la Pascua, pero también gente que aprovechaba para visitar a su familia. Y todo esto está ocurriendo cuando Jesús decide hacer esto en ese día. El templo, que era un lugar sagrado, fue convertido en un mercado, y fue convertido en un mercado de diferente manera.
Había que pagar un impuesto, pero yo vengo con un dinero que no es el dinero que me reciben en el templo, porque yo vengo quizás de Alejandría o vengo de Antioquía, vengo de otras ciudades. Pues ahora, cuando yo llego al templo, tengo que cambiar mi dinero al dinero que era aceptado en el templo, y ese dinero era usualmente monedas de Tiro que tenía un metal mucho más puro, o mucho menos corrompido, con menos impurezas. Los que habían visto se habían vuelto unos usureros; cobraban usuras hasta del 12.5 por ciento para el cambio de dinero, dice Bruce en uno de sus comentarios.
Pero esa no era la única forma como habían mercadeado el templo, sino que resulta que yo tengo que ofrecer un cordero. Pues yo vengo de cientos de kilómetros de distancia a ofrecer un cordero; lo más lógico es que quizás yo prefiera comprar el cordero en el lugar y no cargar con un cordero por tan larga distancia. Y ahí yo tenía que ir al templo y comprar un cordero que hubiese sido inspeccionado y dictaminado por ellos como de un año de edad, sin defecto, listo para ser ofrecido. Pero si a mí se me ocurría traer mi propio cordero, ahora me lo iban a inspeccionar. O sea, imagina que tú vienes doscientos, trescientos kilómetros con un cordero encima, y ahora cuando llego al templo la comisión de inspección dice que mi cordero no pasa la inspección. Y ahora tengo que comprar uno de los de ellos que sí ya está preaprobado. Siempre habría algún defecto con el mío para yo poder comprar el otro.
De manera que hay una comisión que yo tengo que pagar para el cambio de dinero, hay otro tipo de comisión por la que tengo que pasar para que inspeccionen mi cordero, y luego, si el mío no pasa la inspección, yo tengo que comprar otro que ha sido preinspeccionado. Si yo no tenía recursos, entonces bueno, podía ofrecer dos palomas; por eso había mesas con palomas que Cristo voltea. Pero dicen algunos de los documentos que han sobrevivido hasta hoy que una paloma dentro del templo podía costarte hasta quince veces el precio de una paloma fuera del templo. Les es familiar cuando van a los aeropuertos y compran cosas dentro.
En fin, la situación era una verdadera usura. Cristo es provocado por el comercio dentro de su casa, la usura en contra de todos, pero sobre todo de los menos pudientes. Es provocado por la avaricia de los mercaderes, por la mentira de aquellos que siempre encontraban defectos con mi cordero. Cristo es provocado por la indiferencia del pueblo hebreo que está presenciando esto y ya lo da como por dado, no le provoca nada esto que se practica de manera continua; de hecho, ellos son parte de eso. Y finalmente, Cristo es provocado por la violación que esto representa a la santidad de Dios, que estaba a su vez representada por el templo de oración en Jerusalén.
El templo representaba el corazón de la vida religiosa de los judíos y, por ende, el corazón de la misma nación. Lo que estuviera ocurriendo aquí dentro del templo es una reflexión de cómo estaba el pueblo allá afuera del templo. Y el templo había llegado a parecerse más a un mercado que a un templo propiamente dicho. Y de ahí entonces que, de acuerdo a la visión de Juan, Jesús usara incluso un látigo para echar fuera a aquellos que estaban llevando a cabo semejante abominación ante sus ojos.
La pregunta es: ¿qué es lo que provoca a Jesús? Ciertamente, esto que yo he estado describiendo es lo que visiblemente se puede ver como motivo de provocación, pero yo estoy seguro de que ninguno de nosotros hubiese reaccionado de la manera que Jesús reaccionó ese día. De manera que la pregunta todavía permanece: ¿qué es lo que provoca a Jesús a reaccionar de una manera tan severa, contrario a lo que había hecho todo el resto de su ministerio?
El versículo 17 dice: "Y les enseñaba diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones". Ahora yo comienzo a entender. Entonces, un lugar sagrado, dedicado para orar y adorar a Dios, y este lugar ha sido convertido no simplemente en un mercado; esto es una cueva donde se esconden ladrones. En otras palabras, estos usureros y cambistas yo pudiera calificarlos de ladrones, y allí, como están bajo el techo del templo, se esconden y no dan a conocer su verdadera identidad.
Cristo ha sido provocado por lo que ve. Nota cómo él dice, incluso, y revela de una manera muy sutil, que este no es el templo simplemente de Israel; este es el templo de oración para todas las naciones, con lo cual él estaba revelando que la salvación, aunque viene de los judíos, no es exclusiva de los judíos.
Aquí hay algo que está ocurriendo, o que ha ocurrido ya, y que es algo de lo cual Dios acusa a los sacerdotes en el Antiguo Testamento, y es de convertir lo sagrado en profano y de no haber enseñado a su pueblo a distinguir uno de lo otro. Aquí hay algo extraordinario, que es una casa de oración dedicada al Dios Santo, a Yahvé, que ha sido convertido en algo ordinario, que es más un mercado que otra cosa. Aquí hay algo que es santo que ha sido convertido en algo común, y es eso lo que está provocando la ira de Dios.
Eso que yo mencioné, la conversión de lo sagrado en profano, es una acusación seria contra los líderes del pueblo de Dios que el profeta denunció. Algo que nosotros sabemos acerca del profeta en el Antiguo Testamento es que nadie escapó sus denuncias. Él denunció al rey, él denunció al príncipe, él denunció a los jueces, él denunció a los sacerdotes, él denunció a los falsos profetas, él denunció al ciudadano común. La única persona que no dejó de ser denunciada fue él mismo, simplemente porque él estaba sirviendo de micrófono, de vocero, para la nación.
El pueblo había sido desensibilizado por el pecado mismo. Años tras años, el pueblo había sido expuesto a esta práctica, y cuando tú te expones a la práctica del pecado, llega un momento en que ese pecado no parece la cosa tan grande o tan severa para ti, porque tú has quedado desensibilizado.
Una de mis ilustraciones favoritas, y para los que ya la han escuchado yo pido su perdón, pero es cuando yo comienzo a tomarme el té: yo comienzo a calentar el agua en el microondas a eso de un minuto y treinta segundos. Pero después de un tiempo era un minuto y cuarenta y cinco segundos, y después dos minutos, dos quince, dos treinta, dos cuarenta y cinco. Y llegó un momento en que yo dije: el microondas no parece estar dañado, yo creo que es mi lengua que tiene un problema. Había sido expuesta y desensibilizada al calor del agua, y por tanto ahora no respondía como en ocasiones anteriores.
Y de esa misma forma, nosotros, cuando nos exponemos a formas culturales, formas cotidianas de pecado, no nos parecen tan serias simplemente porque yo he crecido en medio de ellas. Y el pueblo había crecido con estas formas de celebrar la Pascua y no estaba tampoco reaccionando debidamente. Pero ese no fue el caso de Jesús. Jesús no es como nosotros, que puede vivir en medio del pecado y no reaccionar. Jesús no iba a tomar con ligereza lo que el pueblo había tomado con ligereza, y Jesús terminó airado, molesto ese día.
Pero él no fue el único que se molestó ese día. Escuche lo que el versículo 18 dice: "Los principales sacerdotes y los escribas oyeron esto y buscaban cómo destruirle". Aquí hay otro que se ha molestado, pero por razones distintas. Jesús buscaba hacerlos reaccionar, pero ellos buscaban destruir a Jesús. Y no lo hicieron simplemente porque le tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de su enseñanza. Jesús tiene una multitud que le respalda; de hecho, él llegó el domingo cabalgando en un pollino con una multitud, y ellos tienen miedo.
Pero yo creo que ese día, cuando vieron al personaje Jesús reaccionar de la manera que él reaccionó, yo creo que muchos pensaron: se puso loco. Yo sabía que esto no iba por buen camino. Parece un hombre que ha perdido los estribos. Yo no creo que ni aun los apóstoles estaban listos para ver lo que ellos vieron ese día. Sin lugar a duda, los saduceos, que controlaban el negocio del templo, querían destruirlo, y los fariseos por igual; ellos eran los maestros de la ley. Y no lo hicieron solamente porque él tenía una multitud que lo respaldaba.
En aquella ocasión hubo gente, como la hay hoy, que odiaba a Jesús. Unos lo odiaron y otros lo amaron. Jesús siempre ha provocado una reacción en aquellos que se exponen a él: unos querían proclamarlo como rey, pero otros querían verlo crucificado; unos lo buscaban para escucharlo, otros lo evitaban o lo buscaban para matarlo. En medio de todo eso, Jesús permaneció inintimidado: la popularidad no lo enalteció en su humanidad, y el rechazo no lo desanimó.
Nada lo hizo variar su curso, nada lo hizo cambiar su agenda, nada lo hizo desviar sus ojos. Si hay un modelo de alguien que tú y yo podemos seguir, es el modelo de Jesús, que tuvo siempre sus ojos puestos y fijos en el Padre. Y de esa misma manera nosotros podemos hacerlo también.
Ese día terminó. El versículo 19 dice: "Y cuando atardeció, solían salir fuera de la ciudad". Asumimos que eso es lo que nos está diciendo: que ese día atardeció y Él salió de la ciudad otra vez. De manera que cuando regresemos estaremos en día martes, acercándonos al viernes de la crucifixión. Ya tú tienes una idea de qué fue lo que hizo que Jesús reaccionara de esa manera tan severa ese día cuando entró al templo.
La segunda pregunta, que está íntimamente relacionada a la primera y que hicimos al principio, es esta: si Jesús vino a revelar al Padre, ahora que Él hace esto, ¿qué del Padre, qué aspecto del Padre estaría tratando de revelar o reveló? Ese día, cuando todo lo que ocurrió lo llevó a la exasperación, ¿qué estaba Él poniendo de manifiesto? Y no hay duda de que ese día la ira de Dios visitó el templo de Jerusalén.
Y ese es un aspecto del carácter de Dios del cual a nosotros nos gusta oír poco y aún leer poco. Y se nos olvida que cuando Cristo vuelva —nosotros decimos: "¡Cristo viene, Cristo viene! ¡Qué día de gozo será!"— pero se nos olvida que ese día ha sido llamado el día del Señor o el día de la ira del Señor. Será un día de gozo y celebración para aquellos que han sido encontrados en Cristo, donde recibirán su recompensa, y será un día de juicio como nunca antes para aquellos que fueron encontrados fuera de Él.
El día de la ira del Señor, o el día del Señor, es una frase que aparece en la revelación bíblica no menos de 24 veces: veinte en el Antiguo Testamento, cuatro en el Nuevo Testamento. De manera que Dios quiere que a mí no se me olvide la certidumbre de aquello que Él ha anunciado y en qué consistirá. Y ese día será un día de la visitación de su justicia también.
Yo creo que muchas veces a nosotros no nos gusta hablar u oír de la ira del Señor, en parte porque tenemos miedo de que nosotros podamos ser receptores de esa ira, en parte porque nosotros somos los provocadores de esa ira. Cuando Cristo va a la cruz y toda la ira de Dios es descargada sobre sus hombros, la única razón por la que eso ocurrió es porque Él fue a la cruz cargando mis pecados, y ahora entonces Él recibe todo el peso de la ira de Dios. Pero es el peso de mis pecados que está cayendo sobre sus hombros.
La ira de Dios ha visitado la tierra en diferentes momentos. Cuando Dios inundó el planeta en agua, eso fue una expresión de su ira. Cuando Dios quemó la ciudad de Sodoma y Gomorra, fue una expresión de su ira. Cuando su Cristo, cuando su Hijo Jesucristo fue a la cruz, la manera tan severa y cruel como Él fue tratado es porque la ira de Dios visita la cruz en mi lugar.
Y nosotros, cuando oímos de la ira de Dios, como que tenemos un sentir que no queremos ni siquiera admitir, como que eso es algo diabólico o macabro o malo en el carácter de Dios. Y algunos han dicho justamente eso: que en el carácter de Dios parece haber una combinación de santidad y de este otro aspecto macabro o malo, diabólico, que nosotros vemos entonces que se expresa de cuando en vez. Cuando en realidad eso está muy lejos de la realidad.
En épocas atrás había en la sociedad una idea de que el hombre era muy malo y Dios estaba muy airado. Y en ese contexto entonces, en el año 1741, el 8 de julio, quizás el teólogo más famoso de Estados Unidos, Jonathan Edwards, predica un sermón conocido como "Pecadores en las manos de un Dios airado". Y el Espíritu de Dios decidió visitar aquella congregación bajo su unción de una manera que la gente —dicen los documentos de la época— caía al piso dándose golpes en el pecho, gritando de arrepentimiento y de dolor por sus pecados. Un sermón que ha pasado a los anales de la historia de Estados Unidos como uno de los documentos más importantes de la nación. Finalmente, aquella congregación llegó a entender lo serio que es violar la santidad de Dios y lo severo que puede ser entonces la aplicación de su justicia.
Eso ha variado desde entonces, porque en nuestros días ha habido una reducción significativa de lo que es la justicia y la ira de Dios, hasta el punto que esa parte de su carácter ha quedado eclipsada en nuestros días. Jerry Bridges, el autor del libro "En pos de la santidad" —*The Pursuit of Holiness*— y de su libro *The Pursuit of Godliness*, que yo creo que no ha sido traducido pero pudiera ser traducido como "En pos de la piedad", nos dice que en nuestros días hemos magnificado el amor de Dios excluyendo el temor del Señor. Debido a esta preocupación, no estamos honrando a Dios y reverenciándolo como debemos. Debemos magnificar el amor de Dios porque nos deleitamos en su amor y misericordia, pero nunca debemos perder de vista su majestad y su santidad, nunca. Y él agrega entonces: un concepto apropiado del temor del Señor nos llevará a adorar al Señor y a la vez nos llevará a regular nuestras conductas. Un concepto apropiado del temor del Señor nos llevará a adorar al Señor y a la vez nos llevará a regular nuestras conductas.
El ministerio del apóstol Pablo fue movido tanto por el amor de Cristo como por el temor del Señor. Escucha lo que él le dice a los corintios en su segunda carta. En una misma carta, en un mismo capítulo, con apenas tres versículos de diferencia, Pablo deja ver cómo él es motivado tanto por el temor como por el amor de Dios. 2 Corintios 5:11: "Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres". Conociendo el temor del Señor. La Biblia King James en su versión traduce esto: "Conociendo el terror del Señor, persuadimos a los hombres". Y tres versículos más abajo, en 2 Corintios 5:14, dice: "El amor de Cristo nos apremia". Tanto el temor o el terror del Señor nos hace persuadir a los hombres, como el amor de Cristo, porque uno no es más santo que el otro.
El mismo Pablo que me anima en Romanos 8:15 y me dice que nuestro espíritu clama y dice "Abba, Padre", como si Él fuera mi papá, es el mismo Pablo que le escribe a Timoteo en 1 Timoteo 6:16 y le dice que nuestro Dios habita en luz inaccesible. El mismo autor de Hebreos que nos invita a acercarnos al trono de la gracia con confianza, porque debemos y podemos por medio de lo que Cristo hizo, es el mismo autor que más adelante en el capítulo 12 nos recuerda que nuestro Dios es fuego consumidor. Nos habla de su retorno, nos habla de que cuando Él venga las cosas movibles desaparecerán y aquellas no movibles permanecerán, y nos dice entonces que debido a eso nosotros debiéramos ofrecer a Dios un sacrificio o una vida que le sea aceptable, y luego nos da la razón: porque nuestro Dios es fuego consumidor. El mismo autor. Pero tenemos esta idea de que la ira de Dios es menospreciada comparada con su gracia o su amor o su misericordia.
Su ira no es menos santa que ninguno de los demás atributos. De hecho, si hay algo que los teólogos nos han ayudado a entender, y que hemos explicado en otras ocasiones, es que Dios es simple. Cuando hablamos de que Dios es simple, implica que Dios no tiene partes ni compartimientos; es una sola unidad. Lo que Dios es aquí, lo es allá; lo que es aquí, lo es en todas partes. De tal forma que decir que Dios es santo implica que su amor es santo, su poder es santo, su misericordia es santa, su gracia es santa, y su ira es santa.
Pero nosotros no conocemos esa ira santa de Dios, porque nosotros conocemos otro tipo de ira. Nosotros nos airamos cuando alguien interfiere con nuestros planes o nuestras metas. Usted va manejando y alguien interfiere con que usted pueda cruzar el semáforo a tiempo, y usted se ha airado: "¡Tenía que ser!" Es una ira centrada en nosotros. Nosotros nos airamos cuando la esposa o los hijos no hacen lo que yo quiero que hicieran. Nosotros nos airamos cuando alguien interfiere con lo que yo pienso. Y como es la ira que conocemos, de esa misma manera nosotros usamos a Dios. Y también, cuando nosotros nos airamos, nosotros ofendemos, pisoteamos, tiramos la dignidad de la otra persona por el suelo. Y como esa es la ira con la que yo he crecido, cuando me hablan de la ira de Dios, yo pienso en ella emocionalmente, subconscientemente, mentalmente, de una manera similar a la mía, y juzgo a Dios.
Escucha, la ira de Dios no es más que su santidad dirigida en contra del pecado. Y como su santidad es infinita, así es su ira cuando se dirige hacia el pecado. Por tanto, su ira es directamente proporcional a su santidad. Su santidad es infinita, y aquellos que llegan al infierno lamentablemente pagan su pecado por toda la eternidad. La ira no es más que la expresión de la santidad de Dios contra el pecado.
Cuando nosotros no vemos eso, no es porque nuestro pecado no lo merezca, sino que su misericordia es lo que retiene su ira hasta el día de su regreso: el día del Señor. Y por eso, parte de la razón por la que Él no acaba de venir, nos dice Pedro en su segunda carta, es porque Dios está esperando. Dios está airado contra el pecado porque el pecado no es otra cosa que rebelión en contra de su autoridad. Eso es lo que Adán y Eva hicieron: se rebelaron contra su autoridad. Si Dios fuera menos santo, Él se airaría menos contra el pecado. La razón por la que el pecado a nosotros no nos provoca tanto, no nos irrita tanto, es porque nosotros no tenemos la santidad que Dios tiene. Pero eso no es el caso con Él.
Y de ahí la reacción de Jesús ese día. Nosotros no tenemos santidad suficiente para ver algo como lo que Jesús vio y ser provocados de la manera como Jesús fue provocado. Cuando nosotros leemos acerca de su santidad, nosotros somos dados a pensar: "Cuidado, se le fue la mano a Jesús o a Dios." O en nuestro lenguaje de la calle hoy en día: "Se pasó. Dios no tenía que ser tan severo. Dios, es que, como que no es justo. No lo acepto porque es Dios, pero yo no lo entiendo." No lo puedes entender porque no tienes santidad infinita como Él sí tiene. No olvides que su ira es tan real y santa y perfecta como su amor y su misericordia. Y Dios odia el pecado porque Él es santo, y su ira se enciende contra él, como lo hizo en la cruz contra su Hijo cuando Él cargó mis pecados.
Ahora, muchas veces nosotros hemos oído, o quizás hemos dicho: "Dios se aíra contra el pecado, pero no contra el pecador." Ah, no. Es poético, pero no bíblico. Salmo 7:11 dice: "Dios es justo y es un Dios que se indigna cada día contra el impío." No dice contra el pecado del impío, sino contra él de manera personal. La ira de Dios, Romanos 1:18, se manifiesta cada día contra todo aquel que suprime la verdad. Cuando Adán y Eva pecaron, lo que Dios echó fuera del huerto no fue su pecado, sino a la pareja. Cuando Dios quemó Sodoma y Gomorra, no fue su pecado lo que Él quemó, sino sus habitantes. Cuando Dios inundó el planeta y lo sumergió bajo agua, lo que ahogó no fueron sus pecados, sino sus ciudadanos. Lo que va al infierno no son nuestros pecados, sino nosotros.
Hermano, aun su propio Hijo no pudo escapar su ira. Tú tienes que leer otra vez lo que ocurrió a Cristo en la cruz, y tienes que verlo ahora a la luz de entender nuevamente que lo que le está pasando, aunque lo llevaron a cabo los romanos, tienes que entender que era simplemente una expresión diminuta de la ira de Dios que estaba visitando las espaldas de su Hijo cuando Él decidió cargar con tu pecado y con el mío. De ahí la oscuridad. De ahí el grito del Hijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Es como estar en un infierno, solo, sin ti, sin tu presencia. El Padre descargó su ira sobre su Hijo. ¿Entiendes eso? ¿A tu favor?
Tony Evans, un pastor en Texas que ha escrito varios libros, en uno de ellos, "Nuestro Dios es maravilloso," dice: "Esta es la razón por la que Dios no tolerará a aquellos que rechacen a su Hijo. No los puede tolerar porque ha pagado el pecado en Él, y aun así no lo quieren; no quieren el pago." Y luego él agrega algo como esto: "Porque un Dios eterno permitió que su Hijo eterno pagara un precio eterno por nuestro pecado mortal, para que gente mortal pueda vivir eternamente con Él." Para que gente mortal pueda vivir eternamente con Él. Y por eso no habrá tolerancia contra los que rechacen a Jesús.
Dice que un amigo suyo, cuando escuchó al pastor Evans compartir con él el mensaje del evangelio y la condenación para aquellos que lo rechacen, le dijo que él no estaba preocupado por lo que le fuera a ocurrir en el infierno, porque él pensaba pasar un buen tiempo allá. Y Evans le dice: "Te voy a pedir un favor. Cuando vayas a tu casa, prende la hornilla de la estufa, siéntate sobre ella y trata de pasar un buen tiempo. Quizás tú puedas comenzar a entender de qué estamos hablando."
Dios descargó toda su ira sobre las espaldas de su Hijo para que un día Él no tuviera que descargar el mismo peso sobre mis espaldas más débiles. Quizás esto nos pueda ayudar a entender un poco más.
Y cierro con esta historia. Yo estoy consciente de que esta historia ha sido compartida en otras ocasiones, por lo menos en una ocasión, pero habrá alguno que no la habrá oído, y otros que ya la escucharon, y como me dijeron: "Oírla de nuevo trajo mayor conciencia en mi vida."
Es una historia real, no es una leyenda. Este hombre de nombre Greg Wilson, en los años 1929 y 30, cuando entró la depresión en Estados Unidos, no tenía trabajo. Pero un día encontró trabajo en la maquinaria de un puente que se abría para dejar pasar barcos. Allí pasaban barcos de lujo, del lujo que él miraba y contemplaba, y él no tenía mucha esperanza porque era la época de la depresión, una depresión donde cinco mil bancos quebraron en una sola semana. Fue terrible aquel tiempo. Pero él había tenido un hijo; su hijo había crecido, ahora tenía ocho años, y él comenzó a tener como cierta esperanza de que su hijo creciera y ellos, en un día no muy lejano, pudieran trabajar juntos en ese cuarto de maquinaria o en algún otro lugar donde Dios los llevara.
El primer día, creo que el primer día de trabajo, poco tiempo después, Greg se lleva a su hijo al trabajo y está hablando con él. Acababan de abrir el puente y el tiempo fue pasando. De repente se percató de que era la hora del mediodía y se fueron a almorzar. Y prontamente, para su sorpresa, él oye de repente el sonido de un tren. Mira su reloj de nuevo: son casi la una y diez de la tarde. Él corre para cerrar el puente, mira hacia abajo, se percata de que no hay ningún barco cruzando. Y cuando va a cerrar el puente, al mirar hacia abajo, se percata de que en el cuarto de maquinaria que estaba abajo, él vio algo que jamás hubiese querido ver.
Aparentemente su hijo le había seguido atrás cuando él le dijo que se quedara en un lugar, y se había caído en el cuarto de maquinaria. Allí, agarrado entre los dientes de dos ruedas enormes de la maquinaria, estaba su hijo gritando. Por su mente pasaron planes posibles de rescate, pero al mismo tiempo se percató: "Yo no tengo tiempo. Hay una de dos opciones: o yo sacrifico a mi hijo, o yo sacrifico a los pasajeros que vienen en el tren." Y sin más tiempo que pensar, Greg baja su cabeza, la pone en su brazo izquierdo, y ahí bajó la palanca. Al bajar la palanca comenzó el puente a cerrar, y el grito de su hijo cesó. Él sabía lo que acababa de hacer.
Cuando el tren pasó frente a él, él estaba en un ángulo que le permitía ver. Y vio gente que estaba celebrando, riéndose. Nadie vio. Nadie miró para el lado. Nadie escuchó. Nadie sabía lo que había pasado. Él vio un niño con una cuchara larga que estaba a punto de comerse un helado. Y ahora él, de forma desesperada, grita en medio de la nada y dice: "¡Yo acabo de sacrificar a mi hijo y a ustedes ni siquiera les importa!"
Y es como si Dios pudiera gritar desde el cielo y decir: "Yo he sacrificado a mi Hijo en la cruz, y hay gente a la que ni siquiera le importa."
El hecho solo de yo saber que el Padre visitó su ira infinita sobre las espaldas de su Hijo, a favor mío, en mi lugar, para que yo no tuviera que posteriormente sufrir la ira infinita de Dios por el resto de la eternidad, debiera llevarme a vivir de una manera agradecida, rendida a sus propósitos, y a una vida de piedad. Pero a veces como que no nos importa. Que yo era su enemigo y ahora soy su hijo. Que yo merecía condenación y Él me dio salvación. Que yo merecía el peso aplastante de su juicio y Él me dio el poder levantador de la resurrección. ¿Cómo no voy a vivir de otra manera? ¿Cómo no voy a responder de otra manera? ¿Cómo no voy a cantar con gozo la realidad que se llevó a cabo en la cruz a mi favor? ¿Cómo me voy a dejar entretener por los juguetes de este mundo, de un mundo desechable? Porque será destruido y será consumido por un fuego intenso, dice Pedro en su segunda carta.
Quizás Dios te ha hablado. Quizás te ha hablado como creyente, en el sentido de que necesitas tener una mejor respuesta a lo que Cristo hizo por ti. O quizás te ha hablado como incrédulo, y has entendido en esta mañana lo que verdaderamente Cristo hizo en la cruz: cómo el Padre pagó tu pecado y visitó su ira sobre Él. Y quizás Dios te ha dado entendimiento para responder a su gracia.
Arrepentimiento en esta mañana. Si es que es cierto que Dios te ha dado arrepentimiento y has reconocido que tu vida cristiana hasta hoy realmente no se corresponde a la cruz, y no se corresponde porque no ha tenido salvación, si Dios te dio ese entendimiento, ahí donde tú estás tú puedes simplemente decirle: "Señor, gracias por la convicción de pecado que traes a mí en este momento. El Espíritu que me produjo la convicción es el mismo a través del cual te pido perdón ahora, en base al sacrificio de Cristo en la cruz. Perdóname, yo quiero entregarte mi vida, yo quiero recibir la tuya."
Quizás algunos quieran decir: "Ahí se han despertado a una realidad que realmente yo no tenía conversión cuando lo creía." Quizás decir: "Yo ya no quiero jugar a ser salvo, yo quiero vivir salvo." Hay una diferencia entre jugar a la guerra e ir a la guerra, y hay una diferencia entre jugar a ser salvo y ser salvo.
Cierra tus ojos ahí en silencio. Si tú entendiste el mensaje, la dirección que te di para que tú puedas orar ahí ahora, ahora en tu corazón, en tu mente.