Integridad y Sabiduria
Sermones

Juan el bautista, un hombre con un llamado extraordinario

Miguel Núñez 7 octubre, 2012

Juan el Bautista aparece en el desierto después de cuatrocientos años de silencio profético, llamando a toda la nación de Israel al arrepentimiento y al bautismo. Esto resultaba completamente nuevo para los judíos, quienes solo conocían ese requisito para los gentiles convertidos. Su figura extraña, vestido de pelo de camello y alimentándose de langostas con miel, evocaba al profeta Elías y representaba la radicalidad del llamado de Dios. El desierto mismo era estratégico: un lugar sin distracciones donde Dios transforma a su pueblo, tal como lo hizo durante los cuarenta años del éxodo.

Lo extraordinario de Juan no fueron solo sus credenciales, sino lo que no reclamó. Pudo haber dicho que era hijo de sacerdotes por ambas líneas, que nació lleno del Espíritu Santo, que Cristo mismo declaró que entre los nacidos de mujer no había nadie mayor que él. Sin embargo, cuando le preguntaron quién era, respondió simplemente: "Yo soy la voz del que clama en el desierto". Ni siquiera el que clama, solo la voz. Juan ilustró su función con la imagen del amigo del novio en una boda judía: aquel que cuida a la novia hasta que llega el esposo, reconoce su voz, y entonces se retira. Su gozo estaba completo al declarar: "Es necesario que él crezca y que yo mengüe".

Esta vida plantea preguntas incómodas: ¿Conocemos nuestra función y la llevamos a cabo con fidelidad? ¿Escondemos nuestras credenciales o las exhibimos? ¿Vivimos una vida tan complicada que no hay espacio para Dios? El pastor Núñez señala que la vida normal del cristiano es precisamente una vida radical, donde morimos a nosotros mismos cada día para que Cristo crezca en nosotros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Les voy a pedir entonces que abran el libro de Marcos capítulo 1. Vamos a continuar en el día de hoy con la serie que iniciamos la semana pasada. Vamos a estar exponiendo del versículo 4 al versículo 8. En vista de que los versículos 2 y 3 guardan continuación con el texto de hoy, yo voy a estar leyendo desde el 2 hasta el 8, y exponiendo desde el 4 hasta ese versículo 8 que acabo de mencionar.

Así dice su Palabra: "Como está escrito en el profeta Isaías: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas. Juan el Bautista —he aquí mi texto hoy— apareció en el desierto predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados. Y acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén, y confesando sus pecados eran bautizados por él en el río Jordán. Juan estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero a la cintura, y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba diciendo: Tras mí viene uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os bauticé con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo."

Bueno, el texto que yo acabo de leer sin duda alguna es acerca de Juan el Bautista, una figura muy conocida. Y este texto, esta subdivisión que yo acabo de leer, como dije, corresponde a algo que nosotros llamamos perícopa. Y es una de dos de esas subdivisiones en todo el Evangelio de Marcos que no tiene que ver con la persona de Jesús; esta tiene que ver con la persona que le introduce, con el profeta que nosotros conocemos muy bien como Juan el Bautista.

Nota cómo desde el inicio Marcos nos introduce a Juan sin dar ningún preámbulo acerca de cómo se anunció su nacimiento, acerca de cómo nació. No nos dice absolutamente nada de nada hasta que él nos presenta a Marcos ya en el desierto pregonando, predicando, lo cual es muy típico de este Evangelio que es corto, que es breve y que se mueve de una forma muy rápida, como dijimos la vez anterior. Ese es Marcos.

Y nota también cómo Marcos nos dice que Juan apareció no simplemente bautizando, como muchos piensan o recuerdan a Juan. Juan apareció predicando. La predicación del evangelio siempre es un precursor a la obra de Dios. Juan apareció predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados, algo que debió haber llamado la atención de la nación de Israel y sobre todo de las autoridades judías. Porque aunque ellos habían estado familiarizados con lo que era el lavamiento de las manos, de los pies, aquellas cosas que tenían que ver con los rituales de la ley —y sobre todo para este tiempo del primer siglo ese tipo de lavamientos pudiéramos decir habían aumentado incluso como parte de las prácticas del pueblo—, ellos nunca habían escuchado la necesidad de un bautismo, y mucho menos que personas descendientes de Abraham, y escribas, y fariseos, y maestros de la ley tuvieran tal necesidad.

Hasta ese momento lo único que ellos habían escuchado, lo único que habían visto, es que gentiles que habían abrazado la fe del judaísmo al convertirse tenían la necesidad de arrepentirse y de bautizarse. Pero ahora de repente aparece una figura que tiene una apariencia de profeta, que tiene una autoridad que parece profética, que está llamando a toda la nación al arrepentimiento y al bautismo. Y eso era algo completamente nuevo para la nación hebrea.

El Antiguo Testamento había cerrado con el libro de Malaquías haciendo un anuncio acerca de que antes del gran día del Señor, el día terrible del Señor, vendría el profeta Elías. Y pasaron 50 años, 100 años, 200, 300, 400 años, y durante todo ese tiempo no apareció ninguna revelación nueva de parte de Dios. No hubo profeta durante esos cuatro siglos que transcurrieron. El pueblo estaba ansioso, el pueblo estaba esperanzado en que finalmente Dios le hiciera el envío de alguien que pudiera nuevamente hablar de parte de Dios. Y después de todo este tiempo aparece una voz que clama en el desierto, que llama al arrepentimiento, que llama al bautismo. Y su nombre es Juan el Bautista. En el desierto, no en Jerusalén, no en las sinagogas, en el medio de la nada.

Y el desierto en la historia de Israel es un lugar estratégico. No sé si recordarán cómo Dios le dice al final de los 40 años en el desierto, precisamente al pueblo, que lo había sacado de Egipto para humillarlos, para probarlos y para ver lo que había en su corazón. Esa fue la razón de cuatro décadas en un lugar árido, de arena, donde no había agua, y donde ustedes estuvieron caminando conmigo. Y de esa manera entonces, cuando uno revisa la historia redentora, el desierto puede verse como un lugar de encuentro con Dios y de arrepentimiento, donde Dios se propone hacer un trabajo en su gente.

No es un lugar que a nosotros nos guste, pero en el desierto no hay nada que nos detenga, no hay nada que nos distraiga. Y a la vez en este momento quizás la aridez del desierto era un recordatorio de la aridez del corazón y de la mente del pueblo judío, de lo estéril que había estado. Y yo no creo que a ellos les gustara más el desierto que a nosotros. A nosotros nos desagrada el desierto; sin embargo, es el lugar donde Dios nos transforma, donde las muletas son removidas, donde todo aquello que pudiera producir cierta distracción es quitado, donde yo no puedo depender absolutamente de nada —como no lo pudo hacer el pueblo judío por cuarenta años— que no sea de Dios.

El desierto donde Juan solamente tenía acceso a una dieta de grillos y miel porque no había mucho más que comer en aquel lugar. Y Juan es simbólico quizás en su estilo de vida de cómo se supone que un creyente debiera vivir: dependiendo continuamente y totalmente de Dios. Al principio de los cuarenta años Dios le dice a Moisés: "Saca a mi pueblo al desierto para que me sirva." Y ahora Dios ha sacado a Juan el Bautista al desierto también para que le sirva, para que le sirva como vocero de su mensaje, de algo que estaba a punto de ocurrir, de una introducción que era necesaria. Pero lo hace no en medio de la ciudad; lo hace lejos de la religiosidad del pueblo judío, lejos de la religiosidad del templo y de la sinagoga, lejos de todo entretenimiento, lejos de los escribas y de los fariseos. Precisamente en un lugar donde no había nada que no fuera la presencia de Dios a través de la nueva revelación y el nuevo profeta, cuatrocientos años después de que el Antiguo Testamento hubiese cerrado.

Uno de los libros apócrifos que forma parte de la Biblia católica, y que es considerado no inspirado pero tiene contenido histórico de valor, Primer libro de Macabeos en 9:27, literalmente nos dice que durante aquel tiempo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento no hubo profeta en Israel. Y es una de las razones por la que este libro, Macabeos, y otros no han sido aceptados como canónicos, pero sí como históricos. Ahí encontramos la idea de que realmente la afirmación durante todo ese tiempo es que no hubo revelación profética de Dios.

Pero cuando el Antiguo Testamento iba a cerrar con el profeta Malaquías, estas fueron las últimas palabras que sirvieron entonces para que el pueblo, al escuchar a Juan, se preguntara: ¿Es este el anunciado al final del Antiguo Testamento por Malaquías? Capítulo 4, versículos 5 y 6: "He aquí, yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor, día grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que venga yo y hiera la tierra con maldición."

Cuatrocientos años después del anuncio de Elías aparece alguien, una figura extraña, vestido de manera extraña, con una dieta también extraña, y que está hablando llamando al pueblo a un encuentro con Dios vía el arrepentimiento. Eso con toda probabilidad sirvió para preparar al pueblo, de tal manera que cuando nosotros leemos en Marcos el texto que nos toca exponer, se nos dice que a él acudía toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén, confesando sus pecados, y eran bautizados por él en el río Jordán.

Evidentemente Juan tuvo una buena recepción o receptividad de parte del pueblo, y eso no fue por accidente. Porque sacar al pueblo que no tiene transporte de la ciudad al desierto en grandes multitudes tomó un trabajo de Dios. Y parte del trabajo Dios lo hizo probablemente a través de permitir un desierto espiritual en ellos por cuatro siglos. Y ahora Juan está listo para predicarles, escuchar su arrepentimiento y bautizarles en el Jordán.

El Jordán es un río muy famoso por su momento, pequeño, angosto, 250 kilómetros de largo desde el lago de Galilea hasta el Mar Muerto. Y en realidad técnicamente ni un río es; es un desagüe del lago de Galilea hasta el Mar Muerto. Probablemente en la porción más cercana al Mar Muerto es donde Juan estuvo bautizando y llevando a cabo el inicio de su ministerio, del cual nos habla la Palabra de Dios.

Y entonces ahora nosotros tenemos que ayudarnos del resto de los evangelios para ver qué más nos dice Dios en su Palabra a través de esta figura extraña, que pueda complementar a Marcos y nos pueda ayudar a ver nosotros una vida que debiera tener mucho que decirnos y mucho que desafiar en nosotros, si la entendemos correctamente.

Escucha lo que Juan dice. Juan capítulo 1, versículo 19: "Este es el testimonio de Juan el Bautista cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas de Jerusalén a preguntarle." Los sacerdotes y los levitas querían saber acerca de Juan, pero ellos no se van a molestar a llegar hasta el desierto a conversar con este hombre; ellos le enviaron un comité. Y no hay nada peor que un comité para investigar algo. Decía alguien que tanto amó Dios al mundo que no nos envió un comité. Ahí está el comité de levitas y sacerdotes.

"¿Quién eres tú?", le preguntan. Y él confesó, y no negó; confesó: "Yo no soy el Cristo." Y le preguntaron: "Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías?" Y él dijo: "No soy." "¿Eres el profeta?" "No, tampoco soy."

La veracidad y la sencillez de Juan de Cristo. Los salmos y los profetas habían hablado ya en el Antiguo Testamento. "No, yo no soy el Cristo." Elías, Malaquías había hablado y lo habían anunciado. "Bueno, pues entonces, ¿tú eres ese Elías que había de venir?" "Yo no soy Elías." "Bueno, ¿eres tú el profeta de quien habló Moisés en Deuteronomio 18, donde Dios dice: 'En un futuro yo levantaré un profeta como tú, en él yo pondré mis palabras y él os enseñará todo lo que debía ser enseñado'? ¿Eres tú ese profeta?" Nota cómo ellos lo distinguían como "el profeta", cuando en realidad Moisés está hablando de Cristo mismo. Pero entonces ahora Juan el Bautista dice: "No, yo no soy el profeta tampoco."

Entonces, ¿quién eres si no eres ninguno de ellos? Del versículo veintidós: "¿Quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo?" Esa era la ocasión para Juan haber podido decir: "¿Que qué digo de mí mismo? ¿Quieres saber quién yo soy? Déjame darte una idea. Yo soy hijo de Zacarías, descendiente de Aarón, yo tengo sangre sacerdotal de parte de padre. Yo soy hijo de Elisabet, de las hijas de Aarón, y yo tengo sangre sacerdotal de parte de madre. Yo tengo sacerdocio de parte materna y paterna." Sin embargo, Juan no dice absolutamente nada de sus credenciales. ¡Oh, hermano! Él entendía que la grandeza de un hombre no está en lo que él dice de sí mismo, sino en lo que él no dice.

Juan pudo haber dicho: "¿Qué más tú quieres saber de mí? Yo soy aquel de quien se dijo que yo nacería lleno del Espíritu Santo. Yo soy aquel hombre, único hombre que nació de nuevo antes de nacer, y nací de nuevo en el vientre de mi madre." Y sin embargo Juan no reclama esa credencial tampoco. Él estaba consciente de que la llenura del Espíritu Santo no era algo en lo que él debía gloriarse, sino que era algo que él debía demostrar al vivir.

Juan pudo haber dicho también: "Yo soy aquel de quien el Mesías dirá que entre los nacidos de mujer no ha habido nadie más grande que yo." Y sin embargo Juan una vez más calló y no se identificó con esa gran credencial que él pudo haber puesto por delante. Tenía la posibilidad de colocarse en el primer lugar, y teniendo la posibilidad, y en un sentido humano hasta el derecho, Juan prefiere colocarse en el último lugar.

¿Cuánta necesidad tenemos nosotros de hombres y mujeres con las fibras de Juan, dispuestos a guardar sus credenciales y a exhibir el fruto del Espíritu? ¿Cuánta necesidad tenemos nosotros de hombres y mujeres que no estén interesados en los primeros lugares, sino interesados en servir no importa desde cuál lugar? ¿Cuánta necesidad tiene el pueblo de Dios de hombres y mujeres dispuestos a vivir una vida austera, teniendo la posibilidad de vivirla de otra manera, pero viviendo ahora una vida austera en aras, en favor de la causa de Cristo? Una vida austera, quizás no con la rigurosidad que vemos en Juan el Bautista, pero sí hombres y mujeres que no estén reclamando su tiempo y su espacio porque le han entregado tanto el tiempo como el espacio a Dios. ¿Cuánta necesidad tenemos nosotros de eso?

Juan es una figura perfecta para ilustrarnos lo que es una vida completamente entregada a los propósitos de Dios. Prácticamente Juan se olvida de sí mismo, se olvida de que él tiene una vida que él quiere vivirla, y él quiere vivir la vida de Cristo. Que se hace de una entrega precisamente para la gloria de Cristo. Y ese es uno de nuestros problemas: que nosotros muchas veces queremos tener dos vidas. La vida con la que yo nací, que yo quiero disfrutar, que yo quiero todavía conocer y expandir, y luego la otra vida, la vida eterna que yo quiero comenzar a vivir ahora juntamente con la otra que me entregaron mis padres terrenales. Y yo quiero disfrutarlas ambas, pero con garantía del reino eterno. Y Dios dice: ¿cuál vida es que tú quieres finalmente?

Juan no vivía esa lucha, Juan no vivía ese pulso interior, porque él tenía una sola vida. Se la habían entregado a Dios para que Dios lo usara. ¿Dónde? En el desierto, comiendo grillos en salsa de miel. Un día grillos con miel, otro día grillos. Escríbelo, hermano, es que yo estoy seguro, yo estoy convencido. El texto no lo dice y no tengo cómo probarlo, pero yo estoy convencido de que estos grillos a Juan le supieron mucho mejor que lo que muchos filetes le han sabido a mucha gente. Porque se requiere también un apetito divino para disfrutar de una dieta divina. El siervo de Dios tiene que olvidarse de lo que le gusta y le disgusta, de sus necesidades, de sus intereses personales, de su tiempo libre y de sus ambiciones.

Juan se olvidó de la ciudad, se fue al desierto. Juan se olvidó de comer bien y de vestir bien. Juan se olvidó de los primeros lugares. Juan se olvidó de sus credenciales. Juan se olvidó de aquellas cosas a las que él tenía derecho humano, entre comillas, y no las reclamó. Y los grillos probablemente le supieron bien, hermanos. De la misma manera que Juan se olvidó de sí mismo, ¿no es esa la forma como Dios nos ha llamado a vivir? Que nosotros todos los días podamos tomar nuestra cruz y seguirlo, que yo pueda morir a mí mismo. Eso es exactamente la misma cosa que a Juan se le ha pedido: que mueras a ti mismo y sirvas de testigo del Mesías que él va a introducir.

Pero mi llamado no es distinto. Yo creo que Juan es un buen recordatorio para nosotros, para entender y recordar que mi llamado es radical. Y esa es una de las acusaciones que en ocasiones he tenido que escuchar: "Bueno, pastor, que usted es muy radical." Y yo siempre quiero preguntar: enséñame qué profeta, yo no soy uno, qué profeta, qué personaje bíblico en quien Dios haya complacido, no vivió una vida radical. Muéstrame uno. La dieta rígida de Juan, el vestir extremo de Juan, yo creo que es un buen recordatorio de que tenemos un llamado radical. Y su forma de comer y de vestir representaba el llamado radical que él traía antes del Mesías.

Juan entonces, ¿quién eres? "¿Eres el Cristo?" "¿Eres Elías?" "¿El profeta?" "No, no. Escúchame, yo te voy a decir quién yo soy. Escucha, escucha." Juan 1:23: "Yo soy la voz del que clama en el desierto." Yo ni siquiera soy el que clama, yo soy la voz del que clama. Dios clama en el desierto, yo soy su voz, yo soy su micrófono, yo soy su instrumento. No soy nada más. Juan no se identifica ni siquiera por su nombre, ni siquiera por su oficio de profeta. Juan no dice: "Yo soy el último profeta del Antiguo Testamento que tiene los pies en el Nuevo Testamento, y yo soy el introductor del Mesías." No, no. "Yo soy una voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías."

Y en esas palabras cortas, breves, Juan nos revela tres cosas. En primer lugar, Juan conocía perfectamente bien su función: "Yo soy una voz que clama en enderezar el camino del Mesías." Juan es uno de esos personajes hasta cierto punto poco conocido porque le tocó ministrar a las sombras del Mesías. Y si tú ministras a las sombras del Mesías, tú no tienes mucho tamaño. Pero él no tenía problema con eso. Él sabía que esa era su función, y mientras menos él se destacaba, mejor estaba realizando su función. Y eso fue precisamente a lo que él vino.

Número dos: Juan no solamente revela que él conoció su función, sino que él conoció su mensaje. "Yo vine a llamar al pueblo al arrepentimiento, y esto es cómo lo estoy haciendo: enderezad el camino del Señor." Que como dijimos en el mensaje anterior, es una cita de Isaías 40:3. Y hablamos de que en la antigüedad, antes de el rey ir a algún lugar, enviaba un mensajero que allanara el camino, de tal forma que todo obstáculo del camino pudiera ser eliminado para el rey. En esta ocasión, espiritualmente hablando, ahora también ha ocurrido exactamente lo mismo. Cristo es el Rey, Él viene de camino. Él ha enviado su mensajero adelante, su nombre es Juan el Bautista, y él está supuesto a ir al pueblo de Israel. Y en la predicación, a través del arrepentimiento y del bautismo que le acompañaba, eliminar todo obstáculo para que cuando el Mesías entrara, el pueblo pudiera escuchar el mensaje que el Mesías traía. Pero debía ser previamente preparado: allanar el camino, quitar todo obstáculo. Y Juan vino haciéndolo con un mensaje radical.

Juan no llamó al pueblo a darse un zambullón en el Jordán. No, Juan llamó al pueblo a cambiar completamente la dirección por donde transitaba, el estilo de vida que tenía. Y hoy en día el llamado nuestro no es distinto, hermanos. Ver y escuchar cómo muchos hoy dicen que tú puedes convertirte en cristiano, nacer de nuevo, y que no es mucho lo que tú tienes que cambiar en tu estilo de vida, es una contradicción mayúscula. Y algo que yo sé es que el mensaje cristiano es totalmente contracultural, no importa dónde lo prediques, y nos llama precisamente a un cambio de vida completo, o a una vida completamente contraria a la que yo venía viviendo. Porque antes yo vivía para mí mismo, conforme a mi propia sabiduría, dirigido por los deseos de mi carne. Y se supone que de ahí en adelante yo debo vivir ya no para mí, sino para Él. Yo debo vivir no conforme a los deseos de mi carne, sino a los deseos del Espíritu. Y por tanto, no debo vivir para la gloria de mi nombre, sino para la gloria de mi Señor. Y yo no veo cómo esas dos cosas se pueden ni siquiera parecer.

Si cuando alguien recibe al Señor realmente no hay un cambio en su estilo de vida, entonces no ha habido transformación de esa vida. Y si no ha habido transformación de esa vida, no ha habido una regeneración de esa vida. Y si no ha habido regeneración de esa vida, no ha habido un nuevo nacimiento. Y si no hay un nuevo nacimiento, no hay conversión. Juan nos recuerda en su estilo radical que el llamado de Cristo es radical.

Y número tres: las palabras de Juan el Bautista revelan que el pueblo debió haber conocido la figura que le estaba anunciando. Cuando él dice "como dijo el profeta Isaías", él está hablando a un pueblo: "Ustedes deben conocer esto. Esto se enseñó en la sinagoga. Esto es de uno de nuestros mayores profetas. Como dijo el profeta Isaías, yo les estoy hablando de alguien que nosotros debíamos estar esperando." Después de cuatrocientos años de silencio, esta es la revelación.

Nueva de Dios para con nosotros. El texto de Marcos no nos da muchos detalles, pero nos dice que vino toda la región de Judea, toda la región de Jerusalén, y que venían confesando sus pecados. La gente está respondiendo, Dios está moviéndose, y eran bautizados por él en el río Jordán.

Entonces nos dice el versículo siguiente: "Juan estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero a la cintura, y comía langostas y miel silvestre." Dada su estatura, humanamente hablando, Juan pudo haber estado vestido de lino fino, pero estaba vestido de pelo de camello. Dada su estatura, Juan pudo haber comido de los mejores manjares, pero comía langostas sumergidas en miel. Quizás Juan estaba consciente de que la grandeza de un hombre no está en lo que exhibe, sino en lo que no exhibe. Estaba consciente de que la importancia de una vida no está en lo que se ingiere oralmente, sino en lo que se digiere a nivel del corazón. Estaba consciente de así, y de ahí la importancia de su misión, y de ahí la importancia que la Palabra de Dios le da a la vida de Juan.

Su vestimenta era simbólica de lo radical del llamado de Dios, que no podemos continuar, pasar de una vida a la otra y continuar viviendo de la misma manera que los demás. Su dieta quizás pudo ser simbólica de la sencillez que se supone que tu vida y la mía deben tener. Y quizás es un buen momento para pausar y preguntarnos: ¿qué tan complicada está tu vida? Cuando hablamos de vida sencilla versus vida complicada, mucha gente piensa en términos económicos. No, yo puedo no tener nada y tener una vida completamente complicada. A veces complicada de problemas y pecados, pero otras veces tan llena que yo no tengo tiempo ni para la revelación de Dios ni para Dios. Mi vida está tan llena todos los días que yo no tengo tiempo para molestarme en leer, estudiar lo que Dios ha revelado para mí. La mente de Dios puesta en letras realmente no me llama mucho la atención, porque "es que no, pastor, es que usted no entiende, yo no tengo tiempo."

Bueno, quizás la dieta de Juan, la vestimenta de Juan, nos pudieran servir de recordatorio de que yo tengo un llamado a simplificar mi vida de tal manera que ahora mi vida tenga espacio y tiempo para el Dios que me ha llamado, para que yo pueda cultivar una relación con ese Dios. Quizás la forma de vestir de Juan también hacía recordar a Elías.

El desierto es un lugar estratégico en el pueblo judío, donde Dios se encuentra con su pueblo, donde Dios se encontró con Elías, donde Dios se encuentra con Juan el Bautista, donde Dios se llevó a su propio Hijo impulsado por el Espíritu Santo para encontrarse con él y hacer un trabajo en él. Y ahora, donde Dios está llamando a Judea, a Jerusalén, para encontrarse con los habitantes de aquellas regiones y hacer un trabajo en ellos. Y el profeta Elías aparece en una región similar, y de él se dice que era un hombre cubierto de pelo con un cinturón de cuero ceñido a sus lomos.

Esa forma extraña de Juan de vestir y de comer ha hecho que muchos lo asocien con la comunidad de los esenios. Los esenios fueron un grupo de judíos extremistas, estrictos, más que los fariseos, que no querían contaminarse. Y al no querer contaminarse se retiraron alrededor del Mar Muerto, y ellos produjeron los famosos documentos del Mar Muerto encontrados en las cuevas de Qumrán en la década de 1940-1950. No voy a entrar en los detalles por falta de tiempo, pero ellos vivían de una forma extremadamente ascética, hasta el punto que en el día de reposo algunos de ellos no se levantaban de la cama, y otros se purgaban dos y tres días antes para no tener que ir al baño en el día de reposo y que fuera de verdadero reposo. ¿Te das cuenta dónde la gente pudiera llegar en sus malas interpretaciones del texto bíblico?

Bueno, algunos han tratado de asociar a Juan con esa forma ascética de vivir, pero no hay evidencia ni dentro de la Biblia ni fuera de la Biblia de que Juan alguna vez estuviera asociado con los esenios. Lo que sí sabemos es que su bautismo ocurrió, o el inicio de su ministerio, muy cerca de esa región, usando el río Jordán como la fuente de agua donde la gente venía a bautizarse. Y su aparición en ese lugar sin lugar a dudas llamó la atención, hasta el punto que mucha gente de la ciudad, sin transporte como dijimos, salió a escuchar lo que este nuevo profeta tenía que decir.

Escucha lo que dice Lucas 1:17 de este Juan el Bautista, y que me ayuda a entender la profecía de Malaquías: "Él irá adelante de él en el espíritu y poder de Elías, delante del Señor, en el espíritu y poder de Elías." No era Elías, pero vendría en el espíritu y poder de Elías, "para volver los corazones de los padres a los hijos, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto."

En ese sentido, Juan viene como Elías. Él viene en el espíritu y el poder de Elías, con una misión similar a la de Elías: llamar al pueblo al arrepentimiento, de tal manera que, habiendo arrepentido al pueblo, pudiera tener una buena actitud, una buena disposición para el mensaje que vendría después, y que en este caso sería traído por Cristo mismo. Su función: preparar el camino, hacer la introducción del Mesías, quitarse de en medio y desaparecer.

Por eso a Juan no le molestó nunca ministrar a la sombra del Mesías. Y eso ha contribuido entonces que muchas veces no se hable de la importancia que él tiene. Pero la persona que mejor halaba de Juan es la persona a quien él introduce. Cristo, en un momento dado, Mateo 11 nos reporta esto: en un momento dado pregunta, "¿Y a quién ustedes salieron a ver al desierto?" Y Cristo mismo responde y dice: "¿Un profeta? Yo les digo, mucho más que un profeta." Cristo coloca a Juan por encima de los profetas anteriores. Les dice: "No, ustedes no salieron simplemente a ver un profeta; ustedes salieron a ver a alguien que es mucho más que un profeta."

En ese mismo texto de Mateo 11, dos versículos más adelante, en el 11, dice: "En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista." Cristo está colocando a Juan en su posición adecuada. Y al mismo tiempo, Juan está diciendo: "Sabes qué, yo soy simplemente una voz que clama en el desierto."

Mateo 11:14, Cristo hablando dice: "Y si queréis aceptarlo, él es Elías, el que había de venir." No es exactamente el personaje de Elías. Si queréis aceptarlo, si lo puedes ver, si simbólicamente puedes entender que este personaje tiene una labor similar a este, entonces él es el Elías de Malaquías. Cuando el Antiguo Testamento se cerró, ya había llegado el tiempo.

Y teniendo todas esas credenciales, cuando a Juan le tocó identificarse, Juan dice: "Detrás de mí viene uno que es más poderoso que yo." Eso es Marcos 1:7 del texto de hoy. "A quien no soy digno de desatar, inclinándome, la correa de sus sandalias." Eso no es simplemente algo poético. Es que en esa época se decía que un discípulo debía ser capaz de hacer cualquier cosa por su rabino maestro, cualquier cosa que le pidiera, excepto tener que inclinarse a desatar los cordones de las sandalias. Y esto se debía a que las calles o carreteras de Palestina eran tan polvorientas, tan sucias, que los pies frecuentemente estaban muy sucios, y por tanto un discípulo no debía hacer algo tan indigno como eso.

Y Juan dice: "Sabes qué, es que yo ni siquiera me considero digno de hacer aquello que ustedes consideran indigno para hacérselo aun a un rabino. El que viene detrás de mí está tan por encima de quién yo soy, que yo me siento indigno aun para hacer eso."

Juan tenía bien claro quién era él y a quién introducía. Nosotros frecuentemente tenemos esa ecuación al revés: tenemos bien claro quién creemos que somos, y a quién creemos que le servimos. ¿O no tenéis ese problema? Juan tenía muy clara su función. Juan sabía que él vino a denunciar el pecado, a llamar al arrepentimiento, introducir al Mesías y quitarse del medio.

Es el único pastor que levanta una congregación para entregársela a otro. Levantó una congregación, estableció la congregación, bautizó la congregación. Apareció el Pastor: "Mire, esta es su congregación, yo me voy." Y estaba listo para partir. Él vino para eso; le producía gozo poder hacer eso.

De hecho, eso es como él testifica acerca de su labor. Si tú sigues leyendo de los demás evangelios, en Juan 3 hacia el final, versículos 28 al 31, escucha el testimonio de Juan: "Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está allí y le oye, se alegra en gran manera con la voz del novio. Y por eso este gozo mío se ha completado. Es necesario que él crezca y que yo disminuya. El que procede de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra procede de la tierra y habla de la tierra; el que procede del cielo está sobre todos."

Juan usa una ilustración de la vida, de la comunidad hebrea, hermosa para ayudarnos a nosotros a entender cómo él entendió su función. En una boda hebrea lo que normalmente ocurría era lo siguiente: se reunían el novio y la novia en un lugar con sus familiares y amigos, se realizaba la boda, se firmaba un documento llamado ketubá, ya están casados. La novia entonces era llevada a una alcoba, y el mejor amigo del novio era colocado a la puerta de la alcoba para literalmente garantizar que nadie entrara a esa alcoba hasta que el novio no llegara y le visitara, lo que en inglés llamarían "the best man." El mejor amigo, mira que está ahí en la puerta.

Y entonces luego el novio, ya esposo porque la ceremonia ha pasado, venía desde el lugar donde se celebraba la ceremonia hasta la alcoba donde estaba la novia, acompañado de sus amigos en una especie de celebración y danza judía y demás, hasta llegar a la casa. Pero una vez él estaba cerca de la alcoba, entonces el novio, ya esposo, le hablaba a su mejor amigo. Una vez su mejor amigo identificaba su voz, se preparaba para su llegada, y una vez él veía al novio, él se quitaba del lugar. El novio entraba, y su función había terminado.

Juan usó exactamente esa imagen para describir su función: "Yo no soy el novio; yo soy simplemente el amigo del novio. Yo estoy aquí para cuidar la novia."

Hasta que él llegue. Yo he oído su voz, ahora yo le he visto, ahora yo le entrego su novia, y yo terminé y me voy. Esa es la función de Juan: yo vine para dejarle la novia a otro. El amigo del novio dice que está allí y se alegra en gran manera con la voz del novio. Al reconocer a Jesús, oyó su voz, le entregó la novia y desapareció. Es necesario que él crezca y que yo mengüe.

Pregunta: en el último año, ¿tú puedes mirar tu vida y decir este año hay mucho menos de mí en mí porque yo he estado menguando, y mucho más de él porque él ha estado creciendo? Porque lo mismo que Juan dijo es cierto de ti y de mí: todos los días es necesario que yo mengüe y que él crezca. La única manera como la imagen de Cristo se va a formar en mí es si yo voy menguando y él va creciendo. ¿Podemos testificar que este año 2012 Cristo ha estado creciendo en nosotros y Miguel Núñez ha estado menguando en él? Nosotros necesitamos revisar nuestras vidas a la luz de la vida de Juan.

Juan tenía bien claro a lo que Cristo le había llamado, y le producía gozo llevar a cabo su función. Él vino por un tiempo. Mira cómo Cristo lo dice en Juan 5:35-36: "Él era la lámpara —Juan el Bautista— que ardía y alumbraba." Él tenía una función, él tenía luz. "Y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan, porque las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado."

Juan era simplemente una lámpara. La lámpara depende de que la enciendan, la lámpara depende de otro que la encienda. La lámpara en un momento dado está apagada y luego está encendida. Ese no es el caso con Jesús: él no es la lámpara, él es la luz. Él es la luz desde la eternidad. Pero cuando Juan vino, la luz —Cristo— encendió la lámpara y la dejó encendida por un tiempo, pero ya la función de la lámpara había terminado porque la luz había llegado. ¿Tú tienes problema en verte de esa manera? ¿Tú tienes problema en perder el primer lugar? ¿Tú tienes problema en perder discípulos?

De hecho, Juan desarrolló sus discípulos para perderlos. Juan 1 nos dice que Juan el evangelista y Andrés estaban con Juan el Bautista en un momento dado, y cuando se acerca Jesús, Juan dice: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." Y esos dos discípulos, sin oír nada más de Juan, abandonaron a Juan y le siguieron. En otras palabras, Juan los había preparado para que cuando él dijera "ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", ni me vuelvan a ver, me dejan, me abandonan y lo siguen a él. Los discípulos que formamos, ¿para quiénes son? ¿Para que nos sigan a nosotros o para que lo sigan a él? Porque a él es que tienen que seguir.

El bautismo de Juan. Juan dice lo siguiente: "Yo os bautizo con agua" —es el último versículo del texto de hoy— "yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo." Juan está diciendo: yo traigo un bautismo que es simbólico y que es temporal, pero detrás de mí viene alguien que los va a bautizar con el Espíritu Santo de Dios. Eso debió haber alarmado y provocado a las autoridades judías, porque hasta ese momento ellos entendían correctamente que solamente Dios puede dar de su Espíritu.

Y aquí está uno que dice ser profeta, que dice ser el Elías que debíamos esperar, que está en el desierto, que la multitud se acude a él, que está diciendo que él está bautizando con agua pero que detrás viene otro que, según lo que él dice, es Dios, porque va a bautizar con el Espíritu Santo. Eso debió haber sido chocante para ellos. ¿Qué clase de hombre es este? ¿Qué clase de mensajero es este que apareció en el desierto con una ropa tan extraña, una dieta tan extraña, con una predicación tan radical, con una claridad de llamado tan clara, y que ahora dice que viene otro aquí? Él está introduciendo que vendrá a bautizar con el Espíritu Santo. Esto es ver Pentecostés desde ahora, apuntando hacia allá.

En la medida que revisábamos estas palabras y esta vida de Juan, y en la medida que traemos esto a aplicación ahora, yo quisiera hacerte siete, ocho o diez preguntas para que las pienses, las reflexiones, te las lleves a tu casa, y que esta biografía de Juan no se quede simplemente en datos históricos.

Pregunta número uno: ¿Tú conoces tu función? ¿Tú tienes clara tu función? Si la tienes clara, ¿la estás llevando a cabo? ¿Qué tan fiel y qué tan radicalmente tú estás llevando a cabo tu función?

Yo creo que vale la pena preguntarnos también, al ver a Juan cómo lo hizo —él tenía clara su función, pero lo hizo de una manera—, al ver esa manera como lo hizo: ¿tú pasas desapercibido? ¿Desapercibido, o tú quieres que te tomen en cuenta? Cuando no te toman en cuenta, ¿te molesta, te irritas, te preocupa? ¿Tratas de mostrar tus credenciales para que te tomen en cuenta? ¿Tratas de venderte a ti mismo? Es parte de la misma pregunta: ¿tratas de probar que tú tienes las credenciales por encima de ese que se te pasó por encima?

¿Vives una vida sencilla o vives una vida tan complicada que verdaderamente, pastor, muchos días pasan y yo no oro con Dios, yo no leo su Palabra? Usted no conoce, Juan, qué complicada está mi vida. Cuando tratas de descomplicarla, ¿tratas de descomplicarla con las cosas de Dios quitándolas del medio, o tratas de descomplicarla con las cosas del mundo y de la sociedad? ¿Qué debo quitar del medio para que las cosas de Dios encuentren su espacio y su tiempo en mi vida? ¿Cómo las descomplicas?

¿Apunta tu vida a Jesús como la vida de Juan el Bautista? Que no es simplemente una oración, que no es simplemente cuando canto, que no es simplemente cuando asisto a un estudio bíblico, sino toda tu vida. Cuando otros la ven a distancia, cuando otros te ven en el trabajo, cuando otros trabajan contigo, cuando otros reciben tu maternidad como madre, cuando otros reciben tu paternidad como padre, ¿pueden ellos ver que realmente cada una de esas cosas apuntan a Jesús? Cuando eres novio, cuando eres novia, ¿tu noviazgo apunta a Jesús? Yo creo que si Juan el Bautista hubiese tenido una novia, hubiese apuntado a Jesús.

¿Estás menguando y él creciendo? ¿Vives una vida de arrepentimiento? El llamado de Juan es al arrepentimiento. ¿Vives una vida de arrepentimiento? Espera su segunda venida. No es que yo me arrepentí un día y ya, esa es la prueba de que yo soy creyente. La prueba de que yo soy creyente es que el Espíritu Santo, continuamente viviendo en mí, me da convicción de la necesidad que yo tengo de arrepentirme por cosas que no complacen ni glorifican a mi Dios. ¿Vives una vida de esa manera, una vida radical de arrepentimiento?

¿Disfrutas la llenura del Espíritu? ¿La has experimentado alguna vez? ¿Te has dado cuenta que en esta ocasión, durante este tiempo, yo no soy quién para sonar mi trompeta, pero yo pudiera decir que yo me sentía lleno de su Espíritu, o me siento hoy? ¿O hace mucho que no tengo algo ni siquiera parecido? ¿Has sido lleno de su Espíritu?

¿Te gustan los primeros lugares? Oh, pastor, ¿a quién no? Ese es el problema. ¿Estás dispuesto a sentarte en los últimos lugares para que otros ocupen el primer lugar, y luego gozarte al verlos en el primer lugar? Porque muchos nos hemos sentado en los últimos lugares, hemos permitido que ocupen los primeros lugares, pero nos da ira verlo.

¿Escondes tus credenciales o te gusta sonar las credenciales? "Aquí está mi tarjeta: Pastor de la Iglesia Bautista Internacional, presidente de Integridad." Eso podría, pero "para gloria de Dios, tú sabes, hermano, todo para la gloria de Dios. No me estoy dando palmadas en la espalda, tú sabes, pero para la gloria de Dios, todo. Mi tarjeta para la gloria de Dios."

¿Te has dado cuenta cuánto la vida de Juan el Bautista nos permite examinarnos, autoexaminarnos, reflexionar? Y luego yo decir: "Señor, si te soy sincero, Dios, yo no tengo una vida radical. Yo tengo que admitírtelo, yo tengo una vida más o menos normal cristiana, pero más o menos normal, normal conforme a lo que la mayoría vive." Porque Cristo pudiera decir: "¿Normal? ¿Como la de Juan el Bautista?" No, no, no, no. Yo digo normal, pero ¿cuál es la normalidad? "Oh, todos mis compañeros y amigos..." No, no, eso no. Eso es la disfuncionalidad de nuestra generación, que le llama normal...

La vida normal del cristiano es una vida radical, donde a mí se me llama a morir a mí mismo todos los días, a olvidarme de mí mismo, a cargar mi cruz todos los días y a seguirle hasta el calvario. Porque a mí se me ha concedido el privilegio de no solamente creer en él, sino también de sufrir con él por su causa día a día, de una forma gloriosa, de tal manera que mi tiempo, mi espacio, mis dones, mis talentos están dedicados a él. Porque yo tengo una sola vida que tiene que ver con él, su vida, su pueblo, como Juan el Bautista.

"No, pastor, pero yo no soy profeta." Veis, nosotros somos una nación santa, real sacerdocio. La nación entera ahora es sacerdotal. Yo no necesito a Aarón ya. Ya nosotros somos Aarones. Pues vivamos a esa altura. Imagínense el cambio de nuestras familias, de nuestros matrimonios, de nuestras sociedades, si nosotros los cristianos abrazamos una vida de radicalidad en dirección del reino de los cielos, de tal manera que nos parezcamos a Pablo, a Juan el Bautista. Porque decimos: "Wow, pero no, yo... Ellos también..." No, estamos viviendo tiempos difíciles.

Y hemos abrazado una nueva opción, Visión Antioquía, que va a requerir de esto que estamos hablando. Hay un mundo no alcanzado y hay un mandato de parte de Dios a ir, cierto, ir por todo el mundo y hacer discípulos. Como decía alguien: "Para quedarme yo tengo que solicitar permiso, porque el mandato es ir." Comencemos por nuestra propia Jerusalén, transformándonos con estilos de vida de una manera radical.

Buen libro que usted pudiera leer: "Radical". Léalo, abrácelo, vívalo. Oremos.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.