Integridad y Sabiduria
Sermones

Un llamado extraordinario

Miguel Núñez 14 julio, 2013

Jesús envió a los doce apóstoles en su primera misión práctica, y ese envío revela características fundamentales del llamado ministerial que siguen siendo relevantes hoy. Marcos 6 describe cómo Cristo, después de ser rechazado en Nazaret, decide expandir el ministerio por Galilea, pero para hacerlo necesita delegarlo. Los apóstoles habían escuchado sus enseñanzas y visto sus milagros, pero nadie aprende a ministrar solo viendo y escuchando; se requiere la práctica, poner las manos en el arado.

Este llamado extraordinario tiene tres características esenciales. Primero, es un llamado investido con autoridad delegada. Cristo les dio poder sobre demonios y enfermedades, pero esa autoridad no era suya: era prestada, limitada y condicionada a la obediencia. El manejo de la autoridad es peligroso; puede convertir a alguien en tirano u orgulloso. Por eso requiere mansedumbre, humildad y dominio propio. Segundo, es un llamado de total dependencia de Dios. Jesús les ordenó no llevar ni pan, ni dinero, ni ropa extra. Las carencias no son obstáculos sino abono para la fe. El no tener, el no poder y el no saber cultivan la confianza en el Proveedor. Tercero, es un llamado que enfrenta aceptación y rechazo. Donde los recibieran, debían quedarse; donde no, sacudir el polvo de sus pies como testimonio de juicio.

El pastor Núñez comparte cómo una vez, intentando reconciliarse con alguien, recibió como respuesta: "Vete de mi casa". Ese rechazo, dice, fue entrenamiento. Aprender a manejar tanto la hospitalidad como la hostilidad es parte inseparable del ministerio al que todos somos llamados.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Marcos 6. El texto que tenemos delante en el día de hoy, continuando con nuestra serie, vamos a estar leyendo la segunda parte del versículo 6 de Marcos hasta el versículo 13, y luego el versículo 30.

¿Están preguntándose por qué brincamos, saltamos del versículo 13 al 30? Es que Marcos tiene la costumbre en su evangelio —no estoy seguro si he hecho esta salvedad— pero Marcos tiene la costumbre, lo hemos visto varias veces, de hacer una especie de sándwich, donde él comienza un tema, detiene el tema, introduce otro tema y termina un poco más adelante el tema que había comenzado. Y esto es exactamente lo que él hace aquí: él introduce un tema, introduce luego, trae a colación la muerte de Juan el Bautista, y cuando él termina con la muerte de Juan el Bautista y todo ese relato, él recoge el tema anterior y lo concluye. Y esa es la razón por la que vamos a estar leyendo de la segunda parte del 6, 6b hasta el 13, y luego entonces el 30.

Y con ese entendimiento comenzamos a leer: "Y recorría las aldeas de alrededor enseñando. Entonces, llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Y les ordenó que no llevaran nada por el camino sino solo un bordón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto, sino calzados con sandalias. No llevéis dos túnicas, les dijo. Y dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de la población. Y en cualquier lugar que no os reciban ni os escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, predicaban que todos se arrepintieran, y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite muchos enfermos y los sanaban". Versículo 30: "Los apóstoles se reunieron con Jesús y le informaron sobre todo lo que habían hecho y enseñado".

Este texto que yo acabo de leer describe el tercer tour o gira de Jesús por las aldeas o poblados de Galilea. Sus primeros dos viajes alrededor de la provincia de Galilea sí están descritos en Marcos en el capítulo 1:14, 28 y 39. De esos tres versículos se percatan de que Jesús ha hecho un par de giras ya, si pudieran notar, donde iba predicando por las aldeas o los poblados de Galilea.

Y la razón por la que yo quería decir eso de introducción, incluso, es porque en el texto hay un verso más adelante que nos deja ver un poco de juicio sobre esta región, al tener ellos que sacudirse el polvo de sus pies donde no les recibieran. Pero sería bueno recordar que esta no es la primera vez que Galilea está oyendo las buenas nuevas del Evangelio y el anuncio mesiánico, o las buenas nuevas de la inauguración del reino de la época mesiánica. Y quizás eso explica en parte la dureza del juicio más adelante.

Jesús fue rechazado en Nazaret, eso lo vimos la semana anterior. Y después de esa mala experiencia en aquel lugar donde él creció, donde debieron haberlo recibido con aplausos y vítores, después de esa mala experiencia entonces él decide expandir el ministerio a lo largo de Galilea. Pero para expandirlo necesitaba delegarlo, y él entonces delega la misión a estos doce apóstoles.

Los apóstoles habían escuchado sus enseñanzas, ellos habían visto los milagros, pero tú no aprendes a hacer algo simplemente viendo y escuchando. Tú necesitas algo más, tú necesitas la práctica, y de hecho no hay nada como la práctica para aprender a hacer algo. En medicina nosotros tenemos una ilustración y decimos algo como esto: tú ves uno, un procedimiento; tú haces uno; y tú enseñas a uno. No es exactamente así, no me vayan a confundir, pero es la idea de que tú necesitas ver, luego tú necesitas hacer, y luego necesitas enseñar. Bueno, eso es exactamente lo que está ocurriendo aquí. Y la realidad es que el ministerio se aprende de una manera que en inglés llaman "hands on", con las manos en el arado, pudiéramos decir en español. Y de esa forma entonces los discípulos por primera vez le van a poner la mano al arado.

Algunos pudieran pensar que ellos están todavía muy verdes, muy inmaduros para hacer cosas como estas. Y la realidad es que en cierta manera lo estaban. Pero cada vez que tú comienzas a hacer el ministerio siempre es así: tú siempre estás inmaduro todavía y siempre estás verde. Y la manera como Dios te va a madurar es a través del ministerio, así es como ocurre. Y en cierta medida pudiéramos decir incluso que ninguno de nosotros está nunca completamente preparado para una labor que es mucho más grande que nosotros, una labor que no comprendemos en su totalidad, una labor que escapa nuestro entendimiento y control. De manera que nosotros dependemos, necesitamos su poder, su sabiduría, su gracia, su unción, su dirección, su voluntad, porque esto que no se trata de nosotros va mucho más allá de lo que realmente nosotros pudiéramos realizar. Y en ese sentido nunca estamos listos.

En esta ocasión los discípulos han de ir, y ellos saldrían básicamente con instrucciones muy específicas. Saldrían a predicar, predicarían lo que Cristo les había enseñado, aquello que ya habían escuchado, aquello que ya habían escuchado probablemente más de una vez. Y saldrían a trabajar en su poder. En cierta medida la tarea era sencilla, la asignación era sencilla de entender aunque la tarea detrás era compleja: tenían que salir a predicar. ¿Qué iban a predicar? Bueno, lo que ellos habían escuchado de parte de Jesús. ¿Y cómo lo iban a hacer? Bueno, en su nombre, en su poder, para su honor, para su gloria. Y de esa manera entonces ya ellos quedaban enviados.

Y esto entonces, como el texto comienza, habiendo dicho todo eso a manera de introducción: "Y recorría las aldeas de alrededor enseñando". Recorría las aldeas de alrededor enseñando. El ministerio número uno de Jesús fue la enseñanza de su palabra. Él hizo milagros, él expulsó demonios, él sanó enfermedades, pero esas cosas eran simplemente la evidencia que apuntaba a que ciertamente él era el mensajero de parte de Dios y tenía el mensaje correcto.

Ningún acto de compasión, ningún milagro jamás cambió la mente y el corazón humano. No tienen ese poder ni tienen la capacidad para hacerlo. Esa es la razón por la que cuarenta años en el desierto, viendo maná todos los días, viendo una nube que los cubría durante el día, viendo un fuego que los alumbraba durante la noche, viendo sus zapatos y calzados que por cuarenta años no se gastaron, después de todo eso la mayoría de ellos pereció en incredulidad. Lo que tiene el poder de cambio, lo que tiene el poder de la transformación es la palabra. La fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios. Es el ministerio número uno del Señor Jesucristo, eso es lo que él más hizo.

Eso fue la encomienda de él para los apóstoles, hasta el punto que cuando ellos decidieron delegar su trabajo para que otros ahora pudieran realizar cosas que ellos no podían hacer por el cúmulo de trabajo, ellos dijeron que se dedicarían básicamente a dos cosas: a la administración de la palabra y a la oración. Esta es la prioridad, a eso fue Cristo enviado. Diez leprosos fueron sanados, uno regresa, uno da gracias, los otros nueve continuaron, hasta donde nosotros sabemos por la redacción del texto, en la misma condición espiritual en la que estaban antes y después de que su piel hubiese sido limpiada.

Si nos queda alguna duda de que el ministerio primario a lo que Cristo vino fue básicamente el de la proclamación de su palabra, escucha cómo él lo define en Lucas 4:43: "Pero él les dijo: También a las otras ciudades debo anunciar las buenas nuevas del reino de Dios". Cómo: debo también anunciar a las otras ciudades las buenas nuevas del reino de Dios. Escucha ahora: "Porque para eso yo he sido enviado". Ahí está claramente especificado: yo he sido enviado para predicar, para proclamar las buenas nuevas del reino de los cielos. Y de esa misma manera, a la hora de enviar a otros, de delegar en otros la función, él estaría pasando la misma prioridad a esos otros. Y sus actos de compasión, sus milagros, servían para testificar acerca de la verdad que él proclamaba.

Y con eso entonces lo que nosotros hemos visto, a lo que hemos sido introducidos con estas palabras, es al llamado que yo he llamado extraordinario. Esto es un llamado extraordinario, fuera de lo común, que los apóstoles recibieron. Y con relación a ese llamado extraordinario, entonces yo quiero llamar la atención sobre tres aspectos o asuntos en particular que lo van a ir definiendo.

Tres aspectos. Número uno, en primer lugar: el llamado apostólico, y aun el nuestro —aunque tiene otra categoría— pero aun el nuestro, es un llamado investido con una autoridad delegada. Los discípulos habían sido inicialmente llamados a pasar tiempo con Jesús, a verlo vivir, a escuchar sus enseñanzas. Eso de por sí ya representaba un cambio en el paradigma que ellos habían sostenido hasta ese momento, porque ningún rabí anterior llamaba a nadie, a ninguno de sus discípulos, a sí mismo. Los llamaba a la Torá. Esa es la razón por la que los rabinos solían decir: "La Torá dice...", "El veredicto de la Torá es...".

En este caso Jesús no los llama a la Torá, sino que los llama a sí mismo. Y se atreve a decir de una manera desafiante en la mente de algunos: "¿Habéis oído decir? ¿Habéis oído a este rabino o aquel decir? Pero yo digo...". En otras palabras, aquí hay alguien que está por encima de la Torá, porque yo soy el dador de la Torá. Y ahí está Jesús entonces estableciendo una diferencia desde el principio con relación a los discípulos de los demás y sus propios discípulos. Entonces ya hay un cambio de paradigma en la manera como Jesús los llama.

Con relación a ese llamado, incluso es importante puntualizar algo que ya hemos mencionado en otras ocasiones, y es que los discípulos de Jesús no lo escogieron a él como era la costumbre. La costumbre era que el discípulo escogía a su rabino y le seguía hasta que entendiera que podía seguirlo. Pero en este caso, Jesús les recuerda a ellos: "Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo os escogí a vosotros".

Y eso convertía el llamado en algo sui géneris, en algo único, algo que ellos nunca antes habían visto. Y de hecho, la importancia de ser así es que, en el primer caso conforme a la tradición, el discípulo permanecía con su rabino hasta que le conviniera, por así decirlo. En este caso el llamado es tan fuerte, el llamado es tan sobrenatural, que la fuerza del llamado los mantuvo en su posición. Los apóstoles tuvieron suficiente persecución, suficiente opresión, suficiente rechazo para haber abandonado su posición más de una vez, y sin embargo la fuerza del llamado era tal, fue tal, que los mantuvo en su posición a pesar de las penurias por las que ellos pasaron. El llamado mismo los sostuvo.

Por eso nosotros podemos ver cuando Cristo los invita a irse en un momento dado y les dice: "¿Vosotros también queréis iros?" Y Pedro responde: "¿Para dónde, Señor? ¿Para dónde nos vamos a mover? Tú tienes palabras de vida eterna." De manera que nosotros vemos lo especial, lo extraordinario del llamado ahí también.

En la medida entonces en que Jesús comienza a madurar a sus discípulos, Él comienza a percatarse que el tiempo de su partida comienza a acercarse, y los sigue entrenando, pero ahora va a comenzar a entrenarlos de una manera práctica. Algo que también ningún rabino hizo: ningún rabino envió discípulos a hacer discípulos de sí mismo, de él como maestro. Nunca antes, nunca se hubiese atrevido a hacer algo semejante. Ningún discípulo saldría a tratar de ganar adeptos o ganar otros discípulos para el rabino que lo envió; en el mejor de los casos sería para la Torá. Y ahí nosotros vemos entonces lo extraordinario también, y único, y especial de este llamado, de este llamado discipular y de este llamado apostólico en particular.

Escucha cómo entonces este grupo de individuos que ha sido así llamado recibe la autoridad delegada, porque ese es el primer aspecto de este llamado del que quiero mencionar, y es que el llamado apostólico recibió una autoridad delegada. Del versículo 7: "Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos." El texto paralelo de Lucas, Lucas 9, tiene la descripción de este mismo evento de manera paralela, y esto es como lo dice en el versículo 1 y 2: "Reuniendo a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para sanar enfermedades, y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos."

La proclamación del reino es la prioridad. La sanación de los enfermos, la expulsión de los demonios, apuntarían hacia el poder y la autoridad que este Mesías tiene sobre los enviados cuando ellos fueron a hacer su misión. Esta es su misión número uno: proclamar el reino de Dios. De hecho, en el libro de Marcos, o Evangelio de Marcos, al principio del capítulo 1, Marcos describe la prioridad del llamado de Jesucristo, y por tanto sería la prioridad del llamado de aquellos a quienes Cristo está enviando. Versículo 14: "Jesús vino a Galilea proclamando el Evangelio de Dios." Él vino a Galilea, ese es su primer tour, su primer giro por la región de Galilea, pero cuando llegó, llegó proclamando el Evangelio de Dios y diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepentíos y creed en el Evangelio."

A eso fue que Él vino: a llamar al hombre a un arrepentimiento de corazón vía la proclamación de las buenas nuevas. Y cuando hizo eso, les dio a ellos autoridad sobre diferentes cosas: les dio autoridad sobre los demonios, les dio autoridad sobre las enfermedades. En otras palabras, les dio autoridad sobre cosas que pudieron representar de manera directa o indirecta alguna oposición a la expansión de las buenas nuevas. Ciertamente el reino de las tinieblas de manera directa puede, y ha hecho, oposición a la expansión del reino. Pero aun las enfermedades, porque en algunos casos aquel que está enfermo, sobre todo en aquel momento donde el Nuevo Testamento ni escrito estaba, podía cuestionar la autoridad de aquel que estaba siendo enviado. Ese era el miedo o el temor de Moisés: "Cuando llegue a Egipto y me cuestionen, ¿cómo muestro que Tú me has enviado?" Y Dios hizo esos milagros que usted conoce con la vara y la mano de Moisés como demostración de que Él haría cosas como esas, y las nueve o diez plagas no fueron más que demostraciones de poder confirmando el mensaje y el mensajero para aquella población.

Y entonces Dios, o Cristo ahora, les da a los discípulos autoridad sobre enfermedades, sobre espíritus inmundos, para que al proclamar el Evangelio ellos pudieran quedar confirmados en la manera como lo estaban haciendo.

Y nosotros tenemos entonces ahora que pausar un momento para analizar rápidamente algunas cosas de nuestros días en esto del manejo de la autoridad, porque el manejo de la autoridad es mucho más complejo de lo que nosotros pudiéramos pensar. En primer lugar, yo necesito entender que la autoridad que nosotros manejamos hoy no es la misma autoridad apostólica que ellos manejaron. Cuando nosotros oramos por una sanación, nosotros no nos atrevemos a hacer lo que algunos hacen de proclamar y declarar: "Tú estás sano." Nosotros tendemos a orar y pedirle a Dios, confesar su poder, confesar que Él es capaz de sanar, confesar que Él ha sanado en todas las ocasiones, en todas las épocas, pero decimos: "Señor, si es tu voluntad, te pedimos que esto sea así, que ocurra."

Cuando los apóstoles oraban por alguien, ellos no solían hacerlo de esa manera. Pedro no dice: "Señor, si es tu voluntad, te pido que este hombre..." No. Pedro le dice a este hombre en el libro de los Hechos, capítulo 3, como está registrado, el hombre le pide que le dé algo, que le dé una limosna, y Pedro dice: "Yo no tengo ni oro ni plata, pero en el nombre del Señor Jesucristo el Nazareno, anda, levántate y camina." El hombre se levanta y comienza a caminar. Esa autoridad es la que muchos quieren reclamar hoy. Nosotros no tenemos esa autoridad apostólica que ellos sí tuvieron.

Y por eso yo decía que tenemos que ser cuidadosos en el manejo de la autoridad, porque ese manejo es peligroso. Si nosotros no tenemos cuidado suficiente, podemos llegar a pensar en primer lugar que la autoridad es nuestra y que no es delegada. Si nosotros no somos cuidadosos, la autoridad o su manejo nos convierte en personas orgullosas, y ha ocurrido muchas veces. Si nosotros no somos sensibles, esa autoridad puede ser abusada, y frecuentemente ha ocurrido también.

Y los discípulos no estaban listos para manejar esa autoridad. Ellos tendrían que aprender a manejar la autoridad. ¿Tú te imaginas autoridad divina, poder de lo alto, en manos de los hijos del trueno? ¿Tú te imaginas autoridad de lo alto en manos de Pedro, que le gustaba cortar orejas? ¿Te das cuenta por qué ellos necesitaban ser entrenados en el manejo de la autoridad? Porque esto es un elemento sumamente difícil, complicado, y que muchas veces termina convirtiéndonos en tiranos o personas orgullosas, o nos convierte en personas engreídas que piensan que manejan niveles de autoridad que no tenemos.

En ocasiones usted ha oído, o ha leído, o ha visto en televisión, por lo menos yo lo he visto, lo he leído, personas que están involucradas en ministerio de liberación, y no voy a cuestionar eso, pero que están involucradas en ministerio de liberación y usan una fraseología de autoridad condenatoria sobre los demonios y huestes espirituales como si ellos tuvieran tal potestad, y en ignorancia de lo que el Señor ha revelado a través de Pedro de cómo tú no tienes el derecho de hacerlo. Y no solamente el derecho que no tienes, sino qué tipo de personas son esas que se atreven a hacerlo.

Escucha, en Segunda de Pedro 2 a partir del versículo 10, Segunda de Pedro 2 del 10 en adelante: "Especialmente a los que andan tras la carne en sus deseos corrompidos y desprecian la autoridad. Atrevidos y obstinados, no tiemblan cuando blasfeman de las majestades angelicales." Los ángeles caídos. Mira por qué sabemos que es a los ángeles caídos que se están refiriendo. Una vez más: "Atrevidos y obstinados, no tiemblan cuando blasfeman de las majestades angelicales, cuando los ángeles, que son mayores en fuerza y potencia, no pronuncian juicio injurioso contra ellos delante del Señor." Los ángeles, que son mayores en fuerza y potencia, no pronuncian juicio injurioso contra aquellas majestades angelicales que han caído.

Como el libro de Judas nos instruye, que Miguel, el arcángel Miguel, cuando tuvo que luchar por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a injuriarlo y a condenarlo, sino que simplemente le dijo: "Que el Señor te reprenda." Y el texto les llama atrevidos y obstinados.

Pero escucha lo que leemos en el versículo 12: "Pero estos, como animales irracionales nacidos como criaturas de instinto para ser capturados y destruidos, blasfeman de lo que ignoran; serán también destruidos con la destrucción de esas criaturas." Son seres angelicales caídos. Serán destruidos con la destrucción de esas criaturas, sufriendo el mal como pago de su iniquidad.

¿Notaste cómo el texto de Segunda de Pedro nos llama a ser juiciosos en el manejo pretencioso de una autoridad que nosotros no tenemos, y que al tratar de manejarla de esa manera pudiera revertirse incluso y convertirse en juicio contra nosotros? Algo que el arcángel Miguel no se atrevió a hacer, ángeles que son mayores que nosotros en fuerza y potencia.

De manera que es bueno recordar que la autoridad que ha sido delegada a nosotros, aun en el caso de los apóstoles, esa autoridad que hemos recibido, aun en el caso de los apóstoles, tiene características: es una autoridad delegada por Cristo, es una autoridad limitada en mi condición de criatura, y es una autoridad condicionada a mi obediencia de la Palabra. Es delegada por Cristo, es condicionada por mi obediencia de la Palabra, y es limitada en mi condición de criatura.

Ahora, estos dos están siendo enviados para ser entrenados en el manejo de la autoridad. Juan y Jacobo, como hijos del trueno, necesitaban ese entrenamiento. Pedro necesitaba ese entrenamiento. La autoridad necesita ser manejada con mansedumbre, con humildad. No es por accidente que Cristo dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde." A la hora de manejar la autoridad, yo requiero de varias cosas. Yo requiero conocimiento de la Palabra. Podemos usar la ilustración del texto que yo leí de la segunda carta de Pedro como una ilustración: si yo no conozco lo que ese texto dice, yo no voy a saber cómo referirme o dirigirme a estas autoridades angélicas caídas, y pudiéramos concluir que tenemos la autoridad que Dios no me ha dado.

Necesito conocimiento de la Palabra. Yo necesito mansedumbre. La mansedumbre es una condición vital para el manejo del poder y de la autoridad; de lo contrario, yo corro el riesgo de convertirme en un tirano. Yo necesito humildad para no resultar un engreído. Yo necesito paciencia para no hacer daño, no cortar una oreja allá en el huerto de Getsemaní, para no quemar una villa de Samaria simplemente porque no me recibió. Tú puedes ver entonces la necesidad de que Cristo los enviara a una misión corta, regresar, reportar, y Él seguir entrenando. Yo necesito, a la hora de manejar la autoridad, dominio propio para no traspasar los límites que Dios me ha otorgado a la hora de manejar autoridad espiritual. Entonces, esto es parte de su entrenamiento.

Jesús va a recibir el reporte. Él los va a enviar más adelante; Lucas nos dice eso en el capítulo 10, en otra misión un poco más extensa, más grande. En vez de doce serán setenta, y los setenta van a ir de dos en dos. Ellos van a regresar, y cuando regresan van a dar un reporte. Y cuando regresan dicen: "¡Hasta los demonios se nos someten!" Como: "¡Wow, esto es extraordinario!" Jesús enseñándoles a manejar la autoridad les dice: "No, no, pero no se alegren de eso." "¿Cómo que no? ¡Hasta los demonios se nos sometían!" "No, no, no. Alegraos de que vuestro nombre está escrito en el libro de la vida." Porque ahí va, entre esas parejas e idas y venidas, alguien que ejerció poder y regresó, y su nombre no estaba escrito en el libro de la vida. De manera que ahora nosotros entendemos mejor en qué consistió el entrenamiento. Esta porción es parte del entrenamiento.

En segundo lugar, nosotros tenemos cómo el llamado apostólico, e incluso el ministerial para nosotros, es totalmente dependiente, totalmente dependiente de Dios. En primer lugar, los envía pensando en esta dependencia de dos en dos. Mateo nos dice quién está constituyendo las parejas, y es como provocador el ver que a Judas lo aparearon con Simón el zelote, con el revolucionario. No sabemos cómo esa pareja manejó la autoridad, pero hasta donde nosotros sabemos de ellos, la manejaron igual que los demás. De manera que, como decía un comentarista de este texto, no puedes discernir el carácter de una persona por sus actividades religiosas. Sus actividades religiosas pueden darte una impresión muy distinta a lo que el carácter realmente es.

Y entonces Cristo los envía de dos en dos. Ya que hay una dependencia, antes de hablar de la dependencia más importante que es la dependencia de Dios, ya que hay una dependencia del uno del otro. La ley de Moisés, por un lado, establecía que el testimonio de todo evento debía establecerse por la veracidad de dos o tres testigos. Cuando ellos fueran y ministraran y reportaran y trajeran historias de milagros y demás, tenía que tener cierta veracidad, y cuando dos vinieran y reportaran la misma cosa, estarían cumpliendo con la ley de Moisés en cuanto a la veracidad de un hecho. Pero, por otro lado, a la hora de salir al campo misionero a ministrar, ellos necesitaban complementarse el uno al otro con sus diferentes dones, talentos, personalidades y demás. Y a la vez, ayudarse en momento de necesidad o de enfermedad o de debilidad, el uno al otro. De manera que nosotros vemos un patrón de dependencia en la administración de la Palabra.

Tú tienes a un Pablo que es enviado desde Antioquía con Bernabé; allá hay un par. Bueno, Pablo y Bernabé en un momento dado tuvieron sus desavenencias y entonces Pablo tomó a Silas; allá hay un par. Y Bernabé tomó a Marcos o Juan Marcos; allá hay un par. Te das cuenta que hay una especie de patrón en la Palabra de Dios, por lo menos en esos primeros tiempos, de enviar los ministros en pares, en pareja.

Pero lo que yo quiero, hacia lo que yo quiero llamar la atención, es hacia el ministerio apostólico, y el ministerial nuestro, como un ministerio de dependencia absoluta de Dios. Versículos 8 y 9: "Les ordenó que no llevaran nada para el camino, sino solo un bordón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto, sino calzados con sandalias. No llevéis dos túnicas." El texto traducido como "alforja" es un texto para referirse a una especie de prenda de vestir o de saco donde se ponían las limosnas. De manera que Cristo les estaba diciendo: "Ni siquiera pidan, el sustento les va a llegar. Ustedes necesitan confiar en el Proveedor. El Proveedor los está enviando."

Esto es una manera de cultivar su fe, porque pronto estarían en situaciones mucho más difíciles que estas donde tendrían que confiar. De tal manera que Cristo no tuviera que continuar diciendo: "Ustedes son hombres de poca fe." Eso tiene que terminar. Yo les he dado fe, eso es un don, pero a la vez yo necesito ayudarles a ustedes a cultivar el don que les he dado. Y la manera como es cultivado es en medio de las carencias, es en medio de las dificultades, es en medio de las tribulaciones en las que nosotros nos encontramos día a día.

Ahora, yo quiero de nuevo hacer una observación para el día de hoy. Nosotros no enviamos misioneros hoy al campo misionero y les decimos: "Tú no tienes sustento mensual, solamente llévate la ropa que tienes puesta, no lleves maletas ni lleves absolutamente nada, no te lleves ni siquiera un segundo vestido o una segunda ropa." Esa no es la manera como lo hacemos hoy. Y alguien pudiera decir: "Bueno, pastor, pero ¿por qué no? Ese es el problema de la iglesia de hoy, que no sigue los patrones. Porque si eso es como Dios lo hizo, es como lo deberíamos seguir haciendo."

Y cosas similares. Oye, yo recuerdo en Estados Unidos hay una frase muy común con relación a pastores y misioneros que dice... Es algo jocoso, pero expresa una realidad. Dice que la frase o la ilustración dice que las congregaciones oran y le dicen: "Señor, encárgate tú de mantener a los pastores y misioneros humildes, que nosotros nos encargaremos de mantenerlos pobres."

Entonces, volviendo al texto de hoy, ¿por qué no los enviamos de esa manera en el día de hoy? Porque hay algo fundamental que usted necesita conocer al estudiar la Palabra, y uno necesita saber y aprender a hacer la diferenciación. Y me va a ser fácil hoy demostrarlo entre lo que son textos prescriptivos, que obligan a todo el mundo a comportarse de la misma manera —"No matarás"—, de lo que son textos descriptivos de una situación en particular. Y muchos errores han sido cometidos por cristianos bien intencionados al no saber diferenciar un texto que prescribe de un texto que describe simplemente.

Para comenzar, esto es una misión corta, esto es una misión local, esto es una misión sin esposas, esto es una misión sin hijos, esto es una misión dentro de Israel, en medio de un pueblo que de una u otra manera conocía acerca de esta gente. Esto es lo primero, eso no es lo único, yo quiero decir, pero esto es lo primero. Pero esto no es prescriptivo de cómo enviar a los misioneros. Si nosotros no sabemos hacer la diferenciación entre un texto que prescribe y un texto que simplemente describe, nosotros vamos a ver predicadores en el púlpito sin ropa, porque Isaías predicó tres años sin ropa ni calzado como una ilustración del juicio de Dios contra la nación que pasaría por las peores penurias. Eso es un texto descriptivo, no un texto prescriptivo. Y eso es importante, que nosotros aprendamos a manejar la Palabra de esa manera.

Esto es una misión en particular de entrenamiento en fe, en confianza, por un período de tiempo. Pronto, Jesús mismo les daría instrucciones totalmente opuestas. Y ahora entonces, por eso yo decía, es sumamente fácil demostrar que esto no es un texto prescriptivo, porque Jesús va a dar instrucciones completamente diferentes a las que acaba de dar a este grupo en esta ocasión, sin representar esto una contradicción, sino simplemente situaciones distintas para momentos distintos e instrucciones diferentes.

Lucas 22, versículo 36: "Entonces les dijo: Pero ahora..." Ahora, no antes. Ahora. "...el que tenga una bolsa, que la lleve consigo." Pero antes no, decía que no se podía llevar la bolsa. Sí, pero ahora sí. "De la misma manera también una alforja." A priori decía que no. "De hecho, el que no tenga espada, venda su manto y compre una." ¡Oh! Y es ahora. Instrucciones totalmente distintas para momentos distintos. Si yo no sé hacer la diferenciación, que es lo que ocurre muchas veces en el manejo de tantas cosas, de tantos textos, yo voy a terminar errando.

Pero en este momento, que es el que nos interesa, Cristo redujo los requisitos para ir y hacer el ministerio que les había encomendado a un mínimo. Ni siquiera dos túnicas, ni siquiera dinero, ni siquiera una alforja. Absolutamente nada. Es como un recordatorio o una ilustración de esta otra frase, en otro contexto: "Buscad el reino de Dios primero, y todo lo demás se os dará por añadidura." Como una instrucción en el Sermón del Monte a aquellos que estaban preocupados con qué comer, qué ponerse, y cosas por el estilo.

Ahora, en esta misión, esta misión ilustra aquello. Yo los estoy enviando a proclamar el reino de Dios; aquellas otras cosas, añadiduras, que para esta misión yo se las voy a suplir. No os preocupéis. Y entonces ahora, en medio de la carencia, de la necesidad, la fe es cultivada. En manos de... Yo no sé si usted lo ha visto así, pero el estar ampliamente suplido es en contra de la vida de fe.

El estar siempre saludable... Tú conoces gente que casi se ha muerto en salud. "Mi padre tiene, mi abuelo 80 años, nunca ha visto un médico", yo he oído cosas como esa. Es posible que lo veas como una bendición, pero el estar siempre en salud trabaja en contra de mi vida de fe. El saber cómo hacerlo todo, siempre. "No te preocupes, yo tengo experiencia en eso." "¿Y cómo hacer tales cosas?" "Ah, tú vas a ver, porque yo lo he hecho así, siempre." El saber cómo hacerlo todo y cómo tener cada i con su punto y cada t con el palito cruzado arriba, eso trabaja en contra de la vida de fe. El no tener, el no poder y el no saber son experiencias de abono para mi vida de fe. El no tener, el no poder y el no saber. Eso abona mi vida de fe.

Para con esto, hermano, yo no quiero decir que yo prefiero estar en bancarrota y enfermo. No me confunda, son dos cosas distintas. Pero no hay duda de que las necesidades por las que pasamos en la vida, diferentes en naturaleza, son no solamente necesarias, son mandatorias si mi fe va a crecer. Si trato de que esas cosas no me ocurran, si trato de tener el plan para cuando esas cosas me ocurran y no acudir al trono de la gracia, yo me voy a quedar siendo un hombre y una mujer de poca fe.

Nuestra tendencia humana es a controlarlo todo, a depender de nosotros mismos, a depender de nuestra propia fortaleza, nuestra propia sabiduría, nuestro propio entendimiento. Eso es lo que el libro de Proverbios nos dice: que no nos apoyemos, que no confiemos en nuestra propia sabiduría, en nuestros propios planes. Esa es nuestra tendencia, la autoconfianza. Y la tendencia de Dios es sacarnos de control. Interesante, mi tendencia es a moverme en una dirección y la de Dios es la de moverse en la otra dirección. A Dios le encanta ponerme en medio de dificultades. No porque Él disfruta mis penurias y mis dolores, sino porque Él disfruta verme crecer a la imagen de Cristo. Y no hay otra manera de cómo lo puede hacer.

Ahora, honestamente, Dios no necesita que yo esté en dificultad. Si yo he logrado lo que Pablo logró... Pablo dice en un momento dado: "Yo sé vivir en abundancia y yo sé vivir en escasez. En ambos casos, yo estoy contento." Una vez tú y yo alcancemos ese estadio espiritual de Pablo, no hay problema. Yo no necesito la escasez para cultivar la vida de fe. Y sin embargo, aun a Pablo, aunque supo y aprendió a vivir en abundancia y en escasez, Dios le dejó un aguijón en la carne como un recordatorio de su dependencia de Él, para que no se enalteciera de sus revelaciones.

Tú sabes que Pablo fue un hombre de enorme fe, ¿cierto? ¿Cuántos de nosotros quisiéramos tener la fe de Pablo? Vamos a tener un ejercicio sencillo. Levanta la mano. ¿Cuántos de nosotros queremos tener la fe de Pablo? Era prácticamente todo el mundo. Pero, ¿sabes cómo él la ganó? Corriendo, cayéndole a través persecución tras persecución, en cárceles y en cadenas. Ahora levantemos la mano. ¿Cuántos de nosotros quisiéramos las cadenas y las prisiones de Pablo? Ok, hermano, gracias. Qué bueno, dos, tres. Pero el resto de nosotros nos quedamos con las manos abajo. Pero queremos la fe sin la persecución, queremos la fe sin la prisión y la cadena. Y Dios dice: eso no ocurre. Eso jamás ocurre ni va a ocurrir. La fe se cultiva en medio de las peores dificultades.

De manera que ya hemos visto dos características de este llamado. La primera fue que este es un llamado con autoridad delegada. La segunda característica es que el llamado ministerial, y el llamado apostólico en particular, fue un llamado de total dependencia de nuestro Dios. Y en tercer lugar, el llamado que los apóstoles recibieron fue un ministerio de aceptación y rechazo, o para ponértela de una manera que rime: de hospitalidad y hostilidad. Nosotros fuimos llamados a un ministerio de aceptación y rechazo. Puede tomarlo poéticamente: a un ministerio de hospitalidad y hostilidad.

Escucha los versículos 10 y 11. Les dijo: "Dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de la población." Eso es hospitalidad. Si me puedo quedar ahí hasta que salga de la población. "Y en cualquier lugar que no os reciban ni os escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos." Eso es hostilidad.

Los apóstoles tenían que aprender eso. Los apóstoles tenían que aprender a reaccionar ante el rechazo, y tú y yo también. Nosotros no manejamos el rechazo bien. La mejor evidencia de que nosotros no manejamos el rechazo bien, en menos de eso, es que alguien nos pasa por el lado, no nos saluda, y ya yo estoy ofendido y reportándolo. "Pastor, ahora, ¿usted puede creer que el hermano José o la hermana María tiene problemas?" "Ah, no me diga." "Oye, me pasó por el lado y no me saludó. ¿Tú te imaginas?" Entonces, ¿qué haríamos cuando alguien me diga: "A mí no me interesa lo que tú quieres proclamarme, enseñarme, o el Evangelio de Jesucristo. A mí no me interesa nada de lo que tú tienes que decir"? ¿Te imaginas cómo nos quebrantaríamos tú y yo también?

Ellos iban a ir y van a encontrar aceptación. Dios movería los corazones de algunos que los iban a hospedar, y parece ser que Dios los iba a hospedar de tal manera que incluso los iban a permitir que se quedaran. Y Cristo les dice: cuando alguien los reciba, quédense ahí hasta que salgan de la población. No nos revela la razón por la que no debían cambiar de casa. Yo quiero creer, estoy especulando, pero quiero creer que el hecho de que la gente que te reciba en este momento para esta misión te da la oportunidad de quedarte sería una evidencia para ellos. La gracia de Dios está aquí para conmigo. Esta puerta abierta tan magnánimamente es la evidencia de que aquí es que Dios me quiere. Quédate ahí, no te vayas. Esto es como yo pienso que pudo haber sido. Se quedarían ahí durante toda la misión y serían bien atendidos, probablemente.

Sin embargo, aparentemente en alguna de las casas ese no sería el resultado. Pero el versículo 11: "En cualquier lugar que no os reciban..." Te cierran la puerta. "Ni os escuchen..." La, la, la, la, la, no me digan nada. "Hasta salir de allí, sacudid el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos."

En aquella época había una costumbre, un decir que muchos practicaban. Y es que cuando los judíos iban a regiones gentiles, al regresar, antes de entrar a Jerusalén, se decía que tú debías sacudir el polvo de tus pies y de tus ropas para no entrar a la ciudad santa con la contaminación de los gentiles, la suciedad de los gentiles. Entonces, había un paralelismo con esta costumbre. Sin embargo, nosotros no tenemos, una vez más, un texto prescriptivo de que ahora, cuando yo trato de hablarle a mi primo, a mi amigo cercano, o a mi compañero de trabajo acerca del Evangelio, y él me diga como a mí me han dicho, no sé si a ustedes les han dicho: "No, eso está muy bien para ti, pero a mí no me interesa"... Yo no tengo una instrucción prescriptiva que me diga que yo en ese momento me sacuda los pies, me sacuda la ropa y entonces lo abandone y jamás lo vuelvo a ver. No, estas son circunstancias distintas.

¿Y dónde está la distinción? Bueno, en primer lugar, recuerda: el tercer tour de Jesucristo por Galilea. Galilea. Jesús, el Galileo, es un nazareno, creció allí. No nació allí, pero se crió allí. Es un despreciado y perseguido, conocido allí. Esta es una misión que está siendo llevada entre los pueblos judíos exclusivamente. Entonces, una misión que va a tener lugar solamente en el pueblo al que se le anunció la venida del Mesías. El pueblo que oyó el tipo de milagro y de obra que Cristo haría. Este es el pueblo en medio del cual se está proclamando este Evangelio. Si había un pueblo que debió haber reconocido y recibido a Cristo, debió haber sido este. A los suyos vino, pero los suyos no le recibieron. El pueblo de Israel es el pueblo que lo rechazó.

Mateo, que tiene un texto paralelo a este de Marcos —Mateo, Lucas, en diferentes porciones describen esta misión—, nos dice claramente cuán limitada era esta misión. Escucha ahora los versículos 5 y 6 de Mateo 10: "A estos doce envió Jesús después de instruirlos, diciendo: No vayáis por el camino de los gentiles y no entréis en ninguna ciudad de los samaritanos, sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel." Esta es una misión limitada, una misión temporal, y esta es una misión que tiene ciertas condiciones. Las ovejas perdidas de Israel han oído desde la antigüedad, desde el profeta Isaías, 700 años antes, han oído acerca de mí. Yo he hecho dos giras por esta región de Galilea, esta es la tercera. Ahora, cuando no los reciban, sacúdanse los pies, sacúdanse las ropas. Esto es el sello de que estamos cerrando la campaña de evangelización en esta área, porque las ciudades no nos han querido recibir y no han querido recibir mi mensaje.

Y esa es la razón por la que entonces nosotros pudiéramos entender mejor la dureza del juicio y lo típico de esta instrucción para un pueblo que tenía esa costumbre de sacudirse la ropa y los zapatos. Es como que Cristo estuviera diciendo: eso que ustedes hacen con los gentiles, porque consideran que están contaminados, es lo que mis apóstoles van a hacer con ustedes, porque ciertamente sus corazones están tan contaminados de pecado que no han querido recibir mi Evangelio. Y esta será la señal: se sacudan los pies, se sacudan las ropas frente a ellos.

Escucha cómo Mateo describe esta reacción de estas aldeas que requiere el sacudirse del polvo, versículos 14 y 15 de Mateo 10: "Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies." Escucha: "En verdad os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad." ¡Oh! ¿Te recuerdas cómo quemaron a Sodoma y Gomorra? Y Cristo dice: esta gente tiene más peso de juicio, porque aquella gente estaba pecando gravemente contra mí, pero no tenía conocimiento de mí.

Esta gente, mi pueblo al cual yo vine, donde crecí, tiene conocimiento de mil por ciento de años. Yo he estado dos giras anteriores aquí. Después de haber oído repetitivamente el mensaje, esta gente merece un juicio peor que el de Sodoma y Gomorra al rechazar el Evangelio. Sacudíos los pies y las ropas antes de salir.

Ahora, para aquellos de nosotros que pensamos: "¡Hey! Yo no soy de Sodoma ni de Gomorra. Yo peco, pero yo no peco tan mal." Escucha el comentario de John Ryle: los hombres tienden a olvidar que no se requiere de grandes pecados públicos para ser considerados como pecados que arruinan el alma. Lo único que tienen que hacer es escuchar y no creer, escuchar y no arrepentirse, ir a la iglesia sin ir a Cristo, y poco a poco terminarán en el infierno.

Los hombres creen que se requiere de pecados como los de Sodoma y Gomorra para terminar en condenación. Ryle dice: no, no. Oye, lo único que se requiere es que escuchas, pero no crees; escuchas, pero no obedeces; escuchas, pero no te arrepientes. Hermano, yo no sé si tú eres uno de esos hoy, pero es posible que entre nosotros haya uno, muchos o varios, no sé, que haya estado en Ibibit de forma repetitiva, pero no creo, no me arrepiento. "¿No es interesante el sermón? A mí el sermón me parece interesante. Fue muy bonito, muy bonito." Venir a la iglesia sin ir a Cristo, y poco a poco terminarán en el infierno.

Los discípulos salieron. Escucha, ellos realizaron la tarea, el versículo 12: "Y saliendo, predicaban que todos se arrepintieran, y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban." Salieron a predicar, dice el texto, a predicar que se arrepientan: el arrepentimiento. En el primer siglo nadie invitaba a Cristo a entrar a tu corazón. ¿Qué es eso? En el primer siglo se invitaba al corazón a arrepentirse de sus pecados. "Arrepentíos, que el reino de los cielos está cerca." "Arrepentíos y convertíos," le dijo Pedro a la multitud que estaba frente a él.

Ahora tú lees en el texto: "Predicaban que todos se arrepintieran." Eso es lo que tú y yo necesitamos: arrepentimiento. Y la predicación de la Palabra para arrepentimiento fue acompañada de señales y prodigios, y expulsión de demonios era como parte de las señales y prodigios y las credenciales apuntando a la veracidad del mensaje y de los mensajeros.

El texto de Mateo 10:8 dice: "Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia." En otras palabras, los dones del Espíritu no son mercadeables. De gracia recibisteis, dad de gracia. ¿Qué te costó lo que recibiste? Pues si no te costó, pásalo, pásalo hacia otros. Se te dio para bendición, no solamente tuya, sino de los otros.

Yo hoy veo ministerios de liberación de demonios, independientemente de que juzguemos lo veraz o no de sus acciones, pero cobrando sesión por sesión para liberarte de demonios. Es tan antibíblico como cualquier otra cosa. Escúchalo otra vez de Mateo: "Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia."

Predicaron, llamaron al arrepentimiento, dieron de gracia aquello que habían recibido de gracia. Y al final, el versículo 30 dice que los apóstoles se reunieron con Jesús y le informaron sobre todo lo que habían hecho y enseñado. No solamente hicieron la tarea, ahora hay que evaluar la tarea, hay que ver lo que hicieron, cómo lo hicieron. Se reunieron con Jesús, Él estaba con ellos, le reportaron. Y no sabemos lo que Jesús les dijo en retorno, pero hubo un reporte de parte de ellos. Imagino alguna evaluación, corrección, instrucción de parte del Maestro.

Para traer esto entonces a una conclusión final, tres preguntas de reflexión y conclusión. Número uno: ¿cómo manejas la autoridad que Cristo te ha delegado? No qué piensas, cómo manejas. Porque a nivel del pensamiento, de una prueba escrita, probablemente respondamos correctamente: "Lo delegado es que esa autoridad yo no la tengo, que todo depende del Señor, etcétera, etcétera." Pero a la hora de manejar la autoridad que a mí se me ha delegado, ¿cómo la manejas?

Mansedumbre, humildad. Ayer justamente una de mis hermanas hablaba y citaba un versículo que Dios ha usado tanto en el último mes, mes y medio, en mi mente. Segunda de Timoteo 2:25: "Con mansedumbre corregir a los que se oponen" —no los que piensan distinto, simplemente a los que se oponen— "por si acaso Dios les concede el arrepentimiento." Tú no sabes si Dios le va a conceder el arrepentimiento; viene de Dios. Pero Dios me dice que la manera como ese arrepentimiento llega a él, muchas veces, es por la forma mansa como yo le trato cuando se me está oponiendo. Con mansedumbre hablar a aquellos que se oponen, por si acaso Dios le concede el arrepentimiento.

Segunda pregunta: ¿cuánto vives dependiendo de Dios verdaderamente? No si lo afirmas. Yo creo que la mayoría de nosotros lo afirmamos, pero luego de afirmarlo vivimos preocupados y ansiosos todo el tiempo. Entonces, ¿realmente confiamos y dependemos de Dios? Como este es un ministerio que tiene que ver con una autoridad delegada —será la primera pregunta: cómo la manejo—, como este es un ministerio que tiene que ver con la dependencia de Dios, ¿cuánto verdaderamente dependo de Dios?

Y en tercer lugar: ¿cómo manejas la aceptación y el rechazo? ¿Tú eres de los que lleva cuentas de si te saludaron o no te saludaron? "Me saludó, pero me saludó con una cara..." Sí, hermano, puede ser, pero esa cara precedió a tu encuentro con él; a ti no tiene nada que ver contigo. Le pasó algo en la casa, no debía venir a tener esa cara, pero vino con ella. ¿Qué tú quieres? Trátalo con mansedumbre y cámbiasela.

Nosotros tenemos que aprender a manejar el rechazo. Pero tenemos que aprender a manejar la aceptación también, porque nosotros somos tan adictos a la aceptación que llega un momento en que tú te crees merecedor de ella. Entonces, cuando hace falta, realmente te hace falta, te duele. No decimos: "Ay, no me aceptaron." No, condenamos al que no me aceptó. Y yo también tengo que aprender a recibir la aceptación.

Yo recuerdo —con esto concluyo, con la ilustración concluyo—, un par de ustedes conocen la historia porque ya se las he hecho, pero siendo yo un anciano en la iglesia en Estados Unidos, yo traté de ayudar a una familia. En particular, vivía a dos casas de la nuestra. Y él se molestó mucho, tergiversó la ayuda o las conversaciones. Bueno, al final yo le pedí al pastor nuestro que me acompañara para ir a su casa. Traté de aclarar algunas cosas que entendía o veía cómo él las pensaba. Y luego le pedí perdón.

Y entonces yo me paré. Me estaba frente a mi poca distancia en la sala. Le digo: "Fulano, ¿tú me permites darte un abrazo?" Y él me vino con unos ojos que, por primera vez, yo supe los ojos que Esteban había visto cuando lo apedreaban. Lo único que no fue rechinar de dientes, pero me apuntó a la puerta y me dijo: "Vete de mi casa."

Yo bajé la cabeza, no sabía dónde ponerla. Y me fui tranquilo. Dios me dio mucha paz ese día. Pero retrospectivamente yo entendí: esto es entrenamiento. Tú tienes que estar listo para esto, porque esto es del ministerio. Y hermanos, por la gracia de Dios —no es por mí, es por la gracia de Dios—, hasta el día de hoy, incluyendo este momento, cuando yo pienso en esa persona, yo siempre me entristezco. La verdad es que ese día Dios sobrenaturalmente como que me arropó con su gracia y no me permitió enojarme ni ofenderme. De hecho, mi pastor se molestó mucho y me llamó antes de llegar a su casa, se paró en la vía, me llamó molesto. Yo le dije: "Ese Fulano, no te preocupes. Nuestro Dios ha sido rechazado de manera mucho mayor." Pero me da tanta pena, yo no sé cuál es su estado espiritual hoy, pero pensar dónde él estaba me dio tanta pena y me sigue dando.

El día que nos íbamos de mudanza, nos encontramos en el highway, en este lado, yendo. Ya veníamos para Santo Domingo, nuestro último día, y él se paró al lado del carro. Y por primera vez en varios años hizo así, un poco sarcásticamente, como quien dice: "Finalmente te vas." Pienso que —concluyo— que Dios me llevaba. Y ciertamente me llevaba, pero no quizá de la manera que él pensó. Tiernamente corregir a los que se oponen, por si acaso Dios le concede el arrepentimiento.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.