Integridad y Sabiduria
Sermones

Lo que Dios me ha dado y lo que Dios me ha pedido

Joan Veloz 23 octubre, 2016

La vida es breve, y el tiempo que tenemos debería aprovecharse al máximo. Esta reflexión, nacida al contemplar la muerte de un hermano en la fe, abre paso a una verdad transformadora: Dios ya nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir de manera piadosa. No casi todo, no una cantidad razonable, sino todo. Su divino poder nos ha concedido la liberación del pecado, el Espíritu Santo morando en nosotros, y sus preciosas promesas. Y lo ha hecho voluntariamente, no porque lo merezcamos, sino porque a él le plugo hacerlo.

Este equipamiento viene a través del conocimiento de Cristo. Mientras más lo conocemos, más piadosamente podemos vivir. Los amigos de Daniel lo demostraron cuando, conociendo a su Dios, pudieron mantenerse firmes ante el horno de fuego ardiente y decirle al rey: aunque nuestro Dios no nos libre, no adoraremos tu estatua. El conocimiento profundo de Dios da valor para las circunstancias más difíciles.

Pero el creyente no flota; el creyente nada. Dios nos ha equipado para correr la carrera, no para quedarnos estáticos. Por eso debemos añadir diligentemente a nuestra fe virtud, conocimiento, dominio propio, perseverancia, piedad, fraternidad y amor. Estas virtudes creciendo en nosotros confirman nuestro llamado y nos aseguran que no tropezaremos. Si al pesar nuestras obras vemos evidencia de transformación, podemos gozarnos: un día escucharemos las palabras "buen siervo fiel, entra en el reposo de tu Señor", y podremos poner toda corona a sus pies, porque él nos dio todo lo necesario para lograrlo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Amados, hemos venido a vivir en Su palabra. Las semanas atrás, cuando Chacho me escribe y me dice: "Joan, se para el 23 de octubre para que compartas la palabra con nosotros", entre nervios y gozo, yo le oraba al Señor y le decía: "Señor, permite que cuando yo esté predicando tu palabra, sea tu palabra la que surta efecto, sea tu palabra la que sea regada de forma tal que tu pueblo pueda ser bendecido y el nombre de Cristo sea glorificado." Y esa ha sido mi oración durante semanas, y yo espero que hoy, que tengo esta oportunidad de compartir con ustedes la Palabra de Dios, pueda pasar eso: que el nombre de Cristo pueda ser glorificado.

Antes de invitarles a abrir sus Biblias en la segunda carta del apóstol Pedro, que es la que vamos a estar compartiendo con ustedes el día de hoy, a manera de introducción, yo quiero reflexionar en algo que ocurrió esta semana, que el pastor lo comentó ahorita, pero que de una u otra manera a mí me ha llevado a reflexionar, y es la muerte del hermano amado Danilo Carranza. Por meses, cortos meses, Danilo estuvo luchando con un tumor que al final el Señor decidió, en su soberanía, es decir: "Danilo ya está bien, ven a casa." Y ese hecho, de una u otra manera, a mí me ha llevado a ver que realmente la vida es muy corta y nosotros tenemos muy poco tiempo aquí, y ese tiempo deberíamos aprovecharlo al máximo.

Y yo me preguntaba: si fuera a mí que me pasara, si mañana luego de unos exámenes médicos determinan que yo tengo un cáncer, una enfermedad terminal, ¿qué yo haría? ¿Cómo reaccionaría? Probablemente lo primero que yo haría es ir a los médicos, tratar de atenderme, decirle: "Señor, enséñame lo que tú quieres enseñarme con esta enfermedad." Pero luego es muy probable que yo tomaría a mi familia y trataría de compartir con ellos las verdades que yo entiendo que ellos necesitan para poder vivir una vida buena, para poder vivir una vida segura. Yo les pondría mi corazón en sus manos de forma tal que cuando yo parta, yo pueda tener la certeza de que pude compartir con ellos las cosas que yo entendía eran necesarias para ellos.

Y esta carta que vamos a leer en el día de hoy sale del corazón del apóstol Pedro en un momento similar. En el capítulo 1, versículo 14, Pedro dice que él sabía que la separación de su cuerpo terrenal era inminente; él sabía que pronto iba a morir. Y antes de morir, él quiere dejar unos cuantos recordatorios, unas cuantas palabras, unos cuantos mensajes a esos hijos espirituales que él tenía, de forma tal que él pudiera tener la paz y la tranquilidad de que, luego de no estar él, esta gente va a poder tener lo necesario para poder vivir una buena vida, una vida piadosa. Este grupo de personas, en ese momento cuando Pedro escribe esta carta, estaban siendo azotados por falsos maestros que querían arrastrarlos de la verdad. Y el apóstol, de una manera muy amorosa, escribe esta carta y estas palabras que vamos a leer ahora.

Con eso en mente, yo quiero invitarles a leer la segunda carta del apóstol Pedro, del versículo 3 al versículo 11. Y dice así:

"Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia. Por esta razón, también obrando con toda diligencia, añadid a vuestra fe virtud, y a la virtud conocimiento, al conocimiento dominio propio, al dominio propio perseverancia, y a la perseverancia piedad, a la piedad fraternidad, y a la fraternidad amor. Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados. Así que, hermanos, sed tanto más diligentes para hacer firme vuestro llamado y elección de parte de Dios, porque mientras hagáis estas cosas, nunca tropezaréis; pues de esta manera os será concedida ampliamente la entrada al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo."

Vamos a orar. Padre, gracias, gracias por tu palabra. Gracias, Dios, por el privilegio que nos das de poder venir a ella en esta tarde. Dios, de manera especial, yo te quiero pedir, te quiero implorar, que tú puedas usar mis debilidades, Dios, que tú puedas usar este siervo inútil para compartir las verdades que tu pueblo necesite escuchar. Habla, Señor, en esta tarde. Pon carbones encendidos en mis labios y permite, Señor, que sea tu verdad la que se comparta en esta tarde, de forma tal que el nombre de Cristo, tu glorioso nombre, pueda ser glorificado y tu iglesia aquí presente pueda ser edificada. Gracias, Dios, por esta tarde, en el nombre de Jesús. Amén.

Bien. En base a lo que hemos leído, yo quisiera que viéramos tres puntos de manera rápida. Lo primero que yo quiero que veamos es lo que Dios ya ha hecho; número dos, lo que nos toca a nosotros hacer; y número tres, el porqué de hacerlo. En base a eso, quisiera empezar con lo primero: lo que Dios ha hecho.

El apóstol Pedro comienza estos versículos diciendo: "Pues Dios en su divino poder." Poder que de la nada formó todo lo que existe; poder que tomó el polvo de la tierra, sopló y dio aliento de vida al hombre, que somos nosotros hoy día; poder que le dijo a los mares: "Hasta aquí"; poder que sostiene todo lo que existe; poder capaz de revivir aun a los muertos. Este divino poder nos ha dado todo lo que tú y yo necesitamos para entender la vida y vivirla de una manera piadosa. Y la palabra que Pedro usa aquí es la palabra "concedido": Dios nos ha concedido todo.

Esa palabra "concedido", en su original en el griego, es el término *dōreázomai*, el cual significa atribuir una cualidad o una condición a una persona, y tiene el sentido de que la persona que atribuye esa cualidad lo hace de una manera voluntaria. Él no la atribuye porque tiene que hacerlo; él no la atribuye porque la otra persona se la ha ganado. Él lo atribuye porque a él le ha placido, a él le plugo hacerlo. El amor soberano y desbordante de Dios le ha dado al creyente, de manera soberana y voluntaria, todo lo que este necesita para vivir la vida y entender la vida y vivirla de una manera piadosa.

Y si ustedes se dan cuenta, Pedro usa la palabra "todo." Y la última vez que yo estuve revisando el significado de la palabra "todo", todo quiere decir todo. No es casi todo, o que él nos dio mucho, o que él nos dio una cantidad razonable. Pedro dice claramente que él nos ha dado todo lo que tú y yo necesitamos para entender la vida y vivirla de una manera piadosa. Y dentro de ese todo, hay dos cosas que a mí me gustaría señalar.

Número uno: lo que él nos ha dado es la liberación del pecado y de la muerte. Dios tomó a Cristo y lo clavó en una cruz, lo crucificó en el madero, de forma tal que a través de ese sacrificio tú y yo pudiéramos tener perdón por nuestros pecados, de forma tal que nuestros ojos ahora puedan estar abiertos para ver, para poder entender la vida y poder obedecerle. Pero Dios no simplemente hizo eso. Él envió a Cristo, clavó a Cristo, pero dijo: "Yo sé que probablemente ellos necesiten algo más." Y Él envió a la tercera persona de la Trinidad, al Espíritu Santo, a morar dentro de nosotros.

Miren cómo Cristo lo dice en Juan 14:26: "Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho." Dios no simplemente dice que nos prepara, nos equipa y nos da las capacidades para ir a la guerra. No solamente eso. Él dice: "Yo los voy a entrenar, los voy a equipar, pero yo mismo voy a ir con ellos, dentro de ellos, de forma tal que yo pueda asegurar que tengan todo lo necesario para salir victoriosos." Que tengan todo lo necesario para vivir una vida que le agrada y le da honor y gloria a Él. Todo lo que tú y yo necesitamos para ser piadosos, para vivir piadosamente, Él ya nos lo ha dado.

Y quisiera entender un poquito más qué significa vivir piadosamente, qué significa el término "piadoso." El término piadoso literalmente significa vivir de una forma obediente, vivir de una forma reverente delante de nuestro Dios. Y lo que Pedro está diciendo aquí, de una manera clara, es que todo lo que tú y yo necesitamos para vivir obedientemente delante de Dios, Él ya nos lo ha dado. Yo no tengo excusa, porque Él ya me ha dado todo lo que yo necesito para entender la vida y vivirla de una manera piadosa.

Y el texto dice: ¿cómo lo ha hecho? Miren cómo dice: "Mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia." Él nos ha concedido todo lo que necesitamos por medio del conocimiento de Cristo. Y si alguna vez tú te has preguntado si el conocimiento de Cristo es necesario para entender la piedad, este texto no lo puede dejar más claro: si nosotros no lo conocemos a Él, será imposible para nosotros poder vivir de una forma piadosa. Será imposible.

Y esto, hermanos, es algo proporcional. Mientras más yo conozco a Dios, mientras más yo conozco de la obra de Cristo, mientras más yo conozco lo que Él se ha revelado de sí mismo en su Palabra, más piadosamente yo puedo vivir. Y ejemplos de esto tenemos en la Escritura. Vemos el ejemplo en el Antiguo Testamento de los amigos de Daniel, hombres jóvenes que en medio de una circunstancia apremiante pudieron mostrarse reverentes delante de Dios.

Yo creo que la mayoría conoce la historia. En Daniel 3 nos cuenta que en un momento el rey Nabucodonosor levanta una estatua de oro y él determina que todo el mundo debe postrarse ante ella. Pero ¿qué hicieron los amigos de Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego? Ellos dijeron: "No. Nosotros no nos vamos a postrar."

Y en un momento, cuando el mismo rey los empujaba a hacerlo y les decía: "Si ustedes no se postran, morirán en el horno de fuego ardiente." Pero estos hombres conocían a Dios. En Daniel 3:16-18 escuchamos la respuesta de ellos hacia el rey. Ellos le dicen al rey: "No necesitamos darte una respuesta acerca de este asunto, acerca de por qué no nos postramos delante de la imagen de oro. Ciertamente nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno del fuego ardiente y de tu mano, oh rey, nos liberará. Pero si no lo hiciere, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado."

El conocimiento que estos hombres tenían de Dios, la pasión que ellos tenían por ser reverentes y obedientes, les daba el valor de inmediato para, en las circunstancias más apremiantes y más difíciles, poder mantenerse fieles a Él. Porque ellos sabían en quién habían creído. Ellos conocían a Dios.

Un caso similar, que lo hemos estado tratando en las clases de los miércoles —el pastor Miguel está compartiendo con nosotros en esta clase que estamos viendo, "Entendiendo el sufrimiento"—, es el caso de Job. Cuando vemos la vida de Job, el mismo Job testifica que él conocía a Dios, pero que no lo conocía profundamente. Y en Job 42:5 él dice: "De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven." El conocimiento de Dios en medio de que Job decía "yo quiero una audiencia con Dios, yo quiero una audiencia con Dios", en medio de que Job estaba pasando su temporal de prueba, cuando Dios se le revela y cuando él puede ver a Dios, le permitió a Job conocer a Dios, entenderle, y posteriormente vivir una vida piadosa.

Y quizás muchos de ustedes en algunos momentos —no sé lo que ustedes han pasado, pero a mí me ha pasado— hay momentos en que yo quería ver cómo podía arrancar. Hay tentaciones, luchas, batallas que uno tiene y no sabe cómo arrancar. Uno se pregunta: "Señor, ¿por qué no puedo hacer esto? ¿Como que batallo?" Y muchas veces me pasaba a mí que venía a la Escritura buscando más las prohibiciones que buscando conocer a Dios. Y cuando yo vengo a la Escritura buscando conocer a Dios, buscando conocer su carácter, buscando conocer lo que Él ha revelado de sí mismo, las prohibiciones pasan a un segundo plano. Ya no me interesan tanto las prohibiciones; me interesa más conocer y deleitarme en Él. Y cuando yo me deleito en Él, las prohibiciones caerán por sí solas.

El pastor John Piper, hablando sobre esta idea, dice: "Dios está tan satisfecho en su gloria y en su excelencia que no tiene tentación alguna de pecar." Y conforme nosotros tengamos un conocimiento de esto más claro y probemos las promesas de Dios, más firmemente estaremos y seremos capaces de derrotar, de huir de las tentaciones de este mundo, de los deseos pecaminosos de este mundo. Nuestro conocimiento de Dios, nuestro deleite en Él, es el medio a través del cual Dios nos ha permitido, nos ha concedido, conocer todo lo necesario para vivir una vida piadosa.

Y es el medio a través del cual Él nos permite abrazar sus preciosas promesas, verso cuatro: "Por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas." Por medio de la excelencia que solo Él tiene y de la gloria que Él solo merece, Dios nos ha concedido —a ti y a mí— nos ha regalado sus maravillosas y preciosas promesas. Promesas que nos permiten estar anclados en Él, promesas que nos dan esperanza, promesas que nos permiten decir como el salmista: "Señor, yo sé que aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo."

Él nos ha permitido abrazar esas hermosas promesas. Y pensando en algunas promesas, específicamente en algunas que están en el Nuevo Testamento —porque la Biblia está repleta de promesas—, yo tengo algunas aquí que quería compartir con ustedes, que de una u otra manera nos pueden ayudar a poder vivir piadosamente y a poder vivir una vida obediente delante del Señor. Una de esas promesas en el Nuevo Testamento: el Señor promete, hermanos, que nuestra salvación está segura y que no importa lo que pase, porque Él nos tiene en su mano y nada de ahí podrá separarnos; Romanos 8:28. Él promete que nunca nos dejará ni nos abandonará; Hebreos 13:5. Él promete que todas las cosas obran para bien; Romanos 8:28. Él promete acabar la buena obra que ha comenzado en nosotros; Filipenses 1:6. Él promete que un día regresará, que un día le veremos y que un día le daremos gloria tal como Él es, pura y simplemente.

Y sabemos que, hermanos, como dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 1:20: "Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí." Por eso también, por medio de Él, todas las promesas de Dios para nosotros son un sí, y todas esas promesas nosotros podemos abrazarlas en esta mañana, en esta tarde, y deleitarnos en Él. Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia nos ha concedido sus maravillosas promesas —sigue diciendo Pedro— a fin de que por ellas lleguemos a ser partícipes de su naturaleza divina.

Las promesas de Dios nos permiten ser partícipes de esa naturaleza santa que Dios posee. Es probable que en este tiempo todavía nosotros no hemos sido vestidos del cuerpo glorioso, como se promete que en un momento seremos vestidos cuando este cuerpo terrenal dejará de ser. Pero mientras estamos aquí, si nosotros hemos creído en Cristo, ese proceso de revestimiento de la semejanza de Cristo ya ha comenzado. El apóstol Pablo en Gálatas 3:26-27 dice: "Pues todos son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que fueron bautizados en Cristo se han revestido de Cristo."

Si nosotros hemos creído en Cristo, si hemos puesto nuestra confianza en Él, Dios ya desde este momento —desde el momento en que yo entregué mi vida, me arrepentí de mis pecados y acepté su sacrificio en la cruz— me ha revestido de la ropa blanca, me ha revestido de la santidad de Cristo. Y revestido de esa santidad de Cristo, me ha permitido escapar de la corrupción que está en el mundo por causa del pecado, por causa de la concupiscencia. El creyente, ahora con esta naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el pecado, puede vivir de una manera digna del llamado que Dios nos ha hecho. Puede vivir de una manera piadosa, reverente y obediente para la gloria de nuestro Dios.

Yo no sé si a ustedes les sorprende o les maravilla, pero a mí particularmente me maravilla ver el Dios grande y poderoso que nosotros tenemos: que Él no nos ha pedido nada más de lo que nos ha dado. Él nos ha dado todo lo que necesitamos para poder vivir acorde a lo que Él nos ha pedido. Con eso en mente, yo quisiera que pasemos al punto dos. Hemos visto lo que Dios nos ha dado; ahora tenemos que ver: ¿qué me toca hacer a mí? Lo que Dios me ha pedido a mí.

Y ahora, yo lo veo diciendo en el verso cinco: "Por esta razón también, por todo lo que dije anteriormente, obren con toda diligencia." Muchas veces cuando escuchamos que Dios ya nos dio todo lo que necesitamos, yo pienso: "Bueno, ya tengo todo lo que necesito, ya me puedo sentar. Ya lo tengo todo, ya no necesito nada más, yo me puedo sentar tranquilo." Pero realmente esa no es la realidad, ni es el llamado nuestro como creyentes. Dios nos ha equipado, nos ha preparado, nos ha dado todo lo necesario para que caminemos la buena batalla de la fe, para que corramos la carrera que Él nos ha puesto por delante. Y el no hacer esto es algo similar a lo siguiente: a mí me entrenaron, yo fui entrenado con un entrenamiento de varios meses para ser un nadador profesional.

En términos dominicanos, yo fui tan bien preparado que Marcos Díaz y Michael Phelps —el nadador de muchas medallas— serían insignificantes al lado mío. Yo estoy tan preparado y tan equipado que estoy seguro de que no importa la carrera, yo puedo llegar a la meta; no importan las circunstancias, no importa cuál sea la trayectoria, yo estoy preparado para llegar a la meta. Y en el momento de la carrera, en el momento cuando yo tengo que entrar al agua, con toda la preparación y todo el entrenamiento que tengo, entro al agua y me decido a flotar. Y empiezo a flotar. Y floto y floto. Es muy probable que las corrientes del agua me alejen de mi meta, me lleven más lejos quizás, y después para volver sea más difícil.

De la misma manera nos pasa a nosotros. El creyente no flota; el creyente nada. El creyente entra a las aguas de la vida, la carrera de la fe, nadando activamente por las virtudes que Dios le ha dado, con las condiciones que Dios le ha dado, con el equipamiento que Él ya le ha dado. Y entramos nadando activamente, buscando llegar a la meta y buscando ayudar a otros a caminar juntos hacia ella. El creyente no flota, el creyente no se queda estático; el creyente nada activamente buscando llegar y acabar la carrera que tenemos por delante.

Un ejemplo similar nos lo enseñó Cristo en la parábola de los talentos, que encontramos en Mateo 25:14-30. En un momento cuenta la parábola que el señor decidió que iba a hacer un viaje largo. Y antes de irse, llamó a tres de sus siervos: a uno le dio cinco talentos, a otro dos talentos y a otro un talento. Dice el verso 16 que el que recibió cinco talentos enseguida, diligentemente, fue a negociar con ese talento. Y lo mismo hizo el que recibió dos talentos. Cuando el señor llegó y dijo: "Vamos poniendo cuentas," pudo decirles a estos siervos que obraron con diligencia: "Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, en lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor."

Pero aquel al que le dio un talento, que decidió guardar el talento —como estamos hablando, decidió ponerse a flotar, y flotar y flotar— cuando el señor llegó, fue confrontado duramente por su falta de diligencia. Y según la parábola, esta falta de diligencia fue una muestra de que este siervo no era parte realmente de los siervos del señor, porque fue echado fuera.

Pero dice el texto que nosotros, que somos siervos, diligentemente tenemos que añadir a nuestra fe virtud. Y esta palabra "virtud", en el original, quiere decir hacer actos heroicos. Y esto sonaría como que Pedro les está diciendo a estos hermanos: obre diligentemente, y a la fe que ustedes tienen en las promesas de Dios, a la fe que ustedes tienen en Cristo, agréguenle actos heroicos, que la gente alrededor de ustedes vea que ustedes son creyentes por la forma heroica como se comportan, por la forma como pagan sus impuestos.

Muchas veces he escuchado que mucha gente dice: "Wow, tú pagas tus impuestos, tú eres un héroe", porque en muchos países donde la situación está en los gobiernos corruptos, el hacer eso es algo heroico. Pero es algo que tenemos que hacer. Cuando yo no me aíro en el tránsito, cuando viene un carro y se me mete, eso casi es un acto heroico. Cuando yo amo a mi esposa como la Palabra me manda, cuando yo tengo la capacidad de perdonar, inclusive una infidelidad, esos son actos heroicos que yo tengo que agregarle a mi fe.

Y a esa virtud, a ese acto heroico también, yo tengo que agregarle otra cosa: yo tengo que agregarle conocimiento. Yo tengo que saber qué actos heroicos tengo que aprender, entender la Palabra, qué es un acto heroico y qué no, de forma tal que yo pueda vivir correctamente. Y a ese conocimiento, yo tengo que agregarle, dice Pedro, dominio propio. Tú tienes que aprender a controlarte también, tú tienes que aprender a manejarte, de forma tal que tú puedas discernir cuándo lo que estás haciendo es algo para la gloria de Dios, o es una pasión de tu carne que te está empujando a hacerlo.

A ese conocimiento, añádele dominio propio; y al dominio propio, añádele también perseverancia. ¿Y por qué perseverancia al dominio propio? Porque la realidad es que para hacer lo correcto, para hacer esos actos heroicos, nosotros vamos a tener que perseverar. Porque hay momentos donde nosotros vamos a querer tirar la toalla, hay momentos en que yo voy a decir: "Pero no vale nada, nada cambia, ella no cambia, él no cambia, yo no cambio, las circunstancias no cambian", pero yo estoy llamado a perseverar. Y es una perseverancia que no es una perseverancia de "bueno, tengo que perseverar porque no hay de otra", sino que es una perseverancia esperanzada, saber que un día esa perseverancia dará frutos, y que nosotros lo veremos.

Y a esa perseverancia, añádele también piedad. En momentos de impaciencia, cuando no quiero tirar la toalla, recuerda que esto tú lo estás haciendo de una manera que obedece a Dios, de una manera que tú muestras reverencia a Él, de una manera que tú muestras que esto lo haces para darle honor y gloria a Aquel que es digno de eso, a Aquel que es digno de que yo persevere. Y a la piedad, añádele también un poco de fraternidad. Esta fraternidad, esta disposición de servirnos unos a otros, demuestra que yo hago esto para la gloria de Dios, pero también lo hago buscando ayudar a mi hermano a acabar la carrera conmigo. Yo estoy nadando, pero también fraternalmente estoy ayudando a mi hermano a correr la buena carrera de la fe a mi lado.

Y Pedro sabía que nosotros somos tan difíciles como seres humanos que, para poder cumplir esto de fraternidad, tenemos que añadirle otra cosa. Y es la mayor de las virtudes: añadirle el amor. Él sabía que nosotros necesitamos amor para poder correr esta carrera de la fe juntos. Y él sabía que el amor iba a ser el medio distintivo por el cual nosotros nos íbamos a distinguir del mundo de afuera. Y Cristo lo dice de esa manera cuando lo vemos en Juan 13:35: "Y conocerán todos que son mis discípulos, ¿por qué? Por el amor que se tienen los unos a los otros."

Estas virtudes, el mostrar estas virtudes en nuestra vida, son las cosas que Dios nos pide que hagamos. Y cuando lo vemos, estas virtudes son muy similares a lo que Pablo en Gálatas 5 llama el fruto del Espíritu. Y se supone, hermanos, que si nosotros hemos creído en Cristo, si nosotros somos nueva criatura, estas virtudes de una u otra manera deben verse en nuestras vidas. Y buenas razones tenemos para que se vean en nuestras vidas, y este es el punto número 13.

El versículo 8 dice: "Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo." La Nueva Traducción Viviente, que lo pone un poquito más en nuestro lenguaje y nos permite entender lo que dice un poquito más fácil, dice: "Cuanto más crezcan en esta manera, más productivos y útiles serán en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo." Nosotros debemos abundar; estas virtudes deben abundar y crecer en nuestras vidas.

Y aquí vale hacer un paréntesis para reflexionar un poco en esto y preguntarnos: ¿está creciendo la virtud, el conocimiento, el dominio propio, la perseverancia, la fraternidad, el amor en nosotros? ¿Somos nosotros como una enredadera que está junto a la pared creciendo, creciendo a la imagen de Cristo? ¿Cómo estamos nosotros? ¿Cómo estamos creciendo? En vez de decir realmente que nosotros somos creyentes, estas virtudes tienen que estar siendo expuestas en nuestra vida. Probablemente en la vida de alguien algunas se vean más que otras; quizás para mí una crezca más rápido que la otra, pero de una u otra manera, estas virtudes tienen que estar abundando en nuestra vida.

Dios nos ha llamado a una vida de perfección; Él sabe que nosotros no vamos a ser perfectos. No podemos ser perfectos; Cristo fue el único perfecto. Pero Él nos llama a crecer, Él nos llama a buscar diligentemente aumentar estas virtudes en nosotros. Y quizás para entender esto de una manera más gráfica, piensa en un agricultor. Un agricultor no siembra una mazorca de maíz hoy y piensa que al otro día se la va a comer en un asado. Él la siembra hoy y sabe que se va a tomar tiempo, pero la siembra hoy, va la semana siguiente y ve cuando sale la ojita, va al otro día y ve que ya está germinando, va al otro día y ve que ya está la mazorca afuera. La realidad es que el agricultor se goza cuando corta la mazorca y se la puede comer, pero también se goza en ver el proceso, se goza en verla crecer, se goza en verla dar fruto.

Y lo mismo pasa con Dios. Dios se goza en vernos crecer, en vernos ir conformándonos a la imagen de Cristo. Él sabe de dónde nos sacó, Él sabe el lodo de donde yo vine, Él sabe las cosas que voy a tener que cambiar, Él sabe las heridas que yo tengo, pero Él se goza en ver que mi crecimiento va evolucionando, que lo que hoy era una carga, una lucha para mí, ya en un año no lo es, que las tentaciones que yo tenía ayer no son las mismas que tengo hoy. Él se goza en vernos crecer, en el abundar de estas virtudes en nosotros.

Y Él aquí, Pedro aquí, nos da una promesa. Él dice que estas virtudes, al abundar en nosotros, no nos dejarán ociosos ni estériles en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Si estas cosas aumentan en mi vida, si estas cosas son evidentes en mi vida, yo tengo la garantía de que yo voy a ser eficaz y fructífero en el conocimiento de Cristo. Yo voy a ser eficaz y fructífero en conocer a Cristo como Él es, y voy a poder adorarle por lo que Él es, por lo que Él ha hecho, por su naturaleza gloriosa. Y esto es una gran promesa, es una gran verdad que debe motivarme, que debe empujarme de una u otra manera a querer mostrar estas virtudes en mi vida, a querer que estas virtudes abunden, porque cuando abunden, yo voy a poder deleitarme y darle gloria a Aquel que se clavó en la cruz con mis pecados.

Y quizá muchos se preguntarán y tendrán la duda: "OK, ¿pero cómo yo puedo hacer para crecer más en esto, para que estas cosas abunden en mí?" Y basado en el versículo 5 que leímos anteriormente, yo pude sacar dos sugerencias. Número 1: basado en lo que Pedro nos dice, si queremos que estas virtudes abunden en nosotros, yo tengo que ser diligente. Yo tengo que ser intencional. Yo tengo que aplicarme a fondo, yo tengo que dar de mi tiempo, yo tengo que buscar morir a mí para que estas cosas salgan. Cristo dice en Juan 12:24: "En verdad, en verdad os digo, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto, pero si muere, dará mucho fruto." Yo tengo que buscar diariamente, decididamente, morir a mis deseos, morir a mis pasiones para buscar crecer en Él. Disciplinadamente, el apóstol Pablo le decía a Timoteo, en 1 Timoteo 4:7: "Disciplínate en la piedad." ¿Tú quieres crecer en Él? ¿Tú quieres que estas virtudes salgan en ti? Disciplínate en la piedad.

Y número 2, nosotros tenemos que tener confianza y fe en nuestro Dios. No es casualidad que Pedro dice que a la fe tenemos que agregarle la virtud. La raíz de los otros atributos, ¿cuál es? Es la fe. La fe en las promesas de Dios, fe en las misericordias de Dios, fe en la bondad de Dios, fe en la soberanía de Dios. Yo tengo que tener fe en Dios para que estas virtudes puedan verse en mi vida. Y no es casualidad que el autor de Hebreos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Si yo no tengo fe, para mí será imposible que estas virtudes crezcan en mi vida y que yo pueda abundar en ellas. Yo tengo que creer.

Y si estas virtudes, hermanos, de una u otra manera no están haciéndose evidentes en nuestra vida, el apóstol Pedro en el versículo 9 tiene un llamado de alerta para nosotros. Y dice el versículo 9: "Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados." Pedro advierte que si yo no estoy mostrando estas virtudes en mi vida, es probable que yo sea un ciego, que esté corto de vista. Y una persona ciega es una persona que no puede ver su condición. Ella no puede ver su condición espiritual, ella no puede ver sus heridas, las cosas que están sucias; esa persona no puede ver más allá de sus pies.

Esta persona ciega, cuando mira el futuro, lo que ve es neblina, y las promesas de Dios son opacadas por la tentación del mundo, por los deseos del mundo. Y una persona ciega, cuando mira el pasado, lo que en un momento le dio tanto gozo y tanta alegría de haber sido perdonada, de que sus pecados habían sido clavados en la cruz por Cristo, eso que a Dios le había dado tanta alegría, se convierte en una simple y mera oración vacía.

El apóstol Pedro dice claramente aquí que nosotros debemos buscar activamente, esforzarnos, reflejar estas virtudes, porque no hacerlo, termina diciendo el versículo 9, es un símbolo, es una evidencia de que nosotros hemos olvidado lo mucho que se nos ha perdonado y la gracia que hemos recibido en Cristo. Si estas virtudes no están en mi vida, yo tengo que revisarme, yo tengo que ver mi corazón y ver realmente si esa oración que yo hice unos días atrás, unos años atrás, unos meses atrás, fue real. Si realmente yo soy parte de la familia de Dios o no, porque es muy triste, hermanos, pero puedo compartirlo porque lo he vivido de cerca: ver mucha gente por años creer que por venir a la iglesia es ser cristiano, pero cuando es expuesta a prueba, puede darse cuenta de que no lo es.

Y en el versículo 10, Pedro, conociendo esto, hace un llamado a esta gente y les dice, versículo 10: "Así que, hermanos, sed tanto más diligentes para hacer firme vuestro llamado y elección de parte de Dios." Hermanos, ahora ustedes tienen que ser más diligentes para comprobar si ustedes son parte de la familia de Dios, si ustedes son creyentes, si sus obras muestran eso. Ustedes tienen que ser más diligentes ahora en eso: prueben, analicen, revisen sus vidas, porque lo peor es que ustedes se estén engañando a ustedes mismos, y eso es lo que Pedro dice aquí. Énfaticen eso: tenemos que ser más diligentes en ver nuestro llamado, en ver nuestra elección.

Y esto no es algo nuevo. El apóstol Pablo, en 2 Corintios 13:5, dice algo similar a los corintios. Él le dice a los corintios: "Poneos a prueba para ver si estáis en la fe; examinaos a vosotros mismos. ¿O no reconocéis a vosotros mismos que Jesucristo está en vosotros, a menos que no paséis la prueba?" Pablo, y el mismo Pedro como estamos viendo aquí, le dice a esta gente, y el Señor nos dice a nosotros: poneos a prueba. Yo os he dado todo lo que ustedes necesitan para vivir una vida piadosa; ahora poneos a prueba, pesen sus obras, a ver si son congruentes con la fe que ustedes dicen tener.

Y esto es algo muy similar a lo que Santiago, en Santiago 2:17-23, nos dice. Es una porción larga, pero la voy a leer completa, porque resume esto que yo estoy hablando. Santiago dice: "Así también la fe, por sí misma, si no tiene obras, está muerta. Pero alguno dirá: tú tienes fe y yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; haces bien. También los demonios creen y tiemblan. ¿Pero estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras la fe fue perfeccionada, y se cumplió la Escritura que dice: 'Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia', y fue llamado amigo de Dios."

Nuestras obras no son el salario que yo pago para hacerme creyente. Mostrar estas virtudes no es lo que yo pago para poder entrar a la presencia de Dios. Pero mis obras son una evidencia de la fe que yo tengo en Cristo; son una evidencia de que yo soy un verdadero creyente. Y hablando de este versículo, alguien dijo lo siguiente: "La virtud, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, la fraternidad, el amor, no son los salarios que pagamos para ganar la entrada al reino eterno. Estas son las pruebas necesarias que muestran nuestra confianza en las promesas de Dios." Y es de esta manera que ellas confirman nuestro llamado y nuestra elección. El mostrar estas virtudes en nuestra vida confirma, muestra, revela si nosotros somos hijos de Dios.

Y si nosotros podemos confirmar eso, si tú puedes pesar tus obras y decir: "Yo soy un hijo de Dios, hay evidencia en mí", el Señor promete aquí claramente. Él dice, siguiendo el versículo 10, que si nosotros hacemos eso, tenemos la certeza de que nunca, de que nunca tropezaremos. Esto no quiere decir que nosotros no vamos a tener momentos de dificultad, que no vamos a tener momentos de tristeza, ni quiere decir que no vamos a tener momentos en donde pequemos. Pero lo que esto quiere decir es que en esos momentos nosotros vamos a ver el propósito de Dios formándonos a la imagen y semejanza de Cristo.

Si nosotros en esta mañana podemos ver eso, podemos ver que somos parte de su familia, podemos tener la seguridad, la certeza y la paz de que Él promete que nosotros no tropezaremos. Podemos decir como decía el apóstol Pablo, que sabía que ni ángel, ni principado, ni potestad, ni lo presente, ni lo por venir, ni ninguna otra cosa creada, lo podría separar del amor perfecto que hay en Cristo Jesús. Si los de nosotros en esta mañana miramos nuestras obras, pesamos nuestras obras, y vemos realmente que somos hijos de Dios, podemos decir como el apóstol Pablo.

Y eso no quiere decir —voy a recapitular ahí— que nosotros vamos a ser perfectos, porque no lo vamos a ser. Pero si tú y yo somos creyentes de verdad, es imposible que nosotros seamos iguales, que vivamos de la misma manera como vivíamos antes de conocerle. Es algo imposible, porque todo el que se encuentra con Dios cambia; todo el que entrega su vida genuinamente al Señor cambia. Y John Newton, el autor del himno que cantamos muchas veces en la iglesia, "Sublime gracia", decía lo siguiente: "No soy lo que debería ser, tampoco lo que quiero ser, pero por la gracia de Dios no soy lo que solía ser." Él sabía que no había llegado a la semejanza de Cristo todavía; él sabía que no era un varón perfecto todavía, pero él podía mirar sus obras y podía ver que Dios ya estaba haciendo un cambio en él, que él estaba creciendo a la imagen y a la semejanza de Cristo.

Amado, si en esta mañana tú has podido entender esta verdad, si tú puedes ver que realmente eres un hijo de Dios, que pesas tus obras como hablamos ahorita y confirman tu salvación, tú puedes gozarte, tú puedes alegrarte, tú puedes regocijarte, versículo 11, porque a ti "se te ha concedido ampliamente la entrada en el reino eterno de nuestro Señor Jesucristo". Si tú puedes ver eso, tú puedes hoy regocijarte. Si tú puedes probar que eres un hijo de Dios, alégrate, porque un día podrás ver la entrada amplia, podrás ver la gran puerta la cual te da acceso a la presencia de nuestro Señor Jesucristo.

Y podremos verle, podremos estar ahí y podremos adorarle, podremos glorificar su nombre, podremos exaltarle por lo que Él hizo por nosotros. Y podremos escuchar de nuestro Dios las mismas palabras que estos dos siervos fieles oyeron: "Buen siervo fiel, entra en el reposo de tu Señor." Y al escuchar eso, el símbolo de coronas podremos ponerlo a los pies de Cristo y decirle: "Señor, si yo pude escuchar estas palabras, si yo pude ser fiel, fue porque tú me diste todo lo que yo necesitaba para hacerlo. Si yo pude vivir fielmente, fue porque un día a ti te plugo salvarme, capacitarme, equiparme para que yo tuviera todo lo necesario para entender la vida y vivirla de una manera piadosa." Él es el dador de todas las cosas, y a Él debemos darle toda la gloria.

Amado, si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, a nosotros ahora nos toca meternos a las aguas y nadar activamente para poder mostrar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable; que nademos activamente, ya capacitados. Nosotros no tenemos excusa: Él nos ha dado todo. Ahora me toca a mí nadar, nadar para glorificarle, para exaltar su nombre. Y mientras voy nadando, voy confirmando mi llamamiento. Y cuando confirme mi llamamiento, puedo tener la certeza, la paz, la seguridad, de que un día yo podré entrar por esas puertas, podré estar con Él, podré deleitarme en Él y podré exaltar al Dios que me ha dado vida y que mediante ella me dio la salvación.

Si esta mañana nosotros confirmamos que somos parte de la familia de Dios, tenemos las razones para salir por esa puerta y gozarnos, deleitarnos, porque Él ha prometido que si estamos en Él nunca caeremos, porque Él ha prometido que si estamos en Él un día le veremos y podemos adorarle como Él es.

Vamos a orar.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¿Será hasta la próxima cuando nos reencontremos en su Palabra? Por la fe, creo.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.