Integridad y Sabiduria
Sermones

Lo viejo pasó, lo nuevo llegó (parte 1)

Héctor Salcedo 8 noviembre, 2015

Si hemos nacido de nuevo en Cristo, nuestra vida no puede seguir los mismos patrones del mundo. Esta es la exhortación central que Pablo dirige a los efesios en el capítulo cuatro: lo viejo pasó, lo nuevo llegó. Pero antes de hacer ese llamado, el apóstol dedica tres capítulos a desplegar las riquezas espirituales que poseemos en Cristo: fuimos escogidos antes de la fundación del mundo, adoptados como hijos, redimidos por su sangre, sellados con el Espíritu Santo, y sentados espiritualmente con Cristo en los lugares celestiales. Estas verdades constituyen lo que algunos han llamado "el banco del creyente", un tesoro sin límites del cual podemos retirar sabiduría, paz, fortaleza y todo recurso espiritual que necesitemos.

Es precisamente en base a estas realidades que Pablo dice: "por lo tanto, ya no andéis como andan los gentiles, en la vanidad de su mente". Esa vanidad se refiere a la búsqueda incesante de satisfacción a través de ídolos modernos: el materialismo, la fama, el placer, la comodidad. Salomón lo experimentó todo y concluyó que era "vanidad de vanidades, correr tras el viento". Solo en Cristo el alma encuentra plenitud.

El nuevo nacimiento no es una remodelación sino una transformación. No hemos sido despertados de un sueño, hemos sido resucitados de la muerte. Como el mendigo que recibe una herencia millonaria pero se aferra a sus harapos, a veces mantenemos viejos patrones incompatibles con nuestra nueva naturaleza. El llamado es claro: despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo, viviendo de manera que cualquiera pueda notar la diferencia.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir nuestras Biblias en Efesios 4, versículo 17. Hoy vamos a iniciar una breve serie, una miniserie le llamamos, de tres mensajes alrededor de estos versículos 17 al 32. Hoy vamos a predicar una parte de ellos y hemos titulado la serie: "Lo viejo pasó, lo nuevo llegó". Al leer el pasaje de hoy se va a dar cuenta inmediatamente por qué hemos titulado nuestra serie de esa manera.

Nos dice así Efesios 4:17 al 24, vamos a leer hoy: "Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor, que ya no andéis así como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón. Y ellos, habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas. Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo estéis y habéis sido enseñados en Él conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir os despojéis del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que seáis renovados en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y la santidad de la verdad."

Como se pueden dar cuenta, el título tiene que ver con el mensaje central de este texto: lo viejo pasó, lo nuevo llegó. El viejo hombre se supone que quedó atrás; el nuevo hombre se supone que sea una realidad en nosotros. Cuando decimos viejo hombre y nuevo hombre, nos estamos refiriendo no solamente al hombre masculino, sino a la nueva naturaleza en Cristo que tenemos, y la vieja naturaleza en la carne que teníamos, la cual debe quedar atrás.

Este es un texto donde Pablo nos motiva, nos exhorta y, más bien, nos manda a un cambio en nuestras vidas, a que nuestras vidas se basen en aspectos distintos a como el mundo basa la suya. Comenzando el texto en el versículo 17, él dice: "Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor", y ahí pide que ya no andemos, "ya no andéis así como andan también los gentiles". Pero esa palabra pues —"esto digo, pues"— es importante que entendamos por qué está ahí.

Hay algunas traducciones que lo traducen como "por lo tanto" o "en consecuencia". En consecuencia es de lo que he venido diciendo, de lo que Pablo ha venido exponiendo en la carta a los efesios: "esto les pido, dado todo lo que les he dicho en los primeros tres capítulos de esta carta a los efesios". Y sería bueno que nosotros hiciéramos una revisión de en consecuencia de qué es que Pablo nos pide a nosotros que seamos renovados, que nuestra vida no se corresponda, o sea, que seamos diferentes a la vida de los gentiles.

Por lo tanto, cuando uno busca y estudia los primeros tres capítulos de la carta a los efesios, uno se percata entonces de las grandes verdades que esta carta contiene. A pesar de su brevedad, contiene extraordinarias verdades, al punto que la carta a los efesios ha sido llamada —y sobre todo esos tres primeros capítulos ha sido llamada— el banco del creyente, la chequera del cristiano. Es una gran verdad: el erario público de la cristiandad, donde podemos recurrir a las riquezas espirituales en Cristo —y dejamos del lado las materiales, que no tienen que ver con este mensaje— donde podemos recurrir sin límite alguno, sin ningún temor, a las riquezas espirituales en Cristo. Verdades extraordinarias que nos han sido dadas, y es en base a esas verdades que Pablo dice: "Por lo tanto, en consecuencia de esas verdades que son nuestras, entonces no vivan como viven los demás gentiles."

En base a esas realidades, hagamos una revisión de algunas de ellas, porque vamos a entender perfectamente por qué le llaman a este libro, a estos tres primeros capítulos de hecho, el banco del creyente, la chequera del cristiano, y el erario público de la cristiandad. Desde el capítulo 1, versículo 4, nos dice que Dios nos escogió en Él antes de la fundación del mundo. ¡Qué increíble verdad! Que antes de que yo hiciera algo bueno o malo, Dios me tenía en Su mente y me escogió antes de la fundación del mundo. Y yo me había de convencer con mi mente de que Su escogencia no es por obras, no es por mi bondad, no es por mi calidad humana; es por Su pura y sola gracia. ¡Increíble!

El capítulo 1, versículo 5, nos dice que nos predestinó para adopción como hijos. Si tú eres hijo de Dios, si tú has conocido a Cristo como Señor y Salvador, tú eres adoptado, adoptado en Su familia, legítimamente adoptado en la familia de Dios, hermano de Jesús, del cual Jesús dice que no se avergüenza de llamarnos Sus hermanos. El 1:7 nos dice que tenemos redención en Su sangre, y el 1:11 nos dice que somos coherederos en Cristo, que recibiremos toda la gloria y todas las riquezas espirituales habidas y por haber en el Señor, en gloria, junto con Jesús. El 1:13 dice que hemos sido sellados con el Espíritu como garantía de nuestra herencia.

El 2:1 nos indica que Dios nos dio vida a nosotros aun cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Cuando yo estaba muerto, cuando yo estaba ignorante a la verdad de Dios, cuando yo le daba la espalda a Dios y era Su enemigo literalmente, y mi estado era de muerte espiritual, en esa condición Dios tuvo misericordia de mí y me dio vida, estando yo muerto en delitos y pecados. Y no solamente eso, sino que espiritualmente hablando me sentó juntamente con Cristo en los lugares celestiales. ¿Qué implica eso? Implica que hay una realidad que yo poseo, hay un estatus que yo poseo, que todavía no lo puedo captar completamente porque no estoy en gloria, pero para Dios —como Dios ve todo el tiempo, pasado, presente y futuro, a una sola vez, porque Él está fuera del tiempo— Él me ve sentado con Cristo en los lugares celestiales. Y mi mente no, no, no se imagina; es literalmente lo que la Palabra dice: que las cosas que Dios preparó para aquellos que le aman, no nos podemos imaginar lo que Dios ha preparado para nosotros.

El 2:8 dice que por gracia hemos sido salvados por medio de la fe, y esto es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe. Un regalo: la salvación es un regalo de Dios por medio de la fe. El 2:10 dice que Dios preparó buenas obras de antemano para que anduviésemos en ellas, para que las hiciéramos. Él preparó mi vida; Él tiene un plan para mí, para que yo camine en esas obras que Él preparó. En el 2:11 se nos revela el misterio —le llama Pablo— de que los gentiles, nosotros, no judíos, hemos sido acercados a la familia de Dios, algo que no era así en el pasado, pero era un misterio que fue revelado luego de que Cristo vino. Y en el 3:18, Pablo ora por los efesios para que ellos comprendan la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo por nosotros. Si nosotros entendiésemos la dimensión del amor de Cristo por nosotros, nuestras luchas diarias con el pecado fueran mucho menos intensas, si entendiéramos la dimensión de Su amor. Y en el 3:20, Pablo agrega que aquel Dios que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Estas son algunas de las verdades solamente, apenas un resumen de algunas de las verdades en base a las cuales Pablo dice: "Por lo tanto, hermanos, por lo cual no vivan de una manera similar, como viven los gentiles, de una manera igual como viven los gentiles." MacArthur, hablando de la carta a los efesios, dice: el banco celestial no tiene ninguna clase de límite ni restricción. En el cielo no hay corralitos, no hay límite de lo que presupuestariamente puedes sacar con la tarjeta. Nada de lo que yo necesite está a mi entera disposición: si se trata de alguna riqueza espiritual, busco sabiduría; dice Santiago: búsquela en Dios, pídasela, y Él la dará abundantemente sin reproche. Necesito paz; Filipenses 4 me dice que vaya donde Dios y presente mi súplica con acción de gracias, y la paz de Dios vendrá sobre mí, la paz que sobrepasa todo entendimiento. Necesito fortaleza en Cristo; encuentro fortaleza: "Tu gozo es mi fortaleza." ¿Qué recurso espiritual necesito?

Necesito entonces sabiduría para caminar: la Palabra me ha sido dada completa, y es una forma de ver la vida completa. Yo puedo retirar lo que yo quiera de las riquezas espirituales en gloria para vivir mi vida de una manera que glorifique a Dios. Y MacArthur sigue agregando que no hay restricción; debido a ello, ningún cristiano tiene razón para estar arruinado, o raquítico, o empobrecido en su vida espiritual. De hecho, no tiene razón alguna para no estar del todo sano y rico de forma inmensurable en las cosas de Dios. Los recursos celestiales del Señor son más que adecuados para cubrir todas mis deudas pasadas, todas mis obligaciones actuales y todas mis necesidades futuras, sin que las arcas celestiales se reduzcan en lo más mínimo. ¡Gloria a Dios!

Es entonces luego de esta extraordinaria presentación de las riquezas espirituales que tenemos en Cristo —que tengo yo, un hombre ordinario, un dominicanito del siglo XXI— que también tengo acceso al trono de la gracia, con todas estas riquezas espirituales dispuestas a mi disposición. Es aquí entonces donde Pablo, en el capítulo cuatro que leímos hace un momentito, hace una transición entre la teología y la práctica. Lo que yo sé de mí y de Dios tiene que traducirse en la forma como yo vivo. ¿Y cómo se manifiesta eso en mi vida? Pablo pasa entonces de la doctrina al deber. En otras palabras, la teología se nos revela en los primeros tres capítulos para que mi vida cambie en los próximos tres capítulos.

Esa no es la primera vez que Pablo hace eso. Es la fórmula paulina, le llaman, de poner primero las verdades que estimulan el alma para vivir de una manera agradable a Dios. Los primeros capítulos de muchas cartas de Pablo son verdades indicativas de lo que Dios ha hecho por nosotros y de lo que nosotros somos por medio de Cristo, y luego en los últimos capítulos entonces están aquellos llamados a vivir de una manera que sea consonante o digna de las verdades que ha expuesto. En Gálatas lo hace: en los últimos dos capítulos de Gálatas, de cuatro y cinco capítulos, se pasa explicando la razón por la que ellos deben sentirse libres en el Evangelio; les explica el Evangelio de Jesucristo, la gratuidad del Evangelio; luego les dice: "Vivan entonces según esa libertad."

En Romanos, en los primeros once capítulos, él habla de las misericordias de Dios, de la gracia de Dios, de la justificación, de la justicia de Cristo que hemos recibido como un regalo imputado a nuestra cuenta, y ya no tenemos que cargarnos con nuestros pecados ni vivir una vida perfecta para ganarnos el cielo, sino que Cristo lo ha ganado por nosotros. En los primeros once capítulos le explica todo eso, y en el 12 dice: "Por tanto, por consiguiente, por las misericordias de Dios, presenten vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional." Las verdades de la teología, las verdades de Dios en Su Palabra, me estimulan y estimulan mi alma a vivir para Él. Esa es la razón por la que Pablo en los primeros tres capítulos pone todo ese despliegue de riquezas espirituales.

Y ahora entra al capítulo cuatro y nos dice: "Entonces esto pues, por consiguiente, por lo tanto, afirmo juntamente con el Señor, que ya no andéis así como andan también los gentiles." Claro, obviamente: después de lo que yo te he explicado, de lo que Dios ha hecho por ti, después de lo que tú eres en Cristo, ¿cómo vamos a andar de la misma manera en que andan los gentiles? El mensaje central de este texto que leímos en el día de hoy es precisamente que mi vida debe ser totalmente diferente a la vida que se vive en el mundo. La forma como yo vivo debe ser notablemente distinta a como los que viven en el mundo viven sus vidas; debe estar basada en otros principios, debemos tener otra manera de pensar y debemos tener otras prácticas de vida en todos los ámbitos de la vida, en absolutamente todos los ámbitos de la vida.

Verdaderamente, en Cristo lo viejo pasó y lo nuevo llegó. Esa es una gran verdad que yo tengo ahora que vivir, y ese es el llamado de Pablo entonces: a que nosotros vivamos de una manera distinta. Si yo voy a hacer que lo viejo pase y lo nuevo llegue, yo debo entender que mi vida se ha de basar en criterios distintos a los que el mundo usa para vivir. Yo tengo que entender eso.

Tu vida tiene que ser diferente, y tiene que haber una notable diferencia entre lo que es mi vida y la vida del resto. En este caso, le dice a los efesios: "Ya no andéis como andan también los otros gentiles." En otras traducciones dicen "los otros gentiles": ellos eran gentiles, pero los otros gentiles son aquellos que no han conocido a Cristo. No anden como ellos. Esta expresión de que no andemos como ellos se refiere a la vida, a toda la vida. Andar es una expresión que se usa en la Palabra en muchas ocasiones, sobre todo Pablo, para hablar del caminar del ser humano, del vivir.

Cuando decimos que no anden como andan los gentiles, es que no vivan como viven ellos. Se refiere a la vida en todos sus aspectos, externos e internos: lo que yo hago, ejecuto y practico, como lo que yo siento y persigo con mi mente y en mi corazón. Mis motivaciones tienen que ser distintas, mis acciones tienen que ser distintas. Es decir, que andar incluye los aspectos de mi vida que se ven como los que no se ven. Esto tiene que ver con lo que el hombre hace como con lo que el hombre es. Nosotros hemos de andar de una manera diferente a como el mundo camina.

Pablo añade: "Y afirmo esto juntamente con el Señor." En 1 Corintios 7, Pablo habla en los mismos términos. Pablo le está dando una instrucción a los corintios acerca del matrimonio o la separación matrimonial, y qué pasa cuando una pareja vive con un no creyente que no se quiere separar, o si se quiere separar. En una ocasión él dice: "Esto dice el Señor", como si fuera de parte del Señor, y luego dice: "Esto digo yo, no el Señor." Lo que él quiere decir es que en una ocasión había instrucción específica de parte de Jesús, y dice: "Esto dice el Señor." En otra ocasión es su opinión, pero obviamente es Palabra inspirada de Dios por el apóstol. Pero en este caso, por lo visto, él recibió una instrucción específica de parte de Dios: que el Señor le instruía a los efesios a que su vida se diferenciara del resto de los gentiles.

Hermanos, tu vida, si tú eres un hijo de Dios, una hija de Dios, es diferente, notablemente diferente a la de los gentiles, a la de los que no conocen a Dios. Voy a quitar la palabra "gentil" porque nosotros somos gentiles también: el resto de los gentiles que no conocen a Dios. Si alguien ve tu vida y te ve a ti actuar, vivir, trabajar; te ve en tu casa, en tu trabajo, con tus hijos, con tu esposa, con tus amigos, ¿podría notar la diferencia entre tu vida y la vida del resto del mundo? ¿Hay sendas diferencias, hay notables diferencias entre una vida y otra? Si no las hay, me pregunto por qué no las hay, pero debería haberlas.

Tu mundo interior, tu mente: si de alguna manera tú pudieses desplegar lo que tú estás pensando delante de alguien, ¿pudiera esa persona ver que tu mente está ocupada en cosas que tienen que ver con Dios, con su gloria, con su reino, con sus apetitos, con sus deseos, con sus propósitos para tu vida? ¿O está mi mente ocupada simplemente en la vanidad de la vida? Es una primera pregunta que surge claramente cuando Pablo nos dice que no andemos como andan también los demás gentiles.

Es notable la diferencia. Con dolor y tristeza yo puedo decir, en mi propia vida y en la vida de otros, que a veces nuestra vida da trabajo distinguirla; a veces nuestra vida incluso parece hablar en contra de la fe que nosotros decimos creer, para que nuestra vida hace cuestionar nuestra profesión de fe. Nuestras prácticas cotidianas, la forma en que pensamos y vivimos y las cosas que perseguimos en la vida, la forma como reaccionamos, como actuamos, esa no es la voluntad de Dios para nosotros. Afirmamos juntamente con el Señor que ya no andéis así como andan también los gentiles.

¿Y cómo es que andan los gentiles? Bueno, ellos andan en la vanidad de su mente. Dice: "Como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente." Es decir, Dios no quiere que nosotros andemos en la vanidad de nuestra mente. ¿Qué significa eso? ¿Qué no me puedo peinar? ¿Qué no puedo ver televisión? Bueno, la palabra "vanidad" tiene que ver con todo lo que no tiene valor y significado eterno, profundo; algo que no tiene ningún fin específico, algo sin sentido, algo inútil.

Pensemos, por ejemplo: es una palabra que se usaba mucho en el Antiguo Testamento, y también en el Nuevo, pero sobre todo en el Antiguo, para indicar la práctica de la idolatría, los ídolos falsos, los ídolos de madera, de metal, de oro y plata. Dios le atribuyó a la idolatría siempre que era vanidad, que era algo vano, que era algo fútil y que era algo inútil. Las razones: el ídolo no habla, el ídolo no siente, el ídolo no tiene poder, el ídolo no existe. Pero a pesar de todo eso, estos individuos le dedicaban toda su atención y toda su devoción y toda su ceremonia a estos ídolos que no tenían vida y que no podían satisfacer el alma.

El equivalente de los ídolos de piedra, de metal y de madera de esa época son los ídolos que hoy tenemos y que hemos construido: el ídolo del materialismo, del consumismo, el ídolo de los logros, el ídolo de la imagen y de la fama, el ídolo del entretenimiento, el ídolo de mi propio confort, el ídolo del dinero. No construimos una estatuilla, pero estamos completamente dedicados a estas cosas que no tienen fin, que no tienen objetivo ni utilidad eterna, y que sencillamente pasan, se esfuman.

El autor de Eclesiastés, que fue Salomón, por lo menos eso entiendo —hay otros que entienden que es otro, pero la mayoría de aquellos que yo consulto creen que fue Salomón—, un hombre sabio hasta el punto que Dios dijo que no hay uno más sabio en la tierra, ni existió ni existirá. Salomón escribe el libro de Eclesiastés y es un libro casi autobiográfico, donde expone su búsqueda de la satisfacción y del placer en la vida. Él comienza diciendo que comenzó a buscar el provecho, la satisfacción y la plenitud en la vida, e hizo muchas pruebas.

Primero la buscó a través de la sabiduría, del conocimiento, de la destreza intelectual, y dice que no la encontró ahí. Luego, a través del poder político y el poder económico, dice que acumuló soldados, carros y caballos, y no encontró ahí tampoco la satisfacción de su alma y la plenitud de su ser. Luego se dedicó a acumular cosas, construcciones, megaconstrucciones, oro y plata, y buscó ahí la satisfacción y la plenitud, y tampoco la encontró. Persiguió el arte, acumuló arte, cultivaba la música y la poesía, tenía grupos de cantores y de cantoras para él, y dice que tampoco le llenó. Y siguió su búsqueda por el placer sexual, acumulando —bueno, cosa que no se puede mencionar— la cantidad de mujeres que tenía Salomón a su disposición, y tampoco encontró ahí la satisfacción.

Él comienza el libro y termina el libro con las siguientes palabras: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad y correr tras el viento." Aquí en el mundo humano y terrenal, todo se escapa de sus manos; es correr tras el viento. ¡Qué buena expresión! ¿Le has corrido atrás a un viento? Córrale atrás a un viento para que usted vea dónde va a llegar. No tiene sentido: ¿a dónde va el viento? ¿Cómo lo persigo? ¿Lo veo? Quizás si levanta un poquito de polvo veo que el viento va por ahí, pero de repente desaparece. Y así es el hombre en su búsqueda incesante de satisfacción y de plenitud, probando todas estas cosas, pensando que él sí va a descubrir la fórmula de la satisfacción a través del dinero, del placer, del poder, de la fama, de la comodidad... Y el hombre vuelve y se encuentra con una pared que se levanta delante de él y le dice: hombre, en esta tierra no puedes encontrar la satisfacción fuera del Señor, fuera de Dios.

C. S. Lewis decía: "Si tú encuentras que en este mundo nada te satisface, probablemente tú fuiste creado para otro mundo." Y esa es la realidad. Fuimos creados —es el mismo libro el que nos dice— que Dios puso la eternidad en el corazón del hombre, y solo el Eterno, en la persona de Cristo, satisface esa búsqueda.

Los gentiles andan en la vanidad de su mente. Es esta búsqueda incesante de satisfacción a través de cosas vacías, vanas e idolátricas que no llenan el corazón pero que llenan el tiempo. Y hoy en día, las vidas de muchos se caracterizan —las vidas de muchos, incluso nosotros— por la suma incontable de momentos triviales: haciendo muchas cosas que no tienen ningún valor en sí mismas, ninguna de ellas, pero que ocupan el tiempo, ocupan la vida, absorben mi atención. Cosas que no tienen ningún valor, ninguna utilidad. Dios no quiere que yo viva en la vanidad de mi mente, buscando cosas sin sentido, sin utilidad, sin valor, sin durabilidad, que no soportan la prueba de la eternidad.

Y yo sé —yo soy humano— que ninguno de nosotros puede vivir como Jesús. Jesús no perdió un minuto, un segundo de su vida que no fuera dedicado a traer gloria absoluta a su Padre. Yo no puedo vivir así, pero esforcémonos. Tenemos al Espíritu dentro de nosotros, estamos sentados en las regiones celestiales con Cristo, tenemos al Espíritu Santo que nos ha sido dado como sello y garantía de nuestra herencia. Su presencia está en nosotros, su Palabra está con nosotros, hemos sido estimulados a vivir de una manera diferente, no en la vanidad de mi mente, sino en la búsqueda de la gloria de Dios. Y aunque no lleguemos a la estatura de Cristo, sí podemos perseguir ese estándar.

Y qué bueno que Cristo vivió, porque Él vivió por mí. Mis deficiencias y mis trivialidades, Jesús las cubrió al vivir por mí. Él vivió de manera perfecta para que yo entonces reciba, a través de su gracia, esa justicia perfecta en mi favor, y yo pueda entonces tener acceso a la presencia de Dios.

En manos de esto se trata, entonces, este texto: de un llamado, de un reclamo, a no vivir de una manera similar a cómo vive el resto del mundo en la vanidad de su mente. Obviamente, también, además de lo que yo acabo de decir, de la búsqueda de satisfacción a través de todas estas cosas, hay también aquí un llamado a la pureza de vida. Y aunque no es el tema de este sermón, sí va a ser el tema del último sermón de esta serie. Pero esa vanidad de vida a la que se dan los gentiles les conduce a una vida licenciosa, inmoral, corrupta, pecaminosa.

Y si nosotros leemos el versículo 17 hasta el versículo 19, fíjense cómo Pablo dice que ellos viven en la vanidad de su mente. Ahora, dice el versículo 18: "ennegrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; y ellos, habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas." Allí hay toda clase de impurezas: hay corrupción sexual, materialismo, hay ira desenfrenada, hay infidelidades, hay de todo.

Fíjense: cuando yo comienzo a dedicar mi vida a cosas triviales, mi moralidad se deteriora. Cuando yo alejo mi mente de lo que debe estar enfocada, que es en Dios, mi moralidad se desvía. La forma como vivo, mi práctica de vida, sencillamente comienza a responder a mis nuevos ídolos, a mis nuevas búsquedas, y me doy licencia porque he hecho nuevos ídolos.

Entonces, así andan los gentiles en la vida: andan en la vanidad de su mente, en la búsqueda incesante de una satisfacción que no se encuentra aquí, a través de ídolos terrenales. Dios no quiere que andemos así. Dios no quiere que nuestra vida se caracterice por esas búsquedas inútiles y por patrones de conducta pecaminosos e inmorales que simplemente están respondiendo a esta búsqueda de satisfacción en ídolos, en ídolos y dioses que no existen.

Ahora, como ya les dije al principio, la razón por la que Pablo llama a los efesios a vivir de esta manera es por las realidades que él ha expuesto en los primeros tres capítulos de Efesios. Pero si nosotros meditamos también en lo que significa el nuevo nacimiento y lo que la Biblia dice que ha ocurrido en mi corazón cuando yo me convierto, nosotros también podemos agregar a ese llamado un estímulo adicional. Hermanos, si hemos conocido a Cristo como Señor y Salvador, no somos los mismos. No somos los mismos. Seguir actuando de la misma manera es inconsistente con lo que nosotros somos.

El nuevo nacimiento supone no solo un cambio de rumbo, sino un cambio de naturaleza. La naturaleza, la esencia, mis deseos han sido cambiados; mi enfoque en la vida ha sido cambiado cuando yo me convierto. Esa es la razón por la que el nuevo nacimiento en la Biblia se describe como una regeneración. Esa palabra se usa en dos ocasiones en la Biblia: hemos sido regenerados por medio del Espíritu Santo. Nos han hecho de nuevo. Esto es lo que implica: yo he sido hecho de nuevo a través de la conversión.

Se nos ha dado un nuevo corazón, dice Ezequiel 11:19: antes de piedra, ahora es de carne. Filipenses 3:20 dice que yo soy un ciudadano del cielo y que mi ciudadanía no está aquí en la tierra. 1 Corintios 2:16 dice que tenemos la mente de Cristo; tenemos la mente de Cristo, podemos pensar como Él, podemos conocer Su voluntad para nosotros. Y 2 Corintios 5:17 dice: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, y he aquí todas son hechas nuevas."

Hermanos, el nuevo nacimiento no es una remodelación, es una transformación. Yo no he sido despertado de un sueño; yo he sido resucitado de la muerte. Y si eso ha ocurrido, hermanos, ¿cómo me explica usted —y yo le trato de explicar— cómo es posible que, si yo veo mi vida, yo siga viviendo como vive el mundo, o como yo vivía antes de conocer a Cristo?

Imagínense el mendigo vestido de harapos, vestido de desperdicios de ropa. Lo encuentran en una esquina, un abogado, y le dice: "¿Usted sabe que ha recibido una herencia de diez millones de dólares? Ven, quítate todo esto, deja esa ropa ahí, que yo te traigo ropa nueva." "No, espérate, si tú no me la das... No, pues yo no puedo así, sin ropa. Espérate, yo no sé si me la voy a quitar o no me la voy a quitar." A veces nosotros estamos en eso. Nosotros hemos recibido las riquezas en Cristo —riquezas espirituales—, hemos sido transformados en nuestra propia esencia, y mantenemos los mismos patrones, como ese mendigo mantiene sus harapos, apegados a él.

No. La Palabra dice: despójate, quítate el viejo hombre, quítate lo viejo, y ponte el nuevo hombre. Porque ponerse los harapos —eso significa la vida, la vida que tú debes tener— tiene que ir en correspondencia con tu nueva naturaleza. Entonces, veamos nuestra vida y veamos si se corresponde o no con la nueva naturaleza que hemos recibido en Cristo. Si no se corresponde, despojémonos del viejo hombre y vistámonos del nuevo hombre en Cristo.

Es que no creemos que hemos recibido la herencia. Es que el mendigo dice: "No, yo no creo que eso sea verdad." Bueno, ven para demostrártelo. Vayamos a la Palabra, estudiemos la Palabra, escudriñemos nuestro corazón: ¿hemos conocido a Cristo realmente? ¿Conocemos Su sacrificio, lo que hizo por nosotros? "Eso es lo que yo he visto; yo he visto cambios en mi vida. Pues yo soy entonces un heredero con Cristo." Yo puedo comenzar a caminar según mi nueva naturaleza; yo puedo comenzar a despojarme y a ponerme la nueva naturaleza, la nueva vida que es correspondiente con mi nueva naturaleza, hermanos. Esa nueva naturaleza me da el conocimiento de lo que está mal, me da la motivación para cambiarlo y el poder para erradicarlo de mi vida.

De eso se trata Efesios 4:17 en adelante. Mi vida ha de caracterizarse por una novedad de vida —así le llama Romanos a la vida que hemos recibido, en Romanos 6—. Hemos recibido en Cristo una novedad de vida: nueva, totalmente nueva, con nuevas motivaciones, con nuevo poder, nuevos intereses. Y por lo tanto debe manifestarse en la forma como yo vivo en el día a día, en mi práctica diaria, en mis relaciones con los demás: con mi familia, con mi esposa, con mi esposo, con mis hijos, con mis amigos, con mi compañero de trabajo, con mi ciudad, con mi sociedad. Todo debe cambiar.

"No andéis como andan los gentiles en la vanidad de su mente." Es por esas razones, hermanos, por estas realidades, que Pablo les hace una especie de reclamo a los efesios. No es una sugerencia de que lo intentemos. Les dice: "Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor." Otra traducción dice: "Les requiero que ya no andéis como andan también los gentiles en la vanidad de su mente," buscando cosas que no tienen nada que ver con la gloria de Dios, dándose a todo tipo de prácticas que no se corresponden con la nueva naturaleza.

Hermanos, pensemos entonces: ¿se diferencia mi vida actual de mi vida anterior? ¿Se diferencia mi vida del resto de los gentiles? ¿Puede alguien notar —como ya les pregunté hace un momentito— que yo tengo una nueva naturaleza en Cristo? Si tú dudas, yo dudaría incluso de mi propia conversión. Si tú dudas que alguien pueda notar esa diferencia, yo le diría: "Señor, dame discernimiento y ayúdame a saber," como Pablo le pide a los corintios: "Examínense a ver si están en la fe." Porque cuando las cosas no son consistentes, cuando mi caminar no se corresponde con una nueva naturaleza, yo tengo que preguntar: "Señor, ¿qué es lo que pasa? ¿Tanto he endurecido mi corazón? ¿Yo pensé que era Tu hijo, pero no lo soy?" Esa es una verdad que puede ser liberadora y buena para muchos. Es triste saberlo, pero es necesario saberlo, porque nosotros estamos llamados a vivir de una manera distinta.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.