Ser legalmente libre no garantiza vivir como libre. Tras la Guerra Civil estadounidense, muchos esclavos emancipados seguían comportándose con el mismo servilismo y temor de antes, incapaces de creer que su condición había cambiado. Esa desconexión entre identidad y conducta ilustra lo que ocurre en la vida cristiana: somos nuevas criaturas en Cristo, pero a menudo permanecemos vinculados emocionalmente a nuestro viejo hombre.
Pablo escribe a los efesios con un "por tanto" que conecta la verdad con la vida práctica. Dado que hemos sido revestidos con una nueva naturaleza, debemos dejar la mentira y hablar verdad, abandonar la ira y practicar el perdón, rechazar el robo y cultivar la generosidad. La verdad cristiana no es para ser admirada sino vivida; quien solo escucha sin obedecer se engaña a sí mismo, como quien mira su rostro en un espejo y olvida inmediatamente lo que vio.
Esta transformación va de un extremo a otro: no basta con rechazar el pecado, hay que cultivar la virtud opuesta. Y aunque la salvación es solo por fe, la santificación requiere nuestra participación activa, haciendo uso de los medios de gracia que Dios provee: su Espíritu, su Palabra y la comunidad de fe. A veces no cambiamos por ignorancia, otras por falta de meditación, otras por incredulidad o simple desobediencia. Como aquel nuevo creyente que sintió incomodidad viendo artes marciales mixtas sin que nadie le dijera nada, el Espíritu nos señala aquello que no corresponde con nuestra nueva identidad. Nos toca decidir si obedecemos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Gracias por la bienvenida. Hoy se concluye una miniserie, como le hemos llamado, como el pastor Luis indicaba, una miniserie de tres sermones sobre una porción de la carta del apóstol Pablo a los efesios en su capítulo 4. Hemos estudiado, en tres sermones —este es el último de ellos—, desde el versículo 17 al versículo 32. Si hemos titulado toda la serie: "Lo viejo pasó, lo nuevo llegó", haciendo alusión precisamente a la transformación que ha ocurrido en nuestras vidas al venir a Cristo.
Esa transformación tiene implicaciones; ha de tener implicaciones en nuestras vidas, en la manera como vivimos, como actuamos, como respondemos a lo que es nuestro caminar. Yo quisiera usar una ilustración que hemos usado en el pasado, pero creo que es apropiado traerla una vez más a la luz de lo que vamos a exponer.
En el año 1865 termina en Estados Unidos lo que se llamó la Guerra de Secesión, la guerra civil. Fue una guerra que involucró a estados del Norte y un grupo de estados del Sur, todos luchando, unos por un ideal y otros por otro ideal. En esa época, Abraham Lincoln era el presidente de los Estados Unidos, y la lucha de la guerra civil duró casi toda su presidencia; duró básicamente los cuatro años de su mandato. Cuando la guerra termina, se produce una proclama de que la esclavitud, el sistema de producción basado en la esclavitud, había quedado abolido, y por lo tanto los esclavos que todavía permanecían como esclavos en el Sur eran liberados.
A pesar de eso, de manera muy natural, muchos de esos esclavos, a pesar de recibir esta proclama de liberación, seguían comportándose como lo que ellos eran anteriormente: como esclavos. El mismo espíritu de servilismo, los mismos temores de ser esclavos, los seguían sintiendo y permanecían con ellos. Los mismos esclavos no se creían esto de que habían sido liberados, y fue así por un buen tiempo, desde que ellos fueron declarados o proclamados libres hasta que verdaderamente se sintieron como libres.
Es decir, eran hombres legalmente libres, pero no psicológicamente libres, no emocionalmente libres. Y porque no cambió su mentalidad, tampoco cambió la manera como ellos vivían y la manera como ellos actuaban. Ellos sentían que tenían menos derechos, que tenían menos oportunidades, que tenían menos prerrogativas en la sociedad, y así se mantuvieron durante un tiempo, a pesar de que su condición de esclavos ya no existía.
Si nosotros hubiéramos vivido en esa época y hubiéramos sido un hombre libre, una mujer libre, y nos encontramos con uno de estos esclavos comportándose como tal, probablemente le hubiéramos dicho: "¿Y tú eres libre? ¿Por qué actúas así? Ya tú no tienes esa obligación de someterte a los dictados de los demás como lo hacías antes. Eres libre; siéntete y actúa como lo que tú eres."
Y eso es una realidad en el corazón del ser humano, en las emociones del ser humano: uno está condicionado a actuar y a desenvolverse en función de lo que uno cree que uno es. A mí me ha pasado cuando he estado en el extranjero. En dos ocasiones me ha tocado residir fuera, y a pesar de que he estado legalmente residiendo ahí, yo no me sentía como un ciudadano de pleno derecho. Yo me sentía que no podía tocar bocina muy duro, sentía que no podía reclamar en una tienda si me trataron mal; uno se siente como en un segundo plano. No sé por qué, simplemente una sensación de falta de pertenencia, una sensación de que no tengo los mismos derechos que los nacionales de ese país. Me siento como incapaz.
Yo no sé si tú te has sentido así en alguna ocasión, pero la realidad, el punto que quiero enfatizar, es que mi identidad —lo que yo siento que soy— determina la manera como yo actúo y vivo en la vida. Y eso es así de manera muy particular en la vida cristiana.
Eso es lo que Pablo les dice a los efesios en su capítulo 4, versículo 17 en adelante, y lo que hemos venido estudiando. Pablo les dice que ya no pueden vivir de ciertas maneras porque ellos son otra cosa. No se corresponde que vivan de aquella manera porque ellos ya son otra cosa. Miren cómo lo dice en el versículo 17:
"Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ya no andéis como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; y ellos, habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas. Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad le oísteis y habéis sido enseñados por Él, conforme a la verdad que hay en Jesús: que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre que se corrompe según los deseos engañosos, y que seáis renovados en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, el cual en la semejanza de Dios ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad."
Esa porción fue la que expusimos en los dos mensajes anteriores, y el mensaje central de esa porción es que nosotros estamos llamados a vivir de una manera diferente a los gentiles, al que está en el mundo, al que está sin Cristo, al que no tiene al Señor como su centro, como su Dios. Hemos de vivir de una manera diferente.
¿Y cuál es la razón que da Pablo? Da dos razones. La primera: ustedes no han aprendido a Cristo de esa manera. Eso lo explicamos la semana pasada. Cristo no tiene nada que ver, en otras palabras, con esa manera de vivir en la que andan los gentiles: en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, y las otras descripciones que da el apóstol. Ustedes saben que Cristo no tiene nada que ver con ese tipo de vida.
Y número dos, la segunda razón: aparte de que no han aprendido a Cristo de esa manera, y Cristo no tiene nada que ver con eso, es que ustedes saben que su viejo hombre quedó atrás. Ustedes han sido vestidos con un nuevo hombre que no lo crearon ustedes; lo creó Dios. Dios hizo la proclama de que ustedes son nuevos, nuevas criaturas, nuevos hombres y mujeres en Cristo. Y Pablo entonces dice: actúen como tales.
Pero a veces nos pasa lo mismo que le pasaba al esclavo, que seguía vinculado emocionalmente y psicológicamente a su estatus de esclavo. Y muchos permanecemos vinculados espiritualmente al estatus de viejo hombre o vieja mujer, en sus andanzas, en su enfoque de la vida, en la forma como actúa y como procede, en la forma como camina. Esas son las dos razones que Pablo da: por esa razón ustedes tienen que ser diferentes, porque no han aprendido a Cristo de esa manera y, por otro lado, porque ustedes son nuevas criaturas, nuevos hombres; el viejo hombre quedó atrás.
¿En qué sentido hemos de ser diferentes a los gentiles? ¿En qué sentido hemos de ser diferentes a nuestra vieja naturaleza? En dos cosas. Uno, nuestro enfoque: yo no ando ya en la vanidad de mi mente. Nosotros, los que estamos en Cristo, no andamos en la vanidad de nuestra mente, es decir, no andamos en la vida buscando llenar nuestra satisfacción con asuntos triviales. Vivimos con propósito porque Dios lo ha dado; vivimos para Su gloria, porque no hay nada más digno que eso, y hemos dejado atrás todos los aspectos triviales de esta existencia temporal, terrenal y transitoria.
Y por otro lado, aparte de nuestro enfoque que difiere del de los demás, también las formas en las que vivimos —cómo actuamos, cómo sentimos, cómo reaccionamos— deben ser totalmente diferentes. Eso es lo que Pablo viene ahora a hablarles a ellos: cómo sus formas de vida deben ser distintas a lo que son las formas de vida de los gentiles y a lo que eran sus formas de vida pasadas.
Lean conmigo desde el versículo 25 en adelante, donde Pablo comienza —o más bien continúa— diciendo de qué manera debe diferir su vida. Este es el texto de hoy:
"Por tanto, dejando a un lado la falsedad, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo. El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad. No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchen. Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maldisencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo."
La nueva manera de vivir que se corresponde con la nueva naturaleza que tengo, esa es. El esclavo que yo era no podía comportarse así; ahora soy un hombre libre en Cristo que puede comportarse de esa manera. Por tanto, dice Pablo, por lo que ustedes son, por lo que Dios ha hecho de ustedes, ahora vivan de esta manera.
Y este es un texto, una porción tan práctica, tan clara, tan fácil de entender. Aquí no hay interpretaciones rebuscadas, ni hay que buscar un diccionario en griego para entender lo que Pablo está diciendo. Yo pienso que mi prédica es hasta innecesaria en este texto en particular. ¿Quién no entiende "dejando a un lado la falsedad, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros"? ¿Qué hay que explicar? "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo." ¿Qué hay que explicar?
No quiero que me pase como al pastor que en una ocasión estaba predicando una serie y llega la porción donde Jesús —o más bien— Jesús les enseña a sus discípulos que se amen los unos a los otros como Él los ha amado.
Y el segundo, lo que el texto dice es que se amen los unos a los otros como yo os he amado. Vívanlo, bendiciones. Hay cosas tan evidentes, tan obvias, que aquel que está en Cristo, por medio de la iluminación del Espíritu, podemos entender fácilmente lo que estas cosas nos quieren decir. Es mi exhortación que ustedes lean estas cosas nuevamente, más adelante, y puedan hacerlo de manera consciente y profunda, y puedan aplicar las cosas que estos mandatos implican. Y en razón de la sencillez que tienen, yo no voy a entrar en cada uno en detalle.
Lo que yo quiero hacer es ver algunos principios generales de este cambio de vida que Pablo propone. Algunos principios que están por encima —digamos, no son superiores, sino que están sobre todas estas instrucciones que Pablo da— y que nos ayudan a ver el cambio de vida de manera general. Yo pudiera hacer un mensaje de cada una de estas instrucciones, y no es el propósito ni tengo el tiempo. Pero vamos a ver algunos principios que tienen que ver con el cambio de vida que ha de producirse en la vida de aquellos que hemos nacido de nuevo, que hemos sido revestidos con el nuevo hombre y hemos sido despojados del viejo hombre por la acción del Señor.
Primer principio en este cambio de vida que ha de ocurrir, que ha de manifestarse en mi vida. Manos a la vida cristiana, y este es el principio: la verdad cristiana es para ser vivida y aplicada. Es obvio eso, es obvio. Pero yo creo que aquí, que llueva sobre mojado no hace daño. ¿De dónde sale eso? De la expresión "por tanto": dejando a un lado la falsedad, hablar verdad. "Por tanto" implica: en función de todo lo que yo les he dicho anteriormente, en función de lo que Pablo ha venido explicando en los primeros capítulos del libro de Efesios, y particularmente en los versículos anteriores del capítulo 4; dado que ellos son una nueva criatura en Cristo, dado que el viejo hombre quedó atrás, dado que Dios nos ha dotado con grandes riquezas espirituales en gloria.
Como dice Efesios 2, que hemos sido creados en Cristo Jesús para buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Por tanto, de esas verdades que hemos escuchado, entonces ustedes han de vivir de esta manera, y de esta manera, y de esta manera. Esa es la razón de todos los imperativos, de todos los mandatos. Todos estos mandatos que Pablo da son imperativos, son cosas que hay que hacer. No son cosas que caen del cielo; son cosas que me son mandadas a mí para que yo viva según estas instrucciones.
La verdad bíblica es para ser vivida y aplicada. Dios revela su palabra, su verdad, con el propósito de que mi vida sea transformada. No para que yo aprenda simplemente, sino para que yo cambie; no para que yo la disfrute, sino para que yo sea santificado. Su propósito es llevarme a su imagen, por medio de su palabra enseñada, expuesta, asimilada y vivida. Esa es la razón por la que Dios presenta su verdad.
En una ocasión había un predicador exponiendo un texto, y hubo una verdad que conmovió a la audiencia, y como a veces se da que la audiencia responde con un aplauso, en ese momento el predicador dijo: "Hermanos, ojalá esa verdad no solamente sea aplaudida, sino aplicada." Porque muchas veces la verdad se oye, uno se emociona, pero no pasa de ahí. Y ciertamente la verdad tiene una belleza en sí misma, aun cuando no es vivida; es hermosa. La verdad es hermosa, pero más hermosa es en la vida de aquellos que la viven.
Santiago 1:23 y 24 lo puso de esta manera: "Porque si alguno es oidor de la palabra y no hacedor, ese es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo. Después de mirarse a sí mismo, se va e inmediatamente se olvida de qué clase de persona es." Si yo oigo y no hago, es lo mismo que verme en un espejo, ver mi condición y no hacer nada con mi condición; es como si no hubiese visto nada en el espejo. Es absurdo, es ridículo que yo me vea en un espejo, me dé cuenta de que tengo que darme cierto cuidado y no lo haga, y me olvide de lo que vi, me olvide del cuidado que tengo que prestar. De esa misma manera, ese oidor de la palabra, el mero oidor que no hace lo que escucha, de hecho, un poco más atrás Santiago dice que el que es oidor y no hacedor se engaña a sí mismo.
El piensa que es una cosa que realmente no es, porque la nueva criatura vive lo que escucha; vive lo que escucha, no simplemente escucha y se entusiasma. El conocimiento de la palabra, el conocimiento de la verdad de Dios, es esencial, pero no podemos quedarnos ahí; no podemos quedarnos con el conocimiento meramente. Esa es la razón por la que Pablo en Efesios —precisamente estamos en este texto— viene ahora con el "por tanto", y toma una serie de mandatos que tienen que ver con varios aspectos de nuestras actuaciones y reacciones: dejen la mentira, hablen verdad; les advierte de la ira y les manda a perdonar; dejen de robar y practiquen la generosidad; dejen las ofensas verbales y usen las palabras para edificar.
En los versículos 31 y 32, miren todo el grupo de cosas, de reacciones y actitudes que Pablo señala: "Sea quitado de vosotros" —literalmente, echado en la basura, saquen de su vida— "toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, y así como toda malicia." Todo esquema para aprovecharme de alguna situación, como interés egoísta; todo esquema donde yo salgo ganando, eso ha de desecharse. "Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos", que es lo contrario a todo lo que acabamos de ver en el versículo anterior.
Y ahí entonces viene el "por tanto": por tanto, vivan así. En vista de lo que ustedes son, en vista de la nueva criatura que Dios ha hecho de ustedes, vivan de esta manera. Pero ojo, este "por tanto" tiene también otra implicación. La primera es que, obviamente, la verdad cristiana se nos revela para que nosotros la vivamos, y Pablo reveló todo lo anterior para que entonces, por tanto, ahora vivan de esta manera. Pero también hay algo importante que observar: la conducta cristiana proviene de una identidad y una naturaleza transformada.
¿Qué implica eso, hermanos? El ser cristiano no es tener una determinada conducta; ahora bien, el cristiano tiene una determinada conducta. Esa es la diferencia entre cristianismo y moralismo. El moralismo tiene una conducta basada en razones puramente humanas: motivaciones humanas, gloria humana, bienestar humano. Y el cristianismo tiene una motivación, un "por tanto", que está basado en Dios.
Si yo vengo aquí y les leo este pasaje, esta porción del 25 al 32, si les digo: "Dejen la falsedad, hablen verdad, airaos pero no pequéis", y ustedes no están entendiendo de dónde viene eso, parecería que yo estoy diciendo que ser cristiano es ser un hombre que habla la verdad, que no dice mentira, que no se aíra, o si se aíra lo hace justamente, o que se acuerda bien con los demás. Como que de eso se trata el cristianismo. No, el cristianismo no es una conducta. Yo tener una conducta no me hace cristiano.
El cristianismo está basado en una naturaleza que me llega cuando yo me arrepiento delante de Dios por mi condición de pecado. Y esa condición de pecado que yo acepto y por la cual me arrepiento, Dios entonces, en base a la fe que yo pongo en Él, me regenera. Y ahora yo soy una nueva criatura que tiene una conducta cambiada, una conducta diferente. Entonces fíjense: yo soy cristiano y la conducta viene después; no la conducta y luego yo soy cristiano. No, es como poner la carreta delante de los caballos. Y es importante que entendamos que el "por tanto" también implica eso: el "por tanto" es que yo vivo en base a las verdades que han transformado mi corazón. Eso es el cristianismo. El cristianismo es algo que yo vivo en base a esas verdades.
Esta lista, hermanos, no es limitativa. No abarca todo lo que nosotros tenemos que cambiar. Pablo probablemente lo escribió de manera particular para los efesios, porque quizás esas eran algunas de sus luchas más frecuentes. Por eso esa lista se limita a diez o doce aspectos de la vida. La verdad cristiana se supone que debe cambiar todos los aspectos de mi vida. No hay un solo aspecto que quede por fuera del poder del Evangelio y de la transformación de esta nueva naturaleza.
Entonces, hermanos, si yo pregunto: ¿cuál es el área de tu vida que no se corresponde con tu nuevo hombre en Cristo, con tu nueva mujer en Cristo? ¿Cuál es el área de tu vida que no es consistente con el llamado que nosotros hemos recibido? ¿En qué aspectos yo soy un mero oidor? ¿Tú eres un mero oidor y no un hacedor de la Palabra? Si Pablo te escribiera una carta a ti, ¿qué diría el Señor? ¿Qué diría Pablo si te conociera profundamente?
A veces nosotros mismos ignoramos aquellas cosas que tenemos que cambiar. El pecado a veces opera de esa manera; a veces somos totalmente ciegos a aquellas cosas que tenemos que cambiar en nuestra vida. El salmista le decía al Señor: "Señor, revélame, escudríñame, dime si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino recto." O sea que es posible que nosotros, como creyentes, ignoremos aquellos aspectos de nuestra vida en los que estamos caminando mal. Ojalá no sea así. Esa posibilidad se reduce mientras más integrado yo estoy al cuerpo de Cristo, mientras más yo me expongo al escrutinio de los demás y que los otros vean mi vida y puedan también ayudarme a caminar en Cristo.
Ese es el primer principio: la verdad de Dios es revelada para ser vivida y aplicada en nuestra vida, y eso lo vemos ahí en el "por tanto."
El segundo principio: la transformación que produce el Evangelio, hermanos, va de un extremo a otro. De un extremo a otro. La conversión es un cambio que supone dejar prácticas del viejo hombre y asumir prácticas del nuevo hombre. Es como una moneda con dos caras. Claramente aquí vemos al apóstol diciendo: "Deja la mentira, habla verdad. Deja la ira, comienza a perdonar. Deja el robo, practica la generosidad." La santificación de nuestras vidas, hermanos, no consiste simplemente en no pecar, en no hacer cosas que a Dios no le agradan, sino que consiste en hacer cosas que a Dios sí le agradan y le glorifican. Nuestra santificación no consiste simplemente en rechazar las malas obras, sino en caminar en las buenas obras.
Hay un aspecto negativo, por así decirlo, de rechazo al pecado, pero hay un aspecto positivo del cultivo de la virtud en nuestra vida. Y si no lo veo así, estoy viendo la santificación de una manera incorrecta, no bíblica. De hecho, estoy viendo la santificación como un acto moralista, donde yo rechazo lo malo pero tampoco cultivo lo bueno, lo virtuoso. Y Santiago dice en 4:17: "Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado." O sea que hay pecados de omisión también. Pecado no es solamente hacer lo malo, sino también no hacer lo bueno.
La santificación entonces va unida: yo rechazo el pecado, rechazo lo malo, rechazo el pecado mismo, pero también cultivo lo virtuoso, lo glorioso, lo que a Dios le exalta en nuestra vida. Y además de eso, si no lo veo de esa manera, hermanos, si no veo ese cambio de un extremo a otro, si no dejo el pecado y cultivo la virtud, me coloco en una posición vulnerable frente al pecado. Porque al dejar el pecado, dejo también los placeres temporales del pecado. Porque el pecado tiene un placer temporal que no llena, que no satisface, pero que suple cierto placer por un momento. Si no lo sustituyo con los gozos de la virtud, con los gozos de glorificar a Dios con mi vida, me quedo débil en la lucha contra el pecado.
Ese es el segundo principio que vemos aquí, hermanos: la transformación del Evangelio va de un extremo a otro. Yo debo identificar no solamente las áreas en que fallo, sino la virtud que está del otro lado de ese pecado, para comenzar a practicarla, a vivirla, a cultivarla y a crecer en eso.
Y hay un tercer principio que podemos ver en la forma en que Pablo aborda a los efesios, y es que hacer que nuestra vida se corresponda con el nuevo hombre y no con el viejo es nuestra responsabilidad. Nos toca a nosotros. Esto es sumamente importante. Muchos tenemos la idea de que, así como la salvación, la santificación caerá del cielo, y eso no es lo que la Biblia revela. La Biblia revela que la salvación es un regalo por medio de la fe a todos aquellos que ponemos nuestra fe en Cristo Jesús. Somos salvados, pero yo soy santificado luego como un proceso donde yo me involucro, donde a mí me tocan cosas que hacer.
Y miren qué bien lo presenta Pablo en Efesios 5:3, un poco más adelante, cuando dice: "Pero la inmoralidad y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como corresponde a santos." La inmoralidad, la impureza, la avaricia, ni siquiera se mencionen. Hay cosas que no deben ni mencionarse en nuestra vida. Eso es una decisión. Es una decisión de mantenerme fuera de ciertos temas. Job hizo un pacto con sus ojos de no mirar a otra mujer que no fuera su esposa, de no desearla con sus ojos. Es un compromiso con la pureza de sus ojos.
Claramente, la santificación entonces me involucra completamente en el proceso. Una vez yo soy transformado por medio del Espíritu Santo en un hombre nuevo, comienza un camino donde no está todo bien. Si estuviese todo bien, Pablo no le escribiría esta carta a los Efesios. Hay una serie de cosas que yo tengo que corregir, que yo tengo que dejar, y otras cosas que asumir y desarrollar y cultivar. No está del todo bien.
Aunque la salvación es solo por fe, la santificación no es solo por fe. La santificación es fe en el Señor y hacer uso de los medios de gracia que el Señor ha provisto. El Señor ha provisto su Espíritu, que nos da el vigor espiritual para luchar contra el pecado. Nos da su Palabra, que nos da la dirección y la información para saber con qué verdad atacamos el pecado. Porque todo pecado nace de una mentira; es una promesa falsa de insatisfacción y placer. Todo pecado es eso. Y yo confío en esa promesa falsa de satisfacción y placer, e ignoro la verdad que la contradice. Dios me provee de su Espíritu, que me da la fuerza espiritual; me provee de su Palabra, que me da la dirección y la verdad para luchar contra el pecado; y me provee de una familia espiritual en la cual yo me desenvuelvo y que me ayuda a caminar.
Si yo no hago uso de esos medios de gracia que Dios dispone para mí, yo no creceré en mi caminar de santificación. Yo tengo que hacer uso intenso de esos medios de gracia que Dios dispone para yo poder crecer en santificación. En Juan 17:17, Jesús dice: "Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad." O sea que la Palabra es el mecanismo de santificación. El versículo 23 de Efesios 4 nos dice que la renovación de nuestra mente, la renovación del espíritu de nuestra mente, es vital en el tránsito del viejo hombre al nuevo hombre. Y Romanos 12:2 dice que no nos adaptemos a este mundo, sino que seamos transformados mediante la renovación de nuestra mente.
Yo me tengo que involucrar en este proceso. Tengo que tener un rechazo intencional de aquellas cosas que yo sé, que yo sé, que no se corresponden con mi nueva naturaleza. Y a veces, aunque no tenemos toda la información, hermanos, sabemos dónde están aquellas cosas que no son del agrado del Señor.
En una ocasión, hablando con un miembro de esta congregación que tenía poco tiempo de haberse convertido, estábamos hablando de diferentes aspectos de su vida. En una ocasión él se acerca a mí y me pregunta: "Pastor, ¿qué usted cree de las artes marciales mixtas?" ¿Y cuáles son las artes marciales mixtas? Bueno, esas en que como en una jaula pelean y se dañan literalmente: es boxeo, es Jiu-Jitsu, es judo, es una combinación, y la verdad es que es bastante cruel y bastante fuerte el espectáculo. Y yo le dije: "¿Ah, pero qué tú quieres que yo te diga?" "Bueno, ¿qué usted cree?" "Pero ¿por qué tú me lo preguntas?" "Bueno, porque a mí me gusta. Me gustaba la arte marcial. El mismo día, antenoche, o hace un par de días, estaba viendo con unos amigos un espectáculo de estos, y no sé, pero me sentí incómodo."
Una persona de reciente conversión —y yo no había hablado con él nada de eso, no había mostrado el tema, que yo entienda, no había recibido ningún discipulado, no se le indicó que las artes marciales mixtas son del desagrado de Dios— y yo le dije: "Bueno, ¿qué tú crees que está pasando?" No, digamos, yo creo que el Espíritu te está indicando que ese es un aspecto de tu vida que debe quedar atrás, que es algo que no le agrada al Señor.
Quizás aquí hay algunos que dicen: "Bueno, pastor, ¿cuál es el show?" Entonces, han visto un show de artes marciales mixtas. Póngase a pensar: dos seres humanos literalmente desbaratándose, desfigurándose, noqueándose. Las peleas más largas son tres rounds, y a un minuto y medio ya están noqueados. Y yo aplaudo, y yo disfruto eso: "¡Oh, increíble, qué agilidad, qué destreza!" Y viendo cómo ese individuo está siendo masacrado por otro deportivamente. ¿Qué decimos nosotros de los gladiadores romanos? Impresionante cómo esa gente veía matarse a otros, pero eso es lo mismo.
De hecho, me costó unos años no ver boxeo, porque me gustaba el boxeo. Quizás hay alguno que le guste el boxeo aquí. Pero en la medida en que somos sensibilizados, esas cosas las vamos rechazando, porque no se corresponden con el nuevo hombre que ha sido creado a la imagen de Dios, en la justicia y la santidad de la verdad. Yo creo que esa sola expresión deja fuera esas cosas.
Entonces, de esa misma manera en que esa persona sintió espiritualmente un desagrado de parte de Dios por lo visto, de ese tipo de cosa —porque no veía malo eso—, de esa misma manera Dios nos guía, y nosotros entonces tenemos que tomar la decisión de si vamos a seguir viendo o no vamos a seguir viendo eso que Dios nos está indicando que no corresponde con la nueva naturaleza.
Y así como eso, hay muchos ejemplos: hay lugares en los que nosotros no deberíamos estar, hay películas que no deberíamos ver, hay relaciones que no deberíamos tener, hay prácticas que no deberíamos hacer, hay negocios de los que deberíamos retirarnos. Dejando atrás al viejo hombre y viniendo ahora a asumir aquellas prácticas que son del nuevo hombre. Esto nos toca a nosotros, hermanos, esto nos toca a nosotros.
Por tanto, dejen a un lado la falsedad, hablen verdad; dejen a un lado la ira. A veces no lo hacemos quizás porque ignoramos las verdades que necesitamos para poder dejar eso. Nos falta conocimiento, nos falta exposición, nos falta estudio. A veces conocemos las verdades que nos pueden hacer cambiar, pero no las hemos meditado mucho, no las hemos reflexionado mucho; por lo tanto, nos falta una vida más reflexiva, de más discernimiento.
A veces somos muy ingenuos en las cosas en las que participamos y en las cosas en que nos involucramos, somos sumamente ingenuos, sin entender cómo opera el pecado y cómo somos presa fácil del enemigo, porque tenemos una naturaleza pecaminosa en nosotros. ¿Cómo no verlo de lejos y sentir el riesgo espiritual de involucrarnos en eso, o ver eso, o participar de eso?
Entonces, a veces ignoro las verdades porque no estudio lo suficiente, no me expongo lo suficiente a la verdad de Dios, o no las medito; o las conozco, las he meditado, pero no estoy del todo seguro de eso, no creo que ese pasaje quiera decir eso, y nos volvemos sumamente sofisticados en la manera como justificamos nuestra manera de proceder. O sencillamente soy un desobediente: las conozco, las he meditado, las creo, pero no me someto a esas normas de la Palabra en mi vida, y las desobedezco de manera frontal y desafiante. ¿Usted cree que eso quedará sin ser disciplinado de parte de nuestro Dios, al Señor que al que ama disciplina y azota a todo aquel que toma por hijo?
Hermanos, esto nos toca a nosotros, estos cambios nos tocan a nosotros. Y Filipenses 2 lo afirma de la siguiente manera: "Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor." Este pasaje no es un pasaje de salvación, es un pasaje de santificación. Ocúpense en la salvación que Cristo les ha entregado, ocúpense en el regalo que han recibido, ocúpense de la nueva naturaleza que han recibido de parte de Dios, cuídenla, consévenla, valórenla, ocúpense con temor y temblor.
Miren por qué yo digo que es de santificación y no de salvación: "porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer para su beneplácito." Dios ha hecho todo lo que tiene que hacer para que tú entonces te apropies de lo que Él ha provisto para ser santo. Dios ha puesto el querer, el deseo en ti; ha puesto el hacer, ha puesto la posibilidad en ti de que hagas lo que Él te ha dicho que hagas.
En manos de esto, por tanto, en Efesios 4:25 en adelante, esto es "por tanto"; presuponen que yo soy capaz de vivir de esa manera si estoy en Cristo. Si estoy en Cristo, yo soy capaz de vivir. ¿Qué es lo que pasa entonces? Es ignorancia, es falta de fe, es desobediencia. Identifiquemos qué es lo que pasa en nuestro corazón para que podamos avanzar a la imagen del nuevo hombre que ha sido creado según Dios, a imagen de Dios.
Y entonces, en este avance —eso es lo primero que nos toca entender, que nos toca a nosotros—, tenemos también que predicarnos constantemente a nosotros mismos lo que somos en Cristo. ¿Se acuerdan del esclavo? Yo me imagino que los esclavos que fueron emancipados, que fueron proclamados libres en la Guerra Civil norteamericana de 1865, se dieron cuenta de que estaban reaccionando de una manera inconsistente a su estatus. Quizás muchos de ellos, cuando iban caminando por el camino y veían un grupo de gente, comenzaban a decirse: "Soy libre, soy libre, soy libre, soy libre," para poder caminar; porque quizás si no se recordaban libres, caminaban cabizbajo. Pero podían levantar su cabeza, erguir su espalda y decir: "Soy libre, soy libre." Es una verdad que tiene que ser recordada, que tiene que ser traída a la mente para yo poder actuar en consecuencia.
De la misma manera, cuando estoy frente a cosas que yo sé que eran cosas de mi vieja vida, me digo: "Yo soy una nueva criatura en Cristo, todas las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. Por tanto, dejando a un lado... Yo lo puedo dejar, yo entiendo que sí." Tenemos que recordar las verdades y hablarnos a nosotros mismos, como dice Martyn Lloyd-Jones muchas veces: como el salmista se hablaba. "¿Por qué te abates, por qué te afliges, alma mía?" El Salmo 103 también se hablaba: "Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de ninguno de sus beneficios." De la misma manera, nosotros hablarnos constantemente de las verdades que se supone debemos vivir en la vida práctica nos llevará a tener un tipo de actuación distinto.
Lo tercero, hermanos, es recordarnos que de donde salimos no hay nada que buscar. De ahí venimos, y nosotros somos testigos de que no hay nada. Pero más aún, los que todavía están allá, en la vanidad de su mente, la forma en que viven es una indicación, es una manifestación de que ahí no hay nada que buscar. El pecado no da lo que dice, no entrega lo que promete, no satisface como muchos piensan. Recordemos eso.
Y por último, recuérdate: cuando te veas tentado a entrar en algo, participar de algo, o simplemente no vivir como te corresponde, mírate a ti mismo. Yo me he sentido así en algunas ocasiones, y me he dicho: "Yo soy hijo de Dios, yo soy hijo de la luz, tengo que caminar en luz. Señor, yo soy tu hijo, yo soy tu ministro, Señor, ¿cómo puede ser?" Y me espanta lo que mi misma carne se siente tentada a hacer. Me uno a Pablo en Romanos 7, que ahí ve esta ley que hay en sus miembros; pero en lo interior él no quiere obedecerla, es el pecado que habita en él. Pero él lucha, pelea contra ella, tiene la fuerza para hacerlo, tiene la verdad para vencerla, tiene el Espíritu que le fortalece.
Entonces, hermanos, ese es el tipo de vida al que nosotros estamos llamados a avanzar: dejar atrás las formas que corresponden al hombre viejo, porque ya no lo somos, y abrazar la proclama de libertad que se nos ha dado, abrazar la realidad de lo que yo soy en Cristo. Hermanos, lo viejo pasó, lo nuevo llegó. La Palabra es para ser aplicada, la transformación del Evangelio de un extremo a otro. Y recuerden: nos toca a nosotros, nos toca a nosotros acompañar a Dios en el trabajo, que ya Él dio el paso inicial y fundamental para que el edificio sea construido.
Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.