Vivimos bombardeados por perspectivas que contradicen lo que Dios ha establecido en su Palabra. Entran por la radio, la televisión, las redes sociales, y nos presionan a adoptar estilos de vida que se venden como exitosos pero que son profundamente anticristianos. El Salmo 73 presenta a Asaf abriendo su corazón para mostrar cómo luchó y venció en esta batalla por mantener la perspectiva divina.
Asaf confiesa que estuvo a punto de caer porque tuvo envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos. La envidia tiene una capacidad sorprendente para desarticular nuestra moral: cuando deseamos con fuerza lo que otros tienen, dejamos de importarnos cómo lo consiguieron. El salmista describe a estos prósperos como personas cuyo orgullo es su collar y la violencia su manto, que blasfeman contra Dios y hablan todo lo que les da la gana sin respeto por nadie. Sin embargo, cuando los envidiamos, los imaginamos viviendo en un paraíso sin problemas.
La frustración llegó cuando Asaf sintió que en vano había guardado puro su corazón. Pero el punto de quiebre vino cuando entró en el santuario de Dios —no un lugar físico, sino ver las cosas desde la perspectiva divina a través de su Palabra. Entonces comprendió el fin de ellos: no son tan seguros como aparentan, y tarde o temprano enfrentarán el justo juicio de Dios.
El remedio para la amargura es redescubrir que el Señor nunca nos abandona. Asaf renueva su lealtad declarando: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra." Estar cerca de Dios es nuestro bien; en Él ponemos nuestro refugio.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
La lucha por la perspectiva divina. Todos nosotros, diariamente, todos los que estamos en este lugar, nos enfrentamos al desafío de poder caminar con el Señor de acuerdo a su perspectiva. Es cierto que diariamente, de diferentes maneras y a través de diferentes medios, se nos ofrecen distintas perspectivas de vida, muchas de ellas opuestas a aquello que el Señor ha establecido de una manera definitiva en su Palabra.
En otras épocas nosotros podíamos huir de diferentes perspectivas, pero hoy no podemos hacerlo. Las perspectivas entran por los radios mientras estamos manejando nuestros autos. Las vemos en las pantallas de televisión, en las pantallas de nuestras computadoras, en las pantallas de nuestros teléfonos, las vemos en las redes sociales. De diferentes maneras nosotros estamos presionados a vivir de una manera y a caminar de acuerdo a una perspectiva de la vida que no es necesariamente la perspectiva que el Señor ha establecido en su Palabra. Y es una lucha titánica que todos nosotros estamos enfrentando diariamente.
Por eso es que al referirnos al Salmo 73 nos encontramos aquí con Asaf, presentando en esta oración —que es una oración de sabiduría, una canción de testimonio— cómo él abre profundamente su corazón y muestra, a través de la adoración, cómo luchó y venció en su batalla por ganar una perspectiva divina en su vida. Esto no es algo nuevo. El cristianismo recibe oposición permanente, y eso no es algo nuevo. Asaf escribía de esto tres mil años atrás y más todavía. De tal manera que nosotros nos enfrentamos, y cada día somos bombardeados por estilos de vida que son completamente anticristianos, que se venden como exitosos, como felices, como sobresalientes, pero que producen en nosotros una tremenda desazón, temor, confusión y ambigüedad.
Cantamos de una cosa en la iglesia, escuchamos algo en la Palabra, pero cuando cruzamos el umbral de la iglesia es muy difícil mantenerlo. Hay tantas cosas que están sucediendo en nuestros días que están cambiando los mismos cimientos de nuestra civilización, y el cristianismo se está viendo afectado. Yo les comentaba en el primer servicio que hace unos días atrás, en una cadena de televisión norteamericana abierta, en uno de sus programas nocturnos de mayor audiencia, hizo su debut una joven cantante, una nueva cantante que se presentó como una gran promesa, con unas canciones muy abiertas y muy duras con respecto a la sociedad. Ella aparece en pantalla con una vestidura sumamente extraña, y habla de que en sus letras ella se opone a todo lo que es religión. Ella habla en contra del judeocristianismo, del islamismo y de todos sus símbolos, y cuando presenta su canción, una de las líneas decía: "Hubiera querido que la Virgen María te hubiera abortado." En cadena nacional en los Estados Unidos, nosotros lo vimos por cable: "Hubiera querido que la Virgen María te hubiera abortado."
Definitivamente, eso no deja indiferente, ¿verdad? Esa reacción es la que ustedes tuvieron, es la misma reacción que yo tengo con solo decir la frase. Nosotros estamos viviendo movimientos telúricos en donde los cambios de perspectiva nos afectan profundamente, y el salmista justamente se encarga de presentar y abrir su corazón para que nosotros aprendamos de él la forma en que él recuperó, luchando, la perspectiva divina en su propia vida.
Vamos a leer los primeros tres versículos del Salmo 73. Por favor, compartan sus Biblias porque vamos a revisar el salmo entero. Si nos quedamos solamente escuchando, nos vamos a perder. Siempre es bueno que nosotros tengamos un ejemplar de la Escritura cuando venimos a la iglesia, sea electrónico, sea digital, pero un ejemplar de la Escritura entre nosotros. Dice así la Palabra del Señor, Salmo 73:
"Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón. En cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos, porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos."
Asaf se presenta desnudo en este canto y dice: "He tenido problemas y quiero contarles mi dificultad." Pero antes quiere hacer una afirmación. Lo primero que él hace es afirmar la conclusión que sacó después de la prueba que había vivido y que lo llevó a escribir esta canción: "Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón." Esta es su primera afirmación. Ahora yo puedo decir con certeza algo de lo que yo había estado dudando. Yo había estado dudando de la bondad de Dios y había estado dudando de que efectivamente la pureza de corazón sea un beneficio para vivirlo en esta vida. Su primera afirmación es: "Ahora yo lo creo, ahora yo lo afirmo, ahora yo entiendo que esto es verdad; pero permítanme contarles cómo fue que yo entendí este principio en mi vida."
A veces nosotros tenemos que pasar por un periodo de dificultad para poder afirmar verdades que son fundamentales en la vida. Necesito tener un proceso de prueba que permita que mi corazón pueda entender de una vez por todas que lo que el Señor dice en su Palabra es cierto. Y eso es lo que el salmista trata de mostrarnos.
"Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón." La idea de pureza de corazón no es una idea de perfección; no tiene que ver con ser perfecto, sino que habla de una vida sin hipocresía, una vida transparente, una vida leal delante de Dios. No se trata de una manifestación religiosa externa, porque la pureza de corazón solamente puede ser medida por quién: por el Señor. ¿Cómo saber que soy puro de corazón? El único que puede mirar mi corazón es el Señor; por lo tanto, no habla de religiosidad externa, sino de una intención de corazón que puede ser medida solo por el Señor, y solo el Señor puede agradarse con esa realidad.
Ahora bien, Asaf está diciendo: "Ciertamente, ahora yo no tengo duda de que Dios es bueno para con Israel y es bueno para aquellos que son transparentes delante de Él, pero déjenme contarles mi historia." Dice el versículo 2: "En cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos." Yo estuve a punto de perderlo todo, estuve a punto de caer. ¿Qué pasó, Asaf? ¿Qué pasó contigo? "Yo tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos." Eso es lo que había sucedido en el corazón de Asaf, y eso es un pecado al que nosotros nos vemos enfrentados diariamente. Nosotros vivimos en una sociedad donde la envidia es un medio de lucro, donde estamos llamados a envidiarnos mutuamente a través de los anuncios, la publicidad, los estilos de vida, el Facebook, el Instagram y todos los otros medios que intentan realzar un estilo de vida por encima de otro.
El salmista dice con claridad: "Yo tuve envidia de los arrogantes." ¿Quién es un arrogante? Un arrogante es alguien que se vende a sí mismo con altanería y soberbia, alguien que se presenta y dice: "Mira lo que soy, mira lo que tengo, esto es lo válido, esto es lo mejor. Así soy yo." Cuando hablamos de la envidia, hablamos de esa tristeza o pesar al no tener, y del deseo del bien ajeno. Es dejar de dar gracias por lo que tenemos para centrarnos en el dolor mal agradecido por no tener lo que otros tienen y pregonan. Eso es lo que hace el arrogante: pregonar lo que tiene para que yo me sienta como que, sin tenerlo, no soy nadie.
La envidia no produce acción; la envidia produce desgano, lástima personal. "Ay, yo no tengo eso que él tiene. ¡Qué envidia me da este que se ufana de lo que tiene!" Pero lo interesante es que la envidia tiene una capacidad sorprendente para eliminar nuestra moral. Cuando nosotros envidiamos, cuando tenemos tristeza y pesar al no tener y deseamos con fuerza lo que el otro tiene, la envidia lo que produce es inmediatamente desarticular mi moral. Porque es interesante que el salmista mismo diga: "Tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los pecadores." Pero no le importó que fueran pecadores, porque lo que le interesaba era tener lo que los pecadores tenían, a cualquier precio. Y ese es nuestro gran problema: que vivimos en una sociedad en donde la envidia es un bien supremo y en donde se nos impulsa a conseguir aquellas cosas que nos ofrecen a cualquier precio.
La prosperidad de los impíos. Cuando se nos vende la impiedad en un envase de lujo, en un paquete dorado, es interesante que el salmista nos cuente lo que él percibió en una primera oportunidad. Él empezó a tener una suposición equivocada, porque empieza a explicar lo que se había producido en su mente. Dicen los versículos 4 y 5: "Porque no hay dolores en su muerte y su cuerpo es robusto; no sufren penalidades como los mortales ni son azotados como los demás hombres."
¿Ustedes no se han dado cuenta de que cuando nosotros envidiamos, el pasto del vecino siempre es más verde que el nuestro, el auto de mi vecino siempre es más bello que el mío, su refrigerador enfría mejor que el mío y su aire acondicionado es excelente? La descripción que hace el salmista de los arrogantes y de los pecadores es como la de seres humanos que viven en Disneylandia: no hay dolores en su muerte y su cuerpo es robusto. Lo que él está diciendo es que son gente que no tiene problema alguno; la chikungunya no pasa por allí.
En su casa no hay insectos, no hay dolores en su muerte; el día que se mueren se mueren, pero sin enfermedades, sin agonías y dolores profusos. No hay dolores en su muerte y su cuerpo es robusto, es hermoso. Es interesante que dice: no sufren penalidades como los mortales, dice el verso 5, ni son azotados como los demás hombres. O sea, no están ni dentro de los mortales ni dentro de los demás hombres. Son estrellas del firmamento, son famosos, son celebridades. ¡Wow, yo quiero ser como uno de ellos!, porque son únicos, no pasan por nada. Y eso es lo que la envidia produce: la envidia hace que nosotros añoremos y deseemos profundamente algo que ellos tienen y que nosotros no tenemos. Lo primero que sucede es que mi moral se apaga, porque no me importa que hayan prosperado siendo pecadores. Y lo otro que sucede es que empiezo a imaginarlos como si vivieran en el paraíso, como si fueran únicos.
Pero el salmista reacciona de su sueño y empieza a describir la realidad moral de esas personas a las cuales se les está admirando, y dice a partir del verso 6: "Por tanto, el orgullo es su collar, el manto de la violencia los cubre. Los ojos se les saltan de gordura, se desborda su corazón con sus antojos. Se mofan y con maldad hablan de opresión, hablan desde su encumbrada posición. Contra el cielo han puesto su boca y su lengua se pasea por la tierra."
Si nosotros tuviéramos la oportunidad de poder medir moralmente a aquella persona, o grupo de personas, o grupo social a quienes nosotros envidiamos profundamente por lo que tienen, pero si pudiéramos evaluar la forma en que lo consiguieron, quizás pensaríamos de manera distinta. Y eso es lo que el salmista empieza a hacer.
En el verso 6 dice: "Por tanto, el orgullo es su collar, el manto de la violencia los cubre." El collar y el manto son joyas y ropajes que denotan elegancia, y se lucen con esmero porque son bellas y proveen este estatus social. Al parecer, ellos lucen el orgullo y la violencia como si fueran joyas dignas de ser mostradas en público y de las que no tienen de qué avergonzarse. El orgullo y la violencia: "Miren, esto lo conseguí, y con el palo lo conseguí, a punta de palos." Así es como lo queremos nosotros también.
El verso 7 dice: "Los ojos se les saltan de gordura, se desborda su corazón con sus antojos." Estas frases son muy hebreas y es necesario explicarlas un poquito. Lo que está diciendo es que estas personas se han satisfecho tanto y han sido tan autoindulgentes, que viven en un egoísmo insaciable, como el de una persona que es insaciable comiendo alimentos: llega a engordar tanto que ni siquiera se le ven los ojos, y su corazón se llena de grasa porque tienen un egoísmo insaciable. Todo es para ellos: lo mío es mío, y lo tuyo es mío también; todo lo quiero para mí.
El verso 8 dice: "Se mofan y con maldad hablan de opresión, hablan desde su encumbrada posición." Ellos abusan del poder. Hay una insolencia producto de su falso sentido de su prioridad; esa insolencia termina intimidando a los demás, a quienes luego oprimen. Ellos creen que su encumbrada posición les da la libertad para estar por encima del bien y del mal, y lo publican como si fueran semidioses. Hablan con altanería, abusan del poder, y luego que abusan de sus hermanos, terminan también abusando de Dios.
Dice el verso 9: "Contra el cielo han puesto su boca y su lengua se pasea por la tierra." Ellos blasfeman en contra de Dios, y la idea de la lengua paseándose por la tierra es que hablan todo lo que les da la gana sin tener respeto por nadie. Esa es la característica de estos superhombres que son robustos, que no pasan penalidades como los mortales ni son azotados como los demás hombres. Pero cuando analizamos los medios para obtener su prosperidad, tiene que llamarnos la atención del corazón. Pero como envidiamos, nuestra moral se achica y nuestro deseo se agranda.
Por eso es que hay una consecuencia inmediata con el pueblo de Dios. Dice el verso 10 al 12: "Por eso el pueblo de Dios vuelve a este lugar y beben las aguas de la abundancia, y dicen: ¿Cómo lo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Y he aquí, estos son los impíos, y siempre desahogados han aumentado sus riquezas." El verso 10, déjenme decirles, es uno de los versos más difíciles de interpretar en la Escritura, porque las palabras que se usan son sumamente oscuras. Aparentemente, después de esa declaración totalmente negativa, en el verso 10 pareciera que fuera positivo: "Por eso el pueblo de Dios vuelve a este lugar y beben las aguas de la abundancia." ¿Qué es lo que significa este pasaje?
Lo primero que nosotros tenemos que saber como intérpretes de la Biblia es que el uso de la palabra "aguas" en el Antiguo Testamento tiene que ver siempre con las dificultades de la vida. Las aguas siempre tienen que ver con las dificultades inherentes de la vida por las cuales todos nosotros debemos atravesar. Recuerden que el Señor promete en su Palabra: "Aunque pases por las aguas, ¿no es cierto?, Yo estaré contigo." La idea de las aguas tiene que ver con las circunstancias dolorosas y difíciles por las que definitivamente todo ser humano debe atravesar.
Ahora, el verso 10 dice: "Por eso el pueblo de Dios vuelve a este lugar y beben las aguas de la abundancia", o beben las aguas en abundancia. ¿Qué es lo que nos está diciendo? Cuando el pueblo de Dios de alguna manera se deja arrastrar por la envidia ante la prosperidad de los arrogantes pecadores, definitivamente nuestras circunstancias serán sumamente complicadas. Cuando nosotros cantamos una cosa delante de Dios en la iglesia y salimos y tratamos de mezclar nuestro estilo de vida como creyentes con lo que estos arrogantes ofrecen en el mundo, definitivamente vamos a beber aguas en abundancia. Vamos a pasar por grandes dificultades.
Vamos a consumir aguas en abundancia; por eso dice "beben, beben las aguas de la abundancia", o en abundancia, porque no solamente son las circunstancias normales y difíciles que yo voy a atravesar, sino que me la voy a beber. O sea, yo me voy a meter en líos tratando de ser lo que soy y al mismo tiempo deseando lo que no debo desear. ¿Y qué va a pasar con nosotros como creyentes viviendo con estilos de vida que no nos corresponden? Pues va a pasar lo que dice el verso 11: vamos a levantar nuestra mano al cielo y vamos a acusar a Dios de todos nuestros infortunios.
Ustedes conocen algún cristiano así, me imagino. Algunas veces han visto algún cristiano que, tratando de mezclar estilos de vida, empieza a sufrir las consecuencias de un estilo de vida que no le corresponde, y levanta la mano al cielo y le pregunta: "¿Por qué, Dios mío?" El pasaje nos dice que Dios se minimiza también, y dicen: "¿Cómo lo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? ¿Es que acaso Dios es capaz de moverse en medio de nuestras circunstancias?" Miren a los arrogantes: contra el cielo han puesto su boca y su lengua se pasea por la tierra; el orgullo es su collar; el manto de la violencia los cubre; cumplen con todos sus deseos; se mofan; con maldad hablan de opresión; hablan de su encumbrada posición. Y dice el verso 12: "He aquí, estos son los impíos, y siempre desahogados han aumentado su riqueza", pero nosotros la estamos pasando mal.
Ahora bien, esto es meramente una explicación que hace el salmista, pero yo quisiera ir con ustedes a las cuatro luchas que Asaf tiene para recobrar en su vida la perspectiva divina. Todos nosotros tenemos que luchar, y estamos luchando en nuestra vida por recobrar la perspectiva divina a nuestra existencia, por encarrilar nuestro corazón en el riel correcto que nos lleve a la presencia de Dios y a la gloria de su nombre. Esa es una lucha en medio de arrogantes e impíos que, viviendo en las tinieblas, establecen un sistema y un estilo de vida opuesto al nuestro.
¿Cómo lo enfrenta Asaf? Asaf lo enfrenta de cuatro maneras distintas que yo quiero que pensemos, porque son luchas que todos nosotros tenemos de manera particular. La primera tiene que ver con la frustración. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido frustrados cuando, intentando hacer las cosas cristianamente, no salen, porque no salen cristianamente? ¿Cuántos de nosotros francamente hemos renunciado a hacer las cosas cristianamente, porque "cristiano" es en la iglesia, pero afuera yo no puedo ser cristiano? "Si yo no soborno, esto no sale. Este negocio no sale, este documento no acaba de salir, las cosas no caminan así. Si yo no quebro las leyes de tránsito, no llego a ninguna parte; se me meten, se me meten, yo no paso, me quedo ahí."
¿Cuántos de nosotros hemos sentido esta frustración y hemos terminado envidiando a los arrogantes? No tienen que decir amén; yo sé que han pasado por eso, pueden ocultarlo, pero yo sé que es una realidad. Y Asaf no duda en abrir su corazón y decirlo en los versos 13 y 14: "Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón y lavado mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana."
Ciertamente en vano, por las puras, de nada ha servido que yo haya guardado mi corazón puro, que yo haya guardado mis intenciones y mis principios seguros en mi corazón; de nada ha servido. La palabra "vano" significa vacío, no tiene significado. Y no solamente eso, sino que de nada ha servido que yo haya lavado mis manos en inocencia. Mis manos tienen que ver con mis acciones: que yo haya hecho de mis acciones acciones justas e inocentes delante de Dios, libres de toda culpa. Eso no ha funcionado. Estoy frustrado, estoy frustrado. "Pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana."
Vamos a tratar de interpretar estas dos palabras, porque nadie es azotado y castigado todos los días. ¿Cuál es la intención del salmista? ¿Qué es lo que el salmista está diciendo? La intención de los azotes tiene que ver con un ataque inesperado que nos produce un daño.
Es cuando nosotros vamos decididos a hacer la acción correcta y, cuando veo que estoy haciendo la acción correcta, me cae el golpe. Y yo me pregunto: ¿pero qué pasó? Si yo estoy tratando de hacer las cosas bien, esto es algo inesperado. Yo no esperaba que las cosas terminaran en mi contra. Yo estaba tratando de hacer las cosas bien para ti, Señor. Había lavado mis manos en inocencia, había guardado mi corazón puro para ti. ¿Cómo es que esto inesperado sucede?
Y no solamente eso, sino que dice que hay castigos. O sea, soy reprendido como si estuviera equivocado y soy exhibido con vergüenza y desaprobación. Cuando quise vivir de acuerdo a lo que el Señor reclamaba, lo que recibí fue desaprobación, fue un sentido de vergüenza. Los que estaban a mi alrededor se avergonzaron de mí por lo que yo estaba haciendo. Eso yo no lo esperaba, y no es algo que sucedió una vez, sino que el salmista dice: "He sido azotado todo el día y he sido castigado cada mañana." O sea, antes de que empiece el día, ya estoy siendo avergonzado.
¿Quién ha sentido ese tipo de frustración? Si queremos vivir la vida cristiana y si la estamos intentando vivir en la última semana, de seguro hemos sido castigados y hemos sido azotados de alguna manera por el nombre del Señor.
¿Cuál es el remedio que el salmista pregona? ¿Cuál es el remedio que él se plantea en el Señor? Él dice en el versículo 15: "Si yo hubiera dicho: así hablaré, he aquí habría traicionado a la generación de tus hijos." El salmista nos está diciendo, hermano, que el primer remedio contra la frustración es saber que no estamos solos en esa batalla. Que somos un pueblo adquirido por Dios, un real sacerdocio y una nación santa para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Si yo siquiera diera a conocer mi queja entre mis hermanos, yo traicionaría a esta generación.
El salmista está diciendo: esto no es un asunto que tiene que ver contigo solamente, esto es un asunto que tiene que ver con todos nosotros. Cuando tú decides hacer las cosas mal hechas porque es la única manera de que salgan, no solamente te afectas a ti, me afectas a mí, porque soy tu hermano y quiero hacer las cosas bien. Nos traicionas a todos nosotros como pueblo de Dios, porque todos estamos en una misma línea, obedeciendo al Señor y tratando de hacer las cosas guardando nuestro corazón y con manos limpias delante de Él. Y si tú te ensucias las manos y ensucias tu corazón, le haces la cosa más difícil a tu hermano en Cristo que está detrás tuyo.
Y estás traicionando una historia de dos mil años de testigos fieles, algunos de ellos dieron su vida por la causa de Cristo. Estás traicionando el mandato del Señor y la afirmación del Señor que dijo: "En el mundo tendrán aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo." El primer remedio no es solamente observar lo que me pasa a mí, sino lo que todos nosotros como pueblo de Dios estamos dispuestos a hacer.
Que en este lugar hayan quinientas personas que estén dispuestas a obedecer las leyes de tránsito por Dios, por una vez en la vida. Donde dice "no estacionar", no te estaciones. Pero si no lo haces tú, y no lo hacen las quinientas personas más que estamos en este lugar, no estamos guardando al Señor. Si tienes que entrar al bus y el bus está lleno y tú dices: "Ay, me quedo afuera porque acá es más cómodo", y te bajas con tus bolsas e interrumpes todo el tránsito en una avenida grande, no pienses que has ganado, porque todos hemos perdido.
Y eso es lo que el salmista está diciendo: si yo me quejara de esto y simplemente actuara de acuerdo a mi queja, habría traicionado a la generación de tus hijos. Cuando nosotros decidimos envidiar a los arrogantes y buscar la prosperidad de los impíos bajo valores incorrectos, nos estamos traicionando mutuamente. Estamos traicionando la adoración que estamos cantando, estamos traicionando el púlpito desde donde se predica la Palabra, estamos traicionando nuestra membresía, estamos traicionando nuestro estatus como cristianos. Porque la gente no se queja de nuestra doctrina, la gente se queja de nuestro testimonio. Ese es nuestro problema: que no creemos lo que predicamos. Somos como el pastor Gatica, que predica pero no practica, para que lo pongan en algún lado.
En segundo lugar —el primer remedio es: no estoy solo, somos soldados en una trinchera; si yo me rindo, le estoy poniendo en peligro la vida a mi compañero—, el segundo remedio lo encontramos en el versículo 16: "Cuando pensaba en esto, tratando de entender, fue difícil para mí, hasta que entré en el santuario de Dios. Entonces comprendí el fin de ellos." Ciertamente tú los pones en lugares resbaladizos, los arrojas a la destrucción. ¡Cómo son destruidos en un momento! Son totalmente consumidos por terrores repentinos. Como un sueño del que despierta, oh Señor, cuando te levantes, despreciarás su apariencia.
La segunda dificultad que nosotros tenemos —la primera es la frustración— es la dificultad por entender lo que está sucediendo. ¿Cómo puedo interpretar esto que me está pasando? Yo quiero vivir de una manera, pero no se puede vivir de esa manera. Quiero solucionarlo. Como decía el salmista cuando pensaba, tratando de entender esto; era algo en lo que él se había sentado en algún lugar apartado y había dicho: "Voy a pensar." ¿Hacemos alguna vez eso, verdad nosotros? Nos sentamos y decimos: "Voy a pensar, quiero entender esto que me está sucediendo," y esto es difícil para mí.
¿Cuántos de nosotros nos sentamos y ponemos sobre hojas de papel nuestras circunstancias, las personas, los movimientos, y volvemos a analizar lo que dijimos o lo que no dijimos, los correos que mandamos y los correos que no mandamos, si tratamos de cumplir con todas las normativas, si pagamos todos los impuestos, si hicimos todas las cosas? Y todo sigue siendo una frustración. Lo que es difícil es entender esto, porque no hay solución desde una perspectiva humana.
El salmista dice: "Todo esto era difícil para mí, hasta que entré en el santuario de Dios." ¿A dónde es que entró Asaf? ¿A dónde es que él entró para que pudiera comprender desde allí? Es interesante que en hebreo la palabra "santuario" es plural; por lo tanto, Asaf no se está refiriendo al templo de Dios, no se está refiriendo al tabernáculo, no se está refiriendo a un lugar físico. Lo que en realidad él está diciendo es que entró a la presencia de Dios, al lugar donde Dios habita, al lugar desde donde Dios mira las cosas. Lo que él está diciendo poéticamente es que entró y vio las cosas desde la perspectiva de Dios.
¿Dónde obtenemos nosotros la perspectiva de Dios? En su Palabra. En su Palabra nosotros podemos preguntarle al Señor y decirle: "¿Cómo entiendes tú, Señor, esta situación? Yo ya no la comprendo. Permíteme verla desde el lugar en donde tú estás, permíteme verla desde la forma en que tú observas las cosas, permíteme ver las cosas desde tu punto de vista, permíteme verlo desde tu perspectiva."
Y cuando Asaf vio las cosas desde la perspectiva de Dios, dice: "Entonces comprendí el fin de ellos." Esos hombres arrogantes e impíos tienen un fin. Ellos no tienen una posición tan segura como la que aparentan; no están libres de la soberanía y la justicia de Dios como lo afirman; no durarán por siempre como lo desean; no se sienten tan seguros como lo proclaman. Ellos tarde o temprano se enfrentarán al justo juicio de Dios, aunque no lo quieran o no lo crean. Desde el punto de vista de Dios, las cosas se miran totalmente distintas.
"Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman." Los caminos del Señor no son nuestros caminos, y sus pensamientos no son los nuestros. El Señor nos da la oportunidad de escudriñar su corazón cuando vamos a su Palabra y entramos a ver las cosas desde su perspectiva.
Por eso es que Asaf empieza a ver, y en el versículo 18 dice: "Ciertamente tú los pones en lugares resbaladizos." No son tan seguros como parecían. "Tú los arrojas a la destrucción." El Señor tiene un fin para ellos. "¿Cómo son destruidos en un momento!" Lo que para nosotros parecía un largo periodo de tiempo, para el Señor es un segundo. "Son totalmente consumidos por terrores repentinos."
Y en el último versículo, el versículo 20, hay una figura muy ilustrativa, porque le está diciendo: "Señor, es como si tú hubieras estado durmiendo una siesta, y mientras dormías la siesta, estos hombres arrogantes e impíos hicieron lo que quisieron; pero tú solamente estabas durmiendo una siesta. En cuanto te levantes, despreciarás su apariencia." Esa es la realidad de la vida desde la perspectiva de Dios: entenderlo desde el corazón de Dios, no solamente desde la interpretación de los hechos, sino desde el corazón de Dios.
La tercera cosa que hace el salmista es que pelea con su amargura. En primer lugar pelea con su frustración, en segundo lugar con su falta de entendimiento, y en tercer lugar con su propia amargura. Dice el versículo 21: "Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi interior sentía punzadas, entonces era yo torpe y sin entendimiento; era como una bestia delante de ti." Cuando mi corazón se llenó de amargura, cuando empecé a experimentar el sin sabor, cuando empecé a descubrir que el vivir de esta manera me produce dolor y un quebranto que puede llegar a convertirse en un quebranto permanente.
En el hebreo el autor utiliza dos figuras que son muy interesantes y que la traducción al español ya no coloca. Él dice, en realidad, en el versículo 21: "Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi hígado sentía punzadas." El corazón, que es el centro de la voluntad, se deprimió, se llenó de sin sabor; ya no había ganas de seguir viviendo. Lo que había era el cinismo de simplemente reducirme a hacer las cosas como son: "Así es la vida, la vida no va a cambiar, yo ya no tengo una pasión por vivir de acuerdo a la luz del Señor."
Pero no solamente utiliza el corazón, sino que el salmista usa también el hígado: "En mi hígado sentía punzadas." Nosotros hablamos del dolor visceral, ese dolor interior. El hígado tiene que ver con la ira reprimida: no solamente estoy desanimado, sino que estoy enojado. "En mi interior siento punzadas. ¿En qué me he convertido? En un hombre torpe y sin entendimiento, como una bestia delante de ti." Una persona que hace las cosas simplemente porque tiene fuerza para hacerlas. Soy como una bestia, soy torpe, hago las cosas mal, estoy airado, estoy desanimado, y lo único que tengo es la fuerza física para seguir viviendo de esta manera, porque no hay solución.
Frustración, falta de entendimiento, amargura: son los tres elementos que la envidia produce en mi corazón. Pero hay una tercera respuesta, y el salmista la expresa en los versículos 23 y 24: "A pesar de mi condición, sin embargo, yo siempre estoy contigo. Tú me has tomado de la mano derecha; con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria."
¿Saben cómo se llama eso? Gracias a Dios, yo puedo ser como una bestia, con un corazón deprimido y lleno de ira, que solamente hace las cosas sin entendimiento y con la fuerza de un animal salvaje. Pero el Señor ha prometido: "Yo nunca te dejaré ni te desampararé." El Señor Jesucristo dijo: "Y aquí yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo." Su presencia redescubierta es lo que hace que mi corazón vuelva a ser un corazón humano, que mi corazón sea sanado, que mi hígado sea sanado, que mi torpeza sea desechada, que mi entendimiento sea abierto, no por mí, sino porque Él prometió nunca dejarme ni desampararme. Esa es la realidad.
Sin embargo, Él dice: "Yo siempre estoy contigo." Él no dice "tú siempre estás conmigo." ¿Ven el juego de palabras? Él dice: "Yo siempre estoy contigo." A pesar de lo que soy, siempre estoy contigo. No es que tú siempre estás conmigo, es que yo siempre estoy contigo. No me puedo librar de ti, tú no te puedes librar de mí. Bestia o no bestia, deprimido o no deprimido, lleno de ira o no lleno de ira, tú estás conmigo. Yo siempre estoy contigo.
"Tú me has tomado de la mano derecha." El tomar de la mano derecha tiene que ver con el hecho de que nuestras acciones —nuestra mano derecha representa nuestras acciones— el Señor toma nuestras acciones de tal manera que nosotros podemos hacerlas en el poder de su fuerza. No estamos solos en la vida. El Señor está con nosotros de tal manera que en Él yo empiezo a actuar. "Tú me tomaste de la mano derecha; con tu consejo me guiarás." Él pone esto en futuro porque su condición de debilidad no le permitía en ese momento, pero él asegura que el Señor tendrá palabras sabias para él. El Señor presente lo guiará en las dificultades de la vida. Él no está solo. Él no tiene que hacer las cosas como una bestia; tiene que hacerlas como un hijo de Dios, porque el Señor está con él.
Esa es la realidad. Y no solamente eso, sino que dice: "Con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria." Yo tengo la seguridad de que mi destino está asegurado en Él. Yo tengo la seguridad de que mi vida está escondida con Cristo en Dios, como lo dijo el apóstol Pablo. Yo he creído en el Evangelio, he creído en la obra salvadora de Cristo que sucedió en la cruz del Calvario, mediante la cual Él perdonó todos mis pecados, y a través de su obra yo obtuve nueva vida en Él, de tal manera que todo lo que estamos en Cristo nuevas criaturas somos: las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas.
El Señor está con nosotros, hermanos. Por lo tanto, él lucha su frustración entendiendo que estamos juntos para sobrellevar los unos las cargas de los otros. Todos juntos estamos luchando por glorificar al Señor como pueblo de Dios en esta tierra. No nos rindamos, no nos traicionemos mutuamente, no traicionemos al Señor; caminemos de acuerdo a su Palabra. No es en vano que hemos guardado nuestro corazón y hemos lavado nuestras manos en inocencia.
Es posible que haya cosas que no entendamos, pero tenemos que mirar las cosas no de acuerdo a la realidad del mundo, sino desde la perspectiva de nuestro Señor, desde su eternidad y desde su sabiduría. Y yo podré entender de mejor manera cuando lo vea desde el lugar en donde el Señor lo está mirando.
Quizás tú estás lleno de amargura en este momento. Quizás estás lleno con un corazón herido que ya no tiene fuerza para decir: "Yo quiero luchar todavía más por el Señor." Quizás estás lleno de enojo en tu interior, pulsaciones en tu interior que no te permiten caminar con alegría. Quizás te sientes torpe en entendimiento, como una bestia, simplemente una fiera que camina de acuerdo a sus instintos y a las cosas que quiere conseguir. Pero no importa la condición de tu corazón; lo importante es que el Señor está contigo y que tú puedes renovar tu pacto de lealtad con Él, porque eso es lo que el salmista hace a partir del versículo 25.
Él vuelve a tener la perspectiva divina de las cosas y de la vida cuando restablece su lealtad primera con el Señor y con su reino. Él dice —y vamos terminando—: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. Porque he aquí, los que están lejos de ti perecerán; tú has destruido a todos los que te son infieles. Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio, para contar todas tus obras."
¿Qué hace el salmista? El salmista recompone su lealtad con el Señor y establece un nuevo compromiso con Él, en donde ya no tiene nada que envidiarle a nadie, porque lo tiene todo, porque tiene al Señor en su propia vida. Él reconoce su lealtad al afirmar que el Señor es la fuente y satisfacción primaria de todos sus deseos: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Tú eres la fuente primaria de todas mis satisfacciones."
En segundo lugar, él reconoce lealtad al Señor porque afirma que Él es la única y real fortaleza, provisión satisfactoria y suficiente en medio de cualquier circunstancia y de su propio decaimiento como persona. "Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre." O sea, a mí me puede faltar mucho; mi carne y mi corazón pueden desfallecer, mi carne puede desfallecer, mi corazón se puede angustiar, pero no se trata de mi corazón, se trata de ti. Tú eres mi fortaleza, tú eres mi porción para siempre.
Por eso es que él termina diciendo en el versículo 28: "Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio." Es una decisión personal en donde yo voy a decidir poner al Señor en su lugar y decir: "Estar cerca de Dios es lo mejor que me puede pasar. Estar cerca de Dios satisface todos mis deseos. En Dios el Señor yo he puesto mi refugio." Mi refugio no está en el dinero, no está en la popularidad, no está en mi trabajo, no está en mi profesión, no está en que tenga una excelente cuenta bancaria, no está en mi salud. Yo he puesto mi refugio en Dios para contarle al mundo lo que el Señor puede hacer cuando hay una bestia que se le sujeta, para contarle al mundo todas sus obras.
Todo lo que tú puedes hacer con un hombre que estuvo a punto de resbalar, que se llenó de ira, que estuvo deprimido, que fue como una bestia, pero tú nunca lo abandonaste. Y al descubrirte presente, Señor, le renovaste el corazón de tal manera que él pudo cantar que la lealtad es solo contigo, y que de ahora en adelante él declarará: "Para mí estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio para contar todas tus obras."
Hermanos, nosotros estamos viviendo y viviremos tiempos más difíciles todavía. No se tratará de que saldrá gente con armas a destruir nuestro cuerpo, sino que habrá gente arrogante e impíos prósperos que querrán tener nuestro corazón, si es que nosotros no tenemos una perspectiva correcta de la vida. Habrán muchas oportunidades para desconocer a nuestro Dios y para afirmar antivalores que no corresponden a la Palabra de su poder. Ha llegado el momento en que nosotros volvamos a luchar con nuestra frustración, con nuestra falta de entendimiento, con nuestra amargura, con las armas de Dios, para poder caminar con Él de manera segura, y podamos nuevamente reafirmar nuestra lealtad con el Señor, sabiendo que con Él todo es suficiente. Con Él todo es suficiente. ¿A quién tengo en los cielos sino a ti, y fuera de ti nada deseo?
Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.