La oscuridad es real. Está en el mundo que nos rodea —en la violencia, la injusticia, las familias destruidas— pero su raíz más profunda no está afuera sino adentro, en cada corazón humano. El mayor problema que enfrentamos no es la falta de educación, dinero o mejores circunstancias; es el pecado, la incredulidad que distorsiona nuestra visión y nos hace buscar soluciones falsas. Durante la Navidad existe la tentación de romantizar la imagen del pesebre, pero el nacimiento de Cristo representa algo muy distinto: es la luz de la gloria de Dios invadiendo un mundo oscuro, bajo condenación, lleno de sufrimiento.
El problema es que los seres humanos confundimos la luz con la oscuridad. Llamamos bien al mal y mal al bien. Buscamos luz en lugares equivocados: en el dinero, el poder, el placer. Incluso los creyentes caemos en mirar a luces menores —amigos, trabajo, familia— esperando de ellas lo que solo Dios puede dar. El materialismo de esta época nos miente, sugiriendo que la vida plena se encuentra en lo que podemos comprar. Pero Dios nos ha dado el mejor regalo: a sí mismo.
Juan escribe con absoluta certeza de que la luz prevalecerá. Las tinieblas no comprenden la luz ni pueden vencerla. Una historia del historiador Eusebio ilustra esta confianza: el apóstol Juan, ya anciano, persiguió a un joven que había abandonado la fe, subiendo solo a las montañas donde vivía como criminal. Sin armas, gritándole que aún había esperanza, lo abrazó y lo restauró. Juan sabía que la luz vence la oscuridad. Para quienes han recibido a Cristo, esa es también nuestra historia: fuimos encontrados por la luz, y ahora somos hijos del día.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Si me permiten, vamos a estar en el Evangelio de Juan, el capítulo 1, esta mañana. Entonces, si pueden ir al primer capítulo del Evangelio de Juan, vamos a leer los cinco versículos al comienzo del Evangelio, y después de leerlo voy a pedir al Señor por su ayuda, y a ver después qué tiene el Señor para nosotros en su Palabra esta mañana. ¿Están listos? Vamos a escuchar ahora, escuchamos juntos la Palabra de Dios.
Así dice: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron."
Oremos juntos. Padre, necesitamos tu ayuda esta mañana. Aparte de ti no tenemos la sabiduría, no tenemos la habilidad para comprender tu Palabra. Necesitamos que tu Espíritu Santo ilumine nuestros corazones, nuestras mentes. Ayúdame a mí, por favor, Padre, a proclamar tu verdad. Ayúdanos a escucharla, a entenderla, y ayúdanos también, por favor, a no solamente escucharla, sino a obedecer. Lo pedimos por medio de tu Hijo. Amén.
Bueno, es el tiempo de Navidad, y estamos todos listos para Navidad, contentos. No solamente los cristianos; la cultura entera, no importa si es en los Estados Unidos, en España o en la República Dominicana, por un mes —o bueno, quizá ahora es más y más tiempo, en octubre ya se comienza a decir "Feliz Navidad"— por unos meses todo el mundo está animado y apasionado por la Navidad. La gente que los otros meses, los otros días del año no tiene ningún interés en el cristianismo, en cuanto a la Navidad está muy lista. Bueno, una versión de la Navidad, al menos.
Pero también, en medio de este tiempo de Navidad, podemos hablar con muchos cristianos, y vemos el mundo, y vemos que las cosas no funcionan como deben funcionar. Hay sufrimiento, hay dolor, hay maldad. Incluso en nuestras propias vidas, como creyentes, vemos que hay penas, y especialmente creo que en este tiempo, en el 2016, no solamente en la República Dominicana sino en muchos lugares del mundo, los creyentes se sienten como si hubiera una oscuridad que nos rodea en la cultura y que se opone al cristianismo. Nos sentimos más y más, creo, que el cristianismo comprometido con las Escrituras y con la autoridad de Dios ahora se mira en la cultura no solamente como si fuera anticuado, sino que cada vez más los creyentes son vistos como intolerantes, y esa oscuridad, esas tinieblas alrededor de nosotros, se sienten más y más poderosas a veces.
No sé si se sienten así esta mañana, en esta cultura, pero les aseguro que muchos de nuestros hermanos por todo el mundo se sienten así. Parece que a veces la oscuridad, las tinieblas, están ganando. Pero los versículos que hemos leído y que vamos a considerar sugieren algo diferente, una perspectiva diferente. El Evangelio entero de Juan nos va a dar una historia muy diferente; nos va a dar una historia de cómo se relacionan la oscuridad, las tinieblas y la luz, y el Evangelio entero de Juan nos está diciendo algo acerca de esa relación entre lo uno y lo otro.
Juan, escribiendo al final del primer siglo, no tiene ninguna duda de cuál va a prevalecer: quién va a ganar, la oscuridad, las tinieblas, o la luz. No se olviden: Juan está escribiendo por la inspiración del Espíritu Santo, escribiendo en medio del Imperio Romano, un imperio malévolo y no creyente. Entonces quizá hay algo para nosotros para aprender esta mañana por medio de la Palabra de Dios.
Tengo tres verdades que vamos a considerar juntos, y a ver si podemos aplicarlas a nuestras vidas. En primer lugar, vemos en este pasaje que la oscuridad es real. La oscuridad es real. Si hablas con mucha gente, a veces dicen cosas que sugieren que la oscuridad, las cosas, no son tan malas; que la vida no es tan mala, y que si la vida parece que hay cosas que no funcionan de la manera que deben, eso es causa de que alguien no tiene la educación que necesita, o no tiene la provisión financiera que necesita, u alguna otra razón. Pero no hay un problema fundamental humano, dicen. Juan, sin embargo, nos asegura aquí al principio: la oscuridad es real.
Entendemos, claro, que la oscuridad es la ausencia de luz. Si usted ha estado en un campamento —yo tengo un hijo, quizá lo voy a mandar en enero al campamento, no sé— pero si usted ha hecho camping, a veces en una noche donde no hay nada de luz, las estrellas no se ven, la luna no se ve, y hay una oscuridad donde incluso no te puedes ver tu propia mano enfrente de la cara. Esa oscuridad es la ausencia de luz, y eso es parte de lo que Juan tiene en mente cuando hace alusión, como si fuera, a la historia de la creación de Génesis capítulo 1, cuando las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y con una palabra Dios crea la luz y hay luz.
Pero la luz en el Evangelio de Juan no solamente se refiere a la ausencia de luz física. Juan utiliza esta palabra y esta imagen para hablar también de la realidad de la maldad. No solamente es que lo bueno no está presente; es la realidad de la maldad. El cristianismo tiene una narrativa, una cosmovisión, que explica la ruptura que vemos en el mundo. No hay ninguna otra religión ni cosmovisión ni narrativa que nos ayude a entender por qué el mundo no funciona de una manera ideal.
Durante esta temporada, esta época de Navidad, hay la tentación de romantizar la realidad de la encarnación de Cristo. No sé si lo han notado en sus vidas. Miramos esa imagen del bebé, y a María y a José, los pastores, los magos —gracias, me vuelve poco a poco—, y nos sentimos con una ternura, una sentimentalidad. Pero la tentación es que olvidamos que esa imagen de Cristo, el Hijo eterno de Dios nacido como hombre, representa la luz que está rompiendo, que está invadiendo el mundo oscuro. Es una imagen de conquista, no un póster sentimental con esa imagen romantizada. El nacimiento de ese bebé hace dos mil años representa la luz de la gloria de Dios penetrando en un mundo oscuro, lleno de pecado, lleno de sufrimiento y bajo la condenación de Dios.
Y si entendemos verdaderamente las tinieblas, si entendemos la oscuridad tal como existe, sabemos que el mayor problema con la oscuridad no está solamente en el mundo alrededor de nosotros, sino aquí adentro, en cada uno de nosotros. La oscuridad es real en mi corazón, en tu corazón. La oscuridad tiene sus raíces en la carne de cada hijo caído, de cada hija de Adán y Eva. Nuestro problema más desesperado es el pecado. Nuestro problema fundamental es nuestra enemistad con Dios, nuestra incredulidad. Las Escrituras, regularmente y consistentemente, identifican eso como la oscuridad. Y esa oscuridad, esas tinieblas, explican por qué el mundo no funciona como Dios lo había diseñado en la creación. Explica por qué hay injusticia en el mundo, por qué hay sufrimiento, por qué hay cáncer.
Algunos de ustedes, en este año 2016, han caminado a través de esa oscuridad de maneras dolorosas en sus familias. Quizá ahora mismo están pensando en el 2016: ¿qué experiencias han tenido? ¿Cómo ha sufrido su familia? La oscuridad está afuera de nosotros y adentro, pero especialmente en cada corazón humano. Piensen por un minuto: ¿cómo ha ido este año para su familia? ¿Dónde han experimentado la decepción? Una persona mintiendo a otra en la familia, y el dolor que eso traía; el fracaso, los conflictos. Si piensan ahora, quizá tienen la memoria de eso en este año. Su mayor problema en todo eso, ¿cuál era la raíz? ¿Cuál era la causa primaria de todo eso?
No es que usted no durmió suficientemente este año. No es que solamente tiene que mejorar su dieta o nutrición, aunque quizá lo deba hacer. No es que su supervisor en el trabajo es un déspota, aunque quizá lo es. Y fundamentalmente no es ninguna otra circunstancia. Su mayor problema, mi mayor problema en mi vida, es la oscuridad en el propio corazón, las tinieblas. Es la incredulidad que nos lleva a una perspectiva falsa donde no vemos el mundo y las cosas como realmente son, donde dudamos las promesas de Dios y donde buscamos soluciones falsas a la oscuridad.
No nos debemos decepcionar: la oscuridad es real, y la vemos en cada lado. Si dudas de la oscuridad en el mundo, solamente tienes que poner a ver la televisión por cinco minutos y vas a ver la oscuridad, las tinieblas, en el mundo. Lo vemos en la violencia que caracteriza cada país, cada cultura. Lo vemos en familias destruidas por inmoralidad y adulterio. Lo vemos en la injusticia que está presente en cada cultura. Lo vemos en la tragedia del aborto y en una cosmovisión que sugiere que los niños son una carga para tolerar y no una bendición del Señor. Y podríamos continuar con la evidencia de las tinieblas, ¿no?
Pero ¿cómo vamos a responder? ¿Cómo respondemos a las tinieblas? Típicamente, cuando eras niño, ¿cómo respondías a la oscuridad? ¿Cuál era tu instinto? El miedo, sí, el temor. Eso es una experiencia universal de cada persona. Todavía no he encontrado al muchacho de cuatro años que diga: "¡Ah, me encanta la oscuridad!" No; mis hijos tienen miedo de la oscuridad. ¿Por qué? Porque no podemos ver claramente, hay riesgos, hay peligros. Y cuando nosotros vemos la oscuridad en el mundo, la tentación para nosotros es responder con miedo, con temor.
Y a veces, si tú eres como yo, ese temor se convierte en ira. Yo tengo ira, ¿por qué el mundo está así? ¿Por qué las personas me tratan así? ¿Por qué esto está ocurriendo en mi familia? Y respondo no en fe, no en confianza, no en gozo en Cristo; respondo en ira, en miedo.
Y si vamos a decir la verdad, curiosamente, cuando la oscuridad está adentro de nosotros —y es verdad, está adentro de cada uno de nosotros, incluso como creyentes—, hemos sido justificados, claro que sí, santificados, estamos siendo santificados, pero todavía tenemos batalla contra el pecado que nos queda. Y cuando alguien más mira y ve la oscuridad adentro de nosotros, nosotros queremos negar o pretender que no es real. Nosotros estamos muy contentos de ver la oscuridad de la cultura, o quizá incluso la oscuridad de nosotros mismos, pero cuando alguien más la ve en nosotros y nos dice algo, ¡oye, mira, ¿quién crees que eres? Lo queremos disculpar, racionalizarlo. Que tengan cuidado los que se aproximan a decirnos algo acerca de las tinieblas en nuestros corazones, porque nos convertimos en fariseos.
Entonces la oscuridad se ve al interior de cada uno de nosotros, no solamente al exterior. Pero el Evangelio nos llama a responder de una manera a la oscuridad, a responder a las tinieblas, a la oscuridad, de una manera muy diferente al miedo o a la ira.
Nos dirigimos ahora al segundo punto: la segunda verdad de la luz. En segundo lugar, vemos que la luz solo se encuentra en Cristo. La luz se encuentra en Cristo. Entonces sí, la primera verdad eran las malas noticias; estas son las buenas noticias. Juan ya ha identificado en estos versículos la luz del Verbo de Dios, el pre-eterno, por quien fueron hechas todas las cosas, y hay un contraste entre la luz del Verbo de Dios y la oscuridad del mundo, las tinieblas.
Nuestra cultura, no importa dónde vives, en cualquier parte del mundo, cada cultura tiene una visión o una habilidad de ver que las cosas no funcionan como deben funcionar. No saben por qué, pero reconocen que el mundo está en sufrimiento, que hay maldad. Sin embargo, los seres humanos tienen una tendencia notable y también trágica para confundir la oscuridad y la luz. Somos criaturas que caminamos en oscuridad y muchas veces no tenemos la habilidad de distinguir la una de la otra, la luz de la oscuridad. Y típicamente, como pecadores, somos propensos a identificarlas erróneamente.
El mundo ve que las cosas no funcionan como deben, pero el mundo es ciego a la luz, no la reconocen. Y la Biblia nos advierte acerca de esta confusión. Por ejemplo, el profeta Isaías declara en el capítulo 5, dice esto: "¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!" Esto ocurre todo el tiempo, todo el tiempo. La cultura lo hace, el mundo lo hace regularmente.
Y esto ha ocurrido desde nuestros primeros padres, Adán y Eva. ¿Qué pasa en el capítulo 3, por ejemplo, de Génesis? ¿Ha dicho Dios que no pueden comer de esto? No, esto es lo que Dios ha prohibido, y ellos lo hacen. Aman a la oscuridad como luz y a la luz como oscuridad. Y cada persona, cada pecador, cada cultura ha hecho lo mismo. Nosotros también lo hacemos como individuos, llamamos a la oscuridad luz y a la luz oscuridad. Tenemos una confusión moral que está rota, nuestra habilidad para distinguir entre las dos.
Así, mientras que el mundo puede entender que hay oscuridad, que las cosas no son como deberían ser, hay otro problema: nosotros, como pecadores, buscamos la luz en lugares equivocados. Cada persona que Dios ha creado a su imagen tiene este deseo por la luz. Lo están buscando. Sus amigos que no son creyentes, los miembros de su familia que no conocen a Cristo, aunque no lo reconocen ellos mismos, están buscando la luz. Ahora, no tienen idea de dónde encontrarla, porque su instinto, su habilidad espiritual ha sido destruida por el pecado. Pero estamos todos buscando la luz y, a causa del pecado, buscamos en lugares equivocados.
Si usted es consciente de la oscuridad adentro de usted, la pregunta de esta mañana es: ¿dónde se puede encontrar la luz? ¿Dónde está buscando? En otras palabras, ¿a dónde o a quién estás mirando para iluminar las partes más profundas, más oscuras de tu corazón? Algunos buscamos cosas que parecen ser luces, pero en realidad son trampas que destruyen. Lo vemos todo el tiempo, ¿no? Se puede ver en cosas que pensamos que van a ayudar a retroceder la oscuridad: el dinero, el poder, el sexo. Y como hemos dicho, solamente tienes que mirar la cultura y lo vemos regularmente. Cada persona está buscando la luz, pero buscamos en lugares falsos.
Pero incluso para los creyentes hay también otra tentación. A causa del pecado, nosotros a veces buscamos, como se dice, luces menores. Son luces, no son trampas que te van a destruir; son luces, pero son luces menores. Estas son cosas buenas, buenos regalos de Dios, pero no son la verdadera luz, la luz mayor, la luz que es la vida de los hombres. Y nosotros podemos hacer esto de varias maneras. Déjenme darles unos ejemplos, por favor. Cuando usted se siente solo, aislado, ¿a dónde busca para conquistar las tinieblas, la oscuridad del aislamiento, de la soledad? Bueno, yo puedo ir a internet, a Facebook, a ver si algo ahí me puede ayudar a no sentirme aislado. Alguna cosa así.
Cuando usted está ansioso, cuando se siente herido, cuando se siente avergonzado, ¿a dónde busca para combatir la oscuridad? Muchos cristianos miran a sus amigos, a su esposo, su trabajo, sus familias, o cualquier otro número de cosas buenas, regalos de Dios, pero miran a esos regalos para que sean para ellos lo que Dios no los ha diseñado para hacer. Solamente Dios mismo puede conquistar la oscuridad. Debemos mirar al Creador, no a sus regalos. Esas luces son menores comparadas con Cristo y su poder.
Hay una aplicación aquí, creo, para nosotros durante esta época o temporada de Navidad. Si me permiten, voy a apresurarme un poquito aquí. Alrededor de nosotros, incluso en Santo Domingo, en Nueva York, o donde estés, hay anuncios de empresas, un montón de rebajas que van a venir; algunos de nosotros estamos esperando las rebajas y todo esto nos está dando regularmente un mensaje falso. ¿No saben? No hay ningún problema con dar regalos o comprar cosas; Dios nos ha dado esas cosas para disfrutar en fe. Pero el mensaje que regularmente la cultura y el mundo nos está dando es este: la vida completa, una vida buena, se trata de las cosas que puedes comprar, las cosas que puedes poseer, si tienes más que tu vecino. El materialismo del mundo nos miente, nos tienta a fallar en reconocer que en el Evangelio Dios nos ha dado el mejor regalo de todos: nos ha dado a Sí mismo. No solamente sus bendiciones, sino que Dios nos da a Él mismo, y eso es la luz. El materialismo es la oscuridad, y vemos el contraste en la Navidad, en esta época. Quizá lo vemos en nuestros corazones.
Jesús es la única luz que penetra la oscuridad dentro de nosotros y en el mundo. Y Cristo nos asegura esta realidad cuando dice en Juan 12: "Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas." Si tú eres un cristiano, esta es tu historia. No es que tú encontraste la luz, sino que la luz te encontró a ti. Pablo lo va a decir de esta manera en 2 Corintios, cuando afirma: "Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que ha resplanecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo." Esa es mi historia; esa es su historia, si eres un cristiano esta mañana y estás confiando en Cristo, en las promesas que Dios nos hace en el Evangelio.
Pero si usted está aquí esta mañana y se está dando cuenta, ahora mismo, escuchándome, que su corazón no ha recibido este milagro iluminador de Dios, no debe desesperar. Es posible que una persona haya sido criada en un hogar religioso o una familia moral y quizás supone que tiene alguna identidad cristiana sobre esa base, pero eso no es la luz; eso es el moralismo. O puede ser más sencillo que eso: quizá hay algunos de ustedes aquí esta mañana que simplemente tienen la habilidad de fingirlo, pueden dar la apariencia de una persona moral o religiosa. Pero si usted ahora mismo es honesto consigo mismo, sabe que está ahogándose en la oscuridad y siente que nadie lo ve.
Pero la luz es para usted; no debe desesperar. Incluso hoy la luz está brillando. Cristo, la luz verdadera, es para usted. Dice el versículo 9: "La luz que al venir al mundo alumbra a todo hombre." ¿Va usted a caminar hacia la luz esta mañana? ¿Va a dejar de tratar de encontrar su propio camino mirando a luces falsas o luces menores? ¿Va a dejar de perseguir formas falsas de cristianismo? La luz es para usted. Juan explica más adelante en el mismo capítulo 1 que para aquellos que reciben a Cristo dice esto: "A los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre, sino de Dios." Esos son quienes han sido descubiertos por la luz.
Para el pueblo de Dios esto es lo más central, ¿no? Para una iglesia como la IBI, esto es lo que más importa. Nuestra confianza, nuestra seguridad, nuestra vida están conectadas y dependen de la realidad de la luz de Cristo, la luz que solamente se encuentra en Cristo.
En tercer lugar, entonces: la luz prevalecerá. Es seguro que la luz prevalecerá.
En este mundo pensamos —y hemos hablado mucho de esto esta mañana— pero ¿cómo se relaciona la luz con la oscuridad? Porque Juan no dice que bueno, existía la oscuridad, pero después llegó Cristo y ahora solamente existe la luz. No dice eso. La oscuridad y la luz están ahí juntas, la una alrededor de la otra. Entonces, ¿cómo se relaciona la luz con la oscuridad?
Juan nos dice aquí que las tinieblas, en cuanto a la luz, no la comprendieron. Y como hace Juan —Juan está obsesionado con la imagen de la luz; si leen, por ejemplo, Primera, Segunda o Tercera de Juan, o el Apocalipsis, van a ver que la imagen de la luz está por todos lados, incluso en su evangelio— cuando él utiliza esa imagen hace algo interesante. Si tienen otra traducción esta mañana, incluso la Reina Valera, van a notar que esta misma frase se traduce: "las tinieblas no prevalecieron contra ella." ¿Qué está pasando aquí? ¿Tenemos una crisis en la Biblia? No. Mira, ¿cuál es? ¿Quiere decir Juan que las tinieblas no pueden entender, no pueden comprender la luz, que ven la luz y no tienen la habilidad de comprender lo que está ocurriendo? ¿O quiere decir Juan que la luz es de tal fuerza, de tal poder, que las tinieblas no pueden extinguirla?
Los dos. Los dos. Piensa por un minuto: en el evangelio de Juan entero vamos a ver estas dos verdades, estas dos realidades. Del primer capítulo hasta el final del evangelio de Juan se puede ver, por ejemplo, que las personas que están en oscuridad no comprenden quién es Cristo, no comprenden sus milagros, miran a la luz y no entienden lo que está ocurriendo. Ellos miran y ven a un pobre crucificado por el Imperio Romano, pero los que han recibido la luz miran y ven que ese es el Salvador, tomando en sí mismo nuestros pecados, y ven la gloria y la majestad de Dios en la luz. Pero también, claro que sí, vemos en el evangelio de Juan que la realidad es que la oscuridad no conquista, no puede vencer a la luz.
¿Qué es lo que Dios nos enseña aquí entonces? Hasta que Cristo vuelva, esta es nuestra realidad: la oscuridad y la luz, las tinieblas y la luz, ahí juntas. La oscuridad está todavía ahí y el mundo no tiene la habilidad de comprender verdaderamente quién es Cristo, y por qué Él tuvo que venir a morir, por qué tuvo que venir a vivir una vida perfecta, por qué tuvo que morir como sustituto, como un sacrificio. Y el evangelio nos asegura que va a venir un día donde la oscuridad será destruida, vencida, y el pecado no será más. Ese día va a venir.
Así que no importa lo oscuras que puedan parecer las cosas ahora mismo. Las cosas parecen muy oscuras en 2016. Parece que las tinieblas a veces están venciendo. Pero si conocemos a Cristo, si conocemos su evangelio, no perdemos la esperanza. No juzgamos nuestra condición basada en nuestras circunstancias, sino por lo que la Palabra de Dios nos dice que es la verdad. No perdemos la esperanza.
Nuestra esperanza es tan segura que cuando el mismo apóstol Juan habla al final de la Revelación de su visión de la nueva ciudad de Dios —lo conocen en Apocalipsis capítulo 21— cuando el apóstol Juan está intentando describir esa visión de la ciudad de Dios que va a venir, la imagen que él utiliza les va a sonar un poco familiar. Dice esto, en Apocalipsis 21: "La ciudad no tiene necesidad del sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera." Esta es nuestra confianza: la luz va a vencer.
Si eso es cierto, esa visión del apóstol Juan, ¿qué tenemos que temer? Somos un pueblo de Dios marcados por la promesa, marcados por la esperanza, por una confianza firme y segura que solo viene porque tenemos la Palabra de Dios. La verdad es que tú y yo no tenemos ninguna idea de qué va a ocurrir en 2017. No tienes ni idea. Y ahí puedes mirar la televisión y las noticias, y hay gente a la que les pagan mucho dinero —me parece a mí— para decir cualquier cosa: esto va a ocurrir con la economía, o con esta guerra, o con estas cosas políticas, y nadie tiene ni idea, pero les pagan un buen sueldo por decirlo. La realidad es que tú y yo no tenemos ninguna idea de qué va a ocurrir en el año que viene. La realidad es que tú y yo no tenemos ninguna idea de qué va a ocurrir en nuestra vida esta tarde. Es una ilusión pensar que podemos saber eso.
No sabemos los desafíos, el sufrimiento que puede llegar a cada uno de nosotros durante nuestras vidas, nuestros ministerios, nuestras carreras, nuestras familias, porque la oscuridad es real y está de hecho presente. Pero la esperanza cierta que tenemos es que la oscuridad es derrotada en Cristo.
Cuando el apóstol Pablo escribe a los cristianos en Tesalónica, hace una cosa tremenda que nos ayuda a nosotros esta mañana: les recuerda su identidad, su identidad y la conexión que ellos tienen a la verdadera luz de Cristo. Y de hecho les dice a ellos, y nos dice a nosotros por medio de las Escrituras: "Sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas." Somos esos hijos de la luz ahora por Cristo, y aunque el mundo sea caracterizado por tinieblas, aunque vemos todavía la batalla contra el pecado en nuestras vidas, tenemos la promesa del poder de Dios y el mensaje de su gracia. Y cuando ese mensaje nos agarra, nos da confianza.
El apóstol Juan conocía esta confianza, la confianza de que la luz va a vencer y a prevalecer en medio de las tinieblas. Él lo conocía personalmente. Hay un historiador —gracias, pastor Miguel— un historiador del siglo IV que se llamaba Eusebio. Yo también soy profesor de historia, así que, si me permiten, les voy a dar un poco de historia. Eusebio era un historiador del siglo IV que escribía la historia de la iglesia del primer siglo.
Eusebio describió un momento al final de la vida del apóstol Juan. No sabemos completamente si cada detalle es preciso, pero la historia en su totalidad parece ser básicamente exacta. Nos dice Eusebio que Juan había vuelto de su exilio en la isla de Patmos, que ustedes conocen bien, donde Juan había escrito el Apocalipsis. Había vuelto de su exilio como un hombre ya viejo y anciano, e iba de viaje de ciudad en ciudad apoyando a la iglesia y escogiendo obispos y pastores para esas iglesias.
Llegó a una ciudad y ahí se encontró a un joven, un hombre que había vivido una vida de pecado y se convirtió a Cristo. Juan comenzó a disciplinar a este joven, se invirtió en él tiempo, energía y cariño. Pero dentro de un tiempo Juan se tuvo que despedir. El apóstol tenía que irse a otra ciudad a dar apoyo a una iglesia y a escoger obispos y líderes para ella.
Entonces Juan, que era un buen pastor, encontró al obispo y le dijo: "Mira, tienes que ayudarme. Yo tengo amor por este joven; conoció a Cristo, pero es joven en la fe. Necesita ser discipulado, continuar en la fe; van a necesitar tu ayuda para enseñarle la fe." Y el obispo dice: "Bueno, claro que sí." Si el apóstol Juan te dice eso, vas a decir que sí, ¿no? Entonces Juan se fue.
Después de un tiempo el obispo continuó enseñando al joven y lo bautizó. Pero después de un tiempo el joven regresó a su manera de vivir anterior. Regresó a sus amigos, que formaban como una pandilla de criminales que vivían en unas montañas afuera de la ciudad. Y lo más importante es que el joven abandonó la fe; regresó a su vida de pecado y abandonó la fe.
Dentro de un tiempo, Juan, el apóstol Juan, volvió a la ciudad, y claro, tenía interés en encontrar a este joven: ¿Cómo le va? ¿Estás creciendo en la fe? Pero al preguntar al obispo cómo iban las cosas, el obispo le dijo, avergonzado y lleno de tristeza, todo lo que había sucedido.
¿Qué debería pasar en ese momento? Si tú fueras Juan, vas a decir: "La oscuridad ganó, las tinieblas vencieron, hemos perdido a este joven. No tenemos ninguna esperanza por él." Pero eso no era el apóstol Juan. Dejó todo lo que tenía, tomó un caballo —algo curioso, interesante— se montó en un caballo y se fue a buscarle en las montañas. Y tienen que recordar que el peligro era tremendo. Juan es un hombre viejo y se va solo, con su caballo, a las montañas a buscar a un joven que ahora era como el capitán de esa pandilla. Se va a buscar a ese hombre violento y malévolo, con un riesgo tremendo para sí mismo; le podrían matar. Y Juan no tenía ninguna arma, ninguna pistola ni espada.
Se dice que cuando Juan se aproximaba a la pandilla, ese joven vio a Juan acercándose, caminando hacia él. E inmediatamente el joven se avergonzó y comenzó a correr en la dirección opuesta. Quizás hemos visto al pastor algún día en el supermercado y hemos huido, ¿no? Pero Juan, nos dice Eusebio, al ver a este joven comenzar a correr, olvidándose de su edad, le seguía con toda su fuerza y comenzó a gritarle al joven. Dice esto: "¿Por qué huyes de mí, hijo mío? ¿Por qué huyes de mí, tu propio padre, sin armas y envejecido? Ten piedad de mí, hijo mío. No temas; todavía tienes esperanza de vida. Voy a dar cuenta a Cristo por ti. Si es necesario, voy a soportar tu muerte como el Señor sufrió la muerte por nosotros. Para ti renunciaré mi vida. Detente, cree; Cristo me ha enviado."
Juan no perdía confianza en el poder del evangelio. Esa es la razón por la que Juan puede estar ahí mismo, solo, sin ninguna defensa, porque sabía que la luz vencerá a la oscuridad.
¿Y qué ocurrió? Al escuchar ese mensaje, el joven, dice Eusebio, se detuvo, miró para abajo, abandonó sus armas y comenzó a temblar y a llorar amargamente. ¿Y qué hizo? El apóstol se aproximó a él, lo abrazó y lo restauró a la fe.
Juan sabía que la luz vence a la oscuridad. Juan sabía lo que cada creyente debe saber: que la luz brilla en las tinieblas.
Y aunque parece que la luz será extinguida o apagada, el Evangelio de Cristo tiene poder. Cristiano, si tú has recibido la misma luz, has recibido la misma luz que ese joven. Esa es tu historia, esa es mi historia. El milagro de Navidad es que Dios busca a pecadores, sus enemigos, y por su gracia la luz de su Palabra ilumina el corazón.
Y nosotros, quienes fuimos enemigos de Dios, ahora somos adoptados como su familia. Por la gracia de Dios somos hijos de la luz, igual que ese joven. Y la luz brilla en las tinieblas.
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