Integridad y Sabiduria
Sermones

Las madres de Jesús

Oskar Arocha 25 diciembre, 2016

La genealogía de Jesús en Mateo 1 no es una lista de nombres para saltar, sino una declaración poderosa: esto realmente sucedió, y Dios cumple sus promesas. Cada nombre representa generaciones de espera hasta que el Mesías llegó en el momento perfecto. El evangelio no es un buen consejo sobre cómo vivir mejor; son buenas nuevas de algo que ya ocurrió. Como cuando un ejército enemigo es derrotado: la ciudad no necesita estrategas sino mensajeros que anuncien la victoria.

Lo sorprendente de esta genealogía es quiénes aparecen en ella. Mateo incluye cinco mujeres, algo impensable en una cultura donde ellas no podían siquiera testificar en un juicio. Y no son mujeres respetables: Tamar se disfrazó de prostituta para seducir a su suegro; Rahab vendía su cuerpo en Jericó; Rut venía de una tierra pagana; y cuando menciona a Betsabé, ni siquiera usa su nombre, solo dice "la que había sido mujer de Urías", asegurándose de que nadie olvide el adulterio y asesinato de David. La pureza de Jesús trasciende los límites que los humanos ponemos a la gente. En su mesa redonda, la prostituta y el rey son iguales.

María, la quinta madre, fue despreciada por su sociedad como las anteriores. Pero ella no formó su identidad según lo que la cultura decía. En su cántico declaró: "Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador". Entendió que era pecadora y que solo en Jesús encontraría salvación. Sin Cristo, buscamos identidad en logros, familia o placeres que dejan vacío. Con él, ni siquiera la peor maldad que otros nos hagan puede tocar quiénes somos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bien, pues, acompáñeme a Mateo 1. Vamos a Mateo 1, y mientras lo van buscando, quiero animarles a todos a que, si no lo han comprado, compren el libro *Vivir con integridad y sabiduría*, del pastor Miguel Núñez. Escuchen nada más esta frase: si queremos recuperar la integridad y la sabiduría en nuestra cultura, si ese es tu deseo, comienza comprando y leyendo este libro. Así que les animo a eso, y si ya lo compraron, compren uno para regalarlo.

Bien, vamos a Mateo 1 y estaremos leyendo los versículos 1 al 17. También aprovecho para darle gracias a Tim Keller y su libro *El secreto de Navidad*, que me inspiró a traer las palabras de hoy.

Mateo 1, versículo 1. Leo: "Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham fue padre de Isaac, e Isaac fue padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zara, cuya madre fue Tamar. Fares fue padre de Esrom, y Esrom de Aram. Aram fue padre de Aminadab, Aminadab de Naasón, y Naasón de Salmón. Salmón fue padre de Booz, cuya madre fue Rahab. Booz fue padre de Obed, cuya madre fue Rut. Y Obed fue padre de Isaí, e Isaí fue padre del rey David. Y David fue padre de Salomón, cuya madre había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboam, Roboam de Abías, y Abías de Asa. Asa fue padre de Josafat, Josafat de Joram, y Joram de Uzías. Uzías fue padre de Jotam, Jotam de Acaz, y Acaz de Ezequías. Ezequías fue padre de Manasés, Manasés de Amón, y Amón de Josías. Josías fue padre de Jeconías y de sus hermanos, durante la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías fue padre de Salatiel, y Salatiel de Zorobabel. Zorobabel fue padre de Abiud, Abiud de Eliaquim, y Eliaquim de Azor. Azor fue padre de Sadoc, Sadoc de Aquim, y Aquim de Eliud. Eliud fue padre de Eleazar, Eleazar de Matán, y Matán de Jacob. Jacob fue padre de José, el marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones, y desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones."

¿Cuándo fue la última vez que leyó una genealogía? La mayoría de nosotros, cuando estamos leyendo la Biblia y llegamos a una genealogía, lo que hacemos es saltarla. A menos que estemos a punto de dar a luz y estamos buscando un nombre bíblico para ponerle a nuestro hijo, ¿cierto? Pero espero que al final de este sermón, ustedes puedan ver un gran valor en las genealogías que tenemos en la Biblia. A veces, al saltar estos nombres y lo que nos dicen, ignoramos grandes promesas que el Señor nos ha dejado escritas ahí.

A veces llegamos a Mateo 1 y lo que queremos es leer el nacimiento de Jesús, y saltamos la genealogía. Y eso hace que no nos demos cuenta de que el nacimiento de Jesús es más que un nacimiento. El nacimiento de Jesús, sobre todo, es una venida: la venida del Hijo de Dios al mundo. Y no nos damos cuenta, al saltarla, de que todos estos nombres están ahí, y en cada nombre Dios está diciendo: "Yo cumplo mis promesas."

En esta mañana lo que vamos a hacer es ver este pasaje indicando tres cosas. Primero, haremos una pregunta: ¿qué significa la genealogía de Mateo 1? Segundo, ¿quiénes fueron las madres de Jesús? —ese es el título del sermón, *Las madres de Jesús*— y veremos algunas enseñanzas.

Cuando vemos esta genealogía, hay muchas cosas que comunica, pero al menos comunica dos grandes ideas. La primera gran idea es que nos está diciendo que esta es la verdadera historia de Jesús y lo que hizo. Nos está diciendo: esto realmente sucedió. Si ustedes se dan cuenta, esto no es como algunos libros que uno lee, que dicen: "Había una vez una adorable niña que era querida por su abuelita, que una vez le regaló una pequeña caperuza." Eso es un cuento: Caperucita Roja. Tampoco es como en algunas películas que hemos visto, que dicen: "Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana..." —como las películas de Lucasfilm, La guerra de las galaxias—. Sino que, ¿qué dice? Que este es el libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. No es un cuento lo que vamos a leer. No nos está tratando de informar de alguna metáfora, una fábula o un simple consejo de cómo vivir mejor. Sino que nos está diciendo: esto realmente sucedió. Esta es la historia de Jesús.

Y para nosotros es sumamente importante entender la diferencia entre un consejo o una fábula con una moraleja, y comparar eso con lo que es la noticia de Jesús. El Evangelio no es el buen consejo, sino las buenas nuevas de Jesús. Y la diferencia es muy marcada: cuando yo digo que es un consejo, te estoy informando de algo que debes hacer; pero cuando te digo que es una noticia, te estoy diciendo que es algo que ya sucedió. Cuando digo que es un consejo, el consejo urge a que tú tomes una acción; pero cuando digo que es una noticia, que son las buenas nuevas, me está llamando a reconocer algo que ya sucedió y a reaccionar con asombro ante eso que ya sucedió. Y más aún: cuando digo que es un consejo, estoy esperando que tú tomes acción; pero las buenas nuevas nos están diciendo que ya alguien tomó acción en mi lugar. Y ese es el Evangelio de Jesucristo.

Si, por ejemplo, viene un ejército contra Santo Domingo —digamos que viene un ejército hacia acá—, ¿qué necesitamos nosotros? Necesitamos consejeros, necesitamos una estrategia, necesitamos los consejos para saber cómo debemos reaccionar. Pero imagínate que, ante ese mismo gran ejército, el gran Rey de reyes, el Señor de señores, intercepta al ejército, el ejército es vencido y el Señor gana la victoria. ¿Qué necesita ahora la ciudad? La ciudad no necesita consejos; necesita mensajeros que vayan a dar la noticia de lo que ha sucedido. Y el mensajero llegará a un lugar y no simplemente dirá: "Aquí les traigo un buen consejo." Sino que el mensajero dirá: "Les traigo buenas nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo, porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo Jesús, el Señor."

Entonces sabemos que no es simplemente una fábula, un cuento para vivir una vida mejor, sino que la genealogía nos está comunicando que esto es historia verdadera. Y que la historia es que el Hijo de Dios ha venido al mundo, que el Evangelio de Jesucristo es el gran anuncio de la salvación. No es el buen consejo, sino las buenas nuevas de que ya tú y yo no necesitamos seguir tratando de ganarnos la salvación, sino que Dios ganó y alcanzó la salvación en nuestro lugar.

La segunda gran idea que comunica la genealogía es que nos comunica identidad. La identidad es nuestro sentido de ser, nuestro sentido de valor: quién eres, qué te hace sentir importante, qué te hace sentir confiado. La identidad es el centro más profundo y extenso de nuestra personalidad. Y en cierto sentido se parece un poco a ser fanático de nacimiento. Tomemos la liga española de fútbol. A veces uno ve la liga española y parece que nada más hay dos equipos —los que saben de fútbol saben de cuáles hablo—: el Barça y el Real Madrid. Pero hay muchos equipos. Yo fui al internet y encontré equipos que nunca había escuchado. Encontré uno que se llama Real Betis, del que nunca había escuchado, y ni sé de qué ciudad es. Pero este equipo tiene fanáticos: personas que nacieron en ese lugar, personas que desde pequeños, aunque su equipo nunca gane, son fanáticos.

O no tenemos que ir tan lejos: los Leones del Escogido. Miren, los Leones del Escogido han ganado muchas finales en los últimos años. Los liceístas y los aguiluchos, estamos de acuerdo en lo siguiente: hace quince, veinte, treinta años atrás, ellos no ganaban, nunca ganaban. Pero había dos o tres fanáticos que estaban ahí esperando. Yo tenía dos o tres amigos —y Rufo, la mascota del equipo— que estaban ahí, y no importaba lo que sucediera, ellos se mantenían fanáticos. Y eso, en cierto sentido, se parece a lo que es la identidad, aunque la identidad va mucho más allá. No importa qué cambie: tu identidad está ahí, y tu identidad está controlando quién tú eres, qué tú valoras y hacia dónde tú vas.

En cuanto a la antigüedad, dos mil años atrás y más, escuchen esta cita: en la antigüedad, las genealogías eran el instrumento cultural que le daban sentido de identidad a la gente. Referir el nombre de los ancestros comunicaba el lugar de donde venías, el oficio, tu trabajo, la clase social, la educación, tus valores, tus virtudes, lo que tú atesorabas, tus valores morales y muchas otras cosas. Y todo eso estaba atado a la familia y a tus ancestros.

Pero hoy día eso tiene poco valor. Vivimos en una sociedad individualista que está obsesionada con los logros y las metas. Y una de las cosas más importantes para nosotros es el currículo. En el currículo ponemos nuestros estudios, nuestros trabajos, nuestras metas logradas, las cosas que nos hemos propuesto, los cursos que hemos tomado. Miren, por ejemplo: si tú vas a un evento y quieres conocer personas nuevas, ¿qué hacemos nosotros? Decimos: "Bueno, mi nombre es Pedro, mucho gusto, soy abogado y trabajo con Martínez y Martínez." Pero a nadie se le ocurre hoy decir: "Mira, mi nombre es Óscar, yo soy de la familia Rodríguez, Pantaleón, Camilo, Pérez de la Vega." Nadie hace eso, porque ya para nosotros eso no es importante para definir cuál es nuestra identidad. Y recientemente, yo diría que en los últimos años...

Que dirían los últimos diez o quince años, la sociedad, sobre todo la sociedad occidental, ha estado empujando mucho que cada ser humano tome su identidad y tome los placeres sexuales y lo convenga en eso. Tratando como de decirle a la sociedad: si ustedes logran combinar sus placeres con su identidad, ustedes van a lograr una libertad, esa libertad que tanto anhelan. Y tú puedes escuchar personas que dicen "mi identidad es..." o "yo soy gay", dice la gente, por ejemplo. Pero la realidad es que nosotros vamos a la Palabra de Dios y aun vemos las experiencias de hermanos nuestros que solamente encuentran esa libertad que uno tanto anhela cuando su identidad es Cristo. Nada, nada te puede dar realmente esa libertad que tú tanto anhelas, a menos que tu identidad sea Cristo.

Y si volvemos atrás, volvemos dos mil años atrás, cuando Jesús y su nacimiento... para el judío del primer siglo, la genealogía era una descripción de su identidad. Mencionar sus ancestros y su familia, los nombres y los apellidos, era una forma de decir: "yo soy así, estas son las cosas que yo valoro, esta es mi familia, nosotros hacemos esto, este es mi oficio, esta es mi educación", etcétera, etcétera.

Ahora, ¿qué significa eso en cuanto a lo que estamos viendo del pasaje? Bueno, que es imposible que nosotros nos desconectemos de nuestra identidad. Nosotros estamos atados a la identidad. Es tanto así que nosotros, por eso, resaltamos aquellas cosas que valoramos, como nuestros estudios, la maestría que hicimos en Madrid; eso lo resaltamos y eso nosotros lo unimos a nuestra identidad. Pero escondemos, obviamos el hecho de que no fue hasta los diez años que yo dejé el biberón de leche, porque eso no está bien unido a nuestra identidad. Nosotros no podemos tener un nombre unido a un logro tan malo, tan deficiente.

Y en el tiempo de Jesús era la genealogía. La gente sabía que el nombre de sus ancestros y su familia les daba ese sentido de identidad. Tanto así que a veces personas trataban de no mencionar algunos familiares. Herodes, el que era rey de la región, el rey Herodes, trató de borrar algunos registros públicos para que él pudiera encajar dentro de un estrato de la sociedad.

Y cuando vemos lo que dice Mateo aquí en el capítulo 1, vemos totalmente lo contrario: Mateo no esconde. Mateo no esconde ni trata de solamente resaltar aquellas cosas que el mundo resalta. Si tú te das cuenta, Mateo menciona cinco mujeres. Y tú dirás: "¿y qué importa?". Esto es importantísimo, porque en el tiempo de Mateo las mujeres tenían muy poco valor social. Las mujeres no podían votar, las mujeres no podían ni siquiera ser testigos en un juicio. A ellas no se les otorgaban los derechos que nosotros damos por sentado hoy. Entonces Mateo, sorpresivamente, incluye en la genealogía a las mujeres, las madres de Jesús, a pesar de que para la sociedad eso pudiera ser vergonzoso, porque para nuestro Dios no lo es.

Y eso entonces nos lleva a la segunda enseñanza de hoy, al segundo punto: conozcamos las madres de Jesús. ¿Quiénes son las madres de Jesús? Tenemos a Tamar, Rahab, Rut, Betsabé y María.

Veamos lo que dice el versículo 3. El versículo 3 dice: "Judá fue padre de Fares y de Zara, cuya madre fue Tamar." Mateo lo pone bien sencillo, pero realmente es súper complicado. Permítame explicar, porque Judá tuvo tres hijos: Er, Onán y Sela. Entonces Judá toma a Er y a Tamar y los casa. Pero resulta que la Biblia nos dice que Er fue malvado ante los ojos de Dios y Dios le quitó la vida. Entonces Judá, el patriarca, toma a su segundo hijo, Onán, y casa a Tamar con Onán. Onán hace lo mismo que hizo su hermano mayor, vivió una vida de pecado y de maldad, trató mal a Tamar, y el Señor le quitó la vida.

Y Judá, el patriarca, entonces dice: "Bueno, aquí parece que el problema está en Tamar." Y al tercer hijo, Sela, no se lo da. Y le dice a Tamar: "Vete a casa de tus padres, que yo te aviso." Pero su intención realmente era engañar a Tamar. Tamar esperó, esperó, esperó y esperó, y nada pasaba. Entonces, ¿saben lo que hizo Tamar? Tamar sabía que Judá trabajaba en el campo. En el camino, ella se vistió de prostituta, se acercó a su suegro Judá, y Judá tuvo relaciones con Tamar. Y de ahí salieron Fares y Zara, que luego fueron ancestros de Jesús. Es decir, ese es el tipo de persona que Mateo está incluyendo en la genealogía.

También tenemos a Rahab, la Ramera, que también fue madre —es decir, antepasada— de Jesús. Se le llama Rahab la Ramera por algo muy específico, porque era conocida por eso. El versículo 5 dice: "Salmón fue padre de Booz, cuya madre fue Rahab." Y ella era una conocida prostituta de la gran ciudad de Jericó. Ella, antepasada de Jesús, vendía su cuerpo por dinero. Un día todo eso cambió, y ella entregó su vida al temor del Señor. Y tanto entregó su vida al Señor que estuvo dispuesta a poner en riesgo su propia vida, a esconder a los espías de Israel y a no hacerle caso al mandato y a la pregunta que le hizo el rey.

La tercera madre de Jesús es Rut, mencionada aquí en la genealogía. Dice el versículo 5: "Booz fue padre de Obed, cuya madre fue Rut, y Obed fue padre de Isaí. Isaí fue padre de David." Es decir, que Rut fue la bisabuela del rey David, del gran rey David. Pero Rut ni siquiera era israelita. Rut era de una tierra pagana, fue criada desde pequeña para vivir adorando dioses falsos y vivió una vida lejos de Dios. La religión de su crianza era totalmente opuesta al Dios de Israel. Pero un día eso cambió. Gracias a la familia de Noemí, gracias a la obra de Dios, el Dios de Israel vino a ser el Dios de Rut, y ella por amor lo dejó todo.

Luego tenemos a Betsabé, la cuarta madre de Jesús. Dice el versículo 6: "Isaí fue padre del rey David, y David fue padre de Salomón, cuya madre había sido mujer de Urías." Yo no sé cuál traducción tú tienes, pero la mayoría de las traducciones tienen el nombre Betsabé. Pero realmente el texto literalmente no menciona su nombre. De todas las personas que están en la genealogía, aquí solamente dice que fue la madre de Salomón, que David engendró a Salomón de ella. No dice "de Betsabé", sino dice "de ella", solamente pone el pronombre, y dice "la de Urías".

¿Qué quiere lograr el escritor con hacer eso? Porque después de mencionar a todo el mundo por nombre, ahora toma a Betsabé y no menciona su nombre. ¿Qué quiere lograr con eso? Quiere lograr que nos aseguremos de que la Palabra de Dios no esconde el pecado de los hijos de Dios. Esta mención en la genealogía garantiza que todos nos recordemos el pecado de David: que David engañó, mintió, adulteró con Betsabé y que asesinó a Urías, que era uno de los treinta guerreros, uno de los guerreros cercanos, uno de los guerreros de confianza de David.

Eso entonces nos lleva a nuestro tercer punto: algunas enseñanzas. Yo diría que por lo menos cinco enseñanzas, quizás seis. Y la primera enseñanza que nosotros vemos aquí, que podemos sacar de esta genealogía, es que la pureza de Jesús es trascendente. Todo el que ha sido excluido por la cultura, todo el que ha sido excluido por los respetados de la sociedad, todos los que han sido excluidos por los religiosos que usan la Biblia como un garrote, todos ellos pueden ser incluidos en la familia de Jesús. No importa tu apellido, no importa tu pasado, no importa tu maldad, no importa tu pecado: si tú te arrepientes, si tú crees en el Señor Jesucristo, serás salvo y serás parte de la familia de Dios.

Y digo que la pureza de Jesús trasciende, porque la pureza de Jesús trasciende los límites que nosotros los humanos le ponemos a la gente. Tomemos el caso de la lepra. En el tiempo de Jesús, cuando a alguien le daba lepra, esa persona era totalmente rechazada de la sociedad. No había ningún tipo de misericordia y compasión para él. El judío no solamente los rechazaba, ni siquiera les ponía la mano encima, aun si fuera a ayudarle. ¿Qué hizo Jesús cuando se encontró con los leprosos? Jesús los abrazó. Jesús les puso la mano. Jesús los amó. Jesús los limpió. Y Jesús les trajo el mensaje de la salvación. Escucha estas palabras: "Aunque tus pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos."

Una segunda enseñanza es que aprendemos que Jesús no hace acepción de personas. Ustedes recuerdan la leyenda del rey Arturo y sir Lancelot, que había una mesa redonda que era parte básica de la leyenda: una mesa redonda con ciento cincuenta sillas, donde se sentaban los grandes caballeros de ese tiempo. Y según cuenta la leyenda, la mesa era redonda y no cuadrada. ¿Por qué no era cuadrada? Porque en una mesa cuadrada hay alguien que es el líder de la mesa, pero en la mesa redonda todos son iguales.

Bueno, pues podemos decir, basado en el mensaje del Evangelio de Jesucristo, que en la mesa de Dios la prostituta y el rey, el hombre y la mujer, el anciano y el niño, el judío y el gentil, el esclavo y el libre, el moral y el inmoral, todos son iguales. Gracias a Jesús, todos somos igualmente perdidos y contaminados, y todos somos igualmente amados por Dios. Dios en Cristo no se avergüenza de nosotros. Amén. Y si tú confías en Dios, si tú entregas tu vida a Dios, no importa quién seas: tú puedes ser parte de la familia de Dios y te vas a sentar en esa mesa redonda donde todos somos iguales, y el único que manda es Jesucristo.

Yo no sé si tú te has dado cuenta, pero uno tiende a resaltar una cultura sobre otra. Sobre todo, uno a menudo resalta la cultura propia. O a veces resalta la cultura japonesa, la suiza. A veces uno va al extranjero, ve algo bien hecho y dice: "Igual que allá." Pero en todas las sociedades, en todas las culturas, hay personas que son consideradas superiores y hay personas que son despreciadas. A veces el despreciado es porque no tiene educación. A veces el despreciado es porque es del campo. A veces el despreciado es porque es de la ciudad. A veces el despreciado es porque es pobre.

A veces el despreciado es porque simplemente es diferente. Solo porque tiene síndrome de Down, ya es despreciado. Solo porque es diferente a lo normal, es despreciado. Y en todas las sociedades es así, pero no es así para los que están en Cristo Jesús. Porque los valores del reino de Cristo son contrarios a los valores de este mundo. Y aquellos que son despreciados por el mundo son abrazados por Cristo. Amén.

Una tercera enseñanza es que Jesús siempre cumple sus promesas. Y eso lo aprendemos de la genealogía. Lo aprendemos ahí. Dios toma su tiempo, pero Él nunca se olvida y nunca falla. Ya te cuenta que Adán y Eva pecan miles de años atrás. Adán y Eva pecan y Jesús les promete a ellos que vendría el Mesías, un hijo de la mujer. Y cada generación que pasó, Dios fue recordándole a cada generación: no se olviden que el Mesías viene. Y Él es hijo de Abraham, hijo de David, hijo de muchos otros, pero a cada generación Él iba recordando de una manera muy particular que su Cristo, que el Mesías habría de venir.

Y es cierto que pasaron muchísimos años, y es cierto que hubo momentos donde Israel estaba en una situación muy difícil y estaban ansiosos de que llegara el Mesías. Pero Dios les decía: no, todavía no. Y nosotros hoy día cometemos un error que es muy común y que es muy grave. Y es que nosotros asumimos que el calendario de Dios es subordinado al calendario mío, como que Dios tiene que adaptarse a mi calendario. Pero el tiempo de Dios y el tiempo mío no coinciden. Lo más normal es que cuando yo quiero algo, no es cuando Dios quiere dármelo. ¿Se han dado cuenta de eso? Si nosotros pretendemos imponerle a Dios nuestro calendario, al final nunca vamos a entender el amor de Dios. Y a nosotros lo que nos parece es que Dios se ha olvidado, pero Dios no se ha olvidado. Muchos de nosotros sabemos que estando en fe y en oración, Dios ha obrado, y nos hemos dado cuenta de que el tiempo de Dios es perfecto y que su amor por nosotros es perfecto.

Una cuarta enseñanza: Jesús perfecciona nuestra debilidad. Quizás tú estás ahí sentado y dices: "Es cierto, Dios cumple todas sus promesas, pero yo no he cumplido las mías. Yo he fallado, y he fallado en grande. He echado mi vida a perder. No hay esperanza para mí." Pero la genealogía nos dice otra cosa. Tú no te das cuenta de los nombres que están ahí. Abraham, el padre de la fe. Abraham. Abraham fue ese hombre que fue a Egipto y, por miedo a que lo mataran, entregó a su mujer para que pudieran tener relaciones sexuales con ella. Abraham. Y luego vemos en la Biblia que Dios se llama a sí mismo el Dios de Abraham.

Y tú coges a Jacob e Israel, que está ahí en la genealogía también. Ustedes saben que Jacob casi toda su vida se la pasó engañando a todo el mundo. A todo el mundo. Donde sea que él iba, donde sea que hacía negocio, donde sea que él fuera a hacer algún tipo de intercambio, él siempre estaba engañando al otro. Y la Biblia nos dice que Dios nos dice que Él es el Dios de Israel, el Dios de Jacob. Y en la genealogía encontramos a David. David es el símbolo del Mesías. Y David fue el que adulteró, el que mató, el que engañó, el que abusó. Y lo mismo se puede decir de ti. Es cierto que hiciste aquello que pudo haber echado tu vida a perder, pero en Cristo Jesús, Dios dice: "Yo soy el Dios de ti." Amén.

Es cierto que pecamos, cometemos grandes errores, tenemos muchísimas debilidades y sufrimos las consecuencias de nuestros pecados. Es cierto eso. Pero hay algo mucho mayor que eso, y es que nuestras estupideces y nuestros pecados no son comparación con la misericordia de Dios. Todos los pecados, todas las malas decisiones, todas nuestras ignorancias y estupideces humanas, Dios las ha usado para llevar a cabo sus grandes propósitos. Tú te das cuenta de que la cruz de Jesucristo es lo más cruel, la más grande maldad, lo más perverso que se ha hecho en toda la humanidad, en todo el universo, y Dios usó eso mismo para salvarnos a todos nosotros. Y si Dios hizo eso con la cruz, ¿no puede hacerlo con lo tuyo, con toda tu maldad y con todas tus malas decisiones?

Y cinco: aprendemos algo, y es que Jesús es perfecto. Miren lo que dice el versículo 17, tan interesante. Lo voy a leer: "De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones, y desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones." La genealogía está dividida en tres secciones de catorce. Y David está ubicado justamente en la posición número catorce. Y a primera lectura uno diría: "¡Wow, qué coincidencia!" Bueno, los cristianos diríamos: "¡Qué Dios es, qué Dios!" O quizás diríamos: "No, hay un mensaje secreto. Mira, catorce por tres son cuarenta y dos, y hay seis semanas; falta la séptima semana, que es la semana que faltaba con la profecía de Daniel." Y entonces tampoco vamos a encontrar nada ahí.

Realmente es más sencillo de lo que uno piensa, porque Mateo sacó algunos nombres para lograr una simetría en la genealogía. ¿Qué quiere Mateo decir con esto? Él nos está diciendo que su Cristo llegó en el momento perfecto, que Él es perfecto, que la perfección llega a nosotros por medio de Jesucristo, que la vida y el Evangelio de Jesucristo no es ese cuento de que había una vez tal y tal cosa, sino que el Evangelio es la historia de Jesús, lo que realmente sucedió, que Él vino y en su obra Él salva el mundo. Y que gracias a Jesucristo, el rey y el pordiosero, ambos tienen la misma probabilidad de alcanzar la salvación por las obras: ninguna. En Cristo lo único que necesitamos es la gracia de Dios, y por medio de la gracia de Dios nuestros pecados son perdonados y nosotros pertenecemos a la familia de Jesús.

Bueno, les dije hace un momento que son cinco enseñanzas, y quizás seis. Dije quizás seis porque ahorita hablamos de las madres de Jesús: son cinco madres, pero nada más hablamos de cuatro. Tamar, Rahab, Rut, Betsabé y María. Falta María. ¿Están poniendo atención? ¿Qué decía la gente de María? La gente decía de María que ella era una ramera, como Rahab. La gente decía de María que ella fue despreciada, como Rut. La gente decía que ella era una engañadora, como Tamar. Se le dio en su sociedad, entre sus vecinos, un nombre infame, así como a Betsabé. Y hasta José, su esposo, en un momento pensó en abandonarla.

Pero tú sabes que María no formó su identidad por lo que decía o valoraba la sociedad. María no aceptó su sentido de ser y su sentido de valor de parte de la cultura, sino de Cristo Jesús el Señor. Y eso lo podemos ver de una manera hermosa en el Magnificat de María. Esa es la canción que ella escribió. Escuchen las primeras líneas. Dice María: "Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador." ¿Él está hablando de quién? ¿De quién? De Jesús. María entendió que ella era una sierva de Cristo el Señor, y ahí estaba su identidad.

Y mira qué más dice ahí: "Mi Salvador." Ella entendía que era una pecadora perdida, igual que tú y yo, y que solo en Jesús podría encontrar salvación, que Jesús era su Salvador. Entonces la identidad de María no estaba en su interior, la identidad de María no estaba en su genealogía, ni en sus estudios, ni en su oficio, sino que su identidad estaba formada por su Dios, por su Señor, por su Salvador, y su nombre es Cristo Jesús.

¿Te das cuenta de que sin Jesús solo nos queda buscar identidad en todo aquello que nos dejará un gran vacío, todo aquello que nos hará eternamente insatisfechos? Las culturas orientales te empujan a buscar identidad en la familia, en tus ancestros. Las culturas occidentales, como la nuestra, te empujan a encontrar tu identidad en tus logros, en tus desempeños, y quizá hasta en tus expresiones de placer, las expresiones sexuales. Pero ambas son inútiles. Ninguna de las dos nos va a llevar al camino correcto ni a alcanzar esa libertad que nosotros tanto anhelamos.

Pero cuando Jesús es nuestra identidad, cuando Jesús es nuestro tesoro más valorado, cuando en Jesús encontramos nuestras metas y nuestros sueños, entonces nosotros estaremos completos, no importa cuál sea nuestra circunstancia, en Cristo Jesús. ¿Y por qué estaremos completos? Porque su amor nos perfecciona y nos completa. Porque Jesús cargó el pecado del mundo por amor. Él se humilló de su trono, de su gloria, y vino al mundo a rescatarnos, a nacer en un pesebre, por amor. Y Él fue despreciado por la sociedad, así como algunos de nosotros somos despreciados por la sociedad. Y como María, fue despreciado; en nuestro lugar lo hizo, por amor. Y Él fue abandonado en la cruz, en las tinieblas, en el frío, en nuestro lugar, por amor. Por amor a su gloria. Por amor a su Padre. Pero también por amor a ti. Y a ti. Por amor a ti también. Por amor a mí. Amén. Y en Cristo, por eso estamos completos y somos perfectos.

Algunos de ustedes conocen a la misionera Helen Roseveare. Ella fue misionera al Congo. Cuando nadie quería ir al Congo, ella fue al Congo, al Congo, África. Hace unas semanas ella murió y fue a la presencia del Señor. Hace unos meses atrás la entrevistaron, específicamente por algo que le sucedió en el campo misionero. Porque mientras ella estaba obedeciendo a Dios y yendo a su llamado de llevar el evangelio a las naciones, una noche ella fue violada. Esa noche ella fue violada dos veces.

Y en un momento le preguntan en esta entrevista, y le voy a leer lo que ella dijo. Te confieso que hubo un momento en que me hice la pregunta: "¿Por qué, Dios?" Pero inmediatamente Él me respondió. Me dijo: "La pregunta, Helen, no es '¿por qué?'" Toda mi vida escuché si las cosas valen la pena, si son dignas de la dificultad y el sufrimiento. Pero he aprendido que el punto central debe ser si Dios es digno de lo que yo hago. Fui violada dos veces en el camino de la obediencia al servicio misionero a las naciones.

Y aprendí que esa maldad que otro me hizo a mí no cambia mi identidad en Cristo. No cambia quién soy, porque no toca la nueva vida que Dios me dio. Mi identidad está en Cristo.

¿A ti no te quieres esa identidad? ¿Qué esperas? Ven a Cristo. Ven a la invencible identidad de que nada, ni nadie, ni ninguna circunstancia te puede tocar o quitar lo que tienes en Cristo Jesús. Pero no lo ves. Abre los ojos. Pídele a Dios: "Abre mis ojos para yo ver, para yo ver la gloria de Jesús." Pon tus ojos en Jesús y mira que Él puede serlo todo para ti.

Rinde tu dolor, rinde tu pecado, rinde tu maldad y tus debilidades, rinde tu enfermedad y ríndate delante de Él. Todo aquello que te tiene atado, para que seas verdaderamente libre. Y tú dirás: "Bueno, Óscar, pero yo ya rendí mi vida a Cristo, y al mismo tiempo quiero ser más identificado con Cristo." Pues concluyo diciéndote que si tú quieres más de eso, toma lo que te ha sido dado: levántate, ve al mundo y diles que tu identidad está en Cristo.

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*Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.*

Oskar Arocha

Oskar Arocha

Oskar Arocha sirve a Cristo como trabajador en cadenas de supermercados, después de una trayectoria académica que incluye una maestría en Economía Aplicada de Clemson University y una maestría en Divinidad (M.Div.) del Seminario Bautista Reformado en Carolina del Sur. Conoció al Señor en 1981 y desde entonces ha procurado honrarlo en su vida y vocación. Está casado con Patricia, y juntos disfrutan de sus tres hijas: Sara, Nicole y Mía.