Integridad y Sabiduria
Sermones

La verdad los hará libres

Oskar Arocha 20 noviembre, 2016

La verdadera libertad que todo ser humano anhela no se encuentra en las circunstancias externas ni en las aspiraciones personales, sino en una relación transformadora con Cristo. En Juan 8, Jesús confronta a judíos que decían haber creído en él, pero cuya fe era superficial, ahogada por ambiciones políticas y expectativas equivocadas. Ellos afirmaban no ser esclavos de nadie, apelando a su descendencia de Abraham, mientras vivían bajo el yugo romano y, peor aún, bajo la esclavitud del pecado sin reconocerlo.

El problema fundamental no era el Imperio Romano ni las injusticias de su tiempo. El verdadero enemigo es el pecado, la muerte que trae consigo y el diablo que domina por causa de ambos. Estos judíos esperaban un Mesías guerrero que restaurara el reino a Israel según sus propios términos, pero rechazaban al Mesías que vino en humildad, herido y molido para salvar. Como la semilla que cayó entre espinos en la parábola del sembrador, la codicia y las preocupaciones del mundo ahogaron su fe aparente.

Conocer la verdad que libera no es simplemente tener información correcta o doctrinas en la mente. Es como la diferencia entre ver un huracán por televisión y estar ahí cuando pasa el ojo. El que verdaderamente conoce a Cristo ha sido transformado, ha gustado la bondad de Dios. La pregunta no es qué nos libera, sino quién: el Hijo de Dios mismo. Si él nos hace libres, seremos realmente libres, sin importar las circunstancias externas.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo te voy a pedir que me acompañen al Evangelio de Juan, capítulo 8. Quiere el Señor hablarnos en esta mañana. Juan, capítulo 8, y vamos a leer los versículos 31 al 36. Pero una vez más, permítame orar de nuevo. Te alabamos, Dios. Te alabamos, porque tú eres bueno y porque para siempre tú misericordia. Gracias por enviar a Jesucristo a morir por nuestros pecados, a resucitar el tercer día para nuestra vida eterna. Te rogamos, Dios, que tus palabras, tus palabras sean las que escuchemos en esta mañana, en el nombre de Jesús. Amén.

Juan, capítulo 8, y vamos a leer los versículos 31 al 36. Leo: "Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en él: Si ustedes permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres. Ellos le contestaron: Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Y cómo dices tú que serán libres? Jesús les respondió: En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre. Así que si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres." Esa es la palabra de Dios.

¿No es cierto que todos anhelamos ser libres? ¿Que todos queremos tomar el camino o entrar por la puerta que llene todas las aspiraciones del alma? Es cierto eso. Pero queremos una libertad que no sea efímera; no queremos una libertad que sea superficial, sino queremos una libertad que sea profunda, que sea duradera.

Recuerdo cuando niño ver en el telecable un programa que se llamaba en inglés *The Price Is Right*. Y en ese programa una de las cosas que sucedía era que, luego de seleccionar a un concursante, lo ponían de pie delante de tres grandes puertas. Y detrás de una de esas puertas había un gran premio, un gran regalo. Y le llegaba el momento de escoger una de las puertas. Y el público comenzaba a decir: la número uno, la número tres, la número dos, etcétera. Y entonces dentro del público estaban los amigos, y los amigos le hacían señal a la número dos. O estaban los familiares, la gente más cercana de él, y le estaban diciendo cuál escoger. Y él mismo no sabía cuál escoger. Detrás de una de esas puertas estaba el gran regalo que él quería.

¿No dijo Jesús "Yo soy la puerta"? ¿No dijo Jesús "Yo soy el camino, yo soy la verdad y la vida"? Él sabe cuál es el camino que nosotros necesitamos escoger para llegar a esa verdadera libertad. Pues en esta mañana vamos a hablar de dos cosas, solamente de dos cosas, mi mensaje basado en este pasaje. Primero vamos a ver que el pecado esclaviza; el pecado esclaviza. Y segundo vamos a ver que la verdad nos hará verdaderamente libres.

Ahora bien, si vemos en el pasaje las últimas palabras del versículo 30, ¿qué dicen? "Muchos creyeron en él." Y luego en el versículo 31 nos dice que había unos judíos a quienes Jesús les habló las palabras que hemos leído en esta mañana, y que esos judíos habían creído en él. Y eso es sorprendente, pero no nos dejemos engañar o desviar por esa frase. Porque a menudo Juan, el evangelista, el que escribió el Evangelio de Juan, habla de aquellos que creyeron pero que realmente no creyeron.

Resulta que si vamos, por ejemplo, a Juan capítulo 6, después de que Jesús alimenta a una multitud, dice que muchos creyeron en él, muchos le recibían porque habían sido alimentados. En Juan capítulo 2 encontramos que Jesús hizo algunas señales y dice que muchos creían en las señales, pero Jesús no se fiaba de ellos, porque Él conocía lo que había en el corazón del hombre. Dice también el Evangelio de Juan capítulo 6 que muchos discípulos abandonaron a Jesús y ya no caminaban con Él. Y dice también el Evangelio de Juan que Jesús mismo escogió a doce apóstoles, pero había uno de ellos que era un diablo.

Lo que sucede es que a menudo vemos una y otra vez en la Palabra de Dios que el pecado esclaviza a tal punto que nosotros hasta podemos creer que somos verdaderos creyentes y no lo somos. Es como lo que dijo Jesús en la parábola del sembrador. ¿Recuerdan en la parábola del sembrador de una semilla que cayó entre piedras, que cayó en un terreno pedregoso? Y dice Jesús que enseguida esa semilla brotó, pero no tenía profundidad; salió el sol y quemó la semilla, quemó la planta, porque no tenía raíz y se secó. Entonces Jesús dice: así son algunos que reciben la palabra con gozo al principio, pero no tienen raíz profunda en sí mismos, y cuando viene la aflicción, cuando viene la dificultad, se muestra que lo que supuestamente creyeron era algo realmente temporal.

Pero resulta que el problema de estos judíos que vemos aquí en el capítulo 8 no se parece a esa semilla que cayó entre piedras, sino más bien se parece a esa semilla que cayó entre espinos. Porque el problema de estos judíos que habían creído en Él no fue la persecución, sino la codicia. Fue como esa semilla que cayó entre espinos; que dijo Jesús en esa parábola: las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y la palabra se queda sin fruto. ¿Por qué esa palabra se queda sin fruto? ¿Por qué se quedó sin verdadero fruto en estos judíos que habían creído? Por la codicia. Los espinos ahogaron esa semilla y esa planta, y lo que estamos diciendo es que la codicia de estos los ahogó y los trajo a una esclavitud por su ambición personal, como nosotros vamos a ver que dice el pasaje más adelante. Y así mismo podría estar pasando con nosotros en esta mañana.

Y nos preguntamos: ¿y cuál fue esta ambición en ellos que ahogó la palabra y que por un momento pareció que habían creído pero realmente no habían creído? Y esa respuesta es un poquito más compleja, pero permítame explicarlo para que todos podamos estar en línea. ¿Qué dice el versículo 33? Luego de que Jesús les habla, los judíos responden: "Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie." ¿Qué significa esa frase? Esa frase está completamente cargada de ambiciones y aspiraciones personales y políticas.

Permítame explicar. ¿Ustedes saben que en todas las culturas y en todos los tiempos se habla de política? Cuando los judíos, especialmente los religiosos, hablaban de política, hablaban de dos cosas mayormente. O hablaban del Imperio Romano: hablaban del gran ejército del Imperio Romano, hablaban de la inteligencia militar, del poder del Imperio Romano, de los abusos del Imperio Romano; hablaban de cómo el Imperio Romano llegaba a un pueblo y obligaba a que todo el mundo estuviese en línea con lo que ellos enseñaban y en línea con la autoridad. O hablaban del reino de Dios. Hablaban del ungido de Dios, hablaban del Mesías que había sido prometido en el Antiguo Testamento, que había sido prometido desde antaño.

Y tenemos que imaginar, tenemos que ponernos en ese lugar, en ese contexto histórico, porque no es como nos sucede a nosotros hoy día: no había democracia, no había libertad de expresión, no había libertad religiosa, no había libertad de prensa, no había muchas de las cosas que nosotros asumimos hoy día. Ellos estaban sometidos a la fuerza del Imperio Romano.

Permítame la siguiente ilustración. Hay una novela llamada *Ben-Hur*; bueno, han hecho dos o tres películas de esa novela. El escritor ilustró muy bien cómo era el contexto histórico de estos judíos que vivían en el tiempo de Jesús. En esa novela había un príncipe llamado Judá Ben-Hur. Un día Judá Ben-Hur se sube al techo de su casa porque viene una de esas grandes autoridades romanas y él quiere ver la bienvenida que se le da a la ciudad. Estando sobre el techo, sin querer pisa mal y un pedazo del techo se cae y casi le da a una de las autoridades. Por haber hecho esa simple cosa lo metieron preso, a su familia entera se la llevaron presa, y a él lo mandaron como esclavo de un barco de la Marina de Guerra Romana.

Ya ustedes se pueden imaginar. Este pueblo judío subyugado bajo el yugo romano, sin las libertades de la sociedad moderna que nosotros tenemos hoy día, sin las libertades que todos anhelamos, sin ejército, sin dinero, sin autoridad, sin poder y sin libertad real. Sin embargo, estos judíos tenían esperanza. Tenían esperanza, pero tenían una falsa esperanza. Y de eso vamos a hablar un momentico, pero permítame terminar de explicarles en qué consistía la esperanza de ellos.

Ellos creían en el prometido Mesías. Ellos creían en el reino de Dios. Ellos creían en este Mesías, pero en un Mesías que sería un gran guerrero. Ellos creían en un gran guerrero que vendría a Israel a conquistar, a destruir a todos sus enemigos, a la fuerza. Y esto es lo que nosotros vemos en este contexto de estos que dicen que ellos realmente eran libres y que no era correcto que Jesús les dijera que eran esclavos. Lo dice ahí el versículo 33: "Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie."

Un momento. ¿Cómo así? ¿Cómo que nunca hemos sido esclavos de nadie? ¿Cómo un judío se atreve a decir que nunca había sido esclavo de nadie, si todos sabemos que los judíos fueron esclavos en Egipto por más de 400 años? Y es cierto que Dios los liberó de ahí, pero después de David, Salomón y otros reyes de Israel, ellos fueron esclavos de Babilonia, fueron esclavos del Imperio Asirio, y fueron esclavos hasta este momento en que eran esclavos de Roma. ¿Cómo entendemos esta frase que es aparentemente contradictoria?

La clave aquí es la palabra "Abraham." Dios prometió años atrás a Abraham que su descendencia tendría victoria sobre sus enemigos. Y Dios le prometió a Abraham, y lo confirmó, que el reino de Dios vendría a la tierra.

La esperanza de esos judíos estaba en que ellos eran hijos de Abraham, eran hijos de Isaac, hijos de Jacob, y su supuesta esperanza trascendía la realidad política de sus tiempos. Aún bajo humanas circunstancias, y aún bajo la esclavitud del Imperio Romano, ellos no aceptaban que les llamaran esclavos.

Yo quiero ilustrarlo de esta manera, a ver si esto nos ayuda a entender qué es lo que está pasando por la mente de estos judíos que habían creído. Imagínense por un momento un niño en sexto grado. El niño está en sexto grado y hay uno de octavo, un bully, que lo tiene con una llave y le está diciendo: "¿Y quién es tu papá ahora? Dime, ¿quién es tu papá?" Pero el niño no se rinde porque ve que su hermano mayor viene a defenderlo. Y así estos judíos decían: "Nosotros no somos esclavos." Pero Jesús les estaba diciendo que ellos estaban equivocados.

Jesús estaba tratando de demostrarles que su esperanza estaba ubicada en el fundamento equivocado. Jesús estaba tratando de demostrarles que su esperanza era falsa, y que lo que ellos anhelaban en su corazón realmente no era lo que les iba a dar libertad. ¿Por qué? Porque ellos estaban confiando en sus aspiraciones personales. El fundamento de su vida y de su supuesta libertad era su ego. Ellos buscaban las aspiraciones políticas que a veces cada uno de nosotros puede sentir tener. Eso es lo que impulsaba sus vidas. Ellos se levantaban cada día buscando la libertad y la felicidad en base a lo que ellos anhelaban.

Y hasta usaban la misma Biblia, la misma Palabra de Dios, para justificar su esnobismo cultural. Para poder decir: "Yo soy mejor que tú." Para poder decir: "Nosotros no somos esclavos", a pesar de que eran esclavos. Para poder decir: "No importa cómo yo viva, yo soy mejor que cualquier otro." Pero Jesús estaba tratando de demostrarles que mientras ellos se fundamentaban sobre eso, realmente serían esclavos, y serían esclavos toda la vida.

Ahora no pensemos, por un momento, que eso es algo exclusivo de estos judíos. No pensemos que esto solamente les puede pasar a estos fariseos legalistas. Todos estamos expuestos a tener falsas aspiraciones. Todos estamos expuestos a pensar que lo que yo anhelo, lo que yo quiero en mi ego, es lo que Dios me ha prometido dar. Todos estamos expuestos a tener falsas aspiraciones de lo que Dios ha prometido ser para este mundo. Y nosotros estamos todos los días inclinados a confiar en lo que no debe ser confiado. Todos los días estamos inclinados a tener una falsa esperanza.

Pero esto nada más hay que verlo en las elecciones. Hace seis meses tuvimos elecciones, ¿y es cierto o no que si un dominicano dice: "Bueno, yo tengo un primo que está en el partido tal, y si ese gana, ya por fin mi vida está resuelta"? No es así, porque nuestras aspiraciones no están en Cristo. A menudo lo que nosotros más anhelamos, y lo que más busca nuestro corazón, está fundamentado en lo que no debe estar. Sea en política —"mi papá me resuelve, mi apellido"—, sea en la iglesia —"yo voy a tal y tal iglesia, y como ahora yo voy a la iglesia, entonces ya tengo todo garantizado"—. O a veces lo buscamos en el dinero, en las riquezas, en el poder, en el renombre, en lo que nos puede conseguir las cosas de este mundo.

Y nos detenemos por un momento y decimos: "¿Y qué tiene todo esto que ver con la célebre frase de Jesús: 'Conocerán la verdad y la verdad los hará libres'?" La respuesta está en el versículo 34, que Jesús mismo respondió. ¿Qué dijo Jesús? "En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado." Jesús les demostró que mientras ellos pretendían tener fundamento, mientras pretendían ser libres, mientras pretendían ser parte del reino de Dios, realmente eran esclavos. Esclavos del pecado.

Y yo me pregunto: ¿es ese tu caso hoy en esta mañana? Quizás tú entiendes que eres libre. Quizás tú entiendes que vas en el camino correcto. ¿Pero está tu esperanza fundamentada sola y únicamente en Cristo? Vemos tres cosas aquí, por lo menos, que muestran que ellos eran esclavos del pecado.

Porque ellos esperaban un Mesías rey; esperaban a un Cristo, pero era un Mesías según sus propias aspiraciones. Ellos esperaban un gran guerrero con un gran ejército para devolver el reino a Israel. Pero, ¿no dijo Jesús que Él vendría como un siervo? Ellos esperaban que el Mesías vendría al mundo con poder y autoridad para juzgar, para darles a ellos el lugar en este mundo que les corresponde, para condenar y destruir a las naciones. Pero, ¿no dice la Palabra que el Mesías vendría sin hermosura y en humildad? Ellos esperaban que el Mesías vendría a darles la honra y el respeto que se merecían por su tradición religiosa, que vendría a resaltar la letra de la ley y a celebrar a todos aquellos que eran iguales que ellos. Pero, ¿no dijo Jesús que Él vino a morir para salvar? ¿No dice la Palabra que el Mesías vendría a ser herido y molido para justificar a muchos?

Y no me malentiendan. Dios ha prometido prosperidad, gloria, salud, poder, autoridad, libertad sin fin, luz y alegría. Pero no en esta vida. Y nosotros vivimos como si es en esta vida que nos van a dar todo eso. Si nuestra esperanza solo está en las cosas de este mundo, somos más que miserables. Díganme ustedes: ¿de qué sirve ganar el mundo entero si perdemos la vida eterna en Cristo Jesús?

Es cierto, tendremos todas estas cosas. Dios nos ha prometido todas estas cosas, pero en la final victoria. ¿Y saben por qué? Porque primero hay que vencer al gran enemigo. Y el enemigo principal no era el César, no era el Imperio Romano, no son los abusadores de esta vida, no son las injusticias, no es la pobreza, no son las enfermedades, no es el dolor ni los desastres naturales. El principal problema no son los centavos para llegar al final del mes. El principal problema nuestro es el pecado. El principal problema nuestro es el pecado, la muerte que viene por el pecado, y el diablo que está dominando el mundo por causa del pecado y de la muerte. Mientras tanto, nosotros estamos luchando por ganar las cosas de este mundo y las aspiraciones de nuestro ego, cuando el gran enemigo es el pecado.

No sé si te das cuenta de que nosotros, si no estamos en Cristo, somos esclavos. Porque estamos predispuestos a rechazar al Mesías que Dios ha prometido, y estamos predispuestos a aceptar los mesías que nosotros queremos, y eso nos destruye. En cambio de lo que Dios nos ofrece, nosotros queremos un mesías según nuestras aspiraciones y deseos personales. ¿Para qué queremos tanto poder, renombre, dinero, placer, bienes temporales y lujos materiales de esta vida, si eso nos destruye?

Si alguna vez tú has dicho: "Bueno, Dios me ha dado una familia, me ha dado un matrimonio, un buen trabajo, y eso es todo lo que yo necesito. Estoy tan agradecido"— eso, sin Cristo, es maldición. Queremos estas cosas, pero vivimos como si eso es todo lo que queremos: un buen matrimonio, una buena familia, amigos, viajar de vez en cuando y un buen trabajo. Y ya. No queremos más; eso es suficiente para nosotros. Somos agradecidos a Dios por todo eso, aunque no tengamos a Cristo. O al revés: a veces vivimos la vida como si fuera imposible que una madre soltera pueda ser feliz en Cristo, porque no tiene todas las cosas que nosotros decimos que hay que tener en esta vida.

¿Para qué queremos todo eso si eso nos lleva a la destrucción? ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta del camino que estamos tomando? Que por causa del pecado nuestras relaciones realmente no satisfacen. Que por causa del pecado nuestros pensamientos tampoco satisfacen. Que por causa del pecado y esta esclavitud del pecado, nuestras decisiones y nuestras acciones comúnmente son malas y mediocres. Son cortas y superficiales, son forzadas y nos consumen aún desde dentro. Y es triste que este sea el camino de la humanidad sin Dios. Estamos atados desde el interior a lo que nos destruye, y nos levantamos temprano en la mañana y nos acostamos cansados en la noche, tratando de alcanzar lo que nosotros creemos que nos dará libertad. Y si nos dan eso, si Dios nos da eso y no tenemos a Cristo, nos atrevemos a decir que eso es todo lo que necesitamos.

¡Gracias a Dios que Jesús presenta un camino mejor! Sin Cristo, todo está perdido; sin Cristo seremos eternamente inútiles. Pero gracias a Dios que Jesús es un camino mejor. Y aún queda una oportunidad para que nosotros podamos escoger la verdadera libertad. Si tan solo nosotros dejamos nuestros caminos, si tan solo nos volvemos de nuestros caminos y buscamos la verdad, si tan solo estamos dispuestos a conocer lo que es la plena satisfacción y alegría que hay en Cristo Jesús, tendremos un mejor camino. Amén.

Bien. Entonces les dije que queríamos hablarles básicamente dos cosas. Primero, que el pecado es esclavitud, y espero haberles convencido de eso. Pero segundo, que la verdad nos hace libres. Miren lo que dice el pasaje, al final del versículo 31 y el versículo 32. Jesús les dijo: "Si ustedes permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos, y conocerán la verdad, y la verdad os hará libres."

Aquí podemos ver cinco verdades que nos pueden ayudar a entender que la verdad nos hará libres. Primero: la libertad en Dios es para los discípulos. Lo vieron ahí, es para los discípulos. El discípulo es el que se deja guiar, que aprende, que honra y es fiel al maestro.

Ustedes saben cuál es la diferencia entre un fanático, un discípulo y un rebelde. El fanático cree lo que sea que diga su líder. No hace preguntas; él simplemente sigue, aunque al final terminen en un precipicio. Ese es un extremo. El otro extremo es el rebelde. El rebelde se cree que cuestionar, ser un escéptico y preguntar es de por sí una virtud. Él no sigue a nadie y no honra a nadie, a menos que piense igual que él. Cristo lo que busca es discípulos.

Los discípulos de Cristo piensan, porque Jesús nos ha dado su Palabra y nos ha dado evidencias para creer. Y el discípulo pregunta lo que no entiende, pero lo hace con una actitud de humildad. Si hoy tú vienes por primera vez y crees que los cristianos son aquellos que simplemente siguen lo que sea y no preguntan y no tienen dudas, podemos decirte que estás equivocado. El cristiano ve en Cristo lo que no ve en el mundo, pero él no tiene respuesta a todas sus preguntas, y él es un discípulo. Él viene con humildad, él viene con un corazón respetuoso a conocer las evidencias que Dios nos ha dado en Cristo Jesús.

La libertad verdadera es para los discípulos. Segundo: la libertad en Dios es para el verdadero discípulo. Es cierto, porque el pasaje dice que estos habían creído en Él, pero realmente no habían creído en Él, porque más adelante dice que ellos querían matar a Jesús. Hay discípulos verdaderos y hay discípulos falsos. Estos que habían creído en Él realmente confiaban en sí mismos; creían en el reino de Dios, sí, pero a su manera. ¿Querían al Mesías, al Cristo? Sí, pero un Mesías para salvarles y darles a ellos lo que ellos querían, no lo que Cristo prometió en base a lo que decía la Palabra de Dios. ¿Creían en la salvación? Sí, creían en la salvación, pero no querían salvación de sus pecados. Ellos querían una salvación que les diera la familia perfecta, ese matrimonio, ese trabajo, el dinero, el renombre, el estar en autoridad. Pero Cristo no vino para eso.

Y tú te dirías, o preguntarías: ¿Cómo sé yo si mi fe es falsa o verdadera? Bueno, una de las formas en que fácilmente podemos ver si nuestra fe está puesta en Cristo es en las circunstancias. Si tú estás viviendo tu vida solamente esperando: "¡Ay, si tal cosa sucediera, entonces yo sería feliz, entonces yo estaría satisfecho!", eso es una evidencia de que tu fe no está puesta en Cristo. Porque lo que tiene Cristo lo tiene ayer, hoy y para siempre, es igual, y nadie te lo puede quitar, porque nada puede separarte del amor de Dios, sin importar las circunstancias.

Otra evidencia de una fe falsa es que cuando vienen las malas circunstancias —es cierto que las malas circunstancias nos duelen, nos entristecen, nos dan duro—, el verdadero discípulo, aun en las malas circunstancias, puede encontrar satisfacción en Dios y decir: "Es cierto, Dios me lo quitó todo, pero yo voy a confiar en Él."

Entonces: uno, dijimos que la verdadera libertad es de los discípulos; dos, es del verdadero discípulo; y tres, la libertad en Dios es para el verdadero discípulo que permanece. Y eso es lo que dice ahí, los versículos 31 y 32. Ahora bien, nosotros no sabemos cuáles son los que permanecen; nosotros no sabemos quién va a permanecer hasta el final. Solo Dios lo sabe. Pero hay algo que nosotros sí sabemos: que la muerte y la resurrección de Jesucristo son tan poderosas que eso garantiza que todos los verdaderos discípulos van a permanecer. Si tú estás aquí pensando que vas a permanecer bajo tu propio esfuerzo, lo siento decírtelo: por un momento te vas a cansar. Pero en Cristo, todos los verdaderos discípulos permanecen, y es para ellos la verdadera libertad.

Número cuatro: la libertad en Dios es de aquel que conoce la verdad. Dice ahí: "Conocerán la verdad y la verdad los hará libres." Pero no pensemos por un momento que la verdad es el mero intelecto. Nosotros tenemos el privilegio de asistir, de ser miembros de una iglesia donde se predica la Palabra de Dios todos los domingos, donde se predica la sana doctrina. No te equivoques en pensar que tener la verdad es simplemente saber las doctrinas correctas. No es simplemente poder explicar qué es el Evangelio. No es el mero intelecto; no es simplemente saber que Jesús es Dios y creer que Él es el Salvador del mundo; no es simplemente tener esa información.

Solamente si esa verdad ha captado tu alma, y tú has comprendido la profundidad de tu pecado, la profunda necesidad de tu alma; cuando tú has captado eso y lo has entendido, y has creído, y has visto tu pecado y gimido en tu maldad en tu corazón, y eso entonces te lleva al arrepentimiento hacia Jesucristo y a cambiar tu vida, ahí es entonces cuando la verdad está dando libertad. El arrepentimiento hacia Jesús para el perdón de tus pecados y la fe para la justicia de Cristo en tu vida es el camino para la verdadera libertad.

Y número cinco: la libertad en Dios solo es posible en aquellos a quienes la verdad los hizo libres. Repito: la libertad en Dios solo es posible en aquellos a quienes la verdad los hizo libres. ¿Te das cuenta lo peculiar que es esa frase? "Los hará libres." No dice "hazte libre." ¿Se dan cuenta? Dice "los hará libres." No dice "para aquellos que alcancen libertad", sino "los hará libres." Pregunta: ¿qué es lo que nos da la libertad? Digamos ustedes: "Y conocerán la verdad y la verdad los hará libres." Perdona, quizá no formulé bien la pregunta. Mira lo que dice el versículo 36: "Así que si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres." La pregunta no es ¿qué?, sino ¿quién? ¿Quién es el que nos da la libertad? No es el contenido de la verdad; es una relación personal con la verdad. Por eso Él dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino por mí." ¿Quién es el que nos da la libertad? Es el Hijo de Dios, es Su Cristo, y todo lo que Dios ha prometido ser para nosotros en Cristo Jesús.

¿Ustedes saben cuál es la diferencia entre qué y quién? Permítame ilustrarlo. Imagínense por un momento que yo les pregunte: hace unos días pasó por aquí un huracán, creo que el huracán Mateo. Y yo le pregunto a alguien: "¿Tú conoces el huracán Mateo?" Y él me dice: "Bueno, claro, yo lo vi en la prensa, yo lo vi en las fotos, yo lo vi en el internet cómo iba pasando y por dónde pasó." Y le preguntamos a otra persona: "¿Tú conociste el huracán Mateo?" Y él te dice: "Claro que lo conocí. Yo estaba ahí cuando pasó el ojo del huracán." Esa es la diferencia entre qué y quién. Esa es la diferencia entre el falso y el verdadero.

Tal como dice un amigo: venir al nuevo nacimiento en Cristo Jesús es como que te atropelle una patana. ¿Cómo es posible que te atropelle una patana y tú quedes igual? ¿Cómo es posible que tú conozcas el huracán y quedes igual? Bueno, quedarás igual si lo conociste por la prensa o por el internet. Pero si tú estuviste ahí cuando pasó el ojo del huracán, el que conoce al Hijo de Dios ha sido convencido, ha visto con sus ojos. El que conoce a Jesucristo, el Hijo de Dios, ha sentido con sus manos, ha tocado, ha probado, ha gustado la bondad de Dios, se ha confiado, y es eternamente feliz en Cristo Jesús.

Hoy es el día para ti. Hoy es el día para que tú digas: "Toda mi vida he anhelado una familia, un matrimonio, un trabajo, pero si no tengo a Cristo no quiero nada de eso." Hoy es el día para que tú vengas a Dios y le digas: "Dios, si hay algo de este mundo que yo aspiro, que anhelo, que está impidiendo que yo conozca quién es el que me da libertad, quítamelo." Déjate de tus caminos; que no se diga de ti que fuiste como aquellos judíos que habían creído pero realmente no creyeron. Y mientras tanto estás siendo esclavizado por el pecado; déjate de tus cadenas, entrégaselas a Cristo, confía en Él, entrega tu vida al Salvador, al Mesías. ¿Para qué queremos las cosas de este mundo sin Cristo? Y si Cristo te las da, con Cristo, bienaventurado eres. Pero si tu corazón lo que está es luchando por las cosas que este mundo dice que tienen valor, eres un miserable: ven a Cristo, conocerás la verdad, conocerás al Hijo de Dios y serás libre. Amén, oremos.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Oskar Arocha

Oskar Arocha

Oskar Arocha sirve a Cristo como trabajador en cadenas de supermercados, después de una trayectoria académica que incluye una maestría en Economía Aplicada de Clemson University y una maestría en Divinidad (M.Div.) del Seminario Bautista Reformado en Carolina del Sur. Conoció al Señor en 1981 y desde entonces ha procurado honrarlo en su vida y vocación. Está casado con Patricia, y juntos disfrutan de sus tres hijas: Sara, Nicole y Mía.