Integridad y Sabiduria
Sermones

El manejo del poder

Miguel Núñez 8 diciembre, 2013

Los principios del reino de los cielos son diametralmente opuestos a los que rigen el mundo, y lo más difícil en la vida cristiana es erradicar esa forma de pensar secular de la mente de quienes ya han sido lavados por la sangre de Cristo. Esta tensión se hace evidente cuando Jesús, camino a Capernaúm, anuncia por segunda vez su muerte y resurrección, pero sus discípulos, en lugar de comprender la cruz, vienen discutiendo entre ellos quién sería el mayor. Cuando Cristo les pregunta qué discutían, guardan silencio avergonzados. La cultura rabínica del primer siglo alimentaba estas discusiones sobre quién se sentaría más cerca de Dios, y los discípulos estaban formados en esa mentalidad. El ser humano nace con un ansia de poder porque este garantiza cumplir deseos, tener quien nos sirva y mover a otros en nuestra dirección.

Jesús responde con una enseñanza que invierte los valores del mundo: si alguno desea ser el primero, será el último y servidor de todos. Luego toma a un niño —uno de los miembros despreciados de aquella sociedad— y lo pone en medio de ellos para ilustrar que en el reino hay que codearse con los que no tienen importancia. La cruz, cuando es bien entendida, no deja espacio para sed de poder ni búsqueda de prominencia.

Cuando Juan intenta impedir a alguien que echaba fuera demonios porque "no nos seguía", Cristo corrige esta miopia espiritual: el reino de los cielos es más grande que cualquier concepción nuestra, y ninguna iglesia tiene su representación exclusiva. El otro cristiano no es enemigo; el único enemigo es Satanás. Incluso dar un vaso de agua en el nombre de Cristo tiene recompensa, recordando que todo servicio importa cuando se hace para la gloria de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Gracias a Dios porque estamos vivos para vivir en su voluntad. Vamos a abrir la palabra de Dios en el Evangelio de Marcos, capítulo 9, comenzando en el versículo 30, hasta el 41. Nosotros tenemos desde el principio de año caminando a través de Marcos; apenas hemos llegado a esta parte del capítulo 9, estamos transitando por todo el Evangelio y exponiéndolo. Y estamos pidiendo a Dios que nos bendiga en la exposición y en la audición también, al escuchar su palabra ser predicada. Yo voy a leer el texto y luego pausamos y oramos a nuestro Dios por la exposición de la palabra.

Comienza la palabra diciendo: "Saliendo de allí, iban pasando por Galilea, y él no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres, y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero ellos no entendían lo que decía y tenían miedo de preguntarle. Y llegaron a Capernaúm, y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Sentándose, llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, y tomándolo en sus brazos, les dijo: El que recibe a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió. Juan le dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y que pueda enseguida hablar mal de mí, pues el que no está contra nosotros, por nosotros está. Porque cualquiera que os dé un vaso de agua por razón de vuestro nombre, ya que sois seguidores de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa."

A la verdad que no sé si cada uno de nosotros tiene la misma impresión, pero cuando uno visita los evangelios, cuando uno revisa la palabra con detenimiento, algo que es llamativo es cuán diametralmente opuestos son los principios del reino de los cielos con relación a aquellos que rigen el mundo de hoy, o con relación a la cosmovisión que el mundo tiene de la vida. Yo creo que eso llama la atención. También llama la atención cuando tú estudias o revisas la vida de los cristianos: lo más difícil es erradicar la forma de pensar de ese mundo secular que está allá afuera, de las mentes de aquellos que ya han sido incluso lavados por la sangre de Cristo.

Yo creo que la dificultad, por un lado, es compleja, pero la dificultad por un lado tiene que ver con el hecho de que a la carne le atrae mucho más aquello que el mundo tiene que ofrecer, que aquello que Dios brinda a aquellos que le buscan. Y por otro lado, yo creo que también lo hace difícil el continuo bombardeo de ese mundo en contra de la mente de Cristo que él está tratando de formar en nosotros. Y eso explicaría muchas veces por qué terminamos nosotros obrando no de la manera que Dios quiere, sino de la forma como nuestra carne desea. Y a la verdad que, al final del camino, nosotros somos los que cosechamos las consecuencias de tal obrar.

Yo creo que el pasaje de hoy es una ilustración perfecta de cuán difícil es cambiar la mentalidad de aquellos que están tratando de seguir a Jesús. Y cuando tú miras a sus discípulos y los miras de cerca y te detienes a reflexionar en su forma de vivir caminando con el Maestro, es impresionante ver cuán similares eran en sus formas de pensamiento con relación al resto de las multitudes que les seguían. A veces ellos se parecían por su incredulidad, por su falta de fe. A veces se parecían en su falta de entendimiento. Otras veces se parecían, como en este caso, en sus ambiciones, en sus deseos.

Pero si notorio es eso, igualmente notorio es el hecho de que Jesús continuó amando a este grupo hasta el final, a pesar de su forma de pensar y de actuar. Como yo he dicho en otras ocasiones, lo que mantuvo a ese grupo de discípulos como parte del equipo de Jesús no fue tanto su carácter santo exhibido desde el principio, sino el llamado que estaba sobre ellos. El llamado que te mantiene en el camino, y Dios tolerando muchas veces lo que parecería intolerable.

El último evento importante que nosotros revisamos fue la transfiguración, donde Juan, Pedro y Jacobo estuvieron viendo a Cristo transfigurado, y vieron a Elías y a Moisés como testigos celestiales que vinieron y se pararon al lado de Cristo y conversaron con él. Estar allí debió haber sido una experiencia extraordinaria, y probablemente decíamos que esta conversación con Elías y Moisés, en la humanidad de Cristo, sirvió para fortalecerlo. Pero lamentablemente esas mismas experiencias a veces no produjeron en los discípulos el efecto deseado, hasta el punto que muchas veces, en vez de ellos ver estas experiencias como visitaciones especiales de la gracia de Dios, terminaron viéndolas como privilegios por encima de los demás.

No podemos olvidar que hace poco Pedro había recibido una revelación especial de Dios cuando le confiesa a Cristo que Él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Cristo le afirma y le dice: "Ciertamente, Pedro, ni carne ni sangre te ha revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos." Y al rato, pudiéramos decir, de esa declaración, de esa visitación de Pedro, nos encontramos a Pedro reprendiendo a Cristo. No sabemos si esta revelación especial que Pedro recibió lo hizo inflar un poco, pero pudiéramos quizá pensarlo, y que Pedro se sintiera con el derecho ahora de reprender a su propio Maestro. Pero la realidad es que él se atrevió a hacerlo.

A veces entonces las experiencias vividas, las visitaciones especiales de la gracia de Dios, en vez de colocarnos y de hacernos más humildes, lo que hacen es que tienden a levantarnos. Y yo menciono eso porque en esta ocasión nosotros nos encontramos al Señor Jesús corrigiendo nuevamente a sus discípulos por pensar una vez más a la manera del mundo. Este evento, este relato, ocurre día y medio también después que Cristo liberó a este joven que los discípulos no habían podido liberar de un demonio. Pero cuando llegó Cristo, Él lidió con la situación y lo expulsó.

Cristo sale de esa área. Ahora se propone ir en dirección a Galilea, la región que lo había visto crecer y desarrollar su ministerio. Y esta es la última visita a Galilea hasta después que Él muera y resucite. Es como si Jesús estuviera despidiéndose de Galilea. Jesús va camino a Jerusalén. Él está pasando por Galilea, pero al pasar por Galilea Él no quiere que los galileos se enteren de su paso.

Escucha cómo Marcos relata eso en el capítulo 9, comenzando en el versículo 30: "Saliendo de allí, iban pasando por Galilea, y Él no quería que nadie lo supiera." ¿Por qué no, Jesús, si todo el mundo quiere oírte, todo el mundo quiere seguirte, todo el mundo quiere adorarte? ¿Por qué no quieres que se entere la población de tu paso por Galilea? El próximo versículo nos da la respuesta: "Porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en mano de los hombres, y le matarán, y después de muerto, a los tres días resucitará."

Cristo tuvo dos ministerios de enseñanza, si lo pudieras ver de esa manera: uno externo hacia las multitudes, y uno interno en privado con sus discípulos más cercanos. Esta enseñanza acerca de su muerte y de su resurrección correspondía al ministerio de enseñanza interno, íntimo. Y Él ya está cerrando su ministerio, ya le va camino a Jerusalén. Su mente y su itinerario están en dirección de Jerusalén, y en estos últimos meses Él se propone precisamente pasar algunas enseñanzas claves a sus discípulos que las multitudes no estaban preparadas para escuchar ni estaban destinadas a escucharlas en este momento. Posteriormente las escucharían; nosotros las leemos y las exponemos hoy.

Y la enseñanza en este caso, en este momento en particular, es que el Hijo del Hombre, refiriéndose a Jesús mismo, ha de ser entregado. Ha de ser entregado por la voluntad expresa predeterminada de Dios Padre. Lo entregarían y Él moriría y resucitaría a los tres días. Algo que los discípulos no querían escuchar, algo que los discípulos no querían entender, o no les hubiese convenido entender, y por eso permanecían en negación. Mucho de lo que nosotros entendemos cuando escuchamos a alguien depende de nuestras presuposiciones, y ellos tenían una gran cantidad de presuposiciones en torno al Mesías y en torno a lo que ese Mesías haría en favor de Israel.

Escucha cómo Marcos nos informa lo que estaba pasando con ellos: "Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle." Lucas tiene una versión de este incidente, no contradictoria, pero arroja alguna otra luz. Y Lucas dice en 9:45: "Las palabras les estaban veladas para que no las comprendieran." Y volvemos entonces a insistir: si Dios no levanta el velo del entendimiento de una persona, de ti y de mí, nosotros jamás entenderíamos nada de las enseñanzas espirituales, porque como la misma Palabra enseña, tienen que ser discernidas espiritualmente. Y en este momento las palabras les estaban veladas.

Alguien pudiera preguntar: ¿por qué Dios vela la enseñanza en este momento? Y no sabemos, porque no lo revela. Pero yo creo que tú puedes ver que si en este momento, a meses de la crucifixión, los discípulos hubiesen verdaderamente entendido lo que le iba a pasar al Maestro, se hubiesen desalentado con mucho tiempo de anticipación. Y era preferible que su desaliento ocurriera el viernes, el día que crucificaron a Jesús, y luego ser disipado o levantado tres días después, en domingo, y no que ellos tuvieran que pasar meses cabizbajos y pesados con una enseñanza que no podían comprender del todo.

Pero lo cierto es que en este momento la enseñanza les estaba velada para su entendimiento. Pero se les anunció, porque una de las cosas que el anuncio tenía que hacer es que cuando ocurrieran los eventos ellos pudieran entender que esto no fue un accidente. Esto fue algo programado, planificado desde toda la eternidad para ocurrir en un momento dado. Eso los iba a ayudar.

Pero cuando tú analizas qué es lo que Cristo enseña antes y después de cada una de las tres veces que Él anunció su muerte y resurrección en Marcos, quizás la razón de la enseñanza de la cruz, entre otras, es que la cruz es el antídoto, o el mejor antídoto, en contra del sentido de importancia y de grandeza en el interior de aquellos discípulos, y en el interior de muchos de nosotros que nos consideramos merecedores. Y Cristo entonces encuentra ocasiones especiales para dirigir estas enseñanzas como un misil que atraviesa su objetivo indicado. Y el objetivo indicado en esta ocasión era el corazón mismo de sus discípulos.

Y aquí está la enseñanza de la cruz por segunda vez, y tú podrás notar qué es lo próximo que Cristo enseña después que les enseña la cruz. De manera que esa es la razón por la que la estoy presentando posiblemente como una enseñanza que se constituye en un antídoto en contra de ese sentido de importancia y de grandeza del ser humano.

Escucha: si la cruz no es el centro de nuestras vivencias, nosotros nos haremos el centro. Si la cruz no es el centro de nuestras vivencias, nosotros nos haremos el centro. Y en este momento la cruz no era el centro de la vida de los apóstoles. Esa es la primera enseñanza con la que yo quiero que tú te vayas de este lugar: si la cruz no es el centro de tu vivencia, tú y yo seremos el centro. Ahora mismo, los discípulos que no entienden la misión de Cristo, el centro de atención de sus vidas eran ellos mismos. Y eso es una tendencia humana con la que tú y yo tenemos que lidiar.

Cristo les hace el anuncio. Continuó hacia Capernaúm, entran a la casa. El texto dice que entraron a la casa, no dice que entraron a una casa, de manera que el artículo definido "la casa" nos hace pensar que esta es una casa que ellos visitaban con frecuencia, donde se producían parte de estas enseñanzas. Algunos especulan que quizás era la casa de Pedro; la verdad que no sabemos. Y en la intimidad de la casa, con las puertas cerradas, quizás donde la multitud ya no puede penetrar, donde hay un círculo limitado de personas, ahí Cristo se propone enseñar algunas cosas importantes acerca de su Reino, en un lugar que pudiera garantizar cierta privacidad y cierta tranquilidad.

Ellos vienen del monte de la transfiguración, bajan al valle, de ahí hacia Galilea. Finalmente llegan. Galilea es la provincia; llegan a Capernaúm, uno de los pueblos de la provincia de Galilea. Entran a la casa y ahí está Cristo enseñando. En el camino, del punto A al punto B, se ha producido una conversación y una discusión entre los discípulos que aparentemente Cristo no escuchó, pero Él sabía del runrún en el camino.

Y cuando entra a la casa y cierra las puertas, quizás ahí en la intimidad, Cristo les hace una pregunta. Y cada vez que Cristo hacía una pregunta era una pregunta diagnóstico, una pregunta para dar a conocer, poner de manifiesto, la condición espiritual del corazón de aquellos a quienes Él les estaba preguntando. Y esta pregunta parece completamente inofensiva. Me imagino a Cristo quizás sentado ya en la casa, mirándolos así como en círculo: "¿Qué discutíais por el camino?", como quien no quiere las cosas. Cristo está esperando una respuesta para luego instruir. Pero en este caso no hay respuesta, hay un silencio.

Yo me imagino por qué era el silencio: ellos sabían de lo que habían discutido, tienen vergüenza, tienen temor. Marcos, que se asume era el secretario de Pedro cuando escribió este Evangelio, nos da la película completa y nos deja ver algo más acerca de cuál era el motivo de la discusión. Tanto Marcos como Mateo y Lucas, los tres describen este evento. Y es interesante ver cómo Mateo y Lucas son un Evangelio mucho más largo que Marcos; sin embargo, cuando esos tres evangelistas relatan un evento, usualmente el evento que Marcos relata tiene más detalle y es más largo, a pesar de ser un Evangelio más corto.

Entonces Marcos, que es quien nos da más detalle, nos dice en el versículo 34 que cuando Cristo hizo la pregunta "¿Qué discutían por el camino?", ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. "¿Qué discutían por el camino?" Aquí están los discípulos. Pedro, tú... Tú, Pedro, que hablas siempre... Quizás no solamente fue el miedo y la vergüenza que los paralizaron; quizás también la conciencia, que en ese momento se está percatando que la discusión, el tono, el tema, eran inapropiados.

Y esto nos deja ver a nosotros un poco que el discipulado no es un curso, no es un curso doctrinal, no es un curso de crear líderes. El discipulado es un proceso largo de ayudar a cambiar la manera de pensar que se adquirió en la formación del mundo, formación secular, para que pueda tener la mente de Cristo. Y en este caso, Cristo sabe lo que había en sus corazones. No escuchó la discusión, pero Lucas nos ayuda a entender un poco por qué Cristo hace la pregunta. Lucas nos dice que Cristo, sabiendo lo que había en sus corazones, soltó la pregunta, una pregunta diagnóstico. Cristo sabe algo más: no solamente sabe lo que hay en los corazones, Cristo sabía lo que había en la cultura.

En el judaísmo del primer siglo, los rabinos discutían temas como estos: quién se sentaría más cerca de Dios en el paraíso. Los escritos de los rabinos de esa época que sobrevivieron hasta nuestros días nos dejan ver que algunos de ellos opinaban que los que se iban a sentar más cerca eran los que habían sido justos en la tierra, que se sentarían más cerca que los ángeles incluso. Los ángeles estarían más lejos entonces, porque quien ha sido justo en esta tierra... Estamos justificados, pero justos en nosotros mismos, nadie. Otros decían: "No, no, no, los que más conocen la Torá". Y otros decían: "No, no, no es la Torá, son las buenas obras; el que más haya hecho buenas obras". Otros todavía decían: "No, no, no son las buenas obras, son los maestros, los que han enseñado a otros a caminar en los mandamientos de Dios".

Con todo ese trasfondo cultural hay una mente que se ha formado, y ellos están hablando conforme a lo que la mente formada en esa época pensaba. ¿Quién sería el mayor entre ellos? Ellos querían poder identificar al mayor porque el mayor garantizaría privilegios, reconocimiento, el primer lugar, y sobre todo poder. El ser humano nace, crece, se desarrolla y muere con un ansia de poder, a menos que Cristo haga un trabajo.

Tanto es así que la revista Time le ha ido dando en las últimas cuatro o cinco décadas un nombre a cada década. La década de 1990 fue denominada la década del poder; 1980, la década de la avaricia; 1970, la década de la revolución sexual; 1960, la década de los hippies y de las drogas. Y esa ansia de poder que se levantó en los noventa en la sociedad penetró el mundo de la iglesia, y ahora tú ves a muchos desear tener el poder de Dios para hacer cosas.

La razón para que el ser humano anhele poder es porque el poder garantiza el que yo pueda cumplir mis deseos. El poder garantiza que yo tenga quien me sirva en vez de yo servir. El poder garantiza que yo tenga razón aunque no la tenga; es la única vez que yo puedo tener razón sin tenerla, es cuando yo tengo el poder. El poder garantiza que yo pueda mover a otros en la dirección en la que yo quiero ir. Y por eso el poder es tan atractivo para la naturaleza humana. Mientras más inseguros somos, más poder queremos, y mientras más orgullo hay en el interior de nosotros, más poder anhelamos.

Algunos entonces buscamos ese poder a través de relaciones. Nosotros no nos sentamos en un escritorio y decimos: "Señor, yo quiero poder, dame poder", no, porque nosotros queremos parecer piadosos aun a nosotros mismos. Nosotros nos —en buen dominicano— nosotros nos ajantamos a nosotros mismos. Y nos sentamos en el mismo escritorio: "Tú sabes, Señor, que no es ansia de poder, pero..." Pero deseamos a veces adquirir ese poder a través de relaciones. Otras veces queremos adquirir el poder a través de dinero. Otras veces queremos adquirir el poder a través de posiciones. Y otras veces queremos manipular a Dios para poder tener poder y soplar gente y tumbarlas. Para eso está ahí.

Y ahora los discípulos, con el mismo deseo, con la misma ansia, quieren saber quién era el mayor. En esta etapa de la formación del carácter de los discípulos, el ansia de poder podía estar presente, y Jesús está tratando de ayudarles a entender que frecuentemente lo que el mundo aprecia es lo que el reino de los cielos desprecia.

Escucha lo que Marcos dice que Cristo hizo cuando se percató de todo lo que estaba en el interior de sus corazones: se sentó, llamó a los doce y les dijo: "Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos". Imagínate que tú eres Juan, Jacobo o Pedro, sentado ahí, y tú tienes la idea del judaísmo del primer siglo, y de repente Cristo te dice que si tú quieres ser el primero, tú tienes que ser el último, y que si tú quieres ser el primero, tú tienes que servir. Yo me imagino a algunos de ellos levantando las cejas como: "Bueno, oye, ¿ahora?" Porque Jesús continuamente tenía parábolas que yo no podía entender a la luz de cómo yo estaba formado. El que quiere vivir tiene que perder su vida, tiene que morir para vivir. ¿Y cómo es eso? Y el que quiere ser el primero tiene que ser el último; que los últimos serán los primeros.

Cristo hace una pregunta y no se atreven a responder porque ellos están valorando algo que ellos saben que Cristo no estaba valorando en este momento. Si hay una cualidad que el reino de los cielos valora, es la humildad. Por eso Cristo dijo: "Aprended de mí, de nadie más, de mí, que soy manso y humilde". La humildad quiere servir. La humildad quiere el último lugar. "Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos".

James Edwards, en su comentario acerca del Evangelio de Marcos, dice: "Jesús no repudia exactamente la prominencia y la grandeza, sino que la redefine. El reto es ser grande en las cosas que a Dios le importan. Nada ni nadie es más grande ante los ojos de Dios que el dar. Ninguna vocación ofrece la oportunidad de dar más que el ser un siervo. Ninguna vocación ofrece mayor oportunidad para dar que ser un siervo".

La palabra traducida como siervo es diákonos, y la palabra diácono en su sentido básico del griego implica servir mesas, como lo vemos en el libro de los Hechos capítulo 6. Pero una de las fuentes consultadas dice que uno de los significados más profundos de la palabra diákonos es tener la vocación o la devoción personal de servir, en contraposición al servicio de un esclavo, de una persona contratada o de un sacerdote. En otras palabras, cuando pensamos en la palabra diácono, diaconía, nos estamos refiriendo a una devoción personal a través de la cual nosotros servimos a Dios, adoramos a Dios, honramos a Dios, glorificamos a Dios, más que el rendir un servicio por una paga que se nos ha otorgado. Esa es la idea.

Si hay algo que Cristo enfatiza, si hay algo que Cristo enseña de manera recurrente a sus discípulos por tres años, es la idea del servicio y la humildad, ambas representadas aun en las últimas horas en el aposento alto, antes de Él ir a la cruz. Escucha en ese aposento alto la misma enseñanza con otras palabras de parte del Maestro al mismo grupo. Escucha ahora en Lucas 22:27, al final ya del ministerio, habiendo llegado a la cruz. Ahora está a punto de ser crucificado. En Lucas 22:27 leemos: "Porque ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, entre vosotros yo soy como el que sirve". Él se está refiriendo al lavado de los pies. ¿Cuál es mayor? En una casa, ¿cuál es el mayor, el que sirve o el que está sentado a la mesa? Obviamente es el que está sentado a la mesa. Pues miren qué curioso: entre nosotros yo soy el mayor, ustedes están sentados a la mesa y yo estoy lavando pies. Es la mentalidad del reino de los cielos. Es la mentalidad de aquel que conoce a Cristo. Esa es la forma invertida de ver la vida desde la perspectiva de Cristo. Es la mente de Cristo. Lamentablemente, la carne está enferma con el primer lugar, y quizá ya nosotros no estamos pensando de esa misma manera.

Pero mira lo que el comentario de Philip Ryken, el presidente actual de Wheaton College, dice en su comentario de Lucas acerca de este pasaje. Y sé que nosotros expresamos la misma debilidad que los discípulos expresaron, pero con otras ideas, y decimos: "Mi iglesia es mejor que la tuya, mi adoración es mejor que la tuya, mi ministerio es más importante que el tuyo, mi forma de vivir la vida cristiana, o de educar a mis hijos, o de testificar de Cristo es mejor que la tuya". Philip Graham Ryken agrega —escucha esto con detenimiento y reflexiona—: "A veces tratamos de ganar ventajas al mostrarnos más quebrantados por nuestros pecados o más sacrificados al dar que otros. Cualquier cosa con tal de probar nuestra propia grandeza espiritual". ¡Guau! Más quebrantados, más sacrificados que otros, cualquier cosa con tal de probar nuestra propia grandeza espiritual.

Y por tanto no nos gusta servir. Y no nos gusta servir, pudiéramos decir: "Bueno, es que es nuestro orgullo". Sí, es verdad, pero yo creo que si lo dejamos ahí seríamos simplistas. No es simplemente nuestro orgullo; es que no amamos. El que ama quiere servir al otro. En el servicio anterior yo decía que yo quería ilustrar lo que estaba diciendo de una manera bien sencilla y gráfica, porque conocía a algunas de las personas que estaban en ese servicio con relación a lo que voy a decir. Una de ellas era mi esposa, y decía: las personas que aman a los perros les encanta servir a los perros. Y había tres de esas personas que yo conocía muy bien que son locas con los perros. Pero ¿por qué les sirven a los perros? Porque los aman. De manera que cuando a mí no me gusta servir, yo necesito pedirle a Dios que me ayude a llevar a cabo el segundo más grande mandamiento de la ley de Dios: después de amar a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu fuerza, amar al prójimo como a ti mismo. Por eso nos servimos a nosotros mismos tan frecuentemente y tan bien: por lo mucho que nos amamos. Para servir al otro, nosotros necesitamos entonces una dosis mayor de amor por el otro. Primera de Corintios 13 dice que el amor no busca lo suyo, y si no busca lo suyo, ¿lo de quién busca? Lo del otro, a quien le sirve. Y de ahí entonces que Cristo nos enseñó a pedir para el otro.

El Señor le enseña la teoría, pero Él tiene que darle la ilustración práctica también. Y lo que hace entonces es que Él toma un niño, lo pone en medio de ellos. Versículo 36: "Y tomándolo en sus brazos, les dijo: El que recibe a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió".

Cristo no nos está diciendo en esta ocasión que yo tengo que ser como un niño; es otra enseñanza de otro pasaje con niños, en otra ocasión. En esta ocasión lo que Él está haciendo es tomar uno de los miembros de la sociedad que era despreciado. La niñez no era valorada en ese momento. Las mujeres no eran valoradas en aquel primer siglo. Los niños tampoco eran valorados, y de acuerdo a la ley de Roma, cualquier padre o madre que después de dar a luz no hubiese querido el hijo, lo podía abandonar en la calle, dejarlo que se muriera.

El infanticidio era legal en la Roma del primer siglo. Nosotros hoy tenemos leyes que protegen la niñez; ese no era el caso. Lo que Cristo está tratando de decir a los discípulos es: ustedes que tienen un incesante poder y sed de codearse con los poderosos, con los pudientes, con la gente de importancia, ustedes en el reino de los cielos tienen que aprender a codearse con aquellos que no tienen importancia. Como uno de estos niños, como las prostitutas, como los leprosos, como los pobres, los samaritanos, aquellos que son despreciados por la sociedad.

En ese sentido, en la sociedad hoy en día la niñez es mucho más preciada que lo que fue en aquella época, de manera que quizá no nos sirva de ilustración tanto como sí sirvió en su momento. Y quizás una mejor ilustración en el contexto dominicano de nuestros días, si yo fuera Cristo, quizás una mejor ilustración pudiera ser... Estoy tratando de cambiar las palabras de Cristo ni su ilustración, y ellos apliquen su contexto cómo funcionó. Pero una buena ilustración hoy en día podría ser llamar a un haitiano y poderle decir: "Entonces el que recibe a uno de ellos me recibe a mí". Porque ellos son de los que la sociedad dominicana rechaza. Preferimos los poderosos, los pudientes, los conocedores, porque vivimos todavía enfermos con esa ansia del primer lugar que Cristo está tratando de deshacer en los discípulos. Eso es algo que tienen que aprender.

Entonces, la segunda enseñanza que yo quiero que tú te lleves a tu casa hoy en día es que si la cruz es bien entendida, como Cristo está tratando de que ellos lo hagan, entonces la cruz no deja espacio para ninguna sed de poder, ni para deseo de prominencia, ni para la búsqueda de los primeros lugares, ni para ser reconocido, ni para sentirnos superiores a los demás cuando tenemos un grado o un nivel de gracia experimentado superior a otro que quizá no ha tenido esa oportunidad.

Ya me deciros otra vez: la segunda enseñanza que yo quiero que te lleves a la casa es que la cruz, cuando es bien entendida, no nos deja ningún lugar para sed de poder, para prominencia, para la búsqueda de los primeros lugares, ni para ser reconocido, ni sentirnos superiores cuando hemos recibido un nivel de gracia por encima del que otros han tenido. Una experiencia como la de la transfiguración, en el monte de la transfiguración, no me da derecho a condenar aquellos que están en el valle esperando y que no han tenido tal experiencia.

En el reino de los cielos la manera de ascender es descendiendo. De igualdad con Dios a forma de siervo, de siervo a la cruz, de la cruz a la tumba. Ya no podía descender más. Y tres días después, de la tumba a la gloria.

No olvidemos que en la última escena, dos de los que estaban en el monte de la transfiguración estaban todavía pidiendo si se podían sentar a la mano derecha y a la mano izquierda cuando Él viniera en su reino. Eso es aun después de la crucifixión. Y conociendo su forma de pensar, pudiéramos especular si ellos no estaban preguntándose incluso si una experiencia como la del monte de la transfiguración no les daría a ellos algún derecho de estar a la mano derecha y a la mano izquierda, porque los otros nueve no estuvieron.

Yo me imagino un diálogo entre Pedro, Juan y Jacobo. Quizás con nosotros, quizás un diálogo como el que tuvieron en el camino de quién era mayor. Yo me imagino un diálogo como esto: quizás Jacobo pensando, "Bueno, no es por nada, y modestia aparte, pero por algo Él subió con nosotros al monte y no con los demás. Pero tú te acuerdas cuando tu suegra, tu suegra que estaba enferma con una fiebre, y que Cristo entró a la casa para sanarla, ¿te acuerdas con quién entró? Fuimos los mismos tres: tú, Juan y Jacobo. Por alguna razón será". Y me imagino a Pedro quizás pensando algo como, "Bueno, es que los otros no tienen suficiente entrega ni pasión". Y Juan, el más espiritual de todos, por supuesto, los más espirituales vamos a estar más cerca, no de la suegra de Jesús, del poderoso.

Y quizás por eso no debemos extrañarnos de quién es que hace la próxima intervención en el texto de hoy. Versículo 38: Juan le dijo, uno de los que había estado en el monte de la transfiguración, "Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos seguía". "Maestro, vimos a uno que estaba echando fuera demonios, y nosotros, sin hablar contigo, tratamos de impedírselo. ¿Y sabes por qué? Porque no nos seguía". No a ti, a nosotros no nos seguía. "Nosotros somos parte del timón ahora", como si ellos tuvieran esa prerrogativa.

Y uno de los problemas es que cuando nosotros tenemos esa experiencia, como ellos tuvieron en el monte de la transfiguración, a veces nos creemos con privilegios exclusivos que otros no tienen. La transfiguración a su favor. Este hombre estaba echando fuera demonios, vimos a uno echando fuera demonios, parece que él estaba funcionando en tu nombre echando fuera demonios. Y mucho más ahora, cuando ellos han llegado al valle, se han encontrado con los nueve que habían fracasado expulsando a uno que estaba endemoniado, y ahora parece otro que ni siquiera está con ellos ya está echando fuera demonios. "Lo paramos, tratamos de impedírselo porque no nos seguía".

Y Cristo está tratando de enseñarles: "¿Sabes qué? Ustedes dos son parte del reino de los cielos, pero ustedes no son el reino de los cielos. El reino de los cielos es Dios y su gobierno soberano sobre cada pulgada cuadrada de todo el universo. Nadie más, sino Él y sus hijos". No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y que pueda enseguida hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, por nosotros está.

Los discípulos se quedan aprendiendo este día, aprendiendo que nosotros no tenemos la representación exclusiva del reino de los cielos. No hemos firmado un contrato como representante exclusivo, ni ninguna iglesia lo tiene, ni ninguna institución tampoco.

Y esta es la tercera enseñanza con la que yo quiero que tú te vayas hoy: el reino de los cielos es más grande que cualquiera de tus concepciones o mis concepciones. El reino de los cielos es más grande que cualquiera de tus concepciones o de mis concepciones.

Escucha a J.C. Ryle comentando sobre esto en el Evangelio de Lucas, pero del mismo texto, del mismo evento: "En cada período de la iglesia, muchos han gastado su vida copiándole el error de Juan. Esos han trabajado para parar a cada hombre que no trabajaría para Cristo a su manera, impidiéndole trabajar para Cristo por completo. Esos se han imaginado, en su forma orgullosa de ser, que nadie puede ser un soldado de Cristo a menos que lleve su mismo uniforme y que luche en su batallón. Olvidamos que ninguna iglesia tiene el monopolio absoluto sobre la sabiduría, y que personas pueden estar en lo correcto en las cosas importantes sin estar de acuerdo con nosotros".

De verdad, y es que debiéramos estar agradecidos. Escucha esta parte, esta parte es vital: debiéramos estar agradecidos si otros se oponen al pecado, predican el Evangelio, y si el reino de Satanás está siendo derribado, aunque el trabajo no esté siendo hecho de la manera como nos gusta a nosotros. Por encima de todo, debiéramos alabar a Dios si las almas están convirtiéndose y si Cristo está siendo magnificado, independientemente de quién sea el predicador y de la iglesia a la que pertenezca.

Ese es el entendimiento que ellos no tenían, pero que necesitaban alcanzar. Ellos necesitan entender que el reino de Dios o el trabajo de Dios en la tierra no lo hace una sola institución, con una sola forma de trabajar, con una sola filosofía de ministerio, hecho por un solo hombre, en un solo lugar, en un solo tiempo, en una sola región, con un solo estilo de música, con una sola forma de predicación, siempre con los mismos dones y los mismos talentos, y siempre con la misma estrategia. No. El reino de Dios corresponde a la multiforme sabiduría de nuestro Dios.

Cuando nosotros no lo vemos así, estamos padeciendo de miopía espiritual. Y honestamente, hermanos, no ha habido un solo discípulo de Jesús que en algún momento no haya sufrido o esté sufriendo de miopía espiritual, porque el único que lo ve todo multiforme es nuestro Dios y no nosotros. De ahí la necesidad de desarrollar mucha más humildad.

Los discípulos estaban viendo a este que estaba echando fuera demonios como su enemigo, cuando en realidad no era su enemigo. Escúcheme: el otro que es cristiano, si verdaderamente es cristiano, él no es tu enemigo. Si le digan que es un enemigo, el otro que es cristiano, si verdaderamente es cristiano, él no es tu enemigo. Nosotros tenemos un solo enemigo y se llama Satanás. No tenemos otro. Y por tanto, tú y yo tenemos que formar una coalición santa en contra del único enemigo de los hijos de Dios, en diferentes terrenos, para hacerle frente en diferentes ocasiones y con diferentes armas y metodologías. Pero es parte de la multiforme sabiduría de Dios.

Pablo estaba tan consciente de esa realidad que cuando les escribe a los filipenses en el capítulo 1, escucha lo que él dice: "Algunos, a la verdad, predican a Cristo aun por envidia y rivalidad, pero también otros lo hacen de buena voluntad. Estos lo hacen por amor, sabiendo que he sido designado para la defensa del Evangelio. Aquellos proclaman a Cristo por ambición personal, no con sinceridad, pensando causar mi angustia en mis prisiones. Entonces, ¿qué? Que de todas maneras, ya sea fingidamente o en verdad, Cristo es proclamado, y en esto me regocijo, sí, y me regocijaré".

Cristo es proclamado. Ahí está mi gozo, ahí está mi regocijo. No se trata de mí, de mi iglesia, de esta parte del reino de los cielos. Se trata del Amo del Rey de los cielos: Cristo.

Cristo le dice a los discípulos, cerrando esta primera parte de la enseñanza. Aunque él continúa enseñando y seguiremos el próximo domingo, el cierre de esta parte de la enseñanza, lo último que está haciendo es decir, yo creo que hoy está haciendo esto: "Porque cualquiera que os diere un vaso de agua, un vaso de agua, por razón de vuestro nombre, ya que soy seguidor de Cristo." Razón de vuestro nombre, ya que soy seguidor de Cristo, ¿cuál es el nombre? Cristiano, en este caso. "En verdad os digo que no perderá su recompensa." No pasa desapercibido en el reino de los cielos.

Date cuenta de la importancia de tu servicio, independientemente de su tamaño. Siempre y cuando todo lo que hagas, ya sea que comas o bebas o cualquier otra cosa, lo hagas para la gloria de nuestro Dios. Pensando a través de la mente de Cristo y tratando de reflejar el carácter que viene formando.

La dificultad mayor que yo encuentro en la medida en que me relaciono con cristianos es la falta de la formación de esa mente de Cristo, que Cristo estuvo luchando por formar en sus discípulos, porque los valores del mundo ya hacen diametralmente opuestos a los valores del reino. Hasta que esa mente no sea transformada, Cristo no podrá ser exaltado de tal manera que tú y yo no nos exaltemos en nada que no sea su persona y su nombre.

De aquel que no consideró igualdad con Dios como algo a que aferrarse, es al único a quien se le ha conferido un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y confiesen que él es Señor. Y así tú y yo teníamos que vivir.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de Internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima cuando nos reencontremos en su satisfaga.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.