El evangelio no es simplemente un mensaje que se define con palabras correctas; es un estilo de vida que transforma el carácter de quien lo abraza. La iglesia de Tesalónica demostró esto de manera tan evidente que su reputación llegó a Macedonia y Acaya sin que Pablo tuviera que decir nada: su fe era conocida, su testimonio visible, su ejemplo digno de imitar. En los últimos años se ha recuperado mucho terreno en cuanto a la comprensión teológica del evangelio, pero queda todavía mucha tela que cortar en términos de ver esa verdad reflejada en quienes la profesan.
Pablo defiende su ministerio apelando a su integridad, y al hacerlo deja un modelo para todo aquel que comparte la fe. Un ministro del evangelio está dispuesto a sufrir por causa de esa verdad y no se detiene cuando llega la oposición. Después de ser azotado y encarcelado en Filipos, Pablo tuvo el valor de predicar en Tesalónica en medio de mucha agonía, confiado en Dios. Es sincero y transparente: su exhortación no procede de error ni de impureza ni es con engaño. Ha sido probado por Dios antes de que se le confiara el evangelio, como José en la cárcel o Moisés bajo su suegro durante cuarenta años.
Este ministro busca el favor de Dios y no el aplauso de los hombres, aunque cuida su testimonio delante de ellos. Es manso y humilde, como una madre que cría con ternura a sus hijos. Y entrega no solo una enseñanza sino su propia vida, porque aquellos a quienes sirve han llegado a serle muy amados.
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Acerca de la Iglesia. Vamos a continuar la serie que iniciamos sobre la primera carta a los tesalonicenses.
Yo sé que muchas veces al final de año los pastores tienden a traer un mensaje de fin de año, pero creo que esta serie se ha visto interrumpida por diferentes razones tantas veces que lo más saludable sería continuar la serie. Realmente, cada domingo es un buen domingo para escuchar lo que Dios tiene que decirnos a través de cualquier texto. Quizás lo que usted pueda hacer es pensar en algunas cosas que vamos a estar hablando hoy y decir: "Yo quiero ver eso en mí en este año que viene", y poder pedirle a Dios en esa dirección. Pero hoy continuamos lo que habíamos comenzado.
Vamos a hacer eso leyendo en unos momentos el segundo capítulo de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, ya que habíamos concluido el primero. Pero antes de eso, para que usted pueda situarse donde estamos, les recuerdo que en el primer capítulo de esta carta el apóstol Pablo da gracias a Dios por la obra del Evangelio, del Espíritu de Dios en ellos. Esta es una congregación que abrazó la verdad de Dios de una manera muy especial, hasta tal punto que inmediatamente Pablo comienza a describir en la carta, en el versículo 6, y les dice: "Vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, habiendo recibido la palabra en medio de mucha tribulación con el gozo del Espíritu Santo."
De tal forma que en poco tiempo esta congregación pudo manifestar en su caminar la obra de la palabra de Dios en ellos, haciéndolos incluso imitadores de Pablo mismo y, más aún, del mismo Señor. Pablo está dando gracias por ellos en esta primera parte y luego está aplaudiendo la manera como ellos han caminado, de tal forma que mostraban en sus vidas la obra del Evangelio, hasta tal punto que muchas comunidades alrededor habían llegado a enterarse de lo que había pasado en la vida de estas familias, de esta iglesia, y todo eso por el poder del Evangelio.
Mucho se ha hablado en los últimos años acerca del Evangelio, y algunos dicen incluso que se ha ganado mucho terreno en cuanto al Evangelio se refiere. De esa manera hemos estado escuchando acerca del Evangelio en sermones, hemos visto múltiples libros escritos acerca de lo mismo, hemos cantado el Evangelio, y ha habido ese énfasis extraordinario en los últimos diez años, y eso ha producido como una recuperación de ese terreno. Pero yo creo que en gran manera la recuperación que se ha dado ha sido más conceptual, en términos de lo que es y de las implicaciones detrás de esa palabra, pero en términos de la obra que debe verse en aquellos que dicen haber abrazado el Evangelio, yo creo que hay todavía mucho terreno que recorrer y, en buen dominicano, mucha tela que cortar.
En términos de lo que el Evangelio es y de lo que se supone deberíamos ver en aquellos que profesan dicho Evangelio, nosotros podemos entender que el Evangelio no es simplemente un mensaje definido en palabras, sino que es algo mucho más allá: es un estilo de vida que llama la atención de aquellos que nos observan. Y eso es justamente lo que pasó con la iglesia de Tesalónica, ya que la reputación de estos hermanos en términos de cómo estaban viviendo la verdad de Dios fue tal que la iglesia de Macedonia y de Acaya comenzaron a enterarse. De tal forma que a Pablo le dice algo extraordinario sobre lo que toda esta gente está diciendo con relación a ustedes.
Y a partir de eso que yo acabo de decir, los versículos 7 al 9 del capítulo 1, antes de comenzar el texto del día de hoy, escucha otra vez a Pablo: "De manera que llegasteis a ser un ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y en Acaya, porque saliendo de vosotros la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todas partes vuestra fe en Dios se ha divulgado, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada." No tenemos nada que decir: su fe es conocida, su ejemplo, su motivación, su testimonio está caminando; otros quieren incluso imitarlos; ustedes son un ejemplo. Eso es lo que yo me estoy refiriendo en cuanto a lo que se supone que esa verdad haga en nosotros y que nosotros podamos entonces desplegar los frutos del Evangelio en nuestras vidas.
Con eso entonces voy a leer el capítulo 2, versículos 1 al 8, que es la continuación de esta parte que yo acabo de resumir en pocas palabras. Capítulo 2, versículo 1: "Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no fue en vano, sino que después de haber sufrido y sido maltratados en Filipos, como sabéis, tuvimos el valor, confiados en nuestro Dios, de hablaros el Evangelio de Dios en medio de mucha oposición. Nuestra exhortación no procede de error ni de impureza, ni es con engaño, sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones. Porque como sabéis, nunca fuimos a vosotros con palabras lisonjeras ni con pretexto para lucrar, Dios es testigo, ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido imponer nuestra autoridad. Más bien demostramos ser bondadosos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos. Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues llegasteis a sernos muy amados."
Te alabamos y bendecimos por la vida de un hombre que Tú forjaste, que Tú tallaste, que hoy, a través de estas palabras, puede mostrarnos la obra de Tu Evangelio, no simplemente en palabras sino en ejemplo de vida. Y quiero pedirte que al final de este año y comienzo del próximo cada uno de nosotros pueda verse en este espejo, y desear las cualidades que Tú produces en Tus hijos por medio de Tu Espíritu y de Tu palabra, que podamos pedirte acerca de esas cosas para con nosotros, y que cada uno de nosotros que formamos parte de esta iglesia pueda reflejar la obra de Tu Espíritu de una manera en que el mundo que observa preste atención a Tu verdad. En Cristo Jesús, amén.
Uno lee estas palabras que yo acabo de leer y se queda con la impresión inmediatamente de que Pablo está defendiendo su ministerio. No creo que haya que leerlo muchas veces para ver eso inmediatamente, y esa es la opinión de la mayoría, aunque algunos recientemente han llegado a pensar que más bien Pablo está ofreciendo un ejemplo de vida para aquellos que han de seguir el ministerio del Evangelio. Habiendo leído lo que cada cual dice y el análisis, muchas veces proveniente del lenguaje original que hacen algunos, es mi impresión que Pablo está haciendo una defensa de su ministerio, que no es la primera ni la última vez que tendrá que hacerlo, pero que su defensa de su ministerio nos sirve a nosotros para dejarnos un modelo, un ejemplo, de cómo se supone que nosotros debiéramos mostrar en nuestras vidas y en nuestro caminar la obra de la verdad de Dios que se nos predica.
Yo creo que sin lugar a duda la vida de Pablo es ese modelo, y es un modelo humano. Yo enfatizo la palabra "humano" versus el Dios hecho hombre, que es muchas veces usado como excusa por algunos al venir a consejería o al conversar y decir: "Bueno, el problema es que ese fue Cristo, pero yo no soy Cristo." Pero aquí tú tienes a un hombre que no es Dios hecho hombre, sino un hombre como tú y como yo, sujeto a pasiones como dice Santiago, que puede dar testimonio en su propia vida de que el poder de esta palabra de Dios está en su poder para transformar el carácter de aquellos que abrazan su verdad. Es por eso que yo he titulado este mensaje: "Las marcas de un ministro del Evangelio."
Ahora nota que yo no lo he titulado "las marcas de un ministro" ni lo he llamado "las marcas de un pastor", y lo he hecho por una doble razón. Por un lado, yo puedo ser un ministro y no ser un ministro del Evangelio; yo puedo ser un pastor y no ser un pastor del Evangelio; yo puedo predicar, enseñar, definir, conocer no solamente lo que es el mensaje del Evangelio sino sus implicaciones, y no mostrar en mi vida las señales o el impacto que esa verdad ha tenido en mi propio corazón, en mi propia mente, en mi propio carácter. Y aquellos de nosotros entonces que queremos ser ministros del Evangelio y de la obra de gracia de nuestro Dios necesitamos prestar atención a lo que Pablo tiene que decir a través de esta defensa de su ministerio que él hace. Cuando hay una discrepancia entre lo que nuestros labios enseñan y predican y nuestra manera de vivir, en ese momento no estoy siendo un ministro del Evangelio.
Pero en el día de hoy nosotros queremos ver justamente cuáles son las marcas de un ministro del Evangelio. Decía que no he llamado el mensaje de esa forma por una doble razón, y solamente he dado una, de manera que usted podría preguntar: ¿cuál es la segunda razón? La segunda razón es que yo no quiero que usted piense que este mensaje o esta verdad es solamente aplicable a aquellos de nosotros que hemos seguido el camino ministerial o que hemos recibido el llamado pastoral, sino que cada vez que tú compartes el Evangelio con alguien, cada vez que compartes la verdad de Dios, la palabra de Dios, cada vez que discipulas a alguien, en ese momento, por lo menos durante ese tiempo, tú serás visto como un ministro del Evangelio.
Por tanto, tú también debieras exhibir las mismas características de las que Pablo nos está hablando, porque en ese momento tú eres el instrumento de la gracia de Cristo. Y para que el otro pueda creer lo que tú dices, y para que Dios quiera respaldar lo que está saliendo de ti, Dios quiere ver en ti y en mí que el Evangelio que compartimos ha hecho residencia en nosotros, de tal forma que esa residencia de la verdad de Dios en nosotros ha transformado nuestras vidas y nuestros caracteres. Y entonces, al exponer su verdad, Pablo pone de manifiesto la obra de Dios en él, y cuando lo hace, lo hace de una manera muy peculiar, porque Pablo apela a la integridad de su ministerio, a la integridad de su testimonio, y no lo hace solamente en esta carta.
Tesalonicenses. Lo hace de otras cartas también. Hay algo que llama la atención: lamentablemente, la necesidad que Pablo tuvo de manera recurrente de defender su ministerio, y cada vez que tuvo que hacerlo, lo hizo apelando a la integridad de su caminar. Cuando nosotros oímos cosas así hoy, la tildamos y nos damos de orgullosos. Sin embargo, creo que Pablo se vio en esa necesidad porque alrededor de él, alrededor de su ministerio, abundaron personas que dudaron, cuestionaron, le acusaron de ser otro tipo de ministro que él no lo fue, y por tanto él se ve en obligación de presentar estas verdades de las cuales él habla ahora. Creo que las motivaciones de Pablo fueron genuinas, y de esa manera él establecía las credenciales de que ciertamente él era un ministro del Evangelio.
Cuando él comienza el capítulo dos, él comienza con un "porque". "Porque vosotros..." Ese "porque" nos dice que hay una conexión entre lo que es la causa de decir y lo que va a continuar diciendo. "Porque vosotros mismos sabéis." Enfatiza su propia palabra: "sabéis vosotros". "Sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no fue en vano." En otras palabras, esto que yo les estoy diciendo, ustedes son testigos de lo que yo estoy escribiendo. Vosotros sabéis. Yo no he creado esto. Esto no es una ficción. Esto no es una cosa que otros se lo han contado y que ustedes han llegado a creer. Esto que estoy a punto de escribir es algo que ustedes vieron con sus propios ojos y conocen. "Vosotros sabéis, hermanos, que mi visita, nuestra visita" —Pablo, Timoteo, Silas— "no fue en vano."
La palabra traducida como "vano" en el griego es "kenos", que implica vacío. No estuvo vacía de contenido. Esa visita no fue infructífera. De hecho, ustedes lo saben también, porque la primera evidencia del fruto de mi visita son ustedes: la obra del Evangelio en ustedes, la obra de transformación, el cambio que se produjo, el testimonio que ha corrido acerca de ustedes. Esa es la primera evidencia de que mi visita en medio de ustedes fue de mucho fruto y no en vano, de que valió la pena haber estado allí, valió la pena haber pasado un tiempo con ustedes.
Inmediatamente después que Pablo introduce eso y los convierte a ellos en testigos de lo que él está a punto de decir, él comienza a expresar en palabras cuáles son las marcas de un ministro del Evangelio. La primera es que un ministro del Evangelio estaba dispuesto a sufrir por causa de ese Evangelio, y después de experimentar el sufrimiento, él no se detiene en su obra. Eso está aquí, versículo 2. Escucha: "Sino que después de haber sufrido y sido maltratados en Filipos, como sabéis..." Otra vez, ustedes son testigos de esto. Esto no es la primera vez que ustedes lo escuchan. Ustedes conocen esto. "Después de haber sufrido y sido maltratados en Filipos, como sabéis, tuvimos el valor, confiados en nuestro Dios, de hablaros el Evangelio de Dios en medio de mucha oposición."
Pablo llega a Tesalónica proveniente de Filipos. Lucas nos cuenta qué pasó en Filipos en el libro de los Hechos, capítulo 16, donde él fue perseguido, fue perseguido y eventualmente acusado, y los magistrados de la ciudad escucharon la acusación y dispusieron que él fuera golpeado, azotado con varas, y luego echado en la cárcel, y que se le pusieran cepos o grillos en los tobillos. Fue dejado herido, maltrecho, fue abusado, avergonzado, humillado en esa ocasión. Y es obvio que esa fue la perfecta situación para que un falso ministro del Evangelio hubiese dicho: "Yo no voy a continuar con esto. Esto no vale la pena. ¿Quién va a sufrir por una verdad en la que no creo de verdad, en la que realmente no creo?"
Y él está diciendo: "Ustedes saben, como evidencia de lo que yo soy, que cuando yo fui perseguido, maltratado y sufrí en Filipos, nosotros tuvimos el valor, confiados en nuestro Dios, de venir hasta ustedes y predicar el Evangelio en medio de mucha oposición. Yo vine hasta ustedes, e hice exactamente lo mismo que me llevó a la cárcel en la ciudad anterior. No me detuve, y lo hicimos confiados en nuestro Dios." Pablo dice: "Volvimos a hablar. No nos callaron el mensaje. No pudieron cerrarles la boca." Lo cual no ocurre con el falso ministro. El falso ministro quiere obtener alguna ganancia; cuando no la puede obtener, él continúa su camino en otra dirección. Pero eso no es lo que pasa con el apóstol Pablo.
La razón por la que él está dispuesto a sufrir por el Evangelio y no es detenido en la obra del Evangelio es justamente lo que expresa este versículo 2: "Tuvimos el valor, confiados en nuestro Dios." El denuedo, el valor, el coraje que un ministro del Evangelio exhibe en medio de la dificultad es una obra del Espíritu de Dios. No es una obra de la carne. Es algo que Él puede producir. Es algo que está arraigado en el mismo carácter de Dios. Y lo opuesto también es cierto: el temor que nosotros experimentamos, sobre todo cuando las circunstancias se tornan adversas, es uno de los frutos de la carne. Hasta tal punto que cuando el Señor Jesucristo se encuentra a sus discípulos atemorizados justamente en medio de la dificultad, la próxima frase para con ellos fue: "Hombres de poca fe, hombres de poca confianza en Dios, en mí." Y eso es lo que Pablo está diciendo: "Tú no viste esta desconfianza en Dios en nosotros. Al contrario, volvimos a hablar el Evangelio otra vez, aun después de haber estado en prisión."
Un ministro del Evangelio necesita mostrar la obra de la fe tallada en su persona, y una de esas marcas es el valor en medio de la adversidad. Así, salieron de Filipos, llegan a Tesalónica, predican la palabra después de haber sufrido, y el texto dice: "Lo hicimos en medio de mucha oposición." La palabra traducida como "oposición" en los originales es "agón", de donde viene nuestra palabra "agonía". Predicamos el Evangelio en medio de mucha agonía, en medio de mucha dificultad, con mucho esfuerzo, con mucha lucha. A veces decimos en nuestro país que el tiempo no está para andar cogiendo lucha, y Pablo dice: "Nosotros predicamos el Evangelio con mucha lucha, oposición, agonía, dificultad."
Un ministro del Evangelio, número uno, está dispuesto a sufrir por causa del Evangelio. Pero también un ministro del Evangelio es sincero y transparente a la hora de enseñar y predicar. Versículo 3: "Nuestra exhortación no procede de error, ni de impureza, ni es con engaño." Pablo compartió con ellos la palabra de Dios, la verdad de Dios. Como la fuente es genuina, inerrante, Dios mismo, lo que él compartió con ellos fue también sin error. Dios no miente, Dios no se equivoca. Y eso es justamente lo que les está tratando de comunicar: el ministro del Evangelio no está interesado tanto en comunicar su interpretación de los hechos o de la verdad; él está interesado en comunicar solamente la verdad de Dios. Él cuida de no corromper la verdad de Dios, lo que Dios ha revelado y que en ese momento estaba todavía revelando.
Este es una de las razones por la que se motiva a los predicadores a predicar de manera expositiva, porque el método expositivo es el que mejor cuida de que nosotros no corrompamos la verdad del Evangelio. Y para aquellos que no están tan familiarizados con lo que es esa predicación: es justamente lo que estamos haciendo. Tú vienes al texto y dejas que el texto te hable y te diga lo que Dios dice. El texto te informa, el texto te dice lo que tú debes predicar, en vez de llegar al texto con una idea preconcebida de lo que yo quiero decir. Y esa es la única razón para insistir en eso: simplemente que esa metodología cuida lo que Dios ha revelado.
"De impurezas" —y Pablo lo dice—: "Nuestra exhortación no procede ni de error ni de impureza." La fuente de información, Dios, es correcta; por tanto predicamos sin error. La motivación de esa predicación no tuvo impureza: fue sin impureza. Y la metodología fue sin engaño. Esas tres cosas están en el versículo 3: predicamos sin error, predicamos sin impureza y predicamos sin engaño. Eso es un verdadero ministro del Evangelio.
Un ministro del Evangelio: número uno, está dispuesto a sufrir por causa del Evangelio; número dos, es sincero y transparente a la hora de compartir y predicar la verdad de Cristo; y número tres, es un hombre aprobado y probado por Dios. Eso es lo que dice el versículo 4. Escucha: "Sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio..."
El texto de la versión de las Américas que yo acabo de leer traduce la palabra como "hemos sido aprobados", pero la palabra "aprobados" en el original viene de una raíz que es "dokimazo", que implica "hacer probado". Y los lingüistas dudan que realmente esa debiera ser la traducción, de manera que la gran mayoría de ellos, por no decir todos, están de acuerdo en que el texto debe decir: "Fuimos probados por Dios antes de que se nos confiara el Evangelio."
¿Cuándo y cómo fue Pablo probado primero? No nos dice, pero es posible que quizás haya sido en Arabia, durante esos tres años que Pablo estuvo en el desierto de Arabia siendo trabajado, tallado, moldeado, enseñado por Cristo. Quizás fueron más de tres años, porque hay un tiempo durante el cual Pablo se pierde; no se sabe nada de él. Y cuando vuelve a aparecer su nombre es cuando Bernabé sale de Antioquía para Tarso a buscar a Pablo, porque lo necesitan en Antioquía porque la iglesia ha crecido mucho. Quizás seis, siete, ocho, nueve años habían pasado desde su conversión, de manera que durante todo ese período de tiempo quizás Dios estaba formando a Pablo y probando a Pablo.
Y esa idea de probar a alguien antes de convertirlo, de entregarlo, de confiarlo al Evangelio como ministro, no es nueva. Es algo que está en todas las páginas de la Biblia, por así decirlo. Tú comienzas en el libro de Génesis y te encuentras que José fue probado en la cárcel antes de que Dios lo ascendiera a ser el primer ministro en Egipto. Cuando llegas al segundo libro de la Biblia, en el libro del Éxodo, te encuentras a Moisés cuarenta años trabajando bajo su suegro Jetro, siendo formado y probado antes de que se le entregara la misión. Cuando llegas al Nuevo Testamento, la Palabra insiste en que el anciano, el pastor, no puede ser un neófito.
ser un recién convertido, porque se puede enorgullecer. En otras palabras, tiene que dejarlo crecer, tiene que dejarlo madurar, tiene que dejarlo que exhiba en su carácter la obra del evangelio para entregarle la misión del evangelio. Y si siguen leyendo, te encuentras con que aún para los diáconos, en 1 Timoteo 3, escucha lo que dice: que los diáconos deben ser probados primero. Ahí está la palabra de manera expresa, que sean probados primero, y entonces después de ser probados sirvan como diáconos, siendo irreprochables.
Pablo dice: "Nosotros hemos sido probados por Dios para que se nos confiara el evangelio." Nosotros nos encontramos con verdades en la Palabra que están en tensión continuamente, verdades que parecerían contradictorias, pero que en realidad representan más bien una paradoja. Yo quiero hablarte rápidamente de una de esas verdades en el contexto de lo que estamos diciendo, porque recuerda que acabo de leer que los diáconos sean probados primero para que puedan ser encontrados irreprochables. Pablo dice que él fue probado primero para que se le entregara la obra del evangelio.
Esa irreprochabilidad, la Palabra la requiere de parte de aquellos que han de administrar en el nombre de Cristo. Y por otro lado, cuando llegas a Romanos 3, te encuentras con que la Palabra dice que no hay nadie bueno, no hay justo, no hay ni siquiera uno, no hay quien haga lo bueno. Y eso es una verdad a la cual decimos amén. Y por otro lado, nos encontramos con que para ser ministro del evangelio tú necesitas tener un caminar irreprochable, y a eso también tenemos que decirle amén. Tenemos que enfatizar esas cosas, porque nosotros podríamos a partir de Romanos 3 llegar a la conclusión de que nadie puede caminar de manera irreprochable, en cuyo caso entonces no podríamos tener ni pastores, ni ancianos, ni diáconos, porque es uno de los requisitos primeros.
La irreprochabilidad no es impecabilidad. No es que el irreprochable no peca, pero tiene un caminar que otros conocen, que otros quieren imitar, que otros reconocen la obra de Dios en él o en ella, y del cual la Palabra no se avergüenza. Un ministro del evangelio no solamente está dispuesto a sufrir por causa del evangelio, es transparente, es sincero a la hora de enseñar y predicar, pero también es un hombre probado por Dios antes de encomendársele el evangelio.
Número 4: este ministro del evangelio es un hombre que procura el favor de Dios y no el favor de los hombres. Procura el favor de Dios y no el favor de los hombres. Con esta frase Pablo no está diciendo que a él le tiene sin cuidado lo que los hombres piensan. Nosotros podemos pensar de esa manera, y esta es una forma egocéntrica y orgullosa de ser. Eso no es lo que Pablo está diciendo.
Pablo insiste de manera frecuente en que el testimonio que nosotros tenemos delante de los hombres es importante para el testimonio del evangelio. De hecho, cuando le escribe a Tito en el capítulo 2, versículos 9 y 10, le habla a Tito que enseñe a los siervos a ser respetuosos y a someterse a sus amos, para que ellos puedan ser el adorno de la doctrina. Hemos hablado de eso en otras ocasiones. La palabra "adorno" es *kosmeo*, que estos siervos se sometan a sus amos para que ellos puedan ser el cosmético de la doctrina. De tal forma que cuando Pablo dice que él no estaba buscando agradar a los hombres, no está diciendo en lo más mínimo que a él no le importa lo que los hombres piensen acerca de su caminar.
De hecho, cuando tú lees la historia de Pablo en el libro de los Hechos, escrita por Lucas, en el capítulo 24, versículo 16, Pablo está hablándole durante la descripción de ese capítulo al gobernador Félix, un hombre pecaminoso, incrédulo, gentil, de malas intenciones, y hablándole a él le dice: "Por esto yo también me esfuerzo, doy la milla extra para conservar siempre, siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres." Yo me esfuerzo no solamente para que mi ejemplo externo, sino para que mi conciencia interna sea irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.
Yo menciono eso para que podamos entender claramente que cuando Pablo dice que él no está tratando de agradar a los hombres, él no está comunicando en lo más mínimo el hecho de que no le importa cuál es la opinión de los hombres con relación a su testimonio. Lo que le está diciendo es que cuando él fue, predicó; cuando él fue, enseñó; él no trató de congraciarse con los hombres. No lo hizo para poder estar bien con el gobierno de turno o el faraón de turno. No lo hizo para estar bien con los poderosos, para estar bien con la gente de influencia. No lo hizo para que la gente opinara bien de él. No lo hizo para que la gente lo exaltara o lo aplaudiera. No, no, no. No lo hizo por ninguna de esas razones.
Él estaba diciendo algo así como esto: "Lo que yo no hago es lo que los fariseos hacen, que tienen largas oraciones delante de los hombres tratando de impresionar a otros. Nosotros no hemos sido así entre vosotros; ese no es nuestro testimonio." Pero por otro lado, las Escrituras están repletas de la necesidad que nosotros tenemos de tener un buen caminar delante de los hombres, como una manera de adornar el evangelio, como una manera de evitar que otros quieran hacerle daño a lo que es la verdad del evangelio.
Como muchas veces ocurre, el ministro del evangelio predica la verdad de la misma manera en el palacio presidencial que en la casa de Dios. Pablo no dice: "Cuando yo estuve en Filipos, sé que fue la forma dura del evangelio, la verdad dura del evangelio, la que me llevó a la cárcel, y por tanto al llegar a Tesalónica yo tuve un mensaje más potable; prediqué de una manera más aceptable, fui más cuidadoso." No. Él predicó la misma verdad de la misma manera.
Y entonces Pablo dice algo más: "Lo hicimos de esa manera porque no estamos procurando agradar a los hombres, sino que estamos procurando agradar a Dios, como escucha, quien examina los corazones." Dios sabe si lo que estoy diciendo es verdad. Dios sabe la motivación y la intención por qué digo lo que digo. Dios sabe si hay una doble intencionalidad en lo que estoy diciendo. Dios sabe si estoy haciendo una verdad que es verdad, pero la razón para compartir esa verdad realmente es dañina, es pecaminosa. Él conoce la interioridad del hombre, la complejidad de la anatomía del pecado dentro de nosotros. Nosotros podemos muchas veces estar compartiendo una verdad y estar haciéndolo de manera egoísta, o pudiéramos estar haciéndolo simplemente para proclamar la verdad que Dios ha revelado.
Escucha cómo Pablo afirma ahora lo que yo acabo de decir. Lo que yo acabo de explicar, él lo remacha, en buen dominicano, en defensa de su ministerio, en los versículos 5 y 6: "Porque como sabéis" —otra vez la palabra *sabéis*—, "vosotros sois testigos, esto yo no me lo estoy inventando, esto no es nuevo, ustedes mismos pudieran decir esto de mí. Como sabéis, nunca fuimos a vosotros con palabras lisonjeras ni con pretexto para lucrar. Dios es testigo. Ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido imponer nuestra autoridad."
"Nosotros sabéis" —ustedes son mejores testigos que yo, porque ustedes lo vieron— de qué manera yo caminé, y nunca al predicar el evangelio usamos palabras lisonjeras tratando de obtener el favor del otro, la aprobación del otro. Nunca adulamos a los hombres con la idea de obtener su aprobación o de obtener su aplauso. Tampoco lo hicimos para lucrarnos. Más adelante le va a decir: "Yo me preocupé tanto de que ustedes pudieran entender que él no estaba procurando lucrarse, que yo trabajé con mis manos para no hacerles carga a ustedes." Hasta ahí llegó Pablo, hasta ahí llegó su preocupación, para que no se pudiera hablar mal del evangelio. "Yo no lo hice para lucrarme."
Y le agrega entonces: "Dios es testigo." Es una expresión muy paulina. Con cierta frecuencia te encuentras en sus cartas cómo Pablo dice: "Dios es mi testigo." Ustedes son testigos también de mi conducta externa, pero Dios es mi testigo de mi intención interna, de mi conciencia, de lo irreprensible de mi conciencia. La razón por la que Pablo llama a Dios como testigo es porque los hombres cuestionan con frecuencia nuestras palabras, nuestras enseñanzas, nuestra vida, nuestro caminar con Cristo.
Y para ilustrarlo con Pablo: mucha gente acusó a Pablo, porque en su acusación la justificación era no prestar atención a las enseñanzas de Pablo ni para seguir a Pablo. Nosotros hacemos eso. Días pasados yo hablaba con alguien, y esa persona me decía: "¿Sabe por qué yo no voy a la iglesia? Porque a tu iglesia va Fulano, que vive de esta manera." Yo le decía: "Espera un momento. Independientemente de que sea verdad o no —vamos a asumir, para el propósito de nuestra conversación, que es verdad— Fulano no es la iglesia. ¿Cuándo fue Fulano a la cruz y derramó sangre por ti? Cuando me muestres que Cristo, que fue a la cruz y derramó sangre por ti, vive de esa manera que tú me estás diciendo, entonces estará justificado no seguir a la persona de Jesús. Mientras tanto, es una excusa barata."
Pablo tuvo que defender su ministerio porque había gente que no quería seguirlo, y no solamente no quería seguirlo, sino que no quería que otros lo siguieran. Por medio de acusaciones contra él, sabían perfectamente bien cómo cuestionar el buen testimonio de la Palabra. Sabían perfectamente bien cómo poner en ridículo el testimonio de los ministros de la Palabra. Sabían perfectamente bien cómo dividir al pueblo de Dios, porque frecuentemente es el pueblo de Dios el que cuestiona la intencionalidad de los ministros de Dios.
Yo decía más temprano que yo dudo que haya una persona en este lugar que se haya involucrado significativamente en la obra del ministerio —sin ser pastor, sin ser diácono, sin ser anciano; puede ser una de esas cosas, puede ser misionero, pero sin ser nada de eso— si alguien se ha involucrado significativamente en la obra del ministerio...
ministerio. Yo dudo que en algún momento alguien no te haya malinterpretado, no te haya cuestionado, no te haya puesto bajo juicio, porque es casi imposible. Satanás conoce perfectamente bien cómo él puede lograr sus propósitos. Si tú revisas la Palabra, eso fue lo que le pasó a Moisés cuando fue cuestionado por su hermano y por su hermana. Si tú revisas la Palabra, eso es lo que pasó con Cristo cuando fue cuestionado por su propio hermano. Si tú revisas la Palabra, te encuentras con Pablo, que fue cuestionado por aquellos que estaban a su alrededor una y otra vez.
Es casi imposible estar involucrado en la obra del Evangelio y no ser malinterpretado, cuestionado, acusado de malintencionado. Y Pablo dice en este versículo —también, perdón— versículos 6 y 7: "Tampoco buscamos la gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros. No buscamos la plaza. No queríamos gloriarnos, libres de medios de gloriarme en algo que no sea la cruz de Cristo", como ya oímos. Pero Pablo estaba diciendo: yo sí quería la aprobación de Dios. Y luego agrega: ahora yo quiero que entiendan que como apóstoles nosotros teníamos la autoridad, teníamos el rango, por así decirlo, para haber impuesto nuestra autoridad.
"Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido imponer nuestra autoridad, hubiéramos podido dejar caer todo el peso de lo que esa posición o designación implicaba, pero no lo hicimos." Justamente no lo hicimos para no ser malinterpretados. No lo hicimos para dejar un modelo de ejemplo. No lo hicimos para poder dejar un modelo que ustedes pudieran seguir, para evitar que hombres pudieran hacer mal uso de la enseñanza que nosotros predicamos en Tesalónica, para que no nos enjuiciaran. Pero aun así fueron enjuiciados.
Pablo está defendiendo su ministerio, pero a la par está dejando un modelo para que nosotros podamos seguir en nuestra vida de cómo hacer ese ministerio. Y hasta ahora, entonces, nosotros hemos visto cómo un ministro del Evangelio debe ser alguien que está dispuesto a sufrir por la causa del Evangelio, debe ser sincero y transparente a la hora de enseñar y predicar, debe ser un hombre probado y aprobado por Dios, debe ser alguien que busca el favor de Dios y no el favor de los hombres. Pero de esa misma manera debe ser un hombre manso, humilde y preocupado por aquellos que Dios ha confiado a su cuidado.
Mira cómo Pablo lo dice en el versículo 7: "Más bien, en vez de dejar caer toda la autoridad, todo el peso como apóstoles que somos, en vez de hacer eso, más bien demostramos ser tiernos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos." E hicimos todo lo opuesto. El ministro del Evangelio no puede ser una persona orgullosa, iracunda, dada a rencores, fácilmente indispuesta, con personalidad conflictiva, compleja, difícil de entender, difícil de relacionarse. Más bien, Pablo dice —y ese es nuestro ejemplo—: "Nosotros nos mostramos tiernos entre vosotros como una madre que cuida con ternura a sus hijos."
O sea, hay algo que el Evangelio hace, que la Palabra de Dios hace, que justamente transforma el carácter de aquellos que son impactados por esa verdad. Pablo era un perseguidor de la iglesia. Es difícil imaginarse a alguien que está persiguiendo la iglesia, alguien que está dando su aprobación para que otros sean perseguidos, maltratados y eliminados, y no pensar en alguien iracundo. Y Pablo dice que su carácter ha sido transformado por la verdad. Dios te vuelve sensible, te descomplica —y si tenías una personalidad complicada, te vuelve sencillo—, te vuelve más afectuoso de manera sincera, te lleva hasta el punto de poder sentir por el otro de la misma manera con que una madre siente por sus hijos.
Y ayer yo conversaba con mi esposa y comentaba acerca de de qué forma he estado reflexionando acerca de la verdad de Dios, y de que justamente cada vez más ese carácter de Cristo pueda irse formando en mí como ministro del Evangelio. Y para ello dice: "Vosotros sabéis" —tres veces en ocho versículos, tres veces: "vosotros sabéis"—. Vosotros sois mi mejor evidencia, vosotros sois mi testigo externo de que lo que estoy diciendo es verdad.
Y él toma entonces dos ideas: una del versículo 7 y otra del versículo 8, y las une. Dice: "Nosotros somos apóstoles de Cristo y, en vez de hacer uso de la autoridad apostólica sobre ustedes e imponer nuestra autoridad…" El versículo 8 continúa: "…más bien fuimos tiernos como una madre que cuida con ternura a sus propios hijos." La palabra traducida como "tiernos" —investigaciones lingüísticas últimamente, en los últimos años— entienden que con toda probabilidad las traducciones futuras dirán, en vez de "tiernos": "fuimos infantes, niños." Esto cambia significativamente el significado. Lo que Pablo está diciendo es: en vez de ejercer la autoridad apostólica, fuimos como niños entre vosotros —como niños ingenuos, como niños inocentes, como niños que no pueden imponer su autoridad—. Y a la vez hay una figura doble: una figura infantil y una figura materna. Fuimos como niños, ingenuos como los niños, no impositivos porque no lo pueden hacer, pero fuimos también como una madre que cuida con ternura a sus hijos.
De manera que el ministro del Evangelio debe ser un hombre sufrido, sincero, transparente, probado, centrado en Dios y no en los hombres, manso y humilde, pero también debe ser un hombre que no entrega solamente una enseñanza, sino que entrega su propia vida a los demás. Versículo 8, escucha: "Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no solo el evangelio de Dios…" ¿Te diste cuenta? Él no dice que les compartió solamente una cosa. "Nos hemos complacido en impartiros no solo el evangelio —te compartimos el evangelio, pero te compartimos algo más—, sino también nuestras propias vidas, pues llegasteis a hacernos muy amados."
No solamente le enseñó el evangelio: Pablo le mostró el evangelio. Vivió lo que él enseñó entre ellos. Lo que él enseñó en palabras se lo mostró en vida. Les entregó en vida lo que les había dicho previamente en palabras. Y cómo lo hizo: justamente entregándoles no solo el evangelio, sino entregándoles su propia vida. Nosotros —decía yo en el culto anterior— tenemos una mente occidental, y la mente occidental piensa mucho en categorías: dos de estos, tres de aquello, tres causas, dos recomendaciones, cuatro observaciones. Y muchas veces mi propia enseñanza y predicación —tú puedes ver la mente occidental en mí—, y en ti también, eso es como organizamos las cosas.
Y de esa misma manera, cuando pensamos en discipulado, pensamos en un método, en un programa, en una obra de la gente, en una clase, o en mi propia casa, en compartir una hora, hora y media a la semana por un período, y terminamos. Pero la mente oriental no pensaba de esa manera. La mente oriental pensaba más como Cristo lo hizo con sus discípulos: vivieron juntos, compartieron una verdad y compartieron una vida. Eso es justamente lo que Pablo está diciendo: cuando yo fui entre ustedes, yo no simplemente fui y hablé; yo no solo fui y prediqué; yo no fui y enseñé. Yo fui y compartí el evangelio, y fui y compartí mi propia vida con vosotros.
Porque la idea del discípulo en la antigüedad no era que aprendiera todo lo que el maestro sabía, sino que él llegara a ser como su maestro. Literalmente, hablamos de ello en otras ocasiones: Cristo enseñó que esa sería la meta. Lucas 6:40: "Todo discípulo, cuando es entrenado bien, llega a ser exactamente como su maestro." Él entrenó a los suyos bien y llegaron a ser así. De esa misma manera, y a la vez, Pablo revela la motivación por la que hizo lo que hizo. Escucha cómo lo dice en pocas palabras: "…sino también nuestras propias vidas, pues llegasteis a hacernos muy amados." La razón por la que yo compartí y viví con ustedes como viví fue por una sola razón: por el amor que Cristo había puesto en nuestros corazones por ustedes.
Y esta es la única motivación. El evangelio que tienes y que yo tengo hay que cuidarlo. Tienes que compartir con el otro y querer ver el cambio en el otro por las razones correctas. No es que queremos ver al otro cambiar para que se someta a mi autoridad, o para que sea como yo, o para que no se rebele, o para que pueda seguir mis pasos simplemente. No. Tú quieres hacer lo que quieres hacer por el otro, discipulas por una razón, y Pablo dice: "Yo te voy a decir la razón: pues llegasteis a ser para nosotros muy amados." ¡Wow!
Imagínate ahora si pudiéramos exhibir las marcas de un ministro del Evangelio —no pensando en un pastor o alguien que tiene el título de ministro, sino de alguien que va a compartir el evangelio y, al compartir el evangelio, es visto como un ministro de esa verdad—, y que el otro que escucha su enseñanza no solamente está escuchando con los oídos, sino que está viendo con los ojos, interpretando con su mente, que eso que le están compartiendo ha hecho residencia en su discipulador, y eso que ha hecho residencia en su discipulador, él o ella puede verlo en su forma de vivir. Un discípulo, un ministro del Evangelio, debe ser sufrido, sincero, transparente, probado, centrado en Dios y no en los hombres, manso y humilde, que entrega no solamente una enseñanza sino que entrega su vida a los demás, y lo hace por una sola razón: porque llegaste a ser muy amado, porque la Palabra de Dios ha cambiado mi corazón de tal manera que te puedo amar independientemente de lo que ocurra en ti, contigo, hacia mí.
Te puedo amar de la manera que Dios ama. "Me puedes perseguir —pudiera decir Pablo—, me puedes perseguir como un compatriota judío, pero si pudiera sacarme los ojos para que llegaras a ser salvo, lo haría." Este es un ser humano sujeto a pasiones igual que tú y yo, en quien Dios obró de una manera tan extraordinaria que tú podías ver el poder de la Palabra en él por la manera como vivió y ministró.
En este fin de año y principio del próximo, tú puedes orar conmigo para que todos los días Dios trabaje en ti y en mí de una manera que la comunidad alrededor pueda ver de manera clara la obra del Evangelio escrita, tallada en nuestras vidas, y no simplemente oída por sus oídos, y que la reputación
De la iglesia. Entonces, sea la de los tesalonicenses, y que esa reputación sea conocida más allá de nuestra Macedonia latinoamericana y nuestra Galacia latinoamericana. Que la gente quiera venir a nosotros a ver qué es lo que ha pasado, qué es lo que Dios ha hecho en los efesios, porque esto es lo que se escucha. Que puedas morar así en este comienzo de este año, y que se haga una obra de toda la iglesia y no de unos pocos.
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