Integridad y Sabiduria
Sermones

Las marcas de un ministro del evangelio (parte 2)

Miguel Núñez 4 enero, 2015

El ministro del evangelio debe estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio para preservar la integridad del mensaje que proclama. Si necesita trabajar con sus propias manos para no ser carga a nadie, debe hacerlo. Si debe perder dinero, perdonar ofensas o humillarse para que no haya mancha sobre la causa de Cristo, debe hacerlo sin vacilar. Esta es la primera marca que Pablo presenta en su defensa: trabajó de día y de noche como hacedor de tiendas, fatigándose para autosostenerse económicamente mientras predicaba en Tesalónica. No quería que nadie pudiera acusarlo de haber llegado para lucrarse.

La segunda marca es un caminar irreprensible. Pablo invoca dos testigos: los tesalonicenses, que vieron sus acciones externas, y Dios mismo, que conoce su conciencia. Afirma haberse comportado de manera santa, justa e irreprochable. El carácter verdadero, como alguien lo definió, es esa forma de pensar y actuar que corre por dentro de una persona, de modo que si la cortaran, luciría idéntica por dentro que por fuera. La tercera marca es su ministerio paternal: exhortó, alentó e imploró a cada creyente como un padre instruye a sus propios hijos.

¿Para qué todo este esfuerzo? Pablo revela su única motivación: que los creyentes anduvieran de manera digna del Dios que los llamó a su reino y gloria. La palabra griega implica un estilo de vida congruente, del mismo peso que el llamado recibido. Si de un lado de la balanza está Dios con su llamado santo y eterno, del otro debe estar un caminar que honre ese llamado. No podemos continuar con vidas cristianas ordinarias y promedio cuando la tinta con que se escribió el evangelio salió de las venas de nuestro Redentor.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El sermón de esta mañana, o el pasaje de esta mañana: si tiene ahí su Biblia, la puede abrir; si la tiene en electrónica, la puede prender o encender para leer el capítulo 2 de la primera carta a los Tesalonicenses. Vamos a estar leyendo del versículo 9 al 12. Este texto es en esencia continuación al mensaje que comenzamos la semana pasada y que titulamos "Las marcas de un ministro del Evangelio."

Habíamos dicho que el apóstol Pablo aparentemente había sido acusado de no estar llevando a cabo su ministerio con integridad, y entonces en esta carta que le escribe a los Tesalonicenses defiende su ministerio, pero al defenderlo nos deja un ejemplo de vida, un ejemplo de cómo debiéramos ministrar, un ejemplo de cómo debiéramos caminar.

Yo quisiera volver a enfatizar el hecho de que, por llamarse este mensaje "Las marcas de un ministro del Evangelio," no piense por un segundo que me estoy refiriendo solamente a las marcas de un pastor o a lo que tiene el llamado a ser misionero o algo similar. Usted puede verse como ministro del Evangelio: en algún momento, ya sea hoy o en el futuro, ha de compartir el Evangelio, y en ese instante usted es instrumento y ministro de ese mensaje, de las buenas nuevas de Jesucristo. Por consiguiente, usted debiera verse en este espejo que estamos tratando de presentar en la mañana de hoy.

Dijimos que esto representa una defensa del apóstol Pablo acerca de su ministerio, y yo mencioné la semana pasada que, si usted ha estado involucrado de manera significativa en la propagación del Evangelio, seguramente en algún momento usted ha sido acusado. A veces las acusaciones no son infundadas; otras veces son exageradas. En ocasiones las acusaciones han sido hechas por ignorancia de los hechos, o por falta de entendimiento de lo que otro piensa o de lo que el otro hace. Pero, en fin, esa es la realidad de este lado de la gloria.

Yo creo que cualquiera de nosotros que esté aquí presente probablemente en algún momento de su vida ha sido ambas cosas: o fue acusado o fue el acusador. Quien escribe estas palabras, el apóstol Pablo, también en su momento fue una u otra cosa. En principio fue el acusador de la iglesia, a quien él perseguía vehementemente, buscándolos para llevarlos ante los tribunales. Y ahora él es el acusado. Tanto cuando él acusó como ahora que es acusado, la razón fue la misma: el Evangelio. El Evangelio que habían abrazado era lo que lo movía a acusar en un momento, y el Evangelio que él había abrazado era lo que motivaba las acusaciones en su contra.

La realidad es que no es que nosotros seamos dignos de acusación; hay cosas en contra nuestra que Cristo ya justificó en la cruz. Pero Pablo está haciendo un esfuerzo extraordinario porque él entiende que el Evangelio no es digno de mal nombre ni de mala acusación, que el reino para el cual él trabaja tampoco lo es, y que el Señor del Evangelio, el Señor del reino, mucho menos. De tal forma que él está tratando de hacer lo indecible por despejar cualquier nube negra, pudiéramos decir, que pudiera acumularse sobre el Evangelio. Y eso es lo que nosotros vemos en esta carta que él escribe.

Esa acusación falsa, exagerada, infundada en ocasiones, yo creo que es parte de la estrategia de Satanás para desacreditar la Palabra, desacreditar el Evangelio, desacreditar los siervos de Dios, desacreditar los ministros de Dios, pensando que de alguna manera él podrá detener el avance del Evangelio. Pero no lo ha logrado aún, y con eso yo quiero que leamos entonces del versículo 9 al versículo 12 de la primera carta a los tesalonicenses, capítulo 2.

"Porque recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas, cómo trabajando de día y de noche, para no ser carga a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y también Dios, de cuán justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes, así como sabéis de qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno de vosotros, como un padre lo haría con sus propios hijos, para que anduvierais como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria."

Padre, te alabamos y bendecimos una vez más en esta mañana, un domingo primero del año, invocando tu nombre, pidiéndote que hagas en esta mañana algo que quizás yo no estaba pensando, que reveles algo en lo que yo no había reflexionado, que esto ocurra en un comienzo de año donde quizás por el resto del año tú puedas trabajar en esa área que hoy tú revelas. Padre, tu Espíritu que mora en nosotros es el único que tiene la capacidad de iluminar la Palabra y de darnos entendimiento y de darnos convicción para transformación. Y quiero pedirte que tu siervo sea como un micrófono y un mero instrumento en tus manos, para que hoy tú puedas glorificarte. La canción primera que cantamos, su título es "Mi oración"; una palabra sencilla: glorifícate en tu nombre, Jesús. Amén.

Si tú lees estas palabras del apóstol Pablo y no conoces nada más del apóstol, sería fácil concluir que esta es una persona orgullosa, que está tratando de sonar su trompeta a su favor y exaltando su caminar. Y sin embargo, nosotros sabemos que esto está muy lejos de la verdad. Lo sabemos por el resto de lo que la Palabra revela acerca de su caminar con Dios; lo sabemos porque el Espíritu de Dios que inspiró estas palabras justamente las registró en este lugar, no simplemente para defender a Pablo, sino mayormente para dejarnos a nosotros un modelo de ministerio y un modelo de caminar cristiano.

Ciertamente, nuestro primer, máximo y mejor modelo es el Señor Jesucristo, pero Dios nos ha dejado en su Palabra, y aún en la historia de la iglesia, hombres que han caminado de una manera muy especial con Él, y a ellos Dios mismo nos llama a imitar. Escucha lo que el autor de Hebreos dice en 6:12: que nosotros debemos ser imitadores de los que mediante la fe y la paciencia heredan las promesas. Nosotros debiéramos prestar atención, leer con cuidado y reflexionar acerca de aquellos hombres que ejercitaron la fe y, ejercitándola, tuvieron la pasión para morir esperando promesas que quizás no recibieron de este lado de la eternidad, pero que tenían la certidumbre de que las recibirían del otro lado. Y Dios nos llama a imitarlos en su paciencia y en su fe.

En este caso nosotros tenemos al apóstol Pablo, ciertamente defendiendo su ministerio, pero a la vez dejándonos un modelo que tú y yo podemos imitar. Y en la medida en que nuestro mensaje se desarrolle, usted podrá ver con mayor claridad cómo usted pudiera y debiera imitar a este hombre que vivió como es digno.

Cuando Pablo comienza a defender su ministerio, lo primero que hace es apelar a la manera como él se autosustentó económicamente cuando vivió en Tesalónica. Luego él menciona, hace alusión a su caminar irreprensible; en tercer lugar él menciona, a favor suyo, la manera como él ministró como un padre ministraría a sus propios hijos; y al final entonces nos deja ver cuál fue su única motivación para vivir de esa manera, ministrar de esa manera, y para escribir las palabras que escribió que leíamos hace un momento. Escucha cuál es esa motivación: "para que andéis de una forma digna del Dios que nos ha llamado." Sin esa explicación nosotros pudiéramos llegar a conclusiones erradas, pero Pablo dice: "Ciertamente he defendido mi ministerio, ciertamente he dicho cosas acerca de mí, de mi caminar, de mi forma de ministrar en medio de los tesalonicenses, pero hay una sola razón, hay una sola motivación, una sola intención en mi interior: es que cada uno de ustedes pueda llegar a caminar de una manera que sea digna del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria."

Y con eso yo creo que tú comienzas a ver conmigo la primera defensa del ministerio de Pablo, que tenía que ver con su sostenimiento económico. En el versículo 9: "Porque recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas, cómo trabajando de día y de noche, para no ser carga a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios." Una vez más Pablo nos deja ver que los tesalonicenses tenían conocimiento de primera mano: "Vosotros sois testigos." Es algo que nadie tiene que contarles; ustedes me vieron hacer esto que estoy refiriendo.

Seis veces en los primeros doce versículos de este capítulo 2 de la primera carta a los tesalonicenses, Pablo hace alusión al hecho de que ellos son testigos: "como sabéis", "como sabéis" —versículo 1, versículo 2, versículo 5, versículo 11—, "os recordáis, hermanos" —versículo 9—, "sois testigos" —versículo 10—. En otras palabras, Pablo está consciente de que él vivió de una forma que ellos pudieron ver, que ellos debieran todavía recordar, y que al leer las palabras de esta carta, o al escuchar las palabras leídas, ellos no debieran sorprenderse de lo que Pablo estaba hablando.

Y justamente él les dice que él, Silas y Timoteo, que estuvieron con él durante este primer viaje, trabajaron arduamente hasta fatigar. "Si ustedes son testigos de nuestros trabajos y fatigas, lo hicimos de día y de noche." La idea aquí no es que ellos trabajaron de esa manera para acumular dinero; no fue que ellos trabajaron excesivamente porque necesitaban sentirse exitosos o hacerse un nombre. Es que ellos habían entendido la magnitud del llamado, la grandeza de la causa de Cristo, lo sublime de aquello a lo que ellos han sido llamados, de manera que estuvieron dispuestos a hacer cualquier esfuerzo, el que sea, en la dirección que fuese, para evitar que el Evangelio fuera tildado de algo negativo o que pudiera resultar con mancha alguna. Y es por eso que él habla de la manera trabajosa y fatigosa en que estuvo ministrando en medio de ellos, trabajando de día y de noche.

Y si tú revisas la historia bíblica, vas a encontrar que nadie dejó una huella en la historia bíblica o en la historia de la iglesia que no haya trabajado de manera ardua. No importa si se trató de Moisés, quien tuvo que delegar su trabajo a setenta hombres; si se trató de Josué, que tuvo que luchar por veinticinco años para lograr la conquista de la tierra prometida; o de Daniel, que se destacó por tener un espíritu extraordinario, por su diligencia y por ser el tipo de trabajador que fue; o de Jesús y sus discípulos, que en ocasiones ni siquiera tuvieron tiempo para comer, como dicen los Evangelios; o ahora de Pablo, Silas y Timoteo, que, como él refiere en esta carta, ellos eran testigos de sus trabajos y fatigas, día y noche.

Yo creo que nosotros necesitamos reconocer que el trabajo no es lo que muchos piensan, sobre todo en Latinoamérica, como que el trabajo es algo que resultó de la maldición en el huerto del Edén y que el trabajo no es bueno. Yo quiero decirte que Dios nos diseñó para el trabajo arduo desde el momento de la creación, y luego lo ratificó en los diez mandamientos cuando diseñó la semana para seis días de trabajo y uno solo de descanso; no cinco de trabajo y dos de descanso, como lo tenemos en occidente; no cuatro de trabajo y tres de descanso, como Alemania lo quiere hoy en día: seis días de trabajo y un día de descanso.

Pablo llega a Tesalónica tratando de proteger al Evangelio de acusación, tratando de proteger su ministerio de que él no había llegado hasta allí para lucrarse. Él decide autosostenerse en vez de hacer uso de lo que muchos maestros y rabinos del momento hicieron, que es recibir ayuda de parte de los tesalonicenses. Estando allí ministrando, Pablo decide no hacer eso y trabaja día y noche para sostenerse con sus propias manos, siendo sensible hacia los tesalonicenses y cuidando lo que es la reputación del Evangelio.

Nosotros conocemos algo más de cómo Pablo trabajó, porque les escribe acerca de esto en más de una carta. Cuando le escribe a los corintios en 1 Corintios 4:12, él les dice que trabajó con ambas manos. Luego en Hechos 20:34 dice que él trabajó con sus propias manos. En Hechos 18:3 aprendemos que Pablo era un hacedor de tiendas, junto con Priscila y Aquila. Las tiendas eran hechas de cuero, de piel, y mucho de lo que se piensa era que Pablo trabajaba con piel, con cuero, y entre otras cosas hacía tiendas. Y con toda probabilidad Pablo siguió el ejemplo de otros rabinos y de filósofos, incluso, que tenían alguna habilidad manual: tenían un taller, y en su taller ellos discipulaban, ellos enseñaban. De manera que se piensa hoy en día que lo más probable fue que Pablo no simplemente predicó el Evangelio en las plazas públicas, sino que él también predicaba y enseñaba mientras hacía estas tiendas.

De día y de noche, Pablo entendía que, de acuerdo a la revelación de Jesucristo, él, como pastor, como apóstol, tenía el derecho —y él usa esa palabra, "el derecho"— de vivir del Evangelio. "El obrero es digno de su salario." Él habla de eso en 1 Corintios 9, llegando al versículo 12. Pero él decidió, como les explica, no hacer uso de ese derecho, justamente para evitar ser estorbo para lo que era el avance del Evangelio y la reputación del Evangelio.

Y eso es exactamente lo que nosotros vemos aquí: el ministro del Evangelio, si verdaderamente quiere verse como tal, necesita estar dispuesto a hacer lo que sea para preservar la reputación y la integridad del mensaje. Si él necesita trabajar y autosostenerse para que no haya ningún tipo de acusación sobre su mensaje, sobre su persona, sobre su ministerio, él

Necesita hacer eso. Si él necesita perder dinero de tal forma que pueda garantizar, de alguna manera, que no se vaya a hablar mal de lo que es la causa de Cristo, él necesita perder ese dinero. Si él requiere perdonar para que no haya duda de a quién servimos, la ofensa debe ser perdonada. Si eso requiere que nos humillemos al máximo para, una vez más, poder mantener un buen nombre en favor de nuestro Señor Jesucristo, bueno, nos humillamos. Si él requiere permanecer en silencio y callarse, porque eso garantizaría de alguna manera un mejor nombre para la causa que representa, él necesita morderse los labios. Todo por su causa. Esa es la realidad. El ministro del evangelio entendería eso bien, y Pablo lo entendió de tal manera.

El manejo de las finanzas, lamentablemente, le ha dado al evangelio muy mal nombre. Los evangelistas de la prosperidad de hoy en día han causado un gran estorbo en medio de lo que es la propagación y la expansión del reino, justamente porque muchos han juzgado y han colocado a todos en la misma funda, en el mismo paquete, y muchos hablan mal del evangelio. Pero cuando no ha sido eso, ha sido, lamentablemente, el mal manejo de las finanzas de las iglesias o el mal manejo de las finanzas personales. Pablo no quiere parecerse a ninguno de esos grupos. Él está siendo transparente con todos y en todo, y por eso él está diciendo: yo trabajé duramente con estas manos para autosostenerme, para evitar que alguien lo acusara de que vino aquí a lucrarse, de que vino aquí a vivir de ustedes, de tal forma que esa acusación no pesara, y no simplemente contra él. Su interés primario no era mostrar que él tenía razón; su interés primario era mantener lo prístino del evangelio.

De esa misma manera, tú y yo necesitamos ver de qué forma hemos comprometido la reputación, el nombre, la integridad del Evangelio de Jesucristo. En segundo lugar, cuando Pablo comienza a defender su ministerio y a dejarnos un modelo, él apela a algo extraordinario: a la forma irreprensible como caminó entre los tesalonicenses. Escucha cómo él lo dice, porque este es quizás uno de los versículos de lo que leímos hoy que más llama la atención: "Vosotros sois testigos, y también Dios." Él está invocando a Dios como testigo de lo que está a punto de decir, y lo que está a punto de decir no es poca cosa: "Vosotros sois testigos, y también Dios, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes."

Pausa un momento y piensen en esas tres palabras que Pablo usó para caracterizar su andar en medio de ellos: santa, justa e irreprensiblemente. Son palabras extraordinarias, son palabras mayores. Yo quiero aprovechar la oportunidad en esta mañana para llamar la atención sobre algo que hace unos meses atrás, justamente hablando acerca de la iglesia de nuestra generación, R. C. Sproul escribía acerca de esto y decía: nadie parece estar interesado en desarrollar, en cultivar un carácter justo en nuestros días. Y sin embargo, la Palabra de Dios habla de esos hombres. Dios dejó registrados hombres que caminaron de esa manera, y si Él lo registró, fue porque Dios entiende que yo los necesito como estímulo para mi propio caminar.

Dios dice de Noé que fue un hombre justo. Dios dice que Job fue intachable. De Daniel se habla que fue un hombre íntegro. De José, el esposo de María, se habla que era un hombre justo. Y en el pasaje de hoy, el Espíritu de Dios registra para nosotros en el Nuevo Testamento que Pablo, Silas y Timoteo caminaron de manera santa, justa e irreprensible cuando estuvieron entre los tesalonicenses. Ciertamente, mi carácter justo no me compra mi salvación, no me entra al reino de los cielos; todos nos hemos quedado cortos de su gloria. Pero hay hombres y hay mujeres en la historia bíblica y en la historia de la iglesia que han caminado de manera especial. Dios quiere que yo preste atención a ellos para que pueda entender que, de la misma manera que ellos lo hicieron, tú y yo podemos hacerlo.

Déjame darte diez razones bíblicas rápidamente; las voy a enumerar, por las cuales tú y yo deberíamos tratar de cultivar un carácter santo, justo e irreprensible. Razón número uno: porque Dios lo demanda. "Sed santos, porque yo soy santo." Levítico 11:44 y 1 Pedro 1:15-16. Número dos: porque fuimos llamados a reflejar sus virtudes, las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, y la primera virtud de nuestro Dios que pudiéramos señalar es su santidad, y yo fui llamado a reflejarla. Número tres: porque sin santidad nadie verá a Dios. Hebreos 12:14. Número cuatro: porque nuestra santificación es la voluntad de Dios. 1 Tesalonicenses 4:3. Número cinco: para evitar estorbar o ser piedra de tropiezo para el evangelio. 1 Corintios 9:12. Para adornar el evangelio. Tito 2:10. Para ser modelos para otros. 1 Timoteo 4:12. Porque cuando no caminamos de esa manera, otros rechazan el evangelio. 1 Corintios 8:9. Número nueve: porque nuestro caminar santo —escucha esto— complace a Dios. 1 Tesalonicenses 4:1. Y número diez: porque Dios usa nuestro testimonio para respaldar lo que enseñamos.

Por eso, escucha una vez más: nuestro caminar santo complace a Dios. Dios se complació en el sacrificio perfecto que su Hijo hizo en la cruz por mí, pero ahora complace a Dios que yo, después de haber sido salvo, quiera caminar de una manera santa, justa e irreprensible, precisamente para honrar el sacrificio que complació al Padre en primer lugar. Y el apóstol Pablo, cuando se refiere a su caminar entre ellos, dice: "Vosotros sois testigos, y también Dios." Eso para mí es chocante y es extraordinario. Pablo me está diciendo: yo tengo un testimonio de santidad, de caminar justo e irreprochable vertical —Dios es testigo— y tengo uno horizontal —ustedes son testigos—. Ustedes son testigos de mis acciones externas, de mi obra; Dios es testigo de mi conciencia.

Pero las generaciones recientes no parecen estar tan interesadas en cultivar el carácter. Déjame leer esta definición de N. T. Wright. Yo no estoy de acuerdo con toda su teología, pero él ha escrito algunas cosas muy buenas y de mucho peso. En este libro que se llama After You Believe: Why Christian Character Matters —Después de haber creído: por qué importa el carácter cristiano—, él define el carácter de esta manera: "La forma de pensar y actuar que corre por el interior de alguien, que cuando tú lo cortas, como quien dice, ves la misma persona por dentro que por fuera." El carácter, esa forma de pensar y actuar, no es simplemente la forma de actuar; no es simplemente lo que yo veo. Por eso es que Pablo dice: "Dios es testigo, y vosotros también", o al revés: "Vosotros sois testigos, y Dios también, de que yo he caminado de una manera santa, justa e irreprensible." Y el carácter, esa forma como tú y yo pensamos, que si nos cortaran correría por nuestras venas, esos hábitos corren por nuestras venas, y si nos cortaran, luciríamos idénticos por dentro que por fuera.

¿Lo dices tú? ¿Quieres defensa en favor de mi ministerio? Ahí está, primero: mi autofinanciamiento —o mi autosusstento, que es la palabra realmente—, económicamente, para que no hablaran de que vine con malos propósitos. Número dos: ahí está mi caminar. Número tres: ahí está mi ministerio. Versículo 11. Cómo ministré a la congregación. Versículo 11: "Así como sabéis", otra vez "así como sabéis"; ustedes conocen esto. "De qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno de vosotros, como un padre lo haría con su propio hijo."

Pablo había hablado primero de que había ministrado entre ellos como una madre que cría con ternura a sus hijos; había usado esa metáfora o comparación con una madre cuando se refirió a la parte afectiva de la relación de él con sus miembros en esa iglesia. Pero luego Pablo usa la metáfora del padre para referirse al trabajo que hizo de instrucción, y eso es compatible con lo que conocemos de la antigüedad, donde el padre se encargaba de la instrucción de los hijos. Entonces Pablo los exhortó, los alentó y les imploró. Hay una intensidad de palabras en esta repetición. Ciertamente, cuando uno lee las cartas de Pablo, uno se queda con que hay una intensidad en el mensaje. Había una urgencia del mensaje, ciertamente, el mensaje de la cruz, y hay una intensidad en la personalidad de Pablo. Yo creo que hay ambas cosas que nos comunican con fuerza las verdades que él transmite: la urgencia del mensaje de la cruz y la intensidad de su personalidad, conjugadas al mismo tiempo.

Pero Pablo no podía hablarles a ellos como un padre si no hubiese tenido una cercanía con ellos, y ellos no hubiesen recibido las palabras de Pablo de la manera como las recibieron si no hubiesen depositado confianza en él por la manera en que él caminó. De tal forma que, sin el elemento confianza y sin el elemento cercanía, no hubiese habido ni el recibimiento de la palabra que tuvieron, ni la parte afectiva para que Pablo se atreviese a hablarles como un padre, y ellos entonces, a la vez, lo viesen como un padre. Recibieron la palabra y obedecieron la palabra. Y en el próximo versículo, la semana que viene, va a estar hablando de cómo ellos fueron transformados por la manera como recibieron la palabra, porque la recibieron como de un padre.

Hoy en día, la generación actual no tiene el mismo respeto por las figuras de autoridad. En la antigüedad había respeto por el maestro, había respeto por el padre, había respeto por el pastor. De hecho, eso no es simplemente el veredicto de la antigüedad; es el veredicto de la Palabra. En Efesios 6:1 se nos habla de honrar a padre y madre, de obedecer a vuestros padres, y luego se nos habla en Hebreos 13:17 de obedecer a vuestros pastores. Hoy en día la generación piensa muy diferente: "Él tiene el Espíritu Santo, yo también; de manera que sea la opinión de él, yo tengo la mía." Pero es el veredicto de la Palabra. En la Palabra, Dios nos ha designado maestros para que nosotros tengamos cierto respeto por esos maestros, y en la medida en que recibimos sus palabras.

que vienen a través del Espíritu Santo por medio de ellos. De esa manera, nosotros también somos transformados por la honra que queremos dar, no de manera primaria a ellos, sino a la fuente de donde ellos se han suplido, que es Dios. Pero, ¿para quién? Para quien ellos son sus instrumentos.

Y luego entonces, cuando escribe en defensa de su ministerio, él apela: número uno, a su auto sostenimiento; número dos, a la manera como caminó irreprensiblemente en medio de ellos; y número tres, a la manera como ministró, como un padre hablaría, ministraría, cuidaría e instruiría a sus hijos. Los exhortaba, los animaba, los instruía, los amonestaba. Y luego entonces, al final del pasaje que yo leí hoy, nos revela la única motivación para haber ministrado, vivido y escrito lo que escribió. La única razón, la única motivación para yo haber vivido de esa forma, para yo haberles recordado cómo viví, para yo haber ministrado de esa manera fatigosa, incluso en ocasiones, es esta: versículo 12, "para que anduvierais como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria."

No hay ningún interés personal en esta carta, no en esta defensa. No hubo ningún interés personal en yo entregarme de la manera como me entregué. La única razón fue que mi forma de vivir, de ministrar, de estar entre ustedes, sirviera de modelo para que luego mis discípulos pudieran andar de una manera digna del Dios que os llamó a su reino y a su gloria.

La palabra traducida como "anduvierais" viene del griego *peripateo*, que significa caminar, pero de manera metafórica implica un estilo de vida. De manera que Pablo está diciendo: mi interés era que vosotros tuvierais un estilo de vida digno del Dios que te ha llamado a su reino y a su gloria. "Digno" es la palabra clave. *Axios*, en el original, implica algo congruente, o algo del mismo peso. De hecho, yo les había comentado en el pasado que en el griego clásico fue una palabra que se usó para hablar de una balanza que estaba perfectamente en equilibrio, o balanceada, valga la redundancia: el mismo peso que estaba de un lado estaba del otro lado.

Entonces, en la forma en que Pablo nos está hablando, nos está diciendo: la razón por la que yo les escribo estas cosas, por la que viví y ministré de la manera que lo hice, es para que pudierais andar, caminar, tener un estilo de vida congruente con el Dios que te ha llamado a su reino y a su gloria. Que tuvierais un estilo de vida del mismo peso del Dios que te llamó, con la gloria con que te llamó. ¿Te imaginas lo increíble de esa afirmación que Pablo hace? De un lado de la balanza tú puedes poner a Dios y su llamado; del otro lado de la balanza tú puedes poner mi estilo de vida. Pablo dice: tú tienes que vivir de una manera que honre al Dios que te llamó y que está de este otro lado.

Tan extraordinario es el llamado, tan santo es el llamado, tan fuera de serie es el llamado, que tú y yo necesitamos ocuparnos con temor y temblor de nuestra salvación, como Pablo le dice a los filipenses. No porque la voy a perder, sino porque la dignidad del llamado, lo extraordinario del llamado, requiere que yo con esmero proteja, cuide y cultive una salvación que le costó al Hijo de Dios sangre y un mensaje, el mensaje del Evangelio, que se escribió con una tinta que salió de las arterias y las venas de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Esa fue la tinta. No puede ser, no es congruente, que mi llamado, mi caminar, sea de otra forma.

Por lo preciosa que es mi salvación, por lo que le costó al Padre cuando entregó a su Hijo, por lo que le costó al Hijo cuando entregó su vida, por la residencia en mí del Espíritu Santo, por las bendiciones que he recibido de parte de Dios, por la magnitud de la causa para la cual vivo, a la cual fui llamado, por las implicaciones de la cruz, todo eso hace que a la hora de yo caminar yo tenga que ver al otro lado de la balanza y poder evaluar cuál es el peso de lo que Dios ha puesto de ese lado, para que mi caminar sea congruente. Eso es exactamente lo que Pablo le dice a los efesios en 4:1, que camines de una manera digna de nuestro llamado.

Hermanos, como leía esta semana de J. D. Greear, la mayoría de los hijos de Dios no viven como discípulos de Jesús. Nosotros vivimos una vida cristiana muy ordinaria, muy común, nada excepcional, muy promedio. Estamos tan acostumbrados a los promedios, a las curvas —los exámenes se pasan muchas veces con una curva—, que nosotros miramos a la iglesia, a los hermanos, tiramos una curva en nuestra mente, y si nuestra santidad está a la altura del promedio de la mayoría, nos sentimos bien.

Y muchas veces eso se debe a múltiples factores. Pero factor número uno: la Palabra no ocupa en la vida del creyente un lugar prioritario, y ese es el instrumento número uno de santificación, de acuerdo a lo que Jesús reveló. Número dos: muchos miran su santificación de acuerdo al éxito del ministerio que desarrollan; si el ministerio que desarrollan va bien, también asumen que su relación con Dios está bien, y esas dos cosas no son la misma. Están relacionadas, no están divorciadas, pero no son la misma cosa. Y otros piensan realmente que ese estilo de vida santo, ajustado e irreprensible, es solo para pastores, en el mejor de los casos.

Y esa palabra ha adquirido como una mala reputación en nuestros días, porque ciertamente, como sabemos que todos somos pecadores y todos pecamos, entendemos juntamente con eso que eso de vivir santa, justa e irreprensiblemente es una imposibilidad. Sin embargo, yo quiero mencionarte doce pasajes del Nuevo Testamento donde a nosotros se nos llama de manera recurrente a vivir de una manera irreprensible o irreprochable. Doce. El llamado aparece usando la palabra "irreprensible" o "irreprochable" en: Hechos 24:16, 1 Corintios 1:8, Filipenses 1:10, Filipenses 2:15, Colosenses 1:22, 1 Tesalonicenses 3:13, 1 Tesalonicenses 5:23, 1 Timoteo 3:10, Tito 2:10, 1 Pedro 2:12, 2 Pedro 3:14 y 1 Timoteo 5:7. Doce veces: "vivid, andad de una manera irreprensible e irreprochable."

¿Tú crees que es importante andar de esa manera? Este es el llamado en cada uno de esos versículos. ¿Crees tú que tu caminar es congruente, más o menos del mismo peso, a la altura del Dios que te llamó a su reino y a su gloria? ¿Por lo menos estás haciendo todo el esfuerzo posible para que así sea? ¿Crees tú que tu patrón de vida es digno, es congruente con el Dios que clavó a su Hijo en la cruz por el pecado que hoy a mí me parece tan ligero y liviano?

Si el resto de la iglesia, piénsalo un momento, si el resto de la iglesia tuviera un patrón de vida como el tuyo, ¿dónde estaría la iglesia? ¿Qué pasaría si tu patrón de vida fuera el patrón de vida de todos los que vivimos, o de los que asistimos a esta iglesia? Si el resto de la iglesia y del mundo alrededor conociera tu patrón de vida, ¿cuál sería la reputación del Evangelio? Estamos hablando de que quisiéramos ver un avivamiento, pero el avivamiento comienza por mi vida, y comienza con una inspección de mi vida.

¿Para qué todo esto, pastor? Para que anduvierais como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria. Digno de ese llamado. Pastor, ¿cuánto pesa mi llamado? Bueno, pudiéramos pasar todo el día aquí hablando de cuánto pesa ese llamado, pero algunas pinceladas quizás sean suficientes.

En primer lugar, ese llamado es un llamado eterno e irrevocable. Hay una constancia en el llamado que Dios me ha hecho; eso está de un lado de la balanza. Del otro lado de la balanza, para que sea congruente, mi estilo de vida y mi caminar deben tener también una constancia en mi caminar con Dios. Nuestra vida no debe ser como olas espirituales que suben y bajan. Pecamos, sí, pero aun dentro de eso debe haber una constancia en la medida en que yo camino con Dios. El carácter no cambiante de Dios debe llamarme a yo querer, desear y esforzarme por tener un caminar también con cierta estabilidad en Cristo.

En segundo lugar, mi llamado fue un llamado por gracia incondicional. Si mi llamado fue por gracia incondicional y eso está de un lado, mi respuesta a ese llamado incondicional debe ser una respuesta incondicional a lo que Dios me ha pedido que haga, de tal manera que yo pueda morir incondicionalmente a mi propia persona. Y si fue un llamado por gracia, de esa misma manera, con gracia debo tratar a los demás, perdonar a los demás, respetar a los demás, servir a los demás, tolerar a los demás. De otra forma la balanza no estaría equilibrada; sería incongruente lo que está de este lado con mi forma de caminar y de andar.

En tercer lugar, yo fui llamado de las tinieblas a su luz admirable. El día que yo nací de nuevo, Dios encendió mi luz, y ahora Él quiere que donde yo esté, yo sea la luz de ese lugar donde Él me ha llevado, donde me ha colocado. Yo tengo que ser luz en medio de las tinieblas. Él me encendió para que yo lo representara, no para que continuara representando al mundo secular.

En cuarto lugar, Dios me hizo un llamado santo. Eso es lo que está de este lado de la balanza. Recuerda: para que anduvierais de una manera digna, congruente, del mismo peso, del Dios que os llamó. De manera que de este lado está el Dios que os llamó, está Dios, está mi llamado, y este llamamiento —la palabra es un llamamiento santo— de este lado lo único que pudiera estar entonces es un estilo de vida santo. ¿Para qué? Para que puedas ser ejemplo, como Pablo le dice a Timoteo, un joven siervo, y le dice: sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en fe y en pureza. 1 Timoteo 4:12. Ejemplo de los creyentes. Eso sería congruente con el llamado, si eres ejemplo en palabra, en conducta, en amor, en fe y en pureza.

En quinto lugar, yo fui llamado a heredar, a coheredar las riquezas de Cristo. Por tanto, sería congruente, a partir de ese entendimiento, que yo preste más importancia a las riquezas espirituales y eternas que a las terrenales y temporales. Por tanto, sería congruente que mis ojos estén puestos en el mundo venidero y no en este mundo. De lo contrario, yo tendría un caminar incongruente. Pablo entiende que yo no puedo simplemente conocer la doctrina en la teoría; tiene que pasar a la práctica.

Nosotros fuimos llamados literalmente a adornar la doctrina, adornar la Palabra, adornar el evangelio con nuestras vidas. Tito 2 lo deja claro: no podemos vivir vidas incongruentes. Es justamente el caminar santo de Pablo aquello a lo que él apela a la hora de defender su ministerio. Y no solamente apela al testimonio frente a los hermanos; él apela a un testimonio que dice tener con Dios. Vosotros sois testigos de mi obra horizontal; Dios es testigo de mi conciencia de manera vertical. Yo tengo un testimonio hacia arriba y tengo un testimonio hacia los lados. Eso, para mí, es extraordinario, capaz de sacudir a cualquiera en sus zapatos.

Escucha a Pablo otra vez, en la medida en que traemos esto a un cierre: "Vosotros sois testigos, y también Dios, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes." Vosotros sois testigos. Imagínate esto: mi esposa es testigo, mi esposo es testigo, mis hijos son testigos, mis vecinos son testigos, mis compañeros de trabajo son testigos de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros. Los vecinos, los miembros de la familia, los que trabajan conmigo. Eso sería congruente con el llamado.

¿Para qué? Para que anduviésemos como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria. El caminar debe estar a la altura del Dios que me llamó. Escucha: a su reino —imagínate lo que su reino implica— y a su gloria. No podemos continuar con una vida ordinaria, promedio, delante de Dios. Vivir incongruente no se corresponde con el evangelio: no valora la cruz, no valora su gracia, no valora la sangre, no valora su gloria, no valora su nombre, no valora su santidad. El que así vive no ama al Señor. La cruz exige que nuestro caminar sea digno de su reino y de su gloria.

Pastor, ¿y cómo lo puedo hacer? Hay una sola manera como lo puedes hacer; no hay dos, una sola manera. Tienes que rendirlo todo a Él. Si continúas luchando, si continúas reteniendo, si continúas explicando, si continúas justificando, si continúas teniendo razón, si continúas buscando lo primero en lugar de Él, si continúas buscando aprobación, si continúas ganando el argumento, no lo vas a poder hacer. Tú tomas toda tu persona, toda tu mente, todo tu corazón, toda tu voluntad, lo traes al pie de la cruz y lo rindes.

Dile a Dios, como algunos me han contado —pocos, pero me han dicho—: "Fui donde Dios un día y le dije: 'Dios, tú ganaste', y lo dejé todo ahí." Tú ganaste. Nadie le ha ganado a Dios. No importa cuánto luches, no vas a ganar. Para que tú ganaras, Dios tendría que dejar de ser Dios, y Dios no lo va a dejar de ser.

De manera que en este primer domingo de 2015, ¿por qué no se lo dices a Dios? Ahora se lo vamos a cantar incluso: "Yo me rindo a Él." Y reconoces que si Él triunfó en la cruz por encima de los poderes y las tinieblas, es imposible que tú puedas triunfar sobre Él.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.