El mandamiento más grande de la Escritura no es simplemente una regla entre muchas, sino el eje sobre el cual gira toda la revelación bíblica. Cuando Jesús responde que debemos amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas, y al prójimo como a nosotros mismos, está señalando que de estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. Es como el clavo que sostiene el cuadro: sin él, todo se pierde.
¿Por qué el amor ocupa este lugar preeminente? Porque toda la relación de Dios con la humanidad es una relación de amor activo. Deuteronomio lo expresa con claridad: el Señor no escogió a Israel por ser numeroso o merecedor, sino porque decidió amarlo. Ese amor no se quedó en palabras, sino que sacó al pueblo de Egipto con mano fuerte. Del mismo modo, Dios puso su amor sobre nosotros enviando a su Hijo a morir siendo aún pecadores. El amor divino es la fuente de nuestra salvación y transformación.
Pero si Dios ya ha hecho tanto, ¿por qué convertir el amor en mandamiento? Porque el amor humano es egoísta e insuficiente. Lo que Dios demanda está más allá de nuestras fuerzas naturales: una rendición absoluta, sin rincones escondidos. No basta con saber esto intelectualmente; hay que vivirlo. Jesús le dijo al intérprete de la ley: "Has respondido correctamente; haz esto y vivirás." Para quienes aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, y los misterios ocultos desde los siglos les son revelados.
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¡Vamos a ser satisfechos por la vida en su balanza! En el servicio anterior, en donde me tocó exponer del amor de Dios, me sentí un poco duro, como frío, porque hablar del amor de Dios uno quisiera hacerlo cantado, ¿verdad? Nos hubiera gustado, como en Los Miserables, que sea así como una ópera, cantar y poder expresar de manera cantada lo que siento. Yo creo que sería más expresivo si es que nosotros queremos hablar del amor de Dios, y esa sensación de tratar de explicar algo tan profundo y significativo en nuestras vidas con palabras a veces se torna en algo duro. Pero yo le pedí al Señor que me dé la gracia para poder expresar esto que es tan significativo para nuestras vidas, pero que al mismo tiempo lo podamos hacer de tal manera que cante nuestro corazón, porque es el amor de Dios que canta en nuestro corazón y que nos hace reconocerlo a Él por todo lo que ha hecho en nuestras vidas.
Justamente al hablar de eso es que nosotros queremos brevemente meditar acerca del gran mandamiento. Ustedes reconocen cuál es el gran mandamiento: el Señor ordena en su Palabra que le amemos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Ese es el grande y supremo mandamiento. Pero tenemos que preguntarnos si es que realmente es así, y si es que nosotros lo enfatizamos de esa manera en nuestras vidas.
El Señor ha dejado muy claro en su Palabra el énfasis que ese mandamiento tiene para con nosotros. Es un mandamiento en donde muchas veces algunas personas me han mencionado la dificultad que tienen por encontrar por dónde empiezo a leer la Biblia. Se preguntan: hay tantos temas, tantas historias, tantas narraciones, que ¿cuál es el punto central? ¿Cuál es el punto primario? ¿Cuál es el eje sobre el cual se mueven las Escrituras, de tal forma que yo pueda ir en esa dirección encontrando y revelando aquello que viene a ser el hilo central sobre el cual yo puedo hilvanar las Escrituras?
Pues el Señor lo ha dejado claramente estipulado en su Palabra. El Señor ha establecido de una manera tan evidente que, si nosotros vamos a los evangelios, nos vamos a encontrar tanto en Mateo, como en Marcos, como en Lucas, acontecimientos similares en donde se expresa de manera categórica cuál es el mandamiento central de la Escritura, cuál es el eje central que hace que todas las Escrituras cobren sentido y significado. Y no solamente eso, sino que vamos a encontrar que a partir de ese eje central nuestra vida también cobra sentido y significado, y en medio de todas las vicisitudes de la vida, las complicaciones, las enfermedades, las crisis y los problemas, ese eje central se mantiene inalterable. Ese es el resultado del amor de Dios.
En Mateo capítulo 22, en Marcos el capítulo 12 y en Lucas el capítulo 10, el Señor se enfrenta a sus enemigos religiosos. En los dos primeros, en Mateo y en Marcos, se está narrando un mismo episodio. Jesús está siendo cuestionado de diferentes maneras y por último se le cuestiona acerca de la pregunta de cuál es el gran mandamiento. En Lucas, de manera diferente, a Jesús se le hace la misma pregunta, pero de acuerdo a los estudiosos es un suceso anterior al mencionado en Mateo y en Marcos. La expresión, la pregunta, la intención es la misma, pero el momento es completamente distinto.
Yo quisiera que me acompañen en primer lugar en Mateo el capítulo 22 para poder encontrarnos con ese momento. Mateo capítulo 22, a partir del verso 34. Jesús estaba siendo cuestionado de diferentes maneras. Los diferentes grupos religiosos con diferentes intenciones habían ido donde Jesús. En primer lugar lo cuestionaron acerca de su interpretación de los poderes del mundo cuando le preguntaron acerca del impuesto al César. Luego, al ver que Jesús respondía correctamente, los saduceos se acercaron para hacerle una pregunta que ya no tenía que ver con la realidad de este mundo, sino que tenía que ver con el reino venidero, y le preguntan sobre la viuda que se casó con siete hermanos. Ustedes recuerdan esa historia. En ambos casos Jesús responde con sabiduría, pero los enemigos de Jesús siguen insistiendo.
Y en Mateo 22, a partir del verso 34, dice: "Pero al oír los fariseos que Jesús había dejado callados a los saduceos, se agruparon. Y uno de ellos, intérprete de la ley, para ponerle a prueba le preguntó: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? Él dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas."
Nuevamente Jesús es interrogado, y es interrogado acerca de cuál es para él el primer mandamiento o el mandamiento más grande. Esa es la pregunta que él hace. Él responde con este pasaje que todos nosotros conocemos, que no es una respuesta que sale de él, sino que sale de la Escritura. En Deuteronomio capítulo 6, los versos 4 y 5, se desprende este texto que es conocido y era conocido por el pueblo judío como el Shemá. El Shemá era la oración o la dedicación a Dios que todo piadoso judío hacía al iniciar la mañana y al morir la tarde: declaraba que Dios era uno y que a Dios había que amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Y luego el Señor dice el segundo es semejante: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", que nuevamente no es algo que él diseña en ese momento, sino que es algo que sale de la ley; Levítico 19:18 tiene esas palabras.
Ahora, lo interesante de esto es que en este caso Jesús dice: este es el mandamiento más grande y es el primer mandamiento. Es el mandamiento que da origen a los mandamientos de Dios. Y no solamente eso, sino que estos dos mandamientos, dice el verso 40, de estos dos mandamientos depende toda la ley y todos los profetas.
Vamos a quedarnos ahí y vamos a ir ahora a Marcos el capítulo 12, a partir del verso 28. Nos encontramos con la misma historia, pero ahora desde la óptica de Marcos. Recuerden que los evangelios sinópticos narran los acontecimientos de Jesús desde diferentes puntos de vista, de tal forma que nosotros al juntarlos podemos tener una visión de varias dimensiones de un momento.
En el mismo suceso, a partir del verso 28, dice: "Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir y, reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Jesús respondió: El más importante es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con toda tu fuerza. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos."
Nuevamente Jesús responde, responde de manera clara, responde de manera precisa, vincula el Antiguo Testamento a la realidad de la presencia del nuevo pacto y confirma que esto es inviolable. Esta es la realidad de la ley que tiene que ser reclamada por todo aquel que cree en el Señor. Lo interesante es que Jesús dice al final del verso 31, nuevamente mostrando la importancia de este mandamiento, él dice: no hay otro mandamiento mayor que estos. O sea, no hay otro mandamiento que sea superior a estos. Ya se había dicho en Mateo que de estos mandamientos depende la ley y los profetas, y ahora Jesús nuevamente pone el énfasis: no hay otro mandamiento mayor que estos.
Ahora, lo interesante de todo esto es que podríamos encontrarnos con la primera y la única vez en que Jesús se pone de acuerdo con sus oponentes religiosos. Es la primera vez en donde nosotros encontramos que lo que Jesús ha dicho es afirmado públicamente por sus adversarios religiosos. En las otras oportunidades Jesús había hablado correctamente, pero los opositores religiosos no le dieron oportunidad a Jesús de afirmar públicamente que él tenía razón; simplemente se quedan callados y se retiran. Pero en esta oportunidad Jesús recibe la alabanza del nomikós, porque esa es la palabra que se utiliza para escriba. Nomikós viene de dos términos: es el término nomos, que tiene que ver con la ley (el nomos es la ley), y el sufijo tiene que ver con el experto en la ley, alguien que conoce profundamente la ley, un intérprete de la ley o un abogado, que así es como aparece en las traducciones en inglés.
Y en el verso 32 nos dice: "Y el escriba le dijo: Muy bien, Maestro; con verdad has dicho que él es uno, y no hay otro además de él, y que amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y los sacrificios." Un completo acuerdo entre lo que Jesús había afirmado y lo que este escriba entendía de la ley que él conocía profundamente.
Y lo interesante aquí es que no solamente afirma que este es el primer mandamiento, sino que un profundo ritualista religioso que lo abogaba es capaz de entender que amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo es superior y es más que todos los holocaustos y los sacrificios. No está diciendo que se dejen de ofrecer, no está diciendo esto es en vez de los holocaustos y los sacrificios, sino que lo que él dice es: es más que todos los holocaustos y todos los sacrificios. O sea, todas aquellas expresiones de religiosidad que nosotros manifestamos delante de Dios de manera correcta no son suficientes y no son capaces de poder ocupar el lugar que solo ocupa el amar a Dios con todo el corazón.
Todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas, y al prójimo como a uno mismo. Eso es lo que este escriba está resaltando. Y no solamente eso, sino que en el verso 34 Jesús responde al complemento con otro complemento. Él dice: "Viendo Jesús que él había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios."
Si nosotros vemos un poco el contexto, por ejemplo en Mateo capítulo 12, nos vamos a dar cuenta que cuando a Jesús le preguntaron acerca de los impuestos —es aparte donde Jesús responde "dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios"— en ese momento, cuando le hacen la pregunta, lo primero que Jesús les dice es: "¿Por qué ustedes me tientan, hipócritas?" Esa fue la primera actitud que Jesús tuvo. Cuando a Jesús le preguntan, inmediatamente el otro grupo se acerca y le pregunta acerca de la viuda y los siete hermanos. Jesús les dice inmediatamente después de la pregunta: "Ustedes preguntan eso porque son ignorantes, porque niegan las satisfacturas y el poder de Dios." Aquí la actitud es completamente distinta. Jesús es capaz de reconocer en este hombre su cercanía al reino de Dios. O sea, tu puntería está cerca del objetivo que yo estoy tratando de alcanzar. Por lo tanto, hermanos, hablar de este mandamiento es hablar de algo sumamente importante.
Por último, en Lucas capítulo 10, cuando nosotros vamos a Lucas capítulo 10, nos encontramos nuevamente con esta misma pregunta, este mismo cuestionamiento, nuevamente de un nómico, de un intérprete de la ley, pero en un momento diferente. Es muy probable que Jesús, que era interrogado continuamente, en muchas oportunidades seguramente le preguntaban acerca de lo principal de la ley. Entonces no tenemos que dudar que este sea otro acontecimiento con la misma pregunta.
El verso 25 de Lucas capítulo 10 dice: "He aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba le dijo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Ahora la pregunta es diferente. La pregunta no tiene que ver con el orden jurídico de la ley, sino tiene que ver con el resultado de la ley. Pero la pregunta es la misma: "Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Ese es el propósito de la ley. Por lo tanto, la pregunta es: ¿dónde debo buscar primariamente en la ley para lograr este objetivo?
Ahora Jesús no responde. Ahora Jesús repregunta. Jesús está siendo interrogado, pero él toma al interrogador y le dice: "A ver, respóndeme tú. Dime tú. Tú que me haces esta pregunta y eres un intérprete de la ley, supongo que la sabes, así que dímela. Dímela tú. ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Jesús entiende que la vida eterna no está fuera de la Palabra de Dios. "Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" Jesús responde directamente: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Respóndeme."
Para responder esa pregunta, el verso 27 dice: "Respondiendo él, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo." Nuevamente una respuesta afirmativa que ya había sido corroborada en los sucesos anteriores, como lo hemos mencionado, y nuevamente es afirmada por Jesús como correcta. Dice el verso 28: "Entonces Jesús le dijo: Has respondido correctamente." Pero no solamente la validez estaba en la respuesta correcta. No solamente era una interrogación intelectual que bastaba solamente con hacer la definición verbal, sino que le dice Jesús: "Has respondido correctamente. Haz esto y vivirás. Haz esto y vivirás."
Por lo tanto, de este mandamiento depende no solamente la ley y los profetas, sino también depende nuestra vida espiritual. Nosotros no le damos el valor y la preeminencia a este mandamiento como deberíamos dárselo y como Jesús lo ha resaltado en la satisfactura. Y nosotros tenemos que volver a darle el lugar de preeminencia al Shemá en nuestra vida contemporánea. Amanecer en la mañana y recordar que Dios es uno, y que debo amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con toda la fuerza, y que debo amar a mi prójimo como a mí mismo. ¡Cuánta bendición nos va a proveer a nuestra vida el repetirnos esto en la mañana y poder salir a manejar e ir al trabajo después de eso! ¿Verdad? Y al volver en la noche, recordar que después de toda amargura yo puedo volver a decir: Dios es uno, a quien debo amar con toda el alma, el corazón, la mente y las fuerzas, y no olvidar que debo amar al prójimo como a mí mismo, a pesar de todo lo que me ha pasado en este día. Ahí radica la promesa central de este pasaje.
Pero hay algo más que recalcar. De manera evidente el Señor nos deja en su Palabra, nos instruye, de que este es un tema principal e importante que vincula tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. Es el mandamiento. El amar a Dios es el mandamiento más grande y el primero de todos. Es el principal deber del cristiano, superior a cualquier otra obligación, y la base de todos nuestros otros deberes. Es importante entender que estos mandamientos, el amar a Dios y el amar al prójimo, son superiores a cualquier otro ritualismo religioso. Nada se le compara a esta realidad.
Y lo más importante todavía es que en Mateo 22 el Señor dice con claridad: de este mandamiento depende toda la ley y los profetas. Cuando tú te estás devanando el cerebro tratando de entender los principios de la ley, tratando de entender a Job, en los Salmos moviéndote alrededor de Eclesiastés, tratando de entender al profeta Nahúm y tratando de darle sentido al libro de Romanos, tú tienes que entender que básicamente la primera demanda de Dios es que tú respondas en integridad a estos dos mandamientos para que todo lo otro cobre sentido.
Dice el Señor que de este mandamiento depende. La palabra "depender" es la palabra "colgar". De estos mandamientos cuelga toda la ley y los profetas. Es como el clavo que sujeta el cuadro. El cuadro solamente puede ocupar su posición si es que el clavo está firmemente colocado. El primer y segundo mandamiento son los mandamientos de los que depende todo nuestro entendimiento de la ley y los profetas. ¿Quieres conocer las satisfacturas? Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Ahí se te van a develar los secretos de Job. Ahí es donde tú vas a poder entender Levítico, que tanta preocupación te trae, y vas a poder meterte en los profetas menores, que nunca te has atrevido a entrar. Solamente cuando tú entiendas que el papel primordial del Señor es amarle a él por sobre todas las cosas.
Un autor decía: "Quítese la estaca y todo se pierde." Quítese la estaca de estos dos mandamientos y todo se pierde, porque todo el Antiguo Testamento con sus mandamientos y pactos, profecías y promesas, tipos y testimonios, invitaciones y exhortaciones, señala el amor de Dios que exige una respuesta de amor a cambio. Esa es nuestra realidad.
Por lo tanto, la primera aplicación, hermanos, es que todo aquello que yo quiero conocer del Señor y su Palabra será respondido en la medida en que nosotros respondamos a estos dos mandamientos, que son superiores al resto. Y que no es solamente una respuesta intelectual como la del escriba o del intérprete de la ley que respondió correctamente. El Señor le dijo: "Has respondido correctamente. Ahora hazlo y vivirás." O como se lo dijo al otro intérprete de la ley, quien le reafirmó lo que Jesús había dicho, y Jesús le dijo: "Qué bien que lo sepas. No estás lejos del reino de los cielos." Pero no estaba en el reino de los cielos. No estaba lejos, estaba cerca. "Haz esto y vivirás."
Por eso es que yo quisiera responder dos preguntas que son sumamente importantes responder con respecto a estos mandamientos. La primera es: ¿por qué es que el amor se coloca como fundamental en nuestra relación de obediencia con el Señor? ¿Por qué es que el amor ocupa este lugar preeminente en el discurso objetivo de toda la satisfactura? Y la segunda pregunta es: ¿por qué tuvo que establecerlo como un mandamiento? Mucha gente me ha preguntado en muchas oportunidades: "¿Por qué Dios tiene que mandarme que le ame? ¿Por qué? ¿Por qué no pudo hacer una relación natural? Pero, ¿alguien que te mande que le ames? ¿Cómo lo podemos entender de esa manera?"
La primera respuesta con respecto al amor es una respuesta fundamental. Toda la relación de Dios para con la humanidad y su creación es una relación de amor de su parte. Todo aquello que nosotros vemos en las satisfacturas con diferentes colores y sabores, diferentes manifestaciones, diferentes narraciones, diferentes estilos, mandamientos e historias, tienen como propósito develar el amor de Dios. El amor de Dios que no es solamente sentido de manera emocional, sino que es un amor que mueve la voluntad de Dios a actuar en provecho de alguien que no lo merece. Esa es la historia de la satisfactura de principio a fin: es la manifestación del glorioso amor de Dios sobre nosotros que no lo merecemos.
Si nosotros abrimos nuestras Biblias en Deuteronomio capítulo 7, nos vamos a dar cuenta que el Señor se manifiesta justamente de esa manera. De una manera reflexiva, el Señor nos da a entender que su amor ha sido el motor sobre el cual él se movió a misericordia para recoger a un pueblo que no lo merecía.
Deuteronomio capítulo 7, a partir del verso 7, dice: "El Señor no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos. Más porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres, el Señor os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto. Reconoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos."
Lo que el Señor nos está mostrando es que el amor de Dios se convierte en el eje sobre el cual Él establece la relación contigo. Él te observa a través de sus ojos de amor, no a través de tus méritos, tus habilidades, tu talento o tu belleza. El Señor te ama porque ha decidido amarte. "El Señor no puso su amor en vosotros, ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos." Lo que el Señor hace es que Él no se queda con el amor en el corazón, sino que Él pone su amor sobre nosotros. ¿Qué significa eso? Que sin importar mi condición, el Señor saca su amor, lo deposita en mí y yo cobro valor. Yo cobro valor porque el Señor ha depositado su amor sobre mí. Él me ha escogido sin que yo lo merezca. Eso es lo que dice el Señor en su Palabra, y el amor de Dios colocado sobre mí se convierte en actividad de Dios a mi favor.
Miren lo que dice el verso 8: "Mas porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres, el Señor os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto." Es un amor activo. Es un amor que no se basa meramente en palabras. Es un amor salvador. Es un amor transformador. Es un amor perdonador. Es un amor lleno de misericordia. Ese es el amor de Dios.
Yo no puedo clamar por el amor de Dios: "Señor, por favor no me dejes sin tu amor." Si yo puedo decir esas palabras, yo las estaría diciendo al aire, porque la base de que Dios escuche mis palabras es porque ha puesto su amor sobre mí. De otra manera no hay forma de yo ser escuchado por Él, porque yo no tengo nada que decir delante de Dios. Por cuanto estoy separado completamente de Él, producto de mi pecado, es la respuesta del Señor. De ahí que esa respuesta amorosa requiera una respuesta de parte nuestra.
¿Cuál es esa respuesta? El verso 9 lo dice: "Reconoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios." ¿Qué respuesta es esta? Reconoce que Dios es Dios. A veces nos cuesta reconocer que Dios es Dios: el Señor del universo, el Rey Creador del cielo y la tierra, el Alfa y el Omega, el principio y el fin de todas las cosas. Pero es ese Dios que es Dios, es Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones. ¿Y qué espera de nosotros? Que seamos aquellos que le aman y guardan sus mandamientos.
Esa es la intención que sale del corazón de Dios, y esa intención que sale del corazón de Dios es la misma intención con la que se mueve el Nuevo Testamento. Es la misma intención con la que el Señor opera de tal forma que Él vuelve a depositar su amor sobre nosotros y produce en nosotros redención. No es un amor merecido, es un amor inmerecido, el amor que sale del corazón de Dios. Porque todos nosotros sabemos el pasaje: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna."
Nuevamente, el amor de Dios no se queda en el simple hecho de la lástima, sino que el Señor deposita su amor sobre nosotros de tal manera que es capaz de enviar a su propio Hijo a morir en la cruz del Calvario para darle una oportunidad a aquellos que ama. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." Esa es la realidad activa del amor de Dios.
¿Por qué entonces hablamos de amor? Porque el amor es la fuente de nuestra vida espiritual. Es la fuente de nuestra transformación. Es la fuente de la intervención de Dios sobre nuestras vidas. Y no solamente eso, sino que encontramos el amor del Padre reflejado en la entrega de su Hijo; el amor del Hijo manifestado en su amor hasta el fin, dando su vida por nosotros; el amor del Espíritu, dándonos vida y permaneciendo en nuestro corazón hasta el día de Cristo. Manifestaciones extremas de amor.
De tal manera que el apóstol Pablo puede decir en Romanos 8: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada." Ninguna de esas cosas me podrá separar del amor de Cristo. Y como lo afirma Pablo: "Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de quién: por medio de aquel que nos amó." Por medio de aquel que nos amó. El amor se convierte en la corona sobre la cual nosotros levantamos nuestra espiritualidad y nuestra relación con Dios.
Ese mismo pasaje de Romanos 8 continúa diciendo que nada nos podrá separar del amor de Dios: ni la vida, ni la muerte, ni lo alto, ni lo profundo, ni lo presente, ni lo por venir, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar de qué, nuevamente, del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor.
El amor se convierte entonces en la corona sobre la cual nosotros dependemos. El amor de Dios se convierte en la esencia de la relación que el Señor ha establecido sobre nuestras vidas. Es en el amor de Dios que el Señor opera en misericordia para hacer de nosotros nuevas criaturas. Es en amor que el Señor puso a Jesucristo como nuestro sustituto en la cruz del Calvario, de tal manera que es en amor que el Señor reconoce que lo que Jesús hizo por nosotros cubre nuestras faltas y nuestros pecados. Es el amor de Dios el que hace posible que nosotros, que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, podamos resucitar a una nueva vida en Cristo Jesús, nuestro Señor, nuestro amante Salvador. ¿No es acaso el amor de Dios la esencia de nuestra fe?
Entonces la segunda pregunta es: ¿por qué se convierte en un mandamiento? Si es tanto lo que ha hecho el Señor por mí, ¿por qué es que tiene que mandarme a amarle? Imagínense, si yo ya veo todo lo que Él ha hecho por mí, todo lo que Él ha decretado en su Palabra, todo lo que Él ha testificado acerca de su accionar por mí, si yo lo puedo vivir, si yo estoy vivo por su amor para conmigo, ¿por qué tiene que mandarme y ordenarme que yo le ame?
¿Saben por qué? Porque el amor humano no sirve para nada. El amor humano es egoísta, es autocentrado, es vanidoso, es engañoso. El amor humano es un amor que busca reflejar en sentimientos el cumplimiento de sus propios deseos. El ser humano amador de sí mismo, que es expresado por el apóstol Pablo en 2 Timoteo capítulo 3, no es un ser humano virtuoso; es un ser humano defectuoso, producto de su pecado. Es un amor que nos separa de Dios, porque nos amamos tanto que me niego a creerle a Dios, y me amo tanto que soy incapaz de ver la necesidad de mi hermano. Ese es el amor que yo fabrico de manera natural. Ese es el amor que yo puedo ofrecerle al Dios que lo dio todo por mí, al Dios que no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó de su gloria y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Ese amor que yo puedo producir es un amor ordinario, es un amor vil, es un amor desprovisto de entrega.
Por eso es que el Señor tiene que poner en su Palabra un mandamiento, porque lo que el Señor nos está pidiendo es superior a mi ordinario amor humano. No es un amor que yo pueda fabricar, sino que es un amor que se establece en una relación de incondicionalidad con Dios. ¿Puedo yo ser incondicional con Dios por mis propios méritos? No. Yo siempre voy a tener un as bajo la manga. Siempre va a haber alguna razón por la que yo me acerco a Dios. Siempre va a haber un motivo interno que me obliga a poder atender a los demás. Siempre va a haber alguna razón religiosa, algo que yo estoy pidiendo o que estoy requiriendo, que me obliga a andar de cierta manera para que Dios lo observe.
Por eso es que se convierte en un mandamiento. Se convierte en un mandamiento porque Dios lo coloca en el lugar en donde debe estar: un lugar donde nosotros no podemos llegar por nuestros propios medios, y un lugar donde cualquier persona que no ha experimentado el amor de Dios no puede llegar si es que antes no ha experimentado el amor de Dios en su propia vida. Es un mandamiento porque nos empuja más allá de nuestras fuerzas.
¿Cómo sabemos que nos empuja más allá de nuestras fuerzas? Porque el amor de Dios está delimitado, está establecido. "Amarás al Señor tu Dios" y punto. No dice así. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas." ¿Cuántos nos levantamos esta mañana sintiendo que así amamos a Dios? ¿Me levanté hoy día sintiendo que estoy amando a Dios completo? ¿Cuántos se levantan? ¿Ayer? No, quizás hoy en la mañana porque es domingo. Pero el sábado no, pongamos el viernes, la semana pasada, hace cuatro años cuando se convirtió. ¿Cuándo fue?
La intención de Dios al incorporar el corazón, el alma, la mente y la fuerza es que el Señor nos está tratando de demostrar cuatro elementos que nosotros tenemos que desmenuzar e interpretar. Recordemos que esto viene del hebreo, y por lo tanto la intención es mostrar cuatro aspectos de una misma realidad. Lo que el Señor está enfatizando es que Él quiere una devoción absoluta, completa, incondicional del ser humano delante de Dios. Eso es lo que el Señor está pidiendo, y lo está pidiendo como un mandamiento porque está más allá de nuestra fuerza.
¿Cómo yo puedo lograr esa entrega? ¿Cómo es que yo puedo amar a Dios de esa manera? Yo solamente podré amar al Señor con todo mi corazón, mi alma, mi mente y mis fuerzas cuando yo sea capaz de que no haya rincón de mi vida en donde el amor de Dios no haya sido introducido. Yo podré amar a Dios cuando sea capaz de rendir delante de Él cada centímetro cuadrado de mi existencia, cada circunstancia de mi vida, cada momento de mi vida ponerlo a sus pies. No como quien espera algo a cambio, sino como quien reconoce que el Señor ya lo ha dado todo por mí y por todas mis circunstancias.
La realidad de este mandamiento no es un mandamiento para expresar sentimientos delante de Dios. La realidad de este mandamiento es la realidad recíproca de quien reconoce que el Señor ha hecho tanto por nosotros que no hay ningún centímetro cuadrado de nuestra vida que ya no le pertenezca a Él.
Por lo tanto, la única respuesta que yo le puedo dar es decirle: "Señor, allí va todo lo que soy, allí va todo lo que tengo. Ahí está, Señor, todas aquellas cosas que son valiosas para mí. Todas las pongo delante de ti y te pido, Señor, que se cubran con un amor con el cual yo también pueda amarte a ti". Esa es la expresión del mandamiento que el Señor hace. Juan Calvino decía en su comentario acerca de Mateo: ningún ser humano de hecho puede obedecer a Dios sin antes amarle con todas las fuerzas. Por eso es que de este mandamiento depende toda la ley y los profetas.
Y yo no podré amarle a Dios con todas mis fuerzas mientras yo no reconozca que el Señor ya ha actuado en todas las áreas de mi vida, de tal manera que yo le rindo todas las áreas de mi vida, reconociendo que por su amor soy capaz de entregarle todo lo que yo soy. El amor de Dios es un amor que se entrega. El Señor pone su amor sobre nosotros de tal manera que cubre nuestras debilidades. Nosotros amamos a Dios de tal manera que ponemos delante de Dios todo lo que somos y le decimos que le amamos porque ha cubierto todas nuestras necesidades.
El Señor no espera que le amemos simplemente para cubrir nuestros intereses egocéntricos. No es un logro el cumplir este mandamiento. Es más bien el reconocimiento de que el Señor lo está haciendo todo por nosotros mismos, de tal forma que lo único que yo le puedo entregar es el reconocimiento de amor por todo lo que él ha hecho en mi vida.
Y es tan significativo, hermanos, tan significativo, que yo solamente quiero darle dos ejemplos de dos cosas con las que nosotros luchamos más a menudo en nuestra vida espiritual. Dos cosas que hacen que nuestra vida espiritual sea llevada por diferentes direcciones en diferentes momentos de nuestra vida.
La primera tiene que ver con las circunstancias que nos rodean y que nosotros no podemos manejar. Mucha de la consejería pastoral es consecuencia de que yo estoy tratando de encontrar respuestas para los vaivenes de mi vida, para mis crisis, para mis problemas relacionales, para mis problemas laborales, para mis problemas de salud. Yo estoy tratando de encontrar respuestas y yo quiero encontrar un dios utilitario que me ame para que solucione mi economía, mi salud, mis relaciones, mi intimidad, para que solucione mi área emocional, yendo a la búsqueda de ese Dios.
Sin embargo, el apóstol Pablo señala en un pasaje muy sencillo que todos nosotros conocemos y que nosotros hemos pasado en este momento por el costado. En Romanos capítulo 8, el verso 28, nos dice: "Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien".
Por lo tanto, el amor de Dios, el cumplimiento al primer mandamiento, esta entrega voluntaria e incondicional con todo mi corazón, mi alma, mi mente, mi fuerza al Señor, mira qué: que hasta mi jefe me ayude a bien, porque amo al Señor. Y sabemos. El apóstol Pablo no está teorizando en este momento. El apóstol Pablo está hablando a la luz de su experiencia personal. Está hablando con sus cicatrices, con el hambre que él ha pasado, con los miedos que él ha sufrido, con los naufragios en donde él ha estado sometido, con las prisiones, con las negaciones, con los rechazos. Pero él dice: nosotros sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien.
El primer mandamiento ocupa un lugar preeminente entonces en las respuestas que nosotros requerimos con respecto a la vida. No es que las cosas se van a tornar de otro color o de otra manera. No es que va a aparecer dinero depositado en mis bolsillos. No es que mi jefe va a cambiar de actitud para conmigo. No es que ahora yo voy a vivir en el país de las maravillas, lleno de colores y de maravillas. No. La diferencia es que amo a Dios, quien tiene total control de mí. Él me ama y yo he puesto mi vida a sus pies. Yo no espero nada a cambio. Yo no espero que la situación cambie. Yo espero que mi corazón cambie con respecto a él, que yo deposite mi total confianza en él. Porque Pablo y muchos creyentes saben que si aman al Señor, todas las cosas cooperan para bien.
Esa es una primera respuesta a nuestro rumiar en la vida: ubícate en el centro y el eje de la realidad espiritual.
Lo segundo tiene que ver cuando nosotros nos preguntamos y nos hacemos esas preguntas metafísicas para tratar de entender la realidad de este mundo. "Pepe, yo no entiendo. Yo no entiendo por qué hay tanto mal en este mundo. Yo no entiendo esta idea de aquí, de allá y de más aquí, de más allá". Son cosas que no puedo. Yo voy por la Escritura y no llego a captar las realidades eternas que son más grandes que yo.
Nuevamente el apóstol Pablo, en 1 Corintios capítulo 2, él habla de la sabiduría del mundo y la sabiduría de Dios. Y hablando de la sabiduría de Dios, él dice a partir del verso 7: "Sino que hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que desde antes de los siglos Dios predestinó para nuestra gloria, la sabiduría que ninguno de los gobernantes de este siglo ha entendido, porque si la hubieran entendido no habrían crucificado al Señor de gloria".
El Señor no está hablando meramente de conocimiento, sino de la capacidad de poder vivir la vida buena de acuerdo al conocimiento de Dios. Es una sabiduría, es un misterio oculto desde antes de los siglos. Sin embargo, Dios la había predestinado para nuestra gloria. La sabiduría que ninguno de los gobernantes de este siglo ha entendido. O sea, no la voy a encontrar en la publicidad. Los que me venden la felicidad no la saben, no la conocen. Nuestros gobernantes no conocen de la verdadera felicidad. Mis jefes no la entienden. La ciencia no la conoce. Nosotros estamos en este lugar iluminado y con aire acondicionado, pero el hombre sigue sin entender cómo ser feliz, sigue sin entender el significado de la vida buena. No la vamos a encontrar en el mundo, no la vamos a encontrar en los libros, no la vamos a encontrar en las bibliotecas. Es un misterio oculto.
¿Cómo entonces develar ese misterio oculto? El verso 9, usando un pasaje de Isaías, el apóstol Pablo dice: "Sino como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman". No para los eruditos, no para los gobernantes, para aquellos que le aman. Porque al amar le he consagrado mi vida a él y he reconocido el amor de Dios sobre mí.
Solamente en estos dos pequeños pasajes nosotros respondemos nuestras mayores inquietudes humanas: el problema de las circunstancias y el problema de una realidad que no funciona como quisiéramos. Pero hay que amar a Dios. A los que aman a Dios todas las cosas cooperan a bien. Y cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. No para cualquiera. Dios las ha preparado de antemano para los que le aman. Este bizcocho no es para todos. Este bizcocho no es para todos. El Señor tiene claro cuál es su propósito.
Por lo tanto, hermanos, cuando nosotros vamos a este mandamiento tenemos que volver a encontrar su lugar preeminente en nuestra vida, volver a encontrar en él la esencia de la demanda de Dios para nuestra vida. Cuando el Señor pone este mandamiento, el Señor está ubicándolo en el lugar preciso en donde tiene que estar. Está mostrándonos en primer lugar que no se trata de nosotros ni de lo que le podamos ofrecer, sino de lo que él demanda. ¿Y qué es lo que él demanda? Nuestra rendición absoluta delante de él.
Nosotros estamos acostumbrados en nuestro siglo y en nuestro tiempo, en esta sociedad individualista, a ser satisfechos en todo conforme a nuestros requerimientos. El Señor en su Palabra nos dice que no se trata de nosotros, sino que se trata de él y de la obra que él ha hecho en nuestro favor. No se trata de que el Señor empiece a trabajar en mi vida tratando de armar un rompecabezas que está deshecho desde el día de mi nacimiento. Se trata de que el Señor quiere hacer de mí una nueva criatura en él por la obra que él ha hecho en la cruz del Calvario. No se trata simplemente de querer vendarme las heriditas y sanarme los dientecitos y hacerme una cirugía para verme mejor, porque si no Dios estaría a nuestro servicio. Se trata de que él nos amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito. En Jesucristo ya está la solución a todos nuestros dilemas. En Jesucristo está resuelto el plan de redención completo para mi vida, de tal forma que a mí lo único que me toca es rendirme completamente delante de él.
¿Cómo es que el Señor me ama? El Señor no me ama solamente con palabras, porque son muy pocas veces las veces que el Señor dice en su Palabra "te amo". La mayoría de veces son actos específicos de Dios en donde el Señor despliega su amor sobre nuestra vida. ¿Cómo poder expresarle nuestro amor al Señor? Rindiéndonos completamente delante de él y confiando en su fidelidad. Sabiendo que si él ha hecho tanto por mí, yo no tengo más remedio que rendirme completamente delante de él.
Es un mandamiento. Es un mandamiento y es el mandamiento que me permitirá entender las Escrituras, que me permitirá entender las circunstancias y que me dará una nueva realidad en cuanto a la vida que estoy viviendo en este mundo. No se trata solamente de pedir al Señor, sino que cada mañana nosotros podamos reconocer: "Señor, tú me has dicho aquello que va en primer lugar. Señor, que hoy día yo pueda rendirte completamente mi corazón, mi alma, mi mente, mi fuerza, en una demostración de entrega absoluta delante de ti, porque te amo. Y te amo porque tú me amaste primero".
No se trata solamente de pedir y pedir y pedir y pedir y más pedir. Se trata de amar al Señor, porque si le amamos todas las cosas cooperarán a bien, y si le amamos, cosas que ni imaginamos el Señor las revelará a nuestro corazón, porque el Señor ya tiene nuestras vidas.
Por eso en esta mañana yo quisiera terminar simplemente invitándoles a que por un momento nosotros cerremos nuestros ojos y hagamos el ejercicio de poder rendirnos delante del Señor.
¿Cómo podemos amar a Dios? Amar a Dios rindiendonos de tal manera que podamos evitar estar debilitados con nuestro corazón, un corazón dividido en donde hay una parte que le pertenece al Señor y otra parte no. Ríndele tu corazón. Ríndele tu vida al Señor, no solamente tus circunstancias. No solamente se trata de que le entregues tu trabajo o tus relaciones, o tu jefe, o tus hijos que te están causando problemas en la adolescencia, ni que le entregues tu salud o que le entregues tu iglesia. Se trata de que le entregues tu vida al Señor, que no haya nada que debilite tu relación con Él, que le entregues tu mente, que dejes de cavilar en este momento entre tus pensamientos, que yo sé que estás cavilando y pensando: "¿Dónde voy a almorzar? ¿Qué voy a hacer? ¿Visitaré a la prima en esta tarde o no lo haré? ¿Qué haré?" No, vamos a entregarnos delante del Señor.
Vamos a ponernos delante del Señor reconociendo que este es el primer y grande mandamiento, el mandamiento de donde depende toda la ley y los profetas, el mandamiento que es superior a toda nuestra religiosidad, a todos los holocaustos y a todos los sacrificios que nosotros podamos ofrecer. Que es tan grande que no solamente basta saberlo, sino que hay que hacerlo para poder vivir la vida espiritual que el Señor tiene para con nosotros. Es el momento de rendirnos al Señor.
Y si en este lugar hay alguna persona que está escuchando este mensaje de salvación y por primera vez está entendiendo su separación de Dios y su necesidad de ponerse a cuentas con el Señor, pues este es el momento. Cristo Jesús murió en la cruz del Calvario para darnos la vida que no tenemos, porque el Señor dice en su Palabra que nosotros estamos separados de Él y que no hay justo, ni aun uno; no hay bueno, no hay quien entienda, no hay ni siquiera uno. Estamos separados completamente del Señor, pero el Señor pone su amor sobre ti y Él te invita a que tú, renunciando a tu vida, lo poco de vida que tengas, se la entregues al Señor Jesucristo para que, viviendo con la vida de Él, pueda satisfacer y sostener la nueva vida que Él solamente tiene para ti.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.