Integridad y Sabiduria
Sermones

La mejor decisión: cambiando lo temporal por lo eterno

Joan Veloz 9 septiembre, 2018

Moisés lo tenía todo: era nieto de Faraón, el hombre más poderoso del mundo conocido. Podía disfrutar de cualquier placer que sus ojos desearan —mujeres, lujos, fiestas, poder—. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir, decidió renunciar a todo eso para identificarse con un grupo de esclavos maltratados. No simplemente dejó de llamarse hijo de la hija de Faraón; escogió voluntariamente pasar del lado del opresor al del oprimido. De príncipe a enemigo, de dirigir ejércitos a pastorear ovejas, de vivir en palacios a habitar el desierto.

¿Por qué una decisión tan radical? Porque Moisés había sido instruido por sus padres biológicos durante sus primeros años sobre las promesas de Dios. Él conocía el pacto con Abraham y creía que los israelitas, aunque tercos, necios e ignorantes, eran el pueblo elegido de Dios. Y cuando pesó en la balanza los tesoros de Egipto contra lo que Dios prometía, los placeres temporales perdieron. El pecado ofrece placer, eso es innegable, pero es un placer fugaz que termina en vacío. En cambio, las Escrituras prometen plenitud de gozo y deleites eternos en la presencia de Dios.

La historia de Moisés confronta con una pregunta que no ha perdido vigencia: ¿en qué estamos poniendo los ojos? Las decisiones diarias revelan si vivimos para los placeres que el mundo vende o para la recompensa que Cristo ofrece. Solo cuando él se convierte en nuestro tesoro más valioso, el poder del pecado se desvanece.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos llamados para vivir en Su palabra!

Antes de venir al texto que vamos a estar compartiendo el día de hoy, yo quería compartir con usted una historia que mi esposa anoche me compartía, que a ella le dio mucha curiosidad. Cuando la leímos nos reímos juntos, pero después, hablando, nos dio un tanto de pena porque veíamos cómo el mundo piensa, cómo se maneja el mundo hoy día. Es la historia de este hombre que se llama Benjamin Slade, recibido en la prensa local, pero también en la prensa británica, donde se está hablando de este hombre: un señor empresario del linaje real de 72 años que decía que él quería una esposa para tener un hijo, y que él iba a hacer lo que sea para conseguir esa esposa que le diera un hijo. Él incluso estuvo recientemente en la televisión, en un programa que se llama Good Morning Britain, y él decía: "Yo quiero cumplir mi sueño de tener una esposa que me dé un hijo, y lo voy a lograr."

Él decía: "Tengo muchas novias fabulosas, pero tienen más de 50 años y no quieren o no pueden darme un hijo. Esto es lo que yo ofrezco: yo las voy a llevar a lugares exóticos, les daré comida magnífica, me gusta disfrutar también, y las haré disfrutar de vacaciones secretas." Ese era el discurso que él utilizaba, y al final él concluía: "A esa mujer yo le daré mi tarjeta de crédito para que pueda comprar hasta que se caiga. Todo lo que ella quiera, ella lo puede tener." Pero él tenía algunos requisitos: decía que esa mujer tiene que estar entre los 30 y 40 años, no puede medir más de 5'5", debe tener licencia para usar armas, saber pilotar un helicóptero, y tiene que estar preparada para vivir en un castillo. Si ella puede hacer todo eso, él le daría sus riquezas para que ella pudiera disfrutar de todos los placeres que el mundo pueda ofrecer. Benjamin Slade ofrecía todos los placeres del mundo a esta mujer.

La historia que vamos a leer en el día de hoy nos habla de un hombre que podía disfrutar de todos los placeres, pero él decidió negárselos por honrar a Dios. Él decidió decirle que no al mundo, a los placeres temporales del mundo, y abrazar las promesas eternas de Dios. Con eso en mente, yo quisiera invitarles a que me acompañaran a la carta a los Hebreos, capítulo 11, estaremos leyendo desde el verso 24 al verso 26.

Dice así: "Por la fe Moisés, cuando era ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los placeres temporales del pecado, considerando como mayor riqueza el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa."

Que el Señor bendiga Su palabra en esta mañana. En esta tarde ya vamos a orar. Padre, te damos gracias por Tu palabra. Gracias por Tu palabra. Gracias porque ella es un recordatorio amoroso para nosotros. Gracias porque en ella Tú te revelaste, gracias porque en ella podemos conocerte, gracias porque a través de ella podemos escuchar ejemplos de hombres que te amaron y que vivieron con los ojos puestos en Ti. Padre, en esta tarde te rogamos por el nombre de Jesús, no que le des elocuencia a este pecador predicador, sino que le des verdad. Yo te ruego, Dios, que Tú me permitas hablar con verdad y con gracia lo que Tú has expresado. Tanos de Ti, Dios, necesitamos de Ti. Yo necesito de Ti, necesito de Tu Espíritu para glorificar Tu nombre y para edificar a Tu pueblo. En el nombre de Jesús, amén, amén.

Muy bien. Como muchos de ustedes saben, habiendo leído anteriormente este libro, Hebreos es un libro que está cargado de Cristo. Es un libro cuyo autor, el cual no es reconocido para nosotros con certeza —algunos entienden que fue el apóstol Pablo, otros entienden que ha sido escrito por Apolos—, pero realmente la carta no contiene quién es el emisor de la misma. De una u otra manera, busca mostrar y probar cómo la ley y los profetas del Antiguo Testamento tenían su cumplimiento en la persona de Jesús: cómo Cristo es nuestro sumo sacerdote, cómo Cristo es el sacrificio dado por Dios de una vez y para siempre para el perdón de nuestros pecados.

Y nos muestra cómo un grupo de hombres decidieron creer en algo que no podían ver, decidieron creer en las promesas de Dios y confiar en Él. Este capítulo 11, el cual hemos leído en esta tarde, nos habla de eso: nos habla acerca de un grupo de hombres que decidieron confiar en Dios, que decidieron creerle a Dios sin importar las circunstancias. Hombres del pasado que pusieron su confianza en un Dios fiel, hombres que fueron fieles a Dios y que creyeron y confiaron en que Dios iba a obrar según Su buena voluntad. Encontramos aquí un grupo de hombres que creyeron sin ver y que tuvieron la certeza de que Dios obraría.

Para estar aquí en el salón de la fama de la fe, como muchas veces se le conoce al capítulo 11, no fue suficiente con que tú hayas predicado dos sermones, tuvieras una campaña evangelística, le predicaras o evangelizaras a un sordo, no, no, no, no. Para tú estar aquí, tuviste que haber tomado decisiones trascendentes que no necesitaron solo de una firme convicción, sino que necesitaron también del poder de Dios obrando en la vida de estos hombres.

Nos encontramos con un Abel que decidió ofrecer a Dios el mejor de los sacrificios, lo cual incluso le iba a costar la vida. Nos encontramos con un Enoc que decidió caminar fielmente con Dios y fue considerado incluso amigo de Dios. Cuando estudiamos en el Génesis nos encontramos que Enoc fue llamado amigo de Dios, y que Dios decidió que no viera la muerte, sino que fuera llevado directamente a Él. Nos encontramos con un Noé a quien Dios le dice: "Construye un arca." ¿Un arca para qué? Para un diluvio. ¿Qué es eso? En tiempos donde no llovía, Dios le dice a Noé que construya un arca, y él decide ser fiel a Dios y obedecerle.

Nos encontramos con un Abram quien escogió, por fe, obedecer a Dios y caminar por los caminos que Dios había trazado para él. "Abram, sal de tu tierra y tu parentela, a un camino que yo te mostraré." Pero, ¿dónde es eso? "Yo te voy a mostrar." "Pero, ¿para dónde voy?" "Sal por ahí, que yo te voy a mostrar dónde es." Y Abram, sin ver, ¿qué hace? Él sale confiando en Dios. E incluso cree que Dios iba a proveer un sacrificio cuando él lleva a su hijo Isaac y está dispuesto a sacrificarlo por obedecer a Dios. Nos encontramos con Isaac, Jacob y José, que escogieron creer en las bondades de Dios y en las promesas que Él le había hecho a su padre Abram.

Y aquí nos encontramos en el verso 24 con alguien que tiene que tomar una decisión: disfrutar lo temporal o vivir en base a lo eterno. Aquí en este texto nos encontramos a Moisés, que tiene que confiar en Dios, y él decide renunciar a su lugar de honor y prestigio para ser tratado como esclavo. Decide dejar a un lado los privilegios que le correspondían como hijo de la hija de Faraón, para identificarse con los esclavos. Ahora usted se preguntará: ¿por qué esta decisión tan radical de Moisés? ¿Por qué tan radical?

Para entender esto debemos dar un viaje a los primeros capítulos del libro de Éxodo y los últimos capítulos del libro de Génesis, donde encontramos el porqué Moisés tiene que tomar una decisión. Yo no voy a leerlos porque es bastante largo; lo que voy a tratar con ustedes en esta tarde es que caminemos juntos, y voy a tratar de parafrasearlo.

Esta historia de Moisés, de por qué Moisés tiene que tomar esta decisión, comienza en los últimos capítulos del libro de Génesis. Nos encontramos cómo Dios, de una manera sobrenatural, utilizó la venta de José como esclavo para llevar a José a Egipto y hacer que José fuera el segundo al mando, solamente por debajo de Faraón. En ese momento, en la tierra había una gran hambruna, y Dios le da una visión a José que le permite salvar la vida de todo el pueblo egipcio.

¿Qué pasa? Que en ese momento también el pueblo, los hermanos de José —lo que sería el pueblo de Israel— estaban pasando situaciones difíciles, estaban pasando hambre, y ellos acuden a Egipto y vienen donde este hombre buscando ayuda. Se encuentran con José sin saber que ese era el hombre que ellos habían vendido. José los abraza, los perdona: "A ver, hermanos, vengan a mí. Traigan sus familias, múdense a Egipto, que yo los cubriré, yo los protegeré." Y así pasa. Todas las tribus de Judá, todas las tribus de Israel se mudan a Egipto y viven bajo la cobertura y la protección de José.

Pero dice el libro del Éxodo que, pasado un tiempo —no sabemos cuánto—, José muere, Faraón muere, toda esa generación muere, y se levanta un nuevo rey sobre Egipto, un nuevo Faraón. Un Faraón que un día ve al pueblo de Egipto, a los egipcios, y ve a los israelitas, y dice: "Ve acá, pero esta gente, nosotros la tenemos aquí adentro. Ellos son muchos, son grandes, son fuertes, y si tenemos una guerra, ellos se hacen una alianza con el bando enemigo y nos van a destruir. Yo no puedo permitir esto, yo tengo que hacer algo."

Y él decide tomar la iniciativa de llamar a las parteras y les dice: "Mujeres, cuando nazca un hijo de los israelitas, si es hembra, usted lo va a dejar vivir; si es varón, usted le va a dar muerte." ¿Qué pasa? Que Éxodo 1:17 nos dice que esas parteras temían al Señor y no obraron como Faraón había pedido. Pasan los días y los israelitas se siguen multiplicando y creciendo, y Faraón dice: "Pero, ¿qué pasó aquí?" "Mujeres, ¿por qué no me obedecieron?" "No hay problema, yo me voy a encargar de otra manera." Y él proclama en Egipto y dice: "Todo niño varón nacido de los israelitas, al nacer, tiene que ser tirado al río. Ya no es algo opcional, ya es algo obligatorio: todo niño varón de los israelitas tiene que ser tirado al río."

Y en este contexto, en ese momento, nace Moisés. En ese tiempo donde había que matar a los israelitas, nace Moisés, y nos dice el pasaje que los padres, cuando vieron a este niño, vieron que era hermoso. Y gracias a Dios que era hermoso, porque si es como algunos los hijos de nosotros, no lo ven y dicen: "Bueno, ¿a quién se parece? ¿Le como gracioso? Sí, es un tío, un tío que mandó la abuela." Pero en el caso de Moisés, dice el texto que era hermoso, y cuando vamos al original, ese término "hermoso" no es simplemente de belleza física, sino que ellos vieron que era bueno para Dios.

Ellos decidieron ocultar al niño y, pasado tres meses, viendo que no podían ocultarlo más, decidieron preparar una balsa, una especie de canasta, la cubrieron con asfalto y pusieron al niño ahí junto a unos juncos en el río. Pero Dios, que es un Dios de propósito y un Dios soberano, permitió que en ese momento la hija de faraón bajara a bañarse en el río Nilo. Ella baja a bañarse y ve esta canasta junto a unos juncos, y le dice a las criadas: "¡Oh, ¡tráiganme eso hasta acá!" Y cuando ella abre la canasta, ve a este niño, y dice el texto que ella tuvo compasión de él.

Ve al niño y ella tiene compasión de él. La hermana del niño, que estaba cerca mirando, sale de la nada y dice: "Su alteza, ¿usted quiere que yo le busque una nodriza para que le críe al niño?" La hija de faraón le dice: "¡Sí, búscame una mujer que pueda criarlo!" Y esa niña va y busca a la madre de Moisés para que lo críe. La traen ante faraón, y la hija de faraón le dice: "¡Toma, críamelo! Y yo te voy a pagar por hacerlo." ¿Qué es la misericordia de parte de nuestro Dios? Resulta que esta mujer cría a Moisés; Moisés es criado por sus padres biológicos.

Y cuando él tenía alrededor de unos 7 a 10 años —no sabemos exactamente—, su madre biológica lo trae nuevamente a donde la hija de faraón para que sea formalmente hijo de ella. Y ella le pone por nombre Moisés, porque Moisés en su original quiere decir: "Porque del agua te saqué." Moisés duró alrededor de los 8 a 10 años hasta más o menos los 40 años, disfrutando de ser el hijo de la hija de faraón, disfrutando de los placeres de ser el nieto de faraón.

Pero llegado un momento, él ve que el pueblo de Israel está siendo oprimido, que el pueblo de Israel está siendo esclavizado, maltratado. Y en ese momento él tiene que tomar una decisión: o ser el opresor, o ser el oprimido. Y en el versículo 24 de nuestro texto de hoy, vemos la decisión que él tomó. Vemos que dice el texto: "Por la fe, cuando era ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de faraón." Y esto es algo increíble aquí.

Moisés, como yo decía, era el hijo formal de la hija de faraón. Él estaba dotado con papeles. Él era el hijo; él disfrutaba de los privilegios de ser hijo de la hija de faraón. El escritor de Lucas, en Hechos 7:22, nos dice que Moisés aprendió de la sabiduría de los egipcios. Moisés fue instruido por esta gente. Él conocía su cultura, conocía su idioma, conocía la forma como pensaban, conocía los bailes, la forma como se divertían los egipcios. Él conocía todo esto porque él fue criado, después de cierta edad, pasados los 10 años, formado por esta gente.

Moisés era el nieto de faraón. Moisés era el nieto, probablemente, del hombre más poderoso del mundo conocido en ese momento. Moisés decidió renunciar a esto. Y muchas veces pensamos: "Bueno, quizá Moisés no sabía lo que estaba haciendo." No, él sabía lo que era esto. Pero llegado el tiempo, él tenía que tomar la decisión: o aferrarse al prestigio, o agradar a Dios. Y nos dice el autor de Hebreos que por fe, por convicción, por una certeza de que él iba a obtener algo mayor, cuando ya era grande, en el tiempo oportuno, él tomó una decisión de rehusar ser llamado hijo de la hija de faraón.

Debemos recordar que Moisés fue criado por sus padres biológicos. Él fue instruido hasta los 8 o 10 años acerca de las promesas de Dios. Él conoció la promesa que Dios le hizo a Abraham. Él conoció cómo Dios había guardado a Isaac y a Jacob. Él conoció acerca de cómo Dios había usado a José para guardar a su pueblo. Moisés creció los primeros años de su vida conociendo acerca del Dios vivo. Y ahora él tenía que tomar una decisión. Y la decisión que vemos que él tomó fue de creerle a Dios y de preferir ser rechazado antes que ser parte de los opresores de los israelitas.

Henry Lough, en su libro titulado *El Evangelio en Éxodo*, dice lo siguiente: "La pompa mundana es muy deslumbrante. El lujo mundano es muy fascinante. Los placeres mundanos son muy intrigantes. Moisés no es deslumbrado, ni embelesado, ni atrapado. Él mira arriba y ve un esplendor mucho más brillante. Deliberadamente elige el desprecio, la aflicción, la pérdida y la pobreza con el pueblo de Dios. Y él encuentra que tal desprecio es el verdadero honor, tal aflicción es la alegría más pura, tal pérdida es la ganancia más rica, que tal pobreza y tal negación es la riqueza más perdurable."

Yo no sé si usted lo había pensado, pero Moisés tenía lo que muchos de nosotros anhelamos tener. Moisés disfrutaba de lo que muchos de nosotros perseguimos. Moisés disfrutaba del prestigio, del honor, del poder, del respeto, del dinero. Disfrutaba de todo eso. Y él decidió dejarlo todo a un lado y prefirió negarse todos los placeres para identificarse con el pueblo de Dios, para identificarse con los esclavos.

El versículo 25 nos dice: "Escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado." Hermanos, no solamente es que Moisés decide no identificarse como hijo de la hija de faraón. No es que él dice: "Bueno, yo de aquí en adelante no soy nieto del jefe." No, no, no. No solamente es eso. Sino que él escogió voluntariamente identificarse con los esclavos. Él dijo: "Miren, yo estaba de este lado, pero ahora yo quiero estar de este lado. Yo era egipcio, pero ahora yo soy israelita, siervo." Y la verdad es que una cosa es rehusarse a ser llamado hijo de la hija de faraón, y otra es estar dispuesto a identificarse con el bando contrario y sufrir con ellos y por ellos.

Moisés renunció a sus privilegios como nieto de faraón, pero también asumió las consecuencias de ser parte de los esclavos. Ahora, de nieto él pasa a ser un enemigo; de perseguidor, a perseguido; de dirigir ejércitos, a pastorear ovejas; de vivir en palacios, a vivir en un desierto; de ser respetado, a ser humillado; de tenerlo todo, a no tener nada. Y no sé si ustedes se preguntarán: "¿Por qué tan alto precio? Tú solamente no querías oprimir a los israelitas; está bien, te entiendo, pero ¿por qué identificarte con los esclavos?"

Charles Spurgeon, en una de sus prédicas —este hombre sabio, el príncipe de los predicadores, por algo—, en un momento hablando de esto, decía lo siguiente: "Moisés creía que los israelitas eran el pueblo elegido de Dios. Esto, por supuesto, había aprendido de sus padres, y lo creyó sinceramente. Fue la convicción solemne de Moisés de que el Dios vivo y verdadero había elegido la simiente de Abraham para ser su pueblo, y los había llevado a un pacto consigo mismo. Ellos fueron la elección de la gracia. Por esta causa, Moisés los amó y deseó ser contado con ellos. Ciertamente, ellos no eran, en sí mismos, una gente muy adorable. Había mucho acerca de ellos que debe haber entristecido el corazón de Moisés. Eran ignorantes, eran necios, eran tercos, eran esclavos, pero eran el pueblo de Dios."

Moisés se identificó con los esclavos no porque él tuviese un sentido de altruismo, sino porque él sabía que ese era el pueblo de Dios. Amados, algo que tenemos en común todos aquellos que formamos parte del pueblo de Dios es que nosotros no somos muy diferentes a los israelitas. Nosotros somos tercos, somos necios, somos ignorantes, somos pecadores. Pero somos pecadores que hemos sido perdonados por la sangre de un buen Dios que se entregó por amor a nosotros. Un buen Dios que, así como eligió a los israelitas para hacer su pueblo, a través de Cristo Jesús nos ha elegido a nosotros para hacernos suyos.

Mira a tu hermano alrededor en esta tarde. El que está a tu lado hoy es digno de que tú te identifiques con él. No por su circunstancia, no por quién él es, sino por el Dios a quien él representa. Moisés entendió esto, y por eso él prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios antes de gozar de los placeres temporales del pecado.

Este es un concepto interesante aquí: los placeres temporales del pecado. Lo que nosotros no podemos negar es que el pecado trae placer. El pecado es divertido. El pecado tiene la capacidad de envolvernos. Muchas veces, aquello que queremos hacer con dieta, decimos: "¿Por qué es que lo malo engorda?" Porque el pecado tiene ese poder. Aquello que muchas veces nos da sabor lo disfrutamos, como un helado: "¡Un helado, qué bueno!", pero engorda. La fritura la preferimos antes que lo sancochado. Ese placer que da el pecado es real. Sí, el pecado da placer, pero es un placer que es temporal. Es un placer que no es duradero. Cuando termina el pecado, termina el placer, y ahí vienen las consecuencias. Es una realidad, hermanos, no podemos negar eso. El pecado es placentero, pero es fugaz.

Ahora, para entender bien esto, debemos definir correctamente qué es el pecado. El apóstol Juan, más adelante, en 1 Juan 3:4, en su primera carta, dice lo siguiente, definiendo lo que es el pecado. Él dice: "Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, porque el pecado es la infracción de la ley." Todo aquello que sea contrario a la ley moral de Dios es pecado para nosotros. Todo aquello que no exalte el nombre de nuestro Dios se convierte en pecado para nosotros. Y eso no importa cuán buena sea la acción en sí misma. La madre de John Wesley da para mí la mejor definición de pecado.

Ella decía: cualquier cosa que debilite tu mente, tu razonamiento, que altere la sensibilidad de tu conciencia, oscurezca tu apreciación de Dios, o te quite tu pasión por las cosas espirituales; en pocas palabras, cualquier cosa que aumente el poder o la autoridad de la carne sobre el espíritu, eso para ti se convierte en pecado, independientemente de cuán bueno sea en sí mismo.

La verdad, hermano, sé que hay cosas que en sí mismas pueden ser lícitas, pueden ser correctas, pero el uso que nosotros les demos, la forma como las hagamos, la motivación de mi corazón al hacerlo puede traer que eso se haga pecado. Las circunstancias, el lugar, mi posición, puede hacer que cosas que parezcan lícitas, que son lícitas para mí, se conviertan en pecado, porque no traen gloria a Dios y destruyen que otros puedan darle gloria a su nombre. Entonces, todo aquello que no le dé gloria a Dios y que sea una oposición para que otros le adoren y le alaben, se convierte en pecado para mí.

Al apóstol Pablo, en 1 Corintios 10, se encontró con este revuelo. Esta gente decía: bueno, ya nosotros somos libres en Cristo, hemos sido perdonados, hemos sido comprados, ahora yo puedo hacer lo que yo quiera. Y el apóstol Pablo dice: sí, es correcto, o sea, son libres, no lo que ustedes quieran lo único, pero es lo siguiente: que ya sea que ustedes coman o beban, que traiga gloria a Dios, que todo lo que hagan le traiga gloria a su nombre, porque todo lo contrario a eso se convierte en pecado para nosotros.

Y en la cultura egipcia, de pecado, de obstrucción a la gloria de Dios había mucho, de eso había bastante. Cualquier placer que tú pudieras tener en ese tiempo, cualquier cosa que pudieras desear, si tú eres el príncipe, lo que usted quisiera: placeres sensoriales, lujurias, todo eso se podía tener. Él podía tener todo lo que le placía, todos los placeres, él podía disfrutar de eso. Mujeres, un desfile: cola, chiquita, flacita, morenita, chinita, como usted diga, como él la quería la podía tener. Bebidas, lujos, comidas, fiestas, diversión, todo lo que le placiera, todo lo que sus ojos quisieran, él podía tenerlo.

Pero él sabía que esas cosas venían del mundo, no de Dios, y él prefirió renunciar a esos placeres temporales, porque él sabía lo que el apóstol Juan iba a decir en 1 Juan 2:16: porque todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene de Dios sino del mundo. El mundo vive para y por el placer. Yo trabajo porque quiero tener esto, yo trabajo porque quiero hacer esto, yo quiero ir a tal sitio, yo quiero disfrutar de esto, yo quiero hacer una maestría porque quiero tener un mejor trabajo para hacer esto, yo quiero cambiar de trabajo porque quiero tener una mejor oportunidad para disfrutar. El mundo vive para el placer. Y tristemente es para un placer que es temporal, que hoy está y mañana desaparece.

Cristo, en un momento, nos muestra que nosotros también vamos a confrontar este tipo de prácticas. En Lucas 12 nos encontramos con una situación donde Cristo se halla con unos hermanos hablando de un tema económico y le preguntan: Maestro, intercede. Y Cristo, en el versículo 16, dice lo siguiente. Lucas habla diciendo: también les refirió una parábola, diciendo: la tierra de cierto hombre rico había producido mucho, y pensaba dentro de sí, diciendo: ¿qué haré, ya que no tengo donde almacenar mis cosechas? Entonces dijo: esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes. Y diré: alma mía, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete. Pero Dios le dijo: necio, esta misma noche te reclaman el alma. ¿Y ahora, para quién será lo que has provisto? Así es el que acumula tesoros para sí y no es rico para con Dios.

Todo aquel que vive para el placer temporal, aquel que vive para acumular aquí en la tierra, es un necio. Cristo nos llama a acumular en los cielos, donde la polilla no corroe, a acumular en su presencia, a acumular para Él, a vivir para su gloria. ¿De qué nos vale a nosotros tenerlo todo, pero no tenerlo a Él? ¿De qué nos vale disfrutar de los placeres temporales, que hoy son y mañana dejan de ser, pero no tenerlo a Él?

Hermanos, la diferencia entre nosotros los cristianos y la gente del mundo es que ellos persiguen un placer que es fugaz, y a nosotros se nos ha garantizado un gozo que es eterno, y es algo que nosotros debemos entender cada día. La diferencia entre el mundo y nosotros es que ellos viven y persiguen placeres que son fugaces, pero a nosotros se nos ha garantizado, se nos ha prometido un gozo que es eterno. El salmista, en el Salmo 16:11, dice lo siguiente: Señor, en tu presencia hay plenitud de gozo. No un poquito de gozo, no suficiente gozo: hay plenitud de gozo. A tu diestra hay deleites para siempre; no por un momento, sino para siempre.

Lo que nosotros tenemos, hermanos, en Cristo, son deleites, son promesas, es un gozo eterno que nada ni nadie puede separarnos ni apartarnos de Él. La realidad, hermano, es que el placer depende de las circunstancias, pero el gozo que se nos ha prometido es un gozo interior y no es perturbado por el entorno. El placer que da el pecado siempre cambia, pero el gozo es constante. Las delicias mundanas a menudo son seguidas por la depresión. El gozo verdadero se basa en Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos de los siglos.

Para seguir experimentando placer, debemos correr de un estímulo a otro, porque llega un momento en que lo que antes me daba placer ya me da lo mismo. Pero el gozo que se nos ha entregado es todo lo contrario, porque es un regalo que viene de Dios. El hermano Satanás sabe esto; él siempre va a querer vendernos que los placeres del mundo son más satisfactorios que el gozo de Dios. La semana pasada, del Pacto, Luis nos hablaba de eso cuando nos presentaba las tentaciones de Jesús. Satanás siempre va a querer vendernos que los placeres temporales del pecado —el ahora, lo que yo puedo tener ahora y disfrutar ahora— es más deleitoso que las promesas y lo que Dios tiene preparado para nosotros. Como decía Luis: él siempre va a querer vendernos pasteles de barro, mientras podemos deleitarnos en los manjares que el Señor tiene para nosotros.

Nosotros fácilmente nos dejamos engañar; es una realidad. Fácilmente nos dejamos engañar y cegar por la forma como el mundo vive, por los placeres que ellos disfrutan. Hermanos, pero esto es temporal. Job 20:5 dice: el triunfo de los impíos es breve y el gozo de los hipócritas es solo por un momento. Asaf le dedica todo el Salmo 73 a hablar de esto, a hablar de cómo nosotros muchas veces vemos al no creyente, al impío, disfrutar; lo vemos bien. Muchas veces vemos a Fulano, que es tan malo —de mucha hacha—, y a una gripecita que le da. Y muchas veces nos cuestionamos y decimos: ¿pero Dios, dónde está la justicia? ¿Por qué permites esas cosas? Mira cómo esta gente, haciendo lo malo, le va bien y lo está disfrutando. Pero la verdad, hermanos, es que de Dios nadie se burla, y llegará un día donde cada uno tendrá que dar cuenta a Dios, y el placer se acabará.

Moisés eligió ser maltratado con el pueblo de Dios en lugar de disfrutar los placeres fugaces del pecado, porque él tenía la mirada puesta en la recompensa. El versículo 26 dice: considerando el oprobio de Cristo como mayores riquezas que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. El autor de Hebreos utiliza una palabra interesante: dice "considerando". Consideró, que en su original griego quiere decir que Moisés puso a juicio, Moisés evaluó, Moisés pesó esta decisión. Esta fue una decisión que él evaluó.

No fue que él se levantó una mañana y dijo: bueno, me he cansado de que el abuelo siempre tiene un carácter malo, de esta vida aquí en el palacio donde uno tiene que peinarse siempre así, cuando yo quiero tener el cabello largo, con barba, y de estos rituales que no me gustan; me he cansado de esto. No, no es eso. Fue que él consideró los privilegios de ser hijo de la hija de Faraón, consideró los privilegios que podían traer los placeres del pecado, consideró el prestigio que tenía, y cuando los pesó, dijo: no, no, no; yo prefiero a Dios. No importan las consecuencias, yo prefiero a Dios. Las riquezas y los tesoros de Egipto no tienen ese valor. Por eso él consideró el oprobio de Cristo más importante que las riquezas y los tesoros de Egipto.

Ahora, ¿qué quiere decir este término "oprobio de Cristo"? La palabra oprobio quiere decir vergüenza, quiere decir deshonra. Y la deshonra que Moisés vivió sería muy similar a la que Cristo viviría posteriormente. Moisés no conocía acerca de Jesús, pero él conocía, a través de la instrucción que le habían dado sus padres, que Dios enviaría un salvador. Eso lo vemos y lo sabemos porque Génesis 49 lo dice claramente: que Dios enviaría un salvador que liberaría al pueblo. Moisés creía tanto esto que en un momento él mismo pensó que quizás era él quien iba a ser el libertador de los israelitas. En un momento, cuando él sale y ve a un egipcio maltratando a un israelita, decide defenderlo y termina quitándole la vida al egipcio. ¿Por qué? Porque él pensaba que quizás él iba a ser el libertador.

Él sabía que sufrir por el pueblo era necesario, y por eso estuvo dispuesto a sufrir como Cristo lo hizo más adelante. Él pasó de tenerlo todo a no tener nada, como Cristo lo hizo. De ser honrado y estar con Dios, Cristo pasó a humillarse y hacerse hombre. Moisés no estaba con Dios, pero estaba con Faraón disfrutando los placeres de Egipto, y se humilló como los esclavos. El sufrimiento y la vergüenza que Moisés pasó es muy similar a lo que Cristo afrontaría. Él prefirió identificarse con el oprobio de Cristo. Él prefirió sufrir como Cristo, que disfrutar de los tesoros de Egipto.

Moisés, ¿pero por qué? ¿Por qué? El autor de Hebreos dice: ¿por qué? Porque él tenía la mirada puesta en la recompensa. La esperanza de una recompensa mayor hizo a Moisés levantarse y dejarlo todo. Moisés puso su confianza, puso su certeza de que Dios tenía algo mayor para él que los tesoros de Egipto. Moisés no consideró los tesoros que él podía disfrutar, los placeres que él podía disfrutar, como lo más valioso. No. Él creyó que Dios tenía algo mayor para él y por eso decidió renunciar.

Moisés tenía los ojos puestos en la recompensa. Moisés tenía los ojos puestos en que un día la palabra que Isaías iba a compartir en Isaías 60, del versículo 19 al 20, él iba a poderla ver, él iba a poder ver que era una realidad. Moisés creía esto que Isaías dice: que llegará un día donde el sol no será para ti luz de día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que tendrás al Señor por luz eterna y a tu Dios por tu gloria. Nunca más se pondrá tu sol ni menguará tu luna, porque tendrás al Señor por luz eterna y se habrán acabado los días de luto.

Moisés puso su confianza y su esperanza en que un día él iba a ver a un Dios grande, que no iba a necesitar la luz del sol para disfrutar del día, sino que la gloria de Dios iba a alumbrar todas las cosas; que él iba a poder disfrutar del Cordero que es digno, aquel que los ancianos —como él mencionaba ahorita— y los sacerdotes proclamaban: «¡Digno, digno es el Cordero de Dios!». Moisés puso sus ojos en otra cosa y no en las cosas de este mundo, y por esa razón él consideró todos los reinos de Egipto, todos los tesoros de Egipto, como basura.

Esto me parece muy semejante a lo que el apóstol Pablo dice en Filipenses 3:7 al 8. El apóstol Pablo dice: «Pero todo lo que era para mí ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús mi Señor, porque lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo». Moisés entendió que Jesús es digno. Moisés entendió que Cristo iba a ser su recompensa. Cristo es el medio que hace posible todas las cosas, hermanos, y a Él fue que Moisés vio.

En Él fue que Moisés puso los ojos. A Él fue que Moisés encontró como valioso, como precioso, como un tesoro digno de comprar, de esconderlo, de esconder ahí el tesoro, porque el tesoro era más valioso que todas las cosas. Hay una parábola que Cristo hace referente a esto. Cristo es el tesoro más valioso y por eso todo lo que el mundo provee es basura. Hermanos, la verdad es que todos los reinos de la tierra un día pasarán, todos los placeres se acabarán, pero aquellos que están cimentados en la roca que es Cristo permaneceremos para siempre.

Dios no fallará. Él no falla en sus promesas. Todo lo que ha prometido lo cumplirá. El apóstol Pablo en 2 Corintios 1:20 dice: «Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí; por eso también por medio de Él, amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros». Moisés entendió que todo lo que Dios había prometido Él lo iba a cumplir, y que había un tesoro que era más valioso que lo que Egipto podía proveer. Y aunque él no lo podía ver, aunque él no lo podía palpar, él sabía que era cierto y que un día podría disfrutar de él. Y para eso le bastó la fe, le bastó la confianza en Dios.

John Owen, el puritano del año 1600, decía lo siguiente hablando de esto: «La fe puesta en práctica nos llevará de una forma segura a través de todas las pruebas que debamos someternos por Cristo. Considera todas las circunstancias, y es casi imposible que nuestras tentaciones y pruebas sean mayores que las de Moisés. Y así como la fe lo llevó a salvo a través de todas ellas, así lo hará también con nosotros». La fe de que Dios sobreabunda, la fe de que Dios es fiel, la fe de que Dios es digno, la fe en creer que el sacrificio de Cristo nos dio acceso al Padre, la fe de creer que en la cruz Dios pagó por nuestros pecados, nos llevará a través de todas las circunstancias, pruebas y tentaciones que podamos enfrentar.

Moisés tuvo que elegir en un momento entre lo temporal y lo eterno, y eso no cambia para ti ni para mí el día de hoy. Nuestras vidas están caracterizadas por las decisiones que tomamos. Por la gracia de Dios, nuestra salvación ya ha sido comprada a precio de sangre y Cristo nos compró. Somos suyos y hemos creído en la obra que Él ha hecho por nosotros. Pero la verdad es que nuestro día a día está caracterizado por las decisiones que tomamos.

Todo es una decisión. Cada circunstancia que tenemos en la vida es la oportunidad para tomar la decisión correcta o para no hacerlo. Cada circunstancia es una oportunidad para tomar la decisión de identificarnos con Egipto o identificarnos con los esclavos. Moisés no podía seguir siendo llamado hijo de la hija de Faraón. Moisés no podía seguir disfrutando de los placeres temporales del pecado y de Egipto, y a la vez defender a los israelitas. Él no podía hacer eso. Él tenía que tomar una decisión.

Igualmente nosotros, hermanos, tenemos que tomar una decisión. Moisés no podía vivir en los dos mundos. Nosotros no podemos vivir en los dos mundos. O somos de Cristo o somos del mundo. O vivimos para la gloria de Su nombre o vivimos para la gloria de nuestro nombre. Pero no podemos vivir en dos mundos. Esto es incongruente con lo que nosotros somos. Es incongruente con lo que hemos recibido. Y esto es algo que nosotros tenemos que tomar en cuenta, porque es algo muy delicado y peligroso.

Santiago, en su carta, en Santiago 4:4, hace un llamado en cuanto a esto. Y él dice: «¡Oh, adúlteros! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios». Y esto es grave. Nosotros sabemos y creemos por fe que, habiendo creído en Cristo, no vamos a perder nuestra salvación. Pero es grave que aquellos que hemos sido comprados a precio de sangre estemos viviendo como el mundo, disfrutando lo que el mundo disfruta. Es grave que nosotros, que hemos sido llamados suyos, anhelemos y persigamos los deseos del mundo.

Hermanos, yo sé que aquí hay muchos hermanos hoy que están cansados, que han buscado afanosamente los placeres del mundo, muchos los han alcanzado y siguen vacíos. Es por esto que esta historia de Moisés es un recordatorio para nosotros: que los placeres temporales del pecado, los tesoros que el mundo pueda proveer, no van a llenar nuestro corazón. Nosotros leemos las noticias, la prensa, de cómo gente poderosa que tiene lujos y placeres —este famoso chef que recientemente se quitó la vida, esta diseñadora de moda que recientemente se quitó la vida— disfrutaban de los placeres del mundo, pero al final estaban vacíos. Porque solamente Cristo puede llenar nuestro corazón. Solamente Cristo puede llenar la cavidad de nuestros corazones.

Si tú estás ahí hoy persiguiendo los placeres del pecado, los placeres que Satanás vende como verdad, yo quiero rogarte en el nombre de Jesús que te devuelvas. Yo quiero recordarte que solo en Cristo hay deleite para nuestras almas. Y hasta que nosotros no lo veamos a Él como quien Él realmente es, nosotros seguiremos siendo engañados. Hermanos, que nosotros, al ver la vida de Moisés, al venir a la Escritura, podamos ver a Cristo como nuestro tesoro, como el único que puede satisfacer la necesidad de nuestro corazón. Cristo es nuestra recompensa.

Warren Wiersbe, hablando sobre la historia de Moisés, decía que tanto Moisés como Abraham, en la antigüedad, nos enseñan que las decisiones que tomamos hoy determinan la recompensa del mañana. Más que esto, nuestras decisiones deberían estar motivadas por las expectativas de una recompensa. El énfasis en la epístola a los Hebreos no es que vivamos por lo que el mundo promete, sino que vivamos por lo que Dios ha prometido. El pastor John Piper también hace referencia a esto, diciendo que la única forma en que podemos luchar, batallar y vencer los placeres temporales del pecado es cuando encontremos un placer superior en Dios. Hasta que Dios no sea nuestro deleite, hasta que Dios no sea nuestra delicia, hasta que Cristo no sea lo más valioso, el pecado va a tener poder sobre nosotros.

Hermanos, al salir esta mañana de aquí, no vengamos y malentendamos este mensaje y pongamos nuestros ojos en Moisés. Moisés fue un pecador al igual que tú y que yo, que cometió muchos errores, pero fue un hombre de fe que creyó en Dios. Moisés, después de salir de Egipto, duró 40 años para volver a encontrarse con Dios. Después de haber tomado la decisión que tomó, duró 40 años en el desierto. Y en ese tiempo él pasó un sinnúmero de cosas, pero tenía puestos los ojos en la recompensa.

Que al salir esta mañana de aquí podamos salir no mirando a Moisés, sino mirando la recompensa que es Cristo. Que al salir de aquí tú puedas mirar al hermano que te queda alrededor y puedas decir como Josué decía en Josué 24:15: «Y si os parece mal servir al Señor, escoged hoy a quién habéis de servir. Pero en cuanto a mí y a mi casa, serviremos al Señor». Que al salir de aquí esta mañana podamos salir con una convicción genuina de que nuestro deleite está en Él, en servirle a Él, en gozarnos en Él. Que el Señor ponga nuestra mirada en Cristo, que es nuestra recompensa. Que los placeres temporales del pecado se disipen. Y sabemos que si nuestros ojos están puestos en Él, el pecado y la tentación desaparecerán. Que el Señor bendiga Su Palabra, que bendiga a Su pueblo y que nos ayude a encaminarnos en pos de Él.

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Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.