El movimiento "con mis hijos no te metas" ha despertado un celo admirable entre padres que defienden a sus hijos de la ideología de género en las escuelas. Pero hay una inquietud pastoral detrás de ese fervor: el mundo lleva mucho tiempo metiéndose con nuestros hijos, no solo en los currículos escolares, sino dentro de nuestras propias casas. Los estudios revelan que los niños pasan más de treinta horas semanales frente a pantallas, mientras los padres apenas dedican una o dos horas diarias a sus hijos. La consigna bíblica no es simplemente defender a nuestros hijos de amenazas externas, sino meternos nosotros con ellos: involucrarnos activamente en su formación espiritual y emocional.
Efesios 6 ofrece una guía clara para esta tarea. Primero, los padres deben abrazar con confianza la autoridad que Dios les ha delegado; los hijos necesitan dirección, no padres que actúen como sus iguales. Segundo, esa autoridad debe ejercerse con benevolencia: Pablo advierte que no provoquemos a ira a nuestros hijos con tratos injustos o insensibles. Un hijo que se rebela muchas veces refleja heridas causadas por una autoridad mal ejercida. El pastor Héctor Salcedo comparte cómo uno de sus hijos cambió radicalmente cuando, en lugar de confrontarlo, lo escuchó y le pidió perdón por haberlo tratado de manera que él percibía como injusta.
Finalmente, la autoridad paterna existe para conducir los corazones de los hijos hacia Dios. La crianza es una tarea profundamente espiritual: instruirlos en la verdad, entrenarlos con el ejemplo y pasar con ellos el mayor tiempo posible. Cuando estas cosas se combinan, los hijos desarrollan la fortaleza para resistir cualquier ideología contraria al evangelio.
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La razón de mi mensaje surge de la frase "con mis hijos no te metas". Es una frase que nosotros hemos visto en las últimas semanas, mucho, a raíz de este movimiento "Con mis hijos no te metas", que tiene su origen en Perú en el año 2016, cuando el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski trata de implementar —y de hecho efectivamente ya se implementó— la ideología de género en las escuelas, y un grupo de padres se levanta en oposición, manifestándose contrarios a estas cosas. Yo no voy a hablar hoy de ideología de género, pero de ahí sale el movimiento "Con mis hijos no te metas".
El movimiento se ha diseminado, se ha extendido por América Latina, y ya hay capítulos del movimiento en Chile, en Uruguay, en Argentina, en República Dominicana, también en Colombia, en Costa Rica, entre otros países. El movimiento ha tenido un eco a nivel internacional, y me ha llamado la atención que ha levantado una especie de celo paterno y materno por el cuidado de nuestros hijos. Es increíble la fiereza y la valentía con la que muchos padres han asumido la defensa de sus hijos a raíz de este movimiento. La reacción ha estado bien, yo la aplaudo, y compartimos también este celo paterno.
Pero hay una observación que nosotros los pastores hemos conversado entre nosotros, y es la inquietud que quiero en el día de hoy compartir con ustedes. A raíz de todo este celo, hay algo que nos inquieta, y yo voy a compartir ciertas informaciones con ustedes para que lleguen a sus propias conclusiones de por qué nosotros nos sentimos inquietos. Mantengan en su mente la frase "Con mis hijos no te metas" y escuchemos algunas informaciones que quiero compartir.
La Universidad de Michigan en el año 2009 llevó a cabo una encuesta —un estudio, más bien— de familia, y estos son algunos de los resultados que ellos encontraron. En promedio, los niños de dos a cinco años pasan a la semana 32 horas frente a la televisión, o sea, unas cuatro o cinco horas diarias. Los jovencitos de seis a once años pasan 28 horas promedio a la semana, aproximadamente cuatro horas diarias frente a la televisión. El 71% de los muchachos entre ocho y dieciocho años tiene una televisión dentro de su habitación, al margen de lo que sus padres ven; ellos tienen sus propios contenidos. Aproximadamente dos tercios —casi siete de cada diez hogares en los Estados Unidos en ese momento— tenía la televisión prendida durante las comidas de la casa: desayuno, comida y cena.
Un 53% de los muchachos que están entre séptimo y doceavo grado no tienen ninguna regla para ver televisión o compartir en redes sociales. Más de la mitad, el 51% de los hogares encuestados, respondieron que la televisión se pasa encendida todo el tiempo; siempre está prendida. Unido a eso, si le sumamos la capa de redes sociales, en el año 2018, Pew Research, que es una firma encuestadora, reporta que el 95% de los adolescentes tiene acceso irrestricto, sin ningún tipo de control, a las redes sociales. Y de ese 95%, casi la mitad, el 45%, dice que están en línea casi constantemente.
Unido a esas influencias sobre nuestros hijos —que están plagadas no solamente de ideología de género, sino de materialismo, de promiscuidad, de violencia y de todo tipo de cosas— súmenle a eso que Pew Research también reporta, en un estudio de 2015, que las madres pasan en promedio con sus hijos 15 horas a la semana y los padres 9 horas a la semana en promedio. O sea, que el papá promedio pasa aproximadamente una hora y quince minutos diarios con sus hijos, y las madres aproximadamente dos horas. Y yo diría que hay un agravante: yo he sido testigo de que quizás esas 9 o 15 horas que pasan padres y madres con sus hijos también están muy absorbidas por estos equipos electrónicos.
Mis conclusiones, por si ustedes no han llegado a las suyas, son las siguientes. Por si no nos habíamos dado cuenta, el mundo se está metiendo con nuestros hijos hace mucho tiempo. No solo en nuestras escuelas a través de los currículos de enseñanza, sino en nuestras mismas casas, bajo nuestra autorización. Ya sea que hayan aprovechado de nuestra nobleza, de nuestra ingenuidad, de nuestra negligencia, de nuestra irresponsabilidad o de nuestra comodidad, nosotros hemos entregado ya por mucho tiempo la mente y la formación de nuestros hijos a muchas cosas que no somos nosotros.
Entonces, la consigna de "con mis hijos no te metas" tiene que extenderse. No solamente al currículo propuesto por el Ministerio de Educación, sino a muchas otras cosas, mucho más sutiles, pero no menos dañinas, que están ocurriendo hoy en día. Y hermanos, el énfasis bíblico acerca de la crianza no es que nos preocupemos de evitar los peligros que nuestros hijos enfrentan, sino que el énfasis bíblico es: métete tú con tus hijos. Porque cuando nosotros nos metamos con nuestros hijos como tenemos que hacerlo —no que seamos metiches, sino que nos introduzcamos en la vida de nuestros hijos de la manera bíblica— no nos preocupará tanto lo que otros hagan con ellos, porque ellos tendrán la fortaleza emocional y espiritual para resistir toda esta avalancha de ideología y de cosmovisión humanista o secular a la cual están expuestos.
Mi preocupación, y nuestra preocupación, es esa: que a pesar de que ha habido un celo paterno de defender a nuestros hijos contra la ideología de género, no vemos ese mismo nivel de celo con respecto al compromiso que tú y yo tenemos que tener en la casa, invertido en la vida de nuestros hijos en el día a día. La crianza, hermanos, es más que una manifestación cívica. La protección de nuestros hijos tiene que ir más allá de una marcha y tiene que ir mucho más allá de una declaración ante un gobierno. La crianza se da en la casa, forjando almas que nos han sido entregadas o prestadas temporalmente para que nosotros las dirijamos a Dios.
Ese es mi llamado, y yo quisiera ahora desglosar lo que quiero decir con: "vamos, hermanos, a meternos con nuestros hijos". Creo que el pasaje de Efesios 6 es una buena guía para reflexionar en qué implica bíblicamente meternos con nuestros hijos. Vamos a leer entonces Efesios 6 desde el versículo uno al versículo cuatro. Nos dice la Palabra:
"Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y para que tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor."
Antes de entrar en la explicación del pasaje, yo quiero indicar que la palabra "padres" en el versículo cuatro —así como en el versículo uno, "obedeced a vuestros padres en el Señor"— se refiere a padre y madre. No les estoy hablando solamente a los padres, sino a los padres y a las madres como autoridad sobre sus hijos. Es una aclaración necesaria, porque evidentemente la palabra que se usa aquí es "padres", pero fíjense que el versículo dos dice "honra a tu padre y a tu madre". Por lo tanto, el contexto indica que Pablo se está refiriendo a padre y madre como autoridad sobre los hijos. Entonces, las madres —aunque estamos en el Día del Padre— quiero que se sientan aludidas con lo que estamos diciendo; pónganse también el sombrero del llamado que estamos haciendo en el día de hoy.
Otra aclaración con respecto a este pasaje es una aclaración del contexto, para que entendamos por qué esto viene aquí. Efesios 6 forma parte de la porción práctica del libro de Efesios. Pablo utilizaba mucho esa forma de enseñar: en los primeros capítulos de sus cartas él enseñaba acerca de Dios, acerca de lo que Dios había hecho por nosotros, de lo que Cristo había logrado para nosotros; y en los últimos capítulos Pablo decía: "por tanto, en vista de lo que Dios ha hecho, en vista de las realidades espirituales que les he explicado, vivan de tal o cual manera."
Este pasaje en particular de Efesios 6 se encuentra al final del libro de Efesios y es exactamente así que ocurre. Pablo explica una serie de realidades espirituales en los primeros capítulos, y hacia el final del libro le da a los efesios una serie de instrucciones de cómo su vida debe verse luego de conocer a Cristo. Específicamente, si ustedes se van al versículo 18 del capítulo 5 de Efesios, Pablo dice ahí —parafraseando— que no nos emborrachemos con vino, sino que seamos llenos del Espíritu Santo. Y luego de decir eso, él comienza a hablar de cómo deben funcionar las relaciones de aquellos que estamos llenos del Espíritu Santo.
Les dice entonces a las mujeres que se sometan a sus maridos. A los maridos les dice, en Efesios 5:25, que amen a sus esposas como Cristo amó a la iglesia. A los hijos les dice, en Efesios 6:1, que ya leímos, que se sometan a sus padres. A los padres les dice que críen a sus hijos en la disciplina y la amonestación del Señor. A los siervos les dice que se sometan a sus amos, y a los amos les dice que no maltraten a sus siervos. En otras palabras, la persona que se deja gobernar por el Espíritu y por la Palabra de Dios debe ver cambiar sus relaciones cercanas. La dinámica de mis relaciones familiares debe cambiar. La dinámica de mis relaciones personales debe cambiar.
Cristo en mí me hace una persona que se relaciona diferente con los demás. Ese es el contexto que está aquí. Y de ahí entonces yo puedo concluir que criar bien requiere que tú y yo tengamos una relación íntima con Dios. La principal condición para yo ser un buen padre y una buena madre es yo dejarme gobernar por la Palabra de Dios. Eso es la llenura del Espíritu. No se trata de una cosa que cae del cielo, una luz especial que yo veo y me llenan del Espíritu. Se trata de que en el día a día, en las decisiones cotidianas, en mi trato con mis hijos, lo que prevalece es el sentir de Dios, es la forma de Dios, son las palabras de Dios, son las formas que Dios ha usado conmigo y yo entonces las uso con mis hijos. Cuando eso es así, yo estoy siendo un buen padre y una buena madre.
Entonces, dicho eso, dicho eso, que una buena crianza va a requerir un compromiso de nosotros con el Señor y con Su Palabra, yo quisiera entonces ahora comenzar a explicar qué implica, bíblicamente, meternos con nuestros hijos a partir de los versículos que leímos en Efesios 6, del 1 al 4.
Lo primero, la primera condición que implica meternos con nuestros hijos bíblicamente, es que nosotros tenemos que entender que nosotros somos la autoridad de nuestros hijos, dada por Dios. Esto parece obvio para algunos de nosotros, bueno, por lo claro, hermano, pero vivimos en una generación en que el estilo de paternidad más común no es que los papás son una autoridad. De hecho, yo veo a muchos papás por debajo de sus hijos, haciendo lo que sus hijos quieren y no instruyendo a sus hijos para hacer lo que los padres quieren. Yo veo muchos papás en ese rol de creer ser pares, amigos, canchanchanes de sus hijos. Y hay un lugar para eso, hay que acercarse, hay que tener empatía, pero nosotros no podemos olvidar que nuestro rol no es solo acompañar al hijo, sino guiar al hijo. Son dos cosas diferentes. Cuando yo camino al lado de alguien, vamos en una dirección que, bueno, ya ambos la determinamos, pero ese no es el rol que me corresponde primariamente. El hijo mío tiene que sentir que yo le acompaño, pero mi hijo tiene que sentir también que yo le guío, que yo le instruyo, que yo le dirijo. Yo soy su autoridad.
¿De dónde nosotros sacamos eso? Bueno, el versículo 1 dice: "Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor." Si le está llamando a los hijos a obedecer a los padres, es porque los padres tienen que dirigir a los hijos, ¿o no? Es obvio. Y esta es una instrucción que Dios da, no de manera arbitraria; Dios se la explica. Y da dos razones. Él dice en el versículo 1, parte B: "Obedeced a vuestros padres, porque esto es justo." Le dice a los hijos: es justo. Y todo el que ha tenido hijos entiende mejor la justicia de eso.
Todo lo que hemos criado sabemos que uno se deja el forro criando. Esa es la realidad. Cuando uno tiene hijos, uno siempre anda planchado, peripuesto, bonito, peinadito, y cuando llegan esos muchachos de dos meses, de tres meses, de un año, es el pagonazo, el estruje, y ¿qué te pasó?, el chocolate por aquí. Y eso es simplemente algo jocoso, pero los días a días se vuelven caóticos, se vuelven problemáticos, se vuelven intensos. Nadie duerme igual. Yo no dormí igual; yo tengo 12 años que no dormí igual desde que nació mi primogénito. Yo tenía el sueño ligero antes, pero por algo lo tengo más ligero ahora. Literalmente, en un momento dado de la vida de mis hijos, yo creía que yo vivía de pie durmiendo, porque ellos hacían así, movían la puerta, y yo levantaba la cabeza: ¿qué fue?, ¿qué fue? Mi esposa está ahí, que no me deja mentir; es un sueño sumamente ligero, pero eso fue desde que nacieron mis hijos.
La crianza drena, la crianza te succiona. Te absorbe económicamente, emocionalmente, y desafía tu nivel de santidad. Te tienta a la ira, te tienta a la impaciencia, te tienta al autoritarismo. Entonces Dios dice: "Hijos, obedezcan a sus padres", porque después del esfuerzo, la dedicación y la entrega de sus padres, es justo que ustedes los obedezcan. Algo que yo he apreciado, conforme he ido pasando el tiempo, es el trabajo que mis padres se echaron. Mis padres están aquí hoy, y yo, después de tener hijos, ahora los amo más, los aprecio más y los valoro más.
Entonces Dios le dice a los hijos: "Obedezcan." Pero increíblemente, Dios en Su gracia explica: mira, eso es justo; es justo por el esfuerzo y la dedicación que ellos han tenido hacia ti. Pero no solamente Dios da explicaciones y razones, sino que Dios da incentivos. Dios da incentivos y le dice: "Para que te vaya bien." Dios promete bendición al hijo obediente, al hijo que honra a sus padres. Y no solamente da un incentivo, da dos incentivos: "Para que tengas larga vida sobre la tierra." ¡Wow! Dios, una vez más en Su gracia y en Su bondad, quiere que esto sea obedecido, y dice: "Yo te voy a dar incentivos en Mi gracia para que tú hagas esto."
¡Qué buen modelo de autoridad es Dios! Si nosotros aprendiéramos a ser autoridad, pero una autoridad que explique, una autoridad que dé incentivos, una autoridad que aplauda a su hijo. "Mira, yo quiero que tú hagas esto, pero no te lo voy a decir de manera autoritaria. No es así porque yo lo digo y ya. No, déjame explicarte: mira, eso te conviene, eso es bueno para ti; tú verás que te vas a sentir mejor." Y el hijo dice: "¿Sí, papi? Lo voy a hacer." Así gobierna Dios.
Nosotros, hermanos, somos la autoridad de nuestros hijos. Es increíble que cuando Dios instruyó en el Antiguo Testamento, ordenó y legisló para una nación e hizo los Diez Mandamientos, que están en Éxodo 20, el quinto mandamiento es: "Honrarás a padre y madre." ¿Qué legislador humano pensaría que, de las diez leyes más importantes de una nación, hay que incluir una que tenga que ver con la obediencia a papá y mamá? Eso, como que, eso nada más a Dios se le ocurre. Pero qué vital y qué importante para el funcionamiento social y nacional es que los padres y su autoridad sean respetados en el seno de la familia.
Entonces, hermanos, si Dios nos ha delegado esta autoridad, nosotros tenemos que asumirla con confianza y reverencia. Nuestros hijos no son nuestros pares, no son nuestros iguales, no son nuestros amigos. Podemos caminar con ellos y actuar así, pero recordemos: nuestros hijos necesitan dirección, instrucción, guianza y control. Hagámoslo con audacia, con confianza. No nos intimidemos por las rebeldías de nuestros hijos, por sus manipulaciones. Eso es lo que podemos esperar de corazones pecaminosos. Tranquilos, no ha pasado nada.
Pero ojo: la crianza democrática no es bíblica. Y esa crianza democrática, para la sorpresa de muchos, para mi propia sorpresa, en septiembre yo estuve en Perú y alguien me comenta que estaban estudiando en el país una ley que instauraba la crianza democrática. Yo digo: ¿sí? ¿Qué se supone que la familia debe llegar a una serie de decisiones por consenso con los hijos? O sea, ¿que vamos a determinar la hora a la que vamos a llegar a la casa, y entonces vamos a votar con los muchachos a qué hora ellos van a llegar? Por favor, hágame el favor. Está bien, los vamos a escuchar y te quiero mucho, pero tú vas a llegar a esta hora. "¿Y por qué, papi?" No, déjame explicarte: hay mucho peligro, hay muchas cosas... ¿Qué hay ahora? Lo único que hay en la calle es gente pasada de tragos, pasada de bebida. Yo le explico aunque él no lo entienda; yo le explico. Si él no lo quiere entender, bueno, pues, hermano, resuelve eso y aprende. Pero sí, es increíble que haya esos conceptos.
Entonces, hermano, mi llamado en este primer punto es: ejerzamos nuestra autoridad de manera confiada, de manera audaz, confiando en Dios. Proverbios 29:15 dice: "La vara y la corrección dan sabiduría, pero el niño consentido avergüenza a su madre." En inglés esa palabra, "niño consentido", es *left to himself*. O sea, el niño que se deja a sí mismo, que se deja que él sea lo que él quiere ser. Hay problemas, hay problemas.
Esa es la primera aplicación, la primera deducción de este pasaje: si nos vamos a meter bíblicamente con nuestros hijos, tenemos que entender que nosotros somos su autoridad, dada por Dios. Ejerzamos esa autoridad de manera confiada.
Pero ojo, el segundo principio: hagámoslo de manera benevolente. Si bien es cierto que estamos llamados a ejercer autoridad confiada, también este pasaje nos instruye a que seamos benevolentes en la forma de ejercer esta autoridad. Eso está claro en la segunda parte del versículo 4, cuando dice: "Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos." No los van a molestar de manera innecesaria, de manera arbitraria. Hagan las cosas de tal manera que consideren la forma como el hijo se siente. En otras palabras, Pablo les acaba de dar en los primeros versículos la autoridad a los padres, pero ahora les dice: "Pero no abuses de ella." Eso es lo que Pablo está diciendo aquí. No estamos autorizados a ejercer esa autoridad de manera tiránica o insensible.
El comentario Expositivo, que es un comentario que consultamos mucho, lo dice muy bien, y quiero citarlo. Dice: "El Evangelio introduce un elemento nuevo en la responsabilidad de los padres, al insistir en que deben tener en cuenta los sentimientos del muchacho." Eso es algo nuevo en la cultura romana. En ese momento en que Pablo escribe, prevalecía una norma legal que se llamaba *Patria Potestas*. La ley de *Patria Potestas*, en la cultura romana, era que el papá, sobre todo el varón masculino, tenía el derecho absoluto sobre sus hijos y sobre su familia, incluyendo su esposa. El papá podía vender sus hijos, vender su esposa como esclavos. El papá, cuando un niño nacía, podía decidir si el niño vivía o si el niño moría. Literalmente, el historiador Plinio cuenta de un soldado que le escribe a su esposa diciéndole que cuando naciera la criatura: "Si es varón, bien, guárdalo; si es hembra, deséchalos." Y Séneca dice que los niños desechados eran ahogados.
Esa era la cultura a la que Pablo le dice: no provoque a sus hijos a la ira. Díganme ustedes si la Palabra de Dios no es contracultural. No los salgan a molestar de manera innecesaria. Escuchen cómo los hijos se sienten con la forma como ustedes gobiernan.
En otro texto paralelo, Pablo dice algo similar. En Colosenses 3:21, Pablo tiene más o menos la misma idea. Oigan lo que dice: "Padres, no exasperéis a vuestros hijos." ¿Saben lo que es exasperar? Eso es llevarlos a la ira, y agrega: "para que no se desalienten." Cuando el padre ejerce su autoridad de una manera exasperante, cuando el papá ahoga al hijo con un sobrecontrol, con una sobreprotección, cuando el papá ignora al hijo con una actitud descuidada en la corrección, cuando el papá decide poner una medida de disciplina que es desproporcionada a la falta cometida, cuando el papá avergüenza a su hijo en público, cuando el papá hace todas estas cosas que son injustas, exaspera a los hijos, los lleva a la ira.
O sea, nuestro pecado produce en ellos ira, y eso los desalienta, los desanima. No quieren obedecernos. Hermanos, en un ambiente de desaliento producido por una autoridad mal ejercida, lo que florece es la rebeldía, no la obediencia. Y a veces en las casas, el ambiente de rebelión y de oposición a la autoridad paterna es una indicación, más que del pecado en el corazón del hijo —que está presente—, de una indicación del pecado en el corazón de los padres que han exasperado a sus hijos con su mala paternidad.
Y muchos padres piensan que cuando un hijo se les enfrenta, cuando un hijo no está dando los resultados esperados, cuando un hijo no está haciendo lo que debe, su deber bíblico incluso es enfrentarlo, es confrontarlo, es doblegarlo. Pero mi recomendación como pastor es que yo no comenzaría por ahí. Cuando yo tengo un hijo enfrentado a mi autoridad, yo comenzaría por escucharlo, por preguntarle: "¿Qué pasa, mi hijo? ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es lo que tú piensas? ¿Qué piensas de mí? ¿Qué piensas de tu mamá? ¿Por qué te sientes irritado? ¿Por qué no te sientes a gusto?" Escucharlo, acercándome, siendo sensible para explorar en humildad la posibilidad de que yo sea un causante de su estado.
Hermanos, esto es lo que Dios quiere: no llevar a la ira a nuestros hijos, sino disciplinarlos, criarlos en la disciplina y amonestación del Señor. Pero sus emociones, la forma como él se siente, es importante, vital. Si yo no preparo su terreno para recibir mi instrucción —y preparar el terreno significa crear un ambiente de cordialidad, de amabilidad, de respeto mutuo, donde él se sienta tratado justamente—, si yo no creo ese ambiente y fertilizo ese terreno, él no va a recibir lo que yo le tengo que enseñar. No le abra la Biblia, ¿eh? Porque se va a resistir a la Biblia. No lo obligue a venir a la iglesia, si usted no hace su trabajo como padre, como buen padre, tratando de entender su condición emocional y su situación emocional. Haríamos un daño incluso mayor que el bien que queremos hacer.
Yo recuerdo en una ocasión —y voy a citar una situación personal, manteniendo la confidencia de mi hijo— me pasó una situación hace un tiempo, a Charla y a mí, donde uno de nuestros hijos comenzó a tener una actitud un poco desafiante, lejana, y los resultados académicos comenzaron a descender significativamente. Entonces sí, el hijo del pastor. Sí, el hijo del pastor. Eso me tiene sin cuidado que sea hijo del pastor o no; es un corazón al que hay que pastorear, con el que hay que lidiar, y yo también tengo pecado con el que tengo que lidiar. Ninguno de nosotros somos perfectos; estamos todos en un camino de santificación.
Haciendo algo con él, jugando con él, literalmente jugando un deporte, pasó algo que nos enfrascó en una discusión. Y yo, más adulto al fin, más maduro al fin: "Papito, ¿qué te pasa?" "No, no, no, no, que otra cosa... yo no te voy a contar, porque tú no me vas a entender, no me vas a escuchar, no lo vas a entender." Insistí, insistí, insistí de buena manera. Le dije: "Cuéntame." Y cuando él me contó, él se sentía tratado de manera injusta en la casa, de manera diferenciada con su hermano. Y aunque no era real, su percepción era esa. Y yo le dije: "Papito, mira, la verdad... gracias por decirme. Yo no me había dado cuenta. Perdónanos, y perdóname. Lo siento mucho." Y le comencé a explicar, más allá de su percepción, las realidades: ¿por qué eso sucedía? Y él lo entendió, y lo aceptó, y aceptó mi perdón. Y mi esposa, que está aquí conmigo hoy, puede decir que ese fue un antes y un después, hermanos.
Él comenzó a cambiar. Los rendimientos académicos subieron así. Su actitud en la casa cambió. Se volvió un niño colaborador, comprensivo, paciente. Increíble. Estaba tan cerca de mí y tan lejos a la vez. Y con cuánta frecuencia nos pasa eso: estamos tan cerca de nuestros hijos y tan lejos a la vez. No entendemos lo que pasa por su mente, no sabemos lo que pasa por su corazón. Y sus reacciones inmaduras, rebeldes y desafiantes tienen razones que, a veces, si las exploramos, quizás podemos reparar, quizás podemos arreglar.
Entonces, este llamado, hermanos, de ser una autoridad, pero una autoridad benevolente, comprensiva, sensible, que escuche, es vital. Porque en ese terreno de disponibilidad y disposición emocional es donde yo puedo instruirlo y enseñarlo. Mi hijo no va a estar lejos de mí cuando cuestiona mi autoridad y cuando no está de acuerdo con la forma como yo estoy gobernando la casa. En pocas palabras, hermanos, criar bien requiere que yo me repare; va a requerir que yo trabaje conmigo mismo.
Pedirle perdón a un niño de siete años, de ocho años, de doce años, o a un joven de dieciséis años, o a un hombre de treinta cuando yo soy su papá, pedir perdón requiere humildad. Y ser humilde para pedir perdón requiere parecernos a Cristo. Y para parecernos a Cristo, requiere que yo me doble ante su poderosa mano y confíe en Él. Yo no me estoy denigrando cuando le pido perdón a mi hijo; yo me estoy engrandeciendo. Y le estoy enseñando, hermanos, un hábito enormemente importante: no solamente el hábito de la humildad, sino el de buscar la reconciliación en las relaciones.
Meterse con nuestros hijos, hermanos, va a requerir primero que yo entienda que soy su autoridad, que tengo que abrazar eso con determinación y con firmeza, pero que debo ser una autoridad benevolente para que él tenga su corazón preparado y dispuesto para recibir mi enseñanza.
¿Cuál es el tercer punto? Preparado el corazón, ahora viene la siembra. Meterse con nuestros hijos, hermanos, implicará —ese es el tercer punto— entender que nuestra autoridad debe estar al servicio del Señor. La autoridad se nos ha concedido no para que yo haga de mis hijos pequeños esclavos. La autoridad se me ha dado para que yo conduzca sus corazones al Señor. Y eso está en el texto. En la segunda parte de Efesios 6:4 dice: "Criadlos en la disciplina e instrucción del Señor." ¿Cuál es el contenido de mi entrega a mis hijos? ¿Qué es lo que yo les cuento? ¿Qué es lo que yo les modelo? La disciplina y la instrucción. Y la nueva traducción, más claramente, dice: "La disciplina e instrucción que proviene del Señor." O sea, esta autoridad es para conducirlos a Dios. Esa es la razón por la que nuestros hijos nos han sido dados.
El foco principal, hermanos, de nuestra crianza es este: si bien nosotros aplaudimos y valoramos la formación académica, y debemos esforzarnos por darle a nuestro hijo la mejor formación posible porque Dios ama la excelencia, en una escala de prioridades es mejor que ellos sean piadosos a que sean competentes. Queremos que sean competentes, pero queremos que sean piadosos más. Ahora bien, la piedad bien vivida te va a llevar a la competencia, pero esto debe ir adelante.
John MacArthur dice que la crianza es una tarea profundamente espiritual. A mí me encanta esa expresión. La crianza es una actividad profundamente espiritual. Y él dice esto —y lo cito de su libro "Cómo ser padres cristianos exitosos"—: "No te limites a enseñarle a tu hijo dominio propio; instrúyelo a resistir la tentación y a comprenderla. No te limites a enseñarles modales; enséñales por qué el orgullo es pecado y por qué la codicia y el egoísmo son contrarios a Dios. Castígalos por transgresiones externas, pero enséñales siempre que eso proviene de un problema más profundo: su corazón pecaminoso. Cuando los corrijas, no lo hagas meramente para darte satisfacción a ti mismo como padre ofendido, irritado y frustrado —eso es ira, eso es venganza—. Al contrario, cuando los corrijas, ayúdalos a entender que tú también fallas y que ambos necesitan de un Dios que los perdone."
Entonces, hermanos, si nos vamos a meter con nuestros hijos, tenemos que tener una autoridad abrazada confiadamente, una autoridad benevolente, pero una autoridad que dirija a nuestros hijos hacia el Señor. El contenido de nuestra enseñanza es Dios y su Palabra. El texto así lo implica. Efesios 6:4 dice: "Criadlos en la disciplina y la instrucción del Señor." Y voy a explicar eso.
La palabra "criadlos", o criar, o nutrirlos, como dicen otras traducciones —en inglés, "nurture"—, es alimentar integralmente. Nuestra labor es alimentar integralmente a nuestros hijos: no con productos integrales, sino alimentarlos físicamente, emocionalmente y espiritualmente. Eso es lo que significa esa palabra. El padre no cumple con su responsabilidad paterna cuando solamente le paga al hijo lo que él necesita materialmente. El hijo necesita más que pan. El hijo necesita guianza, dirección, valores, una filosofía de vida. El hijo necesita mucho más que pan. Por lo tanto, la crianza incluye todos esos aspectos: físicos, emocionales y espirituales. Eso es lo que significa la palabra "criadlos": llevarlos hacia la madurez, proveyendo todo lo que necesitan.
Ahora, ¿cómo vamos a hacer eso? ¿Cómo lo vamos a hacer en el día a día? Bueno, las dos palabras que siguen dicen: "críenlos en la disciplina y la instrucción del Señor." Ahí está la clave. ¿En qué consiste la disciplina y la instrucción del Señor? Bueno, aquí la palabra "disciplina" no significa castigo, que es el típico significado que nosotros le damos. Lo incluye, o sea, incluye la reprensión, la corrección y el castigo. Pero disciplina significa entrenamiento. De hecho, los atletas y los militares son gente disciplinada, ¿verdad? No porque les den mucha pela, no, no, no, sino porque son gente estructurada, disciplinada en una disciplina de vida. ¿De acuerdo? Entonces, el significado bíblico primario de la palabra "disciplina" no es el castigo o la reprensión, es el entrenamiento.
Nosotros estamos llamados a entrenar y a instruir. ¿Y qué significa la otra palabra? La instrucción es la enseñanza que le damos a nuestros hijos. Disciplina incluye instrucción, ¿ok? Entonces, esto es como una combinación. La Palabra no está diciendo solamente que tienes que corregir a tu hijo; está diciendo que tienes que entrenarlo y enseñarle en el Señor.
Quiero citar a un autor, Lou Priolo, que en su libro "Enséñales diligentemente" hace una diferencia que me pareció interesante entre disciplina o entrenamiento e instrucción. Él dice: "La esencia del entrenamiento es que otro haga algo; la esencia de la instrucción es que otro conozca algo. La instrucción da conocimiento, el entrenamiento da habilidad. La instrucción llena la mente, el entrenamiento forma los hábitos."
Pongámoslo en estos términos. Yo practico tenis, algunos lo saben. Cada vez que digo esto siempre me da ganas de reírme. Tengo un entrenador que me enseña cómo hacerlo; el entrenador me instruye, me dice: "Mira, la mano tiene que agarrar la raqueta así, el giro de la raqueta es de esta manera." Él me instruye, pero después me dice: "Bueno, vamos a ver cómo lo haces." Y me doy cuenta a veces de que en la práctica no me sale como en la teoría. Eso exactamente así pasa con nuestros hijos, y de ahí es que nosotros estamos llamados a entrenar e instruir.
Nosotros instruimos a nuestros hijos, les decimos qué tienen que hacer, cómo deben hacerlo, pero también tenemos que ser padres que observen y que dejemos a nuestros hijos vivir para que, cuando los veamos actuar en la práctica, verifiquemos si su práctica coincide con la teoría. Y si no coincide, que vayamos de manera benevolente y comprensiva y les digamos: "Mira, hijo, déjame decirte lo que pasó. Tú y yo hablamos tal cosa, pero yo vi que tú hiciste esto." Ese es el entrenamiento de la vida: hay que verlos actuar, hay que desarrollar en ellos los hábitos que les van a permitir vivir de una manera que honre a Dios. Yo tengo que instruirlos y tengo que entrenarlos.
Tenemos que ver cómo viven e irlos entrenando para que desarrollen ese grupo de hábitos. Y la mejor manera de hacer estas dos cosas —y con esto ya nos estamos acercando al final del mensaje— la encontramos en Deuteronomio 6. Es un pasaje que yo he predicado; Deuteronomio 6 es uno de los pasajes más claros sobre la crianza y la responsabilidad paternal. Desde el versículo 4, lo voy a leer y voy a sacar tres principios más o menos rápido, para ver a qué se refiere esto de entrenar e instruir. Dice así, Deuteronomio 6:4-9:
"Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza."
Esa es la instrucción. Tú, Israel, Dios es único, excepcional. Cuando Dios dice que es uno en este pasaje, no está diciendo que es uno en unidad solamente —eso lo implica—, pero está diciendo: "No hay nadie como yo, yo soy único." Y entonces, dicho eso, dice: "Me amarás, Israel, me amarás." Solo que Dios quiere Israel. Y ahora agrega en el versículo 6: "Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón." O sea: "Esto que yo te digo hoy, de que me reconozcas como Dios único y me ames, esto va a ser parte de ti." Y sigue: "Y diligentemente las enseñarás a tus hijos."
¿Cuándo comienza la crianza a ser efectiva? Cuando yo soy ejemplo, cuando estas cosas están en mi corazón y ahora yo las enseño diligentemente a mis hijos. Ese ejemplo es lo que le da fuerza a mi instrucción. Si yo estoy instruyendo a mis hijos de una manera que no coincide con lo que estoy viviendo, mis hijos se rebelan contra mi modelo. Entonces, Deuteronomio 6 es claro y dice: "Sé ejemplo de vida con tus hijos y en tu relación con Dios, enséñales diligentemente estas cosas."
Y fíjense lo que dice: "Y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano y serán por frontales entre tus ojos." ¿Cuándo les vas a enseñar a tus hijos diligentemente? Cuando estés en el camino, cuando estés en la casa, cuando estés acostado, cuando estés en todos lados. Como yo leo eso, como lo interpreto: tú tienes que estar presente en la vida de tus hijos tanto como sea posible.
Entonces, los tres principios que hay aquí para que nosotros instruyamos y entrenemos a nuestros hijos —como dice Efesios 6:4— son estos, hermanos: seamos ejemplo para ellos, instruyámoslos en la verdad de Dios y pasemos con ellos tanto tiempo como podamos. Cuando esas tres cosas se combinan, ahí yo estoy entrenando e instruyendo a mi hijo en el Señor. Y el resultado que esperamos es que nuestros hijos lleguen a amar a Dios. Entonces, hermano, meternos con nuestros hijos va a implicar que abracemos nuestra autoridad con determinación y con confianza. Meternos con nuestros hijos implica que esa autoridad sea benevolente y comprensiva. Y meternos con nuestros hijos implica que entendamos que mi autoridad no es para darme gloria a mí ni para hacer pequeños dioses de mis hijos, sino para conducirlos al Señor con mi ejemplo, con mi instrucción y con el mayor tiempo posible para ellos.
Dicho eso, yo quiero hacer dos reflexiones finales que me van a tomar un minuto cada una. Obviamente, cuando uno habla de este estándar, todos quedamos cortos al estándar bíblico de lo que es ser un padre o una madre. Entonces, si tú te has dado cuenta hoy de que no has hecho un buen papel, no te alarmes; ahí estamos la mayoría. Todos nos hemos equivocado en mayor o menor medida. Pero si tú te sientes con la conciencia de que le has fallado a tus hijos a través de los años —puede que esos hijos ya estén adultos incluso hoy—, hay una manera de resolver eso. No es invitándolos a comer, no es regalándoles un carro, ni dándoles la inicial para un apartamento, ni dándoles una muñeca, un juguete o una pelota. Un regalo material no sana una herida emocional. La única forma de hacer eso es que tú te acerques a tus hijos y les digas: "Yo he reflexionado acerca de lo que yo hice como papá y yo no me siento satisfecho con lo que hice. Yo les pido perdón y les pido que me den la oportunidad de hacerlo diferente." Eso, en cuanto a los padres que sienten que no han hecho bien su rol. Dios es un Dios de segunda oportunidad, ¿no?
Ninguno de los que estamos aquí hemos llegado. Yo mismo creo que de aquí a que mis hijos se vayan de la casa —porque eventualmente se van todos, eso se los digo ahora y después me van a entender—, yo voy a tener que pedirle perdón a mis hijos como unas 300 veces más, ¿ok? No les exagero. Eso es parte de la vida cristiana: reconocer nuestros errores sin importar quién yo sea. Hay que pedir perdón, hermano. Eso es sanador, eso es glorioso.
Ahora bien, si aquí hay hijos que no tuvieron un buen modelo de paternidad, cuyos padres abusaron de su autoridad, que los hirieron, que los maltrataron, que no fueron modelo de padre en lo absoluto, yo quiero exhortarte a ir a Dios y pedirle que te dé la fuerza emocional y espiritual para perdonar a tu papá y a tu mamá. No olvidarte de eso, porque no se olvida; eso no es así. No podemos borrar del disco duro de nuestra computadora lo que vivimos, pero sí decirle al Señor: "Esto no me siga doliendo. Yo lo reconozco como parte de mi pasado, Señor, y yo te lo entrego a ti." ¿Por qué y cómo voy a hacer eso? Porque tú vas a extender el mismo perdón que Dios te extendió a ti. Dios te perdonó; tú cometiste errores, pecados de diversas naturalezas y dimensiones, y Dios te perdonó. Perdona a quien haya pecado contra ti y déjaselo a Dios.
Dicho eso, es mi deseo que oremos ahora para cerrar, porque Dios sane nuestras relaciones —padres, madres e hijos—, ya sea que los padres hayan hecho un mal papel o que los hijos se hayan sentido maltratados por nosotros. Que pueda haber una sanidad en algunos de los que estamos aquí hoy.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.