Integridad y Sabiduria
Sermones

La misericordia de Jesús y mi necesidad

Miguel Núñez 16 febrero, 2014

Bartimeo estaba ciego, era mendigo y no tenía más que un manto viejo, pero veía con más claridad espiritual que los fariseos que perseguían a Jesús. Mientras ellos, con todos sus conocimientos, se alejaban del Maestro y buscaban condenarlo, este hombre sentado a la orilla del camino reconoció en Jesús al Hijo de David y clamó por misericordia. No tenía vergüenza de su necesidad ni de admitirla en público. Sabía quién podía ayudarlo y sabía cómo acercarse: no con demandas ni sintiéndose con derechos, sino pidiendo misericordia.

La multitud quería callarlo, pero Jesús quiso escucharlo. La multitud no tenía tiempo para él, pero Jesús hizo el tiempo. Iba camino a Jerusalén con días contados antes de la cruz, y aun así se detuvo completamente. Le hizo la misma pregunta que a Juan y Jacobo: ¿Qué deseas que haga por ti? Ellos pidieron posiciones de poder; Bartimeo solo pidió recobrar la vista. Su fe, depositada en la persona correcta y con las motivaciones correctas, fue reconocida por Dios.

La misericordia de Dios se manifiesta especialmente en circunstancias de dificultad. Vivimos en un mundo sumergido en dolor, fracturas y desesperanza, y si vamos a mostrar la imagen de Cristo debemos detenernos, escuchar historias, amar a los desvalidos y encontrar a las personas donde están, a la orilla del camino.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vivimos de malos para mi vida. Quiero invitarles ahora, entonces, a ir al libro de Marcos, capítulo 10, como ya habíamos mencionado anteriormente, y vamos a estar leyendo a partir del versículo 46 hasta el 52, que es el final del capítulo. Es un capítulo clave, porque cuando abramos el capítulo 11, en la próxima ocasión, Jesús estará entrando a Jerusalén para ser crucificado. Este es el último incidente, o evento, antes del domingo que tradicionalmente la iglesia ha llamado Domingo de Ramos. Cuando cerremos este encuentro que vamos a estar leyendo, Jesús logrará ya el domingo anterior a su crucifixión. Eso nos da una idea de cuán cerca está Jesús de su final.

En estas condiciones, entonces, es que Marcos nos narra este evento, comenzando en el versículo 46, que dice de esta manera hasta el final: "Entonces llegaron a Jericó, y cuando salió de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un mendigo ciego llamado Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. Y cuando oyó que era Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: 'Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí.' Y muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: 'Hijo de David, ten misericordia de mí.' Jesús se detuvo y dijo: 'Llamadle.' Llamaron al ciego, diciéndole: 'Anímate, levántate, que te llama.' Y arrojando su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús. Y dirigiéndose a él, Jesús le dijo: '¿Qué deseas que haga por ti?' Y el ciego le respondió: 'Rabuni, que recobre la vista.' Y Jesús le dijo: 'Vete, tu fe te ha sanado.' Y al instante recobró la vista y le seguía por el camino."

Dádnos, fe como esta. Y como la fe viene por el oír, y el oír por tu palabra, quiero pedirte que uses la predicación de este mensaje para cultivar fe en nosotros. Mira que creemos, pero cuánta ayuda aún necesitamos en nuestra incredulidad. Te somos honestos y te pedimos que ayudes la incredulidad de cada uno de tus hijos, manifestada en tantas maneras, en tantos momentos, en tantas formas de pensar y de actuar. Pero permite, Dios, que todo eso sea transformado por el poder de tu palabra y la acción de tu Espíritu en esta mañana. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

Bueno, tenemos varios mensajes en el capítulo 10 de Marcos. De hecho, este es el mensaje número 40 de esta serie. Y cada vez que tú lees un pasaje en Marcos 10, estás más cerca de la cruz. Este es el trayecto final —lo hemos venido diciendo, pero se los recuerdo—: es el trayecto final de Jesús hacia Jerusalén. En esta ocasión, Jesús llegó hasta Jericó. Quizás faltan ocho días para ser crucificado. No sabemos cuánto tiempo pasó en Jericó, pero probablemente no muchos: quizá un día, que sean dos. A lo sumo ocho o nueve días, y Cristo estará clavado en un madero.

Esto nos dice que la Pascua está muy cerca, y si la Pascua está muy cerca, hay mucha actividad, hay mucha circulación, hay mucha gente yendo y viniendo, sobre todo subiendo a Jerusalén. Y entre esos que están subiendo está Jesús, está la multitud que le acompaña; viene gente de todas partes del imperio, judíos que habían sido dispersados por diferentes ciudades.

No podemos olvidar parte de lo que comentamos la semana pasada, porque sirve de contraste un poco más adelante al ver la interacción de Jesús con Bartimeo, el ciego de la historia. En ese momento anterior vimos cómo Jesús tiene una conversación con Juan y Jacobo, y cómo ellos querían sentarse a la mano derecha y a la mano izquierda cuando Él viniera en su reino. Cristo comienza a instruirlos, no solamente a ellos, sino a todo el grupo de los discípulos, acerca de cómo ejercer el liderazgo, y cómo aquellos que quieren ser los primeros tienen que comenzar por el último lugar.

Y Jesús, entonces, en esa conversación que tiene con ellos, hace una afirmación que probablemente sea una de las afirmaciones más contracul­turales que Jesús jamás haya hecho a lo largo de su ministerio de enseñanza, y es cuando Él dice que ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir. Ni aun Dios, al encarnarse, pensó que el propósito de la encarnación era ser servido, sino que había venido a convertirse en siervo. Y como Pablo testifica en la carta a los Filipenses, capítulo 2, para eso vino: se convirtió en siervo y sirvió a los hombres.

Y entonces eso comenzó —si pudiéramos decir— un proceso de transformación de una cosmovisión de liderazgo que los discípulos habían tenido en sus mentes por cientos de años a lo largo de la historia. Se había acumulado ese legado: los primeros lugares son para las personas más importantes, los que ocupan los primeros lugares son los que mandan, los que ordenan a los demás el qué hacer. Y ahí está el deseo por la mano derecha, por la mano izquierda. Y Jesús les dice a ellos: si tú quieres ocupar el primer lugar, tienes que comenzar ocupando el último lugar; y si tú quieres realmente dar órdenes, tienes que comenzar por servir. Es la manera como es en el Reino de los cielos.

Inmediatamente después de ese encuentro, Jesús prosigue su caminata hacia Jerusalén. Y de ahí, entonces, el texto de hoy comienza con la palabra "entonces." ¿Entonces qué? Entonces, cuando Él terminó esa conversación, ese encuentro con ellos, de redirigir su mente, se dirigió y salió de Jericó. No nos dice qué tiempo pasó ahí; simplemente que llegó y salió. Y al salir de Jericó había una gran multitud que acompañaba a Jesús.

Jericó, al igual que Damasco, reclaman el hecho de ser de las pocas ciudades que han estado permanentemente habitadas desde la antigüedad. Nunca ha habido un momento, desde la antigüedad a esta parte, en que esa ciudad no tuviese habitantes. Y es una ciudad que en la época de Jesús tenía dos partes: una parte antigua o vieja, descuidada, y una parte moderna en ese momento, contemporánea, renovada, nueva —quizá sería una mejor expresión—, construida por Herodes el Grande. Fue ese Herodes el que quiso quitarle la vida a Jesús cuando apenas tenía uno o dos años. Era allí donde Herodes tenía su palacio de invierno, donde iba a descansar en esa estación. Era conocida por ser una región sumamente fértil, de muchas palmas; de ahí que el próximo evento es el Domingo de las Palmas, quizás cortadas en esta región antes de llegar a Jerusalén. Fértil, rica, hermosa, a poca distancia de Jerusalén, apenas quince millas. Para aquellos de nosotros que vivimos aquí en Santo Domingo, sería más o menos una distancia como de aquí al aeropuerto Las Américas.

Era una ciudad por donde pasaba una de las carreteras principales de aquella época, que corría de norte a sur. Esta era la última parada para aquellos viajeros que venían a Jerusalén desde Galilea, desde Arabia, Mesopotamia, Decápolis, Siria. De manera que era un pueblo importante en aquel momento, y allí estaba Jesús en esa ocasión; allí es donde tiene el encuentro con este ciego.

Como siempre, hay una gran multitud alrededor de Jesús. Jesús no se movía sin que las multitudes le siguieran, y ahora con más razón: la Pascua está próxima, la gente está subiendo a Jerusalén, hay cosas importantes que pasarían en Jerusalén toda la semana. Y Jesús viene por el camino, y en ese camino importante, por donde viene transitando mucha gente —era una carretera muy transitada, aunque peligrosa por los asaltos que ocurrían—. Y mientras yo reflexionaba sobre eso, decía: ciertamente no hay nada nuevo debajo del sol; los asaltos, hace dos mil años, en las carreteras. Pero la gente no tenía otra opción que circular por allí, y por tanto, a pesar del peligro, era muy transitada.

Y en aquella carretera, Jesús se va a encontrar con alguien que está a la orilla del camino. Posiblemente, porque en el medio no podía estar —era ciego—, buscaba un lugar más seguro. Nosotros vemos a los ciegos a la orilla de las calles muchas veces, pidiendo, tratando de evitar el peligro. Ahí está Bartimeo. No sabemos si Bartimeo tenía la esperanza de ver a Jesús, o si alguien ya le había anticipado que Jesús venía de camino. Pero ahí está él.

Es interesante, porque este milagro es el último milagro que Marcos va a relatar. Este nombre, Bartimeo, representa —o mejor dicho— este es el único hombre sanado de quien Marcos revela su nombre. Los demás eran anónimos: un ciego, un paralítico, un endemoniado. Pero este no; este es Bartimeo, tiene un nombre. Lucas y Mateo tienen un texto paralelo, pero no dan el nombre de Bartimeo. Marcos nos dice que significa "hijo de Timeo": Bar era en arameo "hijo," de manera que Bartimeo implica "hijo de Timeo." Marcos lo traduce porque está escribiendo, se supone, para una audiencia predominantemente romana, y entonces los términos arameos tiende a traducirlos; este es uno de esos términos arameos. Si estuviese escrito para los hebreos de la época, o para los judíos de la época, no habría necesidad de traducción.

Y ahora, entonces, Marcos nos está diciendo que Bartimeo, en algún momento, de alguna forma, se entera de que Jesús viene de camino, está cerca. Yo me lo imagino a la orilla del camino, ciego, sin saber exactamente a qué distancia está Jesús. Probablemente está oyendo la multitud: hay bulla y ruido de gente que viene. Y como no lo puede ver, él simplemente grita al aire y dice: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí." El título de Hijo de David pudo haberlo estado usando de manera genérica, porque en esa época todos los judíos, independientemente de la tribu de donde vinieran, podían referirse —y se referían con frecuencia— a ellos mismos como hijos de David. Pero pudo haberlo estado usando de manera más específica; quizás conocía algo de la identidad de Jesús, de su genealogía. No lo sabemos.

Quizás conocía algo acerca de la posibilidad de que este fuera el Mesías, porque este es un título altamente mesiánico: Hijo de David. Pero es algo que tú notas en Bartimeo cuando lees el texto y lo lees un par de veces. Hay algunas cosas en su vida que salen a relucir. Una de ellas es que él está consciente de su necesidad, está tan consciente que no tiene vergüenza de admitir esa necesidad y de admitirlo en público.

Pero Bartimeo no solamente está consciente de su necesidad, sino que está consciente de quién puede suplir esa necesidad. Él sabe a quién acudir para solicitar ayuda. Y aunque eso parece más o menos obvio y sin necesidad de explicación, a la hora de la aplicación yo creo que es importante recordarlo, porque es uno de nuestros problemas: frecuentemente ni siquiera tenemos claro cuál es nuestra verdadera necesidad. Nuestra ceguera espiritual con frecuencia no nos deja ver de qué es que verdaderamente tenemos necesidad, y muchas veces estamos clamando a Dios por cosas que son más bien deseos antes que necesidades. Otras veces tomamos los deseos y los convertimos en necesidades, y pedimos por los deseos, y Dios dice: "¿Y qué de tus verdaderas necesidades espirituales que aún siguen vacías?"

Yo creo que a veces a eso es a lo que se refería el Sermón del Monte cuando decía que buscáramos el Reino de Dios primero: ahí están nuestras necesidades, y el resto, todo lo demás, se va a dar por añadidura. Por lo menos alguna aplicación tienen esas palabras para esto que yo estoy tratando de describir aquí.

Entonces ahí está Bartimeo con una necesidad real. Quizás ha sido ciego por muchos años, quizás ha sido ciego de toda la vida, quizás nunca ha visto la forma que las cosas tienen a su alrededor. Él tiene una ceguera física real, pero parece tener menos ceguera espiritual que la física que tenía. Porque en su ceguera física no veía nada, pero en su ceguera espiritual ha reconocido en Jesús al Hijo de David.

Él no ha visto a Jesús resucitar muertos; su ceguera no se lo hubiera permitido. No ha visto a Jesús caminar sobre las aguas, tampoco estaba en la barca aquel día. No ha visto a Jesús multiplicar los panes, ni ha visto a Jesús sanar leprosos ni liberar endemoniados. De manera que lo único que él puede tener acerca de Jesús es un conocimiento que ha oído. Pero él ha creído lo que ha oído. Y creyendo lo que ha oído, viene y le dice: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí."

Él tiene unos ojos que no han visto nada de eso que yo he oído describir, pero tiene un corazón dispuesto a creer lo que ha oído acerca del personaje de Jesús. En cierta medida él tiene mucho menos evidencia que tú y yo, porque aunque estaba presente y vivo en aquella ocasión, los evangelios ni siquiera se habían escrito, mucho menos las cartas. Nosotros tenemos todo el Antiguo y todo el Nuevo Testamento; conocemos mucho de Jesús revelado por Él mismo y revelado por Su Padre. Y aquí está este hombre con poco conocimiento, pero ha dado cabida a las evidencias auditivas, por así decirlo, del momento.

Él tiene cierto conocimiento de la identidad de Jesús: Hijo de David. Y tiene nociones del carácter de Jesús, porque de lo contrario, si no hubiese tenido nada de conocimiento o confianza en ese carácter, no le hubiera gritado: "Ten misericordia de mí." Él tiene esa confianza en el carácter de Jesús, de quien conoce poco.

Pero hay algo más en la vida de Bartimeo que tú puedes ver y que ya salió a la luz: aquí hay una fe que está expresando. Y está expresando una fe porque de lo contrario no hubiera creído que este hombre podía sanarlo. La forma como él pide esto revela en gran parte la fe que tenía. No dice: "Si es verdad lo que yo he oído, que por casualidad tú has sanado a otro, yo no sé, Jesús, pero quizás, si es cierto, mira lo posible; bueno, si tú no puedes, por lo menos intentaste." No, nada de eso. "Ten misericordia de mí. Yo sé que tú puedes. Yo sé qué clase de corazón tú tienes. Y alguien en necesidad está aquí para pedirte. Yo sé algo de tu identidad, yo sé algo de tu carácter. Yo estoy ciego y no me puedo mover de aquí a menos que alguien me ayude, pero aun así yo sé que tú estás por aquí y por eso te estoy gritando: ten misericordia de mí."

Y Bartimeo sabe algo más: sabe cómo acercarse. "Ten misericordia de mí." Él no hace una demanda. Él no se cree con derecho. No piensa que porque Jesús ha sanado a otro ciego él tiene el derecho de recibir lo mismo. No se cree con derecho de que, porque era hebreo y por tanto de la raza hebrea, tiene derechos sobre otros. Si algo va a ocurrir, va a ocurrir por misericordia.

Hay algo más que él tiene: un espíritu distinto, distinto al de las multitudes. Este es un hombre que no se ha avergonzado; este es un hombre humilde para poder gritar así en medio de la multitud. La multitud era otra cosa. El espíritu de la multitud es diferente. Tú ves el espíritu de la multitud en el versículo 48: "Y muchos lo reprendían para que se callara." Esta no es una multitud con el mismo espíritu de querer que este hombre sea sanado y que Jesús ejerza misericordia. No; esta es una multitud legal, interesada probablemente en sus propias necesidades, interesada primero en ellos antes que en el ciego. Es una multitud a la que el desvalido, el ciego, el que no tiene posición, el que no tiene rango, el que no tiene nombre, no le interesa tanto.

El texto nos dice que lo reprendían, y podemos imaginar las frases que le dijeron: "Tú no te lo mereces. Por algo estás ciego. Es señal de que Dios no tiene misericordia de ti. Fíjate que a otros ha sanado y tú no eres nadie." Pero ciertamente esa forma de dirigirse a Bartimeo no es una forma humilde.

Y ese es uno de nuestros problemas. Nosotros con frecuencia expresamos más respeto hacia aquellas personas que tienen un nombre, una posición, cierta fama o cierto reconocimiento, que el respeto que expresamos por aquel que se nos acerca necesitado y quiere algo de nosotros. Y si hay algo que yo sé, que yo sé que yo sé, es que eso es condenable de parte de Dios. La razón por la que tú y yo necesitamos respetar a los demás es la imagen de Dios en cada ser humano. Cada ser humano es portador de esa imagen, y de eso habla Santiago en el capítulo 3: que con los labios con que alabamos a Dios son los mismos labios con los que hablamos despectiva y orgullosamente en contra de aquellos que son portadores de la imagen de Dios. Esa es la razón que Santiago da en ese contraste.

Y aquí está esa gente mandando a callar a Bartimeo. No es el dinero, no es su posición, no es su fama lo que le hace merecedor de respeto; es la imagen de Dios en él. Quizás la multitud se sentía avergonzada de Bartimeo, quizás tenían vergüenza ajena: esa vergüenza que muchas veces el otro ni está sintiendo, pero yo la tengo. Quizás pensando: "Si este hombre sigue gritando de esa manera, ¿qué pensará Jesús de nosotros?"

¿No has pensado alguna vez cuál es la causa de nuestra vergüenza? Si hay algo que Dios me ha enseñado a lo largo de mi caminar, es que la vergüenza es uno de los frutos del orgullo humano. La vergüenza es el orgullo que piensa demasiado en lo que el otro pensará de mí; es el miedo que tengo cuando pienso que el otro puede pensar algo negativo de mí. "El otro puede pensar que no sé, que no soy pulido, que no soy refinado. ¿Qué va a pensar? Me da vergüenza." La humildad tiene todo eso sin cuidado, porque toda esa preocupación está relacionada con mi reputación.

Bartimeo no tiene ningún problema con eso. La única reputación que él tiene es que es ciego y es mendigo; ese es su currículo vital. "Yo soy un ciego y soy un mendigo, a orilla de un camino, por donde viene una multitud que no me quiere considerar, que de hecho no me respeta y me manda a callar." Pero el texto dice que mientras más lo mandaban a callar, él más gritaba: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!"

Él estaba consciente de que la persona que venía por el camino era más importante y más sensible que la multitud del camino. Estaba consciente de que la persona que venía tenía el poder, tenía el derecho y tenía el carácter misericordioso para sanarlo. "Las multitudes quizás quieran callarme, pero Jesús no me va a callar." Él no tenía vergüenza; era consciente de su necesidad, sabía quién podía ayudarlo, y el corazón de Bartimeo no era el corazón de la multitud.

Está clamando, quizás sin saberlo, conforme a Jeremías 33:3: "Clama a Dios y yo te responderé." Esta frase la hemos leído, la hemos oído, la hemos escuchado en clases o en sermones: "Clama a Dios y yo te responderé." Pero frecuentemente estamos en la dificultad y no estamos clamando. Esa expresión de Jeremías 33:3 tiene, yo creo, dos observaciones que hacer. La primera realidad es que si yo clamo a Dios, Dios dice que Él me responderá. Bartimeo está haciendo eso, y Bartimeo iba a recibir respuesta.

Y la otra realidad de esa expresión es que frecuentemente yo no he recibido de Dios porque no he clamado a Dios. Jeremías dijo eso en el Antiguo Testamento; Santiago lo dice en el Nuevo Testamento de otra manera, pero lo dice en relación al mismo Dios. "No tenéis porque no pedís." Déjame juntar a Santiago y a Jeremías: no tenéis porque no clamáis. Y si clamáis, Dios te responderá.

Bartimeo conoce algo de eso. Él es el que está clamando. Ya vimos la respuesta de la multitud: "Cállate." La respuesta de Jesús, el versículo 49: "Y Jesús se detuvo y dijo: llamadle." En el lenguaje original dice que Jesús se tuvo completamente. En dominicano diríamos: Jesús se paró en seco. Es como si Jesús iba caminando rápidamente, oye a este hombre gritar "Hijo de David, ten misericordia de mí", y lo rápido que iba se detiene. Llámale. Hay que llamarlo porque él no está en medio del camino; está ciego, está en algún lugar cercano. El texto solamente nos dice dos veces que él dijo "Jesús, Hijo de David", pero indica que gritaba continuamente.

Yo me imagino que esta frase se convirtió casi en una letanía de forma repetitiva, y Jesús se detuvo completamente. La multitud quiere callarlo, Jesús quiere oírlo. La multitud quiere seguir caminando, Jesús quiere detenerse. La multitud no tiene ningún respeto. Piensa por un momento, entre tú y Dios, en el sentimiento interno en tu corazón hacia esa persona que está ahí pidiendo: ¿es un sentimiento de respeto? Piensa en eso por un momento.

La multitud no tiene respeto, la multitud no está interesada en él; Jesús sí está interesado. La multitud tiene una actitud completamente diferente; la multitud no tiene tiempo para este hombre. A Jesús no le sobraba el tiempo, pero Él hacía el tiempo. La manera en que Jesús se detuvo completamente e hizo el tiempo lo demuestra. Jesús va para una tarea más importante, que es su cruz. Jesús viene caminando, quizás a paso rápido; tiene que llegar, tiene una misión, tiene días contados, y cada uno de esos días tiene citas literalmente. Él tiene una unción de sus pies cinco o seis días antes de su crucifixión que todavía tiene que darse; tiene un encuentro, un encontronazo con los fariseos el martes o miércoles antes de ese viernes de la crucifixión; tiene una escena en un aposento alto que tiene que suceder. Pero con todo ese compromiso, Jesús hizo el tiempo.

¿Te das cuenta de la diferencia en la condición del corazón de las multitudes y la condición del corazón de Jesús? ¿A cuál de esos dos corazones nos parecemos más? ¿Con cuál de esos dos corazones nos identificamos más? Amados, no podemos seguir caminando todo el tiempo, no podemos seguir ignorando todo el tiempo, no podemos seguir ocupados todo el tiempo, desinteresados todo el tiempo. No podemos no hacer el tiempo, porque muchas de las interrupciones en nuestro camino no son interrupciones: son oportunidades en el libreto de redención del cual yo soy un actor.

Ahora lo interesante es que la multitud le estaba diciendo a este hombre: "¡Cállate!", y lo reprendieron. Jesús se detiene y de repente dice: "¡Llamadle!" ¡Escucha ahora a la multitud! Y llamaron al ciego diciendo: "¡Anímate, levántate, que te llama!" De "cállate" a "anímate." ¿Qué marcó la diferencia? ¿Qué cambió el ánimo de los que estaban alrededor? El corazón de Jesús, la actitud de Jesús. Eso nos dice a nosotros que también nosotros, con el Espíritu de Dios morando dentro, tenemos la capacidad de influenciar el ambiente, el ánimo, el clima, la temperatura de aquellos que están a nuestro alrededor.

Tenemos que hacer un alto en nuestras vidas y dejar de ser termómetros que registran la temperatura, para pasar a ser termostatos que cambian la temperatura. Eso es lo que Jesús ha hecho. "Llamadle, no lo reprendan más. ¡Anímate, levántate, te está llamando!" No hay mucha gente aquí que vea a Jesús llamando tan directamente, pero algo ven. Yo me imagino a Bartimeo: lo último que él podía pensar es que Jesús iba a llamarlo de esa manera.

Y la reacción de Bartimeo, que no puede creer lo que estaba escuchando, la demuestra el texto. Dice el versículo 50 que, arrojando su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús. Me imagino que no tenía más que un manto, pero alegremente tiró lo único que tenía. ¿Qué importa el manto, trapo viejo? Ya, yo voy a Jesús. Jesús me llama. Y quizás eso nos sirva de ilustración. Cuando vas a Jesús, la mejor forma de ir es con las manos vacías. Como dice esa canción: "Con las manos vacías vengo a ti, no tengo nada que darte." Bartimeo no tiene nada que darle a Jesús, pero Jesús tiene algo que darle a él. Y lo único que tenía lo arrojó.

Y de un salto salió corriendo: está contento, está animado. Nosotros debiéramos vivir, por así decirlo, brincando también, contentos y animados, porque Jesús en algún momento de nuestro caminar nos llamó y nos hizo parte de su familia. Debiéramos vivir, por lo menos internamente, dando saltos de alegría. Este hombre viene a Jesús y comienza a tener una conversación con Él. Viene dando saltos, pero alguien tiene que estar guiándolo, porque es un ciego. No puede uno andar llevándose gente por el camino. Jesús está allá llamándolo, él comienza a dar saltos, y alguien tiene que tenerlo de la mano para que pueda llegar hasta allá. Y esa persona, o esas personas, que lo están guiando lo llevan hasta Jesús.

Bueno, esa es una de nuestras funciones. Una de nuestras responsabilidades es llevar gente a Jesús: a veces hijos, a veces cónyuges, a veces amigos, a veces desconocidos. Pero no nos atrevemos; nos da vergüenza. Si conociéramos a un ministro de Estado nos daría mucho gusto: "Te voy a llevar donde el ministro de salud pública, somos muy buenos amigos." Pero llevar gente a Jesús nos da vergüenza.

Andrés no tenía ese problema. Andrés conoció a Jesús y lo primero que hizo fue buscar a su hermano Pedro y decirle: "Te voy a enseñar a alguien que yo conocí", y le presentó a Jesús. Andrés no tenía ese problema. Un día no había pan, había que comer, y Andrés dice: "Hay un muchacho que tiene dos peces y cinco panes. Vamos donde Jesús", y fue y lo llevó. Andrés no tenía ese problema. En otra ocasión, unos griegos andaban buscando a Jesús; se encontraron con Felipe, y Felipe fue y se lo dijo a Andrés, y Andrés fue y los llevó a Jesús. Andrés era el mensajero.

Una pregunta: ¿has llevado a alguien a Jesús? Y si lo has hecho, ¿cuándo fue la última vez? "Bueno, pastor, uno no puede obligar a la gente a ir a Jesús." No, está bien. Te cambio la pregunta: ¿has tratado de llevar a alguien a Jesús? "Es que yo no sé cómo hacerlo." ¿Has llevado a alguien al médico? ¿Supiste cómo hacerlo? No, pero preguntaste: dónde estaba el consultorio, cuál era el número de teléfono. No lo sabías, pero te buscaste la manera, supiste, y fuiste y llevaste a tu hijo, a tu hija, a un amigo, a una amiga. La operación de llevarlo al médico no está tan lejos de llevar gente a Jesús. ¿Y si necesitamos eso?

Alguien está llevando a Bartimeo a Jesús mientras él sigue dando brincos. Ahora, escuchen la pregunta que Jesús le hace, versículo 51: "¿Qué deseas que haga por ti?" Esa es exactamente la misma pregunta que Jesús le hace a Juan y a Jacobo, pero en plural: "¿Qué queréis que haga por vosotros?" Y a Bartimeo, en singular: "¿Qué deseas que haga por ti?" Juan y Jacobo pidieron mucho más: la mano derecha y la mano izquierda en el reino de gloria y poder. Bartimeo, en cambio: "¿Qué tú quieres que yo haga por ti?" "Maestro, que recobre la vista. Nada más."

Juan y Jacobo clamaron y no recibieron. ¿Sabes por qué? Por lo que dice mi amigo Santiago: "No tenéis porque no pedís, pero cuando pedís, pedís con malas motivaciones." O no pedís, o pedís mal. Juan y Jacobo pidieron, pero mal: mano derecha y mano izquierda. Si quieres la derecha y la izquierda, comienza por atrás. "¿Y tú, qué quieres que haga por ti?" Escucha: "Raboní, que recobre la vista."

Raboní en hebreo significa "maestro", pero era un término que, de acuerdo con lo consultado, la gente no usaba para referirse a personas humanas. Usualmente a los rabinos no les decían Raboní; era un título de maestro prácticamente reservado para referirse a Dios en oración. Bartimeo sabe algo acerca de este Jesús. Es el mismo título que María Magdalena usa para referirse a Jesús el domingo de la resurrección, cuando Jesús le aparece y ella le dice: "Raboní." Bartimeo está usando ese mismo título, y está viendo mucho más que los fariseos.

Los fariseos son los responsables de que Jesús vaya, humanamente hablando, camino a Jerusalén ahora. Lo están persiguiendo, lo están acorralando, han ido acusando, han ido levantando y construyendo una calumnia. Bartimeo se acerca a Jesús; los fariseos se alejaban de Jesús. Bartimeo está ciego físicamente, pero espiritualmente ve más que los fariseos: él se acerca, ellos se alejan. Bartimeo reconoce a Jesús como Hijo de David; algunos de los fariseos pensaban que Jesús tenía un demonio y que ejercía milagros por el poder de Belcebú. Bartimeo viene a Jesús y le llama Raboní; los fariseos no le llamaban ni rabino.

Para Bartimeo, Jesús era una fuente de misericordia; para los fariseos, Jesús era una fuente de discordia. Bartimeo quiere honrar a Jesús; los fariseos quieren condenarlo y clavarlo. Los fariseos decían tener vista; Bartimeo decía que estaba ciego. Los que tenían vista no veían, y el ciego veía más que ellos. Se cumplen las palabras de Jesús cuando dijo que Él vino para que los que no tenían vista vieran, y los que veían no vieran.

"Yo vine para que los que no tienen vista recobren la vista y los que ven queden ciegos." Nada que Bartimeo tiene mayor visión espiritual que los fariseos. "¿Qué quieres que haga por ti?" Subió ese ciego la ocasión perfecta para decirle: "Jesús, mira que recobro la vista y como yo he sido tan desamparado por tantos años, como yo he tenido tan pocos privilegios, como yo he mendigado todos estos años, después que recobre la vista, ¿qué te parece? Si tú además de la vista me das esto y esto, y yo me recompenso por los años perdidos." No, la vista. De hecho, Bartimeo quiere dos cosas. Yo quiero dos cosas de Jesús, ¿cuáles son? Misericordia y vista. No quiero más nada. Ten misericordia de mí y dame la vista.

¿Dijo Jesús: "Bartimeo, eso no es tan fácil así como tú piensas, ¿no? Hay que requiere mucho más conocimiento teológico, te requiere sacrificios de parte tuya"? No. Jesús le dice: "Vete, tu fe te ha sanado", y al instante recobró la vista y le seguía por el camino. Tu fe te ha sanado. Escúchalo otra vez: tu fe te ha sanado, tu fe te ha sanado. ¿Qué quiere decir esa frase? ¿Qué la fe tiene poder? No. ¿Qué quiere decir esa frase? ¿Que si tengo fe puedo conseguir lo que yo quiera, como dicen los predicadores del evangelio de la prosperidad? No. ¿Qué la fe es una fuerza que yo la activo cuando creo, como dicen aquellos que siguen el programa de lo irresistible? No.

Ahora déjame comenzar a explicarte lo que sí significa la frase "tu fe te ha sanado". Número uno: significa que la fe depositada en Jesús es la única fe reconocida por Dios. Los judíos tenían fe en su judaísmo y estaban condenados. Los discípulos de religiones extrañas tienen fe en su religión y terminan en la condenación. Los hechiceros tienen fe en sus rituales, en mal de ojo y todo lo demás, y terminan condenados. Significa, en primer lugar, que la fe puesta en la persona de Jesús es la única fe que Dios está dispuesto a reconocer.

"Tu fe te ha sanado" significa que hombres de poca fe son hombres de pocos resultados. Si no me crees, escucha Mateo 13:58: "Y no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos." Hizo algunos milagros, pero no hizo muchos. Y no hizo mucho por su incredulidad. No dice que no hizo mucho porque soberanamente Él determinó que no lo iba a hacer. Ciertamente, soberanamente Él determinó eso, pero cuando evaluó el corazón de los hombres dijo: "En cuanto de ellos depende, la causa de mis pocos milagros aquí es la incredulidad de ellos." De manera que "tu fe te ha sanado" implica que hombres de poca fe son hombres de pocos resultados.

¿Qué es lo que pasa con aquel endemoniado que los discípulos tratan de liberar y no lo pueden liberar, y se lo traen a Jesús? Cuando se lo traen a Jesús, Jesús les dice: "¡Oh, generación adúltera e incrédula!" Otra vez acusando su falta de fe. ¿Qué es lo que ha pasado, Jesús? "¡Oh, generación adúltera e incrédula!" Ese es el problema. Por eso no ha resultado.

La frase "vete, tu fe te ha sanado" significa algo más, y es que de alguna manera, en la economía de Dios, de una manera que no entendemos, mi fe interactúa con la voluntad soberana de Dios, donde su soberanía siempre prevalece. Ciertamente su soberanía siempre prevalece, pero de alguna forma mi fe interactúa con su soberanía de tal manera que mi fe juega un rol. De ahí que en parte Santiago dice: "¿Por qué no pedís? Y si pido, ya voy a tener." No, no, no es así. "No tenéis porque no pedís; cuando pedís, pedís con falsas motivaciones", de manera que la fe que está depositando en Cristo al pedir no tiene las características necesarias para que reciba, porque tienen motivaciones erradas.

La frase "vete, tu fe te ha sanado", en el contexto de la historia de hoy, implica que cuando me acerco a Jesús con una fe genuina, esa fe conoce la base sobre la cual va a recibir. ¿Cuál es la base? Misericordia. "Ten misericordia de mí." Si hay algo que sale a relucir a lo largo de la historia bíblica son los atributos de Dios. Nosotros estamos regrabando la clase del Instituto en estos días; me ha tocado regrabar la clase del Antiguo Testamento, y en la clase número uno una de las cosas que decía es que, a pesar de todas las acusaciones que se hacen contra Dios acerca de su carácter en el Antiguo Testamento, si hay algo que queda claro es el carácter benevolente de Dios para con los pecadores.

Hasta el punto en que cuando Dios se le aparece a Moisés para darle los diez mandamientos, cuando le habla de que honra padre y madre porque Yo castigo, visito la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación, ahí mismo le recuerda: "Y tengo misericordia de millares de aquellos que me aman y guardan mis mandamientos." Y Bartimeo está pidiendo por misericordia. La historia bíblica no es más que la historia de un Dios caminando en una relación de pacto con su pueblo, y en esa historia Dios pone de manifiesto sus atributos. Y este milagro no hace más que eso: hay una relación de pacto con un pueblo, Dios camina con él, y Dios pone de manifiesto su misericordia en la vida de Bartimeo en este momento, en este día en particular.

La misericordia de Dios es un atributo relacionado a su gracia, y su gracia nos recuerda que aquello que yo recibo lo recibo sin merecerlo. Y si hay algo que sabemos también es que en la Biblia la misericordia de Dios se pone de manifiesto especialmente —siempre está presente— pero se pone de manifiesto principalmente en las circunstancias de dificultad. Escucha las palabras de David registradas en el segundo libro de Samuel 24:14: "Estoy muy angustiado." Ahí está David en angustia, en dificultad: "Te ruego que nos dejes caer en manos del Señor, porque grandes son sus misericordias, pero no caiga yo en manos del hombre." No en manos del hombre, no. Prefiero tres meses en la mano del Señor y no tres días en la mano del hombre, porque grandes son las misericordias del Señor. Eso es Antiguo Testamento, no Nuevo. Pablo llama a Dios en la segunda carta a los Corintios 1:3 "Padre de misericordias", en plural, "y Dios de toda consolación." Él me consuela a través de su misericordia, y a ese es que Bartimeo está clamando.

La misericordia de Dios tiene que ver con su gracia, que permite que yo reciba bendiciones sin merecerlo. La misericordia de Dios tiene que ver con su paciencia, que hace a Dios lento para la ira. La misericordia de Dios tiene que ver con su perdón, que no me estruja en la cara otra vez lo que Él ya ha perdonado. La misericordia de Dios tiene que ver con todo lo que Él es.

En el caso de Jesús, entonces, tú lo ves en los evangelios movido a misericordia, como lo ves en este texto de Bartimeo, especialmente en condiciones de dificultad: alguien viene con una enfermedad, alguien que tiene doce años sangrando y nadie lo ha podido socorrer, o alguien que tiene un hijo en dominio y nadie lo ha podido liberar, o alguien que tiene lepra y nadie se le puede acercar. Y tú ves a Jesús, incluso viendo las multitudes: "Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, cuando las vio como ovejas sin pastor." Y si tú y yo vamos a mostrar al mundo la imagen de Jesús, tú y yo tenemos que mostrar al mundo la misericordia de Cristo. Y si vamos a mostrar la misericordia de Cristo, vamos a tener que hacer mucho más de lo que estamos haciendo.

En primer lugar, tenemos que detenernos a escuchar las historias de las personas. Vivimos en un mundo sumergido en dolor, en fracturas de diferente índole, sumergido en sufrimiento, sumergido en desesperanza, sumergido en experiencias que tú jamás podrías imaginarte. Niñas abusadas a una edad que tú nunca te hubieses imaginado, por sus padres, por sus tíos, por sus vecinos, abusadas física y verbalmente, abandonadas por sus padres. Vivimos en un mundo de gente sin padres, sin madres. Tenemos que ir y encontrar a las personas donde ellos están, a orilla del camino, e invitarlos a entrar a tu vida. Acercarnos va a costar esfuerzo. A Jesús le costó la vida; que no cueste esfuerzo sería una manera de deshonrar la vida que Él dio por nosotros.

Si tú y yo vamos a mostrar la imagen de Cristo al mundo, tú y yo tenemos que aprender a amar a las multitudes. Cuando Jesús las veía, tenía compasión de ellas, y las ciudades están llenas de multitudes. Tenemos que amar al individuo, no hay duda de eso, pero muchas veces amamos a los individuos que son cuatro o cinco y las multitudes no nos interesan. Jesús no fue de esa manera. Si vamos a mostrar la imagen de Jesús, tenemos que amar a los desvalidos. Y esa frase la estoy usando ampliamente: no solamente desvalidos físicamente como un Bartimeo; hay mucha gente desvalida emocionalmente, torcida desde su niñez, por donde tú ni yo nunca pasamos.

Bartimeo recibió misericordia ese día, y la manera como la recibió fue recobrando la vista, porque Jesús se detuvo, le escuchó, le preguntó, hizo tiempo y le sanó. Y el texto dice entonces que Bartimeo le seguía: se convirtió rápidamente en un discípulo de Jesús. No todo el mundo que recibió de Jesús se convirtió en uno de sus discípulos; de los diez leprosos que sanó, quizás uno. Y quizás mucha gente ha recibido de Jesús, aun aquí en esta mañana, y no necesariamente es un verdadero discípulo entregado incondicionalmente a su causa.

Yo no sé dónde tú estás, pero es posible que entre nosotros haya Bartimeos, no en el sentido literal de la ceguera física, ni siquiera en el sentido de la ceguera espiritual —que es posible—, pero estoy ampliando. Bartimeo en el sentido de que entre nosotros quizás hay personas con circunstancias como las de Bartimeo, que solamente Dios en su misericordia podría tocar y sanar: desde una enfermedad, hasta una situación personal, hasta una situación relacional. Pero en multitudes como estas siempre hay más de uno. No estoy hablando de alguien que tiene una cirugía de vesícula esta semana.

No me estoy refiriendo a alguien como Bartimeo; solamente Dios puede hacer eso. Si tú estás ahí, yo quiero hacer algo especial, yo quiero pedirte. Piensa bien: si tú estás ahí, quizás algo que ocurrió en tu pasado tiene tus emociones de una manera que no te permiten funcionar adecuadamente hoy. Si Dios te ha hablado y te ha ido moviendo a lo largo de todo el mensaje, y ahora tú estás en disposición de poder decir: "Ten misericordia de mí", —y tú llena el espacio en blanco— yo te voy a pedir que vengas ya adelante y simplemente te pares aquí o te arrodilles, porque quiero orar por ti.

Me interesa que hagamos eso. Que el grupo de adoración vaya posicionándose para orar por mí, por nosotros. Nosotros podemos orar por eso, ¿no es así? Estamos bajando las luces, no para proteger la privacidad de nadie; no vamos a tener vergüenza. Estamos bajando las luces para orar, para orar por aquello que se necesita.

---

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduría.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos.

Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduría.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.