Integridad y Sabiduria
Sermones

La misericordia y la verdad: dos caras de una misma moneda

Pepe Mendoza 17 febrero, 2013

El 4 de febrero del año 362, el emperador Julián promulgó un edicto que pretendía erradicar el cristianismo no mediante la persecución violenta, sino arrinconando a los creyentes y reviviendo el paganismo. Sus planes murieron con él apenas un año después, pero la pregunta permanece: ¿cómo sobrevivió y transformó la sociedad una fe nacida en medio de una cultura sin compasión? Roma era un mundo donde los enfermos eran abandonados en las calles, los niños no deseados arrojados al río Tíber, y la misericordia era considerada un defecto de carácter. Los filósofos enseñaban que responder al llanto de los que no merecen ayuda era señal de inmadurez. Sin embargo, los cristianos cuidaban no solo a sus pobres sino también a los paganos, y morían contagiados por atender a los enfermos que otros abandonaban.

La respuesta está en el carácter del Dios que adoraban. En Éxodo 34, cuando el Señor se revela a Moisés, no solo entrega mandamientos sino que abre su corazón: es compasivo, clemente, lento para la ira, abundante en misericordia y verdad. Estos dos últimos atributos aparecen siempre unidos en las Escrituras, como dos caras de una misma moneda. La misericordia permite que Dios se acerque a nuestra miseria; la verdad provee el plan que nos transforma y libera. Separar estos elementos distorsiona el evangelio: misericordia sin verdad engríe y deja a las personas atrapadas en ciclos de caída; verdad sin misericordia produce legalismo frío que nunca se acerca al necesitado.

Proverbios 3 exhorta a atar la misericordia y la verdad al cuello y escribirlas en el corazón. En tiempos donde la sociedad vuelve a oponerse a los valores cristianos, el testimonio que transforma sigue siendo el mismo: vidas que reflejan la compasión de Dios junto con su verdad salvadora.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Protegidos en su Palabra. Vamos entonces, hermanos, a prepararnos, sentarnos y acomodarnos para compartir la Palabra de Dios. Como estoy completamente seguro, ustedes están con su Biblia al lado y también sus lápices y sus cuadernos listos para tomar nota de este tiempo especial en que vamos a compartir la Palabra del Señor.

El tema de hoy es la misericordia y la verdad, dos conceptos unidos que son las dos caras de una misma moneda. De eso estaremos hablando en esta tarde, y espero en el Señor que Él nos dirija, nos guarde, nos bendiga y nos lleve al conocimiento de su verdad. Pero permítanme introducir el tema de otra manera, no solamente explicando los conceptos, sino preparándonos para aquello que vamos a estar conversando.

Hace 13 días, para ser más exacto, el 4 de febrero, ocurrió un suceso que hubiera podido alterar las bases mismas del cristianismo. Hace 13 días, el 4 de febrero, un suceso que hubiera podido erradicar el cristianismo de la faz de la historia y de la faz de la tierra. Yo no sé si ustedes están tratando de pensar qué sucedió el 4 de febrero o a qué nos estamos refiriendo; seguramente en su mente aparecen algún tipo de ideas, pero ese 4 de febrero no está muy cercano a nosotros. En realidad, lo que sucedió y de lo que les voy a hablar ahora sucedió el 4 de febrero del año 362 después de Cristo, hace exactamente 1.651 años, para ser exacto.

¿Pero qué sucedió en ese momento? El emperador Juliano, el emperador romano Juliano, más conocido como Juliano el Apóstata, promulgó un edicto que se llamó el Edicto de Libertad Religiosa para el Imperio Romano. La intención de este edicto, que suena tan interesante, fue, en realidad, poder de una vez por todas acabar con el cristianismo. Juliano se había dado cuenta de que las persecuciones y el acabar con los cristianos, con la vida de los cristianos, no estaba trayendo los resultados esperados. Mientras más cristianos eliminaban, más se multiplicaban, y ellos ya estaban en todos los niveles de la sociedad y se estaban produciendo grandes cambios a lo largo de todo el Imperio Romano.

Por lo tanto, él tomó la siguiente decisión: vamos a traer de vuelta el vigor y el esplendor de la religión pagana, de las religiones paganas que ahora están desapareciendo. A través de diferentes edictos, relanzó el paganismo, volvió a abrir algunos templos paganos que estaban cerrados y decretó, a través de diferentes ordenanzas, que los cristianos ya no tuvieran un lugar de importancia en los diferentes niveles de la sociedad que estaban ocupando hasta ese momento. Por ejemplo, uno de los edictos tenía que ver con los profesores: todos aquellos que se estaban dedicando a la enseñanza, a partir de ese momento, tenían que ser autorizados por el emperador. Y si los profesores eran cristianos, entonces se les negaba enseñar con los libros clásicos de literatura. El edicto decía específicamente: "Si ellos quieren aprender literatura, ellos tienen a Lucas y a Marcos; que vuelvan a sus iglesias y que los expongan allí." La idea era arrinconar a los cristianos y alejarlos de la oportunidad de poder compartir con el mundo de su tiempo.

Él no solamente promovió la reapertura de los templos paganos, sino que también promovió el retorno de los líderes cristianos expulsados por el eje, para que volvieran a Roma e, impulsados por el emperador, empezaran a enseñar sus falsas doctrinas. No solamente planeó esto, sino que dijo: "Si yo trabajo con los judíos, entonces puedo acabar con los cristianos." Uno de sus planes fue reconstruir el templo de Jerusalén, cosa que no pudo conseguir porque no le alcanzó el tiempo. Juliano muere en el año 363 después de Cristo, después de ser herido de muerte en una batalla, y por lo tanto todos sus planes de acabar con el cristianismo acabaron cuando el Señor acabó con su propia vida. El siguiente emperador, Joviano, un cristiano que gobernó solamente por ocho meses, anuló todos los decretos de Juliano.

Ahora, ¿por qué les cuento esta historia? No solamente porque la fecha es cercana, sino también porque nosotros en nuestro tiempo estamos viviendo una especie de julianismo, una especie de julianismo que tiene que ver con un ataque al cristianismo desde sus propias bases. Nosotros estamos viendo que el mundo tiene una actitud cada vez más beligerante y contraria a los cristianos. Al parecer, la sociedad contemporánea se ha puesto en pie de guerra contra los valores cristianos que se han establecido a lo largo de los últimos dos mil años. Esa transformación que el cristianismo logró a través de su influencia, como sal y luz en medio de la sociedad, se está combatiendo en el día de hoy, y nosotros tenemos que estar apercibidos de esa realidad.

Pero la pregunta es: ¿nosotros quisiéramos y estaríamos dispuestos a volver a la sociedad que era antes de que el cristianismo impactara e influenciara la cultura y el mundo antiguo? Yo quisiera poner simplemente algunos ejemplos de lo que el cristianismo consiguió desde su presencia en el mundo occidental. La vida sin Cristo en Occidente, especialmente en el Imperio Romano, era en general difícil, peligrosa, dolorosa y violenta. A diferencia de la aristocracia, la gran mayoría de la población vivía en tugurios hacinados y precarios, con pésimas condiciones higiénicas. La gran mayoría de la población padecía algún tipo de enfermedad que no podía vencer, enfermedades que producían dolor, que dejaban marcas o secuelas, o que los habían dejado con alguna discapacidad. Las enfermedades contagiosas eran imposibles de tratar y de controlar, por lo que la decisión de mucha gente era abandonar a sus parientes enfermos en la calle, donde muchos de ellos morían en medio de la basura, abandonados por aquellos que se suponía que más los amaban.

En el Imperio Romano antes de Cristo, la asistencia, la ayuda social y la posibilidad de poder ayudarnos unos a otros era absolutamente inexistente. La solidaridad no existía. La vida humana era insignificante en todos los niveles, no solamente en los niveles más bajos de la sociedad, sino también en los niveles más altos. Solamente para mostrarles un ejemplo: de los 76 emperadores desde Augusto hasta Constantino, solo 19 murieron de muerte natural. El resto murió en batalla, asesinado, o se quitaron su propia vida.

Y hablando de que los enfermos y los más necesitados eran abandonados a su propia suerte, las mujeres eran menos apreciadas, y el aborto, el infanticidio y el abandono infantil eran prácticas comunes, aceptadas y hasta promovidas de manera oficial. Por ejemplo, se han guardado documentos en los que una de las mayores quejas de los pescadores del río Tíber, que era el río a orillas de Roma, era que cada vez que sacaban las redes con los peces, entre las redes estaban enredadas criaturas, niños pequeños, que habían sido ahogados por sus padres. En la ciudad de Roma había, de manera oficial, una columna que se llamaba la columna lactaria: era la columna donde los padres abandonaban a sus pequeños, los abandonaban a su propia suerte. Algunos eran recogidos, pero la gran mayoría era recogida para ser esclavizada o prostituida.

El padre de familia tenía la potestad de elegir si su hijo vivía o no, sin importar la salud del pequeño. Se han guardado documentos y cartas de tiempos antiguos; por ejemplo, la carta de un hombre que estaba de viaje y recibe la información de que su mujer está embarazada. Él escribe de vuelta una carta muy amorosa y le dice: "¿Cómo te voy a negar que te amo, y más aún sabiendo que estás embarazada? Si es un niño, quédatelo; si es niña, tírala. Yo nunca te voy a dejar." ¿Es ese el tipo de decisiones de esa sociedad?

Nosotros hemos oído y hemos visto mucho acerca de los gladiadores. Cada año morían en los circos romanos cerca de 8.000 hombres en esas peleas violentas que eran observadas como una clase de entretenimiento. Muchos de esos hombres eran esclavos producto de haber sido derrotados en batallas en donde el Imperio Romano venció a ejércitos extranjeros. Nunca llegaban a los 25 años, porque la mayoría moría entre los 18 y los 25 años, y un gladiador no llegaba a pelear más de diez peleas antes de sucumbir.

Esa era el tipo de cultura y sociedad a la que el cristianismo se introdujo. No solamente observamos a través de estos detalles sangrientos que la cultura y el entretenimiento estaban bañados de sangre, sino que la cultura reforzaba la ausencia de culpa, ensalzándola al enaltecer la supervivencia de los abandonados. Ustedes deben saber la historia de Rómulo y Remo, los fundadores mitológicos de la ciudad de Roma. Rómulo y Remo fueron abandonados por sus padres y criados, amamantados por una loba, ¿verdad? Pero lo que no conocemos del resto de la historia es que Remo fue asesinado por su hermano Rómulo cuando no se pusieron de acuerdo en dónde iban a fundar la famosa ciudad que más tarde se llamaría Roma.

Todos nosotros conocemos seguramente, dentro de la ficción griega, la historia de Edipo, que fue abandonado por su padre, el rey Layo, y fue adoptado por los reyes de Corinto, para luego convertirse en la desgracia de tener una relación incestuosa con su propia madre. No solamente esto circula alrededor de la cultura, sino que la cultura es la representación de lo que el hombre está sintiendo. Y yo creo que nosotros no vivimos ajenos a esa realidad.

Desde el punto de vista mitológico y religioso, por ejemplo, el dios Poseidón fue tragado por su padre Crono, que quiso acabar con él, pero vino su hermano Zeus, quien lo rescata de las manos de su propio padre. Ese es el clima de violencia cultural, religiosa y social en la que el cristianismo se desenvolvió: una Roma en donde entre el 25 y el 40% de la población era esclava, personas que no existían legalmente, que no tenían derechos, que no tenían ni siquiera nombre. Había esclavos que nunca llegaron a tener un nombre porque se les reconocía —¿saben con qué nombre?

Yo les voy a decir el nombre y ustedes van a decir: "No puede ser." Se les reconocía como reces. Un esclavo era una reza. Lo que para nosotros es el ganado, en ese tiempo eran los esclavos. Tanto así que Varrón, un académico romano, decía que los esclavos eran implementos agrícolas parlantes. La cultura romana no favorecía la compasión. Plauto, un famoso escritor romano, decía: "No le haces ningún servicio a un mendigo dándole comida o bebida. Pierdes lo que le das y le prolongas la vida para que se alargue su miseria." Una sociedad sin compasión.

Rodney Stark, que es un famoso historiador que se ha encargado de estudiar el desarrollo del cristianismo desde un punto de vista social, dice en uno de sus libros que la misericordia en el Imperio Romano era considerada como un defecto de carácter y la compasión como una emoción enfermiza. Debido a que la misericordia involucra el proveer ayuda inmerecida o socorro, se le consideraba como contraria a la justicia, la justicia en el sentido de aquello que mereces. Los filósofos clásicos enseñaban —y abramos comillas para escuchar a los filósofos— que "la misericordia de hecho no es gobernada por ningún tipo de razón, y por lo tanto los humanos deben aprender a frenar ese impulso. El llanto de los que no merecen misericordia no debe ser respondido. La lástima es un defecto del carácter, indigno de los sabios y excusable solo en aquellos que no han madurado lo suficiente." Un mundo sin misericordia, un mundo sin compasión.

Sin embargo, el cristianismo produjo un cambio significativo en la sociedad que fue muy condenado por la cultura imperial. El mismo emperador Juliano escribió en uno de sus edictos hablando acerca de la generosidad y la caridad de los cristianos: "Estos impíos galileos —hablando de los cristianos— no solo alimentan a sus propios pobres, sino que también a los nuestros, dándoles la bienvenida en sus ágapes. Ellos los atraen como se atrae a los niños con un dulce."

La pregunta que yo les hago, y la pregunta que yo me hago, es: ¿de dónde surge un concepto de misericordia en medio de una sociedad cruel que desconoce el significado de la compasión y la solidaridad? ¿Cómo es que los primeros cristianos modelan un carácter compasivo en medio de una sociedad que se negaba y se oponía a esos modelos? Yo creo que es una respuesta que nosotros debemos darnos también en nuestro tiempo, porque nosotros vivimos también en una sociedad cruel, cada vez más carente de compasión y solidaridad, una sociedad en donde el individualismo, la arrogancia y mis propios intereses hacen que yo no mire a nadie más que a mí mismo.

¿Dónde encontramos esa respuesta? La respuesta es muy sencilla: la encontramos en el hecho de que los cristianos tenían un Dios diferente, un Dios que modela su carácter, un Dios que se da a conocer y se muestra de tal manera en medio de las vidas que han sido expuestas a ese Señor, que hace que ellos, sin importar lo que la cultura señale, vivan de una manera distinta.

A pesar de todo lo que hemos dicho, la civilización romana era una civilización muy religiosa y podríamos llamarla incluso supersticiosa. En la ciudad de Roma solamente había 41 grandes e inmensos templos a dioses mayores, y había una infinidad de capillas para dioses menores. Sin embargo, los dioses no eran cercanos ni eran compasivos. Por el contrario, aumentaban el terror de sus seguidores porque carecían de amor o solidaridad, y eran sumamente temperamentales, amorales y violentos. Sus dioses simplemente eran el reflejo de su cultura.

El Dios judeocristiano es único, santo, tres veces santo, que se da a conocer por encima de la realidad en la que nosotros vivimos. Por eso es que en Éxodo capítulo 34 —abramos nuestras Biblias, o encendamos nuestras Biblias para algunos— en Éxodo capítulo 34, nosotros nos encontramos con un momento significativo y con un tema muy preciso. Yo quiero tomar dos palabras para desarrollar la idea que quiero compartir con ustedes esta tarde.

En Éxodo 34:1 dice: "Y el Señor dijo a Moisés: 'Lábrate dos tablas de piedra como las anteriores, y yo escribiré sobre las tablas las palabras que estaban en las primeras tablas que tú quebraste. Prepárate pues para la mañana, y sube de mañana al monte Sinaí, y preséntate a mí en la cumbre del monte.'"

Algo estaba sucediendo. Ustedes recuerdan la historia: el Señor le había dado las tablas de la ley que Él mismo había confeccionado, pero cuando Moisés desciende, se da cuenta de que el pueblo se había desenfrenado y estaban adorando un becerro de oro que ellos mismos habían elaborado. Moisés, en su ira, tira las tablas de piedra y estas se rompen. Pero con todo, el Señor está dándoles una nueva oportunidad, una nueva oportunidad en donde el Señor, el gran legislador, se iba a dar a conocer.

El verso 4 dice: "Moisés pues labró dos tablas de piedra como las anteriores, se levantó muy de mañana, subió al monte Sinaí como el Señor le había mandado, llevando en su mano las dos tablas de piedra."

Pero aquí sucede, hermanos, uno de los grandes momentos de la historia bíblica: el momento en el que el Señor decide darse a conocer para que el pueblo entienda el carácter del legislador. No era la intención de Dios simplemente dejar una serie de mandamientos, sino que el Señor va a entregarle a Moisés una visión de la propia realidad del carácter de Dios, para que nosotros entendamos la naturaleza y el corazón de donde esa legislación sale.

Es por eso que en los versos 5 y 6, aunque el texto es más largo y no puedo extenderme en la exposición de todo el texto, sino solamente en un aspecto importante esta tarde, dice así: "Y el Señor descendió en la nube y estuvo allí con él, mientras este invocaba el nombre del Señor. Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: 'El Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad.'" Yo sé que algunos de ustedes están leyendo la versión Reina Valera de 1960 y dice "verdad"; yo les voy a explicar la diferencia entre "fidelidad" y "verdad" en un momento, pero quedémonos allí.

El Señor había llamado a Moisés para volver a escribir en las tablas de piedra sus mandamientos, pero el Señor no quiso hacerlo sin dar a conocer su corazón. El Señor señala en el verso 6 una declaración portentosa. "El Señor, el Señor": esta doble afirmación tiene que ver con la garantía de que lo que se va a decir representa lo que Dios es. El Señor, el Señor es un Dios compasivo, clemente, lento para la ira, abundante en misericordia y fidelidad. Si nosotros vemos estos cinco atributos de Dios, los cinco representan la misma cosa: el amor inmerecido de Dios derramado sobre nosotros, sus criaturas, de manera misericordiosa, compasiva, lenta para la ira y clemente. El Señor está allí manifestando y abriendo su corazón, dándonos a conocer de cinco maneras distintas cuánto es que Él nos ama.

Ahora, yo no quiero detenerme en esas cinco características, sino en las dos últimas que aparecen en el verso 6. Dice que Él es abundante en misericordia y verdad, o misericordia y fidelidad. Si nosotros hacemos un análisis breve de las Escrituras, nos vamos a dar cuenta de que siempre la misericordia y la verdad son presentadas de manera conjunta, expresando una unidad que podríamos representar como las dos caras de una misma moneda. Nosotros nos hemos atrevido en nuestro tiempo a separar la misericordia de Dios por un lado y a exponer la verdad de Dios por otro lado. Sin embargo, en la Escritura la misericordia y la verdad son una unidad, y permítanme representárselas de diferentes maneras a lo largo de la Escritura, especialmente en el libro de los Salmos.

Esta doble expresión del carácter de Dios se manifiesta una y otra vez. No tienen que buscarlo en sus Biblias; yo se los voy a leer. Para los que están tomando nota, que son muchos, les voy a dar los pasajes para que luego puedan buscarlos. El Salmo 86:15 dice: "Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo, lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad." La misericordia y la verdad se presentan entonces siempre de manera unida, como características fundamentales del carácter de Dios.

El Salmo 89:14 dice: "La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono; la misericordia y la verdad van delante de ti." Estos dos elementos juntos son la carta de presentación de Dios para con su pueblo: la misericordia y la verdad. Y estas dos características no son características temporales, sino que son características eternas de nuestro Dios. El Salmo 100:5 dice: "Porque el Señor es bueno; para siempre es su misericordia y su verdad por todas las generaciones." El Señor expresa que su misericordia no es temporal, su misericordia es para siempre, y su verdad no se queda en el pasado, sino que la verdad de Dios es para todas las generaciones.

No solamente es la característica con la que Dios se presenta a su pueblo, no solamente es una característica eterna, sino que son características inmensas de nuestro Dios. El Salmo 108:4 dice: "Porque grande, por encima de los cielos, es tu misericordia, y hasta el firmamento tu verdad." La grandeza de la misericordia de Dios va acompañada de la grandeza de su verdad: grande por encima de los cielos y hasta el firmamento, la misericordia y la verdad de Dios.

Es tanto así que hay un salmo dedicado solamente a la misericordia y la verdad de Dios. El Salmo 117 puede ser el más pequeño de las Escrituras, pero es un salmo dedicado específicamente a ese tema. Dice el Salmo 117: "Alabad al Señor, naciones todas; alabadle, pueblos todos, porque grande es su misericordia para con nosotros, y la fidelidad del Señor es eterna."

Nuevamente, ustedes pueden ver que estos dos términos se complementan, y se complementan aún más con el Mesías, con el Salvador, nuestro Señor Jesucristo. Porque de una manera muy clara, por ejemplo, un salmo mesiánico, el Salmo 89, dice en los versos 20 y 24: "He hallado a David, mi siervo, y lo he ungido con mi óleo santo. Con él estarán mi verdad y mi misericordia, y en mi nombre será exaltado su poder." Nuevamente, característica del Mesías: misericordia y verdad, dos elementos que van unidos de la mano, cuya manifestación y revelación final se ven en nuestro propio Señor Jesucristo.

En Juan 1, el verso 14 dice: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad." Nuevamente, la gracia como la expresión sublime de la misericordia de Dios, la gracia como ese amor inmerecido de Dios a nuestro favor para llevarnos a la cruz de Cristo, pero gracia y verdad. Y esta idea se complementa en el verso 17 de Juan capítulo 1, donde dice: "Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo."

Gracia y verdad, misericordia y fidelidad, misericordia y verdad: dos elementos que van juntos, que no pueden ser distanciados, porque la actuación y el trabajo de Dios sobre nuestras vidas requiere de esos dos elementos, como lo vamos a ver a continuación.

Vamos a definir brevemente estos dos términos, que lo hemos hecho en otras oportunidades. La palabra misericordia se traduce básicamente como un amor firme y minucioso que se expresa como ternura y consideración hacia los demás. Es un amor firme y minucioso. ¿Por qué hablar de estos dos elementos? Porque tiene que ver con el hecho de Dios estando atento a nuestra miseria y estar dispuesto a inclinarse hacia nosotros con firmeza y minuciosidad. O sea, Dios es capaz de ver el detalle del problema que nos afecta y, con un amor firme, está dispuesto a inclinarse a nosotros y estar atento a aquello que nos está aconteciendo.

Eso nos pasa también a nosotros entendiendo el sentido de compasión. Si nosotros sabemos que a alguien le está pasando algo, nuestra compasión se enciende. Si yo veo a una persona padeciendo necesidad, mi corazón se va a mover a misericordia. Si yo la escucho y sé lo que le está pasando, el sentido de compasión va a ser mucho mayor. La idea de misericordia es la inclinación del amor de Dios, la inclinación del ánimo de Dios ante la miseria de nuestra necesidad, de tal forma que Dios se inclina amorosamente y está dispuesto a mantenerse allí con el fin de estar conmigo en medio de todo aquello que me está pasando. Esa es la idea de misericordia.

La misericordia es en realidad la gran esperanza que nosotros tenemos como cristianos y creyentes, de que Dios va a permanecer con nosotros y va a tener una actitud compasiva para con nuestras vidas. Nosotros clamamos a Dios para que cada día el Señor manifieste su misericordia para con nosotros, porque solo será su misericordia la que le permitirá acercarse a nuestras vidas. La consumación de la misericordia se da con el término gracia en el Nuevo Testamento, en donde se demuestra, como ya lo hemos dicho, el favor inmerecido de Dios para con nosotros, manifestado en la obra consumada en la cruz y en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esa es la misericordia: ese amor firme y minucioso que se expresa con ternura y consideración hacia mi vida, sin importar mi condición.

La misericordia de Dios está fundada en su amor, pero aquí hay algo que nos lleva hacia la verdad. Aunque nosotros hablamos del amor de Dios, la misericordia de Dios no es simplemente una reacción espontánea y emotiva ante nuestra necesidad, sino que se nutre de su sabiduría, su plan de redención, su fidelidad y su carácter justo. Dios tiene misericordia para conmigo, pero no es solamente un sentimiento emotivo ante la realidad de aquello que me acontece. Dios tiene un plan, Dios tiene una verdad, Dios tiene un proyecto de salvación y de redención para mí, porque no es solamente la lástima que Dios siente por mí para poder sanarme, salvarme o rescatarme de la situación en la que yo me encuentro.

Sino que la intención de Dios es traerme un plan de transformación de mi vida, de tal modo que "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas." Esa es la idea de verdad. Por eso es que la misericordia no puede ser separada de la verdad, porque la lástima de Dios me acerca, pero la verdad de Dios me transforma. La verdad me hace libre. En la misericordia de Dios, el Señor me encuentra en mi esclavitud, pero en su verdad me liberta y me transforma hacia una nueva vida.

Ese es el sentido de misericordia y verdad. Y es por eso también que la palabra se traduce de diferentes maneras en diferentes versiones: en la Reina Valera del 60, que es más antigua, se traduce como "verdad", y en la Biblia de las Américas como "fidelidad", porque en realidad la palabra hebrea implica firmeza, fidelidad, verdad, confiabilidad, una base confiable de apoyo. Nosotros debemos recordar que la sabiduría hebrea no es simplemente la sabiduría que se expresa con palabras; no solamente son declaraciones que se ajustan a la verdad, sino que hablan de un comportamiento que expresa la verdad a través de sí mismo. Alguien que es fiel, fidedigno y veraz: esa es una persona que se expresa con verdad. Por eso verdad y fidelidad van de la mano.

La verdad tiene que ver con un comportamiento que se ajusta a la verdad y actúa de esa manera; no es solamente una declaración verbal, sino una confirmación de la realidad de lo que Dios ha hecho. Es que podemos traducirlo como "verdad" y podemos traducirlo como "fidelidad", porque Dios siempre va a ajustarse a lo que Él ha dicho, a lo que Él ha afirmado, a lo que Él ha reconocido. Por lo tanto, un comportamiento veraz es un comportamiento que se ajusta a lo que se afirma, cumple lo que promete, actúa con justicia y con sinceridad. Dios es veraz; por lo tanto, Dios es fiel. Dios no se va a negar a sí mismo; aunque nosotros fuéremos infieles, Él permanece fiel.

Esa es la idea. Por eso es que nosotros no podemos tener la misericordia aquí y la verdad al otro lado. Miren lo que dicen dos pasajes en donde hablan los salmistas en dos oportunidades. Salmos 69, el verso 13 dice: "Pero yo elevo a ti mi oración, oh Señor, en tiempo propicio. Oh Dios, en la grandeza de tu misericordia, respóndeme con tu verdad salvadora." El Salmo 143, el verso 8 dice: "Por la mañana hazme oír tu misericordia, porque en ti confío; enséñame el camino por el que debo andar, pues a ti elevo mi alma." Hazme oír tu misericordia y enséñame el camino por el que debo andar.

Misericordia y verdad trabajan juntos para hacer una obra completa en nuestras vidas. ¿Cómo funciona esto? La misericordia permite el acercamiento de Dios a pesar de nuestra miseria, y la verdad lo catapulta a establecer un plan de salvación que vaya más allá de una lástima infructuosa. La misericordia permite que Dios se acerque a mí, se incline, se agache, me toque, analice mi realidad y me provea un plan de verdad que me saque de esa situación. Ese es el ideal de la misericordia y la verdad.

La misericordia es el reconocimiento sensible de lo que yo soy, pero en la verdad encontramos la afirmación certera de la razón de la condición en la que me encuentro, y la afirmación fiel de lo que deberíamos ser a través del plan perfecto de Dios en la obra de Jesucristo. Yo clamo por su misericordia y el Señor compasivo se acerca a mí, pero no le pidamos solamente un abrazo. El Dios Creador del cielo y la tierra tiene un plan para sacarme de mi miseria. Por lo tanto, yo no me puedo quedar simplemente clamando por misericordia: "Señor, muéstrame tu misericordia y enséñame el camino por donde debo andar." Misericordia y verdad: dos elementos que van tomados de la mano, como las dos caras de una misma moneda.

Nosotros tenemos que aprender a discernir estos dos elementos, porque son los dos elementos que manifiestan el carácter de Dios y la puerta con la cual nosotros nos acercamos al Señor. Nuestro Dios es un Dios compasivo, clemente, lento para la ira, pero abundante en misericordia y verdad. Él quiere hacer un trabajo en nuestras vidas. Cuando nosotros separamos estos dos elementos, cuando nosotros usamos solamente la misericordia sin verdad, lo que hacemos es engreírnos ante nuestra realidad caída y pensar simplemente que lo merecemos todo porque Dios es un Dios compasivo.

Si hay algo que el liberalismo está haciendo en nuestro tiempo, es acusarnos de que nosotros no estamos hablando del Dios de amor, porque Dios es amor y, por lo tanto, los hombres tienen que hacer lo que les dé la gana. Pero Dios es amor, y nuestro Cristo está lleno de gracia y verdad. Yo soy compasivo ante la necesidad, pero no voy a dejar que te engrías en tu miseria. Dios es misericordioso y verdadero.

Si nosotros seguimos hablando solamente de misericordia pero sin verdad, vamos a terminar glorificando nuestra miseria, producto de nuestro pecado. "Permítanme contarles todo lo malo que soy para que sepan cuánta misericordia ha tenido Dios conmigo." ¡Aleluya! Y no es así. "Señor, ten compasión de mí y enséñame el camino por donde debo andar." Si nosotros solamente exaltamos la misericordia pero no resaltamos la verdad del plan de Dios, vamos a caer en un círculo vicioso de eventos repetitivos de caída y lástima de Dios, pero sin saber nunca qué debo hacer para cambiar mi vida y vivir de manera diferente.

Pura misericordia y nada de verdad va a hacer de mi fe una fe que es puro corazón pero ignorante. Es ver a la persona caída en la miseria de sus propios pecados y decirle: "Yo te puedo abrazar, muere en mis brazos, pero tendrás que morir, porque yo no sé qué hacer contigo." Eso no es el plan de Dios.

Pero también, si nosotros anulamos la misericordia y nos quedamos solamente con la verdad, podemos caer en un legalismo malsano e hipócrita que nos hace tapar el sol con un dedo, creyendo que nosotros necesitamos solo educación cuando en realidad lo primero que necesito es misericordia de Dios, porque estoy en miseria. Puede hacerme caer también en pensar que toda la transformación del alma requiere de enormes esfuerzos éticos o educativos que deben ser seguidos o aprendidos, sin entender que la realidad en la que yo me encuentro es una realidad de total separación de Dios, en donde sin misericordia nunca podría entender ni caminar en el camino que el Señor espera que yo camine.

Sin verdad yo voy a tener una fe que es pura misericordia pero ignorante; pero sin misericordia podría tener una fe erudita pero sin corazón. Yo voy a saber lo que el mundo necesita pero nunca me voy a acercar al mundo porque el mundo no lo merece. Nosotros tenemos que empezar a ver en nuestra vida la intervención de Dios en base a esos dos elementos: misericordia y verdad. Y esa misericordia y verdad es la demanda que el Señor le hace a todos aquellos hombres y mujeres que se creen religiosos, de cualquier tiempo y de cualquier época.

En Mateo 23:23, el Señor le dijo a los religiosos de su tiempo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque pagáis el diezmo meticulosamente del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas son las que debíais haber hecho sin descuidar aquellas." Ustedes han descuidado por su religión las cosas más importantes de la ley, que no deberían haber dejado de lado: la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Es el momento para que nosotros no nos dejemos guiar por el neopaganismo contemporáneo, y no estemos privando a Dios de estos dos elementos que nosotros no podemos romper, que van juntos y de la mano. Yo voy a reconocer que el Señor ha tenido absoluta misericordia de mí, pero yo también voy a entender que el Señor, a través de la verdad, me ha libertado de mis propias cadenas. Yo voy a ver que cada día recurro al Señor en busca de misericordia, compasión y gracia, pero también le voy a decir al Señor: "Permíteme oír de tu misericordia y enséñame el camino por el que yo debo andar."

Esos dos elementos son dos elementos transformadores que nosotros tenemos que traducir en medio de nuestra sociedad, y eso es lo que hicieron nuestros hermanos y nuestros antepasados, los primeros cristianos. No encontraron en la cultura ni en la sociedad contemporánea los elementos para vivir de una manera diferente, pero los encontraron en el Señor.

Por ejemplo, Dionisio, el obispo de Alejandría, escribe con respecto a las pestes que estaban arrasando las ciudades y que estaban dejando a los enfermos contagiados abandonados a su propia suerte. ¿Qué hicieron los cristianos que habían descubierto la misericordia y la verdad? Dionisio nos lo cuenta a mediados del siglo III. Él dice: "Sin considerar el peligro, los cristianos se han hecho cargo de los enfermos, atendiendo a sus necesidades y ministrándoles en Cristo; y ellos, nuestros hermanos cristianos, parten de esta vida serenamente felices porque fueron contagiados con las enfermedades. Los mejores de nuestros hermanos perdieron sus vidas de esa manera: un buen número de presbíteros, de diáconos y laicos, que ganaron alta estima, porque morir así es el resultado de una gran piedad y de una fe muy fuerte."

Este es una demostración de misericordia, pero misericordia que se traduce en fidelidad, no solamente en un enunciado, sino en una vida que responde tal como nuestro Señor respondió con su vida cuando Él vino lleno de gracia y verdad, hasta el punto de dar su vida por nosotros. Nosotros no estamos llamados a llenar el mundo de enunciados en los que, así como nos denuncian, nosotros también denunciamos. Nosotros estamos llamados a seguir el ejemplo de Jesucristo en este tiempo de nuevo paganismo y de tanta oposición, y volver a mostrar la misericordia y la verdad que fue el sustento sobre el cual toda una sociedad fue cambiada.

Un siglo antes, Atenágoras, otro cristiano que hablaba acerca de las virtudes de los cristianos, lo dice no de una manera tan radical como la anterior, pero sí también con mucha sencillez. Él dice: "Entre nosotros es fácil hallar a gente sencilla, artesanos y viejitas que, si de palabra no son capaces de poner de manifiesto la utilidad de su religión, lo demuestran por sus obras; porque no se aprenden discursos de memoria, sino que manifiestan acciones justas: no herir al que los hiere, no perseguir con injusticia al que los despoja, dar a todo el que les pide y amar al prójimo como a sí mismos." Es este testimonio de vida cambiada, en transformación de misericordia y verdad. Atenágoras reconoce: "Nosotros no somos de las élites. Nuestra iglesia está llena de artesanos y viejitas, pero ellos no están balbuceando ideas ni aprendiéndose discursos de memoria para aparecer eruditos; ellos han entendido que el Señor ha sido misericordioso con ellos, y ellos actúan con misericordia."

Por eso yo quiero terminar en esta tarde con ustedes simplemente poniendo los dos portales o libros de este tema que he compartido con ustedes. En este lado está el carácter de Dios: compasivo, clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad; ese es nuestro Dios. Y ese Dios nuestro nos demanda en el otro extremo que nosotros seamos modelados de acuerdo a ese ejemplo.

Por eso quiero dejar con ustedes finalmente un pasaje que habla exactamente del mismo tema: Proverbios capítulo 3, los versículos 3 y 4, para que nosotros lo aprendamos y lo vivamos en nuestras propias vidas. Proverbios 3:3-4. Dice así la Palabra del Señor: "La misericordia y la verdad nunca se aparten de ti. ¡Átalas a tu cuello! Escríbelas en la tabla de tu corazón. Así hallarás favor y buena estimación ante los ojos de Dios y de los hombres."

"La misericordia y la verdad nunca se aparten de ti. ¡Átalas a tu cuello!" Que sean el adorno exterior de tu carácter, que sean la manifestación de quién tú eres: un hombre y una mujer compasivo y compasiva, pero que al mismo tiempo no solamente haga de la lástima el efecto de su fe, sino que tenga a la vez verdad para llevar a esa persona a una transformación verdadera. "¡Átalas a tu cuello! Escríbelas en la tabla de tu corazón." Escríbelo en tu corazón, no las olvides; actúa con misericordia y verdad en todas tus relaciones, y recuerda siempre que tu relación con el Señor se basa también en esos dos elementos. Dios ha tenido compasión de ti y Dios quiere enseñarte el camino por donde debes andar.

"Escríbelas en la tabla de tu corazón, y así hallarás favor y buena estimación ante los ojos de Dios y de los hombres." En estos días, hermanos, en donde nosotros estamos viviendo tanto neopaganismo y tanta oposición, el único testimonio que nosotros tenemos como cristianos es el testimonio del cambio y la misericordia que Dios ha tenido para con nosotros, y cómo Él nos ha instruido para vivir de una manera diferente. Que nadie nos robe nuestro testimonio, pero que nadie nos robe tampoco la posibilidad de que, de acuerdo a ese testimonio, yo pueda actuar de la misma manera. "Sed imitadores de mí, así como también yo lo soy de Cristo", dijo el apóstol Pablo. Misericordia y verdad: que sean un adorno en tu vida exterior y que estén escritas en piedra en tu corazón.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.