Entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, una oscuridad sobrenatural cubrió la tierra mientras Cristo colgaba de la cruz. No fue un eclipse ni un fenómeno explicable: fue la expresión visible del juicio de Dios cayendo sobre su Hijo. En ese momento, Jesús experimentó algo que nunca había conocido —el abandono del Padre— y su grito desgarrador lo reveló: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Este no fue un simbolismo; fue la realidad del infierno condensada en tres horas. Cristo estaba pagando una deuda que Adán abrió y que ningún ser humano en bancarrota espiritual podía saldar. Los sacrificios del Antiguo Testamento solo cubrían temporalmente el pecado, como quien paga intereses sin tocar el capital. Pero en la cruz, la deuda quedó saldada por completo.
Cuando Jesús exclamó "consumado es" y entregó su espíritu, el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Aquella cortina que separaba al hombre de la presencia de Dios quedó abierta por mano divina. Ya no se necesitan intermediarios ni sacrificios adicionales: el acceso al Padre quedó libre. Un centurión romano, testigo de cómo Cristo murió perdonando a sus verdugos, declaró lo que ningún ser humano había dicho en el Evangelio de Marcos: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios."
El sermón cierra con una invitación directa: si el velo del templo fue rasgado, Dios puede rasgar también el velo que cubre el corazón de quien aún no ha creído.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Os invito a abrir la palabra de Dios, en el capítulo 15 del Evangelio de Marcos, terminando prácticamente el Evangelio y terminando la vida de Jesús. Realmente, el Evangelio de Marcos, cuando abre, dice: "El Evangelio de Jesucristo". Si su vida termina, termina el Evangelio. Y eso es exactamente lo que nosotros estamos viendo. La semana anterior habíamos dejado el relato de la cruz con Cristo ya colgando, crucificado, habiendo sido burlado, donde soldados se habían burlado de él, escribas y sacerdotes se habían burlado de él, y por eso decíamos que ciertamente esto fue un instrumento de burla, y uno de los ladrones por lo menos también había expresado su burla. De manera que el texto hoy lo que va a hacer es continuar la narración de lo que pasó aquel día, en aquel lugar, y situarnos en el tiempo del día en que eso estaba ocurriendo.
Las primeras horas del día ya habían transcurrido. Pilato, en la inquisición de las primeras horas de la mañana, lo encontró inocente, y eventualmente hubo una procesión que fue desde el lugar de la flagelación hasta el lugar de la crucifixión. Ya fue clavado, ya fue levantado en la cruz, ya fue burlado incluso, y ahora Marcos continúa su relato y nos deja ver dónde estamos, tanto con relación a su sufrimiento o pasión, como en el tiempo del día en que estamos.
Y el texto comienza diciendo: "Cuando llegó la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena, y a la hora novena Jesús exclamó con fuerte voz: Eloí, Eloí, lama sabactani, que traducido significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: Mirad, a Elías llama. Entonces uno corrió y empapó una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si Elías viene a bajarle. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Viendo el centurión que estaba frente a él la manera en que expiró, dijo: En verdad, este hombre era Hijo de Dios."
Había también unas mujeres mirando de lejos, entre las que estaba María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, las cuales cuando Jesús estaba en Galilea le seguían y le servían, y había muchas otras que habían subido con Él a Jerusalén. Y al atardecer, como era el día de la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, vino José de Arimatea, miembro prominente del concilio, que también esperaba el reino de Dios, y llenándose de valor entró a donde estaba Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto, y llamando al centurión le preguntó si ya estaba muerto, y comprobando esto por medio del centurión le concedió el cuerpo a José. Este compró un lienzo de lino y, bajándolo desde la cruz, le envolvió en el lienzo de lino y le puso en un sepulcro que había sido excavado en la roca, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. Y María Magdalena y María la madre de José miraban para saber dónde le ponían.
Padre, una vez más pausamos y oramos, y te pedimos encarecidamente que tú puedas abrir ahora el entendimiento, como con frecuencia te pedimos. No nos cansaremos de pedirlo, porque hay algo aquí en el texto que tú necesitas enseñarnos a cada uno de nosotros. Yo no sé lo que es, porque puede variar de uno a otro, pero tu sabiduría, tu revelación, tu iluminación es inagotable. Ilumina al predicador y guíalo. Ayúdale a ver, aún mientras predica, aún mientras vuelve a leer tu Palabra, algo que quizás todavía no ha podido ver o aquilatar. Pero ayuda al que escuche a que verdaderamente escuche, para que ciertamente al volver a cantar en otra ocasión la preciosa cruz, podamos entender mejor por qué Él la hizo preciosa. En tu nombre, Jesús, amén.
Ahí está Cristo, crucificado, burlado, como decíamos. Ya ha sido juzgado, declarado blasfemo, culpable. Las horas van avanzando y llegamos a las 12 del mediodía, es decir, la hora sexta, porque los judíos contaban las horas a partir de la salida del sol por la mañana. En ese momento dice el texto que se produce una oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena, que serían las 3 de la tarde. Una oscuridad que cubría toda la tierra, una oscuridad que no podían explicar, una oscuridad que otros han tratado de explicar vía el paso de un cometa, un eclipse solar, un eclipse de este tipo o de aquel tipo. Pero la realidad es que en la cruz está pasando, en ese momento está ocurriendo algo real que Dios está tratando de transmitir. Esto no es un accidente, esto no es una coincidencia, esto es un mensaje, esto es una lección, esto es una proclamación de algo que está ocurriendo mientras Cristo colgaba de la cruz.
No podemos olvidar que el pecado siempre ha sido asociado con las tinieblas. Jesús describió el infierno o el Hades como lugar de tinieblas. Cristo se identificó con la luz: "Yo soy la luz del mundo." La nueva Jerusalén no tendrá necesidad de sol, porque Dios mismo será su luz. De tal manera que nosotros hablamos del reino de las tinieblas y el reino de la luz. Ahora, en este momento, entre las 12 del mediodía y las 3 de la tarde, hay algo que está ocurriendo relacionado al mundo de tinieblas. Y es que cuando Jesús decide cargar con los pecados de la humanidad y pasar por el juicio de Dios y sufrir ese juicio sobre sus espaldas, cuando ese juicio llega, tenía que haber una expresión visual del mismo, porque lo que aquí está ocurriendo no es simbólico, es verdadero, es genuino, es real.
Cristo había venido y Él declaró en Marcos 10:45 que había venido a dar su vida en rescate por muchos. Había una deuda moral y espiritual pendiente con Dios que Adán abrió, y nada había podido pagar. Y cuando alguien decide pagar esa deuda va a tener un costo real, un costo real y efectivo, y no simplemente simbólico. De manera que Jesús ahora no está en la cruz de una manera ilustrativa o simbólica; Él está ahí pagando una deuda, y todo lo que es el pago de una deuda conlleva, como ya dijimos, un costo real.
Cuando Adán fue creado, escuchó a Dios decir: "El día que peques, morirás." Y Adán pecó, y Adán en ese momento murió espiritualmente, pero Dios no le quitó la vida física en ese momento. Tuvo misericordia de él, le extendió su gracia, le dejó vivir 900 y tantos años. Pero "el día que peques, morirás", y la deuda ha quedado abierta. Ahora, Adán, por tanto, alguien tendrá que venir y pagar la deuda que tú contrajiste conmigo. No es una deuda económica, es una deuda moral y espiritual, y hasta que Cristo viniera, nadie había podido pagar esa deuda. Un hombre en bancarrota no puede pagarme a mí una deuda, y de esa misma manera cada ser humano que entró a este mundo, o sigue entrando a este mundo, viene en bancarrota espiritual y moral, y por tanto está incapacitado para pagar la deuda de cualquier otro, y mucho más la de toda la humanidad.
Algo más: cuando Adán pecó y violó la ley de Dios, si alguien iba a pagar la deuda tendría que ser alguien que pudiera cumplir la ley de Dios a cabalidad, y nadie lo había podido hacer. De manera que cuando Cristo está ahí en la cruz, está ahí por una razón. Hasta ese momento ha cumplido la ley, hasta ese momento no había pecado, hasta ese momento había calificado para hacer lo que terminó haciendo, y Él está pagando la deuda que el hombre había contraído con Dios. Satanás estaba tan consciente de la necesidad del pago de la deuda que entendía perfectamente que si en algún momento podía hacer tropezar a Jesús y hacerle cometer el pecado más pequeño posible, como convertir las piedras en pan para una necesidad legítima, eso hubiese sido suficiente para descalificarlo para ir a la cruz. De manera que él sabía y tenía en mente desde un principio hacia dónde tenía que apuntar sus cañones, y hasta este momento las fuerzas de las tinieblas estaban apostando, si pudiéramos decir, a que en algún momento Él se quebraría y quedaría descalificado. Ellas no han terminado en su intento de conseguir eso, porque algo tenía que ocurrir antes de morir.
Lo interesante es que todo esto está ocurriendo en el día de la Pascua judía, el día en que el pueblo estaba conmemorando la décima plaga que vino sobre la nación de Egipto, que terminó convenciendo a Faraón de dejar salir al pueblo de la esclavitud. La plaga que Dios anunció a Moisés, y la plaga a través de la cual, o en medio de la cual, Dios salvaría a su pueblo, con la necesidad de sacrificar un cordero de un año de edad, sin defecto, sin mancha; tomar su sangre, ponerla sobre los dinteles de las puertas, y que cuando el ángel de la muerte viniera trayendo la plaga sobre la nación, al ver esa casa marcada por la sangre del cordero sin mancha, esa casa sería evitada, sería pasada por alto, y de ahí el nombre Passover en inglés. Y entonces el pueblo así sería salvo.
¿No es bueno e interesante que esto esté pasando? La muerte de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, está ocurriendo justamente en un día de Pascua. Recuerda: ¿cuál fue la plaga anterior a la décima plaga? La plaga que precedió la muerte de los primogénitos en Egipto, tanto de las familias como de sus animales, fue una plaga de densas tinieblas, una tiniebla que el texto describe tan densa que se podía prácticamente palpar, una tiniebla tan densa que el texto dice que la gente no se podía ver. Aquella duró tres días; esta dura tres horas. Y luego de aquella densa tiniebla, la muerte de los primogénitos. Luego de esta tiniebla de tres horas, de las 12 a las 3 de la tarde, la muerte del Unigénito.
El cumplimiento final de la muerte de los corderos que por tantos años fueron sacrificados, y que apuntaban justamente a este momento, a este momento crucial, a este momento cumbre de la historia de la redención. Este es el pico de la historia de la redención, literalmente hablando. Y esa oscuridad no fue simplemente un símbolo del juicio; esa oscuridad que Cristo experimenta junto con la desolación es una explicación de cuál es la realidad que le espera a aquel que muere sin Cristo. Es una oscuridad donde, al final, Cristo termina diciendo: "Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
Esto es real. Lo que está ocurriendo aquí no es simplemente algo que el Padre quiere ilustrar; es algo que Cristo experimenta en carne y sangre, en su interior, en lo más profundo de su ser: el abandono del Padre de su persona. Jesús está experimentando lo que habrán de experimentar aquellos que han de morir sin Cristo, y es la ausencia de la gracia de Dios en el infierno o en la condenación. Dios es omnisciente de tal manera que llena cada pulgada del universo, y por tanto su omnisciencia llena al infierno también, pero lo que el infierno no va a ver es absolutamente ni una pizca de su gracia.
Cualquier acto de bondad en favor de alguien —pudiera ser una limosna, un vaso de agua extendido, cualquier acto de bondad hacia alguien— es una reflexión, por pobre que sea, de la bondad de Dios en la imagen de Dios que el hombre porta. Pero en aquel lugar de condenación no habrá bondad de ninguna magnitud y de ningún tipo. Y es esa experiencia real, genuina, efectiva la que hace que Cristo mismo, Dios encarnado, clame a su Padre y diga: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Es una experiencia extraordinaria.
En términos reales, Cristo experimenta el abandono de su Padre en la cruz. Desde la perspectiva del Padre, Él estuvo siempre pendiente de su Hijo. Desde la perspectiva del Hijo, Él está sufriendo internamente la agonía de no contar con Dios a su alrededor. Si hay alguien aquí que no conoce a Cristo, tú no estás sufriendo todavía la agonía de no contar con Dios a tu alrededor, porque Dios está a tu alrededor de múltiples maneras, aún en los pequeños actos de bondad. Eso no va a ser el caso al final de la historia redentora.
Quizás para darte una idea de cómo Dios experimenta de una manera distinta el abandono que su Cristo experimenta de esa otra manera: Dios nunca perdió el control de lo que estaba pasando en la cruz y nunca le quitó los ojos a su Hijo. Pero si tú piensas en un padre, una madre que tiene un niño de dos años de edad y tiene que ir a la sala de cirugía, en un momento dado lo vienen a buscar y él lo entrega, ella lo entrega al cirujano, al anestesiólogo. Su hijo de dos años, que quizás está tan amedrentado, mira con temor cómo sus padres se alejan y él va entrando con unas personas que lucen extrañas, con un gorro, una mascarilla, un traje extraño para él. Quizás el niño se está sintiendo abandonado por sus padres, mientras sus padres permanecen en la habitación esperando por su hijo, en su mente, en su corazón, en su alma, todo el tiempo pendientes de qué le estaría pasando.
Con la salvedad de que, como en este caso es Dios, Dios sí puede estar pendiente de una manera real acerca de qué está pasando en la cruz, pero su Hijo está experimentando la soledad del Padre y su abandono. El Padre pudo haberle respondido a su Hijo y decir: "Estás ahí, Hijo, estás experimentando mi abandono porque en la función que tú voluntariamente decidiste jugar, y en el juicio que yo estoy haciendo caer sobre ti en este momento —porque a ti, que no conociste pecado, has sido hecho pecado—, ahora que el juicio cae sobre ti, lo experimentarás como realmente es." Las tinieblas, simbólicas de ese juicio; el abandono que siente es real, porque eso es como el juicio se sentiría.
Me imagino un grito desgarrador en la cruz. No me imagino el "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" de la mejor forma que yo puedo dramatizarlo; yo creo que me quedaría muy corto de lo que realmente es. Ningún actor pudiera duplicarlo, porque no está experimentando en carne propia una realidad sino que está actuando algo que él se puede imaginar en su mente. Cristo lo está experimentando. En ningún otro momento Cristo se desespera: ni cuando lo azotaron, ni cuando lo clavaron.
Alguien preguntaba en el servicio anterior, y en Getsemaní yo no veo a Jesús desesperado. En Getsemaní el Padre estaba con Él; los ángeles vinieron y le ministraron de manera especial. En Getsemaní Él anticipaba lo que venía y sufría, como algunos de nosotros podemos testificar que hemos sufrido, pero Dios ha estado con nosotros y desesperados no estamos. Este es otro momento, único y exclusivo en toda su vida.
Aquí no hay un ángel ministrando, aquí no hay un Padre haciéndole sentir su presencia; al contrario, aquí hay un juicio, aquí hay oscuridad, y aquí hay un Padre que está permitiendo que su Hijo pase por una experiencia que es difícil pero que tiene que pasar, donde Él siente un verdadero abandono de parte de Él, porque eso es lo que experimentaría cualquier persona que muere sin Cristo. El dolor más intenso no fue experimentado por Cristo cuando fue clavado, ni en ese momento, ni cuando fue azotado, sino cuando llegó a la oscuridad al final de la misma. Por tres horas quizás Él pudo retener en su interior lo que al final no pudo retener: el grito desgarrador de "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
La peor hora, en la hora del dolor. ¿Por qué? Porque en la peor hora de aquellos que entran en la condenación eterna, eso es exactamente lo que ellos estarían experimentando, excepto que no sería por tres horas sino por la eternidad. Si no estás en Cristo, ¿estás tú listo para enfrentar esa oscuridad, ese abandono, ese juicio eternamente, sin posibilidad de salir de aquel lugar? "¿Por qué me has abandonado? Dios mío, Dios mío."
Había gente allí que estaba escuchando. Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: "¡Mira, a Elías llama!" Entonces uno corrió y empapó una esponja en vinagre y, poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: "¡Dejad, a ver si Elías viene a bajarle!" Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Todavía la burla no había terminado: "¡Mira, llama a Elías!" Confundieron el "Eloi, Eloi" con Elías de alguna manera. Y no bastó con esto, sino que luego agregan: "¡Bien, déjalo, a ver si Elías viene y le ayuda!"
En la tradición judía se entendía que Elías todavía —el día de hoy entienden de esa manera— va a regresar, y va a regresar en un momento de angustia. Pues este es el mejor momento para Elías regresar: es la angustia de su Hijo, si verdaderamente es su Hijo. ¡Que venga el día de hoy y lo ayude! Y le ofrecen una esponja con vinagre. No tenemos completamente claro el significado de eso, pero ciertamente el vinagre puede simbolizar lo agrio, lo amargo, lo doloroso que esta experiencia está siendo para Jesús. El salmista había profetizado sobre esto en el Salmo 69:21, cuando habla de que cuando tuvo sed le dieron vinagre por agua, cuando su lengua se pegaba al paladar, lo que le dieron fue vinagre a tomar. Buen símbolo para lo que está pasando.
Después de la burla, entonces, dice el texto de Marcos que Jesús dio un gran grito y expiró. Marcos no nos dice qué gritó, pero escucha lo que Juan dice en su Evangelio: "Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: '¡Consumado es!' E inclinando la cabeza, entregó el espíritu." Hay dos cosas ahí que yo quiero hacer notar.
La primera es que Cristo dijo "consumado es", de eso vamos a hablar en un momento. La otra anotación es que Cristo entrega su espíritu. Él ya había revelado: "Nadie me quita la vida; yo la pongo. Nadie me quita el espíritu, yo lo entrego. Yo soy Dios, el dador de vida." En segundo lugar, Juan dice que lo que Marcos registra como un gran grito fue precisamente esto: "¡Consumado es!" Tetelestai, en el original. El trabajo de redención había sido completado, el cumplimiento de la ley había sido llevado a cabo. De aquí en adelante nadie puede mejorar la obra de redención de Cristo, nadie puede completarla, nadie puede quitarle nada, nadie puede reemplazarla ni añadirle: está completa. "It is finished", ha sido terminada en su totalidad. Tetelestai. "¡Consumado es!"
Y pensar que mis buenas obras —que no son tan buenas— pueden contribuir a la perfecta obra de redención llevada a cabo por Cristo durante su vida, muerte y resurrección, es no solamente una herejía, es una blasfemia. Pensar que mis obras puedan contribuir a mi propia salvación, que puedan superar la obra de Cristo en la cruz, es un grave error. Y lamentablemente, con el respeto que la iglesia de Roma merezca, Roma entiende que mis obras contribuyen a mi salvación, y no solamente contribuyen a mi salvación: si vivo una vida tan meritoria como han vivido aquellos llamados santos por ellos, mis obras incluso pueden sobrepasar lo que yo necesito para entrar al reino de los cielos. Y a las que sobrepasan, la iglesia las guarda en algo que ellos llaman el tesoro de los méritos, y cuando alguien entra al purgatorio, la manera como sale del purgatorio es transfiriéndole las obras meritorias de santos pasados, obrando a favor de la persona que está en el purgatorio para sacarle de allí.
Y a la vez, Roma no entiende, Roma no afirma ni enseña, que es la obra completa y meritoria del Señor Jesucristo la que es transferida a mi cuenta —así podría decirlo— para mi salvación. Negar una y afirmar la otra es violar la santidad del sacrificio de Cristo.
Cristo vino y cumplió la ley a cabalidad. Mi salvación, mi entrada a la presencia de Dios requiere la vida de Cristo, la muerte de Cristo y la resurrección de Cristo. Su muerte sin su vida no me entra al reino de los cielos. Yo necesito la vida de Cristo cumpliendo la ley a cabalidad, que nadie había podido cumplir, y al cumplir la ley acumuló méritos, y los méritos acumulados Dios puede imputármelos, pasármelos, para que Cristo me declare justo. Porque lo que la cruz hace es que me perdona de mi pecado, me perdona la condena que moraba sobre mí. Pero si eso es lo único que pasa, a partir del momento en que yo quedo perdonado, si yo no tengo los méritos de la vida de Cristo y el cumplimiento de la ley, Dios tendría que decirme: "Desde hoy en adelante comienza a vivir con la ley perfectamente; cuando la cumplas puedes entrar." Pero yo no puedo hacer eso.
Yo necesito su vida completa —ahí están sus méritos—, yo necesito el perdón de mis pecados en la cruz, yo necesito su resurrección que sella todo lo anterior y que garantiza mis promesas. Por eso es que la vida de Cristo de principio a fin es necesaria para mi salvación.
Y cuando Cristo termina y dice "Consumado es", Él estaba proclamando varias cosas, probablemente. Número uno: la obra de redención terminó. Número dos: la ley ha quedado cumplida y abolida. Número tres: no necesitas ahora tratar de cumplir la ley, porque no vas a poder hacerlo; ya yo la cumplí y quedó abolida. Número cuatro: mi misión en la tierra terminó. Número cinco: mi sufrimiento es concluido. "Padre, la obra que me diste, la he terminado."
Ahí está Cristo. En ese momento ocurre algo que, cuando tú lo lees, te parece lógico. Cuando tú lo lees a la luz de los evangelios, a la luz del libro de Hebreos, tú dices: "Pero claro, eso tenía que pasar." En el momento, ellos no podían comprender por qué estaba pasando lo que pasó. En el momento en que Cristo muere, Marcos nos dice que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, y que viendo el centurión que estaba frente a Él la manera en que expiró —no pase por alto eso—, dijo: "En verdad, este hombre era Hijo de Dios."
Cuando Dios dio instrucciones a Moisés para construir el tabernáculo, una de las cosas que Dios hizo fue darle instrucciones para que dentro del tabernáculo hubiera dos espacios. Los atrios afuera, luego el Lugar Santo separado de los atrios, luego el Lugar Santísimo. El Lugar Santo y el Lugar Santísimo estaban separados por un velo, por una cortina gruesa. Detrás del velo estaba el arca del pacto; sobre el arca del pacto, una nube que representaba la gloria y la presencia de Dios. Al Lugar Santo entraba el sacerdote todos los días, para efectuar los sacrificios de cada día y las ofrendas. Al Lugar Santísimo entraba el sumo sacerdote una sola vez al año, solamente, porque ahí detrás moraba la presencia de Dios.
Y todos los sacrificios que se habían efectuado anteriormente apuntaban a este momento, cuando viniera el Cordero de Dios que verdaderamente quita el pecado del mundo. Cuando Él viniera, ya no habría más sentido para los sacrificios.
En una ocasión —no hace mucho, pero hace un tiempo atrás— creo que Dios me dio una ilustración para explicar, para que los que no estuvieron puedan entenderlo, de qué manera funcionaron los sacrificios hasta que Cristo viniera. Yo mencionaba en esa ocasión que a veces tú contraes una deuda con el banco y luego no puedes pagarla. Siendo un cliente fiel que ha estado pagando a tiempo, vas al banco, explicas que quizás has perdido el trabajo, cualquier cosa. Y negocias con el banco para poder pagar solo los intereses, sin pagar nada del capital, por un tiempo, hasta que puedas recuperarte y retomar tus compromisos; y el banco accede. Quizás por un año, año y medio, tú haces eso. Pero al final de ese año o año y medio, tu deuda ha quedado intacta; queda exactamente con el mismo monto que tenía cuando hiciste el acuerdo. El banco no te persiguió, pero la deuda no desapareció.
De esa misma manera, Dios en su gracia y misericordia estableció un sistema de sacrificios que podía temporalmente cubrir los pecados de aquellos que se acercaban a Él a través del judaísmo que Él instauró. Pero al final, la deuda que Adán y Eva habían contraído con Dios estaba exactamente del mismo tamaño. Y esa es la deuda que Cristo viene a pagar: una deuda que comenzó el día que Adán violó la ley de Dios y le dio la espalda a Dios.
Hasta ese momento, nadie en Israel podía acercarse a Dios a pedirle perdón directamente. Necesitabas un intermediario, necesitabas un sacerdote. Necesitabas ir donde el sacerdote con un cordero, con algún animal. Él lo iba a recibir, tú le ibas a confesar tu pecado, él iba a poner sus manos sobre el cordero, simbólicamente transfiriendo los pecados al cordero, y ahora el cordero iba a tener que morir porque le habían transferido los pecados del pecador a él, y lo iban a ofrecer en sacrificio. Eso necesitaba un intermediario.
Cuando Cristo muere, el Cordero de Dios finalmente había pagado la deuda. Ya no había necesidad de mantener el velo, porque el velo significaba la separación que ocurrió en el momento en que Adán peca y se distancia de Dios. Esa distancia entre Dios y el hombre estaba representada por ese velo divisorio entre el Lugar Santísimo y el Lugar Santo. Pero ahora que Cristo ha pagado la deuda, ahora que Cristo ha podido ponerle la mano a Dios y ponerle la mano al hombre y venir a hacer el puente sobre ese abismo entre Dios y el hombre, el velo no tenía necesidad de permanecer, y Dios mismo lo rasgó.
Robert Gundry, en su comentario, quizás de una manera poética —pero él lo refiere así—, dice que lo que rasgó el velo fue la expiración de Cristo: que cuando Cristo exhaló su último aliento, rasgó el velo de Dios, dejando abierto el acceso al Padre. Por completo, libremente. No más hacer dotes, no necesito un confesionario para confesar mis pecados; Dios me recibe directamente, libremente, y me invita a que venga de esa manera.
Dios sobrenaturalmente había abierto el acceso: Él rompió el velo en dos. Dios no solamente nos dijo eso; Dios nos dejó la evidencia ocular de eso, rasgando el velo y dejando el arca de facto expuesta. Es su invitación para nosotros.
Yo decía que había dos cosas que voy a señalar del texto. Una: el velo rasgado. Y lo otro que aparece descrito está justamente en el pasaje de Marcos, en el versículo 39: "Viendo el centurión que estaba frente a Él la manera en que expiró, dijo: 'En verdad, este hombre era Hijo de Dios.'" El centurión vio algo que el resto no pudo ver. Y de alguna manera, algunos especulan —yo especulo igual— que con toda probabilidad él nació de nuevo. Porque tú no puedes declarar, en medio de una crucifixión tan horrenda, en medio de alguien que no ha podido defenderse a sí mismo: "Este es el Hijo de Dios", si Dios no te abre los ojos, te ilumina, te enseña y te muestra cosas que de otra manera no hubieses podido ver.
El centurión ahora ha visto a Jesús como inocente, como Hijo de Dios. Dios lo había declarado su Hijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia", en la transfiguración en el monte, y en el Jordán el día de su bautismo. Los demonios en Marcos habían declarado a Cristo como Hijo de Dios. Pero en el Evangelio de Marcos —estoy hablando del Evangelio de Marcos solamente ahora— nadie había declarado a Cristo como Hijo de Dios fuera de Dios y los demonios. Ningún ser humano en el Evangelio de Marcos había hecho una cosa semejante, hasta que llegas al centurión.
Y llama la atención cómo Marcos narra lo que convence al centurión, cuál es la manera de la expresión de fe, si él estaba expresándola. Dice: "Viendo el centurión que estaba frente a Él la manera en que expiró, dijo: 'En verdad, este hombre era Hijo de Dios.'" La manera como Cristo muere es lo que convence al centurión de que Cristo era lo que dijo que era. ¿Cómo murió? ¿Herido? ¿Adolorido? ¿Abandonado, flagelado, burlado? En silencio y perdonando a aquellos que le hirieron.
La manera como nosotros vivimos es tan importante como la manera como nosotros morimos. La historia de la Iglesia está ahí para testificar de una cantidad enorme de personas que fueron atraídas hacia la persona de Jesús, hacia la fe, después de ver la manera como muchos de los hijos de Dios murieron, y de manera especial como los mártires murieron. Y aquí hay una evidencia clara de parte del centurión: que al ver la manera como Cristo murió, él se convenció de que este era el Hijo de Dios.
Yo decía en un sermón reciente, en una reflexión de un miércoles —el último miércoles que celebramos comunión—, que Dios nos dio en Jesús un regalo, y que los regalos se envuelven, y que Dios envolvió su regalo y lo envolvió en humanidad, y nos entregó a su Hijo envuelto en su humanidad. Pero que Dios abrió —le quitó el papel de regalo a su regalo, valga la redundancia— en la cruz. Y cuando Dios le quita el papel, por así decirlo, a su Hijo como regalo para mostrarlo, el centurión lo ve y dice: "Verdaderamente, este era el Hijo de Dios." Y con eso lo declaró inocente.
Esta fue la última persona que declaró a Jesús inocente. Pilato lo había declarado inocente tres veces: "Por tanto, les dijo por tercera vez: '¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho este? No he hallado en Él ningún delito digno de muerte; por tanto, le castigaré y le soltaré'" (Lucas 23:22). Herodes tampoco le había encontrado delito. Uno de los dos ladrones en la cruz había también declarado su inocencia. Escucha en Lucas 23:41, uno de los dos ladrones hablándole al otro.
"A la verdad, justamente recibimos el castigo porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos. Nada malo ha hecho." Pilatos, Herodes, el ladrón en la cruz, y ahora el centurión: "Pero verdaderamente, este era el Hijo de Dios." Prácticamente estas palabras del centurión cierran la vida de Cristo y cierran el Evangelio de Marcos. Mencionó eso porque el Evangelio de Marcos está colocado como entre dos portalibros, ambos declarando a Jesús el Hijo de Dios.
Marcos 1:1 dice: "Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios." Así comienza. Y ahora está prácticamente cerrando con el centurión, diciendo: "Verdaderamente, este era Hijo de Dios." La evidencia quedó expuesta ante los hombres de que Cristo ciertamente era lo que Él dijo haber sido. Y aquel día, con el velo rasgado, nosotros, viendo hacia atrás ahora, podemos ver lo que Job tanto deseó.
Job, en su lucha por hablar con Dios, por presentar su caso a Dios, exclama en un momento dado: "¡Ojalá hubiera alguien, un intermediario, alguien que pudiera mediar entre Dios y yo! Alguien que pudiera ponerle la mano a Dios y pudiera ponerle la mano al hombre." Y ahora resulta que ese alguien vino, apareció, fue a la cruz, le puso la mano a Dios, ha satisfecho su justicia, le puso la mano al hombre y lo ha perdonado de su pecado. En la cruz, en ese día, día de la Pascua, al final de tres horas, Dios quedó satisfecho.
Marcos continuó: "Había también unas mujeres mirando de lejos, entre las que estaba María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé. Las cuales, cuando Jesús estaba en Galilea, le seguían y le servían; y había muchas otras que habían subido con Él a Jerusalén." Los discípulos no están aquí. Probablemente estaban escondidos por temor.
Y yo me imagino a estas mujeres que están viendo desde lejos: aterradas, ansiosas, preocupadas, dolidas, su espíritu aplastado. Me las imagino confusas. Al maestro que paró los vientos, al que levantó a los muertos. ¿Es o no es el Hijo de Dios? Pero ciertamente ellas le amaban. Y con independencia del veredicto final al que hubiesen llegado, le amaban y estaban observando a lo lejos.
El texto dice que junto con ellas había muchas otras mujeres. Estaba María Magdalena, de quien Jesús había sacado siete demonios, probablemente con un alto grado de agradecimiento. Estaba Salomé, a quien Mateo identifica como la madre de Jacobo y de Juan, los dos discípulos, de manera que ella quizá también tenía un grado alto de agradecimiento. Y estaba una María, madre de Jacobo el menor y de José; de esos dos nombres no sabemos nada, pero probablemente la comunidad primitiva los conoció, y por eso son mencionados por Marcos.
Pero llama la atención que dice que había muchas más mujeres, y no los hombres, no los discípulos. Mujeres que me escuchan, mujeres que han cultivado muchas veces una espiritualidad y un caminar con Dios. Mujeres de cuyo testimonio yo he visto muchas veces cómo han traído a sus esposos a los caminos del Señor. Mujeres que muchas veces han dejado un testimonio que ha impactado a los hijos cuando no fueron impactados por el testimonio de los esposos. Mujeres, continúen cultivando su caminar con el Señor. Su labor no es en vano. Su labor es meritoria. Su labor, su testimonio, tiene un peso que Dios quiere usar. Aquí están estas mujeres donde no están los hombres, viendo desde lejos.
Jesús murió, expiró. ¿Qué va a pasar con su cuerpo ahora? ¿Dónde lo van a colocar? Muchos de los crucificados eran simplemente abandonados para que los animales del campo los comieran. ¿Lo van a dejar en la cruz? Pero sucede algo en el texto de Marcos que nos enseña que ciertamente Dios trabaja de una manera misteriosa, y nos enseña incluso que muchas veces nosotros estamos juzgando a priori, y también nos da una sorpresa.
De repente hay una persona que es miembro del Sanedrín, del Sanedrín que ha declarado a Jesús blasfemo, del Sanedrín que pedía la sangre de Jesús, y ciertamente hay un miembro de ellos que no ha estado de acuerdo, que hasta ahora no se ha mencionado, que cuando Jesús muere viene a Pilato y pide el cuerpo de Jesús. Escucha el versículo 42: "Ya a la tarde, como era el día de la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, vino José de Arimatea, miembro prominente del concilio, que también esperaba el reino de Dios, y llenándose de valor, entró donde estaba Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús."
Esto es vital. El Sanedrín no estaba completamente de acuerdo en lo que hicieron con Jesús: número uno. Número dos: hay una persona que está a punto de perder su membresía en el Sanedrín y ser condenado por él, porque ahora se atreve a pedir el cuerpo de alguien que ha sido clavado en una cruz. "Maldito aquel que muere en un madero." Simplemente tocar el cadáver de alguien lo declaraba a uno inmundo por los próximos siete días.
José de Arimatea va a tocar el cadáver, lo va a envolver en un lienzo. José de Arimatea, siendo miembro del concilio, se va a identificar con una acción completamente opuesta a la que el concilio ha dictado, y el texto dice que llenándose de valor fue y pidió el cuerpo a Pilato. En otras palabras, él también tenía temor, pero se llenó de valor. Algunos para participar en una marcha tienen temor y lo expresan. José de Arimatea pudo haber tenido miedo, pero fue y pidió el cuerpo de su Señor siendo miembro del Sanedrín.
Y aún más, apareció otro discípulo: aquel Nicodemo que vino a Jesús de noche, admirándole, aquel Nicodemo con quien Cristo había tenido una conversación acerca de que tenía que nacer de nuevo. Es posible que haya nacido de nuevo; es lo más probable, aunque especulativo, porque identificarse con Cristo después que murió, en el momento de la cruz, necesitaba algo más que simpatía. El texto de Juan 19 dice que Nicodemo vino y compró cien libras de aromas, de especias aromáticas, se las trajo a José de Arimatea, y con ellas envolvieron el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Jesús tuvo una muerte horrible, pero tuvo una sepultura honrosa.
José de Arimatea se tomó el riesgo. Escucha lo que dice el texto final de Marcos 15: cuando Arimatea va y le pide el cuerpo a Pilato, este se sorprendió de que ya hubiera muerto, y llamando al centurión le preguntó si ya estaba muerto. Tan severa fue la flagelación de Jesús que apenas duró unas tres horas colgado; algunos crucificados duraron dos y tres días. Por eso Pilato está atónito: ¿ya murió?, ¿ya expiró?, ¿ya pasó a la otra vida? Y comprobando esto por medio del centurión, le concedió el cuerpo a José.
José compró un lienzo de lino y, bajándole de la cruz, lo envolvió en el lienzo de lino y le puso en un sepulcro que había sido excavado en la roca, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la madre de José miraban, escucha, todavía están interesadas, miraban para saber dónde le ponían. Se quedarían pensando: "Mi Raboni, yo quiero honrarlo todavía." Y el domingo, al amanecer, María Magdalena fue corriendo a la tumba con otras Marías a honrar el cuerpo del Señor, porque habían permanecido a distancia observando durante dos días, para saber dónde le iban a colocar.
Una vez más, mujeres que caminan con Dios es un buen ejemplo de lo que implica verdaderamente tener una relación con Él, y que puede ser un lugar de testimonio a muchas y a muchos. Para terminar el relato, yo tengo que preguntar dónde estás tú con relación al velo.
El apóstol Pablo le escribe a los corintios y les dice que para los judíos que no han recibido a Dios, el velo todavía permanece con ellos hasta el día de hoy. No están en el templo —el templo fue destruido en el año 70—, está en su mente. Hay un velo, hay algo que no pueden ver, hay algo que ellos mismos no pueden rasgar. Cristo, Dios mismo, tiene que rasgar ese velo para que ellos puedan ver a Cristo por lo que es.
Pero si bien es cierto que tú no lo puedes rasgar para ver, no es menos cierto que tú puedes clamar y pedirle a Dios que rasgue ese velo, de tal forma que tú puedas también clamar y decir verdaderamente: "Este hombre era el Hijo de Dios." Que tú puedas verlo como el Redentor de tu vida, como el camino, la verdad y la vida, como el único, la única puerta de acceso al Padre, como la única persona que verdaderamente puede salvar.
Como cantábamos hace un momento, mi Dios puede salvar, pero aún más, mi Dios es el único que puede salvar. Yo no solamente digo que pueden mover montes; Dios puede levantar muertos. Cuando Dios dice "el día que peques morirás", Adán peca y muere espiritualmente. Esa es la razón por la que el apóstol Pablo nos llama, en Efesios 2:1, que estamos muertos en delitos y pecados. Ese es el Dios que puede levantar los muertos hoy, ese es el Dios que puede dar vida eterna, no solamente mover los montes.
¿Dónde estás? ¿Estás del lado de la oscuridad y no lo sabes? ¿Estás del lado de la luz? ¿Estás convencido de que Cristo pasó por una experiencia por la cual tú no tendrás que pasar? ¿O tienes dudas? ¿O quizás estás convencido de que no estás ahí, en cuyo caso estarías de aquel lado del velo y del lado de la oscuridad? La pregunta final sería: ¿estoy listo para enfrentar esa oscuridad, no temporalmente sino eternamente?
Y si no lo estás, tú puedes, donde estás, decirle: "Señor, Tú tienes misericordia de mí. Tú rasgaste el velo del templo; rasga mi velo del corazón. Tú te manifestaste a un Pablo, a un centurión; manifiéstate en mi vida. Tú perdonaste a otros; perdóname a mí. Tú derramaste sangre por el perdón de pecados; yo te confieso y me arrepiento de mis pecados, y entiendo que tu sangre puede lavar mis pecados. Tú sacaste a un pueblo de Egipto que estaba en la esclavitud; sácame a mí de mi esclavitud. Tu palabra dice que yo estoy muerto en delitos y pecados; yo quiero resucitar espiritualmente hablando. Hoy, resucítame Tú."
"Y Señor, si Tú haces todo eso, yo te entrego mi vida, porque ya no la puedo seguir viviendo sin un nuevo nacimiento. Tengo que vivir una nueva vida, porque tengo una nueva mente y tengo un nuevo corazón."
Y tú puedes decirle esto al Señor en tu mente y en tu corazón. No necesitas de mí como intermediario, como sacerdote. A veces lo hacemos; otras veces dejamos que cada cual, quien lo quiera hacer, lo pueda hacer entre Dios y él. Tú lo puedes hacer ahora y lo puedes hacer mientras cantamos. Puede ser esta noche, puede ser mañana, pero cuando lo hagas, que lo hagas bajo la convicción del Espíritu: la convicción del pecado y la convicción de que deseas arrepentimiento, deseas pedir perdón, y confías solamente por gracia y a través de la fe en Cristo como tu Señor y Salvador.
---
Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.