La voluntad de Dios es frecuentemente misteriosa, no porque Él desee ocultarla, sino porque su sabiduría infinita orquesta propósitos que abarcan eternidades, billones de personas, múltiples generaciones y un conflicto cósmico entre luz y tinieblas. Ninguna mente humana puede comprender un plan de tal magnitud. Hay una parte revelada en las Escrituras, pero la mayor parte permanece escondida, y nuestro verdadero problema no es lo que desconocemos, sino que conociendo lo revelado, no lo obedecemos.
En Hechos 21, Pablo recibe del Espíritu la certeza de ir a Jerusalén sabiendo que le esperan cadenas y aflicciones. Pero en Tiro, discípulos que también hablan "por el Espíritu" le ruegan que no vaya. En Cesarea, el profeta Ágabo actúa dramáticamente la profecía atándose manos y pies, y Lucas junto con las cuatro hijas de Felipe que profetizaban le suplican lo mismo. La revelación era idéntica para todos; la diferencia estaba en la conclusión. Los discípulos, movidos por tristeza y amor, interpretaron la advertencia como una señal para evitar el sufrimiento. Pablo, con mente sumisa, entendió que el sufrimiento era parte integral de su llamado.
El pastor Núñez señala que cuando la mente está ansiosa, triste o desenfocada, no es momento de discernir la voluntad de Dios. La voz de Dios es consistente con el propósito de nuestra vida, con nuestro llamado específico y con su Palabra. El contentamiento no determina la voluntad divina; José fue vendido como esclavo, Moisés pasó cuarenta años en el desierto, y Cristo fue a la cruz. Pablo pudo ir a Jerusalén porque confiaba en que la voluntad de Dios es buena, agradable, perfecta y soberana, sabiendo que lo peor que podía pasarle —la muerte— sería en realidad lo mejor: encontrarse con su Señor.
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¡Vamos a adentrarnos para vivir en su Palabra! Te invito a que vayas abriendo o encendiendo tu Biblia en el capítulo 21 del libro de los Hechos. Vamos a estar introduciendo por unos minutos el tema de hoy. Es un pasaje conocido, pero he pedido al Señor que nos ayude a ver quizá otras cosas que no están tan claramente expresadas en el pasaje, pero que sí pueden salir de lo que el pasaje revela.
Yo he titulado el mensaje de esta mañana "El misterio de la voluntad de Dios". Quizá tu volante simplemente dice "La voluntad de Dios", pero pensándolo mejor, yo creo que un título más completo o que mejor expresa el contenido es "El misterio de la voluntad de Dios". Yo no creo que para ninguno de nosotros es un secreto que la voluntad de Dios frecuentemente es misteriosa y enigmática. Y lo es así, no porque Dios no quiere revelarnos cómo Él piensa o cómo Él siente, no porque Dios no quiere revelarnos lo que Él quiere de nosotros. Más bien, su voluntad es inescrutable porque su sabiduría es infinita, y como su sabiduría es infinita, Él frecuentemente —por no decir siempre, pero quizás es siempre— lleva a cabo sus propósitos de una manera que dista mucho de la forma como tú y yo llevaríamos a cabo esos mismos propósitos, propósitos parecidos.
De hecho, el Señor ha revelado con claridad que Él ha dicho otra vez en Isaías: "Mis pensamientos", dice el Señor, "no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos". Y no es porque Dios quiere andar en oposición a nosotros, es que nuestra sabiduría está limitada, nuestra sabiduría es finita, está caída incluso, y Él no pudiera trabajar de la misma manera.
Imagínate esto por un momento: Dios planifica todo lo que ha de acontecer conforme a un plan eterno. Ahora, simplemente detente ahí por un momento y piensa: ¿cómo puedo yo comenzar incluso a entender un plan que no solamente comenzó en la eternidad pasada, sino que para desarrollarlo toma en cuenta toda la eternidad? Un plan que involucra billones de personas, que involucra billones de obstáculos, millones o billones de propósitos, múltiples generaciones, cientos de naciones, un mundo de la luz que avanza y un mundo de tinieblas que se opone —para no continuar la lista prácticamente interminable de todo lo que la voluntad de Dios implica y cómo la hace interactuar para que al final de los tiempos todo eso que yo acabo de decir coincida en el cumplimiento de su propósito—. ¿Cómo puede una mente humana comprender algo tan complejo como lo que yo acabo de describir?
Ahora, no hay dudas de que hay una parte de la voluntad de Dios que está revelada. Está en su Biblia, en la Biblia que nosotros tenemos en múltiples versiones e idiomas. Pero hay una parte de la voluntad de Dios, probablemente la mayor parte —sin quitarle el probablemente—, la mayor parte de la voluntad de Dios está escondida a nuestro entendimiento. De hecho, Dios mismo revela tal cosa en Deuteronomio 29:29. Él dice lo siguiente: "Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley". En otras palabras, aquellas cosas que Dios entiende que yo necesito obedecer están reveladas, porque yo no podría conocerlas de otra forma. Pero hay múltiples otras cosas que nosotros llamamos misterios, los misterios de Dios, que Dios no ha revelado porque incluso si lo hiciera nosotros ni siquiera pudiéramos entenderlo. Y ese solo hecho de simplemente entender que hay cosas reveladas de la voluntad de Dios y cosas no reveladas de la voluntad de Dios.
Ahora, escúchame: nuestro problema no radica, como nosotros frecuentemente pensamos, en la voluntad de Dios que no conocemos. Nosotros frecuentemente nos rascamos la cabeza y decimos: "Solamente si yo supiera cuál fuera la voluntad de Dios". Ese no es tu problema ni el mío. El problema tuyo y el mío es que, conociendo la voluntad de Dios revelada, no la obedecemos. De manera que si Dios nos revelara más voluntad, no hubiera más obediencia; hubiera la misma rebelión.
La voluntad de Dios pudiera ser definida como aquel atributo de nuestro Dios por medio del cual Él escoge, aprueba y determina cada evento que ha de acontecer. Es un atributo que Él tiene por medio del cual Él orquesta, determina e incluso aprueba cada evento que ha de acontecer. Ahora, la aprobación de Dios no implica la santificación de Dios. Dios no santificó la caída de Adán y Eva, pero Él la aprobó. Y yo no voy a entrar en los detalles de la voluntad de Dios que ha sido llamada decretiva —aquello que Él decreta— de la voluntad de Dios permisiva. Uno necesitaba estar o necesita todavía estar en este curso que el pastor Héctor está dando los miércoles para entrar en algunos de esos detalles. Ese no es el centro de mi mensaje en el día de hoy.
John MacArthur, en su libro "Teología Sistemática de Doctrina Bíblica", dice que la voluntad de Dios es la determinación perfecta y soberana por medio de la cual Él ordena todas las cosas que tienen que ver consigo mismo y con su creación. Es una voluntad soberana, pero es una voluntad perfecta por medio de la cual Dios ordena todo lo que tiene que ver con Él y todo lo que tiene que ver con su creación.
Déjame decir eso de una forma quizás mucho más práctica, si a alguien le sonó esto un tanto teológico —aunque yo creo que lo hice bastante sencillo—. Todos los eventos en medio de los cuales tú te encuentras hoy, todos los eventos en medio de los cuales tú te has encontrado a lo largo de tu vida, por los cuales tú has atravesado, han formado parte de la voluntad de Dios, ya sea por decreto o de forma permisiva. "Pastor, ¿y usted está seguro de eso? Porque hay cosas en las que yo me he encontrado en el pasado y yo no puedo pensar que es parte de la voluntad de Dios". Todos los eventos por los que tú has atravesado, estás atravesando o atravesarás forman parte de la voluntad de Dios, ya sea de esa voluntad decretada o de esa voluntad permisiva. Como le llamemos, es una sola voluntad; es simplemente una forma distinta de analizarlo.
Y en ambos casos la razón ha sido la misma. Escucha bien: ya sea que Dios decrete o que Dios permita, la razón por la que lo hace es la misma. Dios orquesta lo que orquesta, o decreta lo que decreta, o permite lo que permite, porque Él entiende que al hacerlo de esta forma es la mejor manera de Él obtener los propósitos detrás de los cuales Él ha estado todo el tiempo. Y eso incluye la caída de Adán y Eva. Si hubiese habido un mejor plan que permitir la caída de Adán y Eva, ese plan estuviera en efecto, estuviese en caminado. Por eso la voluntad de Dios es un misterio, es inescrutable.
Escucha a Pablo en Romanos 11:33-35: "¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues ¿quién ha conocido la mente del Señor?" ¿Quién ha podido entrar ahí dentro y descifrar lo que Él piensa, cómo piensa, cómo actúa? ¿Cómo pensar que la permisividad de la caída de Adán y Eva constituiría la mejor manera de Dios llegar donde Él quería llegar? "¿O quién llegó a ser su consejero? ¿O quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar?"
Nada ha ocurrido desde el principio de la creación hasta el día de hoy sin que Dios lo haya permitido. Y eso incluye dos pajarillos que hoy se caen al piso desde una rama y mueren. Y la permisividad de Dios tiene que ver con alcanzar los propósitos, un propósito que al final del camino sea perfecto.
De manera que los hijos de Dios no debemos temer a la voluntad de Dios, no debiéramos juzgar la voluntad de Dios, no debiéramos trivializar la voluntad de Dios, pero tampoco debiéramos rebelarnos en contra de la voluntad de Dios. Y quizás usted se está preguntando: "¿Cuándo vamos a llegar al texto de hoy? ¿Cuándo comenzamos el mensaje?" Yo no he comenzado todavía. Pero todo esto de alguna manera va a salir a relucir en el mensaje que tenemos por delante.
Yo quiero recordarnos que nuestra rebelión, nuestra ingratitud, nuestras insatisfacciones, nuestras quejas, no van a cambiar la voluntad buena, agradable y perfecta de nuestro Dios. Déjame decir eso otra vez, porque hay un contraste enorme: mi rebelión, mi ingratitud, mi insatisfacción, mi queja, no van a cambiar la voluntad buena, agradable y perfecta de nuestro Dios para conmigo. Yo necesito reconocer todo esto, porque eso me va a ayudar a entender, o por lo menos me va a ayudar a vivir en medio de la voluntad de Dios. De lo contrario, vamos a vivir como frecuentemente vivimos: insatisfechos, frustrados, airados y en continua rebelión. Y, peor aún, viviremos cosechando las consecuencias fruto de esa ingratitud.
El texto de hoy, en su segunda parte, revela con cierta claridad lo difícil que es a veces discernir la voluntad de Dios. Yo te voy a adelantar algo: tú te vas a encontrar a un apóstol que recibe una revelación de Dios —el apóstol Pablo— y la entiende de una manera, y te vas a encontrar con un profeta y cuatro profetisas y un grupo de discípulos que por el Espíritu reciben una revelación de Dios y la entienden de otra manera. Y ambos, porque el texto habla de que todos ellos hablaron por medio del Espíritu. De tal forma que si alguien te dice que encontrar la voluntad de Dios es fácil, refiérelo a este pasaje.
Y con eso yo quiero que nosotros veamos en el capítulo 21 del libro de los Hechos, del versículo 1 al 16: "Después de separarnos de ellos" —volveremos a esta frase un momento— "zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, al día siguiente a Rodas, y de ahí a Pátara. Y encontrando un barco que partía para Fenicia, subimos a bordo y nos hicimos a la vela. Cuando avistamos Chipre, dejándola a la izquierda, navegamos hacia Siria y desembarcamos en Tiro, porque la nave debía dejar su cargamento allí. Después de hallar a los discípulos, nos quedamos allí" —esto en Tiro— "siete días. Y ellos" —escucha— "le decían a Pablo por el Espíritu que no fuera a Jerusalén", que era precisamente para donde Pablo iba.
Y pasados aquellos días, partimos y emprendimos nuestro viaje, mientras que todos ellos con sus mujeres e hijos nos acompañaron hasta las afueras de la ciudad. Después de arrodillarnos y orar en la playa, nos despedimos unos de otros. Entonces subimos al barco y ellos regresaron a sus hogares. Terminado el viaje desde Tiro, llegamos a Tolemaida, y después de saludar a los hermanos nos quedamos con ellos un día. Al día siguiente partimos y llegamos a Cesarea.
Y entrando en la casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete, nos quedamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas, quiere decir vírgenes, que profetizaban. Y deteniéndonos allí varios días, descendió de Judea cierto profeta llamado Agabo, quien vino a vernos. Y tomando el cinto de Pablo, se ató las manos y los pies y dijo: "Así dice el Espíritu Santo: así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinto y le entregarán en manos de los gentiles."
Al escuchar esto, tanto nosotros —es Lucas hablando, cuando Lucas dice "nosotros" él es el que está narrando— al escuchar esto, tanto nosotros, Lucas, como los que vivían allí, están las doncellas, las cuatro profetisas, le rogamos que no subiera a Jerusalén. ¿Qué era para dónde Pablo iba? Entonces Pablo respondió: "¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque listo estoy no solo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús." Como no se dejaba persuadir, nos callamos diciendo: "Que se haga la voluntad del Señor."
Después de estos días nos preparamos y comenzamos a subir a Jerusalén. Y nos acompañaron también algunos de los discípulos de Cesarea, quienes nos condujeron a Mnasón de Chipre, un antiguo discípulo con quien deberíamos hospedarnos. Ahí tú tienes lo que yo acabo de explicar: el misterio de la voluntad de Dios.
La semana pasada nosotros vimos una conversación, o completamos una conversación, que Pablo tuvo con los ancianos de la iglesia de Éfeso. No voy a entrar en los detalles, y tampoco porque nos tomó dos mensajes poder cubrir esa conversación. Pero cuando el texto de hoy comienza diciendo "después de separarnos de ellos," está hablando de los ancianos de la iglesia de Éfeso con sus familias en la playa, arrodillados, donde lloraron. El texto dice "después de separarnos," en el original la frase es mucho más enfática, es como "después de arrancarnos." Es como si ellos sabían, ellos sabían que no iban a volver a ver a Pablo más. Amaban mucho a Pablo, Pablo los amaba a ellos, y casi como que hubo que pegarlos para que ellos finalmente subieran a la barca. Eso es lo que está tratando Lucas de comunicarnos, si eso fue lo último que nosotros vimos la semana pasada.
Imagínate por un momento, porque cuando tú lees la historia, tú necesitas como tratar de ponerte en las sandalias, son los zapatos de aquellos que fueron los actores, porque de esa manera tú pudieras quizás enriquecer tu entendimiento. Imagínate por un momento personas que tú amas entrañablemente, no es simplemente que les amas, es que les amas entrañablemente. Y que tú sabes que este encuentro y esta despedida es final, que de este lado de la gloria tú jamás vas a volver a ver a esa persona. Imagínate que lo abrazas para despedirte y tú sabes que este es el último abrazo y esta es la última vez que tú verás su rostro. Imagínate lo difícil emotivamente que sería ese momento para tú despegarte de esa persona. Y quizás eso es lo que Lucas nos está tratando de comunicar: esta gente se amaba.
Luego ellos suben a la barca y comienza a describir una serie de cosas acerca del viaje, que en realidad, si te soy honesto, no es mi interés, pero fue el interés del Espíritu al inspirar la Palabra. Pero no es mi interés del mensaje, no es que yo no crea que tenga importancia. Y el texto nos dice que ellos primero fueron y pararon en un lugar, un poblado llamado Cos, y que al día siguiente se fueron a Rodas, y que de ahí se fueron a Pátara. Y ahí cambiaron de embarcación, ahí cambiaron de embarcación porque encontraron una embarcación que iría a Fenicia, y aparentemente quizás esa embarcación lo llevaría más rápido hasta Jerusalén. La embarcación luego se detiene, le pasa por el lado a Chipre, la isla de Chipre, y luego entonces se dirigen a Siria y desembarcan en Tiro porque había un cargamento que había que dejar allí en Tiro. Pablo y sus compañeros se quedan en Tiro por siete días.
Ahí en Tiro, Pablo recibe de parte de los discípulos la primera advertencia en esta parte de su viaje. Recuerden que este es el tercer viaje misionero y ya él va a regresar a Jerusalén. Él recibe la primera advertencia de que no suba a Jerusalén. Pero lo interesante es que el versículo 4 dice que los discípulos le dijeron a Pablo por medio del Espíritu, con E mayúscula, no vaya a Jerusalén. Parecería como que si Pablo sigue para Jerusalén, él está en desobediencia del Espíritu. Eso es lo primero que él escucha, y lo escucha en Tiro. Sin embargo, Pablo había entendido por el Espíritu que él debía ir a Jerusalén.
Eso es complicado ahora porque parecería como que el Espíritu le está diciendo una cosa a una persona y otra cosa a otra persona. Y a veces nosotros como creyentes nos encontramos ahí. Mira, yo creo que el Señor te dice, y el otro dice, no, yo creo que el Señor me dice, y ahora no sabemos cuál Señor es el que está hablando. Ellos se despiden, dice el texto, junto con sus hijos, sus mujeres, se arrodillaron y oraron, lo mismo que los ancianos de Éfeso. Se arrodillaron, lloraron en la playa y Pablo se fue.
Es bueno puntualizar que tanto los ancianos de Éfeso en la playa se arrodillaron y lloraron, como esta gente, estos discípulos en Tiro, también se arrodillaron y lloraron. Porque cuando tú lees el libro de los Hechos queda tan claro que la oración para ellos era tan natural como respirar. Nosotros nos dificultamos muchas veces orar, y sin embargo te queda con la impresión de que para esta iglesia primitiva orar era tan natural como respirar lo es para nosotros.
Y realmente nosotros tenemos un mandato en la Palabra donde dice "orad sin cesar," y obviamente sabemos que no nos está llamando simplemente a vivir orando, orando, orando, pero sí se nos está diciendo que debiéramos vivir bañando todo lo que hacemos o pensamos hacer en oración. Y la realidad, hermano, hermana, es que nosotros, en el mundo tan convulsionado, tu vida y la mía pasan por días, semanas, meses de tribulación, de agitación, de confusión, de desenfoque, de no claridad, de falta de dirección. ¿O no te ha pasado eso? ¿No te ha pasado eso? Como a tres o cuatro les ha pasado, el resto mintieron. Pero esa es razón suficiente para vivir orando sin cesar.
Pablo está en Tiro, se despide en la playa con oración por estos hermanos que le dicen: "Pablo, por el Espíritu te decimos, no vayas para Jerusalén." Pablo se embarca y entonces llega a Tolemaida, y allí pasaron un día solamente, y al día siguiente arribaron a Cesarea. Cesarea era el puerto marítimo de Jerusalén. Jerusalén no tenía puerto, no estaba cerca, estaba tan lejos como setenta millas, cien kilómetros más o menos de distancia. De manera que cuando Pablo llega con sus acompañantes, y Lucas estaba ahí, a Cesarea, prácticamente ya estaba en Jerusalén. Tenía que caminar ahora unos cien kilómetros, o quizá ir a caballo, tres días a pie, un par de días a caballo, de una de esas dos maneras él tenía que llegar.
Pero en Cesarea se produce un evento interesante, y es que él se encuentra en Cesarea y quien lo hospeda es Felipe. Es algo que sale también a relucir de una manera clara en esta historia de la iglesia primitiva: su hospitalidad. Y durante los anuncios, Jairo nos invitaba a ser hospitalarios con aquellos que vienen por su causa. Tuve ese sentido de hospitalidad en el versículo 4, el versículo 8, el versículo 16. Había siempre una disponibilidad de recibir, no solamente a Pablo, pero de recibirlo a él y a sus compañeros. En este caso Felipe, el evangelista, que tiene cuatro hijas, ya que él no tenía mucho espacio, pienso yo, dada la característica de las casas de aquella época, para estar hospedando a Pablo y un equipazo que venía con él. Pero él los hospeda y se quedan ahí en la casa de Felipe, y resulta que Felipe tenía cuatro doncellas o cuatro vírgenes que profetizaban.
Felipe es Felipe el evangelista. Felipe el evangelista no es Felipe el apóstol que estuvo con Cristo, es uno de esos siete hombres en Hechos 6 cuando los apóstoles se ocuparon y tenían muchas cosas que hacer, y ellos dijeron: "Bueno, elijan entre ustedes siete hombres llenos del Espíritu y de sabiduría que nos ayuden a regular las mesas, a atender las mesas." Bueno, uno de esos siete era Felipe, que luego gana el apodo del evangelista porque ese será su don. Felipe es quien lleva el evangelio a Samaria, y Pedro y Juan fueron a Samaria para ver qué es lo que estaba pasando después que Felipe llegó allá y comenzó a predicar el evangelio. Y Felipe es quien lleva incluso el evangelio a Cesarea, donde él vive ahora.
Y eso pasó como hace 20 años atrás. Eso fue una idea de todo el terreno, todo el tiempo que hemos recorrido, porque ahora estamos como 20 años después de que Felipe hubiese llevado el evangelio a Cesarea. Él está ahí viviendo, y ahí es donde Pablo llegó en esta ocasión. Nosotros ni siquiera sabemos si Pablo y Felipe se conocían. Quizás se conocían de referencia, quizás se habían juntado en algún lugar, pero el texto bíblico no nos dice. Pablo está ahí ahora en la casa de Felipe, siendo hospedado por él. Felipe los recibe en su casa.
Ahora resulta que mientras Pablo estaba ahí, baja un profeta de Judea de nombre Ágabo. Pablo y Ágabo sí se conocían. Quizás se le olvidó, pero en Hechos 11 Pablo y Ágabo trabajaron en recoger una ofrenda para ayudar a los hermanos en necesidad en Judea, de manera que Pablo sabía exactamente quién era Ágabo. Ágabo llega a la casa de Felipe y toma un cinto que Pablo tiene. Era frecuente en esa época tener un cinto largo donde muchas veces la gente llevaba dinero escondido. Toma ese cinto y él se ata las manos y los pies y dice: "Así le van a hacer a Pablo si va a Jerusalén, o cuando llegue a Jerusalén."
En la antigüedad no era infrecuente que los profetas de Dios actuaran la profecía. Entonces, en 1 Reyes 11:30, el profeta Ahías, donde él se quita la ropa y la rompe en 12 pedazos para ilustrar, a la vez que profetiza, cómo el reino de Israel le iba a ser dividido en dos. Esos pedazos son las 12 tribus a la muerte de Salomón. De manera que esto que Ágabo hace es simplemente algo similar: él está actuando su profecía.
El versículo 12 que yo leí, cuando los que estaban presentes —Felipe el evangelista, las cuatro hijas de Felipe que profetizaban, Lucas que usa el pronombre "nosotros", y los otros discípulos— escucharon a Ágabo hablar, le rogaban a Pablo que no fuera a Jerusalén. Se lo dijeron los discípulos de Tiro en el versículo 4, se lo dicen ahora este grupo de discípulos que tiene un poquito más de peso por quienes ellos son en el versículo 12. Y sin embargo Pablo escucha otra vez. Ágabo dice: "Así dice el Espíritu Santo." Los discípulos de Tiro dicen que hablaron por medio del Espíritu, y Pablo dice por medio del Espíritu que él va para Jerusalén. ¿Tú crees que es fácil siempre encontrar la voluntad de Dios? Descíframe ese enigma.
Pablo había dicho en el capítulo anterior, capítulo 20, los versículos 22 y 23, que en cada ciudad el Espíritu Santo le daba testimonio de que en Jerusalén le esperaban cadenas y aflicciones, pero que seguiría. Y ahora él tiene hermanos que le están diciendo: "Pablo, no vaya." Pero Pablo está convencido por el Espíritu de que él tiene que ir. Tienes un apóstol en una posición, tienes un profeta que profetiza, y a Lucas, que no fue un apóstol pero tiene peso. Él escribió el Evangelio de Lucas y lo escribió de manera infalible, y él escribió el libro de los Hechos y lo escribió de manera infalible, y él le está diciendo a Pablo: "No vaya."
Si hay algo que queda claro es que nuestro Dios es un Dios revelador, porque Dios ha revelado qué va a pasar en Jerusalén y lo ha revelado a Pablo, se lo ha revelado a los discípulos de Tiro y se lo ha revelado a través de Ágabo, y lo hizo por medio del Espíritu. Ahora, la revelación de Ágabo y la revelación de Pablo, cuando las analizas bien, no difieren. El problema no estuvo en que Pablo recibió una revelación y Ágabo recibió una revelación completamente opuesta. No. Pablo recibió la revelación de que en Jerusalén le esperaban cadenas y aflicciones, y Ágabo se ata los pies y le dice a Pablo: "En Jerusalén esto es lo que te van a hacer cuando tú llegues." La dificultad no estaba en la revelación; la dificultad estaba en la conclusión a la que cada cual llega con la revelación. El grupo de Ágabo dice: "No vaya." El grupo de Tiro dice: "No vaya." Y Pablo dice: "Sí voy." Es la conclusión, pero sabemos qué es lo que va a pasar.
Para Pablo no tenía dificultad en escuchar la revelación que ya él conocía, porque Pablo tiene una mente sumisa, y esa mente sumisa sabe someterse a la voluntad de Dios y no anda en búsqueda del camino de menor resistencia. Esa es nuestra inclinación natural. Cuando nosotros comenzamos a encontrar resistencia, somos como los ríos que se desvían. Y es lo mismo: aquí hay una roca o algo, y en vez de empujarla, ellos toman otro curso y se dirigen en otra dirección. Nosotros tendemos a lo mismo. Cuando encontramos cierta dificultad que no se concluye de una forma relativamente rápida, decimos: "Esta no puede ser la voluntad de Dios," y cambiamos de curso. Imagínate a Cristo camino a Jerusalén, camino a la cruz.
La mente sumisa, como la de Cristo, como la de Pablo, somete sus deseos y toda su humanidad a los propósitos de Dios, conociendo que solo en los propósitos de Dios está la posibilidad de vivir con gozo, propósito y significado. La mente sumisa somete toda su humanidad a los propósitos de Dios, porque entiende que solamente en el propósito de Dios puede encontrar gozo, satisfacción y significado.
Para nuestra humanidad hay algunas cosas que pueden hacer que nosotros lleguemos a conclusiones erradas, aun si tenemos una revelación clara como en este caso. Por ejemplo, los discípulos estaban tristes. En su tristeza, ellos no querían que Pablo sufriera, y mucho menos que ellos pudieran perder a Pablo como pastor. En su tristeza, entonces, su conclusión es proteger a Pablo. En su tristeza, ellos entienden que la razón de la revelación no es advertir a Pablo para que Pablo se prepare para lo que viene, sino advertir a Pablo para que Pablo no pase por lo que iba a pasar. Eso es como nosotros pensamos, y eso altera la manera como yo oigo la voz de Dios.
Cuando tu mente está ansiosa, cuando tu mente está triste —yo te lo puedo decir a través de experiencia personal— cuando tu mente está desenfocada, ese no es el tiempo de determinar y discernir la voluntad de Dios. Eso es como un ejercicio en vano. Estos discípulos estaban tristes. No estaban en su mejor capacidad. Pablo les dice en un momento dado: "Me están rompiendo el corazón, me están quebrando el corazón," por la manera que estaban llorando, la congoja que ellos estaban experimentando. Los llevó a una conclusión completamente diferente a la conclusión a la que Pablo había llegado.
De esa misma manera, nosotros podemos decir que si mi mente está desorganizada porque mis prioridades están desorganizadas, es muy difícil determinar la voluntad de Dios en un momento dado en el que yo le estoy buscando. Y si hay algo que es frecuente en los hijos de Dios, es que sus prioridades no están en orden. De manera que si yo quiero poder determinar con menor dificultad —no quiero decir con mayor facilidad, porque no es tan fácil, pero con menor dificultad— la voluntad de Dios, lo primero que yo necesito es organizar las prioridades de mi vida. Entonces yo podría hacer algo mucho mejor.
Hermano, Dios está interesado en revelar su voluntad, y la razón por la que Dios está interesado en revelar su voluntad es porque Dios está interesado en que yo le obedezca. ¿Y cómo voy a obedecer si no sé cuál es la voluntad de Dios para mi vida? Es como que Dios quiere que yo le obedezca y llegue a ser pastor, pero Él no me lo revela, no tiene forma de revelarlo. Entonces, ¿cómo le obedezco? De manera que Dios es el primero en estar interesado en revelarme en qué camino yo debo ir.
Escucha cómo el salmista lo dice en el Salmo 32:8: "Yo te haré saber y te enseñaré." Esto es singular, esto es personal, individual. "Yo te haré..." No "yo les haré saber como congregación o como nación de Israel." No. "Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar. Te aconsejaré con mis ojos puestos en ti." No "con mis ojos puestos en todos ustedes." No, "con mis ojos puestos en ti." ¡Wow! Aquí hay tres expresiones claves: "haré saber," ¿a quién? A ti. "Te enseñaré," ¿a quién? A ti. "Aconsejaré," ¿a quién? A ti.
De manera que, de alguna forma, el Espíritu de Dios que mora en nosotros crea —créanlo— lo que llaman en inglés "promptings," crea estos impulsos, crea esta iluminación del entendimiento. Combina eso con la Palabra de Dios y me guía para que yo pueda discernir la voluntad de Dios en la medida en que yo voy viviendo la vida que Él me ha dado, y que yo pueda vivir esa voluntad.
La pregunta es: ¿cómo Dios hace esa revelación? ¿De una manera mística o lo hace de una manera práctica? Nosotros no debiéramos estar esperando que Dios me revele su voluntad vía sueños y visiones, aunque Dios haya hecho eso en el pasado, y aun si Dios decide soberanamente hacerlo en alguna ocasión. Esa no es la manera como yo debo esperar que Dios me va a revelar su voluntad. Nosotros tenemos el Espíritu, tenemos la Palabra. Dios crea estos impulsos internos, Dios me da iluminación, Dios me abre puertas, Dios me cierra puertas, Dios crea circunstancias.
Pablo siente que tiene que vivir e ir a Jerusalén. Ágabo y su grupo entienden que no debe ir. Los discípulos de Tiro creen que Pablo no debe ir. La pregunta es, entonces: ¿qué hace Pablo? Yo quiero, en el tiempo que me queda, compartir varios principios de cómo discernir esa voz de Dios con relación a este caso y la vida de Pablo.
Número uno: la voz de Dios es consistente con el propósito de mi vida. Déjame entonces tomar a Pablo. La voz de Dios es consistente con el propósito de mi vida, la vida tuya, el propósito mío. Dios le dice a Pablo en cada ciudad: "En Jerusalén te esperan cadenas y aflicciones." ¿Son esas cadenas y aflicciones consistentes con el propósito de Dios para Pablo?
Número dos: la voz de Dios no es solamente consistente con el propósito para mi vida, sino con mi llamado, el llamado que Dios me hace. Cuando Pablo fue convertido, tumbado al suelo, él quedó ciego, y Dios envía un discípulo de nombre Ananías para que imponga las manos sobre él y recobre la vista. Dios le dice a Ananías que Pablo es un instrumento escogido para llevar su nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel.
Pablo iba a llevar el Evangelio a reyes, a gentiles y a los hijos de Israel. ¿Para dónde Pablo quiere ir? Para Jerusalén. Cuando él quiere llegar para la fiesta de Pentecostés, va a haber muchos judíos en Pentecostés, en buen número. Mucha gente. Pablo quiere contar lo que Dios ha estado haciendo. La última vez que Pablo estuvo en Jerusalén hace como cinco años; es tiempo de regresar y es tiempo de regresar por Pentecostés. En Pentecostés Pablo sabe cómo comenzó todo: comenzó en un Pentecostés, cuando había mucha gente de diferentes lugares donde se compartió la palabra y se esparció el Evangelio a partir de ahí. Pablo quiere llegar ahí, de manera que cuando Dios le dice a Pablo que vaya a Jerusalén y que debe ir, Dios lo logía para que vaya y para que llegue a Pentecostés. Eso era consistente con su llamado de presentar la palabra de Dios a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel.
Si tú eres capaz de determinar a qué te llamó Dios, te será mucho más fácil discernir la voz de Dios y separarla de otras voces. En mi caso, cuando me quedó claro que Dios me estaba llamando a pastorear, el simple hecho de entender eso —que estaba aquí todavía— ya me hizo mucho más fácil discernir. Todavía no era pastor, pero yo entendía que era llamado. Yo estaba aquí, me hizo mucho más fácil discernir la voz de Dios, por así decirlo, entre este punto y este otro punto, porque eso es mi llamado. Entonces las otras voces que me querían dirigir en otra dirección no podían ser la voz de Dios. Y yo tenía claro que no solamente Dios me estaba llamando a ser pastor, sino que me estaba llamando a ser pastor en la República Dominicana. Y cuando mi propia iglesia me ofreció quedarme ya como pastor, yo sabía que era en el nombre de Dios, porque yo tenía claro cuál era mi llamado.
El llamado de Dios determina tu camino, el llamado de Dios determina tu sendero, y Dios no tiene el hábito de cambiarte tu llamado por las dificultades del camino. O sea, ya lo que yo aprendí de la Escritura es que Dios te ha hecho un llamado, y yo en el camino te pueden crucificar, pero Él no va a cambiar el llamado. Dios no está en el hábito de cambiar de llamado por las dificultades. El llamado de Dios no está libre de dificultades. Las cadenas y aflicción a las que Pablo estaba haciendo alusión fueron una parte de su llamado.
Yo decía también que la voz de Dios es consistente con sus propósitos. Cuando Ananías recibe la revelación de Dios para que hable con Pablo, y probablemente ha instruido a Pablo en ese sentido, no solamente le dijo que Pablo era un instrumento para llevar su verdad, su Evangelio, delante de reyes, de gentiles y de los hijos de Israel, sino que además le dice: "Yo le mostraré cuánto debe sufrir por mi nombre." Imagina que el día de tu conversión Dios te diga: "Bienvenido al Reino de los Cielos. Noticia número uno. Noticia número dos: te voy a enseñar cuánto padecerás por causa de mi nombre." Tú casi quieres echarte para atrás y cerrar la puerta otra vez. De manera que las cadenas y aflicciones de que Pablo le hablaron eran consistentes con lo que oyó el día de su llamado: "Tú vas a saber cuánto debes padecer por mi nombre."
Por tanto, los discípulos de Jacobo y los demás que quizás no estaban al tanto de esa revelación, quizás no podían entender tan bien como Pablo que la voz de Dios realmente estaba en Jerusalén, porque eso le habían dicho ya de antemano: que parte de su vida iba a consistir en eso.
En tercer lugar, la voz de Dios es consistente con su Palabra. Pablo conocía la Palabra de Dios. Claro, conocía la Palabra de Dios. Tenía que haber conocido los Evangelios. Aunque él no caminó con Cristo, pero para esa época han pasado veinte, veinticinco años. Él ha tenido contacto con Pedro, con Jacobo, con los líderes; tenía que conocer la historia. Y Pablo sabía que lo que él estaba pasando fue exactamente lo que le pasó al Señor Jesucristo. Cuando el Señor Jesucristo dice que Él va para Jerusalén y que Él va a sufrir mucho de las autoridades —recuerdan esa parte, ¿verdad?— tú sabes lo que pasó: que su discípulo Pedro, el sanguíneo, impetuoso, se detuvo y le dice: "Señor, que eso jamás te acontezca. No vayas." Y Jesucristo dice: "Para Jerusalén tengo que ir."
Pablo sabe que eso que él está pasando ahora le pasó al Señor Jesucristo. Tú sabes que Pedro no lo hizo de mala gana. Pedro amaba al Señor; de alguna manera le llegó a amar aún más después, pero Pedro amaba al Señor. Pero no quería que el Señor sufriera. Pedro no quería que el Señor muriera y le está diciendo: "¡No vayas! Mira lo que te va a acontecer." Hay una tendencia en nosotros a simpatizar con el otro. Y de esa misma manera hay una tendencia natural en nosotros a pensar que si la voluntad de Dios involucra dolor y sufrimiento, esa probablemente no es la voluntad de Dios. "No, yo se lo dije, mira lo que pasó, se lo dije por estar desobediente, por terco." Exactamente, porque esa es nuestra conclusión, y los discípulos están concluyendo eso con lo que yo acabo de explicar.
En mi apreciación, más frecuentemente que no, la voluntad de Dios implica dolor y sufrimiento. Y tú pudieras decir: "¿Pero por qué, si Dios nos ama tanto?" Es porque el propósito número uno declarado en la Palabra que Dios tiene conmigo es la formación de la imagen de su Hijo en mí, y no hay nada como el dolor y el sufrimiento y el desierto y la carencia y la deficiencia para formar dicha imagen.
Oswald Sanders lo dice de esta manera, o lo dijo de esta manera: "El elegir sufrir implica que hay algo errado." Yo lo voy a parafrasear y voy a decir: el elegir sufrir es una cosa muy diferente. No es elegir sufrir por sufrir, es elegir la voluntad de Dios aun si implica sufrir. Ningún santo en su sano juicio, dice Sanders, eligió sufrir. Ellos no dijeron: "Yo elijo en el día de hoy sufrir, cadenas y aflicción." Escucha, ellos más bien eligieron la voluntad de Dios, como lo hizo Jesús, independientemente de que esto involucrara sufrir o no.
Hermano, nuestro contentamiento, lo sabemos, no es lo que determina la voluntad de Dios. Si estoy contento, no es la indicación de que es la voluntad de Dios. A José lo vendieron sus hermanos como esclavo, sus propios hermanos. Y estuvo preso y pasó dificultades en medio de la voluntad de Dios para salvar a la nación de Israel. El contentamiento no fue lo que determinó que Moisés tuviera cuarenta años en el desierto liderando este pueblo. El contentamiento no fue lo que determinó que Jesús fuera a la cruz. Por el gozo puesto delante de Él, porque no era algo que Él todavía estaba viviendo. Ni lo fue tampoco para el apóstol Pablo.
¿Qué es todo ahora? ¿Entonces qué es lo que determina el llamado de Dios para mí, para mi vida? Bueno, yo pudiera decirlo de una manera sencilla y como un argumento circular: el llamado de Dios para tu vida lo determina el llamado de Dios. Tú podrías decir: "Bueno, ¿no es la misma cosa dicha de otra manera?" Pero yo quisiera decirlo de otra manera: el llamado de Dios para tu vida es un sentido de propósito de que lo que haces, de una manera directa o indirecta, contribuye a impactar el Reino de los Cielos aquí en la tierra. El llamado de Dios es un sentido de propósito que tú sabes, y lo que tú haces de una manera directa —pero a veces indirecta, porque cada uno de nosotros tiene diferentes andares— contribuye a impactar el Reino de los Cielos en la tierra. Dios no me dejó aquí, si soy su hijo, para ninguna otra razón que no sea impactar el Reino de Dios aquí en la tierra.
Los discípulos de Pablo, de los que estamos hablando aquí en Cesarea, parecían o creían conocer cuál era la voluntad de Dios para Pablo. ¿No te has fijado que es nuestra tendencia, con frecuencia, frecuentemente determinar más rápidamente cuál es la voluntad de Dios para el otro que para mí? Yo converso contigo una hora y te digo: "Bueno, yo lo que creo que Dios te está enseñando, te está diciendo tal y tal y tal." Y luego para mí yo tengo que pasarme un mes y todavía no sé cuál es la voluntad de Dios. ¿Sí o no? Los discípulos de Pablo parecían creer que conocían la voluntad de Dios para Pablo.
Cuando de la voluntad de Dios se trata, tenemos que ir al paso de Dios, porque esto es un reloj. Se sabe que el reloj no solo tiene veinticuatro horas. El reloj del Señor es la eternidad. Es una aguja que da vuelta y nunca llega. Entonces tenemos que ir al paso. La voluntad de Dios es compleja porque Dios no hace las cosas conforme como yo imagino debieran ser.
Los discípulos estaban rogando, le estaban rogando a Pablo de una manera emotiva que no fuera. Y tanto insistieron que Pablo dice en el versículo 13: "Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque listo estoy no solo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús." Agabo está bien, me van a atar. Pero yo estoy dispuesto a ser atado y a también morir por el Señor Jesús. No sigan llorando y quebrantándome; están casi como impidiéndome que yo haga aquello para lo cual Dios me llamó. Pero su tristeza misma les impedía ver con claridad lo que Pablo estaba viendo. Y yo lo entiendo; yo creo que nosotros fuéramos similar. Eso fue cierto en los discípulos de Pablo, pero es cierto de nosotros también.
Versículo 14: "Como no se dejaba persuadir, nos callamos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor." Eso fue lo mejor que pudieron haber hecho. Hablamos con Pablo, lloramos con Pablo, le rogamos, le dijimos que fue por el Espíritu. Pablo dice que él tiene otra conclusión con relación a lo que el Espíritu revela. Vamos a callarnos y que se haga la voluntad de Dios.
"Después de estos días nos preparamos y comenzamos a subir hacia Jerusalén, finalmente." Y los de Cesarea se despiden de ellos. "Y nos acompañaron también algunos de los discípulos de Cesarea, quienes nos condujeron a Mnasón de Chipre, un antiguo discípulo, con quien deberíamos hospedarnos." Pablo está dispuesto a ir a Jerusalén.
No es solamente porque el Espíritu le ha revelado que sí, que él tiene que ir y que le esperan cadenas y aflicciones. Porque el Espíritu pudo haberle revelado eso, y al escuchar a Agabo y a las profetisas y a Lucas, pudo haber dicho: "Bueno, quizá yo me equivoqué." Pablo estuvo dispuesto a llegar hasta Jerusalén porque él confiaba en la voluntad de Dios, que es buena, lo que implica que procura tu bien. Pablo confiaba en la voluntad de Dios que es agradable, lo que implica que si eres sumiso a su voluntad, en medio de ella tú vas a experimentar gozo. Dios no nos llama a vivir su voluntad para que yo viva en ansiedad, sino en gozo.
Pablo fue a Jerusalén porque sabía que la voluntad de Dios es perfecta, que no hay una mejor voluntad que la de Dios, y que la voluntad nuestra muchas veces nos parece mejor hasta que comenzamos a vivir la consecuencia de haber vivido nuestra voluntad. Pablo llegó a Jerusalén confiado porque sabe que la voluntad de Dios es soberana. En otras palabras, nadie la puede cambiar, nadie la ha cambiado. Su propio Hijo dijo: "Padre, si es posible que pase de mí esta copa, pero si no, que se haga tu voluntad y no la mía." Es una voluntad soberana, y al ser soberana es una voluntad que controla todas las cosas. Controló las cadenas que le esperaban, controló las aflicciones que le esperaban, controló la multitud judía que le esperaba.
Pablo sabía también que la voluntad de Dios es santa, y por tanto no hay maldad en la voluntad de Dios. No importa cuán difícil me resulte, no hay maldad. Pablo llega a Jerusalén y se fue a Jerusalén porque él entendía que la voluntad de Dios es justa. Es justa aunque yo tenga que pasar por injusticia. Lo que a Cristo le ocurrió en la cruz no fue justo para Él porque era inocente, pero no fue un acto de injusticia en el sentido de que Dios llevó a cabo su justicia sobre los hombros de Jesús para que luego nosotros pudiéramos llegar a ser fruto de justicia. Y Pablo conoce, o conocía, hoy la conoce todavía mejor, que así es la voluntad de Dios.
Cuando tú conoces la voluntad de Dios de esa manera, confías en el carácter de Dios de esa manera. A la hora que Dios te hace revelaciones como la que le hizo a Pablo de cadenas y aflicciones en Jerusalén, no te echas para atrás porque tú sabes en quién tú has creído. Tú sabes que aquel que comenzó la buena obra será fiel en completarla. Porque tú sabes que ese Señor que te envía no solamente te envía, sino que ya ha estado a donde te está enviando, ha regresado y ahora está caminando contigo para llegar contigo. Y tú sabes que Dios está por ti y no contra ti.
Pero para eso tú tienes que poder decir: "Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia." Si vivo, vivo para Cristo; si muero, mejor todavía. Lo peor que me puede pasar es lo mejor que me puede ocurrir. Lo peor es la muerte de este lado de la eternidad, y lo mejor que me puede pasar es que me encuentre con mi Cristo de aquel lado de la eternidad. Cuando tú puedes vivir de esa manera, tú puedes ir a Jerusalén, tú puedes ir a los confines de la tierra. No importa lo que te espera, no importa quién sea tu enemigo, tú descansas y esperas en Dios.