Dios no piensa como nosotros pensamos ni actúa como nosotros actuamos. Sus caminos son tan distantes de los nuestros como los cielos lo son de la tierra, y por eso la Biblia está llena de paradojas que confrontan nuestra lógica natural: el camino hacia arriba es hacia abajo, el corazón quebrantado es el corazón sanado, y morir es la puerta para vivir. Una de las paradojas más profundas del cristianismo es precisamente esta: Dios usa el dolor y la muerte para traer vida y sanidad.
Cuando Jesús anunció a sus discípulos que debía ir a Jerusalén a sufrir y morir, Pedro lo reprendió escandalizado. En su mente, el Mesías no podía tener un plan que incluyera sufrimiento. Pero Jesús lo confrontó duramente: "No estás pensando en las cosas de Dios sino en las de los hombres." La cruz no fue un accidente ni una serie de eventos desafortunados; fue el diseño de Dios para nuestra salvación. En la muerte de Cristo está nuestra vida.
Y el llamado al discípulo sigue la misma lógica paradójica: negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirle. Esto implica desistir de todo esfuerzo por salvarnos por nuestros propios méritos y hacer guerra constante contra nuestras inclinaciones pecaminosas. La cruz que tomamos es el sacrificio voluntario que asumimos por la causa de Cristo, con todo lo que ello implica. Pedro escuchó que Jesús iba a sufrir y morir, pero ignoró que también dijo "resucitar al tercer día." Nuestra vida sería diferente si pusiéramos la mirada en las promesas eternas y no solo en el dolor presente.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Vivimos, hermanos, para mi vida en su Palabra!
Bien, hermanos, tenemos un texto por delante importante y significativo, un pasaje que ciertamente es vital para la vida cristiana. Yo quisiera, antes de ir al pasaje, que está en Mateo 16, leer unos versículos ahí dentro de unos minutos, pero quisiera introducir con algunas reflexiones e ideas que nos van a hacer aterrizar en este pasaje adecuadamente.
Si hay algo que está claro cuando uno lee la Palabra de Dios, es que Dios no piensa como el ser humano piensa. Él no es como nosotros; Dios es diferente. Los valores de Dios son distintos a los nuestros, sus reacciones emocionales difieren en muchas ocasiones a nuestras reacciones emocionales, sus intereses, lo que Dios persigue y busca, en ocasiones y con frecuencia son opuestos a nuestros intereses. Y por todo lo anterior, Dios cuando actúa lo hace distinto a nosotros. Hay muchas maneras en las que Dios actúa en nuestras propias vidas que a veces nosotros estamos como en desacuerdo con lo que Él está haciendo, porque en su lugar yo no habría hecho lo mismo.
Ante esa diferencia, en Isaías 55, Dios hablando al pueblo le dice literalmente: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, declara el Señor. Mis pensamientos no son sus pensamientos; lo que yo pienso y mis caminos, lo que yo hago y cómo yo procedo, no son sus caminos." ¿Qué tan diferentes son, entonces? Es una pregunta válida. ¿Qué tan diferentes? El próximo versículo agrega: "Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos." O sea, lo que Dios está queriendo decir es: somos muy diferentes; yo y ustedes no pensamos de la misma manera.
Y una de las formas entonces como la Biblia nos enseña que Dios piensa diferente a nosotros y procede de manera distinta a nosotros es haciendo uso de muchas paradojas. Muchas paradojas tiene la Biblia, las contiene. Una paradoja es una aparente contradicción. El cristianismo tiene muchas cosas que a simple vista nos parecen contradictorias. En una ocasión, Arthur Bennett, un puritano, escribió lo siguiente —y permítame leerlo, pues es una oración que le hace a Dios—: "Permíteme aprender por medio de la paradoja que el camino hacia abajo lleva hacia arriba; que rebajarse es enaltecerse; que el corazón quebrantado es el corazón sanado; que el espíritu contrito es el gozoso; que el alma arrepentida es la victoriosa; que no tener nada es poseerlo todo; que cargar con la cruz es llevar la corona; que dar es recibir; que el valle es el lugar de la visión." ¡Gloria a Dios!
Esto ilustra la diferencia en cómo Dios piensa y actúa, y cómo nosotros pensamos y actuamos. Y una de esas paradojas, de tantas paradojas que Arthur Bennett relata y menciona, pero una de las paradojas que la Biblia contiene, es precisamente que Dios, en muchas ocasiones y con frecuencia, ha usado el dolor y la muerte para traer vida y sanidad. Es algo paradójico: de la muerte Dios saca vida. Y de hecho, el llamado cristiano es a morir para vivir.
Yo quisiera entonces que profundizáramos precisamente en esa realidad y esa verdad, para que la entendamos y la asimilemos, porque creo que ahí mismo, en esa paradoja, está contenida la esencia de la vida cristiana y de nuestro caminar como discípulos de Cristo. En Mateo 16, precisamente el versículo 21, tenemos un relato que nos va a ayudar a meditar en estas cosas.
Mateo 16:21 dice la Palabra de Dios: "Desde entonces Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día. Y tomándole aparte, Pedro comenzó a reprenderle, diciendo: No lo permita Dios, Señor; eso nunca te acontecerá. Pero volviéndose él, dijo a Pedro: ¡Quítate delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo, porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por causa de mí la hallará. Pues, ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su alma? ¿O qué dará un hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su reino."
Evidentemente vimos algunas expresiones paradójicas en ese relato cuando Cristo dice que el que quiera ganar su vida tiene que perderla, y quien la pierda por causa de Él la ganará. Hay varias paradojas en este pasaje que yo quisiera estudiar con ustedes.
Lo primero es la paradoja del sacrificio de Jesús: la muerte de Cristo garantiza mi vida; en su muerte yo tengo vida. Vemos cuando Jesús está comenzando a exponerles a los discípulos lo que va a acontecer. Como ya leímos en el versículo 21, una vez más voy a leer: Jesús les dice que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Y tomándole aparte, Pedro comenzó a reprenderle diciendo: "No lo permita Dios, Señor; eso nunca te acontecerá." Pero volviéndose Él, dijo a Pedro: "¡Quítate delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo, porque no estás pensando en las cosas de Dios sino en las cosas de los hombres."
Este relato cambia la lectura de Mateo. Desde ese momento, cuando se dice "desde entonces", Jesús acababa de terminar su ministerio en la región de Galilea y se enfocaba en su viaje a Jerusalén, donde Él iba a ser muerto. A partir de ese momento, Jesús empezó a hablar con mucho más claridad acerca de su misión en esta tierra de lo que lo había hecho anteriormente. Esta es la primera mención de su muerte y su resurrección, de cuatro menciones que vienen más adelante. De hecho, la Nueva Traducción Viviente, cuando dice "comenzó a declarar a sus discípulos", traduce que empezó a decirles claramente lo que iba a acontecer, lo que Él iba a enfrentar, la cruz que estaba delante de ellos. Aquí ya no hay nada escondido, nada vedado.
Los discípulos estaban seguros de que Cristo es el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Recuerden que en los primeros capítulos de los Evangelios, en algunas ocasiones Jesús hacía cosas milagrosas y le decía a la gente: "No digan nada de lo que ha pasado; no revelen mi identidad todavía." Él les estaba simplemente mostrando las obras de Dios para que, por la fe, la gente creyera en Él. Pero aquí ya vemos a Jesús declarando su misión y afirmando su identidad.
De hecho, unos versículos antes, en el mismo capítulo 16 de Mateo —este es el versículo 21, pero en el versículo 16— acababa de haber un intercambio entre Jesús y sus discípulos donde les preguntó: "¿Quién dice la gente que yo soy?" Y Pedro respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." Ya ellos sabían de quién estábamos hablando; ya estaban seguros de que Jesús era el Mesías. Pues ahora Jesús les despliega su misión, les despliega lo que Él va a ser.
Y fíjense y noten en el versículo 21: Jesús dice a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes, de los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día. Decía "debía": era una tarea para Jesús, no era opcional. Ir este viaje a Jerusalén, la cruz y la muerte de Cristo no es algo que simplemente le ocurre a Jesús; no es algo que una serie de desafortunados acontecimientos producen. La cruz es el diseño de Dios para la vida de Jesús. El sacrificio y su entrega fue un acto voluntario; Jesús iba a Jerusalén a sufrir, a morir y a resucitar.
Y esto es chocante, e inmediatamente les resultó chocante a los discípulos. Pedro, en particular, en el versículo 22 lo confronta. Pedro acaba de emitir una gloriosa declaración diciéndole: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", y sucede que cuando al Cristo le dicen lo que va a ser, a Pedro no le parece, y tiene la osadía de decirle: "Señor, Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente; yo no estoy de acuerdo con tus planes, yo pienso distinto." Y lo censura. Literalmente, la palabra en el original cuando dice que Pedro lo llamó aparte para reprender a Jesús significa una llamada de atención. Más o menos eso fue lo que ocurrió: "No digas eso, Señor."
Los discípulos conocían la identidad de Jesús, pero no conocían su misión; ellos no aceptaban la misión. En la mente de Pedro y de los discípulos, Dios no puede tener un plan para que su Mesías sufra y muera. ¿Cómo así? Es una confusión común pensar que si yo estoy del lado de Dios no hay sufrimiento ni dolor, que la vida con Dios es una vida pavimentada, un camino, un highway suave, sin obstáculos, con la menor cantidad de dificultades. ¿Cómo puede ser que el Mesías, el Hijo del Dios viviente, venga a la tierra y la aflicción, el dolor y la muerte sean parte de los propósitos de Dios? "No digas eso, Jesús; eso nunca te acontecerá."
Pero Jesús escoge sus palabras de manera muy precisa y dice: "Debía ir a Jerusalén." Esa es una confusión común entre nosotros: el plan de Dios no incluye sufrimiento y muerte. Típicamente pensamos que el plan de Dios está libre de aflicciones, o así debería estarlo. Pero Dios no es como nosotros; Dios no piensa como nosotros.
De hecho, esta confusión se mantuvo por mucho tiempo, aun después de su resurrección. Nosotros vemos un relato en Lucas 24 de unos discípulos —dos discípulos específicamente— que iban camino a Emaús, una ciudad de la zona. Jesús se les acerca, ellos no reconocen a Jesús, y Él les pregunta de qué están hablando. Y ellos le dicen: "¿Eres tú el único que no sabe lo que ha acontecido? Jesús, el profeta, un hombre poderoso, fue crucificado recientemente." Y Jesús así escucha y sigue hablando con ellos, y se da cuenta de que ellos incluso le dicen a Jesús...
De hecho, hay mujeres que dicen que lo vieron, que lo vieron por ahí, y ellos están atónicos. Y Jesús, en Lucas 24:26, dice lo siguiente: los reprende y les dice: "¡Oh, insensatos y tardos de corazón!" Y les pregunta: "¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo referente a Él en las Escrituras.
¿No era necesario que el Mesías sufriera? ¿No era parte del plan de Dios que el Mesías sufriera? Sí lo era. El Antiguo Testamento está lleno de referencias acerca de la crucifixión, la pasión y el dolor del Mesías, de aquel que vendría y se entregaría por nosotros. Y Jesús debía entonces ir a Jerusalén. "Era necesario", les dice a los discípulos de Emaús. ¿Y por qué era necesario eso? ¿Por qué debía ir Jesús a Jerusalén?
Isaías 53 nos contesta. Nos dice el versículo 5 que Él fue herido por nuestras transgresiones, Él fue molido por nuestras iniquidades, el castigo de nuestra paz cayó sobre Él. Y el versículo 4 dice que Él fue herido de Dios y afligido. Mi salvación, mi vida descansa en la muerte de Cristo. ¡Gloriosa paradoja! De la muerte de Dios saca vida. La muerte de Cristo no fue un accidente en su historia; fue un plan predeterminado de Dios, de que Él, el justo, muriera por el injusto, que el santo muriera por los pecadores, que Dios se hiciera hombre y fuera a la cruz, a la peor de las ejecuciones de la época, a morir en mi lugar, literalmente.
Pero Pedro no entendía eso. Los discípulos no entendían eso. Los discípulos de Emaús no entendían eso. ¿Cómo es posible que la muerte y el dolor sean parte del plan de Dios? Estaban tan distantes de la forma como Dios piensa, que Jesús viene y confronta a Pedro y le dice: "¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo, porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres." Con esto, Cristo declara: yo quiero ir a la cruz. La cruz es algo que yo asumo por mi propia voluntad; es mi deseo ir a la cruz, es mi deseo sufrir. En el plan de Dios es parte de mi propósito en la vida.
Hermanos, Dios no es como nosotros. Y ciertamente, Marcos 10:45, Jesús dice literalmente: "Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos." Pedro, en mi muerte está tu vida. Pedro, apártate de mí, Satanás. Jesús no está diciendo que Pedro está poseído; Jesús está diciendo que sencillamente Pedro está pensando en el aquí y en el ahora, como piensan los hombres. Él está pensando en una parte de la paradoja, pero no puede concebir que Dios, el Dios todopoderoso, haga sufrir a los suyos y saque algo bueno de la tragedia.
Pero Dios sí lo hace, y Dios lo hizo gloriosamente. Y la cruz de Cristo es hoy en día la base de mi vida. Y porque Él pagó en la cruz, yo no tengo que sufrir lo mismo. Y porque Él murió por mí, yo no tengo que morir dos veces: yo no tengo que morir físicamente y morir espiritualmente, porque Él murió. Yo solamente muero una vez y tengo vida. Y ciertamente Jesús dijo y afirmó categóricamente que los que crean en Él, aunque mueran, vivirán. Esta es la paradoja del sacrificio de Jesús: que en su muerte hay vida.
Por aquí hay una segunda paradoja en este texto: la paradoja del discípulo de Jesús. En morir a mí está mi vida. En morir a mí está mi vida. El capítulo 16, versículo 24 de Mateo dice: "Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará."
Luego del intercambio con Pedro, y de darse cuenta de que Pedro está muy perdido en cuanto a cómo Dios trabaja, la idea de que el sufrimiento no es parte del plan de Dios estaba profundamente arraigada en él. Pedro pensaba que ni el Mesías, y mucho menos sus seguidores, iban a pasar por ningún tipo de sufrimiento. De hecho, pensar de esa manera es una cuestión casi natural para nosotros; es casi instintivo pensar eso. Que los que están del lado de Dios no tienen por qué pasar por sufrimiento, dolor, aflicción y muerte. Es lógico: si Dios es todopoderoso y es bueno, ¿por qué habría de haber sufrimiento real en nuestras vidas?
Pero una vez más, Dios no es como nosotros; Dios no piensa como nosotros pensamos. Y esto no es así en la vida de Cristo. Ya vimos que Él vino a sufrir, que debía ir a Jerusalén y era necesario que padeciera para nuestro rescate. Y Jesús quiere entonces dejarles claro a ellos: "Yo sé que Pedro está confundido y perdido; déjenme decirles algo a ustedes. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame."
Es como para que no vengan. Eso es un anuncio como de: no vengan. ¿Cómo pretende Jesús animar a la gente a que lo siga? "Si alguno quiere venir en pos de mí... alguno... ¿quiere? Sí, Señor. Niégate, crucifícate. ¡Ah, bueno, ahora fue que cogió ánimo el asunto!" No. Es que no es natural para nosotros seguir ese llamado. Por eso tiene que venir de Dios. Por eso es que Dios tiene que hacer una obra en nuestros corazones y poner en nosotros el deseo y la intención de seguir a Cristo. Por eso Romanos 9:16 dice que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Y por eso es que cuando yo soy salvo, yo tengo que vivir de rodillas prácticamente, dándole gracias a Dios por su gracia y misericordia para conmigo, porque yo no podría, voluntariamente, responder este llamado. No. Yo no quiero eso. Yo no me quiero negar. Yo no quiero morir. Yo quiero tomar mi vida, no negarme. Yo quiero; yo no quiero cruz. Y yo no quiero vivir sometido al yugo de otra persona. Yo quiero ser el dueño de mi propio destino. Esto es contrario a la voluntad autosuficiente y autodeterminada del ser humano. Es un llamado imposible.
Pero Jesús es claro. Jesús no le pinta la píldora a la gente. Jesús no le vende el cristianismo a la gente, porque el cristianismo no es una golosina. El cristianismo es un tratamiento radical: o te lo bebes o te mueres. ¿Lo quieres? No. Pues te vas a morir espiritualmente. Y estas tres expresiones: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme, las podemos parafrasear en: olvídate de ti, sacrifícate y obedéceme. Eso es lo que se espera de un discípulo de Jesús. De eso se trata ser cristiano, hermanos.
El discípulo de Cristo se olvida de su causa personal, se olvida de construir un reino para sí mismo, se enfoca en los planes de Dios, que es la cruz, y se somete a Dios en todas sus actuaciones. "¿Quiere venir en pos de mí?" Esta es la descripción de puesto. ¿Quiere ser un discípulo de Jesús? Esta es la descripción de puesto. Pues saben que hay descripciones de puesto que le dicen a la gente cuál es la expectativa de una empresa cuando te contrata. Si tú no llenas esa expectativa, no puedes estar en esa posición.
Pero profundizando un poco más en esta descripción de puesto: ¿qué implica negarse a uno mismo? ¿Qué implica en términos prácticos el negarse a uno mismo? Hay dos aspectos importantes de la negación del yo que nosotros debemos mencionar. Por un lado, la negación del yo implica que yo desisto de mis esfuerzos de salvarme por mis propios méritos. Yo desisto de ese esfuerzo. De hecho, esa intención de hacer eso está implícita en el versículo 25. Fíjense que el versículo 25 dice: "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá." Esa palabra "vida" en el original es "alma". El que quiera salvar su alma, la perderá.
El ser humano no puede salvarse por sí mismo. Hermanos y amigos, si tú piensas que tu calidad moral, tu impecabilidad personal como ciudadano, como esposo, como padre, te certifica como salvo, eso es una distorsión de la realidad. Positivamente, todos nosotros hemos sido destituidos de la gloria de Dios. En nosotros hay óxido moral; nuestra alma está caduca, nuestra alma está deteriorada, nuestros deseos no son los de Dios, nuestros propósitos no son los de Dios, nuestras actuaciones no son las de Dios. Y un Dios justo lo que debe hacer, justamente, es condenarme a mí y a todos los que estamos aquí.
Por más que me esfuerce, no puedo llegar, no puedo ganar ese partido. Es una comparación que se queda muy corta, pero imagínense que usted no es en lo absoluto diestro en un deporte, y sucede que va a jugar con un deportista profesional un partido. ¿Cuál es la probabilidad de que usted gane? Ahora estoy viendo a alguien que le gusta el tenis. A mucha gente le gusta el tenis, a mí me gusta el tenis. Chico, ver a Roger Federer y yo salir con mi equipo, con mi raqueta, con mi técnica, con mi pongo... yo pienso que yo puedo hacer algo, un punto. Lo que no saben es que Roger Federer es el mejor jugador de tenis de la historia. Hay algunos que están de acuerdo con eso, pero tranquilo, que no hay controversia; no voy a entrar en controversia.
¿Cuál es la probabilidad que yo tengo? ¿Cuál es la probabilidad de que, frente a un Dios tres veces santo, yo saque un punto en conducta? Ninguna. Yo tengo que desistir de mis esfuerzos y de mi idea de que yo me salvo, de que yo logro la salvación. La salvación se recibe por fe, al arrepentirme de mis pecados y confiar en la obra perfecta de Cristo en la cruz y en su vida impecable en mi favor.
"El que quiera salvar su vida, la perderá." Bienaventurados, dice Mateo 5:3: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de Dios." ¿Quiénes son los pobres en espíritu? Los que saben que no tienen dinero espiritual, los que saben que no pueden comprar el favor de Dios, los que apelan a Dios y le dicen: "Dame." Ese es el pobre en espíritu.
Jesús les refiere una parábola en Lucas capítulo 18. ¿A quiénes está dirigida esta parábola? Versículo 9: "Refirió también esta parábola a unos..." Oigan, escuchen: "...que confiaban en sí mismos como justos." Se creían buenos, se creían salvos, se creían aceptados por Dios: "Nosotros somos la gente de Dios." Y agrega Jesús: "...y despreciaban a los demás." Ya ahí se quemaron.
Y Jesús sigue contando su parábola y dice: habiendo dos hombres que van al templo a orar, uno fariseo, humanamente impecable, cumplidor con su familia, con el gobierno, con sus compromisos religiosos, absolutamente cumplidor en todos sus deberes humanos y ciudadanos; y va otro, un recaudador de impuestos, que era lo peor de la sociedad en ese momento, o alguna de las peores categorías de la sociedad en ese momento.
Jesús añade, después de terminar de relatar la parábola, dice: "Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.'" Os digo, dice Jesús, que este descendió a su casa justificado, pero aquel no, porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será exaltado.
El discípulo, al negarse a sí mismo, tiene que desistir de sus esfuerzos de salvación por sí mismo. Tenemos que entregarnos por completo a la obra redentora de Cristo por nosotros y en nuestro favor, completamente. Y entonces morir a nosotros, negarnos a nosotros mismos en ese sentido, y vivir para lo que dice 2 Corintios 5:15: "Y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." Este es el primer aspecto en que nosotros debemos negarnos a nosotros mismos.
Hay otro aspecto en el que nosotros debemos negarnos a nosotros mismos, y es que tenemos que estar en constante negación de nuestras inclinaciones pecaminosas. A pesar de ser discípulos, a pesar de ser regenerados por el Espíritu Santo, en nosotros siguen habiendo inclinaciones pecaminosas que se contraponen a los deseos de Dios, a los propósitos de Dios, al estilo de vida que Dios quiere que yo lleve en mi vida. Eso es una guerra constante. Gálatas 5:16 en adelante lo describe como una guerra entre los deseos de la carne y los deseos del Espíritu: se oponen el uno al otro, no están en paz nunca, de manera que, dice Pablo, no hacéis lo que deseáis.
El discípulo que es receptor del Espíritu ahora se encuentra en la difícil situación de que cuando tiene un deseo carnal y quiere hacer una cosa, el Espíritu le dice: "¡Eh! No, eso no glorifica a Dios", y no puede hacer lo que quiere ni satisfacer su deseo carnal. Pero por otro lado, cuando siente un impulso espiritual, su carne le dice que no lo haga, que está muy cansado… O sea que cuando quiere hacer el deseo de la carne se siente confrontado por el Espíritu, y cuando quiere hacer el deseo del Espíritu se siente desmotivado por la carne. El discípulo está en un constante "no hago lo que deseo". De ambos lados estoy como jalado de uno y otro, y eso es precisamente lo que describe Gálatas 5: que nosotros no hacemos lo que queremos en muchas ocasiones, estamos tirados de un lado y de otro.
Pero Pablo agrega en Gálatas 5:16 que tenemos que obedecer los deseos del Espíritu. Es posible, dice Pablo, sujetarte, someterte, doblegar tu voluntad al Espíritu; es posible. Y por lo tanto, en esta guerra quien debe ganar es el Espíritu. Hay que rendirse, someterse a los impulsos del Espíritu en tu vida constantemente, negarte a ti mismo, negarle a la carne sus deseos, porque en esa pérdida de vida la ganas.
Entonces vemos que esta frase de negarse a nosotros mismos tiene estas dos connotaciones: desistir de nuestros esfuerzos propios y, al mismo tiempo, hacerle la guerra a los deseos de nuestra carne. Hay otro componente en esta descripción del discípulo, y es que el discípulo se niega a sí mismo y toma su cruz. ¿Cómo así, que toma su cruz? No se trata de que debemos morir por los demás como Cristo lo hizo; nosotros no podemos ser el pago, el rescate por los seres humanos. Solo Cristo, solo el que no tuvo pecado, puede ser el rescate.
Tampoco tomar la cruz es resignarnos a vivir esa situación dolorosa que nos ha tocado vivir: un matrimonio que no funciona —"esa es mi cruz"—, una suegra exasperante, un trabajo agotador, un jefe insoportable, un tráfico caro, el calor de nuestro país. Yo he dicho en algunas ocasiones: ¿qué cruz? La cruz no tiene que ver con nada de eso. Esas son las incomodidades típicas de un mundo caído, pero esa no es la cruz.
Fíjense que la cruz se toma: "tome su cruz." La cruz se toma; no es una cosa que me viene como accidente en la vida. Yo decido abrazar la cruz, como Cristo abrazó la cruz. La cruz evidentemente representa dolor, sacrificio y aun la muerte. En el caso de Cristo, la cruz era el propósito de Dios para su vida, era el instrumento de salvación. Jesús lo asumió: "Esta es mi misión, yo debo ir a Jerusalén, esto es lo que yo quiero hacer por la causa de Cristo, por la causa de Dios." Por lo tanto, la cruz es el sacrificio voluntario que yo asumo en pos de la causa de Dios.
¿Qué es eso? Difiere en cada caso. En mi caso puede ser el pastorado con todo lo que ello implica. Para muchos de ustedes es el sacrificio en pos del avance de la causa de Dios en este mundo, lo que en algunos lugares implica incluso el martirio, implica literalmente morir como Cristo lo hizo. En algunos casos, como el nuestro, va a implicar rechazo de parte de algunos, cuestionamiento de parte de otros, que nos tilden de errados, de obtusos, de exclusivistas, de obsoletos, de retrógrados, de poco políticos, de todo lo que eso implica.
El discípulo, entonces, está dispuesto a tomar su cruz para hacer avanzar la causa de su Señor. Eso es lo que yo tomo. Digo: "Esto es lo que yo voy a hacer por la causa de Cristo; esos son mis dones, esos son mis talentos, yo quiero verterlos ahora, sacrificarme por la causa con todo lo que ello implica." Y el tomar la cruz tiene conexión con negarme a mí mismo, obviamente, porque cuando yo tomo la cruz hay deseos que yo tengo que rechazar y negar. Hay ciertas cosas a las que, para asumir mi cruz, para abrazar mi cruz, yo tengo que decirles que no.
La mejor expresión de cuando Cristo tomó la cruz es en Lucas 22, en el huerto de Getsemaní: Él le dice al Señor: "Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya." Y cuando vemos esto tenemos la tendencia a pensar que la voluntad de Dios en nuestras vidas, la cruz en nuestras vidas, siempre va a ser algo doloroso pero poco satisfactorio. Y hay otra paradoja en Dios: el dolor satisface, porque hay riquezas espirituales que Dios provee para aquellos que se duelen, para aquellos que sufren por la causa de Cristo, por la causa de Dios. Dios provee en su gracia y en su misericordia deleites espirituales de los cuales podemos disfrutar.
No pensemos que cuando la causa implique dolor eso excluye el gozo; no lo excluye. De hecho, es parte del llamado. Yo creo que Cristo fue la persona más gozosa que vivió en este mundo, pero fue llamado Varón de Dolores, experimentado en aflicción. ¿Cómo así? ¿Cómo un hombre experimentado en aflicción, llamado Varón de Dolores, pudo experimentar gozo? Porque estaba en el centro de la voluntad de Dios, y Dios llena el alma y Dios satisface a aquellos que están en el centro de su voluntad.
Entonces, ¿cómo podemos abrazar la cruz con gozo? ¿Cómo podemos hacer eso? Cuando abrazar la cruz y negarnos a nosotros mismos implica rechazar lo que verdaderamente nos gusta, tenemos que verlo con fe. Tenemos que ver la cruz y la negación con fe, de tal manera que podamos experimentar aquellas cosas que Dios promete para los que confían en Él.
Y de hecho está aquí en este texto. Es otra paradoja, y es la parte final del pasaje: la paradoja, hermanos, de la vida terrenal es que mi mejor vida aquí la vivo cuando me enfoco en la vida allá. Mateo 16 dice: "¿Qué provecho tendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta."
Yo no sé lo que los discípulos pensaron cuando recibieron esta instrucción: "¿Quieres venir en pos de mí? Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme." Yo no sé lo que ellos pensaron, pero yo sé lo que yo hubiese pensado. Y yo digo: "¡Es duro!" O sea, Jesús, Tú eres el Mesías, el Señor, el Hijo del Dios viviente, el que va adelante de nosotros, y Tú nos acabas de decir que a Ti te van a matar, que vas a Jerusalén a sufrir y a morir, ¿y nosotros, si queremos ser Tus discípulos, tenemos que abrazar una vida de negación, de sufrimiento y de obediencia? ¿Es en serio eso lo que Tú quieres de nosotros?
¿Dónde encuentro la gasolina emocional para soportar una carga como esa? Mi Señor lo matan y a mí se me llama a obedecer hasta la muerte. ¿Cuál es el incentivo? Ninguno, si tú crees que la vida se trata solo de aquí y de ahora. No hay ninguno. Pero si hay otra vida después de esta, entonces lo que Jesús está describiendo es: "Mira, sí, es paradójico, parece que no hay nada para ti aquí, pero créeme que esta es la vida que garantiza tu entrada a la gloria y las recompensas eternas." Y eso es lo que dicen los últimos versículos.
¿Tú quieres disfrutar aquí las cosas? ¿Cuánto das por tu alma? ¿De qué le va a servir al hombre ganar el mundo entero —y literalmente ahí la palabra es "todo"— si pierde su alma? Imagínense que algún individuo pudiera ser el poseedor de toda la riqueza mundial y se muere. ¿De qué sirve? ¿Cuánto daría ese individuo que posee toda la riqueza mundial por su alma? ¿La daría toda? Porque sin alma no hay disfrute en absoluto. Esa es la esencia del ser humano. La vida es corta, hermanos; la eternidad es eterna.
Si sólo pudiéramos poner la mirada en lo eterno, si sólo pudiéramos entender que nuestra alma vale más que todo el dinero y toda la posición y todo el prestigio y toda la voluptuosidad y todo el río que este mundo ofrece. No hay riqueza que pueda comprar lo que nosotros somos adentro. Si nosotros vieramos con los ojos de la fe las recompensas eternas y la gloria de Dios, lo doloroso sería pequeño, lo eterno, enorme.
Y esa es mi oración: que lo transitorio y doloroso de este mundo sea absorbido por la inmensidad de la eternidad, y que nuestros ojos sean enfocados en lo que realmente tienen que estar enfocados. Con frecuencia nosotros nos damos cuenta del dolor y del sufrimiento que implica el ser seguidor de Cristo, pero ignoramos las promesas y olvidamos lo que se nos ha dicho que va a ocurrir.
Hay un detalle atrás en el texto que lo dejé para precisamente este momento, y es que en el versículo 21, si se fijan, hay un detalle extraordinario ahí. Dice lo siguiente: Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, a sufrir muchas cosas de parte de los ancianos y de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Y tomándolo aparte, Pedro comenzó a reprenderle diciendo: "No lo permita Dios, eso nunca te acontecerá."
Pedro, tú no escuchaste que Él va a resucitar. Pedro no hace mención de la resurrección. Con eso de que no te acontezca, también da a entender que no resucite tampoco. ¿Por qué? Increíblemente, de manera instintiva, nosotros tenemos una tendencia a poner los ojos en lo terrenal, en lo inmediato, no en la promesa. Él puso sus ojos en la derrota, no en la victoria.
Increíblemente, Jesús acababa de decir: "Voy a ir a Jerusalén, a sufrir, a morir y a resucitar", y Pedro borra la palabra "resucitar" y dice: "No, no vayas para allá." ¿Qué tan diferente hubiese sido la respuesta de Pedro si Pedro escucha la promesa y asimila la promesa? "¿Y se va a resucitar, Señor? ¿Cómo así?" Jesús le había hablado en varias ocasiones de que Él iba a resucitar, pero ellos no lo habían asimilado completamente.
Ellos se estaban enfocando, como estamos nosotros los hombres enfocados, en el aquí y en el ahora, en la pérdida, en el dolor, en el sufrimiento, pero no en la promesa, no en la victoria, no en lo eterno. Yo creo que la respuesta de Pedro hubiese sido totalmente diferente si él se fija en que, dentro de lo que Jesús acaba de decir, acaba de decir que va a resucitar.
Y nuestra vida sería diferente, hermanos, si nosotros nos enfocáramos más en las promesas: en las promesas de gloria futura, en las promesas de plenitud, en la promesa de paz y de Su presencia, que va a estar con nosotros en medio de las aflicciones. Que el Señor ponga en nosotros la mirada en las cosas celestiales y que remueva nuestra atención de las cosas de este mundo, que podamos ver el dolor por medio de las promesas de Dios.
Sí, duelen, pero Pablo decía: "Ese pequeño sufrimiento es pasajero, comparado con la gloria futura, comparado con la enormidad de las riquezas de Dios, eso no es nada", decía Pablo. Entonces, lo que nos hace falta no es que nos den más información, más promesa; lo que nos hace falta es enfoque. Por eso el apóstol dice: pongan su mirada en las cosas del cielo, no en lo que está aquí en lo terrenal. Porque esto duele, pero aquello me llena de esperanza.
Si tan solo pudiéramos poner la mirada en el más allá, como dice la canción que muchas veces he escuchado en estos días: "Más allá del sol." Que podamos ver más allá del sol. Y hermano, este pasaje nos llama a una vida radicalmente diferente, paradójica, porque tú vas a trabajar por algo que no te van a dar aquí, pero que es real. Ahí está tu vida. La vida celestial, la vida en gloria y la vida de recompensas en gloria depende de esa vida que yo viva siguiendo ese llamado de negarme a mí mismo, tomar mi cruz, con sacrificio y determinación y voluntad, sabiendo que hay gozo y promesas futuras, y siguiendo al Señor que nos conoce.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.