La Navidad que celebramos cada año no fue un evento sereno ni idealizado. Desde antes de nacer, Jesús enfrentó un mundo hostil: María, su madre, era candidata a morir apedreada por estar embarazada sin haberse casado; José estuvo a punto de abandonarla porque no le creyó; el Mesías nació en un comedero de animales porque no había lugar ni recursos para algo mejor. Luego vino la persecución de Herodes, un rey que había matado a su propia esposa y a tres de sus hijos por paranoia, y que no dudó en ordenar la masacre de los niños menores de dos años en Belén. La familia de Jesús tuvo que huir a Egipto como refugiados. Este es el mundo que dio la bienvenida al Hijo de Dios.
Sin embargo, en medio de cada amenaza, Dios intervino activamente. Dirigió a los magos mediante una estrella, alertó a José en sueños para escapar a Egipto, le avisó cuándo regresar y hacia dónde ir. Las profecías escritas siglos antes se cumplieron con precisión. Dios no es un espectador pasivo del caos humano; él gobierna cada detalle de la historia, desde el clima hasta las naciones, desde las aves del cielo hasta los diagnósticos que amenazan nuestra vida.
Por eso hay esperanza genuina en la Navidad. Cristo puede decirle a quien sufre: "Yo te entiendo, yo lo viví". Él experimentó las dudas, la carencia económica, la persecución y el dolor. Y vino precisamente a este mundo roto para solucionar el problema mayor: la condición del corazón humano. Aunque los tiempos se vean oscuros, hay uno sentado en el trono. Ese bebé del pesebre es hoy Señor de señores, y a nosotros nos corresponde confiar en él.
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No sé siquiera dormís. Hace unos días atrás, la habitación, domingo en la noche, y allí normalmente lo que hacemos es repasar el día y sobre todo lo que aprendieron los niños en la escuela dominical. En ese momento nosotros comenzamos a hacerles preguntas a los niños, y veo la cara de uno de ellos como sí, medio, medio indiferente, y comienzo entonces: "¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara?" "Bueno, es que yo he escuchado ya todas las historias que me dan en la escuela dominical, yo me las sé todas." Y lo mismo, la repetición, y entonces al final se queda con una cara así como medio aburrida, de "yo soy el más duro de la bolita del mundo."
Entonces le comenzamos a recalcar algo que tú y yo debemos reconocer siempre: la Palabra de Dios, no importa cuántas veces la veamos en diferentes ocasiones y con tantas repeticiones, siempre puede traer algo nuevo y desde una perspectiva que no habíamos pensado antes. Y para hacer eso, lo que hicimos fue plantear una tarea para probarles eso, ya que los niños no se quedan en teorías y cosas medias abstractas. Vamos a hacer algo concreto: vamos a tomar una historia súper conocida por ustedes. ¿Cuánto conocen la historia de David y Goliat? Los niños llegaron y dijeron que sí. Vamos a hacer algo: vamos a pasar cinco noches solamente revisando la historia de David y Goliat. Cinco noches. "Pero si es un momentito…" Y así comenzamos las noches. Pasó la primera, la segunda, vamos en la cuarta y ya nos falta la quinta. En cada noche el reto era que al final de la enseñanza y de compartir teníamos que responder esta pregunta: ¿Qué de nuevo conociste hoy de la historia de David y Goliat que no sabías antes?
Y asombrosamente, en cada noche, a veces refunfuñando —"a ver, la verdad no me sabía eso"—, cada noche teníamos un mensaje de Dios, de reflexión también, desde una perspectiva que ellos tampoco habían visto antes. Y así somos nosotros, sinceramente.
En el día de hoy, cuando confirmé que me tocaba hablar en el tiempo justo antes de Navidad y el mensaje apropiado es de Navidad y de Jesús, ¿cuál cree usted que fue mi reacción? Primero: "Ah, otra vez. ¿Y por qué a mí? La iglesia entera se sabe esa historia de memoria. Y ahora vamos a revisar lo mismo." Y seguro muchos estarán pensando eso otra vez. Pero tuve que recordarme a mí mismo lo que yo le recordé a los niños: Dios puede hablarnos desde un mismo versículo, desde una misma historia, en diferentes ocasiones y de formas distintas. No importa las veces que la hayan leído antes, porque Él y su conocimiento son ilimitados, y su Palabra es ilimitada también.
Y en esta mañana yo les voy a invitar a que revisemos la historia de Jesús, pero ahora desde una perspectiva diferente. Es una Navidad en la adversidad. Definitivamente, en los días del nacimiento de Jesús había gozo —verdad, nació el Salvador, los ángeles proclaman al mundo paz—, y la realidad es que este mundo está en una necesidad de paz que solamente Él puede proveer. El Mesías comienza a vivir en este mundo e inmediatamente está rodeado de momentos y eventos caóticos, frustrantes, tristes, llenos de adversidad, sufrimiento y aflicción.
Nosotros tenemos la imagen, en verdad, de ese nacimiento en nuestras casas: todo está bien adornadito, bien bonito, con una estrella, estos magos adorando, estos pastores, este bebé, y esta gente en paz allí. Pero la realidad que vemos en la Biblia es que Jesús nació en un mundo con problemas serios. Él lo vivió no solamente cuando nació, sino desde antes de nacer, desde el vientre de su madre: es un mundo lleno de adversidad, y la Navidad de Jesús estuvo llena de adversidad y problemas. Sin embargo, el Dios soberano de la historia, que controla todo suceso del universo, estuvo insistentemente obrando para proteger a su Mesías. Y lo que vamos a meditar hoy es si Él seguirá obrando de una forma insistente, detallada y controlada en la vida de sus hijos también.
Acompáñenme, por favor, a revisar este tema en Navidad, en el Evangelio de Mateo, capítulo 2, versículos del 13 al 23. Mateo 2:13-23. Y dice así la historia:
"Después de haberse marchado ellos" —y estos son los magos u hombres sabios del oriente— "un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarle. Y él, levantándose, tomó de noche al niño y a su madre y se trasladó a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor habló por medio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi Hijo. Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció en gran manera y mandó a matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías cuando dijo: Se oyó una voz en Ramá, llanto y gran lamentación, Raquel que llora a sus hijos y que no quiso ser consolada, porque ya no existen. Pero cuando murió Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque los que atentaban contra la vida del niño han muerto. Y él, levantándose, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero cuando oyó que Arquelao reinaba sobre Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá, y advertido por Dios en sueños, partió para la región de Galilea, y llegó y habitó en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: Será llamado Nazareno."
Increíblemente, en la historia inicial del nacimiento de Cristo, en los tiempos de ese nacimiento, ocurren eventos y situaciones que hacen peligrar la vida de nuestro Salvador. Pero más increíble aún es la intervención continua de Dios en cada momento para librar a su propio Hijo, el Mesías, de esa muerte y llevar a cabo su plan perfecto.
En el día de hoy solamente vamos a tratar dos puntos, y esto va a ser bueno sobre todo para los que tienen niños, ¿verdad? Un primer punto: la adversidad en un mundo caído le da la bienvenida al Hijo de Dios. Segundo punto: la adversidad no es un elemento que escapa al dominio de un Dios soberano. Y al final, conclusiones.
Comenzamos con lo primero: la adversidad le da la bienvenida al Hijo de Dios. Si ustedes conocen los eventos que anteceden al pasaje que leímos hoy —incluso ya llevamos dos miércoles hablando de Navidad, por eso para muchos esto simplemente será un recordatorio—, este primer punto es claro: desde el momento en que María recibe el anuncio del ángel, desde ese momento ella comienza a tener problemas. Sabemos que el ángel dice en Lucas 1:35: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo Niño será llamado Hijo de Dios. Vas a estar embarazada, no de tu prometido; vas a estar embarazada de Dios mismo, por el Espíritu Santo, por eso ese Niño se llamará Hijo de Dios." María, una sierva de Dios, recibe la noticia con humildad. Evidencia de eso, dice en Lucas 1:38: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu voluntad." Ella estaba dispuesta.
Ahora bien, hay que reconocer que hay un ligero problemita, y es que una mujer virgen sale embarazada y va y le cuenta a la gente que es del Espíritu Santo. Y más si esa mujer virgen está comprometida para casarse y ese hijo no es de ese hombre, y ella dice que es de parte de Dios. Hay un problema serio. Es la primera vez en la historia humana y la única vez que eso se da —importante, no se va a dar otra vez, así que no vengan con ese cuento. Es en ese momento en que María tiene que decirles esto a sus familiares, y si usted conoce la Ley de Dios en Deuteronomio 22, nosotros encontramos que el destino de María era que era una candidata oficial a morir apedreada. Por haber quedado embarazada no de su esposo y antes de casarse, ella merecía la muerte. Y nosotros estamos viendo que Jesús, incluso antes de nacer, ya está experimentando lo que podría ser la muerte de su madre.
Y no solo eso, sino que como vemos más adelante, José al enterarse de eso no le cree a María; tenemos que ser sinceros. Por eso él decide, porque es un hombre justo y noble, abandonarla, pero en secreto. Ese abandono significa algo, ¿verdad? "Yo no estoy conforme con esto, no voy a querer hacerle daño, no quiero que sea difamada." Y eso dice Mateo 1:19: "Era un hombre justo y no queriendo difamarla, quiso abandonarla en secreto." Y noten lo que eso significa: José iba a desaparecer, y al desaparecer, ella iba a quedar como culpable de la situación, porque iba a quedar una mujer embarazada cuyo prometido iba a casarse con ella, pero desaparece y no vuelve más, y ahora todo el mundo iba a culpar a este hombre que abandonó a esta pobre mujer. Es gran nobleza esa. Pero la realidad es que nosotros vamos viendo que Jesús, además de posiblemente haber perdido a su madre, ahora posiblemente podría nacer con una madre cuyo esposo la abandonó, una familia monoparental, como muchos de los que estamos aquí tuvimos que crecer, y sabemos la falencia de eso.
Desde que Cristo llega y se anuncia su nacimiento, comienza a enfrentar la adversidad, la frustración de este mundo, las dudas, los celos, las confusiones. "Yo no te creo, por eso me voy." Lo normal, o lo ideal a los ojos de Dios, sería creerle a María por ser una mujer sincera. Y bueno, está bien, pero evidentemente nadie le iba a creer.
Esas dudas y confusiones confirman que nosotros, en el día de hoy, no le creemos a nadie. Es que el pecado del hombre ha impregnado a todo ser humano. Nosotros vemos cada día cómo nos decepcionamos de las otras personas por la mentira, por el engaño, por la falsedad que hay en medio nuestro, y tendemos a tomar la posición: "No hay que creerle a nadie." Y esa es la realidad de este mundo, tú y yo la vivimos.
Tal vez tú has sido de esos a quienes no les han creído, o tal vez tú has sido de esos que han engañado, y por eso ya nadie te cree ahora.
Jesús, en el momento de nacer, vivió ese dilema. Pero también, si continuamos la historia y vemos más eventos de su vida antes de nacer y durante de nacer, nosotros nos encontramos con que esta pareja —Dios convence a José: "Toma a María"—. "Ok, la tomo, ya te creo, Dios se me apareció en sueños." Pero ellos se mueven ahora, desde el lugar donde estaban viviendo, hacia Belén, para ir a un censo obligatorio. Y allá, justamente allá, María da a luz; llegan los días de su alumbramiento, como dice Lucas 2:6.
Y aquí encontramos otro problema: es que el lugar estaba lleno, no había lugar alguno donde Jesús pudiera nacer. Nosotros vemos la carencia de recursos de esta pareja, porque a diferencia de muchos —tal vez de nosotros que estamos aquí— pudiéramos decir: "Bueno, yo vivo aquí en la capital, pero gracias a Dios tengo una casita allá en Jarabacoa y un campito allá en San Diego, por si acaso." El caso de María y José: no había nada de eso, no tenían nada en Belén, no podían costear nada, y no había nada. Por tanto, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Santo, Santo, Santo, nace en un lugar de comedero de animales llamado pesebre.
Y allí nosotros vamos viendo a un Mesías que no solamente sufre las dudas, las situaciones familiares y las limitaciones económicas de su propia familia. No sé cuántos Dios les ha mandado la prueba de restricciones económicas, pero yo he estado allí. Y este mundo nos lleva a depender muchas veces de esa provisión necesaria. Pero cuando está ausente por mucho tiempo, sabiendo que hay necesidades serias, nosotros tendemos a decir: "¿Y dónde está Dios?" María y José experimentaron esa necesidad. No sé cuál será la navidad de algunos; tal vez en esa situación algunos podemos decir: "Bueno, gracias a Dios tengo propósito." Pero otros: él llega a la navidad y ni siquiera trabajo tiene hace tiempo. O tiene, pero no le alcanza. Tienes un Salvador que se identifica contigo desde su nacimiento; Él conoce la adversidad, no teóricamente, sino personalmente.
Continúa la historia, y no solamente pasan necesidades y problemas familiares de algún tipo, sino que amenazas de un rey despiadado llegan a Él. Y usted conoce, ¿verdad? Ya estamos en el capítulo dos de Mateo, y nosotros nos encontramos con unos personajes nuevos: los tres reyes magos, que no son tres, ni son reyes, ni son magos tampoco. Y entonces, ¿cuál es el problema? Hay algo serio. Bueno, la realidad es que, verdad, a estos hombres se les llama magos, pero la palabra aquí hablaba de sabios y consejeros reales de ese tiempo. Para nosotros, "magos" hoy sería como un brujo, o alguien que hace trucos. Pero en ese tiempo, estos hombres eran astrólogos, estudiosos de la ciencia, conocidos en las religiones, incluso hasta diplomáticos; ayudaban a los reyes y a la corte real en todas las negociaciones, opiniones y decisiones. Así eran estos hombres sabios del oriente.
Y nosotros pudiéramos ver que el problema de estos hombres fue el siguiente: ellos llegan ante Herodes el Grande, y Herodes el Grande no era nada más y nada menos que el actual rey de los judíos. Y la pregunta de ellos es: "¿Dónde podemos hallar al rey de los judíos que ha nacido? Le vamos a adorar." Me imagino la cara de Herodes el Grande. Él pudiera haber dicho: "Yo ya nací hace tiempo." Pero él sabía. Herodes, conociendo la historia del pueblo de Israel, sabía que en Israel se había profetizado la llegada de un rey nuevo, un Mesías que había de venir y gobernaría a los judíos. Por tanto, la Biblia nos dice que él se frustra, consulta a los líderes religiosos, y le dicen: "Sí, sí, sí, de verdad, iban a nacer en Belén." Y ya sabe dónde van a nacer. Y ahora habla con los magos en secreto nuevamente, y les dice: "¿Y cuándo, más o menos, fue el tiempo?" Y los magos les dicen. Y les deja ir: "Vayan a Belén." Ahora él sabe dónde y él sabe cuándo.
Este hombre no era cualquier cosa —como decimos aquí en dominicana— pajita de coco. Este hombre era un asesino. Dice la historia que de su familia, él mató a una de sus esposas y a tres de sus hijos, simplemente por el hecho de que creía que iban a usurpar su trono. Uno de esos hijos fue muerto cinco días antes de su propia muerte. Él estaba postrado en cama con una enfermedad ya final, y allí, desde esa cama, sin poder moverse, manda matar a uno de sus hijos porque se entera de que quería el trono. Hermano, "para donde tú vayas, te vas a morir." Y desde allí él ordena la matanza de su propio hijo mayor. Y no solo eso, sino que da órdenes a sus soldados: "Mira, cuando yo me muera, mátenme a la mayoría de los líderes judíos, porque el día de mi muerte nadie va a celebrar que yo me muera; que ellos lloren también." Esto era un hombre malvado en gran manera, y este hombre era el que estaba planeando la muerte del mismo Hijo de Dios. Este es el mundo al que llega el Mesías. Esta es la navidad del Mesías en su plenitud.
Nosotros, además de eso, ya entramos al pasaje de hoy. El verso 13 nos damos cuenta de que el resultado de esa situación es que José, junto al niño y a María, tienen que huir a Egipto y ser unos refugiados, unos fugitivos, unos peregrinos en tierra que no era de ellos, allá hasta que Herodes muera. Hoy, hermanos, si a usted le preguntaran en algún momento: "Oye, ¿cómo debería nacer un rey? El rey que va a gobernar, el rey que va a ser reconocido por todo el mundo." Seguro usted diría: "Bueno, que nazca en París, que nazca en Estados Unidos, hijo de un emperador; que nazca con muchas opciones, que se le provea todo, porque él va a gobernar todo." Pero la realidad es que nuestro Señor no fue así.
Y vemos a este Hijo de Dios que experimenta la posibilidad de la muerte en el vientre, crecer en una familia monoparental posiblemente, vivir las limitaciones económicas, rodeado de artimañas de un dictador asesino, y ahora es fugitivo y sale de su tierra de nacimiento. Todos estos eventos de adversidad y aflicción germinan en los días en la vida de nuestro Salvador. Definitivamente es un mundo necesitado de un Salvador; un Salvador que haga cumplir las palabras de los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que complacen al Señor", o como dicen otras traducciones: "hombres de buena voluntad." Él iba a hacer cumplir esas palabras, porque vino a un mundo como este.
El último evento de este primer punto —la adversidad da la bienvenida al Hijo de Dios— es el punto más doloroso y triste, y ustedes lo habrán leído conmigo: la muerte de los niños menores de dos años en Belén. El verso 16 al 18 del capítulo dos dice así:
"Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció en gran manera, y mandó a matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: 'Se oyó una voz en Ramá, gran llanto y lamentación; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque ya no existen.'"
Yo creo que te unes conmigo a ese gemir, hermano. Un rey sin misericordia comete la atrocidad de matar niños menores de dos años, simplemente por la amenaza de que uno de ellos, en algún momento de su vida, llegue a usurpar su trono. Eso es triste y doloroso. Y aquí vemos una profecía que se encuentra en Jeremías. En ese momento, Jeremías estaba hablando de los siervos de Israel que fueron llevados cautivos y fueron aglomerados en esa ciudad llamada Ramá, que está cerca de Belén, para llevárselos a Babilonia. Y allí, mujeres llorando la partida de sus hijos, porque se iban a un lugar sin retorno. Y Mateo toma esa profecía y la aplica a su Cristo; una profecía dada para Israel la toma y la aplica a su Cristo, en los tiempos de su Cristo. Y habla entonces del sufrimiento de estas madres por el asesinato de parte de Herodes.
Y hay que ser claro al menos porque Belén no era una ciudad muy grande; era una aldea, incluso no llegaban a mil personas los que estaban allí. Y nosotros pudiéramos —los estudiosos aseguran— que los niños muertos en ese momento rondaban entre 10 a 20, más o menos. Y nosotros pudiéramos decir: "Ah, bueno, no fueron tantos." Véaselo a las madres, véaselo a los familiares. El dolor, la aflicción, la tristeza de esas vidas estuvieron allí, simplemente porque el Hijo de Dios nació. Este es el mundo donde llega el Mesías.
Yo no quiero que me malentiendan, hermanos. La Biblia dice que hubo buenas nuevas de gran gozo. La Biblia dice que por fin llegó Emanuel, Dios con nosotros. Y hay celebración en los cielos, y ángeles, y los pastores dicen: "¡Wow, este es!" Y Simeón, en el templo, se alegra: "¡Por fin se cumplió la profecía!" Ana también, allí en ese mismo templo, celebra. Hay gozo porque Él vino. Pero, ¿tú sabes por qué hay ese gozo? Porque Él vino a un mundo sin esperanza, y Él es la esperanza. Por eso hay paz en la tierra y gozo para los hombres de buena voluntad: por lo que Él es, por lo que Él vino a ser. Porque este mundo está deshecho por el pecado, y el mismo Hijo de Dios lo experimentó en carne propia.
Por tanto, hermanos, en toda esta congregación, nosotros pudiéramos decir que hay hombres y mujeres experimentando la adversidad de este mundo, aún en tiempos de navidad. Y lo más duro —y yo lo he experimentado, como seguro algunos de ustedes— en este tiempo de la vida, es que más tristeza y recuerdo podemos tener de este año por la adversidad que hemos vivido. Algunos, como ya dije, por la carencia de recursos. Algunos por problemas con sus esposos y esposas, porque lamentablemente ya no soportan la situación. Otros porque han perdido, así como las mujeres de Ramá y Belén, a un ser querido: a un padre, una madre, un hijo, un cónyuge. Y en este tiempo hay dolor.
Y Dios tal vez quisiera decirnos: lo que experimentas no fue algo que el Hijo de Dios no experimentó. Así como Israel apuntaba a Cristo, y los eventos históricos de Israel apuntaban a lo que Cristo iba a padecer, así mismo los sufrimientos y padecimientos de Cristo apuntan a lo que tú y yo vamos a vivir y a padecer. Y eso puede llenarnos de temor y decir: "¿Qué? ¿Yo tengo que hacerme partícipe de su padecimiento?" Sí; la Biblia lo manda y lo expresa. Pero lo maravilloso de todo esto es que su Cristo...
Puede decir claramente: "Yo te entiendo, yo he estado allí. Tú has sido burlado, engañado, ofendido, puesto aparte, asolado. Yo te entiendo, yo lo he vivido." Nosotros llegamos a pensar que los sufrimientos de Jesús simplemente fueron en la cruz, esos últimos días, y ahí lo martirizado allí. No. Desde que Él pisó en esta tierra, Él vio el dolor y lo vivió desde los primeros días, y Él puede identificarse con cualquiera que esté en ese dolor.
Pudiéramos decir como dice Hebreos capítulo cuatro: "Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado." Con los jóvenes yo diría que, ¡aparte, qué bendición! Amaya, tú puedas acercarte a un Mesías y decirle: "Señor, mira mi dolor", y Él decirte de vuelta: "Te entiendo. Yo te represento. Yo lo viví. Yo viví tus flaquezas, y no de un solo momento, sino en toda mi vida. Desde que me hice hombre, fui humillado y llegué a la muerte, y muerte de cruz." Ese es tu Salvador y mi Salvador. Por eso el mundo necesita a Jesús. Él tuvo que venir, hermana. Por eso hay esperanza en Él, porque en la adversidad que le dio la bienvenida, Él la vivió para que tú y yo podamos decir: "Yo puedo en Él, y puedo ser más que vencedor."
Así como lo es, segundo punto: la adversidad no es un elemento que escapa al dominio soberano de Dios. Y si tú leíste conmigo este pasaje, hermanos, tuviste todas las intervenciones de Dios. Dios es soberano aunque el mal prevalezca; incluso Él interviene activamente para tomar el control de todos los eventos, aunque el ser humano está haciendo los suyos, sus planes y sus maldades.
Si revisamos así rápidamente: Él escogió el tiempo y lugar preciso donde iba a nacer el Salvador. Y ustedes saben que solo Miqueas 5:2 profetizó, ¿verdad?, que de Belén, de esa tierra, de ese pueblito, iba a nacer el Rey de Israel. Gálatas 4 nos habla de que "pero cuando vino la plenitud del tiempo", es decir, cuando fue el tiempo preciso, "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley." Él controló el tiempo y Él intervino en la historia para que Cristo viniera en ese momento.
Dios no solamente intervino en la historia, en las fechas y en los lugares, sino que dirigió a los sabios de oriente. Estos hombres llegaron allí a Jerusalén no por una impresión, sino que un astro, una estrella, les guiaba desde allá, desde el oriente. Y algunos dicen que pudieran venir de Babilonia, de Irak, de toda esa parte oriental, hasta novecientas millas de viaje, algo que les pudo haber tomado meses para llegar a Jerusalén siguiendo a un astro que se movía. Hermano, yo hubiera caminado en dirección contraria mejor, porque ya esta cosa... Pero este astro, que no era como muchos de los estudiosos dicen —y creo que lo hablamos un par de miércoles—, no era un astro en sí, sino un objeto, un fenómeno sobrenatural que Dios diseñó para guiar a estos hombres a ese lugar en ese mismo momento. Dios interviniendo la historia.
Dios también intervino para alertar a los magos, ¿verdad? Se les apareció y les dijo: "No vuelvan para donde van." También interviene donde José, ¿verdad?, y le dice: "José, sal de Judea, vete para Egipto, porque van a matar al niño." Interviene de nuevo cuando José está en Egipto y le dice: "Vuelve a Israel, porque ya murió Herodes." Y llega José a Israel, pero ahora está su hijo Arquelao, que históricamente se muestra que era igual o peor que su padre. Y Dios de nuevo se revela y le dice: "No, no, no, vete al norte, a Nazaret de Galilea, y allí te quedarás."
Este no es un Dios que está como sorprendido de las cosas que pasan, sino en constante control, interviniendo en los eventos que están ocurriendo. Hay una frase que me encontré mientras estudiaba que dice: "Dios no es un pasivo espectador en el teatro de los eventos humanos." Él no está allí sentado. Como muchas teorías dicen: "Él creó el mundo y lo soltó para que resuelvan su problema." Él no está ahí como un espectador, sino que está activamente involucrado en todo lo que pasa.
Si pudiera hablar del clima, Él está en control del clima. Job 37 dice: "Porque a la nieve Él dice: cae sobre la tierra; y al aguacero y a la lluvia a fuerza. Al soplo de Dios forma el hielo, se congela la extensión de las aguas. También Él carga de humedad la densa nube, esparce la nube con su relámpago, aquella gira y da vueltas según su sabia dirección, para hacer todo lo que le ordena sobre la faz de la tierra." Él lo controla todo, y eso es el clima. Pero si vamos a un verso muy conocido entre nosotros, Él le da alimento a las avecitas en todos los lugares. Mateo 6:26 dice: "Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan y recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta." Pero, bueno, ¿cómo termina el verso? "¿No valéis vosotros mucho más que ellas?" O, hermano, si Él interviene por las aves de la tierra, interviene en tu vida para tu necesidad también.
Él es un Dios soberano, sabio, fiel, bondadoso, que así como cuidó a su Hijo, cuidará de los suyos también. Y uno pudiera decir... Cuando uno chequea las noticias y ve las naciones y ve la historia, y ve estos dictadores por un lado y estos corruptos del otro lado, y esta gente sufriendo de este lado, y algunos viajando de un país a otro, huyendo de las situaciones, uno ve un caos. Y realmente es un caos. Cristo lo vivió, Él fue un fugitivo. Pero Dios, aún de esos eventos, está en control y gobernando.
Dice la Biblia, Salmo 22:28: "Porque del Señor es el reino, y Él gobierna las naciones." Nosotros de este lado pudiéramos estar diciendo: "¡Wow, Señor, intervén pronto! ¿Hasta cuándo?" Y es cierto, esa es nuestra posición. Lamentablemente, el conocimiento humano, la sabiduría humana se quedan cortos, y Dios, en su sabiduría extensa, abundante e infinita, sigue gobernando, pero en su tiempo. En su tiempo, en el perfecto tiempo, Él logrará su gloria.
Nosotros no solamente vemos su soberanía con las intervenciones de sueños y direcciones de ángeles, sino que también vemos en este pasaje profecías reiteradas, cumplidas en esos tiempos. Ustedes se pierden, ¿verdad? Ustedes le llegaron. El pasaje es uno de esos pasajes. Nosotros podemos ver en 2:15: "Para que se cumpliera lo que el Señor habló por medio del profeta, diciendo: 'De Egipto llamé a mi Hijo.'" 2:17: "Entonces se cumplió lo que fue dicho por medio del profeta Jeremías, cuando dijo: 'Se oyó una voz en Ramá.'" 2:23: "Y llegó y habitó en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: será llamado nazareno."
En uno de los comentarios que revisaba, me gustó esta forma de explicarlo: para que haya una profecía cumplida, debió haber un profeta que la dijo. Eso está obvio, ¿verdad? Pero para que hubiera un profeta que dijera una profecía que se cumpliera, debió haber un Dios que se las revelara. Eso también es obvio. Pero para Él recibir esta profecía, este Dios que reveló a este hombre debió tener un plan diseñado de antemano, para que entonces le conversara a este hombre y se cumpliera la profecía en su tiempo. Ese es el Dios que conoce todo, hermano. Ese es el Dios que no juega a los dados, sino que todo planificado, organizado y orquestado con su sabio poder y conocimiento.
¡Aleluya! Su Cristo nació, y ese Dios nació para intervenir la historia y partirla en dos, como partió la vida de cada uno de los que hemos creído. Partió tu vida. Esta mañana tienes un antes y un después de Cristo. Yo lo tengo, y no se ve muy bien ese antes. No se ve muy bien el después tampoco, pero se ve bien cuando Él me representa.
Y hoy nosotros pudiéramos decir, o preguntarnos: ¿podríamos nosotros confiar en ese Dios que está involucrado en los eventos de tu vida? Tú podrías decir: "Señor, mira todo esto que me está pasando hoy, las dudas, las incertidumbres del año que viene. Yo no sé, incluso está terminando el año así." Pero tú podrías confiar en un Dios que gobierna la historia como este. Podrías confiar que Él gobierna hasta el frustrante e imprudente chofer de la calle, desde eso hasta el diagnóstico de un cáncer que amenaza tu vida. ¿Podrías confiar en un Dios así, que gobierna cada detalle para bien tuyo y su gloria?
No hay duda, hermanos, que muchos de sus signos y gobiernos nosotros nos quedaremos cortos y diremos: "Señor, ¿para dónde va esto?" Y es por eso que la Biblia lo resalta. Lo más hermoso, una de las cosas más hermosas que uno pudiera encontrar en la Biblia, que no es Facebook ni Instagram; aquí se habla la verdad y se dice lo que hay, aquí sale la gente bonita, despeinada, triste, barrigona, la realidad. Y por eso Dios mismo en su Palabra dice: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos."
¿Quién no pudiera decirle a Dios en el momento en que Jesús está siendo perseguido por un rey: "Señor, ¿qué es lo que Tú estás haciendo? Mira a tu Hijo, tu Mesías." Y Dios desde este lado: "Tus pensamientos no son como mis pensamientos. Yo tengo planes." ¿Quién no pudiera haber dicho: "Señor, la muerte de tus niños"? Y Dios, cumpliendo una profecía allí, diciéndonos: "Te quedas corto, hijo; quedas corto, hija." Y pudieras decirle de tu condición o de tu situación: "Oh, Señor..." Y Dios te diría también: "Es que tus pensamientos son cortos, hijo. Yo estoy viendo la historia completa. Confía en mí, descansa en mí. Recuerda que las cosas secretas, las que no conoces, me corresponden a mí", dice Deuteronomio. Gracias a que es un Dios activo en la historia, y no simplemente un espectador, sino que le está gobernando. En eso podemos descansar.
Conclusiones. Podemos confiar en Dios porque Él envió a su Hijo a un mundo lleno de maldad, como hemos visto, para solucionar no solamente los problemas de hambre o de enfermedad. No, yo creo que esos no son los mayores problemas. Para solucionar el mayor problema humano. Y el mayor problema humano no es los gobiernos corruptos, el problema no es la situación económica, ni la mentira del otro. El problema...
Mayor es la condición del corazón del hombre: el pecado. Antes de Cristo estamos sin esperanza. Antes de que Él viniera a la tierra, el mundo no tenía esperanza; antes de que Él viniera a tu vida, no hay esperanza. El sufrimiento es un sinsentido sin Cristo, a menos que el sufrimiento te lleve a Cristo.
Y Él vino a solucionar ese gran problema. No salió en una burbuja dentro de un palacio real; su vida amenazada desde la infancia nos habla a nosotros de que Él vino a sufrir hasta la muerte de cruz, con un objetivo claro: pagar por los pecadores que creyeran en Él. Ese es el objetivo de su venida.
Hay muchos de nosotros que pensamos que con una vida recta, una vida de buen comportamiento, tenemos garantizado el acceso al cielo. Sin embargo, ¿te has preguntado entonces para qué vino Cristo? Si Dios hubiera dicho: "Vive lo mejor que puedas y yo te recibo", sin embargo Dios decidió romper la historia, como hemos dicho, enviar al Hijo —Dios hecho carne—, padecer y morir en la cruz, porque tú y yo no podemos alcanzar el estándar de Dios.
Y hoy, si no tienes a ese Cristo que nació en el mundo naciendo dentro de tu corazón, hoy puedes decir: "Señor, qué equivocado, qué equivocada estaba yo; necesito tu ayuda". Yo tal vez no sea como Herodes —hombre o mujer llenos de tanta rencilla y maldad—, pero si veo la Biblia, yo puedo concluir que todos hemos pecado y no alcanzan la gloria de Dios. Nadie alcanza la gloria de Dios; todos hemos pecado, dice la Biblia. Tan solamente aquellos que creen en Aquel que pagó por los pecados de la humanidad, se arrepienten y deciden creer en ese sacrificio para vivir para su gloria.
Es cierto que Dios castigará —o tratará de una forma justiciosa— a aquellos que han hecho más maldad, y de eso no hay duda, la vida lo dice. Pero también es cierto que pasará por juicio a todo ser humano, y solo aquellos que han creído en Él podremos deleitarnos en su presencia.
Para todos nosotros, hermanos, es tiempo de Navidad, y es una buena noticia, porque vivir en este mundo —donde vivió Jesús— sin Cristo es una pérdida de tiempo. Solo en Él podemos decir: "Entiendo para dónde va esto". Sin Él, esto es un círculo vicioso que lleva a uno mismo al sepulcro.
Hermanos, en estos tiempos vino el Mesías a vivir en la adversidad. Quisiera leer un pasaje para ir cerrando. En Romanos 8 dice: "Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro."
Celebremos la llegada de ese Cristo Jesús, quien nos preserva para Dios en su amor. Recuerda, hermanos, recuerda: aunque los tiempos se vean oscuros ahora en la vida, aunque —hablando poéticamente— los vientos azoten y todo se estremezca, hay Uno que está en el trono. Ese bebé que nació en el pesebre es hoy el Señor de señores; no es el niño Jesús, es el Señor y Rey de reyes, y el gobierno es suyo. A nosotros nos corresponde confiar en Él.
Así que, así como Herodes planeó la muerte del Mesías —aunque el enemigo se levante en contra de nosotros—, yo estaré confiado.
Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.