Integridad y Sabiduria
Sermones

La negación de Pedro, la tuya y la mía

Miguel Núñez 31 agosto, 2014

Mientras Jesús era interrogado en el piso superior de la casa del sumo sacerdote, afirmando con valentía su identidad divina, Pedro se calentaba junto al fuego en el patio inferior, a punto de negar tres veces al hombre con quien había caminado sobre las aguas, a quien había confesado como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. El contraste es devastador: arriba, la verdad encarnada; abajo, la mentira brotando de labios que habían prometido morir antes que abandonar al Maestro.

La caída de Pedro no fue causada por la criada del sumo sacerdote ni por la tensión de aquella noche. Esas circunstancias solo fueron el disparador de lo que ya habitaba en su interior. Pedro había sobredimensionado su fortaleza de carácter, exponiéndose a una tentación que no podía resistir. Cuando fue sorprendido con la primera pregunta, respondió desde el miedo, y cada negación fue más enfática que la anterior, hasta llegar a maldecir y jurar que no conocía a "ese hombre", sin atreverse siquiera a pronunciar su nombre.

Pero Dios tenía un propósito en esta prueba. No buscaba destruir a Pedro, sino mostrarle quién era realmente para que dejara de confiar en sí mismo. Las pruebas que Dios permite tienen límites precisos y puertas de salida. Esta preparó a Pedro para pruebas mayores, incluyendo su propia crucifixión años después. El pastor Núñez nos recuerda que todos tenemos un punto de quiebre, y que conocer nuestra debilidad nos lleva a depender más profundamente de Aquel que permanece fiel cuando nosotros somos infieles.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir nuestras Biblias en Marcos capítulo XIV. Vamos a terminar de leer el texto de este capítulo, el capítulo más largo de Marcos. Es este capítulo XIV, el capítulo de Jesús en Getsemaní, Jesús luchando en Getsemaní en contra de la posibilidad de ir a la cruz, sudando gotas de sangre, pidiéndole al Padre tres veces si es posible, si hay alguna alternativa, pero que se haga sin embargo tu voluntad y no la mía.

Ahí Jesús es encontrado por una cohorte romana que viene y lo apresa. Es donde Pedro saca la espada y corta la oreja del siervo del sumo sacerdote, de nombre Malco. Y es ahí donde Jesús sana la oreja del mismo siervo. De ahí entonces los discípulos se dispersan, se desgranan, Jesús es apresado y llevado ante el sumo sacerdote. Pero de los que se fueron, Juan y Pedro regresan.

De una manera un tanto escondida, Juan nos dice en el Evangelio de Juan, precisamente, que era amigo del sumo sacerdote, era conocido, pues tenía ciertos privilegios y pudieron entrar hasta la interioridad del patio. Pedro viene, quizás ayudado por Juan, y entra también al patio. Él ha regresado, él está ahí. Pero mientras Jesús está siendo interrogado por el sumo sacerdote, mientras Jesús, después de ser interrogado por el sumo sacerdote, está siendo golpeado precisamente por haber sido encontrado culpable de blasfemia, violando principios que mencionamos la semana anterior: que un acusado de un delito que llevaría la pena de muerte no podía ser golpeado.

Mientras eso está ocurriendo, que de acuerdo al texto parece que está ocurriendo en el segundo piso, un piso superior a donde está Pedro, en la casa del sumo sacerdote, en el patio de esa residencia, en un nivel más bajo, estaba Pedro también siendo interrogado, pero de otra manera. Y con eso entonces yo quiero que usted pueda leer conmigo a partir del versículo 66 de Marcos 14 hasta el final.

"Estando Pedro abajo en el patio" —se da cuenta que hay dos niveles—, "llegó una de las sirvientas del sumo sacerdote, y al ver a Pedro calentándose, lo miró y dijo: Tú también estabas con Jesús el Nazareno. Pero lo negó diciendo: Ni sé ni entiendo de qué hablas. Y salió al portal, y un gallo cantó. Cuando la sirvienta lo vio de nuevo, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es uno de ellos. Pero él lo negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí volvieron a decirle a Pedro: Seguro que tú eres uno de ellos, pues también eres galileo. Pero él comenzó a maldecir y a jurar: Yo no conozco a este hombre de quien habláis. Al instante un gallo cantó por segunda vez. Entonces Pedro recordó lo que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y se echó a llorar."

Padre, gracias porque tú no has escondido los tropiezos, los fracasos, las fallas, los pecados, las debilidades de tus líderes. Gracias por la gran enseñanza que eso representa para nosotros. Gracias por la gran advertencia que eso nos brinda. Gracias por el conocimiento de la naturaleza humana que tú provees a través de estas ventanas de iluminación. Yo quiero pedirte, junto con todos mis hermanos en esta hora, que tú nos ayudes a encontrar al Pedro en nosotros. Amén. Y gracias porque de la misma manera que perdonaste a Pedro, si venimos delante de ti, tú a nosotros también puedes perdonarnos. En tu nombre, amén.

El texto que yo acabo de leer describe un acontecimiento, un evento, quizás de los más conocidos por cristianos y no cristianos. Y no solamente de los más conocidos: es uno de los eventos más vergonzosos de la historia de la iglesia. Porque Pedro es el líder eventualmente de la iglesia de Jerusalén. Pedro ha venido actuando como la cabeza del grupo. Pedro es quien responde a la pregunta: "¿Y quiénes dicen vosotros que yo soy?" Y Pedro es la persona que dijo: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." Pedro ha hecho la afirmación más extraordinaria que hombre alguno pudo haber hecho en cuanto a la identidad de Cristo.

Y es ese mismo Pedro quien ahora, en otra circunstancia, niega la identidad, la identificación y el conocimiento de aquel que él había confesado. Realmente, algunos han dicho que los evangelios, las Biblias, son mitos, son historias inventadas. Pero si usted es una persona pensante y lógica, yo creo que eventos como este le ayudan a concluir que claro que esto no pudo haber sido una novela inventada. Porque ¿quién se va a inventar una novela, que ellos mismos escribieron, donde uno luzca tan mal como los discípulos lucen en este relato, donde uno luzca tan débil, donde uno luzca tan poco confiable?

Las novelas escritas por los hombres que tienen que ver con nosotros, nosotros lucimos como Superman, Batman y el hombre araña: estrellas protagonistas del bien, paladines de la justicia. Esto es algo que el hombre no luce a lo largo de su vida. Aquí hay un grupo donde uno lo traiciona, otro lo niega y los otros andaban corriendo. Estos discípulos quedan bajo una sombra de vergüenza en el relato que estamos viendo. No hay nada heroico, no hay nada aplaudible, no hay nada de admiración en esto que yo acabo de leer. Y eso, si hubiese sido inventado, probablemente no estuviera en el relato.

En la semana anterior nosotros vimos un interrogatorio también de parte del sumo sacerdote para con Jesús. Pero como decíamos, evidentemente, cuando tú pones los evangelios juntos, parece que estos interrogatorios se estaban llevando al mismo tiempo: Jesús arriba y Pedro abajo. Jesús dando testimonio de la verdad, Pedro dando testimonio de la mentira. Pedro se había acercado, dice el texto, al calor, a la hoguera, al fuego para calentarse.

Tenía sentido, porque eso estaba ocurriendo entre marzo y abril, y esa época en Jerusalén es una época todavía un poco fría en las noches. De manera que tenía sentido que hubiera fuego en medio del patio del sumo sacerdote, que proveía cierta luz —recuerden que no había iluminación artificial— y a la vez cierto calor. Ahí es donde Pedro se encuentra. Pedro está representando al grupo de los doce, o de los once, por lo menos en este sentido: en la manera como él se comporta.

Pedro pertenecía al grupo que había jurado, junto con él primero Pedro lo afirmó y luego el grupo lo apoyó, que ellos darían la vida por el Señor Jesús si fuera necesario, que irían a la cárcel y hasta morirían. Pedro no conocía que le faltaba la fortaleza de carácter para exponerse a ciertas circunstancias.

Yo creo que si comenzamos a aplicar el mensaje desde que arrancamos, ya podemos comenzar a decirnos a nosotros mismos algunas cosas. Yo necesito conocer la fortaleza de mi carácter hasta donde yo pueda, porque muchas veces nosotros nos exponemos a circunstancias y situaciones pensando que tenemos la fortaleza de carácter para resistir la tentación a la que me voy a exponer. Y la realidad es que ninguno de nosotros puede vivir confiado en su propia fortaleza de carácter. Pero también es otra realidad que algunos pueden resistir ciertas tentaciones que otros no pueden.

Rápidamente me viene como ejemplo Abraham Kuyper, quien fue primer ministro de Holanda, un pastor evangélico reformado, y el poder no lo corrompió. Pero ¿cuántos han podido manejar el poder político confesándose cristiano y no ser corrompidos en el camino? Eso no es una tarea fácil; eso no es algo que todo el mundo puede manejar. De tal forma que no habría nada de malo en que yo reconozca: "Yo no puedo manejar eso y, por tanto, yo no debo acercarme a esto."

Y de esa forma entonces, Pedro, si hubiese conocido mejor sus propias limitaciones, quizás no se expone a la tentación de ser identificado, de ser apresado y ser juzgado. De ahí la advertencia del apóstol Pablo: "El que crea que está firme, cuídese de que no caiga." Es un llamado a evitar la tentación. A lo largo de la Palabra de Dios hay llamados recurrentes a evitar la tentación.

Mi hermano mayor comenzó a decirme cuando estaba muy pequeño, sin conocer el impacto que esas palabras tendrían: "Si tú no quieres caer, no te expongas a la tentación." No sé cuántas veces escuché esas palabras, y tuvieron un efecto monumental a lo largo de mi juventud. La realidad es que cuando yo comienzo a ser atraído, yo necesito alejarme de aquello que yo entiendo produce una atracción en mí. Hay cosas que te atraen a ti pero que a mí no me atraen, y viceversa. Aquello que a mí me atrae pero que es ilegítimo ante los ojos de Dios, es de eso que tú y yo necesitamos permanecer alejados.

Nosotros tendemos a sobredimensionar nuestras capacidades. Pedro lo hizo: "Aunque te abandonen ellos, yo no. Si tengo que ir a la cárcel, yo voy; si tengo que dar la vida, yo lo hago." Pedro sobredimensionó la capacidad que él tenía para exponerse a esta tentación. Y con eso entonces penetra al interior del mismo patio del sumo sacerdote, donde él se encuentra ahora calentándose.

Y ahí es como ocurre en las cosas muchas veces: Pedro es sorprendido. Porque no estaba esperando en ese momento que una criada del sumo sacerdote viniera, lo mirara y le dijera: "Tú también estabas con el Nazareno." Pedro fue sorprendido, y ese es uno de los problemas que a veces nosotros enfrentamos: cuando somos sorprendidos no sabemos cómo responder.

De ahí la necesidad de estar alerta y la necesidad mayor de evitar estar expuesto a la tentación, porque a veces es como si Satanás nos tendiera una emboscada. Yo creo que exactamente eso es lo que le pasó a José en un momento dado, cuando la esposa de Potifar vino y lo emboscó un día, porque el texto, cuando tú lo lees, dice que un día José fue a trabajar como cualquier otro día. La esposa de Potifar comenzó a presionarlo hasta que lo despojó de su ropa. Pedro es sorprendido, y en su sorpresa no responde adecuadamente ante la pregunta: "¿Tú también estabas con Jesús el Nazareno?"

Es como que la muchacha estaba insinuando que ella conocía a Pedro, que en algún momento lo había visto en asociación con Jesús, o lo había visto como parte del grupo. Si Pedro hubiese sido honesto, si Pedro hubiese pensado de antemano lo que va a hacer si alguien le pregunta algo como esto cuando se acerca a Jesús, quizás se hubiese podido decidir qué es lo que va a responder y hubiese estado mejor preparado. Pero la vida no es así; la vida está llena de sorpresas, y la mejor respuesta de Pedro hubiese podido ser: "Así es." No tenía que decir más nada, como cuando Cristo callaba y en ocasiones, al responder una pregunta, dice: "Tú lo dices." ¿Eres tú el Cristo? Cristo dice: "Tú lo dices." Lo único que Pedro tenía que hacer ahora era decir "así es."

Pero la sorpresa lo llena de temor, y en el temor escuchamos la respuesta: "Ni sé ni entiendo de qué hablas." Y se alejó al portal, y un gallo cantó. El primer gallo que canta, o el primer canto del gallo —que no sabemos si fue el mismo gallo que cantó después—, debió haber sido la primera alarma para Pedro: Pedro, vas en la dirección de la que Jesús te habló. Pero cuando somos sorprendidos y en medio del temor no tenemos idea de lo que nos está pasando, no reaccionamos a tiempo.

Pedro responde de una manera sumamente enfática; en el original, aparentemente esto es todavía más enfático, porque lo que Pedro responde utiliza dos verbos distintos que nos hablan de que está tratando de comunicar dos cosas diferentes. ¿Qué dice Pedro? "Ni sé" —que sería la parte teórica—: "Jesús, yo no lo conozco." Pero también: "Ni entiendo de qué hablas." En otras palabras: "Ni sé quién Él es, ni sé por qué tú me haces esta pregunta." Está la parte teórica y está la parte práctica: "No lo conozco, y ¿por qué tú vienes donde mí a preguntarme una cosa semejante? ¿Quién soy yo? ¿Y qué tengo que ver yo con esto?"

Con su respuesta, Pedro está tratando de distanciarse lo más posible de Jesús. Primer distanciamiento: "No lo conozco, no sé." Segundo distanciamiento: "Yo tampoco tengo nada que ver con ese grupo; ni sé de qué tú me hablas." ¿Te has dado cuenta de que aquí hay una doble respuesta? Eso es importante tenerlo presente: "Yo no tengo nada que ver ni con Él ni con ese grupo, porque no tengo idea de qué hablas."

Pedro comienza a distanciarse de la persona de Jesús. Primero lo va a hacer en palabra, pero en el texto leemos que lo hace también geográficamente: se mueve y se va al portal. Esa es la respuesta humana, la respuesta humana a las crisis, a los problemas: alejarnos del problema. Como si alejarnos del problema —dejar el problema en un lugar y yo alejarme de él— tuviese alguna utilidad real. Como la realidad es que el problema está dentro de mí, alejarme del problema simplemente hace que yo traslade el problema. Ahora el problema no está al lado del fuego; está en el portal adonde Pedro se acaba de trasladar.

La prueba a la que Dios había sometido a Pedro no ha terminado; por eso la muchacha no ha terminado el interrogatorio. Este interrogatorio no ha terminado todavía, porque las pruebas que Dios permite tienen un propósito: llevarme a un momento donde yo pueda descubrir lo que Dios está tratando de que yo conozca. Pero Pedro todavía no está ahí, de tal manera que el interrogatorio va a continuar un poco más. Los discípulos se habían escondido, habían salido corriendo; y ahora Pedro se aleja, se va al portal.

Pedro había sido tomado por sorpresa, pero va a ser sorprendido otra vez. Una de las razones por las que el ser humano miente es justamente cuando es sorprendido con una pregunta que no esperaba y para la cual no tiene respuesta que no sea la verdad que lo compromete. Ahí es donde está Pedro. Entonces, lo que sale de nosotros en ese momento es lo que somos; lo que sale de nosotros es el verdadero yo, la verdadera identidad. Y eso es lo que estamos viendo en Pedro.

Lo que sale de nosotros a veces sale para justificarnos; otras veces lo que sale es ira; otras veces nos quedamos callados; y otras veces realmente hemos sido sorprendidos, pero de una manera en que no tenemos sospechas de que la pregunta venía. Pero cuando no es así, cuando en realidad nuestra respuesta refleja una mentira, la razón por la que mentimos es porque somos mentirosos. Nosotros no mentimos y luego somos mentirosos; somos mentirosos y por eso mentimos. Y antes de que digas: "Pero pastor, ¿todo cristiano es mentiroso?", espera un momento. Escucha el veredicto de Dios sobre la raza humana, porque ese veredicto es a la vez obvio y humillante —no en el mal sentido de la palabra—; es la descripción de lo que verdaderamente somos, que nos debe llevar cada vez más al pie de la cruz, como hablábamos.

Vamos a Salmos 116:11: "Dije en mi alarma: todo hombre es mentiroso." Mantén eso en mente, porque vamos a regresar en un momento. Quizás tú has pensado, o estás pensando: "Bueno, yo no he negado a Jesús de esa manera." Mantén eso en mente, que vamos a regresar ahí otra vez, porque puede ser verdad que tú no hayas negado a Jesús de esa manera, porque tampoco has estado en la situación en la que Pedro se encontraba.

Por eso decía alguien: cuando tú juzgas a alguien, ten cuidado, porque hay tres cosas que tú no conoces. Número uno: tú no conoces la magnitud de las fuerzas que lo acometieron. Número dos: tú no conoces cuánto tiempo él o ella luchó para no dejarse vencer. Y número tres: tú nunca has estado en la misma situación para saber cómo hubieses respondido si hubieses estado allí. Tres cosas: desconoces la magnitud de las fuerzas que lo acometieron —y nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra potestades, contra principados en las regiones celestiales—; no sabes cuánto luchó la persona por no dejarse vencer; y tú nunca has estado ahí para saber cómo hubieses respondido de haber pasado por la misma situación.

Pedro debió haber experimentado cierto temor con la primera pregunta, y al experimentar ese temor se aleja del calor, de la hoguera donde se había acercado. Pero al alejarse del calor de la situación —"esta situación genera calor, esta gente es peligrosa, mejor alejarme de ella"—, eso es nuestra tendencia. Es como la mariposa nocturna —en inglés, moth—, esa mariposa marroncita que se acerca a la luz de la lámpara: muchas veces se siente atraída por la luz, pero cuando toca el tubo de la lámpara inmediatamente se desprende, porque la luz la atrae pero el calor la repele. Y muchas veces la luz del Evangelio nos atrae, pero el calor de vivirlo nos aleja.

Ahora Pedro está experimentando el calor de vivir la fe cristiana. Y en nuestra tendencia humana —cuando las cosas no van como yo puedo controlarlas, cuando las cosas no van como yo quiero—, nuestra tendencia es alejarnos del problema. Pedro niega a Jesús una primera vez, el gallo canta por primera vez, y entonces Pedro se aleja. Pedro niega la identidad y la amistad que él ha cultivado con Jesús —o que Jesús ha cultivado con él— durante tres años. Pedro niega ser ese hombre con el que caminó sobre las aguas: "Ni entiendo lo que tú me preguntas. Ese hombre que vino y sanó a mi suegra, yo no sé quién es. Ese hombre a quien hace un rato yo le corté la oreja a un individuo y Él lo sanó, yo nunca he estado con ese hombre."

Mientras Pedro niega la identidad de Jesús, el sumo sacerdote en otro nivel está preguntándole a Jesús acerca de su propia identidad, diciéndole: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?" Como vimos la semana pasada, Jesús responde: "Yo soy." El contraste entre el "Yo soy" de Jesús y el "Yo no conozco a ese del que me estás hablando" de Pedro es elocuente. Jesús afirma su identidad; Pedro la niega. Jesús representa la verdad; Pedro, al menos en ese momento, representa la mentira. Jesús representa la naturaleza divina; Pedro nos representa a nosotros, nuestra naturaleza humana. Jesús es la verdad; pero ahora Pedro es la mentira.

Y eso es donde estaban: siendo interrogados por personas humanas —por una criada del sumo sacerdote—, pero estaban a prueba por Dios. Así es como yo tengo que ver la vida. Nosotros vemos la vida muy horizontalmente, muy humanamente; siempre el otro —el hermano, la esposa, el hijo, el vecino— es el culpable. Pero yo tengo que entender que frecuentemente, horizontalmente puede ser así, pero verticalmente yo estoy bajo prueba; verticalmente yo estoy bajo disciplina; verticalmente yo estoy bajo formación de carácter. Desde el punto de vista del hombre, a Pedro todavía no le ha ido del todo mal porque no le han dado una bofetada todavía. Pero desde el punto de vista de Dios, le está yendo muy mal.

Muchas veces nos sentimos bien cuando nos va bien con el hombre, aunque nos vaya horrible con Dios. Pedro ha comenzado a fallar, mientras que los que permanecen en la voluntad del Padre no fallan. Pedro es infiel a su promesa de no abandonar al Señor. Cristo, en cambio, está siendo fiel a lo que le dijo al Padre en Getsemaní: "Que se haga tu voluntad y no la mía."

Entonces, ahora Pedro está aquí con la hoguera, aquí está el fuego, aquí lo interrogan. Este lugar es peligroso. Pedro se va y se va al portal, pero él se quiere quedar más o menos viendo qué es lo que va a pasar con el Señor. ¿Qué tú piensas? Dios no ha acabado con la prueba, pues allá fue la criada.

Cuando la criada, por el versículo 69, lo vio de nuevo, comenzó a decir a los que estaban allí. Ahora las cosas se están complicando, porque el primer interrogatorio, la primera pregunta, fue como entre ella y él, algo más o menos privado. Pero ahora es como un Mateo 18, porque de uno en uno, y tú ya has confesado. Ahora ella le dice a los demás: "Escuchen, cuando la criada lo vio de nuevo comenzó a decir a los que estaban allí: este es uno de ellos." Ella comenzó a involucrar a otros, ahora como potenciales testigos. Él es uno de ellos. Como que había un cierto interés de parte de la criada del sumo sacerdote en hacer que Pedro confesara, o de que Pedro se la prendiera, o de que Pedro fuera interrogado, de que Pedro lo subieran allá arriba donde tenían a Jesús.

Y así somos nosotros. Nosotros muchas veces tenemos una opinión, tenemos un veredicto, tenemos un juicio, y es nuestro, pero como que llega un momento en que yo necesito que otros me acompañen en el veredicto, en el juicio, porque de esa manera yo me siento reforzado, me siento apoyado. Entonces salgo a buscar ese apoyo. Esa es la naturaleza humana. Tú lo ves en Pedro, pero eso no es solo de Pedro, eso es de nosotros, los hombres y mujeres caídos.

Entonces necesito refuerzos, y ahora ya se siente reforzado. Mientras tanto, a mi derecha está ocurriendo algo: la fidelidad de Pedro está siendo pesada en una balanza. La naturaleza humana, su carácter, su veracidad, todo eso está siendo pesado. Su llamado, su compromiso con su llamado, está siendo pesado por Dios.

Pedro no pasó la primera prueba, pero tampoco va a pasar la segunda, porque no hizo nada después de la primera. Si tomo un examen en el colegio o en la universidad y no lo paso, yo tengo que hacer algo para pasar el segundo examen, tengo que estudiar. Bueno, quizás en el caso de Pedro no ha habido suficiente tiempo para reflexionar y para que su carácter cambie, pero justamente esa es la razón por la que estamos seguros de que Pedro no va a pasar la segunda prueba, porque es muy pronto. Él ni siquiera se está percatando de lo que está haciendo en cierta medida.

Entonces, cuando ella le pregunta y le dice a otros que están alrededor: "Mira, este es uno de ellos", dice el texto en el versículo 70, él lo negó otra vez. Claro. Dios nos prueba una vez, y cuando la cosa no ocurre tan rápido como en este caso, nos da tiempo para corregir ese fallo de la primera vez. Pero si yo no hice nada, pues obviamente vendrá una segunda prueba en la que yo voy a comportarme, con toda probabilidad, exactamente igual que la primera, porque no hice nada después de ella. Debimos haber puesto una alerta, debimos haber fortalecido el carácter, debimos haber confesado, debimos habernos arrepentido, debimos haber recibido al Señor si no lo conocíamos, o haber regresado al Señor si lo conocíamos. Pero Pedro no tuvo tiempo para hacer todo eso. El fallo junto a la hoguera y el fallo junto al portal, claro.

La prueba de Pedro no ha terminado. No había tenido tiempo para mejorar la condición de su corazón. La caída de Pedro no se da por la criada del sumo sacerdote, y quiero dejar eso enfatizado hoy, porque yo creo que lo sabemos cuando nos detenemos a pensar. La caída de Pedro no se da por la noche que se estaba viviendo. La caída de Pedro se da por lo que había en su interior, porque Cristo vivió la misma noche con peores interrogatorios y Él no cayó.

Recuerda claramente que la otra persona o la circunstancia nunca es la causa de mi reacción. La otra persona o mi circunstancia simplemente son los disparadores de aquello que está en mi interior y que sale a relucir, que yo no conocía, que otros tampoco conocían, y que de repente nos sorprende a todos. Si tú puedes entender eso, vas a poder crecer mucho más en tu vida de santificación, porque hasta que yo no me apropie de lo que hago y de lo que sale de mí, para llevarlo al trono de la gracia, confesarlo como pecado e ir en arrepentimiento, pedir perdón, perdiré el trabajo de Dios. Yo siempre voy a encontrar excusas en las circunstancias y en otros para las reacciones que yo tengo de mi parte.

Segunda negación. Y poco después de la segunda, todavía en el versículo 70, los que estaban allí volvieron a decirle a Pedro. Ahora son los que estaban allí, ya no es la criada, ya no es la criada diciéndoselo a otro. Ahora resulta que los otros están involucrados, y le dicen: "Seguro que tú eres uno de ellos." Ya no es una pregunta, es: "Seguro." Aquí vemos mucho, porque también eres galileo. Los galileos no hablaban diferente al resto de los judíos, pero tenían un acento distinto, según la historia, según la tradición, y por tanto eran conocidos. Es como vivir en nuestro país y decirle a alguien: "Tú eres del norte", o "Tú eres del sur", o "Tú eres capitalino", porque hay un acento, hay una letra, hay una erre, que en esas regiones se enfatiza.

Ya en esta tercera vez hay un grupo que lo identifica, y ahora le dicen incluso que es de Galilea: "Tú eres galileo, y te hemos visto con Jesús de Nazaret. Tú eres uno de ellos, seguro que tú eres uno de ellos." En otras palabras, la prueba bajo la cual Pedro estaba tenía que continuar, hasta que se pudiera poner de manifiesto, sin lugar a dudas, para Pedro y para nosotros como advertencia, qué es lo que se esconde en el corazón del hombre. Y cuando nosotros no lidiamos con el pecado inicialmente, nos encontramos atrapados por él posteriormente.

Esa es la realidad. Pedro está atrapado. Él no ha lidiado. De alguna manera había cosas que Dios sabía y que nosotros solamente sabemos retrospectivamente, mirando la historia, pero Pedro no había lidiado con su falta de veracidad y compromiso interior. Por eso Cristo le anuncia de antemano: "Pedro, antes de que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres veces." Y esa falta de transparencia y veracidad Pedro la lleva posteriormente, incluso más allá de la resurrección, cuando Pablo tiene que pararse públicamente en una ocasión y confrontarlo, llamarlo hipócrita, porque se había dejado de juntar con los gentiles. Son debilidades que tenemos a veces en un área del carácter. Pedro la exhibió otra vez, quizás no del mismo tamaño ni de la misma intensidad, pero cuando yo no lidio con esa área, termino siendo atrapado por el mismo pecado con el que no trabajé.

¿Qué esperarías que Pedro diría? Primera reacción de Pedro: "No sé ni sé de qué tú hablas, ni entiendo de qué tú estás hablando." Segunda negación: Pedro simplemente vuelve a negar, dice el texto. Tercera negación: yo me imagino que en ese momento Pedro está más atemorizado, la adrenalina está más alta, está más intimidado, y está más dispuesto a hacer cosas que normalmente él habría sabido que era capaz de tal cosa no. Y escuchó la respuesta: él comenzó a maldecir y a jurar: "Yo no conozco a este hombre de quien habláis."

Pedro se vuelve prosaico y antibíblico. Maldice. Las palabras en el original pudieran implicar que Pedro juró haciendo uso del nombre de Dios. Imagínate que ese hubiese sido el caso. Él llama maldiciones sobre sí mismo. Es como que la intensidad, en el original, alguna de las traducciones como la Nueva Versión Internacional lo tiene de esa manera, dice que Pedro comenzó a llamar maldiciones sobre sí mismo. Es como que yo dijera: "Que me maldiga Dios si yo estoy hablando mentira." ¿Te das cuenta hasta dónde podemos llegar? ¿Hasta dónde puede llegar un apóstol? Jurar: "Te lo juro por Dios", quizás, o por algo. Pero eso no fue suficiente. "Déjame enfatizarte lo que acabo de jurar: yo no conozco a este hombre de quien habláis." Pedro ni siquiera se atreve a pronunciar el nombre de Jesús. "Yo ni siquiera conozco a este hombre, ni sé yo cómo se llama." O sea, pasó.

Pero qué bueno que ya no soy Pedro. Qué bueno que tú no has estado en los zapatos de Pedro. Primera reacción, primera negación, más o menos privada. Segunda reacción, ya había un grupo involucrado por lo menos como testigos de oído, cuando la muchacha comienza a decirle a los demás. Y la tercera reacción, ahora, es después de una acusación del grupo, pero es abierta y desafiante: maldice, jura, "yo no conozco a este hombre."

Pero tú no puedes olvidar que quien está haciendo esto es el mismo que no hace mucho, cuando Cristo le preguntó quién era Él, respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." El mismo que dijo: "¿A dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna." Todo esto es Pedro. El mismo Pedro que dijo: "Si todos te niegan, yo no te negaré." Todo esto es Pedro.

Pedro ha sido puesto al descubierto. Número uno, él ha sido puesto al descubierto de que es el amigo de Jesús. Él quizá no lo quería mentir. Por ejemplo, él es de ese grupo, él es de Galilea, tú hablas como ellos. Y Pedro ha sido puesto al descubierto. ¿Qué hizo? Mintió. No lo sabía. Pedro ha sido puesto al descubierto de que él es infiel. Hay infidelidad en su corazón y él no lo sabía. Él no está dispuesto a ir a la cárcel con Jesús. No es verdad que él está dispuesto a dar la vida por el Maestro. Pedro acaba de probar que el salmista tiene razón: todo hombre es mentiroso.

¡Wow! Demos gracias cuando Él nos protege de situaciones donde nosotros terminaríamos mintiendo, en su gracia y misericordia. La manera como es fácil ver que todo hombre es mentiroso, vamos a comenzar por un punto que hemos enfatizado, sobre todo en los últimos mensajes: si nosotros vemos las cosas no como son, sino como nosotros somos, nunca tenemos la verdad completa de la situación. Otras veces decimos la mitad de la verdad y ocultamos la otra mitad que me puede hacer lucir en peores condiciones. De ahí que la famosa fórmula de la corte jura: "¿Jura usted decir la verdad, sí, toda la verdad y nada más que la verdad?" Porque yo te puedo decir la mitad de la verdad y no decir más nada, y yo he dicho la verdad, lo que no he dicho es toda la verdad. O yo te puedo decir toda la verdad y luego agregar una parte que no es verdad, y entonces yo no dije nada más que la verdad.

Otras veces suprimimos la verdad. ¿Cómo lo hacemos? Sabemos algo, caminamos con la idea de que no conviene que se sepa, de mí, de mi esposa, de mi esposo, de mi iglesia, pero no lo decimos: suprimimos la verdad. Y en ocasiones distorsionamos la verdad, en ocasiones intencionalmente para lograr nuestros propósitos, y en otras ocasiones no intencionalmente porque no estamos viendo las cosas como son, sino como nosotros somos. Decimos, respondemos, traspasamos la información distorsionada porque la hemos visto, sentido y juzgado como nosotros somos. Otras veces lo hacemos porque respondemos en una arranca de celo, de envidia, de ira, de temor, y todo eso hace que lo que salga salga distorsionado. Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. El salmista tiene razón: todo hombre es mentiroso.

"Al instante un gallo cantó por segunda vez. Entonces Pedro recordó lo que Jesús le había dicho: antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces." ¡Wow! Se cumplió la profecía. Pedro lo acababa de descubrir. Y una de las cosas que nosotros vemos entonces en el texto no es solamente que Pedro está conociendo de lo que es capaz, sino que Pedro está conociendo la habilidad de Dios para profetizar y ver las profecías cumplidas. Y poco tiempo después, Pedro verá, a través de su propia negación, la fidelidad de Dios en medio de su infidelidad. Y eso es una de las cosas que Dios quiere que nosotros veamos: no solamente que yo vea mi carácter, sino que Dios quiere que yo vea el suyo en medio de las flaquezas del mío, porque el suyo va a lucir por mí mucho mejor cuando yo vea lo mal que está el mío.

Ese día la negación de Pedro le dio a Pedro mucho más entendimiento de la naturaleza humana, sin lugar a dudas. Le ayudó a conocerse a sí mismo mucho mejor. Le ayudó a su santificación, porque no puedo santificarme hasta que yo no vea dónde está mi pecado, para que yo pueda entonces ir donde Dios en busca de ayuda. Y le ayudó a entender algo que luego fue revelado en las cartas de Pablo para nosotros: cuando nosotros somos infieles, Dios permanece fiel.

Pedro está conociendo de la naturaleza humana; Pedro está conociendo de la naturaleza divina. Por eso decía Juan Calvino que toda verdadera sabiduría consiste de dos cosas: conocimiento de Dios y conocimiento de uno mismo. Toda verdadera sabiduría consiste de dos cosas: conocimiento de Dios y conocimiento de uno mismo. Pedro está creciendo en verdadera sabiduría. Él está aprendiendo acerca de Dios Cristo, que está siendo juzgado y no niega nada de lo que es, y está conociendo acerca de su propia naturaleza.

Pedro llegó a su punto de quebrantamiento, y tú tienes un punto de quebrantamiento. Tú tienes un punto de quebrantamiento donde tú mentirías; tú tienes un punto de quebrantamiento donde tú cederías; tú tienes un punto de quebrantamiento donde tú te quebrarías. Y yo también. Y yo digo eso no simplemente por una observación psicológica de los hombres, sino porque la Palabra declara algo como eso. Escúchalo en 1 Corintios 10: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla."

¿Viste claramente lo que Dios declara? Dios es fiel para no permitir que una tentación que tú no puedas soportar, que te quebraría, llegue a ti. Pero entonces, cuando esa tentación que Dios determina, mide y calcula que tú puedes soportar, cuando Él permite que ella llegue, llega junto con la puerta de salida, precisamente porque Dios es fiel. Y Él dice que Dios provee la vía de escape a fin de que podáis resistirla. Si Dios no proveyera la vía de escape, tú te quebrarías. Si Dios permitiera que tentaciones que nosotros no podamos soportar llegaran a nosotros, nosotros nos quebraríamos también. Dios solamente permite que yo sea tentado hasta donde yo pueda soportar.

Pedro no lo apresaron, no lo interrogaron como a Jesús, porque hasta ahí podía Pedro soportar, por así decirlo. Más allá, Pedro hubiese probablemente sido un apóstata. Él apostató la fe temporalmente por unas horas, pero si Jesús permite que le llegue una tentación como la que le llegó a Él, Pedro probablemente hubiese sido un apóstata. Pero fiel es Dios, que no permite tal cosa. Satanás nos tienta; Dios no. Dios nos prueba. Ambas cosas están en la Palabra. Dios no tienta; Dios no puede ser autor de tentación o pecado. Cuando alguien es tentado, que no diga que está siendo tentado por Dios, porque Dios no tienta. Satanás sí. Pero Dios sí nos pone a prueba.

Hay diferentes palabras en la Biblia para referirse a las pruebas que Dios permite que lleguen a nosotros. La diferencia entre la prueba y la tentación es su intención. La tentación que viene de Satanás tiene la intención de hacerte caer y hacerte apostatar. La intención de la prueba es hacerte más cercano a la imagen de Cristo. De manera que cuando Dios permite la prueba, Él no anda buscando tu caída, y Él no anda buscando tu apostasía: Dios anda buscando su imagen.

Decía que todos nosotros podemos quebrarnos. Había condiciones que llegaron a quebrar hasta ese punto a Pedro. Por ejemplo, ellos no habían dormido mucho la noche anterior; estaba cansado, sus barreras no son las mismas. Estaba solo esa noche, no tenía a los otros amigos con él, y Jesús no estaba con él tampoco. Era de noche. Era el patio del sumo sacerdote. Él está tenso, está nervioso, no sabe lo que le va a pasar a Jesús. Tiene que haber habido mucho ambiente hostil. Yo me imagino que el interrogatorio de Jesús, las preguntas no eran en tono suave. Me imagino que eran de volumen alto, exasperadas, que otros podían oír, me imagino yo por lo menos. Él está en territorio enemigo; no está en el patio de su casa. En el patio del sumo sacerdote lo están interrogando. Y en último lugar, Pedro fue sorprendido. Todas esas cosas nos predisponen a las mentiras, a las caídas, pero revelan lo que en nosotros realmente hay.

Pedro, probablemente recordó un poco más adelante las palabras de Cristo: "Simón, Simón, Satanás ha pedido permiso para zarandearte, pero yo he orado por ti." Te das cuenta de que aquí hay una prueba que viene de parte de Dios, pero que Dios le dice a Satanás: "Lo puedes zarandear, pero como Cristo ha orado por él, tú tienes un límite." Te das cuenta también de que nuestra lucha no es contra carne ni sangre. No es contra la criada del sumo sacerdote; Satanás pidió permiso para zarandear a Pedro y la criada está simplemente sirviendo de instrumento. Es por eso que Cristo no nos puede dejar solos, porque la lucha es mayor que nosotros y es invisible.

"Pedro, yo he orado por ti, pero Satanás viene y nos zarandea." David fue zarandeado por Satanás cuando hizo el censo; el texto de 1 Crónicas dice que fue incitado por Satanás. Jesús fue zarandeado en el desierto por cuarenta días; lo intentó por cuarenta días. Lo único fue que Jesús, al ser Jesús, no pudo hacerlo caer; le hizo todo tipo de ofertas. Pedro está siendo zarandeado, y al revisar la historia bíblica, ahora estoy convencido de que el ser zarandeado por Satanás es parte del currículo de Dios.

"Zarandeo 101" se llama la materia. Es donde Dios nos prueba, es donde Dios nos muestra, es donde Dios muestra lo que hay en el interior; donde Dios muestra la infidelidad, es donde Dios muestra mi falta de santificación en un área, es donde Dios muestra que yo necesito fortalecimiento, es donde Dios dice: "Esa parte todavía no se parece a mí; tiene que llegar a ser como yo."

Pedro es interrogado tres veces, niega a Jesús, y tú sabes lo que pasó después: cuando él juró, ya no le siguieron molestando. Terminó la prueba. La prueba tenía un comienzo y tenía un fin. ¿Cuál era el comienzo? La primera pregunta con interrogación. ¿Y el final? Cuando el gallo cantara y le hubiera negado tres veces. "Eso no es que yo quiero que pase, Pedro; después ya no te va a pasar nada malo. Lo único que yo quiero que tú entiendas es lo que hay en tu corazón."

¿Por qué y para qué? Porque ahora, Pedro, tú podrás ser menos autosuficiente, como te has venido confesando a lo largo del camino, y tú podrás pegarte más a mí, buscar más suficiencia en mí, depender más de mí. Porque las pruebas que te vienen, Pedro, son de mayor calibre, son de mayor peso. De hecho, Pedro no lo sabe todavía, pero te llegará una prueba tan grande que tendrás que morir crucificado, y tú vas a pedir que te crucifiquen boca abajo en honor a mi crucifixión. ¿Te das cuenta cómo esta prueba vino a preparar a Pedro para pruebas mayores? Tú no puedes afrontar pruebas mayores y salir con buenos colores sin que Dios te prepare en pruebas anteriores.

Pedro pasó con buenos colores a la hora de la muerte, pero él tuvo que pasar por esta. La prueba terminó; el propósito de Dios para con Pedro se cumplió. Esta prueba probaba la fidelidad de Dios, probaba la infidelidad de Pedro, lo preparaba para pruebas futuras. Le mostró que él no era tan fiel como pensaba, que no era tan valiente como se creía, que no era tan confiable como imaginaba, y que tampoco era tan veraz.

Nosotros negamos a Dios también; negamos a Jesús porque mentimos. Mentimos de diferentes maneras y por diferentes razones. Una de las razones por la que mentimos es el miedo a las consecuencias; ahí estaba Pedro: "¿Qué me va a pasar?" Entonces mentimos. Otra de las razones por la que mentimos es el temor a la desaprobación; no quiero sentirme desaprobado, como cuando Pedro no quería juntarse con los gentiles cuando llegaron los judíos. Él no se quería sentir desaprobado con los judíos, entonces dejó de juntarse con ellos. Eso no era una mentira verbal, pero era una mentira de acción, porque él estaba tratando de comunicarle a los judíos: "Yo no me junto con ellos; fíjate que no estoy con ellos."

Entonces mentimos muchas veces porque tenemos temor a la desaprobación o queremos la aprobación del otro. A veces mentimos para encubrir el pecado, como lo hizo David. A veces mentimos por avaricia, por dinero, como Judas; la traición de Judas fue una mentira: "Rabí", un beso, un falso testimonio. Y una de las más frecuentes: mentimos para no pasar vergüenza.

En el año 1987, muchos de ustedes no conocen los detalles, pero cuando ocurrió el famoso escándalo del Irán-Contra, como se le llamó en Estados Unidos, el periódico Washington Post hizo una publicación —hizo varias— pero en su última edición de ese año lo llamó "el año de la gran mentira." Hicieron una encuesta y el 92% de los encuestados respondió que había mentido para no pasar vergüenza, y el 98% había mentido en otras ocasiones por diversas razones.

Tenemos diferentes formas de mentir también. A veces calumniamos; lo que esos falsos testigos estaban haciendo con Cristo en ese segundo piso era una calumnia, falsas acusaciones: es una manera de mentir. Otra forma de mentir es la lisonja. Cuando los fariseos vinieron y dijeron: "Buen maestro, sabemos que eres veraz…" —¿sí, cierto?— eso era una lisonja para eventualmente poderlo atrapar en la pregunta que seguiría después. A veces una lisonja se disfraza de elogio. La exageración también es una mentira; la exageración de los logros: los temperamentos pecan de diferente manera, de la misma forma en que el colérico peca en su ira, los sanguíneos pecan en exageraciones, que la gente llama "estar en su salsa", pero son exageraciones.

El resentimiento nos hace muchas veces mentir también. Y a veces mentimos por "necesidad" —entre comillas, porque eso no es la cosa—: "Mentí porque no me atrevía a decirle a mi esposo o a mi esposa lo que el médico me dijo, porque se va a deprimir tanto." Eso es una mentira por necesidad, pero no es una mentira que Dios pueda aprobar. Y a veces mentimos desplazando la culpa de mi persona a otra persona para yo sentirme entonces liberado.

Lo más importante es que la mentira me identifica con Satanás, el padre de la mentira. La verdad me identifica con Dios. Ese día, en esos dos interrogatorios, en el lugar alto aquel, Jesús está siendo identificado con Dios Padre; y aquí abajo, por lo menos temporalmente, está Pedro, mientras Satanás lo zarandea, identificándose con él, el padre de toda mentira.

El texto paralelo de Lucas dice que cuando Pedro terminó de negar a Jesús, el Señor se volvió y miró a Pedro. Yo no me imagino lo que esos ojos sobre ese rostro de Pedro debieron haber transmitido. No creo que era una mirada de odio para nada; yo creo que era más bien una mirada que decía: "Te lo dije, Pedro. ¿Lo viste, Pedro? Conócete, Pedro. Entiende lo que necesitas de mí. ¿Ves dónde estabas, Pedro? ¿Ves lo que creías que eras?"

Entonces Pedro salió, y el texto de Lucas dice que lloró amargamente. Si no conociéramos nada más, todavía no sabemos si Pedro estaba arrepentido. Las lágrimas no son arrepentimiento; créame, yo he visto muchas lágrimas sin arrepentimiento. Lágrimas no son arrepentimiento; frutos de arrepentimiento son arrepentimiento. Tristeza no es arrepentimiento; Pablo dice claramente que hay una tristeza del mundo y hay una tristeza de Dios. La tristeza de Dios es la que produce fruto de justicia; por tanto, los frutos son las señales del verdadero arrepentimiento.

Los cambios conductuales no son arrepentimiento; la psicología puede lograr eso también. Pedir perdón no es arrepentimiento; gente que no conoce a Dios pide perdón, gente inconversa me ha pedido perdón, y a usted también, o quizás usted lo ha hecho cuando no era creyente. La única evidencia de arrepentimiento son los frutos que las lágrimas, la tristeza, el dolor y los cambios eventualmente producen. Si no supiéramos nada más de Pedro, no habríamos sabido nada.

De Judas afirmamos que no tuvo arrepentimiento, aunque la Palabra dice que Judas tuvo remordimiento y hasta se ahorcó, pero eso no fue arrepentimiento. El arrepentimiento produce frutos de justicia, y eso no fue lo que ocurrió con Judas.

Que Dios nos ayude, no solamente a ver mi carácter, sino también a aumentar mi entendimiento de cuánto lo necesito, de cuánto necesito vivir dependiendo de Él, caminando con Él, orando y pidiéndole ayuda en reconocimiento de lo poco que soy y de lo mucho que es Él.

Esta es una producción que llega a ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.