Un niño nacido en un pesebre, rodeado de animales y pastores —los campesinos de aquella época— resultó ser el regalo más extraordinario de la historia: Dios envuelto en naturaleza humana. Isaías lo anunció setecientos cincuenta años antes, escribiendo en tiempo pasado como si ya hubiera ocurrido, porque en la mente de Dios era un hecho consumado. Este niño no fue algo que la humanidad buscara ni mereciera; fue dado por un Padre que amó a los autores de las obras pecaminosas del mundo, aunque odiaba sus pecados. ¿Daríamos nosotros a un hijo inocente para salvar a un enemigo culpable? Dios lo hizo.
Mientras el anciano Simeón y la profetisa Ana esperaban con ansias la consolación de Israel, el resto del mundo estaba ocupado en un censo romano. A los suyos vino, y los suyos no le recibieron. Muchos esperaban un Mesías político que los liberara de Roma, sin entender que su peor yugo no estaba fuera sino dentro: el pecado. Los predicadores de la prosperidad de hoy tampoco estarían preparados para recibir a un Salvador nacido entre vacas y campesinos.
Sus nombres revelan quién es: Admirable Consejero que sirvió sin prejuicios a prostitutas y fariseos; Dios Poderoso que en su momento más débil, en la cruz, desarmó los poderes de las tinieblas; Padre Eterno que se compadece de sus hijos; Príncipe de Paz que vino a restaurar la enemistad entre Dios y el hombre. En la cruz se combinaron la injusticia humana y la justicia divina: era justo que Cristo pagara porque voluntariamente ocupó nuestro lugar. Su gobierno y soberanía aumentan poco a poco, hasta el día en que toda rodilla se doblará y confesará que aquel niño del pesebre es Señor del universo.
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El texto de Isaías, un texto muy conocido, fue inspirado 750 años antes de que el Mesías llegara, y sin embargo fue escrito en tiempo pasado como si hubiese sido algo que ya hubiese acontecido. Las profecías de Dios en su gran mayoría están dadas de esa manera, porque en la mente de Dios son hechos que ciertamente ocurrirán tal cual han sido plasmados. ¿Quién pensaría que un niño nacido en un pesebre sería Dios hecho hombre, sería un Príncipe de paz? Y no solamente un Príncipe de paz, sino el Príncipe de paz que restablecería la amistad entre Dios y el hombre.
Con eso yo quiero que leamos los versículos 6 y 7 de Isaías 9: "Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros, y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. El aumento de su soberanía y de la paz no tendrá fin, sobre el trono de David, sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto."
Yo creo que aunque este sea un texto conocido por muchos, la Navidad, y sobre todo el domingo antes de nosotros celebrar tradicionalmente lo que es la llegada del Mesías al mundo, es propicio para nosotros reflexionar acerca de un tema o de un texto que nos habla de la entrada de Dios a un mundo perdido. Sobre todo después que Dios había retirado su gloria 400 años antes de que Jesús viniera.
Es un texto conocido, y los textos conocidos tienen un problema para nosotros: estamos tan familiarizados con ellos que con frecuencia nosotros perdemos el interés en lo que el texto relata. Y sin embargo, el relato de este texto es un hecho singular en la historia de la humanidad, y si es de esa manera, pues entonces nosotros deberíamos prestar atención y estar dispuestos a revisarlo y a reflexionarlo de manera recurrente.
Como hemos dicho en otra ocasión, la mejor manera de nosotros tratar de obtener del texto, de exprimir el texto de tal forma que pueda gotear, si pudiéramos decirlo, todo lo que ahí está, es cuestionando el mismo texto. Cuando usted no hace eso, pues se queda mucha información contenida en el texto que usted pasó por alto. Y lo que vamos a hacer en el día de hoy es exactamente eso mismo.
Aquí hay algunas preguntas que yo le hice al texto y que usted debiera hacerle, porque el texto nos habla de que un niño nos ha nacido. Pudiéramos preguntar: ¿cuándo nos nació?, ¿bajo qué circunstancias nació?, ¿cómo llegó este niño hasta nosotros? Aquí dice que nos fue dado. ¿Dónde llegó? ¿Para qué fue dado? ¿Cuál fue su nombre? ¿Cómo le llamaron? ¿Cómo le recibieron? ¿Le recibieron todos? ¿Le recibieron algunos? ¿Le recibieron la mayoría?
Cuando tú revisas el texto, lo primero que el texto nos revela es que este niño que estaba siendo dado, o este regalo que nos estaba siendo dado, puede ser definido como un niño. Es un regalo que no llegó de la misma manera que nosotros hemos llegado al mundo, un niño común y corriente. En segundo lugar, ese niño que vendría como un regalo, el profeta nos dice que nos fue dado. No es algo que estábamos buscando, no es algo que habíamos imaginado, pensado. No es algo que tú puedes lograr, no es algo que te puedes ganar. Es algo que tú recibes, viene como un regalo. Nos fue dado.
En segundo lugar, el texto nos deja ver quién lo dio, porque habla de que un niño nos ha nacido e inmediatamente después dice un hijo nos ha sido dado. De manera que lo dio el Padre. Lo dio el Padre de quien Juan dijo que de tal manera amó el Padre, obviamente al mundo, que nos dio a su Unigénito, de manera que todo aquel que crea en él no se pierda, mas tenga vida eterna.
De manera que hay varias cosas que ya yo sé a partir del texto. Número uno: hemos recibido un regalo. Número dos: el regalo que hemos recibido vino en forma humana, vino como un niño. Y fue dado por un Padre, el Padre celestial. De tal manera amó al mundo que dio a su Unigénito. Dios amó al mundo. Dios no amó las formas pecaminosas del mundo, pero Dios amó a los autores de las obras pecaminosas del mundo.
Yo creo que esa es una buena pregunta para nosotros hoy: si nosotros amamos al mundo de la manera que Dios ha amado al mundo. Porque frecuentemente nosotros amamos de una manera a la inversa. Nosotros tendemos a amar las obras pecaminosas que hay en el mundo y tendemos a desechar o a rechazar a los autores de dichas obras. Pero Dios amó a los autores y odió las obras pecaminosas de ellos.
Dios nos dio a su Hijo. Dios nos dio el evangelio en la persona de su Hijo. El evangelio no es otra cosa, dicho de otra manera, que el mensaje de la vida, la muerte, la resurrección de Jesucristo. De manera que tú puedes decir en Juan 3:16: de tal manera amó al mundo que nos dio el evangelio, su Hijo, el mensaje de su vida, su muerte y su resurrección.
Y si tú piensas en este regalo, el Unigénito de Dios, la segunda persona de la Trinidad, piensa en un regalo tan extraordinario que vino envuelto de una manera tan ordinaria: una naturaleza humana. Eso es literalmente. La naturaleza humana fue el papel en el que Dios envolvió su regalo para los hombres. Lo dio Dios y le envolvió en una naturaleza humana común y corriente.
Nosotros leemos esto: "Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado", decimos "ah sí, yo conozco esto", lo pasamos por alto. Pero si tú eres padre, si tú eres madre, ¿darías tu hijo para que muriera por alguien culpable? ¿Darías tu hijo inocente para que muriera justamente por aquel que es el culpable del delito por el cual tu hijo sería crucificado? ¿Lo darías para salvar a un enemigo? No lo daríamos probablemente ni siquiera para salvar a un amigo, mucho menos a un enemigo. ¿Lo darías si tú supieras que lo iban a clavar en la cruz? De hecho, ¿lo darías precisamente para que lo clavaran en la cruz?
Yo en una ocasión escuché a un predicador evangélico de Estados Unidos hablando un poco acerca de lo que Dios nos había dado, y él decía, ya era un señor entrado en edad: "Si yo tengo un nietecito de tres años y si tú quisieras que yo diera mi nietecito de tres años para tú ser salvado, yo tengo que decirte que tú te irías directo para el infierno. Tú te quemarías en el infierno. Yo no lo voy a dar." Pues Dios nos dio a su Hijo justamente para que fuera clavado y yo no ardiera en el infierno. Gracias a Dios que mi redención no ha dependido de los hombres.
La próxima pregunta es: ¿bajo qué circunstancias llegó este Hijo? Cientos de años de espera. El pueblo judío estaba deseoso, ansioso de que llegara el Mesías, el Mesías esperado, el Mesías anunciado. Después que el Antiguo Testamento se cerró habían pasado 400 años de silencio, ningún profeta, ninguna revelación nueva de parte de Dios. Y de repente el Hijo ha llegado. Déjame darte un poco quizás la emoción, el sentir, parte de la ansiedad gozosa, si tú pudieras decir, de algunos de los que esperaban a este Mesías.
Lucas en el capítulo 2, el versículo 25 en adelante, nos relata o nos habla de dos personas entradas en edad, no casadas entre ellos, independiente el uno del otro. Uno de nombre Simeón y la otra de nombre Ana. Y nos dice Lucas un poco acerca de cómo ellos anticipaban la entrada de este niño que dice que nos ha sido dado.
Escucha lo que el versículo 25 dice: "Y había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón, y este hombre justo y piadoso esperaba la consolación de Israel." Notas cómo el Mesías se llamaba la consolación de Israel, lo que implica que Israel estaba en dolor, en angustia. "Y el Espíritu Santo estaba sobre él." El hombre justo, un hombre piadoso, el Espíritu Santo moraba sobre él. Con razón tenía iluminación para saber que la consolación de Israel había de llegar. "Y por el Espíritu se le había revelado que no vería la muerte sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu fue al templo, y cuando los padres del niño Jesús le trajeron para cumplir el rito de la ley, él tomó el niño en sus brazos." Dios en los brazos de Simeón ahora. "Y bendijo a Dios y dijo: Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación." Cristo es mi salvación. "La cual has preparado en presencia de todos los pueblos, luz de revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel."
Luz de revelación a los gentiles. Hay un anuncio de que Cristo no solamente venía para el pueblo de Israel; venía para todos nosotros los gentiles. Y ahora este hombre, Simeón, que ha visto a Jesús, que ha tenido a Dios en sus brazos, ha visto al creador de su vida ahora en sus brazos, él dice: "Señor Dios, Padre, yo me puedo ir. Me puedo ir en el templo, pero me puedo ir también para tu presencia. He visto tu rostro, te he cargado." Y junto con él había una profetisa en el templo que no salía del templo, no dejaba de orar día y noche, la profetisa Ana, que al verlo se regocijó junto con Simeón.
Y mientras Ana y Simeón se regocijaban, mientras Ana y Simeón habían esperado por este momento tan particular y singular que estaba ocurriendo, en el resto de la población este día que ellos le reciben era el octavo día de su nacimiento. Fue presentado al templo como la ley mandaba para hacer circuncidado. Pero el día en que Jesús entró, ocho días antes, Ana y Simeón todavía no habían tenido la oportunidad de conocerlo, pero anticipaban algo. Estaban en el templo, estaban esperando que cualquier día algo como esto pudiera ocurrir. Y ese día que Jesús entra, ellos estaban también en el templo en espera.
¿Y el resto del mundo qué hacía? El resto del imperio romano se había movilizado, cada cual a su área de nacimiento, porque el emperador había dictaminado que se hiciera un censo. César Augusto había determinado que cada cual fuera movido a su lugar de nacimiento para ser censado. Y eso es lo que mueve a José y a María de su lugar de residencia a su lugar de nacimiento. Y es en esa travesía que ellos tienen que detenerse en Belén, donde Jesús nació. De manera que el día que Jesús nació todo el mundo estaba ocupado, y esa parte de la ocupación de todo el mundo explica parcialmente por qué al mundo su entrada le pasó desapercibida.
A los suyos vino y los suyos no le recibieron, no le reconocieron. Él vino de una forma inesperada, sin anunciarse, en un pesebre. Sus mejores testigos eran unos cuantos animales del alrededor, en Belén, en una aldea, una aldea desconocida, una aldea pequeña. No vino a Roma, no vino a Atenas, no vino a Jerusalén donde los reyes hubiesen hecho su entrada. La gente no lo recibió, y en gran medida no lo recibió porque la gente estaba contenta con su forma de vivir. Había algunos fieles que estaban esperando al Mesías. La mayoría no. La mayoría estaba contenta con la religiosidad del judaísmo, sobre todo los maestros de la ley. Cuando Jesús llegó, cada cual estaba haciendo, como dicen en inglés, su propia cosa.
Yo creo que hoy no es muy diferente. Yo creo que la segunda venida del Mesías... No, yo creo no. Nosotros sabemos que la segunda venida del Mesías ha sido anunciada con tanta claridad como la primera venida del Mesías, quizás con más claridad que la primera venida del Mesías. Nosotros tenemos incluso, hasta de cierta manera desde el punto de vista humano, hasta más certidumbre, porque vimos cómo se anunció la primera, vimos la realización de la primera. Pues es natural que la segunda también acontezca de la misma forma, algo que ellos nunca habían visto para la primera ocasión.
Y yo creo que hoy en día hay mucha gente también, o algunos, esperando con ansias la segunda venida del Mesías. Pero yo creo que hay otro grupo también, llamados cristianos, que en realidad como que están tan ocupados en lo que están haciendo, están tan satisfechos en sus profesiones, en sus estudios, en sus amoríos, en sus celebraciones, en sus gozos, que en realidad como que no hay mucho tiempo ni espacio ni ansia ni motivación para la llegada del Mesías por segunda vez. ¿Tenemos las mismas ansias de Simeón y de Ana, o estamos tan ensimismados en nuestras propias cosas?
Gente, en realidad la Navidad es celebración con amigos y familiares, pero no es tan de realidad en el corazón de nosotros. Pudiéramos estar tan llenos de actividades que pasamos por alto la razón de las festividades.
En el caso del pueblo judío, muchos esperaban un Mesías político, un Mesías que pudiera levantar a Israel de donde estaba y llevarlo a la cima, un Mesías que pudiera darle prosperidad a la nación, un Mesías que lo pudiera sacar del yugo de Roma, no conociendo que su peor yugo no era el de Roma. Su peor yugo no estaba fuera de ellos sino dentro de ellos, que su peor yugo era el yugo del pecado. No conocían eso, estaban en completa ignorancia.
Por tanto, los que esperaban un Mesías político esperaban que este Mesías naciera en Roma quizás, en medio del esplendor de Roma, o quizás en medio del esplendor del templo de Jerusalén por lo menos, pero no en una aldea, no en un pesebre rodeado de pastores. Y nosotros leemos eso muchas veces y decimos: "Ah, el Mesías, había unos pastores en el campo", e inmediatamente nos imaginamos el campo verde con ovejitas muy lindas, y "pastor, qué tierno eso". Pero si fuera hoy diría: "Él nació en un campo rodeado de campesinos", y nosotros diríamos: "¡Oh!" Porque en realidad los pastores de aquella época eran los campesinos de nuestros días, y las ovejas de aquel lugar son las vacas y los puercos de nuestras naciones.
¿Quién pensaría que el gobernador del cielo y la tierra nacería en esas condiciones? Te imaginas en una iglesia de un predicador de la prosperidad de nuestros días, donde alguien viene y dice: "Pastor, predicador, usted va a creer que el Mesías ha hecho su entrada, y que está... que nació rodeado de algunas vacas y campesinos como en un pesebre." Yo creo que lo más probable es que él te diga: "No lo recibo." Porque ciertamente la nación en contra de él tenía un concepto similar del evangelio, por así decirlo, del Antiguo Testamento. Ellos estaban esperando un Mesías político que los hiciera prósperos. Ellos estaban esperando un Mesías político que les diera libertad y los hiciera cabeza y no cola, como hablan estos predicadores de la prosperidad, y que ellos pudieran entonces disfrutar de la abundancia que Roma había disfrutado por tanto tiempo. Ellos esperaban ciertamente que pudieran ser llevados a la cima del mundo como en tiempos de David.
Yo creo que eso pasaría. Yo creo que los predicadores de la prosperidad jamás pudieran estar preparados para recibir a un Mesías que hubiese llegado en las condiciones en que él vino. Y hoy se pudiera decir: "A lo suyo vino y los suyos no lo recibieron."
Todavía hay preguntas que nosotros tenemos que contestar: ¿Quién es él? ¿Por qué nos fue dado? ¿Y para qué nos fue dado? Yo voy a contestar esas preguntas un poco más adelante, pero yo quisiera permanecer por ahora con el texto cuando nos habla de cómo él sería llamado.
Escucha: "Será llamado su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz." Admirable Consejero. Algunos prefieren traducirlo como dos palabras sustantivos, nombres distintos. En el hebreo pudiera ser traducido exactamente como está en la traducción de las Américas: Admirable Consejero, como una sola frase. Y ciertamente él fue y es admirable.
Fue admirable en su entrega. Dejó el cielo para venir a la tierra. Dejó la eternidad para venir a lo terrenal. Dejó el lugar donde el tiempo no cuenta para entrar a un terreno donde el tiempo cuenta tanto que él necesitaba estar nueve meses en el interior del vientre de una madre. Él es admirable al dejar la gloria para venir y nacer en deshonra. En esencia, el Rey del universo, Creador del cielo y la tierra, nacer en un pesebre, en un establo, es una deshonra. Él es admirable al dejar al Padre para venir y unirse a discípulos que luego lo abandonarían y lo traicionarían.
Él es y fue admirable en su servicio. Sirvió sin preguntar a quién servía. Sirvió a los tibios, como Natanael en un momento dado, un escéptico, un prejuiciado, y habiendo servido a Natanael, lo llevó de ser un tibio a ser uno de los doce. Le sirvió a un Tomás, un incrédulo, otro tibio, tibio hasta el final, para hacerlo uno de los doce, luego nombrado en el libro de Apocalipsis como cargo de cada una de las puertas de la gran ciudad. Le sirvió a alguien que no tenía el compromiso desde el principio, a alguien de quien él sabía que no tenía el compromiso desde el principio, a alguien que sería su traidor, a alguien que llegó a ser el tesorero, tan cercano en el círculo en el que él se desenvolvía. Le sirvió a él sabiendo cuál sería su final.
Sirvió sin prejuicios. Sirvió sin prejuicios a la prostituta, a los recaudadores de impuestos, a los pobres, a los ricos, de igual manera. Le sirvió a Zaqueo. Sirvió sin condenar a Pedro aun después de negarlo tres veces. Sirvió sin un título, sirvió sin cobrar, sirvió cuando otros no querían servir, sirvió cuando otros no estaban motivados, sirvió cuando otros se cansaron y pararon, y cuando lo rechazaron, siguió sirviendo. Él es admirable en todo el sentido de la palabra, en toda su vida, antes y después de su crucifixión. Y él es un ejemplo de servicio, él es un ejemplo de servicio tal que al final nosotros pudiéramos decir: ¿Sabes qué? El hombre que sirve solo a los que le sirven, pues no sirve. El hombre que solamente le sirve a los que le sirven, pues no sirve. No sirve para ser discípulo de Jesús.
Jesús fue y es admirable en su ejemplo de humildad. Siendo el mayor, le sirvió al menor. Siendo el santo, se codeó con pecadores. Siendo el rey, rehusó sus derechos. Él es admirable como ejemplo de humildad. No impuso su agenda, él motivó a seguir su agenda, él inspiró a seguir su agenda, él influenció la vida de sus seguidores para seguir su agenda, pero no la impuso. Cuando algunos pensaron que él estaba tratando de imponer su agenda, él se volvió a sus discípulos y les dijo: "¿Y ustedes se quieren ir también? Se pueden ir". Aquí no hay nada de imposición para con nadie, solamente extendió una invitación a seguir. Nunca se sintió rechazado aunque lo rechazaban. Nunca acusó a los que le rechazaron. Nunca quiso ser el primero ni estar entre los poderosos. Te imaginas que no fue a visitar a César Augusto, ni a Pilato; lo mandaron a buscar, no tenía interés en visitarlo.
Si admirable fue su nacimiento, más admirable aún fue su muerte. Y al pensar entonces que él nació para morir de esa manera, entonces podemos comenzar a contestar las dos preguntas que nos quedaron fuera de aquí en el pasado: ¿Para quién fue dado? ¿Para qué fue dado? Porque no hago mucho con Isaías 9:6 sabiendo que un niño me fue dado, un hijo me fue dado, pero si no sé para qué fue dado, simplemente digo: "Bueno, nos fue dado". Si no digo para quién fue dado, digo: "Bueno, por lo menos, quizá fuera para los judíos solamente, quizá para la población de hace dos mil años". Yo tengo que preguntar y escudriñar la Palabra.
En realidad, los judíos mismos no entendían para qué fue dado. Los judíos creían que el Mesías venía básicamente a restablecerlos a ellos como nación principal, pero ellos no pensaban que los gentiles merecían salvación, a pesar de que Simeón dijo que sería luz para los gentiles. No, ellos pensaban que los pecadores eran los gentiles. Había dos grupos de personas: los pecadores gentiles y nosotros. Los gentiles fueron creados, decían algunos, para alimentar el fuego del infierno. Sin embargo, él fue luz de revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Los rabinos nunca entendieron eso. Ellos enseñaban que en el interior del hombre había dos principios, bueno y malo, y que Dios había creado ambas cosas. Israel no tenía necesidad de salvación; Israel era salvo. Los gentiles eran los que tenían necesidad de salvación, pero no se la merecían.
De ahí que el fariseo va al templo y ese señor dándose golpes, o mejor dicho, subiendo la cabeza, perdón, y ese señor dice: "Te doy gracias que yo no soy como este publicano que está aquí al lado mío. Yo no soy como él". ¿Te imaginas eso? Pero sabes que alguien me decía que en una ocasión estuvo en una iglesia, me reservo el lugar y todo lo demás, pero la oración de inicio decía: "Señor, te damos gracias que nosotros no somos como las demás iglesias". El espíritu de fariseísmo no ha muerto. Hay un fariseo dentro de nosotros como hay un Jonás dentro de nosotros.
No, en el corazón del que nació en el pesebre su nombre será Admirable. Un consejero se supone que sale con su sabiduría; bueno, él es el principio y el fin de la sabiduría. Un consejero se supone que debe ser alguien como que ha tenido tus experiencias para poder entenderte en tus experiencias; pues resulta que él fue tentado en todo, pero sin pecado, dice el autor de Hebreos. Un consejero se supone que debe ser alguien que puede entenderte e identificarse con tus luchas; el autor de Hebreos dice exactamente que, como él fue tentado en todo, justamente él puede identificarse con nosotros. El hecho de haber nacido de la misma manera que tú y yo nacemos le ayuda a identificarse con nosotros. El hecho de tener que haberse sometido a un padre, una madre, sin mamá, sin papá como nosotros, le ayuda a él a identificarse con nosotros.
Se supone que esa persona confiable, ese tu consejero, es una persona confiable que no le esté confiando tus confesiones a otros, como Cristo tampoco lo hace. ¿Te imaginas si todo lo que hemos confesado a Cristo él lo estuviera contando a otras personas? ¿Dónde estaríamos tú y yo? Esa persona debe ser veraz. Ese consejero es ese capaz de confortarte, de confrontarte a la vez, y después de confrontarte, de consolarte. Ese es un admirable Consejero. Ese es nuestro Cristo.
Y de ahí dice que también su nombre sería Dios Poderoso. Y pudiéramos hablar del poder de Jesús al crear el universo: todo lo que fue hecho fue hecho por medio de él, y nada de lo que ha sido hecho ha sido hecho sin él, dice Juan 1. Pudiéramos hablar de su poder al crear, pudiéramos hablar de su poder al sostener el universo. Pero yo creo que donde mejor nosotros vemos el poder de Cristo es en la cruz, en el momento de su muerte, donde él está cansado, agotado, deshidratado, sudado, traspasado, avergonzado, rechazado, abandonado, escupido. Donde él está ahí en su peor momento, en su peor momento de toda su vida, en el momento más débil de hecho. Tan débil está que él se siente abandonado por el Padre en angustia y grita: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
En ese momento de máxima debilidad, el apóstol Pablo escribiéndoles a los colosenses nos dice que allí él derrotó todos los poderes de las tinieblas, desarmó el mundo de las tinieblas en su momento más débil. ¿Te imaginas de qué clase de poder estamos hablando, de que este niño tendría? Por eso su nombre es Dios Poderoso. Es un niño, es un bebé, es un Dios Poderoso. Espera que él crezca, espera que él muera, espera que lo entierren, y verás cómo de viernes a domingo derrotaría al pecado, derrotaría la muerte, desarmaría el mundo de las tinieblas y dejaría la tumba vacía. Ese es nuestro Dios Poderoso.
Espera que venga, espera que llegue. Escucha lo que el Nuevo Testamento dice de ese Dios Poderoso: "Entonces, él es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que podamos pedir o entender o imaginar", Efesios 3:20. Dale rienda suelta a tu imaginación en términos de lo que quisieras ver o crear, y el texto dice: él es poderoso para hacer mucho más que todo lo que ustedes puedan imaginar al mismo tiempo.
Según 2 Timoteo 1:12: "Yo sé en quién he creído y estoy convencido de que es poderoso para guardarme mi depósito hasta aquel día". O sea, hay alguien aquí en el día de hoy que va a entregar su vida al Señor Jesús. Yo quiero decirte, ponme de la Palabra, que aquel a quien tú le entregas tu vida es poderoso para tomar esa vida que tú le entregas hoy, guardarla hasta que te encuentres con él. Él es poderoso para hacer tal cosa.
Hebreos 2:18 dice que él es poderoso para socorrer a los que son tentados. ¿Te has sentido tentado alguna vez? ¿Has estado a punto de caer alguna vez? ¿Tienes miedo de que puedas caer en el día de mañana? Yo quiero decirte que si tú te arrodillas delante de él y le dices: "Señor, yo necesito tu ayuda, no me dejes esto a mí solo", él es poderoso para ayudarte en medio de tu tentación. Dios te ha asegurado eso.
Hebreos 7:25: "Por lo cual también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos". Mira todo lo que hay ahí. Él es poderoso para salvarte para siempre, de manera que si entregas tu vida a Cristo hoy, si verdaderamente, genuinamente tu corazón es entregado, no tienes que preocuparte de que: "Cuidado y yo en el día de mañana pierdo mi salvación", porque es poderoso para guardarla para siempre, dice la Palabra de Dios. Pero, ¿a quiénes? A aquellos que se acercan a Dios por medio de él. No hay manera de acercarme al Padre si no es a través de ese niño que nos ha nacido en un pesebre, en una aldea desconocida.
Es algo que dice el texto: que él vive, escucha esta palabra, perpetuamente para interceder por ellos. ¿Tú le has dicho alguna vez a alguien: "Ora por mí, por favor"? ¿Tú has hecho esa petición? ¿Cuántos de nosotros hemos hecho esa petición? Antes de subir aquí yo le dije a mi esposa: "Ora por mí, por favor", que mi cabeza no estaba en su lugar. O sea, lo que dice el texto es que él perpetuamente vive para interceder por nosotros. De manera que cuando tú te volteas a tu esposa, a tu amigo, a alguien: "Ora por mí", tú pudieras levantar la cabeza hacia Jesús: "Ora por mí, tú intercede por mí perpetuamente". ¿Cuántas oraciones tú crees que Jesús le ha hecho al Padre que el Padre no haya escuchado? ¿Que el Padre no haya respondido? Ninguna. Él, Poderoso.
Y Judas 1:24 dice que es poderoso para guardarnos sin caída, para presentarnos sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría. Su poder está en que Él tiene ese poder para presentarme delante de su Padre, decir: "Padre, aquí está mi discípulo Miguel, sin manchas, sin arruga, y él te pertenece a ti. Yo lo he guardado. Aquí está, recíbelo."
El niño que nos ha nacido, que Dios nos dio: Admirable, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno. ¿Cómo que este niño es mi Padre? Bueno, eso no es tan claro a menos que recuerde las palabras de la comunicación de Jesús con Felipe. Felipe quería ver al Padre y Jesús le dijo: "Este, Felipe, pero yo tengo tanto tiempo contigo y todavía no lo sabes. El que me ha visto a mí ha visto al Padre." "Pero yo no entiendo, Jesús." "Es que yo y el Padre uno somos." Padre Eterno sí es otro de sus nombres, pero en cierta medida Él puede recibir ese nombre de Padre Eterno. Primero, lo que acabamos de decir, pero también por algo que los Salmos dicen. En el 103:13 se dice: "Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen." Esa es la idea: Cristo se compadece de nosotros de una manera como un padre mira a su hijo en dificultad y se compadece de él.
Admirable, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, pero no terminamos. Todos estos son sus nombres: Príncipe de Paz. Los judíos nunca pensaron que el hombre, ellos por lo menos, estaba en enemistad y en guerra contra Dios. La razón por la que le llaman Príncipe de Paz es porque el príncipe es el hijo del rey. Él es el Hijo de Dios Padre, y la razón por la que es llamado de paz es justamente porque cuando hace su entrada ese día en Belén, en ese pesebre, el hombre no tenía paz. No había paz entre Dios y el hombre. Él vino a restaurar esa paz.
Y el día que los pastores estaban ahí en el campo pastoreando, lo primero que ellos escuchan es esto: "No temáis," de parte del ángel que anunciaba, "porque os traigo buenas nuevas de gran gozo." ¿Cuáles son las buenas nuevas y cuál es el gozo? Las buenas nuevas es que un Salvador nos ha nacido. ¿Y cuál es el gran gozo? Que la enemistad que existía entre Dios y el hombre podría ser quebrada a partir de lo que Él viene a hacer, y hoy es el comienzo de eso.
Si el hombre no cree eso, la salvación que Cristo vino a ofrecer no tiene gran sentido. Mientras más justo el hombre se cree, menos sentido tiene la salvación que Cristo ofrece. Que Cristo viniera a morir para el perdón de los pecados, a los fariseos les pareció un sinsentido. Por eso la cruz no tenía propósito, no tenía sentido que el Mesías de Dios encarnado, según Él se proclamó, fuera el que fuera a la cruz a morir de esa manera. Para ellos no fue buenas nuevas; de hecho, fue malas nuevas. Malas en el sentido de que esto no era lo que esperábamos. En un principio quizá había una esperanza de que Jesús pudo haber sido el mesías político que ellos esperaban, pero no esto. Entonces para ellos fue malas nuevas, y fue malas nuevas porque al rechazarlo quedaban en su condenación. Ellos no sabían que su mayor liberación no tendría que ser de Roma sino de su propio pecado, de algo mucho peor.
Pero Cristo en gran manera también vino a liberarlos y a liberarnos del legalismo y de la religiosidad de los fariseos. Gran parte del problema de los fariseos fue precisamente que ellos entendían que no necesitaban salvación por la manera como ellos se medían a sí mismos. Los fariseos siempre sonaron mejor que como vivieron. Eso sería una marca distintiva. Ellos medían a los demás por un estándar que ellos no podían cumplir ni nunca cumplieron. Ellos oraban de una manera sumamente reverente, pero sus vidas nunca estuvieron a la altura de sus oraciones.
Y uno de los problemas, verdad, de los fariseos en el tiempo de Jesús sigue siendo el mismo problema hoy: que ese legalismo, fariseísmo, y la verdadera religión se parecen mucho, porque ambos tienen forma, ambos tienen estructuras, ambos tienen normas, ambos tienen actividades, ambos tienen ministros, ambos tienen liturgias. Pero uno está lleno de ritualismo y el otro está lleno de verdad.
Cristo vino a liberar al hombre de la sabiduría humana y de la filosofía humana que hace que el hombre confíe continuamente en su propia sabiduría. Y al confiar en su propia sabiduría, pues se esclaviza aún más de sus propios pecados. Es la sabiduría humana que prefiere el yugo de la religiosidad que la libertad de la persona de Jesús.
Yo creo que hoy en día, bueno, a lo largo de todos los tiempos pudiéramos decir que Cristo vino a liberarnos de la esclavitud del materialismo. Y pensando un poco cómo aclimatar esto a nuestros días, quizás pudiéramos decir que Jesús en nuestros días tiene que liberarnos de la esclavitud del internet, la computadora, de los celulares, de los iPads, del consumismo, de la sensualidad y de la afluencia. El virus de la afluencia es peor que el virus de la influenza, de la flu.
El Príncipe de Paz vendría a terminar la enemistad, la división, la separación entre Dios y todas estas cosas que contribuyen a esa separación. Su reinado iba a contribuir, iba a producir, iba a permitir —es la palabra— a que el hombre pudiera disfrutar de paz interior. Una paz interior que Jesús ha venido a restaurar al hombre y que muchas veces, después de restaurarla, el hombre se involucra en hábitos de pecado y vuelve a perderla.
Por eso es que el evangelio no es para escucharlo la primera vez que yo encuentro salvación. El apóstol Pablo quería evangelizar siempre las regiones donde él nunca había predicado a Cristo, pero tú notas cuando sigues su vida que él regresa a las regiones a volver a evangelizar a los evangelizados, porque yo necesito el evangelio. Yo tengo que recordarme el evangelio todos los días de mi vida. Tu propósito, su fin como Príncipe de Paz, lo que es, lo que hace. Porque es recobrada la paz establecida por Cristo el día que le conocí; si vuelvo a caer en hábitos de pecado, tú vuelves a ir a la paz que Él restableció y tú tienes que predicarte el evangelio a ti mismo otra vez.
Porque tenemos ese fariseo dentro, tenemos un Jonás dentro, tenemos un... Acuérdate de la historia de Caín, cómo él mató a su hermano; tenemos un Caín dentro que mata al hermano. ¿Cuánta gente vive dentro de nosotros? Sin mencionar al Pedro que vive dentro de nosotros, que niega a Jesús también. Por eso es que el interior muchas veces no vive en paz, porque Pedro, Jonás, el fariseo, Caín se pelean todos unos con otros dentro de mí.
Spurgeon, hablando de esta paz que el Príncipe traería, dice: "Mira hacia arriba y no percibirás la ira lista para devorar, pues para el hijo de Dios la ira de Dios que pesa sobre el mundo, si miras hacia arriba, no está. Mira hacia abajo y no encontrarás el infierno, porque no hay condenación para aquellos que estamos en Cristo Jesús. Mira hacia atrás y te darás cuenta que tus pecados han sido borrados. Mira alrededor y descubrirás que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman a Dios. Mira hacia adelante y descubrirás cómo la gloria brilla ya como brilla el sol en la mañana. Mira hacia adentro y encontrarás la paz que transciende todo entendimiento." Por eso Él es llamado Príncipe de Paz.
Soberano. La soberanía reposará sobre sus hombros, versículo 6. De manera que este niño en un pesebre tendría sobre sus hombros la conducción del mundo entero. Tendría el poder, la autoridad para gobernar y la posesión de todo el mundo. No solamente la responsabilidad, no solamente el poder, sino también el derecho para gobernarlo, para ejercer señorío, autoridad sobre todo el universo.
Escucha cómo dice Isaías 9:7: "Su gobierno y soberanía irán en aumento poco a poco." En otras palabras, cuando tú miras alrededor y te das cuenta que el mundo no está en paz, cuando miras alrededor y te das cuenta que el mundo todavía está lleno de injusticia y de muerte, asesinatos y crímenes y violaciones, y te preguntas dónde está Dios, recuerda que el aumento de su soberanía y de su paz iría poco a poco. Que no era algo que le iba a imponer en un solo día.
Cristo puede imponer su gobierno en este momento y su justicia en un abrir y cerrar de ojos, pero tendría que matar a mucha gente y dejar solamente a los redimidos. Y muchos de nosotros no quisiéramos que eso ocurriera todavía, porque tenemos intereses aquí. Tenemos amigos, tenemos familiares, tenemos hijos, tenemos hermanos, tenemos padres, tenemos madres que nosotros quisiéramos ver salvos. Y estamos diciendo muchas veces: "Señor, quisiéramos que vengas, pero al mismo tiempo te rogamos que retengas un poco, y en tu misericordia, en lo que retardas tu regreso, da la salvación a estos." De manera que el hecho de que su soberanía y su gobierno vayan en aumento poco a poco a nosotros nos conviene. No sea muy tan presto, ese "Señor, haz tu justicia ahora mismo." Más bien: "Señor, ten misericordia ahora mismo." Leemos los periódicos, nos molestan las noticias. Tranquilo, el Príncipe de Paz está aumentando su gobierno poco a poco. Y Él es el que ha nacido y nos ha sido dado.
Piensa un poco en estas injusticias por un momento, para que puedas descubrir que la mayor injusticia se llevó a cabo en la cruz. La mayor injusticia que jamás haya ocurrido. ¿Es justo que Él fuera colgado y tú y yo fuésemos dejados en libertad?
Piensa en estas preguntas, a manera de ir concluyendo. ¿Por qué tenía que ser Él el acusado cuando yo fui el transgresor, el que cometía el delito? ¿Por qué tenía que ser Él el crucificado y no yo, que era el condenado? Eso es injusto. ¿Por qué tenía que ser Él el que fuera traicionado cuando yo soy el traidor? ¿Por qué tenía que ser Él el herido cuando yo causé las heridas? ¿Por qué tenía que ser Él el abandonado cuando yo he sido el infiel?
Esto es lo que ocurre en la cruz: se combinaron la injusticia de los hombres —de Pilato, de Herodes, de los judíos, de los romanos— la injusticia con la justicia de Dios. Eso es donde ellas dos comulgan.
Porque desde el punto de vista divino era justo que Cristo fuera tratado de esa manera. Él voluntariamente decidió morir en mi lugar, y por tanto, como él decidió morir en mi lugar, lo justo era que él pagara como a mí me tocaba pagar. De tal forma que Cristo está en la cruz cumpliendo la justicia de Dios y está en la cruz debido a la injusticia de los hombres. ¿Lo puedes ver? Y a través de esa cruz él haría comenzar a crecer la soberanía, el gobierno y la justicia del mundo. Fue la justicia de Dios que demandó el pago de la injusticia de los hombres.
Y es en esta época donde nosotros tenemos que recordar: un niño nos ha sido dado, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros. Y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. El aumento de su soberanía y de la paz no tendrán fin sobre el trono de David y sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto.
Es el celo de Dios que ha hecho cumplir estas promesas y es el celo de Dios que nos traerá de regreso al Mesías la próxima vez. No en un pesebre, no en una aldea oscura, porque todo ojo le verá y toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que el niño que nos fue dado es Señor y Dios del universo, para la gloria del Padre.