Integridad y Sabiduria
Sermones

No apaguéis el Espíritu

Miguel Núñez 10 mayo, 2015

La frase "no apaguéis el espíritu" apunta a algo que todo creyente puede experimentar: la disminución gradual de la vida espiritual cuando se vive en desobediencia, autosuficiencia o lejanía de Dios. Pablo cierra su primera carta a los Tesalonicenses con cinco imperativos finales —dos negativos y tres positivos— que llaman a cuidar esa llama interior. El fruto del Espíritu que una vez floreció —amor, gozo, paz, paciencia— puede enfriarse hasta casi desaparecer. David lo ilustra con claridad en el Salmo 51: el hombre que danzaba ante Dios y componía salmos ahora pide que le abran los labios para poder alabar, que le restituyan el gozo perdido. El Espíritu no se fue, pero su manifestación se apagó.

La solución que Pablo ofrece requiere discernimiento: examinar todo cuidadosamente, retener lo bueno, abstenerse de toda forma de mal. Ese discernimiento no surge de la inteligencia natural sino de la meditación profunda en la Palabra. El salmista declaró tener más discernimiento que sus maestros porque los testimonios de Dios eran su meditación constante. Hebreos enseña que el alimento sólido ejercita los sentidos espirituales para distinguir el bien del mal. Sin ese consumo sostenido de la Palabra, el pueblo termina cautivo —como advirtió Isaías— por falta de discernimiento.

En una generación donde las opciones se han multiplicado exponencialmente, la necesidad de discernir se vuelve urgente. La mejor manera de no apagar el Espíritu es vivir en dependencia de Dios, sometidos a su voluntad y en obediencia a su Palabra.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Así que con eso, yo quiero invitarte a que abras la Palabra de Dios en la Primera Carta a los Tesalonicenses, capítulo 5, los versículos del 19 al 22. Es un texto relativamente corto. Este es el penúltimo de los mensajes en esta Primera Carta a los Tesalonicenses. Cuando terminemos esta carta, seguiremos con la Segunda Carta a los Tesalonicenses, porque creo que sería apropiado hacer el puente hacia la otra carta y continuar viendo qué otras instrucciones el apóstol Pablo tuvo para esta iglesia.

Y así dice su Palabra, comenzando en el versículo 19, capítulo 5, Primera de Tesalonicenses: "No apaguéis el Espíritu, no menospreciéis las profecías. Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno, absteneos de toda forma de mal."

Padre, de nuevo pausamos y damos gracias, y pedimos que Tú puedas abrir los ojos de nuestro entendimiento, que Tú puedas circuncidar nuestros oídos, que Tú puedas iluminar Tu Palabra para que ella pueda iluminar las áreas oscuras de nuestro corazón, y que nosotros podamos salir de aquí habiendo recibido aquello para lo cual Tú plasmaste este texto. Sé con el predicador de tal forma que él pueda extraer del texto aquello que corresponde a Tu verdad, no más, no menos. En Cristo Jesús, amén.

Bueno, el apóstol Pablo nos ha dado otra vez una serie de imperativos. Tenemos varios mensajes; quizás este sea el tercero escuchando acerca de estos imperativos que aparecen al final de esta Primera Carta a los Tesalonicenses. Hay quince de esos imperativos, uno detrás de otro. Estos son los últimos cinco, pero ya el apóstol Pablo nos había instruido en otras áreas, como iglesia, acerca de cómo nosotros debíamos comportarnos con el hermano, y nos dio esas instrucciones en forma de mandatos.

Escucha, a manera de resumen lo que ya habíamos revisado en un par de mensajes anteriores. Nos dijo, conforme a lo que leímos en el versículo 12 de este capítulo 5, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor por causa de su trabajo. Nos dijo vivir en paz los unos con los otros, que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos. Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal; procurad siempre lo bueno, los unos para con los otros y para con todos.

Esos son imperativos que nos ayudan a ordenar la vida congregacional y lo que debiéramos estar haciendo unos con otros: animando a unos, fortaleciendo a otros, confrontando a otros, disciplinando a otros y así sucesivamente. Pero luego el apóstol nos ayudó a ver cosas que tenían que ver con nosotros mismos, cosas que nosotros debíamos estar haciendo, el estado del interior del individuo con relación a Dios. Y ahí nos dijo entonces: estad siempre gozosos, orad sin cesar, dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús.

Diez mandatos morales, imperativos, y ahora en el texto de hoy él nos da cinco: dos negativos —no apaguéis el Espíritu, no menospreciéis las profecías— y tres positivos —examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno, absteneos de toda forma de mal. La instrucción del Señor siempre ha sido balanceada: Él nos dice qué no debemos hacer y nos dice luego qué debemos hacer. Él nos dio los Diez Mandamientos: no robarás, pero Él también nos dice que debiéramos ayudar económicamente a aquellos que están en necesidad y que debiéramos ser dadivosos, lo cual sería como lo opuesto de robar. Él nos dice también no levantarás falso testimonio, o no mentirás, pero a la vez nos dice cómo nosotros debiéramos hablar la verdad, de hablarla con amor. Y el texto de hoy no es distinto, donde Dios nos dice algunas cosas en sentido negativo y luego nos dice algunas otras cosas en sentido positivo.

Yo quiero comenzar justamente donde el texto de hoy inicia, en el versículo 19: "No apaguéis el Espíritu." Esa frase ha sido interpretada de dos maneras distintas: una en correlación al don de profecías, y la otra en un contexto más general. Yo quiero hablar de ambas cosas, o de ambos ángulos, y luego poder decir dónde nosotros estamos de acuerdo a lo que entendemos.

Aquellos que piensan que "no apaguéis el Espíritu" tiene que ver con el don de profecías entienden que quizás en Tesalónica se estaba produciendo una situación distinta a la que había ocurrido en la iglesia de los corintios. En aquella otra iglesia, el manejo de los dones se convirtió en un caos, en un desorden, hasta el punto que, dada la inmadurez de la iglesia, Pablo tuvo que escribir y regular los dones para que la iglesia pudiera tener un mejor entendimiento de lo que debía hacer y de lo que no debía hacer. Y usted puede leer acerca de esos ordenamientos en la Primera Carta a los Corintios, capítulos 12 y 14 de manera en particular.

En cuanto al don de profecía, que es el que nos atañe ya que algunos entienden que la frase "no apagar el Espíritu" tiene que ver con el don de profecías, Pablo les dijo a los corintios que ellos tenían una fascinación con el don de lenguas, pero que en realidad ellos necesitaban entender que el don de profecía era superior al don de lenguas. Y lo explica incluso en 1 Corintios 14:1-5. También les dice en esa carta, a ellos que estaban en esta iglesia primitiva e incipiente donde las cosas todavía estaban ocurriendo por primera vez, que a la hora en que la iglesia se reunía había algunos que traían una revelación aquí, una revelación allá, y Pablo les dice que eso tienen que hacerlo uno a uno, no más de dos o tres, en orden, y que los demás juzguen la veracidad de lo que se acaba de traer como revelación —algo que no ocurría nunca en el Antiguo Testamento con el profeta.

Algunos entonces piensan que en Tesalónica algunos hermanos estaban suprimiendo algo que quizás era todavía la actividad del Señor de manera genuina. Y asumiendo que fuera el caso, tenemos que recordar varias cosas que no son nuestra situación. En primer lugar, el Nuevo Testamento estaba en proceso de escribirse. De hecho, esta carta a los Tesalonicenses, la Primera y la Segunda, junto con la carta a los Gálatas, se consideran los primeros documentos de todo el Nuevo Testamento, precediendo incluso a los Evangelios. De tal forma que la mayoría de lo que nosotros hoy tenemos como documento escrito, en el momento en que estas palabras se estaban escribiendo o se estaban enseñando, ni siquiera estaba escrito.

De tal forma que, aun si pensamos que realmente Pablo se estaba refiriendo al don de profecía, tenemos que recordar en qué momento de la historia de la iglesia estaban ellos cuando recibieron esta instrucción. Y entonces los que piensan de esa manera dicen: "Mira, el próximo versículo dice 'no menospreciéis las profecías', porque ese parece ser el contexto." Lamentablemente, esa interpretación ha sido llevada hasta el día de hoy, y muchos piensan que nosotros continuamos recibiendo revelaciones nuevas de parte de Dios de manera profética.

Tenemos que recordar que la situación de la iglesia, como ya dijimos, es distinta por más de una razón. No solamente que nosotros tenemos ya el canon del Nuevo Testamento completo, que en ese momento ellos no tenían, sino que también tenemos que recordar que nosotros no contamos con algo que ellos sí tenían: la presencia en vida de los apóstoles. De tal manera que cuando alguna revelación de algún tipo era traída, ellos estaban ahí todavía para hacer la corrección de la iglesia, lo cual nosotros no tenemos hoy. Nosotros no tenemos a nadie que llene los requisitos de apóstol, a pesar de la cantidad innumerable de personas que hoy reclaman serlo. El capítulo uno del libro de los Hechos nos da los dos criterios para un apóstol: número uno, que haya sido testigo ocular de la resurrección de Jesús —no tenemos eso— y número dos, que haya sido designado directamente por Jesús —tampoco tenemos tal persona.

Pero en el caso de la iglesia primitiva, en ese momento sí tenían a los apóstoles. Nosotros sabemos que la iglesia de los corintios escribió a Pablo una carta, que luego Pablo responde con lo que hoy nosotros conocemos como la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo les dice: "Con relación a las cosas que me escribisteis..." —tres veces— y en otras palabras, esa carta es en relación a preguntas que ustedes me han hecho. Nosotros no tenemos ese privilegio. Y aún más, en el caso de la iglesia de Tesalónica, nosotros vamos a ver en la Segunda Carta cómo el apóstol Pablo responde y escribe corrigiendo un mal entendimiento que ellos tenían acerca de la venida del Señor, porque algunos habían venido, se habían infiltrado y comenzaron a enseñar a la iglesia que el día del Señor ya había venido, y Pablo está corrigiendo eso.

Nosotros no tenemos a esos apóstoles para corregirnos de esa manera. Nosotros tenemos una Palabra completa, de tal forma que no tenemos que esperar la próxima visita del próximo profeta que venga a revelarnos la voluntad de Dios; nosotros simplemente tenemos que abrir la Palabra y ahí está Su voluntad revelada. Esto se lo dice a los tesalonicenses de una manera muy clara, y se lo había dicho a los corintios de hecho también de una manera muy clara, incluso en ese contexto. ¿Cuál era la función primaria del don de profecía? Que no era tanto la predicción del futuro. Escucha la definición en 1 Corintios 14:3: "Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, para exhortación y consolación."

Será la función primaria. Todo don tiene la función primaria de ministrar a toda la iglesia, no de manera personal como vemos nosotros hoy el supuesto don de profecía siendo ejercido, donde hacen una fila de personas y entonces comenzamos a decirle que el Señor tiene un viaje para ti el año que viene, que te vas a mudar de país, que yo veo que el Señor —el Señor más revelado que tú— te va a casar el año que viene, incluso con fulano de esta iglesia te vas a casar. Nada de eso edifica la iglesia, al cuerpo de Cristo por completo. Nada de eso exhorta. Nada de eso consuela. De tal forma que distorsionamos las mismas directrices de la Palabra cuando nosotros hacemos o ponemos en práctica ese don de esa forma.

El don de profecía, aún en aquel momento, estaba para edificar, exhortar y consolar a la iglesia. Eso, no lo que nosotros vemos hoy. En aquel entonces, la iglesia primitiva tenía criterios, criterios para juzgar incluso aquello que verdaderamente era legítimo, que venía de Dios. Uno de esos criterios: pregúntenselo a Pablo, pregúntenselo a Juan, pregúntenselo a Pedro. Ellos todavía están vivos y les escribían cartas. Ahí están las cartas de Pablo respondiendo a sus inquietudes.

En segundo lugar, escuche lo que Pablo dice en la segunda carta, en 2 Tesalonicenses 2:15: "Así que, hermanos, estad firmes y conservad las doctrinas que os fueron enseñadas, ya de palabra, ya por carta nuestra." ¿Qué es lo que Pablo está diciendo? Cuando escuchen cosas, una de las primeras cosas que tienen que hacer es afianzarse en la doctrina que ya escucharon de palabras de parte nuestra o por carta. En otras palabras, estas cosas que nosotros tenemos como cartas hoy, en su momento constituyeron muchas veces enseñanzas orales que hoy nosotros tenemos vía cartas. Pero aún en ese momento, Pablo le está diciendo: permaneced firmes, afianzados en las doctrinas que ya os fueron enseñadas en palabras o por cartas. A nosotros nos diría: permaneced en las doctrinas que ya fueron recibidas en forma escrita. Eso es como nosotros tenemos que pensar.

De tal forma que tenemos ahora otro criterio de cómo juzgar estas nuevas revelaciones conforme al estándar de la Palabra. Tenemos algo más, y es que en el día de hoy se conoce, se tiene un documento conocido como la Didaché. Lo puede buscar en el internet. Es un documento que probablemente data del primer siglo, que recoge las enseñanzas de los apóstoles. En ese documento se habla literalmente de que un verdadero profeta debe tener la conducta de nuestro Señor, y que si él enseña una verdad pero no practica esa verdad, él es un falso profeta. De manera que para la iglesia primitiva, la prueba del carácter que fuera a endorsar la enseñanza era vital para poder considerar a alguien como un posible verdadero maestro.

Algo que cuando vemos y analizamos la iglesia hoy no ocurre, porque muchas veces hay una distorsión entre el carácter de la persona que se proclama profeta y lo que enseña como Palabra de Dios. Y eso nos ayuda a entender de manera un poco más clara a qué pudiera Pablo estarse refiriendo cuando hablaba de estas cosas.

Pero hoy en día nosotros no tenemos a nadie con la característica de apóstol, como ya mencionaba. Entonces, ¿cuál es la otra posibilidad de esta frase "no apaguéis el Espíritu"? Académicos como Leon Morris y pastores de la reputación de Ligon Duncan ven esta frase como algo más general, y eso es como yo lo entiendo también. Es una frase que hace referencia a una actividad del Espíritu en nuestras vidas que en otros momentos pudiéramos llamar llenura del Espíritu, y que esa manifestación del Espíritu, o llenura del Espíritu, está en mayor o menor grado en nosotros conforme a la vida de santificación, a la vida de obediencia, a la vida de dependencia del Espíritu, o a la vida de cercanía en nuestro caminar con el Señor. Y quizás en los próximos minutos, a medida que continuamos desempacando este pasaje, tú puedas entender un poco mejor a qué nos estamos refiriendo.

Pero ciertamente yo creo que esto tiene mucho sentido si tú piensas en el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio. Contra tales cosas no hay ley. Cuando el creyente que ha experimentado uno, o varios, o todos esos frutos del Espíritu entra en una práctica de pecado, él comienza a ver una disminución de eso que él una vez disfrutó, hasta incluso en ocasiones perderlo por completo. Es como si ciertamente el Espíritu de esta persona se hubiese apagado.

Y tú pudieras comenzar a ver que el amor que antes era ágape, incondicional, ahora pasa a ser un amor torpe y sospechoso. Se enfría. El gozo que antes había experimentado comienza a perderse, y ahora las cosas las sigo haciendo, pero las hago más bien de rutina. La paciencia que había tenido como parte del fruto del Espíritu en mí más bien se ha convertido en un desasosiego. La paz se convierte en tranquilidad superficial. La mansedumbre, la benignidad, la bondad, la fidelidad, quizás dan paso a la cólera, dan paso a la malicia y cosas similares.

Y eso nosotros podemos verlo en nuestras propias vidas si lo pensamos bien. Podemos ver hacia atrás y podemos decir: hubo cosas, hubo fruto del Espíritu que yo tuve en un momento dado, que hoy no tiene la misma intensidad, o que hoy ni siquiera están presentes. Y yo tengo que sopesar eso y pensar, meditar, qué ocurrió en mi vida que hizo que eso se mermara.

Quizás la vida de David y algunas de sus palabras nos puedan ilustrar aún mejor eso que yo estoy tratando de comunicar. Escucha a David en el Salmo 51, que vimos el miércoles pasado. Para los que estuvieron aquí, escucha su petición. Versículo 8: "Hazme oír gozo y alegría." El gozo es un fruto del Espíritu. "Que se regocijen los huesos que has quebrantado." Versículo 12: "Restitúyeme el gozo de tu salvación." Restitúyeme, se ha ido, lo tenía, no lo tengo. "Y sosténme con un espíritu de poder. Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza."

En esas palabras tú estás oyendo el clamor de un hombre que ha experimentado el fruto del Espíritu y en quien el Espíritu parece ser que se ha apagado. Tú estás escuchando el clamor de un hombre que supo danzar delante de Dios y que hoy en día está pidiendo que Dios le dé gozo y alegría. Estás escuchando el clamor de un hombre que supo componer salmos, salmos de alegría, pero que en este momento el único que puede experimentar es tristeza. Estás escuchando el clamor de un hombre que supo orar y escribir con elocuencia a nombre del Señor, y está pidiendo a Dios que por favor le abra sus labios para poder alabar. Él no puede alabar a Dios, cuando él había compuesto salmos. Él no puede experimentar gozo, cuando antes lo tenía. Él no puede volver a danzar. El Espíritu parece haberse apagado.

Leon Morris, ya lo mencioné, en su comentario cita un autor del siglo segundo de nombre Hermas. El siglo segundo, cuando las cosas todavía estaban frescas, entendía que tanto el espíritu de duda como el espíritu de ira apagaban el Espíritu. Eso tiene sentido si tú sigues revisando la revelación de nuestro otro Testamento. Cuando tú revisas la carta a los Efesios, en esa carta hay una frase que luce o suena muy similar a esta que estamos analizando hoy, de no apagar el Espíritu, porque Pablo les escribe a los Efesios y les dice que no entristezcan al Espíritu. Suena muy similar.

Ahora, lo interesante es que Pablo relaciona en la carta a los Efesios la tristeza del Espíritu con la ira, el enojo, la maledicencia y la desobediencia. Escucha cómo Pablo lo escribe. Efesios 4:30: "Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención." No hagan eso, dice Pablo. En el próximo versículo, la instrucción de cómo no hacerlo: "Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia." Parece ser que lo que Pablo está tratando de comunicar es que la tristeza del Espíritu —que quizás a los tesalonicenses se lo está comunicando como el apagar el Espíritu— está relacionada a un espíritu de enojo, de ira, de amargura, de maledicencia, de gritos, de malicia.

Parece ser, y vemos eso en el caso del rey David. Se apagó. No podía siquiera abrir sus labios para alabar al Señor. Él pide que le abra sus labios.

El final del culto, no el pasado sino el domingo anterior, al final del culto, uno o dos se me acercaron y me hicieron un par de preguntas relacionadas. Y yo explicaba que el día que tú naces de nuevo, Dios te da Su Espíritu. El Espíritu viene a morar en ti. No lo da en porciones. Nadie recibe el Espíritu de Dios en un 10%, o un 20%, o un 100%. El Espíritu viene a morar en ti por completo. Pero la expresión del Espíritu que mora en ti, que puede ser mucho más manifiesta en un momento, puede ser mucho menos manifiesta en otro momento, justamente por la vida que estoy llevando: ya sea una vida de desobediencia, una vida de confiar en mí mismo, una vida de no oración, una vida lejos de Dios. Y entonces ahora estoy entristeciendo el Espíritu, o quizás apagando el Espíritu.

Eso nosotros sabemos que ocurre porque incluso en la vida del discípulo Timoteo, aparentemente algo como eso había comenzado a ocurrir. Y Pablo, cuando le escribe su segunda carta, le dice en 2 Timoteo 1:6 que avive el fuego del don. Ahora, la palabra "fuego" aparece ahí. Y dice "no apaguéis el Espíritu", que es una palabra apagar directamente relacionada al fuego. Y ahora Pablo le dice: "Timoteo, aviva el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos." Dice Pablo: "El día que te ordenamos, Timoteo, por bendición de Dios y gracia de Dios recibiste un don. Ese don parece que se está apagando. Avívalo." En inglés la frase es fan into flame: atiza el fuego de ese don.

Entonces, posiblemente lo que Pablo está diciendo a los tesalonicenses es que en su vida de obediencia procuren no apagar el Espíritu, o la manifestación de ese Espíritu. Y la forma, la mejor manera de no apagar ese Espíritu, es llevando una vida de

dependencia de Dios, una vida de sometimiento a su voluntad y una vida de obediencia a su Palabra. A decir eso otra vez: la mejor manera de no apagar el Espíritu es vivir una vida de dependencia de Dios, de sometimiento a su voluntad y de obediencia a su Palabra.

Si no apagar el Espíritu tenía que ver con no suprimir las profecías en la iglesia primitiva, eso iba a requerir de mucho discernimiento para saber qué viene de Dios y qué no viene de Dios. Hoy en día requeriría discernimiento también, pero por lo menos nosotros tenemos un canon completo que nos ayuda a filtrar las enseñanzas, que ellos no tenían. Y aun cuando el canon se completó, la mayoría de la gente no tenía una Biblia en sus manos; eso ocurre después de la invención de la imprenta en la época de Martín Lutero y después de la traducción del idioma original a la lengua del pueblo. De manera que en aquel momento en que las enseñanzas estaban siendo plasmadas, iba a requerir de mucho discernimiento hacer esa diferenciación, pero hoy en día nosotros requerimos también, por otras razones, mucho discernimiento.

Y de eso tiene que ver toda la segunda parte de este texto que leímos hoy. Ya escúchalos: últimos tres mandatos de Pablo, imperativos: examinarlo todo cuidadosamente, retener lo bueno, abstenerse de toda forma de mal. Algunos piensan que todavía esto tiene que ver con profecías, y algunos piensan que cuando Pablo dice que debieran revisarlo todo con cuidado, a lo que se está refiriendo es a que estas revelaciones proféticas las examinen con cuidado, que se queden con aquella que entienden que viene de Dios y que rechacen aquella que entienden que no viene del Señor. Pero en realidad esta última frase del versículo 22 yo creo que se aleja por completo de lo que pudieran ser profecías. Escucha: "Absteneos de toda forma de mal." Algunas traducciones dicen: "Absteneos", o "aléjense", o "eviten toda apariencia de pecado, todo aquello que pudiera ser pecaminoso."

Yo creo que en esa dirección, basado en esa frase, nosotros podemos ver que Pablo está hablando más bien de una vida de obediencia que requiere discernimiento para diferenciar lo bueno de lo malo: aquello que es bueno, poder retenerlo; aquello que es malo, poder eliminarlo. Para ello tenemos un llamado claro a una examinación. A nosotros nunca se nos ha llamado a dejar el cerebro allá afuera en la mesa de información y entrar desarmados a recibir una enseñanza, sino a procesar por la misma Palabra de Dios aquello que se me enseña, y discernir y diferenciar lo bueno de lo malo: lo bueno, retenerlo; lo malo, dejarlo. Eso hicieron con Pablo los bereanos: chequeaban día a día lo que Pablo enseñaba para ver si lo que decía era o no verdad.

Ahora bien, si voy a tener que dividir lo bueno de lo malo, y retener uno y eliminar el otro, eso va a requerir entonces discernimiento. Yo quiero emplear un tiempo escudriñando esa idea en la Palabra de Dios. No vale la pena que nosotros lo hagamos con base en nuestro propio entendimiento y sabiduría, sino que nosotros tenemos que ir a la misma Palabra de Dios para que ella interprete la Palabra: la Palabra interpreta la Palabra. Ahora le vamos a preguntar a la Palabra qué dice acerca del discernimiento del cual Pablo me está requiriendo que haga, si voy a dividir lo bueno de lo malo para rechazar uno y permanecer con el otro.

Primera de Reyes, comenzamos ahí. En el capítulo 4, versículo 29, se dice que Dios le dio a Salomón gran discernimiento. De manera que el discernimiento es algo que Dios da. Esto es consistente con lo que nosotros leemos en la primera carta a los Corintios 12, donde está hablando de que Dios es quien da los dones, y habla de que a unos Dios dio un don y a otros otros, y entonces dice que a unos dio discernimiento de espíritus. Y si vamos a hacer ese discernimiento de espíritus, yo asumo que eso se hace por medio del Espíritu Santo, y es congruente con la llenura del Espíritu Santo. Y cuando ese Espíritu se ha ido apagando, creo que es lógico concluir que el discernimiento también comienza a mermar. El discernimiento es algo que Dios da.

El salmista escribe en el Salmo 119:99 y dice: "Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación." Escúchenlo bien, que el salmista no dice —para que luego puedan entender mejor lo que sí dice— el salmista no dice: "Tengo más discernimiento que todos mis maestros porque soy mucho más inteligente que ellos." No. El salmista dice que él tiene más discernimiento que todos sus maestros porque "tus testimonios, tu Palabra, son mi meditación." No simplemente su lectura: él meditaba, él rumiaba en la Palabra, y al rumiar la Palabra y quedarse meditando en ella, eso iba cultivando en él un discernimiento que lo llevó incluso a tener mejor entendimiento que aquellos que le habían enseñado. Lo que el salmista está haciendo es tomar la Palabra de Dios y colocarla por encima de toda sabiduría humana, y al rumiárla está extrayendo de ella la sabiduría que está ahí.

Y si eso es verdad —y sabemos que es verdad porque es Palabra de Dios— quizás eso explique por qué hay tan poco discernimiento en el pueblo de Dios: porque en el pueblo de Dios hay poco consumo de la Palabra de Dios. Hay mucha lectura, lecturas cortas de buenos pensamientos, algunos inspirados en la Palabra, pero estamos hablando de la Palabra, de la meditación de tu Palabra; de eso hay poco. Y hay todavía mucho menos de rumiar la Palabra después de haberla leído, de tenerla en mente, de darle vueltas en la mente para atrás y para adelante, de aplicarla a mi vida y aplicarla a la vida en general. Porque ahí es donde se desarrolla el discernimiento.

Entonces ahora voy entendiendo: el discernimiento es algo que Dios da —número uno—; número dos, que el discernimiento es algo que tiene que ver con rumiar y meditar la Palabra. En tercer lugar, escucha lo que el profeta Isaías nos dice en 5:13: "Por eso va cautivo mi pueblo, por falta de discernimiento." El pueblo terminó en el cautiverio justamente porque no supo diferenciar lo santo de lo profano, lo sagrado de lo secular, y eso hizo que el pueblo terminara en cautiverio. En el caso nuestro —y que no tengamos que llegar allá nunca—, tenemos que entender que nuestra falta de discernimiento nos hace prisioneros, cautivos de malos patrones de comportamiento, de hábitos pecaminosos, de ídolos, de temores, de inseguridades. Nuestra falta de discernimiento nos lleva a incurrir en prácticas que luego nos hacen prisioneros de dichas prácticas.

Por tanto, el discernimiento es algo que está directamente relacionado a mi relación con Dios. Todavía hay más que la Palabra revela. Cuando Pablo le escribe a los Filipenses en 1:9, le dice a los filipenses que él está orando para que Dios les dé discernimiento. De tal forma que ahora el discernimiento es algo por lo cual yo puedo orar. Y de hecho esa es mi práctica, y creo que probablemente los demás pastores también, con diferentes palabras: antes de comenzar una consejería, todo el tiempo yo pido por discernimiento, porque voy a encontrarme con situaciones que yo no conozco, que yo no entiendo, que yo no he vivido, y voy a requerir de parte de Dios sabiduría. Y como el libro de Santiago dice, que si a alguien le hace falta sabiduría que la pida a Dios, que Él la da en abundancia, invariablemente antes de comenzar yo le pido a Dios por sabiduría y por discernimiento para poder ver lo que quizás yo no estoy viendo. Y eso me ayuda a entender que es algo por lo cual yo puedo orar, yo puedo pedir, y eso es algo por lo que tú debes pedir continuamente, sobre todo en nuestra generación tan compleja.

Volviendo a nuestro texto entonces: si el discernimiento es algo que yo voy a requerir para diferenciar lo malo de lo bueno, retener lo bueno y rechazar lo malo, yo voy a tener que examinar todo con cuidado. Es lo que el texto dice: "Examinarlo todo cuidadosamente", no trivialmente, no a la ligera. Como yo he conversado con algunos en otras ocasiones, después de Génesis 3, nada es sencillo ni trivial. A veces, si ustedes me han oído usar esta ilustración en otras ocasiones, la gente me hace preguntas con frecuencia, y con frecuencia yo tengo que decir: "¿Tú quieres una respuesta antes de Génesis 3 o después de Génesis 3?" Porque Génesis 3 cambió todo el panorama. Antes de Génesis 3 la pareja vivía desnuda y no había problema; después de Génesis 3 hay padres que han abusado de sus hijos. No es el mismo ambiente, no es el mismo panorama. Por tanto, la Palabra nos llama a discernir, a ser sabios, a ser agudos.

Hay algo más que yo quisiera abordar esta mañana que estamos analizando y escudriñando este tema del discernimiento. En vista de que Pablo me llama a examinarlo todo, a separar lo bueno de lo malo, a retener lo bueno y eliminar lo malo, yo quiero revisar algo más que el autor de Hebreos nos dice con relación a cómo se desarrolla el discernimiento, y que puede explicar por qué muchos quizás no lo tienen. Escucha lo que el autor de Hebreos dice en el capítulo 5, a partir del versículo 12:

"Pues aunque ya debierais ser maestros, otra vez tenéis necesidad de que alguien os enseñe los principios elementales de los oráculos de Dios, y habéis llegado a tener necesidad de leche y no de alimento sólido. Porque todo el que toma leche no está acostumbrado a la palabra de justicia, porque es niño." Escucha ahora este versículo —diferente contexto, pero—: "El alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal."

La autora de Hebreos dice: "Estoy escribiendo a un grupo de personas que para ahora debían ser maestros de la palabra, pero han retrocedido, y ahora tienen necesidad de leche." Él usa dos figuras comparativas: una es leche y otra es alimento sólido. Ambas se refieren a la palabra de Dios. La leche es la palabra de Dios; el alimento sólido es la palabra de Dios. Pero a la leche la llama los oráculos elementales de la palabra de Dios, el ABC. "Ustedes han regresado y ahora tienen necesidad del ABC otra vez." Pero otros han progresado, y eso se llama ser adultos, y entonces esos adultos consumen algo de la palabra que ya no se llama leche, sino alimento sólido.

Todo eso es para entender cuál es la importancia del alimento sólido a la luz de nuestro tema de hoy. El alimento sólido es para los adultos, los cuales, por la práctica, tienen los sentidos ejercitados para discernir —ahí está el discernimiento— el bien del mal. De manera que yo no puedo ganar discernimiento con los oráculos elementales de la palabra de Dios, sino que yo necesito alimento sólido. Y entonces el alimento sólido, la enseñanza sólida, yo tengo que llevarla a la práctica, porque dice que es por la práctica que tienen los sentidos ejercitados. Si no lo practico, no sé cómo luce el amor ágape si yo no lo he llevado a la práctica. Yo no sé cómo luce la paciencia si nunca he tenido que ser paciente con alguien. Yo no aprendo hasta que no practico. Los cuales, por la práctica —llevarla a la práctica—, el alimento sólido tiene ejercitado los sentidos y ahora pueden diferenciar el bien del mal.

Eso es consistente con lo que el salmista dijo. El salmista dijo que él había llegado a tener más discernimiento que sus maestros porque él meditaba, rumiaba en la palabra. Consistente con eso, el autor de Proverbios nos dice que la palabra de Dios hace sabio al sencillo: al sencillo lo vuelve sabio, como si fuera un hombre educado, sagaz, astuto, hábil en discernir la vida. De forma que el discernimiento es una característica del hijo de Dios que es maduro, y para llegar a ello necesito consumir palabra.

Ahora, cuando aumentan las opciones y las alternativas, como han aumentado en nuestros días, aumenta la necesidad de discernimiento. Pero voy a mostrarte una forma sencilla y no espiritual. Suponte que vivo en un país donde no hay la abundancia de cosas que otros países de Occidente tienen, y entro a un supermercado y voy al área de la nevera, del refrigerador, y veo jugo marca equis: con calcio, sin calcio, con omega 3, sin omega 3, con vitamina C, con vitamina D, con azúcar y sin azúcar, enlatado y concentrado y completamente listo para tomar. ¿Cuál compro? No sé, porque el número de alternativas y de opciones ha aumentado de una forma que me dificulta el tomar decisiones.

Cuando yo estaba pequeño en nuestro país —y revelo parte de mi edad quizás—, había tres canales de televisión. Era fácil discernir qué ver, y todavía más, porque todos eran sanos, porque las personas que administraban los canales tenían prohibiciones de contenido. Hoy en día tenemos decenas de canales que vienen de diferentes naciones, sin ninguna prohibición de contenido. ¿Y ahora qué canal veo? ¿Y qué es bueno en la televisión y qué no es? De manera que nuestra generación tiene todavía una mayor necesidad de aumentar su discernimiento, porque se han multiplicado las opciones. Las sociedades son mucho más complejas, las familias son mucho más disfuncionales, los colegios tienen muchas más ofertas: ¿hago homeschooling, si hago el colegio en la casa o si lo hago en privado, si lo hago en una escuela pública, si lo pongo en un colegio cristiano o lo pongo en un colegio no cristiano?, etc., etc. El discernimiento es una cualidad que el Espíritu cultiva en nosotros y que es vital.

Piensa en un niño gateando: él puede llegar donde está su botella de leche, su biberón, y beberse la leche. Pero él pudiera también alcanzar un pesticida e ingerirlo, como ha ocurrido en múltiples ocasiones, porque él no sabe discernir lo que es nutritivo de lo que es veneno. De esa misma manera, mucha gente ha sido engañada porque, al oír la enseñanza de la palabra, no sabe discernir lo que es nutritivo de lo que es un puro veneno con olor a azufre. Y eso es donde estamos hoy.

Nosotros necesitamos ser cristianos maduros que saben discernir. En los últimos cuarenta o cincuenta años hemos experimentado cambios sin precedentes. En los últimos diez años hemos experimentado cambios sin precedentes en el área de la moral —los cambios son astronómicos en diez años, imagínate en cuarenta—, en el área de la tecnología, en el área de la medicina, en el área de la comunicación, en el área de los patrones de migración, en el cristianismo mismo, en el área de la fecundación y la fertilización. Tenemos múltiples opciones, y cada vez se hace más difícil poder discernir. Nosotros estamos frente a una batalla, pero al final es una lucha por la verdad.

Ahora yo quiero ilustrarte con qué facilidad nosotros podemos ser engañados. Yo creo que esta ilustración de la Biblia debe convencernos de una vez y para siempre de que, si Satanás nos cae atrás, él tiene una facilidad extrema para engañarnos, y no le cuesta mucho trabajo. Él fue y tuvo una conversación con una pareja en un jardín. Sus nombres ustedes los conocen: Adán y Eva. Adán y Eva estaban en un jardín virgen, sin pecado alrededor. Adán y Eva tenían, humanamente hablando, una mente perfecta —no era una mente divina, pero tenían todo el entendimiento posible que Dios podía dar a un ser humano—. No tenían una mente entenebrida, no tenían sentimientos pecaminosos, no tenían una voluntad esclava del pecado que tiene que ser liberada. No tenían un corazón de piedra que tenía que ser convertido en corazón de carne. No tenían una imagen de Dios manchada que ahora está siendo redimida. Ellos tenían la imagen perfecta de Dios.

Y Satanás, en una sola conversación, con una sola pregunta, los engañó y los dejó enganchados en el anzuelo. Una sola pregunta: "¿Con que Dios ha dicho que no puedes comer de ninguno de los árboles del jardín?" No, eso no fue lo que Dios dijo. Y minutos después estaban esclavos del pecado. Imagínate lo que él puede hacer con nosotros en un mundo con tantas alternativas, tantas opciones, tan complejo, y nosotros con una mente que no es la de Adán, con una naturaleza que no es la de Adán, con una voluntad que no es la de Adán, y con miríadas de problemas a nuestro alrededor y corrientes filosóficas viniendo de todas direcciones, de diferentes naciones y culturas, a una velocidad impresionante, nunca vista antes. No es de extrañarse, entonces, que los hijos de Dios caigan tan fácilmente presa del enemigo. Y por eso nosotros necesitamos ser sumamente astutos y tener discernimiento espiritual.

En la medida en que yo traigo este mensaje a una conclusión, te voy a dar varias cosas que te van a ayudar en cuanto al discernimiento se refiere. Pero lo primero que tengo que hacer es recordar cosas que ya dijimos. La mejor forma de yo tener un discernimiento espiritual adecuado es no apagando el Espíritu, y la mejor manera de yo no apagar el Espíritu es viviendo en dependencia de Dios, sometiéndome a la voluntad de Dios y en obediencia a su palabra, por medio del mismo Espíritu que vive en mí, que me fue dado justamente para que yo pueda obedecer su palabra. Dios no solamente nos da lo que tenemos que obedecer, sino que nos da el poder para obedecer, que es su Espíritu.

Pero a la hora de discernir, yo quiero decirles a mis hermanos que la pregunta "¿qué tiene de malo?" no me va a ayudar; no nos va a llevar al discernimiento apropiado. Déjame darte algunos principios. Son principios simplemente. En primer lugar, nunca llegues a una conclusión basado en un solo versículo de la palabra. Tú tienes que recordar que esto es toda una historia, una historia de redención. Lo que se escribió en el Antiguo Testamento tiene implicaciones en el Nuevo, y viceversa. Yo tengo que conocer lo que llamamos la teología bíblica; yo tengo que conocer el plan de redención y su desarrollo antes de concluir. Asegúrate de que conoces todo lo que la Biblia dice acerca del tema que tú estás escudriñando.

"Yo estoy escudriñando el discernimiento. Hice mi tarea; busqué en una concordancia 'discernimiento'. Déjame buscar pasaje por pasaje; cuántos pasajes hay acerca de discernimiento, qué dice la palabra aquí, allí, allá." Antes de llegar a una conclusión, había once pasajes. Si yo pude hacer eso, tú puedes hacer eso. Antes de concluir, pregúntate cómo ha manejado la iglesia este tema en los últimos veinte siglos, porque Salomón nos dijo que no hay nada nuevo debajo del sol.

Y si yo pienso que la iglesia en veinte siglos no supo manejar este asunto y yo soy el único que está teniendo esta idea brillante de cómo hacerlo por primera vez, yo tengo que preguntarme si no he perdido la cabeza, o si estoy en un proceso de perderla. Si alguien hoy nos dice que la iglesia está como está porque nunca supo en veinte siglos cómo librar la guerra espiritual, eso no es posible. ¿Nosotros hoy descubrimos la pólvora de la guerra espiritual veinte siglos después? ¿Por veinte siglos Dios dejó que su iglesia se perdiera? No, mil veces no. Tengo que preguntarme cómo la iglesia ha manejado este tema en los últimos veinte siglos.

Pregúntate también de qué manera estás examinando algo: ¿esto que estoy examinando representa una influencia de la generación de hoy en día, o una influencia del pueblo de Dios? ¿Esto que estoy examinando es algo que representa una influencia de la generación de nuestros días, o es más bien una influencia de la historia del pueblo de Dios? No llegues a una conclusión sin conocer la historia, la historia del pueblo de Dios.

Y aun todavía de manera más práctica: nunca llegues a una conclusión sin conocer toda la historia. Eso es vital en consejería. Tú reúnes en una resolución de conflicto, esta persona viene y te cuenta una historia, y dices: "¡Wow, no puedo creer que ese esposo o esa esposa actúe de esa manera! Mire, yo tenía otra idea tan distinta." Y ahora la segunda persona viene, y dices: "¡Wow! Pero ahora ya no sé cuál es..."

Pero ve a la fuente, escucha la fuente y no llegues a una conclusión hasta que no tengas toda la historia. La pregunta que tiene de santo es mucho más productiva que la pregunta que tiene de malo. La primera, que tiene de santo, busca encontrar cómo se parece esto a Dios. La otra, que tiene de malo, busca encontrar cómo se parece a Satanás, cómo se parece a lo malo, al maligno, al pecado.

Nunca llegas a ninguna conclusión mientras estés ofendido, molesto o airado, porque la ira apaga al Espíritu. Efesios 4:30. Y yo no puedo discernir bien con el espíritu triste o apagado, como ya vimos. Si estás molesto, airado o resentido, pide perdón a Dios, resuelve con Dios, y luego trata de discernir. Cultiva un espíritu de humildad, porque Dios da gracia al humilde, y yo no puedo tener discernimiento sin la gracia de Dios. Pero Dios se opone al orgullo, y además el orgullo llega a conclusiones, las establece y no las cede porque ya concluyó.

Usted necesita vivir en la palabra; es lo único que ejercita el discernimiento. Si tú no vives de la palabra y me lo dices sinceramente, yo sé que tu discernimiento está profundamente afectado, porque el salmista me lo dice, el autor de Hebreos me lo dice, y el resto de la revelación de Dios, de una u otra forma, me lo comunica. Tú tienes que vivir en la palabra de Dios, consumiendo el alimento sólido, porque es de eso precisamente que los sentidos son ejercitados para poder discernir el bien y el mal.

Y no solamente tienes que vivir en la palabra de Dios, tienes que vivir por la palabra de Dios. Porque en esa vida de obediencia, dependiendo del Espíritu, sometido a su voluntad, yo puedo entonces no entristecer, no apagar al Espíritu que vive en mí, y yo puedo tener un mejor discernimiento para las situaciones de la vida. ¿Ves cómo Dios nos equipa? ¿Puedes ver ahora cómo Dios nos manda a examinarlo todo cuidadosamente?

Esta palabra "cuidadosamente" no está por accidente. Examina Eva, examina Adán, la conversación de Satanás con cuidado. Tú escuchaste lo que te preguntaron: "¿Con qué Dios ha dicho...?" Ya no siga. Satanás ha comenzado a cuestionar al Dios fuente de verdad. No continúe. La pregunta no tiene ni siquiera que terminar para yo saber que has comenzado por mal camino. Regresa.

Y de esa manera, nosotros entonces, en una vida de consumo de la palabra, desarrollamos sabiduría, porque Dios se deleita en tomar su Espíritu que mora en nosotros e iluminar esa palabra, ayudarnos a ver cómo se aplica si la estoy rumiando y cómo se practica. Y en ese ejercicio mi discernimiento es desarrollado. Es la mejor manera de que el Espíritu no se apague en nosotros.

Que Dios nos permita consumir su palabra y que esa palabra pueda arder en nosotros. Y la mejor manera de llegar a eso, hermanos, es que mientras más amas a Dios, más quieres saber cómo piensa, más quieres saber cómo Él siente, más quieres saber qué ha revelado, más quieres leer su palabra, porque esa es la revelación de aquella persona a quien tú amas. Si me amas, obedece mis mandamientos. Si yo no tengo eso, me falta obediencia, me falta amor. Ámale más, y obedecerás más.

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Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En dicha página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.